Archive for Jorge Costadoat

Las universidades católicas a 50 años de la Reforma

A 50 años de las Reforma universitaria, algo más se puede esperar de las universidades católicas. Las miradas se centran en su autonomía (hacia afuera) y la libertad (hacia adentro). Este par de asuntos atañe a todo tipo de universidades. En las “católicas”, la cuestión tiene ribetes teológicos.

La razón de ser de las universidades católicas radica en Dios. Los cristianos creen que Dios “cree” en el ser humano. Esto es, que Dios confía que el ser humano puede sacar adelante la creación con su razón. Por lo mismo se puede decir: Dios “cree” en la universidad y celebra que los universitarios busquen libre y desinteresadamente una verdad que está implicada en Cristo, pero que nadie tiene cómo explicitar saltándose el escrutinio de los pares académicos o de los estudiantes sean cristianos o no.

Los problemas que a este respecto se plantean en las universidades católicas tienen que ver exactamente con la fe. Lo digo en dos sentidos. Primero, suele ocurrir que las autoridades eclesiásticas tienen mucho menos “fe” en el ser humano que la que Dios tiene en él. Esta carencia las lleva a tomar decisiones en la universidad que inhiben o claramente dañan la libertad que necesitan las facultades y los académicos para cumplir su misión. Esto es especialmente perturbador cuando en las universidades católicas se piensa que la fe de los universitarios en Dios es más importante que la fe de Dios en los universitarios. La piedad religiosa en los campus de estas universidades requiere ser observada con lupa, porque regularmente da pie a las confusiones más lamentables. Imaginar que por tener “fe religiosa” puede un universitario sacar ideas directamente de Dios como se hace de un cajero electrónico, constituye una suerte de “herejía”. El monofisismo es una herejía cristológica que, en términos contemporáneos, lleva a pensar que Jesús de Nazaret, por ser Hijo de Dios, fue eximido de la fatiga de la libertad, de pensar y de creer.

El asunto es complejo, en segundo lugar, porque la razón de ser de las universidades católicas es la inculturación del Evangelio. Si en una universidad católica la fe en Cristo no tuviera nada que aportar a la razón en su búsqueda de la verdad; si en ella los creyente pudieran acudir a las aulas en la mañana y a la iglesia por la tarde sin que ambas dimensiones de su vida no hicieran ningún contacto, la universidad incurriría en la herejía contraria: el nestorianismo. Esto es, que el Hijo de Dios y Jesús de Nazaret concurrirían en un mismo personaje, conservándose en él de algún modo incomunicadas las cualidades de uno y de otro.

¿Qué es inculturación del Evangelio? Es una apuesta. La Iglesia apuesta a que es posible articular fe y razón, fe y ciencia, fe y cultura en orden a configurar un mundo justo y fraterno. Es una apuesta, porque nadie tiene una receta para producir esta combinación de elementos heterogéneos. Solo se lo puede conseguir probando y equivocándose, haciéndose cargo del desgarro de la humanidad, luchando contra los poderes fácticos (empresas, grandes donantes, partidos, Estado) que desvían las energías intelectuales para alcanzar bienes particulares (no uni-versales). Las universidades se deben a la totalidad de la humanidad. Las universidades “católicas” (en griego, “universales”) lo mismo, por esta precisa razón.

La tarea de las autoridades eclesiásticas universitarias debiera consistir en proteger a las universidades de estos poderes. Es decir, defender su autonomía. Y, por otra parte, buscar la manera de poner en juego el cristianismo dentro de la universidad, con un respeto sagrado por la libertad de sus integrantes. Pues el cristianismo no es “la verdad”. Es una apuesta a que existe una verdad, Cristo, que solo se reconoce cuando nos hace profundamente humanos y hermanos entre todos.

La misión de un parlamentario católico

Un político católico debe obedecer a las autoridades de su Iglesia. Pero a veces esto no es fácil. ¿Qué es exactamente obedecer? No siempre será evidente al político católico que ellas tengan razón. Cualquiera sea el caso, es útil distinguir entre hacer propia la enseñanza de la Iglesia y obedecer a los pastores una instrucción de orden político. Hay temas en que la enseñanza eclesiástica no es clara para los laicos. Hay situaciones en que esta enseñanza sí es clara y, sin embargo, las decisiones políticas pueden ser plurales. Exigir los obispos a los laicos una misma acción política, exigírselo especialmente a los parlamentarios, no corresponde.

Los católicos debieran confiar en las autoridades de la Iglesia. No es esperable que los laicos estén igualmente preparados en todos los temas sobre los cuales su Iglesia tiene algo que decir. Es ya mucho lo que han de aprender para ganarse la vida y sacar adelante a su familia. Deben, en consecuencia, hacer fe en la enseñanza de sus pastores. Estos, por su parte, tienen por misión iluminar el camino de los fieles en virtud de una investigación de las fuentes de la revelación (la Biblia y la tradición, interpretadas por los “padres”, los papas, los teólogos y la experiencia creyente de los mismos cristianos), el auxilio de la filosofía y de las ciencias modernas, además de la atención a los “signos de los tiempos”, en todo lo cual los mismos laicos, sea por su preparación profesional, su sabiduría acumulada y su experiencia espiritual, aportan muchísimo. Esta misión se hace más difícil cuando las respuestas del pasado no vienen al caso de las preguntas del presente. Forjar una enseñanza nueva para tiempos nuevos, es una tarea que requiere mucho estudio y energía. Demanda un ingente trabajo colectivo y una disposición a buscar la verdad mucho más que a defenderla.

