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¿Por qué votar? ¿Por qué no?

Tenemos delante la elección de la presidenta de Chile. Bien vale preguntarse por quién votar, y también si votar o no. Dado que se nos da la posibilidad legal de no acudir a las urnas, queda entregado a nuestra responsabilidad, ahora más que antes, el futuro político del país.

 Avanzo algunas razones que abierta o subterráneamente nos mueven a NO VOTAR:

+ El país seguirá más o menos el mismo curso con esta o aquella candidata. No debiera haber alteraciones mayores en la organización de la economía; los ajustes políticos por hacer no parecen decisivos como para cambiar la orientación del crecimiento de Chile. Uno voto más, un voto menos, da igual.

+ Bachelet ganará de todas maneras. Sería una pérdida de tiempo ir a darle el voto. En este caso sería entretenido, al menos, participar y ganar. ¡Pero hay tantas entretenciones! Basta el teléfono, el i-pod… Sería aun más pérdida de tiempo votar por Matthei.

+ Alguien puede pensar que el “sistema” no da para más. La mejor manera de hacerlo saltar, es saboteando el mecanismo más característico de su reproducción: el voto. El pensamiento anárquico está en alza. ¿A qué aspira? A algo así como a una sociedad sin instituciones o a una reconstitución de las instituciones después de haber dinamitado el sistema anterior. En muchos chilenos hay rabia contra la democracia chilena neoliberal. En algunos hay tanta rabia como para sacrificarla a un tirano parecido a Pichochet, por puro ver en qué se ganarían la vida algunos políticos que nos tienen agotados con sus sonrisas electorales.

+ Votar da lata: vamos de elección en elección, la ciudad lleva meses y años en campaña, la cablería está llena de carteles y lo muros de grafitos; ir a votar son dos pasajes de locomoción; el domingo es para descansar, y este sería el segundo domingo en poco tiempo destinado a lo mismo. El país exige mucho, ¿y “qué me da”?

 La razón para VOTAR, me parece, es esta:

Las personas hemos de ser responsables con nosotros mismos, con nuestros connacionales y con el país en su conjunto. El primer paso para asumir estas tres responsabilidades, es plantearse como adulto la pregunta por el valor de la Democracia. No solo la pregunta por esta democracia chilena nuestra, por cierto imperfecta e incompleta, sino por la Democracia como régimen de gobierno que no funciona sin el voto de los ciudadanos.

 ¿Dictadura, Anarquía o Democracia? No soy experto en politología. Pero no veo otras alternativas. Votar significa apostar por la Democracia en contra de la nunca despreciable posibilidad de la Dictadura y de la Anarquía. Es decir, dos formas de organización social que normalmente acarrean violaciones espantosas de los derechos humanos, comenzando por el menosprecio de los más débiles. Pues debe quedar claro que nada protege más a los pobres, los frágiles, los quebrados, los insignificantes, los que nunca merecen nada, que una regulación jurídica de derechos y obligaciones, lo cual solo las democracias pretenden garantizar.

 ¿Democracia, Dictadura o Anarquía? En la Dictadura prevalece la fuerza de uno o de algunos: los demás son aplastados. La Anarquía, mientras predomina, mientras la Dictadura no le arrebata el poder con la bayoneta, acarrea la lucha de todos contra todos. En esta lucha siempre ganan los más ricos, los más influyentes, los más relacionados, los más poderosos.

 ¿Anarquía, Democracia, Dictadura? Se comience por esta, esa o aquella, es de adultos parar y reflexionar en serio sobre estas posibilidades. Es responsable preguntarse con el corazón: ¿quién de nosotros se merece el país que tenemos? ¿No es Chile un regalo que, si de merecimientos se trata, debiéramos cuidar?

 Por mi parte espero que el domingo próximo los chilenos se laven la cara en la mañana como lo hacen todos los días para trabajar por las personas que aman, agradezcan el país que recibieron y que los aguanta, y voten.

Memoria de los últimos 40 años

 

 

 

 

 

 

 

 

Pinche aquí:

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=V2YsuI7SP04#t=24

40 años: qué aprender, qué enseñar

La revisión de los últimos 40 años -los años antes del “golpe”, los de la dictadura y los de la recuperación de la democracia-, tal como está teniendo lugar, indica que nos encontramos en un momento importante. La ebullición de emociones y de argumentaciones, las discusiones sin fin sobre tal o cual punto, ha generado un ambiente que, aunque a ratos nos abrume, es positivo. De la calidad de la memoria que hagamos de lo acontecido, depende la calidad de las proyecciones del país que queremos.

