Archive for Jorge Costadoat

Virtudes cristosóficas. Iluminar

Explicación de la virtud

La palabra iluminar tiene que ver con luz. La luz, a la vez, se relaciona con alumbrar, con dar a luz, con los luceros, con luminarias, con luciérnaga y con ilustrar. La oscuridad, por el contrario, tiene que ver con la noche, con lo oculto, con lugares donde no es posible ver, con la confusión y la ignorancia. Por comparación decimos que hay personas que iluminan en el camino a las demás.
En el Nuevo Testamento se nos afirma que Jesús dijo “Yo soy la luz del mundo; el que
me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Y Jesús, a su vez, dice a sus discípulos que ellos son “la luz del mundo” (Mt 5, 14). Esto significa que si él ha venido a la tierra a mostrarnos a su Padre y a enseñarnos su voluntad, también los cristianos tienen que hacer lo mismo. Jesús, que compartió con sus discípulos y discípulas que su Dios es un Padre que ama sin límites, espera que quienes han creído en él iluminen también a los demás con su conocimiento de Dios.
¿Qué nos dice el texto evangélico?

Lectura: MT 5, 14-16

Dijo Jesús: «Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo».

Meditación

Tú, que crees en Jesús, eres la luz del mundo.
En ti hay oscuridad. Hay pecado. Hay también malhumores, rabietas, limitaciones, heridas, quejas. En pocas palabras: tienes aspectos oscuros que seguramente hacen que los demás huyan de ti o imiten lo peor tuyo. Cuando somos un mal ejemplo para los demás no les iluminamos el camino. Por el contrario, hacemos que se pierdan.
Jesús es la luz. Tú, que eres otro Cristo, alumbrarás a los demás si realizas obras parecidas a las de Jesús. ¿Qué acciones pueden ser estas? ¿A causa de qué buenas obras tus amigos y amigas alaban a Dios?

Virtudes cristosóficas. Ser hijos e hijas de Dios

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Virtudes cristosóficas. Conversión

Explicación de la virtud

Los profetas en los tiempos de Jesús eran hombres y mujeres elegidos por Dios para hablar en su nombre.
A través de ellos Dios llamaba al pueblo de Israel, su pueblo, a un cambio. Los cambios más importantes que Dios podía pedir a través de un profeta eran cambios de conducta. Pero, para que estos cambios fueran reales y no fingidos, debían ser primero cambios de corazón. En estos consiste la conversión. El mismo profeta debía ser una persona transformada por Dios por dentro. Debía actuar de acuerdo a lo que predicaba a los demás, pero sobre todo debía estar interiormente convencido del valor de la palabra de Dios.
Juan Bautista fue un profeta. Juan Bautista fue un profeta que preparó el camino a otro profeta: Jesús. El Bautista, como una persona que creía en Dios y vivía de acuerdo a su palabra, exigía una conversión a los israelitas de su época, es decir, una transformación que, comenzando en el corazón, debía traducirse en obras concretas.
Escuchemos la historia.

Lectura: Mt 3, 1-12

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?». «Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego ».

Meditación

Las personas son capaces de cambiar. Aprender exige cambiar. Las personas necesitan cambiar para aprender y, si no aprenden, repiten los errores. No avanzan. No crecen. Pueden quedarse en una etapa que no corresponde a los años que tienen. Por esto, si no es bueno pedir a un niño de cinco años que se comporte como uno de diez, no se puede aceptar que uno de diez se comporte como uno de cinco.
¿Cuáles son los cambios que te corresponden de acuerdo a tu edad? ¿De qué tienes que convertirte?
A las personas que aún son inconscientes no se les puede pedir conversión. No son capaces de reflexionar, de revisar sus actos y decir “me equivoqué”. Los niños pequeños cometen errores involuntarios. Pero las personas, cuando son normales, en algún momento de sus vidas desarrollan esta capacidad de decidir y decir “esto que hice no lo volveré a repetir”. Un niño o una niña sanas reflexionan: “no haré a otros lo que no quiero que hagan conmigo”.
¿Recuerdas cuáles son tus progresos en el camino a convertirte en adulto? ¿Tienes memoria de las veces que decidiste un paso que te hizo más grande o mejor de lo que eras?

