La vida cristiana tiene dos movimientos: del amor “de” Dios al amor “a” Dios. Son dos tiempos que van unidos. Dios nos ama. Si no lo hiciera, simplemente no existiríamos. Segundo tiempo: amamos a Dios gracias a Él. La vida es pura gracia, don, regalo, merecimiento inmerecido. Pero los seres humanos pudiéramos no amar a Dios. De hecho, muchas veces —o rara vez— lo hacemos: si dañamos al prójimo y decimos que amamos a Dios, mentimos; si vivimos distraídos, entretenidos en mil cosas o quejumbrosos, tampoco lo hacemos. El amor “a” Dios depende del amor “de” Dios; pero sin reconocer su cuidado y cariño, sin darnos cuenta de la deuda infinita que tenemos con Él —o, peor aún, si creemos que los demás aún no nos valoran lo suficiente o que Él nos debe la existencia—, es imposible entender que hay que amar a Dios con todas las fuerzas. Dice Mateo de un fariseo, un doctor de la Ley, se acercó a Jesús:
“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.” (Mateo 22, 36-40).
Jesús responde que hay tres amores: el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a sí mismo. Nosotros solemos reconocer al cristianismo por el amor al prójimo; amarnos a nosotros mismos puede sonarnos narcisista, pero llegamos a entenderlo; en nuestra cultura, sin embargo, amar a Dios puede parecernos demasiado.
La cultura moderna que predomina entre nosotros no necesita de Dios. Funciona igual sin la fe cristiana ni sin las otras religiones. Por siglos la Iglesia ha podido defenderse de ella, pero tampoco lo ha hecho reconociendo suficientemente su aporte. La petición de perdón del Papa Juan Pablo II por la condena de Galileo es un hito de un giro decisivo (1992). En el siglo XX se produjo un feliz entendimiento gracias al Concilio Vaticano II (1962-1965), pero la espiritualidad cristiana quedó cargada del lado de la humanización y de la liberación, dejando de lado el primero y más importante de los tres mandamientos. Nuestro anthropos científico y técnico, que crea las condiciones de su desarrollo, no necesita a Dios; no cree en su Providencia ni en los milagros de los evangelios. “No tengo necesidad de esta hipótesis”, decía el científico Pierre-Simon Laplace para referirse a Dios.
La crisis ecológica, social y medioambiental, empero, nos lleva a concluir que es necesario revisar el itinerario moderno del cristianismo. La enseñanza de la Iglesia pudo influir más profundamente en las personas y en la sociedad en la medida en que hizo dialogar fe y ciencia. Pero esta feliz modernización del cristianismo ha llegado a su límite. La doctrina eclesial sobre la obligación de humanizar la cultura ha olvidado, en buena medida, la vida eterna.
Sin abandonar lo mejor de la modernidad científica y técnica, los cristianos y la Iglesia hemos de recuperar nuestra tradición bíblica, que nos habla de un Creador que merece ser amado por sí mismo y que, si no se lo ama, el amor humano, en muchas oportunidades, se volverá un amor intrascendente. En esto los cristianos no llevamos ventaja sobre los que no lo son. Estos también pueden reconocer el amor “de” Dios y practicar el amor “a” Dios por otras vías. Y, por esto, pueden cometer, en sus propias claves religiosas, un error semejante.
La misión de las universidades católicas se comprende y justifica como un servicio a la misión de la Iglesia. Es tanto un servicio como una expresión de la fe eclesial. La Iglesia, por su propia naturaleza, es universitaria. Puede que no siempre haya universidades católicas —de hecho, en algunos tiempos y lugares no las ha habido—, pero allí donde los cristianos articulan fe y razón para continuar el anuncio del Reino de Dios inaugurado por Jesús, la universidad católica existe en forma germinal. Esta relación entre fe y razón es inherente al cristianismo, pues este sostiene que el Salvador del mundo participó en la creación. Por ello, la fe de la Iglesia necesita de la razón para explicar sus contenidos, así como la fe conduce a la razón a su plenitud. Según Juan Pablo II, no hay “motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización” (Fides et ratio 17).
Más aún, allí donde el cristianismo exige el uso de la razón al servicio de la evangelización, esta debe entenderse como un esfuerzo en la búsqueda de una verdad que solo lo es cuando sirve a toda la humanidad, y no únicamente a una élite. La fe cristiana salvaguarda la búsqueda universitaria de la verdad al introducir en las universidades el saber de los excluidos. La intuición evangélica del valor revolucionario de la sabiduría de los ignorantes (1 Corintios 1,25; Mateo 11,25-26) debe recibir el más alto reconocimiento en las universidades católicas. Estas han de asumir, en su episteme y en su epistemología, la lucha inteligente de los representantes del Crucificado por ganarse la vida y sobrevivir a la luz de su fe. Del mismo modo, si las universidades se deben a una verdad universal, han de abrirse al aporte pensante de todo ser humano y, en particular, al de las distintas disciplinas científicas. Las universidades católicas tienen que valorar la sabiduría humana y las ciencias modernas por una doble razón: por aspirar a ser universidades y por querer ser cristianas. La evangelización, hoy como siempre, no debe incurrir en el fundamentalismo. El magisterio necesita de las universidades católicas para orientar a los cristianos de manera inteligente, y no sólo en virtud de argumentos de autoridad.
En nuestro contexto latinoamericano, la búsqueda de la verdad al servicio de una evangelización que asuma la opción de Dios por los pobres ha entreverado la tensión entre la universidad napoleónica (al servicio del Estado) y la humboldtiana (al servicio libre de la razón), hasta llegar, en los extremos posibles, a la universidad guevarista y la neoliberal. Aún hoy, el rostro del Che Guevara aparece en las protestas estudiantiles que buscan poner la universidad al servicio de una revolución social, muchas veces resistentes al escrutinio libre de la razón en los claustros. Por otro lado, existen universidades aparentemente neutrales que, en realidad, buscan la verdad “en sí” y no “para sí”, sino para las oligarquías locales que, en el continente más desigual del mundo, necesitan investigación y personal preparado. Es una vergüenza que las universidades católicas latinoamericanas de élite reproduzcan las distancias económicas, sociales y culturales que afligen a nuestros países.
