La vida cristiana tiene dos movimientos: del amor “de” Dios al amor “a” Dios. Son dos tiempos que van unidos. Dios nos ama. Si no lo hiciera, simplemente no existiríamos. Segundo tiempo: amamos a Dios gracias a Él. La vida es pura gracia, don, regalo, merecimiento inmerecido. Pero los seres humanos pudiéramos no amar a Dios. De hecho, muchas veces —o rara vez— lo hacemos: si dañamos al prójimo y decimos que amamos a Dios, mentimos; si vivimos distraídos, entretenidos en mil cosas o quejumbrosos, tampoco lo hacemos. El amor “a” Dios depende del amor “de” Dios; pero sin reconocer su cuidado y cariño, sin darnos cuenta de la deuda infinita que tenemos con Él —o, peor aún, si creemos que los demás aún no nos valoran lo suficiente o que Él nos debe la existencia—, es imposible entender que hay que amar a Dios con todas las fuerzas. Dice Mateo de un fariseo, un doctor de la Ley, se acercó a Jesús:
“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.” (Mateo 22, 36-40).
Jesús responde que hay tres amores: el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a sí mismo. Nosotros solemos reconocer al cristianismo por el amor al prójimo; amarnos a nosotros mismos puede sonarnos narcisista, pero llegamos a entenderlo; en nuestra cultura, sin embargo, amar a Dios puede parecernos demasiado.
La cultura moderna que predomina entre nosotros no necesita de Dios. Funciona igual sin la fe cristiana ni sin las otras religiones. Por siglos la Iglesia ha podido defenderse de ella, pero tampoco lo ha hecho reconociendo suficientemente su aporte. La petición de perdón del Papa Juan Pablo II por la condena de Galileo es un hito de un giro decisivo (1992). En el siglo XX se produjo un feliz entendimiento gracias al Concilio Vaticano II (1962-1965), pero la espiritualidad cristiana quedó cargada del lado de la humanización y de la liberación, dejando de lado el primero y más importante de los tres mandamientos. Nuestro anthropos científico y técnico, que crea las condiciones de su desarrollo, no necesita a Dios; no cree en su Providencia ni en los milagros de los evangelios. “No tengo necesidad de esta hipótesis”, decía el científico Pierre-Simon Laplace para referirse a Dios.
La crisis ecológica, social y medioambiental, empero, nos lleva a concluir que es necesario revisar el itinerario moderno del cristianismo. La enseñanza de la Iglesia pudo influir más profundamente en las personas y en la sociedad en la medida en que hizo dialogar fe y ciencia. Pero esta feliz modernización del cristianismo ha llegado a su límite. La doctrina eclesial sobre la obligación de humanizar la cultura ha olvidado, en buena medida, la vida eterna.
Sin abandonar lo mejor de la modernidad científica y técnica, los cristianos y la Iglesia hemos de recuperar nuestra tradición bíblica, que nos habla de un Creador que merece ser amado por sí mismo y que, si no se lo ama, el amor humano, en muchas oportunidades, se volverá un amor intrascendente. En esto los cristianos no llevamos ventaja sobre los que no lo son. Estos también pueden reconocer el amor “de” Dios y practicar el amor “a” Dios por otras vías. Y, por esto, pueden cometer, en sus propias claves religiosas, un error semejante.
La misión de las universidades católicas se comprende y justifica como un servicio a la misión de la Iglesia. Es tanto un servicio como una expresión de la fe eclesial. La Iglesia, por su propia naturaleza, es universitaria. Puede que no siempre haya universidades católicas —de hecho, en algunos tiempos y lugares no las ha habido—, pero allí donde los cristianos articulan fe y razón para continuar el anuncio del Reino de Dios inaugurado por Jesús, la universidad católica existe en forma germinal. Esta relación entre fe y razón es inherente al cristianismo, pues este sostiene que el Salvador del mundo participó en la creación. Por ello, la fe de la Iglesia necesita de la razón para explicar sus contenidos, así como la fe conduce a la razón a su plenitud. Según Juan Pablo II, no hay “motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización” (Fides et ratio 17).
Más aún, allí donde el cristianismo exige el uso de la razón al servicio de la evangelización, esta debe entenderse como un esfuerzo en la búsqueda de una verdad que solo lo es cuando sirve a toda la humanidad, y no únicamente a una élite. La fe cristiana salvaguarda la búsqueda universitaria de la verdad al introducir en las universidades el saber de los excluidos. La intuición evangélica del valor revolucionario de la sabiduría de los ignorantes (1 Corintios 1,25; Mateo 11,25-26) debe recibir el más alto reconocimiento en las universidades católicas. Estas han de asumir, en su episteme y en su epistemología, la lucha inteligente de los representantes del Crucificado por ganarse la vida y sobrevivir a la luz de su fe. Del mismo modo, si las universidades se deben a una verdad universal, han de abrirse al aporte pensante de todo ser humano y, en particular, al de las distintas disciplinas científicas. Las universidades católicas tienen que valorar la sabiduría humana y las ciencias modernas por una doble razón: por aspirar a ser universidades y por querer ser cristianas. La evangelización, hoy como siempre, no debe incurrir en el fundamentalismo. El magisterio necesita de las universidades católicas para orientar a los cristianos de manera inteligente, y no sólo en virtud de argumentos de autoridad.