Virtudes cristosóficas. La adoración

Explicación de la virtud

Adorar es reconocer que algo es Dios y que Dios requiere de las personas una entrega total. También los padres y madres dicen que adoran a sus hijos porque las quieren como se quiere a Dios. Pero la adoración puede ser algo negativo. Puede hacer mal. Hay gente que adora ídolos. Los ídolos son seres que se los trata como divinos sin serlo. Por ejemplo, a lo largo de la historia la humanidad ha adorado piedras, árboles, dinero o líderes humanos. Los ídolos son dioses falsos porque prometen ayuda, pero traicionan; parece que nos hacen mejores, pero se apoderan de nosotros, de nuestra libertad y terminan sometiéndonos. Nos trastornan, humillan y esclavizan.
Los reyes magos fueron unos sabios que venían de Oriente en busca del Dios verdadero. No sabían exactamente con qué se podían encontrar. La estrella que seguían les indicó que el verdadero Dios era Jesús: un niño pobre envuelto en pañales, frágil y necesitado de ayuda. Este Jesús no se parecía en nada a los ídolos. Los sabios de Oriente lo adoraron. Adoraron al Hijo de Dios hecho un ser humano que nace y crece como cualquier persona, pero una persona muy especial: en Jesús se hizo real el Dios creador del cielo y de la tierra.
Al rey Herodes le interesó saber sobre este niño porque pensó que podía ser un competidor. No quería que otro poder pudiera destronarlo.
La historia es la siguiente.

Lectura: Mt, 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo». Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea», –le respondieron. Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje». Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Meditación

Es bueno adorar, pero solo merece adoración el verdadero Dios. ¿Dónde se encuentra a Dios como para arrodillarse delante de él, reverenciarlo y amarlo?
Fíjate en las personas que se encuentran en una situación parecida a Jesús en el pesebre. Jesús en los brazos de María o de José representa a todos los pobres recién nacidos. ¿Sabes dónde y cómo nacen los pobres? Allí Dios se manifiesta.
Fíjate, además, en otras personas que son débiles, gente necesitada de ayuda, seres humanos indefensos. Ellos merecen tu máximo respeto. A través de ellos Dios tiene algo que decirte. Cuando adores a Jesús, recuérdalos ellos. Algo te pueden enseñar.

Los jesuitas tragan agua salada

Tragamos agua salada. Las acusaciones de abusos en el Colegio San Ignacio el Bosque, acusaciones por vejaciones de alumnos y acusaciones por impericia en el manejo de estas situaciones al más alto nivel, nos tienen a los jesuitas amargados.

¿Qué nos duele? Nuestros alumnos y exalumnos. Nos duele haberles hecho daño de una y de otra manera. Ellos son lo que más queremos. Nos hace sufrir, además, haber defraudado la confianza que muchas otras personas tienen en nosotros. ¿Con qué autoridad podremos a futuro continuar siendo educadores? Hoy por todas partes se ha atropellado tanto la dignidad de los demás que la palabra “autoridad” ha llegado a ser una mala palabra. Pero es un concepto clave. Sin autoridad un padre o una madre no pueden educar a un hijo. Una cosa es poder y otra autoridad. La autoridad es la ascendencia que una persona tiene sobre otras, ganada con su autenticidad y preparación, para “elevar” y “hacer crecer” (augere) a quienes dependen de ella. El autoritarismo, en cambio, es el abuso de un poder.

Las noticias a que me refiero están en los grandes medios y en las redes sociales. Todas las personas preocupadas por el tema, a estas alturas, están informadas de lo ocurrido. No me extiendo en informar a qué me refiero. Lo que se ha dicho ha sido para nosotros jesuitas humillante, no porque sean cosas falsas. No lo son. No lo son en lo fundamental, porque el río cuando baja con fuerza arrastra de todo y, en este caso, se dicen cosas inexactas, se hacen conclusiones arbitrarias, se dan por comprobadas hipótesis, etc. Lo humillante es el fenómeno en su conjunto. ¿Qué se puede decir en nuestra defensa? Cristián del Campo, nuestro Provincial, ha explicado lo que la Compañía de Jesús ha hecho a lo largo de años para proceder como jurídicamente corresponde y ha procurado ser honesto en reconocer lo que de culpa institucional tenemos. El lamento de las víctimas es más que razonable, las decisiones que los jesuitas han adoptado merecen atención. Igual así, lo ocurrido es humillante no porque hiere nuestro narcisismo –que lo hiera es lo de menos- sino porque perjudica gravemente la autoridad sin la cual es imposible cumplir nuestra tarea.