La Iglesia -todos los bautizados- enseña cuando aprende. Ella misma es ignorante sobre una enorme cantidad de materias que los tiempos aún no le han planteado. Las autoridades eclesiásticas no poseen “verdades” guardadas que sacar de un baúl cada vez que se presenta un problema. Tampoco tienen “recetas”. Ellas nunca pueden olvidar que la humanidad, y la Iglesia misma, avanza en la historia a tientas. Deben recordar, más bien, que la Iglesia ha perfeccionado muchas veces su enseñanza. El respeto de la libertad religiosa, por ejemplo, constituye un avance doctrinal del Vaticano II (Dignitatis humanae 2). El Concilio contradijo la intolerancia de Pío IX en esta materia (Syllabus III, 15). Este progreso es uno entre muchísimos otros.

Lo que vale para los cristianos en general, tiene particular importancia para los políticos católicos. Estos y las autoridades de la Iglesia, por lado y lado han de respetarse en el cumplimiento de sus funciones. Los políticos han de confiar por principio en la enseñanza de sus pastores. Estos, por su parte, deben reconocer autonomía al ámbito público y, sobre todo, respetar el recurso a la conciencia de los políticos cristianos. La persona de Estado “tiene el derecho de seguir, según su conciencia, la voluntad de Dios y de cumplir sus mandamientos sin impedimento alguno. Esta libertad, la libertad verdadera, la libertad digna de los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Ésta es la libertad que reivindicaron constantemente para sí los Apóstoles” (León XIII, 1888).

Es así que la Iglesia en Chile debe esperar, e incluso pedir, que los senadores católicos cumplan el juramento que hicieron al asumir su cargo. Dice el Reglamento del Senado: “¿Juráis o prometéis, guardar la Constitución Política del Estado; desempeñar fiel y lealmente el cargo que os ha confiado la Nación, consultar en el ejercicio de vuestras funciones sus verdaderos intereses según el dictamen de vuestra conciencia y guardar sigilo acerca de lo que se trate en sesiones secretas, y respetar y acatar las decisiones de la Comisión de Ética del Senado?”. Algo parecido vale para los diputados.

Si algunos dignatarios eclesiásticos no están de acuerdo con que un católico jure algo así, podrán recomendarles que cesen en su cargo. Arriesgan, eso sí, que el parlamentario invoque en su contra la enseñanza de la misma Iglesia.

Continúa el Reglamento: “El nuevo Senador responderá: ‘Sí, juro’, después de lo cual el Presidente agregará: ‘Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, El y la Patria os hagan cargo’”.

Si el congresal católico jura y luego en el desempeño de su cargo no cumple su juramento, “peca”. Será un “pecado”, en su caso, no obedecer a Dios que le habla en lo hondo de su conciencia. El senador/a o diputado/a deben iluminar su conciencia con la enseñanza que las autoridades de su Iglesia le hacen saber, pero ellos no han sido elegidos para obedecer a sus pastores ni para defender su credo, sino para tomar las mejores decisiones políticas posibles atendidas las circunstancias, las posibilidades y las personas en cuestión. Es esto, sobre todo, lo que Dios, y su Iglesia, pueden esperar de los parlamentarios católicos.

El Papa Francisco encontrará una Iglesia Católica en crisis

¿Por qué el Papa visitará Chile? Es difícil saberlo. Pero una visita suya puede ayudar a una Iglesia chilena en crisis. Francisco puede reanimarla. Puede potenciar su compromiso con los más pobres.

Cobra especial relevancia que el Papa acuda a Temuco, territorio mapuche, donde se encuentran los más pobres del país. Su pobreza no es casualidad. Los mapuche fueron desplazados a las peores tierras por los chilenos que se hicieron del sur a mitad del siglo XIX. En las últimas décadas volvieron a entrar en la Araucanía empresas forestales y de extracción minera sin respecto por la sensibilidad eco-social de un pueblo que vive en paz con los demás y con la naturaleza. Hoy la zona, además de víctima de un genocidio histórico, experimenta la resistencia violenta de grupos mapuche extremos. La Iglesia en aquellos lugares desarrolla un trabajo pastoral importante en favor de los mapuche.

También es relevante que el Papa vaya a Iquique. Allí tiene lugar la fiesta religiosa de La Tirana, una de las más populares del país. Una fiesta de gente pobre y profundamente católica. Iquique es hoy, además, una ciudad de muchos inmigrantes. Personas que vienen de otros países latinoamericanos en busca de mejores condiciones de vida. Sabemos que el Papa tiene una especial preocupación por los migrantes. La Iglesia chilena también la tiene y desarrolla diversos apostolados en su favor.

Por otra parte, los católicos se encuentran en una situación de gran desencanto. Muchos abandonan la Iglesia. Los católicos en los últimos veinte años han disminuido prácticamente en un 20 %. En la actualidad deben ser un 57 % de la población (Latinbarómetro).

¿Cuáles son las causas? Sin duda la principal es un tremendo cambio cultural parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, incluidas las que promueven los mejores valores de la humanidad. Este cambio se debe en gran medida a la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos que han de competir para “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En este contexto el catolicismo chileno, de antiguo falto de vigor, se ha debilitado. Las pertenencias comunitarias están en crisis. Menguan las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales, el recurso a los sacramentos y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Por otra parte, las ayudas internacionales se han reducido (clero, religiosos y religiosas) y las vocaciones han disminuido vertiginosamente.

