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Está faltando socialismo

No soy analista político ni político, escribo como un ciudadano común. Lo hago porque estoy preocupado.

Juzgo que la mayor dificultad de Chile hoy es la relación de una clase política enferma con una ciudadanía enferma también. Lo primero que salta a la vista son los yerros de los políticos. Estos son graves, pero el disgusto ciudadano contra los políticos, el Estado, los empresarios y contra sí misma, especialmente tratándose de un malestar y una odiosidad que se nutren de un individualismo creciente, se está convirtiendo en una amenaza todavía mayor. El individualismo está desquiciando las instituciones y las agrupaciones, a las parejas y a las familias, a Chile como país y a otros países.

Desde que Joaquín Lavín el año 1987 anunció el triunfo del neoliberalismo sobre la configuración comunitarista del país, el individualismo, sobre todo en su versión consumista, se ha convertido en el factor motivacional principal de la toma de decisiones de las personas, también en el campo político. En general, la gente vota por lo que le conviene y no por lo que le conviene al país. ¡Muchos no votan! Es más, no solo los jóvenes, también los mayores exigen derechos pero no quieren que la sociedad les imponga deberes. Se olvida, empero, que los derechos se sustentan con deberes.

El pronóstico es malo. Alejandro Guillier, de izquierda, quiere ser el candidato de una ciudadanía harta de los políticos y de los abusos de quienes controlan del Mercado. Pero no me parece igualmente preocupado por la creciente falta de solidaridad política de esta ciudadanía. La solidaridad social de la nación se activa fácilmente y de un modo extraordinario con terremotos, aluviones e incendios. Pero las últimas décadas hemos constatado entre nosotros ciudadanos una pobrísima voluntad de sacrificio político. El caso es que la mayoría de las personas parece más interesada en lo que el país le pueda dar que lo que ella pueda dar a su país.

Esto lo digo porque, tras haber leído el libro de Raúl Sohr en que entrevista al candidato, no me queda la impresión de que Guillier se dé realmente cuenta la profundidad del problema. Comencé a leer el libro con la simpatía que siempre le he tenido al personaje, pero quedé preocupado. Me ha dejado la idea de que Guillier no percibe que la “revolución silenciosa” diagnosticada por Lavín nos ha hecho cada vez más egoístas y que la desigualdad, que no cede, en una cultura maleada por el Mercado, nos parece aún más irritante. Nos vuelve agresivos. Nos enferma.

La ciudadanía, la responsabilidad política del pueblo sobre sí mismo, está siendo carcomida a un nivel muy hondo. Entre los muchos fallos de los políticos, el peor de todos puede ser precisamente no representar a esta ciudadanía como “profesionalmente” debe hacérselo. A mi parecer, su obligación mayor debiera ser auscultar “las necesidades de la gente”, conocer sus emociones, reacciones y reclamos de justicia y de derechos; pero, la profesión de político exige también tomar decisiones impopulares y legislar muchas veces en contra de las mayorías, si de ello depende la construcción de un futuro común.

Tiene razón Guillier de quejarse contra la clase política por numerosas razones. También acierta en representar el malestar enorme de la ciudadanía engañada por empresas, cadenas de negocios y tiendas que abusan de ella. Los chilenos están airados contra la colusión entre las empresas y el cohecho con que estas seducen a los parlamentarios. Pero un político –y de esto nada dice Guillier- no solo debe asumir la queja de los ciudadanos, sino también encaminarlos al bien común, a veces contra su voluntad, por la fuerza de la ley.

¿Será mejor Guillier que el Partido socialista que lo eligió de candidato? No sé. Pero es lamentable que la política sea cosa de mera popularidad. ¿En qué momento el Parlamento liberó a los ciudadanos de la obligación de votar en las elecciones? Mal hecho. Otro ejemplo: los ciudadanos agradecen, en principio, el incremento de un 5 % en su fondo previsional, pero quieren que se les impute como ahorro individual. No están dispuestos a compartirlo con los demás. Tercero: los santiaguinos, en forma creciente, se “vengan” contra el Transantiago no pagando sus pasajes. ¿Son estos mejores que la juventud que destruye los buses y que arruina el centro de la ciudad con los grafittis y sus proclamas anarquistas? Por mi parte, me sumo a quienes exigen que la gratuidad universitaria sea financiada por los egresados una vez que se inicien en la vida laboral. Asimismo, pienso que habría que quitarle la gratuidad a quienes no voten en las elecciones políticas.

