Archive for Jorge Costadoat

Voceros no, intérpretes sí

Hace un par de semanas atrás, en un programa televisivo, una periodista preguntó a Natalia Henríquez, de la Lista del Pueblo, cómo se veía tras ser elegida a la Convención Constitucional. Natalia, con humildad, contó su vértigo por habérsele dado el mayor de los poderes políticos. Sabiéndose parte de los 155, dijo: “Vamos a tener que hacer algo muy responsable con esto que está sucediendo para que suceda bien…”. Me conmovió. Su actitud es la de una intérprete de un país y no la de una vocera de la gente que la eligió ni la de su propia lista.

La vocería es un servicio muy respetable, nada fácil de desempeñar. Exige reproducir exactamente lo que la autoridad superior, sea personal o colectiva, le encargue. A los voceros se pide habilidad para entender el problema en cuestión y comunicarlo a otros con máxima fidelidad y convicción. El vocero debe defender a su representado a rajatabla. No debe movérsele un músculo si le preguntan algo como ser: “y usted qué piensa”.

Pienso que nuestros representantes en la Convención Constitucional debieran ser intérpretes y no voceros. Su misión es ser interpres populi y no hacer de niños de los mandados de ninguna de las listas del último plebiscito, de los partidos, de los empresarios o de las iglesias. De nada.

La actitud de Natalia hace de brújula. Ella se sabe intérprete del pueblo chileno en su conjunto, de ricos y pobres, de jóvenes y viejos, de mujeres y varones. Ella y los demás constituyentes son nuestros representantes, “nuestros”. En ellos, independientemente de su origen político o de sus causas, hemos puesta nuestra esperanza. Necesitamos que desempeñen su misión como auscultadores de un sentir y un pensar ciudadanos, de reclamaciones plurales, de tal modo que los capítulos, artículos e incisos del nuevo texto faciliten una convivencia nacional justa y pacífica.

El intérprete es un creador. Es un pequeño dios. Nadie le puede pedir cuentas de lo que solo puede realizar con suma libertad. Debe responder por su trabajo al país entero, pero del ejercicio por sí y ante sí de la facultad que se le ha dado para pensar, para dialogar, para informarse debidamente y para fundamentar. Nuestros representantes no debieran entrar a las dependencias de edificio del congreso mirando al suelo o hacia los lados, sino con la frente ligeramente en alto, pero no demasiado, no tanto como para creerse iluminados que no tengan que recurrir a la voz experta de los economistas, educadores, sociólogos, ingenieros, filósofos, los constitucionalistas y los demás científicos que se van a requerir. No importa que no conozcan la mayoría de los temas. Hoy, menos que nunca, alguien sabe de todo. Si nuestros representantes ignoran, que aprendan lo más que puedan. Pero la dignidad del cargo estriba en obedecer solo a su conciencia.

Este será el penúltimo paso. El último consistirá en que cada representante acepte el resultado del plebiscito de salida, aunque el texto de la nueva constitución no le guste mucho. La obediencia en conciencia le exigirá honrar las reglas del juego democrático. Pues lo que está en ciernes es la creación de una institucionalidad que exprese y custodie la toma de conciencia colectiva del país que queremos.

Cristianos en la Convención constituyente

Muchos tienen pesadillas. El mío fue un sueño. Soñé que Jesús subía al cerro Ñielol, en Temuco, y comenzaba a llamar constituyentes.

“Felices las matronas, porque ustedes ayudarán a parir gente nueva”.

“Felices los buzos, porque nos contarán qué maravillas hay en los fondos marinos y dirán cómo defenderlas”.

“Felices las trabajadoras sociales, porque yo tengo una hermana que es trabajadora social y me consta que ellas reparan gente destartalada”.

“Felices los actores, porque al Padre Eterno le gusta mucho el teatro”.

“Felices las diseñadoras, porque mi madre con los años se ha puesto pretenciosa y quiere un vestido nuevo”.

“Felices los ajedrecistas, porque el país necesitará nuevos estrategas”.

“Felices las dentistas, porque los discípulos del Reino de los cielos tienen las muelas picadas”.

“Felices los mecánicos, las parvularias, los contadores, las machi y los empresarios, sí, también los empresarios, porque ninguna, ninguno puede ser vetado, porque cada cual cuenta y tiene mucho que aportar”.

“Bienaventurados ustedes cuando los miren en menos, les pidan cartones universitarios, títulos de dominio, informes del Dicom, pasaportes verdes, papel de antecedentes, visas a prueba de inmigrantes, ojos azules y colmillos blancos. Felices, porque así persiguieron a los profetas y a las madres de los profetas”.

No bromeo. Sí, pero no. El triunfo de los independientes con y sin apellido en las elecciones de los días 15 y 16 de mayo es magnífico, tiene un talante evangélico indesmentible. Es esta una oportunidad única para resetear a Chile de acuerdo a las bienaventuranzas de Jesús.

Pero, cuidado. La intolerancia religiosa en tiempos apocalípticos acecha tanto como los populismos. ¿Bastarán las bienaventuranzas? Así como así, no. Si inspirados en ellas los cristianos se sienten eximidos de articular fe y razón, serán un estorbo. Para los cristianos la fe y razón cohabitan una en la otra. No hay fe que pueda ser irracional, ni la razón que pueda cerrarse a las convicciones trascendentes. Pues también los demás seres humanos están a la altura de sí mismos cuando, en aras de una convivencia con sus congéneres, articulan sus convicciones más profundas con las ideas, palabras y acciones que las hacen operativas.