En nuestro contexto latinoamericano, la búsqueda de la verdad al servicio de una evangelización que asuma la opción de Dios por los pobres ha entreverado la tensión entre la universidad napoleónica (al servicio del Estado) y la humboldtiana (al servicio libre de la razón), hasta llegar, en los extremos posibles, a la universidad guevarista y la neoliberal. Aún hoy, el rostro del Che Guevara aparece en las protestas estudiantiles que buscan poner la universidad al servicio de una revolución social, muchas veces resistentes al escrutinio libre de la razón en los claustros. Por otro lado, existen universidades aparentemente neutrales que, en realidad, buscan la verdad “en sí” y no “para sí”, sino para las oligarquías locales que, en el continente más desigual del mundo, necesitan investigación y personal preparado. Es una vergüenza que las universidades católicas latinoamericanas de élite reproduzcan las distancias económicas, sociales y culturales que afligen a nuestros países.
Yendo más lejos, en el contexto global, el mayor desafío de nuestro tiempo es evitar la catástrofe ecológica, social y medioambiental que consume al planeta. En escasos años, las universidades, felizmente, han comenzado a operar en el horizonte del Antropoceno. Nos alejamos del Holoceno, un período extraordinario del planeta en el que se dieron las condiciones óptimas para la vida, y entramos en una era marcada por la conciencia de que el ser humano es responsable de un desastre que puede conducir a la sexta extinción masiva de la vida terrestre. Este es el mayor signo de los tiempos de nuestra época. Hoy la Tierra es “el pobre” que merece una atención prioritaria. A diez años de la publicación de Laudato si’, son de recordar las palabras del Papa Francisco:
“El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho, el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: ‘Tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica muestran que los efectos más graves de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre’” (Laudato si’ 48).
¿Está emergiendo en las universidades del mundo una nueva revolución científica, como la que describió T.S. Kuhn? La única revolución verdaderamente importante sería aquella que integre el conocimiento y la transformación del cosmos en el marco de un nuevo humanismo capaz de gestar otro tipo de civilización. Si las universidades católicas pueden hacer una contribución específica en este campo, será por la convicción de que este mundo es creación de Dios y de que, para dar razón de esta fe, deben hacer ciencia al servicio del cuidado de la Tierra y en respaldo de las luchas de quienes sobreviven o a penas pueden terminar el mes.
El pecado existe. El pecado colectivo también. Por ejemplo, leyes que hacen injusta a una sociedad. Estas no han salido de la nada: han sido redactadas por personas de carne y hueso. La avaricia de las personas se concreta en modos de relación egoístas. El pecado, en un tercer sentido, en su expresión cultural, facilita la comisión de pecados personales y estructurales. No está bien creer, por ejemplo, que una persona que está en la cárcel merece ser tratada de cualquier manera. El caso es que el mero conocimiento de que una persona esté entre rejas favorece que a esta se la haga sufrir, porque se piensa que así paga a la sociedad lo que le debe. Son ideas dañinas que se nos pasan por la cabeza.
La modernidad es una cultura que, como tal, facilita que las personas se relacionen de un modo egoísta, es decir, como si cada uno fuera el resultado solo de sí mismo y su único responsable. Pero sabemos que, por otra parte, la modernidad no es meramente sinónimo de individualismo. A ella debemos también grandes logros: formulación de derechos humanos, progresos en la medicina, alfabetización y cientos de otros avances.
El problema con la modernidad radica en la idea -muy extendida- de que los sujetos pueden ser dueños exclusivos del planeta. Es así que ha sido fácil, con el correr de los años, dejar a los pobres sin tierra siquiera para caerse muertos. Es verdad que el liberalismo económico moderno ha elevado las condiciones de vida de muchos pobres. Pero la codicia nos ha llevado a la situación social y medioambiental en la que estamos. La costumbre de despojar a los más pobres de un terreno en el cual, y del cual, vivir ha convertido al planeta en una especie de mina que está a punto de agotarse.
Las religiones han ofrecido a la humanidad otro modo de comprenderse a sí misma. Pero tampoco han servido suficientemente para contrarrestar la cultura avara que nos está llevando al despeñadero. El mismo cristianismo no ha sabido cultivar su fuerza crítica: no ha resistido. Los cristianos han podido hacer más por impedir la explotación despiadada de los pobres y de la Tierra; no han acogido bastante la enseñanza social de papas como Francisco que, con Laudato si’, han clamado por caridad, justicia y cuidado de la creación.
