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Disyuntiva en el cristianismo

Retiro 20Levantemos la mirada.

Se aceleran los cambios. Las mentalidades evolucionan. Las autoridades son cuestionadas. ¿Quién tiene real capacidad de orientar a los demás? Cuando la Tierra era “plana” y la ciencia no nos prometía descongelarnos en mil años más; cuando las autoridades eclesiásticas cuadraban la pertenencia religiosa con leyes estatales, era más fácil creer en Dios y en su reinado. Hoy triunfa por doquier la libertad. Pero la liberación de toda forma de asociatividad no augura nada bueno, sobre todo cuando comienzan a predominar otras dependencias.

Mi opinión es que la humanidad tendrá que recurrir más que nunca a sus mejores tradiciones, recuperarlas de la tendencia al olvido, aprovechar su vigor, sus sueños de paz y sus ritos de fraternidad. Pensemos en los credos monoteístas y las religiones étnicas, en la cultura griega acogida y transformada por el judaísmo y la cultura romana, por la modernidad, etc… Un futuro borrascoso como el que se atisba, será descifrado por quienes tengan sentido histórico.

Sería lamentable, sin embargo, volver al pasado de un modo tradicionalista. El tradicionalismo y la tradición son antónimos. Será inútil el lloriqueo tradicionalista por los años dorados del pasado. Lo que cuenta es el presente, y las tradiciones que ayuden a interpretar su sentido.

¿Podrá el cristianismo traspasar su reserva civilizatoria a las siguientes generaciones? ¿Podrá extraer de su tradición orientaciones que anticipen el triunfo de la historia humana que la Iglesia promete?

En Occidente se diagnostica una crisis en la trasmisión de la fe. Hay países como Chile en los que está apunto de descolgarse una generación completa de jóvenes. ¿Volverán a necesitar el cristianismo pueblos que comienzan a considerarse post-cristianos? Pienso que sí, porque Cristo, creo, expresa la realidad del ser humano a un nivel irrenunciable. ¿Pero será capaz la Iglesia de transmitir a este Cristo –un Cristo radical- a las nuevas generaciones? ¿Podrán hacerlo las autoridades eclesiásticas, desprestigiadas como están, y el común de los cristianos, laicos faltos de convicción? Dejemos en suspenso lo que a estos respecta, aunque sea a larga lo decisivo. Si el cristiano no comunica a Cristo persona a persona, el resto por sí solo es palabrería. Pero para que eso ocurra, la institución eclesiástica ha de cumplir una función facilitadora.

¿Cuál? ¿Cómo describirla en pocas palabras?

En el catolicismo, en particular, corresponde a la jerarquía eclesiástica la indispensable tarea del magisterio, esto es, la de actualizar la tradición (tradere = entregar) para que esta transmita (tradere = entregar) el Evangelio. La transmisión de Cristo no depende solo del esfuerzo evangelizador de la institución eclesiástica pues atañe en primer lugar a los bautizados, dotado cada uno del Espíritu Santo para interpretar a Cristo en sus vidas de un modo original e irrepetible. Si a estos el anuncio oficial de Cristo con el paso de los años se les ha vuelto ininteligible, el magisterio tiene que redoblar los esfuerzos por captar en todos los bautizados el habla actual de Dios. A este efecto, la Biblia, recibida y comunicada por la misma tradición, hace las veces de gramática para reconocer la voz de Dios entre tantas otras voces.

Pero aun así la autoridad eclesiástica no puede pretender agotar las nuevas y múltiples interpretaciones de la tradición. Ella solo puede reclamar una interpretación exclusiva del Evangelio para salvaguardar la unidad de la comunidad cuando esta se encuentra en grave peligro. Si no es el caso, debe respetar y auspiciar tantas interpretaciones del mismo cuantos cristianos quieran vivir su fe con radicalidad. Cabe recordar aquí que la primera gran tradición de la Iglesia es el Nuevo Testamento. Ella misma lo escribió. Lo hizo, recuérdese, en al menos cuatro versiones: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No una, cuatro. Cuatro evangelios, más la interpretación genial de san Pablo y los autores de las otras cartas.

El porvenir inquieta. Vivimos con enormes incertidumbres. Si la tradición cristiana puede aún servir como acervo de humanidad, tendrá que recortársele las alas al tradicionalismo que como pájaro asustado vuela hacia pasado (no falta quien insista en el latín, el besamanos a los obispos, etc.). Esta tarea le corresponde a la institución eclesiástica. Esta y sobre todo, la de fomentar que los cristianos tengan una experiencia personal e irrepetible de Cristo; del Cristo que, por otra parte, conduce invisiblemente la historia a través de las grandes tradiciones religiosas, culturales y filosóficas, y no solo a través del cristianismo.

¿Hereje el Papa?

Papa anticristoFrancisco Papa fue a arreglar sus anteojos a una óptica común y corriente. ¿Hereje el Papa?

Poco tiene que ver una cosa otra. La herejía es una doctrina contraria a la fe de la Iglesia, y hereje la persona que la sostiene. No hay dogma alguno de la Iglesia que afirme que un papa no puede comprar anteojos como lo hace cualquier mortal.

Sin embargo, este episodio causa extrañeza porque las personas tienen una idea religiosa acerca de lo que un papa puede y no puede. El Papa sabía lo que hacía. Él ha sido perfectamente consciente de que su gesto es teológicamente provocador. No se ha tratado una extravagancia, aunque a alguno podrá parecerlo. Aún en el caso que el acto parezca exagerado, hemos de sospechar que tiene un filo pastoral. Francisco ha comprado unos lentes en una tienda romana en cuanto papa. Si se lo aplaude o se lo repudia, se lo hace por ser el papa.

Pues bien, a estas alturas muchos difidentes del Papa Francisco piensan que a la base de estos numeritos -estas faltas al decoro correspondiente a su investidura-, tienen una raíz heterodoxa. Pero juzgar la ortodoxia de un cristiano, más aún la de un papa, es muy riesgoso. El Papa “hereje” puede ser ortodoxo y sus acusadores, por el contrario, herejes.

En el acto de ir Francisco a una óptica, en vez de pedirle a los oftalmólogos que se trasladen al Vaticano, hay un símbolo potente del significado del cristianismo.

Remontando río arriba en la historia de la Iglesia, descubrimos que la clave de interpretación de los actos de los papas y de cada uno de los cristianos es el dogma de la Encarnación. De los primeros concilios extraemos una conclusión contundente: la unión en Cristo de Dios y del hombre no cuajó en un ser más divino que humano, sino en uno profundamente humano; uno cuya unión indisoluble con su Padre hizo de él el mejor representante de la humanidad.Jesús no fue un superhombre o un semidiós como creyó el hereje Arrio (Concilio de Nicea, año 325).

Pero hay más. Sila Iglesia piensa que el Verbo se hizo hombre, San Pablo subraya que “se hizo pobre” (1 Cor 8,9). Su manera de ser el más perfecto de los hombres fue su humildad y su opción por los pobres y alejados, como claramente enseñan los evangelios. De aquí que el gesto del Papa de arreglarse los anteojos en una óptica cualquiera está en línea con la fe de la Iglesia. Esta salida del Papa no debiera extrañar a un cristiano.

Sí debiera extrañarle una Iglesia rica, ceremoniosa, que marca a cada rato la diferencia entre lo sagrado y lo profano, y entre el clero y los laicos, porque una Iglesia así no es la del carpintero de Nazaret. Los innumerables gestos de Francisco son completamente conformes a la fe cristiana. De los cristianos no debieran sacar sino aplausos e imitaciones.

