El talante social en la espiritualidad del P. Hurtado

La vocación social del Padre Hurtado tipifica su modo de vivir y de concebir la misma espiritualidad que él comparte con los jesuitas desde San Ignacio hasta nuestros días. Por una parte el talante social de la espiritualidad del Padre Hurtado es expresión de la espiritualidad ignaciana pero, dada su raigambre evangélica y en la medida que es acento original suyo, Alberto Hurtado hace también avanzar la tradición ignaciana.

 Preámbulo

 Creemos que el Bienaventurado Alberto Hurtado es un santo de nuestra época, y así esperamos que un día lo reconozca la Iglesia Jerárquica. Santo, en el sentido fuerte de la palabra: al modo como Cristo fue santo y del modo como Cristo lo santificó. Pero, además, porque pensamos que su santidad es indisociable de la época en que vivió y esto tiene directamente que ver con una santidad auténticamente cristiana que se inscribe en el dinamismo de la Encarnación del Hijo de Dios en un tiempo y lugar determinado de la historia, en vista a la salvación de los hombres. Su manera original de concebir el cristianismo como amor a Dios y a los hombres que transforma la vida humana y social en su integridad no es, pues, adjetivo, sino esencial a su santidad. Cuando el Cristo total es el analogatum princeps de la santidad -y no una idea abstracta e individualista de ella-, la solicitud del Padre Hurtado por los pobres en una época en que la miseria amenaza a inmensos sectores de la humanidad no hace del Padre Hurtado menos santo, sino más santo.

El estudio de la espiritualidad de un hombre es complejo, más todavía tratándose de un hombre tan completo. En definitiva, sólo Dios conoce el «espíritu» de Alberto Hurtado. A esto se añade el hecho que el autor de este estudio no ha conocido al Padre más que de oídas y por sus escritos. Pero, como dice el Señor, «por sus frutos los conoceréis» y, en otra ocasión: «en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros». La espiritualidad del Padre Hurtado es accesible a nosotros por el testimonio de sus obras y sus palabras. Es no obstante, una investigación a fondo de este tema queda pendiente. Este estudio se presenta con carácter de ensayo. Queremos sobre todo hacer ver dónde está la originalidad del místico Alberto Hurtado, destacando lo más sobresaliente de su experiencia de Dios. Muchos aspectos de su rica espiritualidad aparecerán como menos importantes, sin serlo, y algunos quedarán inevitablemente en el olvido.

I. Presupuestos de su espiritualidad

1. La historia

Si nadie más que Dios puede dar razón del origen de la santidad de Alberto Hurtado, la historia que lo precede, su familia, su Iglesia, su país también son antecedentes próximos de su santidad porque el mismo Dios se ha manifestado en ellos desde hace tiempo. Es hermoso caer en la cuenta de que nuestra tierra ha sido capaz de parir un santo. Teresita de los Andes y Laura Vicuña tampoco son una casualidad.

Alberto Hurtado Cruchaga recibió la mejor formación que Chile podía ofrecerle. Nació y fue educado en una familia aristocrática y empobrecida. Por raigambre familiar heredó una cultura riquísima en valores humanos y religiosos. En su caso, las penurias económicas no lo dañaron más de lo que lo acendraron en su estatura espiritual. Los estudios realizados en el Colegio San Ignacio -uno de los mejores de su tiempo- completaron significativamente su formación. El padre Fernando Vives -predicador incansable de la Doctrina Social de la Iglesia- dejó una huella profunda en su alma. Los estudios de leyes en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, amén de orientarse al sustentamiento de su familia, fortalecieron su vocación de servicio al bien común de su patria.

Pero Alberto se formó también en la calle y en la plaza. Atento a los acontecimientos sociales del Chile de su época, Alberto Hurtado salió al encuentro de las necesidades de los pobres que en ese tiempo colmaban los conventillos de Santiago y participó en política. No obstante sus obligaciones de estudiante, se dio tiempo para ocuparse de las obras sociales del Patronato de Andacollo y ser prosecretario del Partido Conservador. Además de la educación formal, la acción social fue su maestra. El contacto de primera mano con la dramática realidad de su país, y su afán por transformala cara a Dios, es la fragua espiritual de lo que el Padre Hurtado llegó a ser y de todo lo que hizo.

