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Si tuviera que educar a un hijo… Ideas para trasmitir la humanidad (libro completo)

PRÓLOGO

Cuando el tema de un libro no es uno sino varios, el autor puede despistar a los lectores con su título. ¿Será este el caso? Es probable. Pero no es mi propósito desorientar a nadie. Sucede que no es fácil titular una recopilación de artículos publicados anteriormente. Tal vez he podido buscar un común denominador revisando, por ejemplo, cuáles son las temáticas predominantes y, forzando lo menos posible las cosas, escoger por fin el título de acuerdo al motivo más representativo. He optado por otra vía.

El artículo “Si tuviera que educar a un hijo…” no sólo tuvo fortuna entre los lectores. Creo que en ningún otro puse tanto corazón al escribirlo. Doy al libro este mismo nombre y coloco el artículo en primer lugar. Podrá alguien, desconfiando, decir qué opina un sacerdote sobre la materia. ¿Me entrometo en lo que no me corresponde? Esta aprensión me ha inclinado una y otra vez a buscar otro título. Pero la experiencia me indica que no me entrometo para nada. No es mi propósito suplantar a nadie, sino acompañar a los padres y madres en la tarea más difícil de nuestro tiempo. Son los mismos padres, madres angustiadas, las que me reclaman reiteradamente una palabra de aliento, de orientación, y a menudo constato que a ellos y a mí juntos, la tarea nos sobrepasa. Mi disposición en este caso y en el de los demás artículos es aclarar, desbrozar el camino, sugerir lo que pudiera ayudar. Lo hago con temor y temblor: “si tuviera que…”. Insisto: no hay en esta época tan revuelta un tema más importante como la educación de un hijo, una hija. Que la lectura de los demás artículos, contribuya entonces a esta causa.

Mi apuesta principal es por Dios. Enormes transformaciones culturales y religiosas afectan por igual a las personas, a las instituciones, a los países y a la Iglesia Católica. Cuando muchos califican los nuevos acontecimientos como puras calamidades, otros creemos que Dios sigue actuando en nuestras vidas y en la historia, que es capaz de nuevas creaciones y de forjar el mundo “al revés” que Jesús soñó. El inconformismo cristiano no nos pide comenzar de cero. Pero tampoco refugiarnos en las soluciones del pasado. ¿Cómo educar para mejorar un mundo que sólo en la otra vida alcanzará su perfección definitiva? ¿Cómo transmitir a los niños la humanidad que pudimos aquilatar, para que también ellos sean sus protagonistas?  Los adultos hemos de evitar dar a las nuevas generaciones respuestas tan fáciles como inútiles. Por honestidad con ellos, hemos de acompañarlos en el discernimiento de la vida nueva que germina como obra de Dios y que sólo puede apreciarse si nos abrimos a una realidad en constante en movimiento. Es la esperanza en Dios creador la que estimula nuestra vigilia y nuestra creatividad. Más que nunca necesitamos educar para el conocimiento y reconocimiento de un Dios capaz de sorprendernos incesantemente con nuestra propia imaginación.

En línea con lo anterior, con una última vuelta de tuerca, cierro el libro inspirado en “María, madre y maestra de Jesús”. Esta mujer que probablemente no supo leer ni escribir, debió sin embargo contagiar a su hijo la fe en el Dios de Israel que hizo de Cristo el hombre libre, creativo y sacrificado que necesitamos hoy y siempre.

Los artículos que forman parte de esta recopilación han sido publicados en su gran mayoría en Publimetro. Agradezco a este periódico la  confianza de ofrecerme su columna los últimos tres años. Al escribirlos, el tema elegido fue en varios casos contingente. Siempre quise llevar las cosas más a fondo, dentro de los límites de espacio que se nos fija para este tipo de publicaciones. Su destinatario fue un hombre o una mujer corriente como cualquiera de los que usamos el transporte público. Unos pocos artículos, los más largos, escritos para otros medios, requieren para su lectura un poco más de tranquilidad de la que ofrece la locomoción colectiva.

I.   Sugerencias para la educación

SI TUVIERA QUE EDUCAR A UN HIJO…

Nadie discutirá que entre tantas tareas, la de educar a un niño sea de las más importantes. Tal vez no soy yo la persona más indicada para dar lecciones sobre la materia, pero a quién no le gustaría tener un hijo y criarlo. Pienso en un varón. Con una niña, lo haría probablemente igual.

Siendo aún un niño pequeño, me esforzaría porque no pase hambre, pero le dejaría también llorar un rato: si aprende a reclamar su alimento y su higiene, en el futuro luchará por sus derechos, será trabajador. A esta edad, además, adiestraría sus sentidos: movimientos, colores, olores, sonidos, gustos, cosquillas que lo preparen a la vida marital. ¿Cómo podrá mi niño tener sentimientos si no se le enseña a sentir?

Levantándolo al cielo y bajándolo al suelo, le trasmitiría confianza en el peligro. Esperaría sus primeros pasos, le haría reír con sus caídas: riéndose de sí mismo aprenderá a caminar derecho pero con soltura. Besuqueándolo, dejándole juguetear sobre mi frente, pero también corrigiéndolo me gustaría forjar en él un carácter decidido y flexible a la vez. Dejándome pasar unos “penales” y parándole otros, creo que llegará a ser alegre y abnegado.

Le hablaría hasta que hable: “Fuiste al cerro…, viste al león…”. Hasta que suelte el “No”, y soplaría en su cara para que desconfíe de los felinos. Conversándole llegará a conversar. Con un cuento, tal vez con una mentira piadosa, le mostraría que “la vida es bella”… Le pediría que me enseñe las letras aprendidas en la escuela: maravillado él con las palabras que descubren el mundo, lo alertaría contra los textos que ocultan el mundo. Las tareas las haríamos juntos. Me gustaría que escribiera poesía. Que fuera un orador. Mejor, que fuera leal, capaz de amigos más que de aliados. Que rehuya el pelambre, la intriga. Que nunca adule a los poderosos. Que apretando la mano diga: “Palabra de hombre” y la cumpla. Quisiera que ame la democracia, aunque ninguno vote por él ni nadie comparta sus ideas.

Creo que sufriría si este niño no llegara a amar apasionadamente. A su madre antes que a nadie: si de verdad ama a su madre no le levantará la mano a su mujer. Si más tarde ama a su mujer, que no le falte la imaginación para expresárselo. Si le toca perdonar que perdone, si tuviera que pedir perdón que lo haga. Me encantaría que mi hijo fuera un caballero. Gentil, culto, pero sobre todo atento al sufrimiento silencioso de cualquier ser humano. Me irritaría que fuera un mojigato que olvide que la trascendencia auténtica, la de Jesús, consiste en aproximarse al que nunca sabrá quién le estiró una mano en la desgracia. Evitaría canjear su cariño por golosinas, por una bicicleta, comprándole todo lo que se le antojara. Creo que dormiría inquieto, preguntándome qué hacer para que sea un hombre libre: ¿cómo comunicarle indiferencia a los aplausos?, ¿cómo trasmitirle asco a las coimas y desapego al dinero? ¿cómo pudiera él mismo triunfar sobre miedos y demonios para amar la vida ajena tanto como la propia?

Si después de todo me equivoco al educarlo, si sofoco su originalidad, si por ponerle mucho empeño el joven se me pasma o si otros influjos lo malean, me contentaría con que supiera “dar las gracias”. Si quiere ser ingeniero, que lo sea. Si no puede ser más que temporero, ¡temporero! Pero ningún oficio que escogiera me honraría, aunque llegue al Parlamento, si mi hijo no decidiera por sí y ante sí ser simplemente humano.

 

DE LA CENSURA A LA AUTOCENSURA

Vivimos en un mundo definitivamente abierto. La literatura, los periódicos, la televisión, la internet ofrecen una cantidad enorme de información y de estímulos positivos y negativos. ¿Deben los educadores censurar el acceso de los niños a estos medios?

Un buen libro, una película hermosa, algunos “monos animados” son indispensables para la formación de la sensibilidad, de los criterios y de las actitudes humanas que el día de mañana harán de un niño una persona sociable. Pero una exposición incauta de los pequeños a cualquier espectáculo puede hacerles un grave daño. Si no es normal que los adultos contemplen impávidos un fusilamiento trasmitido en directo por la televisión, sería extraño que a un párvulo semejante noticia no lo perturbe. La iniciación sexual de los adolescentes por internet puede estropear su maduración afectiva.

Ante estos y otros riesgos, algunos educadores pueden optar por la censura obsesiva, reiterada y ambiental. Llevando al extremo las cautelas, los padres, apoderados y profesores pueden aterrar a los niños con el mundo en que les ha tocado vivir. La vigilancia excesiva les puede restar la confianza que necesitan para crecer. La ilusión del ambiente protegido: un barrio, un colegio, una universidad exclusivas, y la prohibición absoluta de aquellos medios para eludir los contactos peligrosos, es un experimento fracasado. La censura precave de varios males, pero crea también la curiosidad por lo prohibido y puede jibarizar el desarrollo de la conciencia.

Entre la nula censura y su exageración, cabe una tercera posibilidad: la de educar para optar correctamente. En la medida que los niños crecen, parece conveniente que la pedagogía pase de la censura a la autocensura. A los niños pequeños, que no tienen más que una libertad incipiente, hay que ponerles normas claras de funcionamiento e imperárselas con autoridad. Pero en la medida que van reclamando libertad, especialmente en la adolescencia, hay que darles no sólo libertad sino también criterios para ejercerla para el bien suyo y el de los demás. Dadas las múltiples alternativas que los medios señalados ofrecen, las personas debieran llegar a juzgar por sí mismas qué ver y qué no, qué leer y qué dar por leído, qué contactos hacer y cuáles evitar. Ayudará a este fin que los educadores acompañen a los educandos en el proceso de apertura al mundo real, conversando con ellos los temas difíciles, y enseñándoles cómo informarse previamente sobre las exploraciones que se quieran intentar.

También los adultos deben regular la absorción de los estímulos exteriores, so pena de intoxicarse con algunos de ellos. Nadie está obligado a terminar un libro que lo deprime. Ayuda mucho formarse una opinión previa de las películas que se ofrecen en cartelera. Para esto escriben comentarios los especialistas. Pero los adultos no aguantan más que otros los censuren, porque en esto consiste ser adultos: en tener autoridad sobre sí mismo para decidir con libertad lo más conveniente. Si la meta de la educación es formar adultos y no interdictos, habrá que educar el ejercicio de la libertad.

 

LA NOBLEZA DE LA DISCRECIÓN

 Entre la verdad y la mentira circulan en sociedad muchos chismes, acusaciones al voleo,  “caídas de cassettes”, rumores, secretos a voces y noticias simplificadas. Los medios e internet multiplican la información. ¿Qué necesitamos de todo esto? Unas cosas más y otras menos. La vida se nutre inevitablemente de cierta trivialidad. Más vale una sociedad abierta que una estrangulada por la censura. Pero si se trata de la fama de las personas, solo necesitamos la verdad. El resto puede hacer un daño grave e irreparable.

Así como la sociedad tiene derecho a saber la verdad de lo que en ella sucede, más aún acerca de individuos que prestan un servicio público, cualquier persona tiene derecho a que de ella se diga sólo la verdad. El honor y el buen nombre constituyen el capital de confianza fundamental de las relaciones interpersonales y sociales. En la oficina, la familia o la escuela en que reina la copucha o la difamación, la vida se enturbia y se traba. Flaco favor hace al prestigio de las instituciones las exigencias inescrupulosas del rating y del show.

De la verdad depende la estabilidad del matrimonio, la seguridad en los negocios y la viabilidad política de una nación. Pero cabe preguntarse: ¿toda la verdad? No parece. Lo que resulta indispensable es saber la verdad que cada ámbito requiere para funcionar correctamente. A veces no es fácil trazar una separación exacta entre lo que debe ser conocido y lo que no.

Al derecho corresponde crear los mecanismos para obtener la verdad que las instituciones, las transacciones y las comunicaciones necesitan para operar con transparencia. Enorme importancia tiene, por lo mismo, que los tribunales de justicia establezcan la verdad y, si es preciso, impongan los castigos que los delitos merecen. Mientras más una sociedad pueda confiar en ellos, menos atención merecerán las elucubraciones que desparraman los problemas y enlodan la honra de los ciudadanos.

Pero el derecho no puede regularlo todo. En el mayor numero de casos la verdad que hay que saber y la que no, queda entregada a la discreción personal. ¿Es decir? Ni en público ni en privado debiera poder hacerse cualquier tipo de pregunta. Nadie tiene derecho a saber lo que se le antoje de los demás, aunque se trate de algo verdadero.  Hay verdades reservadas sólo para algunos. Otras se llevan a la tumba. Más aún, mucho ganaríamos con mordernos la lengua en vez de hacer circular informaciones verdaderas o falsas sobre terceras personas que no necesitamos para nada. Si nos vienen con un cuento siempre es posible decir “no me interesa” y, si el cuento es ya sabido, que muera en uno y basta.

 

EDUCACIÓN EN CIFRAS O PARA LA SOLIDARIDAD

 Se ha hecho costumbre medir en cifras la calidad de escuelas, liceos y colegios. El SIMCE, la PSU… Las revistas publican los resultados y destacan a los mejores. Pero, ¿qué decir de las escuelitas públicas que ocupan los últimos lugares?

¡Cuidado con las cifras! Ningún mecanismo puede ser más engañoso que medir la calidad de la educación en números. ¿Hay algún instrumento que pueda contarnos con cuánta alegría un niño de la peor escuela del país juntó la P con la A para decir “papá”? ¿Hay alguna estadística que pueda registrar que en esa escuela la profesora gastó parte de su sueldo para comprarle lápices a sus alumnos? Si se trata de educar, es mucho más importante el amor en enseñar y en aprender que sacarse un “siete” o prestigiar al establecimiento por el promedio en la PSU. Por encima de todo, la educación debiera formar personas capaces de aprender de la vida,  gente creíble que cumpla su palabra, hombres y mujeres que piensen en los demás antes que en sí mismos.

Son preocupantes, por el contrario, las profundas distorsiones que la medición de la educación en números puede acarrear. ¿A qué costos los establecimientos escolares de más altos puntajes alcanzan estos resultados? Probablemente en estos casos el conjunto de factores favorables termina minimizando estos costos. Pero si de estos colegios saliera gente que sólo piensa sacar ventaja de sus contactos y acumular privilegios, sujetos indiferentes a la suerte de las escuelas públicas, ¿qué tipo de educación han recibido?

La obsesión por las cifras lleva a los profesores a inflar las notas. A los apoderados, a cambiar afecto por rendimientos. A los alumnos, a copiar en las pruebas. Y a los establecimientos, a deshacerse de los “niños problema”. Los números llaman a los números… ¿No es ésta acaso una de las principales causas de la corrupción que estos días comienza a tantearnos?

No se trata de mistificar la mediocridad de la enseñanza. Pero si nos acostumbramos a medir los objetivos de la educación en cifras, los resultados serán individuos esclavos del qué dirán, del precio de lo que la propaganda manda consumir… Sujetos que valen por su renta, que cesantes pareciera que no valen nada.

¡Personas libres es lo que se necesita! Libres de los cálculos, capaces de amar y de perder. Celebremos, por esto, la mejoría de puntajes, pero especialmente de aquella escuela donde los niños aprenden porque juegan y juegan en equipo para inventar un país solidario.

 

BIENVENIDA LA DIVERSIDAD

Hace poco vi a un “pelado” con barba azul. Caminando por la playa me crucé con un joven que se había teñido la cabellera de azul. Pero no es el azul el asunto. Pelos rojos, amarillos, cortes insólitos, aros, tatuajes, vestimentas de cualquier tipo. Asistimos a una explosión de la diversidad. Todo está permitido. ¡Cuánto nos faltaba perderle el miedo al ridículo!