Religión para la paz

Es claro que las culturas y las religiones han entrado en relación, y a veces en choque. El proceso es antiguo, pero la multiplicación de los contactos y la aceleración con que estos ocurren, es nuevo. El mundo globalizado interrelaciona todo con todo. Cada persona, creyente o no, cristiano o no, puede incidir en los demás al igual que los otros pueden afectarla. Es hermoso. ¿Cómo no va a serlo la infinidad de síntesis personales posibles? El panorama religioso mundial es más abigarrado que nunca. Cualquier persona que tenga un mínimo de apertura mental podrá sorprenderse positivamente con el intercambio religioso y cultural que está ocurriendo.

El problema surge cuando las culturas y las religiones son principios de comprensión de un mundo que debemos compartir, pero que tendemos a acaparar. Las culturas y las religiones han podido ser dominantes y dominadas. Esto ha ocurrido y continúa ocurriendo. Hay personas y pueblos que dominan a otros imponiendo a los otros sus creencias y sus modos de organizar la vida. Estos otros, a su vez, han podido resistir, rechazando o asimilando las creencias y los modos de sus adversarios. Hoy, en un mundo crecientemente más globalizado, la interacción adquiere gran importancia. Lo que está en juego es la paz.

Nada fácil. En unos casos, las rigideces son comprensibles como medios de defensa o contención de lo propio, aun necesarias; y en otros, todo lo contrario. Pueden expresar intolerancia: cerrazón a reconocer el valor de las creencias y culturas ajenas. Las mezclas, los sincretismos, las relativizaciones de la propia tradición tienen ventajas y problemas. Hoy todos estamos sometidos a procesos profundos de crítica y de autocrítica de las tradiciones que nos  permiten autocomprendernos en el mundo. No faltan, tampoco, quienes pretenden “tener la verdad” con la cual quieren “organizarle” el mundo a los demás. La paz está comprometida. Esta depende de la justicia y esta, inevitablemente, depende a su vez de tradiciones culturales y religiosas distintas.

La Iglesia hace un aporte a la justicia, y a la paz. Lo hace, aunque no siempre ni necesariamente. El Concilio Vaticano II ha despejado a la Iglesia la posibilidad de entender que Dios actúa en todos los seres humanos a través de sus tradiciones culturales y religiosas, y a pesar de estas. Hoy los cristianos podemos pensar que el Misterio de Cristo no es lo mismo que el cristianismo. El Misterio de Cristo afecta positivamente a cada ser humano que viene a este mundo. El Cristo resucitado alcanza a cada persona, independientemente de su religión, en virtud del Espíritu Santo. El cristianismo, tal como históricamente se ha dado y se da, vive de Cristo, pero también es víctima del mal. El cristianismo a veces ha arrasado con otros pueblos, con su lenguaje, su religión, sus maneras de organizar sus vidas y economías. En estos casos, estos pueblos han representado muchísimo mejor que el cristianismo al Cristo crucificado. Ellos, y no los cristianos han verificado el Misterio de Cristo.

La Iglesia, cuando es sacramento del Cristo crucificado, hace un aporte infalible para compartir un mundo que ha sido creado para esto, para ser compartido. Los cristianos, en el contexto de interrelación religiosa y cultural en el que estamos pueden relativizar lo propio o adquirir muchas riquezas de las otras tradiciones, sin perder su identidad. Lo que no pueden dejar de ser es la “religión de los pobres”. Como “Iglesia de los pobres” los cristianos favorecen una integración religiosa y cultural planetaria. De paso, esta Iglesia por el mero hecho de representar a los crucificados crítica los fanatismos, las intolerancias y los proyectos culturales hegemónicos.

Origen y originalidad del cristianismo

Jesús fue víctima de una religión que administraba mezquinamente la relación entre Dios y las personas de la época. Fue asesinado por los expertos en Dios, quienes consiguieron de los romanos su ejecución: los fariseos (representantes de la Ley) y los sacerdotes (representantes del Templo). ¿Por qué estos grupos, tan distintos entre ellos, convinieron en su condena? Ambos compartían una manera de entender la religión de Israel contraria a la de Jesús.

 

Los fariseos eran laicos que querían ser “puros”, “perfectos” observantes de la Ley. Se apartaban, por tanto, de los pecadores. Juzgaban a los demás de “impuros”, se alejaban de ellos o los excluían.

 

Los sacerdotes, además de pertenecer a la clase aristocrática y rica, organizaban las actividades del Templo. Cobraban impuestos por los sacrificios que se ofrecían a Dios para el perdón de los pecados.

 

Fariseos y sacerdotes, rivales entre ellos por razones históricas y teológicas, a fin de cuentas, colaboraban en el edificio religioso que los privilegiaba por encima de los demás. Esta religiosidad mató a Jesús. Jesús la desenmascaró. Lo mataron.

 

¿Cuál fue el núcleo teológico de la confrontación total entre Jesús y los expertos en Dios? Dicho en breve: la separación de lo sagrado y lo profano que estos establecían y administraban.

 

Ellos separaban tajantemente cosas, ámbitos, tiempos y personas sacralizadas, produciendo necesariamente excluidos. No era extraño, sino también necesario, que una elite religiosa se apreciara a sí misma y menospreciara a los demás. Unos debían ser tenidos por profanos, para que otros se encargaran de su redención.

 

Jesús hizo todo lo contrario: ofreció la salvación a manos llenas. Desarmó a los pecadores al ofrecerles el perdón sin condiciones. Acogió a los pobres sin distinción. Optó por los pobres, profanos por excelencia; optó por las víctimas del desprecio de ricos y “buenos”. Para todo lo cual atacó el fuego en la base. Se estrelló frontalmente contra la torre religiosa de la exclusión, pues anunció el advenimiento de un reino fraterno. En Cristo resucitado, la Iglesia naciente descubrió cumplida la ley de la Encarnación: la irrupción en la historia de un Dios radicalmente secular, con la capacidad de ser aún más nuestro que nosotros con nosotros mismos.

 

Desde entonces el cristianismo, la nueva religión, la de Jesús, el judío según el corazón del Dios de la historia, superó la separación de lo sagrado y lo profano. Los cristianos fueron reconocidos, más que por sus ritos, por la fuerza espiritual y ética con que se desenvolvieron en el mundo antiguo.

 

Pero no siempre el cristianismo ha estado a la altura de esta originalidad suya. Las involuciones siempre lo han seducido. Han sido necesaria reformas y ajustes doctrinales y disciplinares para recuperar la senda perdida. A este efecto, el Concilio Vaticano II, hace 50 años, recordó que lo único infaltable para la “salvación” es la caridad. Sostuvo que Dios ama a todos los seres humanos, y que el amor es la única condición absoluta para alcanzarlo. La intuición antiquísima, aun judía, era que la fe en Dios se vive, en primer lugar, puertas afuera del templo, en actos de misericordia y justicia a secas.

 

¿Habría que revisar hoy la relación entre el rito y la vida corriente de los cristianos? Hoy y siempre. Porque una separación entre ambos tarde o temprano lleva matar a Jesús de nuevo.

El cristianismo es una religión extraña. Es secular. Es la religión que promete encontrar a Dios en el mundo sin más. El cristianismo, si algún lugar merece en la historia de la humanidad, es la de tener como misión derribar esas separaciones culturales y religiosas que generan exclusión. Es la religión que obliga a discernir a Dios en acontecimientos ambiguos grandes o pequeños, terrenales como un galileo entre otros galileos, sin más criterio para reconocerlo que el amor.