Resulta paradójico pensar que, al final del día, los socialistas chilenos son los empresarios que, con el pago de impuestos, financian los derechos sociales (salud, educación, habitación, etc.) de una población que tiene puestos los ojos solo en sus intereses individuales. Es raro, además de injusto. El futuro de cualquier país depende de que cada ciudadano y las asociaciones intermedias se sacrifiquen en beneficio de los demás y del conjunto.

Por quién votaré

No votaré por alguien que a mí me convenga. El país está primero. Entre los muchos asuntos a considerar, será para mí prioritario mirarlas cosas en el largo plazo. Votaré por quien, a la hora de decidir, vea que se preocupe por los siguientes sujetos.

Las mujeres todavía están en situación de desigualdad. Me gustaría comparar los programas de los candidatos. ¿Qué proponen para achicar la diferencia en los salarios? Se dirá que los sueldos los fija el mercado. ¡Por esto precisamente suelen ser injustos! El mercado da una señal importante para construir un sueldo justo, pero señales hay muchas otras. Otra cosa: se ha sugerido una pensión para las mujeres que han sido dueñas de casa. Podría concedérseles a las madres que no pudieron trabajar o que lo hicieron con dificultad y apenas pudieron ahorrar en una AFP. Alguien dirá que el trabajo doméstico de la dueña de casa, para el mercado, es imponderable. Póngase, entonces, como referente el salario de la asesora del hogar mejor pegada del mercado y créese una pensión equivalente. Será sin duda poco, pero no nada.

Los mapuche debieran ser reconocidos como Pueblo-Nación. Así mismo los otros pueblos originarios. El Estado chileno se comprometió a hacerlo ante la ONU. No ha cumplido. Hoy sabemos que el reconocimiento como pueblo implica derechos políticos y diversas formas de autonomía. No se trata de inventar un país nuevo, sino de dar a los mapuche carta de ciudadanía según su propia cultura e identidad. Se olvida que la Pacificación de la Araucanía fue un genocidio. No ha debido ser esta la manera de nacionalizar a un pueblo. La invasión de las forestales y proyectos extractivos (mineras, hidroeléctricas) ha sido otro tipo de invasión devastadora en los territorios mapuche. Hoy lamentamos una violencia que es producto de una enorme injusticia. Espero votar por un candidato que, en vez de mandar tropas al sur, saque a las forestales de sus tierras y negocie con la CAM y con todas las organizaciones las condiciones de una convivencia amistosa. Se necesitará también una o varias leyes que promuevan el crecimiento económico sustentable de esta zona del país, leyes que tomen en cuenta la cultura y la opinión de sus habitantes.

Los migrantes necesitan un recibimiento hospitalario. La actual ley no lo permite. Se sabe que llegarán igual: por tierra, por mar o por aire, a la buena o a la mala. Migrar es un derecho de la humanidad desde hace 70.000 años. La migración es un derecho consagrado en la Carta de Derechos Humanos de la ONU. Me gustaría que la nueva ley estipule la integración más rápida de los inmigrantes, de modo que ellos y ellas lleguen a beneficiarse de nuestra nacionalidad y ciudadanía lo antes posible. Que tributen, que voten, que pronto se adscriban a las AFP y a las Isapres o a Fonasa, que paguen y aprovechen sus servicios. Por otra parte, introduciría una reforma al código penal. Consideraría una agravante el maltrato a un inmigrante a causa de su condición o de su raza.

Los jóvenes universitarios no debieran perder la gratuidad obtenida. Es más, espero ver en los próximos programas de gobierno promesas de conseguirla en un 100%, si el país logra financiarla. ¿Cómo hacerlo? Los mismos universitarios debieran contribuir económicamente a la educación de las siguientes generaciones. Tendrían que pagar sus carreras después de egresados. Desde kinder los niños debieran entender que los impuestos son fundamentales. No hay derechos sociales sin deberes sociales. Por esto, no le daría gratuidad alguna a los universitarios que no acudan a votar en las elecciones políticas. La solidaridad tendría que ser la clave de la nueva educación. Lo más importante en esta materia, en todo caso, será terminar con el co-pago en la educación escolar. El Estado tendría que asegurar una educación igualitaria. La educación pagada –pública o privada, laica o religiosa- reproduce la desigualdad. De momento se hace difícil impedir que haya también educación pagada de elite. Pero a futuro el país tendría que poder poner trabas a este factor, pues hace de Chile un país clasista y desigual.

