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Formación del clero en clave sinodal

La Iglesia sinodal ha dado un paso adelante importante. El Grupo 4 de estudio al que el Sínodo de obispos delegó el tema de la formación del clero entregó al Papa un documento final. Este habrá de servir para actualizar las normas de la Ratio formationis institutionis sacerdotalis de 2016 e incidir en las normas de las varias diócesis. Si este documento llega a cumplir este propósito, se habrá podido avanzar en una materia clave para la aún pendiente recepción del Vaticano II. Pues, si la aceptación del Concilio durante sesenta años ha dependido en gran medida de los presbíteros, innovar decididamente en la formación clerical equivale a dar en el blanco.

El documento radica esta formación en el Pueblo de Dios. Sabemos que este título exige a los cristianos que, para anunciar el Evangelio, entiendan que en la Iglesia el bautismo es más importante que el sacramento del orden, pues este está al servicio de actualizar la índole sacerdotal de todos ellos y ellas. La novedad del documento estriba en exigir de la formación que los seminaristas se relacionen en términos horizontales con todo tipo de personas. Las relaciones han de formarlos. La indicación es poderosa. De ella pueden sacarse muchas consecuencias. En lo inmediato, el documento pide numerosas conversiones, es decir, pasos de las relaciones asimétricas a simétricas, entendiéndose que las relaciones pastorales —gobierno, celebración y enseñanza— han de ser funcionales a las relaciones personales ad intra y ad extra.

En nuestras palabras, un seminarista no debiera creerse superior a nadie. Ha de llegar a entender, en virtud de aquellas conversiones, que en la Iglesia no hay carismas más importantes, pues la persona que cumple la función de leer el Evangelio en la Eucaristía no es mejor que la que barre la capilla, nos recordaría san Pablo. Cada uno pone lo suyo. Los carismas son varios. Cada bautizado contribuye con el propio. No es imaginable que uno funcione sin los demás.

El atentado mayor contra la sinodalidad —lo sabemos— es el clericalismo, como se cansó de repetir el papa Francisco. El documento en comento, enfocado en la consecución de una Iglesia sinodal, demanda de la formación del clero una capacitación para la comunión y la participación en el cumplimiento de una misión que no tiene servidores de primera y segunda categoría. En esta Iglesia, Pueblo de Dios, todos han de sentirse igualmente responsables y discernir en conjunto qué significa en el presente el advenimiento del Reino.

Un punto especialmente importante del documento es exigir de los seminaristas desarrollar la capacidad de relacionarse con las comunidades, las familias, las personas y los pobres. Aun antes de ser aceptados en el proceso formativo, los seleccionados han de haber tenido relaciones de este tipo. La principal formación —podría decirse— ha de provenir de la interacción que los futuros ministros establezcan con todo tipo de personas y con los demás bautizados en particular. Los laicos han de tener una palabra que decir en todas las etapas del proceso. Incluso han de participar en la decisión de la ordenación presbiteral. ¿No debieran tener un voto dirimente si los que han de ser ordenados serán puestos a la cabeza de sus comunidades?

El documento se aleja decisivamente del Concilio de Trento en un punto clave. El tridentino procuró —y en gran medida resolvió— el problema de un clero ignorante y corrupto. Trento organizó la formación de los ministros: los resguardó del mundo, les hizo estudiar, les exigió la santidad y los enfocó en una celebración digna de la Eucaristía. El Vaticano II, sin descartar el valor que el seminario tridentino tuvo durante casi quinientos años, quiso poner a los formandos en contacto con el mundo real. Optatam totius y Presbyterorum ordinis movieron las piezas en esta dirección. Quedó pendiente que estos decretos conjugaran sus innovaciones con las de Lumen gentium y Gaudium et spes.

Dicho en breve: el documento ha tomado en serio la voluntad de la Iglesia de querer ser Pueblo de Dios.

¿Escuelas vigiladas o escuelas educadoras?

Las voces que he oído estos días en el mundo popular expresan una inquietud que no puede
desoírse. Hay miedo. Hay violencia en las escuelas. Y hay padres, profesores y trabajadores
que sienten que el ambiente, en muchos casos, se ha vuelto derechamente atemorizante. No
es una exageración. Es una experiencia cotidiana.

Ante esto, surgen propuestas que buscan asegurar la protección de los niños y de
toda la comunidad escolar. Algunos sugieren medidas similares a las de los conciertos, los
estadios o aeropuertos: detectores de metales, revisión de mochilas. Una madre que trabaja
en la educación me dice con claridad: “si un niño violento agrede a su hija, la pregunta
inmediata será por qué la escuela no hizo nada”. La violencia —psicológica, verbal y física—
existe, y no solo afecta a los estudiantes. También a profesores, auxiliares, directivos. En su
testimonio aparece incluso una rectora que dejó de atender presencialmente por miedo a ser
agredida. La situación es grave. Y la preocupación de los padres es razonable.

Sin embargo, no todos están de acuerdo con estas medidas. Un dirigente poblacional
advierte que pueden vulnerarse derechos fundamentales, especialmente tratándose de
menores de edad. “¿Bajo qué criterio se decide a quién revisar y a quién no? ¿Qué tipo de
sociedad se configura cuando la sospecha se instala en la entrada de una escuela?”. La
comparación con los aeropuertos no es del todo pertinente: allí los usuarios son adultos que
consienten ciertas condiciones. En un colegio, en cambio, se trata de niños, incluso de
kínder. La distinción es relevante.