Por lo mismo, los cristianos deben tener muy en cuenta que quienes no son cristianos pueden argumentar mejor que ellos. Nuestro cristianismo, por cierto, ha sido de baja ley. “¿Es Chile un país católico”?, titulaba Hurtado uno de sus libros para picanear a la oligarquía, gran responsable de la pobreza y la desigualdad de los años cuarenta. Hoy, gracias Dios, salimos de la cristiandad. No queremos un país católico, preferimos uno pluralista y plurinacional. Uno en el que las distintas tradiciones culturales, religiosas y filosóficas converjan y dialoguen en pos de la justicia y de la paz.

La Constituyente será ocasión para que los cristianos, y para que todos, ensayen modos de relación respetuosos, afectuosos. Será una oportunidad para que se oigan las voces de los expertos en derecho constitucional, en economía, en educación y otras ciencias, en vez de doblegarse ante los gritones y las lloronas, ante los funeros que los esperarán a la salida de las sesiones para insultarlos, y se preste oídos especialmente a los latidos de los más humildes de nuestros representantes. Estos mismos modos de relación entre personas muy distintas y nuevos métodos para tomar decisiones entre ellas, debieran proyectarse y plasmarse en una nueva normativa constitucional.

Si se me permite hacer mis peticiones personales, quiero una institucionalidad más democrática, más ágil, más operativa. No me asusta que en las aulas haya discusiones subidas de tono. Es seguro que las habrá. La cosa no será fácil. Nadie puede asegurar que este mega experimento de civilidad vaya a resultar. Espero, en todo caso, que haya también peticiones de perdón y perdón. Me gustaría que la constitución de 2022 favorezca la creación de partidos nuevos, pues sin partidos no hay democracia. Creo que urge revisar la función del Estado. ¿No podría constituirse en un agente económico entre otros agentes, los privados ciertamente? Bien parece que, además de garantizar derechos sociales, el Estado tendría que ofrecer a la empresa privada un vigoroso respaldo jurídico, además de otros estímulos, para que genere mayor prosperidad.

Anoche, en sueños, se me apareció de nuevo Jesús y me dijo: “no andamos lejos del Reino de los cielos”. Le acompañaba María, su madre, y Chopito su gato, las funámbulas de la plaza Brasil, poetas de cunetas, el joven Zamudio, víctimas de feminicidios, el tony Caluga, un obispo desorientado, Lautaro y el enano Buonanotte. Los sueños son así, son raros los sueños.

Vamos ganando, no hay que aflojar

Salió del aula de votación. “Listo”, me dijo. “Que gane su candidato”, le respondí. “Que gane el país, mejor”, me dijo. Era un inmigrante peruano avecindado en Chile. Me emocioné.

Este domingo, muy temprano, me llegó un video. Quilapayún y muchas otras personas cantaban, sonreían y auguraban el triunfo de una Nueva Constitución. De pavimento cultural ponían a nuestros poetas: Neruda, la Violeta, Nicanor, la Mistral, el aristócrata Huidobro y, entre ellos, a Eduardo Carrasco, poeta de cuneta como tantos de nosotros los Carrasco.

¿Presintieron los participantes en este video lo que ocurriría con las votaciones de este fin de semana? No sé. Algo hay de común entre una cosa y otra que no logro precisar.

¿Qué está en juego con la Constituyente? Hago una apuesta. Apuesto en favor del amor político que nos une como país. La unidad está en peligro. Es cierto. Pero sería más peligroso que la unidad fuera mantenida a la fuerza y de una vez para siempre. Los tiempos cambian. Las formas que nos reúnen deben cambiar.

Es verdad que el país se parece a esas carretelas de los feriantes que acumulan cajones sobre cajones a una altura increíble, se cimbran y nadie entiende cómo un ser humano puede cargar con tanto peso. De la revuelta social hasta ahora hemos avanzado. No podemos desfallecer. El que afloja pierde.

El asunto en cuestión es algo nuevo. Comenzó con la decisión de incluir a los pueblos originarios y exigir paridad para las mujeres en la Convención Constituyente. Este mero hecho indica en la mejor de las direcciones: somos miles, quizás millones, quienes queremos una unidad en la pluralidad o, dicho en términos dinámicos, una diversidad que aspire a una integración sin exclusiones. Este puede ser un nuevo nombre para el amor. Hasta ahora hemos tenido una unidad nacional que no podemos despreciar tan fácilmente. Las unidades políticas –y muchas otras- son siempre un poco o muy forzadas. La Constitución del 2022 también lo será en más de algo, es inevitable. El caso es que cambiaremos la constitución actual.

Está claro que no todos queremos lo mismo. Nuestra democracia formal siempre ha carecido de suficiente humus democrático. La defensa de los privilegios sociales de la oligarquía ha sido una tenaz enemiga. También lo han sido las fuerzas extremistas, y desde hace un tiempo las anárquicas, que desconocen el valor de la tradición.

