Archive for Jorge Costadoat

Rodrigo Rojas Vade, dañado

Rodrigo Rojas Vade debe dejar la Convención. Si no lo quiere hacer, ínstenlo sus cercanos. Si nadie lo convence, que lo saque el Ministerio público. Si este tampoco puede, legisle el Parlamento e invente una salida. Quítenle el sueldo. El problema no es que haya mentido. Es que fue elegido porque logró engañar a sus electores. Esta ha sido una sinvergüenzura que debe ser castigada para que nunca más un estafador se haga pasar por el representante de los estafados.

Pero el caso merece otra mirada. Hay en Rodrigo un daño similar al de gente inocente que podemos tener por dañina, sin serlo. Entre sus electores debe haber de todo, como ser personas honestas que vieron en el constituyente alguien que pelearía por sus justas causas. Deben estar indignados por la gravedad del fraude. Otros, igual o más dañados que Vade, votaron por un compañero de esa primera línea que destruyó el país y lo volvería hacer. En Chile hay daños muy profundos, males, violencias convertidas en muecas y tendones. ¿Qué vieron los y las jóvenes más sufridos en este personaje como para darle el voto en vez de votar por Eleonora Espinoza, su competidora, la derrotada? ¿Qué hay en sus corazones que convendría que sanaran?

Empero, no hay que ir muy lejos. Se da algo lúgubre en ellos que también se halla en muchos de nosotros. Pongo un ejemplo. Deploramos la violencia pero, ¿nos duele la violencia de las violaciones de derechos cometidas el año pasado? ¿Los ojos vaciados? La violencia mata por lado y lado. Esperemos que nunca más una primera línea destruya semáforos, iglesias y locales comerciales. Lo ocurrido en la Bonilla en Antofagasta, el atrio de los tribunales de Concepción, la Avenida Pedro Montt en Valparaíso y en la Plaza Baquedano, fue completamente irracional. Pero, ¿no se desató esta violencia también, en alguna medida, por culpa nuestra?

El día de mañana, como esperamos que ocurra, celebraremos la aprobación de una nueva constitución. Ese día nos felicitaremos. Nos atribuiremos la victoria. Olvidaremos poco a poco que sin estallido social el cambio no se habría producido o meteremos bisturí a la historia: aquí nosotros, los demócratas, y allí los violentos que logramos domeñar.

La hipocresía es la argamasa de la historia. La violencia, sigo con el tema, es una lacra. Pero hemos de reconocer que, debiendo serlo a priori, no siempre lo es a posteriori. Chile se ha abierto un espacio en la geografía con guerras. El sur arde porque el Estado quiso pacificar la Araucanía. El país exalta la violencia cuando le conviene, llega incluso a sacralizarla. El ícono de la reconciliación cínica en la historia de Chile es haber convertido a la Virgen –la mujer que hizo de Jesús un hombre manso, reconciliado consigo mismo- en la Patrona de las Fuerzas Armadas, tras la Batalla de Maipú. La Independencia se consiguió con las armas. Hoy los cañones se veneran.

Rojas Vade no puede representar a nadie en la Convención. Dé un paso al lado lo antes posible. Sáquenlo. Le quitó el cargo a alguien que compitió por él sin trapas. Pero, bajo otro respecto, no se debe olvidar que su daño como persona algo tiene que ver con jóvenes, muchos jóvenes, niños y pueblos víctimas de menosprecios, olvidos, usurpaciones, despojos, descalificaciones, y ahora último de cancelaciones y funas. La droga deteriora el país. Algo de estos daños también puede estarnos dañando a nosotros, los “buenos”, que vivimos en paz porque antes hubo quienes se ensuciaron las manos.

Se dirá que Rodrigo no merece misericordia, pero la necesita lo mismo que nosotros. Su “pecado” en algún grado, siquiera de un modo análogo, es el nuestro. Sin justicia ni compasión, la violencia tarde o temprano vuelve por sus fueros. Con justicia ponemos orden. El que la hace la paga. Que pague. Con misericordia nos redimimos unos a otros. La justicia, la misericordia, y la verdad y el diálogo que las hacen posibles, debieran ser los ladrillos de la refundación del país en que estamos embarcados.

