Archive for Jorge Costadoat

Conversión al feminismo

Entiendo que el feminismo es una lucha por la igualdad. Sé que es mucho más que esto, pero, si no me equivoco, su principal objetivo es superar una desigualdad, un modo de ser diferentes que hasta ahora se ha traducido en servidumbres, menoscabos y abusos de diverso orden en perjuicio de las mujeres. Mi opinión es que se hace necesario convertirse al feminismo.

Tal igualdad, me dicen, tiene por fin último un incremento en humanidad para hombres y mujeres, lo cual sería imposible de lograr sin una colaboración entre ambos. Debiera quedar atrás un modo ideologizado de entender la diferencia (que convierte a las mujeres en objetos de manipulación). A cambio, debiese prosperar una diferencia realizadora (que consista en que las mujeres sean sujetos capaces de relacionarse en términos de igualdad en dignidad y derechos con los varones, y también entre sí).

(Sé que hablo de un campo desconocido. Tengo pendiente leer a Judith Butler. Conozco, del tema, la teología feminista. Una amiga teóloga me obliga a citar mujeres. No lo hago por ser políticamente correcto. Estoy convencido de su enorme valor).

¿Dónde estamos? Hemos avanzado mucho. Tantos hombres reconocemos que la liberación de las mujeres nos ha hecho mejores. Es más, veo que hombres y mujeres en la casa y el trabajo están creando algo completamente nuevo, distinto a los productos de las relaciones asimétricas tradicionales. No es cuestión solo de cambiar pañales. Se progresa en pagar sueldos parejos, en reconocer también un valor monetario a aquello que no es posible calcular en pesos, eso que se llama amor y que hace las veces de locomotora de esta causa.

(Los cristianos tendríamos que ver en el objetivo final del feminismo una nueva creación. No basta desideologizar la relación entre Adán y Eva. Es necesario tomar en serio la intuición de San Pablo, de acuerdo a la cual en Cristo “no hay hombre ni mujer”, pues en él todos son uno (Gál 3, 28)).

Por cierto, debe reconocerse que los avances realizados son fruto de una lucha. Todos juntos tendríamos que llegar a ver que hay prácticas y actitudes que tenemos por naturales, pero que debieran dejar de serlo. Hay tironeo, obvio. Los hombres tendremos que aguantar el chaparrón. Estamos hablando de injusticias milenarias. Pero la lucha es lucha. Para que se cumpla el objetivo, los hombres no podemos tolerar demandas irracionales. Aquello de que se trata lo conseguirán los géneros juntamente y no mediante la imposición de uno sobre el otro. Ambos están obligados a un discernimiento de los mejores caminos.

(El feminismo es una actividad espiritual. Es fruto de una inspiración. El Espíritu moviliza, da fuerzas. Es una pasión animada por el mártir Jesús, dirían los cristianos).

Hablo de conversión. No se trata de cambios exteriores, de concesiones, menos aún de simulaciones. Se hace necesario un cambio que provenga del corazón. La locomotora que tire de los carros, digo, ha de ser el amor. El amor conjura miedos atávicos. Hombres y mujeres han de cambiar por dentro, dejando atrás el machismo que los barbariza y reconociendo en el otro algo sin lo cual no se llegará a ser sí mismo.

(En la Iglesia católica reina la barbarie. Cristianos y cristianas se distancian cada vez más de una institución eclesiástica masculina impermeable al Evangelio. No parece que las conversiones singulares de los sacerdotes sean suficientes para reformar estructuras fosilizadas. Lo único que parece tener futuro, según parece, es una nueva versión del cristianismo, una en que hombres y mujeres participen en su Iglesia con igual dignidad).

La liberación y dignificación de la mujer equivale a una salida de las cavernas. La lucha por esta posibilidad no es exclusiva de las mujeres. También los hombres tendrían que ser feministas. No es necesario que se vuelvan femeninos. Sería ridículo. Bastaría con que fueran los varones que están llamados a ser.