Además, estas medidas pueden abrir una discusión más amplia, ya conocida en el
país: la de la detención por sospecha. ¿Se revisará más a quien viste de cierta manera, a quien proviene de ciertos sectores? El riesgo de discriminación no es menor. Y, como señala el
mismo dirigente, hay un trasfondo más profundo: “una sociedad que, frente al miedo, está
dispuesta a ceder derechos a cambio de seguridad”. Las encuestas lo confirman. Y en ese
terreno, las respuestas tienden a ser cada vez más policiales.

Pero, en medio de estas posiciones, hay una convicción que no puede perderse: es la
educación la que está fallando. Así lo expresa con fuerza un psicólogo experto, quien vive
también en el mundo popular, quien ve en estas propuestas no solo una respuesta
insuficiente, sino el signo de un fracaso más hondo: “la incapacidad de abordar el dolor de la
infancia y la juventud, del cual la violencia es solo un síntoma”.

Por eso, antes de multiplicar los dispositivos de control, convendría preguntarse por
las causas. ¿Qué está pasando en las familias, en las comunidades, en las escuelas mismas?
¿Por qué los vínculos se han deteriorado al punto de que la agresión parece una salida
posible? Lo dice el mismo dirigente: “es necesario volver a conversar, a conversar y a
conversar. No hay atajos para recomponer el tejido social”.

Cabe, entonces, una advertencia. Una sobrerreacción —por comprensible que sea—
puede terminar reforzando la sensación de vivir en una sociedad histérica y peligrosa, donde
la única salida es la vigilancia permanente. Y en ese camino, los más pobres corren el riesgo
de ser tratados como sospechosos antes que como niños que necesitan ser educados y
cuidados.

Se trata, en definitiva, de no perder el horizonte. La seguridad es necesaria. Pero una
escuela no puede convertirse en un espacio de control policial sin renunciar a su misión más
propia: educar. Y educar supone algo más difícil, más lento y más decisivo: formar personas
capaces de convivir, de respetar y de reconocer al otro como un hermano.

Las familias cristianas

El cristianismo no tiene una única manera de ser familia. No tiene por qué tenerla. Lo fundamental, en su caso, es que cualquier forma de familia incorpore los valores del Evangelio.

A lo largo de dos mil años, el cristianismo ha procurado vivirse en diversas formas de familia. Lo decisivo ha debido ser siempre la primacía del Reino de Dios. Llama la atención que Jesús, en los episodios que se refieren a estos vínculos, sea a menudo exigente. Recuerda Marcos sus palabras: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?… El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3,31-35). Lucas recuerda una exhortación suya que estremece: “Si alguno viene a mí y no ‘odia’ a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas… no puede ser mi discípulo” (Lucas 14,26). Estas expresiones no se pueden tomar al pie de la letra. Son metafóricas. También está esta otra, en la cual Jesús relativiza el vínculo con su madre: “Mientras él decía esto, una mujer de entre la gente levantó la voz y dijo: ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’”. Para Jesús lo que realmente cuenta es otra cosa: “Pero él respondió: ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’” (Evangelio de Lucas 11,27-28).

Los chilenos y chilenas llaman “familia” a las agrupaciones humanas que, en innumerables casos, giran en torno a las madres. Suele suceder, además, que un matrimonio cría hijos de relaciones anteriores. La familia popular se va constituyendo a lo largo de los años. La casa propia suele ser lo último. Pero una mediagua en un campamento también puede servir.

Bajo este techo u otro, en estas familias lo que cuenta es, sobre todo, el amor. Este constituye la reserva moral que permite ayudarse y cuidarse mutuamente. También lo son la amistad y la solidaridad con los vecinos, cuya precariedad de vida obliga a estrechar los vínculos. Se trata de ganarse el “pan de cada día”, de aspirar a que los hijos tengan una buena educación, de educar en la honestidad y de generar relaciones de confianza. El respeto es igualmente importante, así como la comunicación. Es necesario poner límites, evitar un callejeo excesivo y las malas juntas, acoger a niños que han quedado solos en la población, recibir a familiares que no tienen dónde vivir y transmitir la fe a los hijos.

La Iglesia valora al máximo estos esfuerzos. Por eso, en las eucaristías, personas que no han podido casarse por la Iglesia participan también de la comunión. Si la Iglesia no fuera para los pobres, no sería cristiana. Bajo el techo de sus humildades capillas, todos caben.

En una perspectiva cristiana, si el Estado quiere generar políticas públicas para apoyar a las familias chilenas, convendría comenzar por conocer lo que los pobres valoran para sostener sus familias. Aprender de ellos y apoyarlos en lo que parezca necesario, y reunir, como prioridad, los recursos para hacerlo.

¿Murió Jesús, no murió…?

Jesús desenmascaró el engaño de su tiempo: la falsía religiosa. Esta no soportó su insolencia. Lo mató. ¿Murió?

Se dice que Jesús logró huir al Tibet, que murió de viejo, que se lo comió el Yeti… ¿Sí? No, ¡leseras!

En el Israel de esa época, dos grandes instituciones regían la vida de las personas: la Ley y el Templo. Ambas vías hacían accesible a Dios. Ambas eran exigentes al pedir amor a Dios y al prójimo. Pero el cumplimiento de la Ley, pedido por los fariseos, se había vuelto agobiante. Nadie habría sido capaz de cumplir con los innumerables preceptos generados por ellos para cumplirla. Cumpliéndola, eso sí, se obtenía ubicación y prestigio social.