Prevalencia de una co-pertenencia
La codicia es un pecado: hace daño. El sufrimiento que puede causar a grandes multitudes y a la Tierra es la prueba de que el egoísmo de sujetos individuales contraviene la voluntad de Dios. Dios, diríamos los cristianos, ha querido que su creación sea compartida. No lo hemos hecho. Nos la hemos apropiado como si la mereciéramos. Pero ¿alguien merece un regalo? ¿Cómo es posible que uno le quite a otro el regalo que le han hecho? Esto es exactamente lo que está ocurriendo.
Sucede que el modo de compartir la Tierra creado por Dios ha perdido importancia cultural al grado de hacernos creer que las criaturas podemos existir unas sin las otras. En cambio, nos lo recuerda el Papa Francisco: “todo está relacionado”. Unos seres se deben a otros y, entre todos ellos, se da una deuda cósmica. ¿Acaso podemos ignorar que nos debemos a unas conformaciones químicas, físicas, celulares y culturales compartidas entre las personas a lo largo de generaciones o en una misma época? Necesitamos, y compartimos, un mismo oxígeno, agua, calor y frío. Las flores esperan la polinización de las abejas, mientras las abejas necesitan de sus néctares para producir miel. Nada escapa de deberle todo a lo demás.
Avanzaremos en agradecerle la Tierra al Creador si logramos ver que compartir es la manera correcta de coexistir. Lo más propio entre las obras de Dios es una pertenencia mutua. Si somos, es que opera, aunque sea calladamente, un entrelazamiento de lo uno con lo otro y una dependencia recíproca. La creación prospera, a pesar de todo, porque lleva las huellas digitales de un Dios que es amor, que se parte y se comparte. Co-pertenecemos porque nuestro único dueño es generoso. Cristo representa el modo de darse Dios Padre a su creación y de compartirse la Tierra como cuando se come un mismo pan. La eucaristía recuerda una co-pertenencia universal y, además, la anticipa.
La queja
Autosuficiencia, codicia, ¿qué más sigue? Lamentaciones.
Hay otra expresión de inadecuación entre los seres humanos que piensan que no deben nada a nadie y la voluntad de un Dios que ha creado un mundo que solo alcanza su plenitud cuando se reconoce que las criaturas coexistimos: la queja.
Cuando crees que te has ganado la Tierra con tu esfuerzo, que has podido competir por ella con quienes han perdido la carrera a causa de su ineptitud o flojera, tenderás a quejarte por no haber ganado todas las batallas; porque has perdido terrenos a manos de otros; o porque todavía no tienes lo suficiente. La competencia contra los demás nos hace infelices y quejumbrosos, porque nunca nada nos será suficiente para saciar nuestra voracidad. Quien se considera triunfador suele convertirse en un ser amargado. Los demás le son competidores a los que tiene que vencer. Pero prescindir de estos es como dispararse a los pies: nadie te aplaudirá de un modo alegre y agradecido; si alguno te celebra, lo hará de un modo interesado. Querrá subirse al carro de tu victoria. Será un adulón. No sabrás que la verdadera alegría se halla en ser derrotados por el amor de cada uno de los seres por lo que son y no por su utilidad. Se ama de verdad cuando no se puede no amar. El mérito no existe. El amor verdadero lo disipa. El ser humano, digámoslo así, está condenado a compartir. Nació con este mandato. Del cumplimiento de este mandato depende su verdadero éxito.
La creación y los demás no son útiles, pero sí necesarios. Sin ellos no habríamos llegado a ser lo que somos. Pero no podemos usar a las demás criaturas como si no merecieran un reconocimiento agradecido, un cariño y un cuidado. Toma lo que necesitas de la creación. Revisa, eso sí, con qué actitud lo haces. ¿Porque te lo mereces? Es equivocado pensar que es lógico tener servidores. La única servidumbre que vale es la de las personas que, como Jesús, se han convertido en siervos generosos y alegres de los demás. La esclavitud por amor es el antónimo de la esclavitud por miedo a quien te puede poner el pie encima. Nadie te puede oprimir. Libérate. Pero no para oprimir a los demás.
Esta lógica del dominio —la que hace imaginar que unos pueden adueñarse de otros— desemboca siempre en lo mismo: la queja. Y la queja es patológica: daña a esclavos y esclavistas. Los esclavos lloran porque no tienen el coraje de liberarse; los esclavistas se quejan porque no han podido explotar suficientemente a sus sirvientes. Se lamentan de un modo parecido, pues comparten la misma falsa creencia: que unos pueden ser poseídos por sus pares; que es legítimo hacerlo porque ese es su premio, su trofeo incuestionable.
Deudas y agradecimientos
Si reconocemos que pertenecemos unos a otros porque pertenecemos a Dios, hemos de ver todo al revés.
Si miras al pasado, ¿a quiénes debes qué cosa? A un padre o a una madre que tal vez ni siquiera conociste; a alguien que se hizo cargo de ti, te enseñó a hablar, a pedir permiso y perdón, y a rezar; a generaciones y generaciones de seres humanos que se han esforzado por sacar adelante a la humanidad.
