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Francisco y Cirilo: la Iglesia todavía

AAA  dFFASFLa vida humana sigue adelante a pesar de todo. Lo experimentamos los adultos a los que en algún momento nos fracasó el matrimonio, nos quebró la empresa, se nos quemó la casa, cuando uno de los niños fue internado o lo devoró la droga… Cualquiera de estas experiencias humanas ha podido poner entre paréntesis nuestra motivación vital, nuestro ánimo, nuestro credo. Aun así, no hemos tenido más alternativa que continuar, pues de nosotros los adultos otras personas nos reclaman cuidado y ayuda.

El encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca ortodoxo Cirilo representa bajo algún respecto el drama de la existencia humana, su conflictividad, sus divisiones, la idiotez e incapacidad de superar sus yerros, en fin, la imposibilidad personal y colectiva de cargar con la necesidad de vivir, la necesidad de seguir adelante; pero también representa la esperanza de una reconciliación y de cumplir algún día con la tarea de existir. En este caso se trata de dos tradiciones cristianas, la de Oriente y la de Occidente, que tras haber recorrido mil años juntas, han sufrido otros mil años de infeliz separación.

Esta se produjo el año 1054. ¿Cuáles fueron las razones de la tragedia? Sería muy largo de explicar. Hubo un problema en el modo de concebir a Dios trino, es decir, un asunto teórico, pero lo realmente grave fueron las malas maneras como se trataron las partes; desde entonces quedó instalada una resistencia de la iglesia oriental a la jurisdicción del Papa. La solución de la ruptura no parece hoy teológicamente imposible, pero la llaga tiene mil años. Y en mil años han pasado muchas cosas.

Y, sin embargo, ambas confesiones, con formidable paciencia, trabajan por volver a la unidad. Ya en los años del Concilio Vaticano II, Pablo VI y el patriarca Atenágoras levantaron las excomuniones que católicos romanos y ortodoxos orientales se habían arrojado recíprocamente los años de la ruptura. La disposición ecuménica, por una parte, ha hecho mejorar las relaciones pero, por otra parte, ¿no representa el mismo Vaticano II una novedad tan grande, un cambio en la iglesia latina que puede ser difícil de aceptar para la mentalidad ortodoxa? Por cierto, Oriente no sufrió el desgarro traumático del segundo gran cisma de la Reforma protestante y, por ende, no experimentó en carne propia las guerras de religión ni tampoco los esfuerzos de reconciliación entre estos otros cristianos. Para Oriente no son obligantes las conclusiones del concilio de Trento, y tampoco las de la Vaticano I. Aunque parece ser que en la actualidad a los protestantes, los ortodoxos y los católicos no los divide un asunto doctrinal decisivo, los caminos recorridos por cientos de años han producido diferencias difíciles de allanar. Con todo, y esto es lo notable, Francisco y Cirilo aspiran a recuperar la unidad.

No lo han hecho de una manera simplona. Los patriarcas apuestan por la unidad justo allí donde la unidad encuentra su razón de ser: Cristo quiso que los cristianos fueran uno para que el mundo creyera que Dios ama al mundo. Unidad sí, pero no para concentrar poder, sino para colaborar en la misión de Cristo. De aquí que sea tan importante el reconocimiento que las partes hacen de la realidad de su división. No han banalizado los graves problemas que las dividen. Seguirán cargando con ellos quién sabe por cuánto tiempo. Y, esto es lo hermoso, hacen votos por superarlos. Los grandes líderes cristianos quieren ofrecer juntos la humanidad del cristianismo a un mundo el peligro de deshumanización.

El hecho que los patriarcas se hayan reunido en Cuba parecerá desconcertante. Vistas las cosas con gran angular, la Iglesia “unida” replantea las cosas con gran altura. En la isla del Caribe latinoamericano se hizo patente como en pocas partes el conflicto Oriente-Occidente y Norte-Sur. El encuentro entre Francisco y Cirilo ocurre justo allí donde se hizo especialmente visible el drama del siglo XX, pero también donde hoy comienza a cuajar una colaboración internacional.

La declaración de este encuentro compromete a 1200 millones de católicos y 200 millones de ortodoxos a trabajar “unidos no sólo por la Tradición común de la Iglesia del primer milenio, sino también por la misión de predicar el Evangelio de Cristo en el mundo contemporáneo” (24). Ambas tradiciones cristianas de sienten igualmente llamadas a escuchar el grito de dolor y de justicia de la gente de nuestro tiempo: “Nuestra atención está destinada a las personas que se encuentran en una situación desesperada, viven en la pobreza extrema en el momento en que la riqueza de la humanidad está creciendo. No podemos permanecer indiferentes al destino de millones de migrantes y refugiados que tocan a las puertas de los países ricos. El consumo incontrolado, típico para algunos estados más desarrollados, agota rápidamente los recursos de nuestro planeta. La creciente desigualdad en la distribución de bienes terrenales, aumenta el sentido de la injusticia del sistema de las relaciones internacionales que se está implantando” (17).