Pido una última cosa, nada más: cuando veamos por la calle jóvenes en harapos negros, traspasados de alambres, rapados y amenazantes, no pensemos que son peores que nosotros. Nadie lo sabe.

Publicaciones

El evangelio de Sara

Francisco. Un papa que mira lejos

La iglesia todavía

Cristianismo en tempestad

Publicaciones Dos

Sin dolor, no seremos diferentes

Un grupo de terapeutas, psicólogos y psiquiatras, con la ayuda de los Radiodifusores de Chile (ARCHI), nos invitan a celebrar el “Día de la condolencia y el adiós” el 5 de septiembre a las 21,00. ¿Motivo? La Pandemia ha dejado un reguero de más de 40.000 muertos que merecen un recuerdo y una despedida. El lema que moviliza la actividad es “Que el dolor no sea indiferente”.

Me sumé. Grabé mi testimonio sobre Josse van der Rest, muerto de covid el 24 de julio de 2020, gran amigo. Todavía es posible entrar al portal y participar con una grabación de 30 segundos.

Me permito, además, dar a esta iniciativa otra vuelta de tuerca. Si me dejaran añadir un verso a aquella canción, sería este: “sin dolor, no seremos diferentes”. Pues creo y espero que tras la crisis política y sanitaria, pueda el país llegar a ser diferente, a diferenciarse de su pasado, a refundarse sobre los fundamentos de la mejor de las tradiciones. Esta consiste en hacer del dolor el principio epistémico del conocimiento que el pueblo de Chile necesita para avizorar juntos un futuro de mayor integración.

Hablamos del dolor de miles de familiares y amigos nuestros, del nuestro propio, que no nos deja dormir en paz. No pudimos despedir a nuestra gente. Tampoco pudieron ellas, ellos, decirnos unas últimas palabras de amor o de perdón. Nos los arrebataron para salvarlos. Las personas de la salud hicieron todo lo que pudieron, pero no pudieron. Se apagó la luz. Quedamos terriblemente solos. Fue como si nos hubieran arrancado un brazo de cuajo. Pero si “el domingo pasado habíamos almorzado juntos, copuchamos, nos reímos hasta la hora de la siesta”. Fue como un zarpazo. No hemos parado de llorar.

La convocatoria de los terapeutas y de la prensa es un acto de condolencia. Nos llaman a dolernos con el dolor de personas cercanas y lejanas. Pues el vecino, el tío, la prima, se hunde de pena. Es el sufrimiento del amor de todo un pueblo, el mismo que invocó días atrás Elisa Loncón en el aula de la Convención: “Quiero poner el énfasis en el poyewn, es el amor y es la base para poder entendernos, comprendernos, escucharnos”. El amor político, colectivo, nacional, expresado en memoriales como el de Vietnam en Washington, el del Museo de la Memoria acá en Chile, honra a los muertos que los países aman. Es preciso recordarlos, somatizar sus sufrimientos para comprender que la humanidad es una trama ceñida cuyo principal enemigo es el egoísmo.

Chile vive un momento extraordinariamente importante. Tenso, muy tenso, pero hermoso. No hay que aproblemarse mucho con la palabra fundacional. Depende del sentido que quiera dársele. Conviene ir a lo más hondo. La inauguración de la Asamblea Constitucional ha sido ocasión para desenterrar a nuestros pueblos. Los dábamos por muertos, como recordó José Luis Vásquez Chogue, selk’nam, hace algunos días en la misma aula de la Convención. En realidad, los matamos literaliter, despojándolos, negándolos y olvidándolos.

El dolor cumple una función epistémica. Sin dolor por los otros, los otros nos serán siempre desconocidos y amenazantes. Nos penarán como las ánimas que reclaman sin cesar descansar en nuestro corazón. Más de 40.000 fallecidos nos obligan a parar para avanzar.