 

¿Se necesita hoy del cristianismo para saber algo así? Puede ser que a alguien no le importe Cristo ni nada que tenga que ver con él. Pero si le interesa, sobre todo si es cristiano, esta pregunta tendría que aproblemarlo. O esta: ¿es necesaria la Iglesia para que haya cristianismo? Personalmente pienso que sí. Por cierto, tendría que escribir otra columna para explicarlo. Pero reconozco que no me sería fácil hacerlo.

 

La mortalidad del cristianismo

Navidad otra vez. En esta, y tantas otras partes del mundo muchas personas vuelven a creer en el amor. Lo hacen, a menudo, después de un año duro o frustrante. En un año nos puede pasar de todo. A más de uno ha podido morderlo la desesperación.  Volver a cantar “noche de paz” lo puede consolar o irritar.

Ha habido muchas navidades. Habrá otras más. ¿Cuántas? Cualquiera sea el número, lo que importa es que la humanidad crea de nuevo en sí misma no obstante su vulnerabilidad. La Navidad tiene sentido cuando la vulnerabilidad de la humanidad,  su precariedad y su mortalidad, en vez de constituir meros límites, se convierten en los accesos precisos al misterio definitivo de los  seres humanos.

En Navidad, año a año, está en juego la mortalidad del cristianismo. El cristianismo puede morir porque su fundador nació mortal. Murió, porque podía morir. La mortalidad le era inherente a él como a nosotros, como al cristianismo, como a la Iglesia. ¿Podemos los cristianos imaginar un real acabo mundi? ¿Tenemos la valentía de asomarnos a la finitud de nuestra cultura y religiosidad? Digámoslo sin rodeos: ¿podrá alguna vez la Navidad ser algo más que un juego de niños y atrevernos a mirar la vida a fondo?

El cristianismo en la antigüedad desapareció del norte de África. Dejó de existir en tierras donde alcanzó su cúspide moral e intelectual. Hoy los cristianos huyen de lugares del Medio Oriente donde han estado por dos mil años. Pero no hay que ir muy lejos para asomarse a la posibilidad de la mortalidad del cristianismo y del catolicismo. La última encuesta Adimark / P. Universidad Católica de Chile arroja resultados inquietantes. En 6 años los católicos chilenos han disminuido de 70% a 63%.  Si esta tendencia, y su aceleración, se mantienen, en 6 años más los católicos seremos 56 %; en 18, 42%; 30, 28 %.  Y llegará el momento en que desapareceremos como ocurrió en Efeso, Calcedonia y Nicea. Las estadísticas hay que tomarlas con cuidado, cierto. Los evangélicos son cada día más. Con todo,  ¿quién podría, en este plano de la realidad, negar la mortalidad del cristianismo?

En otro plano, en el de la fe en el niño Jesús, el cristianismo es inmortal. Admito que esta es una opinión creyente.  Creo que Jesús es inmortal. Es más, opto por cambiar la realidad con la luz del acontecimiento de Cristo. Para ser exacto, creo en la inmortalidad que estuvo en juego en ese niño inerme y perecible porque lo que entonces estaba en cuestión, y en ello creo, era el “amor”. Creo que el amor es inmortal. Lo digo aun con otras palabras: podrá desaparecer la Iglesia Católica, podrán dejar de existir las otras iglesias cristianas, podrá llegar a 45º la temperatura media del planeta hasta que se extinga la raza y en algunos millones de años -se sabe – se apagará el sol y la tierra dejará de existir, pero la oscuridad no devorará un gesto de amor por pequeño que sea: un vaso de agua, una palabra de perdón… El cristianismo es inmortal en este sentido. Solo en este sentido. Como magnitud sociológica aparece y desaparece igual que las ideas y las culturas, igual que los ricos y quienes se creen inmortales. Como magnitud íntima del cosmos, como el Cristo en que radica, en cambio, es inmarcesible. Esto es lo que creo.

Algún día en estas tierras nadie sabrá que el 25 de diciembre se celebraba la Navidad. ¿En un millón de años más? ¿Antes? Tampoco, digámoslo con humor, que el Viejito Pascuero y el Amigo Secreto le disputaban la importancia al niño Jesús.  ¡Juegos de niños! ¡Qué importa ser niños! Importará, sí, que antes que termine el mundo haya al menos un adulto que sepa que en la noche de Navidad hubo seres humanos que tuvieron que definirse: ¿creyeron o no creyeron en la inocencia? ¿Creyeron que la paz proviene de la justicia y del perdón, y que la única religión verdadera es la del amor?

Pero, ¿es inmortal el amor? Tomar en serio esta pregunta merece máximo respeto.  La fe en Jesús, la fe en “el amor”, es fe y no se fuerza. ¿Quién podrá decirles a los padres de los niños asesinados estos días en EE.UU. o a los refugiados que huyen de la violencia en el Congo que crean que “Dios es amor”? ¿Hubo alguien que pudo consolar a las madres de los inocentes eliminados por Herodes en tiempos de Cristo?

La noche de Navidad tiene un alcance mayor. No es cosa solo de cristianos. Admirar a Jesús en el pesebre equivale a creer que el amor efectivamente revoluciona la realidad. Que vaya a triunfar en la vida eterna podría ser una forma de escape, suele serlo, cuando en el presente no se ama.

Lo que tenemos delante de los ojos es a un niño mortal, representante de la mortalidad de todos sin distinción.  Su mortalidad alude a la eternidad, pero no a cualquiera. Pues si el cristianismo reclama alguna inmortalidad, solo puede reclamarla para un Jesús que nació pobre y murió por los pobres; para el grito de los inocentes que en esta vida tal vez no lleguen a entender nunca que Dios los ama. Porque en Navidad  los cristianos no celebramos simplemente que la esperanza haya entrado en la historia, sino que esta es esperanza en un crucificado. Porque en Dios cree cualquiera. Cualquiera puede también no creer en Dios. Esto y aquello interesa poco. Lo único  decisivo es creer que los que se tienen por “inmortales” perecerán en Sudamérica como perecieron los cristianos en Asia Menor y que los inocentes, sus víctimas, no morirán jamás;  creer que esta tierra es para compartirla y gozarla con toda la humanidad.

Esta Navidad, ¿qué tipo de cristianismo nos traerá de regalo el niño Jesús?

La dimensión incluyente de la espiritualidad cristiana

La espiritualidad cristiana, en cuanto expresión en Cristo de la salvación de Dios, es necesariamente incluyente de quienes el pecado del mundo excluye.

 El hecho de que Dios salve al mundo a través de su Hijo excluido entre los excluidos, es un dato esencial (no accidental) del cristianismo, ya que no hay salvación sin cruz y la exclusión es uno de los nombres de la “cruz” (Aparecida, 65). Jesús murió a las afueras de la ciudad, murió expulsado y desamparado. Vale aquí recordar el salmo que registró proféticamente el acontecimiento: “La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en la piedra angular…” (Sal 117, 22).

 Conflicto de las espiritualidades

 El cristianismo busca la paz, pero no rehúye el conflicto, cuando es necesario enfrentarlo. En su impulso por incluirlos a todos, “excluye” a los excluyentes. De aquí que entre las diversas espiritualidades cristianas puedan darse conflictos. La raíz más profunda del conflicto que atraviesa a todas las espiritualidades cristianas hay que hallarlo en la historia del mismo Jesús.

