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¿Murió Jesús, no murió…?

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Jesús desenmascaró el engaño de su tiempo: la falsía religiosa. Esta no soportó su insolencia. Lo mató. ¿Murió?

Se dice que Jesús logró huir al Tíbet, que murió de viejo, que se lo comió el Yeti… ¿Sí? No, ¡leseras!

En el Israel de esa época dos grandes instituciones regían la vida de las personas. La Ley y el Templo. Ambas vías hacían accesible a Dios. Ambas eran exigentes al pedir amor a Dios y al prójimo. Pero el cumplimiento de la Ley demandado por los fariseos se había vuelto agobiante. Nadie habría sido capaz de observar los innumerables preceptos generados por ellos para cumplirla. Cumpliéndola, eso sí, se obtenía ubicación y prestigio social.

El Templo, a su vez, estaba en manos de los sacerdotes pertenecientes a la clase de los saduceos, la aristocracia de Jerusalén. De estos dependía la realización de los sacrificios gratos a Dios. Pero –este era el problema- habían convertido a Dios en su “producto”. El mercadeo se hacía en los atrios del Templo. Los sacerdotes, a través de sub-contratados, vendían a los peregrinos los animales para los sacrificios. Estos debían ser puros. Pero solo ellos vendían animales puros. Había además intermediarios que cambiaban monedas romanas por judías. Pero, ya que en el lugar sacro no se podía pagar con dinero pagano, ellos autorizaban a los cambistas a hacer las conversiones a moneda judía y, por supuesto, cobraban una comisión. Este negocio, como vemos, también les pertenecía. Esto y aquello, sin contar los impuestos que cobraban los mismos sacerdotes. Así se constituía el polo económico más importante de Israel, al servicio del cual la religión sacrificial fungía de ideología. Si lo propio de la ideología es generar una mentalidad que naturaliza prácticas indebidas, el Templo operaba bien porque normalizaba todo un mundo de autores, cómplices, encubridores, y de víctimas inocentes, obligadas también estas a hacer funcionar el mercado religioso. María y José no pudieron no ofrecer en el Templo dos pichones en agradecimiento a Dios por el nacimiento de Jesús.

Hoy no sucede así. Sin embargo, pueden darse semejanzas. Porque la tentación de usar a Dios, de vender “dios” en rezos, ceremonias o ritos, es tan antigua como los ídolos y siempre tendrá futuro. La lógica mercantil del “pasando y pasando” –válida en el campo de los negocios- puede infiltrarse en la fe de la gente: “me porto bien, Dios no me castiga; me va mal, es que algo hice”. Pero la lógica mercantil es exactamente contraria a la lógica del Dios del judeo-cristianismo. Si el Dios de Jesús ama a los pobres que no tienen con qué comprar y perdona a los pecadores que no tienen buenas obras de las que jactarse, el cristianismo debiera ser “gratis”.

Jesús, dicen las Escrituras, sacó a latigazos a los comerciantes del Templo. Arruinaba así el monopolio de los potentados de Jerusalén. No atacaba tan fuertemente a los vendedores de palomas como al sistema y la mentalidad mercantil que había traicionado la fe de Israel. Se sabe que esta fue la gota que rebalsó el vaso. Lo mataron. ¿Lo mataron?

Dicen también las Escrituras que su última expresión en la cruz fue un grito. Gritando, pensamos, se hizo diputado de los que claman agobiados por deudas monetarias o por deudas morales. A Dios nadie le debe nada. Tampoco Él debe nada a nadie. Por esto la Iglesia ha de acoger en primer lugar a quienes no tienen con qué intercambiar; y ha de atacar sin miramientos a los causantes de todo tipo de exclusiones. Cuando lo hace, cuando sufre las consecuencias por hacerlo, otra vez se entiende por qué mataron a Jesús.

¿Lo mataron? Sí. Pero vive. No en el Tíbet, tampoco se deja ver en las prácticas religiosas hueras, sino entre quienes mueren unos por otros. El cristianismo es cosa de mártires por el prójimo.

El Papa de overol

Papa imágenesOverolMe imagino al Papa Francisco de overol. Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Vicario de Cristo cargar la cruz con overol, la vestimenta de los obreros y de los municipales que durante la noche se llevan la basura de nuestras casas. ¿Es mucho pedir?

Sé que Francisco me entiende.  Sé que todavía no puede hacerlo. Lo entiendo.

Lo que este Papa ha puesto en juego es el significado del cristianismo. Él ha dado potentes señales en favor del Jesús humilde que opta por los que la sociedad de hace 2000 años y de todos los tiempos, desprecia. Si Francisco de Asís reformó la Iglesia recordándole a ella misma el nacimiento de Jesús en un pesebre, el obispo de Roma que ha adoptado su nombre está haciendo exactamente lo mismo. El cristianismo, especialmente la versión principesca de la Iglesia tan bien ilustrada por la Basílica de San Pedro, se va haciendo insignificante. Por esto Francisco Papa no quiso habitar las dependencias lujosas de esas edificaciones y se fue a vivir a la casa de Santa Marta, con más personas y más modestamente. No quiso dormir aislado del mundo y suntuosamente. No solo porque le daba depresión hacerlo. Sobre todo, porque él sabe que el anti-signo de un Papa rico se ha vuelto insoportable.

Sé que me entiende. Otros no me entienden. Es comprensible. Creer en el crucificado ha sido durante dos milenios una especie de contrasentido.

Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Papa Francisco recordándonos al Cristo que saca la basura del mundo como un obrero municipal que carga sobre sus hombros sacos plásticos de porquería. Así entenderíamos mejor esa convicción teológica tan profunda de San Pablo que reza: “Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Se dice que se ha visto al pontífice sacar los desperdicios de la casa de Santa Marta. ¿Será verdad? Calza con él.

Voy todavía más lejos. Quisiera ver que para la próxima Navidad el obispo de Roma instale en medio de la Plaza de San Pedro una mediagua y comience a vivir en ella. Al trasfondo de la cual, las columnas de Bernini producirían un inequívoco contraste. De esta manera todos entenderían que la Iglesia de Cristo es “la Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, Oscar Romero, Manuel Larraín). Una mediagua, en ese contexto, despertaría en nosotros el interés por saber dónde vive un hombre de overol. Probablemente llegaríamos a entender que la sociedad lo ha puesto a sacar basura porque su casa,  al igual que tantas en cualquiera ciudad latinoamericana, no tiene número. Si se incendia, nadie más que ese hombre sabrá que existió. Una vivienda como esta es tan indeterminada como la existencia de su dueño: a él se lo integra cuando conviene; pero si se sabe que su mediagua no tiene número puede perder el trabajo. A un hombre así se lo aprovecha y se lo desecha. Un Papa con overol, viviendo en una mediagua en medio de la Plaza de San Pedro sería más eficaz que los meritorios esfuerzos por la paz del cuerpo diplomático vaticano; más aún, quién sabe, que la educación católica de las élites de América latina. Cuando Jesús murió en la cruz se rasgó el velo del Templo. Los primeros cristianos lo recordaron con eucaristías celebradas en casas comunes y corrientes. Terminaron creyendo en un hombre conflictivo e irreverente.

