Archive for Jorge Costadoat

Si la paz fuera poca cosa no habría que tomarse en serio la Navidad

Noche de paz.

Si la paz fuera poca cosa no habría que tomarse tan en serio la Navidad. No hablo solo para los creyentes. Es posible ser cristianas o cristianos sin ser cristianos. ¿Me explico? Cristo pertenece a todos. Supongamos que los cristianos lo saben. Los que no, tal vez lo intuyan. La paz incluye, debiera ser de todos, cuidada en común.

El Anticristo, en cambio, trafica con la paz, la compra barata y la vende cara. Hace regalos falsos en Navidad. Tapa la realidad con cintas de colores. No piensa en quienes no le interesan: los ancianos, las personas solas o enfermas, personas que se contentarían solo con una llamada por celular.

Y bien, ¿dónde está ese Cristo que une y reconcilia? ¿Este que nos pertenece, aunque ninguno puede apropiárselo? Es alguien tan versátil como los tiempos que lo requieren. Cada época clama a su Cristo. La nuestra anhela certezas, compañía, ¡una tregua!

En este tiempo, y seguramente en cualquier otro, la Navidad puede ser una estrella en la oscuridad, una tabla tras el naufragio, un momento íntimo, un amigo, una risa porque sí, unos ojos, un poco de calor, una hija que crece, un guiño de consuelo, de perdón, otra oportunidad. Algo así necesita nuestra época, un momento, un rato. Conversar, aunque sea por un rato.

Están tan cansadas. Lo estamos.

Es cosa de mirar alrededor. Hacer propia la pasión de los de allí y allá. Empatizar con los cercanos primero. ¿Y si tal o cual quisiera subirnos sobre sus alas y llevarnos unos diez o veinte kilómetros en vez de caminarlos solos con los pies hinchados? ¿Qué es exactamente lo que más necesitamos? Requerimos algo en común. Como humanidad, como país, queremos algo que podamos conseguir juntos. Pero también hay necesidades familiares o personales, personalísimas, tan únicas que tal vez nadie podría comprenderlas. ¿Alguien supo qué significó para la madre y el padre de Jesús verse obligados a dejar su tierra para ser censados en Jerusalén? ¿O cómo fue que tomaron la decisión de refugiarse en Egipto hasta que muriera el tirano Herodes que quería matar al niño?

Las migraciones forzadas son un signo de este y de todos los tiempos, pero cada persona o familia obligada a migrar tiene algo tan único que contar, como esas penas que no podemos desahogar con nadie. Ellos, ellas, rezan para que sus hijos e hijas no sean despreciados si logran traspasar la frontera.
¿Y usted por quién reza? ¿Cuál es su tema?

También nosotros vamos en busca de una tierra prometida. Peregrinamos o huimos por fuerza. Los tiempos son turbulentos. No sabemos bien por dónde seguir. Que no nos falte una estrella que nos dé una pista. Un Cristo/Crista nos espera.

“Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a las mujeres y los hombres de buena voluntad”, dice el evangelista Lucas.

Pax Christi. Este es el día para desear la paz. Para hospedar en la casa a los que perdieron el sendero o sufrieron la pérdida de su esposa, de sus hijos o de sus padres. Es la noche para hacer las paces y dormir en paz.

El giro fundamental de la filosofía

Filosofía griega

La humanidad ha comenzado a dar un giro inédito. Si este no es editado por la filosofía, la filosofía no habrá servido para nada. Es que la filosofía no ha de servir para nada, se dice. Sí, no: la gratuidad es inherente al pensar más alto, pero cuando este pensar no se interesa por la humanidad bajo ningún respecto, pierde el rumbo.

Dentro de poco el tema ecológico, socio y medioambiental será el principal. La humanidad entra a una etapa monotemática, pero no monótona. Estamos por llegar al punto de no retorno. El Apocalipsis vuelve a inquietar, aterrará, como ocurrió en la inminencia del año mil. Entonces abundaron los suicidios. Pero no pasó nada más. Esta vez puede que sí.

Este es el contexto que hace a la filosofía más necesaria que nunca: urge pensar. La filosofía, como ninguna otra ciencia, se revisa incesantemente a sí misma. En la actualidad tendrá que evaluar cómo está respaldando, iluminando y ofreciendo categorías al compromiso ético que están asumiendo los seres humanos por doquier. En este trance, si la filosofía no lo hizo antes, debe ponerse al servicio de una revolución epistemológica. Esta, dicho a la rápida, debe amarrar mente y corazón, y recuperarse a sí misma como sabiduría. Se requiere un tipo de conocimiento como el de los pueblos originarios, las culturas asiáticas y los pobres en general, que amalgame la existencia humana y la ciencia moderna. La ciencia desconectada de la experiencia real del mundo de las personas, aprovechada por la técnica a cuyo servicio está, es el origen exacto de la debacle ecológica. Hay disciplinas distintas, desparramadas, que si no se conjugan en un corazón humano alienan en ambas direcciones: la del cientificismo y, en el caso de religiones como el cristianismo, la del intimismo. El caso es que la ciencia y la técnica modernas son como bueyes uncidos a la carreta del capitalismo que devora el planeta.