Un fenómeno de la época, pero único en cada caso. Dado que las motivaciones son a fin de cuentas personales, no ha de significar lo mismo andar con los calzones al aire para una chiquilla que para otra. Valoro la libertad, la audacia, la protesta, la ruptura con los padres que los adolescentes necesitan para desarrollar su individualidad. Sin duda no todo es tan sano. Pero reclamo para esta diversidad un minuto de admiración. Qué está sucediendo, no sé. Quiero creer que de este pluralismo saldrá una sociedad más auténtica. Por el contrario, enjuiciar prematuramente este fenómeno, no dejarlo desplegar sus búsquedas, nos puede privar de la fuerza y de la imaginación indispensables para el futuro.

La diversidad nos complica, eso sí, cuando pasamos de la moda a la ética. La multiplicidad de decisiones hoy posibles topa con la necesidad de acordar los hábitos que posibiliten la justicia y la paz. Conversábamos con unos colegas profesores al almuerzo cuando una estudiante de música, a dos metros de distancia, se puso a cantar a voz en cuello. Repasaba su tarea. Le pedimos, luego le mostramos los dientes para que se callara. Ocurre que asistimos a una revolución de las costumbres que, sin embargo, debiera terminar en la gestación de una nueva urbanidad que evite la discordia, la violencia, la imposición de los viejos a los jóvenes o viceversa.

Los cambios culturales que nos afectan son tan grandes que necesitaremos mucho diálogo, paciencia e inventiva para regenerar una mejor convivencia. No será fácil. El miedo ante lo nuevo hará a algunos añorar las conductas del pasado, y las dictaduras religiosas y políticas que puedan garantizarlas. Será más difícil, pero más verdadero, vivir con cierta inseguridad, observando, probando, aprendiendo dolorosamente de los errores y procurando alcanzar una sabiduría colectiva que nos sensibilice a la legitimidad de los demás y nos exija sacrificar nuestros caprichos para entendernos con ellos.

 

“LOS HOMBRES NO LLORAN”

Hace tiempo que no oigo la máxima “los hombres no lloran”. La aprendí en la infancia. Ahora veo que los hombres sí lloran. ¿Qué pasó?

La prohibición de llorar de los hombres, me dicen, tiene que ver con la necesidad del sexo masculino de distinguirse del femenino. Aunque tempranamente nos diferenciamos en el útero materno, biológicamente los hombres comenzamos siendo cigotos femeninos y, una vez nacidos, todavía debemos forjar nuestra masculinidad demostrando que no somos mujeres. Luego, si parece típico de las mujeres llorar, los hombres no pueden hacerlo. Este veto, además, tiene una intencionalidad machista, pues, no llorando, ocultando su debilidad, el hombre espera dominar a la mujer.

No toda época pasada fue mejor. Aunque el mecanismo psicológico de la construcción de la masculinidad no va a cambiar, los hombres han ido perdiendo el miedo a parecer mujeres: hoy día cocinan, cambian guaguas, etc. ¿Son los hombres por esto menos masculinos? De ninguna manera: cocinar y mudar niños no son tareas exclusivamente femeninas. Para ser más precisos, en nuestra época los hombres no están obligados a quemar tanta energía para dejar en claro a cada rato que son diferentes de las mujeres. Se aprecia incluso que un hombre llore por una causa noble.

Pero una cosa es llorar y otra reclamar lástima a fuerza de lloriqueos. La antigua prohibición, en este sentido, conserva su valor. Hay hombres, y también mujeres, que aunque tengan una razón para quejarse, no rezongan. Hagamos memoria. Cuando debieron mendigar, les pareció indigno mostrar las heridas. Rehuyeron incluso ciertos desahogos: los comadreos, las murmuraciones y las difamaciones. Si fueron víctimas de la injusticia, en vez contagiar a otros con sus lamentaciones, encararon a sus agresores. Lloraron a solas o acompañados, pero justo y lo suficiente, que el resto del tiempo rieron de sus penas e irradiaron buen humor.

Me vienen a la mente los pobres. Hombres humildes que no se echan a morir cuando los despiden del trabajo, sino que se dedican al comercio ambulante aunque se los lleven presos. Mujeres solas, enfermas y jefas de hogar que cargan con un niño al hospital, y luego con otro, sin echarle la culpa a nadie. Ellos son la fuerza del país y su ejemplo. Conviene recordarlos, pues su entereza nos anima para consolar a los que lloran cuando más nosotros mismos necesitamos ser consolados.

 

¿QUÉ ESPERAMOS PARA LOS NUEVOS UNIVERSITARIOS?

Nos alegramos por los jóvenes que entrarán por primera vez a la universidad. Celebramos su esfuerzo. El país entero, los padres y el estado, haremos un sacrificio para que ellos estudien. ¿Saben los jóvenes a lo que van?

La idea principal de una auténtica universidad es la búsqueda de la verdad. Sucede, sin embargo, que nuestras universidades, tal como hacen los centros politécnicos, se limitan a adiestrar personas en el dominio de una profesión determinada. Esta reducción no debiera despistar del objetivo. Sería muy deseable que nuestros jóvenes encontraran en la educación superior un lugar que les abra la mente y el corazón a la verdad en todas sus dimensiones. La verdad sobre el hombre y el mundo, no dogmas científicos ni recetas técnicas para manipular la realidad. Cuánto quisiéramos ver a los futuros profesionales pensar, dudar y alcanzar conclusiones propias, en un espacio intelectual en que las distintas ciencias se critiquen y fecunden unas a otras, y donde la sabiduría acumulada de la humanidad las oriente a todas juntas a la vez que se nutra de ellas. Facultades así en Chile debe haber pocas. Universidades, no conozco ninguna.

La universidad no se puede contentar con preparar especialistas, porque la verdad que necesitamos y que constituye su objetivo preciso, es la verdad que hará más justa a la sociedad. No se trata de formar expertos en una materia e ignorantes en todo lo demás. Menos aún se trata de educar privilegiados. Privilegiados ya tenemos. Lo que nos falta son profesionales con vocación social. Personas que quieran servir en vez de ser servidos. Si la tarea inmediata de toda universidad auténtica es la búsqueda de la verdad, la tarea ulterior es la búsqueda de la justicia. Que nuestros nuevos universitarios no olviden nunca que miles de otros jóvenes tendrán que arreglárselas de otra manera porque la sociedad no les dio la preparación ni los medios que necesitaban. Es legítimo que quienes pronto ingresarán a las universidades quieran el día de mañana ganarse la vida con la especialidad que eligieron. Pero sería lamentable que cayeran en el juego del individualismo ambiental y que no repararan en las enormes diferencias generadas por el capitalismo materialista. Ojalá estos jóvenes encuentren una universidad que forme personas deseosas de inventar una sociedad más humana y solidaria.

La universidad no es para todos, lo sabemos. Pero debiera servir a todos, cosa que solemos ignorar. En nuestro medio la universidad rara vez es lo que debiera ser. Pero tendrá que seguir intentándolo. Felicitaciones a los jóvenes que han alcanzado su propósito, pero no a cualquiera de ellos. Celebramos sólo a aquellos que, libres del egoísmo de moda, se interesen por buscar la relación entre la verdad y la justicia.

 

PARA UNA CULTURA DE LA ARGUMENTACIÓN

Lo confieso: ¡me gusta la democracia! Entiendo que esta constituye la mejor forma de gobierno, porque supone y genera un modo de convivencia que depende del diálogo, de la discusión de las ideas y de la participación pluralista de los ciudadanos en el debate público.

Los conflictos son un hecho: en la familia hay diferencias entre los cónyuges; en la empresa, entre los dueños y los empleados; en el país, entre las distintas agrupaciones políticas y al interior de las mismas. También en las iglesias abundan las tensiones. Desconocer la realidad de una diversidad de intereses y puntos de vista en estas instituciones, es fatal para los más débiles. Reconocerla, por el contrario, es el primer paso para tejer una convivencia armónica. Y, el paso segundo, entrar en el debate con argumentos que puedan ser comprendidos por la parte contraria, la que podrá aceptarlos o rebatirlos. Es muy difícil que prospere una democracia donde no ha podido gestarse una cultura de la argumentación.

Para esta sea posible, las familias, las iglesias, las escuelas y los medios de comunicación tienen la responsabilidad de educar para la conversación, la discusión y la fundamentación racional del pensamiento propio. La regla de oro de esta educación consiste en pasar de los argumentos “de” autoridad a los argumentos “con” autoridad. A los niños pequeños hay que mandarles las cosas con argumentos “de” autoridad, como si pudieran entender aunque no entiendan: “¡no atravieses la calle!”. Pero en la medida que el niño pida razones habrá que enseñarle que “los autos lo pueden atropellar”…, y así sucesivamente, hasta autorizarlo a cruzar incluso sin permiso.

Al nivel de la convivencia política adulta, los argumentos “de” autoridad no sirven, irritan, huelen a amenaza. ¿Qué impresión dejaría en el Parlamento un diputado que se negara aprobar una ley que despenalizara la venta de cocaína, argumentando que el consumo de cocaína es pecado y Dios aborrece el pecado? Para que el debate público se alimente de las convicciones éticas de los credos religiosos o filosóficos, estos deben convertir esas convicciones a una argumentación “con” autoridad ante los que no comparten la misma creencia. Deben demostrar su racionalidad en un lenguaje que, en vez de “vencer” a los adversarios, pueda “con-vencerlos”.

En las dictaduras se llama “autoridad” al que tiene más poder que razón. En democracia, al que tiene más razón que poder. Pero la razón no la tiene nadie exclusivamente, sino todos en la medida que, argumentando, buscan aquella verdad que les permite vivir en justicia y paz.

 

VALORES PROPIOS Y VALORES AJENOS

La última encuesta del Estudio mundial de valores deja a Chile mal parado. Salimos a competir con los valores de la modernidad, y perdimos. Entre otros asuntos, se evaluó la combinación de dos valores: autoridad y bienestar. Nuestro nivel de bienestar es modesto y nuestros modos de ejercer la autoridad y de someterse a ella son poco racionales. Quedamos ubicados más cerca de los países africanos que de los europeos.

Pero, ¿no es absurdo medirnos con los valores modernos del Primer Mundo, siendo nuestra idiosincrasia latinoamericana tan distinta? En realidad, si carecemos de un valor tanto o más importante que aquéllos, éste es el valor de la autenticidad: Chile siempre ha mendigado de las otras naciones un reconocimiento digno. Nos falta contentamiento con lo propio. Pero, por otro lado, muchas veces nos sobra invocar lo autóctono para mantener tal cual cosas que, en realidad, urge cambiar: autoritarismo, machismo, racismo, diferencias sociales abismales.

A decir verdad, si queremos ser auténticos no podemos “echar en saco roto” los datos de la encuesta. Una correcta idea de bienestar y una idea racional de autoridad, pueden enriquecer nuestro modo más genuino de ser. La identidad nacional auténtica atañe tanto al pasado, a las raíces, como al futuro, a la vocación. No porque la encuesta mida modernidad y no “chilenidad”, hemos de descartar esos valores. El asunto es qué se entiende por bienestar y qué por autoridad.

Habrá de reconocerse, por principio, que bienestar es algo muy distinto en Argentina, en Chad y en Noruega. ¿Acaso la trampa no consistirá en querer ser felices con las mismas cosas con que la moderna sociedad de consumo promete felicidad: la ostentación de gastos y la libertad sin solidaridad? Entre nosotros el bienestar verdadero tiene que ver con amar y ser amados, es decir, con compartir lo que somos y tenemos. Llegamos a ser auténticos, y no repetidores, allí donde hay alguien cuyo amor nos permite movernos con libertad, actuar con creatividad y compartir con alegría. Porque hemos sido pobres sabemos que para ser felices un bienestar material mínimo es indispensable, pero también que la expectativa de un bienestar material máximo nos hace egoístas, desconfiados y superficiales.

El mismo ejercicio racional de la autoridad puede constituir uno de nuestros sueños colectivos. ¿Cómo no aspirar a una cultura participativa? Si logramos inhibir los abusos de poder del Estado, si a hombres y mujeres, a ancianos y niños se otorga poder para expresar con libertad sus propios anhelos, también por esta vía llegaremos a ser más auténticos. Por el contrario, duele reconocer que entre nosotros persiste el ejercicio prepotente de la autoridad, el cual nos hace miedosos, esclavos del “qué dirán”, víctimas del clasismo, seres carentes de imaginación y de personalidad. Más doloroso aún es oír de algunos que el autoritarismo es característica cultural nuestra.

En realidad, en nuestro caso, sin un bienestar suficiente y sin un ejercicio democrático del poder, el valor de la autenticidad se convierte en un concepto vacío e incluso perjudicial. ¿Por qué la chilenidad auténtica habría de ser la causa de la enorme desigualdad económica y de las segregaciones que padecemos? Si la consecución de aquellos valores nos hace más creativos, más solidarios y más dignos de respeto, seguramente es porque ellos pertenecen a lo más profundo de nuestra identidad, a la historia hecha pero también a la historia por hacer.

 

II.   La calle, la ciudad, el país y el mundo

EL METRO, UN ESPACIO DE HUMANIDAD

En sus veinte y tantos años de vida el Metro se convierte en espacio humanización. No fue así en un comienzo. Al principio todo era tan pulcro, tan moderno, que nos parecía ajeno. Como si no mereciéramos sino medios de transporte destartalados, violentos. Pero el Metro nos sorprendió con su oferta de urbanidad. Nos urbanizó, nos hizo más puntuales y nos dio la calma para tomar un libro o estudiar para la prueba.

No todo es color de rosas, verdad. Hay horas que si uno pudiera las evitaría. Hay ruidos, calores insoportables, mochilas que nos irritan, apretones y perfumes que se nos quedan pegados a la ropa perjudicándonos la fama. No falta tampoco el joven tirado por el suelo como una trampa para elefantes. Hay roces, palabras hirientes, porque el Metro no suprime las rabias de la vida: la infidelidad en el amor, las horas extras no pagadas y obligatorias, las amenazas de golpes y los golpes por curar. El Metro mismo, con tanta publicidad, nos empuja consumir y a la frustración de no poder hacerlo… Ahora último la propaganda nos ataca desde las baldosas del andén. ¡Qué mal gusto!

Pero el Metro debe ser el lugar donde más se lee. Periódicos, informes, libros profundos, superficiales o esotéricos, cosas de calidad dispareja, no importa: ¡se lee! Los he contado, fue un día excepcional: en un vagón más de la mitad de los pasajeros leía algo. Gracias a los diarios gratuitos mucha gente se informa y se forma.

Se dirá que la lectura nos ahorra la incomodidad de miramos las caras. Puede ser. Los chilenos no somos buenos para conversar con desconocidos en los viajes. Tampoco nos gusta que nos miren. Leyendo esquivamos a los otros, pero además la lectura nos ayuda a entender quiénes somos, hacia dónde vamos. La lectura de un libro facilita la lectura de la vida. De Dostoievsky, Neruda, Isabel Allende o García Márquez a la lectura de la propia vida, hay un paso. Gracias a la historia personal de cada uno pasamos a comprender mejor a los grandes autores. Y, de vuelta, por la lectura de sus libros nos enriquecemos como perso­nas.

El Metro favorece incluso otra lectura. La lectura de la propia vida no se abastece sólo de libros, sino también de la humanidad ajena. El Metro facilita la lectura de textos de carne y hueso. Habrá que hacerlo con discreción, sin invadir ni perturbar. Sabemos que nos da vergüenza que nos observen. Con un poco de atención y otro tanto de fantasía, si en vez de juzgar a los demás los dejamos entrar en la mirada tal como son, con sus sueños y sus fallas, la lectura de sus vidas puede ser tan fructuosa como la del mejor de los libros.