Yendo más lejos, en el contexto global, el mayor desafío de nuestro tiempo es evitar la catástrofe ecológica, social y medioambiental que consume al planeta. En escasos años, las universidades, felizmente, han comenzado a operar en el horizonte del Antropoceno. Nos alejamos del Holoceno, un período extraordinario del planeta en el que se dieron las condiciones óptimas para la vida, y entramos en una era marcada por la conciencia de que el ser humano es responsable de un desastre que puede conducir a la sexta extinción masiva de la vida terrestre. Este es el mayor signo de los tiempos de nuestra época. Hoy la Tierra es “el pobre” que merece una atención prioritaria. A diez años de la publicación de Laudato si’, son de recordar las palabras del Papa Francisco:
“El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho, el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: ‘Tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica muestran que los efectos más graves de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre’” (Laudato si’ 48).
¿Está emergiendo en las universidades del mundo una nueva revolución científica, como la que describió T.S. Kuhn? La única revolución verdaderamente importante sería aquella que integre el conocimiento y la transformación del cosmos en el marco de un nuevo humanismo capaz de gestar otro tipo de civilización. Si las universidades católicas pueden hacer una contribución específica en este campo, será por la convicción de que este mundo es creación de Dios y de que, para dar razón de esta fe, deben hacer ciencia al servicio del cuidado de la Tierra y en respaldo de las luchas de quienes sobreviven o a penas pueden terminar el mes.
El pecado existe. El pecado colectivo también. Por ejemplo, leyes que hacen injusta a una sociedad. Estas no han salido de la nada: han sido redactadas por personas de carne y hueso. La avaricia de las personas se concreta en modos de relación egoístas. El pecado, en un tercer sentido, en su expresión cultural, facilita la comisión de pecados personales y estructurales. No está bien creer, por ejemplo, que una persona que está en la cárcel merece ser tratada de cualquier manera. El caso es que el mero conocimiento de que una persona esté entre rejas favorece que a esta se la haga sufrir, porque se piensa que así paga a la sociedad lo que le debe. Son ideas dañinas que se nos pasan por la cabeza.
La modernidad es una cultura que, como tal, facilita que las personas se relacionen de un modo egoísta, es decir, como si cada uno fuera el resultado solo de sí mismo y su único responsable. Pero sabemos que, por otra parte, la modernidad no es meramente sinónimo de individualismo. A ella debemos también grandes logros: formulación de derechos humanos, progresos en la medicina, alfabetización y cientos de otros avances.
El problema con la modernidad radica en la idea -muy extendida- de que los sujetos pueden ser dueños exclusivos del planeta. Es así que ha sido fácil, con el correr de los años, dejar a los pobres sin tierra siquiera para caerse muertos. Es verdad que el liberalismo económico moderno ha elevado las condiciones de vida de muchos pobres. Pero la codicia nos ha llevado a la situación social y medioambiental en la que estamos. La costumbre de despojar a los más pobres de un terreno en el cual, y del cual, vivir ha convertido al planeta en una especie de mina que está a punto de agotarse.
Las religiones han ofrecido a la humanidad otro modo de comprenderse a sí misma. Pero tampoco han servido suficientemente para contrarrestar la cultura avara que nos está llevando al despeñadero. El mismo cristianismo no ha sabido cultivar su fuerza crítica: no ha resistido. Los cristianos han podido hacer más por impedir la explotación despiadada de los pobres y de la Tierra; no han acogido bastante la enseñanza social de papas como Francisco que, con Laudato si’, han clamado por caridad, justicia y cuidado de la creación.
Prevalencia de una co-pertenencia
La codicia es un pecado: hace daño. El sufrimiento que puede causar a grandes multitudes y a la Tierra es la prueba de que el egoísmo de sujetos individuales contraviene la voluntad de Dios. Dios, diríamos los cristianos, ha querido que su creación sea compartida. No lo hemos hecho. Nos la hemos apropiado como si la mereciéramos. Pero ¿alguien merece un regalo? ¿Cómo es posible que uno le quite a otro el regalo que le han hecho? Esto es exactamente lo que está ocurriendo.
Sucede que el modo de compartir la Tierra creado por Dios ha perdido importancia cultural al grado de hacernos creer que las criaturas podemos existir unas sin las otras. En cambio, nos lo recuerda el Papa Francisco: “todo está relacionado”. Unos seres se deben a otros y, entre todos ellos, se da una deuda cósmica. ¿Acaso podemos ignorar que nos debemos a unas conformaciones químicas, físicas, celulares y culturales compartidas entre las personas a lo largo de generaciones o en una misma época? Necesitamos, y compartimos, un mismo oxígeno, agua, calor y frío. Las flores esperan la polinización de las abejas, mientras las abejas necesitan de sus néctares para producir miel. Nada escapa de deberle todo a lo demás.
Avanzaremos en agradecerle la Tierra al Creador si logramos ver que compartir es la manera correcta de coexistir. Lo más propio entre las obras de Dios es una pertenencia mutua. Si somos, es que opera, aunque sea calladamente, un entrelazamiento de lo uno con lo otro y una dependencia recíproca. La creación prospera, a pesar de todo, porque lleva las huellas digitales de un Dios que es amor, que se parte y se comparte. Co-pertenecemos porque nuestro único dueño es generoso. Cristo representa el modo de darse Dios Padre a su creación y de compartirse la Tierra como cuando se come un mismo pan. La eucaristía recuerda una co-pertenencia universal y, además, la anticipa.
La queja
Autosuficiencia, codicia, ¿qué más sigue? Lamentaciones.
Hay otra expresión de inadecuación entre los seres humanos que piensan que no deben nada a nadie y la voluntad de un Dios que ha creado un mundo que solo alcanza su plenitud cuando se reconoce que las criaturas coexistimos: la queja.
Cuando crees que te has ganado la Tierra con tu esfuerzo, que has podido competir por ella con quienes han perdido la carrera a causa de su ineptitud o flojera, tenderás a quejarte por no haber ganado todas las batallas; porque has perdido terrenos a manos de otros; o porque todavía no tienes lo suficiente. La competencia contra los demás nos hace infelices y quejumbrosos, porque nunca nada nos será suficiente para saciar nuestra voracidad. Quien se considera triunfador suele convertirse en un ser amargado. Los demás le son competidores a los que tiene que vencer. Pero prescindir de estos es como dispararse a los pies: nadie te aplaudirá de un modo alegre y agradecido; si alguno te celebra, lo hará de un modo interesado. Querrá subirse al carro de tu victoria. Será un adulón. No sabrás que la verdadera alegría se halla en ser derrotados por el amor de cada uno de los seres por lo que son y no por su utilidad. Se ama de verdad cuando no se puede no amar. El mérito no existe. El amor verdadero lo disipa. El ser humano, digámoslo así, está condenado a compartir. Nació con este mandato. Del cumplimiento de este mandato depende su verdadero éxito.