El llamado conjunto tiene a flor de piel el drama del Oriente Medio: Siria, Iraq, lugares donde cristianos han vivido desde los orígenes del cristianismo, en los cuales son masacrados o desplazados cruelmente. Pero en estas partes y en otras de la tierra también otras gentes emigran, huyen, se refugian. Los patriarcas claman en nombre de la paz. Deploran la injusticia, el terrorismo, reclaman contra el secularismo antirreligioso y la falta de libertad religiosa. Asimismo, se ocupan de los peligros que acechan a la familia. Levantan la voz contra el aborto y la eutanasia. Toman posturas. Saben que “la civilización humana ha entrado en un período de cambios epocales”. No quedan enredados en prologar una existencia de museo. Por el contrario, sostienen que “la conciencia cristiana y la responsabilidad pastoral no nos permiten que permanezcamos indiferentes ante los desafíos que requieren una respuesta conjunta” (7).

Hoy la humanidad experimenta algo parecido a aquellas vivencias personales angustiosas reseñadas más arriba. Por todas partes el ser humano entra en un ciclo de cambios tan radicales y tan acelerados –trasformaciones socioambientales, ensayos genéticos, innovaciones cibernéticas, crecimiento exponencial de los conocimientos- que es posible intuir que dentro de poco el planeta y la historia se nos pueden escapar definitivamente de las manos. Hoy, cuando entre las personas cunde el desconcierto, cuando no corresponde esperar de cualquier institución una palabra de ánimo y de orientación, la tradición cristiana todavía tiene algo que aportar. También otros pueden hacerlo. Pero que lo haga un cristianismo de dos mil años de experiencia de humanidad, no es lo mismo. La mera porfía de continuar anunciando a Cristo como perdón y paradigma de humanidad, augura que es posible lo que parece imposible. Una tradición así de duradera no garantiza el éxito de una historia que –como todo lo mortal- puede terminar en un completo fracaso, pero orienta porque, aun teniendo innumerables razones para desesperar, insiste en hacerse cargo del ser humano.

Concepto teológico de la homosexualidad

bandera papaEl tema de la homosexualidad en América Latina es nuevo. Tiene una década, a lo más dos. Pero la realidad es antigua, tal vez tanto, tal vez no, como su censura. La censura religiosa ha sido cruel a su propósito. Por esto la mera frase del Papa Francisco “quién soy yo para juzgar a los gay” ha sido liberadora.

Por cierto, el levantamiento del tema en algunos países ha sido incómodo para las generaciones mayores. También en otras partes del mundo hay inquietud. En algunas iglesias protestantes se ha aceptado que ministros del culto tengan una pareja homosexual. Pero en otras ha habido reacciones furiosas al respecto, y en contra de la posibilidad de legalización de uniones y matrimonios homosexuales. En el campo católico se experimentan las mismas tensiones. Las iglesias de los países desarrollados esperaban que en el Sínodo sobre la Familia se diera algún tipo de reconocimiento a las parejas homosexuales. Pero las iglesias de África, según se dice, no quisieron oír hablar del tema. El texto final parece recoger esta posición. El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, frena en seco esta posibilidad. No considera que la homosexualidad sea una perversión, pero la trata como una inclinación “objetivamente desordenada” (Catecismo, 2357). Las personas homosexuales deben vivir su condición con resignación religiosa.

Con todo, los católicos aperturistas creen ver en el documento del Sínodo algo como una fisura en el muro. El Sínodo pide respeto por la dignidad de las personas homosexuales. Pero, además, demanda “una atención específica al acompañamiento de las familias en las que viven personas con tendencia homosexual” (76). ¿Quiénes? ¿Hijos e hijas homosexuales? Pensamos que sí, obvio. No es obvio, en cambio, pero tampoco el texto lo excluye, que la indicación se aplique a posibles padres homosexuales. ¿Ha sido esta una redacción descuidada o deliberadamente ambigua? Los moralistas de avanzada, además, hacen notar que el Sínodo no ha hecho una condena explícita de los “actos homosexuales”, como lo hace enérgicamente el Catecismo. En fin, el Papa tendrá que decir una palabra sobre este tema, el más importante para la Iglesia de EE.UU. y para muchos europeos. En el curso de 2016 debiera salir a la luz una exhortación apostólica con la cual Francisco dará una palabra orientadora final sobre estas materias de moral familiar, matrimonial y sexual.

Tenemos ante los ojos una situación poco frecuente. He aquí una cuestión que estaba cerrada a la discusión, que luego el Papa la ha abierto, pero que el mismo Francisco tendrá que cerrar dentro de poco. La Iglesia tiene por delante la obligación de pensar, iluminada por su fe, una realidad humana que, habiendo sido cruelmente soterrada por generaciones, ha emergido en nuestra época con una lucha por abrirse un espacio al interior de una cultura que le ha sido contraria; como un reclamo de amor y de justicia que merece ser conocido a fondo, y permitírsele abrirnos el corazón, modificar nuestras actitudes y perfeccionar los criterios para hacer de este reclamo un reclamo propio.

Me permito aquí una reflexión teológica, pues hemos de desmontar un maltrato antiguo e injusto que tiene un aspecto religioso. La teología, a propósito del tema de la homosexualidad, tiene que ofrecer argumentaciones que actualicen del modo más humanizador posible la revelación de Dios ocurrida en Cristo, el paradigma de humanidad de los cristianos (Gaudium et spes 22). ¿Qué dice la teología de las personas homosexuales mismas, independientemente de sus actos? ¿Qué son? ¿Las pensó Dios así?