La evaluación en curso tiene innumerables accesos: políticos, jurídicos, económicos, psicológicos, sociológicos, históricos… Cualquier cientista social tendría algo que decir. Corresponde, por cierto, que lo haga en su círculo de pares y en el foro público. Por mi parte ofrezco otra entrada. ¿La de un educador? ¿La de un humanista? ¿La de un teólogo? Me parece decisivo que todos los protagonistas de estos años nos preguntemos qué hemos de aprender y qué de enseñar.

 Nuestra generación, la de quienes fuimos testigos y actores antes y después del “golpe”, tenemos el deber ante nosotros mismos de preguntarnos por lo ocurrido. Es un asunto de biografía. Si tuviéramos que escribir un “diario” de nuestra vida nos veríamos obligados a explicar ante nuestra conciencia (que representa el valor absoluto del prójimo que nos habita, nos juzga y nos redime), dónde estuvimos y hacia dónde querríamos ir. Los 40 años tienen para nosotros tal contundencia existencial que nos ponen ante la pregunta por el sentido de nuestra vida. ¿Cuánto pesa nuestra humanidad? ¿Cuánto vale?

 Lo que está en juego es cómo nosotros somos leales con los esfuerzos titánicos de la humanidad por crecer en civilización y nuestra responsabilidad con los que hemos arrojado al mundo.  No podemos asistir al debate que presenciamos en el foro público como meros espectadores. No podemos decir “esto sí, esto no”, emocionarse, acalorarse y terminar por cambiar de canal. Es necesario dar un paso más.  “¿Qué aprendemos?”. Esta es una pregunta clave.  La respuesta equivale a ser protagonistas o turistas sobre la tierra. La otra pregunta nos obliga a salir de la indolencia y hacernos cargo de quienes amamos: “¿Qué enseñamos?”.

 ¿Qué trasmitimos? ¿Cuál es la tradición que nos ha hecho humanos, y que nosotros podemos acrecentar o traicionar? No hay ninguna confrontación más decisiva que la de preguntarse cómo educar a un hijo. Una posibilidad, la más superficial aunque necesaria, es explicarle lo sucedido con la mayor objetividad posible. Pero hay otro nivel de la realidad aún más profundo: un padre y una madre, cualquier educador, tiene que enseñar a amar y a odiar. Sí, no solo a amar. Porque solo se ama bien cuando se odia del modo mejor posible. Me explico: se educa bien cuando se enseña que el amor nunca podrá separarse del todo de los miedos, fobias, traumas y odios que nos habitan y nos impiden encontrar la verdad. Pues toda vez que se niega el lado oscuro de nuestra realidad, la exaltación del amor y de la reconciliación se vuelve palabrería moralizante y farisaica. La verdad que hemos de transmitir a la siguiente generación, si no reconocemos que nos ha sido fatigoso obtenerla, venciendo sobre intereses que no cesamos de camuflar, como toda falsa ética, se muerde la cola. En vez de liberar, esclaviza.

Lo que estamos viendo es inquietante. Debe serlo. Debemos permitirnos contactarnos con nuestra historia al nivel más básico y fundamental de nuestra biografía, si queremos conocer el misterio de nuestra vida y poder compartirlo con cuidado, sin imponerlo a los que nos seguirán. La historia a veces no nos pide más que seamos honestos. Los jóvenes nos demandan autenticidad. Hoy toca reconocer qué hemos podido aprender y cómo las heridas y la imposibilidad de pedir perdón o de perdonar son una realidad en nosotros que, sin embargo, no puede devorarnos el corazón y envilecer el relato de la historia que debemos contar.

Estamos en un momento importante. Bien vale dejarnos tocar por la discusión pública y las imágenes que producen dolor. Lo que está en juego es llegar a ser mejores. Sufrir si corresponde, hasta que el prójimo que no despreciamos sin despreciarnos a nosotros mismos nos pida cargar con él para que, de tanto en tanto, cargue también él con nosotros.

Los jóvenes y la política

Los jóvenes y la política: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=jWk1jMlVWG0

Catástrofe política en Chile

Un 60% de abstención en las elecciones municipales constituye una catástrofe política.

