Archive for Jorge Costadoat

En los descuentos: consumir o compartir

El panorama es trágico. El calentamiento medioambiental pone al ser humano en peligro de extinción. Hay buenas razones para pensar que la COP 25 (Conferencia de las Partes para el Cambio Climático de las Naciones Unidas), llega tarde. Si esperamos que la calidad de vida de la humanidad mejore por parejo, mientras más seamos y más elevemos los estándares de bienestar, el calor retenido en la atmósfera sobrepasará con creces el aumento en 2 grados promedio, límite que permitiría hipotéticamente superar la catástrofe.

¿Qué hacer? El problema es de tal magnitud que no se puede pedir a la economía la solución. No queremos, por de pronto, que sean los economistas los que digan cuál es tal solución. Menos aún los economistas que han sido formados para perfeccionar el modelo de desarrollo culpable de la debacle. Pero, vistas las cosas desde el ángulo meramente económico, parece evidente que la humanidad llega a un callejón sin salida: consume y muere o no consume y muere también. Pues, el modo de organizar la economía que ha predominado hasta ahora –el modo que triunfó sobre los pueblos originarios en los que la propiedad privada no existió o fue subordinada a la colectiva- exige crecer para consumir y consumir para crecer.

¿Qué hacer? No es la primera vez que la humanidad se encuentra ante un acabo mundi. Pensemos en las pestes europeas que en algunos lugares mataron a las dos terceras partes de la población; en la disminución en 95% de la población del Caribe al cumplirse 50 años de la llegada de Colón; en los pueblos originarios de la Patagonia cazados como animales, hoy extinguidos. Pero esta es la primera vez que la humanidad como tal, ricos y despojados, enfrenta la posibilidad de ser devorada por el monstruo que ella misma creó. Inventó un dragón llamado capitalismo capaz de comerse la cola y todo lo demás.

¿Qué hacer? Pongámonos en el peor de los escenarios: la temperatura media del planeta aumenta sin parar, los témpanos se deshielan, las tierras bajan se anegan, las sequías en algunas zonas se hacen crónicas y, en otras, los ciclones arrasan con pueblos y plantíos; las poblaciones sobrevivientes migran despavoridas, revientan las fronteras y vuelven las guerras. Rota la armonía ecológica, el planeta fracasa por varios factores. ¿Qué podrá pedírsele, en este escenario, a los países, a los políticos o a la ONU? Se los culpará, ¿pero se conseguirá algo? ¿Qué, si ya no podrán hacer nada?

¿Qué hacer? Si, llegado el momento, y puede que este ya lo sea, de que el planeta no tenga futuro, queda una última posibilidad, la radical, no la política, la personal: decidir cómo morir. Es ya ahora que, nuevamente bajo el respecto económico, cabe consumir o compartir: “consumir menos y compartir más”. “No”, dirá uno de los economistas que poco les ha importado, por ejemplo, la suerte del pueblo mapuche. Los mapuche tienen otra cosmovisión, otra manera de concebir la propiedad. Nuestro economista explicará: “No se puede al mismo tiempo consumir y compartir, porque el consumo depende del crecimiento y el crecimiento del consumo”. Él apostará nuevamente por el consumo, alienado por el mito del progreso.

“Consumir menos y compartir más”, no es solución para el problema político global. Es una alternativa ética al nivel de lo personal y de lo interpersonal. Es, podría decirse, una elección por un estilo de vida sobrio y comunitarista. Es, incluso más, una cuestión de creencia. Nadie puede asegurar que el ser humano se realiza verdaderamente cuando solidariza con los demás. Unos lo creen, otros no. No se puede decir, por cierto, que es irracional compartir, pero tampoco puede se puede demostrar, antropológicamente hablando, que compartir sea en última instancia la razón del ser de la humanidad. Pero hay gente que cree que compartir tiene un valor eterno, que se saca el pan de la boca, lo parte y lo comparte. No hablo de imposibles. Esta gente existe, vive con menos y hace feliz a los demás.

Es muy difícil imaginar que esta convicción antropológica pueda constituir un principio de organización macroeconómico. Los sistemas son éticamente inimputables. Pero, además, la versión neoliberal del capitalismo que conocemos es hoy casi imposible de contrarrestar. Si este es el motor del progreso del mundo en que vivimos –no quiero asustar a nadie, pero las cifras está allí-, lo que tenemos delante es una muerte colectiva. Si esta muerte ha de ser también personal, lo único que quedará en pie serán aquellos que creen que compartir es más importante que consumir, y lo practiquen. Insisto: esta es una opción ética que depende de una concepción antropológica del ser humano. En lo inmediato, si los solidarios no salen ganando, es completamente seguro al menos que mejorarán la vida de su prójimo.

Oración por los humedales

Es para preocuparse. Los humedales de Chile están en peligro. Son miles. Pero, ¿porque son muchos podemos dejar morir algunos? La COP25 es una oportunidad para que el gobierno haga algo por salvarlos. Los humedales son verdaderos paraísos .

¿Qué es un humedal? “Los humedales son un tipo de ecosistemas donde el agua es el principal factor controlador del medio, definiendo su vegetación y fauna asociada. Esto incluye agua dulce y salada. Los humedales están entre los ecosistemas más productivos del mundo, es decir son máquinas de producción de vida. Sin embargo, existen en pequeñas porciones del planeta, por lo que su valor para plantas, animales y otros organismos, incluyendo al ser humano, es gigantesco” (cf. “Chile, país de humedales. 40mil reserva de vida”).

¿Cuál es el problema? Las inmobiliarias los están destruyendo. Camiones, retroexcavadoras, métale tierra, métale más. Haga cimientos. Cemento, más cemento. Como si los humedales fueran solo pantanos. No me refiero simplemente al caso de los adolescentes que con su motos a cuatro ruedas arrasan las docas, los totorales, rompen los huevos de los pilpilenes, desmoronan las dunas y aplastan a anfibios. Tampoco hablo de la basura. Algunos humedales se han convertido en chancheras. Plásticos, gomas, putrefacción. Hablo de los empresarios inconscientes. Del rico bárbaro y codicioso, distinto del rico que compra tierras para conservar la naturaleza.

