Archive for Jorge Costadoat

Está faltando socialismo

No soy analista político ni político, escribo como un ciudadano común. Lo hago porque estoy preocupado.

Juzgo que la mayor dificultad de Chile hoy es la relación de una clase política enferma con una ciudadanía enferma también. Lo primero que salta a la vista son los yerros de los políticos. Estos son graves, pero el disgusto ciudadano contra los políticos, el Estado, los empresarios y contra sí misma, especialmente tratándose de un malestar y una odiosidad que se nutren de un individualismo creciente, se está convirtiendo en una amenaza todavía mayor. El individualismo está desquiciando las instituciones y las agrupaciones, a las parejas y a las familias, a Chile como país y a otros países.

Desde que Joaquín Lavín el año 1987 anunció el triunfo del neoliberalismo sobre la configuración comunitarista del país, el individualismo, sobre todo en su versión consumista, se ha convertido en el factor motivacional principal de la toma de decisiones de las personas, también en el campo político. En general, la gente vota por lo que le conviene y no por lo que le conviene al país. ¡Muchos no votan! Es más, no solo los jóvenes, también los mayores exigen derechos pero no quieren que la sociedad les imponga deberes. Se olvida, empero, que los derechos se sustentan con deberes.

El pronóstico es malo. Alejandro Guillier, de izquierda, quiere ser el candidato de una ciudadanía harta de los políticos y de los abusos de quienes controlan del Mercado. Pero no me parece igualmente preocupado por la creciente falta de solidaridad política de esta ciudadanía. La solidaridad social de la nación se activa fácilmente y de un modo extraordinario con terremotos, aluviones e incendios. Pero las últimas décadas hemos constatado entre nosotros ciudadanos una pobrísima voluntad de sacrificio político. El caso es que la mayoría de las personas parece más interesada en lo que el país le pueda dar que lo que ella pueda dar a su país.

Esto lo digo porque, tras haber leído el libro de Raúl Sohr en que entrevista al candidato, no me queda la impresión de que Guillier se dé realmente cuenta la profundidad del problema. Comencé a leer el libro con la simpatía que siempre le he tenido al personaje, pero quedé preocupado. Me ha dejado la idea de que Guillier no percibe que la “revolución silenciosa” diagnosticada por Lavín nos ha hecho cada vez más egoístas y que la desigualdad, que no cede, en una cultura maleada por el Mercado, nos parece aún más irritante. Nos vuelve agresivos. Nos enferma.

La ciudadanía, la responsabilidad política del pueblo sobre sí mismo, está siendo carcomida a un nivel muy hondo. Entre los muchos fallos de los políticos, el peor de todos puede ser precisamente no representar a esta ciudadanía como “profesionalmente” debe hacérselo. A mi parecer, su obligación mayor debiera ser auscultar “las necesidades de la gente”, conocer sus emociones, reacciones y reclamos de justicia y de derechos; pero, la profesión de político exige también tomar decisiones impopulares y legislar muchas veces en contra de las mayorías, si de ello depende la construcción de un futuro común.

Tiene razón Guillier de quejarse contra la clase política por numerosas razones. También acierta en representar el malestar enorme de la ciudadanía engañada por empresas, cadenas de negocios y tiendas que abusan de ella. Los chilenos están airados contra la colusión entre las empresas y el cohecho con que estas seducen a los parlamentarios. Pero un político –y de esto nada dice Guillier- no solo debe asumir la queja de los ciudadanos, sino también encaminarlos al bien común, a veces contra su voluntad, por la fuerza de la ley.

¿Será mejor Guillier que el Partido socialista que lo eligió de candidato? No sé. Pero es lamentable que la política sea cosa de mera popularidad. ¿En qué momento el Parlamento liberó a los ciudadanos de la obligación de votar en las elecciones? Mal hecho. Otro ejemplo: los ciudadanos agradecen, en principio, el incremento de un 5 % en su fondo previsional, pero quieren que se les impute como ahorro individual. No están dispuestos a compartirlo con los demás. Tercero: los santiaguinos, en forma creciente, se “vengan” contra el Transantiago no pagando sus pasajes. ¿Son estos mejores que la juventud que destruye los buses y que arruina el centro de la ciudad con los grafittis y sus proclamas anarquistas? Por mi parte, me sumo a quienes exigen que la gratuidad universitaria sea financiada por los egresados una vez que se inicien en la vida laboral. Asimismo, pienso que habría que quitarle la gratuidad a quienes no voten en las elecciones políticas.