Es muestra de irresponsabilidad de la gran mayoría de los chilenos. Especialmente de las generaciones más jóvenes.

Es un triunfo de la lógica mercantil. Fuimos ciudadanos, ahora somos consumidores.

Es un fracaso rotundo de la izquierda, cuya principal misión es velar por el bien común.  Por besar las manos al liberalismo, su enemigo, liberó la obligación de las urnas. 

Liberada la obligación de votar promovida por los discípulos del Dios Mercado, la derecha no vería mal que se liberara la obligación de pagar impuestos. ¡Que tribute el que quiera! ¡Impuestos voluntarios!

Vamos derecho a constituirnos en un país de voluntarios. De consumidores y de voluntarios. Los ciudadanos irán a votar, pero ahora como voluntarios. Los consumidores estarán a la espera que alguien les compre su voto. No faltará quien les haga una oferta.

¡Arrasó el liberalismo económico! Perdió Chile. Ganó el Dios Mercado.

Jóvenes en partidos políticos

Video:

http://peregrinos-robertoyruth.blogspot.com/search?q=costadoat

Me parece de máxima importancia que los jóvenes estén creando un nuevo partido político. Jackson, Crispi, no sé quién más. “Revolución democrática”, creo que se llama. Ojalá muchos otros se inscriban. Camila ya participaba en el Partido Comunista. ¡Gran cosa! A la DC, no hace mucho, entraron varios. ¿Quién más? No sé. Me produce alegría, cualquiera sea el caso.

No hay democracia sin partidos. Los pasos de estos jóvenes a una participación formal en partidos políticos son pasos de una generación magnífica. No digo que la generación que ha gobernado después de la dictadura, que ha hecho próspero a Chile como nunca en su historia, no dé para más. No lo creo. Habría que distinguir. Tampoco hay que descartar que en la derecha haya gente que esté haciendo bien su pega. Estoy seguro que el gobierno está haciendo muchas cosas buenas. Pero el futuro del país estaba gravemente comprometido con  jóvenes que no querían participar en las elecciones. Aun está por verse si lo harán…

Los partidos son clave. La democracia se termina cuando el país le entrega el destino a los caudillos, los iluminados, los matones, los dictadores… Entonces comienza la involución en humanidad que siempre está a la puerta esperándonos con toda suerte de tragedias.

No me inscribiré en ningún partido. Pero si me toca votar, lo haré por uno que tenga hartos jóvenes.

Campus Oriente

Hay otro tema que tiene que ver con el Campus Oriente. Es el de la política en la UC. El homenaje a Jaime Guzmán funado por los alumnos de la Católica fue político. Fue un homenaje político a un político en una universidad católica. Este es otro tema que también hace pensar. Aquí simplemente lo enuncio.

Como universidad católica que es, la UC tiene una vocación de servicio público. Sería ingenuo, por tanto, pensar que la política no puede entrar en la universidad. La Católica, en la medida que reconozca el valor del pluralismo, del diálogo y de la crítica, tiene que admitir en ella misma la política, so pena de ofrecer un aporte muy pobre al país.

El caso es que quienes recordaban a Jaime Guzmán, académico y político, son los mismos que en dictadura no toleraban ninguna expresión política en la universidad. Eran gremialistas quienes esos años recurrieron a la violencia, en ese mismo Campus, en contra de los alumnos de Teología que protestaba contra Pinochet. Lo vi. Yo estaba allí. Lo que esos años ocurrió y lo que ocurrió la semana pasada, no puede ser visto como un arreglo de cuentas. La violencia debiera ser ajena a la universidad y a la política. Lo que está pendiente en la UC, y los integrantes de ella debemos reconocerlo, es una re-politización de una universidad católica.

¿Debe ser “política” una universidad católica? Por cierto, de lo contrario podría ser un centro de formación profesional u otra cosa. Una universidad, para ser católica, tiene necesariamente que articular Fe y Razón, Fe y Cultura, y Fe y Justicia, dimensiones estas de aquella verdad que la universidad busca bajo el título de Bien común. Bien común que los políticos procuran como representantes primeros de la sociedad, pero que también requiere de mentes universitarias abiertas, serenas, dialogantes, críticas y autocríticas que, en contacto y tomando partido por lo que está en juego en la sociedad, deben contribuir con ideas. Esto que es común a toda universidad, es particularmente “católico”. Así al menos en teoría…

La UC ha logrado reconfigurar su talante político entre los estudiantes, mucho más que entre los académicos. La FEUC hace ya años que admite otras combinaciones de ideas que las que les ofrecen los partidos políticos. Entre los académicos no ocurre lo mismo. Está pendiente.

