Francisco y el desafío de una Iglesia policéntrica

Del Papa Francisco se espera mucho. Él simboliza la posibilidad de numerosos cambios. El mayor de todos es la inauguración de un catolicismo policéntrico: una Iglesia Católica en la cual el sucesor de Pedro sea más obispo de Roma que gobernante de la Iglesia mundial. Esto se dio durante el primer milenio del cristianismo. Bien pudiera, en el tercer milenio, reeditarse el pluralismo de los antiguos patriarcados. Entonces, el Papa, el Patriarca de Occidente, era el primus inter pares que velaba por la unidad y la comunión entre Alejandría, Constantinopla, Antioquía y Jerusalén. Aquella Iglesia no tuvo uno, sino varios centros de articulación.

 Francisco representa a una Iglesia menos centrada en el Papa (él ha querido llamarse “obispo de Roma”) y a un Papa tercermundista (uno que viene del “fin del mundo” y del “mundo de los pobres”).  Si esta combinación de factores converge en un cambio, este pudiera ser el de una Iglesia Católica más “católica”, más universal, más abierta a las diversidades y, quién sabe, policéntrica. Para que algo así se cumpla –esperamos que se cumpla- tendría que ser correcta la tesis de Rahner, por una parte, y que Francisco, por otra, suelte el freno al surgimiento de un catolicismo realmente plural.

 Según Karl Rahner, con ocasión del Concilio Vaticano II, por primera vez en la historia de la Iglesia se dio una colegialidad episcopal realmente mundial; con lo cual se estaría entrando en la tercera gran etapa de la historia del cristianismo (tras el breve judeo-cristianismo; tras, luego, el largo cristianismo greco, latino y germánico). Es decir, se estaría abriendo la posibilidad de una inculturación de la Iglesia en catolicismos culturalmente diversos: asiático, latinoamericano, africano, etc. A nuestro parece, si Rahner tiene razón, lo que hoy debe estar dándose es una presión sobre “el centro” (la iglesia romana occidental) por una mayor autonomía de parte de las iglesias regionales y locales. Los africanos, por ejemplo, pudieran estar pensando que no es indispensable ser europeos para ser cristianos. Lo cual les hará probablemente resistir la uniformación que ejerce sobre ellos la curia vaticana. ¿Existe  una tensión real y creciente entre la iglesia vaticana y las otras iglesias repartidas en el planeta?

 La elección de un papa sudamericano es significativa en caso que la respuesta a la pregunta anterior sea afirmativa. Si no lo es, la consagración de Jorge Mario Bergoglio, un argentino, será un hecho simpático. Una especie de gesto condescendiente con América Latina, y nada más. Pero, si Francisco interpreta que los reclamos de una inculturación plural de la Iglesia son reales y son legítimos, esto será decisivo para una eventual constitución policéntrica de la Iglesia. Si el Papa actual, en vez de forzar la unidad, promueve la comunión; si en vez de ejercer como gobernante de la Iglesia mundial, restringe su gobierno a Roma y reconoce autonomía a las diócesis y a las regiones eclesiásticas, surgirá, a largo plazo, una Iglesia muy distinta a la que hemos conocido. Las innovaciones dispararán en todas las direcciones.

 Al efecto, Francisco no necesitará tanto de una “mejor” curia (buenos nombramientos de colaboradores y reorganización administrativa), como de una curia “menor” (una curia que disminuya su importancia para que las otras iglesias crezcan en libertad y creatividad teológica, litúrgica y organizacional). Es arriesgado vaticinar algo así. Pero seguramente un pontífice latinoamericano que conoce las humillaciones de la curia romana a su iglesia local entreve un modo más colegial, si se quiere más “horizontal” o “democrático” de relacionarse el obispo de Roma con los otros obispos del mundo. (Las humillaciones sufridas en las conferencias episcopales de Santo Domingo y de Aparecida fueron especialmente vergonzosas para los obispos de América Latina).  

 Desde un punto de vista teológico, un cambio de esta envergadura no ofrece dificultad alguna. Navega con todo el viento a favor. Pues lo que se ha vuelto muy problemático, especialmente en tiempos en que arrecia el pluralismo y la valoración de las diferencias, es algo así como un reclamo monopólico de la autoridad del Espíritu Santo. La crisis de la Iglesia es patente. En palabras del Cardenal Hummes, “la Iglesia ya no funciona más; es necesario que se lleve a cabo una reforma estructural”. Hay problemas de gobierno. Hay, sobre todo, una gravísima desconfianza entre la jerarquía y los fieles y, peor aún, una aguda y acelerada ruptura entre fe y cultura en los católicos por parejo.

 El Papa ha empatizado con la inmensa mayoría de los católicos. Gusta mucho su llaneza. Está por verse si este feliz punto de partida tendrá, en lo que sigue, un despliegue en relaciones libres, fraternales y respetuosas entre las diversas iglesias que constituyen la única Iglesia. Se esperan cambios. Cambios mayores.

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