En algunos lugares, nuevamente el pueblo mapuche peligra porque le quitan las aguas y quiebran los ecosistemas en los cuales por siglos ha desplegados sus vidas. La misma lógica mercantil, desarrollista y despiadada que extinguió a los changos y los selknam, menoscaba día a día la vida del mapuche.

Dios Todopoderoso y eterno, Creador del cielo y de la tierra: se alega contra la quema de camiones. ¿Es esta más violenta que invadir las tierras indefensas, secar los humedales y matar la vida que tanto te costó inventar?

Un humedal es un ecosistema acuático de una intensidad vital impresionante. Allí conviven múltiples especies. En el Tricao he registrado más de 60 especies de aves: zarapitos, pidenes, taguas de cresta amarilla, de cresta roja, pimpollos, siete colores, triles, huairavos, huairavillos, cisnes, garzas cuca, tantos pájaros de una belleza incomparable. En un tiempo hubo pejerreyes. Hay humedales clave para la migraciones de aves que van todos los años de un a otro hemisferio. Los RAMSAR. El Yali, por ejemplo. En los humedales conviven y viven unos con otros, unos de otros, insectos, mamíferos, aves, peces, especies vegetales, algas, y también olores, sonidos y colores. Son una preciosura. ¿Cuánta vida microscópica habrá en estos tesoros acuáticos? De allí vienen los seres vivos. La humanidad. Los humedales son los riñones de Chile: amortiguan los vendavales, conservan las aguas, absorben el dióxido de carbono y generan oxígeno.

Dios todopoderoso y eterno, Creador del cielo y de la tierra: ¿Cuántos siglos te tomó pensar en un coipo? ¿Cuánto te demoraste en crear un sapito de Darwin?

Hace poco el Senado revisó una ley para proteger estas maravillas de la naturaleza. Ahora le toca a la Cámara de Diputados. No hay legislación para proteger humedales. Su única defensa son algunos alcaldes buena onda que no aguantan presiones.

Dios todopoderoso y eterno, Creador del cielo y de la tierra, danos una mano. Si no lo haces, si los parlamentarios tampoco, daremos la pelea solos.

Hondura de la crisis en la Iglesia

La crisis de los abusos sexuales del clero y de su encubrimiento no tiene precedentes en la historia de la Iglesia y probablemente será recordada como la catástrofe mayor después de las Guerras de religión del siglo XVI, y quién sabe si después del mismo cisma de Lutero.

A semejanza de estos quiebres, la actual crisis abarca muchos aspectos: Hay víctimas que han sido creyentes que han dejado de creer o que, por el contrario, su misma fe las ha sacado adelante; hay perpetradores que han sido principalmente sacerdotes que han causado daños devastadores a mucha gente; hay una institución eclesiástica que, para defenderse de las acusaciones que se le hacen, ha hecho de todo para ocultar verdaderos crímenes y reacciona con enorme lentitud para abordar el problema con la seriedad que se requiere; hay también una sociedad estremecida que no quiere que nunca más el clero le hable de sexo y que difícilmente reconocerá autoridad a la jerarquía católica para que se refiera a otros temas. La crisis de la Iglesia, sin embargo, debe ser vista como un giro triste de cambios culturales extraordinariamente positivos para los vulnerables y, en particular, para los niños y las mujeres. Nuestra sociedad está en un proceso de “conversión” al prójimo que debe ser considerado como un importantísimo crecimiento en humanidad. Estamos ante una nueva explicitación de la convicción de la inviolabilidad de la persona humana.

Para entender esta mega-crisis, sin embargo, se requiere ir más lejos o ahondar en otros asuntos. Es esta, por cierto, una crisis de toda la Iglesia, es decir, de la institucionalidad y de las personas. La institución eclesiástica, desde hace ya siglos, ha tenido grandes dificultades para procesar los logros de la modernidad. Este, a mi parecer, es la causa principal de crisis eclesial actual. La misma Iglesia no ha hecho caso de su condena al fideísmo (Concilio Vaticano I, 1870), herejía que en términos populares puede identificársela con “la fe del carbonero”. La jerarquía no ha podido ni ha querido integrar fe y razón, fe y ciencia, y fe y cultura.

Tomemos dos ejemplos: La institucionalidad en la Iglesia es la de una monarquía absoluta al modo de las monarquías borbonas. La gobierna un papa elegido de por vida. Él mismo tiene la potestad de nombrar a todos los obispos del mundo y pedir cuenta de sus actos a 1.200 millones de católicos. La estructura institucional sabe poco de división, de repartición y de control de poderes, de trasparencias y de accountability. Me decía hace poco un campesino católico de la zona de San Fernando, perplejo ante el desempeño del clero: “No se hacen cargo de nada”.

El caso chileno es ilustrativo. Francisco reprende malamente a los osorninos por no aceptar el nombramiento del obispo Barros. Después pide perdón a las víctimas por sus palabras hirientes en Iquique. A reglón seguido, dada la gravedad de la situación y de los muchos problemas, Francisco llama a Roma a los 31 obispos de la Conferencia Episcopal, les pide la renuncia a todos por parejo y los devuelve al país completamente desautorizados. Los obispos partieron humillados y volvieron humillados. En la Catedral Francisco les había advertido contra el flagelo del “clericalismo”. Pero, ¿no le había pedido el Comité Permanente de los obispos al Papa que no nombrara a Barros?

Un segundo ejemplo es de orden doctrinal. El caso de la prohibición del uso de medios artificiales de anticoncepción hace 50 años atrás con la encíclica Humanae vitae (1968) es tan emblemático como la condena a Galileo. El estamento eclesiástico patriarcal y androcéntrico condenó a las mujeres a ir, en nombre de la fe católica, contra su razón y su sentido de la responsabilidad; a las católicas que no huyeron en estampida de la Iglesia, esta las invita a confesar regularmente el pecado de usar la “píldora”. Resultado: Hace mucho rato que a la institución eclesiástica no se le reconoce competencia para enseñar en materias de sexualidad, pero no parece darse cuenta. En su momento Pablo VI hizo un importante intento de diálogo con la modernidad. Formó comisiones para abordar el tema de la contracepción. En ellas participaron cardenales, obispos, curas, teólogos, pero también laicos y laicas, especialistas en temas de familia y demografía. El Papa, sin embargo, hizo caso al voto de minoría que reflejaba la opinión de los varones célibes, entre estos el muy influyente Juan Pablo II.

