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Cristo de nuevo

20130404-iglesia_al1Los cristianos creen que Cristo resucitó. Lo impresionante, sin embargo, es que creen que resucitó un crucificado. No un muerto cualquiera. Sino uno que, en nombre de Dios, representó una causa lo suficientemente conflictiva como para haber sido condenado por el establishment a una muerte violenta. Su causa fue anunciar a los pobres el reino, perdonar a los pecadores, proclamar a un Dios que ama sin límites. Los cristianos recordaron al crucificado, además, para que no hubiera nunca más víctimas de violencias injustas.

Pero el cristianismo ha tenido problemas para transmitir este aprendizaje a lo largo de dos mil años. La devoción a Cristo, por ejemplo, ha conducido a conclusiones contrarias: a unos les ha ayudado a resignarse ante la injusticia y a otros a luchar contra ella. Por otra parte, tras el olvido de las razones que tuvieron los fariseos y saduceos para eliminarlo; después de haberse usado miles de veces por reyes y cruzados para derrotar a sus enemigos por las armas; y, habiéndose convertido en un objeto decorativo de gente adinerada, el símbolo del crucificado se ha desvanecido. Aún ayuda a cargar los dramas de la vida de tanta gente, pero no tiene vigor suficiente para hincar de rodillas a una sociedad social, económica, cultural y políticamente injusta.

¿Qué asoma en la destrucción del cristo de la iglesia de la Gratitud Nacional la semana pasada?

Asoma el vandalismo de personas desconocidas que destruyen un símbolo muy querido en Chile. Lo han hecho pedazos como se puede herir mortalmente a cualquier ser humano. Se atropella así los sentimientos humanitarios de cristianos y no cristianos. Se lo hace adrede. Para intimidar y amenazar a los chilenos por parejo. Lo hacen vándalos, posiblemente jóvenes, que desprecian los sentimientos religiosos y humanos de sus conciudadanos. Pero lo hacen con la complicidad de dirigentes universitarios que se hacen los lesos cada vez que estos desalmados destruyen la ciudad. Y lo hacen también, ¡atención!, en una sociedad en la que ha comenzado a ser posible reírse de la Virgen o pintarrajearla; y burlarse, denigrar e insultar públicamente a cualquiera.

Asoma, ciertamente, la incapacidad del gobierno de controlar la violencia y al lumpen que la practica a cada rato y de un modo creciente. El gobierno procura incluso educar a los ciudadanos en el respeto del prójimo. ¡Cuántas veces se pide a la gente que no se siente en el suelo en el Metro! Los jóvenes no se hace caso a avisos tan razonables. Otras personas no pagan en el Trassantiago. Manadas completas de sinvergüenzas se cuelan gratis. El Centro es un chiquero. Todas las casas rayadas con graffitis. Edificaciones preciosas… Y nada. El lunes vuelven los funcionarios municipales a limpiar y reponer los paraderos destruidos. Tampoco se la puede el gobierno con las tomas. No logra controlar la destrucción de establecimientos por parte de estudiantes que demandan educación buena y sin costo, becas, plata las fotocopias y para financiar el centro de alumnos que, a su vez, arrasa con las instalaciones.

Asoma, talvez, la rabia contra un país próspero y terriblemente desigual. La destrucción de este cristo de Cumming con la Alameda equivale a dinamitar una de las impresionantes mansiones de la Cota Mil. Destruirlo, es pegarle a los millonarios de Chile donde más les duele: en el símbolo que contiene la violencia que ellos generan con la sociedad de consumo que, por una parte, aviva las ganas de comprar y, por otra, produce frustración y resentimiento.

Asoma, seguramente, la furia indeterminada contra el clero, los obispos y los creyentes en general.

No se puede descartar que los jóvenes, destruyendo al cristo de yeso, quieran recordarnos al Cristo del monte Calvario. Lo dudo. Si así fuera, tendrán que reconocer que hacer añicos la imagen de un torturado equivale a torturarlo de nuevo.

Chile tiene símbolos para ejercer la violencia: sus héroes, sus batallas, sus monolitos… Lamentablemente los tiene. En la era futura de la paz que tantos seres humanos esperamos, estos símbolos desaparecerán. Por el contrario, en este país el recuerdo de Cristo, para la inmensa mayoría de la población, alivia tanta pena, articula el perdón y conjura la violencia injusta. Este cristo roto de la Gratitud Nacional y los demás crucifijos que pueblan el país sacan de nuestra alma el deseo de un “nunca más”. Por eso es tan grave lo sucedido.

¿Murió Jesús, no murió…?

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Jesús desenmascaró el engaño de su tiempo: la falsía religiosa. Esta no soportó su insolencia. Lo mató. ¿Murió?

Se dice que Jesús logró huir al Tíbet, que murió de viejo, que se lo comió el Yeti… ¿Sí? No, ¡leseras!

En el Israel de esa época dos grandes instituciones regían la vida de las personas. La Ley y el Templo. Ambas vías hacían accesible a Dios. Ambas eran exigentes al pedir amor a Dios y al prójimo. Pero el cumplimiento de la Ley demandado por los fariseos se había vuelto agobiante. Nadie habría sido capaz de observar los innumerables preceptos generados por ellos para cumplirla. Cumpliéndola, eso sí, se obtenía ubicación y prestigio social.

El Templo, a su vez, estaba en manos de los sacerdotes pertenecientes a la clase de los saduceos, la aristocracia de Jerusalén. De estos dependía la realización de los sacrificios gratos a Dios. Pero –este era el problema- habían convertido a Dios en su “producto”. El mercadeo se hacía en los atrios del Templo. Los sacerdotes, a través de sub-contratados, vendían a los peregrinos los animales para los sacrificios. Estos debían ser puros. Pero solo ellos vendían animales puros. Había además intermediarios que cambiaban monedas romanas por judías. Pero, ya que en el lugar sacro no se podía pagar con dinero pagano, ellos autorizaban a los cambistas a hacer las conversiones a moneda judía y, por supuesto, cobraban una comisión. Este negocio, como vemos, también les pertenecía. Esto y aquello, sin contar los impuestos que cobraban los mismos sacerdotes. Así se constituía el polo económico más importante de Israel, al servicio del cual la religión sacrificial fungía de ideología. Si lo propio de la ideología es generar una mentalidad que naturaliza prácticas indebidas, el Templo operaba bien porque normalizaba todo un mundo de autores, cómplices, encubridores, y de víctimas inocentes, obligadas también estas a hacer funcionar el mercado religioso. María y José no pudieron no ofrecer en el Templo dos pichones en agradecimiento a Dios por el nacimiento de Jesús.

Hoy no sucede así. Sin embargo, pueden darse semejanzas. Porque la tentación de usar a Dios, de vender “dios” en rezos, ceremonias o ritos, es tan antigua como los ídolos y siempre tendrá futuro. La lógica mercantil del “pasando y pasando” –válida en el campo de los negocios- puede infiltrarse en la fe de la gente: “me porto bien, Dios no me castiga; me va mal, es que algo hice”. Pero la lógica mercantil es exactamente contraria a la lógica del Dios del judeo-cristianismo. Si el Dios de Jesús ama a los pobres que no tienen con qué comprar y perdona a los pecadores que no tienen buenas obras de las que jactarse, el cristianismo debiera ser “gratis”.

Jesús, dicen las Escrituras, sacó a latigazos a los comerciantes del Templo. Arruinaba así el monopolio de los potentados de Jerusalén. No atacaba tan fuertemente a los vendedores de palomas como al sistema y la mentalidad mercantil que había traicionado la fe de Israel. Se sabe que esta fue la gota que rebalsó el vaso. Lo mataron. ¿Lo mataron?

Dicen también las Escrituras que su última expresión en la cruz fue un grito. Gritando, pensamos, se hizo diputado de los que claman agobiados por deudas monetarias o por deudas morales. A Dios nadie le debe nada. Tampoco Él debe nada a nadie. Por esto la Iglesia ha de acoger en primer lugar a quienes no tienen con qué intercambiar; y ha de atacar sin miramientos a los causantes de todo tipo de exclusiones. Cuando lo hace, cuando sufre las consecuencias por hacerlo, otra vez se entiende por qué mataron a Jesús.

¿Lo mataron? Sí. Pero vive. No en el Tíbet, tampoco se deja ver en las prácticas religiosas hueras, sino entre quienes mueren unos por otros. El cristianismo es cosa de mártires por el prójimo.