2. La doctrina del Cuerpo Místico, la Doctrina Social de la Iglesia y la devoción al Sagrado Corazón

En segundo lugar, recordamos como presupuesto de la espiritualidad de Alberto Hurtado la importancia que para él tuvo la teología del Cuerpo Místico, la Doctrina Social de la Iglesia y la devoción al Sagrado Corazón, que él supo combinar en una misma dirección. De la primera, el mismo Padre nos dice:

            «En este amor a nuestros hermanos que nos exige el Maestro nos precedió El. Por amor nos creó; caídos en culpa, por amor -lo que parece a muchos aún ahora una inmensa locura- el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos a nosotros hijos de Dios. El Verbo se unió místicamente al encarnarse a toda la naturaleza humana. Cristo ha querido ser el primogénito de una multitud de hermanos a quienes hace participantes de su naturaleza divina y con quienes quiere compartir su propia vida divina. Los hombres, por gracia, pasan a ser lo que Jesús por naturaleza, hijos de Dios. Aquí tenemos la razón íntima de lo que Jesús llama su mandamiento: desde la Encarnación y por la Encarnación los hombres están de derecho al menos unidos a Cristo, llamados a ser uno con El en la unidad de su Cuerpo Místico. De esta unión no está excluido ningún viviente, que si no está unido a Cristo puede estarlo: sólo los condenados quedan excluidos de esta unión» (19,27,1).

Con esta palabras, su autor asegura en una charla dada a unos 10.000 jóvenes de la AC (1943) que «ser católicos equivale a ser sociales».

Otra vertiente de inspiración perenne del Padre Hurtado es la Doctrina Social de la Iglesia, de la que se considera apóstol, en particular las encíclicas Rerum Novarum de León XIII y Cuadragessimo Anno de Pío IX. En ella fundamentará sus reflexiones sobre la propiedad y del trabajo de los obreros, la necesidad de reformas estructurales de la sociedad chilena.

Por último, también influye en su espiritualidad la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (y al de María) a la que el joven estudiante de Sarriá quiere consagrar su vida apostólica con la perfección del beato, hoy santo, P. La Colombière. Para él esta devoción es «el Amor de Nuestro Señor desbordante, que el Amor que Jesús como Dios y como hombre nos tiene y que resplandece en toda su vida» (62,96). Ella constituye la clave de su felicidad, pues «si Jesús me ama, ¿qué me importa, pues, de lo demás?» (34,4,4-5). De acuerdo a su devoción al Sagrado Corazón se pregunta cómo amar. La convicción profunda de que Dios lo ama provoca en Alberto el deseo de hacer la voluntad de Dios amando a su vez a sus compañeros:

            «Leer cada día en una visita… un trozo del S.Evangelio y procure ver en él al S. Corazón. Gustar de preguntar y hacer hablar sobre el S. Corazón… Ver al S. Corazón en el pecho de mis hermanos (pues están en gracia) obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos. Pero en El, mi amigo divino, el que me ama, sirve y prueba. ¡Con qué amor he de responder!» (18,2,3).

Y se propone propagar esta devoción.

3. La espiritualidad ignaciana

La vida y la obra de Alberto Hurtado es la de un sacerdote de la Compañía de Jesús. En esta tradición espiritual, él perfeccionó su amor a Dios y al hombre, su servicio incondicional a la Iglesia, su devoción a María, su piedad y su oración. Alberto Hurtado fue un jesuita hecho y derecho, un jesuita sobresaliente. Su espiritualidad es la espiritualidad ignaciana realizada a la perfección. Cualquier miembro de la Compañía de Jesús podría imaginar al mismo San Ignacio ocupándose de lo que al Padre Hurtado desvelaba.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio son, por cierto, la matriz teológica y espiritual más determinante de su santidad. Alberto Hurtado entiende su vida entre Dios y los hombres, gracias a la clave de los Ejercicios Espirituales ignacianos. Toda su predicación, toda su actividad, son expresión y recreación de estos ejercicios: su deseo de la mayor gloria de Dios expresado en la búsqueda de su voluntad; su amor a Jesucristo y sus ansias de ser otro Cristo; la pasión por la salvación de los hombres de carne y hueso, y no sólo de sus almas; su apertura a las inspiraciones nuevas del Espíritu; su devoción a María, Madre de Jesús en su propio corazón; su respecto y amor por la Jerarquía de la Iglesia, el saberse colaborador en el apostolado de la Iglesia; su conciencia de pecado y su deseo de la santidad; su mortificación, su humildad y su alegría; la fortaleza de su voluntad y su paz interior; la búsqueda de una oración personal y afectiva. Tantas otras características de su modo de seguir a Jesucristo el Padre Hurtado las hizo suyas de los Ejercicios Espirituales, particularmente, y de la espiritualidad ignaciana en general.

