Archive for Jorge Costadoat

¿Qué haremos con la sal?

¿Qué haremos con la sal? Es una de las respuestas que se da cuando alguno pregunta por el agua de mar que desalinizaremos. Según parece, desalinizar implica juntar la sal en alguna parte. Si se trata de tirar tuberías a ciudades grandes como Santiago para tener agua suficiente, la cantidad de sal que se acumule puede ser enorme.

El caso es que, después de la revuelta y la pandemia, la sequía puede convertirse en una tercera bestia del Apocalipsis, y quién sabe si seremos capaces de aguantar tantas penurias. La situación ya es terrible para especies que como los peumos y tantos animalitos que deben estar muriendo por doquier. Otros árboles, lo mismo. He visto vacas muertas cada doscientos metros en las serranías, caballos en los huesos. La sequía mata al norte chico desde hace décadas. También en otros lugares del país no se vive sin camiones aljibes.

El panorama es muy preocupante. La capital, que tiene una cuenca acuífera respetable, comienza a vivir de glaciares que se licúan uno tras otro. También cede el Echaurren. No llueve. No quiere llover.

¿Qué hacer? Supongo que el gobierno se mueve. Habrá preguntado al gobernador de California cómo han enfrentado este mismo problema. En Antofagasta las mineras sacan mucha agua de mar. La ciudad se abastece en más de un 80% con agua desalinizada. La ministra Schmidt de Medio Ambiente, tiempo atrás, nos dio un ejemplo muy de imitar. Es posible ducharse en menos de tres minutos. Conozco otro ejemplo. Hay un obispo que se ducha una vez a la semana. El resto, se lava las alitas en el lavatorio como solían hacerlo los europeos después de la guerra.

¿Qué se puede hacer? Que el gobierno haga lo suyo. Pero también los ciudadanos. Apelo a la ética y a la mística. Dejemos de lado las procesiones y rogativas al Padre eterno. Terminaríamos echándole solo a él la culpa, cruzados nosotros de brazos.

La mística ha de ser franciscana. La mística ecológica de nuestra época nos hace hoy amar el agua. Podríamos irnos a alguno de los cajones y quebradas de la pre cordillera que son una maravilla. Observar el agua correr, tomarla en las manos, olerla, beberla, lavarnos con ella la cara y agradecerla a la Pachamama. Amar el agua, preguntarles a nuestros pueblos originarios cómo se la ama. Nada habrá más importante. Amarla, gozar con ella.

El segundo paso, también franciscano, será cuidarla como lo hace la ministra y el obispo. ¿Dejar de regar el pasto? Probablemente sí. Pero antes de esto, cerrar bien las llaves, llenar la lavadora antes de echarla andar, enjuagar la tazas con lo justo y otras cosas más que dependerán de la circunstancia de vida en la que cada uno se encuentre.

Ética y mística: cuidado del agua para que alcance para las plantas, los animales, los insectos y los humanos. Y para la pura belleza. Porque el agua es linda. Punto. Mística, ética y estética.

¿Qué hacer con la sal? No sé.

La reforma litúrgica en camino

El Papa golpeó el tablero. El regreso a tiempos anteriores al Concilio debe terminar. La lefebvrización de la liturgia está quebrando la unidad de Iglesia. Si Sacrosactum concilium fue aprobada por 2.147 votos contra 4, hecha esta votación hoy la distancia podría ser menor.

Bajo un respecto, la decisión de Francisco lleva a preguntarse por las otras comunidades e iglesias cristianas. ¿Cómo ve la Ortodoxia la decisión del Papa? ¿Y la familia protestante? Los sectores ecuménicos, en general, la aplaudirán. Las mujeres la celebrarán. Dudo que vean con buenos ojos a sacerdotes que de nuevo les den la espalda y les hagan comulgar de rodillas.

Bajo el respecto teológico, el papa Francisco vela por la fe del Concilio Vaticano II porque ve comprometida la unidad de la Iglesia. El Papa, en los hechos, frena una interpretación del sacrificio de Cristo difícil de hallar en la praxis evangélica de Jesús. El cristianismo centrado en la cruz para el perdón de los pecados y, por ello, la eucaristía reducida a un sacrificio expiatorio, trastoca la historia de Jesús de haber sido crucificado por expresar el amor de Dios a todos sin exclusión. Gracias al mejor conocimiento que la Iglesia posconciliar tiene de los evangelios, sabemos que Jesús, en vez de obsesionado con el perdón de culpables, se desveló por curar a los inocentes.