El dolor nos hace diferentes. Es lo que urge: distinguirnos, para unirnos. Reconocer que cada uno cuenta, que es original e insustituible, para igualarnos en dignidad. Es la igualdad que hoy necesitamos conseguir, pues nadie merece ser un muerto más.

Acta del grupo Experiencia de Dios del Centro Teológico Manuel Larraín

Participan: Luis Hernán Errázuriz, Isabel Donoso, Samuel Yáñez, Carlos Schickendantz, Ana María Vicuña, Viola Espíndola, Jorge Costadoat, Sylvia Vega, Diego García.
La lectura de algunos fragmentos de Ernesto Sábato, ocasionados por la muerte de su hijo Jorge, propició una conversación exigente respecto de nuestra percepción de la muerte, particularmente en las circunstancias sanitarias actuales. En el caso de Sábato, los textos representan momentos distintos en la vida del escritor. En los textos más tempranos, la pérdida del hijo se traduce en una suerte de anonadamiento y de protesta hacia un Dios que permite dolores semejantes. Los textos posteriores, en cambio, muestran una conciencia que está reflexionando la proximidad de su propia muerte y un atisbo de esperanza al reconocer la presencia de Dios –aunque remoto y oculto- en pequeños signos que son “una pausa de amor entre la fuga de las cosas” (Cernuda). Cita a Simone Weil (“El sufrimiento es la superioridad del hombre frente a Dios. Fue necesaria la encarnación para que esa superioridad no resultara escandalosa”) y propone una perspectiva en la que, al mirar la vida en su conjunto como una totalidad, y desde la experiencia de saberse seres necesitados, se persiste en la búsqueda de indicios de una eternidad en que podamos recuperar el abrazo de quienes partieron y cuya ausencia nos había sumido en una tristeza tan sin remedio. Así pues, los textos posteriores de estas reflexiones de Sábato son las de quien se asume como moribundo, es decir, quien entiende su vida como proceso o tránsito en la fragilidad y también como proyecto, con mirada escatológica en el reencuentro futuro.
En los textos donde se acentúa la protesta del escritor, éste reclama a “los teólogos que escriben miles de páginas para justificar tu ausencia [de Dios]”. Este fragmento gatilló una parte de la conversación acerca del sentido del trabajo teológico. Sin embargo, y alterando el orden en que de hecho se produjeron las intervenciones, hubo un desafío al papel de los teólogos, no ya a una teología específica eventualmente errónea, sino a la teología en su conjunto como oficio, que pretende que la muerte es una experiencia que se puede solventar razonando (“… dando razón de la fe…”), sin advertir que se la acompaña desde dimensiones inefables como lo son el misterio y el milagro. En efecto, cuanto hemos vivido el último año y medio, nos ha enseñado a poner entre paréntesis la protesta en contra de un Dios que nos niega a nuestros seres queridos a cambio de la promesa hipotética de la recuperación futura de aquellos abrazos perdidos. En el conflicto que se ha declarado entre el amor y la muerte, la pandemia, que nos ha hecho descubrirnos como seres continua y progresivamente moribundos, desafía a la manera cómo vivimos nuestro hoy, mucho más perentorio que la esperanza de reencontrarnos en el futuro con quienes han partido. En efecto, es hoy día cuando la necesidad de quienes nos rodean interpela a decidir qué hacer, y no tan sólo qué esperar. Velar el sueño de una amiga que se está despidiendo paulatinamente; exponerse a la enfermedad al cuidar del hermano enfermo a quien los médicos no saben cómo diagnosticar y cuya recuperación los deja tan perplejos como su enfermedad, todas estas experiencias ineludibles parecieran superar las posibilidades de una fe entendida como un conjunto de juegos especulativos alrededor de una cierta axiomática. La pregunta y respuesta creyente es mucho más que una cuestión de buena o mala información. Es aprender a estar en el misterio y el milagro.