La creación y los demás no son útiles, pero sí necesarios. Sin ellos no habríamos llegado a ser lo que somos. Pero no podemos usar a las demás criaturas como si no merecieran un reconocimiento agradecido, un cariño y un cuidado. Toma lo que necesitas de la creación. Revisa, eso sí, con qué actitud lo haces. ¿Porque te lo mereces? Es equivocado pensar que es lógico tener servidores. La única servidumbre que vale es la de las personas que, como Jesús, se han convertido en siervos generosos y alegres de los demás. La esclavitud por amor es el antónimo de la esclavitud por miedo a quien te puede poner el pie encima. Nadie te puede oprimir. Libérate. Pero no para oprimir a los demás.
Esta lógica del dominio —la que hace imaginar que unos pueden adueñarse de otros— desemboca siempre en lo mismo: la queja. Y la queja es patológica: daña a esclavos y esclavistas. Los esclavos lloran porque no tienen el coraje de liberarse; los esclavistas se quejan porque no han podido explotar suficientemente a sus sirvientes. Se lamentan de un modo parecido, pues comparten la misma falsa creencia: que unos pueden ser poseídos por sus pares; que es legítimo hacerlo porque ese es su premio, su trofeo incuestionable.
Deudas y agradecimientos
Si reconocemos que pertenecemos unos a otros porque pertenecemos a Dios, hemos de ver todo al revés.
Si miras al pasado, ¿a quiénes debes qué cosa? A un padre o a una madre que tal vez ni siquiera conociste; a alguien que se hizo cargo de ti, te enseñó a hablar, a pedir permiso y perdón, y a rezar; a generaciones y generaciones de seres humanos que se han esforzado por sacar adelante a la humanidad.
Perteneces a Dios, tienes una deuda cósmica con él. La pagarás agradeciendo la comida que comes, el trigo, la tierra, el agua, la luz que hizo posible esos ñoquis y ese vino que bebes alegremente. Si Dios es tu dueño, nunca te faltó nada. Solo te toca reconocerlo y agradecerlo. El reconocimiento de tu deuda con la tierra te hará brillar en el universo.
Mira al futuro. Tu vocación es la alegría de llegar a compartir el cosmos entre todas las criaturas. Esta es tu condena. La vida es una cadena eterna hacia la felicidad. Te falta mucho o poco para alcanzar la eternidad. No llores. Sé feliz, te diría Jesús sentado en la colina de las Bienaventuranzas. “Te lo mando”, insistiría. “Felices los que lloran porque serán consolados” (Mt 5); “felices los pobres porque de ustedes es el Reino de los Cielos” (Lc 6).
Perteneces a Dios, todo te pertenece. Perteneces a todo, ya que Dios te ama y te cuida.
La Tierra es nuestra madre. También se la llama Gaia. La cultura ecológica actual dice que la Tierra es una gran unidad viva, formada por materia, energía y tiempo, que se renueva constantemente. Nosotros, los seres humanos, somos hijos de Gaia y también parte de ella. Hay entre nosotros y los demás seres vivos una relación de dependencia mutua: pertenecemos a la Tierra y la Tierra nos pertenece.
Pero hay algo importante: la Tierra vino primero. Ella nos dio la vida. No sabemos cómo ni por qué. Nuestros padres nos transmitieron la vida, pero cada persona es única, un misterio. Todos compartimos esta sorpresa: creyentes y no creyentes. Los cristianos creemos en un Dios creador, aunque no podamos probarlo. Lo cierto es que existimos gracias a otros y para otros. Adueñarse de la Tierra es un pecado; cuidarla y compartirla es nuestra misión.
María, la madre de Jesús, es un rostro humano de la Tierra. Al darle vida a Jesús, le dio también su humanidad. Por ella, Jesús aprendió a amar la Tierra. María fue la Tierra para su Hijo. Y ahora, desde el cielo, Jesús nos da la fuerza para amarla y cuidarla como él la amó.
Padre Nuestro
Jesús enseñó a rezar el Padre Nuestro, la oración principal de los cristianos. El Padre de Jesús es el creador del cielo y de la Tierra. Nuestra Madre Tierra tiene un origen divino: no es Dios, pero viene de Dios y llegará a su plenitud gracias a Él.
María muestra el rostro maternal de Dios. El Padre de Jesús nos lleva en brazos por medio de ella. María es como la Tierra que nos alimenta, enseña y protege. Jesús la llamó “mamá” y a Dios lo llamó “Abbá”, que significa papito. Así nos enseñó que el amor de Dios se parece al de una madre que da calor y alimento.
La Iglesia continuó lo que Jesús y Juan Bautista empezaron: bautizar para enseñar a vivir en el amor. Los primeros cristianos entendieron que debían dejar el egoísmo y ayudar a los demás. Ser cristiano es ser hermano y hermana, alguien que comparte, cuida y sirve.
Jesús, nuestro hermano
Jesús, el Hijo de Dios, es también nuestro hermano. Él nos une y nos enseña a cuidar la creación. Pero no siempre hemos vivido como hermanos. Hemos dañado la Tierra y olvidado que somos una sola familia. Nuestra ambición nos ha cegado. Necesitamos volver a mirar el futuro y pensar en los que vienen después.
El Papa Francisco nos invita a amar la Tierra como Dios la ama. Jesús nos pide abrir los ojos: al mirar un río, un bosque o un humedal, debemos ver que allí están nuestros hermanos, los animales y las plantas. Todos venimos del mismo amor.
Cristo: Hermano sol, hermana luna
Cristo resucitado ya no es varón ni mujer (Gálatas 3,28). En Él, todo se une y se transforma. Cristo tiene la fuerza del sol y la ternura de la luna. Es día y noche, fuego y reflejo, fuente y espejo. En su amor se reconcilian las diferencias.