En materia de autoridad, es útil distinguir tres fuentes. A la Compañía de Jesús le da autoridad la extensa formación de su gente. Algunos son ordenados sacerdotes a los 12 o 15 años de formación. Suelen volver de las mejores universidades extranjeras con estudios de gran nivel. Antes de esto, han sin probados con experiencias en diversos apostolados: parroquias, colegios. Deben aprender a dar los ejercicios espirituales. Han pasado por tiempos de inserción en campos, hospitales, fábricas. Son personas competentes.

La segunda fuente de autoridad es la calidad moral de muchos de ellos. En general somos percibidos como personas auténticas, es decir, que respaldamos con nuestra integridad la enseñanza que impartimos. Creemos en esta, tratamos de vivirla, la comunicamos porque estamos convencidos que vale la pena. Si no tuviéramos buena fama esta enseñanza no sería creíble, pero lo es. Las personas nos creen. Tanto así como para que nuestros exalumnos la hayan hecho propia y por todas partes sean reconocidos como gente de bien, honrados y solidarios con el ser humano necesitado.

La tercera fuente de autoridad es más importante que tener buenos estudios, más que tener buena fama, es en gran medida invisible, pero es la principal. Nada nos da más autoridad que la experiencia de Dios que también los demás cristianos pueden hacer especialmente en las situaciones críticas de sus vidas. En los duros momentos que la Compañía está pasando, nos ayudará mucho a los jesuitas recordar a las personas que hemos procurado ayudar cuando sus vidas naufragan. Llegan a nosotros muchos, varios de estos exalumnos, cuando sus empresas han quebrado, cuando comienzan una nueva familia e insisten en parar una casa con las tablas que rescataron de la catástrofe que pudo acabar con ellos si no se hubieran puesto en las manos del Señor. Aquí estamos. El Señor los sacó adelante, nos sacará también a nosotros. Si los laicos que han sido purificados en la llamas del infierno vuelven de él para hablar de la vida con autoridad, los jesuitas, individuales o como cuerpo, hemos de hacer el mismo camino. Nada nos puede capacitar más para transmitir la fe a las nuevas generación que haber creído en Dios y haber sido salvados por él. San Ignacio tenía viva conciencia de que Cristo nació y murió “por mí”. Ignacio fue un pecador. Esta convicción, que debiera ser básica en los cristianos, ha llegado a serla efectivamente en mucha gente quebrada por la vida y que ha logrado recuperarse porque vivieron de su bautismo: fueron sumergidos en las aguas de la muerte, como Jesús, y emergieron de ellas con una calidad de vida que quieren compartir con los demás. Los jesuitas, que bautizamos tantos niños, tendremos ahora que extraer fuerza de nuestro propio bautismo, vivir de él y aprender de él si queremos volver enseñar con autoridad.

No es claro que individualmente o como Compañía, saldremos airosos de la experiencia en curso. Cuando las crisis arrecian, nadie sabe si se lo tragará el mal o tendrá la suerte de que lo bote la ola. Los jesuitas esperamos que nos bote la ola. La humillación es la madre de la humildad. Porque confiamos en Dios, esperamos recuperar la confianza perdida. Saldremos del mar gateando sobre la arena y tragando agua salada. Pero no lo haremos por sobrevivir simplemente, sino por amor a nuestros alumnos y exalumnos, y a tanta otra gente que participa con nosotros en comunidades, parroquias, o que acompañamos en ejercicios espirituales.

El Evangelio es para todos. Esta vez nos ha tocado a nosotros aprender en qué consiste.

El legado de Francisco en Chile. Publicado en www.settimananews.it

La visita de Francisco a Chile comenzó como una bocanada de aire fresco. Hasta ahora la Iglesia chilena ha encontrado poca inspiración de parte de sus obispos. Por el contrario, ella se ha convertido en una especie de Boston, Irlanda o Australia en América Latina. Los abusos sexuales del clero y su encubrimiento, han estremecido al país y, en particular, a los católicos. Los jóvenes han llegado a asociar indisolublemente la palabra “pedófilos” con los sacerdotes.