Perteneces a Dios, tienes una deuda cósmica con él. La pagarás agradeciendo la comida que comes, el trigo, la tierra, el agua, la luz que hizo posible esos ñoquis y ese vino que bebes alegremente. Si Dios es tu dueño, nunca te faltó nada. Solo te toca reconocerlo y agradecerlo. El reconocimiento de tu deuda con la tierra te hará brillar en el universo.
Mira al futuro. Tu vocación es la alegría de llegar a compartir el cosmos entre todas las criaturas. Esta es tu condena. La vida es una cadena eterna hacia la felicidad. Te falta mucho o poco para alcanzar la eternidad. No llores. Sé feliz, te diría Jesús sentado en la colina de las Bienaventuranzas. “Te lo mando”, insistiría. “Felices los que lloran porque serán consolados” (Mt 5); “felices los pobres porque de ustedes es el Reino de los Cielos” (Lc 6).
Perteneces a Dios, todo te pertenece. Perteneces a todo, ya que Dios te ama y te cuida.
La Tierra es nuestra madre. También se la llama Gaia. La cultura ecológica actual dice que la Tierra es una gran unidad viva, formada por materia, energía y tiempo, que se renueva constantemente. Nosotros, los seres humanos, somos hijos de Gaia y también parte de ella. Hay entre nosotros y los demás seres vivos una relación de dependencia mutua: pertenecemos a la Tierra y la Tierra nos pertenece.
Pero hay algo importante: la Tierra vino primero. Ella nos dio la vida. No sabemos cómo ni por qué. Nuestros padres nos transmitieron la vida, pero cada persona es única, un misterio. Todos compartimos esta sorpresa: creyentes y no creyentes. Los cristianos creemos en un Dios creador, aunque no podamos probarlo. Lo cierto es que existimos gracias a otros y para otros. Adueñarse de la Tierra es un pecado; cuidarla y compartirla es nuestra misión.
María, la madre de Jesús, es un rostro humano de la Tierra. Al darle vida a Jesús, le dio también su humanidad. Por ella, Jesús aprendió a amar la Tierra. María fue la Tierra para su Hijo. Y ahora, desde el cielo, Jesús nos da la fuerza para amarla y cuidarla como él la amó.
Padre Nuestro
Jesús enseñó a rezar el Padre Nuestro, la oración principal de los cristianos. El Padre de Jesús es el creador del cielo y de la Tierra. Nuestra Madre Tierra tiene un origen divino: no es Dios, pero viene de Dios y llegará a su plenitud gracias a Él.
María muestra el rostro maternal de Dios. El Padre de Jesús nos lleva en brazos por medio de ella. María es como la Tierra que nos alimenta, enseña y protege. Jesús la llamó “mamá” y a Dios lo llamó “Abbá”, que significa papito. Así nos enseñó que el amor de Dios se parece al de una madre que da calor y alimento.
La Iglesia continuó lo que Jesús y Juan Bautista empezaron: bautizar para enseñar a vivir en el amor. Los primeros cristianos entendieron que debían dejar el egoísmo y ayudar a los demás. Ser cristiano es ser hermano y hermana, alguien que comparte, cuida y sirve.
Jesús, nuestro hermano
Jesús, el Hijo de Dios, es también nuestro hermano. Él nos une y nos enseña a cuidar la creación. Pero no siempre hemos vivido como hermanos. Hemos dañado la Tierra y olvidado que somos una sola familia. Nuestra ambición nos ha cegado. Necesitamos volver a mirar el futuro y pensar en los que vienen después.
El Papa Francisco nos invita a amar la Tierra como Dios la ama. Jesús nos pide abrir los ojos: al mirar un río, un bosque o un humedal, debemos ver que allí están nuestros hermanos, los animales y las plantas. Todos venimos del mismo amor.
Cristo: Hermano sol, hermana luna
Cristo resucitado ya no es varón ni mujer (Gálatas 3,28). En Él, todo se une y se transforma. Cristo tiene la fuerza del sol y la ternura de la luna. Es día y noche, fuego y reflejo, fuente y espejo. En su amor se reconcilian las diferencias.
La tradición lo llama “el Sol que nace de lo alto” (Lucas 1,78). Pero también podemos imaginarlo como luna, la que alumbra la noche y acompaña los caminos oscuros. Cristo, hermano sol, irradia la luz de Dios; Cristo, hermana luna, la refleja con humildad.
En Cristo no hay diferencias de valor ni exclusión. Hombres, mujeres y toda persona, sea como sea, son amadas por el mismo Dios. Cuando alguien es respetado y acogido, Cristo vuelve a resucitar.
Cristo, nuestro hermano sol y nuestra hermana luna, brilla en toda la creación. En ella lo encontramos. Y cuando cuidamos la Tierra, amamos a Dios. Así, toda la creación canta: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra” (San Francisco de Asís).