En nuestro caso chileno, entonces, ¿con qué autoridad los obispos han podido oponerse a la ley que permite el aborto en tres causales si ellos mismos, forzados por la encíclica, han debido enseñar a las madres que deben tener tantos hijos cuantos Dios quiera mandarles? Nuestra jerarquía eclesiástica -es ineludible recordarlo- se opuso a la ley de filiación de los niños nacidos fuera del matrimonio, a las directrices del MINEDUC sobre enseñanza sexual en las escuelas y colegios (JOCAS), a la ley de matrimonio civil que hace posible el divorcio, a la ley de acuerdo de vida en pareja y a la posibilidad de distribuir preservativos para impedir la propagación del SIDA. La doctrina de Humanae vitae, que restringe la legitimidad de los actos sexuales a aquellos abiertos a la procreación, como es de imaginar, tiene atado de pies y manos al mismo magisterio para decir una palabra orientadora a los jóvenes que conviven antes de casarse y a las personas homosexuales.

En estas circunstancias, ¿qué autoridad puede tener hoy un sacerdote célibe que ya no espera que valoren su voto de castidad?; ¿un sacerdote a quien la doctrina de la Iglesia no lo convence ni a él mismo?; ¿y que no ha sabido relacionarse con los laicos y las comunidades sino de un modo autoritario?

Esta Iglesia, en la que la institución eclesiástica no ha sabido discernir en el advenimiento de la modernidad un gran signo de los tiempos, se encuentra en graves problemas, precisamente por no haber dialogado con la modernidad, para discernir otros signos de los tiempos y sumarse a la acción de Dios en la historia. La jerarquía, y también los padres y madres de familia, agentes pastorales y catequistas, en este contexto tienen hoy una enorme dificultad para transmitir la fe a las siguientes generaciones.

Como resultado de esta grave desconexión de las autoridades eclesiásticas con la época, la Iglesia sufre una profunda incomunicación entre su dirigencia y los bautizados y bautizadas. A consecuencia de cambios culturales múltiples, impredecibles, globales y cada vez más acelerados, los católicos viven a dos velocidades: la de la cultura (s) actual y la de una tradición traicionada por el tradicionalismo de líderes representantes de un fideísmo institucionalizado. Los laicos, e incluso muchos sacerdotes, anhelan un catolicismo de adultos, diría Kant. Si la jerarquía eclesiástica no comienza a aprender del esfuerzo de los fieles por integrar fe y razón, si no basa su enseñanza en esta experiencia espiritual, lo mejor que pueden hacer los católicos es no hacerle caso. El fideísmo es un error que hace daño.

En adelante, los católicos todavía podrán avanzar solos con su fe y su sentido común. Pero ellos, y también los sacerdotes, han de reconocer que su cristianismo, a causa del anquilosamiento del catolicismo romano, no tiene entusiasmo ni convicción ni ideas ni persecuciones ni mártires. Así las cosas, ¿qué hará la Iglesia católica occidental y chilena para escrutar, tan debilitada como está, uno de los mayores signos de los tiempos en la historia de la humanidad? Esta enfrenta la posibilidad de desaparecer. El panorama del desastre ecológico es sobrecogedor. Hoy nada hace más necesaria a la Iglesia que el reto de la sobrevivencia de un planeta que, para los cristianos, es creación de Dios. Pero, ¿podrá la Iglesia reponerse y aceptar este desafío?

Me parece que son dos las condiciones que lo harían posible: Una, que termine de desplomarse esta figura de Iglesia monárquica impedida de procesar los cambios de la vida humana, regida por sacerdotes célibes incapaz de reformarse a sí misma, al menos a la velocidad que se requiere. Y, segunda, que nuevas generaciones de cristianos redescubran al Dios del Jesús que entendió que el poder es para servir, que enseñó que lo grande se encuentra en lo pequeño y que la fe auténtica cohabita con la razón.

Entre tanto, siempre es posible lo fundamental: vivir el Evangelio en el presente. Los cristianos pueden en estos momentos imaginar un mundo distinto y construirlo con un amor inteligente. De momento la pirámide eclesiástica les ayudará poco o nada. Peri esto no puede ser una excusa. Siempre es posible vivir sub specie aeternitatis. Que tampoco el panorama del cataclismo socio-ambiental puede impedirles amar con lucidez y esperar contra el peor de los pronósticos.

El feminismo católico incontrarrestable

El feminismo es una realidad en la Iglesia católica. En ella existe una teología feminista de gran calidad, aunque poco conocida y casi no tenida en cuenta. Pero, además, existe una reacción feminista católica sin precedentes en la historia del cristianismo.

Hay una callada, pero incontrarrestable, movilización feminista católica que, por una parte, hunde sus raíces en el auge de la autoconciencia de la dignidad de mujer en el siglo XX y en la lucha por convertir esta dignidad en derechos civiles y que, por otra, eclosionó con el rechazo de Humanae vitae, la encíclica que prohibió el uso de medios artificiales de control de la natalidad justo en 1968, en plena revolución sexual. Ningún católico, después de 50 años, puede decir que esta enseñanza oficial de la Iglesia haya sido aceptada o, en términos teológicos, “recibida” por los bautizados y bautizadas. Lo que talvez nadie sospechó en su momento, y quizás pocos estén de acuerdo conmigo ahora, es que este desacato masivo constituye el punto de quiebre con la versión sacerdotal (ministros concentrados en el sacrifico eucarístico), patriarcal (ministros llamados “padres”) y androcéntrica (ministros exclusivamente varones) del cristianismo. Pienso que lo que tiene lugar en la Iglesia hoy es una revolución de vastedad milenaria cuyo disparador principal es la liberación de la mujer.

La publicación de Humanae vitae, sin quererlo in recto Pablo VI, exasperó la relación de las mujeres con la Iglesia institucional. Frente a las posibilidades culturales y técnicas que les ofrecía la década de los 60, las mujeres resistieron la doctrina de una encíclica papal que les exigía tener todos los hijos que Dios pudiera mandarles; pero, además, en cuanto católicas, se vieron obligadas a confesar a un sacerdote los incumplimientos de una norma que, consideradas las cosas en conciencia, les parecía irracional. El conflicto interior para las mujeres fue desgarrador. Acatar la enseñanza papal les parecía una irresponsabilidad.