Se hace necesario, pues, relacionar las argumentaciones magisteriales sobre la revelación, que se han desarrollado durante dos mil años, con las argumentaciones científicas contemporáneas, pues en los dos tipos de argumentación hay razones y hay convicciones que, en tanto correctas, la Iglesia debe considerar que vienen de Dios mismo. La Iglesia, por creer en el Creador de la humanidad, está obligada a hacer suyas la ciencia y las convicciones éticas de la cultura en la que ella cumple su misión, cuando se puede comprobar que estos logros hacen más feliz la vida humana. Si Dios no quiere otra cosa que el triunfo de la humanidad sobre sí misma, sería absurdo que la Iglesia se opusiera a su voluntad.

El caso es que las ciencias arrojan resultados importantes. Hoy se nos dice que la homosexualidad no es una perversión. Nadie elije ser homosexual. Se llega a serlo por razones biológicas (carga genética) y/o por razones biográficas (la historia personal). La homosexualidad es una realidad pre-moral. Se es libre en cuanto al modo de vivir la homosexualidad, pero no en cuanto a serlo o no. Otro resultado científico importante es que, según lo sostiene la Organización Mundial de la Salud (1990), no se trataría tampoco de una patología, sino de una variante de la sexualidad humana. Por de pronto, los esfuerzos médicos por sanarla han sido funestos.

Dicho en términos duros: si los homosexuales son inocentes de su condición, esta es un “pecado” de Dios. Dicho en términos blandos: Dios es el responsable de la sexualidad humana en todas sus versiones y, si nos cuesta entender cómo, debemos esforzarnos otra vez por entrar en el misterio del amor de Dios. La homosexualidad es obra de Dios. No es creación humana. Las personas homosexuales son criaturas de Dios, de su amor y, por tanto, lo único que pudiera frustrar su existencia es que no amen a su prójimo como Dios las ama a ellas. La persona homosexual es un “don” de Dios para ella misma, pero también un “don” para los demás, ya que es inherente al don donarse y no restarse egoístamente a los otros.

Desembocamos así en dos preguntas: ¿qué debe hacer una persona homosexual para amarse a sí misma como Dios la ama? Este es todo un programa de vida. Lo es también, y con igual importancia, para las personas heterosexuales. Segunda pregunta: ¿cómo una persona homosexual puede ser un don para los demás? Este es el punto teológicamente más difícil. Un amigo homosexual me dice: “¿Cómo Dios ha podido darle a las personas homosexuales la condición, pero negarles su ejercicio?”. La pregunta es difícil porque la misma Iglesia sabe y enseña que lo único que realmente arruina a las personas es el egoísmo y la indiferencia ante el sufrimiento del prójimo.

Cuestiones pendientes en la Iglesia

¿Hereje el Papa?

Papa anticristoFrancisco Papa fue a arreglar sus anteojos a una óptica común y corriente. ¿Hereje el Papa?

Poco tiene que ver una cosa otra. La herejía es una doctrina contraria a la fe de la Iglesia, y hereje la persona que la sostiene. No hay dogma alguno de la Iglesia que afirme que un papa no puede comprar anteojos como lo hace cualquier mortal.

Sin embargo, este episodio causa extrañeza porque las personas tienen una idea religiosa acerca de lo que un papa puede y no puede. El Papa sabía lo que hacía. Él ha sido perfectamente consciente de que su gesto es teológicamente provocador. No se ha tratado una extravagancia, aunque a alguno podrá parecerlo. Aún en el caso que el acto parezca exagerado, hemos de sospechar que tiene un filo pastoral. Francisco ha comprado unos lentes en una tienda romana en cuanto papa. Si se lo aplaude o se lo repudia, se lo hace por ser el papa.

Pues bien, a estas alturas muchos difidentes del Papa Francisco piensan que a la base de estos numeritos -estas faltas al decoro correspondiente a su investidura-, tienen una raíz heterodoxa. Pero juzgar la ortodoxia de un cristiano, más aún la de un papa, es muy riesgoso. El Papa “hereje” puede ser ortodoxo y sus acusadores, por el contrario, herejes.

En el acto de ir Francisco a una óptica, en vez de pedirle a los oftalmólogos que se trasladen al Vaticano, hay un símbolo potente del significado del cristianismo.

Remontando río arriba en la historia de la Iglesia, descubrimos que la clave de interpretación de los actos de los papas y de cada uno de los cristianos es el dogma de la Encarnación. De los primeros concilios extraemos una conclusión contundente: la unión en Cristo de Dios y del hombre no cuajó en un ser más divino que humano, sino en uno profundamente humano; uno cuya unión indisoluble con su Padre hizo de él el mejor representante de la humanidad.Jesús no fue un superhombre o un semidiós como creyó el hereje Arrio (Concilio de Nicea, año 325).

Pero hay más. Sila Iglesia piensa que el Verbo se hizo hombre, San Pablo subraya que “se hizo pobre” (1 Cor 8,9). Su manera de ser el más perfecto de los hombres fue su humildad y su opción por los pobres y alejados, como claramente enseñan los evangelios. De aquí que el gesto del Papa de arreglarse los anteojos en una óptica cualquiera está en línea con la fe de la Iglesia. Esta salida del Papa no debiera extrañar a un cristiano.

Sí debiera extrañarle una Iglesia rica, ceremoniosa, que marca a cada rato la diferencia entre lo sagrado y lo profano, y entre el clero y los laicos, porque una Iglesia así no es la del carpintero de Nazaret. Los innumerables gestos de Francisco son completamente conformes a la fe cristiana. De los cristianos no debieran sacar sino aplausos e imitaciones.

