Archive for Jorge Costadoat

Sin dolor, no seremos diferentes

Un grupo de terapeutas, psicólogos y psiquiatras, con la ayuda de los Radiodifusores de Chile (ARCHI), nos invitan a celebrar el “Día de la condolencia y el adiós” el 5 de septiembre a las 21,00. ¿Motivo? La Pandemia ha dejado un reguero de más de 40.000 muertos que merecen un recuerdo y una despedida. El lema que moviliza la actividad es “Que el dolor no sea indiferente”.

Me sumé. Grabé mi testimonio sobre Josse van der Rest, muerto de covid el 24 de julio de 2020, gran amigo. Todavía es posible entrar al portal y participar con una grabación de 30 segundos.

Me permito, además, dar a esta iniciativa otra vuelta de tuerca. Si me dejaran añadir un verso a aquella canción, sería este: “sin dolor, no seremos diferentes”. Pues creo y espero que tras la crisis política y sanitaria, pueda el país llegar a ser diferente, a diferenciarse de su pasado, a refundarse sobre los fundamentos de la mejor de las tradiciones. Esta consiste en hacer del dolor el principio epistémico del conocimiento que el pueblo de Chile necesita para avizorar juntos un futuro de mayor integración.

Hablamos del dolor de miles de familiares y amigos nuestros, del nuestro propio, que no nos deja dormir en paz. No pudimos despedir a nuestra gente. Tampoco pudieron ellas, ellos, decirnos unas últimas palabras de amor o de perdón. Nos los arrebataron para salvarlos. Las personas de la salud hicieron todo lo que pudieron, pero no pudieron. Se apagó la luz. Quedamos terriblemente solos. Fue como si nos hubieran arrancado un brazo de cuajo. Pero si “el domingo pasado habíamos almorzado juntos, copuchamos, nos reímos hasta la hora de la siesta”. Fue como un zarpazo. No hemos parado de llorar.

La convocatoria de los terapeutas y de la prensa es un acto de condolencia. Nos llaman a dolernos con el dolor de personas cercanas y lejanas. Pues el vecino, el tío, la prima, se hunde de pena. Es el sufrimiento del amor de todo un pueblo, el mismo que invocó días atrás Elisa Loncón en el aula de la Convención: “Quiero poner el énfasis en el poyewn, es el amor y es la base para poder entendernos, comprendernos, escucharnos”. El amor político, colectivo, nacional, expresado en memoriales como el de Vietnam en Washington, el del Museo de la Memoria acá en Chile, honra a los muertos que los países aman. Es preciso recordarlos, somatizar sus sufrimientos para comprender que la humanidad es una trama ceñida cuyo principal enemigo es el egoísmo.

Chile vive un momento extraordinariamente importante. Tenso, muy tenso, pero hermoso. No hay que aproblemarse mucho con la palabra fundacional. Depende del sentido que quiera dársele. Conviene ir a lo más hondo. La inauguración de la Asamblea Constitucional ha sido ocasión para desenterrar a nuestros pueblos. Los dábamos por muertos, como recordó José Luis Vásquez Chogue, selk’nam, hace algunos días en la misma aula de la Convención. En realidad, los matamos literaliter, despojándolos, negándolos y olvidándolos.

El dolor cumple una función epistémica. Sin dolor por los otros, los otros nos serán siempre desconocidos y amenazantes. Nos penarán como las ánimas que reclaman sin cesar descansar en nuestro corazón. Más de 40.000 fallecidos nos obligan a parar para avanzar.

El dolor nos hace diferentes. Es lo que urge: distinguirnos, para unirnos. Reconocer que cada uno cuenta, que es original e insustituible, para igualarnos en dignidad. Es la igualdad que hoy necesitamos conseguir, pues nadie merece ser un muerto más.