De muestra, dos botones. A la base de la vida de Alberto Hurtado, y como explicación de toda su obra, hayamos el amor gratuito de Dios y por Dios. En su mes de Ejercicios Espirituales, recién entrado al noviciado, el joven Alberto glosó la explicación del llamado «Principio y Fundamento» en términos tan radicales que merece recordarse.

            «He sido creado y para conocer y amar a Dios; no para salvar mi alma; esto es consecuencia y don gratuito. Mi fin, pues es amar y servir a Dios. Debo ser todo de Dios; no seré de Dios si retengo algo para mí» (12,3,9).

El texto ignaciano dice lo mismo, pero en otros términos:

            «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima» (EE 23).

Este es en pocas líneas el proyecto ignaciano de la santificación: el amor y servicio de Dios gratuito y desinteresado. La santidad no se busca in recto, sino que es pura obra de Dios en los que se dedican a su alabanza. Y, en tanto es buscada, no es ella el bien último:

            «Egoísmo en mis ideales sobrenaturales: no debo buscar mi perfección ni santificación por serme provechosas sino porque es el medio más seguro de glorificar a Dios y el que más le glorifica» (12,3,31).

De esto resulta que, si esta alabanza de Dios el Padre Hurtado la hizo realidad dignificando a los obreros y a los pobres, la exaltación de los obreros y los pobres no es un medio «para salvar mí alma», sino un fin buscado por sí mismo y gratuitamente. ¡Cuán contrario fue el Padre Hurtado a dar como limosna lo que se debía por justicia! Pero ni el amor ni la justicia hacia los pobres pueden ser para él medios para alcanzar la propia santidad, mas que cuando se ama y se es justo con el Cristo que nos sale al encuentro en los pobres y por puro deseo de servirlo.

En los Ejercicios de 1926, una anotación similar ancla su actividad de servicio a la voluntad de Dios en el amor antecedente de Dios, lo que equivale a fundar la ética en la mística:

            «He sido creado PARA SERVIR. Esto es consecuencia del conocimiento y amor de Dios. Es algo ACTIVO: cumplir la voluntad de Dios» (12,3,15).

Otro ejemplo de la influencia decisiva de los Ejercicios Espirituales en Alberto Hurtado es la postura que él exige de un cristiano ante el mismo Jesucristo. En un Congreso de los Sagrados Corazones de Jesús y de María (1944), luego de acicatear a los jóvenes para acudir en socorro de los desheredados con justicia y caridad, al modo de la triple pregunta ignaciana ante Cristo crucificado (EE 53), los interroga:

            «¿Qué he hecho yo por mi prójimo? ¿Qué estoy haciendo por él? ¿Qué me pide Cristo que haga por él?» (19,28,4).

En este caso interesa notar cómo donde en los Ejercicios dice «Cristo nuestro Señor delante y puesto en Cruz», aquí dice «mi prójimo». Desarrollaremos esta idea capital más adelante. Baste insistir una vez más en que la espiritualidad ignaciana suministra las vigas maestras de la espiritualidad del Padre Hurtado.

