Archive for Jorge Costadoat

Vendrán tiempos mejores

La situación es tremenda. Toda la conferencia episcopal chilena renunciada. Es algo inaudito. La carta que el Papa envió ayer a los obispos es conmovedora. El documento que el Papa les había entregado, y que se filtró, para discernir junto con él el futuro de la Iglesia, revela el impacto que han producido en Francisco los gravísimos abusos sexuales, psicológicos y de conciencia, de mayores y menores; y a su vez, estremece a los católicos por el tipo de inmoralidades cometidas por obispos y mandos medios en labores de encubrimiento de tales abusos y delitos. El documento es, sobre todo, un verdadero programa de reforma de la Iglesia chilena. A pie de página se da ejemplos claros de irregularidades deshonestas. Cualquiera puede imaginar que el informe de Scicluna de 2,300 documentos que entregó al Pontífice, es espeluznante.

¿Qué viene? Todos los obispos han renunciado. Suponemos que Francisco acogerá la renuncia de algunos. ¿Cuántos? Es casi seguro que saldrán de la conferencia los cuatro dirigidos espirituales de Karadima. Además, todos los que ya habían renunciado por edad. Entiendo que son cuatro. ¿Alguien más? Es difícil pensarlo. A no ser que haya sido incoado un proceso canónico en contra de alguno otro y que haya terminado en una condena, cosa de la cual no hay ningún indicio. Es decir, en el futuro inmediato tendrá que nombrarse a ocho obispos y a un noveno por la sede de Valdivia.

¿Qué viene? No sabemos si los obispos que queden y los nuevos que estarán a la altura de las exigencias que el Papa les ha puesto en el documento en comento. Francisco pide a todos trabajar por una Iglesia profética que sepa “poner a Cristo en el centro” de su corazón y de su acción. Un Iglesia profética, como fue la que encaró las violaciones de los derechos humanos, y no como la que vino después, la de la jerarquía que “dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma”. Surge una pregunta inquietante: ¿estarán capacitados los obispos que queden para emprender una conversión de esta magnitud? ¿Hay sacerdotes que puedan ser nombrados para reemplazar a los que se van que cumplan con estas condiciones?

El Papa Francisco delinea un programa y pone los fundamentos para esperar algo mejor. Por de pronto, recuerda que Dios actúa en el santo pueblo de Dios y que en este pueblo hay una fe y una energía extraordinaria. Si los futuros obispos no se nutren y aprenden del pueblo de Dios en quien reside la fe de la Iglesia, creo yo, volveremos a lo mismo. Urge, por tanto, dar participación a los fieles en la organización de su Iglesia. Lo dice Francisco con estas palabras: “Permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial”, dejando de lado los elitismos. ¿Participarán en alguna instancia los laicos en la elección de los próximos obispos?

Es la hora de los laicos. Esperamos que la nueva generación de obispos termine de “ordenar la casa” y se ponga al servicio de la Iglesia. Lo hagan o no lo hagan, ya ahora los católicos, curas y fieles debieran asumir un rol protagónico. Es imperioso crear algo nuevo. Se necesita una Iglesia a modo de comunidad de comunidades. Se necesitan comunidades de todo tipo que exijan respeto y participación, capaces de representar con respeto sus diferencias a la autoridad y de rebelarse contra los atropellos. No más abusos, este puede ser el lema. Más creatividad, más solidaridad con el prójimo, más participación de las mujeres, en una palabra, más Evangelio.

La magia de la Iglesia

Tocamos, miramos, recogemos del camino un ramo de dedales de oro, lo depositamos a los pies de la Virgen, agachamos la cabeza…, estamos en la iglesia. Ella nos acoge. La Iglesia no se piensa, se respira. Se piensa con las manos, con la garganta, con cantos que cantamos hace 30, 50, 1500 y 2500 años: ¡Kyrie eleyson! Cuadros, esculturas, aguas, olores, luces en conflicto, colores que juegan y se fugan, revolotean en nosotros, nos recuerdan que somos y no somos, que pertenecemos al más allá, al más acá del yugo del día a día y de la diversión, que más cerca que lejos un Dios nos quiere y no nos suelta. La Iglesia nos ayuda a entrar en la oscuridad con una vela en la mano.
La Iglesia tiene magia. Tiene gracia. Nada supera su encanto. Ella unge con humanidad una existencia matematizada, pretendidamente adivinada por las estadísticas, por encuestas, por notas, puntajes y metas que enemistan y sobrecargan, que sofocan la sorpresa de vivir. El mercado también encanta. El consumo atrae irresistiblemente. Pero entre la magia de la Iglesia y la de la sociedad mercantil hay una contradicción total. La Iglesia educa a ser felices con poco. El mercado menosprecia la pobreza. Cautivados por lado y lado, los cristianos querríamos que nos bastara Jesús, la pura promesa de su reino, pero reconocemos que nos cuesta vencer tantas tentaciones.
La Iglesia también cae en la tentación de la “mala magia”. Hasta hoy, se nos critica a los católicos una devoción casi idolátrica de reliquias de santos que trasparentaron en su tiempo el misterio que los animó, pero a los que en la actualidad se les atribuye la virtud de hacer un tipo de milagros que Dios no hace. Es muy difícil que la “buena magia”, esa que depende del Dios que nos maravilla, no se mezcle con la mala magia, esta con la cual brujuleamos la suerte, los espíritus díscolos, a Dios mismo… Pero la superstición y la fe se excluyen.
También es “mala magia” la ritualización de la fe. A veces, los católicos rigidizamos los gestos y clavamos la mirada en el santísimo sacramento como si el resto de la vida tuviera menos importancia y perdemos la naturalidad del Dios con nosotros. Los mismos sacerdotes son sacralizados más de la cuenta. Bastaría con que los sacerdotes fueran hondamente humanos, como lo fue Jesús. Así sería más fácil a los cristianos concluir que Jesús, no por sacro, sino por su humanidad, fue reconocido como Dios y Señor. La buena magia proviene de la Encarnación de lo sagrado en lo profano. La mala magia comienza separando lo uno y lo otro, y termina apoderándose del mundo en nombre de Dios.