Los super-ricos tendrían que poder ser controlados lo más posible. Los ricos en general son de cuidado. Pero quienes poseen una fortuna cercana a los quinientos millones de dólares –por poner una cifra-, debieran ser objeto de restricciones legales permanentes. La creciente concentración mundial de la riqueza tiene al mundo al borde del despeñadero. Conviene siempre tener en cuenta que la economía financiera no tiene la misma calidad ética que la economía productiva. El país requiere de empresas y empresariados creativos, robustos y arriesgados. Pero a las grandes fortunas, a todas por parejo, hay que mirarlas con lupa. Porque independientemente del bien que pueden hacer creando empleos y salarios justos, la mera concentración excesiva de riqueza es un peligro para la sociedad. Espero que en un programa de gobierno se nos diga cómo se controlará la libertad de los super-ricos para hacer negocios y para relacionarse con los poderes políticos, culturales y comunicacionales. Los hechos prueban que la libertad de los multimillonarios vulnera la libertad de los pobres (que hoy compran cosas que el marketing les vende infaliblemente), distorsiona el mercado (con monopolios o colusiones) y socava la democracia (con corrupción y cohecho). Me hago una pregunta: ¿debe una próxima constitución política permitir que un super-rico sea parlamentario o presidente de la República? Me gustaría ver un debate al respecto.

Los programas de gobierno tienen que ser creativos y lo más completos posible. El votante tendrá que atender a muchas propuestas, pero también a las coaliciones políticas capaces de sustentarlas. Los criterios que he señalado no son los únicos a considerar. Pero, al menos yo, observaré con atención cuál de los candidatos los sirva mejor. La discusión política de estos meses tiene mucho de cháchara. No siempre se deja ver lo realmente importante. Qué hará el país con las mujeres, los inmigrantes, los mapuche, los estudiantes y los super-ricos, a mí parecer, es decisivo para un futuro de largo plazo.

¿Por qué votar? ¿Por qué no?

Tenemos delante la elección de la presidenta de Chile. Bien vale preguntarse por quién votar, y también si votar o no. Dado que se nos da la posibilidad legal de no acudir a las urnas, queda entregado a nuestra responsabilidad, ahora más que antes, el futuro político del país.

 Avanzo algunas razones que abierta o subterráneamente nos mueven a NO VOTAR:

+ El país seguirá más o menos el mismo curso con esta o aquella candidata. No debiera haber alteraciones mayores en la organización de la economía; los ajustes políticos por hacer no parecen decisivos como para cambiar la orientación del crecimiento de Chile. Uno voto más, un voto menos, da igual.

+ Bachelet ganará de todas maneras. Sería una pérdida de tiempo ir a darle el voto. En este caso sería entretenido, al menos, participar y ganar. ¡Pero hay tantas entretenciones! Basta el teléfono, el i-pod… Sería aun más pérdida de tiempo votar por Matthei.

+ Alguien puede pensar que el “sistema” no da para más. La mejor manera de hacerlo saltar, es saboteando el mecanismo más característico de su reproducción: el voto. El pensamiento anárquico está en alza. ¿A qué aspira? A algo así como a una sociedad sin instituciones o a una reconstitución de las instituciones después de haber dinamitado el sistema anterior. En muchos chilenos hay rabia contra la democracia chilena neoliberal. En algunos hay tanta rabia como para sacrificarla a un tirano parecido a Pichochet, por puro ver en qué se ganarían la vida algunos políticos que nos tienen agotados con sus sonrisas electorales.

+ Votar da lata: vamos de elección en elección, la ciudad lleva meses y años en campaña, la cablería está llena de carteles y lo muros de grafitos; ir a votar son dos pasajes de locomoción; el domingo es para descansar, y este sería el segundo domingo en poco tiempo destinado a lo mismo. El país exige mucho, ¿y “qué me da”?

 La razón para VOTAR, me parece, es esta:

Las personas hemos de ser responsables con nosotros mismos, con nuestros connacionales y con el país en su conjunto. El primer paso para asumir estas tres responsabilidades, es plantearse como adulto la pregunta por el valor de la Democracia. No solo la pregunta por esta democracia chilena nuestra, por cierto imperfecta e incompleta, sino por la Democracia como régimen de gobierno que no funciona sin el voto de los ciudadanos.