II. Espiritualidad del Padre Hurtado

1. Una mística esencialmente cristiana

Toda mística tiene en común la pretensión de ser experiencia de Dios. Se podrá discutir si la experiencia religiosa es mística en tanto fenómeno excepcional, reservado a un pequeño número de hombres, o si se trata sólo de una cuestión de grados de intensidad en la experiencia de Dios. En todo caso, lo que especifica la «mística cristiana» es la experiencia de Cristo caracterizada ya sea por la visión contemplativa, ya sea por el nacimiento de Dios en el corazón. «Todo lo demás es secundario. Sin duda hay numerosas similitudes de estructura entre las místicas de las diferentes religiones, pero en el cristianismo el contenido tiene preeminencia sobre la forma»[1]. Aún más, «la mística cristiana no es esotérica…; lo que prueba que hay ‘mística’ en el sentido de visión extática particular, no es la intensidad del sentimiento experimentado, ni tampoco la magnificencia de la visión, sino el cambio práctico de vida: sin una conversión de hecho, no hay mística cristiana» (Urs von Balthasar)[2].

Místicas cristianas ha habido muchas; no a pocas de ellas las ha acosado una desviación respectiva. Por ejemplo, los dualismos del cuerpo y del espíritu, de la fe y de la política, de los ministros y del pueblo, amenazan hasta hoy día la espiritualidad cristiana auténtica que, desde el Nuevo Testamento, ha intentado vincular el escuchar con el hacer, la oración con la acción, el conocer con el amar, la persona con la comunidad. Lo mismo habría que decir de místicas «revolucionarias» que, al valorar la dimensión libertaria del cristianismo en perjuicio de su gratuidad, reducen la experiencia religiosa a la práctica de cambio social y político.

En el Padre Hurtado hallamos una mística esencialmente cristiana por un doble título. Porque en Cristo Alberto Hurtado encuentra a Dios y porque la comprensión que el Padre Hurtado tiene de Cristo es -con perdón de la tautología- íntegramente «cristiana». Cristo es para él el Hijo eterno del Padre en el seno de la Trinidad, el Verbo que hecho carne asume para siempre la humanidad y el Cordero de Dios por su muerte y resurrección redime al mundo. Por mediación de Cristo, el Padre  Hurtado ha visto a Dios en el prójimo, particularmente en el pobre. Al a concebir la transformación del mundo a partir de los que a los ojos del mundo nada valen, los miserables, el Padre Hurtado ha puesto las bases de una nueva y más cristiana forma de ser Iglesia y de ser nación que aún está por verificarse en todo su alcance evangélico.

a) Aspectos teológicos de su espiritualidad

Todo lo dicho arriba acerca de los presupuestos de la espiritualidad ignaciana no bastan, sin embargo, para comprender su espiritualidad. El Padre Hurtado no fue un teólogo, pero con su práctica y su reflexión hizo teología o, al menos, creó en su ambiente las bases para una más profunda manera de comprender a Dios.

Hoy en día conviene recordar que no toda noción de Dios es cristiana, aun cuando se presente bajo este título. Toda vez que en un discurso religioso Jesucristo nada nuevo aporta a la noción de Dios, es decir, cuando una idea previa de la divinidad modifica hasta anular la revelación que Dios ha hecho de sí en su Hijo Jesús, no estamos ante el Dios de nuestra fe, sino ante «otro dios». Muchas veces sucede que en el hablar de Dios da lo mismo decir «Padre» o «Jesucristo». Unas veces este hecho es inocuo, pero si la no diferencia entre el «Padre» y el «Hijo» se hace en perjuicio de este último sucederá que «en el nombre de Dios» se justificarán las conductas más diversas e incluso contrarias como de hecho ha ocurrido en Chile y en la historia del cristianismo desde sus orígenes. Bajo el amparo del nombre de Dios, de su Providencia y del cristianismo se han cometido los crímenes más terribles[3].

Posiblemente el Padre Hurtado no reparó teóricamente en este tipo de distinciones. Es corriente encontrar en su predicación la identificación entre Dios y Jesucristo, pero de lo que no se puede dudar es que para Alberto Hurtado Dios es Dios al modo como en Jesucristo nos ha sido revelado. Para él, conocemos a Dios en Cristo. Corrobora de paso lo anterior la molestia que él experimentaba ante un tipo de religiosidad meramente exterior e inculta, opuesta al cristianismo verdadero. A propósito de la educación religiosa, el Padre se lamenta:

            «Hoy, por desgracia, los jóvenes, con mucha frecuencia, ignoran completamente los misterios centrales del cristianismo y hasta las oraciones más comunes. Los pocos rezos que logran rezar, muchos hasta la mitad…son deformados horriblemente, lo que demuestra que no han captado su sentido: ‘Señor mío Jesucristo, yo soy hombre verdadero, Criador del padre…’ o bien: ‘Dios pecador me confieso…’ Estas expresiones no las oye uno todos los días en esa forma burda, pero sí se descubre el fondo de ignorancia que es demasiado frecuente»[4].