Abro paréntesis: nada hay más triste en el campo de las ciencias que la Teología. Esta, salvo en los casos de las Teología india, la Teología feminista y la Teología de la liberación, y otras teologías contextuales, ha cortado todo nexo con la espiritualidad. Las(os) teólogas(os) universitarios(os) son apuradas(os) con la picana del cientificismo para producir papers Wos, Isi, Scopus, Scielo, al igual que los demás científicos universitarios. El divorcio entre la experiencia de Dios y la enseñanza universitaria, provocado por la exigencia de cumplir con los estándares científicos norteamericanos y mantenido a raya por los sistemas de control eclesiástico, es prácticamente total. Si se diera una reconciliación entre ambas, la Iglesia superaría tal vez su crisis; lo haría generando intelectuales orgánicos capaces de luchar contra el statu quo. Si la Teología tuviera que ver con Cristo, otro gallo cantaría. Ella comparte la miopía de las otras áreas de la ciencia, pero en su caso la accountability ante las exigencias del aparato estatal es imperdonable. Ha olvidado que tendrá que dar cuenta de su desempeño al Padre eterno.

Vuelvo al tema de la revolución epistemológica que necesitamos. La localizo en el mundo de los pobres. Estos tienen que enseñarnos exactamente aquello que debemos aprender: ¿cómo se vive con incertidumbre? ¿Cómo se sobrevive? También se puede aprender del modo de rezar de las familias migrantes en las fronteras de los países latinoamericanos. No podemos saber cómo experimentaron el genocidio los pueblos que fueron extinguidos en América Latina y el Caribe. Ellos sí supieron qué es un acabo mundi. Pero todavía se puede oír a quienes son despojados de sus tierras y culturalmente negados. Sabemos que se necesitan más de cinco planetas para dar a la humanidad una existencia digna. Lo que el 50% de los seres humanos sabe, pero el 1% no, es cómo se vive con poco y nada. Endeudados. De fiado. ¿Cómo se vive sin necesidad de robar? ¿Y cómo, cuando es un deber robar para dar de comer a los niños?

Último paréntesis y no molesto más: ¿en qué está la filosofía de nuestro continente que, tras la pandemia, ha vuelto a la pobreza? Sé poco del tema. ¿Tiene espacio en las facultades e institutos de filosofía de nuestras universidades o se la mira con condescendencia, como hacen los europeos con nuestras publicaciones? La dependencia filosófica del primer mundo en nuestro medio es completa. Nuestros investigadores glosan las grandes obras. Pero ¿no consiste la vida intelectual en pensar por sí mismo, tal como hacen los adultos? Quizás Kant les dice desde la eternidad: “Dejen los pantalones cortos. Cítenme menos, cítense más”.

Termino: se necesita una Filosofía fundamental que ponga los fundamentos a la responsabilidad de hacernos cargo del planeta. El resto de la filosofía puede considerarse auxiliar. Será fundamental una filosofía que radique en la episteme de los más pobres, esta es, la sabiduría de quienes y para quienes pensar es un asunto de vida o muerte.

¿Los últimos treinta años? No, los últimos cincueta

Los últimos treinta años (más o menos) se comprenden mejor dentro de los últimos cincuenta. Es decir, desde que perdimos la democracia hasta ahora que hacemos esfuerzos por sacar al país adelante por una vía democrática. El intento (sumando y restando) está siendo exitoso. En cien años más, probablemente, afinaremos nuestras explicaciones históricas.

El golpe acabó con la democracia. Por supuesto que su comprensión exige remontarse más atrás de 1973. Se trata del desgarro de la convivencia entre los chilenos más grave en casi quinientos años. Suspendamos la búsqueda de sus causas por el momento. Concentrémonos, en cambio, en valorar el lugar de llegada. A esta altura puede decirse que en 2023, desde un punto de vista político, está por ser superada aquella crisis, y también esta otra del 2019 que tiene mucho de hija suya, todo de un modo democrático.

Pero hay razones para preocuparse. Miremos el problema en el contexto geopolítico. ¿Qué se ve? Tal vez el modelo de las democracias occidentales a China le sea como una piedra en el zapato. ¿Pudiera quizás querer sacársela? En el continente americano los ciudadanos han elegido a Trump y a Bolsonaro e, independientemente de estos peligrosos personajes, otras democracias de nuestra región están en vilo. Human Rights Watch llama la atención sobre un deterioro de las democracias latinoamericanas en 2022.

Sin duda, los gobiernos del resto del mundo experimentan las presiones que nos apremian a nosotros. Pensemos solo en la globalización que aprieta cada vez más la convivencia entre las naciones; en la incidencia de la corrupción y el narcotráfico que nos están comiendo de a poco; en los movimientos migratorios, en los desplazamientos internos y en los refugiados políticos, problemas que no se solucionan por la fuerza; en reivindicaciones culturales muy justas, como las del feminismo; en la crisis ecológica y socioambiental.

Estos fenómenos afectan a las naciones por parejo. Además, hay algunos asuntos que complican a Chile en particular. Nombro dos –son varios más–. Una, la desigualdad económica y la segregación social. Otra, el trance constitucional en el que estamos. No quisiéramos que en el próximo plebiscito gane de nuevo el Rechazo. La frustración sería gigante. No habremos podido cambiar la Constitución del 80 que tiene al país atascado.

El ajuste constitucional que estamos haciendo, sin embargo, no es suficiente para fortalecer la democracia. Esta también tiene que ver con una cultura democrática. Si una nueva Constitución podrá ser un mejor macetero, es preciso además regar la planta. ¿Cómo?