¿Qué dirá el Papa a los católicos del 1% más rico que no tienen en qué más gastar su dinero mientras todavía hay gente que vive botada en las calles? ¿Mirará a los ojos a los católicos que acumulan el 0,1 % del patrimonio nacional, que compran de todo y a todos, que corrompen a la clase política y devengan pingües ganancias con sus favores?

La Iglesia chilena, por otra parte, ha sufrido como ninguna otra en América Latina el impacto de los escándalos de los abusos sexuales, psicológicos y espirituales del clero, y la falta de colaboración de las autoridades religiosas para hacer justicia a las víctimas. ¿Se reunirá Bergoglio con estas víctimas aunque sea solo para darles la mano? Es cierto que el Papa tendrá una agenda apretada. Pero podría priorizar un encuentro con ellas. También pudiera visitar las oficinas que han levantado las diócesis para acoger y atender los reclamos de justicia de personas abusadas. Ha habido aprendizajes importantes. Otras actividades de su agenda pueden caer.

Mi impresión es que los obispos y el mismo Papa no han caído suficientemente en la cuenta que lo laicos están estremecidos con estos escándalos. Los jóvenes no confían en el estamento eclesiástico. Las próximas generaciones exactamente por esta razón, no llegarán a creer en Dios. Se habrá cortado el testimonio del que depende la transmisión de la fe.

¿Qué dirá el mismo Francisco sobre la situación de la Iglesia de Osorno? Él nombró al obispo Barros a cargo de la diócesis y él lo ha mantenido a brazo partido. Rechazó el reclamo de los osorninos que no han querido tener como pastor a un hombre de Karadima. Haya sido Barros una víctima más, haya sido su colaborador, los católicos del lugar tienen perfecto derecho a reclamar (Nullus invitis detur episcopus, sostenía el Papa Celestino, “ningún obispo impuesto”). Por este reclamo el Papa ha tratado a la gente de Osorno de “tonta”. Debiera pedirle perdón. Urge, además, que encuentre una solución al problema creado. Los laicos están airados, los curas divididos y deprimidos, y los jóvenes no quieren recibir la confirmación del obispo Barros.

Los católicos chilenos necesitan ser reanimados. Pero no les bastarán consuelos pasajeros. La Iglesia chilena necesita curar su desconfianza. Si no hay reparaciones profundas, si los que tienen que dar un paso al lado no lo dan, la enfermedad le puede costar la evangelización. No se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia. De la confianza se llega a la fe, por medio del testimonio de la Iglesia se llega a Cristo.

Entrevista sobre el pluralismo religioso (autor: Roberto Bravo)

Impuesto Moral Cristiano

Chile está en peligro. En 2015 el 1 por ciento más rico del mundo llegó a tener el mismo patrimonio que el 99% del resto de la población (Credit Suisse Global Wealth). Los chilenos más ricos no trotan, galopan. Los multimillonarios aquí y en otras partes tienen cada vez más poder. El dinero consigue poder. El poder produce dinero.

Con plata se ha comprado a la clase política. Se dirá que los parlamentarios aceptaron financiamiento para su campaña, pero que no se beneficiaron en lo personal. Falso. El mero hecho de ser los diputados y senadores reelegidos, con tales platas, es una suerte de cohecho. Los empresarios que les dieron dinero, tarde o temprano les recordarán este favor y solicitarán algún tipo de compensación. La gente está aburrida de la falta de libre mercado. Unos pocos “grandes” acuerdan entre ellos, por ejemplo, los precios de los remedios y del papel higiénico, prometen seguros y cumplen apenas…. Para qué seguir. La población está airada.

También lo está en otras partes del mundo. En Túnez Mohamed Buazizi, un humilde vendedor de frutas se inmoló como reclamo por los sobornos que le pedía la policía. Las redes sociales viralizaron el hecho. Debido a las grandes desigualdades del norte de África, la chispa de la noticia incendió la región. El fuego llegó a Siria. Las protestas pacíficas por reformas políticas terminaron allí en varias guerras que nadie sabe cómo terminarlas.

La concentración de la riqueza en esta época en la que la identidad de las personas depende de su poder para comprar, es un peligro para las sociedades con aspiraciones de mayor desarrollo humano y para sus democracias. Ya genera frustración no adquirir todo lo que el marketing nos hace comprar. Muy pronto el dragón se morderá la cola. El día que se descubra que la desigualdad es una injusticia, la violencia se apoderará del estadio.

¿Por qué se acumula la riqueza entre tan pocos? ¿Por qué las consecuencias pueden ser fatales para el país? Por dos causas, al menos. Primera: los más ricos lo tienen todo para ser todavía más ricos. Son capaces de ganar cada vez más porque nacieron con un capital importante, estudiaron en los mejores colegios y universidades, crearon contactos y confianzas, se casaron entre ellos mismos y, por último, Dios nunca les falló. Segunda: el robo del capital al trabajo. Es cierto que la economía productiva genera trabajo y sin ella la sociedad involucionaría hasta destruirse. Pero la necesaria concentración del capital opera mediante sueldos de mercado, es decir, sueldos que para el dueño del capital –como otros costos de producción- deben ser lo más bajos para vencer a la competencia; así, se podrán, sobre todo, obtener las mayores ganancias posibles. La empresa privada funciona mediante la acumulación de capital. No puede ser de otra manera. Bien. Pero debe también reconocerse que los riesgos que corren los empresarios no son comparables con los sacrificios con que son sacrificados los asalariados. Peor aún es la economía financiera que genera burbujas que, cuando estallan, destruyen millones de empleos y exponen al planeta a recesiones que acaban en guerras. Los Estados, para evitar males mayores, “salvan” a los bancos y a los especuladores. Y la acumulación continúa.