Escribo hoy con plena conciencia de vivir nuestra generación una de las crisis más graves de la institucionalidad eclesial de que tenga recuerdo y conocimiento. Los abusos de todo tipo, pero sobre todo los abusos de poder de quienes han sido investidos para anunciar a los seres humanos que con su impotencia nos reveló a Dios; los abusos espirituales, psicológicos y sexuales de sacerdotes y obispos sacados a la luz pública por los medios de comunicación, asociados a la indolencia, las faltas al derecho penal y canónico, auguran la ruina de un modo de ser Iglesia que deseamos termine lo antes mejor. Porque la Iglesia no se agota en su institucionalidad, ni en sus costumbres, ni en su doctrina. Solo se agota en el Evangelio. Por esto mismo, hablaré aquí de lo que mi Iglesia es, aunque no siempre lo sea. Pues es imperioso llamar las cosas por su nombre. Es forzoso criticar. Pero no hay que perder de vista lo fundamental. Hoy hablo de la Iglesia que amo y que espero. Y ofrezco las líneas a quienes se sienten estremecidos, confundidos y desamparados.

El encanto del Evangelio

El Evangelio de Jesús es lo primero. La Iglesia tiene exactamente la misma misión que Jesús tuvo de anunciar a la humanidad que no está huérfana en un universo de 15 mil millones de años. El Padre de Jesús, el Padre de los cristianos, el Padre de los somalíes, kurdos, taiwaneses y coreanos, es el mismo Dios, único y verdadero. En la Iglesia hay, por tanto, espacio para todos. Todos pueden, en ella, leer las estrellas al modo propio, pues la unidad depende más del amor que de las interpretaciones o, mejor dicho, depende de las interpretaciones que más favorezcan la comunión y el amor. Esto es lo único decisivo. El Evangelio es la Palabra de la hermandad que la Iglesia anticipa, practicándola.

Para niños, para adultos, para pobres, para todos

La Palabra de Dios es sabrosa, gusta a los niños como la leche. Con ella, la Iglesia amamanta a sus hijos. El cristianismo es cosa de pequeños, es religión de humildes de corazón, es credo de franciscanos más que de jesuitas. Por cierto, a algunos cristianos les toca aguantar en las trincheras del debate de las ideas. La obligación que tiene todo bautizado de pensar su vida a la luz de la fe, en algunos casos constituye una profesión. Para la transmisión de la fe, se ha vuelto imperioso contar con gente que pueda participar en el ágora de los medios de comunicación social y que se implementen pastorales que conviertan a los fieles en adultos en la fe, verdaderos iniciados en el arte de comprender las profundas transformaciones culturales con los ojos de Dios.
Pero la Iglesia sabe que la mayoría de los fieles vive su fe con sencillez, y cuida al niño que pregunta cuando no sabe, que no puede aprender las cosas de golpe, que junta las manos al acostarse para abandonarse cada noche a la Divina Providencia. En virtud de la Palabra, ella acoge a los fieles como madre, los acurruca, les garantiza un espacio a su ignorancia. Pero, por lo mismo, los puede infantilizar y abobar. En ella no falta el bobo que, de flojo, no quiere oír ni entender la Palabra. Tampoco el cura modoso que enriela a los fieles con tareas de kindergarten.
La Iglesia, en su más alta expresión, convoca a adultos capaces de conversar, de discutir y de indagar con otros una verdad que, por tratarse de Dios mismo, solo se revela a los que no la tienen y que la conquistarán cuando termine la historia, porque ya ahora son poseídos por ella. Una Iglesia de adultos quiso el Vaticano II (años 1962-1965), uno de los tres o cuatro concilios más importantes en la historia del cristianismo. En esta oportunidad, a diferencia de los concilios anteriores, la Iglesia no condenó a nadie. El buen Papa Juan quiso conversar con todos, reconoció que se podía aprender del mundo, de otras culturas y tradiciones religiosas. La Palabra de Dios no se entiende si no sirve para dialogar con los otros. Si solo pudieran comprenderla “los nuestros”, no sería Palabra de Dios. La Iglesia tiene la obligación de anunciar el Evangelio de la hermandad a los pueblos sin exclusión, promover una fraternidad universal, porque sabe que Jesús murió por todos. El Concilio nos hizo bajar la guardia, exponernos a la crítica, fomentar lo que nos une, no desesperar con lo que nos separa…
La Iglesia latinoamericana llevó el Concilio aún más lejos. En América Latina comprendimos que si el Evangelio no es para los pobres, no es para nadie. Los cristianos latinoamericanos, tras 500 años de fe, descubrimos el cristianismo en la opción preferencial por los pobres. Lo vio Hurtado: “el pobre es Cristo”. Si san Pablo enloqueció cuando cayó en la cuenta del misterio de la cruz, los cristianos latinoamericanos nos estremecimos con la violencia sufrida por pueblos crucificados y mártires con Mons. Romero a la cabeza. En América Latina, hemos concluido que la cruz y el pobre son el anverso y el reverso del misterio del Dios que lucha por liberar a la humanidad de toda esclavitud. De aquí que la Iglesia dejaría de ser tal si no proclamara que en la historia hay inocentes, que el Mal hace mal, que construye rascacielos y civilizaciones con radieres de harapo humano. Su tarea parece imposible: este es un mundo de poderosos, la ética es aristocrática, las cárceles hacinan a excluidos… ¿Pudiera un gobierno decir que la pobreza es un “pecado”? ¿Pudiera la ONU declarar la existencia del mysterium iniquitatis? Tal vez, pero sería muy extraño que lo hiciera. La Iglesia, en cambio, debe hacerlo, porque la resurrección que anuncia a los pobres es un triunfo sobre la injusticia.