El Templo, a su vez, estaba en manos de los sacerdotes pertenecientes a la clase de los saduceos, la aristocracia de Jerusalén. De estos dependía la realización de los sacrificios gratos a Dios. El “pero” era que habían convertido a Dios en su “producto”. El mercadeo se hacía en los atrios del Templo. Los sacerdotes, a través de subcontratados, vendían a los peregrinos los animales para los sacrificios. Estos debían ser puros. Pero solo ellos vendían animales puros. Monopolio. Además, otros intermediarios cambiaban monedas romanas por judías. Pero en el lugar sacro no podía pagarse con dinero pagano. El negocio de los cambistas también les pertenecía. Cartel. Todo esto sin contar los impuestos que cobraban los mismos sacerdotes. Un sistema mafioso. Si lo propio de la mafia es generar una mentalidad que naturaliza prácticas indebidas, el Templo operaba porque representaba y reproducía un mundo de autores, cómplices, encubridores y de víctimas inocentes, obligadas también estas a hacer funcionar el mercado religioso. María y José no pudieron no ofrecer en el Templo dos pichones en agradecimiento a Dios por el nacimiento de Jesús.

Hoy no sucede así. Sin embargo, pueden darse semejanzas. Porque la tentación de usar a Dios, de venderlo, es tan antigua como los ídolos y siempre tendrá futuro. La lógica mercantil del “pasando y pasando” puede infiltrarse en la fe de la gente: “me porto bien, Dios no me castiga; me va mal, es que algo hice”. Pero la lógica mercantil es exactamente contraria a la lógica del Dios judeo-cristiano. El amor es, por definición, gratis. Dios ama a los pobres que no tienen con qué comprar y perdona a los pecadores que no pueden jactarse ante nadie de sus buenas obras. Por esto, el cristianismo debiera ser “gratis”. Por esto caben protestas como la canción de Sui Generis: “Dios es empleado en un mostrador: da para recibir”.

Jesús, dicen las Escrituras, sacó a latigazos a los comerciantes del Templo. Arruinaba así un gran negocio. No atacaba tan fuertemente a los vendedores de palomas como al sistema y la mentalidad mercantil que habían traicionado la fe de Israel. Se sabe que esta fue la gota que rebalsó el vaso. Lo mataron. ¿Lo mataron?

Dicen también las Escrituras que su última expresión en la cruz fue un grito. Gritando, se hizo diputado de los que claman agobiados por deudas monetarias o por deudas morales. A Dios nadie le debe nada. Por esto, la Iglesia ha de acoger en primer lugar a quienes no tienen nada que intercambiar. Cuando lo hace, queda bien claro por qué mataron a Jesús.

¿Lo mataron? Sí. Pero vive.

El sacrificio de Jesús

Cualquier persona que haya sufrido sabe que el sufrimiento no tiene justificación. Sin embargo, los cristianos recuerdan y celebran un hecho doloroso: la cruz de Jesús. ¿Por qué? ¿A quién pudiera agradar el sufrimiento de Jesús? ¿A Dios? ¿Qué Dios? ¿No se presta la cruz para legitimar dolores y sacrificios humanos muy abominables?

Es delicado hablar del valor del sacrificio. No por nada esta palabra se ha desprestigiado. Pensemos en el sacrificio de generaciones de esclavos que hicieron posibles civilizaciones grandiosas: Grecia, Roma… Para nuestra mentalidad moderna, el más aberrante de los sacrificios ha podido ser la inmolación ritual de seres humanos para calmar la ira de Dios y granjearse sus beneficios. Pero el mundo moderno ha sido más cruento que cualquier religión arcaica. Recordemos el Holocausto de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, los crímenes de Stalin o la explotación capitalista. ¡Cuánto sacrificio forzoso e injusto!

También el cristianismo ha desprestigiado la palabra sacrificio. Todos los sufrimientos que los cristianos, en dos mil años, han infligido a otros en nombre de Cristo –¡qué bueno que un Papa pida perdón por ellos!– ocultan el significado de la cruz de Jesús. En esta larga historia, hay que notar un hecho especialmente grave. Durante el segundo milenio y hasta hoy día, se introdujo en la Iglesia una tergiversación muy grave del sentido del sacrificio de Cristo: Dios, como un ser ofendido y justiciero, habría exigido la muerte de su Hijo como pena por el castigo que la humanidad merecía por su pecado. En otras palabras, que Dios habría salvado a la humanidad a cambio de que un hombre le fuera sacrificado. No sería raro que esta imagen macabra de Dios haya servido para justificar lo injustificable: el sufrimiento humano.

El sentido del sacrificio de Cristo, sin embargo, es exactamente el contrario. En coherencia con su historia de entrega a los demás, el hombre que sacrifica libremente su vida en la cruz es Dios mismo que, cuando ama, ama con todo y no en parte; que no da algo, sino a sí mismo y por entero. El sacrificio del hombre Jesús, en vez de compensar a Dios, constituye la entrega de Dios para compensar, sanar y realizar a la humanidad, la más querida de sus criaturas. Toda la vida de Jesús no es otra cosa que consuelo de Dios para el hombre o la mujer que sufre, perdón por sus errores, curación de sus enfermedades, solidaridad con las víctimas inocentes; en una palabra, amor extremo. El castigo que Jesús sufre en el Gólgota no le viene de Dios, sino de los hombres. Ese castigo es la consecuencia última de la maldad humana, no divina. Dios no castiga. Dios no necesita que nadie sea castigado o sacrificado para salvar. Dios es omnipotente: ama gratis. Es la humanidad la que ha necesitado que Dios se sacrifique por ella, que llore en su lugar y que en su lugar cargue el peso que la agobia. Todo sin esperar nada a cambio.