Necesidad de reconocimiento de la espiritualidad de los pueblos originarios

Las religiones abrahámicas han hecho llegar a la Convención constitucional un documento pidiendo un reconocimiento al valor de la religión y de la libertad religiosa. El hecho ha sido celebrado en la prensa. Pero, lo que debe considerarse un triunfo del diálogo interreligioso occidental, merece ser criticado desde el punto de vista de los pueblos originarios. La carta es firmada por los líderes de las confesiones religiosas católica, ortodoxa, anglicana, evangélicas, judía, islámica y la Iglesia de Jesucristo de los últimos días. Pero no la firma ningún líder de los pueblos originarios. Para los firmantes estos pueblos parecen no existir. Se les olvidó considerarlos. Estoy seguro que ha sido casual, una negación involuntaria. Pero históricamente la negación de la índole espiritual y de las mediaciones religiosas de estos pueblos se ha hecho no solo de un modo inconsciente. Ha sido también un método pastoral.

El documento no tiene en cuenta uno de los principales signos de los tiempos. Lo más extraordinario en esta materia a nivel mundial es la toma de conciencia del daño producido por las colonizaciones culturales. Recientemente la Iglesia Católica en Canadá ha hecho público su remordimiento por la muerte de miles de niños entre los años 1831 y 1996 en los internados que ella gestionaba y en los que se llevó a cabo la supresión de la lengua, la cultura e identidad de los pueblos indígenas. El gobierno canadiense ha reconocido que en estos lugares se perpetraron todo tipo de abusos. La reivindicación de las identidades oprimidas está en auge en el mundo. Se pide justicia. Se demandan reparaciones.

La Colonia en América Latina se abrió paso con el Requerimiento. El conquistador alzaba la cruz delante del indígena y, en latín, le pedía una confesión de la fe católica. Si aceptaba la fe, bien. Si no, se le hacía esclavo.

El catolicismo chileno consideró pagano al pueblo mapuche. Los esfuerzos de la Iglesia Católica contemporánea por una inculturación del Evangelio entre los pueblos indígenas, aunque constituye un aprecio de sus culturas y religiones, merece una revisión. Las comunidades evangélicas en la Araucanía exigen a sus fieles no asistir a los Nguillatún. Los ejemplos de invasión y conquista religiosa de estos pueblos pueden multiplicarse.

Los líderes religiosos firmantes de la carta a la Convención lamentan la quema de iglesias, templos y capillas. Hacen mención de algunos apoyos económicos del Estado para sus actividades porque consideran que la religión es esencial al ser humano. Pero, ¿no han debido también decir algo sobre la colonización del país desde 1541 a la fecha? ¿Sobre el daño enorme causado a los pueblos originarios? Tal vez no era el momento. ¿Lo habrá? En el Estrecho de Magallanes todavía se recuerda el caso del patagón que hicieron subir a una de las naves del navegante y lo bautizaron Pablo. Murió poco después.

Lo único que parece tener futuro en materia cristianismo en Chile es un replanteo a fondo de la evangelización. El Evangelio exige hoy un diálogo intercultural. Si se trata de emparejarle la cancha, los cristianos tendrían que promover el cultivo de las religiones originarias, hacer todo lo posible por potenciarlas, porque su Dios no es mejor que el de estos. Aún más, el Dios de los cristianos es el Dios de los pueblos oprimidos, como lo ha subrayado la Iglesia post conciliar latinoamericana y la teología de la liberación. Pues tampoco Cristo es monopolio de los cristianos.

El testimonio de Millaray Garrido Paillalef sirva como prueba de lo que vengo diciendo: “Cuando yo llegué (a la escuela) ya no había curas, había profesores del Magisterio de la Araucanía, que es como un mafia de la Educación en la Araucanía. Ellos están metidos en las comunidades indígenas y han tenido un rol importantísimo en el blanqueamiento del mundo mapuche, metiéndose como agentes pasivos con la excusa de la educación y la evangelización. Ellos nos enseñaban a cantar el himno nacional de Chile en mapudungun, a rezar el Padre Nuestro y el Ave María en mapudungun. Nos enseñaban que la Ñuke Mapu era lo mismo que la Virgen María y que Chao Ngenchen era lo mismo que Dios. Mi mamá era la única apoderada que iba a reclamar y a decir que no me podían confundir de esa manera” (Elisa García Mingo (coordinadora), Zomo newen, Lom, 2017).

Pido a los líderes religiosos de la carta a la Convención que la redacten de nuevo. También para los hijos de Abraham llegó la hora de la conversión.

La prensa libre, ¿un derecho social?

La libertad de prensa es un derecho civil. ¿Pudiera ser también un derecho social? ¿Un derecho a ser informado y a formarse una opinión en temas que importan al bien común?