Observemos, dejemos que la gente nos toque con su vida y nos enseñe: entre la señora de los paquetes y mi propia madre, algo debe haber en común. En el grupo de escolares que arma escándalo al fondo del carro, estoy yo mismo revolviéndola a los trece años. Si su compañero de curso me molesta con su chasca, ¿no será envidia por haber perdido ya la antigua melena? El señor del abrigo está demasiado apurado: no quisiera que alguien me interrumpiera con ese grado suyo de aceleración. Las niñas agachadas junto la puerta contraria son peruanas: ¿tendría yo el valor de conseguir el sustento para la familia en un país extranjero?

En realidad, no hay lugares más humanos que otros. Lo que hay son personas cultas, personas que cultivan su humanidad con la humanidad de los demás o con lecturas que las instruyen y forman, cualquiera sea el lugar y las circunstancias.

 

MEJORAS EN EL TRÁNSITO

Mejora el tránsito de Santiago. Las nuevas vías exclusivas, segregadas y reversibles, además de la sincronización electrónica de los semáforos, han reducido en quince minutos y hasta media hora, el tiempo que requiere la inmensa mayoría de la población para ir al trabajo y volver. Cualquier opción por los pasajeros merece un aplauso. Pero también los automovilistas, perjudicados en parte, deben reconocer que se ha procurado facilitarles el manejo.

Sin duda el tránsito podría ser aun mejor. Faltan avenidas. Sobran señalizaciones, lomos de toro… La calidad del transporte es dispareja: mientras el Metro nos dignifica, el servicio de los microbuses nos altera y descompone. Es dable imaginar que, si el transporte público superara sus defectos, muchos ciudadanos darían el paso característico de las sociedades europeas, de dejar el auto en la casa y salir a trabajar en medios colectivos.

Entonces accederíamos a un nivel de vida más humano. Recuperaríamos los tiempos muertos para leer, rezar o pensar. La humanidad debe a los tiempos libres grandes ideas y sus mejores inventos. Si no tuviéramos que agarrarnos de las manillas para no caernos, si los tacos no nos avinagraran el ánimo, podríamos meditar, por ejemplo, sobre los acontecimientos históricos que pueden cambiarnos seriamente la vida. Así, más de uno podrá preguntarse: ¿conviene un tratado de libre comercio con EE.UU.? ¿cuáles serán probablemente sus consecuencias? ¿Con China? Una locomoción colectiva más tranquila, otro ejemplo, nos desocuparía la mente para percatarnos de que la publicidad está arruinando la estética de la ciudad.

Si los desplazamientos de la casa al trabajo, y viceversa, fueran más suaves y gratos, durante el trayecto podríamos reflexionar sobre la vida que llevamos. Pasamos de una cosa a otra, vivimos casi sin pausas, como autómatas, pero ¡cuántos asuntos que nos preocupan requieren una cabeza serena para abordarlos! Quizás incluso nos quedaría tiempo para reírnos, para echar de menos los payasos, las aserruchadas del chofer, los cobradores inhumanos y los ex-presidiarios exigiéndonos una moneda solidaria. Ayudaría apagar el walkman, cerrar los ojos y conectarnos con nosotros mismos.

Gracias a la fluidez de las vías y al tiempo recuperado, nos atreveríamos tal vez a plantearnos la pregunta de fondo: ¿de dónde venimos y adónde vamos? A unos esta pregunta los ha motivado a cambiar de oficio. A otros les ha llevado al altar. Pues sólo quienes descienden a las profundidades de sí mismos, sueñan y terminan haciendo lo que sueñan. Y si de viajes se trata, los que hasta ahora han sido víctimas de la aceleración de la vida podrían al menos conducir la misma vida a un destino elegido.

 

LAS DOS VERGÜENZAS

 Si nuestra madre subiera al microbus a vender: “gomitas de eucaliptus a cien, para la voz, para la tos”. ¿Nos daría vergüenza o nos sentiríamos orgullosos de ella?

Que nos diera pena no debe ser lo mismo a que nos diera vergüenza. Si la necesidad ha sido real, educar a sus hijos, alimentarlos, triste sería que para conseguir el dinero necesario deba ella desatender a los niños y correr los peligros de la locomoción colectiva. Pena sí, vergüenza no. Pena sí, pero orgullo sobre todo. En un ambiente social en que la gente se avergüenza de los trabajos humildes, la lucha por la sobrevivencia de los pobres nos enseña cuáles son los verdaderos valores. Ejemplos de estos tenemos por miles.

Otro caso: si un pariente nuestro que fuera patrón o gerente, estableciera por sueldo a sus dependientes lo que paga el mercado, aún cuando las utilidades del negocio le permitieran pagarles bastante más, ¿nos daría vergüenza, lo festejaríamos o nos daría lo mismo? En un país en que los bajos sueldos se toleran fácilmente, la avaricia de este pariente nuestro a nadie llamaría la atención. Una sociedad que juega a su favor invierte la moralidad: honra al inescrupuloso y avergüenza al que reclama justicia. Pero no, no puede darnos lo mismo ni menos podríamos festejarlo. Dudo que haya un ejecutivo que se jacte de ganar 20, 30 ú 80 veces más que uno de los juniors de su empresa. Pero que por esta ganancia se lo estime y se lo envidie, justificándose como se lo hace tan enorme desigualdad, es vergonzoso. Lo justo es compartir los sacrificios, pero también los beneficios. Las indicaciones del mercado son útiles, pero no las únicas para determinar la justicia de un salario. ¿Qué están enseñando las universidades? ¿Han oído hablar alguna vez los estudiantes de economía del bien común?

Algo falla en nuestra sociedad. Las personas se avergüenzan de lo que debiera enorgullecerlas y se enorgullecen de lo que debiera avergonzarlas. Pero no hay que desalentarse. Se detectan también señales de esperanza. No faltan los empleadores que subordinan la necesidad de utilidad de la empresa al objetivo principal de la realización laboral de sus trabajadores. Varios son, por otra parte, los trabajadores que rebajan sus expectativas de sueldo para salvar la empresa. Para unos y otros, estos son motivos de un sano orgullo.

Si a la salida del Metro nos topamos con una madre, empleadora y empleada de sí misma vendiendo dulces, ¡comprémosle! Una “gomita de eucaliptus” nos puede enseñar la diferencia entre la verdadera y la falsa vergüenza.

 

LOS POBRES TIENEN ALGO QUE DARNOS

Por más que lo hemos intentado no hemos podido superar la pobreza. Se nos ha dado, sin embargo, otra oportunidad: no hemos vencido la miseria, pero tenemos a los pobres. Aunque todavía haya que dar a los pobres, falta sobre todo recibir de ellos. Si nuestro sueño patriótico fuera hacer de Chile un gran mall, si se tratara de que las demás naciones nos reconocieran como nuevos ricos, recibir de los pobres sería una idea absurda. Pero si los pobres tienen algo que dar, ¿por qué va a ser absurdo acogerlo?

Si nos atreviéramos a encontrarnos cara a cara con un pobre, descubriríamos que su peor desgracia no es carecer de una casa, de una alimentación adecuada, sino el trato que le damos. Pobre es una persona humillada por los demás, un individuo que debe agachar la mirada ante los otros, alguien a quien se le puede faltar el respeto o reírse de su manera de hablar, de vestir, pues nadie saldrá a defenderlo. Si en Chile no se humillara al pobre no habría tanta pobreza. El desprecio del pobre despeja el camino para luego aprovecharse de su trabajo. Pero él también es desgraciado cuando le ayudamos interesadamente. La caridad, siempre necesaria, se corrompe cuando se la practica para ganar prestigio con un voluntariado de moda, para conseguir votos, para vender un producto o para cumplir con una obligación religiosa. En pocas palabras, cuando hacemos del pobre un “medio” para otros “fines”. La mendicidad es nociva porque, aun en el caso que se nutra de una caridad desinteresada, fija a los pobres en el rol de infelices. La mendicidad perpetúa al agraciado como desgraciado.

En cambios si recibiéramos al pobre, en vez de clasificarlo, usarlo y protegernos de él, el mismo pobre nos sanaría, enseñándonos de paso un modo más humano de  relacionarnos unos con otros. Habría que dejar que el pobre se nos meta en el corazón, que nos desordene las ideas, que su dolor nos toque. Compartiendo su desgracia llegaríamos a entender que nadie puede ser humillado, que la dignidad del ser humano no depende del consumo, de la raza o de la clase social. El pobre puede dignificarnos porque no tiene nada que darnos más que su persona. Así, dándose a sí mismo nos enseña que cualquier persona es un “fin”, jamás un “medio”.

Definitivamente la superación de la miseria no depende del crecimiento o de la distribución de los ingresos. Mientras haya quienes usen a los demás para hacerse más ricos o para ganarse el cielo, seguirá habiendo pobres. La inhumana pobreza sólo se revertirá cuando nos demos gratis a los demás y recibamos a los otros como los pobres suelen hacerlo, generosamente.

 

NECESITAMOS LOS FERIADOS

El traslado de algunos feriados para el lunes ha resultado gratísimo. Necesitamos descansos profundos. ¡Harto trabajamos los chilenos! ¿Será cierto que Santiago es la ciudad más trabajadora del mundo? Por mucho empate que haya o tiempo laboral mal aprovechado, nuestras jornadas de trabajo son muy largas. Falta tal vez una legislación que las acorte y limite horas extras y días extras, con los cuales se ahorra contratar cesantes que claman por un empleo.

Ahora sí que sí llamamos al lunes “san lunes”, porque un fin de semana que se prolonga en el lunes es divino. No sólo evitamos la angustia del domingo por la tarde, pensando en el día siguiente. Se nos abre la imaginación: un asado con los amigos, un paseo con la familia, un libro pendiente, una oportunidad para zafarse por un rato de los niños… Nos ayuda también a soñar: ¿a quién no le gustaría levantar una ruquita en la playa? Cualquiera trabaja mejor si ha descansado bien.

¿Y si los legisladores se arrepintieran? No faltan los críticos. Se alega que con tanto feriado el país deja de ganar millones de dólares, que una siesta puede costar 40, 20 o 1 dolar… Tampoco falta el que se aburre en la casa… La objeción más seria señala que el lunes no corresponde al día festejado; que se da libre un lunes a cambio de un festivo que puede caer cualquier otro día hábil de la semana. Esta desconexión con la realidad no tiene futuro. Las fiestas hay que celebrarlas en su día. Pero, ¿qué hacer para que no nos quiten los feriados?

¿No  podría cambiarse la celebración del Corpus Christi por el día de la Madre y la de San Pedro y San Pablo por el día del Padre, o algo parecido? Estos dos nuevos motivos de celebración, aunque de origen comercial, tocan el alma y ya es difícil desentenderse de ellos. Para celebrar Corpus Christi o a los apóstoles como es debido, la Iglesia no necesita los feriados. En cambio, le sobrarían ideas para hacer de la memoria del padre y de la madre una celebración religiosa. ¿Qué hacer con el día de la Unidad Nacional? Si con el tiempo se ve que no emociona a nadie, ¿qué tal el día de la Diversidad a secas? También las minorías tienen derecho a fiestas propias. ¿Y con el Día de la Raza? No sé. Pero preferiría que se recordara un lunes y no un viernes. Trabajar un viernes no es lo mismo que trabajar un lunes.

Vamos a la cuestión de fondo: ¿por qué vivimos? Hemos de reconocer que nuestra sociedad no ha respondido adecuadamente a esta pregunta porque, aun superando en muchos planos a las sociedades tradicionales, no ha podido superarlas en la integración del trabajo, el descanso y la celebración. El norte chileno, peruano y boliviano, en cambio, vive para la fiesta: todo el año se prepara para recordar a sus patronos, para la música, el baile y unos cuantos “traguitos” que también ayudan a agradecer la vida y a implorarla. La mejor calidad de vida que añoramos supone que todos tengan trabajo y descanso. Pero, además, que podamos festejar las razones que nos unen con feriados que, en vez de dar lo mismo el motivo, su motivo y su día nos alegren de veras la vida.

 

EL CIRCUITO DE LA GENEROSIDAD LABORAL

Se sabe de gente que ha preferido ganar menos con tal de trabajar en lo que le gusta o en un ambiente grato. La empresa, la oficina, la tienda, sea lo que sea, tiene para nosotros una enorme importancia. Allí, además de ganarnos el pan, probamos nuestra aptitud para las relaciones humanas y demostramos nuestras fuerzas y creatividad.

¿Es posible mejorar nuestro trabajo? No siempre. Depende de que todos los implicados, dueños y asalariados, jefes y empleados, inviertan en generosidad. Es cosa que alguien comience. La generosidad se contagia, jamás se la consigue a tirones. Me permito sugerir unas ideas.

En contra de la desconfianza, el “pelambre”, el “chaqueteo” y el “espinismo”, antes que la competitividad convierta en enemigos a los compañeros de trabajo, bien podría cualquiera de nosotros arriesgar algo en las relaciones humanas. ¿Qué cuesta un saludo cordial a los colegas? ¿Dar las gracias aunque parezca inútil? Un jefe no será menos jefe si pide las cosas por favor. Un empleado será aún más digno si pide perdón por sus errores. Qué agradable es trabajar donde la gente se expresa un respeto mayor que el acostumbrado.

La generosidad se muestra además en el trabajo hecho a conciencia. Abunda la gente que, por flojera o para que no se aprovechen de ella, trabaja “a la diabla” o “saca la vuelta”. Otros, en cambio, rompen el círculo de la mezquindad cuando, aunque no se reconozcan sus méritos, se entregan de cuerpo y alma a la pega. Estas personas, al poner en su oficio más amor del que nadie tiene derecho a exigirles, triunfan aunque parezcan perdedores. Haciendo bien las cosas, ellas benefician a los clientes, prestigian a la empresa y dignifican su propio nombre.

Por último, la generosidad también se prueba cuando a los empleados se paga más de lo que establece el mercado. Muchas veces los sueldos de mercado no son sueldos justos sino miserables. Son los patrones, los jefes, los que pudieran tener en mente pagar salarios superiores a los del mercado. ¿Y por qué no incluso mayores a lo justo? Donde los buenos sueldos sean parte de los objetivos de la empresa y no otro ítem de las pérdidas, allí realmente darán ganas de trabajar. A esas oficinas la gente llegará temprano y contenta. Por amor perdonará más fácilmente las rabietas del gerente y temerá menos mostrar debilidad a los colegas.

Nadie que encienda el circuito de la generosidad laboral saldrá perdiendo. Mientras más lo prefieran al circuito de la mezquindad, mejor.

 

EL DÍA QUE NOS MIREMOS A LA CARA

Me desempeño como capellán de la capilla católica en la “Toma de Peñalolén”, Durante la misa del domingo pasado pregunté a los asistentes qué querrían que los demás supieran acerca de su traslado a algunos de los sitios de la Comunidad Ecológica en la misma comuna. “Que no nos desprecien”, me dijeron.

Esta ha sido una polémica hiriente. El solo rechazo a la posibilidad de que los pobladores de la torna tengan sus viviendas en aquellos terrenos, ha puesto en evidencia la crueldad de la pobreza. Además de dañar irreparablemente a personas inocentes, la pobreza es ocasión de humillación para sus víctimas.

Se sospecha de los pobres como si fueran peligrosos. “No somos todos iguales”, insistió una señora. Alguien dirá que los pobladores se apropiaron de un terreno ajeno, que todos y no sólo algunos representan una amenaza. ¡Falso!, digo yo. La propiedad privada tiene un límite: el derecho de cualquier ser humano a vivir en un pedazo de tierra. Sucede que en esta sociedad, embrujada por una ideología individualista y economicista, se ha alterado gravemente el orden de los valores fundamentales. A mí parecer, ellos se tornaron el terreno con la ayuda de Dios!

“Nos gustaría vivir en una vivienda digna”, añadió otra señora. “Con fe, seguiremos luchando por conseguirla”. Por su parte, no les desagradaría ser vecinos de la gente de la Comunidad Ecológica. Pero se contentarán con una casa en cualquier parte. ¿Aunque les quede lejos del trabajo?

