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Cuestiones pendientes en la Iglesia

Préstamos usureros

Qué IglesiaMe hicieron saber que la Sra. A.M.C., integrante de mi comunidad cristiana, estaba pasando hambre, tenía anemia y no daba ya más con una deuda adquirida con una caja de compensación por $ 200,000 el año 2009. Pedí que me consiguieran el comprobante del último abono. Acudí a la caja. Solicité todos los antecedentes. Esa misma tarde escribí correos a varios amigos para que me ayudaran a cancelar lo que a A.M.C quedaba por pagar. Junté lo necesario. Al día siguiente fui nuevamente a la caja y cerré definitivamente el compromiso.

Consulto en Google por “anemia”: “Esta enfermedad consiste en la disminución de glóbulos rojos circulando por el organismo, lo cual puede afectar el rendimiento físico y cognitivo de una persona, debilitando al paciente, con una sensación de fatiga constante. Según los expertos, hay varios tipos de deficiencias nutricionales que podrían acarrear anemia. La primera, y la más conocida, es la que se da cuando no se consumen las cantidades necesarias de hierro. La segunda aparece cuando el organismo no recibe buenas proporciones de la vitamina B12 y la última, cuando el paciente no ha sido consumidor habitual de alimentos ricos en ácido fólico”. Es decir, sí, la anemia tiene que ver con el hambre.

Efectivamente A.M.C. el año 2009 contrajo un “Crédito social en pesos”. Debía pagarlo en 84 cuotas. Había pagado a la fecha $ 796,960. Le quedaba por pagar $ 148,106. En total habría debido pagar $ 945,066 el 2016. Se dirá que hay que considerar la inflación. ¿Pero cómo puede ser que una ley de la República permita a una caja de compensación que una anciana enferma y pobre se endeude de esta manera y termine pagando tres veces lo que se le prestó? ¡Tres veces! ¿No debiera en cambio el Estado de Chile proteger a los ciudadanos más vulnerables?

Años atrás siendo capellán de la Toma de Peñalolén se me acercó otra integrante de nuestra comunidad y me dijo: “Padre, di su nombre”. Le pregunté para qué. Me respondió: “Saqué una tarjeta”. Seguramente un vendedor avispado creyó hacer más vendible la tarjeta de consumo si M.C., analfabeta, pensaba que dando mi nombre la cosa era más seria. El vendedor ese nunca supo que días antes esta misma Sra. había querido suicidarse. Sus niños pequeños le gritaban: “queremos leche”.

¿Hay hambre en Chile? Sí. ¿Se combaten las injusticias en Chile? A veces.

El colmo de mi sorpresa es que la cobranza de deudas como la de A.M.C las realiza el Ministerio del Trabajo. Ella tiene la pensión que el Estado da a los ancianos. De los $ 89,000 de su pensión, el Ministerio se encarga de descontar mensualmente unos doce mil pesos.

¿Hay alguna institución que fiscalice estas situaciones? Me dicen que le corresponde a la Superintendencia de Seguridad Social. ¿Quién lo está haciendo peor? ¿La Superintendencia? ¿El Ministerio? ¿La caja de compensación…?

Pablo VI, los pobres y la Iglesia latinoamericana

pablo vi en medellinPablo VI, recién proclamado beato por el Papa Francisco, merece un especial reconocimiento de parte de la Iglesia en América Latina. Se le debe mucho. Menciono tres méritos, pero me alargo solo en el tercero: promovió la constitución del CELAM en su primera década de vida, estimuló una evangelización de las culturas del continente y sustentó teológicamente la que Puebla llamaría “opción preferencial por los pobres”.

Fue Pablo VI el primer Papa que puso un pie en tierra americana. Esto ocurrió en Colombia en 1968. El acontecimiento catalizó un grandísimo interés. América Latina recibía al representante de su centenaria fe en Cristo; en un momento históricamente muy delicado desde un punto de vista socio-político; y justo cuando la Iglesia continental ensayaba su apropiación del Concilio Vaticano II.

En esos años, desde la Revolución cubana en adelante, la agitación socio-política y las exhortaciones a la violencia se oían en todos los países. La tensión Este – Oeste, USA – URSS, era máxima. Había motivos para la ebullición revolucionaria y también para sofocarla: durante el siglo XX se exasperó la conciencia de la situación de miseria de campesinos y obreros, y de inmigrantes en las grandes ciudades.

El Papa que venía a inaugurar la II Conferencia episcopal latinoamericana, debía dar una orientación precisa para impulsar una recepción del Concilio que se hiciera cargo de esta realidad.

Bien vale recordar con atención sus conmovedoras palabras a miles de campesinos en Mosquera:

“Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia: condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores a la exigencia normal de la vida humana. Nos estáis ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de la humanidad. No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser solidarios con vuestra buena causa, que es la del Pueblo humilde, la de la gente pobre. Sabemos que el desarrollo económico y social ha sido desigual en el gran continente de América Latina; y que mientras ha favorecido a quienes lo promovieron en un principio, ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi siempre abandonadas en un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente. Sabemos que hoy os percatáis de la inferioridad de vuestras condiciones sociales y culturales, y estáis impacientes por alcanzar una distribución más justa de los bienes y un mejor reconocimiento de la importancia que, por ser tan numerosos, merecéis y del puesto que os compete en la sociedad. Bien creemos que tenéis algún conocimiento de cómo la Iglesia católica ha defendido vuestra suerte; la han vindicado los Papas, nuestros Predecesores, con sus célebres Encíclicas sociales y la ha defendido el Concilio ecuménico”.

