La espiritualidad del Padre Hurtado

Siempre es difícil hablar, escribir, acerca de la experiencia de Dios de los demás, más aún si se trata de un hombre tan completo como Alberto Hurtado. ¿Cómo rezó?, ¿cómo sufrió?, ¿cómo, cuándo fue liberado de sus pecados? Pero, “en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”, dice el Señor, y nos remite al único modo de reconocer la trascendencia auténtica. Creemos que el Padre Hurtado fue un santo de nuestra época, y así esperamos que lo reconozca un día la Iglesia entera. Su santidad tiene que ver directamente con la imitación de ese Cristo que hace suya nuestra historia y como hombre se duele del hombre, lo consuela y lo rescata. La preocupación de Alberto Hurtado por los pobres y por la transformación de la sociedad no lo hacen menos santo, sino más santo.

 

            La espiritualidad del P. Hurtado es la espiritualidad ignaciana. Es en la tradición espiritual de la Compañía de Jesús, desde los tiempos del colegio San Ignacio y de las Congregaciones Marianas, que él aprende a orar y a dar gloria a Dios, sirviendo a la salvación de hombres, en obediencia a los Pastores de su Iglesia.

            De muestra, un ejemplo sencillo, pero decisivo: recién entrado al Noviciado jesuita y mientras realizaba lo Ejercicios Espirituales, el joven Alberto reproduce parte del llamado Principio y Fundamento en estos términos: “He sido creado y para conocer y amar a Dios; no para salvar mi alma; esto es consecuencia y don gratuito. Mi fin, pues es amar y servir a Dios. Debo ser todo de Dios; no seré de Dios si retengo algo para mí”. Este es, en pocas líneas, el proyecto ignaciano de la santificación: la santidad no se alcanza in recto, sino que es pura obra de Dios en los que se hacen disponibles a cumplir su santa voluntad. Cuando más tarde el P. Hurtado consagre su vida, entre otras cosas, a la dirección espiritual de los jóvenes, hemos de pensar que no lo hizo para “salvar su alma”, sino porque Dios ama a los jóvenes.

            La espiritualidad del P. Hurtado es la espiritualidad ignaciana pero, como toda experiencia espiritual auténtica, no se agota en ella, sino que tiene su propia originalidad. Esto es lo que más nos interesa. La originalidad espiritual de Alberto Hurtado nos inspira a hacer nuestro propio camino.

 

Una mística cristiana

            Toda mística pretende ser experiencia de Dios. Pero no toda mística es cristiana, aunque se diga cristiana. La mística cristiana es experiencia de Dios en Cristo y no se caracteriza tanto por lo extraordinario de los fenómenos psíquicos o sensoriales que la acompañan, sino por el cambio de vida. La experiencia espiritual cristiana tiene que ver con los que dan su vida por los demás. El caso del P. Hurtado es el de una mística radicalmente cristiana.

            Para Alberto Hurtado, Dios es amor. En consecuencia, él ama a Dios amando lo que Dios ama. Toda su atención a los acontecimientos de su época tiene por objeto discernir en ellos el querer de Dios. No es posible aislar en su espiritualidad a Dios, por una parte, y, por otra, la voluntad divina. La Mayor Gloria de Dios consiste en buscar y hacer lo que Dios pide en cada circunstancia de la vida y de la historia.

            ¿Cómo no extraviarse en esta búsqueda? El P. Hurtado se pregunta, y se responde: “Aquí está la clave: crecer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo”.

            Para Alberto Hurtado, Dios es Dios al modo como en Jesucristo nos ha sido revelado. Pero a él tampoco le basta adherir a un aspecto de Cristo: es necesario amar al Cristo total. En una época en que se predica unilateralmente a un Cristo paciente, de lo cual se sigue que los pobres nada más deben soportar sus males sin rebelarse, el P. Hurtado es acusado por predicar al Jesús del Reino y de la acción. El no desconoce el valor infinito del Misterio Pascual de Cristo, que todo dolor humano encuentra su liberación en el Calvario. Pero, así como rechaza la ilusión de los que creen que el hombre puede liberarse por sus propios medios, llama la atención de los que desconocen el mal del mundo y no hacen nada por suprimirlo: “Esta certeza de la perennidad del dolor en el mundo no nos autoriza a contentarnos con predicar la resignación y el quietismo. La resignación sólo es legítima cuando se ha quemado el último cartucho en defensa de la verdad, cuando se ha dado hasta el último paso que nos es posible por obtener el triunfo de la justicia”.