Los Papas se equivocan

papas-1El concilio de Constantinopla III (681) condenó al Papa Honorio por negarle un voluntad humana a Cristo. Recortaba su humanidad. Un Cristo así concebido no habría sido un ser humano capaz de discernir su camino a Dios como debe hacerlo cualquier cristiano.

El papa Bonifacio VIII le aserruchó el piso al Papa Celestino. Lo obligó a renunciar.

El papa Julio II emprendió la guerra contra Francia. ¡Qué hace un papa lanza en ristre!

El papa Pío IX condenó a quienes postulaban la libertad de culto. El Estado, según él, solo debía admitir una única religión, la católica. El Vaticano II lo habría condenado a él. Este Concilio innovó en la doctrina. Admitió la libertad religiosa. Pero sería talvez un anacronismo condenar a Pío IX a posteriori. Los tiempos cambian. El peor error que la Iglesia no cambie con los tiempos.

Todos los papas han debido confesarse. Dudo que alguno no se haya considerado pecador.

Pablo VI se equivocó.

Juan Pablo II declaró líder de juventudes a Marcial Maciel. Mal. Lo engañaron. Hicieron que se equivocara.

Benedicto XVI puso remedio al error anterior. Redujo a Maciel. Pero se equivocó en Aparecida (2007): enalteció la llegada del cristianismo con la Conquista de América. A los diez días tuvo que dar explicaciones.

El Papa Francisco, según los chilenos, no debió hablar del mar en Bolivia. Se esperaba que no lo hiciera. Sus propios consejeros diplomáticos han debido decirle que mejor que no. Pero este Papa es muy libre. Se salta los protocolos. No se deja presionar. Ha hablado del mar justo cuando se revisa un tema en La Haya. ¿No sabe que Chile ha querido establecer relaciones diplomáticas con Bolivia y es Bolivia que no ha querido? ¿Alguien le dijo que si insinuaba una solución justa en favor nuestros vecinos cerraba las puertas a convertirse a futuro en un mediador entre los dos país, como lo fue Juan Pablo II en el diferendo con Argentina? Se perdió esta posibilidad. Un error. ¿Uno o varios errores?

Pero también cabe la posibilidad de que Francisco no se haya equivocado. Tal vez los chilenos no hemos prestado suficiente atención a la opinión que tienen los demás países sobre nosotros. Decimos que los tratados no se tocan: pacta sunt servanda! Este es el quicio del derecho internacional. Tocarlos podría llevar el planeta al caos. Sí, pero el derecho cambia. Otra fuentes nutren la idea actual de justicia. Dicen.

El Papa ha dicho que no es injusto que Bolivia reclame. Hoy no se puede insistir tan fácilmente en que las guerras generen títulos de dominio justos. Puede ser que la apelación del Papa sea profética como otras muchas suyas. El profeta incomoda. Nunca tiene toda la razón. Es insoportable. Nadie lo acalla. Reclama justicia pero sin bajar a detalles. Si se le pide cuentas de cómo hacer las cosas seguramente no sabrá qué decir. El profeta acierta en lo fundamental y se equivoca en todo los demás.

¿Y si los chilenos fuéramos los equivocados y el Papa tuviera la razón? Los profetas apelan a la imaginación. ¿Cómo no se nos ocurrirá algo para acabar con una guerra que, según parece, no terminó bajo todos los respectos y que nunca debió ser?

¿Un Anti-Papa?

Papa payaso 2Este Papa no parece Papa. ¿Qué es? Muchos son los confundidos. Desde temprano sus comportamientos fueron desconcertantes. Salían de protocolo.

Francisco es sencillo. Es cercano. Saluda de beso. Da la impresión de desconocer su investidura. ¿Quién es?

Es un sacerdote que vulnera la distancia entre lo sagrado y lo profano. ¿Pero no es este el quicio de la religión? Para unos sí. Para otros no. Los cristianos se miran de reojo. ¿Qué esto? Es un Papa con una manera muy peculiar de entender el sacerdocio. En vez de marcar distancia, superioridad, se avecina, está siempre más cerca. ¿Y lo sagrado qué? ¿Terminará con los cálices de oro y el incienso ceremonial? Nadie se extrañe si lo hace. Como si con gestos muy pensados quisiera indicar por dónde van las cosas. Y por dónde no.

¿Está apurado? ¿Qué le pasa?

Bergoglio es un gobernante, un monarca, pero se comporta como un profeta. Extraño. Normalmente los profetas andan en las periferias refunfuñando contra los dirigentes, los presidentes, cualquier tipo de autoridad. Es cosa de tomar la biblia y ver sus comportamientos. Los profetas eran temidos por los grandes. Elías prometió a Ajab que los perros se comerían a sus hijos. El rey, de puro miedo, hizo penitencia por su pecado. Herodes le tenía pavor a Juan Bautista. Los profetas podían ser incluso muy impopulares. También la gente común solía esquivarlos.

El profeta al tirano le dice “tirano”. Habla más de la cuenta. Se le pasa la mano. Exagera. Remueve las conciencias. Es odioso, insoportable. Suele terminar mal. No así el falso profeta. Así se lo llama en el Antiguo Testamento. Dice “paz, paz”, cuando es necesario decir “guerra”. Adulador del príncipe. Amigo de cortesanos.