Declaro mis intenciones: deseo que las nuevas generaciones aprendan a valorar la democracia. Esta es más que un modo de gobierno. Es la punta del iceberg de una versión de humanidad que honra la dignidad del ser humano. La cultura democrática, antes que un voto en la urna, es una especie de conversación entre personas que apuestan a que es posible discutir, alzar la voz a veces y a la larga llegar a acuerdos. Lo hemos visto estos últimos meses. Los políticos siguen logrando acuerdos democráticos.

Vuelvo al principio. No: los últimos treinta años son insuficientes para juzgar qué pasos políticos daremos. Prescindir de los años que llevaron a las fuerzas democráticas a recuperar la posibilidad de gobernar, es una actitud adolescente que puede costarle caro a la misma generación que hoy toma las decisiones. La adolescencia en sí es buena, es necesaria para afrontar el futuro con riesgo y garra. Pero por algo la vida tiene más etapas. Los mayores ven más lejos porque ven para atrás. Aunque, en estos momentos, pueden dejar caer a las generaciones más jóvenes, aceptando ofrecimientos de beneficios de corto plazo.

El futuro de la democracia en Chile requiere, en primer lugar, amor por un tipo de civilización. Y, segundo, que la experiencia y la inexperiencia hagan una alianza.

El amor a la verdad versus las Fake news

Noticias falsas

Las noticias falsas echadas a correr son cosa antigua. El concepto de fake news es novedoso porque, en este caso, las mentiras son producidas de un modo industrial. Las redes sociales las viralizan. Gracias a ellas, por ejemplo, hay candidatos que hacen trampa.

Las fake news pertenecen al campo semántico de la verdad. Que la vida humana necesite la verdad para operar es obvio. Verdad, confianza, credibilidad, buena fe, sinceridad, fortalecen las relaciones entre las personas y, en algún sentido, estas simplemente consisten en ellas. Donde hay fidelidad hay verdad. Amor.

Pero la cosa no es tan fácil. Mientras transcurra nuestra existencia en el planeta, el engaño también puede tener ocasiones de legitimidad. Si la policía secreta viene en busca de una persona para torturarla, ¿está mal engañarla, decirle por allá, no por acá? Hay casos complicados: la guerra. En la estrategia militar la mentira es fundamental. ¿Es esencial en la política la cuchufleta? No lo creo. Pero incidental, tal vez sí. No sé.

La vida se está poniendo difícil. Siempre lo ha sido para los pobres, ahora lo está siendo para todos por parejo. Viviremos en un mundo cada vez más inseguro. Lo cierto hoy es que son demasiados los factores que no podemos controlar: la economía financiera, el clima, la emergencia de nuevos virus planetarios, los hackers… La incertidumbre huele a apocalipsis. Si a esto agregamos las fake news que las corporaciones o gente de mala ralea fabrican y divulgan por las redes sociales, la inquietud puede llegar a ser desquiciadora. Agotadora, enfermante.

¿Con qué nos quedamos? De lo micro a lo macro: siempre será bueno contrarrestar la copucha, el cahuín, la “tirá de lengua”, el tráfico de información, la caída de casete, la violación del secreto profesional y otros mecanismos que dañan personas y hacen inseguros los compromisos. También hay verdades, sí, verdades, que no conviene hacer circular porque les pueden cerrar el futuro a personas que merecen una segunda oportunidad. Hay verdades que, en vez de diseminar, es preferible callar.

Por otra parte, siempre será hermoso creer a personas nobles, a amigos que dan una mano y no la sueltan, a papás y mamás con quienes siempre se puede contar, y otra gente digna de fe. Hay gente que cuida sus palabras. En medio de esta nube de nuevas y de viejas noticias, de verdades a medias o de falsedades simplemente, la palabra precisa y los silencios debidos iluminarán el camino. El amor a la verdad fortalece a las personas, a las empresas y a las sociedades.


Parece que predico, perdón. Me preocupa el asunto. La mentira tiene efectos devastadores.

¿Y los poetas dónde están?

