Archive for Jorge Costadoat

La fuerza política de la alegría

“Nuestra alegría es la alegría de la gente que viene a buscar su almuerzo”, me decía una mujer que servía en una olla común. No quiero sacarme estas palabras de la cabeza. Me orientan. Esa y las demás mujeres que han levantado ollas, se alzan cada día con la ilusión de dar de comer a los hambrientos. La alegría de poder amar más, las moviliza. Ellas edifican la polis calladamente.

El canto “La alegría ya viene” derrotó a la franja televisiva del SÍ años atrás. Entonces la importancia política de la alegría fue enorme. La campaña aterradora del gobierno de Augusto Pinochet no pudo contra el sueño de un país libre y celoso de los derechos humanos. Esa no era una alegría muy pura. Ninguna lo es del todo. Hubo enemigos del régimen que le refregaron en la cara el fracaso a los perdedores.

Tenemos por delante la Convención constitucional. Será inevitable que, votación tras votación, sus integrantes no gocen con los triunfos sobre sus adversarios. Ojalá no se rían de ellos. Así podrán facilitar que el último día, cuando hayan terminado las sesiones y entreguen su trabajo a la deliberación de la ciudadanía, la alegría embargue al pleno de los convocados. En el plebiscito de salida todos debiéramos declararnos ganadores. ¿No podemos ya imaginar que ese día lo celebremos con un asado y sin mascarillas?

La Convención constituyente será animada por diversos espíritus, en pugna unos con otros. Espero que el primer día de labores los constituyentes se persignen en nombre de la alegría e invoquen su poder para todas las sesiones. Me gustaría que prime en nuestros representantes una alegría superior, una que meses después nos haga sonreír a unos y a otros.

A los constituyentes les podemos pedir que escruten la esperanza de los oprimidos: pueblos originarios y mujeres, sin olvidar a quienes fuera del aula no tendrán representantes. A ellos y ellas les pediría que en cuenta las palabras de Jesús: “alégrense, porque de los oprimidos es el reino de los cielos”. No debiera haber celebración alguna si las legítimas aspiraciones políticas de los últimos no son consideradas en primer lugar. Por esta puerta podrá entrar la clase empresarial, sin la cual el país no irá muy lejos, y los ricos por qué no.

La contribución de quienes estaremos fuera del aula será igualmente importante. Los demás por parejo tendremos la obligación de generar buena onda. Es de esperar que entre los constituyentes y nosotros fluya una conversación inteligente. Nada podrá ser peor que a nuestros representantes se les suba la cerveza a la cabeza, se crean poseídos por el Espíritu Santo y prescindan del sentir y del pensar de sus representados.

De los medios de comunicación esperamos mucho. Ellos, en una sociedad regida por una democracia representativa, tienen la tarea de mediar esta conversación política. Si no lo hacen ellos, lo harán las redes sociales. Ojo. No hay democracia sin prensa libre y de calidad. Es deseable que nuestro periodismo esté a la altura. Que en vez de dar mucha cámara y micrófonos a personajes nefastos, lo den a la gente capaz de defender sus ideas. Necesitamos argumentos. Las amenazas, las groserías, los ninguneos, los espectáculos, los ataques ad personam no aportan absolutamente nada.

La educación tendrá una oportunidad única para engendrar ciudadanos. Los padres y apoderados bien pudieran entusiasmar a los niños con lo que ocurrirá. El país necesita una cultura democrática. Sin demócratas, no hay democracia. La escuela también tendrá su hora. Dificulto que haya un mejor momento para educar a los alumnos en el valor del pensamiento, del propio y del ajeno, y de los sentimientos que impulsan a los demás, pues así se aprende a no atropellarlos.

A la Constituyente no puede pedírsele que solucione todos los problemas que se le han acumulado a Chile. La mayoría de estos quedarán en tabla para la legislatura ordinaria. Ella, y nosotros, tendremos la oportunidad de alegrarnos de constituir un laboratorio de civilidad y ensayar una autopoesis política, diría talvez el biólogo Humberto Maturana.

Más democracia, más periodismo

Dudo, creo que es imposible, que haya democracia sin medios de comunicación adecuados, sin prensa, sin periodistas profesionales. No veo cómo tenga futuro un cambio constitucional que perfeccione la operación de la política y la democracia formal, si no se riega la cultura democrática y no se desbrozan vías de generación de verdad, de diálogo y de crítica.

Es el momento de plantearse el tema. El período constituyente que se abre, esta magnífica oportunidad de hablar de todo, debiera dar lugar a un debate sobre la responsabilidad estatal en mejorar la comunicación entre las autoridades políticas y la ciudadanía, y entre los mismos ciudadanos. Si consideramos que esta comunicación es esencial, las fuentes noticiosas debieran ser, más que fiscalizadas, fomentadas con una legislación y un financiamiento que las haga posibles.

¿Por qué lo digo? Mi impresión es que el servicio es deficiente y no mejora, aunque hay excepciones. Juzgo por los noticieros de televisión, que son talvez los que más informan a la gente. Radio escucho poco. Lo diarios están cargados a un lado. Los portales electrónicos emparejan la cancha, pero no son suficientes. Una prensa deficitaria, pienso, suele contaminar el diálogo entre los políticos y de estos con el resto del país. La falta de periodismo, un periodismo hecho a toda carrera, obligado a rellenar con entrevistas mediocres, acostumbrado a inflar el perro con largos reportajes, sensacionalista, intoxica la mente, el corazón de las personas y enrarece el debate. Creo que una buena prensa, en cambio, puede elevar considerablemente el nivel del trato, vehicular acuerdos y facilitar la cordialidad que un país necesita para avanzar unido.

La democracia requiere para operar una cultura democrática. ¿Quién puede esperar uvas de una parra sin raíces? Si en China se quisiera imponer la democracia seguramente el intento acabaría en un desastre. Su cultura política es distinta de la nuestra. Un tal intento terminaría mal como mal puede terminar nuestro país si no cuida su humus democrático.