¿Qué hacer?

Inscripción automática, voto obligatorio

Cuestión cultural

1.- La liberación absoluta del voto representa un paso atrás con la cultura cívica de los chilenos. La cultura cívica chilena nos hace responsables de “todos”, del país en su conjunto. Este modo de ver las cosas se opone directamente a la posibilidad de que cada uno vote en vista de sus propios intereses. La liberación absoluta del voto representa una claudicación a la mejor  tradición política de los chilenos. La liberación absoluta del voto convierte a Chile en un país de voluntarios.

2.- Esto tiene para los católicos una especial relevancia. El principio rector del pensamiento social cristiano es la búsqueda del bien común. La responsabilidad política de los cristianos consiste en procurar el bien de todos no como la suma de los intereses particulares, sino como articulación política de un bienestar que debe alcanzar en primer lugar a los más pobres. La flojera o la desidia con el bien común y con los más pobres son inadmisibles. Estas deben ser contrarrestadas, en algún grado, con algún tipo de coerción política.

3.- La liberación absoluta del voto abre las  puertas a la antigua lacra moral del cohecho. Se dice que los políticos deben tentar a los potenciales votantes con ofertas políticas interesantes. Esto siempre ha sido así, y debe continuar siéndolo. Pero lo que en la práctica probablemente suceda  es que se incentivará el voto con “premios”. Esta posibilidad profundizará la más grave de las amenazas a la vida en común que constituye hoy el consumismo y la “mercantilización” de la vida. Esta representa una claudicación de la política al neoliberalismo rampante y que juega a favor de quienes tienen más dinero. Los votos los “comprarán” lo que tengan con qué hacerlo.

Salidas posibles

1.- Es necesario interpretar el espíritu del constitucionalista. El cambio constitucional introducido tiene por objeto ampliar el padrón electoral, sin lo cual el país en su conjunto queda expuesto a ingobernabilidad. Es decir, la Constitución procura fortalecer políticamente a Chile.

2.- La inscripción automática parece una ayuda razonable, pero no la liberación del voto. La obligación de votar, en principio, expresa la necesidad de que los chilenos se hagan responsables con el país en cuanto un todo. Pero, aun como mal menor, queda la posibilidad de ejercerse la voluntariedad del voto de un modo activo. Una figura posible, entre otras, es la “desafiliación voluntaria”: a) quien no quiere votar, que se desafilie apersonándose donde corresponda o simplemente por Internet (esto haría menos irritante la obligación); b) quien no se desafilia ni tampoco vota, debe pagar la multa que corresponda. Una liberación relativa del voto constituye una manera sensata de interpretar la voluntad de legislador. El voto voluntario, así, se ejerce haciendo algo y no dejando de hacerlo. Un mínimo de responsabilidad es necesario.

Los jóvenes "la llevan"

Lo que ha está ocurriendo es impresionante. Presentimos que lo es. Porque en buena medida no sabemos qué está sucediendo. Pero, como todo hecho histórico extraordinario, no se sabe dónde irá a parar. La historia chilena a estas alturas puede dar un gran salto adelante, pero también puede atascarse o involucionar a niveles penosos de deshumanización. Se ha dado. Así son las crisis importantes, en las vidas de las personas y en las de los pueblos. Los que han podido vivir a fondo una crisis, podrán ver estos acontecimientos con cautela, incluso con preocupación, pero sobre todo con serenidad y esperanza. El movimiento estudiantil, lo confieso, me llena de esperanza.

Sin ser experto en análisis socio-políticos advierto que son los jóvenes quienes predominan y, vaticino, prevalecerán. El futuro de Chile, en estos momentos, depende sobre todo de ellos. No solo de ellos. Pero contra ellos no se hará nada. Se traspasó el punto del “no retorno”. Los mayores, las personas más experimentadas de nuestra sociedad y nuestra clase política ayudarán a encauzar el futuro, queremos que lo hagan, pero el entusiasmo, la rabia y la porfía le pertenecen a la nueva generación. Ella, y no el gobierno, no la institucionalidad que contuvo por años un consenso social que nadie debiera fácilmente despreciar, ella es la que tiene la “sartén por el mango”. Son los jóvenes quienes han logrado catalizar las fuerzas políticas vivas del país, gozan de enorme simpatía en la ciudadanía y no aceptarán imposiciones de derecho o de hecho. Es una generación formidable. Brilla por su autenticidad. ¿O es esta un espejismo? ¿Un Wishful thinking?