Con ocasión de la etapa comenzada por la Convención, Carlos Peña en una columna reciente distingue tres tipos de derechos. Los derechos civiles, como el de movimiento y de religión, los cuales pueden ser ejercidos por los individuos aunque moleste a las mayorías. El derecho a la prensa libre cabría en esta categoría. Segundo, los derechos políticos, que salvaguardan la autonomía colectiva, como ser la posibilidad de formar un partido, aunque sea una agrupación minoritaria. Y, por último, los derechos sociales que benefician a las grandes mayorías con los bienes que la sociedad produce, derechos exigibles en la medida que ella tiene los medios para hacerlo.

Mi opinión es la siguiente. La verdad que sirve para la construcción social tiene un valor fundamental. Sin esta la sociedad democrática se desmorona en favor de los más poderosos. Sin medios de comunicación que canalice la libertad de expresión, las que pierden son las grandes mayorías. La ciudanía, para ser tal y no masa expuesta a la mentira y la maledicencia, hoy fácilmente generadas industrialmente, tiene derecho a participar en debates informados.

El caso es que nuestras sociedades están enfrentando un mismo problema. Sus instituciones son socavadas por la perentoriedad con que sus autoridades son exigidas a dar cuenta de sus actos a través de las redes digitales. Twitter y Facebook no dan tregua, no dejan espacio a las explicaciones, hacen de armas. Los políticos son sometidos a un escrutinio despiadado. Lo más grave son los ataques contra los partidos en cuanto tales, a saber, las mediaciones básicas de la democracia. Por otra parte las encuestas y el rating contribuyen a la volatilidad de las opiniones. Esto y aquello, que por cierto y a pesar de todo ayuda a la participación popular, mina los organismos sociales que tradicionalmente procesan, organizan y vehiculan sus opiniones, e impiden también que los políticos cuiden a la ciudadanía de sí misma.

Creer que se puede prescindir de la prensa porque hay redes digitales que cumplen su misión es un engaño brutal. Por cierto, sin la prensa estas redes no tendrían siquiera con qué informar a la gente. La falta de medios profesionales nos condenaría al rumor. Ocurre en las dictaduras. Las redes cumplen una labor de control indiscutible, pero lo hacen de un modo caótico y no garantizan información fidedigna. La prensa es una disciplina profesional clave de las democracias modernas.

Vuelvo al punto de partida. La prensa, si es sustentada por el Estado como un bien que la ciudadanía merece por derecho para participar responsablemente en el gobierno de sí misma, es una institución tan importante como los partidos. ¿No podría considerársela un derecho social y no solo un derecho civil?

El rector de la UDP al final de su columna se pregunta por la propiedad privada. Qué es? Ella vincula todos estos derechos. En su virtud, “el miembro de la sociedad abierta y democrática (como la que debe inspirar a la Convención) posee inmunidad frente a los demás (los derecho civiles); participa en la formación de la voluntad colectiva (derechos políticos); y en tanto ciudadano accede a los mínimos civilizatorios que la sociedad ha alcanzado (derechos sociales)”.

Me parece que, por análoga razón, la prensa cumple esta misma misión. Es más, para no depender de la mera propiedad privada, debiera ser financiada por el Estado. Una sociedad que goza de una prensa profesional sustentada por privados y por el Estado, mediante un control recíproco, tiene mayores posibilidades de ser llamada libre.

El estilo también cuenta

Me apoltroné con interés a ver los debates presidenciales por televisión, pero termine entristecido. Se dieron muy duro. Dificulto que un candidato que ha atacado brutalmente a su adversario pueda honrar al país como presidente o presidenta. ¿Es necesario ver a los candidatos tratarse como rufianes? No.

No lo fue así en el pasado, a futuro se puede mejorar. Siempre es posible sacar del alma algo de caridad con el contrincante. ¿Quién se imagina a Frei Montalva pidiéndole un certificado médico a Julio Durán? No veo a Salvador Allende acusando a otro de drogadicto. ¿Paraísos fiscales? ¿Reconocimientos de lobby? Los insultos en público salpican a medio mundo.

El maltrato hace mal para adentro y para afuera, a uno mismo, al otro y a los televidentes. En el catch el golpe indigno es parte del juego. El Ciclón del Caribe, la Momia, el Mohicano… “Todo vale”. En el box, no. El puñetazo bajo el cinturón del boxeador desprestigia el deporte. Los insultos en la política son prescindibles.