Para “mí”

Aún más: la Palabra de Dios no es para los pobres, si no es una buena noticia “para mí”. La Iglesia es madre que cuida uno a uno a sus hijos. Talvez la Iglesia no se ha ocupado personalmente de “mí”, de “ti”. Ha estado distraída, quizás, en asuntos generales. Pero Jesús murió “por mí”. Por “todos” y “por mí”. Si la Iglesia no te ha oído a “ti”, tendrá que hacerlo. Porque la Palabra es para todos, cierto, nos juzga a todos, cierto también, pero ella, más que nada, comienza una conversación: “qué quieres que haga por ti”, dice el Señor. Para el Señor, el primer pobre “soy yo”. La pobreza tiene muchos rostros, Dios tiene delante la mirada sufriente de toda la humanidad, pero se fija en “mí”. Él conoce mi misterio. El Misterio de Dios se replica en el misterio de este ser singular, tú, yo, él, ella. La Palabra de Dios, ¡la Palabra de la Iglesia!, nos recuerda que los ojos del Señor están clavados en mi pena, me consuelan, me repiten que sin “mí” este mundo no sería bastante hermoso y me llenan de coraje.
El Espíritu hace que esta Palabra sea íntima. Nuestra fe es personal. La persona de Jesús viene a mi encuentro, gracias al Espíritu converso con él como un amigo habla con otro. La Palabra del Señor me dice: “mira dentro de ti, eres hermosa, Dios te ama”. El mismo Espíritu nos saca del intimismo. Jesús nos mueve a encontrarnos con otras personas: “levántate, tu patrón es tu hermano, no le permitas que te explote, se puede condenar, sálvalo, tócale el corazón, él también puede oír la Palabra”. El Espíritu reúne a la Iglesia como una comunidad de personas de todo tipo. Ningún movimiento laical u obra de beneficencia la agota. No faltará quien la mida con una ONG, con un ministerio…, malas comparaciones. En la Iglesia, el amor de Jesús por los suyos amiga, reconcilia y se extiende a la humanidad entera. Mi Iglesia me habla a mí, me educa, me urge a amar a los demás como ella me ama.
El Concilio Vaticano II devolvió a la Iglesia su lugar en el mundo. La ubicó en él de acuerdo a las coordenadas de la Encarnación: la Iglesia es sacramento de Cristo para la unión de los seres humanos con Dios y entre ellos mismos. Esto porque Cristo, a la vez, es sacramento de Dios que se toca y nos toca, misterio de un amor que no tiene límites. Si con la Encarnación quedó proscrita la costumbre tan compresible de separar lo sagrado y lo profano, si el Hijo hecho carne divinizó a la humanidad y humanizó a Dios de una vez para siempre, la Iglesia no ha podido separarse de un mundo que, en virtud del Creador, le es tan suyo que no podría existir sin él y que no podría condenar sin dispararse a los propios pies.

El misterio del amor

Pero ha sido muy difícil creer en la Encarnación. La fe en el Hijo hecho uno de nosotros ha tenido que superar la tendencia casi instintiva a separar ambas dimensiones de la realidad, la divina y la humana. Los seres humanos, amenazados por la violencia desde sus comienzos, han procurado conjurarla por medio de mitos y ritos. En lo ritos sacrificiales la violencia que se descarga sobre una víctima, libera al clan de la agresión que se incuba entre sus miembros. Paradójicamente, la víctima es vista como mala y como buena. Mala, porque representa un peligro. Pero, en la medida que reconcilia al clan, se la considera sagrada. El chivo expiatorio es un cabrito, o un ser humano, que se lo separa y se lo sacraliza (sacrum facere), matándolo. Su sacrificio purifica, reconcilia y merece celebrárselo.
En la Encarnación, en cambio, Dios, a través de Jesús, actúa en la dirección exactamente contraria: Él no necesita ritos sacrificiales. El rito eucarístico celebra que Dios salva gratuitamente, pues salvó a una persona que jamás debió tratársela como a un chivo expiatorio. Caifás sentenció: “que muera uno por toda la nación”. Los que vieron a Jesús crucificado, pensaron que se trataba de un culpable o se dijeron qué mal habrá hecho o lo dieron por perdido (políticamente hablando) para evitar la escalada de las agresiones. La primera Iglesia, en cambio, creyó en su inocencia y al experimentarlo resucitado, supo que, para Dios, era efectivamente inocente. No fue Dios que sacrificó a su Hijo, sino los sacerdotes y la gente del Templo, y otros ejecutores y cómplices. Dios no necesitó de este sacrificio macabro para salvar a la humanidad. Pero no lo pasó por alto. No lo validó en cuanto asesinato, ¡qué Dios podría hacer algo así! ¡Cómo podría decirse que tal Dios es amor! Sino que, en vez de vengar tal crimen, lo aprovechó para reivindicar a las víctimas y perdonar la venalidad de los victimarios. Dios no hace ni necesita sacrificios: ama, perdona y reconcilia, interponiéndose a la violencia con la mansedumbre de Jesús, con su inocencia que desenmascara los ritos sacrificiales. La Iglesia del Concilio, abierta a la realidad, empática, nos devolvió la recta fe en el Cordero que quita el pecado del mundo porque carga con las tristezas y angustias de las víctimas de nuestro tiempo… (cf. Gaudium et Spes, 1).