“Sí”, me dijeron. Seguramente no todos piensan lo mismo. Muchos, pero no todos tienen la garra que uno de ellos tiene para partir a trabajar a las cinco de la mañana a Colina y volver a las doce de la noche. “Queremos que se sepa que somos esforzados”. Y lo son. Su obra es titánica. Trabajan a más no poder. Les pagan una miseria. Ahorran lo que pueden. Si se enferma un niño se acaba el ahorro… Y vuelve la angustia: “si no reúno las 20 UF nos tirarán a Buin, Talagante… “.

Urge una solución. Nada se saca con echarle la culpa o burlarse de los valores que defienden las personas de la Comunidad Ecológica. Fuera del argumento de algunos de depreciación del valor de sus inmuebles, su causa también es noble. En la toma, por otra parte, hay muchos cartoneros tan ecológicos como los que más. La solución comienza con una casa digna, una vivienda que no corra riesgo de incendio (acabamos de perder un niño y su hermano apenas se recupera de quemaduras gravísimas). La solución completa llegará el día que los chilenos, en vez de marcar las distancias, nos acerquemos y nos miremos a la cara sin vergüenza.

 

11 DE SEPTIEMBRE: RECORDAR PARA EDUCAR

Son ya muchas las personas que nada tuvieron que ver con el 11 de septiembre, con los acontecimientos ocurridos antes y después. ¿Qué sentido puede tener que los testigos de esos hechos cuenten a los jóvenes lo sucedido? Primero, prevenir su repetición. Segundo, destrabar las vías para una convivencia aún mejor de la que hemos tenido. Para que esto y aquello ocurra, los mayores tendrán que recordar qué pasó. Pero no cualquier recuerdo sirve.

El ser humano aprende de sus errores. Aprende cuando registra en la memoria que un error es un error. Si olvida lo sucedido en su relación con los demás o si insiste en que sólo él tuvo razón, repetirá la equivocación él o la generación sucesiva que no fue educada de acuerdo a un aprendizaje que no se hizo. Unos aprenden, otros no.

¿Qué tendríamos hoy que recordar? Entre tantas cosas, que hace treinta años el término de una democracia que organizaba racionalmente la convivencia y la solución de los conflictos sociales, abrió el camino a una tremenda involución humana. Tendríamos que aprender, sobre todo, que el enemigo era nuestro hermano y que no hay mayor mal que suprimir los errores ajenos eliminando a nuestros adversarios. Aprender esto no es fácil. Como un “disco rayado”, solemos quedarnos pegados en el propio punto de vista. Recuerda correctamente, en cambio, quien al dejarse tocar por el sufrimiento de su enemigo acaba reconociendo la cuota de verdad que este, por equivocado que pareciera, tenía.

Sería lamentable que los jóvenes pretendieran prescindir de esta historia. Peor sería que los mayores se subieran al carro del futuro, olvidando lo que les fastidia recordar. El porvenir de un país depende de la memoria histórica de sus ciudadanos. Esta no sólo nos precave de repetir lo que “nunca más” debe suceder, sino que estimula nuestra imaginación para inventar una sociedad aún más humana.

¿Cómo educar a las nuevas generaciones? No podemos engañarnos. Un país  verdaderamente próspero no se conseguirá sólo con producción de riqueza ni con su mera distribución. La fórmula “crecimiento con equidad” será una fórmula huera, si Chile no progresa en conciencia de su pasado y de su vocación fraternal. Se educará para una sociedad más democrática, en la medida que tengamos conciencia del país que hemos sido. Se necesitará, ante todo, cultivar la capacidad de conversar con los que piensan diferente. Y, lo más importante, educar el sentimiento de compasión hacia el prójimo.

 

PARA EL BICENTENARIO

El aire limpio llegó con septiembre. Desde el barrio Estación volvimos a ver la cordillera. Ya en agosto los kioscos de Sanfuentes vendían carretes de hilo curado, varillas de caña, cola y papel para volantines. Las fiestas patrias nos sacaron de la rutina. ¡Había que celebrar! El bicentenario que se acerca invita a recordar quiénes somos los chilenos y a brindar de nuevo.

Sabemos el valor de la patria. ¡Cuánto nos ha costado Chile! Hagamos memoria: la estrella de la bandera nos recuerda nuestra soledad. Desde antiguo fueron necesarias inmensas obras de regadío, de minería… Después de cada terremoto, ¡comenzar otra vez! A punta de trabajo hemos descubierto que la sobriedad es una virtud y la ostentación un vicio. Desde que el Estado forjó la nación, el oficio público es un servicio honorable. País de soñadores, de educadores diría Pedro Aguirre Cerda. Cuando se está lejos de la patria echamos de menos todo, incluso un sándwich de pernil en el estadio para una programación doble. Habiendo amado esta tierra con pasión, terminamos por preferir la poesía al lloriqueo estéril y amargo.

La celebración del bicentenario nos remite al pasado, pero nos confronta también con el futuro. Normalmente celebramos la independencia de España. Miradas las cosas más de cerca, no es claro que nos hayamos independizado del todo ni tampoco que debíamos renunciar a su herencia. Nunca nos liberamos de nuestras raíces hispanas y habría sido algo suicida intentarlo. Políticamente llegamos a ser una país aparte, por cierto, pero ni con España ni con otras potencias el corte fue absoluto y, en otros ámbitos, nuestra dependencia externa ha sido siempre muy profunda.

Si hemos de celebrar, además de una independencia política relativa podríamos festejar las múltiples dependencias de nuestra nacionalidad: sobre todo la del pueblo mapuche y de otras etnias nativas, pero también las de los demás países europeos y latinoamericanos, y últimamente de Estados Unidos. ¿Por qué no alegrarse anticipadamente por el influjo asiático? Los orientales nos están ganando por el estómago, reconozcámoslo. Si el país firma un tratado de libre comercio con China, no será raro que Chile termine subsanando el envejecimiento de su población con la raza amarilla.

Dependencia e independencia son dos motivos poderosos que recordar para el   bicentenario. Ambos son valores a medias, porque lamentamos la dependencia cuando se nos impone y nos oprime, y porque la independencia tampoco es buena las veces que nos aísla. No es fácil encontrar el equilibrio justo, y la identidad nacional se ve cada vez más tensionada por la apertura al mundo por la que hemos optado. Esta ha sido la decisión de las últimas décadas más compartida entre los chilenos, y la más importante.  Difícilmente ha podido ser de otro modo. Ya que toda opción tiene su costo, habrá que asumir sus consecuencias.

La apertura económica a los mayores mercados del mundo, nos ha puesto en una situación tal de competencia con los demás países y entre nosotros mismos, que nos exige barajar incesantemente las cartas de la dependencia y de la independencia, con las de la alteridad y de la identidad. Ya lo estamos haciendo, y a una velocidad tan rápida que a menudo perdemos la noción de quiénes somos y de qué nos conviene.  La aceleración general de los cambios nos pide adaptación, flexibilidad, tolerancia mental y, al mismo tiempo, autonomía, claridad de metas y firmeza en los propósitos. Para ganar a los demás o defendernos de ellos, nos vemos obligados paradójicamente a alterar nuestra identidad y a conservarla.

Entonces no nos queda para celebrar más que la sabiduría de nuestro propio mestizaje. No obstante la violencia conque somos forzados a tratados, matrimonios, combinaciones marqueteras de todo tipo, siempre es posible amar la diversidad ajena, las razas y las culturas, y admirar y apropiarse de los materiales que servirán en la gestación de un nuevo pueblo. Somos mezcla y lo seguiremos siendo, ¡viva Chile!

 

CHILE DESDE EL EXTERIOR

Algunos europeos aún conservan de Chile la imagen de Allende, Neruda y del fracaso del proyecto popular. Otros piensan que mientras viva el General Pinochet no puede haber en el país un cambio verdadero. No faltan quienes, un poco más al día, destacan la prosperidad chilena en el contexto latinoamericano. Cinco meses en el viejo continente han sido para mí ocasión de recibir estas impresiones, pero también para afrontar la pregunta: ¿cómo está Chile ahora?

El amor a la patria, la comparación con otros momentos históricos y con otros países, me han movido a responder que “mejor”. Pero la misma comparación, cara al futuro, sirve para reconocer problemas que, si no se abordan, nos pueden costar el alma.

No es cuestión de imitar cualquier costumbre extranjera. Pero si algo podemos aprender de los demás, entre otras cosas, es el tiempo que en algunas partes las personas dedican a la lectura y, en otras, a la conversación. Con el cultivo de estas habilidades del lenguaje se adquiere el peso de la propia humanidad. Conversando y leyendo, es que se labra una personalidad capaz de preguntarse lo que la masa no se pregunta: de dónde vengo y adónde voy. ¡Una personalidad libre de modas, libre para inventar caminos nuevos!

Si los chilenos redujéramos las largas jornadas laborales (a menudo mal trabajadas), si encendiéramos el televisor sólo para los programas mejores (ahorrándonos horas de propaganda y de farándula), dispondríamos de energía para leer y de oportunidades para conversar. Necesitamos invertir en ciencia y conciencia. A nuestras relaciones humanas les falta diálogo. Es un error pensar que el mero progreso material nos hará más humanos. El desarrollo material embrutece cuando carece de una orientación humanista. El auténtico progreso, por el contrario, depende de la cultura de un pueblo y consiste en ella.

Pero la lectura y la conversación no son suficientes. Necesitamos también la escritura. No basta contar con sofisticados ordenadores si jóvenes y viejos escriben con dos dedos, sin puntos ni comas. Es más, si otra vez los chilenos escribiéramos poesía -el género literario de nuestra espiritualidad colectiva-, le daríamos con ella un contenido culto y profundo a nuestra convivencia. La ignorancia, por el contrario, es caldo de cultivo del abuso de los poderosos sobre los débiles. Gracias al dominio del lenguaje en general, podríamos fortalecer la sociedad democrática y el modo de gobierno democrático que nos hizo famosos y por el cual mereceremos que los demás nuevamente nos respeten y recuerden.

 

ETICA DE LOS NO CREYENTES

¿Puede una persona que no es cristiana ni creyente tener principios éticos y llevar una vida moralmente ordenada? Esta pregunta no tiene nada de ociosa. A los agnósticos parecerá insultante. Pero en un país como el nuestro en que la mayoría son creyentes y cristianos, precisamente por respeto a la minoría que no lo es, ella requiere de nosotros un intento de respuesta.

Para los cristianos es una especie de mandato del Creador imaginar que cualquier persona puede orientarse al bien, dar un norte honesto a su vida, y procurarlo con la orientación de la ley moral que deduce a través de su razón e interpreta en conciencia. No hay que creer en Jesucristo para darse cuenta que hay que hacer el bien y evitar el mal.  Mientras más noble sea el ideal querido, mientras más se luche por él, más fácil se hará conseguirlo a través de las decisiones que lo hacen realidad. La ley moral representa el criterio que orienta la actuación ética de las personas. Ella proviene de la experiencia de los que en el pasado concluyeron que una determinada conducta era buena o mala: no matar, no mentir, respetar al cónyuge ajeno, etc., son normas que una historia de sufrimiento y también de felicidad hizo necesarias.

Las normas morales dan una indicación fundamental a la acción, pero la vida nunca se repite. Las personas siempre enfrentan situaciones nuevas. No es lo mismo “engañar” para aprovecharse de otros que para salvar a un inocente. No es igual “robar” para acumular que cuando no se tiene con qué alimentar a los hijos. A veces las situaciones son muy complejas. ¿Podrían los políticos dictar una ley que eleve el sueldo mínimo al triple sin generar un descalabro económico y social?  Pues bien, las circunstancias concretas del país exigen a la conciencia moral de los legisladores tolerar que se pague a los trabajadores cinco, diez, veinte o setenta veces menos de lo que ganan sus empleadores, por una razón de mal menor. La ley moral sugerirá: “pagar más”. La conciencia del legislador debe considerar esta indicación de la ley moral, pero en última instancia ha de resolver conforme a “lo posible”. Lo inmoral, en definitiva, es actuar en contra de la propia conciencia; saltarse la ley moral o cumplirla exteriormente, en beneficio propio y perjuicio de los demás.

Como cristianos nos vemos obligados a pensar que un no creyente puede conocer cuáles son las normas éticas que guían la vida en sociedad e interpretarlas de acuerdo a lo que su conciencia le señale como bien supremo. Tenemos incluso el derecho de exigírselo. Debemos reconocer, por otra parte, que las etiquetas no salvan. En cuestiones de ética declararse creyente es secundario. Debiera ayudar, pero para caer en la cuenta que lo decisivo entre creyentes y no creyentes, es el amor al prójimo.

 

LATINOAMÉRICA, INJUSTA Y CRISTIANA

“En Latinoamérica reina la desigualdad”, es el título de un artículo de un matutino en sus páginas interiores. En base a un estudio del Banco Mundial, se afirma algo aún más preciso: “Latinoamérica es la zona de mayor desigualdad en el mundo”. Se ofrecen cifras. Se sugieren al voleo algunas explicaciones. Lo que no dice el artículo -no le toca decirlo, lo digo yo-, es que América Latina es también la región más cristiana del mundo. Europa ha preferido llamarse “postcristiana”.

Si viniera una delegación de marcianos a la tierra podría buscar la correlación entre estos dos datos: el espacio geográfico donde hay más injusticia es aquel que los terrícolas llaman “cristiano”. Uno de los marcianos podría decir: “Nada que ver. Que Latinoamérica sea el continente más injusto puede deberse a otros factores. Por lo demás, no sabemos si el cristianismo deba incidir o no en la política y la economía”. Algunos terrícolas le encontrarían razón.  No faltaría incluso el cristiano que piense que el cristianismo es irrelevante para la configuración de un mundo más justo. Otro de los marcianos podría contradecirlo: “No estoy de acuerdo. No se puede descartar que Cristo sea un monstruo que quiera apoderarse del universo y que haya comenzado por reinar en América Latina”. ¿Qué le responderíamos?

Los marcianos son muy lógicos.  Es fácil pitar a los terrícolas, pero a los marcianos no. Si respondemos que Cristo no es un monstruo sino todo lo contrario, que a él lo crucificaron los monstruos y que los cristianos luchan contra los monstruos para que la tierra sea compartida entre todos los hombres, los marcianos no nos creerían. Probablemente dirían que los cristianos se dividen en engañadores y en engañados. Sospecharían que los engañadores, en nombre de su “dios crístico”, convencen a los demás del valor eterno del sacrificio y del progreso, y que los engañados les creen, haciendo de su miseria su virtud.

Podríamos, en cambio, ser sinceros. Sin escudarnos en la complejidad de factores que producen la desigualdad en América Latina,  tendríamos que reconocer que los cristianos hemos sido incapaces de llevar a la práctica el mundo que Cristo soñó; que nosotros mismos hemos hecho de la fe cristiana una salsa barata para adobar todo tipo de platos; que algunos de los nuestros han desvirtuado absolutamente el Evangelio mediante una doble adoración de Dios y del dinero. En defensa de Cristo recordaríamos que, mientras unos acumulan lo que les sobra, los pobres comparten de lo que les falta.

 

III.   El Cristo de los pobres

 

LA NAVIDAD DEL CRISTO INMIGRANTE

No discuto la obligación del Gobierno de regular la inmigración. Un cierto límite a los extranjeros preserva la paz. Pero no es la protección contra los extranjeros lo que asegura la paz, sino acogerlos y asimilarlos. Miremos la historia: ¿quién es más chileno que el mestizo, mezcla de nativo e inmigrante a lo largo de sucesivas generaciones?

Tengo a mano tres casos prometedores. Entre los microbuses de la Alameda vi a un vendedor ambulante peruano con un gorro que decía “Chile”. ¡Qué símbolo! Pero, ¿de qué? ¿Trataba  de ganar la simpatía de sus clientes? ¿Se protegía contra posibles agresiones? Tal vez quería sinceramente ser otro chileno más. ¿Por qué no?