Resulta paradójico pensar que, al final del día, los socialistas chilenos son los empresarios que, con el pago de impuestos, financian los derechos sociales (salud, educación, habitación, etc.) de una población que tiene puestos los ojos solo en sus intereses individuales. Es raro, además de injusto. El futuro de cualquier país depende de que cada ciudadano y las asociaciones intermedias se sacrifiquen en beneficio de los demás y del conjunto.

La alegría de la mujer que da a luz un niño (tomado del Oráculo cristosófico): (Jn 16, 20-22)

«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 20-22)

La alegría que produce la fe es mucho más que jovialidad u optimismo. Para quienes creen en Cristo, es posible alegrarse incluso en medio de las persecuciones. Aún en el caso que no fuera posible alegrarse, porque lo que predomina es la adversidad, existe al menos el consuelo del triunfo futuro. La mujer que ha tenido un hijo lo sabe. Ella pasó por los dolores del parto. La esperanza de un niño le bastó para soportarlo. Jesús insta a sus discípulos a creer en la alegría. Esta se hará realidad infaliblemente. Es tan cierta la victoria que ya ahora es posible alegrarse. Los que viven del triunfo de la fe, pueden alegrarse anticipadamente en medio de las penurias del presente. Bien vale vivir para la alegría. De la alegría también se puede vivir.

¿Crees que esto vale para ti? Créelo, y verás cómo comienzan a disiparse tus tristezas. Cristo triunfó. Vamos ganando. Lávate la cara, cámbiate de ropa, busca una buena colonia… Llegará el día en que no llorarás más. Créelo, y alégrate ya, ahora. Mientras más te apures más pronto sucederá.

Autor de texto: Jorge Costadoat

Ilustradora: Agustina Meneses

Necesidad del Ante-Cristo

Escribo del Ante-Cristo. No sé si lograré expresarme. Se me perdone. No quiero molestar. Pero se trata de algo importante.

El Ante-Cristo es distinto de Cristo y del Anti-Cristo.

El Ante-Cristo es el Cristo anterior al Cristo resucitado en que creemos los cristianos. Es, por decirlo así, el Cristo antes de Cristo. La Iglesia celebra en Semana Santa la pascua de Jesús de Nazaret, resucitado y rehabilitado por Dios como el Mesías de toda la humanidad. El problema es que, en este paso, los seguidores de Jesucristo nos apropiamos muy rápido de su victoria y, como por arte de magia, la computamos con cualquier éxito terreno comenzando por la adquisición de riquezas y siguiendo por la acumulación de poder. ¿No es esta invocación de su victoria una especie de traición a la solidaridad de Jesús con los crucificados de todos los tiempos? Lo es.

El Ante-Cristo es Jesús así no más. Sin resurrección. Un carpintero de una región insignificante de Palestina que creció entre gente agobiada por los impuestos de judíos y romanos, un galileo común llamado por Dios a integrar a los marginados por sus enfermedades, a los despreciados por su irreligiosidad, a los pecadores de todo tipo y a las víctimas de la aristocracia y los sacerdotes de Jerusalén. Lo mataron los romanos, no los pobres. Lo mataron a instancias de los expertos en Dios, fariseos y saduceos que administraban la salvación. No podía ser que un israelita de a pie reclamara para sí una relación con Dios tan íntima como para llamarlo Padre y hermanar a justos y pecadores. Quienes a futuro se supieran “hijos” e “hijas” de Dios, amados incondicionalmente por Él, no tendrían por qué acatar al establishment religioso que trocaba la salvación con buenas obras y sacrificios tasados en dinero. Este, sin más, fue y sigue siendo el Ante-Cristo. Fue, porque lo asesinaron y hoy muchos piensan que fracasó y punto. Sigue siendo, porque, aunque lo eliminaron, también muchos lo admiran y se dejan orientar por su figura y su discurso humanizador. ¿Merece “fe” el Ante-Cristo? Sí, pero fe con minúscula. Es la “fe” de esas personas que reconocemos por su amor al prójimo.