Hasta hoy los teólogos de la liberación han lamentado que el concepto de “Iglesia de los pobres” no se hubiese constituido en el tema central del Vaticano II. El Cardenal Lercaro y otros más pensaban que este designaba una característica decisiva de la Iglesia de Cristo, que debía destacarse más aún en aquellos años. No fue así. No lo bastante. De aquí que se dijera que el Concilio había quedado en deuda con América latina y que Populorum progressio (1968), del mismo Pablo VI, habría sido el pago de esta deuda.

Pero hay algo aún más profundo. El Papa Montini, en aquella misma ocasión, puso bases cristológicas a la sería la “opción por los pobres” que ha llegado a constituir el nombre de la recepción del Concilio de la Iglesia en América Latina. En este mismo discurso, de un modo impresionante, Pablo VI descubre a los pobres su identidad más profunda. Lo hace en términos sobrecogedores:

“Hemos venido a Bogotá para rendir honor a Jesús en su misterio eucarístico y sentimos pleno gozo por haber tenido la oportunidad de hacerlo, llegando también ahora hasta aquí para celebrar la presencia del Señor entre nosotros, en medio de la Iglesia y del mundo, en vuestras personas. Sois vosotros un signo, una imagen, un misterio de la presencia de Cristo. El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino”.

Esos campesinos debieron ser fuertemente impresionados por las palabras de un Papa que veía en ellos un sacramento de Cristo y los saludaba con reverencia:

“No hemos venido para recibir vuestras filiales aclamaciones, siempre gratas y conmovedoras, sino para honrar al Señor en vuestras personas, para inclinarnos por tanto ante ellas y para deciros que aquel amor, exigido tres veces por Cristo resucitado a Pedro (Cf. Io. 21, 15 ss), de quien somos el humilde y último sucesor, lo rendimos a Él en vosotros, en vosotros mismos. Os amamos, como Pastor. Es decir, compartiendo vuestra indigencia y con la responsabilidad de ser vuestro guía y de buscar vuestro bien y vuestra salvación. Os amamos con un afecto de predilección y con Nos, recordadlo bien y tenedlo siempre presente, os ama la Santa Iglesia católica”.

Pablo VI, de esta manera, ponía uno de los cimientos de la que habría de ser la clave de la pastoral de la Iglesia latinoamericana y de la naciente Teología de la liberación: la preferencia de Dios por los pobres; el otro cimiento también lo pondría él, a saber, la de comprometerse solidariamente con los pobres con prácticas sociales y políticas a todo nivel. En Mosquera el Papa prometió a los pobres de todo el continente: defender su causa, denunciar las desigualdades económicas entre ricos y pobres, patrocinar la colaboración entre las naciones, dar la Iglesia testimonio de pobreza y anunciar a ellos mismos, los pobres, la bienaventuranza de la pobreza evangélica.

En esos agitados años Pablo VI pidió a los latinoamericanos no confiar en la violencia ni en la revolución. Esta podría acarrear aún peores males. Pero él mismo alentaba la organización de otras formas de lucha contra la injusticia.

Este viaje a Colombia y este discurso deben ser recordados. En ellos ha podido visualizarse la originalidad y la misión de la Iglesia en América latina, la atención a los signos de los tiempos que realizará a futuro y su actualización como “la Iglesia de los pobres”.

Don Ricardo Ezzati, cardenal

El Papa Francisco hará cardenal a Ricardo Ezzati. Bergoglio fortifica su equipo. Hace entrar a la cancha a un obispo que conoce muy bien. Trabajaron codo a codo para sacar adelante el documento de la Conferencia de Aparecida (2007). Ahora lo harán al servicio de grandes cambios en la Iglesia. La crisis eclesiástica es de envergadura. Hay mucho que hacer.

El nuevo nombramiento, a pocas horas de sabido, ha provocado reacciones contrarias. No se pueden desoír fácilmente algunas quejas. Pero, ¿debe ser infalible don Ricardo Ezzati?  No, ciertamente no. Jorge Mario Bergoglio tampoco ha sido perfecto y, sin embargo, rema en la dirección correcta. El Papa Francisco hizo un largo  mea culpa de su autoritarismo de otros años. Silva Henríquez, otro salesiano, también tuvo límites, pudo equivocarse varias veces, pero acertó en lo decisivo. Bien vale recordar hoy su estatura profética.

Bergoglio, Ezzati y los demás obispos latinoamericanos, al tiempo de Aparecida, insistieron en “la opción por los pobres” de las conferencias de Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). Reiteraron la convicción mística y teológica más importante de la Iglesia latinoamericana y, si las cosas siguen como van, el principio de transformación radical de la Iglesia universal. Un Papa llamado Francisco, comienza a rodearse de cardenales que le ayudarán en la tarea de hacer a la Iglesia “pobre y para los pobres”.  Esperamos que en la Iglesia los pobres lleguen a tener voz y sean protagonistas.

Me centro en lo principal: Francisco fue elegido para reformar la Curia. Pero salió con otra cosa. Está llevando la Iglesia a Galilea, a Nazaret, a Belén…  Quiere volver a los orígenes del cristianismo. No servirá de nada cambiar la Curia si no se atina con lo fundamental. Si la Curia romana no se convierte al Jesús pobre y humilde, morirá Bergoglio y la Iglesia volverá al oro, al oropel, a las liturgias cortesanas, a las palabras acaracoladas, etc., etc., a la fastuosidad frívola e intrascendente. La Iglesia de Aparecida lo tiene claro: no se puede ser cristiano si no se opta por los pobres.

¿Vienen los aires de cambio eclesial desde América Latina? ¿Vienen efectivamente desde la Finis Terrae, del Cono Sur del continente americano? Esta ya será una señal poderosa. Lo que está en juego es que la Iglesia latinoamericana deje de ser una Iglesia sometida a Roma. En la antigüedad la Iglesia católica fue bastante más democrática. Hubo cinco patriarcados. ¿No podría existir un patriarcado latinoamericano, libre y respetado, unido estrechamente al Patriarcado de Roma por amor y no por miedo? Esto sería “opción por los pobres” al más alto nivel.