 Mi opinión es que en el cristianismo se replica la antigua dialéctica de la fe israelita entre quienes se creen puros, porque tienen los instrumentos de su purificación, y los que son marginados como impuros. Jesús fue víctima del celo por la pureza de los fariseos y saduceos. Estos la obtenían principalmente mediante el templo y aquellos mediante un cumplimiento obsesivo de una infinidad de prescripciones que habían extendido las reglas de pureza del templo a la vida cotidiana. Jesús, al ofrecer tan fácilmente el reino a los pobres y a los pecadores, entró en conflicto con las autoridades legítimamente investidas para administrar la santidad de Dios, siendo entonces eliminado.

 Mi hipótesis es que esta dialéctica es inherente al cristianismo. Los cristianos recaemos incesantemente en la tentación de diseñar procedimientos de purificación para alcanzar la santidad, con lo cual nos separamos del común de los mortales y terminamos por excluirlos de la salvación. Pero Cristo, que recurrentemente nos recuerda la gratuidad de la salvación, suscita testigos y profetas que rompen los muros de la exclusión.

 El caso es que la Encarnación supera la separación entre lo sagrado y lo profano. El misterio de Cristo tiene un dinamismo incluyente e integrador extraordinario. La Encarnación que termina en la cruz constituye el acto mayor de superación de toda separación del hombre y de Dios. Dios no necesita sacrificios para salvar. Salva gratis. En vez, como muestra el evangelio, aborrece a los hipócritas que se auto-canonizan mediante interesados sacrificios  de sí mismos y de los demás. Pues hay que notar que Dios no pide incendiar el mundo para su mayor gloria, sino amarlo como creación suya que es y hacerlo con su misma gratuidad.

 La Encarnación es el movimiento de inclusión, de implicación y de imbricación con el mundo que Dios realiza en sí mismo y para siempre. Después de ella Dios ha llegado a ser humano de un modo irreversible. Así, el cristiano que obra en contrario peca contra su credo.

 Espiritualidades de la “santidad”

 La larga historia del cristianismo acarrea de todo. Las contradicciones han sido numerosas.  ¿Desde cuándo la religión de los cristianos cultivó el sectarismo, la intolerancia y la exclusión? Probablemente los primeros cristianos en su proceso de dejar de ser judíos, formaron especies de sectas, agrupaciones depositarias de una revelación que les hizo sentir privilegiados. Pero seguramente su sectarismo fue más bien defensivo. El mundo les fue tremendamente adverso.

 Ha habido, creo, otro factor de sectarismo endógeno al cristianismo. El cristianismo, una religión judía, en algún momento tuvo que re-configurar el sacerdocio, y lo hizo, desgraciadamente, como si el sacrificio de Cristo fuera el mejor de los sacrificios y no el término de todos ellos. El sacerdocio tuvo un surgimiento paulatino, y tal vez irritante, entre los primeros cristianos. Los sacerdotes habían condenado a muerte al Maestro. Jesús había socavado la importancia del Templo, lo que no pudieron permitir. Según opinión de los historiadores, tomó tiempo que los presbíteros que presidían la eucaristía fueran llamados sacerdotes.

 Con el paso de los años el cristianismo dejó de ser sociológicamente una secta. Una vez convertido en Imperio, pasó de la intolerancia pasiva a la intolerancia activa. La Iglesia, gracias al imperio, en muchas ocasiones arrasó con el paganismo. A menudo, el monoteísmo cristiano ha sido, hasta hoy, sumamente excluyente.

 En el plano de los ritos y de las espiritualidades asociadas a ellos, se da en los sacerdotes la tendencia a regular desmedidamente la pureza del pueblo de Dios y la propia, en virtud de la celebración de la eucaristía y las otras formas de consecución de la pureza como, por ejemplo, la confesión de los pecados. Por siglos, hasta hoy, esta tendencia se nutre de una interpretación del sacerdocio de Cristo que se aleja del misterio de la Encarnación. En virtud de esta, Dios suprime para siempre la separación entre lo “sagrado” y lo “profano”, pues el Hijo de Dios supedita su éxito a su propia “secularización”. Solo el amor, en toda su profanidad, salva. El verdadero sacrificio de Cristo consiste en su amor al mismo mundo que Dios ama hasta las últimas consecuencias. Desde entonces la fe en Cristo no ha de vivirse fundamentalmente en espacios y tiempos “separados”, administrados por un ministro de la pureza que incluye y excluye, sino puertas afuera del templo, allí donde se incorpora a los que no merecen nada ni por sus obras (pecadores) ni por su condición social (los pobres).

 De aquí que la vertiente sacerdotal-ministerial del cristianismo corre el riesgo, incesantemente, de arruinarlo todo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el sacrificio eucarístico suplanta el amor e invierte el sentido de la cruz, de modo que en misa comulgan solo las personas en “regla”. Bernard Sesboüé habla de una “desconversión” en la historia de la comprensión del sacrificio en el cristianismo. El dogma pasa por acentuar la gratuidad del amor de Dios por “todos” (como afirma el Concilio Vaticano II). Y la desviación, en subrayar la índole penitencial del sacrificio de Cristo; como si Dios necesitara castigar para salvar, como si la sangre de su Hijo y la sangre de las flagelaciones fueran gratas e indispensables para reconciliarnos con él.

 Cuando la espiritualidad sacerdotal empalma con el narcisismo psicológico del sacerdote, la separación entre lo sagrado y lo profano lo aleja aún más del mundo. El “escogido” se vuelve sobre sí mismo. En su caso, su cercanía a los demás tiene algo de amenaza a su integridad y, por lo mismo, puede convertirse en un riesgo para su función. Él se identifica con su rol a un grado tal que frena la necesidad de asomarse a su propia humanidad y, así, deshumanizándose, difícilmente podrá humanizar a los otros. Pero esto cuenta poco. Él se debe al Misterio. No está para contaminarse con las vicisitudes de la historia corriente. Su oficio no pasa por la empatía ni por una auténtica compasión con su prójimo. Estas valen, pero en cuanto nutren su avidez de santidad; es decir, de su separación del resto; es decir, de su ego; es decir, de su auto-canonización.

 Espiritualidades de la inclusión

 En el otro extremo de las posibilidades, pero como su filón sano, se desarrolla en la Iglesia un cristianismo que extrae su fuerza de la imitación y seguimiento del Cristo del reino ofrecido a pobres y pecadores. Si ponemos atención al reino comenzado con Jesús, con su predicación y misterio pascual, este no se deja circunscribir a tiempos y espacios sacralizados. Por tanto, no se juega en mantener o recuperar una pureza actual. A este reino ha sido llamado un pueblo sacerdotal. Todos los bautizados son sacerdotes en virtud de Cristo, sacerdote del sacrificio del amor al prójimo. Este reino, en consecuencia, se deja comprobar en espiritualidades inclusivas, empáticas y amistosas, hondamente eclesiales y sociales.

 La fe cristiana es propiamente inclusiva. En el Nuevo Testamento se ilustran unos a otros los episodios de inclusión de los excluidos, tanto de Jesús como de la Iglesia primitiva. La celebración de la eucaristía de las primeras comunidades fue antecedida por las comidas de Jesús con los pecadores. Jesús incorporó a quienes correspondía apartar, por ejemplo, los leprosos, de un modo semejante al día de Pentecostés en que pasaron a formar parte de la Iglesia personas originarias de los pueblos más distintos.

 A lo largo de la historia, tal vez nunca ha sido más transparente el testimonio de Cristo que cuando hubo hombres y mujeres que optaron por los más pobres como si ellos fueran realmente Cristo, y no oportunidades para congraciarse con él. Los verdaderos santos no han estado centrados en sí mismos, sino en su prójimo y en la suerte de un mundo que amaron como propio.