            Al modo de la experiencia ignaciana, Alberto Hurtado articula su amor a Jesucristo como seguimiento. Alguna vez se pregunta, ¿qué significa imitar a Cristo? Antes de responder, desecha cuatro posibilidades: la de aquellos que, atentos al Jesús terreno, vanamente pretenden imitarlo al pie de la letra; la de quienes se impresionan de él como de otro gran maestro de la humanidad, pero sacan sólo provecho especulativo de su figura; la de tantos que se contentan con observar los mandamientos de la Iglesia y que acaban en el fariseísmo; por último, la de los que viven del activismo apostólico y triunfalista, pero que no tienen ojos para ver la virtud oculta de Cristo en los fracasos humanos.

            Para él, por el contrario, imitar a Cristo es actuar como si Cristo mismo tuviera que hacerlo en su lugar. Este es el corazón de su espiritualidad en su aspecto activo. En su aspecto pasivo, es ver a Cristo en el prójimo, particularmente en el pobre. Sorprende cuántas veces en su predicación el P. Hurtado propone la pregunta: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Un ejemplo: “…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante El, iluminado por su Espíritu, qué haría Cristo en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente”.

            La espiritualidad del P. Hurtado cuaja entre el Cristo que somos y el Cristo que encontramos en los demás. Si nuestro Alberto encuentra a Dios en Cristo, encuentra a su vez a Cristo en el prójimo: “El prójimo es Cristo”, y por esto se ama a Cristo amando al prójimo. Ya en el Noviciado escribe: “…Servir a todos como si fueran otros Cristos”. Como estudiante jesuita es conocido por su compañerismo. En sus escritos espirituales él mismo se propone evitar juicios interiores contra sus compañeros, para fijarse mejor en sus virtudes. Muchas personas lo recuerdan como un hombre encantador que sabía dar oído a todos, al cien por ciento de su atención, no obstante su escasez tiempo. A los que piensan distinto, protestantes o comunistas, los trata igual con sumo respeto.

            En sus últimos años, su experiencia mística se hace todavía más concreta. De un modo determinado, insistente, para nada delirante y hasta provocativo, el P. Hurtado afirma: “El pobre es Cristo”. Su espiritualidad es una auténtica “mística del pobre”: “Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen ha muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!”.

            Alberto Hurtado vio a Cristo en el pobre y fue Cristo para el pobre, porque fue un hombre de oración. Supo encontrar fervorosamente a Dios en la Eucaristía, en la meditación de la Palabra de Dios, en la práctica de sus Ejercicios Espirituales, en la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María, en la oración vocal, mental y contemplativa. En especial, cultivó una oración afectiva y amorosa con su Señor. El P. Hurtado fue un piadoso ejemplar, aun cuando seguramente otros jesuitas lo aventajaron en estas prácticas religiosas.

            Pero esta piedad suya tiene relación directa con toda su actividad apostólica. Es más, lo propio y distintivo del P. Hurtado es hacer de todo su apostolado, su oración. No hay dos “padres Hurtado”: el que rezaba y el que actuaba. Hay uno solo, el jesuita que es “contemplativo en la acción”. Para él, toda la vida tiene una dimensión sobrenatural y no sólo la de la sacristía. Con sus propias palabras nos advierte: “Adoración sobre todo en la acción (brevemente en la oración)”, pues “nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, i.e., hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios”.

            Esto no significa que toda acción sea contemplación. Así como el P. Hurtado deplora la resignación y el quietismo ante el dolor humano, rechaza todo acción apostólica o social que no se nutre de Dios y tampoco se deja cuestionar por El. Los que le conocieron de cerca dan testimonio de la confianza de Alberto en la Providencia divina. Pero, aun cuando Alberto Hurtado conoce y advierte contra estos peligros extremos, la cantidad enorme de trabajos que asume alguna vez lo llevan a un activismo que él mismo se encarga de lamentar a su Provincial, el Padre Lavín: “Esta acumulación de trabajos distintos me obliga a improvisar, terminar por dar el fastidio del trabajo y por desacreditar al operario. La irregularidad en las horas de acostarme y levantarme ha significado gran desmedro para mis ejercicios espirituales, que han andado muy mal: acortar la meditación, supresión de puntos, exámenes y breviario del que tengo conmutación… estoy reducido a correr y hablar”. Muchos santos desequilibran por algún lado. El asunto no es imitar sus desajustes y rarezas, sino el amor que los provoca.

            Lo que define al P. Hurtado, sin embargo, no es la acción sino Cristo. A diferencia de tantos defensores de los pobres que hacen de la amargura la fuerza de su lucha, Alberto Hurtado, con el mismo corazón con que padece los males de su patria, la incomprensión y el desprecio a su persona, sabe alegrarse en el Señor en todo tiempo. Su alegría es Cristo y hacer felices a los demás. Incluso en los momentos peores de su enfermedad, el Padre exclama: “Contento, Señor, contento”.

