Archive for Jorge Costadoat

Cota mil

El 25 de octubre de 2021 la ciudadanía aprobó por una enorme mayoría la realización de un plebiscito en orden a redactar una nueva constitución. Un tema encendió las alarmas: en las comunas de Barnechea, Vitacura y Las Condes ganó el Rechazo. En ellas viven las personas que advirtieron a los demás el descalabro que se produciría en el país de haber ganado la opción contraria. No hubo descalabro. Comenzaron los preparativos a una constituyente que encausará racional y democráticamente la masiva y airada protesta social. ¿Fue un truco fallido este vaticinio? No lo creo.

Debo matizar lo que digo. En estos mismos sectores de Santiago hubo mucha gente que votó Apruebo. Además, las personas que allí votaron Rechazo seguramente lo hicieron de buena fe, creyendo que el peligro era real.

Estimo que tanto o más grave que la violencia política desencadenada a partir de 2019, la de la Araucanía y la de los viernes en la Plaza Baquedano u otros lugares, es la distancia epistemológica de la Cota Mil con el resto del país. La epistemología tiene que ver con el lugar donde se produce el conocimiento. Lo peligroso en este caso, es que estos barrios son el lugar epistemológico en el cual se toman las principales decisiones de Chile, a saber, aquel donde y desde donde se maneja la economía y se gobierna el país. Allí la elite conversa y se forma una opinión sobre lo que ocurre en resto de las otras comunas.

¿Azuzo con lo que digo la lucha de clases? Todo lo contrario. Es que no sé cómo desmantelar una bomba de tiempo más que avisando el peligro. Porque el peligro existe, aunque es otro.

Es más. La situación es explosiva porque tal conocimiento distorsionado de la realidad constituye, aunque sea inconscientemente, un modo interesado de concebir esta misma realidad. “Vamos a tener que compartir nuestros privilegios”, dijo Cecilia Morel en su momento. Pero, ¿quieren los chilenos que la primera dama y la clase alta chilena compartan con ellos sus privilegios? Una sociedad de privilegiados es un imposible. El privilegio implica siempre una desventaja o una postergación para alguien, y viceversa. Hay postergados, porque hay privilegiados. Juzgo que una sociedad cuya organización perjudica a unos para beneficiar a otros tiene los días contados. Prefiero pensar que la inmensa mayoría de los chilenos, en vez de estatus y tratos preferenciales, desean justicia y derechos.

No en vano ha querido llamarse Plaza de la Dignidad a la Plaza Baquedano. Muchos son los chilenos que están literalmente in-dignados. Se sienten humillados. En Chile no hay solo envidia o frustración por querer y no alcanzar las promesas del capitalismo. Hay también, y mucho, dolor por tratos indignos, y resentimiento. Este resentimiento llega a ser patológico en los muchachos que destruyen las ciudades, queman edificios, queman iglesias y queman la estatua de Baquedano. También es patológica la que quema de los camiones de las forestales por parte de agrupaciones mapuche radicalizadas, pues el pueblo mapuche no es violento. Pero el recurso al fuego, que tantísimas veces el pueblo mapuche usó para quemar villas o fortificaciones chilenas durante la Guerra de Arauco, se está volviendo normal.

Resentimiento, odio, violencia, tienen como causa, entre otras, la constatación de esta segregación. Traigo a colación otro asunto que también tiene que ver con esta tara epistemológica. ¿Han caído en la cuenta los habitantes de estos barrios que en los colegios que se educan sus hijos se aprende a reírse de la gente humilde, de su modo de hablar o de vestirse? No son los profesores que los que lo enseñan, nunca he oído algo así. Es la cultura ambiente, que pasa de los hermanos/as mayores a los/as menores, y de unos compañeros a otros, la que engendra un mundo discriminador. La constitución de vínculos elitistas que a futuro hará posible asegurarse un mejor lugar en este mundo, recomienda aprender a mirar de un modo distinto a aquellos de quienes conviene distinguirse. El país corre un grave peligro porque las personas distinguidas quieren distinguirse y, para conseguirlo, confeccionan un concepto del resto o barren a los pobres de su vista.

No era el Apruebo el peligro. Es este otro. ¿Cómo extinguir el incendio de la próxima revuelta social? No lo sé.

La reconstrucción de Cristo

¿Cómo celebrarán los cristianos la Semana Santa? Será difícil hacerlo no solo por la pandemia. La reconstitución de la Iglesia es el asunto que urge. El cristianismo católico está por los suelos por varias razones. Unos fieles han dicho “Cristo sí, la Iglesia no”, y se han ido. Otros lo están pensando. Otros, en fin, no aflojan ni aflorarán.

“Cristo sí, la Iglesia no”. Conviene revisar esta expresión. Es preciso hacerlo. Cristo y la Iglesia no son lo mismo, pero desde un punto de vista histórico lo que sabemos de Cristo es aquello que la Iglesia experimentó y contó acerca de él. Los cuatro evangelios, prácticamente las únicas fuentes para conocer a Jesús, son cartas diversas, distintas, de evangelistas y comunidades diferentes. Estos son las huellas digitales de Jesús. Las primeras comunidades cristianas tuvieron una experiencia de Cristo que las transformó a tal grado que, para explicar a otros lo que les había sucedido, escribieron los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

A la vez, en virtud del mismo Cristo que asoma en estos textos, es que hoy la Iglesia juzga a la Iglesia. Esta suele traicionar a Jesús y a su proyecto mesiánico. La paradoja mayor es que Cristo ha querido amar a la humanidad a través una comunidad lábil, falible y, a veces, francamente inhumana. El caso es que los cristianos, no solo sus autoridades, para pararse del suelo, tendrían que reconstruir a Cristo, regenerándose en él y escribiendo nuevos evangelios.