El estilo, la magnanimidad, la prestancia, marcan una enorme diferencia. Tienen una utilidad práctica. El respeto del competidor ahorra malos ratos que en política pueden ser numerosos, pérdidas de tiempo, energía gastada en curar heridas que pudieron evitarse. Pero más que esto, el estilo engrandece e ilumina en rededor. Despeja las mentes. Facilita los acuerdos. Embellece.

Por cierto, la vulgaridad tiene sus ámbitos de legitimidad. Nadie que vaya al estadio puede escandalizarse de un hincha que le saca la madre al árbitro. Ríase. ¿Puede haber alguien tan odioso como para escandalizarse por un chiste picante contado en un asado? Pero la política no tiene por qué usar la vulgaridad como método.

Esto no quiere decir que las pifias, trampas, robos, aspiradas de cocaína de los políticos no hayan de saberse. El escrutinio público de los políticos es indispensable. La ciudadanía tiene que saber lo mejor posible por quién y por quién no puede votar. Los estándares de trasparencia deben ser altos. Pero esta labor la pueden cumplir los voceros. Un jefe de campaña debiera ser implacable con los traspiés y taras de las candidaturas opositoras.

La prensa tiene una labor clave, sea para ayudar a encontrar al mejor candidato, sea para desmaquillar al peor. Los periodistas no deben soltar la presa. Pero, ¿no tiene la televisión mejores formatos que el exigido por el rating? En el primer debate los periodistas no profundizaron en las dos grandes cuestiones que enfrentará el próximo gobierno: la economía (que ha de sustentar los derechos sociales y medioambientales) y la violencia (que amenaza desplomar la Araucanía y la del narcotráfico que asuela las poblaciones). Ni tocaron el tema.

El país no puede permitirse elegir a alguien que arriesgue la gobernabilidad. Esta misma será más fácil si en las relaciones humanas se cuida la compostura. También el estilo cuenta. La elegancia en política hace bien a una ciudadanía que suele ser todavía peor que sus representantes. Así las cosas, los niños, para preparar las tareas de educación cívica, podrían ver programas pasadas las diez de la noche.

El libro del plebiscito de salida

Si el plebiscito de salida llega a aprobar una nueva constitución, espero que una gran casa editorial confeccione un libro que recoja las experiencias de nuestros representantes en la Convención. Debe quedar registro de un acontecimiento tan extraordinario. Porque esto sería una revolución, un salto adelante, una creación indeducible de los presupuestos que la han hecho posible.

Convendría que el libro tuviera dos tomos. El primero tendría que recoger la experiencia de los constituyentes. Dejarlos hablar así no más. A la libre. Pudiera darse diez páginas a cada uno. Unos 35 mil caracteres sin espacio. En estas páginas tendrían que contar qué pasó con ellas, con ellos, qué les pasó en la mente, en el corazón, cómo cambiaron, qué les hizo mejores personas. No debieran quedar fuera las heridas, los traumas, las derrotas.

Un segundo tomo pudiera dedicarse a entrevistas. Periodistas especializados con pala y picota tendrían que ayudar a los constituyentes a sacar fuera asuntos clave del proceso. La periodista tendría que preguntarles, por ejemplo, qué aprendieron de la democracia. Otras preguntas: “¿querría usted presentarse a una elección parlamentaria?”. “Usted y sus colegas, ¿qué pueden decir de lo que la prensa opinó de su trabajo?” “¿Qué medios contribuyeron, les ayudaron?”. “¿Quiénes trataron de sabotear el proceso?”.

Faltaría, en realidad, un tercer tomo. Este podría centrarse en la transmisión de un aprendizaje. ¿Qué querrían transmitir a sus hijos los y las constituyentes de lo aprendido? No digo anécdotas. Sí, también anécdotas, pero sobre todo aquello que aquilataron con amor y desearían ahora transmitir con pasión porque, pase a futuro lo que pasé, tendrá un valor imperecedero. Estoy pensando en la ponencia que presentarían en una reunión de ENADE, en el colegio de profesores, en una facultad de ingeniería o en cualquier lugar que se los quiera escuchar. Espero que el Ministerio de educación financie la publicación y convierta esta sabiduría en enseñanzas, como si la primera obligación de un país fuera aprender de su propia historia. Talvez el Ministerio tendría que duplicar las horas del curso de Educación cívica. Habría que aumentar además las de Historia.