Recuerdo esa película sobre Neruda en Capri. ¿El cartero se llamaba? Neruda le explicaba al cartero lo que es una metáfora. Metáforas se necesitan ahora.
¿Y los poetas dónde están?
El futuro del país, para que este país tenga futuro, debe indagar en una esperanza compartida. ¿Es posible pergeñarla? Hay que encontrarla, porque la esperanza nos es dada. Hay que inventarla, porque, a diferencia del optimismo, es trabajosa. Se consigue con esfuerzo y apaleos.
Está claro que en Chile predomina la incertidumbre. No sabemos qué pasará porque no sabemos qué está pasando. ¿Se ve alguna luz al final del túnel? Mala imagen. El tren avanza por rieles que le dirigen automáticamente a la salida. Lo que tendría que importarnos no es una salida, sino la creación de algo nuevo. La incertidumbre se vence con la imaginación.
Tal vez nunca hemos tenido una esperanza común. “Son campanas de palo, las razones de los pobres” (José Hernández, Martín Fierro). Sin duda, el 18-O hizo explotar un proyecto de país que por más de cien años –y no solo desde el imperio del capitalismo– ignoraba o ponía el pie encima a los sueños de liberación de oprimidos por variadas causas. Ha habido muchas esperanzas acalladas. Es insuficiente, por esto, ir a buscar en la tradición el alma del país cuando “nunca hemos tenido un alma” (Vicente Huidobro, Balance patriótico). La pacificación de La Araucanía fue atroz. La partición de las comunidades legalizada por el general Pinochet a instancias de la oligarquía, por la misma oligarquía que en el siglo XIX despojó a los mapuche de sus tierras, ha podido ser una estocada mortal –¡ah!, dirán, pero si los mapuche votaron Rechazo; ¿es que no han podido ellas(os) velar por el interés general del país y no por su causa particular?–.
La nostalgia no sirve porque no hay una esperanza unitaria que avivar. Cabe, sí, mirar hacia adelante y crear algo que verdaderamente aúne a chilenos y pueblos originarios, clases altas y bajas, oligarcas y demócratas, nacionales e inmigrantes (que si Chile tiene algo en común, lo conseguirá pariendo nuevas generaciones de mestizos). La elaboración de una Constitución debiera crear las condiciones para imaginar un país integrador. Una Constitución es un medio. Es un fin, cuando todos sin exclusión contribuyen a su elaboración y en esto estamos, por esto nos cuesta tanto. Demora que los legítimos motivos particulares sean tomados en serio y que ninguno en especial prevalezca sobre los demás.
El futuro es cuestión de esperanza. Pero la esperanza, aunque se expresa en conceptos, no cabe en estos del todo. Se dice mejor en poemas. En otras palabras, se bosqueja con lápices a mina. Nunca con lapiceras a pasta. La esperanza está ya “acá”, se anticipa con acciones congruentes con aquello que promete, pero solo más “allá” se realizará de una vez por todas. Entre las dificultades de la vida o de la historia, aparece y desaparece.

Es la hora de la metáfora. ¿Y los poetas dónde están? Un país de poetisas y poetas tendría que inventar nuevas comparaciones. No una metáfora, varias. Que nadie imponga la suya. Varias. Las de los poetas de salón y las de la autoedición. Los poemas de cuneta también valen, y más.

¿Cómo leer los grafitis?

¿Quiénes son? ¿Trabajan? ¿Estudian? Están destruyendo las ciudades. Los grafitis aumentan aceleradamente. ¿Pero son grafitis los grafitis? Me dicen que hoy se llama grafiti a cualquier porquería, que antes no fue así, que lo fueron obras pictóricas o mensajes de gran calidad. El caso es que en la actualidad cabe en la categoría de grafitero de chincol a jote. Hay cosas hermosas y otras horripilantes. RAYA TODO, escribió un inspirado, ¿inspirado? El Metro en pocas semanas, el ícono del Santiago impoluto, ha comenzado a ser atacado sin piedad. Me han dicho que algunas de las siglas corresponden a marcas territoriales de tribus urbanas. Dan ganas de aforrarle una chuleta al primer cabro que vea uno rayando una pared.

¿Qué se puede hacer? Dos cosas: es necesario contrarrestar los grafitis con los medios legales que corresponda. Pero pueden adoptarse medidas menos violentas, como las de locales comerciales, las casas particulares y el alcalde de Valparaíso que, brocha en mano, repintan con la esperanza de ganar el corazón de sus enemigos. Segundo: la ciudadanía debe auscultar lo que está sucediendo. Hay problemas en la vida que no se tapan con una manito de pintura.

Urge interpretar el fenómeno. Según parece, tiene varias causas. Conocidas las causas, será menos difícil solucionar el problema. Hay algo que arreglar, es obvio.

Comparto unas hipótesis. Los grafitis en sus variados géneros son un modo de expresión. ¿Pero no hay otros mejores? Tal vez para los grafiteros no los hay. Debiera haberlos. Paréntesis: me llamó la atención que, tras el anuncio del primer plebiscito, en una semana los barrios que me son cercanos estaban llenos de Apruebo. Ningún Rechazo. Para el segundo plebiscito, en cambio, ni Apruebo(s) ni Rechazo(s). Los muros hablan.

Otra hipótesis, una psicoanalítica, corresponde a los psicólogos aprobarla: ¿es posible que a las personas se les corten las cadenas? ¿Algo así como una falta de control mental de los esfínteres? Se me ocurre que entre esta gente y “nosotros” la distancia no sea absoluta. Tal vez quepa la posibilidad de que a los grafiteros se les arranquen los monstruos que se apoderan de las personas cuando duermen. Nuestro Yo diurno domeña al Ello que de noche parece una cloaca. También nosotros podríamos eventualmente perder el control y hacer salidas nocturnas a rayar o pintar. Otro paréntesis: cuidado, el Ello es también la sede de la espiritualidad. Es la fuente de la creatividad y de la belleza. Merece respeto.

Tercera hipótesis, por último, es la de la rebeldía. Es evidente que hay una cuota de reacción comprensible, hasta sana, animada por una o varias injusticias sociales o carencias muy tristes. Hay resentimiento. Sufrimiento no oído, penas no consoladas, abandonos. No puede decirse que los grafiteros sean delincuentes. Pero en muchos casos la cuna es la misma. El 93 % de las mujeres privadas de libertad (por delitos menores) son mamás. Se sabe también que dejan a tres niños desamparados en las casas. ¿Quién los educa para que quieran aprender en vez de destrozar? ¿Qué piden los niños vestidos de blanco que destruyen sus propios colegios? ¿Es esto solo divertimento? ¿Existe alguna relación entre los grafiteros y quienes el último año han quemado en Santiago más de cincuenta autobuses? Esta no es simplemente delincuencia y no se resuelve con puros castigos.