Sé que el Papa Francisco me entiende. Otros no. No faltará quien vaya a acusarme.

Semana Santa: si el Papa todavía no puede realizar un gesto semejante, no excusa a los cristianos de significar al Dios que opta por los pobres porque conoce la pobreza en primera persona.

Memoria pascual

Los cristianos recuerdan en Semana Santa el camino de Jesús a la cruz y luego su resurrección. ¿Por qué?

 No lo hacen porque les guste la historia y gocen con los relatos heroicos. Tampoco porque se deleiten con el sufrimiento de Jesús o porque viéndolo así sufriente les sirva de consuelo. La diferencia de esta historia con cualquier otra historia, es que lo que sucedió con Jesús en el pasado de algún modo continúa sucediendo en el presente. No es lo mismo el recuerdo que los cristianos hacen de Jesús que el recuerdo que cualquier persona puede hacer de Gandhi, Sócrates o Arturo Prat. Los cristianos recuerdan el camino de la cruz porque creen que el crucificado resucitó y vive.

 Los cristianos siguen a Jesús en su pasión para participar de su resurrección. ¿Cómo se entiende algo así? Ellos esperan la vida eterna más allá de su muerte, viviendo ya ahora de acuerdo al mismo amor que ha vencido a la muerte. Si en la cruz Jesús llevó al extremo el amor de Dios por cada uno de nosotros, incluidos nuestros enemigos, los cristianos vencen la muerte en tanto se dejan amar por Dios, perdonan a los que los ofenden y trabajan por la superación de toda enemistad. La salvación cristiana origina una vida nueva ya en esta historia nuestra, en la que normalmente predomina la desconfianza y el temor a los demás, la defensa en contra de los otros y el egoísmo. La resurrección de Jesús es reconocible allí donde surge una nueva forma de vivir caracterizada por la confianza entre los hombres, la esperanza en el futuro a pesar de cualquier dificultad y el amor por los que no parece que merezcan ser amados: los despreciables y los que más nos han ofendido. Esta es la novedad de Jesús que los cristianos recuerdan y reviven en Semana Santa, novedad que rompe con la historia tan conocida del “ojo por ojo, diente por diente”, la historia del resentimiento y la venganza.

 Pero la pasión y la resurrección de Cristo no atañen sólo a los cristianos. El llamado Misterio Pascual de Jesús, la Iglesia cree, tiene alcance cósmico. Si por la Encarnación del Hijo de Dios sabemos que nada humano es ajeno a Dios, que Dios se hace solidario con la humanidad hasta las últimas consecuencias, por el Misterio Pascual de Jesucristo sabemos que allí donde hay un hombre, una mujer que sufre, es Cristo que sufre; que donde una mujer, un hombre pide perdón, es Cristo que impulsa la reconciliación. Todo el cosmos está cristificado. También en los budistas, musulmanes, ateos y los que nunca han oído hablar de Nazaret o Jerusalén, es Cristo que padece en cruz cuando cualquiera de ellos tiene hambre y es Cristo que resucita cuando un prójimo les da de comer. Atentos a las necesidades de los pobres, los obispos nos remecen con su campaña en favor de la mujer jefa de hogar que con enormes sacrificios “para la olla” a diario. No hay que averiguar si esa mujer ha cometido errores en su vida, si es católica o evangélica. Si el crucificado es el Cristo, la propaganda dice: “ella también”.

 Los cristianos en Semana Santa hacen suyo el dolor de Cristo por el mundo que sufre y preguntan a Cristo mismo qué pueden ellos hacer para bajarlo de la cruz. En cada una de las misas los cristianos agradecen a Dios porque Jesús continúa luchando por la justicia y la paz del mundo, y con su oración y su acción se suman a su causa.

Semana Santa: ¿marcará Francisco la diferencia?

Con ocasión de Semana Santa auguramos al Papa un feliz pontificado. Puesto que existe una relación entre el modo de gobernar la Iglesia y la crucifixión del inocente Jesús, esperamos que el Papa Francisco relacione el gobierno con la cruz en línea como ha comenzado a hacerlo con sus gestos de humildad.

 Jesús fue víctima de una religión que administraba mezquinamente la relación entre Dios y las personas de la época. Fue asesinado por los expertos en Dios, quienes consiguieron de los romanos su ejecución: los fariseos (representantes de la Ley) y los sacerdotes (representantes del Templo). ¿Por qué estos grupos, tan distintos entre ellos, convinieron en su condena? Ambos compartían una manera de entender la religión de Israel contraria a la de Jesús.

 Los fariseos eran laicos que querían ser “puros”, “perfectos”, observantes “impecables” de la Ley. Se apartaban, por tanto, de los pecadores. Juzgaban a los demás de “impuros”, se alejaban de ellos o los excluían. Los sacerdotes, además de pertenecer a la clase aristocrática, organizaban las actividades del Templo. Cobraban impuestos por los sacrificios que se ofrecían a Dios para el perdón de los pecados. Fariseos y sacerdotes, rivales entre ellos por razones históricas y teológicas, sin embargo colaboraban en el edificio religioso que los privilegiaba a ellos por encima de los demás. Esta religiosidad mató a Jesús. Jesús la desenmascaró. Lo mataron.

 ¿Cuál fue el núcleo teológico de la confrontación total entre Jesús y los expertos en Dios? Dicho en breve: la separación de lo sagrado y lo profano que estos establecían y administraban.

 Ellos separaban tajantemente cosas, ámbitos, tiempos y personas sacralizadas, produciendo necesariamente excluidos. No era extraño, sino también necesario, que una elite religiosa se apreciara a sí misma y menospreciara a los demás. Unos debían ser tenidos por profanos, para que otros se encargaran de su redención.

 Jesús hizo todo lo contrario: ofreció la salvación a manos llenas. Marcó la diferencia. Desarmó a los pecadores al ofrecerles el perdón sin condiciones. Optó por los pobres, profanos y sospechosos por excelencia. Para lo cual atacó el fuego en la base. Se estrelló frontalmente contra la torre religiosa de la exclusión, pues anunció el advenimiento de un reino fraterno. En Cristo resucitado, la Iglesia naciente descubrió la irrupción en la historia de un Dios secular, un Dios radicalmente humano. También ella marcó la diferencia.

 Desde entonces el cristianismo, la nueva religión, la del judío Jesús, superó la separación de lo sagrado y lo profano. En Israel los profetas habían ya anticipado esta superación. Los cristianos, en adelante, fueron reconocidos, más que por sus ritos, por la fuerza espiritual y ética con que se desenvolvieron en el mundo antiguo.