El Anti-Cristo, en cambio, es todo lo contrario. Este no merece fe ni con minúscula ni con mayúscula. Es infiel por naturaleza. Desleal. Con el Anti-Cristo no hay posibilidad de amistad alguna, solo de alianzas. Es el “dios” de los triunfadores a secas. No “es”, “son” los dioses de quienes absolutizan sus múltiples ambiciones. Es el ídolo del dinero -Mammón le llamó Jesús- con que se compra de esto y aquello, calcetines y mujeres, el “dios” que se encarna a veces en poderes eclesiásticos que venden indulgencias, sacramentos, bendiciones, que sacan pecho en las embajadas y se reverencian unos a otros en las nunciaturas. El Anti-Cristo es el super-hombre que invierte en los paraísos fiscales, importándole un rábano que la especulación internacional arrebate el futuro a los pueblos miserables de la tierra. El Anti-Cristo se ufana delante de los pequeños, los mira en menos, los pasa a llevar, a no ser que pueda comprarlos para venderlos. El Anti-Cristo mandó matar al niño Jesús. No lo consiguió. Terminó con los inocentes de la región. El Anti-Cristo convenció al Sanedrín que más valía sacrificar a uno, a Jesús, para no poner en peligro el pacto político entre Roma y el Israel de la época. Sus víctimas en todo tiempo han de pasar al olvido. De ellas no pueden quedar restos, memoria ni museo.

Los cristianos por dos mil años han debido precisamente hacer recordar a las víctimas del Anti-Cristo. La Eucaristía es un memorial de quien fue ajusticiado injustamente y una apuesta por su rehabilitación. Creer en Cristo equivale a afrontar a los ídolos del Anti-Cristo con las armas de la lucha por la justicia y el perdón de los arrepentidos. Habrá un juicio final. No da todo lo mismo. Por fin se sabrá que el amor es el secreto del universo. Pero los cristianos –lo decía hace poco- solemos aferrarnos demasiado rápido al resucitado y, a causa de esta prisa, olvidarnos del Ante-Cristo, el Cristo antes de Cristo. En esta pasada, inadvertidamente, nos aliamos con los que aquí y ahora dominan a los demás. ¿Es posible creer al mismo tiempo en Cristo y el Anti-Cristo? Es un hecho que sí. Muchos cristianos “de los dientes para afuera” se inscriben como católicos en los censos y “de los dientes para adentro” se rigen y son regidos por el mercado.

¿Es posible creer al mismo tiempo en Cristo y en el Ante-Cristo? En cierto sentido, sí. En cierto sentido, para los cristianos al menos, es obligatorio que así sea. Harto bien nos haría el Viernes Santo suspender por un rato nuestra creencia en el resucitado, nuestra fe en Dios, y fijar la mirada en el hombre condenado a muerte siendo inocente, la única persona en quien pudiéramos descubrir un motivo para llorar con dignidad y esperar sin aflojar.

El Ante-Cristo une a la humanidad que sufre. El Ante-Cristo divide entre víctimas y victimarios. Los cristianos son tales cuando su Cristo consiste en Jesús. Este Jesús que une y que divide, el Cristo del Viernes Santo, hoy más que nunca, convoca a creyentes y no creyentes a resistir la violencia de los codiciosos que se están apoderando del planeta y desplazan de sus tierras a pueblos enteros.

Me perdonarán los lectores si no me logro explicar. Sucede que el cristianismo, mi cristianismo, cruje y a menudo pienso que los cristianos le hacemos el juego a los enemigos.

Por quién votaré

No votaré por alguien que a mí me convenga. El país está primero. Entre los muchos asuntos a considerar, será para mí prioritario mirarlas cosas en el largo plazo. Votaré por quien, a la hora de decidir, vea que se preocupe por los siguientes sujetos.

Las mujeres todavía están en situación de desigualdad. Me gustaría comparar los programas de los candidatos. ¿Qué proponen para achicar la diferencia en los salarios? Se dirá que los sueldos los fija el mercado. ¡Por esto precisamente suelen ser injustos! El mercado da una señal importante para construir un sueldo justo, pero señales hay muchas otras. Otra cosa: se ha sugerido una pensión para las mujeres que han sido dueñas de casa. Podría concedérseles a las madres que no pudieron trabajar o que lo hicieron con dificultad y apenas pudieron ahorrar en una AFP. Alguien dirá que el trabajo doméstico de la dueña de casa, para el mercado, es imponderable. Póngase, entonces, como referente el salario de la asesora del hogar mejor pegada del mercado y créese una pensión equivalente. Será sin duda poco, pero no nada.