A otro nivel, el más importante, la Iglesia debiera terminar con la verticalidad que la está matando. Debiera finalmente hacer caso al Concilio Vaticano II (1962-1965): los sacerdotes están al servicio de los bautizados, y no al revés. Ha sido muy difícil de entender que no es el orden jerárquico lo fundamental, sino la hermandad en virtud de Jesús en cuanto “Hijo”. Está pendiente que la Iglesia sea más democrática también a este nivel. Lo que falta es horizontalidad. Los católicos chilenos desean una institucionalidad eclesiástica disponible, a la mano, cercana, que acompañe, que esté cuando hay que estar. Que, sobre todo, aprenda de los excluidos: los marginados, los estigmatizados, los denigrados, los divorciados vueltos a casar, las segundas familias y cualquier discriminado por su origen social, su realidad social o su orientación sexual. Todas estas personas han aprendido algo importante de la vida que los pastores tienen que acoger. Es a este nivel que se juega en definitiva “la opción por los pobres”.

Auguramos a don Ricardo Ezzati lo mejor. El trabajo en curso es enorme. Hay que desmontar un modo de organización eclesiástica que no responde a las exigencias del Evangelio, porque no está a la altura de los tiempos.  Se hace necesario, por lo mismo, ponerse al día en los estándares de democracia de la época: participación en el gobierno, inclusión de la mujer, separación de funciones, transparencia en los procesos, justicia canónica para las víctimas de cualquier tipo de abusos y rendición de cuentas a todos los niveles.

Lo exigen los contemporáneos. Lo pide la Iglesia de los pobres a la que el futuro cardenal Ezzati y el Papa Francisco se deben.

El Cristo de los perdedores

Si quisimos una familia y la familia se quebró; si con trabajo pretendimos abandonar la pobreza, pero la cesantía nos rompió el alma; si las enfermedades de las personas a cargo fueron demasiado graves y terminaron por hundirnos; si las envidias y las calumnias nos liquidaron la fama; si la mezquindad de los patrones nos apretó hasta asfixiarnos; si, en fin, nuestra vida ha sido una sola derrota, entonces Jesús es nuestro representante.

Pero, ¿no es Cristo una carta de triunfo? No hay una religión mejor que el cristianismo, se piensa. El bautismo asegura la eternidad. La eucaristía recuerda un sacrificio fructuoso. El beso a la cruz nada tiene de masoquista, todo lo contrario: cura el dolor. La Iglesia lleva dos mil años de existencia, ¡qué otra institución  puede decir lo mismo! Pase lo que pase, los cristianos salen bien parados. Es que Cristo resucitó. Murió, lo mataron, fracasó, casi fracasó, porque finalmente salió airoso. Quien crea en él vivirá para siempre. Tarde o temprano el éxito de la resurrección de Cristo alcanzará a todos por parejo.

El problema surge cuando los creyentes en el triunfo de Cristo juegan esta carta para evitar, y no para mostrar, el único camino que puede conducir a los no creyentes, y a los mismos fieles, a reconocer a Jesús como el Salvador: el camino que hizo Jesús en representación de todos los perdedores de la historia.

Algo raro sucede. Como que Cristo fuera usurpado por los ganadores. Primero, el cristianismo fue usado para forzar la unidad política del Imperio Romano. Los emperadores descubrieron en él una fuerza moral mucho mayor que la de los antiguos misterios, y la aprovecharon en su favor. Después, los príncipes cristianos extendieron el predominio occidental en nombre de la religión verdadera. Hicieron la guerra, trazaron fronteras, organizaron el comercio y repartieron el globo, comprobando con sus hazañas el favor del cielo.  Hoy, en contra de la intención expresa de Jesús, se ha hecho muy fácil compatibilizar a Dios con las riquezas. La prosperidad se la busca a derecha y a izquierda. En cualquiera de nosotros, confesémoslo, es posible descubrir un afán por garantizar el futuro con caridad o prácticas religiosas. Así hacemos de  Dios un curador de las comodidades adquiridas y un antídoto contra la muerte.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el hombre que en vez de salvar la piel la arriesgó?; ¿que en lugar de asegurar con malas artes la llegada del Reino de Dios la confió a la pura fuerza de su amor indefenso?; ¿que desarmó a los poderosos con su impotencia?; ¿que liberó a los ricos con su pobreza?; ¿que discernió la voluntad de su Padre porque no le era evidente? También ha sido posible a lo largo de tantos años de historia pensar que el proyecto de Jesús fue una ilusión. El amor no siempre es tal. Alguno ha creído que su muerte fue una lamentable casualidad. Para Nietzsche fue un pobre pájaro.

Pero si Jesús aporta algún bien a la humanidad, es necesario rescatarlo.  Pues bien, su solidaridad con los perdedores es la pista principal. Recuérdese que lo más probable es que la última palabra  de Jesús en la cruz haya sido un grito. Este  puede ser el grito de la humanidad a un Dios que parece indiferente ante el sufrimiento humano. También una persona sin fe podría reconocer que Jesús representa a las víctimas inocentes. Son estas las que le dan la autoridad que tiene entre los hombres. La confesión de su divinidad, por el contrario, puede ser inicua cuando atropella a los que, empalados en el dolor, no ven a Dios por ninguna parte.