¿Y los cristianos más ricos dónde están? ¿El católico “cota mil-mil” qué piensa?

Tal vez cree que las palabras de Jesús contra las riquezas no se aplican a él. No han oído, quizás, sus maldiciones: “Ay de ustedes, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo” (Lc 6, 24), les gritaba Jesús. ¿Les enseñaron sus padres algo de la Doctrina Social de la Iglesia? Tal vez no saben que la piedra angular de esta es El destino universal de los bienes, que la propiedad privada es un medio para su implementación, no un fin. El fin, en cambio, es que todas las personas que vienen a este mundo sean propietarias de la tierra. Los cristianos potentados, ¿han mirado a los ojos a uno de los miles de chilenos que viven en las calles de sus ciudades?

Propongo que los católicos pertenecientes al 1 por ciento más rico del país creen un Impuesto Moral Cristiano. No un impuesto legal. Los impuestos legales deben ser objeto de estudios cuidadosos de políticos y expertos. Su establecimiento es cuestión de justicia, pero no debieran desactivar la economía. Lo que sugiero es un impuesto voluntario de un 10 % al patrimonio anual (casas, propiedades, autos, acciones, etc.) de los más ricos. Los mismos católicos interesados en crear este impuesto podrían fundar una institución encargada de devolver a los chilenos una parte, siquiera una parte, de lo que les pertenece. Con este dinero, por ejemplo, se podría dar una justa pensión a las dueñas de casa.

Si las palabras de Jesús y de la Iglesia no les son una motivación suficiente, podrían servirles las de J. Stiglitz (Nobel de economía 2001): “Los miembros del 1 por ciento más rico poseen las mejores casas, los mejores colegios, los mejores médicos y las mejores formas de vida, pero hay una cosa que no parece que el dinero pueda comprar: saber que su suerte está unida a las condiciones de vida del 99 por ciento restante. Es algo que, a lo largo de toda la historia, el 1 por ciento ha acabado siempre por comprender. Pero demasiado tarde”.

Zaqueo creyó en Jesús, dio la mitad de sus bienes a los pobres y prometió a sus posibles defraudados el cuádruplo del perjuicio (Lc 19, 1-10).

Bienvenido el pluralismo religioso

Alguna vez se ha pensado que el avance de la modernidad traería aparejada la reducción de las religiones. Esto no se ha cumplido. La secularización europea no es la regla. Por todas partes del mundo se constata, no obstante el predominio de la racionalidad científica y técnica, el florecimiento del pluralismo religioso. Normalmente las religiones son fuerzas de paz, a no ser que los Estados u otros grupos de poder las utilicen con otros fines. El pluralismo religioso prospera especialmente de la mano de los migrantes que llevan sus creencias por doquier.

Chile es un país pobre en la materia. Faltan aquí judíos, musulmanes, budistas, hindúes y otras versiones de cristianismo como acervo de humanidad. El cristianismo ha nutrido a los chilenos de respeto por la dignidad humana, de amor al prójimo, de inquietud por la justicia social y el bien común, de esperanza y de capacidad de sobreponerse a las adversidades, y de sentido de agradecimiento por la vida. ¿Pero no podría el país enriquecerse aún más si acogiera otras tradiciones religiosas? Los inmigrantes haitianos han comenzado a celebrar sus eucaristías con tambores y cantos muy alegres. ¿Qué es de los coreanos? No sé. ¿Y de los chinos e indios? Tampoco sé. Los budistas son lamentablemente pocos. Los musulmanes también son pocos. Habrá que esperarlos con los brazos abiertos.

Desde un punto de vista teológico la apertura de los cristianos a descubrir la grandeza religiosa de la humanidad tiene fecha de comienzo. El concilio Vaticano II, de un modo impresionante, aseguró que Dios “salva” a los seres humanos por vías que la Iglesia puede desconocer. La Iglesia Católica, en consecuencia, no tiene el monopolio de la verdad. El mismo Vaticano II derribó el muro con los judíos. Hoy las relaciones interreligiosas entre ambos credos suman triunfos. Algo parecido ha ocurrido con las otras confesiones cristianas. El ecumenismo es casi obvio. Después de polémicas, e incluso de guerras entre ellos, los cristianos descubren que comparten lo fundamental. Por último, el Concilio terminó con las religiones estatales. Desde entonces las iglesias locales no debieran procurar de los Estados ningún tipo de privilegios. A partir del Vaticano II las jerarquías eclesiásticas han debido respetar la conciencia de los políticos católicos en el ejercicio de sus cargos.

La modernidad y sus modernizaciones sin duda han elevado las condiciones de vida de la humanidad. Han forjado también valores extraordinarios: la democracia y los derechos humanos. Pero, por otra parte, sobre todo a ancas del capitalismo, han devastado al mismo ser humano que pretende mejorar. La crisis socio-ambiental es una prueba palmaria de su fracaso. Hoy, por el contrario, se impone la convicción de que las religiones humanizan a un nivel muy profundo. No siempre. No en todos los casos. Ninguna de ellas debiera eximirse a priori del escrutinio público. Pero, en términos generales, las religiones, con sus ritos y sus mitos, expresan las necesidades más hondas de amor, de perdón, de purificación, de integración al cosmos, de oración, de agradecimiento, de justicia y de paz de las personas.