“El club” otra vez

sandokan2Hace unas semanas vi la película “El club” y escribí una columna. Ya que otras personas me hicieron dudar de mi interpretación fui a verla por segunda vez. En las dos oportunidades el fin me pareció terrible, pero espléndido. Sin embargo, me retracto de mi primer juicio: no se puede afirmar muy fácilmente que Sandokán, la principal víctima de los abusos sexuales de un sacerdote, sea “Cristo”. En la película –reconozco ahora- no hay un clavo suficientemente fuerte para colgar este cuadro. Aun así, hay en él insinuaciones de redención que no se pueden descartar.

El Club, sí, es una crítica feroz y definitiva a la institución eclesiástica. Esta aparece como perversa en el caso de los sacerdotes (pues todos son delincuentes, pedófilos, homosexuales mal asumidos o han estado metidos en líos sórdidos) o es encubridora (ya que la dirigencia eclesiástica procura que no salga a la luz o no se juzgue penalmente a tales sacerdotes). Toda la crítica se concentra en los responsables de una religión gobernada por una jerarquía que tapa los problemas del clero y de un pietismo hipócrita.

La historia se desarrolla en La Boca (al sur de Santo Domingo), en una casa dispuesta por la jerarquía eclesiástica para albergar a un grupo de cuatro y, eventualmente, más sacerdotes que deben ser escondidos. La “comunidad” es regida por una ex monja santurrona, Mónica, que se ha rehabilitado a sí misma con su función de carcelera y que no está dispuesta a que este centro de oración, penitencia y redención se acabe. A ella esto es lo único que le queda en la vida. El cura García, un jesuita que viene a investigar la muerte del sacerdote Matías Lazcano -este, el quinto sacerdote recientemente enviado a la casa-, representa a la institución eclesiástica que ha decidido tomar cartas en el asunto de los abusos: él es la “iglesia nueva”. Pero no. Él viene a cumplir una función de la iglesia de siempre, la institucional, la “santa” que no puede tolerar que se sepan sus pecados y que tiene los medios para auto absolverse. Tras todos los episodios del drama, García, bajo la amenaza de Mónica de dar a conocer lo que ocurre en este lugar si él, el interventor, cierra la casa, deja todo tal cual. Pero en adelante se habrá creado una situación increíble. Los habitantes de este centro de penitencia y conversión tendrán que vivir con Sandokán, la víctima, y difícilmente sabremos cómo será esa convivencia. Lo único claro es que la institución eclesiástica, por el momento, logra desactivar una bomba que ha podido explotarle en la cara.

Sandokán es el personaje principal. Es un miserable terriblemente dañado por Matías Lazcano, un cura pedófilo, desde que lo recogió de un hogar para niños pobres, lo hizo su acólito y su abusado sexual del modo más denigrante imaginable. Sandokán ha venido siguiendo a Lazcano gritándole las aberraciones sexuales que padeció de su parte, pero también ligado a él para siempre, pues dice deberle mucho y admirarlo. Sandokán tiene, a pesar de todo, una alta estima de “los curitas” y desearía vivir siempre cerca o con ellos. Pero la llegada de Lazcano a la casa, y Sandokán detrás de él vociferando sus barbaridades, pone en peligro a todos los demás. El grito del inocente es una amenaza contra todos los sacerdotes que viven allí. Tratarán de eliminarlo de dos o de tres maneras distintas, pero no logran hacerlo.

García es un personaje sumamente extraño. Es un funcionario fiel a la institución capaz de cualquier cosa por salvarla. Se insinúa una participación suya en uno de los intentos de asesinato de Sandokán, pero después él mismo lo recoge del suelo, lo carga sobre la espalda, lo cuida y se encarga de su protección; parece interesarse efectivamente por investigar y convertir a los sacerdotes que interroga, procura poner orden y cerrar la casa si con ello desbarata la amenaza que esta significa para la jerarquía, pero al final conjura este peligro sin que sea eliminado Sandokán sino integrándolo a la “comunidad”. La víctima amenazante es absorbida.

En la obra no se dan bastantes elementos para creer que Sandokán sea Cristo, aunque García al momento de curar sus heridas le besa los pies como suele hacerse con el Cristo crucificado en Semana Santa; aunque el mismo García entone el canto litúrgico del Cordero de Dios al final del film. Esta puede ser perfectamente una ironía del director, Pablo Larraín. No queda claro. Pero ya antes de este canto de cierre, Sandokán en la nueva vida que se le ofrece aparece por única vez con el rostro despejado y limpio, en el que destacan las heridas del intento de linchamiento (¿el resucitado con los estigmas de la crucifixión?). Vivirá otra vida. En ella será sujeto de respeto. Él mismo deja claro que necesita una lista interminable de remedios. Habitará en una pieza solo del primer piso.

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¿Qué decir del conjunto? No podemos hacer caso omiso de que este film es estrenado en Chile en tiempos de una de las mayores crisis de confiabilidad en la historia de la iglesia chilena. ¿Debe entenderse que los sacerdotes sean todos desgraciados? En el film sí lo son por diversas razones: Vidal (pedófilo), Silva (ex capellán militar), Ortega (derivador de neo-natos) y Ramírez (no se sabe qué, pero se encuentra allí por algo). En estos casos, y en todos los casos que hemos conocido en el país los últimos años, el hecho de que los protagonistas de los abusos sean sacerdotes agrava el daño cometido.

¿Debe entenderse que la jerarquía eclesiástica chilena encubrió abusos y delitos? Lo ha reconocido ella misma. Esto, precisamente, debe considerarse un principio de esperanza. La iglesia chilena ha sido estremecida –como solo ha ocurrido con la iglesia irlandesa- en razón de abusos, indolencias, denegaciones de justicia y encubrimientos. Sin embargo, ha reaccionado. Hace poco ha sacado nuevos protocolos para proteger a los inocentes y ha sancionado a culpables. Pero esto no basta. Mi impresión es que ha faltado caer en la cuenta de lo atroz que puede ser para los católicos confiar en sacerdotes que pueden o han podido abusar de ellos.

Es de esperar que los católicos, especialmente los sacerdotes, vean esta película. Estos debieran considerarla un aporte a una toma de conciencia que aún no llega al fondo sobre la ambivalencia de su oficio. Pues es muy grave que el abuso sobre una persona sea cometido por alguien que pretende representar a Dios mismo. Y mucho más grave aún que quienes pueden hacer justicia a las víctimas de estos abusos, descarguen otra vez la culpa sobre ellas mismas o se las arreglan para que el escándalo no salpique a la institucionalidad eclesiástica.

En “El club” no se nos ofrece un clavo suficientemente fuerte para sostener uno de los films más impresionantes sobre Cristo. Hay buenas razones para pensar que todo acaba en el horror y la desesperanza. Pero los que quieran ver la película con los ojos de la fe tendrán que recordar en Sandokán al Cordero: él experimenta cierta redención y su convivencia futura con quienes han tratado de matarlo constituye también para ellos un principio eventual de redención.

Los casos Karadima

bosquedekaradimaEl caso Karadima, entre otros casos del género, puede ser analizado desde distintos ángulos. Ofrezco una mirada teológica. No puedo excluir que Fernando Karadima haya podido hacer el bien a mucha gente. Personas cercanas podrán decir que sí. Ningún fenómeno humano es cien por ciento puro o impuro. Pero, así como es posible detectar en Karadima, y en otros líderes religiosos, una perversión psicológica, también diagnosticamos un tara teológica. A mí parecer, él, Marcial Maciel, Paul Schaefer y otros líderes espirituales menores, son caso de corrupción del “mediador”. Quien se suponía que cumplía la función de acercar las personas a Dios y Dios a las personas, resulta ser un impostor.

El mediador es impostor cuando ocupa el lugar que solo corresponde a Dios. Se impone a las personas con una contundencia y magnetismo irresistible. Las atrapa en su persona. No las remite al Dios que trascendiendo al ser humano, puede cuidar de él sin necesidad de enderezarlo a la fuerza. La patología teológica del impostor, es paradójicamente una falta de fe que oculta una sed insaciable de poder. En cualquier persona la fe puede ir y venir. Pero hay expresiones religiosas que, pareciendo fe, no lo son. El impostor, en cuanto teológicamente enfermo, no es un creyente. Pide fe en él, cuando solo debe exigirla para Dios. Cuando es sacerdote, ofrece liberación del demonio, del pecado y de la culpa, pero no cumple. Pues, cuando el impostor se apodera de los demás, cuando se adueña de las personas olvidando que ellas solo pertenecen a Dios, genera confusión en la gente y la peor de las dependencias; no genera amor, sino miedo, miedo a amar y ser amado. La víctima termina culpándose de unos pecados que no son sus pecados, sino los del abusador. De esta manera el impostor puede dinamitar los límites dentro de los cuales una persona logra organizar éticamente su vida. Él, como ídolo, con sus pretensiones de omnisciencia (todo lo sabe) y de omnipotencia (todo lo puede), como un falso dios que extrae su fuerza de los cautivos que lo tratan como a un santo, ofrece una seguridad insegura a personas inermes, desamparadas, al precio de su libertad.