La defensa de la teología como posible compañera de camino se hizo en dos momentos: Primero, impugnar ciertas teologías específicas, como esas que gastan “miles de páginas en justificar el silencio de Dios”; y luego, proponer que el trabajo teológico sea un esfuerzo por ofrecer un sentido para nuestras experiencias, y no una manera de fugarse de ellas como manera de driblear los dolores de nuestra existencia.
En cuanto a lo primero, se advirtió que efectivamente existen teologías que o bien se desentienden de nuestra experiencia, o bien proponen para ella lecturas atroces. Particularmente, la del Dios retributivo y castigador, el Dios sádico que retiene para sí la atribución de ejecutar a su Hijo para venganza por los pecados del mundo. Este fragmento del obispo Bossuet (1627-1704) es muestra de una visión que no está enteramente erradicada y de la que poco, si algo, se puede esperar de bueno: “Era pues preciso, hermanos míos, que Él cayera con todos sus rayos contra su Hijo; y puesto que había puesto en Él todos nuestros pecados, debía poner también allí toda su justa venganza. Y lo hizo, cristianos, no dudemos de ello. Por eso el mismo profeta nos dice que, no contento con haberlo entregado a la voluntad de sus enemigos, Él mismo quiso ser de la partida y lo destrozó y azotó con los golpes de su mano omnipotente (…). Lo hizo, lo quiso hacer, se trata de un designio premeditado”. Prima hermana de esta teología perversa es aquella otra que pone en el inocente la culpa por su sufrimiento inmerecido e incomprensible. La crisis de los abusos cometidos por consagrados ha sido pródiga en ejemplos de esto, abusados enviados por su abusador al confesionario.
La tarea de una teología que haga bien al ser humano, toma distancia de esa imagen del Dios vengador cruento, y al hacerse cargo del reproche a su silencio, acentúa que el silencio ha sido más bien el de nuestra responsabilidad por la solicitud que le negamos a la necesidad de las hermanas y hermanos. La teología, entonces pues, no es una fuga de la experiencia sino un esfuerzo por resignificarla en clave de esperanza, y de traer al Dios trinitario al presente en la experiencia de la comunidad fraterna. Las meditaciones de Sábato –una especie de ateo místico-, una vez que dejan atrás la atendible protesta por la pérdida, tornan hacia una comprensión de lo humano como la reunión de las personas que se prestan apoyo mutuo en su fragilidad. No somos personas solas, yo soy yo-y-mis-seres-queridos, de ahí la importancia de la esperanza en el reencuentro futuro, sí, pero también la responsabilidad por el socorro mutuo en el tiempo presente, más allá incluso de la posibilidad que esto pueda ser dicho de modo inteligible en las palabras. Los ejemplos de abnegación que fueron mencionados (cuidar el descanso del moribundo), es pura donación sin cálculo, no es sólo esperar que se cumplan algún día las promesas, sino anticiparlas en las biografías que nos toca vivir a diario. La teología es consciente de la imposibilidad de decir lo inefable, pero de todos modos, siendo el lenguaje un medio de comunicación y vinculación, es una de las maneras en que se hace posible la experiencia comunitaria y compartida, y por eso la suya es una mediación que no se puede desestimar por completo. Queremos entender, para eso no debemos cancelar el recurso razonable a la razón. Pero en contrapartida ella debe ser consciente de sus propios límites y de los peligros de deformaciones y patologías.
Como una manera de conjurar teologías que hacen daño, se propuso que la teología tiene como reto acompañar la vida, mediar nuestras experiencias hasta el límite en que el lenguaje es capaz de decir, contribuir a la posibilidad de una espiritualidad en que conviven el decir y el sentir, y ayudar a mirar el futuro con una esperanza que no sea alienante. En ese sentido, la escatología ha de proponerse ser un humanismo puro. En cuanto a Dios, lejos de ser el padrastro severo y retributivo, recupera la experiencia del Dios papá / mamá, Dios amigo o, incluso en la poesía mística, el Dios amante. Todos estos son Dios, en relación con quien cualquier experiencia humana, por humilde o adversa que aparente ser, se eleva.

