
Perijóresis originaria
En el campo de la teología se ha utilizado la expresión perijóresis para referirse a las relaciones intratrinitarias: el Padre está en el Hijo y en el Espíritu; el Hijo está en el Padre y en el Espíritu; el Espíritu está en el Padre y en el Hijo. Entre ellos se da una compenetración y una comunión.
¿Es posible imaginar algo así? Sí, es muy fácil, al menos por analogía. Una madre está en su hijo y en el hijo está la madre. ¿O no? Lo estarán para siempre. Incluso si la madre o el hijo mueren, uno ocupará en el otro un lugar indeleble en su memoria y en su corazón.
La perijóresis, en el caso de Dios, también expresa que la relación entre las personas divinas no anula su diferencia. El Padre, por ejemplo, no es el Hijo. Muy por el contrario, la relación crea y refuerza esta diferencia. Dios es Padre porque tiene un Hijo. Jesús, por decirlo así, llegó a creer que Dios era su Padre y por eso lo llamó Abbá (“papito”). Esta convicción brotó de su experiencia espiritual. El Espíritu le fue revelando, en la medida en que el niño crecía, que era un Dios-Padre quien le daba a conocer su voluntad. Más aún, Jesús enseñó a sus discípulos a rezar el Padrenuestro para que también ellas y ellos se concibieran como hijas e hijos, y tuvieran con el Padre la misma relación que Jesús tenía con Él.
Hay otra semejanza entre lo que ocurre en la Trinidad y entre una madre y su hijo. Ella es madre. De ningún modo puede confundirse con su hijo ni establecer con él relaciones simétricas; a su vez, el hijo necesita que su madre se comporte de manera asimétrica, con autoridad, hasta que pueda desenvolverse como adulto. La crianza es así. Confundir la identidad de uno y otro arruina todo. El parto ha de continuar: la cercanía tendría que generar autonomía, jamás confusión.
Tanto en Dios como entre los seres humanos las comunicaciones han de ser perijoréticas: las personas se hallan unas en otras gracias a la relación que se da entre ellas. Estas relaciones, cuando son sanas, generan personas más libres y creativas. Malsanas son, en cambio, aquellas vinculaciones que impiden el desarrollo de nuestra originalidad.
Vayamos todavía más lejos. Dios está en su creación y la creación está en Dios; también la vida de las criaturas espirituales, nosotros los seres humanos, consiste en esto. Los seres libres podemos crecer y desplegar nuestra identidad irrepetible en la medida en que mantenemos una relación viva con un Dios que, como el Dios de Jesús, nos ama y desea nuestra realización.
Solo el Creador es Dios: los seres humanos no son divinos. La divinización —como llamaban los cristianos de la Antigüedad a la salvación— tampoco consiste en llegar a ser dioses, sino profundamente humanos. La divinización, que comienza aquí en la tierra y llega al máximo en la eternidad, depende de una estrecha relación con nuestro Padre.
Dios está en su creación, pero no es su creación. El Padre se ha hecho uno con ella en la Encarnación del Hijo, pues este ha sido un ser humano verdadero, y el más verdadero de los seres humanos. En este sentido, Jesús es la mejor de las criaturas. A su vez, su madre María, sin compartir la identidad divina de Jesús, es divinizada desde su concepción en la medida en que el Hijo la lleva en lo más profundo de su corazón. María nos representa como seres humanos y nos indica nuestro destino, pues ella, sin ser divina, llegó a ser “la mejor de las madres” (Oración del Mes de María).
El Hijo encarnado se ha revelado que la creación alcanzará su plenitud, porque en ella el Padre de Jesús, de un modo semejante a como ha sucedido en él, se hace presente como el único realizador de su originalidad. Dios no hace fotocopias. Ninguna de sus obras es igual a otra. Las criaturas en general —las vivas, las inertes y la temporalidad que necesitan para desarrollarse— llegarán algún día a ser ellas mismas en plenitud, porque el Padre de Jesús, gracias al Espíritu, las habita. En tanto compartan la realidad del Cristo resucitado —el más hombre de los hombres y la más mujer de las mujeres (Gál 3, 28)—, Dios no podrá seguir siendo Dios sin sus hijas e hijos. Será Padre para siempre. Una vez que generó el universo y a Jesús en él, nunca dejará de ser Abbá. Dios, desde que comenzó a ser nuestro Padre, lo será para siempre. Y nosotros, hijas e hijos por toda la eternidad.
Ruptura de las relaciones
El antónimo de la perijóresis es la ruptura de las relaciones. Cuando esta ocurre, se deshace el estar-en-el-otro que hacía posible el despliegue mutuo. La ruptura tiene dos expresiones principales; ambas conllevan fracaso y, en último término, muerte, porque allí donde la conexión se interrumpe, la identidad misma se pierde.