Pero tampoco es suficiente que Jesucristo revele cuál es el Dios verdadero. Tampoco basta decir «Cristo»: es necesario confesar al Cristo total. La predicación unilateral del misterio pascual a menudo anula la racionalidad de la imitación del Jesús terreno que pasó por el mundo haciendo el bien. Y, por el contrario, una imitación de Jesucristo que no extrae su fuerza del misterio pascual deriva en la ilusión ingenua de creer que el hombre puede alcanzar la salvación sin Dios, por sus propios medios.

Para el Padre Hurtado Jesucristo es el Cristo total. Pero en una época en que se predica la resignación ante el sufrimiento humano bajo la inspiración del Cristo Paciente, a él se le acusa de favorecer la imitación del Jesús del Reino y de la acción. En una carta de él mismo al presbítero Don Raúl Silva Silva expone una de las muchas críticas que se le hicieron en el Seminario de Santiago, con motivo de una charla sobre la Acción Católica:

            «La exaltación de Cristo Jefe, Cristo Rey en lugar del Cristo Paciente y humilde constituye un peligro para los jóvenes, pues, infiltra en sus almas el orgullo y desvirtúa la esencia del cristianismo que está en la Redención dolorosa. La predicación de las virtudes ‘heroicas’ que hace el Asesor Nacional, ese llamado al heroísmo de la juventud, debiera reemplazarse por el llamamiento a la humildad y mansedumbre…» (68,18,1-2).

Alberto Hurtado, empero, no desconoce el «hondo misterio del mal cuya razón última no acabaremos nunca de penetrar». Se pregunta: «¿no será acaso la causa más profunda del sufrimiento ‘completar lo que falta a la pasión de Cristo’, colaborar con Jesús en la redención de la humanidad?»[5]. Pero así como rechaza el «pelagianismo», rechaza sobre todo desconocer el mal del mundo y no hacer nada por suprimirlo:

            «Esta certeza de la perennidad del dolor en el mundo no nos autoriza a contentarnos con predicar la resignación y el quietismo. La resignación sólo es legítima cuando se ha quemado el último cartucho en defensa de la verdad, cuando se ha dado hasta el último paso que nos es posible por obtener el triunfo de la justicia»[6].

Alberto Hurtado da incluso otro paso adelante. En tanto educador, subraya la importancia del conocimiento «personal» de Jesucristo, y su imitación, en vez de un conocimiento meramente teórico. En Puntos de Educación (1942) señala:

            «El alma humana es un templo vivo de Dios en la cual nunca ha de faltar el cuadro de Cristo y su mirada ha de penetrar hasta el fondo de su ser moldéandolo con las virtudes propias del Redentor. El alma del joven al irse fortaleciendo ha de ir precisando también más y más la verdadera figura de Jesús. Del Jesús Niño ha de ir pasando al Jesús Adolescente, al Jesús Jefe, al Jesús Paciente. Ha de conocer un Cristo enérgico y varonil, el del sermón de la montaña, el que arroja a los mercaderes del Templo, el que calma las tempestades, el que invita a los hombres a seguirlo dejándolo todo para poseerlo a El. Y al mismo tiempo ese Cristo es el Dios bueno que acaricia al prójimo, busca la ovejita perdida, perdona a la Magdalena, defiende a la adúltera y sale en busca de Zaqueo. ¡Qué fuerzas sentirá el joven que puede dialogar diariamente con este Cristo en la Eucaristía! El director espiritual ha de procurar que los adolescentes y jóvenes conozcan la figura de Cristo no solamente de segunda mano sino directamente por medio de la Sagrada Escritura. El fin de toda dirección espiritual ha de ser sembrar el amor a Jesucristo en el corazón de los jóvenes, hacer que traben verdadera amistad con Cristo: un contacto vivo, sincero, entre El y ellos. Que se acostumbren a buscar siempre y en todo a Cristo. Jesús no ha de ser para los jóvenes un mero recuerdo, un cuadro pálido, sino una realidad viva y grande a quien someten todos sus planes, a quien descubran todas sus esperanzas y todos sus deseos, alguien que viva muy cerquita de ellos alegrándose de sus triunfos y sufriendo con ellos en sus caídas» (PE, 212-213).