Mundanidad y eternidad de la iglesia

La misión de la Iglesia se extiende a la creación entera. Los cristianos, conducidos por el Espíritu, llevan la Iglesia siempre más lejos, a todas partes. La Iglesia es Iglesia en el Metro o en un basural. Los templos serán más cómodos, pero no más santos que una casa particular. El cristianismo es callejero. La Iglesia tiene por misión recordar a los difuntos: viven en Cristo, viven en nosotros. Para ella no hay muerto insignificante. Los dolores más hondos que nuestros deudos se llevaron a la tumba, ella los oye, los medita. Da vocería a quienes murieron amordazados. La Iglesia es memoria passionis, nos hace recordar la pasión. Recordando a las víctimas, protesta contra la injusticia y anuncia a las actuales víctimas que un día dejarán de sufrir, que la injusticia no es normal, que hay un juicio final, que la historia sí tiene sentido, que la vida no es una pasión inútil ni moneda de cambio. Su deber es pregonar que nunca más puede ocurrir que se crucifique a un ser humano. Por esto, la Iglesia es también spes aeternitatis, esperanza de vida eterna. Ya en el presente, hoy mismo, ella da un toque de eternidad a las batallas cotidianas.

Los sacramentos del amor

En estos tiempos de individualismo en que las personas quisieran hacer su vida sin coerciones, que creen elegir entre una marca y otra, pero que son presas de una propaganda que planifica sus compras, y de una sociedad que exalta la autonomía a costa de soledades, el bautismo nos ofrece un nombre y una pertenencia. Se dice que los niños debieran bautizarse de mayores, cuando sepan lo que hacen. Mejor lo contrario. El reconocimiento de la impronta eterna de un infante señala la gratuidad de su elección. Para ser persona no se necesita leche ni dinero. Basta el reconocimiento de su dignidad. Las personas requieren de trabajos y sueldos justos para vivir como Dios quiere, pero el bautismo garantiza el honor a cada una aunque no tenga dónde caerse muerta. Las personas con capacidades diferentes recuerdan a la Iglesia su vocación.
El bautismo, cumplido lo antes posible, incardina la libertad: antes de elegir eres elegido. Tú no escoges tu nombre. Te lo es dado. Hay un día para ti, el día que anticipa tu muerte y resurrección, en el que en una ceremonia que no sería digna de Dios si no lo fuera de ti, te dan un nombre para ser tratado con honor. Desde entonces, para amar a Dios, te amarás a ti mismo. Para amarte a ti mismo, amarás a tu prójimo, respetarás y cuidarás su fama.
En estos tiempos en los que involuciona el sentido del prójimo, la Iglesia se hace aún más necesaria. Las nuevas generaciones vivimos en redes, multiplicamos las relaciones, pero carecemos de comunidades duraderas. La Iglesia es comunidad milenaria de comunidades en las que se te respeta, se te oye, donde no faltará quien esté a tu lado cuando ya no haya nada que hacer. Por esto mismo, la Iglesia resbala cuando te excluye. Su vocación es materna. Te acoge como a un huérfano, te elige, puede incluso elegir por ti, mandarte, pero sabe que no debiera marginarte. Cuando te margina, debiera llorar su ineptitud.
Gracias al bautismo perteneces a la Iglesia. Al venir al mundo, te recordará que no tienes que ganarte el mundo y, menos aún, ganárselo a los demás. Ya temprano, la Virgen, los santos, te ganan y reclaman para ti un pedazo de tierra. Nada hay más triste que no pertenecer a nadie, no tener a alguien que absorba tu libertad hasta la última gota. En realidad, no tendrías autonomía si no fueras elegido. La comunidad de Jesús te da una pertenencia que no tendrás que negociar. Tu pertenencia es tu titularidad; tu comunidad, tu libertad; tus decisiones, tu propia elección autónoma de esta pertenencia te será respetada infinitamente. Si las sectas atormentan a sus detractores, los calumnian y tratan como a traidores, la Iglesia, si la dejas, te espera como el padre del hijo pródigo, te llora y envejece mientras no vuelvas.
La eucaristía cumple el bautismo: sella la pertenencia a Cristo. En la misa los cristianos urgen la fraternidad, partiendo el Pan y compartiéndolo entre los hijos de Dios. El bautismo radicaliza en cada persona al Hijo, mientras la eucaristía realiza en ella al Hermano Jesús. El sacerdote encarna el misterio de los misterios como ministro de un Pueblo sacerdotal y fraterno. El Pueblo de Dios, entre los pueblos de la tierra, agradece al Padre un mundo que fue creado para ser gozado en común: los cristianos comparten lo que tienen y lo que les falta, nada les es más ajeno que el egoísmo. Por lo mismo, cuesta tanto entender que haya católicos ricos.
Es demasiado grande la eucaristía como para que el sacerdote entorpezca su celebración con su miseria. Los cristianos se lo perdonan casi todo, tal vez todo, con tal que haga la misa. Solo con una misa, la humanidad puede abarcar los 30.000 millones de años luz que median entre los extremos del universo.
La misa es mágica en ambos sentidos del término: el bueno y el malo, ya que comparte la ambivalencia de la vida de ser vivida así o asá. La memoria del Cordero, lo sabemos, puede usarse para promover la mansedumbre o los sacrificios humanos. ¡Gran diferencia!, pero casi invisible. La Iglesia marca la diferencia, debiera hacerlo. Dios nos encanta, como el dinero, como el incienso, pero ninguno podría comprarlo ni embriagarlo. Los católicos, sin embargo, preferimos a veces a un mago que a un sacerdote laico como Jesús lo fue.
La misa es un riesgo. La vida es un riesgo. La Iglesia pone magia a la vida, avivándonos a vivirla como un don inmerecido, con alegría y sin temor a equivocarnos.
Jorge Costadoat

