Oráculo Cristosófico

El Cristo Cósmico

En Edén, el país de la felicidad, el Señor creó a un hombre y a una mujer. Nada satisfizo a Adán más que Eva. Cuando el Señor la presentó a sus ojos, abrió su boca, nunca antes lo había hecho, y con admiración exclamó: “esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Adán despertó a la humanidad plena al reconocer que Eva era igual a él. Ambos vivieron desnudos en Edén porque no tenían miedo uno del otro, ni vergüenza ante Dios, ni aversión a ninguno de los animales En aquel país reinaba la armonía entre todas las criaturas. Todo era gozo. El padre y la madre de la humanidad se comportaban como criaturas. Vivían agradecidos del amor de Dios. Pero algo ocurrió, algo que ellos hicieron, que rompió el equilibrio cósmico. Inducidos por la serpiente, el más astuto de los animales del jardín, comieron del árbol prohibido. Su fruto supuestamente les permitiría conocer los secretos del universo que solo Dios puede conocer. Entonces, sobrevinieron al hombre y a la mujer, la fatiga del trabajo y del parto, pues Dios se decepcionó de ellos. Los expulsó de Edén. La tristeza se apoderó del corazón de Adán y Eva. Cubrieron sus cuerpos con las túnicas de piel que el Señor les dio por compasión y, llenos de desconfianza y de vergüenza, iniciaron un largo camino.

Miles y miles de años después, una de sus descendientes, una mujer pobre y clarividente de Nazaret llamada María, tuvo un hijo, al que José su esposo, un carpintero humilde y justo como ella, puso por nombre Jesús. Este fue el Cristo de Israel y la luz de las naciones. Fue un iluminado. Enseñó el camino de regreso al Dios de Edén, su Padre. Vino a los suyos como la luz del mundo, pero las tinieblas apagaron su sabiduría. No soportaron que enseñara que solo los humildes conocen a Dios y que el amor es el único mandamiento. Lo desnudaron y lo eliminaron. No imaginaron que allí, desnudo en una cruz, devolvería a Adán y a Eva la dignidad y el paraíso perdidos. Pues su sabiduría era inmortal. El Padre Dios, al resucitar a su Hijo de la muerte, le hizo justicia y reconcilió consigo a los padres del género humano e hizo primar su amor en toda la Creación.

Esta historia continúa en los varones y mujeres espirituales que, provenientes de los padres de la humanidad, se encaminan al Reino eterno comenzado con Cristo.  Cristo vive, al modo del Espíritu, en el corazón de cada ser humano, sea este cristiano, budista, hindú, sintoísta o musulmán, sea que crea o que no. El, su Espíritu, nos comunica el verdadero conocimiento; la sabiduría que nos conduce a la felicidad auténtica. El mismo Espíritu que orientó a Jesús en su predicación del Reino de su Padre, es el Espíritu que inspiró a sus discípulos para que pusieran por escrito la Palabra de Dios, y también el Espíritu que habla hoy a las personas espirituales, cada vez que estas leen las Escrituras en sintonía con sus emociones edénicas y en solidaridad con la pasión del mundo.  Hoy el Resucitado habita el cosmos. Allí donde la humanidad hace contacto con sus emociones, especialmente en quienes padecen un mundo que se les impone, el Crucificado es Sabiduría para esperar el nuevo Edén y para luchar contra las potencias del Mal; para soportar cuando es sabio soportar y para rebelarse cuando es sabio rebelarse. Porque el poder del Mal ha sido herido por Cristo, pero aún no completamente derrotado. Estamos en el tiempo de la lucha final. Lo que se ha cumplido en Cristo, la derrota de la muerte y del pecado, el Espíritu terminará de realizarlo el día del fin del mundo en quienes crean que él es la Sabiduría.

El Oráculo Cristosófico

 La psicología moderna –sorprendentemente- nos enseña que las emociones básicas del ser humano son las mismas que predominaron en Edén. Un examen atento al libro del Génesis que cuenta la historia de los primeros padres, descubre que también entonces se dieron la alegría, la tristeza, el miedo, la aversión, la sorpresa y la ira. Por esto llamamos edénicas a estas emociones. Ellas se dieron y se dan en la humanidad desde sus orígenes como energías cósmicas que indican al ser humano el camino a la felicidad.

Indican, pero no siempre. Lo hacen, cuando se discierne su sentido. Pues no basta con sentirlas. Es necesario interpretarlas de acuerdo a la Palabra del último Adán, Cristo. La Sagrada Escritura es Cristo en cuanto Sabiduría (sofi,a = sabiduría) que permite reconocer que tal o cual sentimiento o experiencia, es consonante o desentona con las emociones y, en definitiva, con la pasión de Cristo.

El Oráculo Cristosófico es un instrumentum para desentrañar el sentido (sentimiento + orientación) de nuestro vivir. El Oráculo nos ayuda a reconocer la llamada del Señor a cada uno de nosotros, bajo el supuesto de que el Espíritu que inspiró las Escrituras, es también quien mueve interiormente a las personas hacia el Creador.

Instrucciones de lectura

1.- Crea un ambiente propicio para orar. Preocúpate del recinto, de la luz, del asiento y del silencio. Ponte de presencia del Padre del Cristo.

2.- Contáctate con tu interior. ¿Qué sientes? Reconoce las emociones que operan en tu corazón. ¿Qué ocupa tu mente? ¿Cuáles han sido los últimos episodios que producen en ti algún tipo de movimiento íntimo?

3.- Elige la emoción edénica que representa mejor tu estado anímico actual: alegría, tristeza, miedo, aversión, sorpresa, ira. Toma la tarjeta que corresponda.

4.- Busca en el Oráculo la descripción de la emoción

ALEGRÍA

TRISTEZA

MIEDO

AVERSIÓN

SORPRESA

IRA

5.- Formula a Cristo la pregunta que tenga que ver con la emoción que sientes en este momento.

6.- Toma la BIBLIA y elige uno de los evangelios correspondientes a esta emoción.

7.- ¿Qué te dice Cristo?

8.- Lee el comentario a la lectura elegida

9.- ¿Algo más te dice Cristo?

La Alegría

(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:

El placer, el gozo, la satisfacción y la alegría son expresiones de la felicidad. La alegría puede ser un rasgo de carácter. Si una persona no la tiene por temperamento, sí puede experimentarla muchas veces. Esta emoción le confirmará que la vida tiene sentido. Hay personas alegres, otras tienen alegrías de tanto en tanto. La alegría, a la vez, llama a la alegría. Es contagiosa. La alegría de alguien puede producirnos envidia. ¡Lamentable! Pues también puede iluminarnos y llenarnos de la esperanza de una felicidad compartida.

La alegría es un don espiritual por excelencia. San Ignacio de Loyola la identifica con la consolación propia del amor: “…llamo consolación quando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor, y consecuentemente, cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas.” (Ejercicios espirituales, 316). En otras palabras, la alegría espiritual tiene que ver con la libertad que Dios da para no aferrarnos a aquellas cosas con las cuales pretendemos asegurarnos la vida, pero que, a la larga, nos van haciendo avaros, opacos, desconfiados.