¿Qué hacer? Algo anda mal en lo hondo. Adentro de nosotros la mar está revuelta. Hay malestar en la cultura, rabias en los corazones, lágrimas.

Estamos siendo víctimas de violencias de distintas naturalezas: provienen de la mala educación, de promesas incumplidas o de políticas de reinserción de personas que, en realidad, nunca han estado insertas. De todas estas violencias y otras más. Pues bien, es fundamental reconocer cuál es cuál antes de tratar de resolverlas a tontas y a locas.

Ganó la democracia, ¿ganara?

El triunfo del Rechazo en el plebiscito no termina de ser evaluado. Lo será, quien sabe, en cincuenta años más. Pero hay algunas cosas claras, como, por ejemplo, que este ha sido un triunfo de la democracia.

Nunca sabremos si este resultado habrá sido el mejor para Chile. Ahora se correrán los riesgos inherentes a esta posibilidad. ¿Y si en un próximo plebiscito vuelve a ganar el Rechazo? Nadie puede excluirlo. También la opción del Apruebo implicaba peligros. Una de las razones de los electores para votar así y no asá fue ponderar las peligros en pro y contra.

Ganó la democracia, ¿ganará? Hay que hacerle ganar. El Servel cumplió con lo suyo. Los políticos y la ciudadanía lo mismo. Pero la democracia es frágil. Necesita ser cuidada. La democracia se ha fortalecido con su ejercicio. Pero también hay fuerzas subterráneas que la han vigorizado. No se ven pero operan. La democracia terminará de triunfar si predomina en los demócratas la buena voluntad de hacer propia una decisión colectiva mayoritaria. En la pasada elección se hizo visible una polarización, en realidad, superficial. Es cierto que hubo expresiones groseras e hirientes. Pero una inmensa cantidad de gente seguramente votó con humildad, sabiendo que lo hacía con un alto grado de incertidumbre.

Hoy bien pueden los “perdedores” hacer suyo el triunfo del Rechazo. Han de computarlo como un triunfo de la mejor alternativa, pues lo será si todos reman en la misma dirección, asumen los riesgos que se corren, sin arriar las propias banderas, tomando partido en el debate político que se viene con lealtad y espíritu constructivo. La democracia radica en última instancia en las y los demócratas. Estos ciudadanos surten las napas de la democracia con voluntad de diálogo y buena fe.

Por cierto, representantes del Rechazo pueden ahora pasar la aplanadora a sus adversarios como lo hicieron algunos de los constituyentes durante la Convención. Los grandes valores del Apruebo (reivindicación de los pueblos originarios, acceso igualitario de las mujeres a todos los ámbitos sociales, hacerse cargo de la catástrofe ecológica y medioambiental en curso, término de la insolidaridad neoliberal) pueden ser barridos de un solo escobazo. Pero esta no es manera de asumir los hondos malestares de la revuelta de octubre del 2019. Los plebiscitos han debido encauzar la solución de inquietudes sociales muy profundas. Es ilusorio ciertamente pensar que su canalización dependa solo de un texto constitucional. Una nueva Constitución ayudará. Pero aquello de que se trata es de remover los obstáculos que impiden la viabilidad pacífica del país.

Al tiempo del referéndum hubo fanáticos, trolls, fabricantes de fake news, hackers, gente de mala clase en todas las clases sociales. Era comprensible que subieran los niveles de agitación. Había miedos. Los políticos de experiencia y expertos en otras áreas estaban divididos. Poquísima gente ha podido formarse una opinión tras leer un texto altamente complejo como es una Constitución. La gran mayoría votó a “ojo de pollo”. ¿Fue inclinada por los medios generadores de opinión pública, las industrias de información defensoras de un régimen amenazado? Seguramente la gente se asustó con la beligerancia de las barras bravas del período convencional y dijo “no, algo así, no”. Prevaleció el sentido común, sentido que se practica con la información disponible, sea verdadera, sea falsa.

De aquí en adelante queda que los perdedores se conviertan en ganadores y los ganadores no desprecien los motivos del Apruebo. La próxima vez debiera ganar el Apruebo. Otro Apruebo, uno que no sea simplemente suma de votos. Uno que vehicule la convivencia, surtiendo las raíces culturales de la democracia.