A Dios sólo le agrada el amor: el de Jesús y el nuestro cuando consiste en amarnos unos a otros como Jesús nos ha amado. Dios nos regala a Jesús, pero no es sádico. Jesús nos da su vida, pero no es masoquista. Dios goza con nuestra liberación del mal y del dolor. Goza toda vez que prolongamos el sacrificio de Jesús: sacrificándose los padres para que los hijos tengan mejor educación (sin sacarles en cara nada), ofreciendo el perdón a los enemigos (que, arrepentidos de ofendernos, no pueden, empero, restituir), dando a los pobres “hasta que duela” (como diría el Padre Hurtado) o simplemente padeciendo con los que padecen.

¿Hasta dónde se entiende el sacrificio de Jesús? No sé. Pero en Semana Santa los cristianos recuerdan y celebran la resurrección de Jesucristo crucificado: no el dolor, sino el triunfo del amor sobre el dolor; el dolor del amor que triunfa sobre el pecado.

¿Por qué los cristianos besan la cruz?

Cualquiera razón meramente histórica de la muerte de Cristo es insuficiente para explicar el misterio de la salvación. Sabemos que su muerte ha sido bastante más que un divertimento cruel de los que abusaban del poder. Consta que tampoco fue un error judicial de quienes lo habrían confundido con un revolucionario. Otras informaciones sobre su pasión pueden ser muy interesantes, pero a nadie le harán cambiar de vida. Esta muerte nos toca porque tiene un lugar central en el designio de Dios.

Pero, inevitablemente nos preguntamos: ¿cómo ha podido Dios querer la muerte de su Hijo? La única manera de zafarse de la posibilidad de entender la cruz como un acto macabro del Padre es, sin embargo, volver a tomar en serio la historia: habiendo sido Jesús eliminado por anunciar el reino de Dios a los pobres, Dios ha inaugurado este reino mediante la muerte y resurrección de Jesús. Es muy complejo explicar la articulación de la razón “eterna” con las razones “históricas” de la cruz. Toda interpretación queda expuesta a debate. Pero lo que no está en discusión es que la peor de las explicaciones es la que sirve para justificar las cruces humanas de cada día y la miseria del mundo, en el entendido que Dios tendría algún secreto derecho para castigar o hacer sufrir a sus criaturas.

Vistas las cosas “desde la historia”, no cabe duda que a Jesús lo crucificaron por lo que dijo y por lo que hizo. Haber proclamado el reino de Dios a los miserables, a los endemoniados, a los cojos, a los ciegos, a los leprosos, a las mujeres; haber compartido la mesa con gente de mala vida, publicanos y prostitutas, constituyó una provocación abierta a los que, procurando la santidad de la nación, marginaban exactamente a estos que Jesús acogía, sanaba y declaraba bienaventurados (Lc 6, 20). Con cada gesto, con cada palabra que Jesús pretendió reintegrar a la comunidad a los que los fariseos y saduceos consideraban pecadores (porque no cumplían los centenares de prescripciones legales y rituales para observar la Ley), disputó a ellos el poder para hablar y salvar en nombre de Dios. Siempre será posible debatir sobre tal o cual elemento de la trama histórica que condujo a Jesús a la muerte, pero sin duda su opción por los pobres debió ser vista por los “justos”, los ricos y las autoridades como un peligro para la estabilidad religiosa y política de Israel.

Vistas las cosas “desde la eternidad”, la muerte de Jesús es la consecuencia necesaria de la Encarnación del Hijo de Dios en un mundo injusto (porque margina) e hipócrita (porque usa de la religión para marginar). La salvación que a través de la resurrección de Cristo Dios ofrece a toda la humanidad (1 Tim 2, 4-6), presupone y es el efecto último de que en María el Verbo no sólo “se hizo carne” (Jn 1, 14), sino que más precisamente “se hizo pobre” (2 Cor 8, 9). Identificándose con las víctimas del pecado, solidarizando con la humanidad atormentada antes y después de él, Jesús ha sido constituido, de modo incipiente en esta historia y definitivamente en la vida eterna, principio de rehabilitación para los despreciados por pecadores y de perdón para los considerados justos. ¿Quiénes? Todos, aunque diversamente: el Padre de Jesús no excluye a nadie, pero incluye al revés, a partir de los últimos y no de los primeros. En esta óptica se evita entender en términos de revancha las palabras de María: “a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc 1, 53) y otras expresiones parecidas, abundantes en la Sagrada Escritura.

La vida cristiana consiste en reproducir la vida de Cristo, en responder con hechos a preguntas como “qué haría Cristo en mí lugar” (P. Hurtado). Como hijos que proceden del Padre y retornan al Padre por el camino abierto por Jesús y la inspiración del Espíritu Santo, poniendo en juego la propia humanidad mediante un empobrecimiento que enriquece a los demás, los cristianos testimonian hoy en un mundo materialista y egoísta que su “historia” de generosidad tiene un valor “eterno”. Jesús reveló que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). En Semana Santa los cristianos besan la cruz porque creen que el amor es divino cuando alivia el sufrimiento humano e impide su justificación. Tan divino que, venciéndonos, nos hace humanos con la humanidad y pobres con los pobres.