Pero Francisco es un profeta en el puesto de un papa. Todo al revés. ¿En qué terminará esta historia? Hay inquietud. ¡Qué hace un profeta de rey! Los obispos y otras autoridades siempre han debido aguantar a grandes y pequeños profetas que de tanto en tanto les están arrojando piedrecitas o peñascos. Ahora es el mismo Papa que les tira las orejas a ellos y a plena luz del día. Basta leer el Observatorio Romano. A cada rato Bergoglio lanza un dardo en contra de los curas o de los mismos obispos. Ahora último le ofreció un examen de conciencia en público a la Curia romana. ¿Cómo es posible gobernar así? La Curia puede perder la paciencia de un momento a otro. Si el Papa no frena a los profetas, ¿quién lo hará? Si el Papa aleona a los profetas, ¿quién frena a la Papa? En todas partes de la Iglesia el espíritu profético está en auge.

En una homilía Francisco arremetió contra los sacerdotes que ponen precio a los sacramentos. Un bautizo, tanto. Un matrimonio, tanto. “¡No puede ser!”, brama el Papa. Pero, ¿de qué van a vivir los curas?, dice la gente común. Al Papa le importa un bledo herir a inocentes y pecadores. A él le parece que esta situación contradice el Evangelio, y basta. El Papa-profeta enrostra a los funcionarios eclesiásticos su avidez por el dinero. A la gente le duele que se le niegue un sacramento, una bendición, por motivo de dinero. El Profeta-Papa golpeó la mesa. Al que le gusta, le gusta. Él está en línea con la praxis profética de Jesús. Nadie alegue. Todo calza.

Sin embargo, Francisco ha metido los dedos en el ventilador. ¿Cuántas pueden ser las relaciones entre el dinero y la religión? ¿Quién financia qué cosa? ¿Cuánto vale una misa? ¿Y un cura cuánto vale? La misa es gratis, el cura es gratis. Esto es lo que Bergoglio quiere enfatizar. El cristianismo es la religión del amor gratuito de Dios por los que nunca han merecido nada: los pobres y los pecadores. Es a estos que el reino de los cielos pertenece. Los ricos, diría Jesús, van camino al infierno no por ser ricos sino por poner tarifas a la salvación para luego comprar ellos, solo ellos, además de la tierra, el paraíso.

Los profetas están en peligro. Siempre se los quiere eliminar. El dinero es un ídolo de muerte. Benedicto XVI tuvo que renunciar cuando no pudo hacer más, entre otras cosas, contra los líos de platas de gente su entorno. El actual Papa ha querido identificarse con Francisco de Asís para reformar la Iglesia por la vía de la pobreza. ¿Lo logrará?

Debe recordarse -porque el mismo Papa se ha referido al episodio- que Jesús echó a latigazos del Templo a quienes habían convertido la religión en un negocio. El comercio chico era con palomas. El grande, con impuestos que iban en beneficio de la clase sacerdotal. ¡La bendición de Dios no se vende! Lo que Francisco no dice, pero lo afirman los estudiosos del Nuevo Testamento, es que este hecho desafiante de Jesús fue la gota que rebalsó el vaso. Se puede soportar casi todo. No que un profeta desenmascare el vínculo entre la religión y el dinero.

La Iglesia es gratis. No es normal que un profeta esté en el lugar de un monarca; no es corriente que un Papa diga que quiere una “Iglesia pobre y para los pobres”.

A algunos parecerá que todo andaría mejor si Francisco fuera más Papa que profeta. Más sacerdote al menos. No. Es profeta. Profeta de un cristianismo cansado, falto de rabia y de imaginación.

Pablo VI, los pobres y la Iglesia latinoamericana

pablo vi en medellinPablo VI, recién proclamado beato por el Papa Francisco, merece un especial reconocimiento de parte de la Iglesia en América Latina. Se le debe mucho. Menciono tres méritos, pero me alargo solo en el tercero: promovió la constitución del CELAM en su primera década de vida, estimuló una evangelización de las culturas del continente y sustentó teológicamente la que Puebla llamaría “opción preferencial por los pobres”.

Fue Pablo VI el primer Papa que puso un pie en tierra americana. Esto ocurrió en Colombia en 1968. El acontecimiento catalizó un grandísimo interés. América Latina recibía al representante de su centenaria fe en Cristo; en un momento históricamente muy delicado desde un punto de vista socio-político; y justo cuando la Iglesia continental ensayaba su apropiación del Concilio Vaticano II.

En esos años, desde la Revolución cubana en adelante, la agitación socio-política y las exhortaciones a la violencia se oían en todos los países. La tensión Este – Oeste, USA – URSS, era máxima. Había motivos para la ebullición revolucionaria y también para sofocarla: durante el siglo XX se exasperó la conciencia de la situación de miseria de campesinos y obreros, y de inmigrantes en las grandes ciudades.

El Papa que venía a inaugurar la II Conferencia episcopal latinoamericana, debía dar una orientación precisa para impulsar una recepción del Concilio que se hiciera cargo de esta realidad.

Bien vale recordar con atención sus conmovedoras palabras a miles de campesinos en Mosquera:

“Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia: condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores a la exigencia normal de la vida humana. Nos estáis ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de la humanidad. No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser solidarios con vuestra buena causa, que es la del Pueblo humilde, la de la gente pobre. Sabemos que el desarrollo económico y social ha sido desigual en el gran continente de América Latina; y que mientras ha favorecido a quienes lo promovieron en un principio, ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi siempre abandonadas en un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente. Sabemos que hoy os percatáis de la inferioridad de vuestras condiciones sociales y culturales, y estáis impacientes por alcanzar una distribución más justa de los bienes y un mejor reconocimiento de la importancia que, por ser tan numerosos, merecéis y del puesto que os compete en la sociedad. Bien creemos que tenéis algún conocimiento de cómo la Iglesia católica ha defendido vuestra suerte; la han vindicado los Papas, nuestros Predecesores, con sus célebres Encíclicas sociales y la ha defendido el Concilio ecuménico”.