La encíclica tuvo dos efectos inmediatos en las mujeres. Primero, provocó una estampida. Muchas de ellas dejaron de ser católicas. Otras se quedaron en la Iglesia, pero no obedecieron más a un Magisterio y a unos sacerdotes que se empeñaban en hacerlo cumplir a raja tabla. En adelante las católicas, liberadas de cargar con 4, 6, 10 o más hijos, necesitadas de buscar los medios de subsistencia para su familia y motivadas en desplegar su ser mujer en plenitud han llegado a entrar, no sin tremendos sacrificios y “ninguneos”, en la vida social y política. En este proceso, unos curas, durante la práctica de la confesión, se convirtieron en fiscales de la observancia de la encíclica. Otros, en la misma confesión, fueron abiertos y daban permisos para “tomar la píldora”. Pero, ¿con qué derecho?

Por otra parte, pero en estrecha relación con lo anterior, la prohibición de la doctrina oficial de relaciones sexuales extramaritales y del uso de preservativos y anticonceptivos, ha dejado la Iglesia atada de pies y manos para ofrecer a los jóvenes y las personas homosexuales una palabra que oriente sus vidas. Hoy la Iglesia institucional reconoce que la homosexualidad no es una perversión sino una condición. Pero, entonces, piensan estas personas, ¿cómo Dios nos dio la condición y nos negó su ejercicio? Tampoco tiene hoy la Iglesia un discurso para acompañar a los jóvenes en los inicios de su vida sexual y sentimental. A muchos de estos les parece responsable vivir juntos antes de tomar una decisión de compromiso marital de por vida.

En este contexto, la explosión de los abusos sexuales del clero y su encubrimiento institucional han llevado las relaciones entre la dirigencia de la Iglesia y los fieles a una de las mayores crisis de la Iglesia Católica. ¿La mayor después de la Reforma protestante de Lutero? ¿Cómo se puede creer en la enseñanza de los representantes de la Iglesia si ellos mismos no son dignos de fe? El discurso de la periodista mexicana Valentina Alzraki al papa Francisco y a los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo en febrero, en que les llama la atención por los crímenes cometidos por los sacerdotes y por sus maneras turbias de encubrirlos, es un hito del “feminismo católico”. Al menos puede decirse que, en esta ocasión, es una mujer que pone las reglas del juego.

El feminismo católico, dicho en breve, por la irrupción de la mujer en la cultura, y por haber experimentado ella en sí misma un abuso eclesiástico de su conciencia moral y por haberle ella desobedecido a las autoridades ha terminado por crear una situación inédita. La jerarquía eclesiástica, a futuro, no debiera nunca más tratar de controlar a los fieles porque no se le hará caso.

Todavía más, el “triunfo” del feminismo católico ha puesto en evidencia la profunda incomunicación entre la jerarquía eclesiástica y los fieles, y retumba en todas las otras áreas de la vida de la Iglesia. Humanae vitae, en lo hondo de lo hondo, proviene de un alejamiento del clero de la vida corriente de la gente. Esta encíclica no constituye simplemente un “error no forzado”. Ella, una elaboración concienzuda de los papas Pablo VI y Juan Pablo II, respaldada a brazo partido por Benedicto XVII, responde a un modo de ver el mundo forjado en seminarios que han servido para romanizar y apartar a los jóvenes de la realidad en todos los aspectos de la vida en sociedad y de su propia vida afectivo-espiritual.

Lo que en la Iglesia Católica parece colapsar es un modo de ser Iglesia centrado en el sacerdote célibe. En la actualidad probablemente se desploma una Iglesia que, desde el año mil en adelante, fue estrechando cada vez más el concepto de la salvación cristiana hasta reducirlo a la satisfacción por el perdón de los pecados realizada mediante el sacrificio de Cristo en la cruz, acción actualizada por los sacerdotes en las eucaristías. A este respecto, la revolución feminista, sin duda junto a otros factores, ha minado la autoridad de la autoridades: en adelante será muy difícil ser sacerdote “sacro” (respecto de un mundo “profano”), “padre” (que sea obedecido acríticamente) y “varón” (que excluya a las mujeres de cualquier de los oficios sacramentales y de gobierno).

¿Cuál será la próxima figura histórica de la Iglesia Católica? Es imposible saberlo. Sí sabemos que la nueva Iglesia tendrá que discernir el más impresionante de los signos de los tiempos: la posibilidad de la desaparición de la especie humana en el planeta debida la catástrofe ecológica. Y que solo tendrá autoridad para hacerlo si se hace cargo de escrutar en ella misma las consecuencias del segundo de los mayores signos de los tiempos: la liberación de la mujer.

Un Cristo fantástico

Algo más se puede decir de la película “Una mujer fantástica”. El cine ayuda a redescubrir nuestra humanidad.

En el cristianismo –como no ocurre en los otros credos- existe la teoficción. Los cristianos creen que la historia tendrá un cumplimiento feliz en la medida que amen con el amor con que Dios los ama. Imaginar este destino les es posible, pero además necesario. Plantearse nuevas realizaciones humanas no es para ellos un divertimento, sino una obligación. La dignidad humana implícita en el Cristo crucificado es inagotable, siempre será posible liberar más víctimas, liberar su capacidad de perdonarnos y recrearnos.

Vamos al grano. Recurramos a la ficción.

¿Ha sido posible que un sirio del primer milenio intentara lo mismo que intentó Jesús? Un tal sirio perfectamente pudo pedir a un grupo de discípulos que confiaran en la Providencia divina que cuida de las aves del cielo y de las flores del campo. ¿Pudo una mujer de esa época hacer las mismas cosas que Jesús? Una mujer de entonces ha podido, por qué no, subir a la montaña y proclamar a los pobres que el Reino de Dios les pertenece. Pero habría sido raro. En ese tiempo las mujeres pertenecían a los varones, como los animales y las chacras. ¿Puede un gato amar como lo hizo “el hijo del hombre”? No, imposible. Por mucho que nos queramos con nuestras mascotas es imposible que ellas den y reciban amor al modo como lo necesita un ser humano darlo y recibirlo: con libertad e incondicionalidad, con un lenguaje, una corporalidad y un simbolismo que solo un corazón humano puede comprender.