La alegría es una emoción edénica temprana en la biografía de cada ser humano. ¿Recuerdas las primeras alegrías de tu infancia? ¿Hubo gente alegre que te alegró la vida? ¿Has tenido alguna vez una alegría espiritual? Revive esos momentos…

Haz memoria, además, de esta última etapa de tu vida. ¿Qué es lo que hoy más te alegra? ¿Quiénes te hacen la vida feliz? Si pudieras elegir de acuerdo a lo que te da más alegría, ¿qué te gustaría hacer? ¿Qué alegría querrías que los demás te dieran?

 (b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 13, 44

 (c) Orientación del Oráculo:

En la vida se dan algunas oportunidades extraordinarias –normalmente pocas- de tomar una decisión fundamental. En estas ocasiones, hay que arriesgar mucho o todo. De esta decisión puede depender ni más ni menos que la felicidad. ¡Qué alegría se siente cuando se da el paso! La decisión puede causar miedo, inseguridad, pero nada debiera impedir que se concrete. Hay momentos en que lo que está en juego es muy grande: la mujer o el hombre soñado, el trabajo que se desea, la casa anhelada, la vocación sacerdotal o religiosa… Se trata de un tesoro escondido en un campo. El que compra el campo se queda con él. Pero si no lo hace, nunca más encontrará un tesoro semejante. Sería muy raro que se repitiera un hallazgo así. Como enseña el sabio Ribhu: “Renunciar a todo es felicidad eterna. Renunciar a todo es un gran gozo. Renunciar a todo es la Felicidad suprema.” (Ribhu Gita, capítulo 15).

Jesús, en otro pasaje del Nuevo Testamento, enseña: “El que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que la pierda, la ganará” (Lc 17, 33).

¿Has sentido alguna vez la alegría de tomar una decisión que cambiará para siempre tu destino? ¿Has averiguado qué es lo que quieres en lo más profundo de ti? Trabaja tu interior. El momento se puede presentar pronto. Si no conoces tus deseos se te puede pasar la oportunidad de la vida. Y si ya pasaste por la alegría de haber encontrado el tesoro del que habla Jesús, si compraste ya el campo para quedarte con él, ¿de qué te quejas? Gózalo como se merece. No vuelvas a lamentarte de nada. Lo tienes todo.

Trabaja tu interior. Reconoce tus deseos. Decídete por uno de ellos. ¡Decídete por ti mismo/a! Goza con tu elección y cuídala toda la vida.

 (b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 16, 20-22

 (c) Orientación del Oráculo:

La alegría que inspira la fe es mucho más que jovialidad u optimismo. Para quienes creen en Cristo, es posible alegrarse incluso en medio de las persecuciones. Aún en el caso que no fuera posible alegrarse, porque lo que predomina es la adversidad, existe al menos el consuelo del triunfo futuro. La mujer que ha tenido un hijo lo sabe. Ella pasó por los dolores del parto. La esperanza de un niño le bastó para soportarlo. Jesús insta a sus discípulos a creer en la alegría. Esta se hará realidad infaliblemente. Es tan cierta la victoria que ya ahora es posible alegrarse. Los que viven del triunfo de la fe, pueden alegrarse anticipadamente en medio de las penurias del presente. Bien vale vivir para la alegría. De la alegría también se puede vivir.

¿Crees que esto vale para ti? Créelo, y verás cómo comienzan a disiparse tus tristezas. Cristo triunfó. Vamos ganando. Lávate la cara, cámbiate de ropa, busca una buena colonia… Llegará el día en que no llorarás más. Créelo, y alégrate ya, ahora. Mientras más te apures más pronto sucederá.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 19, 1-10

(c) Orientación del Oráculo:

Hay un cambio que espera en ti. Una revolución completa en tu modo de organizar tu vida está por ocurrir. O tal vez ya ocurrió. La señal para reconocer una mejoría general de la vida es la alegría que produce. Zaqueo, el cobrador de impuestos que sale al encuentro de Jesús, probablemente anhelaba en su corazón la conversión antes de experimentarla. El bienestar de sus riquezas no era comparable con la alegría que explotaría en él en algún momento. Jesús, con un solo gesto de amor, al recibir de Zaqueo la hospitalidad que este nunca había podido dar a alguien, desencadena en él un cambio total en su modo de relacionarse con los demás. De un brinco, el cobrador de impuestos se compromete a resarcir, con una enorme generosidad, los perjuicios que ha podido cometer contra su prójimo. La alegría se apodera de Zaqueo. No volverá a ser más el mismo.

Y a ti, ¿te llegó la alegría? Vive de acuerdo al giro que diste a tu vida el día que descubriste tu vocación. Si te muerde la tristeza, pon atención. No la dejes entrar. Dale un portazo. Si tienes sólo un gramo de alegría, sácale el máximo provecho. Todo lo que hagas, hazlo con Él. Como enseña Krishna en el Bhagavad Gita: “El hombre que, sea cual fuere su condición kármica, realiza su trabajo con gozo, con seguridad alcanza la perfección” (capítulo 18, 45). La alegría crece con los que la cultivan. Mantén a raya el desánimo, el pesimismo, la desesperanza. No aceptes nunca una alianza con ellos. La alianza con la amargura conspira en contra de una amistad con la alegría. Repudia las tinieblas. El sol cumple, ya verás.

 (b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 15, 8-10

 (c) Orientación del Oráculo:

A veces la alegría está asociada a una pérdida. La recuperación de lo perdido produce una alegría muy especial. Podemos perder algo, el celular, los anteojos, dinero… Podemos perder un/a amigo/a. Podemos sufrir la pérdida de un pariente: el papá o la mamá. La alegría que produce recuperar a la persona o la cosa perdida, puede ser muy grande. En cambio, no recuperar a la pareja o al hijo muerto, por poner dos ejemplos, requiere un duelo complejo, que puede durar años.

El caso de la mujer que pierde la dracma es sencillo, pero muy expresivo. La mujer explota de gozo cuando encuentra la moneda perdida. Ella, como nosotros, tiene un afecto especial por el dinero. Una dracma, por lo demás, equivalía al salario diario de un trabajador. No era una monedita cualquiera. Por lo que la mujer llama a las amigas para celebrar. ¿Qué celebración hizo? No interesa mayormente. Este es un cuento de Jesús para hablarnos de otra “pérdida” y de otra “alegría”. La alegría de Dios consiste en que nadie se pierda. Si alguien se pierde, es Dios que fracasa. Es Dios que se pierde cuando uno peca contra su prójimo. Entonces Dios anhela y llora por la reconciliación. Cuando las personas se reencuentran –como si se encontrara una dracma perdida-, la alegría de Dios resplandece en el cielo.

Todos tenemos pérdidas, aunque a veces quisiéramos negarlo. ¿Cuáles son las tuyas? ¿Cuáles son tus asuntos pendientes? Da vuelta la casa hasta que encuentres la dracma perdida. Arregla pronto tus cuentas pendientes. No te dejes estar. Prepárale el camino a la alegría. Trabaja tus problemas. Reconcíliate, si es el caso. Tú sabes mejor que nadie qué  es lo que realmente quieres. Si no lo sabes, esfuérzate por llegar a saberlo. Pero no te quedes a medio camino. Es el camino de tu felicidad. Cada paso que des hacia ella, cada alegría con que te alegres, cada pena que merezca ser sufrida y cada persona que recuperes, en todas y cada una de tus pérdidas está en juego tu felicidad cotidiana y la vida eterna.