Nuevo mecanismo para la elección de obispos

El episcopado chileno se reunirá con el Papa dentro de pocos días. Bien podemos pensar que en un plazo relativamente breve muchos obispos dejarán sus cargos por razones de diversa índole. ¿Cómo se harán los nuevos nombramientos?

Es una gran oportunidad para introducir cambios que permitan mirar el futuro con esperanza. Es esencial trabajar a fondo los procedimientos de elección que se adopten para corregir las graves falencias y debilidades que tiene el sistema actual que ha hecho posible nombrar al obispo Barros en Osorno y a varios obispos más que no parecen idóneos para el cargo. Por ejemplo, no sería prudente que interviniera el nuncio actual. En el futuro sería muy recomendable que los nuncios tuviesen una intervención mucho más acotada. Dado como están las cosas, los mismos obispos chilenos en su conjunto están también puestos en duda. Acumulan críticas justificadas. La Conferencia está desacreditada. El episcopado, así, encuentra serios obstáculos para reaccionar de un modo protagónico o propositivo frente a los cambios en curso.

En las actuales circunstancias obviamente que la última decisión en los nombramientos recaerá en el Papa. Digo que en las “actuales circunstancias”, porque urge que la iglesia revise el modo como el Papa ejercerá en el futuro su autoridad en la elección de los obispos. No puede ser que el nombramiento de todos los obispos del mundo dependa de modo casi absoluto del Pontífice. ¡Son cinco mil! La institución eclesiástica, que adoptó el modelo de las monarquías absolutas, tiene que actualizarse de acuerdo a la cultura democrática de la civilización contemporánea y sobre todo conforme a la más antigua tradición de la misma iglesia. Es fundamental que los nuevos elegidos estén en comunión con el Papa pero esto no significa que el mismo Papa tenga que elegirlos directamente sin participación de las iglesias locales.

Por esta misma razón, el mecanismo que se adopte para que haya verdadero progreso tendría que ser participativo de distintas maneras: a) debería ser conocido por todos. Todos los católicos debieran saber cómo empieza y cómo termina el nombramiento de cada uno de los obispos que habrán de ser elegidos para el cargo y quienes intervienen en la decisión; b) todos, sin excepción, tendrían que tener la posibilidad siquiera de contribuir a forjar el perfil de obispo que la iglesia necesita hoy; c) en las instancias más confidenciales del proceso –ciertamente necesarias por la relevancia del cargo- tendrían que poder participar laicos eximios. También mujeres debieran poder decir una palabra en paridad de condiciones. No se puede seguir excluyendo a las mujeres. Por cierto, debe saberse que en la actualidad hay laicos que efectivamente influyen, pero lo hacen “por la ventana”. No es menor el peso que han tenido ciertos católicos adinerados en estas decisiones. También los gobiernos suelen hacer saber sutilmente sus preferencias.

Un mecanismo como el propuesto es canónicamente irregular. Pero, mientras el derecho canónico, que a este respecto ha cambiado mucho a lo largo de la historia, no sea reformado, los nuevos procedimientos pueden ser ad hoc. Nada debiera impedir que el Papa, que tiene una responsabilidad mayor en la solución de esta crisis, pueda crear un mecanismo adecuado.

En este punto, un asunto decisivo será determinar quién encabezará este proceso. Por lo dicho no convendría que lo hiciera ningún obispo chileno. Ninguno tendría la independencia requerida. Tampoco debería hacerlo la nunciatura por lo desprestigiada que está. Creo que convendría que el Papa Francisco enviara a una persona como Scicluna, que viniera de fuera a hacerse cargo del proceso de nombramiento de todos los obispos que han de ser elegidos en el curso del próximo año. Esto, probablemente, permitiría mucha más participación y renovaría la confianza en el gobierno de la iglesia chilena, Recuperaría la confiabilidad, el crédito y la fiabilidad sin las cuales la crisis de “fe” de los cristianos se agudizará.