La tradición lo llama “el Sol que nace de lo alto” (Lucas 1,78). Pero también podemos imaginarlo como luna, la que alumbra la noche y acompaña los caminos oscuros. Cristo, hermano sol, irradia la luz de Dios; Cristo, hermana luna, la refleja con humildad.
En Cristo no hay diferencias de valor ni exclusión. Hombres, mujeres y toda persona, sea como sea, son amadas por el mismo Dios. Cuando alguien es respetado y acogido, Cristo vuelve a resucitar.
Cristo, nuestro hermano sol y nuestra hermana luna, brilla en toda la creación. En ella lo encontramos. Y cuando cuidamos la Tierra, amamos a Dios. Así, toda la creación canta: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra” (San Francisco de Asís).
Ha cambiado —o habrá de cambiar— el paradigma de la vida espiritual para los cristianos. Hoy se nos pide un giro interior que integre una experiencia de la Madre Tierra como condición ineludible del encuentro con Dios. Se nos ha ampliado el horizonte. Tenemos por delante la posibilidad de un enriquecimiento personal y colectivo extraordinario.
Se cumplen quince años de la publicación de la encíclica Laudato si’ del papa Francisco. A ella debemos un profundo agradecimiento.
Los cuatro puntos que siguen invitan a meditar uno de los muchos accesos posibles a una experiencia ecológica y medioambiental de Dios.
1.- Dios creador
No puede ser que no haya un origen porque somos seres originados. Este es un dato duro. Somos. Segundo dato duro: nadie puede decir que se debe ni se merece a sí mismo. ¿Qué trajiste al mundo que fuera tuyo? ¿Qué te llevarás que no te sea arrebatado? No posees nada.
Cualquier factor que nos haya generado llamémoslo creador. ¿Un ser divino? Pero, ¿qué es divino? Ese factor originante que nos parió tiene nuestra misma piel pues, aunque sin los demás no podemos nada, podemos incidir en ellos. Somos originados y originantes al mismo tiempo.
Para los cristianos este ser del que depende nuestra existencia es denominado amor (1 Jn 4, 8). Dios, para ellos, se llama Amor. Que haya un “dios” que tenga otras características, no nos interesa mucho. ¿Podrá alguien probar la existencia de tal “dios”? Hágalo. Se agradecerá, pues si algo aporta a nuestro conocimiento del Amor debiéramos tenerlo en cuenta para entender qué es el amor.
Nosotros los cristianos creemos en el Amor, que este Amor crea y nos está recreando incesantemente; y que, para comprobarlo, nos ha dejado huellas de amor en toda la creación. El asunto fundamental, en realidad, no es si existe un dios; sino si existe el Amor. Es decir, si somos realmente capaces de amar y de ser amados del modo como el Padre amó a su hijo Jesús. Jesús es la mejor prueba que tenemos los cristianos para atestiguar que el Amor sí existe y que, como Cristo resucitado, se halla presente y actuante en el universo ayudando providencialmente a sus creaturas a amarse unas a otras.
Cristo, que supo del cuidado de su Padre a lo largo de su vida y que confió a él su destino aun siendo crucificado, cuida de su creación para que también esta triunfe. La Providencia es el nombre del Amor que nos orienta y reorienta. Es fácil perder el camino. Solo el Amor nos indica por dónde seguir para llegar al Padre.
La prueba de la existencia del Amor es que “somos” y que también otros “son”; y que co-pertenecemos pues, sin estos nadie se sostiene en pie. La vida en común es turbulenta, está siempre en crisis, por esto dudamos del Amor que nos ha creado, pero es un hecho que solo hay futuro si reconocemos una deuda radical que tenemos con los demás y nos comprometemos a cuidarnos como si fuéramos hijos e hijas del Padre de Jesús.
2.- Cuidado de la Tierra
Los niños pequeños dicen: “Dios creó el mundo, ¿pero quién creó a Dios?”.
Las preguntas de los niños nos ponen en la estacada. Obligan a ir a fondo. En lo inmediato, es evidente que somos hijos de la Tierra. Pacha Mama, la llaman pueblos indígenas; Gaia, la ha denominado una generación de ecologistas. Que Dios se llame Amor y que este Amor sea el Padre y el origen de Jesús y del Espíritu, responde a la pregunta de los niños, pero solo en parte. Pues la existencia de la Tierra es evidente; pero la del Amor no. Comenzamos a saberlo en la medida que experimentamos que la Tierra cuida de nosotros. ¿Nos cuida? No siempre. A veces nos trata mal: terremotos, hambrunas, epidemias, genocidios… El Amor en que creen los cristianos no es de este mundo (Jn 18, 36). Se revela en nuestra Tierra, pero no es mundano.
El Amor se revela de un modo misterioso. A veces de un modo luminoso y otras opaco. La entropía desgasta, consume, corrompe y así, transformando radicalmente a los seres, cumple el cuidado con que el Amor va realizando a sus creaturas. Entropía es creación por destrucción y destrucción para creación; es crisis y lisis (descomposición). Sea lo que sea, “la tierra está llena del amor del Señor” (Salmo 33,5).
La Madre Tierra nos cuida de un modo que no siempre podemos comprender, pero nos cuida. Tierra es el nombre maternal del Padre. Ella no es mujer, pero se parece a una madre que amamanta y mece; tampoco el Padre es varón. Esta identificación es hoy por hoy simplemente herética. El Amor no tiene sexo. Conocemos al Amor a través de un cuidado parecido al de un padre o una madre; semejante, decimos, porque a veces estos a veces nos oprimen, nos dañan y a muchos descuidan, al igual como suele hacerlo nuestros hermanos.
La Tierra nos pare y cuida de sus hijas e hijos, generándonos mediante procesos de creciente complejización que van de la química a la vida y de la vida a la oración. ¡En el cosmos eclosionó un ser que ora! La oración también es una generación terrenal. La Tierra la hace posible; somos polvo más agua, un poco de calor, otro poco de frío, con la capacidad de conversar con el Amor que lo ama. El cuidado con que la Tierra nos ama hace posible lo increíble. Somos tierra que ama y su amor se expresa al máximo en una oración de alabanza y agradecimiento por el cuidado con que somos cuidados.