El Papa golpeó la mesa. Pero, ¿no debió hacerlo todavía más fuerte? Francisco ha dado un paso, pero la versión sacerdotal del cristianismo acentuada los últimos mil años, y recién mitigada por el Vaticano II, está de vuelta. Juan Pablo II la reforzó. Pastores dabo vobis revirtió la reforma en la formación del clero de Optatam totius y la concepción del sacerdote de Presbyterorum ordinis.

La involución conciliar en esta materia ha consistido, en breve, en priorizar el servicio sacramental de los curas. El Vaticano II había subordinado este ministerio al de la evangelización. Francisco defiende el Concilio, pero no ha podido hacer más y aún tendrá que lidiar con enemigos conservadores que, desde el minuto dos, han entorpecido su gobierno.

Falta todavía mucho por des-sacerdotalizar en la Iglesia Católica.

Falta una convención constitucional en la Iglesia

La Convención constitucional mueve a pensar en algo parecido para la Iglesia Católica. Los acontecimientos son tan extraordinarios que hacen muy relevante que los católicos enciendan los motores y colaboren en una reedición política y cultural del país. Estimo que para que esta iglesia participe en esta gesta, bien pudiera tener lugar a una convención mediante una auto convocación. No veo necesario esperar a que sea promovida por la jerarquía eclesiástica.

Auto convocación, esta tendría que ser la modalidad. En ella pudiera participar cualquiera. Las actuales comunidades, de naturalezas muy distintas, pudieran activarse, mirarse unas a otras e iniciar conversaciones entre ellas y todo el que quiera, laicos u obispos. Podrían también crearse agrupaciones nuevas, lo más plurales posibles, ecuménicas, interreligiosas e interculturales, en las que la meditación, el diálogo, la publicidad y las publicaciones fueran la metodología.

Los medios para establecer la comunicación están. Internet ofrece hoy la posibilidad de abrir blogs y páginas web. Las comunidades y nuevas agrupaciones podrían crear los suyos para que la conversación sea lo más ancha posible. Con Twitter, Facebook y otros medios se podría avisar lo que se quiera compartir. No se está en cero. Actualmente hay iniciativas de este tipo. Existe Kairós, También somos Iglesia, Mujeres Iglesia y seguramente otras, además de iniciativas de personas individuales que difunden el Evangelio a su manera como ser Peregrinos.

El tema número uno debiera ser cómo conjugar el Evangelio con las inquietudes y necesidades de Chile. Bien pudieran las bienaventuranzas de Jesús animar, acompañar y dar voz, por ejemplo, a los familiares y amigos de los casi cuarenta mil compatriotas muertos a causa del Covid 19; a los funcionarios públicos, como quienes sirven a los reclusos(as) privados(as) de libertad, y otros más; a los campesinos que amanecen y se acuestan lamentando la terrible sequía. Una evangelización para estos tiempos verdaderamente revolucionarios debiera elucidar los contenidos de la Dignidad que se reclama y que se hace necesario estipular en una nueva constitución. El documento Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, hace más de cincuenta años, hizo de la Dignidad humana un concepto clave para el diálogo de la Iglesia con el mundo de hoy. Esta constitución apostólica está totalmente vigente. Lo que está faltando es hacerla jugar con los nuevos tiempos.

Este servicio hacia afuera exige, empero, una revisión hacia adentro. Los católicos necesitan conversar sobre cómo están viviendo su cristianismo. Las señales son extremadamente preocupantes. La desafección de los(as) bautizados(as) con la jerarquía eclesiástica, y la fuga, no tienen precedentes. Las causas son muchas. Las comunidades, las nuevas agrupaciones y los freelancers de auto convocados pudieran empezar por el tema que les parezca más relevante.

Otro asunto doméstico es hacer un examen de conciencia personal e institucional. La Iglesia en Chile tiene casi quinientos años. El cristianismo ha inspirado prácticas y testimonios profundamente humanos, pero también ha sido colonizador y religión de opresores. La Vicaría de la Solidaridad rescató seres humanos de las garras de agentes del Estado que se declaraban cristianos. Pero la Iglesia Católica trató a las religiones originarias como paganas. Sin humildad y sentido de arrepentimiento, la Iglesia puede trasmitir otras cosas, pero no el Evangelio.

Entre los procesos en curso más interesantes en Chile hoy está la emergencia de sujetos históricamente negados, y la aparición a la luz del sol de nuevas y antiguas injusticias. El país avanzaba al barranco con piloto automático. Despertó. Las tradiciones religiosas y culturales tienen ahora una oportunidad única para ayudar a discernir lo que ocurre, para sumarse a la reivindicación de las minorías y defender los valores que harán a los chilenos más humanos. Se necesita una auto convocación.