Fernando Karadima desprestigió mediaciones muy queridas por la Iglesia: devociones sencillas como medallas y rosarios, pero también el sacerdocio y el sacramento de la confesión. La gente reconoció en la religiosidad que él tan bien gestionaba, esos caminos que la Iglesia ofrece para alcanzar a Dios. Fue fácil confundirse. Por estas vías muchas personas tuvieron, no obstante todo, una auténtica experiencia espiritual, pero otros cayeron en la trampa. Es especialmente triste la corrupción del sacerdocio en que Karadima incurrió. Su empeño consistió en valorar el sacerdocio por sí mismo. El foco de la religiosidad que él representó tuvo que ver con la vocación sacerdotal, con tener o no “zapatitos” para caminar al seminario. Los que los tuvieron, fueron considerados superiores a los demás. Pero un sacerdocio que no media, que no facilita el encuentro amoroso y libre entre las personas y Dios, que por el contrario se erige como un fin en sí mismo, es nocivo.

Jesús de Nazaret, en razón de quien la Iglesia entiende el sacerdocio, sí fue un mediador. Lo es porque facilita el encuentro libre entre el Creador y sus criaturas. Es cosa de tomar la Biblia y hojear el Nuevo Testamento: Jesús, abierto a la realidad, afectado por el sufrimiento ajeno, es que sana al leproso, da vista al ciego, cura a la mujer hemorroísa, perdona a Zaqueo y exige a cada uno que crean que su Padre los ama. Cuando es necesario dar la última señal del misterio de su vida, para que a todos quede claro que ha venido a servir y no a ser servido, se agacha y lava los pies a sus discípulos. No sacrifica personas a Dios, para ubicarse él mismo en la cúspide de una pirámide religiosa. Él es quien se sacrifica por los demás.

Para la Iglesia Jesús sí es mediador: hombre entero y Dios por completo, pero como camino de uno a otro. Ya que la unión de Jesús con Dios fue plena, él pudo ser una persona íntegra y la más generosa de todas. Por otra parte, siendo un hombre libre y liberador, pudo revelar al Dios verdadero. El Dios de Jesús es pura libertad y, por ende, compromiso puro con el prójimo.

Sin embargo, si observamos la relación de Jesús con sus discípulos constatamos una relación riesgosa. Él produce en ellos una atracción tan fuerte que perfectamente, como otros gurús y líderes espirituales, pudo aprovecharse del vínculo para convertirlos en aduladores suyos y hacer con ellos cualquier cosa. No lo hizo. En cambio, influyó en los demás desencadenando en ellos su fe y su libertad. En vez de enredar a los demás consigo mismo, compartió con cualquiera lo más suyo: un Dios que llamó “Padre nuestro”. Jesús no se predicó a sí mismo. Predicó el reino: la prevalencia del servicio sacrificado por el prójimo en el nombre de Dios.

La ascendencia excesiva de una persona sobre otra siempre merece cuidado. Por cierto, no siempre es fácil reconocer a un impostor detrás de uno que nos es presentado como mediador religioso. Todos los sacerdotes, especialmente los más carismáticos, pueden dejar atrapadas personas en su propia persona. Pero también en otros oficios y en cualquier relación humana, cabe la posibilidad del uso y abuso de las máscaras, del rol o de la investiduras.

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El Papa de overol

Papa imágenesOverolMe imagino al Papa Francisco de overol. Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Vicario de Cristo cargar la cruz con overol, la vestimenta de los obreros y de los municipales que durante la noche se llevan la basura de nuestras casas. ¿Es mucho pedir?

Sé que Francisco me entiende.  Sé que todavía no puede hacerlo. Lo entiendo.

Lo que este Papa ha puesto en juego es el significado del cristianismo. Él ha dado potentes señales en favor del Jesús humilde que opta por los que la sociedad de hace 2000 años y de todos los tiempos, desprecia. Si Francisco de Asís reformó la Iglesia recordándole a ella misma el nacimiento de Jesús en un pesebre, el obispo de Roma que ha adoptado su nombre está haciendo exactamente lo mismo. El cristianismo, especialmente la versión principesca de la Iglesia tan bien ilustrada por la Basílica de San Pedro, se va haciendo insignificante. Por esto Francisco Papa no quiso habitar las dependencias lujosas de esas edificaciones y se fue a vivir a la casa de Santa Marta, con más personas y más modestamente. No quiso dormir aislado del mundo y suntuosamente. No solo porque le daba depresión hacerlo. Sobre todo, porque él sabe que el anti-signo de un Papa rico se ha vuelto insoportable.

Sé que me entiende. Otros no me entienden. Es comprensible. Creer en el crucificado ha sido durante dos milenios una especie de contrasentido.

Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Papa Francisco recordándonos al Cristo que saca la basura del mundo como un obrero municipal que carga sobre sus hombros sacos plásticos de porquería. Así entenderíamos mejor esa convicción teológica tan profunda de San Pablo que reza: “Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Se dice que se ha visto al pontífice sacar los desperdicios de la casa de Santa Marta. ¿Será verdad? Calza con él.

Voy todavía más lejos. Quisiera ver que para la próxima Navidad el obispo de Roma instale en medio de la Plaza de San Pedro una mediagua y comience a vivir en ella. Al trasfondo de la cual, las columnas de Bernini producirían un inequívoco contraste. De esta manera todos entenderían que la Iglesia de Cristo es “la Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, Oscar Romero, Manuel Larraín). Una mediagua, en ese contexto, despertaría en nosotros el interés por saber dónde vive un hombre de overol. Probablemente llegaríamos a entender que la sociedad lo ha puesto a sacar basura porque su casa,  al igual que tantas en cualquiera ciudad latinoamericana, no tiene número. Si se incendia, nadie más que ese hombre sabrá que existió. Una vivienda como esta es tan indeterminada como la existencia de su dueño: a él se lo integra cuando conviene; pero si se sabe que su mediagua no tiene número puede perder el trabajo. A un hombre así se lo aprovecha y se lo desecha. Un Papa con overol, viviendo en una mediagua en medio de la Plaza de San Pedro sería más eficaz que los meritorios esfuerzos por la paz del cuerpo diplomático vaticano; más aún, quién sabe, que la educación católica de las élites de América latina. Cuando Jesús murió en la cruz se rasgó el velo del Templo. Los primeros cristianos lo recordaron con eucaristías celebradas en casas comunes y corrientes. Terminaron creyendo en un hombre conflictivo e irreverente.

Sé que el Papa Francisco me entiende. Otros no. No faltará quien vaya a acusarme.

Semana Santa: si el Papa todavía no puede realizar un gesto semejante, no excusa a los cristianos de significar al Dios que opta por los pobres porque conoce la pobreza en primera persona.

Jesús, hijo de Galilea

La Navidad nos saca del alma los mejores sentimientos. Tal vez el más grande ellos –sentimiento y actitud ante la vida-, es la esperanza. No obstante lo ocurrido en los últimos meses, volvemos a creer en el ser humano. Las derrotas del año, entre Pascua y Año nuevo, ocuparán el lugar que les corresponde. La vida no tiene derecho a humillarnos. Las humillaciones sufridas no debieran nublarnos el porvenir. La Navidad nos recuerda la inmortalidad de nuestra dignidad. La memoria de una mujer humilde, su familia modesta, reaviva en nosotros anhelos de amor y de paz, alienta nuestra esperanza.

María de Galilea, subrayo Galilea, explica la humildad de Jesús. No fue fácil para ella ser humilde. Tampoco lo fue para Jesús. Y, sin embargo, la calidad de la esperanza cristiana depende de la sencillez de una familia de carpinteros. Los “mansos heredarán la tierra”, proclamará Jesús, después de haber discernido en su corazón cómo ser humilde, y después de haber desechado otras posibilidades. La Galilea de entonces fue una zona especialmente humillada. A todo Israel, los romanos le pusieron la bota encima. Pero la Galilea era especialmente pobre, la más oprimida de las provincias.

¿Qué pudo cultivarse en el corazón de los galileos de la época? ¿En el de María y José? La humillación es una experiencia histórica constante. La sagrada familia fue una familia humillada como los fueron los vecinos de Nazaret, de Cafarnaum o de Caná. La humillación, cuando se da, se da. Es un hecho, un daño, una herida que deja cicatriz. Otro asunto es cómo se procesa. Las superaciones de la humillación han podido ser cinco.