Acta del grupo Experiencia de Dios del Centro Teológico Manuel Larraín

Participan: Luis Hernán Errázuriz, Isabel Donoso, Samuel Yáñez, Carlos Schickendantz, Ana María Vicuña, Viola Espíndola, Jorge Costadoat, Sylvia Vega, Diego García.
La lectura de algunos fragmentos de Ernesto Sábato, ocasionados por la muerte de su hijo Jorge, propició una conversación exigente respecto de nuestra percepción de la muerte, particularmente en las circunstancias sanitarias actuales. En el caso de Sábato, los textos representan momentos distintos en la vida del escritor. En los textos más tempranos, la pérdida del hijo se traduce en una suerte de anonadamiento y de protesta hacia un Dios que permite dolores semejantes. Los textos posteriores, en cambio, muestran una conciencia que está reflexionando la proximidad de su propia muerte y un atisbo de esperanza al reconocer la presencia de Dios –aunque remoto y oculto- en pequeños signos que son “una pausa de amor entre la fuga de las cosas” (Cernuda). Cita a Simone Weil (“El sufrimiento es la superioridad del hombre frente a Dios. Fue necesaria la encarnación para que esa superioridad no resultara escandalosa”) y propone una perspectiva en la que, al mirar la vida en su conjunto como una totalidad, y desde la experiencia de saberse seres necesitados, se persiste en la búsqueda de indicios de una eternidad en que podamos recuperar el abrazo de quienes partieron y cuya ausencia nos había sumido en una tristeza tan sin remedio. Así pues, los textos posteriores de estas reflexiones de Sábato son las de quien se asume como moribundo, es decir, quien entiende su vida como proceso o tránsito en la fragilidad y también como proyecto, con mirada escatológica en el reencuentro futuro.
En los textos donde se acentúa la protesta del escritor, éste reclama a “los teólogos que escriben miles de páginas para justificar tu ausencia [de Dios]”. Este fragmento gatilló una parte de la conversación acerca del sentido del trabajo teológico. Sin embargo, y alterando el orden en que de hecho se produjeron las intervenciones, hubo un desafío al papel de los teólogos, no ya a una teología específica eventualmente errónea, sino a la teología en su conjunto como oficio, que pretende que la muerte es una experiencia que se puede solventar razonando (“… dando razón de la fe…”), sin advertir que se la acompaña desde dimensiones inefables como lo son el misterio y el milagro. En efecto, cuanto hemos vivido el último año y medio, nos ha enseñado a poner entre paréntesis la protesta en contra de un Dios que nos niega a nuestros seres queridos a cambio de la promesa hipotética de la recuperación futura de aquellos abrazos perdidos. En el conflicto que se ha declarado entre el amor y la muerte, la pandemia, que nos ha hecho descubrirnos como seres continua y progresivamente moribundos, desafía a la manera cómo vivimos nuestro hoy, mucho más perentorio que la esperanza de reencontrarnos en el futuro con quienes han partido. En efecto, es hoy día cuando la necesidad de quienes nos rodean interpela a decidir qué hacer, y no tan sólo qué esperar. Velar el sueño de una amiga que se está despidiendo paulatinamente; exponerse a la enfermedad al cuidar del hermano enfermo a quien los médicos no saben cómo diagnosticar y cuya recuperación los deja tan perplejos como su enfermedad, todas estas experiencias ineludibles parecieran superar las posibilidades de una fe entendida como un conjunto de juegos especulativos alrededor de una cierta axiomática. La pregunta y respuesta creyente es mucho más que una cuestión de buena o mala información. Es aprender a estar en el misterio y el milagro.
La defensa de la teología como posible compañera de camino se hizo en dos momentos: Primero, impugnar ciertas teologías específicas, como esas que gastan “miles de páginas en justificar el silencio de Dios”; y luego, proponer que el trabajo teológico sea un esfuerzo por ofrecer un sentido para nuestras experiencias, y no una manera de fugarse de ellas como manera de driblear los dolores de nuestra existencia.
En cuanto a lo primero, se advirtió que efectivamente existen teologías que o bien se desentienden de nuestra experiencia, o bien proponen para ella lecturas atroces. Particularmente, la del Dios retributivo y castigador, el Dios sádico que retiene para sí la atribución de ejecutar a su Hijo para venganza por los pecados del mundo. Este fragmento del obispo Bossuet (1627-1704) es muestra de una visión que no está enteramente erradicada y de la que poco, si algo, se puede esperar de bueno: “Era pues preciso, hermanos míos, que Él cayera con todos sus rayos contra su Hijo; y puesto que había puesto en Él todos nuestros pecados, debía poner también allí toda su justa venganza. Y lo hizo, cristianos, no dudemos de ello. Por eso el mismo profeta nos dice que, no contento con haberlo entregado a la voluntad de sus enemigos, Él mismo quiso ser de la partida y lo destrozó y azotó con los golpes de su mano omnipotente (…). Lo hizo, lo quiso hacer, se trata de un designio premeditado”. Prima hermana de esta teología perversa es aquella otra que pone en el inocente la culpa por su sufrimiento inmerecido e incomprensible. La crisis de los abusos cometidos por consagrados ha sido pródiga en ejemplos de esto, abusados enviados por su abusador al confesionario.
La tarea de una teología que haga bien al ser humano, toma distancia de esa imagen del Dios vengador cruento, y al hacerse cargo del reproche a su silencio, acentúa que el silencio ha sido más bien el de nuestra responsabilidad por la solicitud que le negamos a la necesidad de las hermanas y hermanos. La teología, entonces pues, no es una fuga de la experiencia sino un esfuerzo por resignificarla en clave de esperanza, y de traer al Dios trinitario al presente en la experiencia de la comunidad fraterna. Las meditaciones de Sábato –una especie de ateo místico-, una vez que dejan atrás la atendible protesta por la pérdida, tornan hacia una comprensión de lo humano como la reunión de las personas que se prestan apoyo mutuo en su fragilidad. No somos personas solas, yo soy yo-y-mis-seres-queridos, de ahí la importancia de la esperanza en el reencuentro futuro, sí, pero también la responsabilidad por el socorro mutuo en el tiempo presente, más allá incluso de la posibilidad que esto pueda ser dicho de modo inteligible en las palabras. Los ejemplos de abnegación que fueron mencionados (cuidar el descanso del moribundo), es pura donación sin cálculo, no es sólo esperar que se cumplan algún día las promesas, sino anticiparlas en las biografías que nos toca vivir a diario. La teología es consciente de la imposibilidad de decir lo inefable, pero de todos modos, siendo el lenguaje un medio de comunicación y vinculación, es una de las maneras en que se hace posible la experiencia comunitaria y compartida, y por eso la suya es una mediación que no se puede desestimar por completo. Queremos entender, para eso no debemos cancelar el recurso razonable a la razón. Pero en contrapartida ella debe ser consciente de sus propios límites y de los peligros de deformaciones y patologías.
Como una manera de conjurar teologías que hacen daño, se propuso que la teología tiene como reto acompañar la vida, mediar nuestras experiencias hasta el límite en que el lenguaje es capaz de decir, contribuir a la posibilidad de una espiritualidad en que conviven el decir y el sentir, y ayudar a mirar el futuro con una esperanza que no sea alienante. En ese sentido, la escatología ha de proponerse ser un humanismo puro. En cuanto a Dios, lejos de ser el padrastro severo y retributivo, recupera la experiencia del Dios papá / mamá, Dios amigo o, incluso en la poesía mística, el Dios amante. Todos estos son Dios, en relación con quien cualquier experiencia humana, por humilde o adversa que aparente ser, se eleva.