Ha cambiado —o habrá de cambiar— el paradigma de la vida espiritual para los cristianos. Hoy se nos pide un giro interior que integre una experiencia de la Madre Tierra como condición ineludible del encuentro con Dios. Se nos ha ampliado el horizonte. Tenemos por delante la posibilidad de un enriquecimiento personal y colectivo extraordinario.
Se cumplen quince años de la publicación de la encíclica Laudato si’ del papa Francisco. A ella debemos un profundo agradecimiento.
Los cuatro puntos que siguen invitan a meditar uno de los muchos accesos posibles a una experiencia ecológica y medioambiental de Dios.
1.- Dios creador
No puede ser que no haya un origen porque somos seres originados. Este es un dato duro. Somos. Segundo dato duro: nadie puede decir que se debe ni se merece a sí mismo. ¿Qué trajiste al mundo que fuera tuyo? ¿Qué te llevarás que no te sea arrebatado? No posees nada.
Cualquier factor que nos haya generado llamémoslo creador. ¿Un ser divino? Pero, ¿qué es divino? Ese factor originante que nos parió tiene nuestra misma piel pues, aunque sin los demás no podemos nada, podemos incidir en ellos. Somos originados y originantes al mismo tiempo.
Para los cristianos este ser del que depende nuestra existencia es denominado amor (1 Jn 4, 8). Dios, para ellos, se llama Amor. Que haya un “dios” que tenga otras características, no nos interesa mucho. ¿Podrá alguien probar la existencia de tal “dios”? Hágalo. Se agradecerá, pues si algo aporta a nuestro conocimiento del Amor debiéramos tenerlo en cuenta para entender qué es el amor.
Nosotros los cristianos creemos en el Amor, que este Amor crea y nos está recreando incesantemente; y que, para comprobarlo, nos ha dejado huellas de amor en toda la creación. El asunto fundamental, en realidad, no es si existe un dios; sino si existe el Amor. Es decir, si somos realmente capaces de amar y de ser amados del modo como el Padre amó a su hijo Jesús. Jesús es la mejor prueba que tenemos los cristianos para atestiguar que el Amor sí existe y que, como Cristo resucitado, se halla presente y actuante en el universo ayudando providencialmente a sus creaturas a amarse unas a otras.
Cristo, que supo del cuidado de su Padre a lo largo de su vida y que confió a él su destino aun siendo crucificado, cuida de su creación para que también esta triunfe. La Providencia es el nombre del Amor que nos orienta y reorienta. Es fácil perder el camino. Solo el Amor nos indica por dónde seguir para llegar al Padre.
La prueba de la existencia del Amor es que “somos” y que también otros “son”; y que co-pertenecemos pues, sin estos nadie se sostiene en pie. La vida en común es turbulenta, está siempre en crisis, por esto dudamos del Amor que nos ha creado, pero es un hecho que solo hay futuro si reconocemos una deuda radical que tenemos con los demás y nos comprometemos a cuidarnos como si fuéramos hijos e hijas del Padre de Jesús.
2.- Cuidado de la Tierra
Los niños pequeños dicen: “Dios creó el mundo, ¿pero quién creó a Dios?”.
Las preguntas de los niños nos ponen en la estacada. Obligan a ir a fondo. En lo inmediato, es evidente que somos hijos de la Tierra. Pacha Mama, la llaman pueblos indígenas; Gaia, la ha denominado una generación de ecologistas. Que Dios se llame Amor y que este Amor sea el Padre y el origen de Jesús y del Espíritu, responde a la pregunta de los niños, pero solo en parte. Pues la existencia de la Tierra es evidente; pero la del Amor no. Comenzamos a saberlo en la medida que experimentamos que la Tierra cuida de nosotros. ¿Nos cuida? No siempre. A veces nos trata mal: terremotos, hambrunas, epidemias, genocidios… El Amor en que creen los cristianos no es de este mundo (Jn 18, 36). Se revela en nuestra Tierra, pero no es mundano.
El Amor se revela de un modo misterioso. A veces de un modo luminoso y otras opaco. La entropía desgasta, consume, corrompe y así, transformando radicalmente a los seres, cumple el cuidado con que el Amor va realizando a sus creaturas. Entropía es creación por destrucción y destrucción para creación; es crisis y lisis (descomposición). Sea lo que sea, “la tierra está llena del amor del Señor” (Salmo 33,5).
La Madre Tierra nos cuida de un modo que no siempre podemos comprender, pero nos cuida. Tierra es el nombre maternal del Padre. Ella no es mujer, pero se parece a una madre que amamanta y mece; tampoco el Padre es varón. Esta identificación es hoy por hoy simplemente herética. El Amor no tiene sexo. Conocemos al Amor a través de un cuidado parecido al de un padre o una madre; semejante, decimos, porque a veces estos a veces nos oprimen, nos dañan y a muchos descuidan, al igual como suele hacerlo nuestros hermanos.