Esto así, me pregunto si en Chile no pudiéramos fomentar el mejor de los pluralismos religiosos. Se me ocurren dos ejemplos. ¿No sería posible innovar en el Te Deum? Todos los 18 de septiembre la Iglesia Católica da gracias a Dios por la patria. Últimamente esta oración ha incorporado, con expresiones de gran belleza, a otras denominaciones religiosas y culturales. ¿No podría un año hacerse esta misma ceremonia el día 19, en la catedral evangélica? Podría presidir las oraciones el pastor de Jotabeche. Lo mismo pudiera hacerse en el nuevo templo bahá’í que domina la ciudad desde los pies de la cordillera. El templo, de lejos, se ve hermoso. Los bahá’í procuran precisamente una amistad religiosa mundial. O llevar las ceremonias a Coquimbo. Allí se construyó una mezquita. Se dirá que bromeo. No. El Papa Francisco lo haría. Sería un gesto potente de voluntad de amor, de diálogo y de paz.

Otra propuesta. ¿Qué hace necesario que siga habiendo capellanes en el palacio de la Moneda? ¿No significa esto un trato privilegiado con una o dos religiones? Se trata de un cargo ya algo arcaico. ¿Es útil? No es inútil que haya un capellán castrense. El obispado católico presta un servicio a la enorme familia militar. ¿Pero por qué a una religión particular se le facilita este acceso y a las demás no?

Última propuesta, y con esto termino. Me parece que el Estado de Chile debiera actualizar su relación con las religiones. Sería muy conveniente que concentrara sus ayudas en favor de todas las religiones, que fomentara su desarrollo y el encuentro entre ellas, en vez de apoyar cargos y ritos que van perdiendo razón de ser, o que se han vuelto odiosos por su parcialidad. Esta sería la mejor expresión de la neutralidad que la República debe a sus ciudadanos.

Cambios que el Papa representa

El Papa Francisco es señal de grandes cambios. Algunos de estos, Francisco los ha comenzado, otros los desea, otros los deseamos nosotros. No sabemos si él también. Lo que nadie puede dudar es que el Papa agita las aguas adrede. Que los cambios que impulsa provoquen reacciones, no debiera extrañarnos. No son pequeños.

LOS CAMBIOS COMENZADOS

Francisco ha empezado cambios. El Papa pareciera querer dar un tranco adelante. La reforma de la Iglesia, según parece, le es aún más importante que la reforma de la Curia. Se dice que el cónclave de cardenales que lo eligió le pidió la reforma de esta. Todo indica que no imaginaron que comenzaría por lo más importante: procurar que la Iglesia vuelva al Evangelio.

“Una Iglesia pobre y para los pobres”

La frase “cuánto quisiera una Iglesia pobre y para los pobres” fue el pitazo inicial del partido que Francisco ha querido jugar. Mi opinión es que este constituye el motivo central de su pontificado. En la medida que Francisco ha querido gobernar la Iglesia con este motivo, ha debido enfrentar reacciones en contra de variada índole.

Francisco sorprendió a todos con sus primeros viajes fuera de Roma: Lampedusa, Albania… Fueron, sin duda, intencionales. A los latinoamericanos no nos sorprendió del todo que el Papa realizara estos gestos, pues son acordes de la “opción por los pobres” de la Iglesia de nuestro continente. El magisterio latinoamericano ha sido consistente en la proclamación de esta opción. Pero las palabras y gestos realizados por Francisco en esta línea han podido incomodar otros sectores de la Iglesia. En el mundo el neoliberalismo reina y la riqueza se acumula. La otra frase de Francisco: “esta economía mata”, ha podido servir para hacerse una idea clara de su manera de pensar. No todos los católicos están de acuerdo con él.

¿Qué hay en este giro hacia los pobres? Francisco ha re-puesto a la Iglesia en la vía del Evangelio. El primer papa latinoamericano, si algo tiene que aportar, es una compresión del Evangelio desde la periferia. Hace prácticamente 50 años la Iglesia latinoamericana, concretamente en Medellín (1968), se autocomprendió a sí misma como la Iglesia de un continente pobre y empobrecido. Hoy, con Francisco, la Iglesia de América Latina devuelve a Europa y comparte con el resto del mundo, el Evangelio que ella recibió de sus mayores.

Francisco pone a la Iglesia en camino a “las periferias existenciales”. A cada rato hace señales en la dirección de una opción por pobres y marginados. La otra expresión que dio vuelta al planeta fue: “quién soy yo para juzgar a un gay”. El puro uso de la palabra “gay” sonó a una aceptación de una realidad que la posición eclesiástica oficial no ha querido reconocer. El “no juzgarlos”, por otra parte, nos recordó al Jesús que pasó por Galilea escandalizando a los fariseos que se creían mejores y excluían a los demás.

En Amoris laetitia son muchas las indicaciones de lo mismo. No hay una familia ideal. Para Francisco, “hay un collage” de familias. El papa como papa tiene que tener una palabra de aliento para las familias y personas reales más que para las “ideales”. Estas, en realidad, no existen. Pero cuando la Iglesia juega en favor de esta hipótesis termina por excluir precisamente a aquellos que Jesús habría incluido e integrado. En Amoris laetitia hay un lugar para cada uno con su realidad familiar, con lo quedó de su familia, con su lucha por levantar un nuevo matrimonio y darle un hogar a niños regulares o irregulares.