En adelante los peores enemigos del proceso en curso seguirán siendo las fuerzas tradicionalistas de derecha e izquierda que no capten la ventaja de una organización política nueva de la convivencia, y pujen por mantener las cláusulas de la constitución del ochenta tal cual o por barrer todos sus artículos. No saben que la tradición y el tradicionalismo son antónimos. Pues una cosa es traspasar el país a las siguientes generaciones, entregárselos, hacer tradición del mismo, y otra el tradicionalismo de no querer cambiar por miedo o por intereses inconfesables. Un país fiel a su tradición se cultiva a sí mismo mediante interpretaciones incesantes de su genio histórico. La mirada tradicionalista, por el contrario, no ve las diferencias, la irrupción de lo desconocido, y avanza con marcha atrás.

¿Ganamos en las elecciones? Unos sí, otros no. Lo que importa es que ganó el país. Falta mucho todavía, es cierto. Será necesario esforzarse. Possunt quia posse videntur, decían los antiguos: “pueden, porque les parece que pueden”. Lo sé por experiencia. Años atrás vi cruzar la Alameda y entrar por Cienfuegos, mi calle, a dos hombres empujando una carretela con enorme esfuerzo. Uno empujaba desde atrás y daba las instrucciones. El que lo hacía desde adelante, a pies pelados y con el fierro del carro en el pecho, era ciego. Sí, ciego. No veía, pero él y su compañero sabían dónde querían llegar.

Me gustaría que se hiciera una pequeña innovación en la Constitución del 2022. En uno de los incisos pudiera reconocerse tres cupos en el nuevo Parlamento. Uno para una peruana, uno para Quilapayún y uno para una feriante. No es una propuesta paritaria-paritaria, pero señala por dónde seguir.

La fuerza política de la alegría

“Nuestra alegría es la alegría de la gente que viene a buscar su almuerzo”, me decía una mujer que servía en una olla común. No quiero sacarme estas palabras de la cabeza. Me orientan. Esa y las demás mujeres que han levantado ollas, se alzan cada día con la ilusión de dar de comer a los hambrientos. La alegría de poder amar más, las moviliza. Ellas edifican la polis calladamente.

El canto “La alegría ya viene” derrotó a la franja televisiva del SÍ años atrás. Entonces la importancia política de la alegría fue enorme. La campaña aterradora del gobierno de Augusto Pinochet no pudo contra el sueño de un país libre y celoso de los derechos humanos. Esa no era una alegría muy pura. Ninguna lo es del todo. Hubo enemigos del régimen que le refregaron en la cara el fracaso a los perdedores.

Tenemos por delante la Convención constitucional. Será inevitable que, votación tras votación, sus integrantes no gocen con los triunfos sobre sus adversarios. Ojalá no se rían de ellos. Así podrán facilitar que el último día, cuando hayan terminado las sesiones y entreguen su trabajo a la deliberación de la ciudadanía, la alegría embargue al pleno de los convocados. En el plebiscito de salida todos debiéramos declararnos ganadores. ¿No podemos ya imaginar que ese día lo celebremos con un asado y sin mascarillas?

La Convención constituyente será animada por diversos espíritus, en pugna unos con otros. Espero que el primer día de labores los constituyentes se persignen en nombre de la alegría e invoquen su poder para todas las sesiones. Me gustaría que prime en nuestros representantes una alegría superior, una que meses después nos haga sonreír a unos y a otros.

A los constituyentes les podemos pedir que escruten la esperanza de los oprimidos: pueblos originarios y mujeres, sin olvidar a quienes fuera del aula no tendrán representantes. A ellos y ellas les pediría que en cuenta las palabras de Jesús: “alégrense, porque de los oprimidos es el reino de los cielos”. No debiera haber celebración alguna si las legítimas aspiraciones políticas de los últimos no son consideradas en primer lugar. Por esta puerta podrá entrar la clase empresarial, sin la cual el país no irá muy lejos, y los ricos por qué no.

La contribución de quienes estaremos fuera del aula será igualmente importante. Los demás por parejo tendremos la obligación de generar buena onda. Es de esperar que entre los constituyentes y nosotros fluya una conversación inteligente. Nada podrá ser peor que a nuestros representantes se les suba la cerveza a la cabeza, se crean poseídos por el Espíritu Santo y prescindan del sentir y del pensar de sus representados.

De los medios de comunicación esperamos mucho. Ellos, en una sociedad regida por una democracia representativa, tienen la tarea de mediar esta conversación política. Si no lo hacen ellos, lo harán las redes sociales. Ojo. No hay democracia sin prensa libre y de calidad. Es deseable que nuestro periodismo esté a la altura. Que en vez de dar mucha cámara y micrófonos a personajes nefastos, lo den a la gente capaz de defender sus ideas. Necesitamos argumentos. Las amenazas, las groserías, los ninguneos, los espectáculos, los ataques ad personam no aportan absolutamente nada.

La educación tendrá una oportunidad única para engendrar ciudadanos. Los padres y apoderados bien pudieran entusiasmar a los niños con lo que ocurrirá. El país necesita una cultura democrática. Sin demócratas, no hay democracia. La escuela también tendrá su hora. Dificulto que haya un mejor momento para educar a los alumnos en el valor del pensamiento, del propio y del ajeno, y de los sentimientos que impulsan a los demás, pues así se aprende a no atropellarlos.