La visita del Papa con sus gestos y palabra sencillas, con su conexión honda con la realidad de las personas, con su acercamiento a los más pobres (mujeres encarceladas, mapuches y “descartados”), ha confirmado la convicción más profunda de la Iglesia latinoamericana. Esta es, que la Iglesia opta por los pobres porque Dios opta por ellos.

En la zona indígena mapuche, altamente conflictiva, hizo un llamado a la unidad del país. Por lo mismo, denunció los brotes de violencia que, hasta el momento, se han expresado en quemas de camiones, iglesias y algunos crímenes. Afirmó: “La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos”. Fue novedoso en condenar un tipo de violencia de la que se habla poco, pero que es la que está a la base del conflicto:

“En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, ¿y por qué? porque frustra la esperanza”.

Y, por supuesto, también condenó la violencia rebelde mencionada arriba.

A los migrantes –haitianos, colombianos, peruanos, venezolanos-, los animó tal como lo ha hecho en tantas otras partes:

“Estemos atentos a las nuevas formas de explotación que exponen a tantos hermanos a perder la alegría de la fiesta. Estemos atentos frente a la precarización del trabajo que destruye vidas y hogares. Estemos atentos a los que se aprovechan de la irregularidad de muchos inmigrantes porque no conocen el idioma o no tienen los papeles en «regla»”.

Ha salido al encuentro de los jóvenes con el lenguaje adecuado para darse a entender y para convocarlos a un compromiso cristiano. A ellos los llamó a hacerse cargo de su país. Los desafió a interpelar a la Iglesia. De un modo muy simpático les dio una receta para conectarse con Cristo. Les dio una contraseña que ellos debían instalar en sus teléfonos: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Esta fue una de las apelaciones más comunes de San Alberto Hurtado (+ 1952) a las personas de su generación, planteamiento que habrían de hacerse los cristianos en las circunstancias más diversas de sus vidas.

Por los lugares que pasó, reclamó a los católicos escuchar, mirar y pasar a la acción. Ha sido especialmente duro con el clericalismo.

“La falta de conciencia de que la misión es de toda la Iglesia y no del cura o del obispo limita el horizonte, y lo que es peor, coarta todas las iniciativas que el Espíritu puede estar impulsando en medio nuestro. Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que decimos. «El clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cf. Lumen gentium, 9-14) y no sólo a unos pocos elegidos e iluminados”.

A propósito de este problema, refiriéndose a los obispos, le hizo poner atención al tipo de formación que reciben los seminaristas:

“Los sacerdotes del mañana deben formarse mirando al mañana: su ministerio se desarrollará en un mundo secularizado y, por lo tanto, nos exige a nosotros pastores discernir cómo prepararlos para desarrollar su misión en este escenario concreto y no en nuestros «mundos o estados ideales». Una misión que se da en unidad fraternal con todo el Pueblo de Dios. Codo a codo, impulsando y estimulando al laicado en un clima de discernimiento y sinodalidad, dos características esenciales en el sacerdote del mañana. No al clericalismo y a mundos ideales que sólo entran en nuestros esquemas pero que no tocan la vida de nadie”.

A los religiosos y religiosas el Papa les dirigió una palabras de ánimo. La situación de la vida religiosa en Chile es muy preocupante. Las congregaciones religiosas femeninas prácticamente no tienen vocaciones. Las congregaciones de varones, por su parte, además de ver reducidos sus números, cargan con la sospecha de una homosexualidad mal asumida. Para todos los religiosos, el Papa tuvo palabras de ánimo:

“El reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, lejos de alejarnos de nuestro Señor nos permite volver a Jesús sabiendo que «Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece… Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual»[8]. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón”.

A los jesuitas les recordó la importancia del Concilio Vaticano II y la necesidad que tiene la Iglesia de aprender a discernir. Como los grandes concilios, el Vaticano II recién comienza a ser recibido, les dijo. Por otra parte, pidió que le ayuden a la Iglesia a aprender el arte de discernir.