 ¿Dictadura, Anarquía o Democracia? No soy experto en politología. Pero no veo otras alternativas. Votar significa apostar por la Democracia en contra de la nunca despreciable posibilidad de la Dictadura y de la Anarquía. Es decir, dos formas de organización social que normalmente acarrean violaciones espantosas de los derechos humanos, comenzando por el menosprecio de los más débiles. Pues debe quedar claro que nada protege más a los pobres, los frágiles, los quebrados, los insignificantes, los que nunca merecen nada, que una regulación jurídica de derechos y obligaciones, lo cual solo las democracias pretenden garantizar.

 ¿Democracia, Dictadura o Anarquía? En la Dictadura prevalece la fuerza de uno o de algunos: los demás son aplastados. La Anarquía, mientras predomina, mientras la Dictadura no le arrebata el poder con la bayoneta, acarrea la lucha de todos contra todos. En esta lucha siempre ganan los más ricos, los más influyentes, los más relacionados, los más poderosos.

 ¿Anarquía, Democracia, Dictadura? Se comience por esta, esa o aquella, es de adultos parar y reflexionar en serio sobre estas posibilidades. Es responsable preguntarse con el corazón: ¿quién de nosotros se merece el país que tenemos? ¿No es Chile un regalo que, si de merecimientos se trata, debiéramos cuidar?

 Por mi parte espero que el domingo próximo los chilenos se laven la cara en la mañana como lo hacen todos los días para trabajar por las personas que aman, agradezcan el país que recibieron y que los aguanta, y voten.

Memoria de los últimos 40 años

 

 

 

 

 

 

 

 

Pinche aquí:

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=V2YsuI7SP04#t=24

40 años: qué aprender, qué enseñar

La revisión de los últimos 40 años -los años antes del “golpe”, los de la dictadura y los de la recuperación de la democracia-, tal como está teniendo lugar, indica que nos encontramos en un momento importante. La ebullición de emociones y de argumentaciones, las discusiones sin fin sobre tal o cual punto, ha generado un ambiente que, aunque a ratos nos abrume, es positivo. De la calidad de la memoria que hagamos de lo acontecido, depende la calidad de las proyecciones del país que queremos.

La evaluación en curso tiene innumerables accesos: políticos, jurídicos, económicos, psicológicos, sociológicos, históricos… Cualquier cientista social tendría algo que decir. Corresponde, por cierto, que lo haga en su círculo de pares y en el foro público. Por mi parte ofrezco otra entrada. ¿La de un educador? ¿La de un humanista? ¿La de un teólogo? Me parece decisivo que todos los protagonistas de estos años nos preguntemos qué hemos de aprender y qué de enseñar.

 Nuestra generación, la de quienes fuimos testigos y actores antes y después del “golpe”, tenemos el deber ante nosotros mismos de preguntarnos por lo ocurrido. Es un asunto de biografía. Si tuviéramos que escribir un “diario” de nuestra vida nos veríamos obligados a explicar ante nuestra conciencia (que representa el valor absoluto del prójimo que nos habita, nos juzga y nos redime), dónde estuvimos y hacia dónde querríamos ir. Los 40 años tienen para nosotros tal contundencia existencial que nos ponen ante la pregunta por el sentido de nuestra vida. ¿Cuánto pesa nuestra humanidad? ¿Cuánto vale?

 Lo que está en juego es cómo nosotros somos leales con los esfuerzos titánicos de la humanidad por crecer en civilización y nuestra responsabilidad con los que hemos arrojado al mundo.  No podemos asistir al debate que presenciamos en el foro público como meros espectadores. No podemos decir “esto sí, esto no”, emocionarse, acalorarse y terminar por cambiar de canal. Es necesario dar un paso más.  “¿Qué aprendemos?”. Esta es una pregunta clave.  La respuesta equivale a ser protagonistas o turistas sobre la tierra. La otra pregunta nos obliga a salir de la indolencia y hacernos cargo de quienes amamos: “¿Qué enseñamos?”.

 ¿Qué trasmitimos? ¿Cuál es la tradición que nos ha hecho humanos, y que nosotros podemos acrecentar o traicionar? No hay ninguna confrontación más decisiva que la de preguntarse cómo educar a un hijo. Una posibilidad, la más superficial aunque necesaria, es explicarle lo sucedido con la mayor objetividad posible. Pero hay otro nivel de la realidad aún más profundo: un padre y una madre, cualquier educador, tiene que enseñar a amar y a odiar. Sí, no solo a amar. Porque solo se ama bien cuando se odia del modo mejor posible. Me explico: se educa bien cuando se enseña que el amor nunca podrá separarse del todo de los miedos, fobias, traumas y odios que nos habitan y nos impiden encontrar la verdad. Pues toda vez que se niega el lado oscuro de nuestra realidad, la exaltación del amor y de la reconciliación se vuelve palabrería moralizante y farisaica. La verdad que hemos de transmitir a la siguiente generación, si no reconocemos que nos ha sido fatigoso obtenerla, venciendo sobre intereses que no cesamos de camuflar, como toda falsa ética, se muerde la cola. En vez de liberar, esclaviza.