He oído a personas preocupadas por la división de la iglesia. No se refieren tanto a la diferencias entre católicos, sino al foso de incomunicación entre la institución eclesiástica y el resto del pueblo de Dios. La falta de participación de los bautizados y bautizadas en las decisiones de su iglesia es casi total. Los obispos y los sacerdotes no damos cuenta a nadie de nuestros actos. Que ahora el común de los cristianos puedan ser considerados en la elección de sus autoridades legitimaría su investidura. Una cosa es ser nombrado para gobernar y otra es poder gobernar. Sin autoridad, el poder eclesiástico, en el siglo XXI, será como el rey del Principito que, desde su trono real, vestido de púrpura y armiño, mandaba sobre todo lo que supuestamente le podía obedecer, el sol y las estrellas, pero no tenía a nadie que pudiera desobedecerle. Era el único habitante del planeta.

Entrevista con Fernando Paulsen

Próxima elección de obispos

A estas alturas es más que probable que dentro de muy poco Juan Barros dejará de ser obispo de Osorno. Los osorninos habrán podido representar a muchos católicos chilenos que piensan que ningún obispo debiera serles impuesto. Esta situación, podrá volver a ser posible en casos similares y aunque no deseable nos deja muchas lecciones.

En este momento en que los obispos chilenos se aprontan a encontrarse con el Papa Francisco, para reflexionar en conjunto los hechos y establecer un plan de acción, surgen dos preguntas. Una es por la idoneidad de quienes serán nombrados obispos en reemplazo de los que eventualmente dejarán el cargo. Estos pueden llegar a ser nueve en un plazo relativamente breve. Preocupa quiénes llegarán a serlo. ¿Qué obispos nuevos podrán echarse sobre los hombros el peso de la masiva desconfianza de los fieles en sus autoridades? Estas, precisamente, han perdido autoridad. Hoy no basta la investidura. El común de los bautizados es mucho más crítico. Espera que los sacerdotes den cuenta de sus dichos y de sus actos.
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A efectos de elegir a los nuevos obispos, convendría elaborar un perfil de los candidatos de acuerdo a la realidad en la que se está. A mi parecer, las personas podrían tener al menos estas tres características. Han de ser sujetos con una capacidad de conectarse emocional y culturalmente con todas las generaciones. Esta empatía no tiene por qué ser mera simpatía, sino aptitud para entender por dentro a la gente de esta época y su cultura, y compadecerse con los más diversos sufrimientos humanos. Por lo mismo, segunda característica, se requiere sujetos con una sólida formación como para tener una visión amplia que permita usar la enseñanza tradicional de la Iglesia para ayudar a las personas y no para oprimirlas con ella. Estas dos características se requieren conjuntamente. No puede ser que los obispos se perciban como alejados del sentir y del pensar de los católicos. La tercera característica necesaria será la credibilidad. Los obispos deben ser fiables. Si a los católicos no les son confiables, en las actuales circunstancias de crisis de “fe”, carecerán de un requisito indispensable. La fe en el cristianismo se transmite por testimonio de personas que acreditan que Dios, que nunca falla, les ha cambiado la vida. La empatía y la formación intelectual, en el caso de las autoridades eclesiásticas, cumplen su función cuando estas tienen algo que enseñar porque lo han aprendido de una experiencia del amor y del perdón de Dios.

La segunda pregunta de suma importancia en el presente y para el futuro, es quién elegirá a los obispos y cómo se hará dicha elección. En la actualidad la hacen los papas. Si Francisco hubiera escuchado a los obispos chilenos, en vez de oír a quienes lo desinformaron, la situación de Barros no habría llegado a mayores. Pero, independientemente de este grueso error del Papa, el problema es la legislación eclesiástica que concede un poder casi absoluto a los pontífices. El caso es que Francisco, en estos momentos, carece de la institucionalidad adecuada para informarse acerca de unas nueve personas que podrán ser obispo. Si en el nombramiento de Barros las presiones para mantenerlo y para bajarlo han sido enormes, la elección de los próximos nombres podría ser caótica.

Podría ser caótica porque el proceso de información necesario para nombrar los nuevos obispos no da abasto. ¿En quién confiará el Papa para nombrar a los nuevos obispos? El actual nuncio tiene enorme responsabilidad en la situación creada. Es de esperar que Scapolo no intervenga en nada. Los obispos chilenos, en gran medida inocentes del “caso Barros”, también se encuentran desacreditados. ¿Le creerá Francisco a unos y no a otros? ¿Quién es quién? El Papa puede resolver el problema “a la personal”, con lo cual arriesga reincidir en la práctica que ha generado esta crisis.

Esto me hace pensar en la posibilidad de que Francisco nombre a una persona de suma confianza –como hizo con Scicluna- que monte un mecanismo ad hoc para reunir la información necesaria y para que ayude a evaluarla. En muchas instituciones existen comités de búsqueda que cumplen esta función. Conozco los mecanismos de la Universidad Católica y de la Universidad Alberto Hurtado. Funcionan muy bien. La máxima autoridad de la universidad realiza la nominación de los rectores después de haber oído a todos los estamentos y haber reunido todo tipo de antecedentes. ¿No tendrán nada que decir en la elección de los próximos nuevos obispos chilenos los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los laicos y las laicas? Los jóvenes, ¿no pudieran ayudar a forjar el perfil de obispo que se necesita?

Nullus invitis detur episcopus, sostenía el Papa Celestino, es decir “que no haya ningún obispo impuesto”. Tal vez el “caso chileno” abra las puertas a una iglesia más democrática. La actual se asfixia por escasa participación de sus integrantes.

Taller presentación del Oráculo cristosófico

Presentación: El Oráculo Cristosófico, Dios habla desde tus emociones

No más obispos impuestos

La carta del Papa Francisco a los obispos chilenos, escrita después de una larga serie de hechos, penosos unos, incompresibles otros, evidencia que el problema de la institución eclesiástica es muy grave. La convocación del Papa a la Conferencia completa a Roma para explicar en persona las decisiones que tomará para que ella enmiende su curso, no tiene antecedentes. La noticia da vuelta al mundo.