Sus discursos y homilías, breves y profundos, merecerán una relectura y una meditación detenidas. Todavía es temprano para evaluarlos en toda su riqueza. Esto no obstante, la visita ha sido empañada por el tema “Barros”. Mons. Barros, nombrado, mantenido y reconfirmado como obispo de Osorno por Francisco en esta visita, captó la atención de los medios de comunicación más allá de lo esperado. Este obispo, al igual que los obispos Valenzuela (en Talca) y Kolkjatic (en Linares), formó parte del núcleo duro de la fraternidad de Fernando Karadima, sacerdote y guía espiritual de un grupo de seminaristas y sacerdotes de clase alta y conservadora, de los cuales abusó psicológica y sexualmente. Un grupo importante de laicos de Osorno se ha opuesto a su nombramiento desde el comienzo. Muchos otros católicos chilenos se han sumado a esta oposición. Para estos fue especialmente irritante que Barros, aun pudiendo ubicarse en un lugar discreto, asistiera a todas las actividades que pudo, exponiéndose a las preguntas de la prensa. ¿Pudo desempeñarse de esta forma sin la venia del Papa? El caso es que al irse Francisco de Chile deja una sensación de frustración enorme en muchos católicos chilenos

Esta situación ensancha el foso que existe en el Pueblo de Dios entre la jerarquía eclesiástica y el resto de los fieles. Entre ambos existe una incomunicación que la visita del Papa difícilmente habría podido superar. Dificulto que la sensación de orfandad y de distanciamiento entre los católicos chilenos y las autoridades de su Iglesia pueda subsanarse dentro de poco.

Es así que las primeras palabras de Francisco en Chile, “dolor y vergüenza” por las conductas de ministros de la Iglesia, el encuentro con algunas víctimas de los abusos del clero y de religiosos, con las cuales el Papa ha empatizado con el pueblo chileno, no sanarán la herida. Al mantener al obispo en su cargo, Francisco deja sin resolver un problema grave dentro de la Iglesia chilena y también dentro de la conferencia episcopal.

El futuro del catolicismo “a la chilena” es una albur.

Futuro de la iglesia chilena

La visita del Papa Francisco ha dejado a la iglesia chilena en una grave crisis. No han sido sus últimas palabras de respaldo al obispo Barros la causa del estruendo y la estampida. Hace ya muchos años que los católicos no se sienten interpretados por sus pastores. La crisis en curso es una crisis de confianza. Los fieles no creen a las autoridades que debieran transmitirles el cristianismo. El Papa pide pruebas contra Barros. Los acusadores o el mismo Comité permanente del episcopado tendrán que hacer una acusación formal que permita deponer al obispo por carecer de “buena fama” (Código de derecho canónico 278, 2). Pero el problema es más profundo: jerarquía eclesiástica no parece entender que, desde el punto de vista del sentir común de los ciudadanos, se ha invertido el peso de la prueba. Los chilenos, en vez de confiar en ellos, han preferido creerle a las víctimas de los abusos sexuales, psicológicos y espirituales del clero.

¿Qué viene? No tengo ninguna idea precisa. No tengo tampoco autoridad moral para dar instrucciones a nadie. Pero como un bautizado entre otros, me siento urgido a hacer el bosquejo de la iglesia que espero.

Creo que la iglesia católica del futuro tendrá que escribirse con minúscula: iglesia y no Iglesia. En ella el eje horizontal debiera ser infinitamente más importante que el vertical. La iglesia horizontal existe. Es maravillosa. El problema es su invisibilidad. Hablo del cristiano común y corriente atento a su alrededor, pronto a ayudar a cualquiera. Me refiero a iniciativas privadas de beneficencia. Muchas fundaciones llevan un nombre cristiano. En ellas prima una mística de amor a la humanidad sin apellido. Tengo en mente comunidades de base en parroquias populares. Mi propia comunidad Enrique Alvear de Peñalolén. Pero también pienso en comunidades en sectores acomodados que se reúnen para entender sus pobres vidas a la luz de la palabra de Dios. ¿No pudieran generarse redes de reconocimiento y de contacto entre las organizaciones cristianas? ¿No tienen experiencias que compartir, bienes que poner en común y necesidad de hermandad en tiempos de feroz orfandad?