La Tristeza

(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:

La tristeza es una emoción edénica que irrumpe en algunas personas al menos una vez al día, en otras, rara vez en el año y en otras, se instala para toda la vida. Los niños nacen llorando. La vejez suele ser muy triste. A lo largo de la existencia no faltan los padecimientos, choques, disgustos y pérdidas que nos producen tristeza. Es normal que así sea, aunque no es obligatorio.

Enseña Confucio: Hay personas que lloran por saber que las rosas tienen espinas. Hay otras que sonríen por saber que donde hay una espina, hay una rosa”. Es difícil llegar a esta sabiduría. Por cierto, es muy común ahogarse en un vaso de agua. Suele ocurrir que amanece despejado. Al rato aparece una nubecita, y otra. Hasta que el cielo se cubre. Cunde así la tristeza hasta que, al acostarse, las personas habrían preferido no haberse levantado. En otras personas, la tristeza se ha vuelto un hábito. Se han convertido en melancólicas. La tristeza las ha enfermado. Cuando la tristeza se convierte en la “dueña de casa”, los demás les huyen. Las personas quejumbrosas espantan a los vecinos. Nada habrá peor que hacerse fama de llorón/a.

Hay también una pena moral. Cuando alguien se siente mal por haber causado daño a su prójimo, quiere decir que esta persona está moralmente sana. Los sicópatas no tienen empatía alguna con sus víctimas. No son capaces de sufrir por el mal que les causan. Pero sentir tristeza siendo inocente también puede ser una enfermedad. Hay gente escrupulosa que ve pecados donde no hay pecados, gente que se culpabiliza como por precaución. El miedo a equivocarse los cubre con su sombra y los encorva. Esto es lamentable. Otro adagio de Confucio reza: “Cuando uno examina su propia interioridad y comprueba que no hay en ella nada malo, ¿por qué habría de ser triste, qué tiene que temer?”.

 ¿Cuáles son los hechos más tristes de tu infancia? Revívelos.

¿Cuál es la última pena grande que has tenido en tu vida? Revive los hechos que te causaron tristeza. Procura descubrir la semejanza entre tus tristezas de infancia y las de este último tiempo.

 (b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 26, 36-46

 (c) Orientación del Oráculo:

No somos de plástico. Jesús tampoco lo fue. Sufrimos. Podemos levantarnos tristes y acostarnos tristes. A lo largo de la jornada hemos podido pasar malos ratos tan grandes que nos arruinaron el genio. A Jesús la vida se le fue poniendo cada vez más difícil. Cuando iba ya a subir a Jerusalem, teniendo muy presente que lo podían matar, quiso concentrarse en oración y preguntarle por última vez a su Padre si tal era su voluntad. Jesús no quería morir, como ninguno de nosotros a su edad. La posibilidad cercana de la muerte lo obligó a juntar fuerzas y coraje. Llevó a Pedro y a dos hijos de Zebedeo a Getsemaní. Necesitaba compañía. Pero los amigos no fueron capaces de acompañarlo en el dolor. La soledad hizo su pena aún más angustiosa. En Getsemaní, Jesús libró un combate contra la tentación de abandonar su misión. Y venció. Se contactó en la oración con su Padre y recuperó las fuerzas para hacer su voluntad: proclamaría el Reino aunque le costara la vida. De allí en adelante, la tristeza importó poco. Jesús miró hacia adelante y avanzó confiado en Dios.

Nosotros también tenemos una vocación. Somos llamados por Dios a una misión. Pero somos frágiles, todavía más frágiles que Jesús. Tememos.  Del temor solemos pasar a la tristeza. La tristeza, a la vez, suele contaminar nuestra vocación hasta hacernos creer que ella no es tal. ¿No será otro el llamado que Dios nos hace? ¿Cómo Dios va a querer que suframos? Pero no. Es inherente a la vocación sufrirla e incluso de vez en cuando dudar de ella. Pero, si la tristeza se hace frecuente, si se prolonga con los años, podemos volvernos personas amargadas. Entonces, solo entonces, Dios puede estarnos llamando a otra cosa.

Concéntrate en lo tuyo. Tu misión no es la misma que la de las personas que tienes a tu lado. Habrá muchos ingenieros, profesores, enfermeras, pero Dios te llama a ser ingeniero, profesor o enfermera de un modo único e insustituible. Lucha, ruega a Dios que te diga cómo, qué es exactamente lo que tú debes hacer. Talvez tienes una enfermedad y parece que no te queda más que sucumbir en la tristeza. Aún en estos casos, aunque te quede una neurona y una gota de oxígeno, obliga a Dios a que te diga qué quiere de ti. Cómo quiere que tú hagas tu aporte. Podrá ser doloroso hacer su voluntad, pero no triste. Pon atención: si los demás no se fijan en ti, si te huyen, puede ser que estés espantándolos con tu tristeza. No es que no tengas derecho a estar triste. Pero si te vives lamentándote, no te quejes después de que nadie quiere estar contigo.

En todo caso, lo que siempre es triste es haber venido a este mundo a hacer tiempo. A imitar a los demás. A eximirse de vivir con pasión. A quitarle el cuerpo a los sacrificios que exige la propia vocación.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 24,13-35

(c) Orientación del Oráculo:

Una de las señales de la falta de fe es la tristeza. Y una de las señales de la fe es la superación de la tristeza. La alegría y la fe van de la mano.

Los discípulos de Emaús volvían cabizbajos a su pueblo. Había muerto ese hombre “digno de fe” en quien ellos habían confiado. Pero el resucitado se les aparece por el camino y, poco a poco, les va revelando que Dios no decepciona. Ellos no habían podido creer a las mujeres que decían haberlo visto resucitado. Este testimonio no podía bastarles. La frustración de su muerte había sido muy profunda. Pero Jesús se les aparece y se les da a reconocer al partir el pan y al explicarles las Escrituras. Su corazón pasó de la pena al gozo. De ahí en adelante, la vida de los primeros discípulos consistió en comunicar a otros la alegría del Cristo resucitado.

Y tú, ¿crees que Dios puede sacarte de la pena? ¿Cuál es la pena recurrente que te impide ser feliz? Llegó la hora de desactivarla como a una bomba que, si no se la desarma, puede estallar. Considera que la alegría del resucitado está a punto de invadirte. Él vive, su Espíritu actúa. Mira bien. Observa a tu alrededor las señales del triunfo del amor. Ama. Ámate. No permitas que la tristeza te devore. No tienes derecho a hacerlo. Cristo vive. Tú, hoy, puedes alegrarte y reír.

 (b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 18, 18-25

 (c) Orientación del Oráculo:

Seguir a Jesús equivale a la vocación. Todos tenemos vocación. Todas nuestras vocaciones coinciden en esto: somos llamados por Cristo a seguirlo por el camino de amor que conduce al Padre. Venimos del Padre y volveremos a él por medio de Jesús. Cristo nos ha abierto el camino.

La vocación de cada uno puede parecerse a la de los demás,  pero cada una es única. El Espíritu de Cristo indica a cada uno un camino que tendrá que irse realizando de un modo completamente original. A esto invitó Jesús a un hombre bueno y rico; el hombre bueno y rico no quiso aceptar. Era muy rico. Prefirió no hacer caso a su vocación. La prueba del error fue la tristeza que experimentó. Debió saber que sus riquezas no le garantizarían la alegría. Pero no tuvo el valor para desprenderse de ellas.

