Tag Archive for Iglesia

Crisis en la Iglesia chilena

La Iglesia Católica en Chile pasa por un momento de gran complejidad. Sus dificultades tal vez son mayores a las de los demás Iglesias de América Latina.

Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año. En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación.

El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: “¿Es Chile un país católicos?” (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado.

Esta falta de vigor del cristianismo “a la chilena” ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.

La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario.

¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.

Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.

¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus “errores no forzados” y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?

Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.

Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados.

La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre “todos” los seres humanos.

La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos –laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?

El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.

Francisco y Cirilo: la Iglesia todavía

AAA  dFFASFLa vida humana sigue adelante a pesar de todo. Lo experimentamos los adultos a los que en algún momento nos fracasó el matrimonio, nos quebró la empresa, se nos quemó la casa, cuando uno de los niños fue internado o lo devoró la droga… Cualquiera de estas experiencias humanas ha podido poner entre paréntesis nuestra motivación vital, nuestro ánimo, nuestro credo. Aun así, no hemos tenido más alternativa que continuar, pues de nosotros los adultos otras personas nos reclaman cuidado y ayuda.

El encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca ortodoxo Cirilo representa bajo algún respecto el drama de la existencia humana, su conflictividad, sus divisiones, la idiotez e incapacidad de superar sus yerros, en fin, la imposibilidad personal y colectiva de cargar con la necesidad de vivir, la necesidad de seguir adelante; pero también representa la esperanza de una reconciliación y de cumplir algún día con la tarea de existir. En este caso se trata de dos tradiciones cristianas, la de Oriente y la de Occidente, que tras haber recorrido mil años juntas, han sufrido otros mil años de infeliz separación.

Esta se produjo el año 1054. ¿Cuáles fueron las razones de la tragedia? Sería muy largo de explicar. Hubo un problema en el modo de concebir a Dios trino, es decir, un asunto teórico, pero lo realmente grave fueron las malas maneras como se trataron las partes; desde entonces quedó instalada una resistencia de la iglesia oriental a la jurisdicción del Papa. La solución de la ruptura no parece hoy teológicamente imposible, pero la llaga tiene mil años. Y en mil años han pasado muchas cosas.

Y, sin embargo, ambas confesiones, con formidable paciencia, trabajan por volver a la unidad. Ya en los años del Concilio Vaticano II, Pablo VI y el patriarca Atenágoras levantaron las excomuniones que católicos romanos y ortodoxos orientales se habían arrojado recíprocamente los años de la ruptura. La disposición ecuménica, por una parte, ha hecho mejorar las relaciones pero, por otra parte, ¿no representa el mismo Vaticano II una novedad tan grande, un cambio en la iglesia latina que puede ser difícil de aceptar para la mentalidad ortodoxa? Por cierto, Oriente no sufrió el desgarro traumático del segundo gran cisma de la Reforma protestante y, por ende, no experimentó en carne propia las guerras de religión ni tampoco los esfuerzos de reconciliación entre estos otros cristianos. Para Oriente no son obligantes las conclusiones del concilio de Trento, y tampoco las de la Vaticano I. Aunque parece ser que en la actualidad a los protestantes, los ortodoxos y los católicos no los divide un asunto doctrinal decisivo, los caminos recorridos por cientos de años han producido diferencias difíciles de allanar. Con todo, y esto es lo notable, Francisco y Cirilo aspiran a recuperar la unidad.

No lo han hecho de una manera simplona. Los patriarcas apuestan por la unidad justo allí donde la unidad encuentra su razón de ser: Cristo quiso que los cristianos fueran uno para que el mundo creyera que Dios ama al mundo. Unidad sí, pero no para concentrar poder, sino para colaborar en la misión de Cristo. De aquí que sea tan importante el reconocimiento que las partes hacen de la realidad de su división. No han banalizado los graves problemas que las dividen. Seguirán cargando con ellos quién sabe por cuánto tiempo. Y, esto es lo hermoso, hacen votos por superarlos. Los grandes líderes cristianos quieren ofrecer juntos la humanidad del cristianismo a un mundo el peligro de deshumanización.

El hecho que los patriarcas se hayan reunido en Cuba parecerá desconcertante. Vistas las cosas con gran angular, la Iglesia “unida” replantea las cosas con gran altura. En la isla del Caribe latinoamericano se hizo patente como en pocas partes el conflicto Oriente-Occidente y Norte-Sur. El encuentro entre Francisco y Cirilo ocurre justo allí donde se hizo especialmente visible el drama del siglo XX, pero también donde hoy comienza a cuajar una colaboración internacional.