Un caso mejor es el de tantas nanas que han dejado el Perú para venir a cuidar  niños chilenos. Varios reparos se podría hacer a la calidad moral de estos empleos, pero lo que aquí importa es la convivencia familiar y muchas veces amorosa entre estos niños y sus nanas. ¡Éste sí que es símbolo! Pongamos atención: para salvar a sus hijos de la miseria, una mujer abandona su patria, parte a una tierra desconocida, a veces hostil, a educar niños ajenos. Nuestro ojo superficial nos dirá que una mujer peruana y humilde no podrá enseñar a nuestros hijos más que rarezas. Nuestro ojo profundo, en cambio, verá que nadie podrá educar mejor a estos niños que una nana así, porque no hay aprendizaje más importante que el del amor y mujeres como éstas enseñan a amar con el puro ejemplo de su inmenso sacrificio.

Para el tercer caso recurro a la ficción: ¿cómo no imaginar que esta Navidad no nazca un niño hijo de peruana y chileno, o al revés? No nos extrañe que la soledad, los acosos o el amor verdadero traigan a luz este año nuevos mestizos, semejantes a Jesús mitad judío y mitad galileo. Si así sucede, no habrá mejor símbolo de una nacionalidad híbrida como la nuestra que un niño, una niñita chileno-peruana. Ojalá la unión de las razas exprese el amor entre las razas y sea el amor la única fuerza del intercambio cultural entre los dos pueblos.

Sería muy preferible que esta Navidad en vez de perder la cabeza con la compra de regalos de alto precio, pudiéramos gozar con los regalos que no tienen precio. El niño que nos visita no está a la venta: él mismo se nos regala. Tómeselo o déjeselo. Téngase en cuenta, eso sí, que poco después de nacido Jesús, él y sus padres fueron refugiados en Egipto. ¿Buscó José trabajo allí subcontratado en la restauración de una pirámide? ¿Estuvo María dispuesta criar a Jesús a ratos, empleada principalmente en alimentar y cambiar guaguas egipcias? No es obligatorio conmoverse con la historia del hijo de un carpintero. Pero no habrá razón para recordarlo, enternecerse, ni menos aún para creer en él, si no es para abrir el corazón al Cristo que estos días nos sale al paso en un coreano, un ecuatoriano o un peruano.

 

UNA NAVIDAD DECISIVA

Diciembre es un mes loco. Cansados ya del peso del año, diciembre nos exige todavía más: balances, despedidas, graduaciones, libretas de notas, amigos secretos, asados y fiestas.  Un mes tremendo, pero también fascinante. Es que en diciembre, parece, se nos juega la vida. De todos los meses, este es el que más se asemeja a una “final”.

En medio de tanto ajetreo, la Navidad puede tocarnos, puede rozarnos, puede ser sólo escenografía para adorar al “dios” que, en realidad, consume todas nuestras fuerzas. ¿Cuál? A cada uno corresponde examinar qué es lo más importante en su vida: el dinero, el trabajo, la fama, la familia, la salud, el sexo, la música, un perro… una o varias personas con nombre y apellido. Pero la Navidad puede ser también la oportunidad para caer de rodillas y honrar al Dios al que agradecemos estas y otras cosas más. Y, en el más duro de los casos, un momento privilegiado para abrirle el corazón y decirle: “no doy más”, “no soporto tanta soledad”, “por qué a mí”…

El nacimiento de Jesús nos recuerda que la vida no es un “derecho”, sino un regalo. Por más que luchemos, nunca podremos obtener nada seguro, definitivo, valioso que no nos sea dado gratuitamente. Los más ricos, los que se creen santos podrán patalear contra esta “injusticia divina”, pero Dios no es tacaño ni sobornable. El Dios de Jesús es el Dios de los pobres. Es el Dios que para Navidad viene a escuchar los clamores de los que más sufren, de los que fracasaron en el matrimonio, en la escuela, en el trabajo. Para ellos, más que para nadie, el Emmanuel representa una esperanza.

Jesús, hijo de una pueblerina y de un carpintero, amenaza al omnipotente Herodes. El niño no habla, no piensa, depende en todo de María y de José, pero en su corazón ya sueña con un mundo al revés. Un mundo en el que los jueces hacen justicia a los hijos de la calle, en el que la libertad de expresión triunfa sobre los dueños de la prensa, en el que a los trabajadores se les restituye con generosidad lo que les roba el mercado. Las iglesias revolucionan el mundo cuando en ellas los lunáticos, los drogos, los cartoneros, los enfermos de sida y  “últimos del curso” ocupan los primeros lugares, opinan y pesan en las decisiones que les atañen. Los herodianos tiemblan. Para estos, un mundo que privilegie a los que no merecen nada es un peligro intolerable.

¿Vale la pena un diciembre tan agitado? Si este mes equivale a una “final”, ¿cuál es nuestro equipo? La Navidad nos obliga a definirnos. En la cancha o desde las galerías, jugamos del lado del mundo que se han ganado los nuevos herodianos o del lado del mundo al revés que nos regala Jesús.

 

EL CRISTO DE LOS PERDEDORES

Si quisimos una familia y la familia se quebró; si con trabajo pretendimos abandonar la pobreza, pero la cesantía nos rompió el alma; si las enfermedades de las personas a cargo fueron demasiado graves y terminaron por hundirnos; si las envidias y las calumnias nos liquidaron la fama; si la mezquindad de los patrones nos apretó hasta asfixiarnos; si, en fin, nuestra vida ha sido una sola derrota, entonces Jesús es nuestro representante.

Pero, ¿no es Cristo una carta de triunfo? Para los creyentes en su resurrección, sí. El problema surge cuando los creyentes juegan esta carta para evitar, y no para mostrar, el único camino que puede conducir a los no creyentes, y a los mismos creyentes, a reconocer a Jesús como el Salvador. A saber, el camino que hizo Jesús en representación de todos los perdedores de la historia.

Algo raro sucede. Como que Cristo fuera usurpado por los ganadores. Primero, el cristianismo fue usado para forzar la unidad política del Imperio Romano. Después, los príncipes cristianos extendieron el predominio occidental en nombre de la religión verdadera. Hoy, en contra de la intención expresa de Jesús, se ha hecho muy fácil compatibilizar a Dios con las riquezas. En cualquiera de nosotros los cristianos, sin ir muy lejos, es posible descubrir un afán por hacer de Dios un “seguro de vida”, un garante de las comodidades adquiridas y un desgravamen para el caso de la muerte. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el hombre que en vez de salvar la piel la arriesgó? ¿que en lugar de asegurar con malas artes la llegada del reino de Dios la confió a la pura fuerza de su amor indefenso?

Si Jesús aporta algún bien a la humanidad, habría que rescatarlo. Pues bien, su solidaridad con los perdedores es la pista principal. Recuérdese que lo más probable es que la última palabra de Jesús en la cruz haya sido un grito. Jesús es el grito de la humanidad a un Dios que parece indiferente ante el sufrimiento humano. También una persona sin fe en Cristo puede reconocer que Jesús representa a las víctimas inocentes.

Torturas, abusos, hambrunas, abandonos, humillaciones, sentencias inicuas, difamaciones, migraciones, destierros, masacres, holocaustos… ¿Dónde está Dios?, preguntan hombres y mujeres a lo largo de los siglos. ¿Escuchó el Padre el grito de su Hijo? ¿Resucitó Cristo o no? Sólo los perdedores pueden decírnoslo. Si la resurrección de Jesús es el resumen del Evangelio, nada más la “Iglesia de los pobres” (Juan XXIII) ha podido proclamar que el Evangelio es una “buena noticia”. Si Cristo significa infinitos bienes para la humanidad, el primero de todos es su solidaridad con los crucificados. Esta solidaridad, propagada entre los perdedores, anterior a la fe en la resurrección de Jesús pero también como su efecto más propio, es la que otorga al cristianismo su certificado de credibilidad.

 

SIGNIFICADO DE LA CRUZ

Es común creer que al que hace el bien le va bien y al que hace el mal le va mal. Si los hechos dicen lo contrario, si a veces a los buenos les va mal y a los malos les va bien, se piensa que tarde o temprano, las personas cultas, trabajadoras, ahorrativas y correctas serán recompensadas, pero las ignorantes, las descuidadas, las gastadoras y las corruptas sufrirán nefastas consecuencias. En las religiones, este esquema mental es garantizado por un “dios” que castigará a los que se comporten de un modo injusto y premiará a los que observan sus mandamientos.

La otra cara de este modo de pensar, sin embargo, lleva sutilmente a concluir algo muy grave: que los triunfadores son buenos y que los perdedores son malos. Por esto muchos creen que el contagio con los ricos, los sanos y todos aquellos a los que la vida les sonríe podrá beneficiarlos, y se les acercan y los adulan. Por el contrario, es tan común sospechar de los pobres y evitar su contacto: si son pobres, es que son flojos. En Chile todavía se dice de algunas víctimas “algo habrán hecho”.

El cristianismo enseña que esta lógica es errónea. En la cruz Dios estuvo en un hombre que, condenado a muerte, parecía culpable, pero era inocente. Si Dios se identifica con Jesús, mientras Jesús se identifica con los perdedores, su lógica rompe con aquella otra lógica que inspira desprecio por los culpables y veneración por los justos. La lógica del Dios de Jesús, es el amor desinteresado. ¿Se entiende? No fácilmente. La entenderán los que sean amados y perdonados por los imitadores de Jesús, cuando a los ojos de la sociedad ellos parezcan culpables por su pinta de perdedores.

Se dirá que la resurrección fue el premio del justo. Sí, si entendemos que Dios premia a Jesús con la vida nueva, pero que en la cruz no lo castiga a él ni en él a los que lo han crucificado. Dios no necesita condenar a unos para salvar a los otros. Dios puede lo que nadie puede: morir por los pecadores y resucitar por los inocentes. Para ofrecer el perdón divino a los pecadores Jesús comparte la consecuencia última del pecado, la muerte. Para reivindicar a las víctimas inocentes del pecado, resucitando a Jesús Dios hace justicia a los ajusticiados injustamente. Muy distinto a lo que se piensa comúnmente, Dios ama a inocentes y pecadores. Dios no sabe castigar. Ama, y nada más.

¿Da lo mismo entonces comportarse bien o mal?  De ninguna manera. Si en la cruz Dios ofreció el perdón a los que descargaron en su Hijo inocente un daño que Él no descargaría en un culpable, alcanzan la vida eterna los que son compasivos con los pecadores como Él es compasivo con ellos. En cambio, los que se empeñan en apartarse de los pecadores y juzgarlos, se condenan solos, porque solos se niegan a entrar en el circuito de la compasión de Dios. El infierno es invento humano, no divino. Dios ha creado sólo el cielo. Para amar y perdonar, Dios no necesita de nuestra bondad ni que le crucifiquen a un hombre. Si Dios quiere salvar a la humanidad, se salva el que prolonga la magnanimidad de su amor con el prójimo, pero también consigo mismo. Si Dios ama a los que no merecen ser amados, la misión de los cristianos consiste en inventar un mundo al revés, un mundo digno de todos y no sólo de algunos. La santidad auténticamente cristiana no consiste en la impecabilidad, sino en la misericordia. La justicia divina no hace intrascendente la búsqueda de justicia humana, pero, al encajarla en la misericordia, la capacita para rescatar a los malos en vez de descartarlos.

 

MEMORIA PASCUAL

Los cristianos recuerdan en Semana Santa el camino de Jesús a la cruz y luego su resurrección. ¿Por qué?

No lo hacen porque les guste la historia y gocen con los relatos heroicos. Tampoco porque se deleiten con el sufrimiento de Jesús o porque viéndolo así sufriente les sirva de consuelo. La diferencia de esta historia con cualquier otra historia, es que lo que sucedió con Jesús en el pasado de algún modo continúa sucediendo en el presente. No es lo mismo el recuerdo que los cristianos hacen de Jesús que el recuerdo que cualquier persona puede hacer de Gandhi, Sócrates o Arturo Prat. Los cristianos recuerdan el camino de la cruz porque creen que el crucificado resucitó y vive.

Los cristianos siguen a Jesús en su pasión para participar de su resurrección. ¿Cómo se entiende algo así? Ellos esperan la vida eterna más allá de su muerte, viviendo ya ahora de acuerdo al mismo amor que ha vencido a la muerte. Si en la cruz Jesús llevó al extremo el amor de Dios por cada uno de nosotros, incluidos nuestros enemigos, los cristianos vencen la muerte en tanto se dejan amar por Dios, perdonan a los que los ofenden y trabajan por la superación de toda enemistad. La salvación cristiana origina una vida nueva ya en esta historia nuestra, en la que normalmente predomina la desconfianza y el temor a los demás, la defensa en contra de los otros y el egoísmo. La resurrección de Jesús es reconocible allí donde surge una nueva forma de vivir caracterizada por la confianza entre los hombres, la esperanza en el futuro a pesar de cualquier dificultad y el amor por los que no parece que merezcan ser amados: los despreciables y los que más nos han ofendido. Esta es la novedad de Jesús que los cristianos recuerdan y reviven en Semana Santa, novedad que rompe con la historia tan conocida del “ojo por ojo, diente por diente”, la historia del resentimiento y la venganza.

Pero la pasión y la resurrección de Cristo no atañen sólo a los cristianos. El llamado Misterio Pascual de Jesús, la Iglesia cree, tiene alcance cósmico. Si por la Encarnación del Hijo de Dios sabemos que nada humano es ajeno a Dios, que Dios se hace solidario con la humanidad hasta las últimas consecuencias, por el Misterio Pascual de Jesucristo sabemos que allí donde hay un hombre, una mujer que sufre, es Cristo que sufre; que donde una mujer, un hombre pide perdón, es Cristo que impulsa la reconciliación. Todo el cosmos está cristificado. También en los budistas, musulmanes, ateos y los que nunca han oído hablar de Nazaret o Jerusalén, es Cristo que padece en cruz cuando cualquiera de ellos tiene hambre y es Cristo que resucita cuando un prójimo les da de comer. Atentos a las necesidades de los pobres, los obispos nos remecen con su campaña en favor de la mujer jefa de hogar que con enormes sacrificios “para la olla” a diario. No hay que averiguar si esa mujer ha cometido errores en su vida, si es católica o evangélica. Si el crucificado es el Cristo, la propaganda dice: “ella también”.

Los cristianos en Semana Santa hacen suyo el dolor de Cristo por el mundo que sufre y preguntan a Cristo mismo qué pueden ellos hacer para bajarlo de la cruz. En cada una de las misas los cristianos agradecen a Dios porque Jesús continúa luchando por la justicia y la paz del mundo, y con su oración y su acción se suman a su causa.

 

LA “PÍLDORA DEL OLVIDO” O LA MEMORIA DE LA PASIÓN

Si el día de mañana se inventara una “píldora del olvido”, una pastilla para borrar los hechos más dolorosos de nuestra vida, para suprimir de la memoria aquellos golpes que nos marcaron para siempre, ¿quién la tomaría?

Cualquier interesado debería primero sacar  las cuentas. Si pudiéramos recordar sólo los buenos momentos, ciertamente no seríamos los mismos. A futuro, no pudiendo entender el sufrimiento de los demás, su pena nos parecería una estupidez. Creeríamos que se merecen lo que sufren. Los culparíamos de su tormento. Y, así, juzgándolos aumentaríamos su desgracia, evitando de paso que su infortunio nos toque.