¿Cómo hacerlo cuando parece que de la Iglesia solo quedan palos quemados y humo? Algo termina. Algo habría de poder recuperarse para empezar de nuevo. Estimo, espero, que se haya agotado la versión clerical de la Iglesia que dio lo que más pudo hasta que las maderas comenzaron a apolillarse. Los restos, las brasas todavía vivas, son los cristianos comunes y corrientes que, sin creerse superiores a nadie, sabiéndose incluso peores que muchos, recuerdan al Jesús que los perdona. Al nazareno que se hinca, como samaritano, para recoger al prójimo botado a la vera del camino.

En otras palabras, espero que la reconstrucción de la Iglesia no pase más por la sacralidad de la persona del sacerdote. Esta ha sido la causa de relaciones infantiles entre los pastores y los demás bautizados y bautizadas, además del factor estructural que ha facilitado la comisión de los abusos que tanto se lamentan. No es deseable que se reconstituya una institucionalidad jerárquica e impasible a los sufrimientos de los contemporáneos. Sí, en cambio, que surja otra organización eclesial, una que exponga a los sacerdotes a entrar en relaciones adultas con la gente de la época, una en que los católicos se sientan como dueños de casa en su Iglesia y no como visitas. Una Iglesia así, por solo ser así, anunciará a la humanidad que Jesús fue profundamente humano.

Porque en suma, al final del día, solo es necesaria una Iglesia que conjugue la humanidad de Cristo con su humanidad. Esto es fundamental. Las estructuraciones eclesiales cuando no sirven para humanizar, mejor que se desplomen. Si no se abren para encontrar a Cristo en las otras tradiciones religiosas y filosóficas, o no se dejan cuestionar por los ateos que ven en ellas una institución estatal más, estorban. Deseo que lo que esté regenerándose sean cristianos que recojan los fierros que quedan, los fundan, y paren capillas abiertas, comunidades amigas de cualquiera, cercanas, simpáticas y jugadas por los demás. Una nueva Iglesia, en vez de excluir, tendría que poder bendecir todo lo que se mueva, a los queer ciertamente, pero no los tanques.

No importa tanto que en tiempos de pandemia los cristianos no puedan comulgar en la misa. Importa mucho más que multipliquen los panes con los hambrientos y que estos coman primero. Es de esperar que esta Semana Santa el recuerdo del arraigo de Cristo en lo más hondo de la historia haga que los cristianos se partan y repartan para alegrarle la vida a los que lloran. Si lo hacen, mucha gente sabrá en qué consisten las bienaventuranzas. La reconstrucción de la Iglesia depende de la reconstrucción de Cristo.

La vida tras la pandemia

La palabra “tras” significa después de, más allá de, una superación de lo que hubo antes, un salto. Ella favorece varias combinaciones. Un de estas es tras-cender. Otra, trans-mitir. Hagamos jugar ambas palabras. El juego consiste en responder esta pregunta: ¿habrá algo “trascendente” después de la pandemia que merezca ser “transmitido” a las siguientes generaciones? ¿Algo importante que haya de ser aprendido para luego ser enseñado?

Supuesto que llegará el momento en que nos sacaremos las mascarillas, ¿diciembre o julio?, proyectemos un balance. A unos bastará celebrar la vuelta a la normalidad. Otros, en cambio, habrán podido caer en la cuenta que somos seres sociales, que ha sido importante recuperar el sentido colectivo de la vida, que es necesario obedecer a las autoridades, que la política debe velar por el bien común y el Estado proteger y promover a los ciudadanos. Pienso que todo esto será verdaderamente relevante porque significará enmendar el rumbo equivocado del individualismo y del neoliberalismo.

Un “tras la pandemia” puede significar cosas opuestas. Bajo un respecto, será volver a lo antiguo. Bajo otro, descubrir lo nuevo, inventarlo. Para descubrir algo, eso sí, se tendrá que hacer una experiencia nada de fácil. Se ha de ir al fondo y encontrar en sí mismo la manera de sobreponerse a esta tragedia. El asunto no consistirá en que la pandemia “pase”, sino que “nos pase”. Es decir que nos duela en el estómago, que nos haga dejar ordenaditos los papeles de la herencia que dejaremos a la familia y pensar en cómo nos gustaría que fuera nuestro funeral. La pandemia, en fin, esta posibilidad cierta de la muerte propia o cercana, obliga a revisar el sentido de la vida.

¿Es la vida trascendente? ¿Qué es trascendente de la vida? Si alguien dice que ni esto ni aquello le importa porque, por ejemplo, perdió gente muy querida o volvió a la miseria, porque no le parezca ya que algo valga más la pena, esa persona merece máximo respeto. Sería una brutalidad imponerle una determinada razón para vivir. Pero otras personas, en la actual catástrofe, habrán podido apostar a algo que la muerte no puede devorar o, dicho en términos menos rotundos, apostar a que hay ideas, costumbres, recuerdos, mártires, figuras o menospreciados sin merecerlo, que guían para siempre. El caso es que este par de años de tormentos varios, pueden ser ocasión para ellas y nosotros de revisar qué necesitamos, y que no, qué ajustes hacer y por qué, para dar una orientación definitiva, decisiva, a tantos esfuerzos.

Conjuguemos lo trascendente con su transmisión. ¿Qué ha de ser transmitido como trascendente tras la pandemia? ¿Qué ayuda a encarar las dificultades que se nos imponen que merezca ser recordado y educado? Mi opinión es que el día de mañana nos moriremos igual, pero habrá tenido un valor eterno haber creado juntos un mundo más amigo, uno en que la vida haya llegado a ser mejor porque se ha tratado de salvar vidas, vidas de todo tipo, como si cada una de estas valiera más de lo que parece.

Por lo mismo, creo que los padres darán un mal ejemplo si hacen pucheros por el virus, si a cada rato miran el calendario o se alistan para abuchear al gobierno su próximo yerro. Estos comportamientos son intrascendentes. Son comprensibles, pero no educan. Nacemos llorando, el asunto es morir sonriendo o al menos serenos, con dignidad, sin desmoronarse. Así sí que se enseña.