Hasta hoy los teólogos de la liberación han lamentado que el concepto de “Iglesia de los pobres” no se hubiese constituido en el tema central del Vaticano II. El Cardenal Lercaro y otros más pensaban que este designaba una característica decisiva de la Iglesia de Cristo, que debía destacarse más aún en aquellos años. No fue así. No lo bastante. De aquí que se dijera que el Concilio había quedado en deuda con América latina y que Populorum progressio (1968), del mismo Pablo VI, habría sido el pago de esta deuda.

Pero hay algo aún más profundo. El Papa Montini, en aquella misma ocasión, puso bases cristológicas a la sería la “opción por los pobres” que ha llegado a constituir el nombre de la recepción del Concilio de la Iglesia en América Latina. En este mismo discurso, de un modo impresionante, Pablo VI descubre a los pobres su identidad más profunda. Lo hace en términos sobrecogedores:

“Hemos venido a Bogotá para rendir honor a Jesús en su misterio eucarístico y sentimos pleno gozo por haber tenido la oportunidad de hacerlo, llegando también ahora hasta aquí para celebrar la presencia del Señor entre nosotros, en medio de la Iglesia y del mundo, en vuestras personas. Sois vosotros un signo, una imagen, un misterio de la presencia de Cristo. El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino”.

Esos campesinos debieron ser fuertemente impresionados por las palabras de un Papa que veía en ellos un sacramento de Cristo y los saludaba con reverencia:

“No hemos venido para recibir vuestras filiales aclamaciones, siempre gratas y conmovedoras, sino para honrar al Señor en vuestras personas, para inclinarnos por tanto ante ellas y para deciros que aquel amor, exigido tres veces por Cristo resucitado a Pedro (Cf. Io. 21, 15 ss), de quien somos el humilde y último sucesor, lo rendimos a Él en vosotros, en vosotros mismos. Os amamos, como Pastor. Es decir, compartiendo vuestra indigencia y con la responsabilidad de ser vuestro guía y de buscar vuestro bien y vuestra salvación. Os amamos con un afecto de predilección y con Nos, recordadlo bien y tenedlo siempre presente, os ama la Santa Iglesia católica”.

Pablo VI, de esta manera, ponía uno de los cimientos de la que habría de ser la clave de la pastoral de la Iglesia latinoamericana y de la naciente Teología de la liberación: la preferencia de Dios por los pobres; el otro cimiento también lo pondría él, a saber, la de comprometerse solidariamente con los pobres con prácticas sociales y políticas a todo nivel. En Mosquera el Papa prometió a los pobres de todo el continente: defender su causa, denunciar las desigualdades económicas entre ricos y pobres, patrocinar la colaboración entre las naciones, dar la Iglesia testimonio de pobreza y anunciar a ellos mismos, los pobres, la bienaventuranza de la pobreza evangélica.

En esos agitados años Pablo VI pidió a los latinoamericanos no confiar en la violencia ni en la revolución. Esta podría acarrear aún peores males. Pero él mismo alentaba la organización de otras formas de lucha contra la injusticia.

Este viaje a Colombia y este discurso deben ser recordados. En ellos ha podido visualizarse la originalidad y la misión de la Iglesia en América latina, la atención a los signos de los tiempos que realizará a futuro y su actualización como “la Iglesia de los pobres”.

El Papa de overol

Papa imágenesOverolMe imagino al Papa Francisco de overol. Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Vicario de Cristo cargar la cruz con overol, la vestimenta de los obreros y de los municipales que durante la noche se llevan la basura de nuestras casas. ¿Es mucho pedir?

Sé que Francisco me entiende.  Sé que todavía no puede hacerlo. Lo entiendo.

Lo que este Papa ha puesto en juego es el significado del cristianismo. Él ha dado potentes señales en favor del Jesús humilde que opta por los que la sociedad de hace 2000 años y de todos los tiempos, desprecia. Si Francisco de Asís reformó la Iglesia recordándole a ella misma el nacimiento de Jesús en un pesebre, el obispo de Roma que ha adoptado su nombre está haciendo exactamente lo mismo. El cristianismo, especialmente la versión principesca de la Iglesia tan bien ilustrada por la Basílica de San Pedro, se va haciendo insignificante. Por esto Francisco Papa no quiso habitar las dependencias lujosas de esas edificaciones y se fue a vivir a la casa de Santa Marta, con más personas y más modestamente. No quiso dormir aislado del mundo y suntuosamente. No solo porque le daba depresión hacerlo. Sobre todo, porque él sabe que el anti-signo de un Papa rico se ha vuelto insoportable.

Sé que me entiende. Otros no me entienden. Es comprensible. Creer en el crucificado ha sido durante dos milenios una especie de contrasentido.

Esta Semana Santa o la próxima, me gustaría ver al Papa Francisco recordándonos al Cristo que saca la basura del mundo como un obrero municipal que carga sobre sus hombros sacos plásticos de porquería. Así entenderíamos mejor esa convicción teológica tan profunda de San Pablo que reza: “Dios se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Se dice que se ha visto al pontífice sacar los desperdicios de la casa de Santa Marta. ¿Será verdad? Calza con él.