Pero, además, sin esos hechos traumáticos nuestra identidad sería irreal. Nada hay más nuestra que esa historia de padecimientos que solamente podemos contar en privado, sin apuros y no a cualquiera. ¿Acaso no fue en aquellos momentos de dolor que tuvimos la impresión de ser distintos de los demás? “¿Por qué a mí?”, dijimos, “¿Por qué ahora? ¿por qué de esta manera?”. Nos sentimos solos. Nos supimos únicos en el mundo. El placer, el amor no han cincelado nuestro “yo” más que la frustración, el fracaso y la impotencia de no haber sido amados como lo quisimos. Un hombre, una mujer sin memoria de su pasión, serían unos eternos turistas sobre la tierra. Su convivencia parecería una especie de show de irrealidad: escenografía, drama sonso, risas falsas, aplausos falsos…

Sin embargo, ¿podríamos nosotros juzgar a las personas que, habiendo padecido mucho en su vida, decidieran tomar la píldora para olvidar su dolor? De ninguna manera. ¡Nunca hay que juzgar! Pero probablemente sería esta misma gente la menos interesada en tomarla, pues ella sabe que su pasión es exactamente lo que tendría que contarnos. Estas personas, nos consta, aportan a nuestra vida en sociedad una cuota de verdad cruda que nos delata y nos sana al mismo tiempo. Nadie como ellas desarrollan un olfato finísimo para detectar a la mujer mentirosa, al nuevo rico, al predicador que habla sin decir nada… Sin la memoria de las víctimas una sociedad avanza sin rumbo.

Jesús no habría tomado jamás la “píldora del olvido”. De haberlo hecho se habría incapacitado para representar a las víctimas ante Dios. Los seguidores de Jesús tampoco la habrían tomado. Pues compartiendo el dolor de los demás, amándolos con el amor de Jesús, los cristianos prueban lo imposible: que Dios no es apático, que a Dios no le da lo mismo la pasión del mundo.

 

IV.   Ante tantos cambios, ¿qué Iglesia?

¿QUÉ TIPO DE ESPIRITUALIDADES VALEN LA PENA?

¿Qué lee la gente en el Metro? De todo un poco, pero en varios casos se trata de espiritualidad. Libros que orientan y dan a la vida un sentido trascendente. Estas lecturas responden a una necesidad muy honda. Pero, ¿cómo sabe el lector que el libro escogido no es psicología barata o religiosidad perniciosa? No podemos ser ingenuos: no toda invocación de Dios es divina ni cualquier reclamo de cientificidad es serio. Tampoco la literatura cristiana se libra de algunas aberraciones lamentables. Entonces, ¿con qué actitud leer?, ¿qué criterios ayudarán al lector a discernir lo  verdaderamente valioso de la charlatanería?

Ninguna actitud ayuda más a vivir y a leer un libro, que la apertura confiada a que los otros tienen algo que aportarnos. Los prejuicios son inevitables, pero ¿por qué habrían de impedirnos conocer nuevas visiones de Dios, del mundo y de la humanidad? Releo a Bertrand Russell, agnóstico, y su sabiduría me parece notable. Pero incluso en las elaboraciones más despistadas suele encontrarse una reflexión o una breve frase que nos ilumina. Una actitud tolerante y positiva, sin embargo, no basta. Sugiero un par de criterios para distinguir lo que orienta de lo que extravía: la libertad y la solidaridad. Criterios que extraigo de la tradición cristiana, pero tan universales que cualquiera los podría aprovechar.

Sostengo que ninguna lectura espiritual puede ser sana si, en vez de liberarnos, nos oprime. A veces, en nombre de la espiritualidad, se nos mete miedo con calamidades por venir; se nos exige someternos a las extravagancias de un gurú o santón; se pretende que creamos que los astros gobiernan nuestra vida o que recurramos a algún método pseudo-científico para adivinar nuestra suerte. ¡Negocio para el autor, basura para el lector! La más grave de las opresiones, empero, es la moral. Si se trata de reconocerla, recuérdense esas prédicas que reducen la vida moral a la observancia ciega de normas éticas, olvidando que en definitiva lo más importante es cumplir estas mismas normas no por miedo a equivocarse, sino por verdadero amor a los demás.

El criterio de la solidaridad, por otra parte, centra nuestros deseos de liberación. Desde muy antiguo se han dado espiritualidades pesimistas que prometen “salvarnos del mundo” (como si para ser felices hubiera que desprenderse de este mundo) o proclaman algo así como “sálvate tú” (como si fuera posible la dicha prescindiendo de los demás). Al margen de la fraternidad humana y de la empatía cósmica no es posible encontrar trascendencia auténtica, sino pura evasión, “ombliguismo” e “intimismo” egoístas.  Cualquier libro que prometa libertad a costa del imperativo de compartir este mundo con los demás, nos engaña. En realidad, hay un tercer criterio o, si se quiere, todo se resume en uno solo: el amor. La libertad y la solidaridad son las dos alas del amor. Si faltaran en alguna espiritualidad, carecería esta de lo principal. El amor nos libera del egoísmo para encargarnos unos de otros. La comunidad solidaria que el amor crea, es el espacio vital que necesitamos para desenvolvernos con iniciativa y libertad.

 

¿CASTIGO DIVINO?

El castigo es una realidad cotidiana. Unos castigos son vistos como necesarios. Otros, como nocivos. Son requeridos por la justicia o la venganza. Se los usa para disuadir.  Los esposos pueden castigarse uno al otro de maneras sutiles e indignas. Para educar a los niños, se los castiga.

“Dios castiga, pero no a palos”, se oye. Pero, ¿necesita Dios castigar? ¿No será que decimos que lo hace para castigarnos unos a otros con la autorización de un ejemplo divino? En la tradición religiosa judía y cristiana conservada en las Sagradas Escrituras, varias veces se mencionan castigos divinos. Pero, si se admite que la Biblia no es un “cajón de sastre” del que cualquiera saca lo que le conviene, descubriremos que lo único que Dios quiere para sus criaturas es la vida. Aún cuando Dios amenaza a su pueblo con castigos, éstos no son sino la consecuencia última del pecado humano. Dios solo salva. Cuando anuncia castigos, es que advierte a la humanidad de su autodestrucción.

La novedad más extraordinaria del judío Jesús es haber revelado que su Dios es Amor tan radical que jamás castigaría a sus hijos y, por ende, merece una confianza total. Por eso Jesús lo llama “Papá”. Porque creía en su bondad. Para que también sus discípulos confiaran en Él sin temor alguno, les enseñó el “Padre Nuestro”. Lo dice San Juan en otros términos: “No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 18-19).

Es cierto que a nosotros, pobres seres humanos, nos cuesta prescindir de los castigos. Por ello, al recordar que Dios no castiga, desautorizamos al menos que se use su nombre para justificar la violencia de nuestros métodos; además, precavemos a la religiosidad de la tentación al masoquismo;  por último, nos permitimos esperar un “cielo” para después de la muerte. Pues el “infierno”, si alguno lo habita, será creación humana, no divina. Para ganarnos el corazón, Dios no ha necesitado hacernos daño.

El cristianismo responde al mal del mundo con amor más que con palabras. Jesús apostó su vida para que lucháramos contra el mal. Compartiendo la convicción de Jesús en la bondad de su Padre, prueban los cristianos que Dios es digno de fe. Amando como Jesús, sobrellevando solidariamente los castigos que los seres humanos se propinan unos a otros, los cristianos erradican la violencia de la historia y, con Jesús, anuncian a un Dios completamente bueno.

 

CAMBIOS EN LA RELIGIOSIDAD

Numerosos estudios detectan un cambio en la religiosidad. La que algún experto ha llamado “metamorfosis de lo sagrado”, sería de magnitud equivalente a la mutación religiosa que ocurrió en torno al siglo VI a. C., en India, China, Persia, Grecia e Israel, consistente en el paso de una conciencia religiosa cósmica y colectiva a una más reflexiva y personal.

La transformación actual de la religiosidad es parte de un fenómeno cultural que el informe chileno del PNUD 2002 denomina “individualización”. Esta impulsaría a los individuos a decidir por sí mismos en qué creer y a elegir libremente sus prácticas religiosas. La sociedad actual ofrece una pluralidad de posibilidades (literatura espiritual y de autoayuda, conocimiento de otras cosmovisiones, adhesión a creencias esotéricas, etc.), con la cual los sujetos elaboran su propia síntesis religiosa. Llevada al extremo, la individualización desemboca en una privatización de la religiosidad, en una actitud crítica ante las tradiciones y las autoridades eclesiásticas, pudiendo también concluir en la indiferencia o la deserción.

¿Cómo juzgar esta transformación? Hay que reconocer el valor que tiene el despliegue de la libertad personal. La gente quiere ser protagonista. No por un puro capricho, los fieles desean que se respete su conciencia. En lo hondo de esta demanda de autonomía suele haber mucha angustia e impotencia, la impresión de desamparo en una sociedad implacable y la urgencia de respuestas nuevas a problemas nuevos.

Pero no está claro que las personas puedan inventar individualmente lo que la humanidad sólo ha encontrado en común. Las iglesias son necesarias para que los individuos encaucen, corrijan y confirmen su fe. Sin su conducción, el ejercicio de la libertad religiosa suele acabar en los más raros o penosos extravíos.

Por esto mismo, cabe preguntarse si la individualización religiosa en curso no tiene que ver con que las personas no están encontrando en sus iglesias las ayudas intelectuales, emocionales, prácticas y místicas que necesitan para experimentar a Dios y ordenar su vida de acuerdo a Su voluntad.

Opino que, ante una desorientación cultural creciente, se ofrece a las iglesias una oportunidad única de acoger a tantas personas que buscan el valor trascendente de sus vidas. Pero no cualquier acogida sirve. Todo lo que se haga por darles espacio como protagonistas dotados de inteligencia y libertad, que puedan participar creativamente en la solución de sus dilemas morales, en el culto y en la organización de sus comunidades eclesiales, debiera contribuir en la dirección correcta.

 

NECESIDAD DE CONVERSIÓN EN LA IGLESIA

Las noticias acerca de sacerdotes pedófilos nos han estremecido. Como sacerdote confieso mi dolor por las víctimas, y mi vergüenza sin límite. A quienes compartimos el oficio de Cristo de consolar y propagar la bondad de Dios, se nos acusa de conductas repugnantes. No sirve decir que son sólo algunos; que en el clero se da menos del 5 % de pedófilos de lo que parece darse en el resto de la sociedad; que son los tíos los que más abusan. El escándalo afecta seriamente nuestra credibilidad. ¿Qué hacer?

La pedofilia es una enfermedad mental grave, de poca o imposible mejoría psiquiátrica. La práctica indica que no corresponde confiar su solución a la mera conversión moral del enfermo. Contra ella nada pueden los consejos espirituales, ni cualquier tipo de terapia. Tratándose de sacerdotes, tampoco ha servido trasladar al cura enfermo de un lugar a otro. Así no se enfrenta el problema. En estos casos el superior jerárquico, castigando al sacerdote, protegiéndolo de ser acusado públicamente o queriendo limitar su daño en un determinado radio de acción, ha privado de justicia a sus víctimas. Y, a la larga, ha simplemente desparramado el problema.

Los hechos que lamentamos son también muy dolorosos porque hieren la confianza que la Iglesia ha ganado, por mencionar un solo ejemplo, con innumerables y anónimos sacrificios en favor de niños abandonados. En todos los rincones del país, a lo largo de toda su historia, millares de huérfanos han recibido de religiosas y sacerdotes cuidado y cariño. Por muchos que sean los casos que nos avergüenzan, ellos no deberían opacar obras como la del Padre Hurtado, Don Orione, Don Guanella o a las hermanas de la caridad. Pero si ha habido una sola víctima, ella debería conmovernos y urgir nuestra reacción.

¿Por dónde comenzar? No parece ser ninguna solución eliminar el celibato eclesiástico, como a veces se ha sugerido. No se puede atribuir la pedofilia a la castidad voluntaria ni a la soltería. Ella también se da en las familias. Pero, reconociendo las carencias y dificultades que la vivencia del celibato importa, en la Iglesia debiéramos revisar la selección y la formación de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa. Pésima receta será, para prevenir el peligro, elegir personas que, por creerse sagradas o por temor a la sexualidad, sean incapaces de expresión afectiva.

En lo inmediato, de acreditarse una acusación, a los tribunales toca esclarecer los hechos y establecer la justicia. A las autoridades eclesiásticas corresponde ayudar a los tribunales a aclarar el asunto. Los imputados tienen derecho a que una acusación falsa sea desvirtuada públicamente por la justicia. Sobre los pastores pesa una responsabilidad paternal sobre los mismos sacerdotes y, por ello, deben defenderlos hasta que no se declare su culpabilidad. Pero su obligación evangélica primera con cualquier víctima, les exigirá colaborar con los tribunales para reparar en lo posible el daño que se les ha causado y respaldar su trabajo aunque ello signifique castigar a los culpables.

Los medios de comunicación han contribuido a ventilar un crimen que la sociedad tradicional supo tapar por años. A ellos se puede pedir que continúen con su tarea, pues con su búsqueda de la verdad apuran la justicia para las víctimas y, en la medida en que se abstienen de humillar desconsideradamente a los curas culpables, aceleran la conversión de la Iglesia y la elevación moral de la sociedad.

 

EL CRISTIANISMO HOY

Si es cierto un auge religioso mundial. Si es verdad, además, que con argumentación religiosa se defienden intereses económicos, políticos y culturales de grandes civilizaciones, que las mentalidades diversas chocan y que los conflictos se agudizan por la progresiva concentración de la riqueza. Entonces, no será extraño que vengan tiempos de fanatismo religioso de tipo cultural, revolucionario o terrorista.

¿Qué rol jugará el cristianismo en la actual encrucijada histórica? Imaginamos que, en razón de la deuda recíproca entre cristianismo y cultura occidental, el cristianismo se inclinará a favor de la causa de Occidente. Saldrá por cierto en legítima defensa de la libertad y dignidad personal, pues se trata de su fabulosa contribución a esta cultura y a la humanidad entera. Pero, ¿quién podría decir que el llamado de líderes occidentales a proteger los valores cristianos de su civilización no sea también un llamado a hacerlos prevalecer en el mundo entero? En la actual confrontación internacional, el cristianismo también se usa para reciclar los intereses mezquinos de Occidente en dos planos. En el personal, expresándose en piedad religiosa individualista, autosuficiente e indiferente a la justicia social. En el colectivo, asegurándose que la sociedad occidental es la mejor de todas.

Que el cristianismo haga el juego a Occidente, sin embargo, es comprensible, pero no obligatorio. Si históricamente se ha identificado con la cultura greco-romana en particular, teológicamente se identifica con todas las culturas sin agotarse en ninguna. El cristianismo tiene una vocación a la paz universal que lo capacita para urgir a las diversas personas y civilizaciones al diálogo. Se querrá usarlo para imponer los valores occidentales a los “bárbaros” y los “paganos”, para conquistar a estos pueblos e incluso declararles la guerra, pero esperamos que suceda todo lo contrario, que la fe cristiana  haga de bisagra y de puente entre las civilizaciones. Ésta es su auténtica tarea. ¿De qué depende que suceda?

El cristianismo debiera llevar a la práctica su fe en Dios: el Dios de los pobres y el salvador universal. La pobreza es hoy la más grande de las civilizaciones. El cristianismo, en la medida que recupere su carácter de religión de pobres, en tanto represente la fe de los pobres y su anhelo de justicia, ridiculizará la lucha por acreditarse como la mejor de las civilizaciones posibles y los renovados empeños por apoderarse del mundo. Pero, además, debiera traducir en conductas concretas de encuentro, respecto y reconciliación con musulmanes, budistas, judíos, no creyentes y otros, la convicción teológica mayor que sostiene que todos los seres humanos son criaturas de Dios y que por todos, sin excepción, dio Jesús su vida. Por esta misma razón, la humanidad es advertida en contra del narcisismo e la intolerancia de todas las religiones, incluida la cristiana, y en contra de cualquier civilización elitista e imperialista.