La declaración de este encuentro compromete a 1200 millones de católicos y 200 millones de ortodoxos a trabajar “unidos no sólo por la Tradición común de la Iglesia del primer milenio, sino también por la misión de predicar el Evangelio de Cristo en el mundo contemporáneo” (24). Ambas tradiciones cristianas de sienten igualmente llamadas a escuchar el grito de dolor y de justicia de la gente de nuestro tiempo: “Nuestra atención está destinada a las personas que se encuentran en una situación desesperada, viven en la pobreza extrema en el momento en que la riqueza de la humanidad está creciendo. No podemos permanecer indiferentes al destino de millones de migrantes y refugiados que tocan a las puertas de los países ricos. El consumo incontrolado, típico para algunos estados más desarrollados, agota rápidamente los recursos de nuestro planeta. La creciente desigualdad en la distribución de bienes terrenales, aumenta el sentido de la injusticia del sistema de las relaciones internacionales que se está implantando” (17).

El llamado conjunto tiene a flor de piel el drama del Oriente Medio: Siria, Iraq, lugares donde cristianos han vivido desde los orígenes del cristianismo, en los cuales son masacrados o desplazados cruelmente. Pero en estas partes y en otras de la tierra también otras gentes emigran, huyen, se refugian. Los patriarcas claman en nombre de la paz. Deploran la injusticia, el terrorismo, reclaman contra el secularismo antirreligioso y la falta de libertad religiosa. Asimismo, se ocupan de los peligros que acechan a la familia. Levantan la voz contra el aborto y la eutanasia. Toman posturas. Saben que “la civilización humana ha entrado en un período de cambios epocales”. No quedan enredados en prologar una existencia de museo. Por el contrario, sostienen que “la conciencia cristiana y la responsabilidad pastoral no nos permiten que permanezcamos indiferentes ante los desafíos que requieren una respuesta conjunta” (7).

Hoy la humanidad experimenta algo parecido a aquellas vivencias personales angustiosas reseñadas más arriba. Por todas partes el ser humano entra en un ciclo de cambios tan radicales y tan acelerados –trasformaciones socioambientales, ensayos genéticos, innovaciones cibernéticas, crecimiento exponencial de los conocimientos- que es posible intuir que dentro de poco el planeta y la historia se nos pueden escapar definitivamente de las manos. Hoy, cuando entre las personas cunde el desconcierto, cuando no corresponde esperar de cualquier institución una palabra de ánimo y de orientación, la tradición cristiana todavía tiene algo que aportar. También otros pueden hacerlo. Pero que lo haga un cristianismo de dos mil años de experiencia de humanidad, no es lo mismo. La mera porfía de continuar anunciando a Cristo como perdón y paradigma de humanidad, augura que es posible lo que parece imposible. Una tradición así de duradera no garantiza el éxito de una historia que –como todo lo mortal- puede terminar en un completo fracaso, pero orienta porque, aun teniendo innumerables razones para desesperar, insiste en hacerse cargo del ser humano.

La Iglesia en 2015

La presencia de la Iglesia en los medios

La presencia de la Iglesia en los espacios públicos (debate universitario, parlamentario, judicial, etc.), sobre todo su actuación en la sociedad de las comunicaciones y los medios se ha vuelto extremadamente compleja. Centrémonos en la legitimidad y la manera en que la participación de la Iglesia en el mundo de la comunicación puede realizarse desde el punto de vista dela misma fe cristiana. El otro punto de vista, es el de la sociedad en la que la Iglesia y demás religiones pueden comunicar sus creencias, lo cual es discutido por la filosofía política. No hablaremos de esto.

Esta presencia y participación de la Iglesia en el espacio público tiene al menos dos problemas. Uno, la identificación de la Iglesia con la institución eclesiástica, siendo que la Iglesia está constituida por todos los bautizados. Los mismos católicos hablan de “la Iglesia” para referirse al Papa, a los obispos y a los sacerdotes. Este error por restricción acarrea como primera consecuencia que los laicos se van desentendiendo progresivamente de su pertenencia eclesial. Muchas veces dicen no estar de acuerdo con “la Iglesia”, queriendo decir que no están de acuerdo con la institución eclesiástica, pero terminan por auto excluirse.

El otro problema es el infantilismo de los mismos bautizados; de todos, del clero y de los laicos. Estos no se sienten ni preparados ni autorizados a pensar por sí mismos y discutir con sus autoridades religiosas. El clero, por su parte, suele acudir en socorro de esta impreparación con solicitud, pero también cultivándola. Desde que los laicos, sin embargo, han comenzado a superar la minoría de edad la crisis eclesial se ha agudizado. El mejor curso posible de esta emancipación ha podido ser levantar los laicos la cabeza y pedir razones a la institución, rendición de cuenta, accountability. Y, el peor, despedirse con un portazo o profundizando el cisma blanco: las autoridades hacen como que enseñan y los laicos hacen como que oyen. Por muchas partes se percibe una licuación de la pertenencia religiosa.