 Hoy, cuando el “signo de los tiempos” en clave sociológica es la inclusión-exclusión, la espiritualidad cristiana tiene una oportunidad única de comunicar que el Cristo, en cuanto da la vida “por todos”, es el signo perenne de los tiempos. En estas circunstancias no es la “santidad” de los cristianos la que importa, sino la reconciliación del mundo.

 La espiritualidad cristiana auténtica participa en la obra de Cristo. Se articula trinitaria y pascualmente. Ella deriva su relevancia de la amplitud del amor del Padre por toda su creación y por su conducción de esta creación a la unidad en sí mismo; obra que se inicia con el misterio pascual de Jesucristo y que terminará de cumplirse gracias a la acción del Espíritu. En este sentido, las espiritualidades de la inclusión tematizan el conflicto y pueden aun expresarse como espiritualidades “políticas”. El mundo que Dios ama está en disputa. Los cristianos entran en el conflicto escatológico, a la escala que sea, o no son cristianos. ¿Cuáles son hoy los frentes de la exclusión? Allí han de estar los cristianos, acortando las distancias, tendiendo puentes o entrando derechamente a la pelea con las armas de la fe, la esperanza y la caridad.

 El problema de la espiritualidad cristiana ni hoy ni antes ha sido la pureza, sino la reconciliación: la superación de todas las separaciones, divisiones, odiosidades y privilegios que los hombres levantan, a veces incluso en “nombre de Dios”. La participación en la exclusión, en la cruz del excluido, es condición de posibilidad de la inclusión anhelada. Pablo habla de esto en términos de gracia y de tarea: “Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios!” (2 Cor 5, 18-20).

 La espiritualidad cristiana es inclusiva por ser necesariamente compasiva. En vez de separarse del prójimo nos pide comprometernos con él (pobre o culpable). Y cuando nada podemos hacer por los demás o por nosotros mismos, esta espiritualidad nos enseña que el dolor del mundo tiene para Dios un valor eterno. No porque sea Él un monstruo sádico y deban las víctimas practicar el masoquismo para aquietarlo, sino porque no tiene otro modo de ser fiel a su creación por toda la eternidad que cargar por amor con el sufrimiento que la desgarra.

El cristianismo hoy

Si es cierto un auge religioso mundial. Si es verdad, además, que con argumentación religiosa se defienden intereses económicos, políticos y culturales de grandes civilizaciones, que las mentalidades diversas chocan y que los conflictos se agudizan por la progresiva concentración de la riqueza. Entonces, no será extraño que vengan tiempos de fanatismo religioso de tipo cultural, revolucionario o terrorista.

¿Qué rol jugará el cristianismo en la actual encrucijada histórica? Imaginamos que, en razón de la deuda recíproca entre cristianismo y cultura occidental, el cristianismo se inclinará a favor de la causa de Occidente. Saldrá por cierto en legítima defensa de la libertad y dignidad personal, pues se trata de su fabulosa contribución a esta cultura y a la humanidad entera. Pero, ¿quién podría decir que el llamado de líderes occidentales a proteger los valores cristianos de su civilización no sea también un llamado a hacerlos prevalecer en el mundo entero? En la actual confrontación internacional, el cristianismo también se usa para reciclar los intereses mezquinos de Occidente en dos planos. En el personal, expresándose en piedad religiosa individualista, autosuficiente e indiferente a la justicia social. En el colectivo, asegurándose que la sociedad occidental es la mejor de todas.

Que el cristianismo haga el juego a Occidente, sin embargo, es comprensible, pero no obligatorio. Si históricamente se ha identificado con la cultura greco-romana en particular, teológicamente se identifica con todas las culturas sin agotarse en ninguna. El cristianismo tiene una vocación a la paz universal que lo capacita para urgir a las diversas personas y civilizaciones al diálogo. Se querrá usarlo para imponer los valores occidentales a los “bárbaros” y los “paganos”, para conquistar a estos pueblos e incluso declararles la guerra, pero esperamos que suceda todo lo contrario, que la fe cristiana haga de bisagra y de puente entre las civilizaciones. Ésta es su auténtica tarea. ¿De qué depende que suceda?

El cristianismo debiera llevar a la práctica su fe en Dios: el Dios de los pobres y el salvador universal. La pobreza es hoy la más grande de las civilizaciones. El cristianismo, en la medida que recupere su carácter de religión de pobres, en tanto represente la fe de los pobres y su anhelo de justicia, ridiculizará la lucha por acreditarse como la mejor de las civilizaciones posibles y los renovados empeños por apoderarse del mundo. Pero, además, debiera traducir en conductas concretas de encuentro, respecto y reconciliación con musulmanes, budistas, judíos, no creyentes y otros, la convicción teológica mayor que sostiene que todos los seres humanos son criaturas de Dios y que por todos, sin excepción, dio Jesús su vida. Por esta misma razón, la humanidad es advertida en contra del narcisismo e la intolerancia de todas las religiones, incluida la cristiana, y en contra de cualquier civilización elitista e imperialista.

Si es cierto que Dios salva a unos y otros por vías que incluso la Iglesia desconoce, el cristianismo no se justifica, no tiene razón histórica de ser, más que evitando las guerras, promoviendo el amor, inventando la paz, con todo lo cual se anuncia que Dios se jugó por entero en ese hombre pobre y universal que, para crear una nueva convivencia humana, prefirió morir a matar.

Jorge Costadoat S.J. Si tuviera que educar a un hijo… Ideas para transmitir la humanidad, Santiago, 2004.

Un futuro para el cristianismo

Se presiente. La humanidad entra a una nueva era. ¿Será una era cristiana? Dos mil años de cristianismo son sin duda una razón de celebración, aunque no exenta de graves objeciones. Amén de superar las ambigüedades del pasado, el cristianismo del tercer milenio deberá enfrentar nuevos desafíos. ¿Tendrá la fe en Cristo un lugar relevante en el futuro de la humanidad?

Los que se han asomado a Internet pueden intuir que las posibilidades ofrecidas son fabulosas. Si sumamos los cambios de la cibernética a los que traerá el Genoma humano, ¿cuán diferentes llegaremos a ser? Del Genoma humano se espera el remedio de enfermedades penosísimas.  Pero, ¿cabe la posibilidad de alterar lo que los filósofos llaman la “esencia” o “naturaleza” del hombre? De la conversión de los conocimientos físicos en tecnología, dicen, se esperan transformaciones tan espectaculares como las anteriores. Nunca, sin embargo, hay que ser ingenuos: los que impulsan los nuevos inventos son los mismos que concentran el poder y la riqueza en todo el mundo. La exclusión de las mayorías aumenta de modo escalofriante: mientras el quinto de la población mundial más rico dispone del 80% de los recursos, el quinto más pobre no junta más que el 0,5%. Renovados discursos sobre la libertad esconden y reciclan la esclavitud bajo nuevas figuras.

También en el plano del espíritu hay novedades. La New Age como un movimiento o una inquietud espiritual de masas, aunque se apropie el nombre, es sólo otro aspecto de la nueva era. Occidente expande el triunfo no despreciable de la libertad de conciencia y del pluralismo religioso. La globalización, entre otras cosas, consiste en una influencia mundial y recíproca de una infinidad de creencias distintas. Abunda la literatura esotérica, proliferan los grupos religiosos y las jerarquías eclesiales pierden control sobre sus fieles. Asistimos al libre mercado de la salvación. Cada uno elige lo que le sirve y deja lo que le estorba: los hedonistas optan por medios cómodos, los masoquistas por los cilicios o la ley sin interpretación. Si alguna importancia tendrá la religiosidad en la nueva era, no es claro que la tenga como un paso adelante.