El periodismo es un arte. Es verdad que hay un periodismo meramente artesanal, que no se lo puede despreciar. Pero el periodismo es una profesión. Es una disciplina científica, se estudia en las universidades. Las carreras que lo imparten suelen completar o enriquecer la formación de los estudiantes, les hacen crecer en valores como el amor a la verdad, la justicia en las opiniones que se dan, la dignificación a los pobres, la solidaridad, la búsqueda del bien común, además de adiestrarlas en el uso de tecnologías de la comunicación. Esta competencia rara vez se encuentra en las redes sociales. Twitter, Facebook, etcétera, a la hora de informar, a veces ayudan, pero también desorientan, engañan y pudren. No son confiables. Estas redes juegan a la democracia directa, que en algún grado tampoco se puede despreciar, pero lo hacen socavando la democracia representativa, la de los partidos, aquella a la que los periodistas le ponen micrófono y le exigen estar a la altura.

Vuelvo sobre el punto: es altamente conveniente que en la nueva constitución quede asegurado que el Estado se hará responsable de que el país cuente con un sistema de medios de comunicación acorde con la democracia que se necesita fortificar. Pues por otra parte, allí están, a la vuelta de las esquina, los súper ricos ávidos de monopolizar la construcción de la realidad. A la legislación ordinaria se podría pedir, por ejemplo, que garantice la existencia de algunos canales, radios y periódicos nacionales, y que algunos noticieros emitan en los mismos horarios de manera que la ciudanía sea presionada a informarse para que se haga cargo del país responsablemente. En Italia hay una RAI de televisión más de izquierda y otra más de derecha. No se diga que es imposible organizar el pluralismo. Se puede.

Sé que pongo ejemplos que pueden no servir. Me meto en un campo que no conozco. De lo que estoy convencido, es que no hay democracia sin demócratas. Estos se forman en la casa, en la escuela, y gracias a los periodistas también.

Retorno a las cavernas

La pandemia ha terminado por hacer entrever la posibilidad de una regresión a lo fundamental. Es cosa de pensar en la gente que ha vuelto a la pobreza, al pan y un poco más. Esta involución, penosa por una parte, puede ser también ocasión para progresar en humanidad. El acabo mundi que asoma a veces en el horizonte por la actual catástrofe y otras, puede ser conjurado por un amor mundi, a saber, por una nueva versión de amor de la humanidad consigo misma y con los demás seres.

En la pandemia se han evidenciado más claramente tendencias que hace rato predominan en el mundo actual. Menciono dos. Una tendencia, a la luz de esta frenada brutal de la actividad ordinaria, es la de la aceleración general de la vida. Nos hemos dado cuenta que vivíamos apurados. Pero, apenas cedan los confinamientos volveremos a la carrera por no quedarnos atrás, por ganarle a otros, a competidores. La competencia económica internacional y local apremia todos ámbitos, los de la industria de la guerra, de la producción científica y de las relaciones humanas. Necesitamos velocidad, necesitaremos todavía más. Con Internet 5G venceremos a muchos. Pero la técnica, que por una parte nos permite ganarle horas, minutos, segundos a los demás, se muerde la cola. Es un medio transformado en un fin. Ayudará a correr más rápido, pera a ninguna parte.

Otra tendencia: la misma técnica, que tanto nos ha ayudado a conocer los códigos secretos del universo material, psíquico y social, nos hace progresivamente más incultos. Aparentemente estamos en la sociedad del conocimiento. En realidad, somos cada vez más ignorantes. En la misma medida que aumentan los conocimientos, lo hace nuestra ignorancia. Ahora ya no sabemos controlar una infinidad de fenómenos originados por una multiplicidad de causas. Ya ningún experto tiene una palabra irrebatible ni siquiera en su área de conocimientos. Hemos entrado en una época desconocida. Habremos de avanzar a tientas, orientándonos unos a otros.

Hoy mismo no debiera extrañarnos que las instituciones, desde la familia a la ONU, desde los estados a las iglesias, se vean estresadas, incapaces de responder a las expectativas que las personas se hacen de ellas. La política, por ejemplo, difícilmente se tiene en pie. Le exigimos que se haga cargo nuestro en su conjunto, siendo que los políticos patinan al abordar problemas complejos. Un futuro posible, que no constituye futuro alguno, es desembocar en populismos y dictaduras. Las instituciones religiosas para sobrevivir, otro ejemplo, fácilmente caerán en la tentación de ofrecer instrumentos para una fuga mundi. Retornará el miedo, los dioses serán desempolvados. No faltarán agoreros apocalípticos repartiendo panfletos en las plazas.

¿Cómo viviremos tras la pandemia en tiempos de mayor ignorancia y aceleración de todos los procesos? La imagen de las cavernas es útil porque nos hace recordar épocas en que vivíamos en un mundo muy difícil de descifrar en sus componentes y hostil. En aquel entonces vivíamos al nivel de lo fundamental: la familia, la comida y, de vez en cuando, pintando ciervos en las rocas y los niños en todas partes. Esta experiencia quedó archivada en nuestro ADN. La activaremos en la medida que la vida, ahora para la humanidad completa, se haga precaria, insegura, peligrosa.

Sin embargo, esto no quiere decir que el porvenir deba a ser peor. Hasta ahora la vida ha sido muy mala para inmensas mayorías. Desde ahora lo será, bajo un respecto, para todos. Pero, bajo otro, podrá ser mejor si volvemos a lo esencial, a aquello que no puede faltar, si localizamos a la técnica en el lugar que le corresponde y si entendemos que el crecimiento, el verdadero crecimiento, ocurre cuando compartimos.

El retorno a lo fundamental, evidente en el caso de los pobres que en el último año vuelven al mero pan, nos hará meternos en la cueva para protegernos de un mundo amenazante, pero también será ocasión para compartir el fuego, comer lo suficiente y conversar. La pandemia nos ha forzado a hacerlo. Pero, no nos ha impedido un amor mundi, amarnos, acompañarnos y cuidarnos.