A un paso de la adultez política: una buena señal

Edades de la vida

Miremos los acontecimientos desde el futuro. Imaginemos el mejor de los escenarios. La utopía es fundamental, mientras más lejos lancemos el anzuelo, más posibilidades tendremos de pescar. Está en curso nada menos que algo parecido al paso de la adolescencia a la adultez. Cada etapa de la vida tiene sus derechos. Puesto que las transiciones son imperiosas, que el país alcance la mayoría de edad es indispensable.
Nadie puede desconocer la importancia de esto que nuestra civilización llama adolescencia. En la medida que la sobrevivencia de la especie se hizo más compleja, la humanidad necesitó inventar una etapa de formación extensa. Hubo otra etapa en que, por un rito de iniciación, se pasaba directamente de la niñez a la adultez. Hoy este tránsito es mucho más difícil. ¿No toma años a los jóvenes llegar a formar una familia? Este es tal vez el mayor ideal en la sociedad chilena actual. Las chilenas y los chilenos en su gran mayoría se hacen responsables de que su familia no zozobre a la primera de cambio.
La adultez consiste en responder por sí y ante sí a los compromisos hechos propios. La persona adulta no puede aflojar ante las dificultades. Sabe que no debe desesperarse. Ha de aguantar el peso de cargar con otros, con los niños propios, con los ajenos, con sus progenitores, y, además, consigo misma.
En esta estamos. Cito a Daniel Innerarity que describe una transformación en la democracia: “Como sociedades democráticas debemos discutir acerca de lo que sabemos, de lo que no sabemos y de todas las formas de saber incompleto a partir de las cuales hemos de tomar nuestras decisiones colectivas” (La sociedad del desconocimiento, Barcelona 2022). Se ha vuelto sumamente complejo gobernar en democracia. Pero corresponde hacerlo. La alternativa dictatorial no canaliza las demandas múltiples y los nuevos derechos que reclama una ciudadanía ansiosa de mayor humanidad. Las dictaduras tratan a los ciudadanos como infantes. El totalitarismo resuelve todo con la censura y la policía.
El plebiscito del domingo es una buena señal. Por de pronto, la democracia se fortalece con su ejercicio. La clase política repara sus pecados habiendo creado las condiciones para encauzar las demandas de justicia, de igualdad y de diversidad. Los constituyentes hicieron la pega a pesar de sí mismos. Pero es también una buena señal porque, aun en un ambiente enrarecido por el griterío y las mentiras de lado y lado, la gente más sensata constata que hay buenas razones para votar el Apruebo o el Rechazo. La ciudadanía oye argumentos de la gente mejor preparada y más experimentada, y no sabe bien a quién hacer caso. Por lo mismo, no cae en la tentación de maldecir la postura contraria. Respetar al prójimo es el resumen de la adultez. Hoy es menester tomar decisiones políticas sin tener el conocimiento suficiente, cargando conscientemente con el riesgo de equivocarse y respetando a quienes tienen una posición política distinta.
Pasamos por un gran momento. Esperamos que al día siguiente haya cambio de camisetas. Sería penoso que ganen las barras bravas. El país ha de seguir practicando la democracia. Urge pasar de una forma de democracia a otra. La primera fue buena, ¡costó tanto recuperarla! La segunda se abre paso con una clase política que debe aprovechar la garra de los jóvenes, tolerarles algunos arañazos y cortarles las uñas de vez en cuando. Salvo algunos despliegues de inmadurez de mal pronóstico, la sensatez está primando.
La democracia incluyente e igualitaria que el país va forjando dependerá de la maduración de los jóvenes y de unos adultos que deben llegar a entender que nace algo nuevo.

Cuestión de empatía política

Dudo que en el plebiscito alguien vote con el puro cerebro. Las razones con que se sustente una de las dos opciones radican en el pathos de cada persona. Las ideas alojan en aquel lugar del corazón donde se toman las decisiones. Pensamos con el estómago y la garganta. La palabra motivo conjuga bien ideas y emociones. ¿Qué motivos se tienen para votar esto o aquello? Han de primar las argumentaciones, pues con ellas se expresa de un modo inteligible el punto de vista propio. Pero este está condicionado emocionalmente, a veces para bien y otras para mal. Sea lo que sea, si queremos construir o reconstruir algo juntos como país, la em-pathía con los motivos de quienes votarán distinto de nosotros es fundamental. El país se quebró. Solo podremos repararlo entre todos.

Votar Apruebo o Rechazo depende de buenas razones. Cada cual habrá debido informarse, leer el texto propuesto hasta donde pueda entenderlo, oír el parecer de los expertos, pero también tendrá que examinar interiormente qué lo motiva a votar esto o lo otro y, además, adivinar los sentimientos ajenos. ¿Se puede hacer? Este es un ejercicio espiritual en sentido estricto. Puesto que todo ser humano se halla bajo el influjo del Espíritu –lo creo yo como cristiano–, está capacitado para hacer este ejercicio, sea cristiano, no cristiano o agnóstico.

En consecuencia, propongo que antes de meter el voto en la urna se haga el ejercicio de adentrarse en el pathos. Allí adentro es posible intuir las motivaciones ajenas. ¿Qué duele a otras personas? ¿Cuáles son los miedos de las que piensan distinto? ¿Qué esperan los contradictores? Uno puede cuestionar sus ideas, desbaratarlas, es menester hacerlo porque lo que le conviene al país en última instancia depende de diálogos, de discusiones y de negociaciones. Pero, si las ideas se rebaten, los dolores se comparten. ¿Y si en este ejercicio empático nos convertimos al voto ajeno? Es un riesgo muy noble.

Pido que se aplique a mí mismo este predicamento. Votaré Apruebo. Si gana el Rechazo, espero que los vencedores consideren mis motivaciones y preocupaciones. Estimo preocupante que el país se eternice buscando la fórmula para elaborar un nuevo texto. Lo veo como una pesadilla. Quiero que el país haga el ajuste moral, cultural y constitucional que necesita. Puede perderse una buena oportunidad. Me duele que el movimiento de reivindicación de las mujeres quede a medio camino. Estoy convencido de que muchos de quienes votarán Rechazo tampoco quieren algo así, pero de hecho puede ocurrir. También muchos de ellos pueden lamentar que los pueblos originarios continúen ocupando un lugar secundario en la sociedad. Pero se arriesga perder la posibilidad de curar una vulneración centenaria. Será triste que no se afirme constitucionalmente el reconocimiento de que hay varias maneras de ser familia. Estoy seguro de que la mayoría de los que voten Rechazo piensa igual que yo. Son, en fin, tantos los derechos sociales que habrán podido asegurarse aunque sea, mientras no haya recursos, solo en el papel.