Los cambios culturales plantean dos preguntas. Las comparto: ¿pudo una persona transexual amar con la misma entrega total con que lo hizo Jesús? Dificulto que haya alguien que pueda llegar tan lejos como Jesús. Pero, en línea de máxima, pienso que todos los seres humanos por parejo, incluidos por cierto las personas transexuales, debieran tratar de hacerlo. Es más, seguramente una persona transexual habría tenido mayor sensibilidad que yo, por ejemplo, para captar los infinitos matices de la realidad que, por lo menos a mí, se me escurren a cada rato. Una persona nacida varón con identidad sexual femenina ha podido, ciertamente, acoger a los enfermos, mirarlos con benevolencia, curar sus heridas. Lo mismo una persona nacida mujer con orientación sexual masculina. Me imagino a un transexual prestando oídos a los ninguneados. Una persona así ha podido también sacar a patadas a los mercaderes del Templo. Una persona transexual es, sin duda, capaz de dar y recibir cariño, al igual que otros que no carecen de nada para llegar a ser profundamente humanos. ¿Pudo Jesús elegir entre sus discípulos a una persona transexual? ¿Por qué no? Los criterios que Jesús tuvo para escoger a su gente son bien difíciles de entender. Pueden parecer disparatados. Lo más característico suyo, en todo caso, fue nunca excluir a nadie.

La otra pregunta es: ¿pudo Jesús ser un transexual? No lo fue. No nos enredemos. Fue un varón. Varón y célibe. El amor extremo pide a veces celibato. Pero, ¿pudo el Hijo de Dios encarnarse en un transexual y, en esta condición, convertirse en el centro de la fe cristiana? A mí parecer, el Hijo de Dios sí pudo encarnarse en una mujer porque la identidad sexual no impide comunicarse y amar humanamente, y esto es lo fundamental en la encarnación. Una mujer como María, pensamos los cristianos, no solo aquilató lo mejor de Dios sino que capacitó a Jesús para ser tan humano como solo Dios puede serlo. Y bien, por último: ¿se dan en una persona transexual las mismas condiciones de humanidad como para que Dios, con ella, ame a su creación y a su prójimo cómo Jesús llegó a amarlos?

El film “Una mujer fantástica” obliga a darle otra vuelta al misterio de Cristo. Por de pronto un cristiano tendría que poder hacerse estas preguntas sin miedo. Tendría que, aún más, abrirse a la posibilidad de que el arte le revele al Dios que nos sale al encuentro en los crucificados de hoy, ampliando su corazón y sus criterios. Esta película es “divina”. La prueba de su divinidad es su máxima humanidad. De Cristo no tenemos ningún otro tipo de prueba de ser Dios más que la de su extraordinaria humanidad (concilios de Calcedonia, Constantinopla II y III). Otras comprobaciones suelen ser heréticas y, por esto, nocivas.

En nuestra época, quien quiera asomarse al misterio del ser humano habrá de poner la atención en los crucificados de nuestra época. Estos, más que otros, facilitan el acceso al Cristo resucitado que tendrá compasión de nosotros y nos liberará de nuestros prejuicios.

¿Quién se hace cargo de Humanae vitae?

La llegada del Papa Francisco al pontificado ha tenido un impacto evangélico enorme. Sus palabras y gestos indican de un modo inequívoco en qué consiste el mensaje de Cristo. Como latinoamericano celebro que haya apernado al más alto nivel la “opción por los pobres”. Pero temo que dentro de poco Francisco no podrá ya enfrentar asuntos decisivos. Me detengo en uno solo,

Se cumplieron 50 años de la promulgación de Humane vitae, la encíclica que prohibió la contracepción, y no pasó nada. La institución eclesiástica no ha innovado en su doctrina sobre la sexualidad en un punto decisivo para enseñar con autoridad. ¿No pasó nada? Sí pasó: se ha hecho aún más profunda la incomunicación entre la jerarquía y los católicos. Pues, imperceptiblemente, la desautorización de la institución eclesiástica en materias de moral sexual es enorme. Hoy es total, o casi.

Los últimos cuatro papas –saquemos a Juan Pablo I- han mantenido una doctrina que nadie puede decir que haya sido recibida o aceptada por la Iglesia. Las informaciones previas al Sínodo sobre la familia (2015) indican que el 90 % de los católicos aproximadamente cree que se trata de una enseñanza equivocada. Algunos ni siquiera saben que existe y usan medios contraceptivos como quien toma decisiones responsables en su vida. En la actualidad los matrimonios no se complican con Humanae vitae. No por esto debe olvidarse tan rápidamente el daño que esta encíclica produjo en las católicas los años siguientes a 1968. Esta doctrina dinamitó la capacidad de las mujeres de decidir en conciencia cómo podían ellas, con, y a menudo sin sus maridos, hacerse cargo de los niños que habrían de educar. Muchas se fueron. Otras dejaron de confiar en el magisterio.

Humanae vitae, además de constituir un problema irresuelto –como bien opina Charles Curran en un artículo reciente (Theological Studies 79 (3) 2018)-, constituye el dique que impide a la jerarquía eclesiástica cambiar su enseñanza a propósito de otros temas de moral sexual. Si la encíclica prohíbe el uso de preservativos dentro del matrimonio y solo acepta actos sexuales abiertos a la procreación, ¿cómo pudiera orientar la vida de personas homosexuales, de los jóvenes que no toman la decisión de casarse antes de convivir, de gente que eventualmente puede trasmitir el Sida y otras situaciones? Hasta aquí ha sido pueril de parte de los obispos y sacerdotes dar autorizaciones ad casum o ad personam. Ellos se han atribuido a veces la responsabilidad de interpretar la encíclica o de saltársela simplemente, eximiendo a los católicos del deber que solo ellos tienen de discernir sus elecciones en conciencia.

¿Es posible que la Iglesia cambie su doctrina? Por supuesto que sí. Lo ha hecho. El Concilio Vaticano II innovó, por ejemplo, en materia de libertad religiosa. Desde entonces los católicos han favorecido la tolerancia en diversas partes del mundo, anunciando por doquier que Dios puede expresarse en las culturas y religiones más distintas, y que el cristianismo, en los hechos, no es mejor que ninguna de estas.