Los mapuche debieran ser reconocidos como Pueblo-Nación. Así mismo los otros pueblos originarios. El Estado chileno se comprometió a hacerlo ante la ONU. No ha cumplido. Hoy sabemos que el reconocimiento como pueblo implica derechos políticos y diversas formas de autonomía. No se trata de inventar un país nuevo, sino de dar a los mapuche carta de ciudadanía según su propia cultura e identidad. Se olvida que la Pacificación de la Araucanía fue un genocidio. No ha debido ser esta la manera de nacionalizar a un pueblo. La invasión de las forestales y proyectos extractivos (mineras, hidroeléctricas) ha sido otro tipo de invasión devastadora en los territorios mapuche. Hoy lamentamos una violencia que es producto de una enorme injusticia. Espero votar por un candidato que, en vez de mandar tropas al sur, saque a las forestales de sus tierras y negocie con la CAM y con todas las organizaciones las condiciones de una convivencia amistosa. Se necesitará también una o varias leyes que promuevan el crecimiento económico sustentable de esta zona del país, leyes que tomen en cuenta la cultura y la opinión de sus habitantes.

Los migrantes necesitan un recibimiento hospitalario. La actual ley no lo permite. Se sabe que llegarán igual: por tierra, por mar o por aire, a la buena o a la mala. Migrar es un derecho de la humanidad desde hace 70.000 años. La migración es un derecho consagrado en la Carta de Derechos Humanos de la ONU. Me gustaría que la nueva ley estipule la integración más rápida de los inmigrantes, de modo que ellos y ellas lleguen a beneficiarse de nuestra nacionalidad y ciudadanía lo antes posible. Que tributen, que voten, que pronto se adscriban a las AFP y a las Isapres o a Fonasa, que paguen y aprovechen sus servicios. Por otra parte, introduciría una reforma al código penal. Consideraría una agravante el maltrato a un inmigrante a causa de su condición o de su raza.

Los jóvenes universitarios no debieran perder la gratuidad obtenida. Es más, espero ver en los próximos programas de gobierno promesas de conseguirla en un 100%, si el país logra financiarla. ¿Cómo hacerlo? Los mismos universitarios debieran contribuir económicamente a la educación de las siguientes generaciones. Tendrían que pagar sus carreras después de egresados. Desde kinder los niños debieran entender que los impuestos son fundamentales. No hay derechos sociales sin deberes sociales. Por esto, no le daría gratuidad alguna a los universitarios que no acudan a votar en las elecciones políticas. La solidaridad tendría que ser la clave de la nueva educación. Lo más importante en esta materia, en todo caso, será terminar con el co-pago en la educación escolar. El Estado tendría que asegurar una educación igualitaria. La educación pagada –pública o privada, laica o religiosa- reproduce la desigualdad. De momento se hace difícil impedir que haya también educación pagada de elite. Pero a futuro el país tendría que poder poner trabas a este factor, pues hace de Chile un país clasista y desigual.

Los super-ricos tendrían que poder ser controlados lo más posible. Los ricos en general son de cuidado. Pero quienes poseen una fortuna cercana a los quinientos millones de dólares –por poner una cifra-, debieran ser objeto de restricciones legales permanentes. La creciente concentración mundial de la riqueza tiene al mundo al borde del despeñadero. Conviene siempre tener en cuenta que la economía financiera no tiene la misma calidad ética que la economía productiva. El país requiere de empresas y empresariados creativos, robustos y arriesgados. Pero a las grandes fortunas, a todas por parejo, hay que mirarlas con lupa. Porque independientemente del bien que pueden hacer creando empleos y salarios justos, la mera concentración excesiva de riqueza es un peligro para la sociedad. Espero que en un programa de gobierno se nos diga cómo se controlará la libertad de los super-ricos para hacer negocios y para relacionarse con los poderes políticos, culturales y comunicacionales. Los hechos prueban que la libertad de los multimillonarios vulnera la libertad de los pobres (que hoy compran cosas que el marketing les vende infaliblemente), distorsiona el mercado (con monopolios o colusiones) y socava la democracia (con corrupción y cohecho). Me hago una pregunta: ¿debe una próxima constitución política permitir que un super-rico sea parlamentario o presidente de la República? Me gustaría ver un debate al respecto.