Es sorprendente que en esta disyuntiva electoral haya tantas buenas razones de lado y lado para votar diversamente. Esta situación debiera facilitar la convergencia después del 4 de septiembre. Por algo el 80% votó por una nueva Constitución. La polarización es circunstancial.

Por esto mismo las heridas son de evitar. Las campañas son legítimas, pero no las mentiras ni el odio. Toma demasiado tiempo volver a unir luego a las familias y al país. Se miente para engañar. El odio incapacita para levantar un techo que nos cobije a todos. Los gestos grotescos y malquerencias predominantes durante los trabajos de la Convención son un ejemplo de lo que debe terminar ahora mismo.

Quienes votaremos Apruebo queremos que la siguiente etapa de la gesta constitucional en la que estamos concluya pronto, y se abra una nueva etapa de correcciones del texto aprobado. Existe el peligro de que nuevamente el país se nos escape de las manos. Preocupa y apena que el proyecto acabe en el papelero. El país puede quedar a la deriva.

Los abusos en la vida religiosa femenina

Según el Papa Francisco “el abuso contra las religiosas es un problema serio. No solo el abuso sexual, también el abuso de poder y el abuso de conciencia. Tenemos que combatir esto”(1). ¿Qué significa “combatir esto”? Algo hace presentir que, cuando las religiosas tomen conciencia y luchen contra los abusos que las afectan explotará otra bomba al interior de la Iglesia. De momento, que estos abusos “no (salgan) a la luz con más frecuencia se debe a la dificultad para reconocer situaciones de este tipo cuando se está imbuido en ellas. A la falta de perspectiva que implica esta ausencia de distancia se le suma la normalización de estos comportamientos, los diversos grados de abuso –que solo implican un delito cuando llegan a niveles extremos– y un concepto rancio de lealtad institucional que interpreta cualquier crítica a la institución como una rebelión contra ella”(2).
La Vida Religiosa femenina padece de abusos de poder de parte del estamento eclesiástico. Recuerdo que años atrás llegó un nuevo obispo a una diócesis del sur de Chile. Dijo: “Es mejor un mal cura a una buena monja”. Puso al cura. Las religiosas tuvieron que irse. Los demás podemos suponer qué ocurrió con aquella comunidad de base. En la Iglesia todas las decisiones importantes las toma la jerarquía, pero también en la pastoral ordinaria los curas tienen la última palabra. Según M. Rosaura González Casas, “se trata de un estilo de gobierno únicamente de hombres, que es radicado en una estrategia de gestión presente al interior del sistema eclesial. Es un estilo sistémico y nace de aquella noción de cierto ‘elitismo’ de parte de quien gobierna, que supone una superioridad derivada del vínculo con la sacralidad. Esto implica que el sacerdote, por el puro hecho de haber sido ordenado, posee una autoridad que viene ‘de lo alto’ y que, por tanto, es un ‘poder sacro’”(3).
Pero los abusos de poder también se dan en las mismas congregaciones femeninas y al interior de las comunidades. Las constituciones pueden favorecerlos. ¿Deben obedecer las religiosas a sus superioras como si estas ocuparan el lugar de Cristo o de Dios? Hay mujeres consagradas con un enorme poder. Se ha dado el caso de algunas superioras generales que no ceden el cargo o llegan a cambiar las reglas. A veces las superioras son mujeres maltratadoras. Tienen “un estilo de liderazgo marcadamente narcisista y paranoico dentro de la comunidad” (4). María Paz Ávalos afirma: “En instituciones religiosas femeninas podemos encontrar en los relatos de personas que se han sentido violentadas, un ejercicio arbitrario del poder que se ejerce en nombre de la autoridad, un poder coercitivo que limita las posibilidades de realización personal dentro de la vida institucional. También se ejerce poder manipulando afectivamente y pidiendo lealtades ciegas. Los abusos suelen estar teñidos de afecto y seducción” (5). En el extremo de las posibilidades, alguna de ellas constituye una auténtica secta (6).
Los abusos sexuales de parte de los clérigos es un fenómeno bastante más extenso de lo imaginado. Un estudio realizado por la Universidad de Saint Louis en 1996 a petición de varias congregaciones concluyó que el 25% de las religiosas en EE. UU. habían sido víctimas de abuso sexual (7). Es posible pensar que estos abusos sean difíciles de conocer por una serie de factores. Da vergüenza que se sepa que se ha sido abusada. Dirán: “lo provocó”. Si el “provocador” tiene un vínculo de poder con la congregación, esta puede minimizar la gravedad del asunto o negarlo. También puede quitársele el favor a la religiosa. No creérsele e incluso endosarle la culpa. Los abusos sexuales van desde la palabra en el oído a la violación (8). No faltan casos de sacerdotes que han sabido enredar a la persona con motivaciones espirituales, convirtiéndolas en cómplices de sus actos y terminar por confesarlas. Los daños producidos pueden ser brutales y durar toda la vida e, incluso, inducir al suicidio.
Contra los más diversos tipos de abusos siempre es posible levantar cautelas, realizar reparaciones y aplicar sanciones a las personas culpables. Pero aquello que hoy mismo debe ser corregido son las condiciones estructurales que hacen vulnerable a la Vida Religiosa femenina. En su caso el abuso es completamente distinto al que ocurre con otro tipo de personas (niños, gente débil de carácter o varones).
En la Vida Religiosa femenina se multiplican y se entreveran las dependencias. Por el mero hecho de ser mujeres muchas dependen de los varones (padecen un tipo de machismo); dependen sacramentalmente de los ministros ordenados (si no cuentan con cura, por ejemplo, no tienen misa; u, otro ejemplo, deben abrir su corazón a un confesor hombre y, como si fuera poco, verse obligada una comunidad entera a confesarse con el mismo sacerdote); dependen económicamente de la diócesis o del párroco (y, en algunos casos, cuando la pobreza de las religiosas es extrema, puede llegarse a servilismos indignos); dependen apostólica y pastoralmente (pues la última palabra en la materia la tienen los sacerdotes); dependen doctrinalmente (porque no tienen ninguna participación epistémica en la elaboración de las enseñanzas de la Iglesia); dependen espiritualmente (cuando son dirigidas por los presbíteros); dependen intelectualmente (ya que se da por sentado que no necesitan saber teología como los presbíteros); y, por todo lo anterior, suelen depender psíquica, afectiva y a veces sentimentalmente de los sacerdotes con consecuencias deshumanizadoras. Estas dependencias generan un mundo, una galaxia llena de estrellas y también de gases tóxicos que hacen que los clérigos y el mismo laicado minusvaloren a veces a las religiosas. Su propia Iglesia las mira como eclesiásticas de “segunda”. Se ríen de ellas. La Vida Religiosa femenina realiza una obra evangelizadora extraordinaria pero casi nadie sabe las condiciones indignas en las que esta entrega muchas veces se cumple. En suma, la Vida Religiosa al interior de la Iglesia constituye una especie de edificio antiguo que, a Dios gracias, comienza a agrietarse (9).
La Iglesia, y la Vida Religiosa femenina muy particularmente, demandan hoy una desacralización de los presbíteros. La versión sacerdotal, sacral, del presbiterado –versión antiquísima del mismo que se acentuó en el segundo milenio- no resiste más. Constituye un anti testimonio. El “macho” que concentra en sí mismo el poder que devenga el sacrificio de Cristo, es una persona peligrosa. Su prestancia numinosa, su representación del poder absoluto, su pretendida perfección y pureza, predomina sobre las mujeres, tenidas por impuras por naturaleza (10), y sobre las religiosas en particular. La liberación de las consagradas es onerosa. Requiere un “combate” y coraje a personas que muchas veces deben librarlo solas. Los precios que deben pagar son muy altos (12).
Es muy triste, por último, que todas estas variadas formas de abuso, esta cultura clericalizada invisibilice el bien extraordinario que las religiosas hacen en la Iglesia. No todas las religiosas y comunidades están enfermas por la opresión. Es de justicia decir que, no obstante lo anterior, hay entre ellas mucho amor y colaboración en la misión de Jesús. Son las religiosas quienes mejor han entendido qué significa la opción por los pobres en América Latina y el Caribe (Gustavo Gutiérrez).