No es obvio que la humanidad progrese por el mero paso de los años. Tampoco es cuestión de perfeccionar los medios, la ciencia y la tecnología, si no se acierta en los fines. En el siglo pasado hubo regresiones atroces. Got mit uns, Dios con nosotros, se leía en las hebillas de los cinturones de los soldados nazis. Tampoco es cierto que todo tiempo pasado haya sido mejor. El Papa ha pedido perdón por la Inquisición. No porque en la actualidad haya ebullición mística la invocación de Dios es, de hecho, benéfica. A Dios se lo ha usado para todo. A futuro, más que nunca nos veremos obligados a distinguir por nosotros mismos lo que viene de Dios y nos mejora, del kitsch religioso, la infantilización piadosa de la conciencia, el servicio personal a los caprichos de un gurú y tantas otras baratijas que ofrecen divinidad para tomar y llevar.

En estos tiempos nuevos, ante los nuevos sucedáneos de humanización y de divinización, ¿es Jesucristo todavía, entre tanta pista falsa, una pista segura para elegir correctamente? ¿Habrá tercer milenio? Si Cristo no sirve para elegir el bien, para aguantar el dolor lo más posible, para alcanzar el perdón, para encarar la muerte con dignidad y esperar un mundo reconciliado y mejor, no será Salvador de nadie ni merecerá reconocimiento auténtico alguno. En cualquier caso y en este particular, la pregunta, se ve, depende ya de la respuesta. No todos entienden lo mismo por “salvación”. “Para la libertad nos libertó Cristo”, dice San Pablo. De muchos modos se ha llamado a la salvación cristiana: redención, iluminación, justificación, reconciliación, etc.. Llamarla libertad o liberación tiene antigua tradición teológica y facilita su inteligibilidad en el presente. Hoy, como antaño, entre las ofertas de salvación trascendentes unas oxigenan la vida terrena y otras la asfixian. La pregunta por la vigencia de Jesucristo proviene de la convicción de que sí, de que hay un tipo de salvación tan buena, la libertad cristiana, que se la puede compartir a lo largo de los siglos. El asunto es cómo. ¿Cómo Jesucristo es concepto de libertad y no de opresión? Segundo, ¿cómo es posible verificar la libertad de Cristo en una época cada vez más liberal y cada vez  menos solidaria?

Noción de Cristo

 

El cómo tiene dos pasos. Un paso depende de la noción que tengamos de Cristo. Si con Dios los hombres suelen avalar cualquier cosa, con Cristo lo mismo. El futuro del cristianismo depende de una idea correcta de Cristo. Y, en un segundo paso pero tan fundamental como éste, el futuro del cristianismo depende de la identificación de los cristianos con la persona de Jesús y de su fidelidad a su misión trascendente.

La noción de Cristo proviene de dos datos principales que, más allá del lenguaje arcaico en que se expresan, persiguen el modo en que un hombre puede llegar a ser sí mismo en plenitud. Son datos revelados, esto es, axiomas de la fe irreductibles a experimentos positivistas, parecidos a las convicciones sobre el origen y sobre el fin conscientes o inconscientes que orientan a cualquier mortal en su vida. Estos son, uno la Encarnación del Hijo de Dios y otro, el Misterio Pascual.

De acuerdo al dogma de la Encarnación, la fe cristiana sostiene que en Cristo el Absoluto se identificó en un hombre, que nunca Dios se dio tan por entero como en Jesús. Este dogma de la fe debiera corregir el modo de pensar de los que opinan que entre Dios y la humanidad hay una oposición de principio, sea aquellos que optan por la humanidad porque no logran ver la compatibilidad, sea los que profesan que para acceder a Dios hay que dejar de ser hombres, evadirse, evaporarse, reencarnarse en otros seres, todo lo cual suele traducirse en sometimiento al tirano de turno o a los designios paralizantes del Zodiaco. Que Jesús sea el Hijo de Dios quiere decir que Dios no compite contra nosotros sino con nosotros, que Jesús es Dios de parte nuestra. Pero como uno de los nuestros, igual a nosotros, sin trampas. No como un “superman” al que la policía puede encargarle tareas imposibles al común de los mortales. Las Escrituras Sagradas enseñan que el omnipotente se hizo impotente, que el omnisciente llegó a ignorar incluso el día del juicio final; aun cuando haya textos de la misma Escritura que, por destacar la sublimidad de Jesús, nos juegan malas pasadas, como por ejemplo, “la tempestad calmada”. Jesús cumplió su misión sin magia, como nosotros, con fatiga e incertidumbre del futuro. Los grandes concilios dogmáticos de la antigüedad vetaron la idea griega de que Dios fuera inconmovible ante el sufrimiento por una parte y, por otra, prohibieron creer que Jesús hubiese sido dotado de poderes extra-humanos, en virtud de los cuales en cualquier momento de su vida terrena hubiera podido actuar de acuerdo a su divinidad “bypaseando” a su limitada humanidad. La diferencia de Jesús con nosotros no fue percibida en su exceso de divinidad, sino de humanidad: consistió en la libertad radical del hombre que, sabiéndose el Hijo amado incondicionalmente por Dios, entregó la vida para combatir el mal sin negociar con el mal. La diferencia estuvo en la libertad de Jesús, en su autenticidad, autoridad diría el Nuevo Testamento.

La noción de Cristo se perfecciona en el Misterio Pascual. En el hecho de su cruz y de su resurrección de la muerte, la Iglesia antigua descubrió que Jesús había sido igual a nosotros en todo, pero no en el pecado. Si la Encarnación destaca la semejanza de Dios con nosotros, el Misterio Pascual marca la desemejanza. Si en la cruz la inhumanidad de los hombres revela la crueldad al máximo, es porque en ella Jesús se muestra todavía más humano que nosotros. En Cristo Dios no se identifica con la humanidad sin más, sino con las víctimas. Es a los que lloran, los hambrientos, los jornaleros, las mujeres, los extranjeros, los paralíticos, los ciegos, los locos, los endemoniados, los inútiles y los marginados, que Jesús trae la alegría liberadora del Reino. El dolor de Jesús es el dolor de los pobres. Su lugar, el de los pobres. Su vergüenza, la de los pobres. Jesús toma parte del mysterium iniquitatis no como causa, sino como víctima inocente, solidaria con la inmensa mayoría de las víctimas del abuso de la libertad. Con el resto de la humanidad Jesús se identifica en cuanto pecadora: la culpa de los opresores es la culpa de Jesús. En la cruz el inocente parece culpable. A Jesús lo tratan como parece normal tratar a un culpable, destruyéndolo. Pero Jesús no hace pasar a otros la maldición que padece, no busca venganza: exculpa, sufre y bendice. Lo que nadie vio, lo que sólo después se aclaró, es que la cruz era el sentido de la libertad: nadie es más libre que el que perdona a sus enemigos y también por ellos da la vida. “En la luz asumí su oscuridad y mi batalla fue por sus dolores”, dice Neruda de su hermano, “del hombre que me amó sin encontrar otro modo de hablarme sino herirme”. Si este poema no lo inspiró la fe cristiana, ilumina en buena medida lo más grande y lo más difícil de explicar de todo el cristianismo.