Los programas de gobierno tienen que ser creativos y lo más completos posible. El votante tendrá que atender a muchas propuestas, pero también a las coaliciones políticas capaces de sustentarlas. Los criterios que he señalado no son los únicos a considerar. Pero, al menos yo, observaré con atención cuál de los candidatos los sirva mejor. La discusión política de estos meses tiene mucho de cháchara. No siempre se deja ver lo realmente importante. Qué hará el país con las mujeres, los inmigrantes, los mapuche, los estudiantes y los super-ricos, a mí parecer, es decisivo para un futuro de largo plazo.

El Cristo ciego

¿Dejará algún día Chile de ser un país cristiano? Las proyecciones internacionales estiman que para el año 2050 el 89% de los latinoamericanos seguirán siendo cristianos. Nos preguntamos, entonces, ¿de qué calidad será este cristianismo? ¿Será mejor que el de 2010, año en que el 90% declaraba ser cristiano?

Christopher Murray es el director del Cristo ciego, una película que hace pensar precisamente en la posibilidad de un cristianismo de mejor calidad. El Cristo ciego no ve en sí mismo lo que los otros más valoran de él: Michael busca milagros, la gente aprecia su entrega a los demás.

El Cristo ciego es un Cristo chileno. Más precisamente, un Cristo del Norte Grande, donde trascurren los episodios. Este es, supongamos, el Cristo que este país necesita, pero que no llegará a ser realidad sino en conflicto con la religiosidad popular y el estamento eclesiástico. El Cristo ciego es seco como el desierto de Tarapacá, más profundo, serio y auténtico que el Cristo que los nortinos ya tienen pero, según Murray, arropado de superchería.

Michael es un muchacho de la Pampa del Tamarugal que busca a Dios. Lo encontró de niño una vez, pero no deja de buscarlo, no sin temor de ser abandonado por él. Michael es un iluminado. Vive absorto en la posibilidad de la manifestación de Dios. Dios, empero, se le manifestó aquella sola vez en unas llamas ardientes. Esta epifanía tuvo lugar inmediatamente después que sus manos fueran clavadas en un tamarugo por su amigo Mauricio, a petición suya. Michael lleva los estigmas de Cristo. Él es otro Cristo. En él se cumple un tema clásico de la mística cristiana: todo cristiano, en virtud del bautismo, es (o debiera ser) otro Cristo.

Michael es austero y auténtico. Es un profeta que, como los inspirados del Antiguo Testamento, no tolera la idolatría. Desafía la futilidad de la religiosidad popular. Es iconoclasta. Le irritan las imágenes, fabricaciones humanas, a las que los fieles rinden homenaje, pues solo Dios merece adoración. También es profeta respecto de la institución eclesiástica. Esta no aparece explícitamente en el film. Pero está insinuada. El protagonista deambula por donde alguna vez la Iglesia institucional estuvo presente. De ella, sin embargo, solo queda una latencia insignificante. Michael no es ni evangélico ni católico.

El Cristo ciego, Michael, está convencido de que Dios está en lo más íntimo de cada persona. Esto es lo único que vale. Quien cree que Dios vive en su interior, puede hacer milagros. Esta convicción hace que el protagonista emprenda un largo viaje a pie –a pie pelado por el desierto- a curar a Mauricio Pinto. A este le ha bastado encontrar nuevamente a su gran amigo. Mientras tanto, los aldeanos se aglomeran esperando la sanación. El viaje es largo de ida, pero breve de vuelta.

“Nos has traído la fe”, asegura el padre a su regreso. Este la había perdido tras la muerte de su esposa. Dios no había escuchado su oración. También su pueblo ha caído en la cuenta de la bondad de un vecino tan extraño, quien, hasta hace muy poco, despreciaba y ridiculizaba.