Torturas, abusos, hambrunas, abandonos, humillaciones, sentencias inicuas, enfermedades atroces, difamaciones, migraciones, destierros, masacres, holocaustos… ¿Dónde está Dios?, preguntan hombres y mujeres por siglos años, a cada rato, encogidos o estupefactos. ¿Escuchó el Padre el grito de su Hijo? ¿Resucitó Cristo o no? Solo los perdedores pueden decírnoslo. Ellos pudieran saberlo. Si la resurrección de Jesús es el resumen del Evangelio, nada más la “Iglesia de los pobres” ha podido proclamar que el Evangelio es una “buena noticia”. Porque si Jesús resucitó, resucitó porque a su Padre lo conmovió su solidaridad con la humanidad; porque si algún efecto de la vida eterna puede registrarse en este mundo, el primero de todos es la piedad de Jesús con quienes se identificó por completo. La solidaridad de Cristo, propagada entre los perdedores, anterior a la fe en la resurrección de Jesús pero también como la mejor de sus pruebas, es la que otorga credibilidad al cristianismo.

Se puede no creer en Dios. Razones no faltan. Tampoco hay obligación de creer en Cristo. A nadie puede exigirse fe en un hombre crucificado. Pero, a creyentes y no creyentes el Evangelio les anuncia que solo en un crucificado se puede creer, aunque no en cualquiera. Si ha de buscarse a Dios, a Dios y no otra cosa, queda un camino: el del Cristo perdedor, solidario con los vencidos de ayer y de siempre.

Pub: “El Cristo de los perdedores”, Mensaje, 577 (2009), 18-19.

Los pobres tienen algo que darnos

Por más que lo hemos intentado no hemos podido superar la pobreza. Se nos ha dado, sin embargo, otra oportunidad: no hemos vencido la miseria, pero tenemos a los pobres. Aunque todavía haya que dar a los pobres, falta sobre todo recibir de ellos. Si nuestro sueño patriótico fuera hacer de Chile un gran mall, si se tratara de que las demás naciones nos reconocieran como nuevos ricos, recibir de los pobres sería una idea absurda. Pero si los pobres tienen algo que dar, ¿por qué va a ser absurdo acogerlo?

Si nos atreviéramos a encontrarnos cara a cara con un pobre, descubriríamos que su peor desgracia no es carecer de una casa, de una alimentación adecuada, sino el trato que le damos. Pobre es una persona humillada por los demás, un individuo que debe agachar la mirada ante los otros, alguien a quien se le puede faltar el respeto o reírse de su manera de hablar, de vestir, pues nadie saldrá a defenderlo. Si en Chile no se humillara al pobre no habría tanta pobreza. El desprecio del pobre despeja el camino para luego aprovecharse de su trabajo. Pero él también es desgraciado cuando le ayudamos interesadamente. La caridad, siempre necesaria, se corrompe cuando se la practica para ganar prestigio con un voluntariado de moda, para conseguir votos, para vender un producto o para cumplir con una obligación religiosa. En pocas palabras, cuando hacemos del pobre un “medio” para otros “fines”. La mendicidad es nociva porque, aun en el caso que se nutra de una caridad desinteresada, fija a los pobres en el rol de infelices. La mendicidad perpetúa al agraciado como desgraciado.

En cambio, si recibiéramos al pobre, en vez de clasificarlo, usarlo y protegernos de él, el mismo pobre nos sanaría, enseñándonos de paso un modo más humano de relacionarnos unos con otros. Habría que dejar que el pobre se nos meta en el corazón, que nos desordene las ideas, que su dolor nos toque. Compartiendo su desgracia llegaríamos a entender que nadie puede ser humillado, que la dignidad del ser humano no depende del consumo, de la raza o de la clase social. El pobre puede dignificarnos porque no tiene nada que darnos más que su persona. Así, dándose a sí mismo nos enseña que cualquier persona es un “fin”, jamás un “medio”.

Definitivamente la superación de la miseria no depende del crecimiento o de la distribución de los ingresos. Mientras haya quienes usen a los demás para hacerse más ricos o para ganarse el cielo, seguirá habiendo pobres. La inhumana pobreza sólo se revertirá cuando nos demos gratis a los demás y recibamos a los otros como los pobres suelen hacerlo, generosamente.

"El pobre es Cristo"

La campaña de la última Cuaresma impulsada por los obispos de Chile reproduce exactamente la intuición más profunda del Padre Hurtado: “El pobre es Cristo”. Y, más importante aún, expresa el fondo del Evangelio.  De una imagen de Jesús, el aviso sostiene “él es Cristo”; de una fotografía de un pobre dice “él también”.

          Pero, ¿es posible admitir algo semejante? ¿No es ésta una exageración? ¿Un exabrupto devoto?

Falsa y verdadera identificación

 

          En un sentido, no es posible identificar a Jesucristo con los pobres ni con nadie. Para los cristianos Jesús es Dios. Y Dios, si bien se manifiesta en la creación como el músico en su música, no es parte suya ni depende de ella más que en el caso de Cristo. María no es Dios. Los pobres tampoco lo son. Ya el libro del Génesis destaca la separación entre Dios y su creación, apartándose de las mitologías orientales vecinas que mezclaban a las divinidades con los sucesos mundanos, y que terminaban haciendo del mal un hecho divino y, en consecuencia, “natural”. Para la Biblia el mal, y más precisamente la pobreza, es fruto del pecado del hombre, una realidad aborrecida por Dios.

          Pero aun sucede que los seres humanos, creyentes o ateos, solemos absolutizar ciertas cosas o ideas, rindiéndoles una adoración que no merecen. Motu proprio identificamos -para protegernos o para obtener algún beneficio- realidades mundanas con Dios mismo o su equivalente en dignidad. Los poderosos, cuando les conviene, divinizan el mercado. En el campo religioso hay devotos que creen tanto que Cristo está en la hostia que ninguna otra criatura les parece que puede acercarnos a él.

          El pobre no es Cristo. Es muy sano notar la diferencia. Los pobres son los predilectos de Dios por su dolor, por la injusticia padecida. También por su pobreza moral: Dios ama con preferencia a los que no tienen ni siquiera virtudes para intercambiar con El. Ellos, como todos, tienen muchos vicios y taras. Es indispensable observar su diferencia con el Inocente que comparte el destino de los pobres para liberarlos de la pobreza porque, de lo contrario, no será posible para nosotros amarlos -ni amarse ellos a sí mismos- sin justificar su injustificable situación.