La Tierra nos pare y cuida de sus hijas e hijos, generándonos mediante procesos de creciente complejización que van de la química a la vida y de la vida a la oración. ¡En el cosmos eclosionó un ser que ora! La oración también es una generación terrenal. La Tierra la hace posible; somos polvo más agua, un poco de calor, otro poco de frío, con la capacidad de conversar con el Amor que lo ama. El cuidado con que la Tierra nos ama hace posible lo increíble. Somos tierra que ama y su amor se expresa al máximo en una oración de alabanza y agradecimiento por el cuidado con que somos cuidados.
Cuidamos la Tierra. Podemos cuidarla. Somos tierra que cuida y descuida. La cuidamos para que nos cuide, sí. Pero, sobre todo, porque sí. Porque a la Tierra solo se la ama de verdad cuando se la trata como si no tuviera precio.
3.- Cuidado del prójimo
En el cristianismo, el cuidado de los demás tiene dos aspectos: cuidar uno del otro y ser cuidado por otro. El primer aspecto alude a la acción de una persona en favor de otra especialmente si padece alguna necesidad; el segundo, al hecho pasivo de recibir de los demás un trato responsable o misericordioso. El amor al prójimo —y el amor del prójimo— son tan fundamentales que llegan a caracterizar al cristianismo. Una de las parábolas que mejor lo ejemplifica es la del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37).
Observemos la situación del hombre asaltado por los ladrones y botado a la vera del camino, y la de tantas víctimas del mal natural o moral en la historia de la humanidad. Son y han sido millones de seres humanos quienes han padecido a causa de otras personas u otros factores. Allí están. Es fácil reconocerlos. Allí estamos también, porque nadie, absolutamente nadie, ha sido relevado de sufrir. Sufrimos. El sufrimiento puede hacernos crecer, pero muy frecuentemente nos daña o nos destruye.
Nosotros, quienes por alguna razón yacemos al costado de los caminos, clamamos ayuda y agradecemos que alguien nos dé una mano y nos levante. Aquel hombre, víctima del asalto, nada hace; de él no se escucha palabra alguna. Pero podemos adivinar qué hubo en su corazón: dolor y humillación al principio; sanación, dignificación y agradecimiento al día siguiente. Quizás no se enteró quién había sido aquel prójimo que lo recogió, lo entregó al posadero y se preocupó de pagar la cuenta del hostal. La parábola no dice tampoco si el asaltado se recuperó o murió a causa de los golpes recibidos. ¿No murió? Tal vez tampoco llegó a agradecer. Perfectamente pudo no haber despertado más de la paliza recibida ni enterarse del posadero y de la persona que trató de cuidarlo. ¿Invalidaría esta muerte el valor del cuidado recibido? De ninguna manera: el amor gratuito, incluso cuando no alcanza a ser reconocido, tiene un valor infinito. Es expresión del Amor que subyace a la creación y que la restituirá gracias al Cristo crucificado. Cualquier ser humano que sufre —sepa o no por qué— representa a Cristo en la cruz. Es él mismo un sacramento del amor con que Dios hace suyo aquella entropía y el pecado que arruina su creación. En estas personas, Dios se revela. Ellas reclaman de los demás el amor que necesitan, un amor que no es exigible como un derecho, pero que hace razonable pensar que cualquier derecho humanitario tiene un fundamento trascendente.
El otro aspecto del amor al prójimo son las acciones, las iniciativas, las luchas y el martirio que, como fue el de Jesús, sufrimos por quienes más lo necesitan. Cuidamos de estos. A menudo identificamos al cristianismo con actuar como samaritanos. Hemos de seguir haciéndolo. Pero rara vez percibimos que lo hacemos no porque nos sea mandado, sino porque, en primer lugar, en virtud de cierta visión de crucificados, somos empáticos con las víctimas del mal. Jesús fue un samaritano con los demás cada vez que curó a algún enfermo o dio la cara por un marginado y, antes que esto, vio en estos un dolor que no debía ser; él mismo, en otros momentos de su vida había experimentado la necesidad de ser aliviado y sanado por alguien. El conocía en carne propia de penas y desgarros, y del valor que en su momento tuvo que ser auxiliado.
Somos cuidados, aun antes de abrir los ojos. Y esperamos que, cuando los cerremos, haya alguien que nos acompañe.
4.- Cuidado de sí mismo
Jesús hablaba de un triple amor: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 37–39).
Que haya que amar a Dios por su creación, lo tenemos claro; que haya que amar al prójimo, sabemos que caracteriza al cristianismo. Lo enfatiza Jesús en estas palabras. Pero en estas mismas palabras, Jesús valora que uno también se ame. Sabemos que quien se ama a sí mismo sin amar al prójimo, se vuelve egoísta. En este caso se ama a sí de un modo defectuoso. Al egoísta la vida termina pasándole la cuenta. Quedará solo. No habrá sabido que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hechos 20, 35), como enseñaba Jesús.