Michael, obsesionado con conseguir una señal de Dios, no entendía que la auténtica señal, la que los demás descubrieron y no él, ha sido su caridad con el prójimo y su solidaridad con todas las personas. A lo largo del film, el Dios que el Cristo ciego llevaba en el alma apareció visiblemente las varias veces que ayudó a alguien, que escuchó, que consoló, que dio esperanza. Esto, que ha debido ver, no logra ver que es lo fundamental. En cambio, ha querido ver una manifestación divina que no corresponde a la del Dios de los cristianos.

El Cristo ciego es el Cristo chileno. Murray ubica a su personaje central en un lugar muy representativo del país. Michael es un Cristo encarnado en un norte tremendo: desierto inclemente y miseria por todas partes. No hay ambiente humano que en la película no sea miserable. Todo es pobre, todos. El Cristo ciego se parece a Jesús de Nazaret. Es, como habría de ser Dios encarnado hoy en Chile. Michael es testigo de la explotación minera del norte, causa de la extrema pobreza de un pueblo golpeado, sucio, sufrido. Él hace las veces del “Hijo” encarnado que, en este caso, asume el abandono del Norte grande. No habría de ser posible salvar a estas gentes, sin hacerlas propias. No solo Michael, el mismo film, redime porque asume un mundo pobre y necesitado de salvación.

¿Ha habido otra versión cinematográfica de un Cristo chileno? Dicen que Ricardo Larraín antes de morir produjo un film por el estilo. Seguramente ha sido una buena película. No la vi. Esta, la de Murray, es teológicamente muy valiosa.

Pueblos miserables de la tierra

Trump es uno más. Es la cara visible del capitalismo que quita a los pobres su lugar en la tierra. Hoy vagan por doquier. Migran.

Pero son muchos los super-ricos, iguales a Trump. Muchos, pero cada vez menos, porque la concentración de la riqueza es espeluznante. 8 personas tienen más que los 3.600 millones más pobres. Hoy ya el 1 % más rico tiene el 99% de los bienes. El acaparamiento no para.

Llegará el día, estamos cerca, en que habrá más pan que libertad. Pan de insumo para alimentar a los trabajadores que aún no hayan sido reemplazados por un robot. Hemos de temer que terminaremos pensando igual que los dueños de los periódicos. Los políticos que regalonean con la empresa privada nos darán pan a costa de la democracia.

¿Qué se puede hacer? ¿Hay quienes den la pelea?

Los pueblos pobres de la tierra han sido víctimas de los mismos imperios que hoy no saben qué hacer con ellos. EE.UU. ha sido el imperio que más recientemente le ha puesto la bota encima a los países pequeños. Ha explotado su minas, ha cosechado sus plantaciones. Inventó una guerra contra Irak para probar nuevas armas que desarrolló con los US $ 537.199.000.000 de presupuesto anual (2015), equivalente al gasto militar del resto del mundo. Muchos iraquíes huyen buscando refugios fuera de su territorio.

¿Qué se puede hacer? Hay personas que resisten. Yoani Sánchez brega por la libertad de Cuba. Nos da esperanza. “La historia fue otra”, la autobiografía de Carmen Hertz, obligatoria de leer, nos recuerda la lucha contra la dictadura chilena. Un puñado de víctimas valerosas nos enseña que la democracia se recupera arriesgando la vida.

Pero también Europa ha hecho algo parecido a EE. UU., talvez peor. Inglaterra, el más grande imperio de la humanidad dominó la India. No suelta Las Malvinas. Y el resto: Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Portugal, seguro que olvido a otros, destruyeron África. La colonizaron para sacarla de la barbarie con los valores de la Ilustración (Todorov: 2012). Dinamitaron las culturas originarios, les impusieron una versión totalitaria del cristianismo que combatió los mitos que sus pueblos habían forjado para establecer una relación armónica en el mundo peligroso que habitaban. Les hicieron aprender sus lenguas, les vendieron sus armas, avivaron las luchas de unas razas contra otras y devengaron pingües ganancias. Y se fueron. Dividieron el continente con regla y escuadra, y partieron.

¿Qué hacer? No pierdo la esperanza. Como cristiano me siento orgulloso de este Papa. Francisco se dirige a los movimientos populares en Bolivia, a los cartoneros, catadores, pepenadores, recicladores: “Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las ‘tres T’. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!”.