A la Constituyente no puede pedírsele que solucione todos los problemas que se le han acumulado a Chile. La mayoría de estos quedarán en tabla para la legislatura ordinaria. Ella, y nosotros, tendremos la oportunidad de alegrarnos de constituir un laboratorio de civilidad y ensayar una autopoesis política, diría talvez el biólogo Humberto Maturana.

Más democracia, más periodismo

Dudo, creo que es imposible, que haya democracia sin medios de comunicación adecuados, sin prensa, sin periodistas profesionales. No veo cómo tenga futuro un cambio constitucional que perfeccione la operación de la política y la democracia formal, si no se riega la cultura democrática y no se desbrozan vías de generación de verdad, de diálogo y de crítica.

Es el momento de plantearse el tema. El período constituyente que se abre, esta magnífica oportunidad de hablar de todo, debiera dar lugar a un debate sobre la responsabilidad estatal en mejorar la comunicación entre las autoridades políticas y la ciudadanía, y entre los mismos ciudadanos. Si consideramos que esta comunicación es esencial, las fuentes noticiosas debieran ser, más que fiscalizadas, fomentadas con una legislación y un financiamiento que las haga posibles.

¿Por qué lo digo? Mi impresión es que el servicio es deficiente y no mejora, aunque hay excepciones. Juzgo por los noticieros de televisión, que son talvez los que más informan a la gente. Radio escucho poco. Lo diarios están cargados a un lado. Los portales electrónicos emparejan la cancha, pero no son suficientes. Una prensa deficitaria, pienso, suele contaminar el diálogo entre los políticos y de estos con el resto del país. La falta de periodismo, un periodismo hecho a toda carrera, obligado a rellenar con entrevistas mediocres, acostumbrado a inflar el perro con largos reportajes, sensacionalista, intoxica la mente, el corazón de las personas y enrarece el debate. Creo que una buena prensa, en cambio, puede elevar considerablemente el nivel del trato, vehicular acuerdos y facilitar la cordialidad que un país necesita para avanzar unido.

La democracia requiere para operar una cultura democrática. ¿Quién puede esperar uvas de una parra sin raíces? Si en China se quisiera imponer la democracia seguramente el intento acabaría en un desastre. Su cultura política es distinta de la nuestra. Un tal intento terminaría mal como mal puede terminar nuestro país si no cuida su humus democrático.

El periodismo es un arte. Es verdad que hay un periodismo meramente artesanal, que no se lo puede despreciar. Pero el periodismo es una profesión. Es una disciplina científica, se estudia en las universidades. Las carreras que lo imparten suelen completar o enriquecer la formación de los estudiantes, les hacen crecer en valores como el amor a la verdad, la justicia en las opiniones que se dan, la dignificación a los pobres, la solidaridad, la búsqueda del bien común, además de adiestrarlas en el uso de tecnologías de la comunicación. Esta competencia rara vez se encuentra en las redes sociales. Twitter, Facebook, etcétera, a la hora de informar, a veces ayudan, pero también desorientan, engañan y pudren. No son confiables. Estas redes juegan a la democracia directa, que en algún grado tampoco se puede despreciar, pero lo hacen socavando la democracia representativa, la de los partidos, aquella a la que los periodistas le ponen micrófono y le exigen estar a la altura.

Vuelvo sobre el punto: es altamente conveniente que en la nueva constitución quede asegurado que el Estado se hará responsable de que el país cuente con un sistema de medios de comunicación acorde con la democracia que se necesita fortificar. Pues por otra parte, allí están, a la vuelta de las esquina, los súper ricos ávidos de monopolizar la construcción de la realidad. A la legislación ordinaria se podría pedir, por ejemplo, que garantice la existencia de algunos canales, radios y periódicos nacionales, y que algunos noticieros emitan en los mismos horarios de manera que la ciudanía sea presionada a informarse para que se haga cargo del país responsablemente. En Italia hay una RAI de televisión más de izquierda y otra más de derecha. No se diga que es imposible organizar el pluralismo. Se puede.

Sé que pongo ejemplos que pueden no servir. Me meto en un campo que no conozco. De lo que estoy convencido, es que no hay democracia sin demócratas. Estos se forman en la casa, en la escuela, y gracias a los periodistas también.

Retorno a las cavernas

La pandemia ha terminado por hacer entrever la posibilidad de una regresión a lo fundamental. Es cosa de pensar en la gente que ha vuelto a la pobreza, al pan y un poco más. Esta involución, penosa por una parte, puede ser también ocasión para progresar en humanidad. El acabo mundi que asoma a veces en el horizonte por la actual catástrofe y otras, puede ser conjurado por un amor mundi, a saber, por una nueva versión de amor de la humanidad consigo misma y con los demás seres.

En la pandemia se han evidenciado más claramente tendencias que hace rato predominan en el mundo actual. Menciono dos. Una tendencia, a la luz de esta frenada brutal de la actividad ordinaria, es la de la aceleración general de la vida. Nos hemos dado cuenta que vivíamos apurados. Pero, apenas cedan los confinamientos volveremos a la carrera por no quedarnos atrás, por ganarle a otros, a competidores. La competencia económica internacional y local apremia todos ámbitos, los de la industria de la guerra, de la producción científica y de las relaciones humanas. Necesitamos velocidad, necesitaremos todavía más. Con Internet 5G venceremos a muchos. Pero la técnica, que por una parte nos permite ganarle horas, minutos, segundos a los demás, se muerde la cola. Es un medio transformado en un fin. Ayudará a correr más rápido, pera a ninguna parte.