Un asunto decisivo será elaborar una “paideia” (educación) que capacite a niños y adolescentes para aprender a aprender. Ellos debieran saber reconocer lo fundamental y a llevar a la espalda a los demás. Así lo hacíamos en el Paleolítico. Los niños tendrían que ser adiestrados en la capacidad de tomar decisiones, de elegir rápido y bien, de trabajar con los demás, pues habrá que juntar fuerzas para cazar en manada, y gozar con poco, aunque lo más posible. Será preciso adiestrarse en la resiliencia. Pues los resilentes, aun siendo cavernarios, lamiéndose las heridas de los felinos salieron adelante y saldrán una vez más.

Los Ricos roban, el Pueblo recupera

¿Conviene dictar una ley que obligue a los súper ricos a pagar un impuesto especial para financiar la superación de la pandemia? Por supuesto que sí, siempre que se lo haga de acuerdo a estudios expertos que, como sabemos, deben quedar entregados al escrutinio político.

“Los Ricos roban, el Pueblo recupera”. Este grafiti, entre tantos otros de la revuelta social de 2019, ha sido el más inquietante de todos. Dudo que lo hayan borrado de las paredes de la Alameda. ¿Roban los ricos? Algunos. ¿Recupera el Pueblo? A veces. Pero, si los ricos roban mucho, si acumulan cada vez más, y el Pueblo recupera robando a los ricos y a cualquiera que se le cruce por el camino, en la misma medida que se acentúan estas tendencias, la violencia pasa de la potencia al acto. En esto estamos.

La superación del problema es compleja. En la historia de la humanidad ha habido sistemas económicos muy distintos. Los pueblos originarios, los mapuche, por ejemplo, no acaparan. En algunos pueblos, he sabido, quien acapara es castigado. Pero nuestro país se rige por un sistema económico distinto y, en lo inmediato, a no ser que alguien pruebe lo contrario, es impensable que la acumulación deje de ser, luego de la fuerza laboral, la segunda rueda de la bicicleta de la economía. Así las cosas, en principio, la concentración de la riqueza es éticamente inatacable. Atacar a los ricos, querer quitarles lo que ganaron, dejado a aparte lo que hayan podido robar, cosa que debieran juzgarla los tribunales, es indebido. La acumulación es necesaria, sea que la haga el Estado, las empresas o las personas individuales.

Pero un sistema económico de acumulación solo puede ser ético cuando es al mismo tiempo un sistema de devolución. Cara y sello. La creación de riqueza es una gesta colectiva. En la mega-empresa que constituye la sociedad bajo el respecto económico, cada uno hace su aporte y quienes no pueden hacer nada, sea por la razón que sea, deben ser asumidos como seres humanos que, precisamente por tratarse de un peso que se carga gratuitamente, merecen que el país se responsabilice de ellos. Responsabilidad por todos, no solo de los que nos convienen, es el nombre de la moral. Pues, en última instancia, un sistema económico es legítimo cuando fomenta y respeta la dignidad humana. Esta opera como un reconocimiento al valor trascendente a las personas. En esto radica la legitimidad de los impuestos.

Todo sumado, pienso que la devolución, que es un deber personal, debiera serlo además legal. Los ricos que no devuelven se irán al infierno, diría Jesús (Mt 19, 23 -30). Pero lo que está en discusión en el país es un asunto estructural. Un sistema económico que respeta el derecho a la propiedad privada, que necesita que esta se capitalice para generar empresas y trabajo, debe tener como fin último y principal dar a los ciudadanos lo más que se pueda.

Vuelvo a la verdad y justicia que pudiera tener aquel grafiti. Ha de tenerse en cuenta que el egoísmo estructural de Chile tiene y tendrá consecuencias fatales para todos por parejo. Cito a Joseph Stiglitz (Nobel de economía 2001): “Los miembros del 1 por ciento más rico poseen las mejores casas, los mejores colegios, los mejores médicos y las mejores formas de vida, pero hay una cosa que no parece que el dinero pueda comprar: saber que su suerte está unida a las condiciones de vida del 99 por ciento restante. Es algo que, a lo largo de toda la historia, el 1 por ciento ha acabado siempre por comprender. Pero demasiado tarde” (La gran brecha, 2015, 115)

Sobre los impuestos a los súper ricos, tema en tabla, cito a Thomas Pikety: “El sistema tributario de una sociedad justa debería estar basado en tres grandes impuestos progresivos: un impuesto anual progresivo sobre la propiedad, un impuesto progresivo sobre las herencias y un impuesto progresivo sobre la renta” (Capital e ideología, 2019, 1162).

Con esto termino: para que el sistema de acumulación que rige en Chile cumpla con su razón de ser, y para que ayude a superar la desigualdad que ha causado, tendría que constituir al mismo tiempo un sistema de devolución. No se trata de establecer ahora un impuesto a los súper ricos por una sola vez ya que es preciso conseguir los recursos para superar la pandemia. Tendrían que ser tributos permanentes.

Con esto sí que termino: dicen que el impuesto a la riqueza es poco práctico porque los ricos se llevan su dinero fuera del país. ¿Qué piensan los economistas? Si además de poco práctico ello causara un daño a la economía, habría que olvidarse del tema.

¿Y ellos, los súper ricos, qué opinan? ¿Qué opinan de otros súper ricos que fuera de Chile proponen un impuesto de esta naturaleza? Y, ¿cuál es su postura ante el parecer de la ONU que, en las circunstancias catastróficas en que estamos, solicita un tributo solidario?

Cota mil

El 25 de octubre de 2021 la ciudadanía aprobó por una enorme mayoría la realización de un plebiscito en orden a redactar una nueva constitución. Un tema encendió las alarmas: en las comunas de Barnechea, Vitacura y Las Condes ganó el Rechazo. En ellas viven las personas que advirtieron a los demás el descalabro que se produciría en el país de haber ganado la opción contraria. No hubo descalabro. Comenzaron los preparativos a una constituyente que encausará racional y democráticamente la masiva y airada protesta social. ¿Fue un truco fallido este vaticinio? No lo creo.