 Pero no siempre el cristianismo ha estado a la altura de esta originalidad suya. Las involuciones siempre lo han seducido. Ha ocurrido que el cristianismo ha traicionado su diferencia. Por ello han sido necesarias reformas y ajustes doctrinales y disciplinares que recuperen la senda perdida. A este efecto, el Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, recordó que lo único infaltable para la “salvación” es la caridad. Sostuvo que Dios ama a todos los seres humanos, y que el amor es la única condición absoluta para alcanzarlo. La intuición antiquísima, también judía, es que la fe en Dios se vive, en primer lugar, puertas afuera del templo, en actos de misericordia y justicia a secas.

 ¿Habría que revisar hoy la relación entre el rito y la vida corriente de los cristianos? Hoy y siempre. Porque una separación entre ambos tarde o temprano lleva matar a Jesús de nuevo.

El cristianismo es una religión extraña. Es secular. Es religión. Es la religión que promete encontrar a Dios en el seculo (mundo) sin más. El cristianismo, si algún lugar merece en la historia de las religiones, es la de tener como misión anunciar y practicar sacramental y efectivamente la implicación de Dios con los crucificados, los excluidos, los difamados y los desamparados.

 Esta Semana Santa, cuando los católicos miran con esperanza a Francisco, los católicos, y cualquier ser humano, puede pedirle al Papa estructuras y modos de gobierno en la Iglesia que cuiden a las personas, sobre todo si estas se encuentran marginadas o avergonzadas, si han fracasado en su matrimonio, en el trabajo, la escuela, tengan fe o no la tengan. Francisco ha ofrecido cuidado. La recuperación de la confianza en la Iglesia pasa hoy por confiar en la palabra del Papa, pero también por poder cobrarle la palabra.

 La institución eclesiástica en las últimas décadas se ha alejado considerablemente de sus contemporáneos. Una callada re-sacralización institucional primero y escándalos de abusos innombrables después, han creado una penosa distancia entre las autoridades y los fieles. Que el nuevo Papa haya querido llamarse Francisco –el santo más parecido a Jesús- augura para los cristianos un retorno a los tiempos de la primera Iglesia; aquella Iglesia que creció explosivamente porque en ella los huérfanos, los extranjeros y las mujeres fueron cuidados y dignificados, pues pudieron participar, ser protagonistas de sus vidas y de sus comunidades, como no lo habían hecho nunca.

Semana Santa 2012

Semana Santa 2012: http://es.gloria.tv/?media=275750

Semana Santa: Caifás

Semana Santa: Caifás: http://es.gloria.tv/?media=275850

Semana Santa

Actitud de Jesús ante su muerte inminente:

Caifás:

Viernes Santo (2010)

LA FE DE JESÚS

• Oración inicial: hacemos contacto “estomacal” con el Cristo terremoteado. Hemos sido sacudidos por un tremendo terremoto. Todo el país está estremecido. Nosotros nos conectamos a las víctimas con los temblores y terremotos de nuestra propia vida.

• La fe de Jesús, el creyente, nos ayuda a entender cómo nosotros podemos creer en Dios. A la vez, nuestra propia de fe en Dios nos ayuda a comprender cómo ha podido ser la fe de Jesús.

• Por tanto, sólo valorando nuestra “poca fe” podremos entender cómo Jesús creyó. Y, por el contrario, penetrando en las “tentaciones” de Jesús, por ejemplo, podremos distinguir en nosotros la ilusión de la esperanza; las ilusiones y las desilusiones de nuestra fe más auténtica.

LA FE DE JESÚS

• Oración inicial: hacemos contacto “estomacal” con el Cristo terremoteado. Hemos sido sacudidos por un tremendo terremoto. Todo el país está estremecido. Nosotros nos conectamos a las víctimas con los temblores y terremotos de nuestra propia vida.

• La fe de Jesús, el creyente, nos ayuda a entender cómo nosotros podemos creer en Dios. A la vez, nuestra propia de fe en Dios nos ayuda a comprender cómo ha podido ser la fe de Jesús.

• Por tanto, sólo valorando nuestra “poca fe” podremos entender cómo Jesús creyó. Y, por el contrario, penetrando en las “tentaciones” de Jesús, por ejemplo, podremos distinguir en nosotros la ilusión de la esperanza; las ilusiones y las desilusiones de nuestra fe más auténtica.

1.- Las razones de Jesús para no creer

•La fe de Jesús en Dios equivale, en cuanto a nosotros, a su convicción acerca de la llegada del reino de Dios: “El reino de Dios ha llegado. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc, 1).

o Cuando Jesús pide fe a la gente de su pueblo lo que les pide es que crean que Dios viene a reinar, que cambiará sus vidas y la de su pueblo.
o Podríamos decir que la dedicación de Jesús al advenimiento del reino de Dios equivale a nuestra fidelidad a nuestra vocación.

• Pero, esto mismo nos obliga a tomar en serio las razones que el Israel de entonces tuvo para no-creer en Dios.
o La situación era la de una objetiva dominación político-militar. Jesús es un sometido! Sabe lo que anuncia.
o Si Jesús no hubiera sido un creyente y, por lo mismo, un posible ateo o agnóstico, un inconstante, inseguro, desilusionado o desesperanzado de Dios, su exigencia de acogida del reino de Dios habría sido un tipo de impertinencia. ¿Cómo hubiera podido él pedir a otros fe sin saber lo que cuesta creer?
§ Jesús ha debido tener fe, esperanza y caridad para exigir a los demás estas mismas virtudes, pues si ellas fueran irreales en el “más hombre de los hombres”, Jesús, en vez de ayudar a nuestra felicidad constituirían nuevos motivos para sentirnos culpables.