No sabemos qué pasará tras la pandemia. ¿La dejaremos atrás? Supongámoslo. El asunto de veras novedoso es qué tipo de triunfo hagamos sobre ella. La vacuna acabará con el covid 19, pero no con la insolidaridad de los seres humanos. Las ollas comunes, sí lo harán. El amor con que el personal médico ha puesto en curar a los enfermos, también lo hará. La atención de los padres, madres, apoderados y maestros para enseñar a los niños que la humanidad tiene un valor imperecedero, lo mismo. Estos son los aprendizajes colectivos que el país tendría que somatizar a modo de enseñanzas que más nos mejorarán.

Apuesta por los pueblos originarios

Apuesto por los pueblos originarios. Harán un gran aporte al país y al proceso constituyente en particular. Miro de reojo a quienes digan lo contrario. Los anoto en una libretita.

Hasta ahora me ha llamado la atención que el país no haya caído suficientemente en la cuenta de la importancia del reconocimiento que se ha hecho de los pueblos quechua, aimara, rapa nui, atacameño, chango, yagán, colla, kaweskar, diaguita y mapuche, incorporándolos al proceso constituyente. A muchos esta parecerá una concesión obligada a tiempos de pluralismo o un modo de conjurar la rebelión en la Araucanía. Pero quienes piensen que estas han de ser las razones para hacer un espacio a estos pueblos, estarán en un error. Por cierto, es obvio que estos pueblos no comenzarán a existir desde ahora, pero el reconocimiento de su realidad y dignidad hará posible el despliegue de una riqueza negada.

Nuestros pueblos originarios no pueden ahora ser objeto de un beneficio. Son sujetos. Tratarlos como si fueran meros destinatarios del favor del Estado constituye otro acto más de atropello de su honor. No son objetos que se usan y desechan dependiendo de la ventaja que devenguen. Solo vale para ellos un reconocimiento auténtico, uno que los considere nación y les devuelva la autonomía que alguna vez les quitaron, al menos en los términos que lo han hecho otros países multinacionales.

Estos hermanos y hermanas nuestros nos enseñarán a luchar, a resistir y a adaptarnos; ellos/ellas son capaces de enamorarse otras maneras; su medicina es holística, hondamente humana y terrena; los ingenios que tengan para reconciliarse habría que conocerlos; puedo suponer que saben oler olores, oír sonidos, gustar con la lengua y sentir la cercanía de los demás como no lo hacemos el resto de los chilenos; sí sé que se saben pertenecientes a un cosmos que les ama y que respetan, pues la suya es una gran mística del cuidado; sus espiritualidades, estoy seguro, enriquecerán nuestros estilos de vida agostados ya de tanto consumismo. Si alguien duda que tengan alma humana, saco mi libretita y averiguo el nombre de su profesor de religión.

En la medida que los chilenos y estos pueblos bajen las defensas y avancen en los reconocimientos, Chile hará espacio a fusiones culturales mayores que las que ya se han dado; las violentas para hacernos peores y las pacíficas mejores. De síntesis culturales depende el futuro del país mucho más que de las alzas del PIB. Por de pronto, los cristianos y cristianas que pasen por el bautismo de estas versiones de humanidad saldrán más parecidos al Jesús humilde que conversaba y aprendía de todos.

De momento, mi apuesta es por el aporte de los pueblos originarios al proceso constituyente. Algo me dice que ellos pondrán color, empatía, küme mogen, oxígeno, escucha, piel, humildad, ideas nuevas, originalidad, deseos de levantar un país amistoso, defensor de la naturaleza y atento para desenmascarar los mecanismos de invisibilización. Talvez ellos, al igual que yo, no sepan a ciencia cierta qué le conviene a Chile, si un régimen presidencialista, semi-presidencialista, presidencialista atenuado o parlamentario. Pero, como muchos de los demás, agradecerán una explicación de estas diferencias para sumarse a la mejor alternativa. Solo los ignorantes aprendemos. ¿Quién está en condiciones de saber qué constitución le conviene al país saltándose las discusiones por venir? Si alguno levanta la mano saco la libretita y pregunto por sus preferencias partidarias. En cualquiera de las sesiones de las comisiones que se creen se necesitará gente de buen corazón que ponga humor y humanidad, ingredientes indispensables para facilitar los acuerdos. Una constitución representativa se conseguirá con amor, dirá Martha Nussbaum.

Mi apuesta es un acto de fe en sentido estricto. Apuesto, intuyo, creo que estos pueblos y los demás constituyentes redactarán la constitución que el país necesita. Lo creo, pero también tengo razones para imaginarlo porque no estamos en cero. El mestizaje constituyó a Chile. En cambio, el puritanismo, el desconocimiento del origen, la negación de las diferencias, el despojo y la mirada en menos de los pueblos humildes, lo destruye. Si existe Dios, creo que cree en los pueblos originarios y espera muchos de ellos.

Ollas comunes en Santiago de Chile

Chile ha sido fuertemente impactado por el covid 19. Antes que se declarara la pandemia, el país había lamentado un estallido social extremadamente violento y con penosas consecuencias para mucha gente que sufrió la destrucción de sus bienes, perdió su trabajo o fue víctima del pánico. Esta situación recién se encausó por vías institucionales el 25 de octubre de 2020. Este día el 80% de la población votó en favor de la redacción de una nueva constitución, lo que fue visto como un gran triunfo por muchas personas que, no habiendo recurrido a la violencia mencionada, compartían la indignación que la motivaba por los abusos generados a causa del neoliberalismo. La pandemia de covid 19 lo empeoró todo a un grado insospechado: se enfermó gente, murieron muchos, se agudizó la cesantía, aumentó el hambre y se multiplicaron los miedos. En la actualidad la población está estresada tanto económica como psíquicamente.