Que Dios no compite contra la humanidad sino con la humanidad, es lo que captaron los testigos de la resurrección de Jesús. Los primeros discípulos no pudieron expresar más que con ingenio poético la experiencia de una certeza inequívoca: Dios no abandona a las víctimas. La Pascua fue para ellos el quicio de la libertad de Cristo: la culminación de la libertad de Jesús en la cruz y el comienzo de su propia liberación de toda forma de esclavitud. Se hicieron valientes, desafiaron a la religiosidad del temor, entendieron algo de veras novedoso: que Dios no necesita que le hagan sacrificios humanos para amar y perdonar, sino que El mismo se expone al mal, lo cataliza y lo padece hasta el extremo, para impedir que los hombres otra vez se aseguren la existencia traicionándose y vengándose unos de otros. Inaugurada la esperanza de un mundo radicalmente alternativo y confiable, la Iglesia naciente, desafiada en su imaginación, se supo convocada a inaugurar una nueva era, más divina: más humana.

La resurrección cierra el ciclo del Redentor con la salvación de la creación. La noción de Cristo es todavía más amplia. En un lenguaje metafórico que a nuestra mentalidad empirista le cuesta entender, los antiguos identificaron a Cristo con el Logos mediante el cual Dios creó el mundo. Lo que aquí importa retener es que el Salvador es el Creador. La resurrección del hombre Jesús representa la recuperación y el máximo despliegue cosmológico. Si el primer hombre, Adán, fue al menos cómplice en el origen del mal que hizo fracasar el paraíso, la meta de la libertad, Cristo resucitado, el hombre nuevo goza con todas las cosas y lucha porque algún día la humanidad entera comparta su alegría.

Experiencia de libertad

 

Supuesta una noción de Cristo suficientemente ortodoxa y adecuada a los tiempos precisos, el cristianismo se juega en una identificación personal con Jesús y en la asimilación práctica de su causa. Más que una noción de Dios la fe cristiana es una versión de Dios. Quién es Beethoven sin un pianista que lo interprete… ¿Y puede haber algo más opuesto a la interpretación que la copia, la reproducción literal? El futuro del cristianismo pende de la interpretación que los cristianos hagan de Cristo. ¿Serán estos capaces de abrirse a la nueva era, de encarnarse en ella, de correr con ella el riesgo del fracaso que la amenaza? ¿Podrán verter a Cristo en un arte nuevo, en una nueva moral, en una esperanza alternativa de mundo? No es aventurado pensar que si el cristianismo agota su creatividad, si opta por la falsa seguridad de la copia tradicionalista, por la condena a priori de cualquier novedad, si renuncia al Espíritu, no servirá más que como texto de estudio de arqueólogos o, en el mejor de los casos, ofrecerá sus templos de museo. La creatividad, como el Espíritu, es inherente al cristianismo. Sin el Espíritu, Jesús no habría inventado el camino de regreso a su Padre entre la Encarnación y la Pascua, pero tampoco habría sido posible la libertad que proviene de Él para que el cristiano, alter Christus, haga su propia historia. La pertinencia de la fe cristiana depende de la teoría, pero en última instancia proviene del Espíritu que inspira en el cristiano, con originalidad, la praxis de Jesús. La fe en la Encarnación, en los tiempos nuevos, pide a los cristianos protagonismo.

Pero no hay “seguimiento de Cristo” sin Misterio Pascual: hacer el bien es el anverso de la lucha contra el mal. El futuro del cristianismo como cristianismo -no como persistencia política o decorativa-,  exigirá que los cristianos anticipen el fin de los tiempos, participando en la lucha de Cristo por arrebatar la historia al hedonismo, al consumismo, a los ídolos del sexo sin compromiso, de la violencia y el poder, con las armas del amor limpio, fraterno, inerme y agónico. Habrá que contar que con el término “libertad” se designan conceptos diversos e incluso contrarios; que el antiguo Leviatán hace gala en la nueva era de liberalismo económico, político y moral; que la nueva bestia, el Anticristo no invoca la libertad como solidaridad sino como individualismo y capricho de los que quieren hacer lo que se les dé la gana, y lo pueden, expropiando al resto sus posibilidades. El liberalismo es la ideología del antojo, la carta magna del abuso del poder. ¿Podrán los cristianos doblegar a un enemigo así de poderoso y tan seductor que a ellos mismos engatusa y promete facilidades? ¿Podrán zafarse de su fascinación por el dios Dinero para optar de una vez por todas por el Dios de los pobres?

La historia parece perdida. Los poderosos son cada vez más ricos. La multiplicación de las espiritualidades no es garantía de nada. En varios casos es otro buen negocio. A los cristianos toca elegir la diferencia, mejor dicho inventarla. Lo harán si atinan con su misión y su identidad. La misión es la liberación, la identidad es la libertad. A la identidad se llega por la misión y a la misión por la identidad: la libertad de los hijos de Dios, como fraternidad y no como individualismo, es condición y meta. En camino tras la liberación de la humanidad del dolor y de la culpa que culmina en la cruz, Jesús se supo el Hijo amado y uno con su Padre desde siempre. Pero de aquí extrajo el amor, la confianza, la valentía, el juego, la poesía, en una palabra, la libertad que le llevaron a interesarse desinteresadamente por un prójimo tan personal como universal. Sobre esta pista los cristianos descubrirán que la libertad se reconoce en la gratuidad.  La pista es experimentar a Dios como un Padre que, entre la Encarnación y la Pascua, se percibe como puro amor gratuito, como pura autoridad y pura autorización, para que sus hijos se responsabilicen de un mundo que, habiendo sido creado para ser compartido, es tristemente disputado.

La diferencia cristiana

 

En suma, está por verse que la nueva era vaya a ser tan nueva. La esperanza inquebrantable que guía la praxis cristiana hasta más allá de la historia no excluye que más acá la historia termine mal. Los verdaderos problemas de la humanidad no han sido resueltos. Si hasta ahora los cristianos no han puesto la diferencia, tendrán que hacerlo en el futuro. Así, en la medida que se vea la diferencia, quedará claro que no cualquier religión “salva” y que el nihilismo no es inocuo. Pero el espíritu sectario da mordiscos feroces a los cristianos. No por nada la modernidad ha pretendido liberar a los hombres de mitos, supersticiones, charlatanerías, de la Iglesia, y de Dios. A los cristianos corresponde verificar a Dios como una nueva humanidad,  interpretando la divinidad de Jesús como el hombre que ama la vida, la propia y la ajena, apasionadamente. A ellos toca probar que la cruz de Cristo no ha sido una “pasión inútil”. Esta es la diferencia.

La diferencia es la libertad. Pero no el fetiche de la libertad, el liberalismo. Pues la libertad no se reduce a la posibilidad psíquica de elegir entre alternativas como ocurre en el mercado. Tampoco se agota en el cumplimiento de normas abstractas. Tratándose de una decisión entre alternativas, consistiendo en una decisión ética, la libertad antes que nada es el poder de autodeterminarse por completo, no tanto “elegir” sino “elegirse” y “aceptar ser elegido” para compartir y gozar el mundo en común, en vez de aprovecharse con egoísmo de él. De la libertad cristiana se espera la creación de relaciones humanas fraternas, inspiradas en el banquete que ha puesto Cristo como destino final de la creación y que la Eucaristía anticipa en esta historia con la celebración del perdón y la fracción de un pan que debiera alcanzar para todos y sobrar.

A los cristianos toca poner la diferencia, pero no sólo a ellos. ¿Cómo han de dialogar y cooperar los cristianos con los otros amantes de la libertad auténtica, religiosos o agnósticos, tan incoherentes como ellos mismos o más? Esta colaboración es tan importante que, de no ser posible, el cristianismo quedará pendiente en su aspiración de amor universal, quizás, por otro milenio.