Debo matizar lo que digo. En estos mismos sectores de Santiago hubo mucha gente que votó Apruebo. Además, las personas que allí votaron Rechazo seguramente lo hicieron de buena fe, creyendo que el peligro era real.

Estimo que tanto o más grave que la violencia política desencadenada a partir de 2019, la de la Araucanía y la de los viernes en la Plaza Baquedano u otros lugares, es la distancia epistemológica de la Cota Mil con el resto del país. La epistemología tiene que ver con el lugar donde se produce el conocimiento. Lo peligroso en este caso, es que estos barrios son el lugar epistemológico en el cual se toman las principales decisiones de Chile, a saber, aquel donde y desde donde se maneja la economía y se gobierna el país. Allí la elite conversa y se forma una opinión sobre lo que ocurre en resto de las otras comunas.

¿Azuzo con lo que digo la lucha de clases? Todo lo contrario. Es que no sé cómo desmantelar una bomba de tiempo más que avisando el peligro. Porque el peligro existe, aunque es otro.

Es más. La situación es explosiva porque tal conocimiento distorsionado de la realidad constituye, aunque sea inconscientemente, un modo interesado de concebir esta misma realidad. “Vamos a tener que compartir nuestros privilegios”, dijo Cecilia Morel en su momento. Pero, ¿quieren los chilenos que la primera dama y la clase alta chilena compartan con ellos sus privilegios? Una sociedad de privilegiados es un imposible. El privilegio implica siempre una desventaja o una postergación para alguien, y viceversa. Hay postergados, porque hay privilegiados. Juzgo que una sociedad cuya organización perjudica a unos para beneficiar a otros tiene los días contados. Prefiero pensar que la inmensa mayoría de los chilenos, en vez de estatus y tratos preferenciales, desean justicia y derechos.

No en vano ha querido llamarse Plaza de la Dignidad a la Plaza Baquedano. Muchos son los chilenos que están literalmente in-dignados. Se sienten humillados. En Chile no hay solo envidia o frustración por querer y no alcanzar las promesas del capitalismo. Hay también, y mucho, dolor por tratos indignos, y resentimiento. Este resentimiento llega a ser patológico en los muchachos que destruyen las ciudades, queman edificios, queman iglesias y queman la estatua de Baquedano. También es patológica la que quema de los camiones de las forestales por parte de agrupaciones mapuche radicalizadas, pues el pueblo mapuche no es violento. Pero el recurso al fuego, que tantísimas veces el pueblo mapuche usó para quemar villas o fortificaciones chilenas durante la Guerra de Arauco, se está volviendo normal.

Resentimiento, odio, violencia, tienen como causa, entre otras, la constatación de esta segregación. Traigo a colación otro asunto que también tiene que ver con esta tara epistemológica. ¿Han caído en la cuenta los habitantes de estos barrios que en los colegios que se educan sus hijos se aprende a reírse de la gente humilde, de su modo de hablar o de vestirse? No son los profesores que los que lo enseñan, nunca he oído algo así. Es la cultura ambiente, que pasa de los hermanos/as mayores a los/as menores, y de unos compañeros a otros, la que engendra un mundo discriminador. La constitución de vínculos elitistas que a futuro hará posible asegurarse un mejor lugar en este mundo, recomienda aprender a mirar de un modo distinto a aquellos de quienes conviene distinguirse. El país corre un grave peligro porque las personas distinguidas quieren distinguirse y, para conseguirlo, confeccionan un concepto del resto o barren a los pobres de su vista.

No era el Apruebo el peligro. Es este otro. ¿Cómo extinguir el incendio de la próxima revuelta social? No lo sé.

La reconstrucción de Cristo

¿Cómo celebrarán los cristianos la Semana Santa? Será difícil hacerlo no solo por la pandemia. La reconstitución de la Iglesia es el asunto que urge. El cristianismo católico está por los suelos por varias razones. Unos fieles han dicho “Cristo sí, la Iglesia no”, y se han ido. Otros lo están pensando. Otros, en fin, no aflojan ni aflorarán.

“Cristo sí, la Iglesia no”. Conviene revisar esta expresión. Es preciso hacerlo. Cristo y la Iglesia no son lo mismo, pero desde un punto de vista histórico lo que sabemos de Cristo es aquello que la Iglesia experimentó y contó acerca de él. Los cuatro evangelios, prácticamente las únicas fuentes para conocer a Jesús, son cartas diversas, distintas, de evangelistas y comunidades diferentes. Estos son las huellas digitales de Jesús. Las primeras comunidades cristianas tuvieron una experiencia de Cristo que las transformó a tal grado que, para explicar a otros lo que les había sucedido, escribieron los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

A la vez, en virtud del mismo Cristo que asoma en estos textos, es que hoy la Iglesia juzga a la Iglesia. Esta suele traicionar a Jesús y a su proyecto mesiánico. La paradoja mayor es que Cristo ha querido amar a la humanidad a través una comunidad lábil, falible y, a veces, francamente inhumana. El caso es que los cristianos, no solo sus autoridades, para pararse del suelo, tendrían que reconstruir a Cristo, regenerándose en él y escribiendo nuevos evangelios.

¿Cómo hacerlo cuando parece que de la Iglesia solo quedan palos quemados y humo? Algo termina. Algo habría de poder recuperarse para empezar de nuevo. Estimo, espero, que se haya agotado la versión clerical de la Iglesia que dio lo que más pudo hasta que las maderas comenzaron a apolillarse. Los restos, las brasas todavía vivas, son los cristianos comunes y corrientes que, sin creerse superiores a nadie, sabiéndose incluso peores que muchos, recuerdan al Jesús que los perdona. Al nazareno que se hinca, como samaritano, para recoger al prójimo botado a la vera del camino.