Como integrante de la comunidad eclesial de base Enrique Alvear, la cual se halla en un barrio popular de Santiago en las faldas de los Andes, he vivido de cerca este inédito proceso social. La situación de las personas de las poblaciones Esperanza Andina, Los Huasos y Microbuseros ha sido estremecedora. La pérdida de trabajos ha sido angustiosa; algunos no han perdido sus trabajos pero han debido encerrarse en sus casas en espera del término de las restricciones de salidas; otros ha podido continuar trabajando online, pero están agotados; la gente que vive en las calles ha debido salir a buscar ayuda por doquier; ha habido hambre vivido en silencio; ha habido, por cierto, numerosos casos de personas enfermas y muertas; no han faltado personas que se han sentido discriminadas, mal miradas y maltratadas, por el hecho de haber contraído la enfermedad; los niños no han podido ir a la escuela, debiendo soportar el encierro en sus casas, y obligando a sus padres a hacer de profesores, las veces que en sus familias han tenido los medios tecnológicos para seguir las instrucciones de los colegios para hacer las tareas; los niños han experimentado mucha angustia sea por el hambre o el encierro; ha aumentado la violencia intrafamiliar; en circunstancias de tanto estrés, de incertidumbre y de miedo frente al futuro, las familias no siempre han sabido cómo resolver sus conflictos.

Todo esto ha motivado una respuesta popular espontánea a lo largo del país. Las comunidades cristianas, como ha sucedido en otros momentos de la historia de Chile, también han respondido. En numerosos casos –si no todos, no lo sé- se han organizado ayudas. Las parroquias y comunidades pequeñas han levantado ollas comunes, ofreciendo almuerzos todos los días de la semana o día por medio. Un plato de comida consistente, y algo de pan para llevar, ha podido ser suficiente para pasar la jornada. En las dependencias de las iglesias se han instalados cocinas y no han faltado los voluntarios, casi todas mujeres, para hacer turnos en cocinar y distribuir los alimentos. He visto el caso de una pobladora que organizó una olla con la cocina de su misma casa. A veces ha sido necesario entregar cajas con almuerzos para llevar a las familias confinadas en sus viviendas y así no violar las normas de la cuarentena. En estos mismos lugares se han ofrecido otro tipo de ayudas, como ser ropa, que las personas que viven en la calle han podido retirar a su elección.

Nuestra Comunidad Enrique Alvear –una comunidad eclesial de base que se originó por los años noventa en Toma de Peñalolén, una ocupación de terrenos particulares- constituye un caso entre otras comunidades pequeñas que se han hecho grandes en amor y espíritu de servicio. La nuestra es, por cierto, bastante singular. Ella incorpora personas de distintos sectores sociales, provenientes de gente de las poblaciones aledañas y de otros barrios cercanos e incluso lejanos. La vida de la comunidad gira en torno a la eucaristía dominical, en especial mediante una lectura en común de la Palabra y a partir de la vida concreta de las personas, siempre dándose espacio a lo que ocurre en el mundo, en el país y en la Iglesia. Los integrantes tienen la costumbre de hacer entrar en la liturgia la vida real, personal y social. Puesto que no se tiene tiempo suficiente para tener reuniones durante la semana, es la misa misma el lugar en el que se discuten todo tipo de temas y muchas veces se organizan iniciativas como la que comento.

El voluntariado se puede decir que está constituido por mujeres y, algunas veces por hombres. Entre estas mujeres las hay personas que normalmente trabajan en casas particulares y no ha faltado el caso que alguna de ellas, yendo a su trabajo día por medio, se ha dado el tiempo para colaborar en la olla. Lo que se puede decir de estas personas es que se trata de gente extraordinaria. Son personas movidas exclusivamente por amor a los demás. Se desgastan por el prójimo. Entre ellas se ha dado el caso de personas que, contra todas las indicaciones médicas y las recomendaciones de la comunidad, han corrido los riesgos de enfermarse y morir. Es difícil convencerlas que sería más conveniente que se encierren en sus casas sin exponerse a tanto peligro.

La Comunidad Enrique Alvear, como he dicho, ha debido reorganizarse para abordar tantas demandas. El coordinador y otras mujeres muy conectadas y comprometidas de la comunidad han contribuido en la erección de las ollas o han colaborado con ellas. Su contribución ha consistido en verduras y alimentos sólidos. Además, la persona encargada del servicio de solidaridad y su marido prontamente redoblaron los esfuerzos para, en primer lugar, informarse de la gente más desamparada y necesitada de ayuda y, en segundo lugar, para acudir discretamente con algún tipo de ayuda. Las personas necesitadas normalmente no quieren que se sepa que han pasado hambre. Todo esto ha sido posible porque este matrimonio creó una red de colaboradores que pudieran contarles quienes son los pobladores más afectados. En cada pasaje de la población tienen una persona que les informa. Otras dos iniciativas de apoyo han sido la creación de un whatsapp de un grupo de mujeres para para apoyarse anímicamente entre ellas. Y, además, un grupo de hombres que guiado por otro integrante se han reunido a través del Meet de Google.

Entre las iniciativas principales –la que ha demandado más recursos- está la creación de el-pan-nuestro-de-cada-día. La comunidad entrega un kilo de pan diario a las familias que más mal lo han pasado. En algunos casos estas familias han recibido su pan en la casa de una integrante de la comunidad y, en otros, en el almacén del barrio donde su nombre está registrado para recibir este beneficio. El pan, como sabemos, tiene un alto valor simbólico: representa aquello sin lo cual la vida es imposible y al Cristo que se comparte en la misa. Las ayudas, en pleno invierno, también han consistido en kerosene y gas, canastas de alimentos, remedios y pañales.

El caso de la Comunidad Enrique Alvear es evangélico. ¿Cómo ha posible ayudar con tantas restricciones y tan pocos recursos? La nuestra es una comunidad que los domingos celebramos la eucaristía unas treinta personas. Las parábolas de Jesús nos recuerdan que lo pequeño y aparentemente insignificante puede ser principio de grandes cosas. La búsqueda de recursos es todo un capítulo.