Si es cierto que Dios salva a unos y otros por vías que incluso la Iglesia desconoce, el cristianismo no se justifica, no tiene razón histórica de ser, más que evitando las guerras, promoviendo el amor, inventando la paz, con todo lo cual se anuncia que Dios se jugó por entero en ese hombre pobre y universal que, para crear una nueva convivencia humana, prefirió morir a matar.

 

LA MONEDA DEL CARDENAL

Comienza a circular una moneda de $ 500 con la cara del Cardenal Raúl Silva Henríquez. ¡Bonita la moneda! Vale la pena comentar el significado del hecho porque unos lo celebrarán,  pero otros no. ¿Llegará algún día esta moneda a ser símbolo de valores compartidos por todos?

Partamos por lo primero, por la utilidad económica. Será  práctico contar con un nuevo instrumento de cambio. Por las de $ 1 ya nadie se agacha, ni siquiera por las de cinco. La nueva moneda ganará el corazón de la gente porque “con plata se compran huevos” y esta será la moneda más valiosa.

Pero el hecho es relevante en otro plano. Si se acuña una moneda con el rostro del Cardenal Silva, si se lo pone a la altura de O’Higgins y de los demás símbolos patrios, es porque él algo enseña sobre el verdadero patriotismo. Lo novedoso en este caso es que se trata de un patriota que es símbolo de Cristo, de la Iglesia, de la opción por los pobres y de la defensa de los derechos humanos.

Como símbolo de Cristo, Silva Henríquez evoca los conflictos de Jesús con las autoridades de su tiempo, reacias y reactivas a su anuncio de un reino de Dios para los oprimidos. Como símbolo de la Iglesia, don Raúl recuerda a ella que, en vez de protegerse de la humanidad, debe abrirse a los dolores y alegrías del amplio mundo, dialogar con él, aprender de él y comunicarle el Evangelio con decisión y valentía, aunque le cueste pérdidas de poder y persecuciones. Por proclamar la opción de Dios por los pobres el Cardenal Silva fue llamado “Cardenal de los pobres”. Por su lucha en favor los derechos humanos, por su amparo de personas concretas tanto como por la defensa de principios, el Cardenal será citado una y otra vez como cristiano, católico o chileno.

En esta moneda se da otro hecho simbólico particular, único en la numismática moderna: el gobierno de un presidente socialista y agnóstico ha acuñado una moneda con el rostro de un sacerdote. No conozco nada parecido. Las monedas con rostros de Papas no sirven de ejemplo, pues son troqueladas por el mismo Vaticano. Que el presidente Lagos sea diestro en el uso de los símbolos del poder es un dato conocido. Que un gobierno utilice la religión a favor de sus propósitos políticos tampoco es una novedad. Sin embargo, más allá de estas conexiones evidentes, resplandece el reconocimiento noble de un pueblo a través de sus legítimos representantes a un “padre” extraordinario, a un auténtico Padre de la Patria. “El amor con amor se paga”, diría Santa Teresa.

Por cierto, no todos reconocerán fácilmente esta paternidad. Para algunos Silva Henríquez no es símbolo de nada de lo anterior, sino memoria de “politiquería” y de clericalismo. El Cardenal no fue “monedita de oro”… La moneda del Cardenal será todavía moneda de discordia. Unos la acariciarán en sus manos y querrán guardarla de recuerdo. Otros la cambiarán cuanto antes por cinco de $ 100. Para que sea moneda de reconciliación, todos tendrán que admitir los valores que el Cardenal Silva encarnó. Mientras tanto que siga sirviendo como moneda de lucha por un país fraterno.

 

SACERDOTES EN POLÍTICA

La participación de los sacerdotes en política es un tema antiguo, pero siempre actual.

En los tres primeros siglos del cristianismo, los cristianos padecieron la política. El Imperio romano los persiguió hasta el día que Constantino vio en el cristianismo una fuerza que podía usar en su favor. Desde el día que el Imperio favoreció a la Iglesia y la Iglesia favoreció al Imperio, fue el paganismo el que padeció la política.

También en la actualidad la religión es tentadora para los políticos y la política tentadora para los cristianos. En un país mayoritariamente cristiano, cualquier candidato político se cuida de no ofender a las iglesias e invoca para su causa al Papa, al Cardenal Silva o al Hogar de Cristo. ¿Mal hecho? Habrá que ver. Una cosa es la encarnación política de un valor evangélico y otra su manipulación pura y simple. Por otro lado, hay que distinguir la obligación de los cristianos de aterrizar el cristianismo en este mundo, del afán por imponer a los demás conclusiones religiosas obligatorias sólo para los católicos.

¿Y los sacerdotes qué? Esta es la pregunta. En el siglo pasado hubo en Chile sacerdotes parlamentarios. En este siglo al Padre Hurtado se lo criticó por no arrear la juventud al Partido Conservador. En los años ’70 fueron sacerdotes los que levantaron la causa de los “cristianos por el socialismo”. Y en nuestros días tampoco faltan ejemplos de esta laya.

Para responder a la pregunta, conviene considerar que la participación política se puede dar a dos niveles. Al más alto nivel, todo sacerdote tiene una obligación evangélica de preocuparse por el bien común. Si un sacerdote no lo hace, tendrá que rendir cuentas a Cristo de colusión tácita con los poderosos que poco quieren saber de bien común. Pero hay circunstancias históricas tan particularmente graves para un pueblo o la humanidad, que puede ser incluso un deber moral para un sacerdote participar incluso a los niveles más comprometidos en la actividad política. Se dice y se celebra que Juan Pablo II interviniera decisivamente para terminar con el comunismo europeo. Hay empero otras circunstancias históricas que aconsejan que los sacerdotes se abstengan de participar en política partidista, pues al comprometerse tan intensamente con un sector político se suele atentar contra otro valor tan importante que sin él, a la larga, no serían posibles ni el bien común ni el protagonismo ciudadano.

Me refiero a la libertad. Lo que algunos sacerdotes desgraciadamente olvidan, es el enorme peso que ellos tienen sobre la conciencia de las personas y, además, su grave responsabilidad de hacer crecer a las personas en libertad.  Pues bien, debiendo ellos educar la conciencia de los fieles en los valores fundamentales de la vida cívica, no debieran sacar en lugar de los laicos todas las consecuencias prácticas de su responsabilidad política, en parte, porque los laicos suelen saber mejor que ellos cómo son las cosas y, en parte, porque la conciencia sólo actúa como tal cuando se la deja funcionar en libertad.

Si alguna autoridad tiene el sacerdote, es para iluminar y liberar, jamás para dominar. En circunstancias históricas que favorecen el desarrollo de la conciencia de los ciudadanos, un sacerdote no debiera señalar a ningún candidato, a ningún partido, pero tampoco dictaminar a los parlamentarios qué deben o no legislar. Una cosa es advertir sobre los valores en juego en una contienda política, educar las conciencias. Otra, normalmente ilegítima, impedir que los ciudadanos decidan por sí mismos o hacerlo en su lugar.

 

LA IGLESIA EN EL MUNDO

La mayoría de los católicos estaremos de acuerdo con que el tema “la Iglesia en el mundo” tiene que ver directamente con el servicio de la Iglesia a “la salvación del mundo”. Pero para los mismos católicos, miembros del mundo y de la Iglesia, llegado el momento de las concreciones, este planteamiento se ha vuelto muy problemático. Para despejar el camino a la misión de la Iglesia, es preciso revisar los presupuestos de su relación con el mundo.

En primer lugar, me parece que cuando hablamos de “salvación” debiéramos referirnos a una realidad trascendente, inmanipulable, que acabará de cumplirse al fin de los tiempos. Pero, que aún siendo trascendente, sabemos que la salvación se ha hecho tangible en nuestra historia a partir de la resurrección de Jesús. ¿Cómo? ¿Dónde? Por la Palabra, los sacramentos y la caridad, la Iglesia hace manifiesta la salvación. Su misión es propagarla en el mundo. Enseñarla. Pero la salvación alcanza a la Iglesia porque en principio ha alcanzado ya a la humanidad en su conjunto. Por la humanidad se hizo hombre el Hijo de Dios: gracias a su humanidad la Iglesia se sabe unida a Dios; en la humanidad fue Jesús crucificado: clavada a la historia del sufrimiento humano la Iglesia espera la liberación de Dios; habiendo resucitado, revelándose como homo verus, Cristo constituye el modelo de la humanización: la Iglesia llega a ser “experta en humanidad” en la medida que, como Cristo, en vez de condenar al mundo procura liberarlo de su inhumanidad.

En tanto esta salvación se expresa en la verdad que los hombres en sociedad necesitan, buscan, descubren e imaginan para vivir en paz,  no corresponde que la Iglesia pretenda enseñar al mundo sin que deba ella al mismo tiempo disponerse a aprender de él. Aunque esta verdad se resuma en Jesucristo y nadie conserve mejor su significado que la Iglesia, Jesucristo no es un recetario de soluciones múltiples a los problemas de la vida en sociedad, pues para discernir y crear tales soluciones el mismo Cristo nos ha dado el Espíritu Santo. El Espíritu obliga a Iglesia y mundo a aquel diálogo propiciado por el Vaticano II sin el cual la “verdad” de uno normalmente aparece como un “poder” contra el otro. Definitivamente la verdad cristiana terrena tiene un carácter histórico, provisional y trinitario: un Dios trino la realizará paso a paso, pero sólo en aquellos que caminen en obediencia suya hasta el final de la historia.

La razón por la cual la Iglesia puede enseñar al mundo y aprender de él es que ambos comparten una misma humanidad. Se engañan los que piensan que la Iglesia puede zafarse de la ley de la Encarnación. Si el mismo Hijo de Dios se sometió a las reglas de la historicidad y finitud humana, si tuvo que rezar para llegar a la voluntad de su Padre (Lc 22, 39-46), la Iglesia no puede pararse ante el mundo como si ella existiera aparte de él. Si ella es mundana y no divina, y si la mejor forma que ha tenido Dios para revelarse ha sido a través de un hombre auténtico y el más auténtico de los hombres, la Iglesia sirve a la salvación del mundo, en vez de estorbarla, en la medida que experimenta en su propia humanidad una salvación que, al igual que el resto del mundo, también ella necesita.

La Iglesia se rige por la ley de la Encarnación sólo de un modo parecido a Cristo. La Iglesia no es Dios. Pero, además, la verdad que necesitamos, verdad que la Iglesia debiera actualizar en el mundo y con él, a menudo no aparece en la historia porque los que la representan, jerarquía y laicos, también comparten con el mundo el pecado que distorsiona esa verdad y los engaña. La santidad no es un don y una vocación exclusivos de la Iglesia. Nadie, por tanto, puede invocar esta santidad como moneda corriente para enseñarle al mundo su camino, sin hacer con el mundo el camino, probando, equivocándose y comenzando otra vez por la gracia que Dios comunica a los seres humanos sin excepción. Como consecuencia de esto y de lo anterior, la humildad debiera constituir la primera de las actitudes de la Iglesia en su pretensión de evangelizar el mundo. Dando testimonio humilde de la fidelidad de Dios con su Iglesia no obstante sus numerosos yerros, podrá ella ganar la confianza de los que han de creer que Dios es digno confianza.

 

ORIGINALIDAD DE LA ESPIRITUALIDAD DEL PADRE HURTADO

Cristo hizo de Alberto Hurtado un cristiano, un católico y un jesuita cuyo perfil humano más notable fue el de un “místico social”. El caso de Alberto Hurtado es el de un cristiano auténtico, cuya experiencia mística de Dios en Cristo, en vez de ofrecerle el éxtasis en la soledad de la oración, lo encarna en el mundo conflictivo que le tocó vivir para amar aquel mundo y redimirlo.

 Tradición espiritual

El P. Hurtado no “inventó la pólvora”. El recibió su identidad de la tradición espiritual que lo formó como cristiano, católico y jesuita.

El cristianismo

Como para Jesús, para Alberto Hurtado lo más importante es “hacer la voluntad de Dios”. Y, Jesús mismo, es el paradigma de esta obediencia a Dios: “Aquí está la clave: crecer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo”.

Pero, ¿qué Cristo? En una época en que se acostumbraba predicar a los pobres el Cristo paciente del cual ellos debían obtener resignación, el P. Hurtado anunció al Cristo del reino y de la acción, el Cristo que moviliza a cambiar la suerte de los que la sociedad, y no Dios, ha hecho miserables.

Por otra parte, en contra de una catequesis teorizante de los muchos misterios de la vida del Señor, Alberto Hurtado urge personalizar el conocimiento de Cristo. Sigue en esto a San Ignacio que en los EE.EE. hace pedir la gracia del “conocimiento interno de Jesucristo para más amarlo y seguirlo”.

La Iglesia Católica

Sus escritos nos hablan, además, de una noción de Cristo inseparable de su Iglesia. En su experiencia ministerial sobresalió por su colaboración con la Iglesia local.

Alberto Hurtado encontró en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo la fuente de su inspiración. La idea de que la Iglesia anticipa la pertenencia de todos los seres humanos a aquel Cuerpo cuya cabeza es Cristo, la extrae el P. Hurtado de la convicción de que en la encarnación el Verbo divino se ha unido mística y amorosamente con el género humano, para hacer de cada una de las criaturas un hijo de Dios, y así divinizarlas.

El P. Hurtado fue un católico de avanzada. Probablemente todavía nos lleva la delantera como apóstol de la Doctrina Social de la Iglesia. Si hoy muchos ignoran esta enseñanza, en ese entonces su proclamación producía acerbas resistencias. En las encíclicas sociales fundamentó sus reflexiones sobre la propiedad, el trabajo de los obreros y la necesidad de reformas estructurales de la sociedad chilena.

Al P. Hurtado le dolía la situación del catolicismo en su patria. Ello le llevó a escribir ¿Es Chile un país católico? En esta obra lamentó la profunda ignorancia sobre la fe del pueblo cristiano y la falta de sacerdotes para educarlo. En Humanismo Social insistió en “la tremenda crisis de valores morales y religiosos por que atraviesa nuestra patria”. Advertía que la educación religiosa no sirve, si no se enseña la religión del amor al Padre y a nuestros hermanos los hombres. Criticaba la frivolidad y incoherencia de muchos católicos pudientes, a los que llama cristianos “solamente de nombre”. A consecuencia de la injusticia de los malos cristianos concluía que “la gran amargura que nuestra época trae a la Iglesia es el alejamiento de los pobres, a quienes Cristo vino a evangelizar de preferencia”.

Con los años su concepción de la Iglesia parece haber recuperado su humildad histórica más característica. Siguiendo a Bossuet, decía: “La Iglesia (es una) ciudad edificada para los pobres; es la ciudad de los pobres. Los ricos (son) sólo tolerados…”. Afirmaba aún: “La Iglesia es Iglesia de pobres y en sus comienzos los ricos al ser recibidos en ella se despojaban de sus bienes y los ponían a los pies de los Apóstoles para entrar en la Iglesia de los pobres”.

 La espiritualidad ignaciana

Cualquier miembro de la Compañía de Jesús podría imaginar al mismo San Ignacio ocupándose de lo que al Padre Hurtado desvelaba. Los Ejercicios Espirituales ignacianos son, por cierto, la matriz teológica y espiritual más determinante de su santidad. Como hijo de San Ignacio, procuró en su vida “poner a la criatura con su Creador”. Toda su predicación, toda su actividad, son fruto de estos ejercicios: su deseo de la mayor gloria de Dios expresado en la búsqueda de su voluntad; su amor a Jesucristo y sus ansias de ser otro Cristo; la pasión por la salvación de los hombres de carne y hueso, y no sólo de sus almas; su apertura a las inspiraciones nuevas del Espíritu; su devoción a María; su “sentir en la Iglesia”, su fidelidad a los pastores y a los laicos; su conciencia de pecado y su deseo de la santidad; su mortificación, su humildad y su alegría; la fortaleza de su voluntad y su paz interior. Tantas otras características de su modo de seguir a Jesucristo el Padre Hurtado las hizo suyas gracias a Ejercicios Espirituales, particularmente, y a la espiritualidad ignaciana en general.