Gesta espiritual de un pueblo champurria

Champurria es un concepto de primera importancia, lamentablemente desconocido. Champurriado(a) es una persona en parte mapuche, en parte chilena. Esta identidad mixta se evidencia muchas veces en los apellidos.

Por esta misma razón, el o la champurria es una persona que tiene dos mundos. Es alguien en quien habitan dos culturas. De uno modo parecido a quienes han tenido la oportunidad de vivir en otros países y aprender una o más lenguas, él, ella, puede alcanzar una riqueza humana y espiritual superior.

Digo que puede, porque es común que en el alma champurria estos dos mundos existan separados, sin tocarse, sin amarse, ignorándose, negándose uno a otro. El o la champurria es mal mirado por “winca” o por “indio”, despreciado a veces por lado y lado. Como el resto de los mortales, estas personas se llevan a la tumba un conflicto interior que, de haberlo resuelto, habrían sido más felices. La falta de reconocimiento enferma. Han recibido una identidad cuyo desconocimiento se somatiza. Pero los y las champurrias son inocentes. Son víctimas de un “pecado” que no es su pecado como tampoco lo fue el de sus padres, que se amaron tanto que no les importó trasgredir los tabúes que les impedían conjugar aquellos mundos.

Sin embargo, cuando el o la champurria inicia un camino de liberación su newen se enciende. Ni el mar lo apaga. Mira por encima, mira desde abajo, amarra el cielo y la tierra, y se convierte en un weichafe capaz de ganar batallas e incluso la guerra contra sí mismo.

Pero es difícil ver y transitar el camino de la auto negación al auto reconocimiento. Es un trabajo titánico, penoso, muy lento. Suelen pasar años para que una persona se descubra mapuche y chileno a la vez, en una palabra, mestiza. Se hace necesario ver la negación y llamarla despojo centenario de sus tierras, aguas, plantas y animales. Y, pues, el corazón champurria que se indigna por estos despojos, que recuerda a sus abuelos y bisabuelos pisoteados, y remonta con orgullo su genealogía, no sabe de infartos. Su experiencia espiritual convierte las heridas en cicatrices, ya que puede perdonar sin dejar de luchar contra las injusticias.

El camino a la liberación del o la champurria conduce a la sanación de una enfermedad hereditaria. Esta cura requiere a veces la asistencia de otros, de machis que, a su vez, hayan enfermado y sanado por los buenos espíritus. En estos casos el o la machi hace de mistagogo que remedia con yerbas, pero que puede hacerlo también con relatos liberadores que ayudan a tomar conciencia de la inocencia.

Vayamos más lejos: el pueblo chileno es champurria. El champurria no está allí, sino aquí, en mí, en ti. Llevamos en el alma un daño de siglos que hemos aprendido a esconder a la vista de las otras naciones, y de nosotros mismos. El o la chilena es acomplejado. Mira hacia arriba y se vergüenza. Mira hacia abajo y menosprecia. Se ruboriza de haber sido víctima de blancos cuidadosos de seguir siéndolo. Es que en la escuela leyó los textos que le contaron la historia de los vencedores. Sus profesores, asimismo, le hicieron olvidar el mapudungún, le cortaron la lengua, pues el Ministerio mandaba enseñar mejor inglés.