Los recursos han provenido, en primer lugar, de la canasta que al pie del altar recibe domingo a domingo alimentos no perecibles. Además, los mismos integrantes de la comunidad han puesto dinero de sus bolsillos. Esto no ha sido suficiente. Un comité creado a efecto de recabar ha salido a buscar ayudas fuera. Estos han llegado de sectores medios y altos de Santiago que han colabora muy generosamente. Algunas de estas personas han acudido directamente a las ollas, y no ha faltado quien ha regalado otros instrumentos, como el caso de un empresario que donó cajas plásticas para guardar los comestibles y basureros, y para llevar la comida a las casas de las familias enfermas de covid.

El caso, como digo, recuerda los tiempos de Jesús. Cuando se tiene mente y corazón para acabar con el sufrimiento de los demás, los recursos llegan no se sabe cómo. En los sectores en que la comunidad ha querido levantar al prójimo caído a la vera del camino, ha podido darse almuerzos a unas 200 personas diarias y 75 familias ha recibido el-pan-nuestro-de-cada-día. En los peores momentos se llegó a ayudar diariamente a mil personas. Un evangelista del Nuevo Testamento diría, sí, con cinco panes y dos peces alcanza y sobran muchos canastos.

A la comunidad le consta que distintas partes los pobladores se han sorprendido con estos esfuerzos de generosidad. Han sabido de nuestra existencia y, en todo caso, han sabido que cuentan con nosotros. El eco de tanta entrega ha sido muy positivo. No es para vanagloriarse, porque en estas circunstancias la comunidad ha sido confirmada por el Señor en su misión samaritana.

Durante 2020 la comunidad no pudo celebrar la eucaristía, pero realizó liturgias de la Palabra online en las cuales fue posible saber qué estaba ocurriendo y vibrar, sufrir y solidarizar por los pobladores. Entre todos hemos pudimos comprobar que la apertura de comunidad a la realidad del país y a la del barrio, atenta a la acción de Dios en el acontecimiento y a las necesidades más hondas de los demás, oxigena a la comunidad y le hace crecer. Ha sido conmovedor oír de las personas que colaboran en las ollas y los otros servicios el entusiasmo de entregarse gratuitamente a los demás. Nos hemos enterado de gestos de una generosidad sin par. Por ejemplo, el del caso de una olla que compartía sus alimentos con otras seis ollas de la comuna. Esta generosidad ha sido también causa de mucha alegría. Hemos captado con mayor claridad que la generosidad y la alegría son dos nombres del Evangelio. Una de las voluntarias en la olla de Esperanza Andina me decía: “nuestra alegría es la alegría de la gente que viene a buscar su almuerzo”. Registré en la memoria esta frase. La entrega sacrificada y entusiasta indica por dónde seguir.

Declive y recuperación de la Iglesia Católica en Chile

La Iglesia Católica en Chile declina. Entre los años 2006 y 2019 las personas que se identificaban con ella han disminuido prácticamente en un tercio (Encuesta Bicentenario, PUC). Es difícil encontrar un caso parecido en el mundo.

Las causas de esta crisis son varias, aunque es evidente que los escándalos por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento debe ser la principal. Si los ministros de la fe no somos creíbles, los católicos partirán a buscar la confianza en Dios en otra parte o habrán dejado la fe para siempre. Pero la fuga de los católicos tiene también otras causas. Desde hace muchos años se constata en la Iglesia un foso de distancia e incomprensión entre los fieles y sus pastores. Estas causas son doctrinales y estructurales.

Desde el punto de vista de la doctrina, la encíclica Humanae vitae (1968), queriendo orientar las relaciones de amor al interior del matrimonio, al prohibir el uso de medios anticonceptivos, terminó generando desconcierto y una triste huida de las mujeres. La encíclica quebró a muchas personas que de buena fe trataron de observarla. En la actualidad ella tiene trancada toda innovación doctrinal que ofrezca una verdadera orientación a las parejas, a los jóvenes y a las personas homosexuales. En Chile, también en el campo doctrinal, la jerarquía eclesiástica se ha opuesto, desde 1998 en adelante, a una serie de leyes y decretos concernientes al género, a la moral de la vida, a la sexualidad, a la educación de los niños en los colegios, a menudo en contra del sentir y pensar de los fieles.

Además de doctrinales, los problemas son estructurales. La institución eclesiástica es regida por una casta de sacerdotes varones que se autogenera. Ningún laico participa en la elección de sus autoridades. Los sacerdotes, obispos y cardenales dan cuenta de su desempeño solo a los superiores de quienes depende su carrera eclesiástica, pero nunca ante las comunidades cristianas. ¿No tendrían los mismos papas que responder ante alguna autoridad colegiada en casos, por ejemplo, de acusaciones de abusos de poder? Las autoridades eclesiásticas no tienen por cierto la obligación de dar explicaciones de sus actos a los laicos. Así, la experiencia de Dios de la inmensa mayoría de los católicos no es considerada a la hora de compartir, revisar y recrear la doctrina que haga inteligible y vivible el Evangelio, ni de influir en el gobierno de la Iglesia.

La Iglesia Católica se encuentra en caída en momentos cruciales para escuchar a Dios. En una sociedad que valora el discernimiento de las personas, que sube los estándares de gestión y se esfuerza en dar su lugar a las mujeres, la institución eclesiástica suele ser un testimonio contra la dignidad de la persona. La situación es grave porque no se avizora cambio alguno. Por el contrario, el estamento gubernamental de la Iglesia parece haber perdido su capacidad de reforma.

En estas circunstancias, nuestro país corre el riesgo de extraviar la tradición religiosa de humanidad más importante en cinco siglos. ¿Qué cultura o institución pudiere a futuro reconocer que los niños que vienen al mundo son hijas e hijos de Dios, que existe un perdón incondicional y que no hay nada más grande que amar al próximo como Jesús lo amó? Para los cristianos lo fundamental será siempre transmitir el Evangelio persona a persona mediante testimonios inspirados por Jesús, la Virgen, los mártires y los santos. Pero este tipo de amor cristiano no llegará muy lejos, no podrá pasar a las siguientes generaciones, sin una renovación de la tradición milenaria de la Iglesia.