+ La rebelión contra los opresores. Los zelotas tomaron las armas contra los romanos. La violencia revolucionaria es una constante en la historia humana. La reacción contra la opresión si no es justa, es comprensible. Fue en Galilea donde fraguó la resistencia violenta contra Roma.

+ Otra salida es la simulación, la identificación con el agresor, la internalización de las ideas y costumbres del imperio de turno por temor a sus soldados o por abrirse un camino de sobrevivencia arribista. Seguramente hubo judíos que cedieron al encanto de la Pax romana. Lo habían hecho ya con la cultura griega.

+ Algo así hicieron los saduceos. Pero en su caso la sumisión no les fue miserable. Las familias aristocráticas y ricas de Jerusalem encontraron la manera de acomodarse a la dominación romana. Sacaron ventaja social y económica a este arreglo. Estuvieron, por cierto, prontas a crucificar a un inocente, si diera señales de ser el mesías. No tolerarían una amenaza a la tranquilidad de Palestina. La acomodación, el arreglo con los poderosos en todas las épocas ha parecido conveniente.

+ Otra posibilidad ha sido tragarse la humillación. Los pueblos oprimidos, con conciencia de tales, han solido interiorizar la violencia y dejar que el odio los mate. El odio pudre y mata. Los oprimidos de entonces, y de todas las épocas, han podido somatizar el miedo y la amargura, doblarse y aceptar resignados el futuro como una fatalidad.

La quinta salida de la humillación es cristiana. Los cristianos en Navidad celebran la humildad. Creen que María, la galilea, inculcó en Jesús esta virtud. Así lo dan a entender claramente los textos bíblicos. María ha debido liberar a su hijo de la vergüenza de ser pobre. La madre debió recordarle una y otra vez que nació en un pesebre. José, su padre, debió enseñarle a manejar con orgullo las herramientas. El niño sacó de ambos la convicción de su dignidad: él supo que no vino al mundo a pedir permiso ni a pedir perdón. Debió aprender lo uno y lo otro, pero no como un encorvado incapaz de mirar a los principales a los ojos. Tampoco como un amargado. Este hombre encaró un día la muerte, no como un cordero llevado al matadero, sino como un joven bendecido por el cielo y las estrellas, un señor al servicio de los miserables y de la reivindicación el honor de su pueblo.

La humillación sigue su curso por siglos. Ejemplos: la mujer traicionada por el marido, y viceversa; los habitantes de Alepo sitiados a fuego y estruendos; los sacerdotes en tiempos catastróficos para su credibilidad. Para ellos, y otros, el Cristo que viene al mundo esta Navidad, al igual que la galilea de Nazaret, debió procesar interiormente la humillación de sus compatriotas: adoró al Dios que levanta a los humildes y abominó a los “dioses” que pisotean al ser humano. Su madre le contagió su amor a los pobres, lo corrigió talvez para que no mirara nunca a nadie hacia arriba ni hacia abajo. Ella hizo de su hijo un hermano; un hombre que, por haber compartido el miedo y el desprecio de los galileos, por haber cosechado en esta región de Palestina la humildad, supo comprender las penosas excursiones de la opresión y perdonarlas; como un samaritano, que sin pretensión alguna de superioridad, devuelve al prójimo la esperanza en la altura exacta de su menosprecio, de su abandono, de su desesperanza o de su desesperación.

El Cristo inmigrante

No discuto la obligación del Gobierno de regular la inmigración. Pero no es la protección contra los extranjeros lo que asegura la paz, sino acogerlos y tratarlos con dignidad. Miremos la historia: ¿quién es más chileno que el mestizo, mezcla de nativo e inmigrante a lo largo de sucesivas generaciones?

 Tengo a mano tres casos prometedores. Entre los buses de la Alameda vi a un vendedor ambulante peruano con un gorro que decía “Chile”. ¡Qué símbolo! Pero, ¿de qué? ¿Trataba  de ganar la simpatía de sus clientes? ¿Se protegía contra posibles agresiones? Tal vez quería sinceramente ser otro chileno más. ¿Por qué no?

 Un caso mejor es el de tantas nanas que han dejado el Perú para venir a cuidar  niños chilenos. Varios reparos se podría hacer a la calidad moral de estos empleos, pero lo que aquí importa es la convivencia familiar y muchas veces amorosa entre estos niños y sus nanas. ¡Éste sí que es símbolo! Pongamos atención: para salvar a sus hijos de la miseria, una mujer abandona su patria, parte a una tierra desconocida, a veces hostil, a educar niños ajenos. Nuestro ojo superficial nos dirá que una mujer peruana y humilde no podrá enseñar a nuestros hijos más que rarezas. Nuestro ojo profundo, en cambio, verá que nadie podrá educar mejor a estos niños que una nana así, porque no hay aprendizaje más importante que el del amor y mujeres como éstas enseñan a amar con el puro ejemplo de su inmenso sacrificio.

 Para el tercer caso recurro a la ficción: ¿cómo no imaginar el nacimiento de un niño hijo de peruana y chileno, o al revés? No nos extrañe que la soledad, los acosos o el amor verdadero traigan a luz este año, estos días, nuevos mestizos, semejantes a Jesús mitad judío y mitad galileo. Si así sucede, no habrá mejor símbolo de una nacionalidad híbrida como la nuestra que un niño, una niñita chileno-peruana. Ojalá la unión de las razas exprese el amor entre las razas y sea el amor la única fuerza del intercambio cultural entre los dos pueblos.

 Volvamos al caso de Jesús. Téngase en cuenta que poco después de nacido Jesús, él y sus padres fueron refugiados en Egipto. ¿Buscó José trabajo allí subcontratado en la restauración de una pirámide? ¿Estuvo María dispuesta criar a Jesús a ratos, empleada principalmente en alimentar y cambiar guaguas egipcias? No es obligatorio conmoverse con la historia del hijo de un carpintero. Pero no habrá razón para recordarlo, enternecerse, ni menos aún para creer en él, si no es para abrir el corazón al Cristo que estos días es objeto de recelo político, el Cristo que nos sale al paso en un coreano, un ecuatoriano o un peruano.

El cañonazo de Felipe Berríos

La entrevista a Felipe Berríos en Rwanda ha producido fuertes reacciones. A muchas personas les ha dado una enorme satisfacción. A otros, en cambio, les ha provocado indignación. También hay que gente que distingue unas afirmaciones de otras; aprueba lo que le parece y rechaza lo que no. Debe reconocerse, por de pronto, que quien ha visto el “Informante” de TVN no ha quedado indiferente. Los temas levantados por “el cura” Berríos son relevantes.

 Lo que más ha impactado ciertamente son sus palabras contra los obispos de la Iglesia Católica. No las repetiré aquí. Estimo que algunas de ellas son injustas. Sin embargo, después de ver tres veces la entrevista, descubro en ella una apelación evangélica muy desde dentro de la Iglesia que merece ser escuchada con una mano en el pecho. Me gustaría que quienes la vieron la vieran de nuevo y los que no, que lo hagan. Que lo hagan sin “mala leche” contra los obispos. Entenderá las palabras de Berríos quien vea en ellas a un católico que pide cambios urgentes a sus pastores. Entenderá, por ejemplo, que son las palabras de un sacerdote a quien la jerarquía eclesiástica -como a otros sacerdotes- le pide acompañar a parejas y matrimonios, con una doctrina que los católicos hoy no logran comprender.

 Agregaría que los obispos también han sido víctimas de una organización eclesiástica que ha comenzado a ser revisada al más alto nivel. La elección del Papa Francisco por una inmensa mayoría de votos, ha tenido por objeto reformar un gobierno de la Iglesia fuertemente centralizado y, para muchos, asfixiante. Que Francisco haya querido llamarse “obispo de Roma” indica que no pretende ser el “gobernante” de todas las iglesias. Sabe que su función es reformar la curia para que esta cumpla el servicio que a él corresponde de unir, y no de uniformar, a la Iglesia. Esperamos con esto que nuestros obispos latinoamericanos y chilenos tengan más libertad de la que se les ha reconocido para cumplir su importante misión.

 El P. Berríos hace una autocrítica “en” la Iglesia pero también “en” la sociedad en que vivimos. Me detengo en otros asuntos contra los cuales disparó un cañonazo. No pueden ser olvidados. Me referiré a los que me parecen más significativos:

 * Hace una crítica contra un catolicismo de clase alta. A Berríos le parece que los colegios católicos seleccionan a sus alumnos de acuerdo al dinero, a su religiosidad, rechazando a veces a “los hijos de papás separados”. Advierte contra la petición de respeto del derecho a la libertad para crear colegios que no va de la mano de la libertad de cualquier persona para acceder a ellos. Hay colegios de Iglesia que, al seleccionar, excluyen. A mí me parece que levantar este tema en el Chile de hoy tiene máxima importancia. Ha llegado el momento de revisar el objetivo central: se educa a las elites o se procura la integración social.  Espero que las congregaciones y movimientos religiosos que tenemos colegios de gente privilegiada lo tomemos en serio. Hay culpa de por medio. Lo que está en juego es terminar con la desigualdad de la sociedad chilena o reproducirla. Las palabras del entrevistado se dirigen en contra del clasismo de una elite chilena “que impone su manera de ser”, y que tiene su fragua en la educación católica.