          Cuando no se observa esta diferencia se cae en mistificaciones de los pobres, del pueblo y de las causas populares que, en vez de ayudar a los pobres a salir de la pobreza, sirven paradójicamente para mantenerlos en ella. Se mistifica a los pobres cuando se los hace depositarios de toda verdad y justicia, aunque estén equivocados, como si su dolor por sí solo exculpara cualquier error y eximiera de la fatiga de inventar una sociedad igualitaria. Entonces, y aunque se desee todo lo contrario, la “divinización” de los pobres suele traducirse en una “eternización” de su miseria.

          Lo que es imposible para el hombre no lo es, sin embargo, para Dios. No corresponde identificar al pobre con Cristo, pero Cristo se ha identificado con él y ha pedido ser reconocido en el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el enfermo y el preso (Mt 25, 31-46). Se nos dice que Dios se ha hecho hombre. La cuestión es todavía más profunda: “Dios se ha hecho pobre”.

          El testimonio bíblico de la parcialidad de Jesús con los pobres es tan abundante que habría que tijeretear todo el Nuevo Testamento para dar escapatoria a los ricos. No hay escapatoria, lo que hay es conversión. No se trata de que los ricos estén condenados ni que Dios los odie o algo semejante, sino que, aunque sea difícil de entender, sólo es posible gustar el amor de Dios en la medida que se comparte la experiencia de empobrecimiento del Hijo de Dios en favor de la humanidad triste y expoliada. Jesús nació pobre, vivió como  pobre entre los pobres y murió desnudo en la cruz, todo para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9).

          ¿Por qué son así las cosas? Es esta una cuestión de fe. No es posible comprenderla más que entrando en el despojo divino: entiende el que cree y cree el que imita la generosidad de Jesús. En las cosas de la fe, la práctica lleva la delantera a la teoría: conoce a Dios el que ama al que sufre y sólo lo ama el que se perjudica a sí mismo en su favor. Al contrario, si la fe manda vestir al desnudo sin esperar recompensa alguna, la opinión común ordena huir de él, vestirlo para que no friegue o para jactarse entre los iguales.

          Creer que el “pobre es Cristo” es una paradoja de la fe, pues no depende de nosotros establecer la identificación sino simplemente reconocerla y sacar sus consecuencias. Pero tampoco en el ámbito de la fe el asunto es tan fácil. También a los creyentes ronda el espíritu mercantil que espera devengar algún provecho incluso de las intuiciones místicas más profundas. Creer que “el pobre es Cristo” no se presta al comercio con Dios sólo cuando significa, primero, recibir a Cristo en el pobre y, segundo, servirlo como merece.

Recibir y dar a Cristo en el pobre

 

          Para dar es preciso recibir. Es fácil dar a los pobres sin recibir de los pobres. Aparentemente, no tienen nada que dar. Además, está de moda ser caritativos con ellos y, mejor aún, reproduce el sistema. Pero recibir de los pobres, recibirlos, es difícil y pone en jaque el Estado del Bienestar y la Cultura de la Mendicidad.

          Cuando recibimos a Cristo en el pobre, en cambio,  somos humanizados por Él. Cuando el pobre entra en nuestra vida la desordena, nos pone en crisis, porque no es posible seguir siendo los mismos si damos espacio a su vida, a su pena, a su historia de luchas y fracasos. ¡A su esperanza! En ninguna relación humana la vanidad tiene futuro. Recibir al Cristo pobre genera una suprema humildad. El pobre arruina nuestros proyectos. Delante suyo hacemos el ridículo. Frente al pobre, ante cualquier ser humano, sólo toca la torpeza: no podemos manipular su reacción. ¿Enrostrará nuestra egolatría? ¿Acogerá nuestra propia miseria? El pobre es factor de humanización porque incorpora simbólicamente la verdad antropológica más honda: ¡todos somos pobres! No somos nada que, en última instancia, no hayamos recibido de Otro por medio de otros.  Y, en consecuencia, sólo en cuanto pobres y empobreciendo unos por otros, podemos comunicarnos auténticamente. Esta es la pobreza de espíritu, la pobreza de Jesús, gracia abundante del Evangelio y condición absoluta del mismo.

          El pobre es Cristo que carga con las consecuencias de nuestra injusticia social, amén de nuestra caridad humillante y nuestro voluntariado disfrazado de caridad. Sobre todo, en el Cristo pobre Dios nos ofrece su perdón. Recibir al pobre es exponerse a la terrible prueba de ser juzgados y redimidos por Él. Todo se invierte: ¿quién da y quién recibe? Cuando el pobre es Cristo, el que da recibe y el que recibe da.

          Nuestra sociedad está amenazada por la mendicidad, otra forma sutil y grave de deshumanización. A corto plazo es imperativo mitigar los efectos de la miseria más resistente. A largo plazo necesitamos integrar a los pobres con su participación y su derecho a equivocarse, sus dolores y sus ilusiones.

          Nada hay más grande que recibir a Cristo en el pobre, el crucificado de hoy. Cuando esto sucede, la transformación de la existencia es completa, la alegría no tiene comparación. La dadivosidad que utiliza la beneficencia a los pobres para incrementar la vanidad, es causa de alegrías discretas, puntuales, insuficientes para blanquear la fortuna acumulada con injusticia. También es precaria la alegría que produce la liberalidad destinada a puro aplacar a Dios. No es precaria, es absurda: Dios es amor. Pero cuando descubrimos que no estamos solos, que el menesteroso es persona e interpela, cuando somos acogidos por el Cristo pobre con nuestra propia finitud, la felicidad alcanza cotas de vida eterna.