Francisco ha hecho todo lo posible para que se dé la comunión a los divorciados vueltos a casar. ¿Quiénes no han querido? Figuras eclesiásticas y laicos muy parecidos a los fariseos que combatieron a Jesús. En contrario, merece un especial reconocimiento el coraje de los episcopados de Alemania y Malta que han explicado a sus fieles los alcances de la Exhortación apostólica.

Francisco ha puesto un grito en el cielo en favor de los migrantes. La Tierra es para todos. Nos recuerda la clave de bóveda de la enseñanza social de la Iglesia: el destino universal de los bienes. Un migrante es un ser humano al que se le niega un derecho fundamental. Se le niega y se le culpa de luchar por la vida propia y de sus hijos.

Este Papa, en fin, ha asumido el grito de los pobres y el grito de la Tierra, fenómenos dramáticos que tiene una sola causa: el capitalismo que se sirve de la tecno-ciencia. El planeta está al borde del abismo. La codicia y un sistema económico centrado en la búsqueda de la mayor ganancia posible, amenaza gravemente el futuro de la humanidad

Libertad de expresión

Otro cambio notable, pero talvez no suficientemente advertido y destacado, es la libertad para hablar y expresarse. Un Papa que habla en vez de leer, que da entrevistas, que a veces dice leseras como afirmar que la gente de Osorno “es tonta” porque rechaza al obispo que él mismo le ha impuesto, un Papa que, en suma, es capaz, por lo mismo, de decir “no soy infalible”, ha generado la posibilidad de que otros hagan lo mismo.

Hasta hace poco en la Iglesia la palabra estaba reservada para la autoridades y estas, las más, no hacían más que citar a los papas o salir del paso con respuestas alambicadas. Muchas veces hemos tenido la impresión de oír a obispos o sacerdotes que pareciera que, en realidad, no tienen nada que decir. Hemos vivido en silencio por muchos años. Miedo y silencio. Hemos tenido la impresión que nuestros propios obispos han vivido atemorizados y silenciados.

A decir verdad, esta situación persiste en buena medida. Es inevitable sospechar. ¿No será que las autoridades se están cuidando? Francisco es un hombre mayor… ¿Cuánto le queda? El efecto péndulo es conocido. Más en este caso. El próximo Papa probablemente será más comedido que este. Si un eclesiástico se entusiasma mucho con Francisco, puede quedar mal parado con el papa siguiente.

Pero también cabe la posibilidad de que se instale en la Iglesia la costumbre de hablar abiertamente y de discrepar. El mismo Sínodo, seguido con interés por la opinión pública, fue ocasión de ver a los prelados discutir abiertamente sobre temas hasta hace poco “intocables”. ¿Ha hecho mal esta apertura? Todo lo contrario. La libertad para hablar ha devuelto protagonismo a católicos ya cansados de no ser considerados en nada.

La Iglesia ingresa, con Francisco, al registro 2.0. Este no consiste en un progreso, sino en la posibilidad que ofrece el mundo digital de interactuar horizontalmente, de expresarse de igual a igual. En esta Iglesia ha de primar el diálogo y la argumentación. No la imposición de la verdad.

Si el Papa admite que puede equivocarse, este es un derecho de todo el Pueblo de Dios.

LOS CAMBIOS QUE ESPERO VER

No se puede decir que Francisco haya comenzado un cambio en cuanto a la participación de la mujer en la toma de decisiones y los cargos en la Iglesia.

Debe reconocérsele una mirada benévola, misericordiosa, con la mujer en Amoris laetitia. Las aperturas en la concepción de la sexualidad, el matrimonio y la familia, junto a la ya mencionada posibilidad de comulgar en misa para los divorciados vueltos a casar, deben imputarse como favorables a las mujeres católicas.

¿Cómo no será un enorme progreso haber entregado la decisión del control de natalidad a la conciencia de las parejas? Se dirá que esto atañe también a los esposos. No de igual manera. Tomar o no tomar la píldora ha sido un cuidado de la mujer. Ella ha sido quien ha debido cargar con un eventual embarazo y la angustia de dar a luz un niño no querido. Los hombres muchas veces se han desentendido de la paternidad responsable. Simplemente han descansado en que esta preocupación le corresponde a su pareja. La encíclica Humanae vitae (1968), por casi cincuenta años, ha sido un tormento moral para las mujeres. La pretensión de imponer su observancia sin contemplaciones ha significa una angustia moral y el motivo de la ida de la Iglesia de muchísimas mujeres.

Ahora último el Papa ha abierto un estudio sobre la posibilidad de ordenar diaconisas. Es otro paso, aunque tímido, en favor de la integración de la mujer. ¿Vendrá luego la posibilidad del sacerdocio femenino? Hoy es culturalmente impresentable su exclusión. La teología tiene dificultades para encontrar en la tradición de la Iglesia antecedentes significativos. Será necesario que la teología, y el magisterio que necesita fundamentar sus decisiones, se abran a considerar la autoridad que tiene oír hoy la voz de Dios en los signos de los tiempos.

Independientemente del sacerdocio femenino, se requiere que las mujeres sean admitidas por igual en los cargos de gobierno de la Iglesia. En este campo esperamos mucho de Francisco, aunque es improbable que tenga fuerzas para tanto.