Loncón: transición de la negación al reconocimiento

Lo que ha ocurrido en la instalación de la Convención Constitucional tiene una importancia cultural de primer orden. No ha sucedido nada igual en casi 500 años de historia. Si la Corona les reconoció el carácter de pueblo a los mapuche, si no los absorbió, la República, para absorberlos, los negó. Los negó, les quitó sus tierras y los humilló sin medida. Les negó sus vidas. Ahora, en cambio, la elección de Elisa Loncón como presidenta de la Convención representa el reconocimiento de la dignidad de muchos grupos humanos, mujeres, LGBT, jóvenes y víctimas varias del neoliberalismo. De estos reconocimientos, el de los pueblos originarios es para Chile el más significativo.

La Corona y la Iglesia, durante los años que duró la Colonia, negaron a los indígenas el valor de sus religiones. Las consideraron paganas. ¿Tenían los indígenas un alma humana? Los teólogos dijeron que sí. Los reyes, en principio, basaron en esta sentencia la Conquista. Tuvo sentido, en consecuencia, evangelizarlos, enseñarles la religión que ellos creyeron era la mejor. Por entonces los mapuche, guerreando, consiguieron una Frontera. Hasta aquí ellos, desde aquí nosotros. Se consiguió la paz, pero no la integración.

A continuación, el Chile republicano, la República criolla y mestiza, nuevamente negó a los mapuche, y a otros pueblos originarios y sus territorios. Lo hizo con el sable, con reglas y escuadras. Les negó su lengua: castigó a los niños que en la escuela hablaran mapuzugún, aymara… En el estudio de la disciplina de Historia les impuso su historia, el relato de los vencedores, el de los que parecían superiores. Las iglesias cristianas, por su parte, vieron a los indígenas como paganos e idólatras, aunque no faltaron valiosas excepciones y en las últimas décadas se ha dado un descubrimiento notable de Dios en sus tradiciones y una defensa de sus creencias religiosas. Pero todo sumado, se negó a pueblos inocentes, y esta negación, por otra parte, despejó el terreno a su explotación.

Aún más, lo que ha terminado simbólicamente esta semana es la negación que hace de los(as) chilenos(as) un pueblo de acomplejados. En nuestro país grandes mayorías no quieren ser indígenas. Pero somos mezcla, lo dicen los estudios genéticos, y una simbiosis cultural centenaria. Hemos querido, y hecho ingentes esfuerzos, para que las otras naciones nos reconozcan como europeos. Pero no. No lo somos. Nos da vergüenza no serlo. Lo tapamos, lo ocultamos, y sin darnos cuenta nos negamos a nosotros mismos y vamos por el mundo imitando a los otros, alienados, sin alma, haciendo el ridículo.

La elección de Elisa Loncón simboliza, en términos religiosos, la redención de nuestro país. Se quiere que la gesta sea el comienzo de una nueva historia, como ella misma lo dijo. En adelante habremos de descubrir que éramos mucho más ricos de lo que imaginábamos. Que aquello que despreciábamos, el otro, debió ser un motivo de orgullo. Lo digo a modo de símbolo, porque en lo inmediato seguirá habitando en nosotros el arribista, el orgulloso de ser blanco o blanco cada vez menos. Lo más importante, sin embargo, es que se ha abierto una grieta en el dique. Por mi parte, espero que termine de ceder por completo y se desborden río abajo los deseos de liberación y de integración entre quienes nos hemos excluido, y se instale en nosotros, como se instaló la Convención, el fin de la desconfianza, el temor a los demás y el desamor.

No sabíamos lo principal. Los mapuche nos habían soñado. Loncón lo dijo en su extraordinario discurso de justicia y de paz: “Este sueño se hace realidad. Es posible, hermanos y hermanas, compañeros y compañeras, establecer una nueva relación entre el pueblo mapuche, las naciones originarias y todas las naciones que conforman este país”. Las suyas fueron palabras de integración. Debieran calar el corazón. Palabras de integración y reconciliación, sin rencor, porque “este sueño es un sueño de nuestros antepasados”. No sabíamos que, a pesar de todo, nos amaban y soñaban con nosotros.

Pilar solidario de carne y hueso

Escribo acerca de otro pilar solidario. No hablo de las pensiones. Hablo de personas. Tengo en mente gente que está en una edad en que toca hacerse cargo de los de arriba, de los de abajo, además de los que nos asaltan por los cuatro costados.