En otras palabras, espero que la reconstrucción de la Iglesia no pase más por la sacralidad de la persona del sacerdote. Esta ha sido la causa de relaciones infantiles entre los pastores y los demás bautizados y bautizadas, además del factor estructural que ha facilitado la comisión de los abusos que tanto se lamentan. No es deseable que se reconstituya una institucionalidad jerárquica e impasible a los sufrimientos de los contemporáneos. Sí, en cambio, que surja otra organización eclesial, una que exponga a los sacerdotes a entrar en relaciones adultas con la gente de la época, una en que los católicos se sientan como dueños de casa en su Iglesia y no como visitas. Una Iglesia así, por solo ser así, anunciará a la humanidad que Jesús fue profundamente humano.

Porque en suma, al final del día, solo es necesaria una Iglesia que conjugue la humanidad de Cristo con su humanidad. Esto es fundamental. Las estructuraciones eclesiales cuando no sirven para humanizar, mejor que se desplomen. Si no se abren para encontrar a Cristo en las otras tradiciones religiosas y filosóficas, o no se dejan cuestionar por los ateos que ven en ellas una institución estatal más, estorban. Deseo que lo que esté regenerándose sean cristianos que recojan los fierros que quedan, los fundan, y paren capillas abiertas, comunidades amigas de cualquiera, cercanas, simpáticas y jugadas por los demás. Una nueva Iglesia, en vez de excluir, tendría que poder bendecir todo lo que se mueva, a los queer ciertamente, pero no los tanques.

No importa tanto que en tiempos de pandemia los cristianos no puedan comulgar en la misa. Importa mucho más que multipliquen los panes con los hambrientos y que estos coman primero. Es de esperar que esta Semana Santa el recuerdo del arraigo de Cristo en lo más hondo de la historia haga que los cristianos se partan y repartan para alegrarle la vida a los que lloran. Si lo hacen, mucha gente sabrá en qué consisten las bienaventuranzas. La reconstrucción de la Iglesia depende de la reconstrucción de Cristo.

La vida tras la pandemia

La palabra “tras” significa después de, más allá de, una superación de lo que hubo antes, un salto. Ella favorece varias combinaciones. Un de estas es tras-cender. Otra, trans-mitir. Hagamos jugar ambas palabras. El juego consiste en responder esta pregunta: ¿habrá algo “trascendente” después de la pandemia que merezca ser “transmitido” a las siguientes generaciones? ¿Algo importante que haya de ser aprendido para luego ser enseñado?

Supuesto que llegará el momento en que nos sacaremos las mascarillas, ¿diciembre o julio?, proyectemos un balance. A unos bastará celebrar la vuelta a la normalidad. Otros, en cambio, habrán podido caer en la cuenta que somos seres sociales, que ha sido importante recuperar el sentido colectivo de la vida, que es necesario obedecer a las autoridades, que la política debe velar por el bien común y el Estado proteger y promover a los ciudadanos. Pienso que todo esto será verdaderamente relevante porque significará enmendar el rumbo equivocado del individualismo y del neoliberalismo.

Un “tras la pandemia” puede significar cosas opuestas. Bajo un respecto, será volver a lo antiguo. Bajo otro, descubrir lo nuevo, inventarlo. Para descubrir algo, eso sí, se tendrá que hacer una experiencia nada de fácil. Se ha de ir al fondo y encontrar en sí mismo la manera de sobreponerse a esta tragedia. El asunto no consistirá en que la pandemia “pase”, sino que “nos pase”. Es decir que nos duela en el estómago, que nos haga dejar ordenaditos los papeles de la herencia que dejaremos a la familia y pensar en cómo nos gustaría que fuera nuestro funeral. La pandemia, en fin, esta posibilidad cierta de la muerte propia o cercana, obliga a revisar el sentido de la vida.

¿Es la vida trascendente? ¿Qué es trascendente de la vida? Si alguien dice que ni esto ni aquello le importa porque, por ejemplo, perdió gente muy querida o volvió a la miseria, porque no le parezca ya que algo valga más la pena, esa persona merece máximo respeto. Sería una brutalidad imponerle una determinada razón para vivir. Pero otras personas, en la actual catástrofe, habrán podido apostar a algo que la muerte no puede devorar o, dicho en términos menos rotundos, apostar a que hay ideas, costumbres, recuerdos, mártires, figuras o menospreciados sin merecerlo, que guían para siempre. El caso es que este par de años de tormentos varios, pueden ser ocasión para ellas y nosotros de revisar qué necesitamos, y que no, qué ajustes hacer y por qué, para dar una orientación definitiva, decisiva, a tantos esfuerzos.

Conjuguemos lo trascendente con su transmisión. ¿Qué ha de ser transmitido como trascendente tras la pandemia? ¿Qué ayuda a encarar las dificultades que se nos imponen que merezca ser recordado y educado? Mi opinión es que el día de mañana nos moriremos igual, pero habrá tenido un valor eterno haber creado juntos un mundo más amigo, uno en que la vida haya llegado a ser mejor porque se ha tratado de salvar vidas, vidas de todo tipo, como si cada una de estas valiera más de lo que parece.

Por lo mismo, creo que los padres darán un mal ejemplo si hacen pucheros por el virus, si a cada rato miran el calendario o se alistan para abuchear al gobierno su próximo yerro. Estos comportamientos son intrascendentes. Son comprensibles, pero no educan. Nacemos llorando, el asunto es morir sonriendo o al menos serenos, con dignidad, sin desmoronarse. Así sí que se enseña.

No sabemos qué pasará tras la pandemia. ¿La dejaremos atrás? Supongámoslo. El asunto de veras novedoso es qué tipo de triunfo hagamos sobre ella. La vacuna acabará con el covid 19, pero no con la insolidaridad de los seres humanos. Las ollas comunes, sí lo harán. El amor con que el personal médico ha puesto en curar a los enfermos, también lo hará. La atención de los padres, madres, apoderados y maestros para enseñar a los niños que la humanidad tiene un valor imperecedero, lo mismo. Estos son los aprendizajes colectivos que el país tendría que somatizar a modo de enseñanzas que más nos mejorarán.