La iglesia católica en Chile, a mi parecer, debiera ser fundamentalmente una iglesia de hermanos y hermanas. No por nada los evangélicos se llaman así. Es hermoso verlos tratarse en estos términos. Fidelidad horizontal, perdón mutuo, amor horizontal, enseñanza horizontal, aprendizaje horizontal, gobierno horizontal, esto es lo que falta. Lo que urge es democracia, participación de la mujer, reconocimiento de la dignidad de los diferentes y disidencia. En la iglesia del futuro “los últimos debieran ser los primeros y los primeros los últimos” (Jesús). Una iglesia horizontal tendría que poder aprender de sí misma y, por lo mismo, gozar de la libertad suficiente para probar y equivocarse. Cada uno tendría que poder arreglárselas con el Evangelio a su manera. A los que no han podido sino sufrir en su vida, su dolor tendría que serles convalidado como el grito en la cruz de Jesús contra Dios.

Me han llegado varios avisos de personas dispuestas a dar un paso fuera de la iglesia. Les digo cuidado. Se trata de una tradición de 2,000 años. No es cuestión de conservarla como joya de museo. Hoy, cuando el mundo experimenta una progresiva desorientación, se harán más necesarias las experiencias colectivas probadas de humanidad que nos digan más o menos por dónde seguir. (Los abuelos probablemente se volverán más necesarios que Google). Una iglesia con minúscula, la mera idea de una iglesia horizontal, no salen de la nada. Son inspiradas por una tradición cristiana milenaria que cree en la fraternidad entre los seres humanos. Lo que se necesitan son nuevas interpretaciones del cristianismo, mucho más creativas o mucho más proféticas que las que le ha tocado a nuestra generación. En las últimas décadas hemos debido padecer un catolicismo impuesto de arriba-abajo, y a raja tabla. La libertad, la alegría, el juego, la reconciliación y la apertura a las otras tradiciones de humanidad, filosóficas y religiosas, la conjugación del cristianismo con los seres humanos más diversos, puede, espero, que le devuelva a la iglesia la vitalidad que pierde como globo que se desinfla.

¿Qué espacio tendrán los obispos y el Papa en la iglesia del futuro? No logro verlo con claridad. Es evidente que la iglesia necesita orientaciones, mando y organización. Pero la estructuración de la única iglesia que podría continuar transmitiendo a Cristo, pienso, no podrá seguir siendo verticalista y clerical.

No estamos solos

La despedida del Papa en Chile, a muchos católicos, nos ha dejado helados. No sin algún fundamento podemos pensar que sus últimas palabras de defensa del obispo Barros han sido calculadas. El viaje ha sido programado en todos sus detalles. Francisco ha procurado no fallar un solo tiro.

Por cierto, sus discursos y homilías han sido magníficos. ¡Qué diferencia con el lenguaje eclesiástico modoso e intrascendente! Francisco ha ido al hueso. Se focalizó en los pobres. Tocó los temas difíciles, dijo cosas nuevas. Nos abrió el corazón. Lloró con las víctimas de los abusos sexuales de los ministros de la Iglesia por los cuales reconoció sentir “dolor y vergüenza”. Sin embargo, a muchos su visita nos ha dejado un sabor muy amargo.

Lo digo yo –se me perdone que hable de mí – que he escrito dos libros sobre el Papa, ayudando a la renovación de la Iglesia que él ha impulsado. No puedo juzgar intenciones. Me falta además mucha información como para formarme un juicio cabal de lo que sucede en el episcopado chileno. (Pero puedo imaginar que en la conferencia el desconcierto pueda ser mayor que el mío). Con los datos que tengo, especialmente después de conocer la carta del mismo Papa al Comité permanente sobre la intención de sacar de sus cargos a los tres obispos de Karadima (2015), concluyo que no entiendo nada.

Otros tan o más perplejos que yo me piden mi opinión. ¿Qué puedo decir? La perplejidad es parte de la vida. Ante ella no hay que desesperar. Las aguas están muy revueltas para ver con claridad y, más aún, para tomar decisiones. Es más, está tan agitado el mar que es casi seguro que nos equivocaremos si actuamos con prisa.

A quienes me preguntan les respondo como lo hago conmigo mismo. Tal vez esta tremenda frustración sea el principio de un futuro nuevo para la iglesia chilena. Se me cruza por la mente la idea de una Iglesia que espera menos del clero y muchos más de los bautizados y las bautizadas. Una de las taras del clericalismo que el mismo Francisco combate es su falta total de imaginación. Es pura estrategia. ¿Y si los muchos que rezamos “venga a nosotros tu reino” comenzáramos practicarlo antes que la nave zozobre?