Latinoamerica, injusta y cristiana

“En Latinoamérica reina la desigualdad”, es el título de un artículo de un matutino en sus páginas interiores. En base a un estudio del Banco Mundial, se afirma algo aún más preciso: “Latinoamérica es la zona de mayor desigualdad en el mundo”. Se ofrecen cifras. Se sugieren al voleo algunas explicaciones. Lo que no dice el artículo -no le toca decirlo, lo digo yo-, es que América Latina es también la región más cristiana del mundo. Europa ha preferido llamarse “postcristiana”.

Si viniera una delegación de marcianos a la tierra podría buscar la correlación entre estos dos datos: el espacio geográfico donde hay más injusticia es aquel que los terrícolas llaman “cristiano”. Uno de los marcianos podría decir: “Nada que ver. Que Latinoamérica sea el continente más injusto puede deberse a otros factores. Por lo demás, no sabemos si el cristianismo deba incidir o no en la política y la economía”. Algunos terrícolas le encontrarían razón.  No faltaría incluso el cristiano que piense que el cristianismo es irrelevante para la configuración de un mundo más justo. Otro de los marcianos podría contradecirlo: “No estoy de acuerdo. No se puede descartar que Cristo sea un monstruo que quiera apoderarse del universo y que haya comenzado por reinar en América Latina”. ¿Qué le responderíamos?

Los marcianos son muy lógicos.  Es fácil pitar a los terrícolas, pero a los marcianos no. Si respondemos que Cristo no es un monstruo sino todo lo contrario, que a él lo crucificaron los monstruos y que los cristianos luchan contra los monstruos para que la tierra sea compartida entre todos los hombres, los marcianos no nos creerían. Probablemente dirían que los cristianos se dividen en engañadores y en engañados. Sospecharían que los engañadores, en nombre de su “dios crístico”, convencen a los demás del valor eterno del sacrificio y del progreso, y que los engañados les creen, haciendo de su miseria su virtud.

Podríamos, en cambio, ser sinceros. Sin escudarnos en la complejidad de factores que producen la desigualdad en América Latina,  tendríamos que reconocer que los cristianos hemos sido incapaces de llevar a la práctica el mundo que Cristo soñó; que nosotros mismos hemos hecho de la fe cristiana una salsa barata para adobar todo tipo de platos; que algunos de los nuestros han desvirtuado absolutamente el Evangelio mediante una doble adoración de Dios y del dinero. En defensa de Cristo recordaríamos que, mientras unos acumulan lo que les sobra, los pobres comparten de lo que les falta.

Publicado en Jorge Costadoat Si tuviera que educar a un hijo… Ideas para transmitir la humanidad, Ediciones ignacianas, Santiago, 2004.

Libertad e igualdad cristianas

La fe cristiana empalma de lleno con la democracia en el plano de la libertad y de la igualdad. Pero el concepto que el cristianismo tiene de estas, impide las asimilaciones fáciles. El cristianismo puede por ello nutrir con sus nociones de libertad e igualdad el humus cultural en el que la democracia puede arraigar con fuerza.

Uno de los nombres de la salvación cristiana es el de libertad. “Para ser libres nos libertó Cristo” (Gál 5, 1), enseña San Pablo que ha comprendido que los cristianos extraen esta libertad de aquella igualdad con el Hijo que los constituye también a ellos en “hijos de Dios”. En efecto, la Iglesia naciente no llamó a Jesús “Hijo de Dios” para probar en primer lugar su divinidad, sino para nombrar de la manera más exacta la nueva relación inaugurada entre Dios y los hombres. Fue la experiencia de filiación divina y de comunidad fraterna, experiencia de libertad e igualdad en Dios y ante Él, al modo de la experiencia que Jesús tuvo de Dios como Abbá, la que condujo a los primeros cristianos a llamarlo Hijo de Dios. Las posteriores declaraciones dogmáticas que aseguraron la identidad divina de Jesús en virtud de su filiación eterna, han debido tener como objeto principal salvaguardar la comunidad que nace de relaciones en libertad e igualdad en razón de un Dios reconocido como Padre de toda una familia humana.

La libertad e igualdad que los cristianos reclaman para sí y para las relaciones entre todos los hombres no son, en consecuencia, exigencias abstractas sino que tienen una historia, la de Jesús antes de la Pascua y la de Israel antes de Jesús. Esta historia las distingue cualitativamente de otros modos de concebirlas. Para ellos estas son el fruto, en última instancia, de una actuación histórica y salvífica de Dios en contra de males precisos que llaman esclavitud y humillación, pecado y muerte. Al margen de la conflictiva historia del judeo-cristianismo, la libertad e igualdad cristiana son ininteligibles.

El caso es que el fracaso de la Antigua Alianza por infidelidad del pueblo de Israel no impidió que Dios cumpliera su pacto. Los cristianos descubrirán en la Nueva Alianza sellada en su Hijo la posibilidad de una relación libre e igualitaria entre Dios y los hombres, y de estos entre sí, toda vez que el hombre Jesús, en obediencia libre a su Padre y uno en dignidad con El, para sanar la comunidad israelita y la comunidad en cuanto tal, asuma el pecado que la divide y la quiebra. Para que se cumpliera en él la profecía religiosa-política a David, fue necesario que Jesús entrara en conflicto con las interpretaciones de la ley mosaica que, en vez de vehicular la libertad y la igualdad de los israelitas, las negaban mediante un sistema de deberes y derechos que, en realidad, aseguraba privilegios y exclusiones.

A Jesús lo crucificaron porque, al minar este sistema, amenazaba la precaria subsistencia de Israel bajo los romanos. Pero, en contra de lo que pudo parecer, a los ojos de la fe la crucifixión no hizo fracasar su proyecto del reino de Dios, sino que constituyó la condición última y precisa de su advenimiento. La exaltación de Jesús resucitado a la derecha del poder de Dios bien puede considerarse, en primer lugar, un acto de la justicia de Dios para quien fuera ajusticiado injustamente y para todas las víctimas del abuso del poder político. En segundo lugar, a un nivel más profundo, ella representa el éxito de Dios sobre la muerte que acecha a toda obra humana y a todo intento por identificar burdamente el poder de Dios con el poder de los hombres o el reino de Dios con los reinos de este mundo. Por último, la resurrección inaugura una relación completamente nueva entre Dios y los hombres, a saber, la filiación divina que Cristo participa a sus discípulos -y por estos a toda la humanidad- mediante la efusión de su Espíritu de Hijo, gracia principal que crea una comunidad de libres e iguales ante su Padre y con Él.

En la Nueva Alianza el Hijo es mediador de un nuevo pueblo de Dios, germen de una sola comunidad humana, pues en él las diferencias que los hombres establecen para oprimirse unos a otros ya no tienen más razón de ser. El cristiano, como el Hijo, no vive más bajo la coacción del temor del incumplimiento de ninguna ley; nada lo arredra, tampoco el poder político; seculariza la ley: la inventa, la interpreta, se somete a ella; no debe humillarse ante los poderosos sino ante los pobres; en presencia de su Padre no cumple, juega; no imita, crea; consciente de un amor paternal y de un perdón incondicional, se atreve a llamar pecado al daño que causa a su prójimo; igual a Dios por origen y vocación, no es esclavo del pecado ni de la muerte, no necesita negociar con nadie una paz indigna; aunque su lucha por un mundo mejor le cueste la vida, mantiene una esperanza invencible. La de aquella comunidad fraterna y reconciliada, que lo recibe y lo perdona a pesar de su individualismo y ambición.