Es un hecho que la participación en la Iglesia, y de la Iglesia en el foro público, hace agua. Hablo de la Iglesia con mayúscula, la de todos los bautizados. Al interior de ella misma las comunicaciones son sumamente precarias. Pero si tampoco en público esta participación es bien vista, la situación es lamentable. Para el cristianismo no se llega a la verdad más que a través de la libertad y, por vía contraria, la verdad a la que se puede llegar solo puede ser liberadora. Pero no es esta la experiencia hodierna de los cristianos, al menos de los católicos.

Puesto que el Evangelio de la libertad es responsabilidad de todos, todos los bautizados han de poder participar en el foro público sin problemas e incluso a veces por obligación. La evangelización es una responsabilidad colectiva, institucional, pero primariamente personal: son personas que han tenido una experiencia personal de Dios quienes comunican a los demás, en privado o en público, qué les ha ocurrido con Él. Esta es la clave de bóveda del asunto que estamos abordando. La Iglesia no es una familia. No corresponde aplicarle el dicho “la ropa sucia se lava en casa”, las veces que se hace público algún escándalo. Ella pretende tener una buena noticia para todos los ámbitos de la vida humana, los privados y los públicos. La jerarquía eclesiástica no debiera mirar mal que cualquier bautizado, sea sacerdote o laico, anuncie el Evangelio como le parezca y pueda discutir públicamente los modos en que los demás lo hacen. Se dirá que algo así puede generar confusión en quienes no están preparados. Exacto: en la era de la Ilustración la institución eclesiástica no puede seguir tratando a los fieles como niños. No hay vuelta atrás. Pero sí es posible quedarse abajo de la historia.

En este sentido ha sido impresionante que el Papa Francisco haya largado a los católicos 38 preguntas sobre la familia, y la vida sexual y afectiva, a través de los medios de comunicación, abriendo así un debate a todos los niveles, incluso sobre algunos temas considerados intocables. Este gesto de apertura del Papa no ha sido suficientemente bien recibido. Sirva de botón de muestra. En muchos países la jerarquía eclesiástica no ha creado las vías para la discusión de estos asuntos. Ha temido a los laicos que piensan. La jerarquía alemana, por poner un ejemplo contrario, triunfó en el Sínodo porque recogió la opinión de su Iglesia y supo fundamentar con argumentos teológicos el cambio que impulsó.

A propósito de otro asunto, no han faltado eclesiásticos que han lamentado que las víctimas de los abusos del clero hayan recurrido a los medios de comunicación pidiendo justicia. Pero, si estas víctimas no lo hubieran hecho no habríamos sabido lo ocurrido. Si estas víctimas no hubieran ventilado su drama en los medios, la institución eclesiástica no habría abierto los ojos ni habría comenzado a aprender de sus errores, cosa que sí está haciendo. Si alguna institución quiere elaborar protocolos de cuidado de menores, que acuda a las oficinas o a los colegios de Iglesia. Allí encontrará una opinión experta.

Otra razón teológica que obliga a la Iglesia (a todos los bautizados) a evangelizar y a revisar su evangelización en público, es el mandato del Concilio Vaticano I (1869-1870) de articular fe y razón. El cristianismo no exige fe de carbonero. Es cierto que la fe en el Dios de los cristianos sobrepasa la mente humana; por cierto, no es fácil creer en un mundo tan sufrido que el secreto último de la realidad es el amor y que este amor triunfará al final de la historia. Pero el cristianismo cree en el Creador de la razón humana con la cual los cristianos tienen que pensar qué significa amar en las circunstancias privadas y públicas de su vida. Los cristianos deben pensar, argumentar y dar razón a los demás de cómo el amor puede ser el primer motivo de la vida en sociedad. Ellos no tienen la receta, sino la obligación de pensar con otros, y aprender de otros, cómo vivir todos juntos.

La racionalidad es patrimonio de la humanidad. La fe no la suple ni nadie la posee con exclusividad. La razón opera a través del diálogo interpersonal y socio-cultural y, en el caso de los bautizados, a través de un Magisterio que, para orientar la participación de los cristianos en el mundo de los medios, debiera celebrar que lo hagan con libertad.

Los Papas se equivocan

papas-1El concilio de Constantinopla III (681) condenó al Papa Honorio por negarle un voluntad humana a Cristo. Recortaba su humanidad. Un Cristo así concebido no habría sido un ser humano capaz de discernir su camino a Dios como debe hacerlo cualquier cristiano.

El papa Bonifacio VIII le aserruchó el piso al Papa Celestino. Lo obligó a renunciar.

El papa Julio II emprendió la guerra contra Francia. ¡Qué hace un papa lanza en ristre!