Otro cambio importante, que esperamos se realice algún día, aunque estamos muy lejos de ello, es la constitución de una Iglesia policéntrica como la han pensado Rahner y Metz. Hoy la concentración del poder en Roma y la curia es impresionante. Las demás Iglesias tienen poquísima autonomía para desarrollarse. Aún conferencias como la latinoamericana son humilladas por Roma. Recuérdese aquí las intervenciones vaticanas en las dos últimas conferencias episcopales. En Santo Domingo la intervención de la curia fue grotesca. La conferencia estuvo a punto de fracasar. Luego en Aparecida una serie de textos aprobados por la asamblea volvieron del Vaticano gravemente cambiados. Estos son botones de muestra de una falta de respecto que no sería posible si el problema no fuera estructural.

Lo que está pendiente es el desarrollo de Iglesia regionales autónomas. Unidas unas a otras, sin duda, en virtud del obispo de Roma. Pero con la capacidad de abordar con creatividad las tareas de una evangelización que siempre debe ser inculturada. Los nuncios, en esto, no ayudan. Ellos, especialmente con los nombramientos de obispos afines, aseguran el predominio cultural del centro sobre las periferias.

Dudamos que este cambio sea posible con Francisco. Apenas podrá hacer algunos cambios en la Curia, plano en el que tiene mucho viento en contra. Solo podemos esperar que la libertad que el Papa está desencadenando en la Iglesia ayude a que las iglesias locales pierdan miedo y se atrevan a exigir mayor participación.

UN CAMBIO PROPUESTO

Francisco en Evangelii Gaudium promueve un “Iglesia en salida”. El diagnóstico callado es que la Iglesia está enferma de encierro, de volcarse sobre sí misma. Habría que agregar que la institución eclesiástica suele parapetarse contra un mundo que le parece equivocado y amenazante. En muchos aspectos esto es verdad, pero lo propio de la Iglesia no es defenderse, menos aún condenar al mundo sino colaborar con Cristo en su salvación.

Se trata de “salir”, de ir a los otros, de llegar todos. Es más, si se analizan bien los textos del documento, descubrimos que ir a los demás equivale a acogerlos con todas sus diferencias. Esta es la Iglesia católica. Es católica, es decir, universal: de ella nadie debiera ser excluido.

No podemos pasar por alto que una Iglesia “en salida”, tal como Francisco la quiere, es una Iglesia alegre. Fijémonos en los títulos de los tres documentos principales: Evangelii Gaudium, Laudato si, Amoris laetitia. Son títulos que evocan la alegría que predominó en la Iglesia de los orígenes. La Iglesia es alegre cuando se entrega por completo a anunciar que Jesucristo es una buena noticia. Ella sale contenta a anunciarlo, esta es su misión, aunque no sabe si este éxodo tendrá éxito o terminará en un fracaso. La Iglesia no debiera controlar resultados. Los frutos auténticos son obras del Espíritu.

Francisco entiende que la Iglesia es una realidad histórica cuyo éxito no se puede calcular ni controlar. Su actitud pastoral principal es la de acompañar al Pueblo de Dios, involucrándose con él, respetando el camino que las personas van haciendo. Los sacerdotes y otros guías han de ser cercanos y respetuosos de las decisiones que las personas toman. La Iglesia institucional ha de ayudar a discernir el llamado que el Señor hace a los católicos individual o colectivamente considerados. Al promover la actitud de discernimiento, el Papa da vuelta todo. La verdad fundamental no es la de la doctrina, sino la que las personas van descubriendo en sus vidas, no sin los demás, como una verdad personal y vivificadora. El cristianismo no consiste en ajustarse a una enseñanza sino en seguir a una persona, a Jesucristo, iluminados por su Espíritu.

UN CAMBIO DIFÍCIL DE ESPERAR

Confieso, por último, que tengo pocas esperanzas que Francisco cambie la concepción y el lugar del sacerdote en la Iglesia. Hoy predomina por doquier una versión eclesiástica de la Iglesia. Congar, años atrás, hablaba de “jerarcología”. Una Iglesia vertical como la que tenemos, en la cual el poder, además, se encuentra “sacralizado”, es culturalmente insostenible. Siempre habrá laicos sumisos a poderes sacros o deseosos de conseguir el favor de Dios por la vía de la magia. Pero en los sectores sanos del cristianismo un sacerdocio de seres revestidos de una divinidad que les exige evacuar su humanidad, no debiera tener autoridad alguna. El Papa ha sido dura con el clericalismo que se sirve de la separación de lo sagrado y lo profano para dominar a los fieles y, de paso, escalar posiciones. Dudo que Francisco, en esta materia, logre cambios importantes.

Entrevista de José Manuel Vidal en Religión digital

Está faltando socialismo

No soy analista político ni político, escribo como un ciudadano común. Lo hago porque estoy preocupado.

Juzgo que la mayor dificultad de Chile hoy es la relación de una clase política enferma con una ciudadanía enferma también. Lo primero que salta a la vista son los yerros de los políticos. Estos son graves, pero el disgusto ciudadano contra los políticos, el Estado, los empresarios y contra sí misma, especialmente tratándose de un malestar y una odiosidad que se nutren de un individualismo creciente, se está convirtiendo en una amenaza todavía mayor. El individualismo está desquiciando las instituciones y las agrupaciones, a las parejas y a las familias, a Chile como país y a otros países.

