
Con los mismos ojos con que vemos cosas, podemos ver lo que es invisible en las cosas mismas: su alma. Las cosas o fenómenos tienen alma; hay en ellos algo a punto de revelarse a quienes han sido dotados de ojos que ven más. Los animales ven, pero no tienen visión. Dicen que no tienen visión, aunque, para ser precisos, seguirá siendo un misterio si la tienen o no. “¿Los perros tienen alma?”, pregunta al profesor un niño en la escuela. “Tiene razón de ser”, responde el maestro: “Visión, probablemente no”. En todo caso, sabemos que en la especie humana mucha gente no se da cuenta de lo que hay en el fondo mismo de la realidad.
Con los ojos hacemos conexiones trascendentes: inventamos mundos completamente nuevos e inimaginables. Hacemos que los seres conversen entre ellos. Demos la palabra a Simone de Beauvoir:
“De nuevo era única y era exigida; mi mirada era necesaria
para que el rojo del haya encontrara el azul del cedro y la
plata de los álamos. Cuando me iba, el paisaje se deshacía,
ya no existía para nadie: no existía en absoluto”
(Mémoires d’une jeune fille rangée, Paris, Gallimard, 1958, 55).
Nadie pudo hacer esta vinculación más que ella. Ninguno, aunque podamos entender de qué se trata lo que ella cuenta, pues también los demás establecemos nexos inéditos entre lo uno y lo otro. Por cierto, puede darse que logremos compartir nuestra misma visión de la realidad con otras personas e inventar juntos un mundo que nos amiste y nos gobierne por igual. Las religiones cumplen esta misión. Nos unen, nos reúnen y nos obligan a compartirnos, como si dependiéramos o debiéramos depender unos de otros. Al interior de la realidad, allí donde aloja su razón de ser, hay algo visible para los ciegos, aunque no necesariamente para todos. Ocurre, además, que los que dicen ver no ven.
Volvamos a los orígenes: uno vio y convenció a otro, y este a los demás. En alguien se activó la perspicacia y enseñó su secreto a sus congéneres. Miraron y vieron. En el universo titiló algo completamente nuevo. Como caso único en la cosmogénesis, unos animales regeneraron el cosmos con los materiales que heredaron o recogieron por el camino, huyendo de otros animales que se los querían comer. Hasta entonces habría predominado entre ellos el Cronos; a partir de aquel día, la nueva especie convirtió el cronos en tiempo para amar, para hacer fiestas, duelos y pedir perdón por sus pecados. Los minutos y las horas devinieron algo más que números sucesivos: en existencias terrícolas de millones de años irrumpió la eternidad. Por poner un ejemplo, los seres humanos miraron y vieron que, en nueve meses, en una primeriza se anticipaba el cielo y que en otra se avistaba el infierno. Los mismos nueve meses podían vivirse bendiciendo o maldiciendo.
Perspicacia puede llamarse esta capacidad para darse cuenta de estos detalles. Sin ella, la humanidad no progresa en humanidad. Otro ejemplo: muchos creyeron que Cristo era el secreto del cosmos. Poco a poco, los cristianos inventaron un mundo que se apagará cuando, como en el caso de Simone, se cierren nuestros ojos y se apague la última de nuestras miradas.