Talvez el panorama no sea tan dramático. No debiera serlo si los laicos, en vez de esperar los cambios desde arriba, comienzan a realizarlos con creatividad y entrega. No requieren de permiso alguno, porque inventar nuevas vías para comunicar el sentido profundo del Evangelio es su carga y su derecho. Si toman la iniciativa, quizás nosotros los sacerdotes podremos ponernos a su servicio como quiso que se hiciera el Concilio Vaticano II.

Plaza Brasil, bautismo de humanidad

La Plaza Brasil es un mundo de mundos. Suelo salir a caminar por el barrio, trato de hacerlo todos los días, doy la vuelta a la plaza y constato la convivencia pacífica y alegre de gente tan distinta que incluso yo mismo he llegado a sentirme incluido?

Personas de todas las edades. Niñas ensayando danzas. Flautistas. Acróbatas. Perros, harto perro. Mucha cerveza. Abrazos por poemas y poemas por abrazos. Hombres y mujeres reventados por el alcohol y la vida. Caminantes que giran en una y otra dirección, igual que en la plaza de Talca. Travestis bailando y cantando desaforados. Marihuana. Nunca he fumado, pero me gusta el olor. Olores, colores. Niños pequeños aprendiendo a jugar a la pelota. Guaguas recién paridas siendo amamantadas. Un monolito recuerda a Tom Jobim, músico que con Vinicius de Moraes compusieron La garota de Ipanema. Mascarillas, un 50%. Aforo, poco. Ladrones haciéndose los lesos. Ni los padres ni las madres dan asomo de preocupación por el ambiente en que se educan sus hijos.

He visto a una chiquilla de la UDP y otra de la UAH sentadas en el pasto comentando la Constitución del ochenta. Podría apostar que estas gentes votaron unánimemente Apruebo. No he visto ningún Rechazo en los grafitis de las inmediaciones. Pero no es solo el deseo de una nueva constitución lo que los une.

Hay comercio. Se venden cosas típicas: cassettes en desuso, ropas, maceteros con cactus, pizza al taglio. Una adivina tira las cartas del Oráculo cristosófico a un jubilado a pocos días de cobrar la pensión de la Bachelet. ¿Llegará la Coca-Cola a financiar la orquesta que canta al poeta Ho Chi Minh?

No logro entender qué está pasado en el país. ¿Cómo son posibles tantos mundos en una sola plaza? Puedo suponer que en otras ciudades se está dando el mismo fenómeno. Esto es real: un mundo en el que las diversidades no se restan, se acumulan. ¿Se comunican? ¿A qué nivel de profundidad lo hacen?

Mi primera aproximación a este espectáculo es ética. Pero algo me dice que no sirve observar con criterios morales. La segunda aproximación es estética. Se da en la plaza y en el barrio una mezcolanza de horrores y de obras de arte. En la esquina de Av. Brasil con Moneda unas lolas de Arte de la Chile pintaron todo un edificio de flores que es una maravilla. Hasta los grafiteros lo respetan. Pero la clave estética tampoco es suficiente.

Vengan entonces los filósofos. ¿Qué es esto? ¿Un reseteo del ser humano, o una simple reiniciación? Filósofos: dejen de contarle las plumas a Kant. Vengan los psicólogos, los historiadores, los arquitectos y todo especialista que pretenda saber algo, y aprenda, porque si no lo hace mejor sería que no enseñara. ¿En qué están las universidades? Pregunto a los sociólogos: ¿Por qué en Santiago hay niños que juegan en condominios protegidos con vigilantes y alambres, que viven alarmados por sus padres, asustados de lo que hay al otro lado de las rejas, y en el corazón de la ciudad hay otro tipo de niños, seres humanos formateados de un modo inédito, jugando sin temor y dispuestos a acoger en su ámbito incluso a la clase alta? En el Barrio Brasil no hay la lucha de clases. No la percibo.

Vengan los teólogos. La Plaza Brasil no parece ser una herejía. En este barrio Dios es distinto. El mismo, pero de nuevo. Si algún día pispo cómo hace Dios para emerger en esta confluencia de tantas vidas, le pediré a las borrachitas que me otorguen la misión canónica para enseñar teología que hasta ahora los cardenales me niegan. Si la teología no es reflexión sobre el hacerse Dios real en las vidas de las personas, ¿qué es? El caso es que salgo a hacer ejercicios físicos por las veredas del barrio y vuelvo habiendo hecho ejercicios espirituales. Retorno a mi casa sin entender palote, pero liberado de mis miedos y perdonado de mis pecados, bautizado en aguas de mucha humanidad.

El país renace en Navidad

Entre el nacimiento de Jesús y la situación del país se da una conexión subterránea extraordinaria. También en Chile la esperanza, a muchos los moviliza y les hará triunfar. Así lo creyó una pareja Galilea hace más de dos mil años y logró salir adelante.

María y José dejaron Nazaret y volvieron a Nazaret después de un periplo de años. No supieron que al partir a Judea pasarían tantas penurias. El niño nació en un pesebre. Animales, pañales, pastores, magos… A los pocos días partieron a Egipto, avisados de las intenciones del peligroso Herodes. ¿Qué habrán pensado los padres de Jesús de la matanza de los inocentes con que el rey quiso asegurar su trono? Seguramente huyeron llorando de Palestina por la sangre derramada.

De Belén en adelante la vida de los esposos debió ser impredecible: llegaron a Egipto como refugiados. Entraron al país con pocos bultos. Es probable que en los comienzos hayan pedido comida puerta a puerta. Luego, quizás, José tuvo la suerte de poder armar un taller de carpintero, pero es más probable que haya debido sacar la maleza en los jardines de una familia adinerada. ¿Lo vio María deprimido, avergonzado de no poder dar un pasar digno a su familia? Tal vez por lo mismo no quiso contarle que en la misma casa en que ambos trabajaban, el patrón le hablaba. Muerto Herodes, pudieron volver a su tierra, su casa y sus gallinas.