Tomemos nuevamente las palabras de Jesús. Hay que centrarse en dar. Esto no excluye, sin embargo, que también haya que recibir. Es importante, como se ha dicho, dejarse cuidar. Cuidarse, quererse, dejarse perdonar y levantar la cabeza, no echarse a morir, y comenzar de nuevo, son obligaciones a las que no se puede renunciar. El cuidado comienza con un gesto estético: lavarse la cara y peinarse; así ofrezco a los demás un ademán amoroso. El autocuidado tiene muchas expresiones: el aseo personal, el descanso, comer lo suficiente, dormir, consultar a un médico si es necesario, conversar con alguien cuando se necesita un consejo, practicar un deporte o seguir la bitácora de un jugador u oír música. Asolearse un poco, no mucho. Usar bloqueador cuando convenga. La más sublime acción de amor por sí mismo es mirar el propio corazón con los ojos de Cristo y ampararse en los brazos de María. El cultivo de la propia vida interior -rezar unos minutos al día o caminar en la presencia del Señor- son el cuidado más importante.
El autocuidado concreta el amor que la Tierra tiene por nosotros. Nos hace colaborar con ella en amarnos como ella quiere hacerlo y lo hace.
Estas personas han sido asesinadas: Berta Cáceres, Marielle Franco, Isidro Baldenegro, Julián Carrillo, Sikito Mukutay y líderes waorani, Carlos Caballero, Paulo Paulino Guajajara, Bruno Pereira y Dom Phillips, Máxima Acuña.
Según informes de Global Witness, entre 2012 y 2022, al menos 1.910 personas defensoras de la Tierra y del medio ambiente fueron asesinadas en el mundo. El 70% de estos asesinatos ocurrieron en América Latina. En 2023 se cometieron 196 crímenes de activistas ambientales en el mundo. De estos, el 85% se dieron en nuestro continente.
La Iglesia latinoamericana lamenta especialmente el asesinato de la religiosa Dorothy Stang. La mataron en Brasil en represalia por su lucha en defensa del medio ambiente y los derechos de los campesinos amenazados por grandes intereses económicos. En Chile conocemos el caso de la activista ambiental Javiera Rojas. Su cuerpo fue encontrado el 28 de noviembre de 2021 en una vivienda abandonada en Calama, atada de pies y manos, con múltiples lesiones.
En septiembre de 2023, el Tribunal Oral en lo Penal de Calama dictó sentencia en este caso. Jean Pierre Barrios Durán fue condenado a presidio perpetuo, mientras que Miguel Alejandro Lovi Sánchez recibió una pena de 15 años de cárcel. El fallo unánime del tribunal consideró acreditada la participación de ambos en el homicidio calificado de Javiera Rojas
Dorothy era cristiana. Javiera no sé. Se dirá que da lo mismo que una activista sea o no cristiana, pues no se necesita serlo para defender el medio ambiente y las poblaciones nativas. De haber coincidido en alguna causa, Dorothy y Javiera habrían colaborado oponiéndose a la creación de una hidroeléctrica que, por ejemplo, hubiera despojado a unos indígenas en Ecuador. Sí, lo decisivo es haber sido asesinadas más o menos por la misma causa.
Pero no, que una cristiana sea muerta por algo así, tiene una enorme relevancia para los cristianos porque el martirio es una forma sublime de seguimiento de Cristo. Jesús es para ellos el mártir por excelencia. Los cristianos no tienen ninguna obligación de ser mártires. La misma Iglesia ha desconfiado de quienes buscan deliberadamente una muerte sangrienta. Pero un cristianismo que no implique ningún riesgo, un amor al prójimo sin sacrificios no tiene buen aspecto. Un cristiano o una cristiana no deberían irse a la tumba sin ningún rasguño. Sería una buena señal que alguna vez a una capilla le quebraran los vidrios por solidarizar con campesinos asediados por los hacendados de tierras dedicadas al monocultivo. La fe implica la cruz por amor a los demás.
Jesús proclamó: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 10). La bienaventuranza siguiente dice: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros toda clase de mal por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mateo 5, 11-12). Las personas mencionadas arriba habrían sido alentadas, consoladas y confirmadas en su lucha por Jesús.
En estos momentos, en mi país, Chile, se encuentra desaparecida Julia Chuñil. Ella es una dirigente mapuche, presidenta de la Comunidad Indígena Putreguel en la comuna de Máfil, Región de Los Ríos. Desde 2018 ha sido amenazada por empresarios locales interesados en la explotación de 900 hectáreas de bosque nativo que ella se ha empeñado en defender. ¿Quién la asesinó?
Se dirá que, mientras no se encuentre su cuerpo, no se puede afirmar que esto haya sido un crimen. En la historia de mi país, debe decirse, en cambio, que es muy improbable que una persona desaparecida en contextos de lucha social esté viva. Mientras Julia no aparezca, creeré que fue eliminada por quienes se sintieron afectados por su activismo. No quiero dudar de la inocencia de los sospechosos, pero no puedo ignorar la gravedad de las circunstancias. Las autoridades políticas deben esclarecer los hechos con urgencia. Lo necesita el país, los mismos sospechosos y Julia antes que nadie.