¿Puedo hablar de Dios?

Todo está de moda, menos Dios.

Esto que digo puede sonar a provocación. No quiero que lo sea. Tómese mejor como un recurso literario para llamar la atención de las audiencias que puedan interesarse esta Semana Santa por Cristo.

Con permiso. Tengo algo que contar.

Me encontraba a cielo raso contemplando las estrellas en el campo. No me di cuenta. Me había sentado en una silla de mimbre. Me levanté y un clavo saliente me rompió mi pantalón granate, el más querido. ¿Botarlo o comprarme otro? Decidí repararlo. Fui a una costurera conocida. “Las telas ya no son las de antes”, me dijo algo molesta por las importaciones de telas acrílicas. “Sí, por supuesto que se puede reparar”. Ella es evangélica. Me vino a la mente la importancia teológica de la palabra “reparación”. Siguió la conversación. “Soy modista. Estudié para modista. Ahora remiendo, no más”. Volví la semana siguiente. Dejó el pantalón con una cicatriz, pero lo salvamos del tarro de la basura. Dirán incluso que está de moda. ¿Un cura de moda? No, el pantalón. “Adiós, hermana”. “A Dios”.

Volví a la casa meditando. Llegué a esta idea: “Dios reparó a su hijo crucificado”.

Una dimensión de lo que los cristianos han llamado “salvación” es la reparación. De nada sirve que alguien diga “pequé” y se golpee el pecho. La Iglesia le exige que, si puede, haga algo por reparar el daño causado. El autocastigo no remienda nada, aunque la misma Iglesia, equivocadamente, lo ha solicitado. La enseñanza más ortodoxa de la Iglesia va por otra parte. Si robas, “restituye”.

Vuelvo al crucificado. Lo hicieron pedazos. Su cadáver quedó destrozado. Se deshicieron de él. Pero el Padre de Jesús —podríamos decir— lo sacó del vertedero y, al devolverle la vida, para que no se olvidara el crimen de Estado, le dejó las cicatrices. Las y los cristianos, por siglos, han besado esas llagas que ya no supuran. Les recuerdan que todo tiene arreglo en la vida.

Es difícil hablar del Cristo crucificado. Las representaciones de su pasión suelen ser odiosas. Tampoco es fácil hablar del resucitado. ¿Resucitar a qué? Hay imágenes que ayudan, pero pocas contribuyen a identificarse con el Jesús cuya caridad sus discípulos imitaron y conmemoraron en las cenas en que compartían el pan. Conocí en el País Vasco una talla de Cristo crucificado sonriente. En su muerte se anticipaba la alegría de su resurrección. Allí estaban los orificios de los clavos como memoria de su entrega final. Ante él, quienes recuerden su vida sabrán que para el Padre de Jesús todo tiene arreglo y más.

Dios no está de moda. La Iglesia tampoco. ¿Debe estarlo? No es la moda la que importa, sino el modo. ¿Cuál? El del Buen Samaritano. Jesús fue recordado por parábolas como la de este extranjero que encontró por el camino a un desconocido malherido, lo llevó a un hospicio para que fuera curado e incluso pagó la cuenta. La Iglesia no pretende estar de moda cuando repara personas y vidas destruidas en la infinidad de voluntariados que los cristianos han creado desde hace cientos de años para achicar daños de todo tipo. Tampoco ha estado de moda, al contrario, cuando ha denunciado la cultura del descarte, diría el Papa Francisco, y, más aún, las veces que ha defendido a las víctimas de sociedades injustas como la nuestra.

Semana Santa puede ser una buena noticia para quienes tienen penas que parecen irreparables y heridas de muy difícil cicatrización. ¿Habrá quienes procedan como el Padre de Jesús? Tal vez los jóvenes —que consideran que la Iglesia es una institución decadente—, si acudieran allí donde ella se desempeña como la Iglesia que acoge, repara, cose y cura. Los jóvenes, y también los demás.

Los ojos y la visión

Con los mismos ojos con que vemos cosas, podemos ver lo que es invisible en las cosas mismas: su alma. Las cosas o fenómenos tienen alma; hay en ellos algo a punto de revelarse a quienes han sido dotados de ojos que ven más. Los animales ven, pero no tienen visión. Dicen que no tienen visión, aunque, para ser precisos, seguirá siendo un misterio si la tienen o no. “¿Los perros tienen alma?”, pregunta al profesor un niño en la escuela. “Tiene razón de ser”, responde el maestro: “Visión, probablemente no”. En todo caso, sabemos que en la especie humana mucha gente no se da cuenta de lo que hay en el fondo mismo de la realidad.

Con los ojos hacemos conexiones trascendentes: inventamos mundos completamente nuevos e inimaginables. Hacemos que los seres conversen entre ellos. Demos la palabra a Simone de Beauvoir:

“De nuevo era única y era exigida; mi mirada era necesaria
para que el rojo del haya encontrara el azul del cedro y la
plata de los álamos. Cuando me iba, el paisaje se deshacía,
ya no existía para nadie: no existía en absoluto”
(Mémoires d’une jeune fille rangée, Paris, Gallimard, 1958, 55).