Puede ser que las apariencias engañen. Puede ser que, a fin de cuentas, termine primando la lógica que en esta época atribuye dignidad y respeto a las personas: el consumo. El mercado ha hecho de todos nosotros “consumidores”. Lo que hoy da identidad, es poder comprar, ganar para comprar, encalillarse para comprar. Consumir. Es fácil engañarse. Puede ser que esta generación no sea, en realidad, lo generosa e idealista que quiere hacernos creer que es. Puede ser que se trate de consumidores de educación agobiados por la deuda contraída. ¿Y sus padres? ¿Están los papás pensando en la educación chilena o solo en “su hijo/a”? Esta puede muy bien ser una “revolución de los consumidores”. ¿De los aprovechadores…? Sería lamentable. Sería muy triste que los estudiantes fueran, al fin y al cabo, una generación individualista y oportunista. ¿No pudiera ser su demanda de educación universitaria gratuita un reclamo sectorial, que ellos estarían dispuestos a sostener aun a costa de recursos que debieran, en primer lugar, ir a la educación básica y secundaria? ¿No querrán perder la oportunidad de convertirse en el 10% de la capa social más rica del país, los profesionales, a costa de recaudaciones de impuestos que podrían financiar escuelas y liceos miserables?

Pero no hay que atacar al consumo así no más. El consumo también es cauce de expectativas muy legítimas. ¿Quién no quisiera adquirir un refrigerador? ¿Una lavadora? Es legítimo comprar un auto. ¿Lo es cobrar por educación? No es ilegítimo querer pagar por ella. ¡Salvar a un hijo de la educación municipal mediante el co-pago…! Aun en el caso que fuera legítimo que haya instituciones que cobren por educar, hay poderosas razones para pensar que la causa de los jóvenes es justa. En la “selva” de la educación universitaria chilena -diversidad de calidad y de precios, intereses bajos para los más ricos y altos para los más pobres, inversiones gigantes de universidades piratas, altísima inversión en marketing para encarar la feroz competencia por alumnos (marketing que termina siendo pagado por los mismos alumnos), instituciones tradicionales (no tradicionales), locales (no locales), estatales (con negocios privados), privadas con o sin investigación, y con o sin sentido de bien común, etc.-, los estudiantes piden fin al lucro, piden calidad y piden gratuidad. Piden igualdad de posibilidades, tras años de discursos políticos pro crecimiento. Crecimiento, crecimiento…, la igualdad se conseguiría por rebalse. Voces disidentes lo advirtieron: la desigualdad sostenida a lo largo de los años se convertiría en una bomba de tiempo. Los jóvenes claman contra un modelo de desarrollo cuya injusticia se manifiesta en otros ámbitos (trato a los mapuches, negocios del retail, colusión de farmacias, pesqueras y productoras de pollos, estragos en el medio-ambiente…). El problema no es propiamente el consumo. Es una institucionalidad que ha interiorizado una mentalidad mercantil en el plano de la educación, y también en otros planos, provocando una reacción alérgica y una enorme desconfianza contra los representantes del mercado.

Esto es lo que el gobierno no ha podido entender, poniendo en juego la gobernabilidad del país. El gobierno negocia, gobierna poco. Va de pirueta en pirueta. No comprende. Carece de las skills emotivas, vitales y circunstanciales para darse cuenta de lo que ocurre. Acusa a la dirigencia estudiantil de ultra, sin darse cuenta de que ha perdido autoridad y puede perder el poder. No percibe que lo que tiene delante de los ojos puede no ser una mera revolución de consumidores, sino también un cambio de mentalidad política y, no hay que descartar, una revolución a secas.

Creo que la demanda estudiantil es justa. Se dirá que es desmesurada. Se dirá que a los jóvenes también los anima el consumismo, el oportunismo, el revanchismo social, la irresponsabilidad adolescente o el ánimo de divertimento. No sería raro que estemos ante una mixtura. Las cosas humanas son así. El asunto hoy es sumarse al curso más noble del proceso. Entenderá, el que se comprometa con él. Si se crea una institucionalidad justa, y prospera la justicia, los demás asuntos que nos inquietan terminarán por ordenarse solos.