Pensemos en los padres y madres entre los cuarenta y los sesenta. En estos tiempos tremendos, ellos tienen que trabajar, cuidar la pega e ir tras los bonos. Deben, también, convencer a los niños que no pueden salir a la calle y, como si fuera poco, ayudarles a hacer las tareas en plataformas que no conocen. Es la mamá llenando el permiso de la Comisaría virtual porque tiene que llevar a un niño al hospital. El papá, preocupado de su madre encerrada en el hogar de ancianos. Hablo de quienes cargan con los enfermos del covid, cuando también ellos pueden contagiarse.

De ellos dependen otros, pero están muy cansados. El peso es excesivo y, para remate, han de lidiar con ellos mismos, con su propio carácter. Están cabreados. ¿Qué pueden hacer? Soñar con que vienen tiempos mejores. Sí, pero esto no basta.

En estos momentos al pilar solidario, a este de carne y hueso, no le queda más que aguantar. Es la hora del sacrificio máximo. Por lo mismo, esta gente no puede pasársela refunfuñando, echándole la culpa al gobierno, al clima o a cualquiera. Darían un mal ejemplo a sus críos. Al contrario, han de extraer del alma las gotas de alegría que les puedan quedar. Los hijos e hijas están al aguaite.

¿De dónde sacar fuerzas? Del instinto, obvio. Somos animales. El instinto de vida es poderoso, sirve invocarlo. El newen, la fuerza de que fuimos dotados por la naturaleza nos empodera y puede cosas increíbles.

Los otros también son una fuerza fundamental. Es difícil imaginar que podremos salir adelante solos. Necesitamos a los compadres, a las vecinas, a la comunidad parroquial, a los amigos de la barra brava, mientras más brava mejor.

Por último, la mayor de las fuerzas podremos sacarla del día de nuestro funeral. Desde la eternidad podremos contemplar cómo los demás hablan bien de nosotros, lo cual nos importará un rábano. Pues ese día recordaremos que nada fue más importante que el amor callado con que cumplimos con nuestro deber. Nadie hablará mal de nosotros, esto es seguro. Se dirá que nos gustaban las guatitas a la jardinera, que nunca hablamos mal de nadie, que nos enfurecía que nos sacaran los choros del canasto. Ojalá se nos recuerde con amor y humor. Sonreiremos.

Pero la verdadera alegría, esa que ese día nos hará reírnos de los llorones y lloronas que nos mirarán en el ataúd, consistirá en observar que ninguno de nuestros familiares y amigos sabrá nunca que, cuando parecíamos un pilar de cemento, éramos en realidad una caña hueca siempre a punto de quebrase. Desde este lado de la historia pareceremos muertos. Desde el otro, seguiremos insuflando esperanza a los que no dan más.

No sé si me explico. Hay sacrificios en silencio que hoy pueden tener una fuerza ilimitada, trascendente. ¿Me explico?

La educación ciudadana en la escuela

La reciente elección de constituyentes habrá de recordarse como uno de los hechos más importantes en los años de vida de Chile. Nadie puede asegurar que el resultado vaya a ser exitoso. Pero, vista la historia con un lente de gran angular, estamos en algo extraordinario.

Es necesario levantar la mirada, triunfar sobre los miedos y no quedar enredados en las escaramuzas, y en los espectáculos de los viejos políticos y los malos tratos de las nuevas generaciones. Porque, paréntesis, no es para nada claro que las nuevas vayan a ser mejores que las antiguas. Por esto mismo, creo que la escuela tiene en estos momentos una misión relevante.

La politización de la juventud merece un aplauso. Pero si no conduce a un perfeccionamiento de la democracia, preparémonos para otra cosa. Hace seis años se constató que más del 50% de los niños de octavo básico preferían una dictadura a la democracia. No saben lo que quieren.

Lo que está en curso es redemocratizar el país, además de una sanación honda de las heridas que han dejado demasiadas injusticias. Para que la nueva institucionalidad dure lo más posible, se requerirá hacer propios los valores fundamentales de la democracia y en esto la escuela tiene la primera responsabilidad. Se podría esperar que lo hiciera la familia. Pero esta en Chile es demasiado precaria. El 74.6% de los niños nace fuera del matrimonio.

¿Qué hacen hoy las escuelas a este propósito? La ley 20,911 de 2016 establece que todos los establecimientos educacionales deben impartir cursos de educación ciudadana. Unos establecimientos la imparten en los cursos de Historia, otras crean cursos optativos, talvez en algunas partes no se haga nada. Mal. ¿Qué hacen los profesores? Hay cuatro asuntos que me parecen fundamentales: ejercitar a los alumnos en argumentar, en practicar la toma decisiones en común, en caer en la cuenta de la dignidad de cada persona y en aprender a honrar la palabra.