Nadie duda que Alberto Hurtado fuera un hombre de oración. En especial, buscó cultivar una oración afectiva y amorosa con su Señor. Pero lo propio y distintivo suyo, es haber hecho de todo su apostolado su oración. Con sus propias palabras nos advierte: “adoración sobre todo en la acción (brevemente en la oración)”, pues “nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, i.e., hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios”. Esto, sin embargo, no significa que cualquiera acción es contemplación: “nuestra obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas”

Alberto Hurtado se supo jesuita y amó a la Compañía de Jesús como pocos. En carta a su gran amigo y Provincial, el P. Álvaro Lavín, le dice: “Creo que si alguna vez debiera dar Ejercicios a los Nuestros una plática sería consagrada a ‘sentirnos de la Compañía’; esto es a no considerar la Compañía como algo extrínseco a nosotros, de lo cual uno se queja o se alegra, sino como algo que formamos parte íntima: una especie de Cuerpo Místico en pequeño. Esta idea yo la creo y la vivo a fondo…”.

Originalidad espiritual

La experiencia cristiana de Dios no se agota en la recepción de la tradición espiritual que la comunica. El Espíritu Santo nos hace contemporáneos a Cristo y, en la medida que seguimos a Cristo con la creatividad que nos sugiere el mismo Espíritu, los cristianos incrementamos la tradición recibida. Bajo el impulso del Espíritu, el P. Hurtado combinó su identidad cristiana, católica y jesuítica con originalidad. Si es posible resumir en qué consistió esta originalidad suya, hay que decir que el P. Hurtado fue un “místico social”. Álvaro Lavín ha dicho: “Todos los que estuvieron más cerca de él, lo acompañaron y mejor lo conocieron en su breve, pero intenso apostolado, están de acuerdo en afirmar que esta vocación especial fue la social“.

La “mística social” del P. Hurtado apunta a la transformación de la sociedad en su conjunto, como expresión de amor a Cristo-prójimo. Se distinguen dos aspectos en la “mística social” del P. Hurtado: la “mística del prójimo” y la “utopía social”; dos aspectos que se exigen recíprocamente.

La “mística del prójimo”

Todo místico cristiano halla a Dios en Cristo y a Cristo en el prójimo. A Alberto Hurtado, es el amor a Dios en Cristo lo que lo lleva a hacerse cargo del prójimo. Somos Cristo unos para otros. Podemos decir que el compromiso ético-activo, que podemos llamar el “ser Cristo para el prójimo”, deriva su razón de ser de la experiencia mística-pasiva de “ver a Cristo en el prójimo”, y es inseparable de ella.

La razón última del amor al prójimo es que “el prójimo es Cristo”. El prójimo representa a Cristo, desde que Cristo mismo ha querido ser reconocido en él. Para Alberto Hurtado, Cristo vive en el prójimo, pero especialmente en el pobre: “Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo…¡Cristo no tiene hogar!”.

A los miembros de la Fraternidad del Hogar de Cristo, les pedía un voto de “obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo”.

El aspecto activo, ético, de esta “mística del prójimo”, es distinguible pero no separable del aspecto pasivo, contemplativo, ya que consiste en ser “cristo” para otros “cristos”. Para el P. Hurtado, el cristiano es “otro Cristo”, viviendo según el Espíritu de Cristo,  poseyendo el criterio de Cristo, siguiéndolo en pobreza y cargando su cruz.

La regla de oro de la vida religiosa y moral de los cristianos consiste en preguntarse, en toda circunstancia, “¿qué haría Cristo en mi lugar”?. Decía: “…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante Él, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar…”.

Al centro de la espiritualidad del P. Hurtado, la visión de Cristo en el pobre de acuerdo al mandato evangélico del mismo Jesús (Mt 25, 31-46), constituye la experiencia fundante del compromiso activo de caridad y de justicia suyo propio y de los verdaderos cristianos a favor de los pobres.

Por todo esto, el P. Hurtado se indigna contra los malos católicos, “los más violentos agitadores sociales”. Según él, el cristianismo burgués de estos, una especie de “paganismo disfrazado de cristianismo”, es “una de las causas más profundas de la apostasía de las masas”. Por el contrario, si “el gran pecado del mundo moderno fue no haber querido a un Cristo Social”, Alberto Hurtado alaba el propósito de la JOC de querer “abolir este pecado”.

La utopía social

La “mística social” del P. Hurtado ansía cambiar las estructuras de la sociedad a partir de un cambio interior en los cristianos, y viceversa.

El concepto que mejor expresa su utopía cristiana es el de Orden social cristiano. Éste aterriza el Reino de Dios del Evangelio. Como el Reino, ya está en gestación “entre sacudimientos y conflictos”.

El orden social existente, según el P. Hurtado, “tiene poco de cristiano”. Es imperativo cambiarlo. “El orden social actual no responde al plan de la Providencia”. No puede ser “orden” la conservación del statu quo; el “‘orden económico’ implica gravísimo desorden”.

El Orden social cristiano no puede ser impuesto a la fuerza. Debe consistir en un “equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad”. Estas son las dos virtudes fundamentales que estructuran la sociedad humana. El P. Hurtado combate la ilusión de quienes se vanaglorian de su benevolencia, saltándose las obligaciones de justicia: “la caridad verdadera comienza donde termina la justicia”. Por ello, fustiga a quienes “están dispuestos a dar limosnas, pero no a pagar el salario justo”.

La construcción de este orden exige como condición la reforma espiritual de acuerdo al modelo de Cristo. Pero, por otra parte, la misma santificación no tendrá lugar a menos que se efectúe “una profunda reforma social”. Dirá: “Esta reforma (de estructuras) es uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo. Sin ella la reforma de conciencia que es el problema más importante es imposible”.

Hay otra expresión que el P. Hurtado utiliza para designar su utopía social. Esta es, la de “cristianismo integral”: la necesidad de una fe en Cristo manifestada en todos los aspectos de la vida. Es imposible ser exhaustivo para enumerar las áreas y ángulos de la vida humana, que el P. Hurtado quiere evangelizar en una perspectiva social. Baste recordar su preocupación por la educación, la alimentación, la salud, la vivienda, el trabajo, la empresa, los salarios, la familia, la propiedad, las clases sociales. Está atento a lo nacional e internacional. De todos espera su contribución propia y responsable, de acuerdo a su oficio o profesión; los desafía a pasar a la acción. Así como ausculta los signos de los tiempos, se interesa por el gesto cristiano pequeño: urge ponerse en el punto de vista ajeno o alegrarle la vida a los demás.

Por ser social, su mística es auténticamente cristiana. La espiritualidad del Padre Hurtado es Cristo; su santidad, el Cristo que a través de su Espíritu lo movió a él y mediante él a otros, a convertir este mundo malherido en el reino de Dios.

 

V.   Para terminar

MARÍA, MADRE Y MAESTRA DE JESÚS

El asombro de la madre es incomparable. La sorpresa la estremece. El niño en sus brazos trasparenta un amor que no cabe en el mundo. A los ojos de cualquiera, la criatura no se diferencia en nada de tantos otros recién nacidos, rojizo, ciego, feúco, inerme… Pero María, que lo mira con fe, sabe que no es un galileo más.

Cómo educarlo

Sus manos diminutas, sus escasos cabellos, ninguna marca celestial, indican su origen divino. Ella ve y basta. La Virgen intuye que la vulnerabilidad de Jesús es la expresión más genuina de su trascendencia. Otras señales nos alejarían del único Dios que no aterra al hombre. ¡Dios es amor! El amor nos asemeja, achica las distancias. El amor cautiva, atrae, promete y compromete, pero jamás intimida. Asombra a María exactamente lo que desestabiliza a los poderosos: la impotencia que vence porque convence. “¿Qué hacer con él? ¿Cómo educarlo?”.

No camina. No entiende. Tampoco sabe hablar. Menos aún pensar. A nadie puede comunicar esa inquietud con que ha nacido, una especie de angustia en la tráquea por unir el cielo y la tierra. El niño no hace teatro. Si llora, es que llora. Molesta porque ya le turba que, viniendo a los suyos, no será comprendido. No podría decirlo, pero lo presiente. Lo respira en un ambiente que tolera el crimen de los inocentes. Nunca ha escuchado hablar de víctimas, pero desde hoy comparte su sino. María y José tendrán aún que enseñarle las palabras, cuánto pesan las palabras, cómo juntarlas, cuándo dirigirlas derecho al corazón de las personas. De la conformidad plena de las acciones de Jesús con sus palabras, dependerá el éxito de la Palabra de Dios.

Así, humano, el niño es ya nuestro salvador. Unos viejos acuden y se devuelven. De un lactante, hijo de una pueblerina que no ha de saber ni escribir su nombre, mejor no hacerse ilusiones. Otros viejos se acercan y se quedan: abrigado, acariciado, mamando, Jesús los exime del cumplimiento religioso obsesivo que llena de gloria vana. El niño sacia la esperanza de los pobres del Señor.

“¿Qué hacer con él?”, se pregunta otra vez la madre. ¿Qué habría que hacer para educar el amor que lo mueve? ¿Cómo hacerlo sin perturbar su originalidad? ¡Delicada tarea!

 La decisión de María

La Virgen toma una decisión: “haré de Jesús un hombre”. Si hubiera nacido niña, María habría intentado lo mismo. Sabe que esta decisión le costará cara. Si el niño llega a desplegar el misterio de su humanidad, una espada le atravesará el alma. Hasta este día un hombre pleno, en realidad, no ha nacido. Ha habido, sí, esbozos, ensayos humanos mejores y peores. Unos han anticipado algo de la libertad de Jesús muy antes de su nacimiento; otros, envidiosos de su prójimo, habrán incidido a largo plazo en la generación de fariseos y saduceos que conseguirá eliminarlo. María acepta las consecuencias. Ya tan temprano, el amor que agita a Jesús libera a su madre del miedo a perderlo. ¡Lo perderá! Porque María es madre e hija de la libertad de Jesús.

La vocación de Jesús a amar este mundo como nunca nadie lo ha hecho, es esto lo que habrá de custodiar. Con la ayuda de José, María le contará la historia de la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto, lo iniciará en los ritos que actualizan la salvación de Yahvé en el presente, le obligará a memorizar los preceptos fundamentales de la Alianza, y lo adiestrará en reconocer la voz del Espíritu que le permitirá interpretarlos. Para probar que el Creador del universo no se repite, el niño tendrá que aprender a heredar creativamente la tradición religiosa de su pueblo. ¡Nada de fundamentalismos! Que la tradición religiosa de Israel ayude a Jesús a discernir la voluntad de su Padre en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. A una madre que no registre el temblor infinito de su recién nacido, no se le puede exigir que respete su conciencia, que eduque su imaginación: que lo ame más que a sí misma. Resultaría tan comprensible que una madre así se resignara a igualarlo al resto, para que sea idéntico a los otros niños, un niño normal y nada más. María, que sí ha percibido que su hijo es Hijo del Altísimo, que cree en Jesús y en el Dios que lo engrandece, se pregunta una y otra vez: “¿cómo hacer de Jesús un hombre único, un hombre libre, un hombre que ame?”.

Hijo de Dios e hijo del dolor

¿Cómo hacerlo en este mundo empecatado? ¡Cuántas tentaciones! Todo dependerá de su Padre, decide ella. Renunciándolo, enseñándole a mirar a Dios y a dejarse mirar por Él, María piensa asegurar lo principal. Si Dios es amor, el niño tendrá que confiar absolutamente en su Padre y desear sólo su voluntad. Si Dios lo ama, su hijo no debiera agachar la cabeza ante nadie. Tampoco tendría, por lo mismo, que exigir de los demás reverencias, favores serviles y tratos privilegiados. Ningún miedo debiera hacerlo retroceder. Las mañas con las que se consigue prosperar o salir del paso, en su caso no serán necesarias. Los milagros que haga, los hará para que los enfermos y oprimidos de un pueblo tan empobrecido como el suyo, crean que el reino de Dios ha llegado. No moverá un dedo para salvar su propia piel. La Virgen le enseñará a rezar: unido a Dios el hombre aprende a reír, a dar con alegría, a jugar con otros sin cartas marcadas.

Pero hay algo que su Padre no puede poner: el sufrimiento humano. María asume como tarea suya insustituible trasmitir a su hijo el milenario sufrimiento de los pobres de Israel.  Lo hará con cuidado, para no quebrarlo, recordándole a la vez la maravillosa misericordia de Dios con los humildes. Para que Jesús sea un hombre, su madre se dispone a enseñarle a sufrir.  El niño es carne de su carne. Le enseñará a escuchar. Sus oídos oirán las penas más grandes. Le enseñará a mirar. Se le gastarán los ojos, las lágrimas por los desdichados lo enceguecerán. Sufriendo, el niño aprenderá a amar a rienda suelta, indiferente a las amenazas, insobornable a cualquier arreglo con los potentados. Si María no dotara a su hijo de su propia sensibilidad, nuestras lágrimas no alcanzarían a Dios. Gracias a María, el llanto de Jesús será nuestro llanto.

Y más. En la esclava del Señor, Jesús reconocerá la lección de su propio señorío. El secreto de la Virgen, causa eventual de su máxima difamación, preparará a Jesús para aguantar que los suyos, familiares y compatriotas, hablen mal de él. ¡Al hombre veraz lo muerde la infamia! María le hablará del siervo de Isaías… Cargando con la ineptitud de los que le quitarán la vida, víctima de una torpeza que pasa de generación en generación, Jesús ha de dar la vida por ellos mismos. Nadie es más libre que el hombre que en vez de odiar ama, que perdona en lugar de vengarse. Exculpando a sus enemigos, Jesús nos librará de la fatalidad de curarnos las heridas culpando de ellas al prójimo o a cualquiera.

¿Qué hará la madre para preparar al niño a la prueba suprema? Un día Jesús conocerá la soledad mayor, el abandono de Dios. La fuga de los amigos, la traición del que parecía leal… nada se compara a la impresión de que Dios nos da la espalda justo cuando más lo necesitamos. Después de haber dedicado su vida a anunciar a los pobres y a los pecadores que Dios merece confianza, Jesús, a los ojos de la muchedumbre pobre y pecador, no conseguirá misericordia ni siquiera para él mismo. ¡Cuánto dolor tendrá que soportar este hombre! En el Gólgota Dios no hará nada. Pero María, que vive de su fe, que no tiene otro consuelo que saberse única para el Señor, trasmitirá a Jesús la capacidad para mantenerse ante Dios y confiar en su amor, aún cuando todo indique que el Demonio puede más. María contagiará a su hijo la fe que el niño necesita para creer que Dios cree en él y que ama su vida contra todas apariencias.

Amor por la vida compartida

Ninguna pedagogía al sufrimiento servirá, sin embargo, si el niño no llega a amar la creación en todas sus expresiones. El sufrimiento por el sufrimiento es absurdo. La Virgen ama la vida. Ella, como Dios, quiere la vida de Jesús y no su muerte. Las piedras, las nubes, los sembríos… requerirán de su hijo una atención prolija. María enseñará a Jesús cómo nacen los corderos, José le explicará cómo se cortan los ladrillos. La música, el baile, el vino y el olor del pan caliente debieran regocijar a Jesús como a cualquier judío de su tiempo. Entre ambos educarán sus sentimientos, infundirán en él un enorme aprecio por el matrimonio y la vida en familia. Un hombre que ama la creación y disfruta su belleza, desea que también los demás la gocen y agradezcan a Dios por ella. Jesús dará su vida para que los demás obtengan la vida en abundancia y la compartan con generosidad.

Para que la belleza de la tierra alegre a niños y ancianos, a amigos y enemigos, para que ningún pobre sea excluido de las bondades de la creación, recordamos que un día Cristo entró en la oscuridad de la muerte porque otro día María dio a luz al Salvador.

 

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