Somos ciudadanos y somos consumistas. ¿Qué ha de primar? Si me preguntan, quisiera que los chilenos fueran ciudadanos, personas capaces de pensar en clave de “país”, sensibles a las legítimas expectativas de todos. Este es el asunto principal: una re-politización de Chile, pues la política, la institucionalidad, los partidos y nuestros políticos, en estos momentos, no son capaces de contener demandas justas de participación en los bienes que nos pertenecen a todos. Este es, creo, el asunto. No hay que perderse. No hay que distraerse con los episodios de violencia, los encapuchados o los semáforos arrancados de cuajo.

El asunto –quisiera que fuera así, lo reconozco- es algo notable: despunta una generación joven de ciudadanos, una nueva generación política. Estos jóvenes luchan por “causas”. ¿Puede haber algo más extraordinario? ¿Puede el país tener una alegría mayor que saber que su descendencia está a la altura de la historia? ¿Que siendo meros estudiantes se embarcan en la ciudadanía y, remos que van, remos que vienen, aprenden a navegar?

Hasta hace poco el chileno medio y bien nacido lamentaba que las nuevas generaciones no quisieran inscribirse en los registros electorales para votar. ¡Gran tristeza para un país que tiene orgullo político! ¿A qué nos conduciría una generación abúlica, individualista, egoísta y hedonista? A la desintegración, sin dudarlo. Pero, ¿no era este desgano total de los jóvenes con lo electoral el antecedente exacto de un despertar arrolladoramente político? He oído de los líderes estudiantiles que luchan ya no por ellos (a punto de egresar), sino por “sus hijos”. Les creo. Creo, quiero creer, que la indiferencia política juvenil de hace poco es la contratara del extraordinario compromiso con el futuro de Chile y la alegría en la que hoy los jóvenes se reconocen a sí mismos. Espero que los jóvenes voten en las próximas elecciones. ¡Voten lo que crean en conciencia que es lo mejor para el país! Voten, y no se dejen llevar por los sectores anarcos que prefieren hacer saltar el sistema. Los “monos” ciertamente no votarán. Los “monos” y los papás que con su voto solo piensan en el bien de “su hijo/a”, pueden erosionan la democracia.

Lo que tenemos delante de los ojos es el dramático surgimiento de una nueva generación política. No sabemos si tendrá suficiente fuerza para prevalecer. Si se abrirá paso en la maraña de una clase política que ha perdido el norte ético, el individualismo consumista de alumnos y apoderados, el ánimo de vendetta social de los sectores anarquistas, o sucumbirá en el camino. Mucho dependerá de la sensatez de los mismos jóvenes para buscar las mejores ayudas para su propia organización y del diálogo, comenzando por la ayuda de los mayores que han terminado por encontrarles la razón. Casi todo dependerá de los jóvenes. Los vientos soplan en favor de sus velas.

Espero que los partidos, las coaliciones y el gobierno tengan la inteligencia para entenderlo, y hagan lo que les corresponde. El 2012 viene muy difícil.

Voto voluntario: pensémoslo mejor

En 2010 Chile ha experimentado acontecimientos que le han obligado a redescubrirse como un país aguerrido, solidario y unido. Quedó atrás el período eleccionario, y se nos vino encima la celebración de un bicentenario que nos hizo recordar casi quinientos años encarando la posibilidad de sucumbir. Otra vez hemos constatado que cuando los chilenos se ven amenazados, la unidad les hace sentir imbatibles.

En este escenario conviene revisar un mecanismo jurídico que puede menoscabar la capacidad de alcanzar la unidad con la que hemos podido construirnos y salir adelante. Preocupa la inminente promulgación de la ley orgánica constitucional que liberará a los ciudadanos de votar en las elecciones políticas. Esta decisión liberará a los chilenos de uno de los deberes más importantes con el bien común.