NOTAS

1Papa Francisco, a la Unión Internacional de Superioras Generales: https://www.vatican.va/content/francesco/es/events/event.dir.html/content/vaticanevents/es/2019/5/10/uisg.html, a partir del minuto 14 (Consultado 29/07/2022).
2 Ianire Angulo, «La presencia innombrada. Abuso de poder en la Vida Consagrada», Teología y Vida 62, n.o 3 (2021): 357-88. 365.
3 María Rosaura Gónzalez Casas, «La crepe che stanno minando l’edificio. Possibili risposte formative per svilupare un nuovo modo di essere Chiesa», en Per una cultura della cura e della protezione (Milano: Paoline, 2022). 140-79. 141.
4 Anna Deodato, Vorrei risorgere dalle mie ferite. Donne consacrate e abusi sessuali (Bologna: Dehoniane, 2016). 115.
5 Carolina del Río M. (ed.), Vergüenza. Abusos en la Iglesia católica (Santiago: Universidad Alberto Hurtado, 2020). 34.
6 C. del Río, Vergüenza, 125-126.
7 Cf. Camila Bustamante Soto, Siervas. El historial de abuso de las monjas sodalicias (Santiago: Planeta, 2022).
8 Chibnall, J.T. – Wolf, A., Dukro, P., «A National Survey of the Sexual Trauma Experiences of Catholic Nuns», Review of religious research, 40, 2 (1998) 143-167.
9 Documental “Las monjas esclavas”: https://mail.google.com/mail/u/0/?tab=rm&ogbl#search/mrosaura.gonzalez%40stjteresianas.org/FMfcgzGpGwptKCwbfrvtxdVrgckmHBSD?projector=1 (Visto 22/07/2022).
10 Cf. R. González Casas, «La crepe che stanno minando l’edificio… ». 140.
11 R. González Casas, 144. 146.
12 I. Angulo, «La presencia innombrada…». 361.