El papa Pío IX condenó a quienes postulaban la libertad de culto. El Estado, según él, solo debía admitir una única religión, la católica. El Vaticano II lo habría condenado a él. Este Concilio innovó en la doctrina. Admitió la libertad religiosa. Pero sería talvez un anacronismo condenar a Pío IX a posteriori. Los tiempos cambian. El peor error que la Iglesia no cambie con los tiempos.

Todos los papas han debido confesarse. Dudo que alguno no se haya considerado pecador.

Pablo VI se equivocó.

Juan Pablo II declaró líder de juventudes a Marcial Maciel. Mal. Lo engañaron. Hicieron que se equivocara.

Benedicto XVI puso remedio al error anterior. Redujo a Maciel. Pero se equivocó en Aparecida (2007): enalteció la llegada del cristianismo con la Conquista de América. A los diez días tuvo que dar explicaciones.

El Papa Francisco, según los chilenos, no debió hablar del mar en Bolivia. Se esperaba que no lo hiciera. Sus propios consejeros diplomáticos han debido decirle que mejor que no. Pero este Papa es muy libre. Se salta los protocolos. No se deja presionar. Ha hablado del mar justo cuando se revisa un tema en La Haya. ¿No sabe que Chile ha querido establecer relaciones diplomáticas con Bolivia y es Bolivia que no ha querido? ¿Alguien le dijo que si insinuaba una solución justa en favor nuestros vecinos cerraba las puertas a convertirse a futuro en un mediador entre los dos país, como lo fue Juan Pablo II en el diferendo con Argentina? Se perdió esta posibilidad. Un error. ¿Uno o varios errores?

Pero también cabe la posibilidad de que Francisco no se haya equivocado. Tal vez los chilenos no hemos prestado suficiente atención a la opinión que tienen los demás países sobre nosotros. Decimos que los tratados no se tocan: pacta sunt servanda! Este es el quicio del derecho internacional. Tocarlos podría llevar el planeta al caos. Sí, pero el derecho cambia. Otra fuentes nutren la idea actual de justicia. Dicen.

El Papa ha dicho que no es injusto que Bolivia reclame. Hoy no se puede insistir tan fácilmente en que las guerras generen títulos de dominio justos. Puede ser que la apelación del Papa sea profética como otras muchas suyas. El profeta incomoda. Nunca tiene toda la razón. Es insoportable. Nadie lo acalla. Reclama justicia pero sin bajar a detalles. Si se le pide cuentas de cómo hacer las cosas seguramente no sabrá qué decir. El profeta acierta en lo fundamental y se equivoca en todo los demás.

¿Y si los chilenos fuéramos los equivocados y el Papa tuviera la razón? Los profetas apelan a la imaginación. ¿Cómo no se nos ocurrirá algo para acabar con una guerra que, según parece, no terminó bajo todos los respectos y que nunca debió ser?

LA IGLESIA TODAVÍA

La Iglesia todavía (Portada version ebook)Escribí un libro. Lo pongo a disposición gratuita de quienes quieran leerlo

Bajar en Amazon:

http://www.amazon.com/La-Iglesia-todav%C3%ADa-porvenir-transmisi%C3%B3n-ebook/dp/B00K7EH3B8

Iglesia chilena en sínodo

ConferenciaLa Conferencia episcopal de Chile invita a todos los católicos a participar en el proceso de preparación del Sínodo de obispos sobre la familia a realizarse en octubre de este año. En octubre de 2014 tuvo lugar en Roma un Sínodo preparatorio dedicado ya a este mismo tema. La Iglesia Católica en todas partes se encuentra en un proceso de discernimiento acerca de variados temas referentes a la familia, la sexualidad y la participación de los católicos en su iglesia.

Lo propio de la Iglesia es el amor. El amor en todos sus aspectos. Puesto que los vínculos amorosos y la vida familiar constituyen el ámbito en el que el amor es lo más real para la vida de la personas, un lenguaje y una enseñanza sobre cómo se ama en estos planos son decisivos. La fe se transmite o no se trasmite cuando los cristianos aman o no aman de acuerdo a las recomendaciones de su Iglesia. El caso es que a lo largo del proceso de recopilación de información, de opinión y de debate en el cual la Iglesia se encuentra, se ha detectado un verdadero foso entre lo que ella enseña y lo que ella practica. No porque lo que los católicos practiquen sea “pecado”, sino porque son tales los cambios culturales que se están experimentando que la enseñanza tradicional necesita ser replanteada en términos que las nuevas generaciones puedan comprenderla. Si la Iglesia en dos mil años no hubiera hecho algo parecido otras veces, habría desaparecido o habría quedado reducida a una o varias sectas incapaces de atinar con la época que le tocó vivir.