¿Por dónde comenzar? Primero, habría que desenterrar las obras de los moralistas que en su momento fueron sancionados. No se trata de rehabilitar sus nombres. Hicieron su trabajo intelectual por amor al ser humano y no por vanagloria. Segundo, habría que explicar –a creyentes y no creyentes- cómo entienden los cristianos que Dios continúe hablando en los acontecimientos históricos y cómo, esta comunicación histórica suya, debe ser formulada en términos culturales actuales.

La superación de Humanae vitae depende, ante todo, de que la institución eclesiástica aprenda de la Iglesia. De la Iglesia, y del común de los contemporáneos -aun de quienes no creen en Dios- que tratan de amar honesta y responsablemente.

llegada del Papa Francisco al pontificado ha tenido un impacto evangélico enorme. Sus palabras y gestos indican de un modo inequívoco en qué consiste el Evangelio. Como latinoamericano celebro que haya apernado al más alto nivel la opción por los pobres que ha caracterizado a nuestra Iglesia. Pero temo que dentro de poco Francisco no podrá ya enfrentar asuntos decisivos, pendientes de resolver en la Iglesia universal. Me detengo en uno solo

Se cumplieron 50 años de la promulgación de Humane vitae, la encíclica que prohibió la contracepción, y no pasó nada. La institución eclesiástica no ha innovado en su doctrina sobre la sexualidad en un punto decisivo para enseñar con autoridad. ¿No pasó nada? Sí pasó: se hizo aún más profunda la incomunicación entre la jerarquía y el pueblo de Dios. Pues, imperceptiblemente, la desautorización de la jerarquía en materias de moral sexual es enorme. Hoy es total, o casi.

Los últimos cuatro papas –saquemos a Juan Pablo I- han mantenido una doctrina que nadie puede decir que haya sido recibida o aceptada por el Pueblo de Dios. Las informaciones previas al Sínodo sobre la familia (2015) indican que el 90 % de los católicos aproximadamente cree que se trata de una enseñanza equivocada. Algunos ni siquiera saben que existe y usan medios contraceptivos como quien toma decisiones responsables en su vida. En la actualidad los matrimonios no se complican con Humanae vitae. No por esto debe olvidarse tan rápidamente el daño que esta encíclica produjo en las católicas los años siguientes a 1968. Esta doctrina dinamitó la capacidad de las mujeres de decidir en conciencia cómo podían ellas, con, y a menudo sin sus maridos, hacerse cargo de los niños que habrían de educar. Muchas se fueron. Otras dejaron de confiar en el magisterio.

Humanae vitae, además de constituir un problema irresuelto –como bien opina Charles Curran en un artículo reciente (Theological Studies 79 (3) 2018)-, constituye el dique que impide a la jerarquía eclesiástica cambiar su enseñanza a propósito de otros temas de moral sexual. Si la encíclica prohíbe el uso de preservativos dentro del matrimonio y solo acepta actos sexuales abiertos a la procreación, ¿cómo pudiera orientar la vida de personas homosexuales, de los jóvenes que no toman la decisión de casarse antes de convivir, de gente que eventualmente puede trasmitir el Sida y otras situaciones? Hasta aquí ha sido pueril de parte de los obispos y sacerdotes dar autorizaciones ad casum o ad personam. Ellos se han atribuido a veces la responsabilidad de interpretar la encíclica o de saltársela simplemente, eximiendo a los católicos del deber que solo ellos tienen de discernir sus elecciones en conciencia.

¿Es posible que la Iglesia cambie su doctrina? Por supuesto que sí. Lo ha hecho. El Concilio Vaticano II innovó, por ejemplo, en materia de libertad religiosa. Desde entonces la Iglesia ha tomado iniciativas de tolerancia en diversas partes del mundo, anunciando por doquier que Dios puede expresarse en las culturas y religiones más distintas, y que el cristianismo, en los hechos, no es mejor que ninguna. Los tiempos cambian y la doctrina debe ajustarse a las nuevas culturas pues, de lo contrario, no habrá cómo anunciarles el Evangelio.

¿Por dónde comenzar? Primero, habría que desenterrar las obras de los moralistas que en su momento fueron sancionados. No se trata de rehabilitar sus nombres. Hicieron su trabajo intelectual por amor a la Iglesia y no por vanagloria. Segundo, habría que encontrar en la teología de los signos de los tiempos el fundamento teórico para entender que la revelación es histórica, lo cual obliga a escuchar el habla de Dios en los nuevos acontecimientos, especialmente en la experiencia de los católicos que asumen seriamente su vida afectivo-sexual. La superación de Humanae vitae depende, ante todo, de que la institución eclesiástica aprenda de la Iglesia.

Los rebeldes renacen en Navidad

Jesús es un descubrimiento de personas que, antes y después de su muerte, siguieron a este judío notable y que, en los años sucesivos, lucharon por un mundo distinto convencidos de que su líder había resucitado. Estas personas, digámoslo así, reconocieron en un pesebre al Cristo que de algún modo esperaban. Los pastores, gente menospreciada en esa época, intuyeron que algún día Dios les haría justicia. Miraron al cielo para que se les indicara el lugar donde habrían de arrodillarse. Reconocieron en un niño pobre al Hijo de Dios. Se arrodillaron y lo besaron.

Estos días la Iglesia, antigua dos mil años, se arrodilla ante el mismo niño, pero en circunstancias completamente nuevas. Jesús renace. Como entonces, nuevamente habrá de reconocérselo. Unos podrán, otros no. Unos harán de pastores, de reyes magos, de María y de José, y otros posiblemente de herodianos.

Este año 2018 ha sido un año turbulento. ¿Dónde renace el Cristo que puede renovar a los cristianos tanto como a los que no lo son? La institucionalidad eclesiástica ha crujido en una Iglesia que se rebela. Los católicos no tolerarán los atropellos clericales. Junto a las víctimas, claman justicia por abusos sexuales, psicológicos y espirituales, sucesivamente encubiertos. Llegó para las personas abusadas la hora de la verdad y la justicia. Nunca debieron padecer los vejámenes con que fueron denigradas. Los católicos, y los chilenos en general, han crecido en humanidad y siguen humanizándose en tanto aguzan sus sentidos para cuidar a los inocentes y a las personas inermes, y van generando leyes, protocolos y conductas que los custodien.