Una mística apostólica y social

            El P. Hurtado se considera a sí mismo un apóstol de Jesucristo para su época, para su país. Al Padre lo desvela la lamentable situación del catolicismo chileno y pretende elevarlo. Pero su actitud nada tiene de sectaria: lo que directamente le importa es elevar a Chile a la vida sobrenatural. Jamás podríamos imaginar que su amor a los pobres haya sido un “medio” para el crecimiento de la Iglesia. Pero así como no concibe a Dios al margen de su voluntad, no concibe a Cristo sin la Iglesia, su Cuerpo, cuya misión es la salvación integral de los hombres y en la cual todos los hombres somos y debemos ser solidarios. La del P. Hurtado es sin duda una mística profundamente eclesial y social. La Iglesia es para él, como María, una Madre, una realidad sobrenatural y no un ente meramente sociológico. Su misión es conformar las personas a Cristo e integrar la sociedad a partir de los cristianos. Alberto Hurtado es un sacerdote jesuita al servicio de la Iglesia.

            Tal es su amor por la Iglesia que llega incluso a identificarla con Cristo. “La Iglesia es Cristo”, afirma alguna vez y precisa: “La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. El vino para unirnos a El, y formar El y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo…”. Lo que le interesa, en realidad, no es asegurar una doctrina teológica determinada, sino llegar al corazón de personas concretas y convencerlas de que no hay cristianismo auténtico sin la Iglesia y que la suerte de la Iglesia depende de nosotros.

            Para el P. Hurtado, la misión de la Iglesia es la santificación del mundo. Por ello, “…al católico la suerte de ningún hombre le puede ser extraña. El mundo entero es interesante para él, porque a cada uno de los hombres se extiende el amor de Cristo…”. Por amor a la salvación de los hombres, la Iglesia está abierta a reconocer la verdad más allá de sus fronteras, incluso en los que atacan a la Iglesia. Este modo de ver la Iglesia en relación con el mundo será la que años más tarde asuma el Concilio Vaticano II: con una actitud de discernimiento ante los acontecimientos y problemas del siglo, la Iglesia del Concilio prefiere entrar en diálogo con el mundo moderno en vez de condenarlo sin más.

            En el cumplimiento de su misión, Alberto Hurtado advierte que la Iglesia experimenta una crisis de proporciones mayores, un verdadero desastre. Habla de “apostasía de masas”, de “paganización de las masas”. La pérdida para la fe casi completa de la clase obrera lo preocupa desde sus años de juventud. Define a su época por una “crisis de catolicismo integral”.

            ¿La causa? El pésimo ejemplo que dan de Cristo los mismos católicos, especialmente aquellos que lo han tenido todo, riquezas, educación, seguridades, en relación a los que no tienen nada. Dirá: “Los malos cristianos son los más violentos agitadores sociales”. Pero también señala un incorrecto modo de enseñar la fe, una pedagogía formal, memorística, moralizante, y, para él lo más grave, la escasez de sacerdotes.

            Pero el P. Hurtado no se queda en la queja ni en la crítica.       Tratándose de la educación de los jóvenes, él pretende formar “cristianos, imágenes de Jesucristo”; “…no omitir medio de formar ‘Cristo con sus almas’”; y, por otra parte, que sean formados para la acción. En vez de una religión de temores y de “mojigatos”(sic), el P. Hurtado reclama una religión de opciones personales libres que mueva a hacer grandes cosas por Cristo. Alberto Hurtado llama a los jóvenes a considerar la posibilidad del sacerdocio porque él cree en el sacerdocio. Pero, también los llama a un laicado de grandes ideales, heroico, santo, nutrido por la vida sacramental y de la gracia y orientado al bien común. A los jóvenes de la Acción Católica les pide de un modo especial colaborar en el apostolado de la Jerarquía de la Iglesia y en obediencia a ella. De todos espera que comprendan que “ser católicos equivale a ser sociales” y que se comprometan a su modo en la transformación de la sociedad.

            La espiritualidad de un hombre tan completo como el P. Hurtado es compleja, difícil de definir en pocas palabras. Nuestro educador y padre espiritual pretende incesantemente integrar a la persona y a la sociedad a partir de la persona, en la perspectiva de la fe entendida como imitación del Cristo total en quien el amor a Dios se verifica como amor y servicio al prójimo. Nada hay más contrario a su noción de cristianismo que las versiones individualistas, superficiales y supersticiosas de la piedad. El quiere que Cristo reine en todos los aspectos de la vida humana (la sexualidad, la vida familiar, económica, social, política, cultural), por la caridad y la justicia (en medio de los conflictos más significativos de su tiempo). Prueba de esto es la enorme diversidad de actividades a las que dedicó su interés y la pluralidad de temas de que trataron sus homilías y discursos. Para Alberto Hurtado, el cristianismo tiene que ver con todos los aspectos de la vida humana.