o Jesús ha debido llevar en su corazón las razones de su pueblo para no-creer, para confundirse o para ilusionarse con lo mismo que podía terminar desilusionando.
§ Las tentaciones del desierto nos hablan de la confrontación radical “en” Jesús entre Dios y el Diablo.
§ “En” Jesús, en su corazón, tiene lugar un combate: la experiencia de la debilidad y de la fortaleza, de la duda y de la certeza, la posibilidad de la ilusión, del engaño, pero también la de la vocación y de esperanza auténtica.
§ Jesús conoce por sí mismo la ilusión mesiánica: entiendo por dentro las dificultades de su pueblo: su pueblo desilusionado de Dios anhela un mesías todopoderoso que consiga la unidad de Israel por medios falsos:
• “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Populismo)
• “Si eres hijo de Dios, tírate abajo…” (Espectacularidad)
• “Todo esto te lo daré si te postras para adorarme” (Idolatría del poder). (Mt 4,1-11).
§ Las tentaciones de Jesús tienen que ver directamente con la concepción del reino y las vías de su consecución.
• “En” Jesús habrán de cribarse dos mesianismos de muy diversa índole.
o En Israel el mesianismo alude al poder de gobernar (el poder del Mesías). Pero con Cristo, sobre todo a partir de su resurrección, principia el mesianismo del amor que vence por su inocencia e indefención.
§ Dicho en otros términos: Dios sacará adelante su proyecto de reino gracias a la mansedumbre y a la cruz de Jesús; sin forzar las cosas; sin violencia…
§ Nuestras tentaciones pueden ser de distinta índole.
• Unas puede tener que ver con la necesidad de control, distinto de abandonarse en la Providencia. Controlar a los adolescentes…
• Pero hay algunas tentaciones que confunden con mayor fuerza a nuestra vocación.
§ Pero la tentación que en un comienzo consistió en una elección entre dos posibilidades aparentemente buenas, en el caso de Jesús acabó en el encajonamiento de Getsemaní.
• Por haber vencido las tentaciones a lo largo de su vida Jesús se encontró cara a cara con el Demonio en Getsemaní.
o Si durante su ministerio Jesús hubiera cedido a las tentaciones mesiánicas, no habría llegado al Monte de los Olivos.
o El Demonio ya lo habría ganado para su causa.
o Pero Jesús fue auténtico, coherente con su vocación hasta entonces.
§ Faltaba la prueba mayor: cuando Jesús prevé su muerte violenta, su debilidad es máxima y máxima la fuerza de Satanás.
• En Jesús se revela la índole de la libertad humana: a veces se da la posibilidad de elegir entre un bien y un mal; otras veces, la de elegir entre dos bienes posibles; y, en el sentido más profundo, la libertad consiste en no poder elegir otra cosa que lo ya elegido (autodeterminación).
§ Aquí la alternativa consiste simplemente en desistir del camino hecho hasta entonces, el camino de las decisiones tomadas en la dirección de la propia vocación.
• “Señor, si es posible aleja de mí este caliz, pero que se haga tu voluntad y no la mía” (Lc 22, 39-46).
o En este caso la “mía” no constituye estrategia mesiánica alguna, sino simplemente evitar la pasión.
§ Jesús cree en su Padre, confía en él aun cuando todo indica que lo van a matar.
• No es razonable pensar que tendrá éxito. ¿Qué razón le queda para creer?
• Lo que Jesús atisba es el fracaso del reino y su propio fracaso. Morirá como un charlatán.
o Lo que los discípulos entenderán después es que el éxito del reino exige la entrega completa del mediador del reino.
o Nosotros, tantas veces, entendemos después que fue bueno aguantar, sacrificarnos.
o Jesús no sabe que va a resucitar.

+ Preguntas para la oración:
– ¿Cuáles son mis razones para no-creer?
– ¿Cuál ha sido tu Getsemaní?
– Textos: Getsemaní (Lc 22, 39-46); Tentaciones en el desierto (Mt 4,1-11).

2.- La fe de Jesús y las razones para creer en él (nuestro “credo” en Jesús)

• El anuncio de Jesús de un reino para pobres y pecadores tuvo un fundamento interior: la experiencia espiritual de un Dios misericordioso con pobres y pecadores.
o Jesús, el Pobre, se supo en primera persona objeto del amor de Dios para amar a los que no merecen ser amados: a los pobres y los pecadores.
o Jesús, en sentido estricto, más que razones para creer tiene una experiencia de Dios que le hace creer en Él.
§ Como hombre pudo no creer, no le faltaron razones para hacerlo. Pero creyó porque en Jesús es tan fuerte su unidad con su Padre que el amor pudo más que las tentaciones y la crisis de fe que asomó en la cruz (“Dios mío, por qué me has abandonado”).
§ También en nuestro caso el desarrollo de la confianza básica que se requiere para vivir procede de una experiencia de cuidado y de amor. Creemos porque “alguien” nos amó.
• ¿Puede ser que alguien que no haya sido amado crea? No sé.
• Talvez lo único que le queda sea creer en Dios, ya que no puede creer en los hombres.

• ¿Por qué creemos en él? En primer lugar, porque Jesús creyó. Jesús no solo creyó en Dios, sino que él es para nosotros el creyente por excelencia. Jesús no es una marioneta en las manos de su Padre, sino un auténtico protagonista de la búsqueda de Dios y de la obediencia a su Palabra. ¡Es posible creer!
o Se ha discutido la fe de Jesús. Se ha hablado de “visión beatífica”: conocimiento exhaustivo de Jesús en virtud de su divinidad.
§ Esta explicación puede basarse en el evangelio de Juan y en la afirmación indistinta de su carácter de Hijo eterno del Padre
§ Pero contraviene la indicación del concilio de Calcedonia: en él no se mezclan ni confunden las naturalezas.
• Su autoconciencia y su conocimientos, su voluntad y su libertad, experimentan las limitaciones propias de toda criatura humana: el es “igual en todo a nosotros, salvo en el pecado” (Heb, 4, 15).
• Su divinidad no le exime de la ignorancia y de la fe sino que, por el contrario, es el fundamento que lo constituye en el creyente perfecto: nadie ha tenido más fe que Jesús y, por tanto, él es el modelo de los creyentes.
• La unión estrecha con Dios excluye en su caso el pecado. Él como todo hombre debe discernir su vocación entre las diversas posibilidades que se le representan, pero en su caso el amor a Dios excluye el pecado.
• ¿Puede el que ama no amar? Jesús no puede sino creer en Dios, no porque esté exento de la ignorancia sobre el futuro, sino porque sabe que Dios lo ama y él mismo no puede sino amar a Dios. Pensemos en una pareja que se ama tanto que ni siquiera la incertidumbre de volverse a ver pudiera apagar su amor.

o Todo esto la Escritura lo ha designado con el término de “autoridad”:
§ Jesús fue un hombre íntegro, fue admirado por su coherencia y por enseñar como quien realmente sabe lo dice. ¡Le creemos!
§ Su autoridad le viene, sobre todo, porque hace suyas las razones para no creer de su pueblo y, sin embargo, cree.
§ Esta autoridad para hablar de Dios y de un Dios que ama independientemente de la religiosidad de las personas, le hizo de enemigos y, a la larga, le costó la vida. Se estrelló contra los expertos en Dios.
§ Jesús encaró a las autoridades de Israel con mansedumbre y señorío, consciente del riesgo que corría, no como un cordero que traerá la salvación simplemente por el derramamiento de su sangre, sino por su inocencia y la grandeza de su causa.