Este proceso de auténtico discernimiento espiritual comenzado por el Papa Francisco y continuado por el colegio episcopal ha alcanzado un interés solo comparable al que se dio con ocasión del Concilio Vaticano II. En esa ocasión todo se centró en “poner al día” la forma de comunicar la doctrina (aggiornamento). Muchos piensan que el tema en cuestión fue uno de los que el Concilio dejó pendiente. El Papa, según se ha visto, tiene claro que hay que revisar algunos puntos de la enseñanza o de presentarla, y no teme que se discuta abiertamente. Hace muchos años que no se veía pensar, argumentar y rebatir tan apasionadamente a obispos y cardenales, y todo esto a través de los medios de comunicación. Aun dignatarios que piensan distinto, han apreciado la posibilidad de debatir.

Los obispos chilenos invitan a continuar o incorporarse a esta etapa del Sínodo. Corresponde hacerlo con las mismas actitudes que Francisco pidió en la reunión de octubre pasado: hablar sin miedo, con libertad y con ánimo de verdadera escucha. Los obispos piden participación. Lo que está en juego no es solo lo que importa a este sector del Cono Sur. El resto de la Iglesia necesita saber cómo se vive el Evangelio en esta parte del mundo y cómo se lo aterriza a propósito de la sexualidad y la familia.

Los obispos tienen que enviar un informe. En su momento tendrán que elegir a un representante a la reunión de octubre próximo. Es básico que la iglesia chilena en su conjunto converse, se forme una opinión y se disponga con el mejor espíritu a los cambios que pueden venir. Nadie puede anticipar resultados, pero ningún buen resultado se logrará si no se participa en el proceso de su producción.

En estos momentos la Conferencia hace llegar a las parroquias, congregaciones religiosas , movimientos y otras instituciones católicas conocedoras del tema, los resultados del último Sínodo y un cuestionario de preguntas para trabajarlos. Las contribuciones se esperan hasta el 25 de marzo. La Conferencia debe enviarlos a Roma antes del 15 de abril de 2015. Hay poco tiempo. Pero se ha divido el trabajo. Nada impide que algunas diócesis deseen responder a todas las preguntas. Y nada impide que la iglesia chilena continúe reflexionando acerca del tema el resto del año.

Las palabras del obispo de Melipilla y secretario general de la CECh, mons. Cristián Contreras Villarroel, alientan a una participación entusiasta y seria. El interés es “poder preparar un documento representativo, que sea fruto de un proceso ampliamente participativo. Los obispos queremos que nuestras comunidades reflexionen y contribuyan al trabajo del Sínodo con sus aportes, para que, tal como ocurrió como el Sínodo extraordinario, podamos ver reflejada nuestra reflexión en el Documento de Trabajo que convoca a la Asamblea Sinodal”.

Pablo VI, los pobres y la Iglesia latinoamericana

pablo vi en medellinPablo VI, recién proclamado beato por el Papa Francisco, merece un especial reconocimiento de parte de la Iglesia en América Latina. Se le debe mucho. Menciono tres méritos, pero me alargo solo en el tercero: promovió la constitución del CELAM en su primera década de vida, estimuló una evangelización de las culturas del continente y sustentó teológicamente la que Puebla llamaría “opción preferencial por los pobres”.

Fue Pablo VI el primer Papa que puso un pie en tierra americana. Esto ocurrió en Colombia en 1968. El acontecimiento catalizó un grandísimo interés. América Latina recibía al representante de su centenaria fe en Cristo; en un momento históricamente muy delicado desde un punto de vista socio-político; y justo cuando la Iglesia continental ensayaba su apropiación del Concilio Vaticano II.

En esos años, desde la Revolución cubana en adelante, la agitación socio-política y las exhortaciones a la violencia se oían en todos los países. La tensión Este – Oeste, USA – URSS, era máxima. Había motivos para la ebullición revolucionaria y también para sofocarla: durante el siglo XX se exasperó la conciencia de la situación de miseria de campesinos y obreros, y de inmigrantes en las grandes ciudades.

El Papa que venía a inaugurar la II Conferencia episcopal latinoamericana, debía dar una orientación precisa para impulsar una recepción del Concilio que se hiciera cargo de esta realidad.

Bien vale recordar con atención sus conmovedoras palabras a miles de campesinos en Mosquera:

“Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia: condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores a la exigencia normal de la vida humana. Nos estáis ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de la humanidad. No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser solidarios con vuestra buena causa, que es la del Pueblo humilde, la de la gente pobre. Sabemos que el desarrollo económico y social ha sido desigual en el gran continente de América Latina; y que mientras ha favorecido a quienes lo promovieron en un principio, ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi siempre abandonadas en un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente. Sabemos que hoy os percatáis de la inferioridad de vuestras condiciones sociales y culturales, y estáis impacientes por alcanzar una distribución más justa de los bienes y un mejor reconocimiento de la importancia que, por ser tan numerosos, merecéis y del puesto que os compete en la sociedad. Bien creemos que tenéis algún conocimiento de cómo la Iglesia católica ha defendido vuestra suerte; la han vindicado los Papas, nuestros Predecesores, con sus célebres Encíclicas sociales y la ha defendido el Concilio ecuménico”.