La argumentación exige desarrollar un amor por la verdad. Los niños y niñas habituarse en buscar la verdad y encontrarla mediante el diálogo. La argumentación requiere, por lo mismo, llegar a poseer una posición propia, saber fundamentarla y defenderla. La verdad que demanda una convivencia política es una construcción colectiva. ¿No podrían los profesores ensayar con sus alumnos la redacción de la constitución del 2022? ¿La de su mismo colegio? Hablo de un juego evidentemente.

Es clave, por lo mismo, educar para impedir que unos le impongan a otros, aun por votación, sus modos de ver las cosas. En democracia todos sin exclusión merecen respecto de su dignidad. Si todos la merecen, todos la deben reconocer en los demás. Se mancilla la dignidad con odios, cancelaciones, bullying, insultos, funas y atropellos de los adversarios. Vi un día en una marcha por la Alameda a un papá instando a su hijo de unos diez años a que le sacara la madre a los carabineros. El niño se turbó. No volvió a ser el mismo. Seguro.

Por último, habrá que enseñar a honrar la palabra. Dice la constituyente Elisa Loncón: “con la palabra se puede construir la historia”. Con la palabra, creen los mapuche y los cristianos, Dios creó el mundo. La República muchas veces ha dado la palabra a los mapuche y no les ha cumplido. La Convención Constitucional será un auténtico parlamento en el que se parle y se escojan las palabras que amarren una nueva convivencia política.

Debo algunas ideas de esta columna a una conversación con alumnas y alumnos de tercero medio del liceo Juana Ross de Valparaíso, en su curso “Argumentación y participación en democracia”. Agradezco su corrección a mi sobrino Pedro, estudiante de segundo medio del Colegio San Ignacio en Santiago.

Voceros no, intérpretes sí

Hace un par de semanas atrás, en un programa televisivo, una periodista preguntó a Natalia Henríquez, de la Lista del Pueblo, cómo se veía tras ser elegida a la Convención Constitucional. Natalia, con humildad, contó su vértigo por habérsele dado el mayor de los poderes políticos. Sabiéndose parte de los 155, dijo: “Vamos a tener que hacer algo muy responsable con esto que está sucediendo para que suceda bien…”. Me conmovió. Su actitud es la de una intérprete de un país y no la de una vocera de la gente que la eligió ni la de su propia lista.

La vocería es un servicio muy respetable, nada fácil de desempeñar. Exige reproducir exactamente lo que la autoridad superior, sea personal o colectiva, le encargue. A los voceros se pide habilidad para entender el problema en cuestión y comunicarlo a otros con máxima fidelidad y convicción. El vocero debe defender a su representado a rajatabla. No debe movérsele un músculo si le preguntan algo como ser: “y usted qué piensa”.

Pienso que nuestros representantes en la Convención Constitucional debieran ser intérpretes y no voceros. Su misión es ser interpres populi y no hacer de niños de los mandados de ninguna de las listas del último plebiscito, de los partidos, de los empresarios o de las iglesias. De nada.

La actitud de Natalia hace de brújula. Ella se sabe intérprete del pueblo chileno en su conjunto, de ricos y pobres, de jóvenes y viejos, de mujeres y varones. Ella y los demás constituyentes son nuestros representantes, “nuestros”. En ellos, independientemente de su origen político o de sus causas, hemos puesta nuestra esperanza. Necesitamos que desempeñen su misión como auscultadores de un sentir y un pensar ciudadanos, de reclamaciones plurales, de tal modo que los capítulos, artículos e incisos del nuevo texto faciliten una convivencia nacional justa y pacífica.

El intérprete es un creador. Es un pequeño dios. Nadie le puede pedir cuentas de lo que solo puede realizar con suma libertad. Debe responder por su trabajo al país entero, pero del ejercicio por sí y ante sí de la facultad que se le ha dado para pensar, para dialogar, para informarse debidamente y para fundamentar. Nuestros representantes no debieran entrar a las dependencias de edificio del congreso mirando al suelo o hacia los lados, sino con la frente ligeramente en alto, pero no demasiado, no tanto como para creerse iluminados que no tengan que recurrir a la voz experta de los economistas, educadores, sociólogos, ingenieros, filósofos, los constitucionalistas y los demás científicos que se van a requerir. No importa que no conozcan la mayoría de los temas. Hoy, menos que nunca, alguien sabe de todo. Si nuestros representantes ignoran, que aprendan lo más que puedan. Pero la dignidad del cargo estriba en obedecer solo a su conciencia.