El hombre rico no pudo renunciar a la comodidad. La avaricia se había apoderado de él. O le dio miedo el futuro. El hombre rico no dio el paso. Por tanto, no conoció la alegría de la verdadera religión. La religión de los que oyen la voz del Señor y la siguen sin retardo, tan distinta de la religión de los que pretenden ganarse a Dios con cumplimientos piadosos y timoratos.

Tú también tienes vocación. ¿A qué? Pregúntale a Cristo. Si te responde, hazle caso. Si no te responde, úrgelo para que lo haga. Mientras no aclares qué es lo tuyo, serás un “personaje secundario” de tu propia vida. La tristeza seguirá siendo tu “dios”. Aclara qué es aquello que solo tú tiene que saber y arriésgate, atrévete, ama y entra en la vida. La vida y la alegría, te están esperando.

(b) Léase este texto bíblico: Mt 11, 25-30

(c) Orientación del Oráculo:

Jesús llama a los cansados, a los fatigados, a los sobrecargados con la vida. ¿Quiénes? A todos la vida, en algún momento, se nos hace muy difícil de llevar. Pero a algunos se les hace simplemente insoportable. Muchos sobreviven a la carga. Logran estibarla mejor y siguen adelante. Pero no podemos olvidar que no pocos son aplastados por un trabajo agobiante o la desocupación, las enfermedades propias o las de de los familiares, la soledad, la falta de comida, de techo, de educación, así como la imposibilidad de acceder a las redes en las cuales se compra y se vende, o simplemente se conversa y se pasa bien; las peleas con los hermanos, los padres o los hijos, pueden hacerlos sucumbir en la tristeza. La depresión, hoy, cuesta cara. Mucho dinero se va en pastillas.

En tiempos de Jesús, pero también dos mil años después, una carga dolorosa es la mirada de los demás. Los otros nos juzgan y amargan la vida. A veces no son los otros, sino nuestro propio sentido de responsabilidad, la obligación que nos impone nuestra conciencia, la que no nos deja en paz. Y, por último, la misma conciencia del mal que hacemos puede oprimirnos. No darse cuenta que hacemos sufrir a las personas que nos rodean puede ser una enfermedad. Lo son la apatía y la sicopatía. Pero también puede serlo un sentido de culpa exacerbado. Pues bien, a todos los oprimidos, por las causas más diversas, Dios, a través de Jesús, viene a aliviarlos, sacándoles sus pesos de encima.

Jesús, por su parte, les llama a tomar su propio yugo. ¿Cómo se entiende? ¿No es su carga aún más pesada que la nuestra? En cierto sentido sí. Amar y perdonar puede ser muy sacrificado. Sin embargo, nada puede ser más liberador que ser amado y perdonado. La carga que Jesús quiere que sus seguidores lleven, es la de encargarnos unos de otros, como Dios se encarga de él y, a través de él, de todos nosotros. No hay peor tristeza que sufrir solos. Entrar en el ciclo de la misión liberadora de Jesús tiene muchas exigencias, incluso a ratos puede entristecernos, pero consiste en tomar parte en la pasión de Jesús. También nosotros, gracias a su amor, podemos sufrir con los otros para que se alegren con nuestra compañía. Lo peor es emprender solos la vida. Y lo mejor, dejarnos llevar por Cristo y aquellos a quienes él los libera de su opresión y les hace descansar en su amor.

Déjate llevar. Deja que otros se hagan cargo de ti. Considera en quiénes puedes descansar. Tú prójimo, ese que llevas, es también Cristo. Fíjate bien. Algo tiene que darte. Ocurre a veces que quienes son nuestro peso, cargan también con nuestros límites y nuestros pecados.

El Miedo

(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:

El miedo es tan antiguo como nuestra memoria. ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que sentiste esta emoción? Estabas solo/a. Estabas acompañado/a…  Era de noche. Te faltó tu padre. Te aferraste al vestido de tu madre. Te sentiste amenazado/a. Un ruido… Algo desconocido te inquietó. Sentiste una inseguridad desconocida. ¿Recuerdas tus primeros miedos?

Transpórtate al presente. Han pasado muchos años. Los miedos de ahora no son los mismos de la niñez. La oscuridad no te asusta igual. No dependes ya de tu madre. Pero se han levantado nuevos temores. El futuro te parece amenazante: cambios en el trabajo, enfermedades nuevas, amores que podrían fracasar… Hay cosas que te dan miedo. Algo has aprendido sobre qué hacer cuándo te asalta el temor, ¿verdad?

Aun así, el miedo es en ti una emoción edénica inextirpable. Adán y Eva temieron a Dios en el paraíso. Mientras vivas tendrás la capacidad de temer. Cuando mueras nada te podrá asustar. El temor es una emoción indispensable que nos alerta de los peligros. Si el hombre primitivo no hubiera temido a los leones, nuestra especie no habría llegado tan lejos. Pero ese mismo hombre tuvo que vencer con lanzas y flechas para comer y criar a sus hijos. Hay riesgos que es necesario correr.

Pero hay también temores completamente injustificados que nos paralizan e impiden, por ejemplo, pedirle matrimonio al amor de nuestra vida o gozar simplemente con la creación. En la tradición budista de Siddhartha Gautama Buda, se enseña: “Conducidos por el miedo, los hombres acuden a muchos refugios, a montañas, bosques, grutas, árboles y templos. Tales, empero, no son refugios seguros. Acudiendo a estos refugios, uno no se libera del dolor” (Código Dhammapada, 188-189).

Un mito de Teotihuacán cuenta que los dioses se reunieron, antes que hubiera días, con el propósito de alumbrar el mundo. Tecuzitecatl, un dios rico, dijo “yo tomo el cargo de alumbrar el mundo”. Puesto que nadie más se ofrecía, los demás dioses determinaron que lo hiciera Nanahuatzin, un dios pobre. Ambos presentaron las ofrendas pedidas, pero cuando fue necesario que estos dioses se ofrecieran a sí mismos al fuego, el dios rico tuvo miedo y se echó atrás. El dios pobre, en cambio, entró en las llamas. Entonces el rico, al ver el coraje de Nanahuatzin, le siguió. Y a ellos los imitó un tigre. Los demás dioses esperaron. Se volvieron hacia el Oriente y vieron salir el sol y la luna.

Tómate un tiempo para responder estas preguntas: ¿Cuáles son hoy tus miedos? ¿Qué es lo que estos últimos meses te asusta, intimida o aterra? ¿Qué miedos te hacen arrancar? ¿Hay algo que actualmente te genera pánico?

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 4, 35-41

(c) Orientación del Oráculo:

El episodio de la tempestad calmada alude a las agitaciones que amenazan nuestra vida. El mar simboliza la muerte. Los discípulos creen que van a morir. Jesús triunfa sobre los vientos y el mar.  Vuelve la serenidad. Pero no siempre podrán contar con Jesús. Un día él no estará. Es así que el Maestro transmite a los discípulos su capacidad de conjurar los peores peligros. Les contagia su fe y les enseña a creer, pues su fe les alcanza para muy poco. El miedo puede vencerlos. La fe, en cambio, puede lo imposible. Jesús, que cree en Dios, puede lo que nadie puede. Hacer que los vientos y el mar le obedezcan. Esto mismo debieran poder hacer los discípulos, y hoy nosotros, con fe.