• ¿Por qué creemos en él?
o Creemos en él, en segundo lugar, porque creemos que su “fe” triunfó.
§ Dios lo acreditó como Mesías, cumplió la puesta que Jesús hizo.
§ La muerte mostró el fracaso aparente de Jesús.
§ Fracasó, pero Dios lo rehabilitó.
§ Dios creyó en su esfuerzo por el advenimiento del reino, en su integridad personal y en su fidelidad. Jesús dio testimonio de Dios y Dios dio testimonio de Jesús: lo mostró a los discípulos vivo y lo acreditó como “el hombre”.
o El hombre Jesús representa a los que viven de su fe: los inocentes y los arrepentidos. La fe de estos, inocentes y pecadores, nos enseña a creer.
o Creemos en el Jesús en que la Iglesia creyó. La Iglesia de los primeros cristianos, pero también la Iglesia de hoy que nos toca a través de tantas personas que solo tienen a Dios o viven como si Dios fuera lo único decisivo en sus vidas.
§ Jesús creyó, pero además enseñó a creer.
§ El le abrió el camino a los que vendrían detrás suyo.
• Al revelar el amor inaudito de Dios, la capacidad de Dios de sostener a un hombre que no lo mueve el temor y, en consecuencia, que no tiene que ganarle el quien vive a los demás, Jesús capacita a sus discípulos a amar a Dios y a amar incluso a los enemigos.
• Los enemigos no pueden hacer ningún mal a los creyentes porque estos están seguros de que el Amor en el que creen vencerá tarde o temprano.
• La revelación del amor inaudito de Dios le costó a Jesús la vida.
• Se enfrentó de lleno contra una religiosidad que administraba la bondad de Dios con premios y castigos.
• El Dios de Jesús, un Dios que realmente es amor, que no necesita castigar, pone entre paréntesis a las autoridades religiosas que garantizan el orden que a todos permite vivir mejor.

• La resurrección constituye el triunfo de la fe de Jesús: un hombre así, que va a la pasión porque cree que Dios es Padre, que Dios ama gratuitamente, la Iglesia lo confiesa resucitado.
o La Iglesia cree que Dios cumplirá en los creyentes lo que cumplió con Jesús: él creyó y no fue defraudado.
§ Jesús, al ser acreditado por Dios como el creyente por excelencia, pues confió en Él hasta el final, merece la confianza de los hombres tal como la mereció de sus discípulos aun cuando entonces no era claro si vencería o no.
§ Nosotros creemos ahora en Jesús, por tanto continuamos en el régimen de la fe: no somos eximidos de la duda, de la crisis de fe y la posibilidad de la desesperanza, pero al creer que Dios es el Padre de Jesús y que el Espíritu nos autoriza vamos por la vida con dignidad.
§ Podemos vivir como hermanos, como si los otros no fueran nuestros enemigos sino tan hijos e hijas de Dios como nosotros mismos.
o Jesús es el mediador de la fe: “el iniciador y el consumador de la fe” (Hb).
o Gracias a Jesús, “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tienes y hemos creído en Él” (1 Jn 4, 16).
o Y nosotros le creemos a la Iglesia, a pesar de todo…

Preguntas para la oración

+ ¿En quiénes crees? ¿A quién?
+ ¿A quién le debes la fe?
+ ¿Cuál es tu “credo”?

Textos

+ Lc 23, 44,-48: Contemplación ante el crucificado. Observar la actitud de los que lo contemplaban.

Jn 11, 25: Jesús le respondió: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”

MT, 9, 22: Jesús, volviéndose y viéndola, dijo: Hija, ten ánimo, tu fe te ha sanado. Y al instante la mujer quedó sana.

Mt, 9:29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Hágase en vosotros según vuestra fe.

Mt15:28 Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Y su hija quedó sana desde aquel momento.

Mt 17:20 Y Él les dijo : Por vuestra poca fe; porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Pásate de aquí allá”, y se pasará; y nada os será imposible.

Mt 21:21 Respondiendo Jesús, les dijo: En verdad os digo que si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que aun si decís a este monte: “Quítate y échate al mar”, así sucederá.

Mc 4:40 Entonces les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?

Lc 8:25 Y Él les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Pero ellos estaban atemorizados y asombrados, diciéndose unos a otros: ¿Quién, pues, es éste que aun a los vientos y al agua manda y le obedecen?

1 Jn 4, 16 “Nosotros hemos sabido del amor que Dios nos tienes y hemos creído en Él”.

Sábado Santo (2009)

SÁBADO SANTO (Retiro CVX-2009)

* El sábado santo constituye el paradigma radical de la crisis. Si no fuera por la resurrección, la historia de Jesús habría que llamarla tragedia y no en drama. Si no fuera por la resurrección, habría que llamarla “lisis” y no “crisis”.

* Jesús no vivió el misterio pascual como nosotros: el hizo el camino, nosotros lo recorremos. El supo qué es la soledad radical, la nuestra puede ser acompañada.

* La experiencia cristiana de Dios se nutre del misterio pascual: a) Vamos al Padre, por el Hijo y en el Espíritu; b) vamos como hijos, recorriendo el camino que el Hijo nos abrió.

1.- Inmersión en la muerte

• Los cristianos participamos en el Misterio Pascual de Cristo:
o Este Misterio nos permite comprender el misterio de nuestra vida
o Y el misterio de nuestra vida nos hace entrever el sentido del Misterio de Cristo
§ Es así que la crisis de Jesús es la nuestra, y la nuestra la suya.
§ Es así que el descenso de Jesús a los muertos equivale a nuestro “topar fondo”.
§ La resurrección de Cristo nos hace vivir como resucitados
§ Nuestra experiencia cristiana de Dios nos permite conocer mejor quién fue Jesús y quién su Dios.

• En este rato de oración podemos centrarnos en este tópico del Credo: “Descendió a los infiernos”; que en nuestra vida equivale a algo así como “topar fondo”.

a) Del lado de Jesús:

• La muerte de Jesús es verdadera muerte: comparte la suerte de los muertos
o El es un cuerpo que muere
o Le han dolido los latigazos
o Más le duele el trato inhumano que recibe
o Tiene sed, pierde aire, le aprieta el pecho, no puede seguir respirado y le explota el corazón.
• Es así que su solidaridad con la pasión del mundo alcanza la radicalidad: Jesús es uno más con los muertos. Es a través del “descenso a los infiernos” que el Hijo completa la encarnación. Ya no puede hacer ni padecer. Pero no ha cumplido su misión de un modo automático. Mientras pudo avanzó libremente, discerniendo y haciendo la voluntad de su Padre. Mientras pudo…
• En el descenso al lugar de los muertos Cristo experimenta la muerte como consecuencia del pecado: lo matan. Pero también como límite de la creación. No podríamos morir si no fuéramos criaturas. La experiencia creatural se consuma en el “topar fondo” del Hijo que muere.
• En este viaje de Jesús a los límites de la creaturidad, se nos indica el camino para reconocer al Creador. Muertos nos experimentaremos nada. Jesús verdaderamente muerto nos señala nuestra pertenencia radical a Dios: dependemos de él en todo.
o Nada de lo que hagamos nos ahorrará la muerte.
o Nuestra pasión puede acabar en el más profundo sin sentido.
o La muerte nos anuncia que no sabremos si somos inocentes o culpables.

b) Del lado nuestro:

• El misterio del descenso de Jesús a los infiernos es parte del Misterio Pascual y, en consecuencia, salva, aunque de un modo que supera nuestra comprensión. No podremos entender nunca por qué la salvación ocurre de un modo tan raro. El cristianismo es una religión rara. No tiene mucho sentido creer en un hombre crucificado: en un galileo que en vez de acumular y distribuir poder, lo fue perdiendo.
• Pero alguna luz sobre el misterio de Cristo y el misterio de la pasión de la humanidad podemos obtener a partir de nuestro propio “topar fondo”.
o “Topar fondo” equivale a un viaje largo y sufrido que prepara la vida nueva que aspiramos, pero que no depende de nosotros alcanzarla. Entonces seremos mejores de quienes hemos sido, no porque “mejoraremos” sino porque “seremos mejorados”.
§ Equivale a caer y caer, y no terminar nunca de caer, aferrándose inútilmente a las múltiples seguridades que, por buenas que sean, pueden impedirnos encontrar a Dios
o Equivale a exponer desnudo al Narciso que somos hasta que no tengamos que avergonzarnos de nada porque para entonces seremos realmente humildes.
§ “Topar fondo” equivale a despertar a una humanidad que se sabe unidad en el sufrimiento y en el compartir; en el pecado y en el perdón.
§ Al entrar en contacto con nuestra miseria se gatilla nuestra empatía con una multitud de personas que hasta ahora nos han sido indiferentes o antipáticas: sea porque han sido pobres; sea porque nos han hecho daño.
§ Este contacto nos humaniza porque este mundo solidario en la experiencia del límite de la creación, nos comprende; es misericordioso con nosotros y nos perdona.
• Al “topar fondo” podemos entender algo del Cristo que va al centro del mundo: allí donde no se puede ser más pobre, uno con los pobres, uno con los pecadores, para reconstituir la solidaridad humana desde el reverso de la historia.
• Al ir al fondo comenzamos a experimentar que Dios ya ahora nos va liberando de nosotros mismos: del miedo y de la muerte. Cristo resucitado verifica en nosotros ya ahora la vida nueva.

Lecturas:

1 Pe 3,18-22.
Salmo 30: “Te ensalzo, Señor, porque me has levantado, nos has dejado que mis enemigos se rían de mí” (el peor enemigo es uno mismo).

+ ¿Qué nos da vergüenza? ¿Qué nos ha liberado de la vergüenza?
+ ¿Vas al fondo? ¿Vienes del fondo?

2.- Emergencia de la muerte

“Al tercer día resucitó de entre los muertos” (Credo)

• “Resucitó”: No resucitó sin haber sido resucitado.
• La salvación es gratuidad de la salvación: Jesús la merece por sus obras, pero muerto solo puede esperarla del Padre.
• Cristo experimente que Dios pone los límites y Dios saca los límites.
• Nosotros, por nuestra parte, no somos capaces de perdonar, de enmendar, de cicatrizar el mal que hicimos. Siempre queda algo. Las heridas nos persiguen. Sólo perdonamos con el perdón que hemos sido perdonados.

a) De parte de Jesús

• El resucitado sonríe.
• El Padre lo ha rehabilitado. El sabía que le haría justicia.
• El Padre ha reconstituido su cuerpo, le ha insuflado la vida eterna que tenía en un principio.
• Cristo experimenta en su cuerpo la solidaridad con el mundo nuevo: el cielo nuevo y la tierra nueva que tuvo en mente el Creador desde un principio
• Su relación de amor con la creación ha alcanzado su máxima expresión: el reino prospera en el mundo por obra del Mesías y de su Espíritu como amor que actúa en los acontecimientos humanos (los grandes y los pequeños). La lucha contra el mal y la injusticia continúa aunque no se la vea o parezca que la batalla está perdida.

b) De parte de nosotros

• Hay experiencias humanas de emergencia del “fondo” que nos permiten comprender algo de la resurrección de Cristo y esta comprensión, a la vez, nos hace emerger a una vida que nos sorprende enteramente. Estas experiencias superan con creces lo que nosotros podemos hacer por conseguirlas:
o San Ignacio nos habla de la consolación “sin causa precedente”: un anticipo del gozo del resucitado.
o La experiencia de un perdón que lleva las relaciones a un nivel superior al anterior.
o El despojo de seguridades que nos van dejando a solas con Dios Padre, como hijos que no podemos vivir más que de él (el resto pasa a ser secundario).
o La solidaridad auténtica que nos obliga a carga con otros que, a la larga, nos enriquecen nuestra vida.
o El nacimiento de un hijo: sabemos que la criatura supera infinitamente lo que concebimos.
• Estas experiencias son frutos de la emergencia del fondo son expresiones de la emergencia del crucificado a la resurrección y por esto nos hacen felices.
• Es posible, aunque no necesario ni obligatorio, ser felices en esta vida. Por lo menos es posible hacer felices a los demás.

Lecturas:

Juan 20, 19-29.
Salmo: Salmo 30

+ ¿Cuáles son tus alegrías? ¿Qué te causa felicidad auténtica?
+ ¿Conoces personas que viven como resucitadas aunque llevan las cicatrices del resucitado?

Viernes Santo (2008)

VIERNES SANTO

Retiro Semana Santa
CVX
2008

1.- Nuestra finitud

a) La finitud en Jesús

– Lo sorprendente de la Encarnación es que Dios nos ha salido al encuentro en un ser finito como Jesús de Nazaret, alguien capaz de crecer y de envejecer, de gozar, de sorprenderse y de indignarse, de reír y de llorar, alguien que tuvo que aprender para enseñar; que necesitó comer, dormir, ponerse a la sombra.

– Jesús resumió en su cuerpo la evolución de las especies: fue célula dotada de cromosomas, compartió la información genética de una humanidad con 4 o 7 millones de años sobre la tierra.

– A Jesús le costó la vida. Tuvo que ganársela. Aprendió una profesión y la ejerció. José le enseñó la carpintería. María le enseñó los límites de la vida y se los impuso.

– Jesús sufrió. No hizo teatro: no hizo como si sufriera para enseñarnos a sufrir. Sufrió hasta perder la conciencia. Sufrió el abandono y la más cruda de las soledades.

– Tuvo los mismos motivos para creer y no creer en Dios que los que tuvo su pueblo. Por eso fue representativo. Su anuncio del reino despertó expectativas mesiánicas.

– Creyó en Dios como no ha creído nadie. Ignoró el futuro y, cuando la pista se le puso cada vez más difícil, no pudo confiar más que en su Padre. En algún momento su fe solo significó “aguantar” hasta sudar gotas de sangre (Getsemaní).

– Jesús tuvo una vocación / misión a la que apostó su vida: el advenimiento del Reino de Dios. Pero tuvo que discernirla y ser fiel a ella paso a paso. Tuvo que inventar su realización.