Este será el penúltimo paso. El último consistirá en que cada representante acepte el resultado del plebiscito de salida, aunque el texto de la nueva constitución no le guste mucho. La obediencia en conciencia le exigirá honrar las reglas del juego democrático. Pues lo que está en ciernes es la creación de una institucionalidad que exprese y custodie la toma de conciencia colectiva del país que queremos.

Cristianos en la Convención constituyente

Muchos tienen pesadillas. El mío fue un sueño. Soñé que Jesús subía al cerro Ñielol, en Temuco, y comenzaba a llamar constituyentes.

“Felices las matronas, porque ustedes ayudarán a parir gente nueva”.

“Felices los buzos, porque nos contarán qué maravillas hay en los fondos marinos y dirán cómo defenderlas”.

“Felices las trabajadoras sociales, porque yo tengo una hermana que es trabajadora social y me consta que ellas reparan gente destartalada”.

“Felices los actores, porque al Padre Eterno le gusta mucho el teatro”.

“Felices las diseñadoras, porque mi madre con los años se ha puesto pretenciosa y quiere un vestido nuevo”.

“Felices los ajedrecistas, porque el país necesitará nuevos estrategas”.

“Felices las dentistas, porque los discípulos del Reino de los cielos tienen las muelas picadas”.

“Felices los mecánicos, las parvularias, los contadores, las machi y los empresarios, sí, también los empresarios, porque ninguna, ninguno puede ser vetado, porque cada cual cuenta y tiene mucho que aportar”.

“Bienaventurados ustedes cuando los miren en menos, les pidan cartones universitarios, títulos de dominio, informes del Dicom, pasaportes verdes, papel de antecedentes, visas a prueba de inmigrantes, ojos azules y colmillos blancos. Felices, porque así persiguieron a los profetas y a las madres de los profetas”.

No bromeo. Sí, pero no. El triunfo de los independientes con y sin apellido en las elecciones de los días 15 y 16 de mayo es magnífico, tiene un talante evangélico indesmentible. Es esta una oportunidad única para resetear a Chile de acuerdo a las bienaventuranzas de Jesús.

Pero, cuidado. La intolerancia religiosa en tiempos apocalípticos acecha tanto como los populismos. ¿Bastarán las bienaventuranzas? Así como así, no. Si inspirados en ellas los cristianos se sienten eximidos de articular fe y razón, serán un estorbo. Para los cristianos la fe y razón cohabitan una en la otra. No hay fe que pueda ser irracional, ni la razón que pueda cerrarse a las convicciones trascendentes. Pues también los demás seres humanos están a la altura de sí mismos cuando, en aras de una convivencia con sus congéneres, articulan sus convicciones más profundas con las ideas, palabras y acciones que las hacen operativas.

Por lo mismo, los cristianos deben tener muy en cuenta que quienes no son cristianos pueden argumentar mejor que ellos. Nuestro cristianismo, por cierto, ha sido de baja ley. “¿Es Chile un país católico”?, titulaba Hurtado uno de sus libros para picanear a la oligarquía, gran responsable de la pobreza y la desigualdad de los años cuarenta. Hoy, gracias Dios, salimos de la cristiandad. No queremos un país católico, preferimos uno pluralista y plurinacional. Uno en el que las distintas tradiciones culturales, religiosas y filosóficas converjan y dialoguen en pos de la justicia y de la paz.

La Constituyente será ocasión para que los cristianos, y para que todos, ensayen modos de relación respetuosos, afectuosos. Será una oportunidad para que se oigan las voces de los expertos en derecho constitucional, en economía, en educación y otras ciencias, en vez de doblegarse ante los gritones y las lloronas, ante los funeros que los esperarán a la salida de las sesiones para insultarlos, y se preste oídos especialmente a los latidos de los más humildes de nuestros representantes. Estos mismos modos de relación entre personas muy distintas y nuevos métodos para tomar decisiones entre ellas, debieran proyectarse y plasmarse en una nueva normativa constitucional.