Otra tendencia: la misma técnica, que tanto nos ha ayudado a conocer los códigos secretos del universo material, psíquico y social, nos hace progresivamente más incultos. Aparentemente estamos en la sociedad del conocimiento. En realidad, somos cada vez más ignorantes. En la misma medida que aumentan los conocimientos, lo hace nuestra ignorancia. Ahora ya no sabemos controlar una infinidad de fenómenos originados por una multiplicidad de causas. Ya ningún experto tiene una palabra irrebatible ni siquiera en su área de conocimientos. Hemos entrado en una época desconocida. Habremos de avanzar a tientas, orientándonos unos a otros.

Hoy mismo no debiera extrañarnos que las instituciones, desde la familia a la ONU, desde los estados a las iglesias, se vean estresadas, incapaces de responder a las expectativas que las personas se hacen de ellas. La política, por ejemplo, difícilmente se tiene en pie. Le exigimos que se haga cargo nuestro en su conjunto, siendo que los políticos patinan al abordar problemas complejos. Un futuro posible, que no constituye futuro alguno, es desembocar en populismos y dictaduras. Las instituciones religiosas para sobrevivir, otro ejemplo, fácilmente caerán en la tentación de ofrecer instrumentos para una fuga mundi. Retornará el miedo, los dioses serán desempolvados. No faltarán agoreros apocalípticos repartiendo panfletos en las plazas.

¿Cómo viviremos tras la pandemia en tiempos de mayor ignorancia y aceleración de todos los procesos? La imagen de las cavernas es útil porque nos hace recordar épocas en que vivíamos en un mundo muy difícil de descifrar en sus componentes y hostil. En aquel entonces vivíamos al nivel de lo fundamental: la familia, la comida y, de vez en cuando, pintando ciervos en las rocas y los niños en todas partes. Esta experiencia quedó archivada en nuestro ADN. La activaremos en la medida que la vida, ahora para la humanidad completa, se haga precaria, insegura, peligrosa.

Sin embargo, esto no quiere decir que el porvenir deba a ser peor. Hasta ahora la vida ha sido muy mala para inmensas mayorías. Desde ahora lo será, bajo un respecto, para todos. Pero, bajo otro, podrá ser mejor si volvemos a lo esencial, a aquello que no puede faltar, si localizamos a la técnica en el lugar que le corresponde y si entendemos que el crecimiento, el verdadero crecimiento, ocurre cuando compartimos.

El retorno a lo fundamental, evidente en el caso de los pobres que en el último año vuelven al mero pan, nos hará meternos en la cueva para protegernos de un mundo amenazante, pero también será ocasión para compartir el fuego, comer lo suficiente y conversar. La pandemia nos ha forzado a hacerlo. Pero, no nos ha impedido un amor mundi, amarnos, acompañarnos y cuidarnos.

Un asunto decisivo será elaborar una “paideia” (educación) que capacite a niños y adolescentes para aprender a aprender. Ellos debieran saber reconocer lo fundamental y a llevar a la espalda a los demás. Así lo hacíamos en el Paleolítico. Los niños tendrían que ser adiestrados en la capacidad de tomar decisiones, de elegir rápido y bien, de trabajar con los demás, pues habrá que juntar fuerzas para cazar en manada, y gozar con poco, aunque lo más posible. Será preciso adiestrarse en la resiliencia. Pues los resilentes, aun siendo cavernarios, lamiéndose las heridas de los felinos salieron adelante y saldrán una vez más.

Los Ricos roban, el Pueblo recupera

¿Conviene dictar una ley que obligue a los súper ricos a pagar un impuesto especial para financiar la superación de la pandemia? Por supuesto que sí, siempre que se lo haga de acuerdo a estudios expertos que, como sabemos, deben quedar entregados al escrutinio político.

“Los Ricos roban, el Pueblo recupera”. Este grafiti, entre tantos otros de la revuelta social de 2019, ha sido el más inquietante de todos. Dudo que lo hayan borrado de las paredes de la Alameda. ¿Roban los ricos? Algunos. ¿Recupera el Pueblo? A veces. Pero, si los ricos roban mucho, si acumulan cada vez más, y el Pueblo recupera robando a los ricos y a cualquiera que se le cruce por el camino, en la misma medida que se acentúan estas tendencias, la violencia pasa de la potencia al acto. En esto estamos.

La superación del problema es compleja. En la historia de la humanidad ha habido sistemas económicos muy distintos. Los pueblos originarios, los mapuche, por ejemplo, no acaparan. En algunos pueblos, he sabido, quien acapara es castigado. Pero nuestro país se rige por un sistema económico distinto y, en lo inmediato, a no ser que alguien pruebe lo contrario, es impensable que la acumulación deje de ser, luego de la fuerza laboral, la segunda rueda de la bicicleta de la economía. Así las cosas, en principio, la concentración de la riqueza es éticamente inatacable. Atacar a los ricos, querer quitarles lo que ganaron, dejado a aparte lo que hayan podido robar, cosa que debieran juzgarla los tribunales, es indebido. La acumulación es necesaria, sea que la haga el Estado, las empresas o las personas individuales.