Pero el futuro del país no depende del inglés ni del PIB. Hay algo más grande. El destino de los pueblos que integran este país será cosa de quienes abran el sendero que va de la agresión a la justicia y la reconciliación. Algo así nos diría la machi Adriana Paredes Pindatray. Según ella “tú no te puedes sanar si sigues siendo víctima pasiva de la usurpación. Es tan importante sanar en esta comprensión, de que sanar menos significa convertirse en opresor” (Elisa García, Zomo newen, Lom, 2017).

Pido perdón por adentrarme en el corazón mestizo sin haber pedido permiso. Lo hago porque hablo de gente que también a mí me despeja el camino por hacer. Adriana, con su testimonio de machi champurria, me pone en la huella de la salida.

¿Qué haremos con la sal?

¿Qué haremos con la sal? Es una de las respuestas que se da cuando alguno pregunta por el agua de mar que desalinizaremos. Según parece, desalinizar implica juntar la sal en alguna parte. Si se trata de tirar tuberías a ciudades grandes como Santiago para tener agua suficiente, la cantidad de sal que se acumule puede ser enorme.

El caso es que, después de la revuelta y la pandemia, la sequía puede convertirse en una tercera bestia del Apocalipsis, y quién sabe si seremos capaces de aguantar tantas penurias. La situación ya es terrible para especies que como los peumos y tantos animalitos que deben estar muriendo por doquier. Otros árboles, lo mismo. He visto vacas muertas cada doscientos metros en las serranías, caballos en los huesos. La sequía mata al norte chico desde hace décadas. También en otros lugares del país no se vive sin camiones aljibes.

El panorama es muy preocupante. La capital, que tiene una cuenca acuífera respetable, comienza a vivir de glaciares que se licúan uno tras otro. También cede el Echaurren. No llueve. No quiere llover.

¿Qué hacer? Supongo que el gobierno se mueve. Habrá preguntado al gobernador de California cómo han enfrentado este mismo problema. En Antofagasta las mineras sacan mucha agua de mar. La ciudad se abastece en más de un 80% con agua desalinizada. La ministra Schmidt de Medio Ambiente, tiempo atrás, nos dio un ejemplo muy de imitar. Es posible ducharse en menos de tres minutos. Conozco otro ejemplo. Hay un obispo que se ducha una vez a la semana. El resto, se lava las alitas en el lavatorio como solían hacerlo los europeos después de la guerra.

¿Qué se puede hacer? Que el gobierno haga lo suyo. Pero también los ciudadanos. Apelo a la ética y a la mística. Dejemos de lado las procesiones y rogativas al Padre eterno. Terminaríamos echándole solo a él la culpa, cruzados nosotros de brazos.

La mística ha de ser franciscana. La mística ecológica de nuestra época nos hace hoy amar el agua. Podríamos irnos a alguno de los cajones y quebradas de la pre cordillera que son una maravilla. Observar el agua correr, tomarla en las manos, olerla, beberla, lavarnos con ella la cara y agradecerla a la Pachamama. Amar el agua, preguntarles a nuestros pueblos originarios cómo se la ama. Nada habrá más importante. Amarla, gozar con ella.

El segundo paso, también franciscano, será cuidarla como lo hace la ministra y el obispo. ¿Dejar de regar el pasto? Probablemente sí. Pero antes de esto, cerrar bien las llaves, llenar la lavadora antes de echarla andar, enjuagar la tazas con lo justo y otras cosas más que dependerán de la circunstancia de vida en la que cada uno se encuentre.

Ética y mística: cuidado del agua para que alcance para las plantas, los animales, los insectos y los humanos. Y para la pura belleza. Porque el agua es linda. Punto. Mística, ética y estética.

¿Qué hacer con la sal? No sé.

La reforma litúrgica en camino

El Papa golpeó el tablero. El regreso a tiempos anteriores al Concilio debe terminar. La lefebvrización de la liturgia está quebrando la unidad de Iglesia. Si Sacrosactum concilium fue aprobada por 2.147 votos contra 4, hecha esta votación hoy la distancia podría ser menor.

Bajo un respecto, la decisión de Francisco lleva a preguntarse por las otras comunidades e iglesias cristianas. ¿Cómo ve la Ortodoxia la decisión del Papa? ¿Y la familia protestante? Los sectores ecuménicos, en general, la aplaudirán. Las mujeres la celebrarán. Dudo que vean con buenos ojos a sacerdotes que de nuevo les den la espalda y les hagan comulgar de rodillas.