Si se me permite hacer mis peticiones personales, quiero una institucionalidad más democrática, más ágil, más operativa. No me asusta que en las aulas haya discusiones subidas de tono. Es seguro que las habrá. La cosa no será fácil. Nadie puede asegurar que este mega experimento de civilidad vaya a resultar. Espero, en todo caso, que haya también peticiones de perdón y perdón. Me gustaría que la constitución de 2022 favorezca la creación de partidos nuevos, pues sin partidos no hay democracia. Creo que urge revisar la función del Estado. ¿No podría constituirse en un agente económico entre otros agentes, los privados ciertamente? Bien parece que, además de garantizar derechos sociales, el Estado tendría que ofrecer a la empresa privada un vigoroso respaldo jurídico, además de otros estímulos, para que genere mayor prosperidad.

Anoche, en sueños, se me apareció de nuevo Jesús y me dijo: “no andamos lejos del Reino de los cielos”. Le acompañaba María, su madre, y Chopito su gato, las funámbulas de la plaza Brasil, poetas de cunetas, el joven Zamudio, víctimas de feminicidios, el tony Caluga, un obispo desorientado, Lautaro y el enano Buonanotte. Los sueños son así, son raros los sueños.

Vamos ganando, no hay que aflojar

Salió del aula de votación. “Listo”, me dijo. “Que gane su candidato”, le respondí. “Que gane el país, mejor”, me dijo. Era un inmigrante peruano avecindado en Chile. Me emocioné.

Este domingo, muy temprano, me llegó un video. Quilapayún y muchas otras personas cantaban, sonreían y auguraban el triunfo de una Nueva Constitución. De pavimento cultural ponían a nuestros poetas: Neruda, la Violeta, Nicanor, la Mistral, el aristócrata Huidobro y, entre ellos, a Eduardo Carrasco, poeta de cuneta como tantos de nosotros los Carrasco.

¿Presintieron los participantes en este video lo que ocurriría con las votaciones de este fin de semana? No sé. Algo hay de común entre una cosa y otra que no logro precisar.

¿Qué está en juego con la Constituyente? Hago una apuesta. Apuesto en favor del amor político que nos une como país. La unidad está en peligro. Es cierto. Pero sería más peligroso que la unidad fuera mantenida a la fuerza y de una vez para siempre. Los tiempos cambian. Las formas que nos reúnen deben cambiar.

Es verdad que el país se parece a esas carretelas de los feriantes que acumulan cajones sobre cajones a una altura increíble, se cimbran y nadie entiende cómo un ser humano puede cargar con tanto peso. De la revuelta social hasta ahora hemos avanzado. No podemos desfallecer. El que afloja pierde.

El asunto en cuestión es algo nuevo. Comenzó con la decisión de incluir a los pueblos originarios y exigir paridad para las mujeres en la Convención Constituyente. Este mero hecho indica en la mejor de las direcciones: somos miles, quizás millones, quienes queremos una unidad en la pluralidad o, dicho en términos dinámicos, una diversidad que aspire a una integración sin exclusiones. Este puede ser un nuevo nombre para el amor. Hasta ahora hemos tenido una unidad nacional que no podemos despreciar tan fácilmente. Las unidades políticas –y muchas otras- son siempre un poco o muy forzadas. La Constitución del 2022 también lo será en más de algo, es inevitable. El caso es que cambiaremos la constitución actual.

Está claro que no todos queremos lo mismo. Nuestra democracia formal siempre ha carecido de suficiente humus democrático. La defensa de los privilegios sociales de la oligarquía ha sido una tenaz enemiga. También lo han sido las fuerzas extremistas, y desde hace un tiempo las anárquicas, que desconocen el valor de la tradición.

En adelante los peores enemigos del proceso en curso seguirán siendo las fuerzas tradicionalistas de derecha e izquierda que no capten la ventaja de una organización política nueva de la convivencia, y pujen por mantener las cláusulas de la constitución del ochenta tal cual o por barrer todos sus artículos. No saben que la tradición y el tradicionalismo son antónimos. Pues una cosa es traspasar el país a las siguientes generaciones, entregárselos, hacer tradición del mismo, y otra el tradicionalismo de no querer cambiar por miedo o por intereses inconfesables. Un país fiel a su tradición se cultiva a sí mismo mediante interpretaciones incesantes de su genio histórico. La mirada tradicionalista, por el contrario, no ve las diferencias, la irrupción de lo desconocido, y avanza con marcha atrás.

¿Ganamos en las elecciones? Unos sí, otros no. Lo que importa es que ganó el país. Falta mucho todavía, es cierto. Será necesario esforzarse. Possunt quia posse videntur, decían los antiguos: “pueden, porque les parece que pueden”. Lo sé por experiencia. Años atrás vi cruzar la Alameda y entrar por Cienfuegos, mi calle, a dos hombres empujando una carretela con enorme esfuerzo. Uno empujaba desde atrás y daba las instrucciones. El que lo hacía desde adelante, a pies pelados y con el fierro del carro en el pecho, era ciego. Sí, ciego. No veía, pero él y su compañero sabían dónde querían llegar.