* Hace una crítica al tipo de sociedad en que vivimos. Lamenta el individualismo y el consumismo. Ambos parecen aliarse para convertir a los ciudadanos en clientes. El Mercado tiende a regir en todos los ámbitos de la vida. Dicho sea en justicia, es la gran crítica de los obispos chilenos en la carta pastoral “Compartir y humanizar con equidad el desarrollo de Chile” (2012). Berríos, en esto, no ha caído en la cuenta de que los obispos se le han adelantado. Lamenta que el Mercado regule la organización de la educación, de la salud y otras áreas de la vida de las personas. Se queja contra la política clientelística ordenada a satisfacer las necesidades de la gente. Política que se aleja de su fin propio: el bien común, el sueño de un país compartido, etc.

* Berríos obliga a levantar la mirada: vienen tiempos de inmigración. ¿Está Chile preparado para recibir alegremente a otras gentes? El país tiene una deuda con Bolivia. Tiene una costa enormemente larga que no comparte. Exige reconocimiento de autonomía para el pueblo mapuche. No explica de qué autonomía está hablando. Tanto de su reclamo a favor de Bolivia como del pueblo mapuche habría que hacerse cargo.

* Felipe Berríos se atreve a hablar de Dios. Esto es lo que a fin de cuentas estremece. Lo hace en términos dialécticos. Por esto no deja indiferentes. Ataca con ferocidad al “dios consumo”. Esta sociedad ha reemplazado a Jesús por el Viejo Pascuero.  No hay espacio en los medios de comunicación para hablar de Jesús, pero sí del ídolo del consumo. Ataca, lo hemos dicho, a un catolicismo que no se deja cuestionar por Dios y se va cumplimientos religiosos interesados parecidos a los que Jesucristo combatió en su época. El “pecado” de Berríos es haber hablado de Dios. Su Dios es el de la parábola del Buen Samaritano. Este fue capaz de acercarse al hombre asaltado, herido y botado en el camino -lo que no hicieron el sacerdote y el levita-, para hacerse cargo de él. El Dios de Jesús exige a los cristianos hacer lo mismo. Este es el Dios que Berríos quiere que los jóvenes conozcan, tan distinto del “dios rasca” que nuestra generación les está transmitiendo. Espera mucho de los jóvenes. Sabe que los hay de calidad también en la elite chilena. Celebra que los líderes del movimiento estudiantil se hagan cargo “políticamente” del país.

¿“Con qué ropa” habla a los chilenos desde África y después de algunos años lejos de Chile? Podría decirse que no tiene autoridad para hacerlo. No predica, empero, desde un país desarrollado y rico. Habla sobre todo con libertad, aunque pueda errar en las expresiones. No tiene miedo. Lo hace desde la miseria misma. Lleva años entre los refugiados. Niños, mujeres, hombres heridos y hambrientos desplazados por las guerras. Ve el Chile que ama con los ojos de los pobres. Entiende que el Evangelio fue escrito para los pobres. Cree que el Hijo de Dios se hizo “pobre”. No le basta creer que se hizo “hombre”. Su autoridad no le viene de nuestro mundo. Le viene del continente de los pobres, aquel lugar del mundo con el que Dios se identifica y por cual opta.

Fe en Cristo resucitado en América Latina

¿Qué importancia puede tener hoy creer en Cristo resucitado? Planteo una pregunta que debieran hacerse los cristianos en todas las épocas. Los cristianos creemos que la resurrección de Cristo no es un hecho que ocurrió simplemente en el pasado. El resucitado, para nosotros, continúa actuando a lo largo de la historia a través de su Espíritu. Podríamos, incluso, decir que aún está resucitando, las veces que el reino del amor de Dios prevalece en nuestro tiempo. Pero esta presencia del resucitado a lo largo de la historia ha podido tener una eficacia distinta entre las diferentes épocas. Nuestro propio contexto latinoamericano tiende a cambiar significativamente. Por esto, también hoy tiene relevancia preguntarse cómo el hecho central de nuestra fe puede incidir en nuestras vidas y sociedades, y avivar nuestra esperanza en la vida eterna.

 El contexto ha cambiado. No estamos en los años de Medellín. Hace 43 años, ese 1968 que aquí y allá marcó a Europa y también a América Latina, ha ido quedando atrás en el tiempo. Los cambios han sido enormes. La pobreza, la injusticia y la violencia persisten en nuestro continente, pero tienen nuevas causas, operan de otros modos y generan víctimas antes desconocidas. Esos años, la fe en la resurrección pudo levantar sospechas de alienación. Pudo primar la opinión de Marx, de la religión como opio del pueblo. O bien, pudo querer vérsela traducida en cambios sociales revolucionarios. Hoy, por razones pastorales, no podemos desentendernos de esto y de aquello, pero el escenario social y cultural es distinto.

El replanteo actual del tema de la resurrección debe seguir siendo pastoral. La Iglesia necesita anunciar a Cristo resucitado de un modo razonable, es decir, debe hacerlo con un discurso pertinente. Si el anuncio de la resurrección de Cristo no tuviera ningún punto de enganche con nuestras vidas, si no nos afectara o nos cambiara por dentro, habría que considerarlo una fábula entre tantos otros mitos simpáticos que los seres humanos generamos para aprender algo sabio y nada más. La Iglesia necesita desentrañar algún tipo de inteligibilidad de la resurrección para nosotros hoy, no al modo de una prueba científica o metafísica de su realidad, como un argumento rotundo que se imponga a nuestras mentes y voluntades de un modo infalible. Lo que la Iglesia diga de la resurrección debiera tener la comprensibilidad necesaria para corregir y perfeccionar los nuevos tiempos.

Este desafío enfrenta situaciones nuevas. La cultura predominante cada vez necesita menos la fe en la resurrección para autocomprenderse. En otras épocas, la gente podía vivir para la vida eterna y, por cierto, con temor al infierno. En esta época, vivimos menos pendientes del más allá. Tenemos, más bien, la mirada puesta en el más acá. Los productos de la cultura nos fascinan. Pensemos en los más diversos campos: la biología, la neurociencia, la cibernética, etc. Por otra parte, sin embargo, la fe en Dios persiste en nuestro pueblo cristiano tradicional. La pastoral encara enormes desafíos, pero tampoco parte de cero. La fe en la resurrección de Cristo de nuestro pueblo, mucha o poca, debe ser reevangelizada para incidir en una época embrujada por productos que, en realidad, no satisfacen las necesidades más profundas del ser humano.

¿Qué importancia tiene hoy creer en la resurrección de Cristo? Me parece que la proclamación de Cristo resucitado tendría que enganchar con dos asuntos que tienen mucha realidad entre nosotros: la lucha de los pobres por la vida buena y digna, y la comprobación personal de la maravilla del Evangelio.

 La lucha de los pobres por una vida buena y digna

La fe en la resurrección es fe en una realidad que afecta ya ahora a todos los seres humanos. Todos hemos sido salvados en Cristo; a cada uno, su Espíritu lo está moviendo a creer en él, a amar y a esperar, incluso a quienes no han oído nunca hablar de Jesús de Nazaret.

Dada esta universalidad de la salvación, podemos preguntarnos cómo la resurrección de Cristo puede influir aún más en nuestra historia, cómo puede traducirse en un triunfo actual sobre la muerte para nuestro mundo afectado por la precariedad y la maldad.

Mi opinión es que, si la resurrección de Cristo es una buena noticia para los pobres, podrá serlo también para los demás. Si la fe en el resucitado impulsa un mundo sin pobreza, todos se beneficiarán. La universalidad de la salvación depende de que la vida de los pobres mejore. Esta vida, por su parte, nos conecta más fácilmente con el misterio pascual. Si la fe en el resucitado impulsa un mundo sin pobreza, la fe en el crucificado nos mueve a reconocer en los pobres que este mundo solo se goza cuando se comparte, tal como se comparte el pan eucarístico.