Cuidamos la Tierra. Podemos cuidarla. Somos tierra que cuida y descuida. La cuidamos para que nos cuide, sí. Pero, sobre todo, porque sí. Porque a la Tierra solo se la ama de verdad cuando se la trata como si no tuviera precio.
3.- Cuidado del prójimo
En el cristianismo, el cuidado de los demás tiene dos aspectos: cuidar uno del otro y ser cuidado por otro. El primer aspecto alude a la acción de una persona en favor de otra especialmente si padece alguna necesidad; el segundo, al hecho pasivo de recibir de los demás un trato responsable o misericordioso. El amor al prójimo —y el amor del prójimo— son tan fundamentales que llegan a caracterizar al cristianismo. Una de las parábolas que mejor lo ejemplifica es la del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37).
Observemos la situación del hombre asaltado por los ladrones y botado a la vera del camino, y la de tantas víctimas del mal natural o moral en la historia de la humanidad. Son y han sido millones de seres humanos quienes han padecido a causa de otras personas u otros factores. Allí están. Es fácil reconocerlos. Allí estamos también, porque nadie, absolutamente nadie, ha sido relevado de sufrir. Sufrimos. El sufrimiento puede hacernos crecer, pero muy frecuentemente nos daña o nos destruye.
Nosotros, quienes por alguna razón yacemos al costado de los caminos, clamamos ayuda y agradecemos que alguien nos dé una mano y nos levante. Aquel hombre, víctima del asalto, nada hace; de él no se escucha palabra alguna. Pero podemos adivinar qué hubo en su corazón: dolor y humillación al principio; sanación, dignificación y agradecimiento al día siguiente. Quizás no se enteró quién había sido aquel prójimo que lo recogió, lo entregó al posadero y se preocupó de pagar la cuenta del hostal. La parábola no dice tampoco si el asaltado se recuperó o murió a causa de los golpes recibidos. ¿No murió? Tal vez tampoco llegó a agradecer. Perfectamente pudo no haber despertado más de la paliza recibida ni enterarse del posadero y de la persona que trató de cuidarlo. ¿Invalidaría esta muerte el valor del cuidado recibido? De ninguna manera: el amor gratuito, incluso cuando no alcanza a ser reconocido, tiene un valor infinito. Es expresión del Amor que subyace a la creación y que la restituirá gracias al Cristo crucificado. Cualquier ser humano que sufre —sepa o no por qué— representa a Cristo en la cruz. Es él mismo un sacramento del amor con que Dios hace suyo aquella entropía y el pecado que arruina su creación. En estas personas, Dios se revela. Ellas reclaman de los demás el amor que necesitan, un amor que no es exigible como un derecho, pero que hace razonable pensar que cualquier derecho humanitario tiene un fundamento trascendente.
El otro aspecto del amor al prójimo son las acciones, las iniciativas, las luchas y el martirio que, como fue el de Jesús, sufrimos por quienes más lo necesitan. Cuidamos de estos. A menudo identificamos al cristianismo con actuar como samaritanos. Hemos de seguir haciéndolo. Pero rara vez percibimos que lo hacemos no porque nos sea mandado, sino porque, en primer lugar, en virtud de cierta visión de crucificados, somos empáticos con las víctimas del mal. Jesús fue un samaritano con los demás cada vez que curó a algún enfermo o dio la cara por un marginado y, antes que esto, vio en estos un dolor que no debía ser; él mismo, en otros momentos de su vida había experimentado la necesidad de ser aliviado y sanado por alguien. El conocía en carne propia de penas y desgarros, y del valor que en su momento tuvo que ser auxiliado.
Somos cuidados, aun antes de abrir los ojos. Y esperamos que, cuando los cerremos, haya alguien que nos acompañe.
4.- Cuidado de sí mismo
Jesús hablaba de un triple amor: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 37–39).
Que haya que amar a Dios por su creación, lo tenemos claro; que haya que amar al prójimo, sabemos que caracteriza al cristianismo. Lo enfatiza Jesús en estas palabras. Pero en estas mismas palabras, Jesús valora que uno también se ame. Sabemos que quien se ama a sí mismo sin amar al prójimo, se vuelve egoísta. En este caso se ama a sí de un modo defectuoso. Al egoísta la vida termina pasándole la cuenta. Quedará solo. No habrá sabido que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hechos 20, 35), como enseñaba Jesús.
Tomemos nuevamente las palabras de Jesús. Hay que centrarse en dar. Esto no excluye, sin embargo, que también haya que recibir. Es importante, como se ha dicho, dejarse cuidar. Cuidarse, quererse, dejarse perdonar y levantar la cabeza, no echarse a morir, y comenzar de nuevo, son obligaciones a las que no se puede renunciar. El cuidado comienza con un gesto estético: lavarse la cara y peinarse; así ofrezco a los demás un ademán amoroso. El autocuidado tiene muchas expresiones: el aseo personal, el descanso, comer lo suficiente, dormir, consultar a un médico si es necesario, conversar con alguien cuando se necesita un consejo, practicar un deporte o seguir la bitácora de un jugador u oír música. Asolearse un poco, no mucho. Usar bloqueador cuando convenga. La más sublime acción de amor por sí mismo es mirar el propio corazón con los ojos de Cristo y ampararse en los brazos de María. El cultivo de la propia vida interior -rezar unos minutos al día o caminar en la presencia del Señor- son el cuidado más importante.
El autocuidado concreta el amor que la Tierra tiene por nosotros. Nos hace colaborar con ella en amarnos como ella quiere hacerlo y lo hace.
El Documento final del Sínodo sobre la sinodalidad dejó a medio camino la autogeneración de la Iglesia a partir de las comunidades eclesiales de base o de las pequeñas comunidades adscritas a las parroquias. Esta es una carencia que debe ser subsanada. De lo contrario, estas comunidades seguirán padeciendo ellas mismas —y no solo los laicos singularmente considerados— el clericalismo que asfixia a la Iglesia.
Visto el documento desde abajo, es decir, desde las comunidades que constituyen una parroquia, se aprecia que las conclusiones se ocupan más bien de las relaciones entre las instancias superiores, pudiendo las inferiores, a lo más, quitarles poder. Las comunidades pueden ocupar un lugar importante en el consejo de una parroquia. Esto, sin embargo, no quiere decir que se las reconozca como tales.