Desde que Joaquín Lavín el año 1987 anunció el triunfo del neoliberalismo sobre la configuración comunitarista del país, el individualismo, sobre todo en su versión consumista, se ha convertido en el factor motivacional principal de la toma de decisiones de las personas, también en el campo político. En general, la gente vota por lo que le conviene y no por lo que le conviene al país. ¡Muchos no votan! Es más, no solo los jóvenes, también los mayores exigen derechos pero no quieren que la sociedad les imponga deberes. Se olvida, empero, que los derechos se sustentan con deberes.

El pronóstico es malo. Alejandro Guillier, de izquierda, quiere ser el candidato de una ciudadanía harta de los políticos y de los abusos de quienes controlan del Mercado. Pero no me parece igualmente preocupado por la creciente falta de solidaridad política de esta ciudadanía. La solidaridad social de la nación se activa fácilmente y de un modo extraordinario con terremotos, aluviones e incendios. Pero las últimas décadas hemos constatado entre nosotros ciudadanos una pobrísima voluntad de sacrificio político. El caso es que la mayoría de las personas parece más interesada en lo que el país le pueda dar que lo que ella pueda dar a su país.

Esto lo digo porque, tras haber leído el libro de Raúl Sohr en que entrevista al candidato, no me queda la impresión de que Guillier se dé realmente cuenta la profundidad del problema. Comencé a leer el libro con la simpatía que siempre le he tenido al personaje, pero quedé preocupado. Me ha dejado la idea de que Guillier no percibe que la “revolución silenciosa” diagnosticada por Lavín nos ha hecho cada vez más egoístas y que la desigualdad, que no cede, en una cultura maleada por el Mercado, nos parece aún más irritante. Nos vuelve agresivos. Nos enferma.

La ciudadanía, la responsabilidad política del pueblo sobre sí mismo, está siendo carcomida a un nivel muy hondo. Entre los muchos fallos de los políticos, el peor de todos puede ser precisamente no representar a esta ciudadanía como “profesionalmente” debe hacérselo. A mi parecer, su obligación mayor debiera ser auscultar “las necesidades de la gente”, conocer sus emociones, reacciones y reclamos de justicia y de derechos; pero, la profesión de político exige también tomar decisiones impopulares y legislar muchas veces en contra de las mayorías, si de ello depende la construcción de un futuro común.

Tiene razón Guillier de quejarse contra la clase política por numerosas razones. También acierta en representar el malestar enorme de la ciudadanía engañada por empresas, cadenas de negocios y tiendas que abusan de ella. Los chilenos están airados contra la colusión entre las empresas y el cohecho con que estas seducen a los parlamentarios. Pero un político –y de esto nada dice Guillier- no solo debe asumir la queja de los ciudadanos, sino también encaminarlos al bien común, a veces contra su voluntad, por la fuerza de la ley.

¿Será mejor Guillier que el Partido socialista que lo eligió de candidato? No sé. Pero es lamentable que la política sea cosa de mera popularidad. ¿En qué momento el Parlamento liberó a los ciudadanos de la obligación de votar en las elecciones? Mal hecho. Otro ejemplo: los ciudadanos agradecen, en principio, el incremento de un 5 % en su fondo previsional, pero quieren que se les impute como ahorro individual. No están dispuestos a compartirlo con los demás. Tercero: los santiaguinos, en forma creciente, se “vengan” contra el Transantiago no pagando sus pasajes. ¿Son estos mejores que la juventud que destruye los buses y que arruina el centro de la ciudad con los grafittis y sus proclamas anarquistas? Por mi parte, me sumo a quienes exigen que la gratuidad universitaria sea financiada por los egresados una vez que se inicien en la vida laboral. Asimismo, pienso que habría que quitarle la gratuidad a quienes no voten en las elecciones políticas.

Resulta paradójico pensar que, al final del día, los socialistas chilenos son los empresarios que, con el pago de impuestos, financian los derechos sociales (salud, educación, habitación, etc.) de una población que tiene puestos los ojos solo en sus intereses individuales. Es raro, además de injusto. El futuro de cualquier país depende de que cada ciudadano y las asociaciones intermedias se sacrifiquen en beneficio de los demás y del conjunto.

La alegría de la mujer que da a luz un niño (tomado del Oráculo cristosófico): (Jn 16, 20-22)

«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 20-22)

La alegría que produce la fe es mucho más que jovialidad u optimismo. Para quienes creen en Cristo, es posible alegrarse incluso en medio de las persecuciones. Aún en el caso que no fuera posible alegrarse, porque lo que predomina es la adversidad, existe al menos el consuelo del triunfo futuro. La mujer que ha tenido un hijo lo sabe. Ella pasó por los dolores del parto. La esperanza de un niño le bastó para soportarlo. Jesús insta a sus discípulos a creer en la alegría. Esta se hará realidad infaliblemente. Es tan cierta la victoria que ya ahora es posible alegrarse. Los que viven del triunfo de la fe, pueden alegrarse anticipadamente en medio de las penurias del presente. Bien vale vivir para la alegría. De la alegría también se puede vivir.

¿Crees que esto vale para ti? Créelo, y verás cómo comienzan a disiparse tus tristezas. Cristo triunfó. Vamos ganando. Lávate la cara, cámbiate de ropa, busca una buena colonia… Llegará el día en que no llorarás más. Créelo, y alégrate ya, ahora. Mientras más te apures más pronto sucederá.

Autor de texto: Jorge Costadoat

Ilustradora: Agustina Meneses