Voy todavía más lejos. Quisiera ver que para la próxima Navidad el obispo de Roma instale en medio de la Plaza de San Pedro una mediagua y comience a vivir en ella. Al trasfondo de la cual, las columnas de Bernini producirían un inequívoco contraste. De esta manera todos entenderían que la Iglesia de Cristo es “la Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, Oscar Romero, Manuel Larraín). Una mediagua, en ese contexto, despertaría en nosotros el interés por saber dónde vive un hombre de overol. Probablemente llegaríamos a entender que la sociedad lo ha puesto a sacar basura porque su casa,  al igual que tantas en cualquiera ciudad latinoamericana, no tiene número. Si se incendia, nadie más que ese hombre sabrá que existió. Una vivienda como esta es tan indeterminada como la existencia de su dueño: a él se lo integra cuando conviene; pero si se sabe que su mediagua no tiene número puede perder el trabajo. A un hombre así se lo aprovecha y se lo desecha. Un Papa con overol, viviendo en una mediagua en medio de la Plaza de San Pedro sería más eficaz que los meritorios esfuerzos por la paz del cuerpo diplomático vaticano; más aún, quién sabe, que la educación católica de las élites de América latina. Cuando Jesús murió en la cruz se rasgó el velo del Templo. Los primeros cristianos lo recordaron con eucaristías celebradas en casas comunes y corrientes. Terminaron creyendo en un hombre conflictivo e irreverente.

Sé que el Papa Francisco me entiende. Otros no. No faltará quien vaya a acusarme.

Semana Santa: si el Papa todavía no puede realizar un gesto semejante, no excusa a los cristianos de significar al Dios que opta por los pobres porque conoce la pobreza en primera persona.

Más Iglesia y menos Papa

¿Por qué América latina celebra el nombramiento de Francisco? Porque es natural ser algo niños. El chovinismo es infantil. Estamos felices de que haya “ganado” uno de los nuestros. Pero hay una razón más importante. Con Francisco está en juego que se nos considere adultos, y no más niños. Los latinoamericanos estamos cansados de ser tratados como menores de edad. Con quinientos años de historia creemos que podemos hacer las cosas a nuestra manera. Llegó la hora. Justo cuando nuestra adolescencia amenazaba una ruptura fatal con la paternidad europea.

Hasta hace poco, y aún en buena medida, hemos padecido a la Santa Sede como una monarquía absoluta. Los últimos papas cuadraron la Iglesia con la doctrina. Los nombramientos episcopales, en su gran mayoría, recayeron en personas inobjetables desde un punto de vista doctrinal pero muy poco audaces, sin todo el arrojo evangélico necesario. Las presiones y el control de la curia romana han hecho que no pocos parezcan obispos asustadizos. Cuántos de ellos llegaron a las oficinas romanas acoquinados, pidiendo permiso y perdón, como si no fueran pastores en propiedad de sus diócesis. Hubieron de ser ortodoxos doctrinalmente, porque les pareció peligrosa la ortopraxis: discernir qué hacer ante los signos de los tiempos de América latina y crear, imaginar alternativas y correr el riesgo de implementarlas.

El vértigo a la libertad que el Vaticano II generó, ha sido probablemente la causa del encogimiento de nuestras iglesias. Recién cuando empezábamos a forjar una Iglesia auténticamente latinoamericana, con nuestra teología propia, comunidades y liturgias adecuadas a nuestra realidad cultural, nos cortaron las alas. Castigaron a nuestros teólogos. Encerraron a los seminaristas en claustros que los protegían de sus contemporáneos, cuando no de su propia humanidad. Todo debió ajustarse milimétricamente a una sola visión, a la única manera de pensar posible, la de la Curia, que explotó el nombre del Papa a tal grado que terminó por corromper el prestigio de la Santa Sede. En pos de la unidad, todos debimos ser iguales. Se nos obligó a cerrar filas frente a un mundo adverso y en contra del pluralismo; debimos, así, neutralizar nuestra propia diversidad.  Nos habíamos ilusionado con el Concilio, pues respondía a nuestro anhelo de Iglesia católica más profundo. A fuerza de miedo, empero, se nos hizo retroceder a antes del Vaticano II. Los pontífices no parecían deberle nada a nadie. Por el contrario, los demás debían considerarse deudores de su beneplácito.

Francisco, en cambio, asume pidiendo la bendición del pueblo de Dios. No se cita a sí mismo. Cita a las conferencias episcopales de todas las regiones eclesiásticas del planeta. La diferencia es radical. Como “obispo de Roma”, restringiéndose a su diócesis hará posible que los demás obispos del mundo puedan respirar y hacerse cargo de las suyas sin temor a equivocarse. Él, el Papa, habla sin papeles. Puede equivocarse. Las improvisaciones y gestos espontáneos son ocasión de errores, quién no lo sabe. Pero así da el ejemplo contrario. Un Papa falible libera a los cristianos, a la jerarquía y al clero de la necesidad de ser infalibles y de la maldición de aparentarla. Francisco, no teme ponerse una nariz de payaso para identificarse con quienes transmiten el Evangelio jugando, alegrando la vida a niños y personas devorados por la tristeza. Un papa que juega, con una pelota roja en la cara, sí es infalible. Atina con la libertad cristiana, cuando el criterio último de su actuación es el amor. La infalibilidad evangélica estriba en el amor. Busca la manera de liberar a los demás para que también estos puedan hacerse responsables de sus vidas y de la de los demás con inventiva, con más discernimiento que con anatemas.