Variemos el ejemplo, pensemos en un padre y una hija. Si entre ellos se produce un conflicto que termina rompiendo el vínculo, ambos salen dañados. Dejemos de lado el caso extremo de una hija abusada por su padre, pues, al liberarse de él, puede salvar su psiquis. Otras personas podrán ayudarle a crecer. Aun así, incluso en situaciones menos graves o en cortes ocasionales, la ruptura afecta a los dos: el padre no es del mismo modo padre ni la hija, hija. Algo se pierde o duele en el corazón de él y también en el de ella.
La vida es compleja. No siempre es posible juzgar lo que ocurre en situaciones semejantes, porque a veces ni las propias personas comprenden bien qué pasó o por qué su vínculo se fue corroyendo. Basta preguntar a muchas parejas. Algunas sabrán explicarlo; otras no podrían decir cómo, de un momento a otro, se les hizo imposible seguir juntas. Él ya no pudo estar en el corazón de su mujer sin hacerla sufrir, y viceversa. La separación pudo resultar liberadora y abrir la posibilidad de nuevos compromisos amorosos. Pero, con todo, la ruptura fue lamentable: la alianza había nacido con la intención de durar lo más posible. No se pudo.
Hay, además, una causa particularmente destructiva de la perijóresis: el egoísmo. Este la taladra desde dentro. Quienes siempre llevan las “aguas a su molino” pueden iniciar vínculos, pero, al poco andar, su egolatría o mezquindad termina por arruinarlos. Entonces, ninguna de las partes se realiza en virtud de la otra. El egoísta carece de empatía o, aun teniéndola, no desarrolla la capacidad de hacer crecer al otro. En una comunicación sana, generosa y amorosa —pensemos nuevamente en un matrimonio—, ambos llegan a desplegar su originalidad cuando desean que el otro se realice según talentos que solo él o ella posee, cuando se quieren y colaboran para que eso ocurra.
En las culturas machistas, pasadas o actuales, las mujeres han vivido para su marido. Él desplegaba sus posibilidades, salvo una: la intimidad. La relación íntima excluye el servilismo. El machismo funciona como un sistema esclavista. En sociedades de este tipo, ni el amo ni el esclavo son plenamente humanos, aunque podrían llegar a serlo. Lo serán cuando el servicio —servus, esclavo— sea mutuo. Solo entonces, y no antes, las personas podrán cumplir su vocación.
Del extractivismo a una nueva civilización
El Nuevo Testamento nos habla del comienzo de una “nueva creación”. Con ello se indica que, en el cuerpo del Resucitado y en su virtud, el Padre ha comenzado algo nuevo. Lo antiguo, la creación malherida por el egoísmo separatista, no se perderá. Ella empieza a ser salvada gracias al Espíritu de Jesús, quien ya no llora: ríe. La nueva creación inaugura el tiempo de la alegría, el gozo de las bienaventuranzas, el cumplimiento del Reino de los cielos y el descanso sabático.
La “nueva creación” comenzó, pero todavía está pendiente. Basta tomar un celular y sacarle fotos a Gaia, nuestra Tierra. Estamos convirtiendo a nuestra madre en un vertedero. Hemos llegado a los límites de la sustentabilidad. No podemos seguir habitando en un medio ambiente tóxico. ¿La causa? Digámoslo en un lenguaje ecológico-medioambiental: el extractivismo moderno capitalista. Es una paradoja: la modernidad, a la que debemos una enormidad de adelantos humanizadores, constituye un modo de relacionarnos con Gaia que no da para más. Esta civilización, cooptada por el capitalismo que traga al planeta y nos hace devorarnos unos a otros, como una estrella, chisporrotea y está que estalla. Llega la hora de detenernos e inventar una nueva.
Pues bien, la civilización que necesitamos —debieran saberlo los cristianos— comienza ya ahora, las veces que la humanidad recupera la relación perijorética que armonizará a las criaturas entre sí. Hay mucho por reparar: cables por conectar, contratos que cumplir, divisiones y odiosidades que superar, bienes y territorios que compartir. La explotación social tendría que terminar. La “nueva creación” no es un dogma teológico que solo obliga a los cristianos. Es, sobre todo, un modo regenerativo de estar unos en otros y en la creación que nos resetea incesantemente. Compenetración y comunión: perijóresis. El futuro de la Tierra depende de que cada una de las criaturas pueda contribuir con lo suyo: esto es lo que debieran saber y practicar los cristianos.
Los activistas han sido en esto profetas. El profeta, al menos en la Biblia hebrea, es la voz misma de Dios. Sus palabras rompen y anuncian que Dios viene a salvar. Rompen: por esto son rechazados y ridiculizados. Y siguen. No se amilanan. Es más, ellos, ellas, nos han tirado las orejas, a la vez que han inventado otros modos de relación con Gaia. Han desbrozado caminos con su creatividad.
El Creador nos ha creado creativos. La destrucción de la creación no tiene futuro. Pero sí, y mucho, las relaciones perijoréticas entre las criaturas.