Apuesta por los pueblos originarios

Apuesto por los pueblos originarios. Harán un gran aporte al país y al proceso constituyente en particular. Miro de reojo a quienes digan lo contrario. Los anoto en una libretita.

Hasta ahora me ha llamado la atención que el país no haya caído suficientemente en la cuenta de la importancia del reconocimiento que se ha hecho de los pueblos quechua, aimara, rapa nui, atacameño, chango, yagán, colla, kaweskar, diaguita y mapuche, incorporándolos al proceso constituyente. A muchos esta parecerá una concesión obligada a tiempos de pluralismo o un modo de conjurar la rebelión en la Araucanía. Pero quienes piensen que estas han de ser las razones para hacer un espacio a estos pueblos, estarán en un error. Por cierto, es obvio que estos pueblos no comenzarán a existir desde ahora, pero el reconocimiento de su realidad y dignidad hará posible el despliegue de una riqueza negada.

Nuestros pueblos originarios no pueden ahora ser objeto de un beneficio. Son sujetos. Tratarlos como si fueran meros destinatarios del favor del Estado constituye otro acto más de atropello de su honor. No son objetos que se usan y desechan dependiendo de la ventaja que devenguen. Solo vale para ellos un reconocimiento auténtico, uno que los considere nación y les devuelva la autonomía que alguna vez les quitaron, al menos en los términos que lo han hecho otros países multinacionales.

Estos hermanos y hermanas nuestros nos enseñarán a luchar, a resistir y a adaptarnos; ellos/ellas son capaces de enamorarse otras maneras; su medicina es holística, hondamente humana y terrena; los ingenios que tengan para reconciliarse habría que conocerlos; puedo suponer que saben oler olores, oír sonidos, gustar con la lengua y sentir la cercanía de los demás como no lo hacemos el resto de los chilenos; sí sé que se saben pertenecientes a un cosmos que les ama y que respetan, pues la suya es una gran mística del cuidado; sus espiritualidades, estoy seguro, enriquecerán nuestros estilos de vida agostados ya de tanto consumismo. Si alguien duda que tengan alma humana, saco mi libretita y averiguo el nombre de su profesor de religión.

En la medida que los chilenos y estos pueblos bajen las defensas y avancen en los reconocimientos, Chile hará espacio a fusiones culturales mayores que las que ya se han dado; las violentas para hacernos peores y las pacíficas mejores. De síntesis culturales depende el futuro del país mucho más que de las alzas del PIB. Por de pronto, los cristianos y cristianas que pasen por el bautismo de estas versiones de humanidad saldrán más parecidos al Jesús humilde que conversaba y aprendía de todos.

De momento, mi apuesta es por el aporte de los pueblos originarios al proceso constituyente. Algo me dice que ellos pondrán color, empatía, küme mogen, oxígeno, escucha, piel, humildad, ideas nuevas, originalidad, deseos de levantar un país amistoso, defensor de la naturaleza y atento para desenmascarar los mecanismos de invisibilización. Talvez ellos, al igual que yo, no sepan a ciencia cierta qué le conviene a Chile, si un régimen presidencialista, semi-presidencialista, presidencialista atenuado o parlamentario. Pero, como muchos de los demás, agradecerán una explicación de estas diferencias para sumarse a la mejor alternativa. Solo los ignorantes aprendemos. ¿Quién está en condiciones de saber qué constitución le conviene al país saltándose las discusiones por venir? Si alguno levanta la mano saco la libretita y pregunto por sus preferencias partidarias. En cualquiera de las sesiones de las comisiones que se creen se necesitará gente de buen corazón que ponga humor y humanidad, ingredientes indispensables para facilitar los acuerdos. Una constitución representativa se conseguirá con amor, dirá Martha Nussbaum.

Mi apuesta es un acto de fe en sentido estricto. Apuesto, intuyo, creo que estos pueblos y los demás constituyentes redactarán la constitución que el país necesita. Lo creo, pero también tengo razones para imaginarlo porque no estamos en cero. El mestizaje constituyó a Chile. En cambio, el puritanismo, el desconocimiento del origen, la negación de las diferencias, el despojo y la mirada en menos de los pueblos humildes, lo destruye. Si existe Dios, creo que cree en los pueblos originarios y espera muchos de ellos.

Ollas comunes en Santiago de Chile

Chile ha sido fuertemente impactado por el covid 19. Antes que se declarara la pandemia, el país había lamentado un estallido social extremadamente violento y con penosas consecuencias para mucha gente que sufrió la destrucción de sus bienes, perdió su trabajo o fue víctima del pánico. Esta situación recién se encausó por vías institucionales el 25 de octubre de 2020. Este día el 80% de la población votó en favor de la redacción de una nueva constitución, lo que fue visto como un gran triunfo por muchas personas que, no habiendo recurrido a la violencia mencionada, compartían la indignación que la motivaba por los abusos generados a causa del neoliberalismo. La pandemia de covid 19 lo empeoró todo a un grado insospechado: se enfermó gente, murieron muchos, se agudizó la cesantía, aumentó el hambre y se multiplicaron los miedos. En la actualidad la población está estresada tanto económica como psíquicamente.

Como integrante de la comunidad eclesial de base Enrique Alvear, la cual se halla en un barrio popular de Santiago en las faldas de los Andes, he vivido de cerca este inédito proceso social. La situación de las personas de las poblaciones Esperanza Andina, Los Huasos y Microbuseros ha sido estremecedora. La pérdida de trabajos ha sido angustiosa; algunos no han perdido sus trabajos pero han debido encerrarse en sus casas en espera del término de las restricciones de salidas; otros ha podido continuar trabajando online, pero están agotados; la gente que vive en las calles ha debido salir a buscar ayuda por doquier; ha habido hambre vivido en silencio; ha habido, por cierto, numerosos casos de personas enfermas y muertas; no han faltado personas que se han sentido discriminadas, mal miradas y maltratadas, por el hecho de haber contraído la enfermedad; los niños no han podido ir a la escuela, debiendo soportar el encierro en sus casas, y obligando a sus padres a hacer de profesores, las veces que en sus familias han tenido los medios tecnológicos para seguir las instrucciones de los colegios para hacer las tareas; los niños han experimentado mucha angustia sea por el hambre o el encierro; ha aumentado la violencia intrafamiliar; en circunstancias de tanto estrés, de incertidumbre y de miedo frente al futuro, las familias no siempre han sabido cómo resolver sus conflictos.