La Palabra de Dios no falla. Hazle caso. Frente a los miedos que te acechan, ten fe. Los que confían en Dios son invencibles. Cree y triunfarás, mañana o pasado mañana.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 10, 32-34

(c) Orientación del Oráculo:

Los discípulos que seguían a Jesús en su subida a Jerusalén estaban asustados. Tenían razón para estarlo. Jesús les había anunciado que lo iban a matar. ¿Quién en su sano juicio podría poner su confianza en un líder que predice su propio fracaso?

A dos mil años de distancia puedes preguntarte: ¿quién es tu Maestro? ¿Quiénes te muestran un camino? Seguir a un Maestro te exigirá reconocer tu vocación y ser fiel a ella. Tú podrás compartir la misión del Maestro, pero él nunca conocerá a fondo tu vocación. La misión puede ser común, la vocación jamás, es siempre única y original. Los malos maestros hacen que sus discípulos acaten su voz. Los falsos maestros absorben su libertad y los obligan a hacer lo que ellos quieren como si tuvieran la verdad absoluta.  Los buenos maestros, en cambio, ayudan a sus discípulos a reconocer la Voz entre las voces. Los buenos maestros transmiten a sus discípulos la gramática para reconocer la voluntad de Dios. Les enseñan, sobre todo, a ser valientes, a lanzarse a las llamas. A vencer el miedo a ser originales. Los buenos maestros educan a los iniciados a buscar y a perseverar, a rechazar las tentaciones y a inventar ese camino completamente original que es la vocación y del cual depende a la larga la felicidad de cada cual. A la larga, porque en lo inmediato ser fiel a la vocación da miedo, es riesgoso. Muchos arrancan de su vocación porque ven que seguirla les acarreará un sin fin de renuncias, problemas, incomprensiones o agresiones. Es más fácil hacer lo mismo que el “rebaño”. Pero, quien no se vence a sí mismo para llegar a ser uno/a mismo/a, puede pasar a la historia sin haber iluminado jamás a nadie.

Hazle caso a la Palabra. El camino no será fácil. Lo importante es creer que los que lo intentan triunfarán. ¿O prefieres ser un turista de tu propia vida? ¿Un personaje espectador de tu drama de existir?

(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 14, 26-29

(c) Orientación del Oráculo:

Al Padre de Jesús nadie lo ha visto nunca. Jesús resucitó y se ha vuelto invisible. ¿Quedaron entonces solos los discípulos? No, porque el Espíritu les hizo presente a Jesús y Jesús al Padre. Dios no los abandonó. El Espíritu de Cristo resucitado les insufló la paz de la fe. Desde entonces, los que creen en Dios triunfan sobre los temores y terrores de la vida.

¿Crees tú que Dios te ama? Créelo y vivirás en su amor. Ama, y otros creerán gracias a ti. Vencerás tú y los tuyos. Confía. Abandónate. Ningún miedo tiene derecho a impedirte vivir en paz. La paz es un regalo del cielo para quienes confían en las palabras de Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo”. Ten fe, cree en el amor, deja que la paz se instale en tu corazón y disipe tus miedos.

En cambio, si el temor te devora no conocerás nunca la dicha de ponerte en las manos del Padre. Jesús lo hizo. Si él lo hizo, también los hijos y las hijas de Dios pueden confiar en el Padre y vencer las tinieblas que te intimidan.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 25, 14-30

(c) Orientación del Oráculo:

Los miedos te pueden liquidar la vida. La vida es para cultivarla y gozarla. Hacer un hoyo en la tierra para no perder el talento que Dios te dio, equivale a perderlo para siempre. Hace dos mil años el talento era una moneda. Con el pasar de los años ha llegado a significar un don. No sacarle partido al don que se tiene por miedo a perderlo, por miedo al ridículo o por temor a equivocarte, equivale a enterrar el talento. El don es como la vida: se la vive o se sobrevive. La vida es un riesgo. Quien no arriesga no vive. Se pone a la orilla de la existencia y contempla cómo los demás son protagonistas del cielo y de la tierra.

No hagas del miedo un “dios”. No le pidas a este “dios” que te haga el favor de resolver los problemas. No le pidas que te levante el castigo. Dios no castiga. A Dios no se le teme. Él cree en ti. Cree tú en ti mismo/a. Dios te ha entregado la creación para que la goces. Lo único que Dios quiere es tu felicidad. Confía en él. Sácale partido a tu talento. Ponlo en juego. Si pierdes, Dios, que te quiere, te rescatará del modo menos pensado.

Tú tienes un talento escondido. Hay algo que solo tú puedes hacer en este mundo. Deja de imitar a los demás. Ellos, sin saberlo, esperan la revelación de tu misterio. Ni tú mismo lo conoces. Pon en juego tu talento. Apuesta a ti mismo/a. Sorprenderás a quienes te rodean y crecerás en humanidad. Esta oportunidad la tienes hoy. Hoy es tu día.

 

La Aversión

(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:

Hay cosas que nos dan asco. Hay personas que nos producen rechazo. Las rehuimos. Rechazamos a quienes nos incomodan como las llagas de una enfermedad, su mal olor o su aspecto indeseable. Para defendernos de ellas solemos echarles la culpa de algo. Las culpamos de atribularnos.. A los pobres, les echamos la culpa de su miseria. No creemos en su reclamo de misericordia. Podemos, a lo más, darles limosna para sacárnoslos de encima. Pero no estaríamos dispuestos a escuchar el relato de su infelicidad. El instinto nos dice que las desgracias acarrean desgracias. Mejor escapar de ellos. Por esto, nos alejamos o eludimos las situaciones o personas amenazantes.

En el lenguaje común de las religiones, Dios también rechaza. En el Corán esta idea está muy presente. Se dice: “Dirige, pues, tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne,  antes de que llegue de Dios un Día [de ajuste de cuentas, un Día] inevitable. Ese Día serán todos separados: quien haya negado la verdad tendrá que cargar con [el peso de] su rechazo, mientras que los que hicieron lo que es recto y justo habrán acumulado para sí una excelente provisión, para que Él recompense, de Su favor, a los que han llegado a creer y han hecho buenas obras” (Sura 30). En el cristianismo, el advenimiento del Reino de Dios implica un juicio. La salvación es gratuita, pero no barata. Habrá un Juicio Final. El Rey, Cristo, rechazará a quienes lo hayan rechazado en los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados (Mt 25, 31-46). Pero cuesta entender que Jesús vaya a castigar. ¿No es su Dios pura misericordia? Creer que Dios rechaza a los que lo rechazan, es un modo de afirmar el “auto-rechazo”. Dios indica el camino de la realización de la humanidad. Los que intentan caminos distintos del amor al prójimo, se pierden solos.

Haz memoria de los ascos de tu infancia. ¿Qué te daba repugnancia? ¿A quiénes rechazabas?

Conéctate ahora mismo con tus aversiones. ¿Qué cosas o personas te desagradan? ¿Qué te molesta y repruebas? ¿A quiénes no les darías un minuto de tu tiempo?

¿Te has sentido rechazado/a por Dios? ¿Por qué?