Lo que está en ciernes es que las comunidades sean la célula primera de la institucionalidad que las hace posibles. Evangelii gaudium (28) pide que la parroquia sea “comunidad de comunidades”; y Puebla valoran que las “comunidades que hacen presente y operante el diseño salvífico del Señor, vivido en comunión y participación” (617). Estas convicciones teológicas avalan que la vida de la Iglesia brote desde la base. La Iglesia no es una empresa ni un Estado: es fraternidad. Esta fraternidad se logra en la medida en que sus miembros actúan como adultos capaces de organizarse en comunidad; la comunidad que crearon o a la cual llegaron a pertenecer porque se les aceptó como protagonistas, y no como personajes de reparto.
Las comunidades mismas son la Iglesia. En ellas la Tradición está viva. Son el espacio en que naturalmente el Evangelio se transmite persona a persona. Hay que entender que muchas veces su existencia es delicada. Las interferencias externas las amenazan de muerte o convierten a sus integrantes en gente pusilánime, cristianos podados de espíritu profético.
Insisto: las comunidades han salido mal paradas en el Sínodo. Los párrocos conservan un enorme poder sobre ellas. ¿Alguien abogó por su autonomía en el Sínodo? A ellas no les interesa ser independientes. No he sabido de alguna que haya dejado la parroquia. Pero quieren, y necesitan, ser reconocidas en su dignidad y originalidad, y agradecen la ayuda que pueda dárseles porque son frágiles. Se benefician de la comunión con las parroquias, las veces que esta no las uniforma con sus planificaciones ni las fuerza en planes que les quitan las pocas energías que tienen.
La accountability de que tanto se habla debiera comenzar al interior de las mismas comunidades. Que estas den cuenta al párroco de sus actividades también es importante, nadie puede discutirlo. Pero, ¿puede este, por ejemplo, tener la última palabra en la designación de sus autoridades? El párroco, antes que fiscalizarlas, ha de cuidarlas, apoyarlas y fomentar sus iniciativas para cumplir su misión de evangelizar su entorno. Así se es Iglesia “en salida”, en vez de un centro de operaciones o agrupación de fieles, de satélites que giran en torno al sol.
El proceso sinodal, no obstante este déficit, es un signo de esperanza. Es un gran paso adelante para que la Iglesia llegue a constituirse en Pueblo de Dios, que fue voluntad determinante del Vaticano II. Sería necesario que, en coherencia con este espíritu sinodal, se introduzcan enmiendas canónicas que permitan avanzar en esta dirección. Pero el Documento final del Sínodo no llega suficientemente lejos.
El clericalismo se ejerce contra personas, laicos y clérigos, pero también contra comunidades enteras. Lo que se necesita es regenerar la Iglesia de abajo hacia arriba. Tal vez algún día ellas lleguen a tener voz en la elección de su párroco. O, al menos, se les permita librarse de uno que las maltrata. Pues unos párrocos las cuidan paternalmente, pero otros las humillan con hechos o en virtud del mero derecho canónico.
Cuando los laicos sean adultos y las comunidades sean respetadas en su originalidad, la sinodalidad comenzará verdaderamente. Hasta aquí es un deseo que la Iglesia está llamada a convertir en realidad.
El 25 de agosto de 1985, en la casa de ejercicios espirituales de Calera de Tango, el cardenal Juan Francisco Fresno reunió a dirigentes de distintos partidos. En este lugar, en esta ocasión, se decidió firmar el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia. La estrategia fue aprovechar la posibilidad que ofrecía la Constitución de 1980 —diseñada por el régimen militar— de un plebiscito para ratificar o rechazar la continuidad del general Pinochet. A muchos chilenos, el intento de los políticos era ingenua.
El objetivo principal estaba definido: restaurar la democracia mediante elecciones libres, competitivas y periódicas. En justicia, mencionemos a todos los firmantes: Gabriel Valdés y Patricio Aylwin (Democracia Cristiana); Enrique Silva Cimma y Luis Fernando Luengo (Partido Radical); René Abeliuk y Mario Sharpe (Partido Social Democracia); Andrés Allamand, Francisco Bulnes y Fernando Maturana (Movimiento de Unión Nacional); Patricio Phillips y Pedro Correa (Partido Nacional); Hugo Zepeda Barrios y Armando Jaramillo Lyon (Partido Republicano); Ramón Silva Ulloa (Unión Socialista Popular); Gastón Ureta (Partido Liberal); Carlos Briones y Darío Pavez (Partido Socialista – Briones); Sergio Navarrete y Germán Pérez (Partido Socialista – Mandujano); y Luis Maira y Sergio Aguiló (Izquierda Cristiana).
Entre 1985 y el plebiscito de 1988, que Pinochet perdió con un 55,9 % en contra, se dieron pasos decisivos. Uno fue la intervención de Eugenio Valenzuela Somarriva, presidente del Tribunal Constitucional, quien estableció que debía existir un registro electoral y una institucionalidad independiente para supervisar el escrutinio. Esa garantía resultó clave para dar legitimidad al proceso.
Pero el Acuerdo no se limitó a reclamar elecciones libres. Planteó metas más amplias: poner fin a la violencia política —desde el Estado y desde grupos insurgentes—; garantizar el respeto irrestricto a los derechos humanos; asegurar la independencia del Poder Judicial; promover las libertades públicas; contar con un Congreso representativo; despolitizar y subordinar las Fuerzas Armadas al poder civil; impulsar la justicia social; fomentar el diálogo nacional y asegurar una transición ordenada, sin revancha.
A la luz de lo ocurrido en los últimos cuarenta años, es menester reconocer que muchos de esos propósitos se han cumplido. La violencia política fue erradicada como práctica estatal; los derechos humanos se convirtieron en un referente obligado, incluso si su reparación ha sido incompleta; el Congreso recuperó su rol y ha funcionado con alternancia real de gobiernos de centroizquierda y centroderecha; las Fuerzas Armadas se han mantenido subordinadas al poder civil; y, pese a agitaciones de diversa naturaleza, el país ha mantenido su estabilidad institucional. La justicia social sigue siendo una tarea pendiente, pero los avances en reducción de la pobreza y en cobertura de servicios básicos no son menores.