Bajo el respecto teológico, el papa Francisco vela por la fe del Concilio Vaticano II porque ve comprometida la unidad de la Iglesia. El Papa, en los hechos, frena una interpretación del sacrificio de Cristo difícil de hallar en la praxis evangélica de Jesús. El cristianismo centrado en la cruz para el perdón de los pecados y, por ello, la eucaristía reducida a un sacrificio expiatorio, trastoca la historia de Jesús de haber sido crucificado por expresar el amor de Dios a todos sin exclusión. Gracias al mejor conocimiento que la Iglesia posconciliar tiene de los evangelios, sabemos que Jesús, en vez de obsesionado con el perdón de culpables, se desveló por curar a los inocentes.

El Papa golpeó la mesa. Pero, ¿no debió hacerlo todavía más fuerte? Francisco ha dado un paso, pero la versión sacerdotal del cristianismo acentuada los últimos mil años, y recién mitigada por el Vaticano II, está de vuelta. Juan Pablo II la reforzó. Pastores dabo vobis revirtió la reforma en la formación del clero de Optatam totius y la concepción del sacerdote de Presbyterorum ordinis.

La involución conciliar en esta materia ha consistido, en breve, en priorizar el servicio sacramental de los curas. El Vaticano II había subordinado este ministerio al de la evangelización. Francisco defiende el Concilio, pero no ha podido hacer más y aún tendrá que lidiar con enemigos conservadores que, desde el minuto dos, han entorpecido su gobierno.

Falta todavía mucho por des-sacerdotalizar en la Iglesia Católica.

Falta una convención constitucional en la Iglesia

La Convención constitucional mueve a pensar en algo parecido para la Iglesia Católica. Los acontecimientos son tan extraordinarios que hacen muy relevante que los católicos enciendan los motores y colaboren en una reedición política y cultural del país. Estimo que para que esta iglesia participe en esta gesta, bien pudiera tener lugar a una convención mediante una auto convocación. No veo necesario esperar a que sea promovida por la jerarquía eclesiástica.

Auto convocación, esta tendría que ser la modalidad. En ella pudiera participar cualquiera. Las actuales comunidades, de naturalezas muy distintas, pudieran activarse, mirarse unas a otras e iniciar conversaciones entre ellas y todo el que quiera, laicos u obispos. Podrían también crearse agrupaciones nuevas, lo más plurales posibles, ecuménicas, interreligiosas e interculturales, en las que la meditación, el diálogo, la publicidad y las publicaciones fueran la metodología.

Los medios para establecer la comunicación están. Internet ofrece hoy la posibilidad de abrir blogs y páginas web. Las comunidades y nuevas agrupaciones podrían crear los suyos para que la conversación sea lo más ancha posible. Con Twitter, Facebook y otros medios se podría avisar lo que se quiera compartir. No se está en cero. Actualmente hay iniciativas de este tipo. Existe Kairós, También somos Iglesia, Mujeres Iglesia y seguramente otras, además de iniciativas de personas individuales que difunden el Evangelio a su manera como ser Peregrinos.

El tema número uno debiera ser cómo conjugar el Evangelio con las inquietudes y necesidades de Chile. Bien pudieran las bienaventuranzas de Jesús animar, acompañar y dar voz, por ejemplo, a los familiares y amigos de los casi cuarenta mil compatriotas muertos a causa del Covid 19; a los funcionarios públicos, como quienes sirven a los reclusos(as) privados(as) de libertad, y otros más; a los campesinos que amanecen y se acuestan lamentando la terrible sequía. Una evangelización para estos tiempos verdaderamente revolucionarios debiera elucidar los contenidos de la Dignidad que se reclama y que se hace necesario estipular en una nueva constitución. El documento Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, hace más de cincuenta años, hizo de la Dignidad humana un concepto clave para el diálogo de la Iglesia con el mundo de hoy. Esta constitución apostólica está totalmente vigente. Lo que está faltando es hacerla jugar con los nuevos tiempos.

Este servicio hacia afuera exige, empero, una revisión hacia adentro. Los católicos necesitan conversar sobre cómo están viviendo su cristianismo. Las señales son extremadamente preocupantes. La desafección de los(as) bautizados(as) con la jerarquía eclesiástica, y la fuga, no tienen precedentes. Las causas son muchas. Las comunidades, las nuevas agrupaciones y los freelancers de auto convocados pudieran empezar por el tema que les parezca más relevante.

Otro asunto doméstico es hacer un examen de conciencia personal e institucional. La Iglesia en Chile tiene casi quinientos años. El cristianismo ha inspirado prácticas y testimonios profundamente humanos, pero también ha sido colonizador y religión de opresores. La Vicaría de la Solidaridad rescató seres humanos de las garras de agentes del Estado que se declaraban cristianos. Pero la Iglesia Católica trató a las religiones originarias como paganas. Sin humildad y sentido de arrepentimiento, la Iglesia puede trasmitir otras cosas, pero no el Evangelio.