Hasta hoy los teólogos de la liberación han lamentado que el concepto de “Iglesia de los pobres” no se hubiese constituido en el tema central del Vaticano II. El Cardenal Lercaro y otros más pensaban que este designaba una característica decisiva de la Iglesia de Cristo, que debía destacarse más aún en aquellos años. No fue así. No lo bastante. De aquí que se dijera que el Concilio había quedado en deuda con América latina y que Populorum progressio (1968), del mismo Pablo VI, habría sido el pago de esta deuda.

Pero hay algo aún más profundo. El Papa Montini, en aquella misma ocasión, puso bases cristológicas a la sería la “opción por los pobres” que ha llegado a constituir el nombre de la recepción del Concilio de la Iglesia en América Latina. En este mismo discurso, de un modo impresionante, Pablo VI descubre a los pobres su identidad más profunda. Lo hace en términos sobrecogedores:

“Hemos venido a Bogotá para rendir honor a Jesús en su misterio eucarístico y sentimos pleno gozo por haber tenido la oportunidad de hacerlo, llegando también ahora hasta aquí para celebrar la presencia del Señor entre nosotros, en medio de la Iglesia y del mundo, en vuestras personas. Sois vosotros un signo, una imagen, un misterio de la presencia de Cristo. El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino”.

Esos campesinos debieron ser fuertemente impresionados por las palabras de un Papa que veía en ellos un sacramento de Cristo y los saludaba con reverencia:

“No hemos venido para recibir vuestras filiales aclamaciones, siempre gratas y conmovedoras, sino para honrar al Señor en vuestras personas, para inclinarnos por tanto ante ellas y para deciros que aquel amor, exigido tres veces por Cristo resucitado a Pedro (Cf. Io. 21, 15 ss), de quien somos el humilde y último sucesor, lo rendimos a Él en vosotros, en vosotros mismos. Os amamos, como Pastor. Es decir, compartiendo vuestra indigencia y con la responsabilidad de ser vuestro guía y de buscar vuestro bien y vuestra salvación. Os amamos con un afecto de predilección y con Nos, recordadlo bien y tenedlo siempre presente, os ama la Santa Iglesia católica”.

Pablo VI, de esta manera, ponía uno de los cimientos de la que habría de ser la clave de la pastoral de la Iglesia latinoamericana y de la naciente Teología de la liberación: la preferencia de Dios por los pobres; el otro cimiento también lo pondría él, a saber, la de comprometerse solidariamente con los pobres con prácticas sociales y políticas a todo nivel. En Mosquera el Papa prometió a los pobres de todo el continente: defender su causa, denunciar las desigualdades económicas entre ricos y pobres, patrocinar la colaboración entre las naciones, dar la Iglesia testimonio de pobreza y anunciar a ellos mismos, los pobres, la bienaventuranza de la pobreza evangélica.

En esos agitados años Pablo VI pidió a los latinoamericanos no confiar en la violencia ni en la revolución. Esta podría acarrear aún peores males. Pero él mismo alentaba la organización de otras formas de lucha contra la injusticia.

Este viaje a Colombia y este discurso deben ser recordados. En ellos ha podido visualizarse la originalidad y la misión de la Iglesia en América latina, la atención a los signos de los tiempos que realizará a futuro y su actualización como “la Iglesia de los pobres”.

Match point de la Iglesia chilena

Los actores de los últimos cuarenta años, personas o instituciones, deben mirar hacia el pasado si quieren participar con honestidad en futuro del país. La Iglesia Católica, habiendo sido protagonista de estas décadas, debe volver sobre los acontecimientos en que se vio involucrada estos años porque su misión le exige continuar contribuyendo a la construcción de Chile.

 Esto, sin embargo, no es fácil. La Iglesia durante el gobierno militar puso a los chilenos una vara muy alta de humanidad. Tan alta, que a ella misma le costaría sobrepasarla de nuevo. Debe reconocerse que a nadie se le puede exigir algo parecido a encarar al gobierno más cruel de la historia de Chile, amparar a sus víctimas y luchar por sus derechos fundamentales. Si algo se debe a la Iglesia en estos últimos cuarenta años, es haber ayudado a hacer a Chile un país más humano. No más católico, sí más humano.