Pero un sistema económico de acumulación solo puede ser ético cuando es al mismo tiempo un sistema de devolución. Cara y sello. La creación de riqueza es una gesta colectiva. En la mega-empresa que constituye la sociedad bajo el respecto económico, cada uno hace su aporte y quienes no pueden hacer nada, sea por la razón que sea, deben ser asumidos como seres humanos que, precisamente por tratarse de un peso que se carga gratuitamente, merecen que el país se responsabilice de ellos. Responsabilidad por todos, no solo de los que nos convienen, es el nombre de la moral. Pues, en última instancia, un sistema económico es legítimo cuando fomenta y respeta la dignidad humana. Esta opera como un reconocimiento al valor trascendente a las personas. En esto radica la legitimidad de los impuestos.

Todo sumado, pienso que la devolución, que es un deber personal, debiera serlo además legal. Los ricos que no devuelven se irán al infierno, diría Jesús (Mt 19, 23 -30). Pero lo que está en discusión en el país es un asunto estructural. Un sistema económico que respeta el derecho a la propiedad privada, que necesita que esta se capitalice para generar empresas y trabajo, debe tener como fin último y principal dar a los ciudadanos lo más que se pueda.

Vuelvo a la verdad y justicia que pudiera tener aquel grafiti. Ha de tenerse en cuenta que el egoísmo estructural de Chile tiene y tendrá consecuencias fatales para todos por parejo. Cito a Joseph Stiglitz (Nobel de economía 2001): “Los miembros del 1 por ciento más rico poseen las mejores casas, los mejores colegios, los mejores médicos y las mejores formas de vida, pero hay una cosa que no parece que el dinero pueda comprar: saber que su suerte está unida a las condiciones de vida del 99 por ciento restante. Es algo que, a lo largo de toda la historia, el 1 por ciento ha acabado siempre por comprender. Pero demasiado tarde” (La gran brecha, 2015, 115)

Sobre los impuestos a los súper ricos, tema en tabla, cito a Thomas Pikety: “El sistema tributario de una sociedad justa debería estar basado en tres grandes impuestos progresivos: un impuesto anual progresivo sobre la propiedad, un impuesto progresivo sobre las herencias y un impuesto progresivo sobre la renta” (Capital e ideología, 2019, 1162).

Con esto termino: para que el sistema de acumulación que rige en Chile cumpla con su razón de ser, y para que ayude a superar la desigualdad que ha causado, tendría que constituir al mismo tiempo un sistema de devolución. No se trata de establecer ahora un impuesto a los súper ricos por una sola vez ya que es preciso conseguir los recursos para superar la pandemia. Tendrían que ser tributos permanentes.

Con esto sí que termino: dicen que el impuesto a la riqueza es poco práctico porque los ricos se llevan su dinero fuera del país. ¿Qué piensan los economistas? Si además de poco práctico ello causara un daño a la economía, habría que olvidarse del tema.

¿Y ellos, los súper ricos, qué opinan? ¿Qué opinan de otros súper ricos que fuera de Chile proponen un impuesto de esta naturaleza? Y, ¿cuál es su postura ante el parecer de la ONU que, en las circunstancias catastróficas en que estamos, solicita un tributo solidario?

Cota mil

El 25 de octubre de 2021 la ciudadanía aprobó por una enorme mayoría la realización de un plebiscito en orden a redactar una nueva constitución. Un tema encendió las alarmas: en las comunas de Barnechea, Vitacura y Las Condes ganó el Rechazo. En ellas viven las personas que advirtieron a los demás el descalabro que se produciría en el país de haber ganado la opción contraria. No hubo descalabro. Comenzaron los preparativos a una constituyente que encausará racional y democráticamente la masiva y airada protesta social. ¿Fue un truco fallido este vaticinio? No lo creo.

Debo matizar lo que digo. En estos mismos sectores de Santiago hubo mucha gente que votó Apruebo. Además, las personas que allí votaron Rechazo seguramente lo hicieron de buena fe, creyendo que el peligro era real.

Estimo que tanto o más grave que la violencia política desencadenada a partir de 2019, la de la Araucanía y la de los viernes en la Plaza Baquedano u otros lugares, es la distancia epistemológica de la Cota Mil con el resto del país. La epistemología tiene que ver con el lugar donde se produce el conocimiento. Lo peligroso en este caso, es que estos barrios son el lugar epistemológico en el cual se toman las principales decisiones de Chile, a saber, aquel donde y desde donde se maneja la economía y se gobierna el país. Allí la elite conversa y se forma una opinión sobre lo que ocurre en resto de las otras comunas.

¿Azuzo con lo que digo la lucha de clases? Todo lo contrario. Es que no sé cómo desmantelar una bomba de tiempo más que avisando el peligro. Porque el peligro existe, aunque es otro.