El que para muchos puede constituir un viaje fracasado del Papa, puede convertirse en el comienzo de algo por fin mejor. Tal vez sea cosa de quererlo y de inventarlo. ¿No habrá llegado la hora de dejar de pedirle peras al olmo, de cesar de lloriquear y de actuar como si nos hubieran dejado completamente abandonados?

Más credibilidad, menos credulidad

La fe religiosa tiene que ver con la credibilidad humana. ¡Y con la credulidad sin más! La crisis en la transmisión de la fe cristiana en Chile se debe a ambas cosas.

En los últimos años el país ha experimentado una acelerada secularización. Este fenómeno tiene muchos aspectos. Uno de ellos, especialmente relevante a propósito de la crisis de la Iglesia católica, es la mayor ilustración de la población. La Ilustración es el acceso a la mayoría de edad. Los chilenos, más ilustrados, más leídos, más críticos que antes, son cada vez menos crédulos. No están dispuestos a que se le dé cualquier respuesta a sus preguntas. ¿Puede haber un catolicismo o cristianismo ilustrado? Por supuesto que sí. Son cristianos los muchos que en la actualidad no quieren comulgar con ruedas de carreta. Últimamente muchos también estiman que las autoridades de su iglesia no los representan. Estas, según ellos, no les dicen lo que realmente ha sucedido a propósito de los casos de abusos contra menores y personas vulnerables. Los obispos, los sacerdotes y los superiores religiosos tendremos que asumir que los fieles son menos crédulos que antes.

Por otra parte, la fe es cosa de credibilidad, de crédito, de confiabilidad, de personas dignas de fe, de testigos fiables. La Iglesia católica chilena experimenta una gran crisis de credibilidad en sus autoridades. Los fieles no confían en ellas. Así las cosas, si los mismos bautizados y bautizadas no llegaran a interesarse por transmitir su fe a sus hijos y nietos, si la pastoral de la Iglesia consistiera meramente en traspasar contenidos intelectuales e iniciaciones en ritos faltos de convicción creyente, millones de personas dejarán de creer en Cristo dentro de muy poco. La transmisión de la fe, la gran preocupación pastoral eclesial occidental, no se cumplirá en este rincón del planeta. A alguien esto le dará lo mismo. Otro opinará que es bueno que ocurra. Pienso lo contrario. Considero que es muy conveniente que, sea en el ámbito que sea, una generación le crea a la anterior y que esta crea, a su vez, que las nuevas generaciones pueden hacerlo todavía mejor. Lo que sí debe considerarse un logro, es el término de la credulidad. Una Iglesia infantil no da para más. Es cierto que la religión se expresa en metáforas, parábolas y mitos. Su lenguaje tiene mucho de ingenuo. Pero el cristianismo tiene pretensiones de hacerse cargo de la totalidad de la realidad. Si la Iglesia quiere tener una voz evangelizadora en el foro público no puede tratar como infantes ni a los suyos ni a los otros.

Espero que la venida del Papa contribuya a mejorar el cristianismo que tenemos. Un buen cristianismo es una contribución al país. Me parece.

Un papa jugando en cancha grande

En materia de fútbol, puede jugarse en los pasillos de un colegio, en la calle, baby, futbolito y en cancha grande, sobre pasto, cemento o maicillo. Es probable que el Papa Francisco tenga cicatrices en las rodillas. No tiene miedo de jugar la final que su equipo, la Iglesia, juega hoy en cancha grande.

Desde un punto de vista histórico, dos son los acontecimientos mayores: la catástrofe socio-ambiental y la posibilidad de que la Iglesia Católica deje de ser tan occidental.

Desde el surgimiento del homo sapiens hace 350,000 años nunca la humanidad, según parece, había corrido tanto riesgo de desaparecer. La peste negra en el siglo XIV diezmo en un tercio la población europea. Por entonces la sensación de extinción de la raza humana debió ser intensísima. Hoy las señales de un posible término total de la vida en el planeta son numerosas.