A Francisco le falta una sola cosa: desaparecer. Hasta el momento ha hecho las cosas bien, porque a causa de su audacia probablemente ha cometido más de un error. Sus errores autorizan a ensayar y a equivocarse. ¿Tendrá su sucesor que parecérsele? Ojalá que sea él mismo y no un imitador de Francisco. Lo decisivo será que Francisco mengüe en importancia para que prosperen las iglesias de todo el mundo. Que lo haga ahora, que deje  instalada la tendencia. Para que su sucesor no se angustie con “salvar” la Iglesia en vez de inventar, no sin todas las iglesias, un mundo nuevo, mejor, más hermoso, más libre.

Don Ricardo Ezzati, cardenal

El Papa Francisco hará cardenal a Ricardo Ezzati. Bergoglio fortifica su equipo. Hace entrar a la cancha a un obispo que conoce muy bien. Trabajaron codo a codo para sacar adelante el documento de la Conferencia de Aparecida (2007). Ahora lo harán al servicio de grandes cambios en la Iglesia. La crisis eclesiástica es de envergadura. Hay mucho que hacer.

El nuevo nombramiento, a pocas horas de sabido, ha provocado reacciones contrarias. No se pueden desoír fácilmente algunas quejas. Pero, ¿debe ser infalible don Ricardo Ezzati?  No, ciertamente no. Jorge Mario Bergoglio tampoco ha sido perfecto y, sin embargo, rema en la dirección correcta. El Papa Francisco hizo un largo  mea culpa de su autoritarismo de otros años. Silva Henríquez, otro salesiano, también tuvo límites, pudo equivocarse varias veces, pero acertó en lo decisivo. Bien vale recordar hoy su estatura profética.

Bergoglio, Ezzati y los demás obispos latinoamericanos, al tiempo de Aparecida, insistieron en “la opción por los pobres” de las conferencias de Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). Reiteraron la convicción mística y teológica más importante de la Iglesia latinoamericana y, si las cosas siguen como van, el principio de transformación radical de la Iglesia universal. Un Papa llamado Francisco, comienza a rodearse de cardenales que le ayudarán en la tarea de hacer a la Iglesia “pobre y para los pobres”.  Esperamos que en la Iglesia los pobres lleguen a tener voz y sean protagonistas.

Me centro en lo principal: Francisco fue elegido para reformar la Curia. Pero salió con otra cosa. Está llevando la Iglesia a Galilea, a Nazaret, a Belén…  Quiere volver a los orígenes del cristianismo. No servirá de nada cambiar la Curia si no se atina con lo fundamental. Si la Curia romana no se convierte al Jesús pobre y humilde, morirá Bergoglio y la Iglesia volverá al oro, al oropel, a las liturgias cortesanas, a las palabras acaracoladas, etc., etc., a la fastuosidad frívola e intrascendente. La Iglesia de Aparecida lo tiene claro: no se puede ser cristiano si no se opta por los pobres.

¿Vienen los aires de cambio eclesial desde América Latina? ¿Vienen efectivamente desde la Finis Terrae, del Cono Sur del continente americano? Esta ya será una señal poderosa. Lo que está en juego es que la Iglesia latinoamericana deje de ser una Iglesia sometida a Roma. En la antigüedad la Iglesia católica fue bastante más democrática. Hubo cinco patriarcados. ¿No podría existir un patriarcado latinoamericano, libre y respetado, unido estrechamente al Patriarcado de Roma por amor y no por miedo? Esto sería “opción por los pobres” al más alto nivel.

A otro nivel, el más importante, la Iglesia debiera terminar con la verticalidad que la está matando. Debiera finalmente hacer caso al Concilio Vaticano II (1962-1965): los sacerdotes están al servicio de los bautizados, y no al revés. Ha sido muy difícil de entender que no es el orden jerárquico lo fundamental, sino la hermandad en virtud de Jesús en cuanto “Hijo”. Está pendiente que la Iglesia sea más democrática también a este nivel. Lo que falta es horizontalidad. Los católicos chilenos desean una institucionalidad eclesiástica disponible, a la mano, cercana, que acompañe, que esté cuando hay que estar. Que, sobre todo, aprenda de los excluidos: los marginados, los estigmatizados, los denigrados, los divorciados vueltos a casar, las segundas familias y cualquier discriminado por su origen social, su realidad social o su orientación sexual. Todas estas personas han aprendido algo importante de la vida que los pastores tienen que acoger. Es a este nivel que se juega en definitiva “la opción por los pobres”.

Auguramos a don Ricardo Ezzati lo mejor. El trabajo en curso es enorme. Hay que desmontar un modo de organización eclesiástica que no responde a las exigencias del Evangelio, porque no está a la altura de los tiempos.  Se hace necesario, por lo mismo, ponerse al día en los estándares de democracia de la época: participación en el gobierno, inclusión de la mujer, separación de funciones, transparencia en los procesos, justicia canónica para las víctimas de cualquier tipo de abusos y rendición de cuentas a todos los niveles.

Lo exigen los contemporáneos. Lo pide la Iglesia de los pobres a la que el futuro cardenal Ezzati y el Papa Francisco se deben.