Perdón. Debiera haber también un cuarto tomo. Este tendría que contener las palabras clave. No me refiero a los términos políticos. Para estos habrá otro tipo libros, actas. Tengo en mente lo dicho arriba. Hablo de las palabras clave de un acontecimiento de humanidad personal y colectivo que custodie el aprendizaje de 155 personas que, siendo tan distintas, tuvieron que esforzarse al máximo para sacar adelante un proyecto duradero. Palabras clave. En este mismo tomo se podría incluir reseñas biográficas de estas personas. Fotos. La foto oficial de la entrega del proyecto al Parlamento, sin duda. Sería interesante, por último, que se incluyeran las obras de referencia utilizadas, tales y cuales autores, estudios, influjos. Y no debieran quedar afuera agradecimientos a gente que no estuvo entre los elegidos, pero colaboró con diversos de trabajos.

Esta obra no debiera incluir un quinto tomo dedicado a los romances. Esto podría quedar para otro libro. Muchos cafecitos, horas extras, cabeceos… Los enamoramientos habrán podido desconcentrar a nuestros representantes, pero también facilitar acuerdos. El amor político radica en el mismo corazón con que las personas se aman y se aceptan.

Nuevo nombre para tiempos nuevos

Se oye decir que la pandemia, de la que talvez no salgamos nunca más porque de aquí en adelante los virus variarán al infinito, es la señal más clara de una crisis medio ambiental planetaria que quizás la humanidad no podrá revertir. Así de gris es el horizonte. ¿Cuál será es el nombre del tiempo en el que estamos?

Se dirá que la nueva etapa se caracterizará por la necesidad de adaptarse a cambios múltiples, provocados unos por otros y de un modo acelerado. ¿Qué más? Los nuevos tiempos tienen visos de catástrofe. Si el derretimiento de los polos hace subir el nivel de los mares, poblaciones completas migrarán a zonas más altas, quitándoles las tierras a sus vecinos. ¿Algo más? Los equilibrios geopolíticos muy probablemente se quebrarán. Las guerras pueden multiplicarse. ¿Algún otro asunto? Sí, si la mayoría de los países tienen a China como su primer socio comercial, los embajadores de las naciones democráticas se verán forzados a aplaudir de pie a los próximos emperadores en el Gran Salón del Pueblo. Adaptación, migración, guerra y dictadura pueden convertirse en el nombre de la nueva era, entre otros muchos posibles.

Pero el asunto decisivo no es cómo se llamará este tiempo intermedio, sino como queremos que se llame. La creciente adversidad no impide que el porvenir pueda ser mejor, pues el qué siempre depende en alguna medida del cómo. ¿Vienen años de hambre? El nuevo tiempo puede llamarse la Estación del Pan. ¿De violencia? Podríamos hablar del Ciclo de la Paz. Si se multiplican los ratones, ¿no podríamos inaugurar el Año del Gato? No es cosa de voluntarismo. El voluntarismo mata. Mejor sería recurrir a aquella imaginación con que tarde por la noche o temprano por la mañana, intentamos cerrar el círculo para agradecer el día que termina y encarar el que está por comenzar.

Todos los nuevos nombres de esta nueva etapa pueden ser positivos, aunque el cataclismo sea inminente. Lo serán, si entramos en ellos como protagonistas y no como ovejas enviadas al matadero, sumisas al destino que les impone. El espíritu es invencible. El nombre de los nuevos tiempos debiera ser uno performativo. La denominación de esta etapa histórica tendría que depender de los que se impliquen activamente en crearla. Esta etapa entre la pandemia, que anuncia que en adelante todas las crisis serán globales, y un acabo mundi impajaritable si no llegamos a enfriar el medio ambiente, podría ser ojalá dramática pero no trágica. Las tragedias ocurren independientemente de los sujetos que las padecen. Se imponen como el hado. La superación del drama, en cambio, depende del amor por la vida, de la clarividencia para identificar las fuerzas en conflicto y de empujar juntos en la dirección correcta.

Todavía es hora para el drama. Esperemos que no llegue la de la tragedia.

El nombre de esta era, se ha dicho, es el Antropoceno. Este es el mundo que creó el ser humano y del que hoy es su víctima. Lo que no se ha dicho es que la superación en tabla no depende de la pura ciencia, ni del solo ñeque. La ética a secas amarga. Necesitamos una nueva creación. Urge dejar atrás el paradigma de humanidad que ha convertido la Tierra en un vertedero y empezar de nuevo, de la mano de un dios, de una diosa, que no ame a la humanidad más que los atardeceres de primavera.

Empezó la primavera.