La Iglesia del continente está preocupada por el medioambiente y las personas víctimas de su deterioro y la avidez de los grandes propietarios. El papa Francisco en una Exhortación apostólica reciente afirma: “Reconocemos que, tristemente, en la Amazonía hay muchos mártires. Los crímenes no son aislados, sino una parte de una mentalidad depredadora que no respeta los derechos de las comunidades originarias ni la protección de los territorios. Las comunidades cristianas están llamadas a acompañar estas luchas y a levantar la voz contra estas injusticias” (Querida Amazonía 46).
En lo inmediato, urgimos saber qué ha ocurrido con Julia Chuñil. ¿Quién la mató? ¿A quién pudo beneficiar su asesinato?
Nota: En Brasil, el año 2005, el hacendado Vitalmiro Bastos de Moura fue condenado a 30 años de prisión como mandante del crimen de Dorothy Stang. En mayo de 2008, en un segundo juicio, Moura fue absuelto de los cargos. Por segunda vez fue imputado y nuevamente condenado en 2010 por 30 años.
El Documento final del Sínodo sobre la sinodalidad dejó a medio camino la autogeneración de la Iglesia a partir de las comunidades eclesiales de base o de las pequeñas comunidades adscritas a las parroquias. Esta es una carencia que debe ser subsanada. De lo contrario, estas comunidades seguirán padeciendo ellas mismas —y no solo los laicos singularmente considerados— el clericalismo que asfixia a la Iglesia.
Visto el documento desde abajo, es decir, desde las comunidades que constituyen una parroquia, se aprecia que las conclusiones se ocupan más bien de las relaciones entre las instancias superiores, pudiendo las inferiores, a lo más, quitarles poder. Las comunidades pueden ocupar un lugar importante en el consejo de una parroquia. Esto, sin embargo, no quiere decir que se las reconozca como tales.
Lo que está en ciernes es que las comunidades sean la célula primera de la institucionalidad que las hace posibles. Evangelii gaudium (28) pide que la parroquia sea “comunidad de comunidades”; y Puebla valoran que las “comunidades que hacen presente y operante el diseño salvífico del Señor, vivido en comunión y participación” (617). Estas convicciones teológicas avalan que la vida de la Iglesia brote desde la base. La Iglesia no es una empresa ni un Estado: es fraternidad. Esta fraternidad se logra en la medida en que sus miembros actúan como adultos capaces de organizarse en comunidad; la comunidad que crearon o a la cual llegaron a pertenecer porque se les aceptó como protagonistas, y no como personajes de reparto.
Las comunidades mismas son la Iglesia. En ellas la Tradición está viva. Son el espacio en que naturalmente el Evangelio se transmite persona a persona. Hay que entender que muchas veces su existencia es delicada. Las interferencias externas las amenazan de muerte o convierten a sus integrantes en gente pusilánime, cristianos podados de espíritu profético.
Insisto: las comunidades han salido mal paradas en el Sínodo. Los párrocos conservan un enorme poder sobre ellas. ¿Alguien abogó por su autonomía en el Sínodo? A ellas no les interesa ser independientes. No he sabido de alguna que haya dejado la parroquia. Pero quieren, y necesitan, ser reconocidas en su dignidad y originalidad, y agradecen la ayuda que pueda dárseles porque son frágiles. Se benefician de la comunión con las parroquias, las veces que esta no las uniforma con sus planificaciones ni las fuerza en planes que les quitan las pocas energías que tienen.
La accountability de que tanto se habla debiera comenzar al interior de las mismas comunidades. Que estas den cuenta al párroco de sus actividades también es importante, nadie puede discutirlo. Pero, ¿puede este, por ejemplo, tener la última palabra en la designación de sus autoridades? El párroco, antes que fiscalizarlas, ha de cuidarlas, apoyarlas y fomentar sus iniciativas para cumplir su misión de evangelizar su entorno. Así se es Iglesia “en salida”, en vez de un centro de operaciones o agrupación de fieles, de satélites que giran en torno al sol.
El proceso sinodal, no obstante este déficit, es un signo de esperanza. Es un gran paso adelante para que la Iglesia llegue a constituirse en Pueblo de Dios, que fue voluntad determinante del Vaticano II. Sería necesario que, en coherencia con este espíritu sinodal, se introduzcan enmiendas canónicas que permitan avanzar en esta dirección. Pero el Documento final del Sínodo no llega suficientemente lejos.
El clericalismo se ejerce contra personas, laicos y clérigos, pero también contra comunidades enteras. Lo que se necesita es regenerar la Iglesia de abajo hacia arriba. Tal vez algún día ellas lleguen a tener voz en la elección de su párroco. O, al menos, se les permita librarse de uno que las maltrata. Pues unos párrocos las cuidan paternalmente, pero otros las humillan con hechos o en virtud del mero derecho canónico.
Cuando los laicos sean adultos y las comunidades sean respetadas en su originalidad, la sinodalidad comenzará verdaderamente. Hasta aquí es un deseo que la Iglesia está llamada a convertir en realidad.