Entre los procesos en curso más interesantes en Chile hoy está la emergencia de sujetos históricamente negados, y la aparición a la luz del sol de nuevas y antiguas injusticias. El país avanzaba al barranco con piloto automático. Despertó. Las tradiciones religiosas y culturales tienen ahora una oportunidad única para ayudar a discernir lo que ocurre, para sumarse a la reivindicación de las minorías y defender los valores que harán a los chilenos más humanos. Se necesita una auto convocación.

Loncón: transición de la negación al reconocimiento

Lo que ha ocurrido en la instalación de la Convención Constitucional tiene una importancia cultural de primer orden. No ha sucedido nada igual en casi 500 años de historia. Si la Corona les reconoció el carácter de pueblo a los mapuche, si no los absorbió, la República, para absorberlos, los negó. Los negó, les quitó sus tierras y los humilló sin medida. Les negó sus vidas. Ahora, en cambio, la elección de Elisa Loncón como presidenta de la Convención representa el reconocimiento de la dignidad de muchos grupos humanos, mujeres, LGBT, jóvenes y víctimas varias del neoliberalismo. De estos reconocimientos, el de los pueblos originarios es para Chile el más significativo.

La Corona y la Iglesia, durante los años que duró la Colonia, negaron a los indígenas el valor de sus religiones. Las consideraron paganas. ¿Tenían los indígenas un alma humana? Los teólogos dijeron que sí. Los reyes, en principio, basaron en esta sentencia la Conquista. Tuvo sentido, en consecuencia, evangelizarlos, enseñarles la religión que ellos creyeron era la mejor. Por entonces los mapuche, guerreando, consiguieron una Frontera. Hasta aquí ellos, desde aquí nosotros. Se consiguió la paz, pero no la integración.

A continuación, el Chile republicano, la República criolla y mestiza, nuevamente negó a los mapuche, y a otros pueblos originarios y sus territorios. Lo hizo con el sable, con reglas y escuadras. Les negó su lengua: castigó a los niños que en la escuela hablaran mapuzugún, aymara… En el estudio de la disciplina de Historia les impuso su historia, el relato de los vencedores, el de los que parecían superiores. Las iglesias cristianas, por su parte, vieron a los indígenas como paganos e idólatras, aunque no faltaron valiosas excepciones y en las últimas décadas se ha dado un descubrimiento notable de Dios en sus tradiciones y una defensa de sus creencias religiosas. Pero todo sumado, se negó a pueblos inocentes, y esta negación, por otra parte, despejó el terreno a su explotación.

Aún más, lo que ha terminado simbólicamente esta semana es la negación que hace de los(as) chilenos(as) un pueblo de acomplejados. En nuestro país grandes mayorías no quieren ser indígenas. Pero somos mezcla, lo dicen los estudios genéticos, y una simbiosis cultural centenaria. Hemos querido, y hecho ingentes esfuerzos, para que las otras naciones nos reconozcan como europeos. Pero no. No lo somos. Nos da vergüenza no serlo. Lo tapamos, lo ocultamos, y sin darnos cuenta nos negamos a nosotros mismos y vamos por el mundo imitando a los otros, alienados, sin alma, haciendo el ridículo.

La elección de Elisa Loncón simboliza, en términos religiosos, la redención de nuestro país. Se quiere que la gesta sea el comienzo de una nueva historia, como ella misma lo dijo. En adelante habremos de descubrir que éramos mucho más ricos de lo que imaginábamos. Que aquello que despreciábamos, el otro, debió ser un motivo de orgullo. Lo digo a modo de símbolo, porque en lo inmediato seguirá habitando en nosotros el arribista, el orgulloso de ser blanco o blanco cada vez menos. Lo más importante, sin embargo, es que se ha abierto una grieta en el dique. Por mi parte, espero que termine de ceder por completo y se desborden río abajo los deseos de liberación y de integración entre quienes nos hemos excluido, y se instale en nosotros, como se instaló la Convención, el fin de la desconfianza, el temor a los demás y el desamor.

No sabíamos lo principal. Los mapuche nos habían soñado. Loncón lo dijo en su extraordinario discurso de justicia y de paz: “Este sueño se hace realidad. Es posible, hermanos y hermanas, compañeros y compañeras, establecer una nueva relación entre el pueblo mapuche, las naciones originarias y todas las naciones que conforman este país”. Las suyas fueron palabras de integración. Debieran calar el corazón. Palabras de integración y reconciliación, sin rencor, porque “este sueño es un sueño de nuestros antepasados”. No sabíamos que, a pesar de todo, nos amaban y soñaban con nosotros.

Pilar solidario de carne y hueso

Escribo acerca de otro pilar solidario. No hablo de las pensiones. Hablo de personas. Tengo en mente gente que está en una edad en que toca hacerse cargo de los de arriba, de los de abajo, además de los que nos asaltan por los cuatro costados.