Nadie pudo hacer esta vinculación más que ella. Ninguno, aunque podamos entender de qué se trata lo que ella cuenta, pues también los demás establecemos nexos inéditos entre lo uno y lo otro. Por cierto, puede darse que logremos compartir nuestra misma visión de la realidad con otras personas e inventar juntos un mundo que nos amiste y nos gobierne por igual. Las religiones cumplen esta misión. Nos unen, nos reúnen y nos obligan a compartirnos, como si dependiéramos o debiéramos depender unos de otros. Al interior de la realidad, allí donde aloja su razón de ser, hay algo visible para los ciegos, aunque no necesariamente para todos. Ocurre, además, que los que dicen ver no ven.

Volvamos a los orígenes: uno vio y convenció a otro, y este a los demás. En alguien se activó la perspicacia y enseñó su secreto a sus congéneres. Miraron y vieron. En el universo titiló algo completamente nuevo. Como caso único en la cosmogénesis, unos animales regeneraron el cosmos con los materiales que heredaron o recogieron por el camino, huyendo de otros animales que se los querían comer. Hasta entonces habría predominado entre ellos el Cronos; a partir de aquel día, la nueva especie convirtió el cronos en tiempo para amar, para hacer fiestas, duelos y pedir perdón por sus pecados. Los minutos y las horas devinieron algo más que números sucesivos: en existencias terrícolas de millones de años irrumpió la eternidad. Por poner un ejemplo, los seres humanos miraron y vieron que, en nueve meses, en una primeriza se anticipaba el cielo y que en otra se avistaba el infierno. Los mismos nueve meses podían vivirse bendiciendo o maldiciendo.

Perspicacia puede llamarse esta capacidad para darse cuenta de estos detalles. Sin ella, la humanidad no progresa en humanidad. Otro ejemplo: muchos creyeron que Cristo era el secreto del cosmos. Poco a poco, los cristianos inventaron un mundo que se apagará cuando, como en el caso de Simone, se cierren nuestros ojos y se apague la última de nuestras miradas.

¿HACIA UNA DESACERDOTALIZACIÓN O UNA RESACERDOTALIZACIÓN?

Para entender la situación de la Iglesia Católica en Chile, es necesario remontarse —nada menos que— a la historia de la relación entre sus autoridades y el laicado desde los inicios del cristianismo.
La Iglesia de los inicios del cristianismo reivindicó el sacerdocio para el Pueblo de Dios en su conjunto, pero evitó que sus ministros fueran llamados sacerdotes para no confundir su oficio con el de quienes habían asesinado a Jesús. Lo que había eran presbíteros que guiaban humildemente comunidades y presidían “la fracción del pan”.

Expandido el cristianismo por el Mediterráneo y habiéndose convertido en la religión imperial, se llamó sacerdotes a los presbíteros. Progresivamente, los ministros de la Iglesia trataron a sus autoridades como “hombres sagrados”. Estos hicieron pasar por su persona la acción sacramental y la enseñanza de la Iglesia.


El Concilio de Trento (siglo XVI) reforzó esta sacralización del clero. Quiso poner orden en su formación. Erigió seminarios cerrados, restringió la relación de los seminaristas con el mundo, los instó a buscar la santidad, ordenó sus estudios y los preparó especialmente para el sacrificio eucarístico por el perdón de los pecados. La Biblia llegó a ocupar un lugar en el índice de los libros prohibidos.

El Vaticano II (siglo XX), por su parte, exigió a los ministros ordenados conocer mejor la Palabra de Dios, desarrollar una evangelización de la cultura y cultivar una actitud dialogante con los contemporáneos. La participación de los fieles en la liturgia exigió a los presbíteros mirarlos a la cara y abrió la posibilidad de dejar el latín para participar en la misa en un lenguaje comprensible. Además, quiso que los ministros no fueran llamados sacerdotes, sino presbíteros. En otras palabras, impulsó una desacerdotalización de la Iglesia católica. El Concilio reasignó el sacerdocio a todo el Pueblo de Dios. En la Iglesia del Vaticano II, lo fundamental habría de ser el sacramento del bautismo —compartido por el clero y el laicado— y no la relación asimétrica entre los presbíteros y los laicos establecida gracias al sacramento de la ordenación de los ministros.

¿En qué está la Iglesia chilena? El proceso de desacerdotalización comenzado por los años sesenta no tiene que ver hoy tanto con las rectificaciones introducidas por el Vaticano II como con una disminución acelerada del clero y, en particular, con una sequía sostenida de las vocaciones presbiterales. Hace poco hubo en Chile nueve seminarios. Quedan tres. En el clero diocesano y religioso, las vocaciones al presbiterado menguan aceleradamente. De mantenerse la tendencia, en cincuenta años prácticamente no habrá clero en Chile. La Iglesia que quede, de seguir así las cosas, no pasará más por personas consagradas.
La otra posibilidad —que se está dando en otros países latinoamericanos, en Europa y en EE. UU.— es una resacerdotalización. En estos lugares vuelven las sotanas; la conversión del pan y el vino resta centralidad a la Palabra en la misa; se renueva la adoración de la hostia consagrada; y los ministros tienden a condenar al mundo en vez de discernir en él la presencia de Dios. No es de excluir —pues nadie puede predecir— que se dé en Chile un retorno de las vocaciones, pero que, una vez más, vuelva a formárselas en los marcos del Concilio de Trento.