– Su identidad divina hizo que fuera más hombre que ninguno: sensible, intuitivo, consciente de sus límites, experto para reconocer la tentación y sus peligros. Si no hubiera sido Dios, no habría sido tan humano. Porque tuvo una unidad completa con su Padre, aguantó ser hombre, solo hombre, perfectamente hombre.

– En la humanidad de Jesús descubrimos que el pecado es inhumano: Jesús compartió con nosotros todo, menos el ser pecador. Gracias a Jesús sabemos que el sufrimiento es anterior al pecado. Jesús sufrió, pero no pecó. Experimentó una consecuencia del pecado: el sufrimiento. Pero igual habría sufrido. Porque sufrir es condición del ser humano. Precisamente porque sufrimos es que pecamos, aunque no estamos obligados a hacerlo, como en el caso de “este hombre” se nos ha revelado. En Jesús sufriente, descubrimos que no estamos condenados a pecar ni al mal, si no una plenitud de humanidad que solo se consigue mediante una confianza y una unidad total con el Dios del amor. Jesús, como verdadero hombre, impotente e ignorante, nos enseñó que no hay que desesperar de nuestra propia humanidad, sino amarla con su finitud propia.

– Hay sufrimientos que no vienen del pecado. Es entonces que surge la pregunta: ¿quién tiene la culpa del dolor inocente? Si no fuera por Jesús, si no creyéramos que él que sufre es Dios, lo más fácil sería echarle la culpa al Creador y, por tanto, cuidarse de él. Llegamos así a la máxima de las paradojas: no es posible creer más que en un “crucificado”.

– Todos los descargos del mundo los podemos hacer contra Dios, porque no todos los sufrimientos son consecuencia del pecado, pero lo que resulta imposible es pedirle cuentas al “crucificado”. El es el representante del dolor inocente. A Cristo crucificado rezan los que tienen una buena razón para desesperar pero aguantan la tentación de no creer en Dios o de arreglárselas sin él.

– Jesús experimentó fuertemente la tentación porque sufrió hasta el extremo. Pero no pecó. El suyo es el sufrimiento de los inocentes.

b) Nuestros límites, caducidad y tentación

– La creación es una realidad finita. Dios es infinito, eterno y bueno. La creación también es naturalmente buena. Es el pecado del hombre que la ha desordenado o corrompido. Pero hay un tipo de corrupción que no proviene directamente del pecado. La podemos llamar finitud y que se manifiesta en un comenzar y un dejar de existir corporal o materialmente en el tiempo y el espacio.

– De esta finitud tomamos conciencia especialmente cuando vemos descomponerse, deteriorarse, enfermar y morir a los seres animados e inanimados. Por cierto el pecado incide muchas veces en el fracaso de la creación. Pero esta no fracasaría si no estuviera en ella el principio de su propia descomposición.

– Tomemos por ejemplo: los terremotos, las erupciones volcánicas, los huracanes, las sequías, las inundaciones, los fríos o calores imposibles de soportar. Estos fenómenos naturales normalmente arrasan con la vida de las especies vegetales y animales, y curiosamente favorecen también el surgimiento de nueva vida.

– La ciencia moderna ha podido conjurar una serie de males naturales. Por lo menos ha posibilitado protegerse de ellos. Pero la ciencia moderna tiene claramente el propósito de controlar la finitud de la naturaleza y, porque no decirlo, de la finitud en cuanto tal. ¿No es este uno de las virtudes y de los pecados de la modernidad?

– Se asoma ya aquí una causa de pecado. El pecado del hombre moderno consiste en no aceptar su finitud, lo que en términos teológicos equivale a no aceptar ser “criatura”, con lo cual desembocamos derechamente en el ateísmo: luchar por la vida y prosperar como si no hubiera Dios. Por más que nos consideremos cristianos y espirituales, en la medida que confiamos más en la ciencia que en Dios tendemos al ateísmo.

– A los occidentales cada vez nos cuesta más enfermar y morir como los animalitos, así no más, callados y sin drama. Por cierto que no somos meros animalitos y no podemos extinguirnos tan fácilmente. Los animales no tienen la sed de eternidad cuyo reverso es la angustia por esta vida. Pero, en cuanto “modernos”, carecemos de esa simpatía cósmica de que gozan los pueblos indígenas o campesinos. La ciencia nos ha hecho depender demasiado de nosotros mismos. Para cambiar el mundo no necesitamos a Dios. Nos desvinculamos de él. Además, para explotar el mundo también necesitamos desvincularnos del mundo: así lo haremos sin mala conciencia. Al rechazar nuestra condición de criaturas, al rechazar nuestra finitud, quedamos más solos. El desastre ecológico es prueba del divorcio del hombre con Dios y con el resto de la creación.

– La creación es finita. Somos finitos. Apreciar esta condición es un modo de reconocer que Dios es Dios, que a él y solo a él le debemos la vida. ¿Acaso no debiera consistir en esto y nada más la vida espiritual? Vivir como si fuéramos criaturas, en constante acción de gracias. ¡Bastaría!

– No extraña, por lo mismo, que a veces queramos morir. Sufrimos y no queremos sufrir más. Hay ancianos que piden morir. ¿Por qué no? No están despreciando la vida: simplemente están queriendo que se cumpla en ellos una posibilidad inscrita en su carne.

– Algo parecido ocurre con las enfermedades. Nos cuesta estar enfermos porque nuestra relación con nuestro cuerpo está mal ajustada. Creemos ser algo distinto de nuestro cuerpo. Tenemos una impresión de infinitud que se lleva mal con ese cuerpo que nos recuerda que no somos inmortales. Pero cabe la posibilidad de tomarse a bien la enfermedad y decir, por ejemplo, “soy un cuerpo que ama y que sufre”. ¿No pudiera ser la enfermedad una ocasión de agradecer a Dios la vida?

– El mundo es una organización “atómica”, “celular”. El hombre tiene un código genético. El genoma humano permitirá intervenir en nuestro “soma” para evitarnos el sufrimiento y, quien sabe, para alcanzar la perpetuidad. ¿Cuántos años vivirán las generaciones en 100 años más? Pero, por más que vivamos no por ello nos acercaremos más a Dios y, por tanto, seremos más felices.

– Esta situación de finitud-fragilidad y vocación a la infinitud-omnipotencia, es ocasión de pecado. Estamos llamados a “poder”, pero solo podremos si Dios puede en nosotros. Sin Dios, querremos superar nuestra condición, pero fracasaremos.

Instrucciones de oración

– Getsemaní (Lc 22, 39-46): contemplación del “hombre”.

– Preguntas:

– ¿Cuáles son los límites o sufrimientos de la vida que me “tientan” o dificultan creen en Dios?

– ¿Cuál es mi relación con mi cuerpo? ¿con la naturaleza?

– ¿Quiénes son mis enfermos y mis muertos? ¿Mis “muertes”?