Es más. La situación es explosiva porque tal conocimiento distorsionado de la realidad constituye, aunque sea inconscientemente, un modo interesado de concebir esta misma realidad. “Vamos a tener que compartir nuestros privilegios”, dijo Cecilia Morel en su momento. Pero, ¿quieren los chilenos que la primera dama y la clase alta chilena compartan con ellos sus privilegios? Una sociedad de privilegiados es un imposible. El privilegio implica siempre una desventaja o una postergación para alguien, y viceversa. Hay postergados, porque hay privilegiados. Juzgo que una sociedad cuya organización perjudica a unos para beneficiar a otros tiene los días contados. Prefiero pensar que la inmensa mayoría de los chilenos, en vez de estatus y tratos preferenciales, desean justicia y derechos.

No en vano ha querido llamarse Plaza de la Dignidad a la Plaza Baquedano. Muchos son los chilenos que están literalmente in-dignados. Se sienten humillados. En Chile no hay solo envidia o frustración por querer y no alcanzar las promesas del capitalismo. Hay también, y mucho, dolor por tratos indignos, y resentimiento. Este resentimiento llega a ser patológico en los muchachos que destruyen las ciudades, queman edificios, queman iglesias y queman la estatua de Baquedano. También es patológica la que quema de los camiones de las forestales por parte de agrupaciones mapuche radicalizadas, pues el pueblo mapuche no es violento. Pero el recurso al fuego, que tantísimas veces el pueblo mapuche usó para quemar villas o fortificaciones chilenas durante la Guerra de Arauco, se está volviendo normal.

Resentimiento, odio, violencia, tienen como causa, entre otras, la constatación de esta segregación. Traigo a colación otro asunto que también tiene que ver con esta tara epistemológica. ¿Han caído en la cuenta los habitantes de estos barrios que en los colegios que se educan sus hijos se aprende a reírse de la gente humilde, de su modo de hablar o de vestirse? No son los profesores que los que lo enseñan, nunca he oído algo así. Es la cultura ambiente, que pasa de los hermanos/as mayores a los/as menores, y de unos compañeros a otros, la que engendra un mundo discriminador. La constitución de vínculos elitistas que a futuro hará posible asegurarse un mejor lugar en este mundo, recomienda aprender a mirar de un modo distinto a aquellos de quienes conviene distinguirse. El país corre un grave peligro porque las personas distinguidas quieren distinguirse y, para conseguirlo, confeccionan un concepto del resto o barren a los pobres de su vista.

No era el Apruebo el peligro. Es este otro. ¿Cómo extinguir el incendio de la próxima revuelta social? No lo sé.

La reconstrucción de Cristo

¿Cómo celebrarán los cristianos la Semana Santa? Será difícil hacerlo no solo por la pandemia. La reconstitución de la Iglesia es el asunto que urge. El cristianismo católico está por los suelos por varias razones. Unos fieles han dicho “Cristo sí, la Iglesia no”, y se han ido. Otros lo están pensando. Otros, en fin, no aflojan ni aflorarán.

“Cristo sí, la Iglesia no”. Conviene revisar esta expresión. Es preciso hacerlo. Cristo y la Iglesia no son lo mismo, pero desde un punto de vista histórico lo que sabemos de Cristo es aquello que la Iglesia experimentó y contó acerca de él. Los cuatro evangelios, prácticamente las únicas fuentes para conocer a Jesús, son cartas diversas, distintas, de evangelistas y comunidades diferentes. Estos son las huellas digitales de Jesús. Las primeras comunidades cristianas tuvieron una experiencia de Cristo que las transformó a tal grado que, para explicar a otros lo que les había sucedido, escribieron los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

A la vez, en virtud del mismo Cristo que asoma en estos textos, es que hoy la Iglesia juzga a la Iglesia. Esta suele traicionar a Jesús y a su proyecto mesiánico. La paradoja mayor es que Cristo ha querido amar a la humanidad a través una comunidad lábil, falible y, a veces, francamente inhumana. El caso es que los cristianos, no solo sus autoridades, para pararse del suelo, tendrían que reconstruir a Cristo, regenerándose en él y escribiendo nuevos evangelios.

¿Cómo hacerlo cuando parece que de la Iglesia solo quedan palos quemados y humo? Algo termina. Algo habría de poder recuperarse para empezar de nuevo. Estimo, espero, que se haya agotado la versión clerical de la Iglesia que dio lo que más pudo hasta que las maderas comenzaron a apolillarse. Los restos, las brasas todavía vivas, son los cristianos comunes y corrientes que, sin creerse superiores a nadie, sabiéndose incluso peores que muchos, recuerdan al Jesús que los perdona. Al nazareno que se hinca, como samaritano, para recoger al prójimo botado a la vera del camino.

En otras palabras, espero que la reconstrucción de la Iglesia no pase más por la sacralidad de la persona del sacerdote. Esta ha sido la causa de relaciones infantiles entre los pastores y los demás bautizados y bautizadas, además del factor estructural que ha facilitado la comisión de los abusos que tanto se lamentan. No es deseable que se reconstituya una institucionalidad jerárquica e impasible a los sufrimientos de los contemporáneos. Sí, en cambio, que surja otra organización eclesial, una que exponga a los sacerdotes a entrar en relaciones adultas con la gente de la época, una en que los católicos se sientan como dueños de casa en su Iglesia y no como visitas. Una Iglesia así, por solo ser así, anunciará a la humanidad que Jesús fue profundamente humano.