(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 5, 12-16

(c) Orientación del Oráculo:

Hay gente que te produce rechazo. Pero talvez haya gente que también huye de ti. ¿Por qué te rechaza? Talvez no te des suficiente cuenta. Si tus heridas están a la vista, te darás cuenta fácilmente que los otros te evitan, te hacen un rodeo, se alejan o prefieren no encontrarte. ¿Te imaginas lo que pudo ser un/a leproso/a? Sus lamentos debieron espantar a los demás.

Pero si tienes éxito y ostentas tu triunfo, si eres un ganador/a y quieres que los demás te reconozcan, no será raro que no te valoren por ti mismo/a, sino porque a muchos les gusta hallarse cerca de los winners. Pero, apenas fracases, te dejarán. No te reconocerán. Dirán que mereces tu fracaso, porque, a fin de cuentas, nunca te fijaste en ellos. Los usaste, por lo que dejarán de utilizarte.

Cristo te llama a reconocer algo que ocultas. Hay algo en ti que inquieta a los demás. Suscita en ellos desconfianza, distancia o risa. Hay algo que tú no quieres en ti. Te amenaza. Este peligro, sin embargo, puede ser vencido. Jesús te llama a conjurarlo. En Cristo ni la muerte puede arruinarnos. Déjate cuidar y curar por él. Si él te integra, nada ni nadie podrá marginarte. Él sí se interesa por ti y no por tu utilidad. Déjate querer por Dios tal como eres. Todo lo demás se te dará fácilmente.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 7, 36-50

(c) Orientación del Oráculo:

Jesús rompe con el sentido común. Una prostituta normalmente era despreciada. En el mejor de los casos, se la habrá podido menospreciar con cierta indulgencia. A algunos les pudo dar vergüenza su cercanía: ¿los podía contagiar con su inmoralidad? No a Jesús.

La situación incomoda a Simón. Su invitado se comporta de un modo completamente extraño. Simón no dice nada, pero en su interior rechaza a la pecadora pública y juzga a Jesús. Los fariseos sólo se sentaban a la mesa entre los que se consideraban justos. Jesús adivina la mente de Simón. Este, se atiene a la norma. La mujer, fuera de la norma, se mueve por amor. Jesús, a su vez, deja que la prostituta le haga cariño. No le importa defraudar la religiosidad de los fariseos. Ha visto la miseria de la mujer que lo besa, y acoge el amor que ella le demuestra.

¿Y tú quién eres? ¿Simón o la prostituta? Ponte en el lugar de la mujer, deja que Jesús mire con amor tu miseria. Deja que reciba lo que tú tienes que ofrecer y que nadie más que tú sabría dar.

Ponte en el lugar de Simón. ¿Por qué miras mal a los demás? ¿Eres mejor que ellos?

Los que rechazas, te rechazan. Cristo acoge a la prostituta y perdona a Simón. Deja que en ti Cristo haga lo contrario de lo que tú normalmente haces con los demás.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 8, 2-11

(c) Orientación del Oráculo:

El adulterio es un pecado grave. Lo fue en tiempos de Jesús. Lo es en nuestra época. El adulterio es causa de rompimiento de muchos matrimonios y del fracaso de más de una familia.

Entre los israelitas la adúltera merecía la lapidación. En el episodio evangélico, quienes querían apedrear a la mujer adúltera no hacían nada incorrecto. Aplicaban la pena correspondiente a un delito. Pero no era esto solo lo que estaba en juego. No para Jesús. Jesús lleva las cosas al plano de la misericordia. No es que se salte la ley. El también considera grave un adulterio. Pero al liberar a la mujer del linchamiento, va al fondo del asunto: todos somos pecadores; todos, a los ojos de Dios, merecemos misericordia. Dios puede lo que normalmente los demás no podemos: perdonar. Dios acoge a los que los demás rechazan.

Si estuvieras en el caso de la mujer adúltera, ¿te gustaría que te perdonaran? Y de la culpa que te oprime, ¿no te gustaría ser liberado? Deja que el Señor te ame. Dios te perdona con un amor enorme. Ningún pecado tuyo le queda grande.

Perdona tú, y te será más fácil perdonar. Deja que Dios te perdone. Pronto comenzarás a liberar de culpa a los que te han ofendido.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 9, 22-26

(c) Orientación del Oráculo:

Jesús produjo rechazos. Fue reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas. Probablemente los discípulos, una vez crucificado su maestro, sintieron vergüenza de él. Más de alguno, se habrá reído de ellos. También ellos fueron víctimas de menosprecio.

El Maestro pidió demasiado. La cruz, a los discípulos y a los cristianos de todas las épocas, ha debido provocarles repugnancia. A decir verdad, el cristianismo tendría que producir repulsión. Lamentablemente, los cristianos le han quitado a la cruz todo su horror. Hoy sirve de amuleto. Pero no para recordar la historia del hombre crucificado que amó hasta el final. El hombre que, en nombre de Dios, se identificó con los miserables, los leprosos, los lunáticos, los endemoniados, las mujeres hemorrágicas, para sanarlos y exaltar su dignidad.  ¿No debiera causar inquietud mirar a un condenado a muerte con la peor de las penas, colgado de unos troncos, sudando, escupiendo sangre, completamente desnudo y delirando?

Es bueno sentir aversión, rechazo, asco, deseos de vomitar. Estas son emociones edénicas que indican que se está vivo. El asunto está en reconocer qué nos desagrada, por qué y decidir qué hacer con estas emociones. El odio nos puede enfermar. Pero bien aprovechado es una pulsión sin la cual no se emprenden acciones indispensables. A Jesús, por ejemplo, lo irritaban los hipócritas.  En vez de intoxicarse con esta emoción, hizo con ella una crítica demoledora contra los que oprimían a los demás. A los fariseos les gritó en su cara “sepulcros blanqueados”.

Y tú, ¿te molestas con quienes desprecian a los demás, o te acomodas a ellos? A ti, ¿quién te rechaza? ¿Alguien se avergüenza de ti? ¿Por qué razón? Elige tus amores. Elige tus repugnancias. Elige tus adversarios. No pretendas abuenarte con ellos sin antes haber removido los obstáculos que te separan de ellos.

La Sorpresa

(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:

Hay sorpresas buenas y sorpresas malas. Las sorpresas nos pillan desprevenidos. No estaban en nuestros planes. Ni siquiera imaginamos que podríamos prepararnos para recibirlas. Algunos hechos rompen nuestros esquemas. Teníamos un modo de pensar y ocurrió algo que nos obligó a entender las cosas de otra manera. Las sorpresas nos desconciertan, nos descolocan o nos deslumbran. Nos llenan de admiración o nos horrorizan. Los poetas y los místicos poseen una capacidad de sorprenderse extraordinaria. Para Rabindranath Tagore “la vida es la constante sorpresa de saber que existo”.

Haz memoria. ¿Recuerdas qué te maravilló en tu niñez? ¿Algo que te llamó mucho la atención? Revive por un momento las veces que fuiste sorprendido/a.

La capacidad de sorprenderse puede aumentar o disminuir con los años. Uno puede, incluso. no querer ser sorprendido por nada más en la vida. O bien, desear recuperar esta capacidad. Podemos desear una segunda ingenuidad. Volver a nacer. Contemplar por primera vez la Vía Láctea.

¿Qué ha sido lo último que te ha sorprendido? ¿Hay algo que te haya impactado como para cambiar tu modo de pensar o de actuar?