Pensemos en los padres y madres entre los cuarenta y los sesenta. En estos tiempos tremendos, ellos tienen que trabajar, cuidar la pega e ir tras los bonos. Deben, también, convencer a los niños que no pueden salir a la calle y, como si fuera poco, ayudarles a hacer las tareas en plataformas que no conocen. Es la mamá llenando el permiso de la Comisaría virtual porque tiene que llevar a un niño al hospital. El papá, preocupado de su madre encerrada en el hogar de ancianos. Hablo de quienes cargan con los enfermos del covid, cuando también ellos pueden contagiarse.

De ellos dependen otros, pero están muy cansados. El peso es excesivo y, para remate, han de lidiar con ellos mismos, con su propio carácter. Están cabreados. ¿Qué pueden hacer? Soñar con que vienen tiempos mejores. Sí, pero esto no basta.

En estos momentos al pilar solidario, a este de carne y hueso, no le queda más que aguantar. Es la hora del sacrificio máximo. Por lo mismo, esta gente no puede pasársela refunfuñando, echándole la culpa al gobierno, al clima o a cualquiera. Darían un mal ejemplo a sus críos. Al contrario, han de extraer del alma las gotas de alegría que les puedan quedar. Los hijos e hijas están al aguaite.

¿De dónde sacar fuerzas? Del instinto, obvio. Somos animales. El instinto de vida es poderoso, sirve invocarlo. El newen, la fuerza de que fuimos dotados por la naturaleza nos empodera y puede cosas increíbles.

Los otros también son una fuerza fundamental. Es difícil imaginar que podremos salir adelante solos. Necesitamos a los compadres, a las vecinas, a la comunidad parroquial, a los amigos de la barra brava, mientras más brava mejor.

Por último, la mayor de las fuerzas podremos sacarla del día de nuestro funeral. Desde la eternidad podremos contemplar cómo los demás hablan bien de nosotros, lo cual nos importará un rábano. Pues ese día recordaremos que nada fue más importante que el amor callado con que cumplimos con nuestro deber. Nadie hablará mal de nosotros, esto es seguro. Se dirá que nos gustaban las guatitas a la jardinera, que nunca hablamos mal de nadie, que nos enfurecía que nos sacaran los choros del canasto. Ojalá se nos recuerde con amor y humor. Sonreiremos.

Pero la verdadera alegría, esa que ese día nos hará reírnos de los llorones y lloronas que nos mirarán en el ataúd, consistirá en observar que ninguno de nuestros familiares y amigos sabrá nunca que, cuando parecíamos un pilar de cemento, éramos en realidad una caña hueca siempre a punto de quebrase. Desde este lado de la historia pareceremos muertos. Desde el otro, seguiremos insuflando esperanza a los que no dan más.

No sé si me explico. Hay sacrificios en silencio que hoy pueden tener una fuerza ilimitada, trascendente. ¿Me explico?

La educación ciudadana en la escuela

La reciente elección de constituyentes habrá de recordarse como uno de los hechos más importantes en los años de vida de Chile. Nadie puede asegurar que el resultado vaya a ser exitoso. Pero, vista la historia con un lente de gran angular, estamos en algo extraordinario.

Es necesario levantar la mirada, triunfar sobre los miedos y no quedar enredados en las escaramuzas, y en los espectáculos de los viejos políticos y los malos tratos de las nuevas generaciones. Porque, paréntesis, no es para nada claro que las nuevas vayan a ser mejores que las antiguas. Por esto mismo, creo que la escuela tiene en estos momentos una misión relevante.

La politización de la juventud merece un aplauso. Pero si no conduce a un perfeccionamiento de la democracia, preparémonos para otra cosa. Hace seis años se constató que más del 50% de los niños de octavo básico preferían una dictadura a la democracia. No saben lo que quieren.

Lo que está en curso es redemocratizar el país, además de una sanación honda de las heridas que han dejado demasiadas injusticias. Para que la nueva institucionalidad dure lo más posible, se requerirá hacer propios los valores fundamentales de la democracia y en esto la escuela tiene la primera responsabilidad. Se podría esperar que lo hiciera la familia. Pero esta en Chile es demasiado precaria. El 74.6% de los niños nace fuera del matrimonio.

¿Qué hacen hoy las escuelas a este propósito? La ley 20,911 de 2016 establece que todos los establecimientos educacionales deben impartir cursos de educación ciudadana. Unos establecimientos la imparten en los cursos de Historia, otras crean cursos optativos, talvez en algunas partes no se haga nada. Mal. ¿Qué hacen los profesores? Hay cuatro asuntos que me parecen fundamentales: ejercitar a los alumnos en argumentar, en practicar la toma decisiones en común, en caer en la cuenta de la dignidad de cada persona y en aprender a honrar la palabra.