Otro aspecto de lo mismo es este: la lucha de los pobres por la vida buena y digna representa un lugar muy adecuado para comprobar que Cristo resucitó. Los pobres nos conducen a lo fundamental. Lo que a los pobres les falta, también podría faltar a los demás. Si ellos luchan por una vida mejor, luchan por aquello sin lo cual la vida de cualquier ser humano se deshumaniza. La resurrección de Cristo tiene que ver con aquello que para unos y otros es fundamental; por lo mismo, tiene que ver con los pobres antes que con nadie. Si para Jesús fue fundamental resucitar de una muerte indigna, nadie representa mejor a Cristo que aquellos que viven de un modo indignante. Nadie, en consecuencia, está en mejores condiciones que ellos de comprobar en esta vida qué puede significar aquello de que “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos” (1 Tes 1,10, Gál 1,1).

Por cierto, hay muchas maneras de ser pobre. La Conferencia de Aparecida nos habla de un sinfín de pobres. Pero los más pobres de los pobres indican mejor a Cristo. Aparecida pide que prestemos mayor atención al excluido: al sobrante y al desechable (DA 65). En esta oportunidad, tendremos especialmente en cuenta al pobre que lucha por ser incluido en sociedades que se aprovechan de él. Sociedades que no lo valoran como persona.

El conato agónico

En América Latina, podemos decir que la lucha de los pobres por la vida buena y digna equivale a la fe en Cristo crucificado y resucitado. Podemos decir que, en cierto sentido, quien lucha por una vida mejor es una especie de crucificado que vive de la esperanza en la resurrección. Pero es necesario hacer algunas distinciones. La primera, es que esta lucha equivale a la fe en Cristo cuando, para ser digna, se realiza éticamente y no de cualquier manera. La segunda, es que la expresión de esta lucha en las categorías típicas de la religiosidad, por importante que sea, no es lo fundamental. La vida espiritual se expresa a veces en categorías no religiosas. La lucha de los pobres por la vida buena y digna puede ser expresión de una espiritualidad profunda, aun cuando se dé en categorías seculares.

Los pobres latinoamericanos son creyentes en su inmensa mayoría. Su catolicismo nutre su empeño cotidiano por salir adelante, pero, independientemente de las categorías sapienciales y simbólicas que les ofrece la religiosidad popular, ellos se esfuerzan por salir adelante con la sola gracia de Dios. En su pura lucha, los demás hemos de constatar al Cristo resucitado presente, de un modo semejante a como está presente en quienes nunca han oído hablar de Jesús de Nazaret y, sin embargo, viven en el amor, se conmueven con la belleza y deploran la mentira. Es el caso de miles de millones de asiáticos.

En América Latina, probablemente, quien mejor ha observado este fenómeno es Pedro Trigo. Este teólogo español-venezolano nos habla de una “obsesión” de los pobres por vivir, de un “conato agónico”.

Definimos la obsesión como el conato agónico que tiene por objetivo y contenido la vida digna, afirmada como posible y realizada frente al orden establecido que desde su lógica decreta su imposibilidad y que la distribución concreta de sus recursos la desconoce y niega.

Pero Trigo precisa que no se trata de una característica de los pobres, aunque se dé en ellos muchas veces:

Insistimos en que la obsesión no es un rasgo de carácter, no es una  mera reacción instintiva de supervivencia, tampoco pertenece a la idiosincrasia de un grupo humano ni es sin más un elemento cultural. Como conato incesantemente reiterado logra convertirse en hábito, pero no llega a automatizarse por su carácter agónico: al mantenerse la negación del orden establecido, el acto de afirmación que la vence es estrictamente creación histórica y se sitúa así en la cúspide de la libertad[1].

Se trata, según Trigo, de una lucha irreductiblemente “personal”, es decir, libre y espiritual, no reductible a lo colectivo o común. Los pobres que se abren al Espíritu viven su fe en solidaridad y fraternidad. Se trata de una “obsesión”, pero de una vida “digna” para sí y para los demás. Y, en consecuencia, no consiste en salir adelante de cualquier modo. Es una lucha ética por una vida mejor para todos.

Es aquí que vemos la acción del Resucitado. Es en esta superación incesante de los obstáculos de la existencia, de las injusticias y de la muerte de los pobres, que hemos de reconocer al Cristo resucitado. La resurrección de Jesús no consistió en la reanimación del cadáver de un hombre cualquiera. Es el triunfo de un crucificado que representa a quienes podrán identificarse con él, porque él se identificó con ellos. Este es el punto de arraigo preciso: si al resucitado llegamos por el crucificado, al crucificado llegamos por los que hoy viven “crucificados”. Si, como creemos los cristianos, la resurrección es real, los que mejor nos pueden decir en qué pudiera consistir, son los que necesitan ser “resucitados”. Los pobres, que viven la vida a su nivel más básico, son quienes mejor intuyen qué es la vida eterna y nos pueden hablar de ella.

Esto, sin embargo, no impide el acceso al Resucitado a los que no son pobres. El don de la resurrección es para todos. Pero, ya que esta atañe a lo fundamental de la vida, su experiencia no es una exquisitez espiritual para almas selectas. Hoy, cuando el “mercado de la religiosidad” abunda en ofertas de sucedáneos de fe auténtica, la fe de los pobres constituye un test decisivo. Ellos, mejor que cualquiera, conocen en carne propia qué es vivir y sobrevivir; ellos tienen una palabra autorizada sobre qué significa creer que Dios resucitó a su Hijo.

La devoción al crucificado

En lo más hondo de la experiencia espiritual de los pobres, en su lucha por una vida mejor, constatamos la fuerza del resucitado. Esta lucha equivale a la fe explícita en el Cristo que superó la injusticia y la muerte, y que anima a los fieles a seguir sus pasos. Esta lucha muchas veces va de la mano, o se expresa, en una fe popular en Cristo, aunque, como se ha dicho, no se agote en el plano de la religiosidad del pueblo. Pero es tal la fusión entre ambas, que conviene observar cómo opera la fe de los pobres en Cristo, porque no siempre la relación de esa lucha y la religiosidad parece ser virtuosa.

Es así que, lo primero que salta a la vista, es que la devoción a Cristo en América Latina se centra en su crucifixión. Pero, simultáneamente, también llama la atención la ignorancia que el pueblo católico tiene de la vida de Jesús de Nazaret. Solo en las últimas décadas nuestro pueblo ha comenzado a conocer los evangelios y la vida de Jesús. Esto se debe a la alfabetización de los pobres a lo largo del siglo XX, pero sobre todo al Concilio Vaticano II, que puso la Biblia en las manos de los pobres. La nueva catequesis ha tenido la enorme virtud de ilustrar acerca de quién fue Jesús y qué reino efectivamente predicó. Aun así, muchas veces la religiosidad popular nos deja la impresión de ser dudosamente cristiana. A veces, algunas de sus manifestaciones nos resultaron extrañas y chocantes.

La devoción a Cristo crucificado es típica nuestra, pero los latinoamericanos en general no sabemos por qué mataron a Jesús y qué pudieran tener que ver las razones históricas de su muerte con nuestra propia historia. ¿Es esta mera ignorancia? ¿O ha parecido peligroso seguir a un condenado a muerte? Sea lo que sea, la cruz debiera recordarnos a Cristo, las razones de su vida y de su muerte, y llevarnos a creer que Dios le hizo justicia resucitándolo. ¿Será, talvez, que se ha usado la devoción a la cruz para impermeabilizarnos contra el dolor o para sufrir sin alegar? Los teólogos latinoamericanos han dado la voz de alerta en contra de una devoción al crucificado que pudiera mover a la resignación ante la injusticia. La posibilidad ha estado a la mano. Desde Anselmo de Canterbery en adelante, se ha podido pensar que la muerte de Cristo en cruz, y, por extensión, los dolores de la humanidad, satisfacen el honor de Dios herido a causa del pecado. Por esta vía, los pobres han podido incluso pensar que merecen lo que padecen. Talvez, han creído que lo que sufren sirve de expiación por sus pecados ante un Dios que necesita oler la sangre para perdonar. También los contemporáneos de Jesús vieron al crucificado y pensaron que fue un pecador. Lo creyeron culpable como parece que lo son los pobres de nuestras ciudades, los inmigrantes, los enfermos y los desgraciados de diversos tipos.