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 9, 27-33

(c) Orientación del Oráculo:

Jesús cura a los ciegos y expulsa a los demonios. La gente queda maravillada: “Jamás se ha visto cosa igual en Israel”. Jesús sorprende a todos con sus portentos, pero unos reaccionan de una forma y otros, de otra. Unos se abren al reino que él inaugura. Otros, ven en esta proclama una amenaza que es necesario sofocar.

Nos es fácil reconocer que el Señor puede hacer algo con nosotros. Le agradecemos “cosas”, “asuntos”, pero son pocas las ocasiones en las cuales nos consta que a nosotros mismos, en nuestro cuerpo, en el curso de nuestra vida o modo de ser, ha ocurrido algo que sólo podemos atribuir al Señor. Cuando esto ocurre, hablamos de una experiencia personal de Dios. Nos encomendamos al Señor en la enfermedad, y nos sanó. No teníamos cómo arreglar el matrimonio, y la relación se desenredó de una manera sorprendente. Pero podemos también cerrarnos, defendernos en contra de Dios. Esto sucede cuando tenemos una idea tan acabada de nuestra vida que preferimos no correr riesgos con sorpresas que nos exijan cambios personales importantes.

Pídele al Señor que te devuelva la vista. Crees ver, pero podrías ver mucho más. Crees oír, pero podrías oír mucho más. ¿No pudiera el Señor soltarte la lengua para que anuncies a los demás que te liberó de tus demonios? Ruégale que te devuelva la capacidad de maravillarte de tu propia existencia y asombrarte con lo que él hace a tu alrededor. ¿No te gustaría recuperar la ingenuidad de tu infancia? Clama al Señor para que te devuelva el perfume del mar.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 1, 26-38

(c) Orientación del Oráculo:

Muchas cosas hermosas se han dicho de María. Muchas más tendrán que decirse todavía. Pero en ella no se agota el increíble poder de Dios. En todos nosotros Dios puede lo imposible. María sabía perfectamente qué era posible en ella misma y qué no. Sabía de qué era capaz su cuerpo. Conocía los límites de su relación con José. No era ninguna ingenua. El ángel Gabriel la sorprendió con el anuncio del embarazo. Jamás habría imaginado que Dios le pediría ser madre de un niño sin tener relaciones con un varón. Para colmo de su perplejidad, la situación la ponía en peligro. Si se hubiera sabido de su gravidez la pudieron haber apedreado. Con todo, creyó. Creyó, y Dios pudo en ella lo imposible. Pudo, pero no contra su voluntad.

También en ti Dios puede hacerte entrar y salir por las circunstancias más extrañas y peligrosas. ¿Recuerdas alguna? No es casualidad que tu vida, como las aguas, siempre ha ido encontrando cauces nuevos. Dios está contigo. Sorpréndete de ti mismo/a. Tú eres más que tus imposibilidades. Ten fe. Tú no eres imposible para Dios. Pero Dios no te forzará a nada. Requiere de tu colaboración, como del “sí” de María, para hacer el milagro.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 14, 26-33

(c) Orientación del Oráculo:

Los discípulos fueron sorprendidos una y otra vez por Jesús. Al verlo caminar sobre el mar, se estremecieron. Se aterraron, clamaron: “un fantasma”. Pero Jesús les quitó el miedo: “soy yo”. En él podían confiar por completo. Esto es lo más sorprendente de lo sorprendente. Que los discípulos hayan creído en él como sólo en Dios se puede creer. “Yo soy”, es el nombre israelita de Dios. Jesús, identificado por completo con Dios, hace lo que nadie sería capaz de hacer. Caminar y hacer que otros caminen sobre las aguas.

Pedro quiso hacer la prueba. Avanzó hacia Jesús caminando él también sobre el mar. Pero la violencia del viento, que representa las tempestades de la vida, le hicieron dudar. Le entró el miedo. Comenzó a hundirse. Jesús lo sacó de las aguas, “lo salvó”. Desde entonces, los discípulos entendieron que el Hijo de Dios salva a los que creen en él. A los que se hunden, pero gritan “Señor, sálvame”.

La vida, tu propia vida, ¿está o no está abierta a sorpresas? ¿Puede haber algo más triste que blindarse contra lo nuevo? La vida tiene dramas que, vivos en el inconsciente, nos bloquean, nos impiden explorar caminos desconocidos.

Ábrete a la vida tal cual se presente. No quieras controlarlo todo. Ponte en las manos de Dios y concédete la posibilidad de ser sorprendido/a por la existencia. Antes de convertirte en zombie, vive apasionadamente la vida. Conmuévete con lo que ocurre. Y, si el Señor te pide que camines sobre las aguas, arriésgate.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 12, 35-36

(c) Orientación del Oráculo:

Como dice una poetisa chilena: “La luz se hizo, porque Dios es luz”. La verdadera luz es Cristo que se hizo carne. “Yo soy la luz del mundo”. Pero hay otras luces. Lucifer es el ángel de luz que puede sorprender en el momento menos pensado. Lu-cifer o Luz-bel, o como quiera llamarse al mal, puede ser tan luminoso que encandila, enceguece y, cuando no se sospecha, puede cubrir con las tinieblas del engaño. En cambio, dice la poetisa: “La luz de Dios es la mirada de los ciegos que igual ven, aun en su propia oscuridad”. Antes de entrar en la noche de la muerte, Cristo advierte a sus discípulos que caminen en su luz, porque llegará el momento en que no lo tendrán más. Les advierte que, cuando esto suceda, el mal puede hacer presa fácil de ellos.

Y así ocurrió con muchos, talvez la mayoría de sus discípulos. Al morir Jesús crucificado, las tinieblas cubrieron la tierra. Los discípulos que todavía no habían aprendido a distinguir “las luces” de la Luz, cayeron en el desconcierto y arrancaron despavoridos.

Esto vale para ti hoy. Busca la Luz. Está en tu interior. Ámala. Accede al verdadero conocimiento. Esta es la clave: la Luz te hace ver que las personas son hijos e hijas de Dios, y que tú eres hermano o hermana de cada ser humano. Con esta Luz puedes observar en ti las nubecillas del mal que se van apoderando de tu corazón. En cualquier momento, estas nubecillas pueden convertirse en nubarrones y tempestades. Ama la Luz y camina con confianza. Las tinieblas están por llegar, llegaron o volverán. Siempre vuelven. Camina en la Luz que te ilumina en tu interior. Así podrás reconocer las trampas de Lucifer y soportar el combate.

La Ira

(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:

A veces algo nos saca de quicio. Sentimos una indignación fuera de lo común. Podríamos reaccionar contra alguien con violencia. O patear una puerta o echarle el auto encima a otro conductor. Esta es cólera, la rabia o la ira. Nuestras reacciones iracundas son rápidas, de un golpe suelen arruinar relaciones con personas que amamos o con gente con la que nos cuesta entendernos. Podemos sacarla hacia fuera de un modo furioso o dirigirla hacia adentro, concentrarla en el estómago, en el colon, provocándonos una úlcera. Podemos transformarla en resentimiento y ver la vida con odio. Para la intuición taoista de Clarissa Pinkola: “Una persona que crea a través de la cólera tiende a crear lo  mismo una y otra vez y no consigue ofrecer ninguna novedad. La cólera no transformada puede convertirse en un mantra constante en torno al tema de nuestra opresión, sufrimiento y tortura”.