          Entonces surge la caridad auténtica. En un mundo cada año más desigual, los cristianos no se quedan esperando el Santo Advenimiento. Dan hasta que duela: ¡se dan ellos mismos! Son capaces de arruinarse la vida, contentos, para rescatar a los niños, a los ancianos, a cualquiera que sucumba en la marginalidad y el abandono. Comienzan por casa: soportan al hijo limitado, por años acuden a su llanto. Toleran crucificados la rapiña del adolescente drogadicto. Cuentan con la lucha de los últimos y sus raquíticos intentos de salir adelante por sus propios medios. Disciernen la limosna: una ayuda localizada, oportuna, proporcional puede alentar una recuperación o sostener siquiera una muerte digna; pero una ayuda bobalicona, egolátrica y desmesurada puede aniquilar una personalidad incipiente y corromper los sistemas de solidaridad que los pobres tejen con sacrificio. No puede haber pecado mayor que convertir a un pobre en un mendigo. Ni habrá milagro más milagro que hacer de un mendigo un hombre digno capaz de cuestionar a fondo las seguridades, las costumbres, las asociaciones y las ideas equivocadas de santificación que hemos elaborado para utilizarlo.

          Todo lo anterior es generosidad auténtica y no a medias, en la medida que cumplimos el mandato de PauloVI de “no dar como caridad lo que se debe por justicia”. La beneficencia cínica y fraudulenta, que devuelve a los pobres lo que se ha robado a los pobres, si no es posible descartarla del todo conviene llamarla por su nombre.

En conclusión

          No podemos divinizar a los pobres. También ellos necesitan convertirse. Dios no quiere su pobreza, ella es consecuencia del egoísmo humano. Pero para erradicarla Dios cuenta con los pobres, en vez de acudir en su socorro de modo paternalista, prescindiendo de su dolor y de su lucha por levantarse. En la Encarnación Dios se identificó con el pobre Jesús, hasta el despojo radical de la cruz, para que lo reconociéramos como el Dios que reconcilia el mundo desde su revés, tomando partido por los perdedores de la historia.

          La identificación de Dios con Jesús pobre es una cuestión de fe. El que cree, cree. El que no cree, no cree. El que no cree hallará buenas razones para desentenderse del pobre o para seguir utilizándolo en pro de la hermosa idea de sí mismo. El creyente, en cambio, verificará su fe permitiendo que el pobre, sacramento de Cristo, lo empobrezca en un comienzo y lo enriquezca hacia el final.

Las dos vergüenzas

Si nuestra madre subiera a la micro a vender: “gomitas de eucaliptus a cien, para la voz, para la tos”. ¿Nos daría vergüenza o nos sentiríamos orgullosos de ella?

Que nos diera pena no debe ser lo mismo a que nos diera vergüenza. Si la necesidad ha sido real, educar a sus hijos, alimentarlos, triste sería que para conseguir el dinero necesario deba ella desatender a los niños y correr los peligros de la locomoción colectiva. Pena sí, vergüenza no. Pena sí, pero orgullo sobre todo. En un ambiente social en que la gente se avergüenza de los trabajos humildes, la lucha por la sobrevivencia de los pobres nos enseña cuáles son los verdaderos valores. Ejemplos de estos tenemos por miles.

Otro caso: si un pariente nuestro que fuera patrón o gerente, estableciera por sueldo a sus dependientes lo que paga el mercado, aún cuando las utilidades del negocio le permitieran pagarles bastante más, ¿nos daría vergüenza, lo festejaríamos o nos daría lo mismo? En un país en que los bajos sueldos se toleran fácilmente, la avaricia de este pariente nuestro a nadie llamaría la atención. Una sociedad que juega a su favor invierte la moralidad: honra al inescrupuloso y avergüenza al que reclama justicia. Pero no, no puede darnos lo mismo ni menos podríamos festejarlo. Dudo que haya un ejecutivo que se jacte de ganar 20, 30 ú 80 veces más que uno de los juniors de su empresa. Pero que por esta ganancia se lo estime y se lo envidie, justificándose como se lo hace tan enorme desigualdad, es vergonzoso. Lo justo es compartir los sacrificios, pero también los beneficios. Las indicaciones del mercado son útiles, pero no las únicas para determinar la justicia de un salario. ¿Qué están enseñando las universidades? ¿Han oído hablar alguna vez los estudiantes de economía del bien común?

Algo falla en nuestra sociedad. Las personas se avergüenzan de lo que debiera enorgullecerlas y se enorgullecen de lo que debiera avergonzarlas. Pero no hay que desalentarse. Se detectan también señales de esperanza. No faltan los empleadores que subordinan la necesidad de utilidad de la empresa al objetivo principal de la realización laboral de sus trabajadores. Varios son, por otra parte, los trabajadores que rebajan sus expectativas de sueldo para salvar la empresa. Para unos y otros, estos son motivos de un sano orgullo.

Si a la salida del Metro nos topamos con una madre, empleadora y empleada de sí misma vendiendo dulces, ¡comprémosle! Una “gomita de eucaliptus” nos puede enseñar la diferencia entre la verdadera y la falsa vergüenza.

El día que nos miremos a la cara

Me desempeño como capellán de la capilla católica en la “Toma de Peñalolén”. Durante la misa del domingo pasado pregunté a los asistentes qué querrían que los demás supieran acerca de su traslado a algunos de los sitios de la Comunidad Ecológica en la misma comuna. “Que no nos desprecien”, me dijeron.

Esta ha sido una polémica hiriente. El solo rechazo a la posibilidad de que los pobladores de la toma tengan sus viviendas en aquellos terrenos, ha puesto en evidencia la crueldad de la pobreza. Además de dañar irreparablemente a personas inocentes, la pobreza es ocasión de humillación para sus víctimas.