Treinta años de alternancia política, de desarrollo económico y de operación normal de las instituciones no se explican sin el espíritu de colaboración de los firmantes del Acuerdo. Pensaban distinto, habían estado en trincheras opuestas. El pacto por la Democracia apostó a una transición y a una consolidación pacífica del país. Había que buscar hacer justicia. Se avanzó “en la medida de lo posible” (Patricio Aylwin). Tal vez todavía se puede hacer más.
Hoy, el aniversario del Acuerdo nacional merece celebrarse. De 1985 en adelante las diferencias no desaparecieron, pero el país ha avanzado sobrellevándolas. La Democracia se conoce cuando se la practica. En las últimas décadas la Democracia ha sido amada hasta el extremo: después de un estruendoso estallido social, luego de dos intentos fallidos por cambiar de constitución, seguiremos con la del ochenta, discutiéndola y procurando hacerle las enmiendas que la mejoren. No importa. La Democracia es así. El mayor de los peligros, en realidad, es la intolerancia y la incapacidad para crear acuerdos.
Entre estos acontecimientos y episodios, merece recordarse una entrevista que el cardenal Fresno tuvo en Roma con el papa Juan Pablo II. Este lo desafió con la pregunta: “¿Cómo puede ser que Chile, país católico y de tradición democrática, siga todavía en régimen de dictadura?”. Y lo instó a juntar las fuerzas civiles y a hacer algo para que el país volviera a ser lo que había sido. Encendido de entusiasmo el cardenal llamó al P. Juan Ochagavía S.J. como primer testigo de este hecho. Juan Francisco Fresno volvió al país animado y decidido.
Fresno volvió decidido. Había que apurarse. No se podía perder tiempo.
El siguiente modo de oración parte de la base de la relación entre el Creador y sus creaturas, y de la relación de estas entre sí. Las creaturas dependen completamente de Él y, a la vez, unas de otras. Dios las lleva a su realización integral y definitiva, pero sin forzarlas, sino moviéndolas amorosa y compasivamente a coincidir con su voluntad. La oración, al unirnos con Dios, hace que Él nos libere de las relaciones que nos oprimen y de los apegos mundanos que nos impiden ver y tomar las decisiones que se nos exigen en la vida ordinaria y a lo largo de los años.
Este texto consta de dos partes. En la primera parte, se ofrecen unas explicaciones teológicas útiles para entender de qué tipo de meditación es esta. En la segunda parte se dan instrucciones llevar una vida de meditación.
NECESIDAD DE DESINTOXICACIÓN
Somos creaturas de Dios. Dios nos formó por amor y para amar. El Espíritu Santo está presente en toda la creación de múltiples maneras: en las personas, en los seres vivos y en la materialidad de los demás seres. Las creaturas estamos interconectadas, coexistimos y co-pertenecemos; nada existe al margen del Espíritu que habita en lo químico, lo físico y lo biológico, en lo intelectual y lo espiritual.
También hemos de considerar que los seres humanos acumulamos elementos contaminantes, tanto materiales como espirituales. Respiramos aire puro y aire sucio; el ambiente que habitamos está lleno de buenas y malas vibras. Al compartir un entorno ecológico deteriorado, inhalamos impurezas y exhalamos toxinas. No obstante, en ese mismo espacio vital insumimos también amor, esperanza y sintonizamos con las otras criaturas que, como nosotros, quieren ser felices.
El Espíritu Santo que entra a nuestros pulmones rectifica nuestros pensamientos, sana nuestras emociones y aviva nuestra existencia. Repara nuestras relaciones con todo lo creado y llena nuestro corazón de amor por el mundo.
Somos creados por el amor de Dios; comulgamos con todas las creaturas, dependemos de ellas, las cuidamos y nos dejamos cuidar por ellas. La alegría de Dios es que seamos felices.
II. AGRADECIMIENTO POR LA VIDA
El cuerpo humano es una unidad viva de lo biológico y lo espiritual. Estas son dimensiones distintas por sus funciones, pero inseparables. Nuestra fisiología tiene capacidad espiritual, y nuestro espíritu se expresa corporalmente. Dios nos ha creado de esta manera para que nuestra existencia se realice encarnadamente, en este planeta y en estos tiempos. Nuestra muerte no es el final: gracias a la muerte y resurrección de Cristo, nuestra precaria vida terrenal será transformada en vida plena.
Somos seres vivientes y sintientes, hermanos de las plantas y primos hermanos de los árboles. Somos el cuerpo que nos ha encomendado a nosotros mismos el Creador. Pero cada uno de nosotros apenas es dueño de sí mismo: dependemos casi totalmente de los otros y de los materiales de la Tierra: oxígeno, hidrógeno, calcio, mercurio…. Los otros merecen nuestro respeto, pero no podemos exigirles que nos den o aseguren la vida. No tenemos derecho a vivir. Vivimos. Punto. Nadie se merece a sí misma/o: la vida se nos da gratuitamente. Somos la vida así no más.
La interacción entre los seres de la Tierra puede ser destructiva, pero está llamada a ser armónica, fraterna y solidaria; es entrópica, autodestructiva, erosiva, pero está abierta a nuevas posibilidades. Somos un cuerpo entre otros cuerpos, pero no sin ellos. Estos nos incorporan.
Somos Gaia: participamos dinámica y espiritualmente en la gestación incesante de este planeta maravilloso. Gaia vive, es nuestra, nosotros en ella y ella en nosotros.
En tanto Gaia, constituimos también el cuerpo viviente de Cristo. Cada cristiana/o encarna a Cristo. La encarnación del Hijo de Dios continúa material y espiritualmente en quienes gozan de la Tierra y la agradecen. La cota espiritual más alta es hacer coincidir a Gaia consigo mismo, mediante el Espíritu del Cristo resucitado que está llevando a la Creación a su máxima expresión posible.
LECTURA DE UN SALMO
Dios habla. No lo hace en voces extrañas. Si alguien oye voces, tal vez no es a Dios a quien escucha.
Dios habla en la naturaleza. En lo bello se deletrea lo que Dios quiere comunicar de una criatura a otra: de la flor al insecto, de la nube al río, del chincol al mirlo, de la uva al viñador. La Tierra conversa de Dios consigo misma. Habla también en los grafitis de la ciudad, en un árbol solitario, a través de sus hojas y colores; en un edificio diseñado con amor por algún arquitecto que no conocemos. El arte es un instrumento fino de la comunicación divina: la música, el cine, la pintura, la escultura y todas las expresiones de belleza. En el libro del profeta Isaías de la Biblia Hebrea encontramos poesía de máxima calidad.