Pueblos miserables. No pertenecen a nadie. Nada les pertenece. Tienen hambre. No han podido ofrecerles un futuro digno a sus hijos en sus propios países. Parten a buscárselo en otras tierras, pero a riesgo de hundirse en el Mediterráneo. Donde lleguen se los verá como culpables. Si roban una manzana, se los expulsará con familias y todo. Si no tienen papeles, no podrán alegar si alguien se aprovecha de ellos.

Pero el inmigrante es inocente. Así lo creemos algunos. Migrar es un derecho humano. El migrante es un inocente que los grandes países nos hacen creer que algo malo han hecho. “¡Se nos meten por todas partes!”, se quejan. “Nos quitan nuestros trabajos, se aprovechan de nuestra seguridad social. Destruirán nuestra cultura, relativizarán nuestras creencias religiosas”.

Seres humanos que ya no tienen ninguna nacionalidad más que la de ser “inmigrantes”. Los apátridas tienen menos derechos que los delincuentes. Esta es una nueva nación. Inmigrantes y refugiados. Huyen de la guerra, de la muerte. Se dejan vender y comprar. Se prostituyen. Se dejan denigrar. “Negros”. Tampoco faltan interpretaciones “benignas”: “suplen nuestra falta de natalidad”, se repite. “Nos hacemos de los mejores de los otros países. Los migrantes son los más inteligentes y emprendedores”.

¿Qué haremos? “Ay de los ricos”, decía Jesús. Pero también decía el “reino de los cielos es como un semillita de mostaza”. Crece sin que nadie se dé cuenta. Se puede ser hospitalario. Se puede cancelar en el alma el instinto racista. Sumarse a un voluntariado. Existen oficinas como la del Servicio jesuita para los migrantes ( SJM) que los acogen y los defienden. Los calabrinianos los protegen hace muchos años. No todo está perdido.

Tengamos en mente las ONGs, los movimientos sociales, los sindicatos, la caridad callada con los abandonados, niños o viejos… No se puede olvidar que las mujeres han ganado espacios en la cultura y en la sociedad porque “rompieron huevos”. Los gays se hacen respetar. Los ecologistas nos han abierto los ojos y nos tienen reciclando, cuidando el agua, evitando los plásticos. Surgen políticos jóvenes. Si hay un partido que cambie la ley de inmigración, le aseguro mi voto.

¿Qué haremos? Siempre es posible entregar el corazón.

 

 

Crítica participación de la mujer en la Iglesia

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre”o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica. Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal. Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer –ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”). Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.

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Me alegra compartirlo con uds. y la más gente posible.

Con afecto

Jorge

Entrevista: http://peregrinos-robertoyruth.blogspot.cl/2017/02/jorge-costadoat-sj-y-su-nuevo-libro.html

Portada

 

Crisis en la Iglesia chilena

La Iglesia Católica en Chile pasa por un momento de gran complejidad. Sus dificultades tal vez son mayores a las de los demás Iglesias de América Latina.

Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año. En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación.

El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: “¿Es Chile un país católicos?” (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado.

Esta falta de vigor del cristianismo “a la chilena” ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.

La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario.

¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.

Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.

¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus “errores no forzados” y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?

Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.

Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados.

La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre “todos” los seres humanos.

La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos –laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?

El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.

¿Qué pasará con la reforma litúrgica?

Los que creen que el cardenal Sarah es pintoresco, se equivocan. El intento de introducir un cambio litúrgico del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del año recién pasado, no debe ser visto como estrambótico. ¡Cuidado! Su propuesta para que los sacerdotes celebren la misa cara al Oriente o hacia el ábside de los templos, espaldas al pueblo, no fue un traspié de un eclesiástico africano. El prefecto es uno entre otros que quieren una “reforma de la reforma” de Sacrosanctum concilium, la constitución sobre liturgia del Vaticano II.

El antecedente más importante de este principio de claudicación del cambio más visible del Concilio, es la ruptura de la unidad litúrgica de la Iglesia católica ocurrida con la reintegración del Misal de Pío V por voluntad de Benedicto XVI (Faggioli, Santiago 2017). Francisco, sin embargo, parece querer ir en la dirección contraria. Este es el primer papa que no fue actor en el Vaticano II, pero no parece ignorar que Sacrosanctum concilium fue aprobado por 2162 contra 46 votos. La Santa Sede paró en seco la iniciativa de Sarah.