Lo que estamos viendo es inquietante. Debe serlo. Debemos permitirnos contactarnos con nuestra historia al nivel más básico y fundamental de nuestra biografía, si queremos conocer el misterio de nuestra vida y poder compartirlo con cuidado, sin imponerlo a los que nos seguirán. La historia a veces no nos pide más que seamos honestos. Los jóvenes nos demandan autenticidad. Hoy toca reconocer qué hemos podido aprender y cómo las heridas y la imposibilidad de pedir perdón o de perdonar son una realidad en nosotros que, sin embargo, no puede devorarnos el corazón y envilecer el relato de la historia que debemos contar.

Estamos en un momento importante. Bien vale dejarnos tocar por la discusión pública y las imágenes que producen dolor. Lo que está en juego es llegar a ser mejores. Sufrir si corresponde, hasta que el prójimo que no despreciamos sin despreciarnos a nosotros mismos nos pida cargar con él para que, de tanto en tanto, cargue también él con nosotros.

Los jóvenes y la política

Los jóvenes y la política: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=jWk1jMlVWG0

Catástrofe política en Chile

Un 60% de abstención en las elecciones municipales constituye una catástrofe política.

Es muestra de irresponsabilidad de la gran mayoría de los chilenos. Especialmente de las generaciones más jóvenes.

Es un triunfo de la lógica mercantil. Fuimos ciudadanos, ahora somos consumidores.

Es un fracaso rotundo de la izquierda, cuya principal misión es velar por el bien común.  Por besar las manos al liberalismo, su enemigo, liberó la obligación de las urnas. 

Liberada la obligación de votar promovida por los discípulos del Dios Mercado, la derecha no vería mal que se liberara la obligación de pagar impuestos. ¡Que tribute el que quiera! ¡Impuestos voluntarios!

Vamos derecho a constituirnos en un país de voluntarios. De consumidores y de voluntarios. Los ciudadanos irán a votar, pero ahora como voluntarios. Los consumidores estarán a la espera que alguien les compre su voto. No faltará quien les haga una oferta.

¡Arrasó el liberalismo económico! Perdió Chile. Ganó el Dios Mercado.

Jóvenes en partidos políticos

Video:

http://peregrinos-robertoyruth.blogspot.com/search?q=costadoat

Me parece de máxima importancia que los jóvenes estén creando un nuevo partido político. Jackson, Crispi, no sé quién más. “Revolución democrática”, creo que se llama. Ojalá muchos otros se inscriban. Camila ya participaba en el Partido Comunista. ¡Gran cosa! A la DC, no hace mucho, entraron varios. ¿Quién más? No sé. Me produce alegría, cualquiera sea el caso.

No hay democracia sin partidos. Los pasos de estos jóvenes a una participación formal en partidos políticos son pasos de una generación magnífica. No digo que la generación que ha gobernado después de la dictadura, que ha hecho próspero a Chile como nunca en su historia, no dé para más. No lo creo. Habría que distinguir. Tampoco hay que descartar que en la derecha haya gente que esté haciendo bien su pega. Estoy seguro que el gobierno está haciendo muchas cosas buenas. Pero el futuro del país estaba gravemente comprometido con  jóvenes que no querían participar en las elecciones. Aun está por verse si lo harán…

Los partidos son clave. La democracia se termina cuando el país le entrega el destino a los caudillos, los iluminados, los matones, los dictadores… Entonces comienza la involución en humanidad que siempre está a la puerta esperándonos con toda suerte de tragedias.

No me inscribiré en ningún partido. Pero si me toca votar, lo haré por uno que tenga hartos jóvenes.

Campus Oriente

Hay otro tema que tiene que ver con el Campus Oriente. Es el de la política en la UC. El homenaje a Jaime Guzmán funado por los alumnos de la Católica fue político. Fue un homenaje político a un político en una universidad católica. Este es otro tema que también hace pensar. Aquí simplemente lo enuncio.

Como universidad católica que es, la UC tiene una vocación de servicio público. Sería ingenuo, por tanto, pensar que la política no puede entrar en la universidad. La Católica, en la medida que reconozca el valor del pluralismo, del diálogo y de la crítica, tiene que admitir en ella misma la política, so pena de ofrecer un aporte muy pobre al país.