Todo esto ha motivado una respuesta popular espontánea a lo largo del país. Las comunidades cristianas, como ha sucedido en otros momentos de la historia de Chile, también han respondido. En numerosos casos –si no todos, no lo sé- se han organizado ayudas. Las parroquias y comunidades pequeñas han levantado ollas comunes, ofreciendo almuerzos todos los días de la semana o día por medio. Un plato de comida consistente, y algo de pan para llevar, ha podido ser suficiente para pasar la jornada. En las dependencias de las iglesias se han instalados cocinas y no han faltado los voluntarios, casi todas mujeres, para hacer turnos en cocinar y distribuir los alimentos. He visto el caso de una pobladora que organizó una olla con la cocina de su misma casa. A veces ha sido necesario entregar cajas con almuerzos para llevar a las familias confinadas en sus viviendas y así no violar las normas de la cuarentena. En estos mismos lugares se han ofrecido otro tipo de ayudas, como ser ropa, que las personas que viven en la calle han podido retirar a su elección.

Nuestra Comunidad Enrique Alvear –una comunidad eclesial de base que se originó por los años noventa en Toma de Peñalolén, una ocupación de terrenos particulares- constituye un caso entre otras comunidades pequeñas que se han hecho grandes en amor y espíritu de servicio. La nuestra es, por cierto, bastante singular. Ella incorpora personas de distintos sectores sociales, provenientes de gente de las poblaciones aledañas y de otros barrios cercanos e incluso lejanos. La vida de la comunidad gira en torno a la eucaristía dominical, en especial mediante una lectura en común de la Palabra y a partir de la vida concreta de las personas, siempre dándose espacio a lo que ocurre en el mundo, en el país y en la Iglesia. Los integrantes tienen la costumbre de hacer entrar en la liturgia la vida real, personal y social. Puesto que no se tiene tiempo suficiente para tener reuniones durante la semana, es la misa misma el lugar en el que se discuten todo tipo de temas y muchas veces se organizan iniciativas como la que comento.

El voluntariado se puede decir que está constituido por mujeres y, algunas veces por hombres. Entre estas mujeres las hay personas que normalmente trabajan en casas particulares y no ha faltado el caso que alguna de ellas, yendo a su trabajo día por medio, se ha dado el tiempo para colaborar en la olla. Lo que se puede decir de estas personas es que se trata de gente extraordinaria. Son personas movidas exclusivamente por amor a los demás. Se desgastan por el prójimo. Entre ellas se ha dado el caso de personas que, contra todas las indicaciones médicas y las recomendaciones de la comunidad, han corrido los riesgos de enfermarse y morir. Es difícil convencerlas que sería más conveniente que se encierren en sus casas sin exponerse a tanto peligro.

La Comunidad Enrique Alvear, como he dicho, ha debido reorganizarse para abordar tantas demandas. El coordinador y otras mujeres muy conectadas y comprometidas de la comunidad han contribuido en la erección de las ollas o han colaborado con ellas. Su contribución ha consistido en verduras y alimentos sólidos. Además, la persona encargada del servicio de solidaridad y su marido prontamente redoblaron los esfuerzos para, en primer lugar, informarse de la gente más desamparada y necesitada de ayuda y, en segundo lugar, para acudir discretamente con algún tipo de ayuda. Las personas necesitadas normalmente no quieren que se sepa que han pasado hambre. Todo esto ha sido posible porque este matrimonio creó una red de colaboradores que pudieran contarles quienes son los pobladores más afectados. En cada pasaje de la población tienen una persona que les informa. Otras dos iniciativas de apoyo han sido la creación de un whatsapp de un grupo de mujeres para para apoyarse anímicamente entre ellas. Y, además, un grupo de hombres que guiado por otro integrante se han reunido a través del Meet de Google.

Entre las iniciativas principales –la que ha demandado más recursos- está la creación de el-pan-nuestro-de-cada-día. La comunidad entrega un kilo de pan diario a las familias que más mal lo han pasado. En algunos casos estas familias han recibido su pan en la casa de una integrante de la comunidad y, en otros, en el almacén del barrio donde su nombre está registrado para recibir este beneficio. El pan, como sabemos, tiene un alto valor simbólico: representa aquello sin lo cual la vida es imposible y al Cristo que se comparte en la misa. Las ayudas, en pleno invierno, también han consistido en kerosene y gas, canastas de alimentos, remedios y pañales.

El caso de la Comunidad Enrique Alvear es evangélico. ¿Cómo ha posible ayudar con tantas restricciones y tan pocos recursos? La nuestra es una comunidad que los domingos celebramos la eucaristía unas treinta personas. Las parábolas de Jesús nos recuerdan que lo pequeño y aparentemente insignificante puede ser principio de grandes cosas. La búsqueda de recursos es todo un capítulo.

Los recursos han provenido, en primer lugar, de la canasta que al pie del altar recibe domingo a domingo alimentos no perecibles. Además, los mismos integrantes de la comunidad han puesto dinero de sus bolsillos. Esto no ha sido suficiente. Un comité creado a efecto de recabar ha salido a buscar ayudas fuera. Estos han llegado de sectores medios y altos de Santiago que han colabora muy generosamente. Algunas de estas personas han acudido directamente a las ollas, y no ha faltado quien ha regalado otros instrumentos, como el caso de un empresario que donó cajas plásticas para guardar los comestibles y basureros, y para llevar la comida a las casas de las familias enfermas de covid.