Ofrezco algunas consideraciones que pueden ayudar a comprender la gravedad de lo que está en juego:

1.- La búsqueda del bien común constituye un valor de alta política acendrado en nuestra cultura. Los chilenos en general -no importa su orientación ideológica- somos políticos en el mejor sentido de la palabra. No nos sentimos una suma de individuos, sino que cada uno de los ciudadanos tiene una preocupación por la sociedad chilena como un todo. Somos un país político a mucha honra. Desde la independencia, hemos hecho el país afinando el ordenamiento jurídico y político necesario, hasta llegar a sentirnos orgullosos de nuestra democracia. Por lo mismo, sus interrupciones esporádicas, nos han hecho daño y nos han llenado de vergüenza. Esta democracia a la chilena que tenemos, ha sido un factor decisivo de la prosperidad actual de Chile. Esta no se puede atribuir simplemente al cambio de orientación de la economía o a una clase empresarial particular. Los progresos del país se deben en mayor medida a una sociedad trabajadora, disciplinada y ordenada, y al sentido cívico de nuestro pueblo. En nuestra historia, el sentido de unidad y de responsabilidad política ha sido clave.

No podemos minusvalorar que en otras democracias, en otros países, la política opere de otra forma. Pero entre nosotros, hasta ahora en Chile, entendemos que el bien común no se consigue a través de una suma y resta de intereses particulares. Chile no es un país de voluntarios, sino de ciudadanos. Es tradición nuestra cumplir con las obligaciones, respetar las normas y a las autoridades legítimamente investidas, y repudiar la corrupción del poder o la desidia política. No estamos libres del individualismo, pero predomina en nosotros el sentido de solidaridad, el cual se expresa extraordinariamente cuando nos acosan las desgracias.

De aquí que estimemos que el voto voluntario constituye un paso en contrario a estos valores culturales profundos. Permitir la posibilidad de desentenderse políticamente de la suerte del país, que es exactamente el peligro que advertimos, puede desviar y acarrear un perjuicio grave a nuestra tradición cultural.

2.- Los motivos de este cambio constitucional han parecido bien intencionadas. Es razonable favorecer que los jóvenes sean incorporados en el padrón electoral, de modo que se animen a votar. Pero para ello basta con la inscripción automática. Para obtenerla, sin embargo, se trató de negociar con el voto voluntario. Así se puso en riesgo la política de mayor envergadura.

En nombre de la libertad se ha puesto al mismo nivel dos obligaciones de importancia asimétrica: la de inscribirse y la de votar. Como si fuera obvio, se ha trasladado la voluntariedad de la inscripción a la voluntariedad del voto. Pero entre la inscripción automática y el voto voluntario hay una diferencia de diversa cualidad jurídica. La primera depende de la promulgación de una ley; la segunda tiene un estatuto constitucional. Nuestra sociedad había elevado al más alto nivel un valor que considera decisivo preservar. De llevarse a efecto la implementación legal del cambio constitucional acordado, el país suelta una amarra que libremente se dio, para educar cívicamente a generaciones completas y forjarse una identidad compartida.

El cambio legal en cuestión sacrifica a un mal liberalismo la educación cívica de los chilenos. Es una señal de exención de responsabilidad a los jóvenes, antes que una invitación a comprometerse con el futuro de la patria.

3. Hay aquí en juego algo todavía más profundo: una concepción de la libertad y del valor de los vínculos sociales. Cuando nos detenemos a observar las tendencias culturales mayores, nos damos cuenta que somos arrastrados a un liberalismo –no el liberalismo político clásico, al que mucho le debemos, sino el liberalismo económico –que se expresa claramente en otros planos de la cultura contemporánea y que, de concretarse en el cambio político-electoral señalado, acumulará fuerza, haciendo de los chilenos cada vez más “irresponsables” del país y de sus compatriotas. Es muy paradójico que se abandonen las exigencias democráticas en nombre del principio de la libertad. Una libertad así reducida ya no tiene que ver con la voluntad de vivir juntos que se expresa en derechos y obligaciones, sino con la libertad para consumir en un mercado sin restricciones. Las consecuencias de este liberalismo son múltiples y penosas: la atomización de la sociedad termina en fragmentación de la comunión y del ánimo de las personas; en pérdida del sentido de la vida y en exclusión social. Lo que necesita el país es un sentido mayor de comunidad, más comunidades y un todavía mayor sentido del prójimo y de la solidaridad. Fuera de estos causes las primeras víctimas serán otra vez los más desamparados.

Este es un buen momento para pensar mejor qué solución legal dar al pie forzado en que nosotros mismos nos pusimos. El país hoy no está urgido por las concesiones y regateos eleccionarios que siempre dificultan levantar la cabeza y tomar decisiones políticas visionarias.