El Padre Hurtado no acostumbra a teorizar sobre el Espíritu Santo, incluso lo menciona poco, mucho menos que al «Padre» y a «Cristo». Esto no obstante, el Espíritu Santo está presente en toda su concepción práctica de Dios, tal vez incluso más allá de las posibilidades teóricas de la doctrina del Cuerpo Místico. La verdadera obsesión del Padre Hurtado por descubrir la voluntad de Dios en los acontecimientos históricos y la inmensa creatividad con que responde a ella a lo largo de toda su vida, no pueden sino ser reconocidas como obra del Espíritu. Una vez al menos, él mismo confiesa:

            «Nunca he tenido una cosa menos mía que el Hogar de Cristo y la Fraternidad. El Espíritu Santo lo ha hecho todo» (64,62).

En suma, para Alberto Hurtado Dios es Amor. Pero no un amor que salva al hombre sin el hombre, sino que por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios penetra la historia humana, como hombre vive, enseña, cura, perdona y sufre, y resucitado de la muerte continúa su misma acción redentora en los cristianos por la fuerza del Espíritu Santo. El designio último de Dios es que los hombres tengan la vida en abundancia, la vida en todos sus aspectos, que es la Vida divina: «Ego veni ut vitam habeant et abundatius habeant» (52,14,3).

b) El corazón de su espiritualidad

1.- Búsqueda de la voluntad de Dios Padre

Para Alberto Hurtado todo viene de Dios y todo se dirige a Dios. Así ve él su propia vida y cree que un cristiano debe ver la suya. La razón de ser del hombre es -según declara el Principio y Fundamento ignaciano- la alabanza y el servicio de Dios. Pero el Dios del Padre Hurtado es inseparable de su voluntad[7]. Por ello, confiesa verdaderamente a Dios quien se dispone a buscar la voluntad de Dios hasta en los acontecimientos más pequeños o tristes de la vida. En este sentido, y no otro, la búsqueda de Dios constituye la finalidad de la vida humana. En una plática a la Conferencia Episcopal (1940), afirma:

            «Esa finalidad de nuestras vidas es buscar a Dios. Buscarlo en todo, buscarlo para darnos cuenta de que es El realmente el dueño soberano, el amigo, el Padre. Quiere que lo busquemos y que lo hallemos; que lo conozcamos aquí abajo con el conocimiento obscuro de la fe; allí arriba en la luz de la gloria. Quiere que lo poseamos por el amor».

Pero esta búsqueda de Dios y de su voluntad ha de ser radical y desinteresada:

            «Pero esta búsqueda de Dios para que satisfaga el alma, ha de ser una búsqueda de Dios solo, de nada más que El. Dios solo, no sus dones, sus consuelos, los éxitos del apostolado, las almas salvadas, sino Dios y su santísima voluntad: y nada más. Buscar una creatura es buscar a Dios y algo que no es Dios, como si Dios solo no fuese suficiente»[8]

Por esta razón, la adoración es la mayor de las virtudes, en tanto el que adora renuncia a cualquier provecho y honor personal, para alabar a un Dios que sólo se lo honra cumpliendo su voluntad. Esta es la eucaristía. Para nuestro santo, existe una profunda relación entre la gratuidad de la alabanza de Dios y el empeño ético por hacer su voluntad. Una realidad es la contracara de la otra. Pero la gratuidad de la alabanza de Dios funda la segunda y no al revés, de modo que la acción humana sólo prospera en la confianza de la eficacia sobrenatural divina.

En este marco hay que entender la búsqueda apasionada de la santidad del Padre Hurtado:

            «La voluntad de Dios. La realización en concreto de lo que Dios quiere… Todo el trabajo de la vida santa, consiste en esto: en conocer la voluntad de mi Señor y Padre. Trabajar en conocerla, trabajo serio, obra de toda la vida, de cada día, de cada mañana, ¿qué quieres, Señor de mí, de mis ejercicios muy en especial? Trabajar en realizarla, en servirle en cada momento. Esta es mi gran misión, mayor que hacer milagros» (31,10,6).