Me gustaría que se hiciera una pequeña innovación en la Constitución del 2022. En uno de los incisos pudiera reconocerse tres cupos en el nuevo Parlamento. Uno para una peruana, uno para Quilapayún y uno para una feriante. No es una propuesta paritaria-paritaria, pero señala por dónde seguir.

La fuerza política de la alegría

“Nuestra alegría es la alegría de la gente que viene a buscar su almuerzo”, me decía una mujer que servía en una olla común. No quiero sacarme estas palabras de la cabeza. Me orientan. Esa y las demás mujeres que han levantado ollas, se alzan cada día con la ilusión de dar de comer a los hambrientos. La alegría de poder amar más, las moviliza. Ellas edifican la polis calladamente.

El canto “La alegría ya viene” derrotó a la franja televisiva del SÍ años atrás. Entonces la importancia política de la alegría fue enorme. La campaña aterradora del gobierno de Augusto Pinochet no pudo contra el sueño de un país libre y celoso de los derechos humanos. Esa no era una alegría muy pura. Ninguna lo es del todo. Hubo enemigos del régimen que le refregaron en la cara el fracaso a los perdedores.

Tenemos por delante la Convención constitucional. Será inevitable que, votación tras votación, sus integrantes no gocen con los triunfos sobre sus adversarios. Ojalá no se rían de ellos. Así podrán facilitar que el último día, cuando hayan terminado las sesiones y entreguen su trabajo a la deliberación de la ciudadanía, la alegría embargue al pleno de los convocados. En el plebiscito de salida todos debiéramos declararnos ganadores. ¿No podemos ya imaginar que ese día lo celebremos con un asado y sin mascarillas?

La Convención constituyente será animada por diversos espíritus, en pugna unos con otros. Espero que el primer día de labores los constituyentes se persignen en nombre de la alegría e invoquen su poder para todas las sesiones. Me gustaría que prime en nuestros representantes una alegría superior, una que meses después nos haga sonreír a unos y a otros.

A los constituyentes les podemos pedir que escruten la esperanza de los oprimidos: pueblos originarios y mujeres, sin olvidar a quienes fuera del aula no tendrán representantes. A ellos y ellas les pediría que en cuenta las palabras de Jesús: “alégrense, porque de los oprimidos es el reino de los cielos”. No debiera haber celebración alguna si las legítimas aspiraciones políticas de los últimos no son consideradas en primer lugar. Por esta puerta podrá entrar la clase empresarial, sin la cual el país no irá muy lejos, y los ricos por qué no.

La contribución de quienes estaremos fuera del aula será igualmente importante. Los demás por parejo tendremos la obligación de generar buena onda. Es de esperar que entre los constituyentes y nosotros fluya una conversación inteligente. Nada podrá ser peor que a nuestros representantes se les suba la cerveza a la cabeza, se crean poseídos por el Espíritu Santo y prescindan del sentir y del pensar de sus representados.

De los medios de comunicación esperamos mucho. Ellos, en una sociedad regida por una democracia representativa, tienen la tarea de mediar esta conversación política. Si no lo hacen ellos, lo harán las redes sociales. Ojo. No hay democracia sin prensa libre y de calidad. Es deseable que nuestro periodismo esté a la altura. Que en vez de dar mucha cámara y micrófonos a personajes nefastos, lo den a la gente capaz de defender sus ideas. Necesitamos argumentos. Las amenazas, las groserías, los ninguneos, los espectáculos, los ataques ad personam no aportan absolutamente nada.

La educación tendrá una oportunidad única para engendrar ciudadanos. Los padres y apoderados bien pudieran entusiasmar a los niños con lo que ocurrirá. El país necesita una cultura democrática. Sin demócratas, no hay democracia. La escuela también tendrá su hora. Dificulto que haya un mejor momento para educar a los alumnos en el valor del pensamiento, del propio y del ajeno, y de los sentimientos que impulsan a los demás, pues así se aprende a no atropellarlos.

A la Constituyente no puede pedírsele que solucione todos los problemas que se le han acumulado a Chile. La mayoría de estos quedarán en tabla para la legislatura ordinaria. Ella, y nosotros, tendremos la oportunidad de alegrarnos de constituir un laboratorio de civilidad y ensayar una autopoesis política, diría talvez el biólogo Humberto Maturana.