Se sospecha de los pobres como si fueran peligrosos. “No somos todos iguales…”, insistió una señora. Alguien dirá que los pobladores se apropiaron de un terreno ajeno, que todos y no sólo algunos representan una amenaza. ¡Falso!, digo yo. La propiedad privada tiene un límite: el derecho de cualquier ser humano a vivir en un pedazo de tierra. Sucede que en esta sociedad, embrujada por una ideología individualista y economicista, se ha alterado gravemente el orden de los valores fundamentales. A mí parecer, ¡ellos se tomaron el terreno con la ayuda de Dios!

“Nos gustaría vivir en una vivienda digna”, añadió otra señora. “Con fe, seguiremos luchando por conseguirla”. Por su parte, no les desagradaría ser vecinos de la gente de la Comunidad Ecológica. Pero se contentarían con una casa en cualquier parte. ¿Aunque les quede lejos del trabajo? “Sí”, me dijeron. Seguramente no todos piensan lo mismo. Muchos, pero no todos tienen la garra que uno de ellos tiene para partir a trabajar a las cinco de la mañana a Colina y volver a las doce de la noche. “Queremos que se sepa que somos esforzados”. Y lo son. Su obra es titánica. Trabajan a más no poder. Les pagan una miseria. Ahorran lo que pueden. Si se enferma un niño se acaba el ahorro… Y vuelve la angustia: “si no reúno las 20 UF nos tirarán a Buin, Talagante…”.

Urge una solución. Nada se saca con echarle la culpa o burlarse de los valores que defienden las personas de la Comunidad Ecológica. Fuera del argumento de algunos de depreciación del valor de sus inmuebles, su causa también es noble. En la toma, por otra parte, hay muchos cartoneros tan ecológicos como los que más. La solución comienza con una casa digna, una vivienda que no corra riesgo de incendio (acabamos de perder un niño y su hermano apenas se recupera de quemaduras gravísimas). La solución completa llegará el día que los chilenos, en vez de marcar las distancias, nos acerquemos y nos miremos a la cara sin vergüenza.

"El pobre es Cristo"

La campaña de Cuaresma impulsada por los obispos de Chile reproduce exactamente la intuición más profunda del Padre Hurtado: “El pobre es Cristo”. Y, más importante aún, expresa el fondo del Evangelio. De una imagen de Jesús, el aviso sostiene “él es Cristo”; de una fotografía de un pobre dice “él también”. Los últimos años la foto corresponde a una mamá jefa de hogar: “ella también”, dice el cartel.

Pero, ¿es posible admitir algo semejante? ¿No es ésta una exageración? ¿Un exabrupto devoto?

Falsa y verdadera identificación

En un sentido, no es posible identificar a Jesucristo con los pobres ni con nadie. Para los cristianos Jesús es Dios. Y Dios, si bien se manifiesta en la creación como el músico en su música, no es parte suya ni depende de ella más que en el caso de Cristo. María no es Dios. Los pobres tampoco lo son. Ya el libro del Génesis destaca la separación entre Dios y su creación, apartándose de las mitologías orientales vecinas que mezclaban a las divinidades con los sucesos mundanos, y que terminaban haciendo del mal un hecho divino y, en consecuencia, una realidad “natural”. Para la Biblia el mal, y más precisamente la pobreza, es fruto del pecado del hombre, una realidad aborrecida por Dios.

Pero aun sucede que los seres humanos, creyentes o ateos, solemos absolutizar ciertas cosas o ideas, rindiéndoles una adoración que no merecen. Motu proprio identificamos realidades mundanas con Dios mismo o su equivalente en dignidad. Lo hacemos porque somos frágiles, y necesitamos defendernos de los peligros que nos acosan o porque debemos ganarnos algún pedazo de un mundo disputado con dientes y uñas.

El pobre no es Cristo. Es muy sano notar la diferencia. Los pobres son los predilectos de Dios por su dolor, por la injusticia padecida. También por su pobreza moral: Dios ama con preferencia a los que no tienen ni siquiera virtudes para intercambiar con El. Ellos, como todos, tienen muchos vicios y taras. Es indispensable observar su diferencia con el Inocente que comparte el destino de los pobres para liberarlos de la pobreza porque, de lo contrario, no será posible para nosotros amarlos -ni amarse ellos a sí mismos- sin justificar su injustificable situación.

Cuando no se observa esta diferencia se cae en mistificaciones de los pobres, del pueblo y de las causas populares que, en vez de ayudar a los pobres a salir de la pobreza, sirven paradójicamente para mantenerlos en ella. Se mistifica a los pobres cuando se los hace depositarios de toda verdad y justicia, aunque estén equivocados, como si su dolor por sí solo exculpara cualquier error y eximiera de la fatiga de inventar una sociedad igualitaria. Entonces, y aunque se desee todo lo contrario, la “divinización” de los pobres suele traducirse en una “eternización” de su miseria.

Lo que es imposible para el hombre no lo es, sin embargo, para Dios. No corresponde identificar al pobre con Cristo, pero Cristo se ha identificado con él y ha pedido ser reconocido en el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el enfermo y el preso (cf. Mt 25, 31-46). Se nos dice que Dios se ha hecho hombre. La cuestión es todavía más profunda: “Dios se ha hecho pobre”.

El testimonio bíblico de la parcialidad de Jesús con los pobres es tan abundante que habría que tijeretear todo el Nuevo Testamento para dar escapatoria a los ricos. No hay escapatoria, lo que hay es conversión. No se trata de que los ricos estén condenados ni que Dios los odie o algo semejante, sino que, aunque sea difícil de entender, solo es posible gustar el amor de Dios en la medida que se comparte la experiencia de empobrecimiento del Hijo de Dios en favor de la humanidad triste y expoliada. Jesús nació pobre, vivió como  pobre entre los pobres y murió desnudo en la cruz, todo para enriquecernos con su pobreza (cf., 2 Cor 8,9).