Pero la cólera puede transformarse. Podemos contar con la ira para volver a poner las cosas en su lugar. La rabia puede ser sanada y su fuerza, bien administrada, procesada racionalmente, expresada de un modo inteligible y dirigida hacia quien corresponda hacerlo, puede hacer bien a otros y a uno mismo. Por lo mismo, conviene reconocer cuándo se puede gatillar la ira, y ensayar las maneras de encausarla.

¿Recuerdas tus rabias de niño? ¿Qué las motivó? ¿Cómo solías reaccionar a tus frustraciones o a las injusticias que te infligieron?

Ten presente qué te ha enojado el último tiempo. ¿Alguien te ha enfurecido? ¿Estás sufriendo actualmente alguna injusticia? Revive este sentimiento como si lo estuvieras experimentando ahora mismo. Deja que emerja desde las profundidades de tu alma. No te sientas culpable de él. De los sentimientos nadie es responsable. Somos responsables de qué hacemos con ellos. Contáctate con tu ira. Tu ira, en este momento, es parte importante de tu verdad.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 2, 13-22

(c) Orientación del Oráculo:

Jesús reacciona con ira. Nos cuesta aceptarlo. Nos hemos hecho una idea tan dulce de su persona que su reacción iracunda nos desconcierta. ¿Le pegó Jesús alguien o solo derribó las mesas? ¿Se dejó llevar por la furia o expresó su enojo con racionalidad? Los expertos dicen que este episodio colmó la paciencia de las autoridades religiosas contra Jesús, las que finalmente consiguieron que los romanos lo mataran. Dicen además, que es muy difícil reconstruir el hecho histórico. Lo que sí es claro, es que Jesús atacó la institución del Templo. Amenazó a las autoridades de una religiosidad que comerciaba con la fe del pueblo.

Sea lo que sea, puedes preguntarte qué haces con la ira. ¿Reaccionas a veces en contra de quienes te sacan de quicio? ¿Te sometes fácilmente a los más fuertes, o a las autoridades cuando abusan de su poder? Talvez confundes la humildad con la cobardía. ¿Hay alguna causa que tendrías que afrontar con valentía? Tal vez le quitas el cuerpo al conflicto. Puede ser bueno que te arriesgues un poco más, aunque puedas perder los estribos. Al contrario, sería mejor que evitaras los muchos conflictos en que te metes y, sobre todo, aprendieras a controlarte. Hay distintos caracteres. ¿Cuál es tu actitud ante la violencia?

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 3, 1-7

(c) Orientación del Oráculo:

Jesús mira con ira a sus adversarios fariseos. Un hombre con una mano paralizada se halla entre Jesús y los fariseos. El enfermo se convierte en campo de batalla entre dos visiones de la religión. Los fariseos creen que Dios bendice a quienes cumplen las normas dela Leyy exigen, por tanto, que no haya otro modo de buscar la bendición de Dios sino a través de estas normas. Jesús, por el contrario, cree que Dios bendice a las personas independientemente de su religiosidad. Él hace el milagro de curar al hombre de la mano seca en día sábado, el día que las normas dela Leyimpedían, según los fariseos, hacer algo así. Con su comportamiento da motivo a sus adversarios para acusarlo de violarla Ley. Losfariseos acuden a los herodianos para ver manera de eliminarlo. Jesús representa una amenaza a su modo de entender a Dios. Socava su religiosidad, la religiosidad que los tenía a ellos en una posición privilegiada.

Ponte en el lugar del hombre de la mano paralizada. Imagina la ira con que Jesús mira a los fariseos. ¿Qué te parece? Imagina también la ira con que los fariseos observan a Jesús. ¿Qué te parece?

Y tú, ¿por defender a quién sientes ira? O, ¿contra quiénes te enojas? Haz memoria. ¿Se parece tu ira a la de Jesús o a la de los fariseos? Revisa tus conflictos. Si nada te indigna, tendrías que fijarte un poco más en los sufrimientos de las personas que te rodean. ¿Cuál es tu emocionalidad edénica básica? ¿La empatía, la simpatía, la antipatía o la apatía? Participa en la pasión de Jesús, y métete en problemas si es necesario.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 5, 20-25

(c) Orientación del Oráculo:

La rabia se puede canalizar a favor de algo productivo, o desatarse irreflexivamente contra alguien o algo. A veces, un mal rato puede ser el punto de arranque de una reconciliación. Sucede entre las parejas que se comunican sus problemas. La indignación es el primer paso para solucionar una dificultad real. La solución del problema puede incluso mejorar la relación. Pero también ocurre que un arrebato de furia eche a perderlo todo. Peor aún, si sirve de venganza o se expresa con violencia.

Jesús insta a sus discípulos a buscar la reconciliación. De nada serviría cumplir los ritos del Templo, si se trata mal al hermano o no se hace nada por recuperarlo. Es normal que en la vida haya conflictos. Sería ideal que nadie nunca insultara a su hermano. Pero, si esto ocurriera, es imperativo que la relación sea salvada a toda costa. Según la mente de Jesús, las discordias deben resolverse. La reconciliación, a la larga, debe primar.

Y tú, ¿qué estás esperando? ¿Cuál de tus relaciones peligra? Haz todo lo posible por recomponerla. ¿Cuáles son las relaciones que das por perdidas? ¿Estás rezando por las personas que ya no puedes amar?

Pide a Dios justicia. Pídele, además, luz para comprender cómo opera en ti la rabia contra la injusticia o cualquier cosa que te saca de quicio. Y que te enseñe, por último, qué tienes que hacer con ella.

(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 14, 3-9

(c) Orientación del Oráculo:

Durante una comida en una casa en Betania, unos discípulos de Jesús armaron un escándalo contra una mujer que lo único que hizo fue derramar un perfume de nardo sobre la cabeza del maestro. Razón: lo consideraron un derroche inaceptable. Jesús y los suyos habían tomado partido por los pobres. Ellos mismos eran pobres y trataban de ser coherentes con su opción. Gastar dinero en un perfume caro para ungir al maestro, pudiendo ese mismo dinero servir para aliviar la miseria de los pobres, puso furiosos a algunos discípulos. Se indignaron contra la mujer. Jesús, en cambio, la defendió. Para Jesús, la mujer hizo algo hermoso.

A menudo, a nosotros nos ocurren cosas parecidas. Algo que no cabe en nuestros esquemas, nos da una rabia infinita. Nos enfurecen personas que actúan de un modo injustificado. Suele ocurrir que queremos que todo funcione de acuerdo a nuestra lógica. A las personas que no se ajustan a nuestra manera de pensar, las fulminamos con la mirada, les respondemos mal o hablamos de ellas por la espalda. La ira, en estos casos, nos lleva por el peor de los caminos.

Tú ya tienes experiencia. Los problemas no los arreglarás a patadas. Sin indignación, no tendrás la energía necesaria para buscar que se te haga justicia a ti, o a otras personas. Uno de los nutrientes del coraje, es la capacidad de enojarse. No desprecies tu ira. Pero piensa diez veces antes de usarla. Recíclala. Con ella podrás abordar las dificultades con diálogo y buena voluntad. Si no tienes el valor de entenderte con los demás de un modo razonable, espera. Procura desarrollarlo.

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