Porque en suma, al final del día, solo es necesaria una Iglesia que conjugue la humanidad de Cristo con su humanidad. Esto es fundamental. Las estructuraciones eclesiales cuando no sirven para humanizar, mejor que se desplomen. Si no se abren para encontrar a Cristo en las otras tradiciones religiosas y filosóficas, o no se dejan cuestionar por los ateos que ven en ellas una institución estatal más, estorban. Deseo que lo que esté regenerándose sean cristianos que recojan los fierros que quedan, los fundan, y paren capillas abiertas, comunidades amigas de cualquiera, cercanas, simpáticas y jugadas por los demás. Una nueva Iglesia, en vez de excluir, tendría que poder bendecir todo lo que se mueva, a los queer ciertamente, pero no los tanques.

No importa tanto que en tiempos de pandemia los cristianos no puedan comulgar en la misa. Importa mucho más que multipliquen los panes con los hambrientos y que estos coman primero. Es de esperar que esta Semana Santa el recuerdo del arraigo de Cristo en lo más hondo de la historia haga que los cristianos se partan y repartan para alegrarle la vida a los que lloran. Si lo hacen, mucha gente sabrá en qué consisten las bienaventuranzas. La reconstrucción de la Iglesia depende de la reconstrucción de Cristo.

La vida tras la pandemia

La palabra “tras” significa después de, más allá de, una superación de lo que hubo antes, un salto. Ella favorece varias combinaciones. Un de estas es tras-cender. Otra, trans-mitir. Hagamos jugar ambas palabras. El juego consiste en responder esta pregunta: ¿habrá algo “trascendente” después de la pandemia que merezca ser “transmitido” a las siguientes generaciones? ¿Algo importante que haya de ser aprendido para luego ser enseñado?

Supuesto que llegará el momento en que nos sacaremos las mascarillas, ¿diciembre o julio?, proyectemos un balance. A unos bastará celebrar la vuelta a la normalidad. Otros, en cambio, habrán podido caer en la cuenta que somos seres sociales, que ha sido importante recuperar el sentido colectivo de la vida, que es necesario obedecer a las autoridades, que la política debe velar por el bien común y el Estado proteger y promover a los ciudadanos. Pienso que todo esto será verdaderamente relevante porque significará enmendar el rumbo equivocado del individualismo y del neoliberalismo.

Un “tras la pandemia” puede significar cosas opuestas. Bajo un respecto, será volver a lo antiguo. Bajo otro, descubrir lo nuevo, inventarlo. Para descubrir algo, eso sí, se tendrá que hacer una experiencia nada de fácil. Se ha de ir al fondo y encontrar en sí mismo la manera de sobreponerse a esta tragedia. El asunto no consistirá en que la pandemia “pase”, sino que “nos pase”. Es decir que nos duela en el estómago, que nos haga dejar ordenaditos los papeles de la herencia que dejaremos a la familia y pensar en cómo nos gustaría que fuera nuestro funeral. La pandemia, en fin, esta posibilidad cierta de la muerte propia o cercana, obliga a revisar el sentido de la vida.

¿Es la vida trascendente? ¿Qué es trascendente de la vida? Si alguien dice que ni esto ni aquello le importa porque, por ejemplo, perdió gente muy querida o volvió a la miseria, porque no le parezca ya que algo valga más la pena, esa persona merece máximo respeto. Sería una brutalidad imponerle una determinada razón para vivir. Pero otras personas, en la actual catástrofe, habrán podido apostar a algo que la muerte no puede devorar o, dicho en términos menos rotundos, apostar a que hay ideas, costumbres, recuerdos, mártires, figuras o menospreciados sin merecerlo, que guían para siempre. El caso es que este par de años de tormentos varios, pueden ser ocasión para ellas y nosotros de revisar qué necesitamos, y que no, qué ajustes hacer y por qué, para dar una orientación definitiva, decisiva, a tantos esfuerzos.

Conjuguemos lo trascendente con su transmisión. ¿Qué ha de ser transmitido como trascendente tras la pandemia? ¿Qué ayuda a encarar las dificultades que se nos imponen que merezca ser recordado y educado? Mi opinión es que el día de mañana nos moriremos igual, pero habrá tenido un valor eterno haber creado juntos un mundo más amigo, uno en que la vida haya llegado a ser mejor porque se ha tratado de salvar vidas, vidas de todo tipo, como si cada una de estas valiera más de lo que parece.

Por lo mismo, creo que los padres darán un mal ejemplo si hacen pucheros por el virus, si a cada rato miran el calendario o se alistan para abuchear al gobierno su próximo yerro. Estos comportamientos son intrascendentes. Son comprensibles, pero no educan. Nacemos llorando, el asunto es morir sonriendo o al menos serenos, con dignidad, sin desmoronarse. Así sí que se enseña.

No sabemos qué pasará tras la pandemia. ¿La dejaremos atrás? Supongámoslo. El asunto de veras novedoso es qué tipo de triunfo hagamos sobre ella. La vacuna acabará con el covid 19, pero no con la insolidaridad de los seres humanos. Las ollas comunes, sí lo harán. El amor con que el personal médico ha puesto en curar a los enfermos, también lo hará. La atención de los padres, madres, apoderados y maestros para enseñar a los niños que la humanidad tiene un valor imperecedero, lo mismo. Estos son los aprendizajes colectivos que el país tendría que somatizar a modo de enseñanzas que más nos mejorarán.