Dios habló definitivamente a través de Jesús, su Palabra hecha carne. Antes de Él, habló en la Biblia hebrea. En ella se fue preparando lo que el Padre de Jesús ha querido decir a cada persona en lo hondo de su ser: algo único, irrepetible e inesperado. Los salmos son un lenguaje poético que facilita la comunión de Dios con nosotros. Lo que el Señor nos dijo ayer, anteayer o la semana pasada puede ser aún más significativo si lo repite hoy: se insinuaría una dirección o se confirmaría una decisión. Si nada dice, tal vez sea porque Dios espera a que nos hallemos bien dispuestos para oír su voz y comprenderla.
La lectura serena de los versos bíblicos debe activar uno o varios pensamientos que merecen una mayor consideración.
ESCRITURA EN UN CUADERNO
Los evangelios fueron escritos para dar testimonio de la historia de Jesús. Se escribieron para contarnos que esta historia —los gestos y palabras con que Jesús anunció el Reino de Dios, y su entrega hasta el final— tenía un valor trascendente.
Los diarios de vida, en cambio, normalmente se escriben para uno mismo. En ellos podemos advertir una revelación personal de Dios. El Espíritu que inspiró a Jesús a lo largo de su vida, también hace trascendente nuestra vida. No damos lo mismo. En un cuaderno podemos distinguir lo que realmente vale de lo provisional, superficial, esclavizante o pasajero. Cristo habla en la vida de las personas que prestan atención a lo que Él puede querer decirles.
En el cuaderno —en el que se escribe día a día o de vez en cuando— importa mucho anotar lo que nos va ocurriendo en el trato con las personas; nuestras reacciones ante lo que nos sucede; emociones o sentimientos predominantes; los sueños; las ideas que nos dan vuelta en la cabeza. También podemos escribir planes para el futuro u organizarnos para la jornada.
Hoy, en muchos barrios populares de Santiago, la democracia no se vive, se anhela. No se la respira en las plazas vacías, ni en las juntas de vecinos sin asistentes, ni en las noches sin luz. Para muchos pobladores, la democracia ha sido reemplazada por el miedo. Miedo a salir, a hablar, a ser el próximo en la lista del narco. Donde el Estado se ha ido, han entrado las bandas. Las poblaciones fueron construidas con esfuerzo. Se levantaron con organización, solidaridad y participación. En ellas, la democracia se vivía desde abajo: en las asambleas, en los clubes deportivos, en los centros de madres, en las capillas del barrio. Se compartía el poder, se cuidaban unos a otros, se soñaba en común. Ese tejido hoy se está rompiendo. El narcotráfico avanza donde el Estado retrocede. Compra, amenaza, coacciona. Arrienda casas, convierte niños en soldados y usa a los dirigentes como escudos. Tiene más recursos que la política, más presencia que el Estado, más fuerza que la policía. Y, lo peor: impone el miedo como regla. Frente a esto, muchas organizaciones barriales han sido silenciadas. Los dirigentes se han ido o han guardado silencio. Las madres no dejan salir a sus hijos. La plaza está vacía. El miedo reina. Y cuando reina el miedo, la democracia se debilita. ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están los recursos que garantizan seguridad, luz, limpieza, respeto? ¿Dónde están las policías efectivas y honestas? ¿Dónde están los fiscales que persigan a los grandes responsables, no solo a los más pobres? ¿Dónde están los programas sociales que sostienen a las familias y ayudan a organizarse? Los pobladores no piden caridad. Exigen lo que les corresponde. No claman favores, sino derechos. El Estado no puede seguir ausente ni aparecer solo en tiempos de elecciones. Debe estar presente siempre. Su tarea es fortalecer la vida comunitaria y garantizar condiciones mínimas para vivir con dignidad. La demanda es clara: que el Estado vuelva a los territorios. Que escuche, que proteja, que ayude. Que enfrente al narco, no solo con policías, sino también con apoyo real a las organizaciones. La democracia se juega hoy en las poblaciones. Si no se fortalece desde abajo, tarde o temprano se desmoronará. La gente quiere vivir tranquila. Quiere luz en la calle, juegos para sus hijos servicios cercanos, policías confiables y dirigentes que no teman hablar. Quiere recuperar su barrio, su calle, su plaza. Quiere volver a vivir en paz. Esto no es vida. Esto no es democracia. Esto no son barrios para vivir. Y si el Estado no reacciona ahora, mañana será tarde. No, la solución no es Bukele. No queremos una democracia a costa de los derechos humanos. No queremos niños encarcelados por sospecha. Nos ha costado demasiado entender que la democracia es para todos y se basa en la dignidad humana. Pero ahora, la estamos perdiendo en su base: el mundo popular. Es cierto que se necesita más policía. Pero eso no basta. Sin comunidad organizada, sin vida social, sin instituciones barriales activas, no hay recuperación posible. La democracia no se sostiene solo con control policiaco, sino con tejido social. ¿Y las municipalidades? Poco o nada hacen. No basta con administrar. Se necesita presencia en terreno, apoyo real, voluntad política. Y no están a la altura del desafío. ¿Quién debe hacerse cargo? Casi todos los niveles del Estado. Las municipalidades deben garantizar seguridad local, mantener las plazas, apoyar a las organizaciones y acompañar a las familias. Ministerios principales: Interior, Desarrollo Social, Vivienda, Educación. El Ministerio Público debe perseguir a los verdaderos culpables, y no a los pobres. El Parlamento. Los tribunales. También debe atenderse con cuidado la situación de las mujeres que, por pobreza, son encarceladas por microtráfico. ¿Quién se ocupa de sus hijos, abandonados a las calles? ¿Quién les da una mano para que vuelvan a sus casas con un trabajo digno? El peor camino es la “bukelización” de las poblaciones: imponer orden a cualquier costo. Eso no es democracia. Y no resuelve nada a largo plazo. Tiene pésimo pronóstico. La democracia se construye desde abajo. Con organización, con comunidad, con dignidad. Y si no hay democracia en los barrios, no hay democracia en Chile.