
Madre Tierra
La Tierra es nuestra madre. También se la llama Gaia. La cultura ecológica actual dice que la Tierra es una gran unidad viva, formada por materia, energía y tiempo, que se renueva constantemente. Nosotros, los seres humanos, somos hijos de Gaia y también parte de ella. Hay entre nosotros y los demás seres vivos una relación de dependencia mutua: pertenecemos a la Tierra y la Tierra nos pertenece.
Pero hay algo importante: la Tierra vino primero. Ella nos dio la vida. No sabemos cómo ni por qué. Nuestros padres nos transmitieron la vida, pero cada persona es única, un misterio. Todos compartimos esta sorpresa: creyentes y no creyentes. Los cristianos creemos en un Dios creador, aunque no podamos probarlo. Lo cierto es que existimos gracias a otros y para otros. Adueñarse de la Tierra es un pecado; cuidarla y compartirla es nuestra misión.
María, la madre de Jesús, es un rostro humano de la Tierra. Al darle vida a Jesús, le dio también su humanidad. Por ella, Jesús aprendió a amar la Tierra. María fue la Tierra para su Hijo. Y ahora, desde el cielo, Jesús nos da la fuerza para amarla y cuidarla como él la amó.
Padre Nuestro
Jesús enseñó a rezar el Padre Nuestro, la oración principal de los cristianos. El Padre de Jesús es el creador del cielo y de la Tierra. Nuestra Madre Tierra tiene un origen divino: no es Dios, pero viene de Dios y llegará a su plenitud gracias a Él.
María muestra el rostro maternal de Dios. El Padre de Jesús nos lleva en brazos por medio de ella. María es como la Tierra que nos alimenta, enseña y protege. Jesús la llamó “mamá” y a Dios lo llamó “Abbá”, que significa papito. Así nos enseñó que el amor de Dios se parece al de una madre que da calor y alimento.
La Iglesia continuó lo que Jesús y Juan Bautista empezaron: bautizar para enseñar a vivir en el amor. Los primeros cristianos entendieron que debían dejar el egoísmo y ayudar a los demás. Ser cristiano es ser hermano y hermana, alguien que comparte, cuida y sirve.
Jesús, nuestro hermano
Jesús, el Hijo de Dios, es también nuestro hermano. Él nos une y nos enseña a cuidar la creación. Pero no siempre hemos vivido como hermanos. Hemos dañado la Tierra y olvidado que somos una sola familia. Nuestra ambición nos ha cegado. Necesitamos volver a mirar el futuro y pensar en los que vienen después.
El Papa Francisco nos invita a amar la Tierra como Dios la ama. Jesús nos pide abrir los ojos: al mirar un río, un bosque o un humedal, debemos ver que allí están nuestros hermanos, los animales y las plantas. Todos venimos del mismo amor.
Cristo: Hermano sol, hermana luna
Cristo resucitado ya no es varón ni mujer (Gálatas 3,28). En Él, todo se une y se transforma. Cristo tiene la fuerza del sol y la ternura de la luna. Es día y noche, fuego y reflejo, fuente y espejo. En su amor se reconcilian las diferencias.
La tradición lo llama “el Sol que nace de lo alto” (Lucas 1,78). Pero también podemos imaginarlo como luna, la que alumbra la noche y acompaña los caminos oscuros. Cristo, hermano sol, irradia la luz de Dios; Cristo, hermana luna, la refleja con humildad.
En Cristo no hay diferencias de valor ni exclusión. Hombres, mujeres y toda persona, sea como sea, son amadas por el mismo Dios. Cuando alguien es respetado y acogido, Cristo vuelve a resucitar.
Cristo, nuestro hermano sol y nuestra hermana luna, brilla en toda la creación. En ella lo encontramos. Y cuando cuidamos la Tierra, amamos a Dios. Así, toda la creación canta: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra” (San Francisco de Asís).