La argumentación exige desarrollar un amor por la verdad. Los niños y niñas habituarse en buscar la verdad y encontrarla mediante el diálogo. La argumentación requiere, por lo mismo, llegar a poseer una posición propia, saber fundamentarla y defenderla. La verdad que demanda una convivencia política es una construcción colectiva. ¿No podrían los profesores ensayar con sus alumnos la redacción de la constitución del 2022? ¿La de su mismo colegio? Hablo de un juego evidentemente.

Es clave, por lo mismo, educar para impedir que unos le impongan a otros, aun por votación, sus modos de ver las cosas. En democracia todos sin exclusión merecen respecto de su dignidad. Si todos la merecen, todos la deben reconocer en los demás. Se mancilla la dignidad con odios, cancelaciones, bullying, insultos, funas y atropellos de los adversarios. Vi un día en una marcha por la Alameda a un papá instando a su hijo de unos diez años a que le sacara la madre a los carabineros. El niño se turbó. No volvió a ser el mismo. Seguro.

Por último, habrá que enseñar a honrar la palabra. Dice la constituyente Elisa Loncón: “con la palabra se puede construir la historia”. Con la palabra, creen los mapuche y los cristianos, Dios creó el mundo. La República muchas veces ha dado la palabra a los mapuche y no les ha cumplido. La Convención Constitucional será un auténtico parlamento en el que se parle y se escojan las palabras que amarren una nueva convivencia política.

Debo algunas ideas de esta columna a una conversación con alumnas y alumnos de tercero medio del liceo Juana Ross de Valparaíso, en su curso “Argumentación y participación en democracia”. Agradezco su corrección a mi sobrino Pedro, estudiante de segundo medio del Colegio San Ignacio en Santiago.

Voceros no, intérpretes sí

Hace un par de semanas atrás, en un programa televisivo, una periodista preguntó a Natalia Henríquez, de la Lista del Pueblo, cómo se veía tras ser elegida a la Convención Constitucional. Natalia, con humildad, contó su vértigo por habérsele dado el mayor de los poderes políticos. Sabiéndose parte de los 155, dijo: “Vamos a tener que hacer algo muy responsable con esto que está sucediendo para que suceda bien…”. Me conmovió. Su actitud es la de una intérprete de un país y no la de una vocera de la gente que la eligió ni la de su propia lista.

La vocería es un servicio muy respetable, nada fácil de desempeñar. Exige reproducir exactamente lo que la autoridad superior, sea personal o colectiva, le encargue. A los voceros se pide habilidad para entender el problema en cuestión y comunicarlo a otros con máxima fidelidad y convicción. El vocero debe defender a su representado a rajatabla. No debe movérsele un músculo si le preguntan algo como ser: “y usted qué piensa”.

Pienso que nuestros representantes en la Convención Constitucional debieran ser intérpretes y no voceros. Su misión es ser interpres populi y no hacer de niños de los mandados de ninguna de las listas del último plebiscito, de los partidos, de los empresarios o de las iglesias. De nada.

La actitud de Natalia hace de brújula. Ella se sabe intérprete del pueblo chileno en su conjunto, de ricos y pobres, de jóvenes y viejos, de mujeres y varones. Ella y los demás constituyentes son nuestros representantes, “nuestros”. En ellos, independientemente de su origen político o de sus causas, hemos puesta nuestra esperanza. Necesitamos que desempeñen su misión como auscultadores de un sentir y un pensar ciudadanos, de reclamaciones plurales, de tal modo que los capítulos, artículos e incisos del nuevo texto faciliten una convivencia nacional justa y pacífica.

El intérprete es un creador. Es un pequeño dios. Nadie le puede pedir cuentas de lo que solo puede realizar con suma libertad. Debe responder por su trabajo al país entero, pero del ejercicio por sí y ante sí de la facultad que se le ha dado para pensar, para dialogar, para informarse debidamente y para fundamentar. Nuestros representantes no debieran entrar a las dependencias de edificio del congreso mirando al suelo o hacia los lados, sino con la frente ligeramente en alto, pero no demasiado, no tanto como para creerse iluminados que no tengan que recurrir a la voz experta de los economistas, educadores, sociólogos, ingenieros, filósofos, los constitucionalistas y los demás científicos que se van a requerir. No importa que no conozcan la mayoría de los temas. Hoy, menos que nunca, alguien sabe de todo. Si nuestros representantes ignoran, que aprendan lo más que puedan. Pero la dignidad del cargo estriba en obedecer solo a su conciencia.

Este será el penúltimo paso. El último consistirá en que cada representante acepte el resultado del plebiscito de salida, aunque el texto de la nueva constitución no le guste mucho. La obediencia en conciencia le exigirá honrar las reglas del juego democrático. Pues lo que está en ciernes es la creación de una institucionalidad que exprese y custodie la toma de conciencia colectiva del país que queremos.