¿Por qué son así las cosas? Es esta una cuestión de fe. No es posible comprenderla más que entrando en el despojo divino: entiende el que cree y cree el que imita la generosidad de Jesús. En las cosas de la fe, la práctica lleva la delantera a la teoría: conoce a Dios el que ama al que sufre y solo lo ama el que se perjudica a sí mismo en su favor. Al contrario, si la fe manda vestir al desnudo sin esperar recompensa alguna, la opinión común ordena huir de él, vestirlo para que no friegue o para jactarse entre los iguales.

Creer que el “pobre es Cristo” es una paradoja de la fe, pues no depende de nosotros establecer la identificación sino simplemente reconocerla y sacar sus consecuencias. Pero tampoco en el ámbito de la fe el asunto es tan fácil. También a los creyentes ronda el espíritu mercantil que espera devengar algún provecho incluso de las intuiciones místicas más profundas. Creer que “el pobre es Cristo” no se presta al comercio con Dios solo cuando significa, primero, recibir a Cristo en el pobre y, segundo, servirlo como merece.

Recibir y dar a Cristo en el pobre

Para dar es preciso recibir. Es fácil dar a los pobres sin recibir de los pobres. Aparentemente, no tienen nada que dar. En los voluntariados, sobre todo en sus comienzos, se suele dar más que recibir. Puede ser muy complejo que una sociedad, que los mismos Estados, cultiven una cultura de la mendicidad.

Cuando recibimos a Cristo en el pobre, en cambio, somos humanizados por él. Cuando el pobre entra en nuestra vida la desordena, nos pone en crisis, porque no es posible seguir siendo los mismos si damos espacio a su vida, a su pena, a su historia de luchas y fracasos. ¡A su esperanza! En ninguna relación humana la vanidad tiene futuro. Recibir al Cristo pobre genera una suprema humildad. El pobre arruina nuestros proyectos. Delante suyo hacemos el ridículo. Frente al pobre, ante cualquier ser humano, solo toca la torpeza: no podemos manipular su reacción. ¿Enrostrará nuestra egolatría? ¿Acogerá nuestra propia miseria? El pobre es factor de humanización porque incorpora simbólicamente la verdad antropológica más honda: ¡todos somos pobres! No somos nada que, en última instancia, no hayamos recibido de Otro por medio de otros.  Y, en consecuencia, solo en cuanto pobres y empobreciendo unos por otros, podemos comunicarnos auténticamente. Esta es la pobreza de espíritu, la pobreza de Jesús, gracia abundante del Evangelio y condición absoluta del mismo.

El pobre es Cristo que carga con las consecuencias de nuestra injusticia social. De aquí que en el pobre Dios nos ofrece su perdón. Recibir al pobre es exponerse a la terrible prueba de ser juzgados y redimidos por Él. Todo se invierte: ¿quién da y quién recibe? Cuando el pobre es Cristo, el que da recibe y el que recibe da.

Nuestra sociedad está amenazada por la mendicidad, otra forma sutil y grave de deshumanización. A corto plazo es imperativo mitigar los efectos de la miseria más resistente. A largo plazo necesitamos integrar a los pobres con su participación y su derecho a equivocarse, sus dolores y sus ilusiones.

Nada hay más grande que recibir a Cristo en el pobre, el crucificado de hoy. Cuando esto sucede, la transformación de la existencia es completa, la alegría no tiene comparación. La dadivosidad que incrementa la vanidad, es causa de alegrías discretas, puntuales, insuficientes para blanquear la fortuna acumulada con injusticia. También es precaria la alegría que produce la liberalidad destinada a puro aplacar a Dios. No es precaria, es absurda: Dios es amor. Pero cuando descubrimos que no estamos solos, que el menesteroso es persona e interpela, cuando somos acogidos por el Cristo pobre con nuestra propia finitud, la felicidad alcanza cotas de vida eterna.

Entonces surge la caridad auténtica. En un mundo desigual, los cristianos no se quedan esperando el Santo Advenimiento. Dan hasta que duela: ¡se dan ellos mismos! Son capaces de arruinarse la vida, contentos, para rescatar a los niños, a los ancianos, a cualquiera que sucumba en la marginalidad y el abandono. Comienzan por casa: soportan al hijo limitado, por años acuden a su llanto. Toleran crucificados la rapiña del adolescente drogadicto. Cuentan con la lucha de los últimos y sus raquíticos intentos de salir adelante por sus propios medios. Disciernen la limosna: una ayuda localizada, oportuna, proporcional puede alentar una recuperación o sostener siquiera una muerte digna; pero una ayuda bobalicona, egolátrica y desmesurada puede aniquilar una personalidad incipiente y corromper los sistemas de solidaridad que los pobres tejen con sacrificio. No puede haber pecado mayor que convertir a un pobre en un mendigo. Ni habrá milagro más milagro que hacer de un mendigo un hombre digno capaz de cuestionar la calidad de nuestra bondad.

En conclusión

No podemos divinizar a los pobres. También ellos necesitan convertirse. Dios no quiere su pobreza, ella es consecuencia del egoísmo humano. Pero para erradicarla Dios cuenta con los pobres, en vez de acudir en su socorro de modo paternalista, prescindiendo de su dolor y de su lucha por levantarse. En la Encarnación Dios se identificó con el pobre Jesús, hasta el despojo radical de la cruz, para que lo reconociéramos como el Dios que reconcilia el mundo desde su revés, tomando partido por los perdedores de la historia.

La identificación de Dios con Jesús pobre es una cuestión de fe. El que cree, cree. El que no cree, no cree. El que no cree hallará buenas razones para desentenderse del pobre. El creyente, en cambio, verificará su fe permitiendo que el pobre, sacramento de Cristo, lo empobrezca en un comienzo y lo enriquezca hacia el final.