En ambos casos, sea que se acentúe aquella desacerdotalización por extinción del clero como por una resacerdotalización de corte tridentino, la pregunta clave es si acaso se dará un cristianismo laical.
Es así que, para los laicos, se entreven dos posibilidades: nuevamente serán víctimas de sacerdotes que los tratarán como menores de edad; o, sin curas, decidirán ellos mismos quiénes serán sus autoridades, regularán su formación y nutrirán su cristianismo con testimonios vivos del Evangelio.

Entre una desacralización y una resacralización se dará, en fin, una tercera alternativa. A saber, que el laicado no haga nada para detener la erosión de la Iglesia y deje caer el cristianismo.
En los últimos años se advierte que se atenúa la justa indignación y rebelión de los laicos con las autoridades eclesiásticas por razones como los abusos de los curas. Pero, miradas las cosas con más atención, a muchos católicos la situación de su Iglesia ha comenzado a darles lo mismo.

En la Iglesia Católica en Chile, los laicos tienen la palabra.

PERIJÓRESIS

Perijóresis originaria

En el campo de la teología se ha utilizado la expresión perijóresis para referirse a las relaciones intratrinitarias: el Padre está en el Hijo y en el Espíritu; el Hijo está en el Padre y en el Espíritu; el Espíritu está en el Padre y en el Hijo. Entre ellos se da una compenetración y una comunión.

¿Es posible imaginar algo así? Sí, es muy fácil, al menos por analogía. Una madre está en su hijo y en el hijo está la madre. ¿O no? Lo estarán para siempre. Incluso si la madre o el hijo mueren, uno ocupará en el otro un lugar indeleble en su memoria y en su corazón.

La perijóresis, en el caso de Dios, también expresa que la relación entre las personas divinas no anula su diferencia. El Padre, por ejemplo, no es el Hijo. Muy por el contrario, la relación crea y refuerza esta diferencia. Dios es Padre porque tiene un Hijo. Jesús, por decirlo así, llegó a creer que Dios era su Padre y por eso lo llamó Abbá (“papito”). Esta convicción brotó de su experiencia espiritual. El Espíritu le fue revelando, en la medida en que el niño crecía, que era un Dios-Padre quien le daba a conocer su voluntad. Más aún, Jesús enseñó a sus discípulos a rezar el Padrenuestro para que también ellas y ellos se concibieran como hijas e hijos, y tuvieran con el Padre la misma relación que Jesús tenía con Él.

Hay otra semejanza entre lo que ocurre en la Trinidad y entre una madre y su hijo. Ella es madre. De ningún modo puede confundirse con su hijo ni establecer con él relaciones simétricas; a su vez, el hijo necesita que su madre se comporte de manera asimétrica, con autoridad, hasta que pueda desenvolverse como adulto. La crianza es así. Confundir la identidad de uno y otro arruina todo. El parto ha de continuar: la cercanía tendría que generar autonomía, jamás confusión.

Tanto en Dios como entre los seres humanos las comunicaciones han de ser perijoréticas: las personas se hallan unas en otras gracias a la relación que se da entre ellas. Estas relaciones, cuando son sanas, generan personas más libres y creativas. Malsanas son, en cambio, aquellas vinculaciones que impiden el desarrollo de nuestra originalidad.

Vayamos todavía más lejos. Dios está en su creación y la creación está en Dios; también la vida de las criaturas espirituales, nosotros los seres humanos, consiste en esto. Los seres libres podemos crecer y desplegar nuestra identidad irrepetible en la medida en que mantenemos una relación viva con un Dios que, como el Dios de Jesús, nos ama y desea nuestra realización.

Solo el Creador es Dios: los seres humanos no son divinos. La divinización —como llamaban los cristianos de la Antigüedad a la salvación— tampoco consiste en llegar a ser dioses, sino profundamente humanos. La divinización, que comienza aquí en la tierra y llega al máximo en la eternidad, depende de una estrecha relación con nuestro Padre.

Dios está en su creación, pero no es su creación. El Padre se ha hecho uno con ella en la Encarnación del Hijo, pues este ha sido un ser humano verdadero, y el más verdadero de los seres humanos. En este sentido, Jesús es la mejor de las criaturas. A su vez, su madre María, sin compartir la identidad divina de Jesús, es divinizada desde su concepción en la medida en que el Hijo la lleva en lo más profundo de su corazón. María nos representa como seres humanos y nos indica nuestro destino, pues ella, sin ser divina, llegó a ser “la mejor de las madres” (Oración del Mes de María).

El Hijo encarnado se ha revelado que la creación alcanzará su plenitud, porque en ella el Padre de Jesús, de un modo semejante a como ha sucedido en él, se hace presente como el único realizador de su originalidad. Dios no hace fotocopias. Ninguna de sus obras es igual a otra. Las criaturas en general —las vivas, las inertes y la temporalidad que necesitan para desarrollarse— llegarán algún día a ser ellas mismas en plenitud, porque el Padre de Jesús, gracias al Espíritu, las habita. En tanto compartan la realidad del Cristo resucitado —el más hombre de los hombres y la más mujer de las mujeres (Gál 3, 28)—, Dios no podrá seguir siendo Dios sin sus hijas e hijos. Será Padre para siempre. Una vez que generó el universo y a Jesús en él, nunca dejará de ser Abbá. Dios, desde que comenzó a ser nuestro Padre, lo será para siempre. Y nosotros, hijas e hijos por toda la eternidad.