2.- El Pecado

a) Jesús, víctima del pecado

– En Jesús se nos ha revelado “el hombre” y “Dios”.

– En la plenitud de humanidad de Jesús se revela que el pecado no es constitutivo nuestro; sino exactamente lo contrario: el principio de la ruina de nuestra humanidad. En la plenitud de la humanidad de Jesús se revela quién es Dios: el Amor que es factor de humanización y de reparación de la deshumanización.

– En Jesús se revela la inocencia y la culpa. En su cuerpo crucificado conocemos un tipo de sufrimiento capaz de redimir la culpa del que lo causa; el sufrimiento del inocente, el Cordero, que quita el pecado del mundo porque carga con el pecado del mundo. Jesús comparte nuestra humanidad hasta el colmo del sufrimiento y del pecado; del pecado como víctima capaz de amar y perdonar a sus victimarios. Nadie ha sido más libre que Jesús: ama a los que lo odian a él y a los suyos. Nadie ha sido más hombre que Jesús, porque la medida del hombre es el perdón. “Dime cuánto perdonas y te diré quién eres”.

– Podemos contemplar a Jesús torturado y muerto en cruz. San Juan juega a la paradoja y a veces con la ironía.
o Jesús, que no parece hombre, es “el hombre”.
o La corona de espinas es la corona del “rey de los judíos”.
o San Juan juega con la imagen de Jesús sometido a juicio. Los jueces juzgan culpable al inocente Pero él, el inocente, como un juez que ejerce su trabajo sentado, juzga a sus acusadores.

– Jesús crucificado “grita” antes de morir y muere. El cristianismo es una religión extraña. Pide creer en un “hombre crucificado”. Creer en un hombre es difícil y, en definitiva, imposible. El hombre en cuanto ser mortal no es “confiable”. Creer en un hombre crucificado parece de locos. Parece, pero no lo es del todo. Parece de locos, porque el crucificado representa al fracasado, al que no puede probar que tiene razón alguna. Sin embargo, en la confianza en el hombre coherente hasta la muerte, en el hombre que respalda con su cuerpo su propia fe y la pasión de su vida, está el fundamento de la ética y de la fe en Dios.

– Jesús representa a las víctimas de un mal atribuible a la libertad humana. Las víctimas inocentes solo podrían creer en alguien que ha pasado por lo que ellas han pasado. La solidaridad es el principio de la ética. Pero, además, el hombre que grita a Dios y muere sin ser escuchado, se convierte en el representante de tantos seres humanos que han pasado por lo mismo. Puede sernos difícil creer en Dios, pero si se trata de creer solo sería posible hacerlo en el Dios en el que Jesús creyó y a cuya voluntad consagró su vida hasta la muerte.

– Hay que mirar a Jesús crucificado y gritando a Dios, hasta comprender que Dios, si hay Dios, no salva sino a través de la pasión y muerte de Jesús.

b) Nuestro pecado

– Dios nos ha creado “sufridores”, pero no “pecadores”. Sufrimos porque somos seres humanos, pero también porque somos inhumanos unos con otros.

– En concreto, sin embargo, resulta muy difícil saber si lo que se sufrimos se debe a lo uno o a lo otro. Lo que no podemos descartar es que suframos a causa del pecado o que a causa del pecado suframos como sufrimos.

– Al nivel más profundo de nuestro ser, nivel que solo Dios conoce, nunca sabremos si somos o no pecadores: nos perdemos en el discernimiento de los motivos de nuestras acciones. ¿Qué fue primero? ¿El trauma, el miedo, el carácter, la ansiedad o la acción intencionalmente mala? Pero el mal del mundo y la sabiduría judeo-cristiana señala que su origen es la libertad humana y no la de Dios. La fe consiste en creer que Dios es bueno. Pero hemos de reconocer que hay un mysterium iniquitatis que antecede y supera con creces nuestra responsabilidad individual.

– De la mística proviene un dato importante: los santos tienen una fina conciencia de su pecado: Ignacio de Loyola, Hurtado, Teresa de los Andes. La mística consiste en la unión con Dios. La unión con Dios nos hace alcanzar la plenitud de nuestra humanidad. A más Dios más humanidad. Y, paradójicamente, la unión con Dios en los santos les hace reconocer su inadecuación con su prójimo. La conciencia del pecado es una gracia que se activa en los que descubren que Dios los ama y los perdona. ¿Qué es primero? ¿La conciencia del pecado o la conciencia del amor perdonador de Dios? Hemos de creer que Dios tiene la iniciativa de la conversión, pero esta no ocurre sin que nosotros queramos ver y veamos.

– ¿Cómo seguir el camino que los santos nos han abiertos? Una pista clave es la contemplación del crucificado. San Ignacio nos pone ante él y nos hacer preguntarnos: “imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en Cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo, y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere” (EE.53)

– Hurtado nos ofrece otra pista: “El pobre es Cristo”. La contemplación del pobre debiera llevarnos al Cristo que humillamos y que, a la vez, nos salva. El pobre es pobre porque yo soy rico: la sociedad está económica, social, política y culturalmente organizada de un modo injusto. Hay una anterioridad del mal a nuestro propio nacimiento. Nacemos en un lugar determinado de la trama social, y funcionamos de acuerdo al papel que se nos asignó.

– También Aparecida nos ofrece esta pista: contemplar en Cristo el rostro de tantos pobres latinoamericanos; y contemplar en estos el rostro de Cristo. Las enumeraciones no parecen terminar: “los migrantes, las víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de personas y secuestros, desaparecidos, enfermos de HIV y de enfermedades endémicas, tóxicodependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la prostitución, pornografía y violencia o del trabajo infantil, mujeres maltratadas, víctimas de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/as, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afrodescendientes, campesinos sin tierra y los mineros.” . En adelante el documento llama la atención particularmente sobre las personas que viven en la calle en las grandes urbes, los migrantes, los enfermos, los adictos dependientes y los detenidos en las cárceles .

– La última pista la debiera sugerir cada uno de nosotros a los demás. También nosotros debiéramos indicar a los demás dónde encontrar hoy al Cristo crucificado, el Cristo víctima de nuestro pecado y nuestro liberador. ¿Cómo trasparentamos el misterio pascual de Cristo, su muerte y su resurrección?

Instrucciones de oración

Mc 15, 23-37: Contemplar a Cristo crucificado.

Ignacio: “imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en Cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo, y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere” (EE.53)

Preguntas:

– ¿Quiénes son mis pobres? (“Pobre” es un concepto análogo. Hay muchas maneras de ser pobre).

– ¿Los pobres que son pobre “por mí” (por causa mía) y “para mí” (en mi favor)?

– ¿Los pobres que crucifiqué y que me redimen con su inocencia?

– ¿Para quiénes soy yo el pobre?, ¿el pobre herido por su prójimo y capaz, por tanto, de perdonarlo?

– ¿Con quiénes cargo y quiénes cargan conmigo?