Este mismo año, en Chile y otras partes del mundo, se han dado brotes de rebelión femenina/feminista que auguran otros progresos en los modos de tratarnos. ¿Cómo no va a ser un renacimiento que haya mujeres que se estén atreviendo a repudiar prácticas y normativas que las humillan o marginan por el solo hecho de ser mujeres? En la medida que esta rebelión cuaje en una cultura más incluyente e integradora los varones también mejoraremos.

Estos últimos meses, a casi 500 años de la conquista de la Araucanía, el pueblo mapuche resiste. Cristo renace. Los mapuche aguantan con una tenacidad centenaria la invasión occidental, chilena, religiosa, narco, estatal, forestal y progresista. El que afloja, pierde. Si nuestros hermanos mapuche mantienen alta la bandera del cultrún, el país llegará a entender que su cultura puede enriquecernos de un modo insospechado. Su rebelión contra las múltiples violencias que los aquejan, es asumida como propia por muchos chilenos.

¿Quién se arrodilla esta Navidad ante el pesebre?

Si Jesús renace, unos se inclinarán y otros no. Los papeles son los mismos. Pero Cristo no se repite. No se puede venerar al judío del siglo I y desconocer al Cristo del siglo XXI.

Araucanía sin forestales, ahora

La forestales son un gravísimo problema. No son el único problema. Pero si el gobierno no saca las forestales de la Araucanía, las soluciones a las otras muchas injusticias padecidas por los mapuche con la asistencia del Estado chileno pueden ser parches inútiles para un sangramiento de casi 500 años.

Las forestales no son el único problema: en los sectores pehuenches son las hidroeléctricas y las geotérmicas; en la costa, la industria pesquera y salmonera; en el lado argentino, el fracking con las petroleras.

Violeta Parra: “Chile limita al centro de la injusticia”.

No soy un experto en el tema. Pero de cuanto he podido preguntar, averiguar y estudiar, veo que en la Araucanía colisionan dos cosmovisiones antagónicas. El mapuche se sabe uno con la tierra y su entorno. Su mundo le pertenece y él pertenece a su mundo. Un único cosmos es dividido, repartido y compartido por seres que sintonizan, viven y mueren unos con otros. La violencia en él es una realidad e incluso una necesidad pero que, a fin de cuentas, beneficia a todas sus creaturas. El mapuche extrae de la naturaleza lo indispensable para vivir. No necesita acumular. El pueblo mapuche es pacífico mientras no quieran hacerlo esclavo. Aspira a una armonía social y cósmica.

La cosmovisión occidental de los chilenos, en cambio, es muy distinta. Es predominantemente moderna. El chileno, mezcla de muchas cosas, en la medida que representa en el territorio a la cultura de Occidente, desde el siglo XIX en adelante, ha despojado al pueblo mapuche de sus tierras con malas artes. No son la avaricia y la voracidad sin medida características de la modernidad, pero estas plagas se alimentan de la visión cartesiana del mundo de acuerdo a la cual la naturaleza es “res extensa” a disposición del ser humano, el dueño del universo. Hasta hace poco esta manera de ser humanos parecía la cúspide de la humanidad. Pero, desde que comenzamos a padecer la catástrofe ecológica en curso, el pueblo mapuche y tantos otros pueblos originarios en diversos lugares del planeta que también ha debido sufrir usurpaciones y genocidios nos enseñan otras maneras de convivir, no completamente exentas de barbarie, pero en muchos aspectos más sabias que las occidentales.

Del conflicto cerrado entre estas dos cosmovisiones resulta que, lo que Chile ofrece como desarrollo, el Movimiento mapuche lo percibe como invasión. El Pueblo mapuche quiere desarrollo, pero aprecia la lucha de los sectores más extremos en defensa de su dignidad originaria.

El caso es que durante el régimen militar las forestales invadieron el cosmos mapuche. Entraron en su territorio con una violencia que la oligarquía nacional no pudo advertir porque tuvo, y tiene, otra visión de mundo. Arrasaron con las plantaciones nativas, rajaron las tierras, metieron pinos, álamos y eucaliptos. No repararon en la cantidad de insectos, de aves y de mamíferos que murieron por su culpa. La industria de la madera se apoderó de las aguas. Secó las napas. Contaminó. Entraron y salieron de la Araucanía, metieron plata y sacaron más plata, y hoy se quejan de falta de protección a sus camiones.

¿Camilo Catrillanca? Otro asesinato.

El Plan Araucanía del gobierno promete a los mapuche reconocimiento como pueblo. Bien. Promete algún tipo de cuota para la participación política en las cámaras. Bien. ¿No podría mejor ofrecer alguna manera de reconocimiento político colectivo? El Plan promueve una serie de avances que deben ser valorados como pasos adelante. La motivación profunda es la búsqueda de la paz. ¿Es esta una motivación honesta? Me llama la atención este texto: “Es imperioso enfrentar en todas sus facetas la situación de La Araucanía y especialmente la del pueblo mapuche, buscando soluciones basadas en el diálogo, la reparación, el reconocimiento, el progreso y el respeto al Estado de Derecho”.

Pero el Plan no menciona entre las facetas a las forestales. Ni una sola vez en todo el documento se habla de ellas. ¿Por qué no? Sigue: “Ello no obsta a exigir que todo proceso de diálogo, tenga como prerrequisito una renuncia explícita a la violencia de todas las partes involucradas”. Pregunto: la invasión de las forestales, ¿tendría también que cesar para que el diálogo comience?

El Plan busca la paz. Excelente. Pero si el gobierno no hace nada por sacar las forestales del Wallmapu (territorio mapuche), habrá buenas razones para pensar que el Plan no es otra cosa que una versión rediviva de la Pacificación de la Araucanía comandada por Cornelio Saavedra con pólvora y sables, una acción política y militar salvaje, e indesmentible.

“Arauco tiene una pena”. Y las forestales, ¿pudieran tener alguna? No se puede excluir que estas planifiquen una retirada voluntaria de un territorio que no les pertenece. Bueno sería que el gobierno colabore en esta tarea, que la agencie, además de retirar las tropas.

Arauco tiene más de una pena y muchos chilenos, que no somos mapuche, también. Habremos de lamentar, por lo mismo, que el uso de la violencia para conseguir los propios objetivos, mecanismo reempleado por la industria maderera desde hace 40 años, salte del campo a la ciudad. Está sucediendo. No debiera continuar. La paz en la Araucanía, la armonía cósmica que los occidentales comenzamos a anhelar, requiere que las forestales cesen una ocupación que ha comenzado a hacer pasar los ánimos del amarillo al rojo.