Gesta espiritual de un pueblo champurria

Champurria es un concepto de primera importancia, lamentablemente desconocido. Champurriado(a) es una persona en parte mapuche, en parte chilena. Esta identidad mixta se evidencia muchas veces en los apellidos.

Por esta misma razón, el o la champurria es una persona que tiene dos mundos. Es alguien en quien habitan dos culturas. De uno modo parecido a quienes han tenido la oportunidad de vivir en otros países y aprender una o más lenguas, él, ella, puede alcanzar una riqueza humana y espiritual superior.

Digo que puede, porque es común que en el alma champurria estos dos mundos existan separados, sin tocarse, sin amarse, ignorándose, negándose uno a otro. El o la champurria es mal mirado por “winca” o por “indio”, despreciado a veces por lado y lado. Como el resto de los mortales, estas personas se llevan a la tumba un conflicto interior que, de haberlo resuelto, habrían sido más felices. La falta de reconocimiento enferma. Han recibido una identidad cuyo desconocimiento se somatiza. Pero los y las champurrias son inocentes. Son víctimas de un “pecado” que no es su pecado como tampoco lo fue el de sus padres, que se amaron tanto que no les importó trasgredir los tabúes que les impedían conjugar aquellos mundos.

Sin embargo, cuando el o la champurria inicia un camino de liberación su newen se enciende. Ni el mar lo apaga. Mira por encima, mira desde abajo, amarra el cielo y la tierra, y se convierte en un weichafe capaz de ganar batallas e incluso la guerra contra sí mismo.

Pero es difícil ver y transitar el camino de la auto negación al auto reconocimiento. Es un trabajo titánico, penoso, muy lento. Suelen pasar años para que una persona se descubra mapuche y chileno a la vez, en una palabra, mestiza. Se hace necesario ver la negación y llamarla despojo centenario de sus tierras, aguas, plantas y animales. Y, pues, el corazón champurria que se indigna por estos despojos, que recuerda a sus abuelos y bisabuelos pisoteados, y remonta con orgullo su genealogía, no sabe de infartos. Su experiencia espiritual convierte las heridas en cicatrices, ya que puede perdonar sin dejar de luchar contra las injusticias.

El camino a la liberación del o la champurria conduce a la sanación de una enfermedad hereditaria. Esta cura requiere a veces la asistencia de otros, de machis que, a su vez, hayan enfermado y sanado por los buenos espíritus. En estos casos el o la machi hace de mistagogo que remedia con yerbas, pero que puede hacerlo también con relatos liberadores que ayudan a tomar conciencia de la inocencia.

Vayamos más lejos: el pueblo chileno es champurria. El champurria no está allí, sino aquí, en mí, en ti. Llevamos en el alma un daño de siglos que hemos aprendido a esconder a la vista de las otras naciones, y de nosotros mismos. El o la chilena es acomplejado. Mira hacia arriba y se vergüenza. Mira hacia abajo y menosprecia. Se ruboriza de haber sido víctima de blancos cuidadosos de seguir siéndolo. Es que en la escuela leyó los textos que le contaron la historia de los vencedores. Sus profesores, asimismo, le hicieron olvidar el mapudungún, le cortaron la lengua, pues el Ministerio mandaba enseñar mejor inglés.

Pero el futuro del país no depende del inglés ni del PIB. Hay algo más grande. El destino de los pueblos que integran este país será cosa de quienes abran el sendero que va de la agresión a la justicia y la reconciliación. Algo así nos diría la machi Adriana Paredes Pindatray. Según ella “tú no te puedes sanar si sigues siendo víctima pasiva de la usurpación. Es tan importante sanar en esta comprensión, de que sanar menos significa convertirse en opresor” (Elisa García, Zomo newen, Lom, 2017).

Pido perdón por adentrarme en el corazón mestizo sin haber pedido permiso. Lo hago porque hablo de gente que también a mí me despeja el camino por hacer. Adriana, con su testimonio de machi champurria, me pone en la huella de la salida.