            Una de las características más originales de la espiritualidad del P. Hurtado es que, como apóstol de la Doctrina Social de la Iglesia, él se da por entero a la transformación de la sociedad. Acudir a socorrer las necesidades inmediatas de los pobres era urgente. Pero esto no es suficiente. Simultáneamente, y desde joven, Alberto Hurtado quiere que termine en su patria la injusticia social, causa de esta pobreza y del alejamiento de los obreros de la Iglesia. La urgencia de realizar en Chile un orden social verdaderamente cristiano lo impulsa a crear la ASICH (Acción Sindical Chilena), “el más difícil y tal vez el más importante de todos los trabajos”, y la revista Mensaje para la orientación religiosa, social y filosófica de los católicos en el mundo contemporáneo.

            En Humanismo Social (1947), su obra madura, el Padre dirige su mirada a la realidad amarga del sufrimiento humano. Se fija en el dolor de los pobres, pero no sólo en el de los pobres. Para ello se sirve del auxilio de la ciencias sociales, de las estadísticas. Es el místico cristiano que baja a detalles increíbles, se duele de todo. De la guerra europea. Del hambre: “¡El hambre! ¿Quién de nosotros ha tenido hambre? A lo más algunas veces apetito…”. De la corrupción moral. De la apostasía de masas. De los matrimonios fracasados. “Tenemos aún en Chile un 25% de la población adulta analfabeta…”. “De 420.000 obreros que hay en Santiago, 100.000 viven en conventillos, y 320.000 en piezas, pocilgas y mediaguas”. “La falta de leche en cantidad suficiente trae trastornos que producen la sordera”. Ante la miserable situación en que viven las familias más pobres, se pregunta: “¿Podrá haber moralidad? ¿Qué no habrán visto esos niños habituados a esa comunidad absoluta desde tan temprano? ¿Qué moral puede haber en esa amalgama de personas extrañas que pasan la mayor parte del día juntos, estimulados a veces por el alcohol? Todas las más bajas y repugnantes miserias que pueden describirse son realidad, realidad viviente en nuestro mundo obrero. ¿Hasta dónde hay culpa? O mejor, ¿de quién es la culpa de esta horrible situación…?”.

            A todo lo anterior se suma “la tremenda crisis de valores morales y religiosos por que atraviesa nuestra patria”. Según Alberto Hurtado, se equivocan quienes siguen pensando que la fe está fuerte: “La fe cristiana…se va debilitando casi hasta desaparecer en algunas regiones”.

            El P. Hurtado concluye que el orden social existente tiene poco de cristiano. Queriendo Dios nuestra santificación, “¿cómo santificarse en el ambiente actual si no se realiza una profunda reforma social?”. Esta reforma debe proceder de una vida interior intensa que “lejos de excluir la actividad social” la haga “más urgente”. “La fidelidad a Dios si es verdadera debe traducirse en justicia frente a los hombres”. Humanismo Social pretende despertar en los cristianos el sentido social, sin el cual ningún cambio de estructuras será posible.

Una mística para el alma de Chile

            Dicen que San Francisco es el más santo de los santos y el más italiano de los italianos. De modo semejante, la santidad de Alberto Hurtado crece en proporción directa a su amor cada vez más intenso por Chile. En el Balance patriótico Vicente Huidobro afirma que lo que a Chile le falta es “un alma”. De la justicia de esta sentencia, Dios dirá. Pero nuestra intuición más querida es que el P. Hurtado ha dado a este país “un alma”, la suya propia, que, descartado todo nacionalismo enfermizo, todavía está por configurar nuestro genio entre las naciones, según la imagen de Cristo.

            Es admirable como Alberto Hurtado se hace Padre de los niños más pobres de su patria: “¡Pobres seres humanos tan hijos de Dios como nosotros, tan chilenos como nosotros! ¡Hermanos nuestros en la última miseria! Bajo esos harapos y bajo esa capa de suciedad que los desfigura por completo se esconden cuerpos que pueden llegar a ser robustos y se esconden almas tan hermosas como un diamante. Hay en sus corazones un hambre de cariño inmenso, y quien llegue a ellos por la puerta del corazón puede adueñarse de sus almas”.

            En la fe en Cristo, el P. Hurtado descubre una fuerza integradora de su país. Por el contrario, el debilitamiento de la fe es visto como una amenaza contra el  país. Ha desaparecido en Chile el uso del término despectivo “huacho” y también el cariñoso “huachito”. ¿No será que Alberto Hurtado se ha convertido en otro “padre de la patria”? ¿O es que el “patroncito” nos está reuniendo a todos bajo el Padre de Jesús?

            Para terminar y para que la paternidad de Dios nos hermane en la caridad y en la justicia, hagamos nuestro el epitafio de Gabriela Mistral: “Démosle al Padre Hurtado un dormir sin sobresalto y una memoria sin angustia de la chilenidad, criatura suya y ansiedad suya todavía”.

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