Suicidio eclesial

El uso de la palabra Iglesia está llevando a los católicos al suicidio. La institución eclesiástica, principalmente los obispos, pero también los curas, cuando hablamos de la Iglesia lo hacemos para referirnos a nosotros mismos. Los laicos, por su parte, embisten contra “la Iglesia” cuando critican a la jerarquía eclesiástica. Pero la Iglesia son los bautizados y bautizadas, los cristianos en general, incluidos quienes pertenecen a otras iglesias. No puede decirse que el cristianismo esté en crisis de la misma manera que lo está la institución eclesiástica.

Parte importante del problema que vive hoy la Iglesia católica es haber olvidado la jerarquía católica su misión de servicio a la humanidad. Lo recordó el Papa a los obispos chilenos. Dejaron de ser profetas, les dijo, se pusieron al centro cuando el centro siempre ha debido ser el Cristo que ama a los que nadie ama. Pero lo que no se ve -precisamente porque suele ser callado y humilde como el cristianismo auténtico- son las innumerables organizaciones e iniciativas de tantísimos católicos en favor de los ancianos, los niños sin hogar, los adictos, las embarazadas adolescentes, los presos hombres y mujeres, la educación gratuita de los más pobres, los enfermos de todo tipo, los migrantes, la gente cuyo hogar es la calle y otras personas que sufren; son las comunidades cristianas en las que personas sencillas comparten sus vidas, comienzan a celebrar eucaristías de otras maneras y crean nuevos apostolados. ¿Quién pudiera decir que, a este respecto, la Iglesia es innecesaria? Si usáramos la ficción para imaginar un país sin cristianismo, nos quedaría un Chile ciertamente con muchos logros de generosidad, pero más triste.

El Papa Francisco sopla en esta dirección. Su opción preferencial por los pobres confirma la intuición mística de la Iglesia latinoamericana que, desde la conferencia episcopal de Medellín (1968), no cesa de proclamarla. “Cuanto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, proclamó años atrás Francisco, dejando claro por dónde iría. Por lo mismo algunos quieren defenestrarlo. Pero el Papa solamente inspira cambios. No los realiza. Ha debido reformar la curia romana que tiene asfixiadas a las iglesias de los diferentes continentes, pero a estas alturas parece que ya no lo hizo. Los esperados cambios estructurales no llegan. Ejemplo: se acaba de aprobar un documento titulado Veritatis gaudium que le da todavía más poder a la Congregación para la Educación Católica en la gestión de las facultades de teología. Mala noticia para la catolicidad de la teología: más miedo, menos creatividad.

¿Qué alternativa queda a los católicos, cristianos que vagan como zombis en busca de reconocimiento? ¿Cuánto más resistirán sin autoridades que representen la unidad de la Iglesia a la que pertenecen? Una institución eclesiástica a la altura de los tiempos puede tomar décadas en reconstituirse, ¿o siglos? Por de pronto, los católicos debieran usar con más cuidado la palabra Iglesia. Reservarla para aquella comunidad de comunidades con que Cristo quiso acoger a los desamparados. Y, sobre todo, usar menos tiros contra una institución anacrónica que se derrumbará sola y más tiros en combatir los abusos de poder, los crímenes sexuales se den donde se den, la discriminación de la mujer, la humillación de la dignidad humana y la catástrofe ecológica en curso.

San Romero de América

Romero 4El Papa canoniza a Mons. Óscar Arnulfo Romero. Francisco reivindica a la “Iglesia de los pobres”.

El obispo Romero ha sido llamado “San Romero de América”. La Iglesia de los pobres latinoamericana se adelantó a la Santa Sede, llamándolo así. Esta, sin embargo, no se ha hecho problema con esta anticipación. Se trata de un hombre grande. Gigante, porque evoca de un modo impactante a Jesús de Nazaret, el primero de los mártires cristianos.

Romero se convirtió al Dios de los pobres. La imagen de Dios de su bautismo y de su formación presbiteral cambió, adquirió nuevas características en la misma medida que el obispo se comprometió más y más con la suerte del pueblo salvadoreño. Lo trastocó el martirio de su amigo sacerdote Rutilio Grande. Lo transformó Puebla, la conferencia episcopal que formuló la “opción por los pobres”. Existía en Romero esa apertura espiritual a la realidad que solo se da en las personas que aman la verdad y están dispuestas a dejarse afectar por los acontecimientos históricos.

Romero fue un mártir de la fe cristiana en cuanto mártir de la justicia. Representó en carne propia a un pueblo mártir: pobres, campesinos, miles de oprimidos y asesinados en una sociedad salvadoreña tremendamente desigual e injusta. Impresiona que le hayan metido un balazo en el corazón justo cuando alzaba la hostia en la consagración eucarística. Más debiera impresionar un hombre que corrió el riesgo, en tiempos de extrema violencia, de ser la “voz de los que no tienen voz” y que haya “resucitado en la lucha de su pueblo” (cómo él mismo dijo que haría).

La Iglesia popular de América Latina ha “canonizado” a Romero antes de su canonización oficial, porque nadie la representa mejor. Con Óscar Romero se reivindica a las comunidades de base. Esta ha sido la Iglesia de la conferencia de Medellín (1968) y de Puebla (1979), de las conferencias episcopales que acompañaron a sus pueblos en tiempos de dictadura y de persecución; ha sido la Iglesia de las monjas de población, de los curas obreros y de los catequistas que apenas sabían leer y escribir; de las misas en las que la gente con la Biblia en las manos entendió la palabra de Dios a partir de su vida y viceversa; la Iglesia de las ollas comunes, de la canastas de ayuda fraterna y de los vía crucis de la solidaridad; la Iglesia de la Teología de la liberación, la única reflexión cristiana que ha tenido el coraje de hacerse cargo de la experiencia latinoamericana de Dios.

El Papa canoniza al representante latinoamericano de la Iglesia que él mismo quiere que sea “pobre y para los pobres”. Este ha sido el resultado final del proceso que Francisco comenzó con desbloquearlo. Pues hubo eclesiásticos, es lamentable, que bloquearon que su causa avanzara. Perdieron. Ganó la Iglesia.