El caso es que quienes recordaban a Jaime Guzmán, académico y político, son los mismos que en dictadura no toleraban ninguna expresión política en la universidad. Eran gremialistas quienes esos años recurrieron a la violencia, en ese mismo Campus, en contra de los alumnos de Teología que protestaba contra Pinochet. Lo vi. Yo estaba allí. Lo que esos años ocurrió y lo que ocurrió la semana pasada, no puede ser visto como un arreglo de cuentas. La violencia debiera ser ajena a la universidad y a la política. Lo que está pendiente en la UC, y los integrantes de ella debemos reconocerlo, es una re-politización de una universidad católica.

¿Debe ser “política” una universidad católica? Por cierto, de lo contrario podría ser un centro de formación profesional u otra cosa. Una universidad, para ser católica, tiene necesariamente que articular Fe y Razón, Fe y Cultura, y Fe y Justicia, dimensiones estas de aquella verdad que la universidad busca bajo el título de Bien común. Bien común que los políticos procuran como representantes primeros de la sociedad, pero que también requiere de mentes universitarias abiertas, serenas, dialogantes, críticas y autocríticas que, en contacto y tomando partido por lo que está en juego en la sociedad, deben contribuir con ideas. Esto que es común a toda universidad, es particularmente “católico”. Así al menos en teoría…

La UC ha logrado reconfigurar su talante político entre los estudiantes, mucho más que entre los académicos. La FEUC hace ya años que admite otras combinaciones de ideas que las que les ofrecen los partidos políticos. Entre los académicos no ocurre lo mismo. Está pendiente.

¿Qué hacer?

Inscripción automática, voto obligatorio

Cuestión cultural

1.- La liberación absoluta del voto representa un paso atrás con la cultura cívica de los chilenos. La cultura cívica chilena nos hace responsables de “todos”, del país en su conjunto. Este modo de ver las cosas se opone directamente a la posibilidad de que cada uno vote en vista de sus propios intereses. La liberación absoluta del voto representa una claudicación a la mejor  tradición política de los chilenos. La liberación absoluta del voto convierte a Chile en un país de voluntarios.

2.- Esto tiene para los católicos una especial relevancia. El principio rector del pensamiento social cristiano es la búsqueda del bien común. La responsabilidad política de los cristianos consiste en procurar el bien de todos no como la suma de los intereses particulares, sino como articulación política de un bienestar que debe alcanzar en primer lugar a los más pobres. La flojera o la desidia con el bien común y con los más pobres son inadmisibles. Estas deben ser contrarrestadas, en algún grado, con algún tipo de coerción política.

3.- La liberación absoluta del voto abre las  puertas a la antigua lacra moral del cohecho. Se dice que los políticos deben tentar a los potenciales votantes con ofertas políticas interesantes. Esto siempre ha sido así, y debe continuar siéndolo. Pero lo que en la práctica probablemente suceda  es que se incentivará el voto con “premios”. Esta posibilidad profundizará la más grave de las amenazas a la vida en común que constituye hoy el consumismo y la “mercantilización” de la vida. Esta representa una claudicación de la política al neoliberalismo rampante y que juega a favor de quienes tienen más dinero. Los votos los “comprarán” lo que tengan con qué hacerlo.

Salidas posibles

1.- Es necesario interpretar el espíritu del constitucionalista. El cambio constitucional introducido tiene por objeto ampliar el padrón electoral, sin lo cual el país en su conjunto queda expuesto a ingobernabilidad. Es decir, la Constitución procura fortalecer políticamente a Chile.

2.- La inscripción automática parece una ayuda razonable, pero no la liberación del voto. La obligación de votar, en principio, expresa la necesidad de que los chilenos se hagan responsables con el país en cuanto un todo. Pero, aun como mal menor, queda la posibilidad de ejercerse la voluntariedad del voto de un modo activo. Una figura posible, entre otras, es la “desafiliación voluntaria”: a) quien no quiere votar, que se desafilie apersonándose donde corresponda o simplemente por Internet (esto haría menos irritante la obligación); b) quien no se desafilia ni tampoco vota, debe pagar la multa que corresponda. Una liberación relativa del voto constituye una manera sensata de interpretar la voluntad de legislador. El voto voluntario, así, se ejerce haciendo algo y no dejando de hacerlo. Un mínimo de responsabilidad es necesario.