Francisco confiesa y se confiesa. Se confiesa de haberse equivocado y pide perdón. Y, como todos nosotros, da al menos una explicación que aligere su culpa. Estas son las palabras centrales: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. Se confiesa, pero también confiesa haber sido engañado.

¿Quién lo engañó? No sabemos. No tenemos información. Pero hay responsabilidades institucionales que autorizan a cualquier persona a suponer que determinadas autoridades son inocentes o culpables de informar debidamente a su superior mayor. En este caso, ya que consta que los obispos chilenos no querían a Juan Barros de obispo en Osorno, es más, que se opusieron a su nombramiento, deben responder por sus actos el nuncio Ivo Scapolo y el Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Errázuriz es un hombre de suma confianza del Papa. Pertenece al pequeño grupo que Francisco ha llamado a Roma para que lo aconseje en el gobierno de la iglesia. Su deber ha sido informarlo rectamente. ¿Le explicó el Cardenal al Papa la situación en que se encuentra la iglesia chilena? Ciertamente ha debido decirle quién ha sido el líder de la agrupación sacerdotal del “El Bosque” y los obispos nombrados, ya que él mismo ha sido parte del problema. Errázuriz ha reconocido públicamente su tardanza culpable en hacer justicia a las víctimas de Karadima. Si Errázuriz cumplió su deber, ¿por qué Francisco no le hizo caso?

Talvez le creyó más al nuncio Ivo Scapolo. Los nuncios tienen una enorme responsabilidad en el nombramiento de los obispos. En una carta anterior del Papa Francisco que alguien filtró los días de su visita, decía que no había prosperado la remoción de Barros, y de otros dos obispos de “El Bosque”, por culpa de Scapolo. ¿El nuncio haciéndole trampas al Santo Padre?

Es muy posible que haya habido otras personas que han decidido y mantenido a Barros en el cargo, engañando al Papa una y otra vez. Los católicos chilenos tenemos la impresión de que la suerte de nuestra iglesia se transa entre cardenales, unos locales, otros extranjeros. Hace demasiados años que la iglesia católica chilena vive a la sombra Jorge Medina y Angelo Sodano.

Llegamos así al problema de fondo. Esperamos que el Papa –que no solo ha actuado por engaño, sino que también por culpa propia, ya que no ha oído debidamente a la dirigencia de los obispos chilenos-, tome decisiones drásticas.

Pero, en el fondo de los fondos, el problema es mayor. La Iglesia Católica hoy ha perdido la capacidad de reformar sus estructuras y, a propósito del caso en comento, son estas antes que la calidad de los curas las que facilitan la ocurrencia de los abusos sexuales y de conciencia que lamentamos. Esta es la conclusión de la Royal Comission de Australia (2017) sobre el tema de abuso de menores. El Papa ha sido elegido para reformar la curia romana. Algo avanza. Tiene una contra enorme. Pero más importante que reformar la curia, es que cambien por completo las relaciones de las iglesias locales y regionales con la iglesia de Roma. La Santa Sede tiene sofocada la posibilidad de un despliegue inculturado del cristianismo, acorde con la realidad de los diversos continentes y países.

A esta alturas, lo mínimo que podemos pedir los católicos chilenos es que nos dejen elegir a nuestros obispos. Osorno ha comenzado por no tolerar que se le imponga a uno que su gente, que no es tonta, no quiere.

El Papa habló: ¿habrá temblor o terremoto en el episcopado chileno?

Se pronunció el Papa: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa la carta enviada ayer por Francisco a los obispos chilenos: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. El Papa acierta en el tono y en el fondo. Pero, sobre todo, abre la esperanza de una solución a la crisis del episcopado chileno y de una recuperación de la confianza en él de parte de los católicos y de los chilenos en general. Aun así, todo lo ocurrido, que por cierto aun no acaba, deja planteados problemas sin resolver que afectan a la iglesia en todas partes del mundo y que, en lo inmediato, a la iglesia chilena le han costado demasiado caro.

Vamos por orden. ¿Quiénes informaron mal al Papa como para haber nombrado y mantenido en el cargo al obispo Juan Barros? ¿Quién no le hizo saber con fuerza y claridad que la situación de los abusos sexuales y de conciencia del clero en Chile, especialmente los ocurridos en el círculo del P. Fernando Karadima, han estremecido al país? Por la información que tenemos, no han sido Monseñor Ezzati ni Monseñor Silva, últimos presidentes de la conferencia, ni la conferencia misma, ni muchos obispos más. ¿Quiénes fueron entonces? Talvez fue Monseñor Francisco Javier Errázuriz. No lo sabemos. Pero él ha debido informar correctamente al Papa y Francisco ha debido escucharle con más atención que a otros, porque lo conoce bien y es uno de los nueve consejeros más estrechos que tiene. ¿Ha sido el nuncio, Monseñor Scapolo, quien lo informó deficientemente? Hemos de suponer que el Papa también ha debido confiar en él. Del nuncio ha dependido en gran medida el nombramiento de Barros. En eso consiste su cargo. Si al Nuncio lo pasaron a llevar en el nombramiento de Barros, ¿quién lo hizo? ¿Por qué Scapolo aceptó que lo hicieran?