La devoción a la cruz en América Latina ofrece a la fe en la resurrección de Cristo una plataforma extraordinaria de contacto con la realidad. Pero merece ser discernida. Ella se presta a significar exactamente lo contrario de lo que significa para la fe dela Iglesia. Enla cruz, Dios no canonizó el sufrimiento humano. Dios, lo único que ha querido, es la vida de Jesús y la nuestra. A lo más se puede decir que Dios ha querido que Jesús nos amase hasta el extremo, para lo cual debió absorber en su carne el mal del mundo. Dios nunca ha necesitado que se le sacrifique a un ser humano para salvar. El crimen de Cristo no fue el mejor de los sacrificios. Dios no necesita sacrificios. Solo agradece el amor. No castiga. En la cruz se hizo patente que es Dios mismo que se nos da gratuitamente

Pero también podemos pensar que la devoción a la cruz de los latinoamericanos no es mera evasión, masoquismo o expiación por los pecados. El impacto del Cristo colgado en una cruz, su mirada perdida, sus llagas y su desamparo, tienen mucho que ver con el sufrimiento ajeno que nos conecta con nuestros propios sentimientos y moviliza nuestra solidaridad. En la devoción al crucificado, hay un ir y venir entre Cristo y los devotos que incluye a todos los que sufren y, por lo mismo, a toda la humanidad. El Cristo crucificado nos comunica subterráneamente con un mundo que sufre y que espera una resurrección.

Es más, la devoción a Cristo nos da a los latinoamericanos la capacidad de mirar descarnadamente nuestro dolor. Nos quita la vergüenza de sufrir. Otros hombres preferirán ocultar sus fracasos, sus lágrimas, su impotencia contra la injusticia. Al mirar al que crucificaron, los cristianos nos sentimos autorizados a reconocer nuestra humillación como indigna de nosotros mismos. Sabemos que Dios no la ignora y no la quiere.

Es más, en la devoción a la cruz hay que descubrir también fe en la resurrección. Algunos teólogos latinoamericanos la constatan escondida. Cuando los fieles tocan la cruz y besan los pies del Cristo sangrante, creen en él. Tocándolo con sus manos y sus labios, tocan a un vivo y no a un muerto. Con este gesto pueden resignarse ante la injusticia que padecen, lo cual es lamentable. La fe en el resucitado debiera activar una lucha en contra del sufrimiento inocente. Pero incluso allí donde se da resignación, se da también un consuelo que no puede ser despreciado. A veces, las fuerzas no dan para más. La fe en el resucitado, presente en la devoción a un Cristo muerto y vivo a la vez, da esperanza a los desesperados y les permite al menos descubrir que son inocentes.

Comprobación personal de la resurrección

Reconocimiento del pobre que “soy”

Lo dicho de los pobres debe ser experimentado personalmente. Incluso los que no somos pobres, hemos de poder decir, bajo respectos no socio-económicos, el pobre “soy yo”, “yo también lucho por una vida digna”.  Así podremos participar en el misterio de Jesús, quien “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9).

La pobreza, en los evangelios y en la mejor tradición dela Iglesia, constituye un criterio decisivo para comprobar el cristianismo auténtico. Si queremos ir a la raíz de la posibilidad de hablar de la resurrección con sentido hoy, debemos entrar en contacto con la cruz de quienes carecen de lo indispensable, padecen la injusticia y son tratados como culpables siendo inocentes. ¿Es posible, para quienes no somos pobres, acceder a estas situaciones vitales? En principio, sí. Pues, si no fuera posible de ninguna manera, tampoco lo sería entender qué significan las palabras de Pablo: “Dios, nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Podemos, incluso, adivinar que la medida de nuestra convicción en la vida eterna dependerá de la hondura de nuestra experiencia de ser creaturas impotentes y expuestas a la maldad. Mientras no pasemos por esta experiencia, no entenderemos de qué se trata esa lucha de los pobres por la vida, pero tampoco hallaremos el lugar preciso en el cual enraizar una fe genuina en la resurrección.

A fin de cuentas, los pobres nos conectan con nuestra propia pobreza. No es indispensable ser pobre, en el sentido restringido del término, para creer en Cristo resucitado. Pobrezas hay de todo tipo. De lo que no ha podido hablar, ni nadie podría hacerlo con propiedad y, sin embargo, resulta decisivo, es de aquella pobreza personal, única, irrepetible, de cada uno de nosotros. Esa que tiene una historia personalísima. “Mi” pobreza: mi enfermedad, mi soledad, mi orfandad, mi fracaso matrimonial… Esa pobreza sin la cual no seríamos los mismos, que nos pesa y, de tal modo nos avergüenza, que no nos atrevemos siquiera a mirarla. Ese pobre que somos y que tantas veces nos esforzamos en esconder; ese pobre que negamos para ser tenidos en cuenta entre quienes ríen y parecen felices. Ese pobre es, precisamente, quien puede decir, en palabras de San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo. Es Cristo que vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gál 2, 20). Ese pobre, por lo mismo, puede relacionar la resurrección consigo mismo. Y decir: Cristo resucitó “por mí”.

Nos acercamos aún más al misterio salvador de Jesús, el más pobre de los pobres, cuando sufrimos la injusticia. También nosotros podemos ser atropellados en nuestra dignidad, en nuestros derechos, en nuestras aspiraciones más sencillas. Hay muchos modos de injusticia. Estas también tienen un aspecto inédito, inintercambiable. Injusticias muy únicas pudieron tallar nuestro carácter. Incidieron, a la larga, en nuestra manera de pararnos y de caminar. En la familia, en la escuela, durante la niñez o en la adolescencia, alguien nos hizo un daño que nunca entenderemos bien por qué.  Por qué a nosotros. Éramos frágiles, nos pasaron a llevar, y, desde entonces, el miedo nos entró a los huesos. Somatizamos la rabia. La descargamos en el estómago. Hubo personas que hicieron un cáncer. Éramos vulnerables y los golpes nos hicieron aún más vulnerables. ¿Cómo lucharemos por la vida después del pánico que, en algún momento, nos provocó quien, con o sin querer, nos humilló? Hay un sufrimiento injusto que nadie más que nosotros puede entender.

Todavía más. En materia de injusticia, no hay nada peor que ser tratado como culpable siendo inocente. Esta es ley para el pobre. Se lo culpa, pero es víctima: se lo considera sospechoso a priori y se lo trata como si fuera peligroso, siendo que es la misma sociedad la que lo tiene en harapos. Esto mismo ocurre en muchas familias con el chivo expiatorio. Uno, el más débil, es culpado y recibe las descargas de violencia que los demás evitan descargar unos con otros. De esta manera se salva el clan. Lo mismo en  la escuela. Cuántos niños preferirían no salir a recreo para no ser objeto de burlas, maltratos, golpes… Las víctimas inocentes, por lo demás, se dan en todos los sectores sociales.

Los que no somos pobres también nos preguntamos cómo luchar por la vida. La inmensa mayoría de la humanidad debe esforzarse por salir adelante. Obstáculos encontramos de todo tipo. A cada rato se nos imponen dificultades que interrumpen nuestros planes de felicidad. Es cosa de oír atentamente las peticiones en las misas. Gran parte de ellas es por gente enferma. Se reza, además, para encontrar un trabajo. O por la paz del mundo. La vida es agónica, sufrida. La agonía es natural, como es natural resistirse a morir. Es normal, también, la tentación de responder al mal con mal. A menudo, somos víctimas de violencias que acrecientan nuestro resentimiento y nuestra necesidad de liberación.

En el revés de la trama, la otra condición humana para esperar la resurrección, es lo injustos que nosotros mismos hemos podido ser con los demás. Somos pecadores. Necesitamos ser perdonados. La  maldad se padece, pero también se ejerce. La culpa inocente hace clamar a Dios a todo tipo de personas, dejada aparte su condición social o cultural. Pero la culpa del propio pecado también puede ser un laberinto de desesperación. Recordemos a Zaqueo. Este publicano no parece desperado con su forma de vida. Pero está inquieto consigo mismo. Lo acosa la culpa. Busca a Jesús. Sale a buscarlo. Cuando Zaqueo acoge al que lo acoge, “resucita” a una nueva vida. La experiencia del perdón y de la reconciliación lo convierten. Desde entonces, su lucha por la vida variará en 180 grados. Judas, en cambio, desesperó y se suicidó.

Participación en el misterio pascual

Nuestra condición de “pobres” y de “pecadores” es el punto de arraigo de una reflexión sobre la resurrección. El crucificado-resucitado representa anticipadamente a los seres humanos que, con toda su precariedad, podrán, sin embargo, superar el pecado y la muerte. En Cristo entrado en la gloria, la creación misma alcanza la plenitud que Dios quiso darle desde un comienzo. La muerte de este hombre que soy, el varón o la mujer pobre y pecador que muere y se pudre, asumida por el Verbo, es superada en el Misterio Pascual. Desde entonces, las criaturas no solo son restauradas, sino que adquieren una plenitud inaudita. “Cuánto más”, dirá San Pablo (Rom 11,12). La resurrección y la vida eterna nos son imposibles de comprender porque exceden nuestras posibilidades de experiencia. Sin embargo, son una realidad que los pobres y los pecadores -y nosotros en cuanto pobres y pecadores-, ya ahora podemos experimentar, intuir y vivenciar por anticipado, aunque todavía de un modo provisional.