El contexto ha cambiado. Se podrían decir tantas cosas. Me centro en una clave. Aquí y en otras partes del mundo, la Iglesia experimenta una grave crisis en su capacidad para trasmitir la fe. La cristiandad se acabó. La cultura predominante no es cristiana. En nuestro medio, la crisis del paradigma neoliberal en el plano educacional extrema las dificultades de traspasar a las siguientes generaciones la fe.  Se ha vuelto muy difícil que la Iglesia incida en la cultura como lo hizo esa generación de obispos y personas, católicas y no católicas que, con el Cardenal a la cabeza, instalaron en el disco duro de la chilenidad la parábola del “buen samaritano” (Lucas 10).

¿Qué está ocurriendo con la educación católica? Este es el punto decisivo. El match point. ¿Qué enseñará la Iglesia sobre la persona humana? ¿Qué tipo de educación católica transmitirá la fe en la Encarnación de Dios en Jesús en una cultura que, en unos aspectos, involuciona en humanidad y, en otros aspectos, le lleva a la Iglesia la delantera? Enseñar que Jesús “es Dios” y olvidar que Dios “es Jesús”, que Cristo es la medida de la salvación del hombre y que esta, en términos contemporáneos, se mide en humanización, da motivos para pensar que el cristianismo es irrelevante. Un cristianismo que pone lo esencial en el más allá no merece autoridad en el más acá.

El Cristo que la educación católica ha de transmitir, por otra parte, tampoco es cualquiera. Es el que fue (hace dos mil años) y el que es (los últimos cuarenta años). El que siguieron los pobres de Galilea y el que fue crucificado bajo Augusto Pinochet. Es el Cristo que hoy está elevando la humanidad a su cota más alta, sea a través de una nueva evangelización sea a través de la lucha secular de cualquier ser humano por un mundo compartido. Es hoy que la educación católica tiene que hacer una memoria passionis. ¿Se enseñará a los niños quién fue Raúl Silva Henríquez? ¿Se contará que fue pionero de la reforma agraria y años después fundador de la Vicaría de la Solidaridad? ¿Qué dirán los textos de historia sobre la Vicaría? Lo primero que habría que hacer es llevar a los secundarios a visitar el Museo de la Memoria.

Hoy, además, cuando la emergencia de una clase de jóvenes se levanta contra la injusticia educacional estructural del país, los colegios y universidades católicas debieran revisar los perfiles de egreso de sus alumnos. No pueden desentenderse de lo que está ocurriendo. La Iglesia tiene numerosos colegios y escuelas que educan a los más pobres. La mayoría de estos acogen niños de las clases medias-bajas. La Iglesia tiene universidades que hacen un verdadero esfuerzo por formar generaciones con sentido de bien común. Las mejores no se ubican en “la cota mil”. Están en San Joaquín o en la Alameda. Pero hace cuarenta años hubo intentos de educación católica mucho más integradora. Los curas del Saint George quebraron la viga maestra de la educación de la elite: formar a los mejores para que algún día edifiquen un país mejor.

El contexto ha cambiado. Hoy no se puede dar educación buena para ricos y educación mala para pobres. La Iglesia Católica, ante el desafío de formación de la elite, se encuentra en una disyuntiva: seleccionar a los mejores para hacer una país mejor o integrar a niños de diversos orígenes (sociales, culturales y religiosos) para conseguir una sociedad integrada. La selección excluye necesariamente. El país del 2011 ha tomado conciencia de que seleccionar es excluir. La integración, en cambio, puede ser conflictiva. Pero si no se la intenta en el aula y tempranamente, la segregación actual incuba violencia social y quién sabe si otros “golpes”.

La evangelización se encuentra en un punto crítico. Ya no se trata de hacer de Chile un país católico (el mismo Padre Hurtado habría cambiado su manera de pensar). Una educación cristiana renovada podría incluir una visita el Museo de la Memoria. Y, acto seguido, hacer ver a los estudiantes la película Machuca.

La cruz del problema de la educación católica es defender la posibilidad de levantar escuelas y colegios con proyectos educativos propios, sin que la calidad de estos colegios, por razón de competencia, perjudique la educación de los más pobres o de quienes no han de ser los seleccionados en tales instituciones. Selección es exclusión. Al Estado le corresponde impedir que esto ocurre. No impedir el pluralismo de proyectos educativos. Sería una barbaridad. Pero no puede financiar, por via indirecta, la exclusión. Debe, por el contrario, elevar, en cuanto pueda, el financiamiento de una educación de calidad para todos por parejo. E incluso, hacer una discriminación positiva en favor de los excluidos. La Iglesia no debiera querer más que esto mismo. Sería paradojal que fuera el Estado, y no ella, la que hiciera la “opción por los pobres”.

