Una mano para los "segundos matrimonios"

Si se compara los “segundos matrimonios” con los matrimonios que duran para toda la vida, no hay duda que estos parecen más valiosos. ¿Razones? Varias: la perseverancia en la unidad es medio y fin de la felicidad de las parejas; la estabilidad es condición importante para la crianza de los hijos; una sola “empresa” familiar puede afrontar mejor los desafíos económicos que se multiplican con los años; la entera sociedad se beneficia con las familias sólidas. Pero esta ventaja general de los “primeros matrimonios” no impide que también los “segundos”, después de un fracaso conyugal irreversible, vuelvan a intentar los mismos fines de cualquier matrimonio serio. La vida continúa. Lo sorprendente es que, después de rupturas traumáticas, haya parejas que levanten de nuevo un hogar, cargando con responsabilidades de su primera unión e inspirando en hijos incluso ajenos la ilusión de una familia.

Aunque los “segundos matrimonios” no están libres de terminar en otro fracaso, es indispensable reconocer la posibilidad de que también ellos sean matrimonios de “primera”. Indispensable, porque probablemente necesitarán aún más ayuda. ¿Ayudémosles? Sugiero dos ideas. Primero: que se creen o se refuercen las instituciones públicas, privadas y religiosas que ofrezcan a las parejas realizar bien el duelo que implica un fracaso matrimonial. Una relación mal terminada impide aprender de una experiencia negativa y, cuando se han cometido errores, estos suelen repetirse. Segundo: los establecimientos educacionales pudieran otorgar una atención privilegiada a los hijos de estas familias. Hermoso testimonio darían los colegios católicos si la condición de hijos de “segundas familias” se considerara un punto a favor, y no en contra, al momento de las postulaciones a matrículas de admisión.

Los “segundos matrimonios” necesitan ser ayudados tanto o más que los primeros. Pero también ellos son una ayuda para la sociedad. Estos matrimonios dan esperanza a los que la vida se les hace cuesta arriba. Su lucha por reunir bajo un solo techo a personas que, habiendo sufrido mucho, aun quieren caminar juntas y compartir lo que tienen, nos devuelve la fe en el amor humano. En la medida que con justicia y responsabilidad los “segundos matrimonios” han puesto en orden las cuentas pendientes con el pasado, su esfuerzo por salir adelante con su nueva familia constituye un tesoro moral para la sociedad.

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