Lo dicho arriba acerca de la devoción al Cristo crucificado del pueblo latinoamericano, vale aquí para los cristianos en general. Todos podemos experimentar la tentación de cultivar el dolor por el dolor. Si el acceso a la realidad de la resurrección, y por ende a la de la salvación, arraiga en contactarse con la propia cruz, habrá modos mejores y peores de vivir las enfermedades, el trabajo, las injusticias, y diversas maneras de interrelacionarse con el prójimo y de organizar la sociedad. La compenetración de la cruz de Cristo con nuestra propia cruz, esta de nuestra experiencia espiritual cotidiana, es fácil de conseguir, pero difícil de discernir. Tomemos, por ejemplo, el dolor. Cuando sufrimos, nos identificamos con el crucificado que se identifica con nuestro sufrimiento. Pero el dolor puede vivirse como una fatalidad contra la que no se puede hacer nada. La tentación, en este caso, será no hacer nada para extirpar sus causas o controlarlo. De aquí hay un paso a pensar que a Dios le gustan las caras tristes, los zapatos rotos y la falta de aseo. Observemos esto mismo en el plano de las relaciones humanas: una persona que mantiene con Dios una relación centrada en el dolor puede hacer lo mismo en su relación con los demás. Hay casos de personas que pasan por la vida reclamando amor. Su tristeza pide tristeza. Lamentable. Lo que puede ser biográficamente muy justificado, el aspecto triste y una emocionalidad depresiva, se convierte a veces en un instrumento para hacerse compadecer. Si una persona así logra la atención que busca, la relación que establecerá con los demás será “tristona”. Si dos personas “tristonas” y cristianas se enamoran y se casan, se atraerán con sus penas, pero también pueden terminar hundiéndose juntas. El centrarse en el propio dolor puede ser agresivo para los otros, o reclamar de ellos vínculos de dependencia sumamente mal sanos.

La condición de pecadores también se presta a ser mal vivida. El arrepentimiento, la petición de perdón y la experiencia de ser perdonados, permiten avizorar, como nada, la vida eterna. El pecador perdonado entrevé la resurrección. Pero esta misma condición, en un régimen de espiritualidad penitencial, puede dar pie a una serie de escrúpulos enfermizos y a una necesidad insaciable del sacramento de la confesión. ¡Cuánto llaman la atención de personas socialmente privilegiadas que se confiesan frecuentemente de nimiedades y, por otra parte, son insensibles a las luchas políticas de los pobres!

En el otro extremo de las posibilidades, también es posible vivir mal la resurrección. En la medida que el cristiano anticipa ya ahora la resurrección, viviendo como si hubiera ya resucitado, la negación lisa y llana de toda dificultad y de todo dolor, conduce a una vida inauténtica y, en lo inmediato, suele insensibilizar a la cruz de los demás. En los movimientos carismáticos puede darse este fenómeno. Estas agrupaciones espirituales tienen la virtud de acoger personas con grandes sufrimientos. Pero pueden a veces ofrecer una liberación de los mismos muy superficial. Sus participantes pueden ilusionarse hasta el entusiasmo con una salida que, a poco andar, se comprobará evanescente o falsa.

Participación en el triunfo escatológico

La fe en la resurrección de Cristo, por último, debiera ayudar a los cristianos a vivir en el tiempo de otro modo, de un modo original  e incluso extraordinario. Hace ya mucho que en nuestra cultura entró la idea de derrotar la pobreza. Probablemente, ningún programa político latinoamericano olvida este punto. El propósito de superación de la pobreza es, por cierto, una meta formidable del progreso moderno. Nuestra cultura está poseída por la idea de un futuro de estándares siempre mayores de igualdad y de prosperidad. Esta ideal de la temporalidad, sin embargo, calza solo en parte con la concepción cristiana de la historia.

El cristianismo tiene un concepto positivo de la historia, pues sostiene que el mundo avanza a algo mejor. En esto coincide con la modernidad. Pero, a diferencia de esta, la escatología cristiana recuerda el pasado, pues en la medida que tiene en cuenta su esperanza, hace suya la pasión de los olvidados. El cristianismo espera un fin/cumplimiento del reino de Cristo, pero también afirma, ya ahora, la virtud liberadora de la resurrección. Ahora, no solo en el futuro, pueden resucitar con Cristo aquellos que el progreso ha dejado atrás.

Es así que, para los cristianos, no sirve derrotar la pobreza y olvidarse de las injusticias que la produjeron; no sirve postular un futuro esplendoroso de una humanidad omnipotente; ni exaltar un presente en el cual los modelos de humanidad son los exitosos. Los cristianos esperan un mundo sin pobreza, sí. Pero, sobre todo, esperan un mundo de pobres. Me explico: en el reino de Cristo no habrá ricos, sino solo hombres y mujeres desposeídos de todo. Habrá personas agradecidas de haber recibido de Dios la vida por la que tanto lucharon. No habrá ricos, pero sí pobres. Esta paradoja del cristianismo es ininteligible para el pensamiento moderno que se caracteriza por la autonomía del sujeto o para la mentalidad mercantilista, individualista y competitiva que nos está haciendo tanto daño. Para los cristianos, cuenta mucho el esfuerzo por la vida, pero en la medida que el éxito de esta lucha, como la de la resurrección de Jesús, se lo hace depender de Dios y se lo  consigue con sociedades fraternas.

Este modo tan único de vivir en el tiempo debiera encontrar una formulación política. “Con los pobres, contra la pobreza”, repite Gustavo Gutiérrez. ¿Qué programa político pudiera hacerse cargo de una fórmula así? No hay recetas. El cristianismo nos obliga a concatenar lo personal y lo social, pero la edificación de una sociedad justa queda entregada a la inventiva de los hombres, cristianos o no, lo cual también debe considerarse una tarea espiritual.

Conclusión

Ubiquémonos en el plano de la espiritualidad. ¿Qué importancia puede tener para los carismas y las espiritualidades creer en Cristo resucitado? La máxima de las importancias. La mayor de todas. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe”, dice San Pablo (1 Cor 15, 14). Vana sería la espiritualidad ignaciana, diría San Ignacio. Vana la franciscana, diría San Francisco.

Menciono a estos dos grandes santos porque, en ellos, empobrecer con los pobres fue decisivo en su experiencia espiritual. Ambos buscaron la pobreza de los pobres, solidarizaron con ellos y, por esta vía, revivieron el Misterio Pascual que les hizo cristianos y maestros espirituales de un cristianismo auténtico. Decía San Ignacio: “La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno”.

La fe en la resurrección debe morder en la realidad. Debe asumir el lado oscuro de la creación y de la vida, el pecado y la muerte, el pecado personal y el social; de lo contrario, será una creencia superficial, una ilusión pasajera, un entusiasmo fugaz. La fe en la resurrección solo puede darse al nivel de lo fundamental y, por tanto, de la espiritualidad de los pobres, aquellos para quienes vivir, y vivir con dignidad, es decisivo. Este, su modo de vivir, hace presente al Cristo crucificado y resucitado, porque extrae de su existencia actual y escatológica la fuerza de los pobres para salir adelante contra viento y marea. Los cristianos humildes, ante los Cristos crucificados de América Latina, con su esfuerzo, su clamor de inocencia y también su petición de perdón, nos llevan la delantera en el reino de Dios, pero también nos ofrecen el contacto preciso con la experiencia pascual de la cual depende la índole cristiana de toda espiritualidad.

La fe de los pobres nos representa a todos. Si hemos de creer en la resurrección de Cristo, y no en otra cosa, hemos de “ser pobres” o “pobres de espíritu”. ¿Qué significa esto en los casos de personas tan distintas? Será materia de discernimiento. Cada cual tiene que pedirle al Señor que le haga ver, con valentía, su propia pobreza, y le indique cómo relacionarse con los demás a este nivel de la existencia. Nadie puede responderles esta pregunta a los demás. En todo caso, en un mundo de pobres, cualquiera de las espiritualidades cristianas tendrá que habérselas con la necesidad de solidarizar con ellos y con su esperanza.

Una espiritualidad que sortee la lucha por la vida buena y digna de los pobres, no es cristiana. Así lo indicó Jesús con la parábola del Buen Samaritano. Por el contrario, mientras la espiritualidad se comprometa y compenetre con la experiencia de Dios de quienes saben hondamente que son solo creaturas, más posibilidades habrá de que la resurrección dé en ella todos sus frutos.

[1] Pedro Trigo, “Evangelización del cristianismo en los barrios de América Latina”, Revista Latinoamericana de Teología, 16 (en-ab, 1989) 106-107; cf. G. Gutiérrez, o.c., 12.