El Papa espera juntarse nuevamente con los obispos chilenos en Roma y suponemos que, en esta ocasión, se solucionarán los problemas que hayan de solucionarse. Es casi evidente que el obispo Barros tendrá que dejar el cargo. Pero, ¿solo él? ¿Qué información le llegó a Francisco en el informe de Scicluna que pudiera servir al episcopado para zafarse de la situación penosa en que se encuentra? La salida de Barros, a estas alturas, es una solución de poca monta. El problema del episcopado chileno es antiguo y mucho mayor. Si no lo fuera, Barros no sería obispo de Osorno.

A mi entender la incomunicación en la iglesia es el problema número uno. Esta incomunicación tiene diversos planos. En el plano más profundo, existe una distancia gigante de mentalidad entre las autoridades y la inmensa mayoría de los católicos. Los católicos, entre ellos muchos sacerdotes, no nos sentimos culturalmente representados por los obispos. Entendemos el Evangelio en registros culturales diferentes. El tema emblemático es la situación de la mujer. Una comprensión razonable del Evangelio hoy, daría a ella el lugar de dignidad que la actual doctrina y la organización clerical le desconocen. Son muchos otros los asuntos pendientes. No me puedo alargar.

En lo inmediato, la incomunicación entre el Papa y los católicos se ha expresado a propósito del nombramiento de un obispo, pero atañe por parejo al nombramiento de todos los obispos. ¿Por qué estos nombramientos dependen principalmente del nuncio? ¿Por qué los hace en última instancia el Papa?

Creo que llega la hora en que las iglesias locales tengan una palabra decisiva en la elección de sus autoridades. Los laicos también tendrían que tener más de un voto. Y, por cierto, derecho a veto, como lo han ejercido los osorninos. No puede ser que los obispados “se consigan” en la corte vaticana tras años de escalamientos, paleteadas y cocktailes en las embajadas. ¿Cuánto han influido en los nombramientos de obispos las famosas cartas del temible Cardenal Medina?

El problema es todavía mayor. Llega la hora de que las iglesias regionales dejen de depender tanto de la iglesia de Roma. El Papa tiene por misión unir a las iglesias y representar la unidad de la Iglesia de Cristo. Pero constituye un exceso intolerable –además de perjudicial- que pretenda gobernarlas a todas. El modelo de la monarquía absoluta adoptado por Iglesia católica los años de Carlos III y Luis XIV no da para más. A los católicos nos falta democracia y, bajo algunos aspectos, respeto a los derechos humanos dentro de la misma iglesia. Falta rendición de cuentas (accountability). ¿Quién le responde al pueblo de Dios? Los católicos viven desinformados. Todo se resuelve a sus espaldas y en secreto.

Los católicos de Osorno nos llevan la delantera. Queda mucho por andar.

EL ORÁCULO CRISTOSÓFICO

Escribí el Oráculo Cristosófico

El Oráculo Cristosófico es un método para leer el Nuevo Testamento. Es un método, es decir, es un camino diseñado para llegar a oír lo que Dios está queriendo decir a la persona que consulta el Oráculo en el momento emocional en que se encuentra.

En las culturas tradicionales siempre existieron pitonisas o sacerdotes que con sus oráculos ofrecían una respuesta de parte de los dioses a las personas que les preguntaban por su futuro. La adivinación, hasta el día de hoy, supone que los seres humanos tienen un destino que ignoran, pero que habrá de cumplirse infaliblemente. El vidente, el adivino o la bruja supuestamente tienen una técnica para revelar este destino a quien acude buscando su averiguación.

En el cristianismo los oráculos son algo muy distinto. Los oráculos de los profetas y de los sacerdotes son orientaciones o recomendaciones que las personas deben considerar para encontrar con más seguridad lo que Dios les está pidiendo en sus vidas. Para los cristianos la historia está abierta. Nadie sabe ni puede saber en qué acabará una vida humana. No existe un secreto no revelado. Lo que ha de revelarse en las vidas de las personas dependerá de lo que libre y creativamente hagan con el amor que Dios les tiene. El gran mensaje es Jesús, su ejemplo y sus palabras. La gran ayuda para entender el mensaje y ponerlo en práctica, es el amor del Espíritu Santo.

Para esto sirve el Oráculo Cristosófico. El punto de partida de este instrumento son las emociones que la psicología moderna estima que son básicas en el ser humano: alegría, tristeza, miedo, aversión, sorpresa e ira. No debe extrañar, por tanto, que en textos antiguos como el libro del Génesis que cuenta la historia de los primeros padres en el jardín del Edén, se nos hable de estas emociones. Ellas se dieron y se dan en la humanidad desde sus orígenes como energías cósmicas que indican al ser humano caminos a la felicidad o a la desgracia. El punto de llegada, a su vez, es la palabra personal que Dios dirige a quien está interesado en oír su voz.

La consulta del Oráculo comienza con la elección de una de las cartas que acompañan a este libro. El Oráculo –como se ve- también es un juego, un juego que prepara el espíritu para oír la palabra de Dios. Cada una de las cartas corresponde a una de las seis emociones mencionadas. Cada una, a la vez, envía a un texto bíblico en el cual aquellas emociones juegan un papel significativo. La imagen de la carta, asimismo, introduce a la lectura que sigue a continuación. De la lectura de los pasajes del Nuevo Testamento debieran provenir esas palabras personales que Dios dirige a los oyentes. Los oráculos ayudan a escucharlas.

Nota: Para comprarlo se puede escribir a oraculocristo@gmail.com