Para ellos su fe fue la causa de su esperanza. Creyeron en el Dios que no falla a los pobres. Pudieron no desesperar. Primó en María y José una fuerza interior tan poderosa que les impidió rendirse ante las adversidades. El caso es que una fuerza anímica muy semejante, la misma dirán algunos, alienta a Chile estos últimos años. Contra todas las apariencias, juzgo que el país se abre paso en dirección a Nazaret.

Estamos cansados. Lo estábamos después de la violencia, la cesantía y la incertidumbre de la revuelta social, y nos cayó la pandemia. La Araucanía arde. El territorio se seca. Se han vuelto a violar los derechos humanos. Mucha gente perdió sus ojos. Han sido heridos demasiados carabineros. Pero esto no es todo. Tampoco lo principal. Vistos los acontecimientos con atención podemos distinguir entre tantos males, a pesar de una increíble turbulencia, un crecimiento en humanidad sin precedentes.

El 15 de noviembre de 2019 los partidos políticos crearon un cauce democrático para cambiar la constitución, es decir, dieron una salida racional a la devastación de varias ciudades y a un caos inaudito. El 18 de octubre la ciudad había estallado por los cuatro costados. No puede culparse de ello a anarquistas, pelusones, delincuentes y amargados sociales sin más. Hubo connivencia en la ciudadanía. El estallido social tuvo que ver con una indignación ética, con el convencimiento de la justicia de la rebelión, y con un descontento por los más diversos motivos. A poco andar los políticos de oposición respaldaron la iniciativa del gobierno de endeudarse por miles de millones de dólares para salir al paso de una eventual catástrofe social. Y el 25 de octubre la población votó por inmensa mayoría el cambio de constitución.

El reconocimiento que el Parlamento ha hecho de los pueblos originarios, concediéndoles representación en la Convención Constituyente, merece una mención aparte. Este solo logro expresa un auge espiritual y ético de gran envergadura. No solo se comienza a hacer justicia. También se despeja la posibilidad de un intercambio y una compenetración cultural de las que solo pueden esperarse cosas buenas. Debe destacarse, por otra parte, que por primera vez habrá en el mundo una integración paritaria de una Convención Constituyente.

Este periplo aún no se cierra. Aunque la clase política merece que se celebren sus logros, ella misma ha dado espectáculos dignos de esconder debajo de la alfombra. ¿Qué decir de los parlamentarios(as) funeros(as)? La ciudadanía, empero, no es mejor que los políticos. Eligió a un presidente del que ahora abomina. Son los chilenos quienes suben en las encuestas nombres como para cerrar los ojos. Quieren otro sistema de pensiones, pero otro igualmente neoliberal. Uno que engorde los ahorros individuales con las platas estatales.

Por mi parte quisiera que en esta Navidad se pongan los ojos sobre todo en la esperanza que nos moviliza. La esperanza activa músculos en desuso y aúna voluntades en la mejor de las direcciones. Ella es la yunta que tira de la carreta. Los tiempos son muy complejos. Habrá que aprender a aprender porque a futuro los peligros y la complejidad de nuestro mundo global pueden aumentar. Volveremos a Nazaret, pero si hacemos la fuerza juntos, al mismo tiempo y con más humildad.

Vivo en la Alameda. El día 19 de octubre de 2019 me tocó ayudar a apagar el incendio del negocio de la esquina con el extinguidor de mi casa. Hoy veo que los propietarios comenzaron a reconstruir el local. La ciudad resurge.

El día 8 de marzo de 2019 hubo una gran marcha de mujeres. Las banderas de ese día eran las mismas de la marcha del millón doscientas mil personas del día 25 de octubre del mismo año en Plaza Baquedano, Plaza Italia y ahora Plaza de la Dignidad. Era de noche ese día. Vivo en la Alameda, digo. Juraría haber visto a la Virgen justo abajo de la tarima. El niño es sus brazos despertó. No estoy seguro si se trataba de ella. Este 25 de diciembre se lo preguntaré.

La Iglesia católica entre la tradición y el tradicionalismo

Carlos Peña pone a los católicos una pregunta decisiva. ¿Puede un político católico aportar algo en la sociedad que no lo aporten otros u otras disciplinas? El rector critica la facilidad con que Ignacio Walker acomoda los valores del cristianismo a los valores de la época en vez contradecirlos.

Para responder a esta pregunta es necesario contraponer tradición y tradicionalismo. Los católicos están obligados, en virtud de su misma tradición, a articular su experiencia de fe y su obligación de dar razón de ella (Vaticano I y Vaticano II). La Iglesia es fiel a su tradición en la medida que transmite (tradere) el Evangelio en contextos personales y culturales plurales. En dos mil años de historia ha habido innumerables interpretaciones del mensaje de Cristo. Ellas comenzaron con cuatro evangelios. Dieron lugar a varios patriarcados. Hoy hay un esfuerzo ecuménico notable con las iglesias de la Reforma y la Ortodoxia. En todas las versiones del Evangelio ha debido ser decisivo que la Tradición actualice una “buena noticia” para los seres humanos. Hace dos mil años que la Iglesia decanta su seguimiento de Jesucristo en enseñanzas que ha ido forjando trabajosamente para anunciar el Evangelio de un modo nuevo, epocal y culturalmente comprensible. No debiera extrañar, en consecuencia, que la misma Tradición –el modo plural y provisional de transmitir la revelación de la cual la Iglesia es custodia- obligue a los católicos a revisar su doctrina y a cambiarla si es necesario. Si en el presente las mediaciones culturales e históricas (los ritos, las instituciones y las doctrinas) hacen imposible que el Evangelio llegue a los contemporáneos ellas deben ser discernidas y, si es el caso, cambiadas.