Los últimos cuarenta años son una reserva extraordinaria de sentido para la Iglesia Católica chilena. Volver la mirada hacia atrás, hacer memoria de la pasión de las víctimas del pasado, volver a sentir su dolor, sentir hoy la demanda estudiantil y las quejas contra la sociedad mercantilista, y seleccionar a los excluidos, le da sentido a la misión de la Iglesia: orientación y razón de ser para el futuro. Los católicos se juegan el partido. Match point.

 

Más Iglesia y menos Papa

¿Por qué América latina celebra el nombramiento de Francisco? Porque es natural ser algo niños. El chovinismo es infantil. Estamos felices de que haya “ganado” uno de los nuestros. Pero hay una razón más importante. Con Francisco está en juego que se nos considere adultos, y no más niños. Los latinoamericanos estamos cansados de ser tratados como menores de edad. Con quinientos años de historia creemos que podemos hacer las cosas a nuestra manera. Llegó la hora. Justo cuando nuestra adolescencia amenazaba una ruptura fatal con la paternidad europea.

Hasta hace poco, y aún en buena medida, hemos padecido a la Santa Sede como una monarquía absoluta. Los últimos papas cuadraron la Iglesia con la doctrina. Los nombramientos episcopales, en su gran mayoría, recayeron en personas inobjetables desde un punto de vista doctrinal pero muy poco audaces, sin todo el arrojo evangélico necesario. Las presiones y el control de la curia romana han hecho que no pocos parezcan obispos asustadizos. Cuántos de ellos llegaron a las oficinas romanas acoquinados, pidiendo permiso y perdón, como si no fueran pastores en propiedad de sus diócesis. Hubieron de ser ortodoxos doctrinalmente, porque les pareció peligrosa la ortopraxis: discernir qué hacer ante los signos de los tiempos de América latina y crear, imaginar alternativas y correr el riesgo de implementarlas.

El vértigo a la libertad que el Vaticano II generó, ha sido probablemente la causa del encogimiento de nuestras iglesias. Recién cuando empezábamos a forjar una Iglesia auténticamente latinoamericana, con nuestra teología propia, comunidades y liturgias adecuadas a nuestra realidad cultural, nos cortaron las alas. Castigaron a nuestros teólogos. Encerraron a los seminaristas en claustros que los protegían de sus contemporáneos, cuando no de su propia humanidad. Todo debió ajustarse milimétricamente a una sola visión, a la única manera de pensar posible, la de la Curia, que explotó el nombre del Papa a tal grado que terminó por corromper el prestigio de la Santa Sede. En pos de la unidad, todos debimos ser iguales. Se nos obligó a cerrar filas frente a un mundo adverso y en contra del pluralismo; debimos, así, neutralizar nuestra propia diversidad.  Nos habíamos ilusionado con el Concilio, pues respondía a nuestro anhelo de Iglesia católica más profundo. A fuerza de miedo, empero, se nos hizo retroceder a antes del Vaticano II. Los pontífices no parecían deberle nada a nadie. Por el contrario, los demás debían considerarse deudores de su beneplácito.

Francisco, en cambio, asume pidiendo la bendición del pueblo de Dios. No se cita a sí mismo. Cita a las conferencias episcopales de todas las regiones eclesiásticas del planeta. La diferencia es radical. Como “obispo de Roma”, restringiéndose a su diócesis hará posible que los demás obispos del mundo puedan respirar y hacerse cargo de las suyas sin temor a equivocarse. Él, el Papa, habla sin papeles. Puede equivocarse. Las improvisaciones y gestos espontáneos son ocasión de errores, quién no lo sabe. Pero así da el ejemplo contrario. Un Papa falible libera a los cristianos, a la jerarquía y al clero de la necesidad de ser infalibles y de la maldición de aparentarla. Francisco, no teme ponerse una nariz de payaso para identificarse con quienes transmiten el Evangelio jugando, alegrando la vida a niños y personas devorados por la tristeza. Un papa que juega, con una pelota roja en la cara, sí es infalible. Atina con la libertad cristiana, cuando el criterio último de su actuación es el amor. La infalibilidad evangélica estriba en el amor. Busca la manera de liberar a los demás para que también estos puedan hacerse responsables de sus vidas y de la de los demás con inventiva, con más discernimiento que con anatemas.

A Francisco le falta una sola cosa: desaparecer. Hasta el momento ha hecho las cosas bien, porque a causa de su audacia probablemente ha cometido más de un error. Sus errores autorizan a ensayar y a equivocarse. ¿Tendrá su sucesor que parecérsele? Ojalá que sea él mismo y no un imitador de Francisco. Lo decisivo será que Francisco mengüe en importancia para que prosperen las iglesias de todo el mundo. Que lo haga ahora, que deje  instalada la tendencia. Para que su sucesor no se angustie con “salvar” la Iglesia en vez de inventar, no sin todas las iglesias, un mundo nuevo, mejor, más hermoso, más libre.