Rodrigo Rojas Vade, dañado

Rodrigo Rojas Vade debe dejar la Convención. Si no lo quiere hacer, ínstenlo sus cercanos. Si nadie lo convence, que lo saque el Ministerio público. Si este tampoco puede, legisle el Parlamento e invente una salida. Quítenle el sueldo. El problema no es que haya mentido. Es que fue elegido porque logró engañar a sus electores. Esta ha sido una sinvergüenzura que debe ser castigada para que nunca más un estafador se haga pasar por el representante de los estafados.

Pero el caso merece otra mirada. Hay en Rodrigo un daño similar al de gente inocente que podemos tener por dañina, sin serlo. Entre sus electores debe haber de todo, como ser personas honestas que vieron en el constituyente alguien que pelearía por sus justas causas. Deben estar indignados por la gravedad del fraude. Otros, igual o más dañados que Vade, votaron por un compañero de esa primera línea que destruyó el país y lo volvería hacer. En Chile hay daños muy profundos, males, violencias convertidas en muecas y tendones. ¿Qué vieron los y las jóvenes más sufridos en este personaje como para darle el voto en vez de votar por Eleonora Espinoza, su competidora, la derrotada? ¿Qué hay en sus corazones que convendría que sanaran?

Empero, no hay que ir muy lejos. Se da algo lúgubre en ellos que también se halla en muchos de nosotros. Pongo un ejemplo. Deploramos la violencia pero, ¿nos duele la violencia de las violaciones de derechos cometidas el año pasado? ¿Los ojos vaciados? La violencia mata por lado y lado. Esperemos que nunca más una primera línea destruya semáforos, iglesias y locales comerciales. Lo ocurrido en la Bonilla en Antofagasta, el atrio de los tribunales de Concepción, la Avenida Pedro Montt en Valparaíso y en la Plaza Baquedano, fue completamente irracional. Pero, ¿no se desató esta violencia también, en alguna medida, por culpa nuestra?

El día de mañana, como esperamos que ocurra, celebraremos la aprobación de una nueva constitución. Ese día nos felicitaremos. Nos atribuiremos la victoria. Olvidaremos poco a poco que sin estallido social el cambio no se habría producido o meteremos bisturí a la historia: aquí nosotros, los demócratas, y allí los violentos que logramos domeñar.

La hipocresía es la argamasa de la historia. La violencia, sigo con el tema, es una lacra. Pero hemos de reconocer que, debiendo serlo a priori, no siempre lo es a posteriori. Chile se ha abierto un espacio en la geografía con guerras. El sur arde porque el Estado quiso pacificar la Araucanía. El país exalta la violencia cuando le conviene, llega incluso a sacralizarla. El ícono de la reconciliación cínica en la historia de Chile es haber convertido a la Virgen –la mujer que hizo de Jesús un hombre manso, reconciliado consigo mismo- en la Patrona de las Fuerzas Armadas, tras la Batalla de Maipú. La Independencia se consiguió con las armas. Hoy los cañones se veneran.

Rojas Vade no puede representar a nadie en la Convención. Dé un paso al lado lo antes posible. Sáquenlo. Le quitó el cargo a alguien que compitió por él sin trapas. Pero, bajo otro respecto, no se debe olvidar que su daño como persona algo tiene que ver con jóvenes, muchos jóvenes, niños y pueblos víctimas de menosprecios, olvidos, usurpaciones, despojos, descalificaciones, y ahora último de cancelaciones y funas. La droga deteriora el país. Algo de estos daños también puede estarnos dañando a nosotros, los “buenos”, que vivimos en paz porque antes hubo quienes se ensuciaron las manos.

Se dirá que Rodrigo no merece misericordia, pero la necesita lo mismo que nosotros. Su “pecado” en algún grado, siquiera de un modo análogo, es el nuestro. Sin justicia ni compasión, la violencia tarde o temprano vuelve por sus fueros. Con justicia ponemos orden. El que la hace la paga. Que pague. Con misericordia nos redimimos unos a otros. La justicia, la misericordia, y la verdad y el diálogo que las hacen posibles, debieran ser los ladrillos de la refundación del país en que estamos embarcados.

Pido una última cosa, nada más: cuando veamos por la calle jóvenes en harapos negros, traspasados de alambres, rapados y amenazantes, no pensemos que son peores que nosotros. Nadie lo sabe.

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El evangelio de Sara

Francisco. Un papa que mira lejos