Pero, ¿irá el actual Papa más lejos, continuará la reforma comenzada por el Concilio, o simplemente contrarrestará a las maniobras de los católicos que preferirían la misa en latín? El impulso de Francisco en favor de una Iglesia “en salida”, una Iglesia acogedora e integradora de otras culturas y formas de humanidad, va en dirección contraria del retraimiento antimodernista hostil al mundo de una Iglesia empeñada en afirmar su propia salvación.

Los documentos del Vaticano II se comprenden en relación unos con otros. No por nada los lefebvristas lo rechazan por completo. Lo consideran “herético”. Pero, ¿es herético el ecumenismo? ¿El diálogo interreligioso? Y la participación de los fieles, la misa como mesa fraterna (en vez de ara para sacrificios) y las guitarras, ¿desvirtúan el cristianismo? Quien va por lana puede salir trasquilado. Puede, porque el acercamiento con los descendientes de Marcel Lefebvre hace pensar que el Concilio en realidad no expresa la fe de la Iglesia y que todo da lo mismo. ¿Qué hará Francisco? ¿Romperá la unidad dogmática de la Iglesia? ¿Seguirá a Pablo VI o a Benedicto XVI?

Lo que se necesita, a mi juicio, es continuar la reforma litúrgica.

Nuevos textos litúrgicos tendrían que incorporar, aún más, dos conclusiones dogmáticas del Vaticano de extraordinaria importancia. La primera tiene que ver con haber recuperado el Concilio el carácter fundamental del bautismo. Si la dignidad fraternal del bautismo debiera regir las relaciones entre los cristianos, urge “desclericalizar” la misa. Muchas de las palabras rituales aún sacralizan papas, obispos y sacerdotes, y consagran la separación entre lo sagrado y lo profano de la que Cristo, en principio, nos liberó. Si hay algo que no se soporta ya más en la Iglesia, es el clérigo que marca su diferencia; y una clase de sacerdotes que demoniza del mundo sin reconocer su propia mundanidad.

La otra gran innovación dogmática del Concilio es la contundente afirmación de la voluntad salvífica universal de Dios. Ningún palabra de la misa ha podido expresar con más fuerza esta reiterada convicción del Vaticano II que la fórmula de consagración “por todos”. Los textos litúrgicos, además de abrogar el “por muchos” de Benedicto, tendrían que ampliar la mirada y dialogar con “todas” las expresiones de humanidad, religiosas o filosóficas, porque la Iglesia puede no saber cómo Dios salva a los “otros”, pero está obligada a creer que sí es capaz de hacerlo.

Otros ajustes litúrgicos urge implementar: los textos tienen que reformularse en un lenguaje que incluya a la mujer (actualmente ignorada); es indispensable, además, que asuman una perspectiva eco-social; debieran también ayudar a ver la historia en clave de “signos de los tiempos”; en fin, las lecturas veterotestamentarias que hablan de la violencia de Dios, de sus venganzas o castigos, debieran sacarse de los leccionarios. Se ha vuelto insufrible que el lector diga: “palabra de Dios”, después que el profeta Elías ha degollado a 450 profetas de Baal y todos repitan: “te alabamos, Señor”.

Será necesario todavía realizar un cambio mayor: suprimir el lenguaje sacrificialista de las plegarias eucarísticas que impide ver que los verdaderos sacrificios son los del amor (inspirados en el Jesús que entregó su vida por anunciar el reino a los excluidos, los despreciados, los endemoniados, los pecadores y toda suerte de infelices) y no el sufrimiento y la sangre a modo de reparación sado-masoquista del Hijo al Padre (como si Dios fuera un ser colérico necesitado de aplacamientos). El sacrificialismo es la madre de la marcada distancia entre el sacerdotes y los laicos, y el padre de las repetidas condenas de la Iglesia al mundo.

Lo que la Iglesia necesita no es “reformar” la reforma litúrgica, sino “continuarla”. La implementación de Sacrosanctum concilium aún debiera poder impulsar mejoras que hagan más comprensible el amor de Dios; en vez de traicionar su impulso a celebrar la eucaristía en una lengua y símbolos comprensibles a las distintas culturas en las que la Iglesia quiere arraigar.