El caso, como digo, recuerda los tiempos de Jesús. Cuando se tiene mente y corazón para acabar con el sufrimiento de los demás, los recursos llegan no se sabe cómo. En los sectores en que la comunidad ha querido levantar al prójimo caído a la vera del camino, ha podido darse almuerzos a unas 200 personas diarias y 75 familias ha recibido el-pan-nuestro-de-cada-día. En los peores momentos se llegó a ayudar diariamente a mil personas. Un evangelista del Nuevo Testamento diría, sí, con cinco panes y dos peces alcanza y sobran muchos canastos.

A la comunidad le consta que distintas partes los pobladores se han sorprendido con estos esfuerzos de generosidad. Han sabido de nuestra existencia y, en todo caso, han sabido que cuentan con nosotros. El eco de tanta entrega ha sido muy positivo. No es para vanagloriarse, porque en estas circunstancias la comunidad ha sido confirmada por el Señor en su misión samaritana.

Durante 2020 la comunidad no pudo celebrar la eucaristía, pero realizó liturgias de la Palabra online en las cuales fue posible saber qué estaba ocurriendo y vibrar, sufrir y solidarizar por los pobladores. Entre todos hemos pudimos comprobar que la apertura de comunidad a la realidad del país y a la del barrio, atenta a la acción de Dios en el acontecimiento y a las necesidades más hondas de los demás, oxigena a la comunidad y le hace crecer. Ha sido conmovedor oír de las personas que colaboran en las ollas y los otros servicios el entusiasmo de entregarse gratuitamente a los demás. Nos hemos enterado de gestos de una generosidad sin par. Por ejemplo, el del caso de una olla que compartía sus alimentos con otras seis ollas de la comuna. Esta generosidad ha sido también causa de mucha alegría. Hemos captado con mayor claridad que la generosidad y la alegría son dos nombres del Evangelio. Una de las voluntarias en la olla de Esperanza Andina me decía: “nuestra alegría es la alegría de la gente que viene a buscar su almuerzo”. Registré en la memoria esta frase. La entrega sacrificada y entusiasta indica por dónde seguir.

Declive y recuperación de la Iglesia Católica en Chile

La Iglesia Católica en Chile declina. Entre los años 2006 y 2019 las personas que se identificaban con ella han disminuido prácticamente en un tercio (Encuesta Bicentenario, PUC). Es difícil encontrar un caso parecido en el mundo.

Las causas de esta crisis son varias, aunque es evidente que los escándalos por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento debe ser la principal. Si los ministros de la fe no somos creíbles, los católicos partirán a buscar la confianza en Dios en otra parte o habrán dejado la fe para siempre. Pero la fuga de los católicos tiene también otras causas. Desde hace muchos años se constata en la Iglesia un foso de distancia e incomprensión entre los fieles y sus pastores. Estas causas son doctrinales y estructurales.

Desde el punto de vista de la doctrina, la encíclica Humanae vitae (1968), queriendo orientar las relaciones de amor al interior del matrimonio, al prohibir el uso de medios anticonceptivos, terminó generando desconcierto y una triste huida de las mujeres. La encíclica quebró a muchas personas que de buena fe trataron de observarla. En la actualidad ella tiene trancada toda innovación doctrinal que ofrezca una verdadera orientación a las parejas, a los jóvenes y a las personas homosexuales. En Chile, también en el campo doctrinal, la jerarquía eclesiástica se ha opuesto, desde 1998 en adelante, a una serie de leyes y decretos concernientes al género, a la moral de la vida, a la sexualidad, a la educación de los niños en los colegios, a menudo en contra del sentir y pensar de los fieles.

Además de doctrinales, los problemas son estructurales. La institución eclesiástica es regida por una casta de sacerdotes varones que se autogenera. Ningún laico participa en la elección de sus autoridades. Los sacerdotes, obispos y cardenales dan cuenta de su desempeño solo a los superiores de quienes depende su carrera eclesiástica, pero nunca ante las comunidades cristianas. ¿No tendrían los mismos papas que responder ante alguna autoridad colegiada en casos, por ejemplo, de acusaciones de abusos de poder? Las autoridades eclesiásticas no tienen por cierto la obligación de dar explicaciones de sus actos a los laicos. Así, la experiencia de Dios de la inmensa mayoría de los católicos no es considerada a la hora de compartir, revisar y recrear la doctrina que haga inteligible y vivible el Evangelio, ni de influir en el gobierno de la Iglesia.

La Iglesia Católica se encuentra en caída en momentos cruciales para escuchar a Dios. En una sociedad que valora el discernimiento de las personas, que sube los estándares de gestión y se esfuerza en dar su lugar a las mujeres, la institución eclesiástica suele ser un testimonio contra la dignidad de la persona. La situación es grave porque no se avizora cambio alguno. Por el contrario, el estamento gubernamental de la Iglesia parece haber perdido su capacidad de reforma.

En estas circunstancias, nuestro país corre el riesgo de extraviar la tradición religiosa de humanidad más importante en cinco siglos. ¿Qué cultura o institución pudiere a futuro reconocer que los niños que vienen al mundo son hijas e hijos de Dios, que existe un perdón incondicional y que no hay nada más grande que amar al próximo como Jesús lo amó? Para los cristianos lo fundamental será siempre transmitir el Evangelio persona a persona mediante testimonios inspirados por Jesús, la Virgen, los mártires y los santos. Pero este tipo de amor cristiano no llegará muy lejos, no podrá pasar a las siguientes generaciones, sin una renovación de la tradición milenaria de la Iglesia.

Talvez el panorama no sea tan dramático. No debiera serlo si los laicos, en vez de esperar los cambios desde arriba, comienzan a realizarlos con creatividad y entrega. No requieren de permiso alguno, porque inventar nuevas vías para comunicar el sentido profundo del Evangelio es su carga y su derecho. Si toman la iniciativa, quizás nosotros los sacerdotes podremos ponernos a su servicio como quiso que se hiciera el Concilio Vaticano II.