El tradicionalismo, en cambio, opera como si el Espíritu Santo no existiera: es decir, como si la Iglesia no dispusiera de la inspiración de Cristo para continuar transmitiendo el Evangelio en el futuro. El tradicionalismo no admite interpretaciones. Dice de cualquier mediación del Evangelio: “esto siempre ha sido así”, “esto no puede cambiar porque es intocable”. Es explicable que haya cristianos que piensen de este modo. Han de tener en cuenta empero que algunas tradiciones que encauzaron el cristianismo en el pasado, petrificadas, han asfixiado la vida de los católicos. Y que, de hecho, la Iglesia ha cambiado varias de sus doctrinas.

Legítimamente el rector Peña pide encontrar en un plano, el de la razón y de la legislación, la originalidad del cristianismo. Pero en el intento da para pensar que los católicos poseen verdades que pueden hacer valer en el parlamento como “cruzados”, como si los demás desconocieran el misterio de la cruz. Lo propio del dogma de la Encarnación es exigir relacionar y conjugar ambos planos, el de la fe y el de normas que han de ser racionales. La identificación de Dios con la humanidad culmina en el misterio pascual, pero comienza con su apertura y asumpción de la realidad humana en todas sus dimensiones. Esto impide confundir una cosa con otra y llegar rápidamente a conclusiones simples.

En suma, no hay que buscar la originalidad del cristianismo en la prevalencia de la doctrina de la Iglesia Católica en la legislación del país. La relevancia cristiana debe descubrírsela sobre todo en el testimonio voluntario de cristianos que, por ejemplo, estén dispuestos a defender la tolerancia y legislar desde esa convicción. Los parlamentarios católicos, en virtud de su propio Credo, no debieran considerarse voceros de las autoridades eclesiásticos ni aplicadores de doctrinas católicas que pueden mediar, pero jamás agotar, la Tradición de la Iglesia.

Parlamentarios católicos

Carlos Peña presenta y critica el libro de Ignacio Walker Cristianos sin cristiandad. Lo hace en virtud de argumentos teológicos, aunque declara no ser teólogo. Me alegra que lo haga. Cualquier persona debiera poder hablar de Dios o discutir su existencia. Por mi parte también leí el libro, asistí a la presentación y creo que la opinión que Peña tiene del cristianismo carece de fundamentos sólidos.

El rector Peña sostiene que “la primera apertura (de la Iglesia al mundo) desde un punto de vista teológico, es Cristo en la cruz”. No estoy de acuerdo. Para la Iglesia la cruz sin consideración de la vida de Jesús hace de portazo de Dios a la colaboración de la humanidad en su propia salvación. La mera invocación de la cruz como símbolo del cristianismo pone a los creyentes en la senda del fideísmo (Concilio Vaticano I, 1869-1870). No hay cruz cristiana allí donde no hay una encarnación. Lo que salva, para los cristianos, no es la cruz por sí sola sino el Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazaret crucificado por haber proclamado el advenimiento del reino de Dios a seres humanos necesitados de amor, de sanación, de compañía, de compasión y de perdón.

Debe recordarse que lo que ocasionó el asesinato de Jesús en la cruz fue el cuestionamiento que hizo a las autoridades religiosas que oprimían a los demás exigiéndoles cumplimientos religiosos. Escribas, sacerdotes y saduceos no soportaron que un laico cualquier proclamara que Dios ama gratuitamente a todos y no solo a las personas religiosas, las que, mediante la observancia de la Ley mosaica y el ofrecimiento de sacrificios en el Templo, creían poder ganárselo en su favor. La cruz es salvadora porque resume la identificación de Dios con el ser humano hasta las últimas consecuencias y porque, al resucitar a Jesús, Dios realizó el proyecto que tuvo con el mundo al crearlo. Jesús dio su vida por el reino de Dios, y por esta razón lo crucificaron. Al resucitarlo, su Padre confirmó la racionalidad de la vocación a dar la vida por el próximo y no la de los sacrificios sangrientos para el perdón de los pecados. Con la efusión del Espíritu del resucitado, la iglesia naciente prosigue la misión del crucificado.

Este es el fundamento de la fe cristiana en la Trinidad. El Dios de los cristianos no es simplemente el Dios de Moisés, como piensa Peña. El cristianismo ejecutó una revolución al interior del monoteísmo judío. La Iglesia descubrió que, en Jesús, Dios acoge a la humanidad con un amor misericordioso, y no solo como un juez justo. Al confesar a Jesús como Hijo de Dios encarnado, como un ser humano auténtico, necesitado del Espíritu Santo para discernir las vías racionales de su obediencia al Padre, el distanciamiento teórico del monoteísmo estricto fue creciente.

En el centro del Credo trinitario de la Iglesia está Jesús, el amor de Dios por el ser humano, y no un conjunto de “verdades” que un parlamentario católico puede hacer valer en el foro público sin someterlas al escrutinio de sus pares. Ni la jerarquía eclesiástica ni los católicos en particular tienen una mochila llena doctrinas (sobre la filiación de los hijos, el divorcio, los métodos de control de natalidad, la eutanasia, etc.), porque si así lo pensaran renunciarían al mandato del Vaticano I de articular fe y la razón. El cristiano, lo subrayo, debe rendirse a la argumentación más convincente. No tiene la verdad. Sin los demás, nunca podrá encontrarla.

La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, llegó a la conclusión de que el Espíritu Santo actúa por igual en todos los seres humanos. No sé si otros monoteísmos pueden llegar a una conclusión parecida. La convicción profunda y normativa para los cristianos es que el Padre de Jesús es el padre de toda la humanidad, y que el Espíritu Santo ha sido infundido en el corazón de cada persona para que discierna en conciencia como vivir una vida más humana.

El credo trinitario, en este sentido, autoriza y obliga a los cristianos, y a fortiori a las autoridades eclesiásticas, a pensar entre todos el amor con que puede edificarse una sociedad más humana. La tolerancia, el amor al diálogo y la necesidad de argumentación son los nombres de la salida de la Cristiandad que registra el libro en cuestión.