La respuesta de Francisco a este desafío global sin precedentes está contenida en Laudato si’. Esta encíclica social, en este contexto histórico, terminará constituyéndose sin duda en uno de los llamados evangélicos más importantes de la Iglesia en dos mil años. El Papa presta oídos, como lo haría Jesús, al “grito de los pobres y al grito de la Tierra”, convoca a los cristianos y a todos los seres humanos a una defensa de la creación, a una conversión cultural y a una reconfiguración de un tipo de desarrollo capitalista que nos están conduciendo a todos los seres vivos a la catástrofe. Su llamado es, en sentido estricto, apocalíptico: la esperanza de la superación del acabo mundi depende de una acción actual personal y política que interrumpa el curso de la historia. Justo cuando la humanidad, en la modernidad tardía, no cree en ningún gran relato, sale un papa precisamente con un tremendo relato que reclama, en nombre de Dios, el único “dueño de la tierra”, la re-construcción de una co-pertenencia que tenga sentido para todos sin exclusión.

Segundo gran asunto: para llegar a esta final de cancha grande, la Iglesia tendrá que ganar la semifinal. Su problema es que su versión occidental, la que predomina por doquier, se está agotando: en ella prima el catolicismo romano colonizador y los seminaristas, incluso en América Latina, son formados para perpetuarlo. Desde que el cristianismo el siglo II giró del judaísmo a la cultura dominante greco-latina-germánica, los pueblos con otras culturas, otras religiones, otros sistemas económicos y políticos, en su gran mayoría, han debido padecer a una religión que les ha sido impuesta por la fuerza de los poderes occidentales. Las diversas poblaciones nativas de América Latina –los mapuche particularmente en Chile-, las culturas africanas y asiáticas y las naciones en las que la Iglesia ha pretendido llegar con la cruz, han sido crucificados por Occidente con la complicidad ideológica de la religión que el emperador Teodosio el 380 hizo suya como el único credo del imperio y el único verdadero. Es cierto que desde los inicios de la conquista americana se dieron resistencias notables de cristianos contra los abusos y genocidios que se cometían: Valdivia en Chile y Las Casas en Chiapas. También es verdad los pueblos originarios algo han podido hacer para apropiar el cristianismo en sus propias categorías culturales. Pero estos logros, miradas las cosas en serio, son insuficientes.

El catolicismo chileno, exactamente igual que el catolicismo de los demás países latinoamericanos, del de Asia y del de África, funge de factor de dominación cultural europea que impide el acceso a la mayoría de edad a los cristianismos regionales. Tenemos un cristianismo infantil: niños los curas, niños los laicos. Los católicos chilenos hemos recibido los sacramentos impartidos en símbolos que poco tienen que ver con nuestra cultura. Además, hemos sido regidos por autoridades eclesiásticas nombradas por la Corona española y últimamente por una monarquía absoluta papolátrica parecida a la de Carlos III y Luis XIV.

En este contexto la elección de Jorge Bergoglio, argentino, el primer papa no europeo, representa un segundo giro gigante en la historia de la Iglesia. Un papa latinoamericano, que empuja a la Iglesia a salir de su ensimismamiento, que quiere que ella llegue y arraigue en las periferias geográficas, culturales y existenciales; que hace suya la opción por los pobres, resumen de la recepción latinoamericana del concilio Vaticano II; y que dice ser “el obispo de Roma”, reconociendo así la igual dignidad de los obispos de las demás diócesis de la tierra, en suma, un papa como Francisco ha querido ser papa, representa una ruptura que, si se mantiene la tendencia, logrará meter a la Iglesia en una tercera etapa –después de sus principales versiones, la judía y la occidental- extraordinariamente novedosa.

Lo que está en juego, a propósito de cancha grande, y el Papa lo sabe, es el reconocimiento del valor de la propia experiencia latinoamericana de Dios y el surgimiento de una organización eclesiástica que dé riendas sueltas a la creatividad de los fieles y ella misma sea configurada por todos los bautizados y todas las bautizadas, sea en la elección de las autoridades, la formulación de su credo, de su moral, de su liturgia y de su derecho canónico.

El catolicismo europeo importado en América Latina, y en otras partes del mundo, tiene poco futuro. Creo que sí lo tiene, en cambio, un cristianismo más franciscano, más humilde, más libre, más creativo, más solidario, más democrático y culturalmente más plural. El papa Francisco encarna esta diferencia.