Ruptura de las relaciones

El antónimo de la perijóresis es la ruptura de las relaciones. Cuando esta ocurre, se deshace el estar-en-el-otro que hacía posible el despliegue mutuo. La ruptura tiene dos expresiones principales; ambas conllevan fracaso y, en último término, muerte, porque allí donde la conexión se interrumpe, la identidad misma se pierde.

Variemos el ejemplo, pensemos en un padre y una hija. Si entre ellos se produce un conflicto que termina rompiendo el vínculo, ambos salen dañados. Dejemos de lado el caso extremo de una hija abusada por su padre, pues, al liberarse de él, puede salvar su psiquis. Otras personas podrán ayudarle a crecer. Aun así, incluso en situaciones menos graves o en cortes ocasionales, la ruptura afecta a los dos: el padre no es del mismo modo padre ni la hija, hija. Algo se pierde o duele en el corazón de él y también en el de ella.

La vida es compleja. No siempre es posible juzgar lo que ocurre en situaciones semejantes, porque a veces ni las propias personas comprenden bien qué pasó o por qué su vínculo se fue corroyendo. Basta preguntar a muchas parejas. Algunas sabrán explicarlo; otras no podrían decir cómo, de un momento a otro, se les hizo imposible seguir juntas. Él ya no pudo estar en el corazón de su mujer sin hacerla sufrir, y viceversa. La separación pudo resultar liberadora y abrir la posibilidad de nuevos compromisos amorosos. Pero, con todo, la ruptura fue lamentable: la alianza había nacido con la intención de durar lo más posible. No se pudo.

Hay, además, una causa particularmente destructiva de la perijóresis: el egoísmo. Este la taladra desde dentro. Quienes siempre llevan las “aguas a su molino” pueden iniciar vínculos, pero, al poco andar, su egolatría o mezquindad termina por arruinarlos. Entonces, ninguna de las partes se realiza en virtud de la otra. El egoísta carece de empatía o, aun teniéndola, no desarrolla la capacidad de hacer crecer al otro. En una comunicación sana, generosa y amorosa —pensemos nuevamente en un matrimonio—, ambos llegan a desplegar su originalidad cuando desean que el otro se realice según talentos que solo él o ella posee, cuando se quieren y colaboran para que eso ocurra.

En las culturas machistas, pasadas o actuales, las mujeres han vivido para su marido. Él desplegaba sus posibilidades, salvo una: la intimidad. La relación íntima excluye el servilismo. El machismo funciona como un sistema esclavista. En sociedades de este tipo, ni el amo ni el esclavo son plenamente humanos, aunque podrían llegar a serlo. Lo serán cuando el servicio —servus, esclavo— sea mutuo. Solo entonces, y no antes, las personas podrán cumplir su vocación.

Del extractivismo a una nueva civilización

El Nuevo Testamento nos habla del comienzo de una “nueva creación”. Con ello se indica que, en el cuerpo del Resucitado y en su virtud, el Padre ha comenzado algo nuevo. Lo antiguo, la creación malherida por el egoísmo separatista, no se perderá. Ella empieza a ser salvada gracias al Espíritu de Jesús, quien ya no llora: ríe. La nueva creación inaugura el tiempo de la alegría, el gozo de las bienaventuranzas, el cumplimiento del Reino de los cielos y el descanso sabático.

La “nueva creación” comenzó, pero todavía está pendiente. Basta tomar un celular y sacarle fotos a Gaia, nuestra Tierra. Estamos convirtiendo a nuestra madre en un vertedero. Hemos llegado a los límites de la sustentabilidad. No podemos seguir habitando en un medio ambiente tóxico. ¿La causa? Digámoslo en un lenguaje ecológico-medioambiental: el extractivismo moderno capitalista. Es una paradoja: la modernidad, a la que debemos una enormidad de adelantos humanizadores, constituye un modo de relacionarnos con Gaia que no da para más. Esta civilización, cooptada por el capitalismo que traga al planeta y nos hace devorarnos unos a otros, como una estrella, chisporrotea y está que estalla. Llega la hora de detenernos e inventar una nueva.

Pues bien, la civilización que necesitamos —debieran saberlo los cristianos— comienza ya ahora, las veces que la humanidad recupera la relación perijorética que armonizará a las criaturas entre sí. Hay mucho por reparar: cables por conectar, contratos que cumplir, divisiones y odiosidades que superar, bienes y territorios que compartir. La explotación social tendría que terminar. La “nueva creación” no es un dogma teológico que solo obliga a los cristianos. Es, sobre todo, un modo regenerativo de estar unos en otros y en la creación que nos resetea incesantemente. Compenetración y comunión: perijóresis. El futuro de la Tierra depende de que cada una de las criaturas pueda contribuir con lo suyo: esto es lo que debieran saber y practicar los cristianos.

Los activistas han sido en esto profetas. El profeta, al menos en la Biblia hebrea, es la voz misma de Dios. Sus palabras rompen y anuncian que Dios viene a salvar. Rompen: por esto son rechazados y ridiculizados. Y siguen. No se amilanan. Es más, ellos, ellas, nos han tirado las orejas, a la vez que han inventado otros modos de relación con Gaia. Han desbrozado caminos con su creatividad.

El Creador nos ha creado creativos. La destrucción de la creación no tiene futuro. Pero sí, y mucho, las relaciones perijoréticas entre las criaturas.