Pero el horizonte de su pasión por Dios es amplísimo, se extiende a toda la historia de su época, más allá incluso de su querido Chile. En carta a Hugo Montes B. dice:

            «El olvido de Dios, tan característico de nuestro siglo, creo que es el error más grave, mucho más grave aún, que el olvido de lo social»[9].

En uno de sus últimos artículos en la revista Mensaje titulado «La búsqueda de Dios», el Padre Hurtado lamenta profundamente los males del siglo cuyo origen -a su entender- consiste en el reemplazo del sentido del Dios por el sentido del hombre: una auténtica inversión de los valores fundamentales de la vida, no ajena a los cristianos, que se traduce en múltiples aberraciones. Dice:

            «El sentido DEL HOMBRE ha reemplazado al sentido de Dios. En otros tiempos se atacó un dogma: fueron las herejías, trinitarias o cristológicas. En la época del renacimiento, el protestantismo atacó la Iglesia; el siglo XIX impugnó la divinidad de Cristo. Pero estaba reservada a nuestro siglo una negación más radical: la negación de Dios y su reemplazo por el hombre. El pecado del mundo actual, es, como en tiempos antiguos, la idolatría, ¡la idolatría del hombre!».

Y continúa:

            «Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de El un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos»[10].

Pero el fundador de la revista Mensaje no se queda en la queja crónica de los que sólo tienen ojos para condenar el mundo moderno. Imprimiendo estilo a la revista, descubre en este mismo mundo signos promisorios de búsqueda de Dios y de su presencia. «En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios». El Padre Hurtado se admira de los trapenses que rezan en los conventos y de las religiosas del Padre Voillaume «que unen su vida de obreros en una fábrica a una profunda vida contemplativa»; de jóvenes que estudian para glorificar al Creador, de obreros de la JOC que aprenden a rezar y de intelectuales y artistas que hacen de Dios el valor supremo de sus vidas[11].

A la base de su visión sobrenatural del mundo hay en el Padre Hurtado una profunda experiencia del amor de Dios, una inmensa felicidad y un deseo por llevar a Dios a los demás:

            «Qué grande es mi vida! ¡Qué plena de sentido! Con muchos, rumbo al cielo. Darles a los hombres lo más precioso que hay: Dios. Dar a Dios lo que más ama, aquello por lo cual dio a su hijo: los hombres! Señor, ayúdame…».

Los testimonios acerca de cómo el Padre Hurtado enfrentó su enfermedad y muerte son sobrecogedores. Todo ello él lo vive como un encuentro con su Padre.

Con todo, Alberto Hurtado es conciente que no basta confesar a Dios, que aun buscándolo es posible extraviarse. Se interroga:

            «¿Cómo podemos estar ciertos de buscar realmente a Dios, de no adherir a las creaturas en medio de las cuales tenemos sin embargo que vivir? ¿Cómo saber que no nos buscamos a nosotros mismos, siendo así que tenemos en tantas cosas que tener en cuenta con nuestros intereses, nuestra salud, nuestra persona, la persona de los otros…?»[12].

La respuesta es Cristo:

            «Aquí está la clave: crecer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo»[13].

2.- La asimilación íntima a Jesucristo

El Padre Hurtado encuentra a Dios en Cristo. Pero no sólo como criterio de aquello que verdaderamente conduce a Dios. Ante todo, Cristo es el amor mismo de Dios por él y por todos los hombres, su pasión más querida, el motivo ardiente de todo su apostolado. Por esto decimos que su espiritualidad es esencialmente cristiana. José Correa S.J. da testimonio de esta intimidad y de su irradiación:

            «Como en Ignacio, en el Padre Hurtado esa experiencia de Dios adquiría una connotación especial en el amor y el seguimiento de Jesucristo. Amaba a Cristo, vivía de Cristo, hablaba de Cristo. En los retiros contagiaba a Cristo; recuerdo que decía que había que ‘chiflarse por Cristo'»[14].

Con sus propias palabras, el Padre nos permite asomarnos a a sus propósitos espirituales:

            «…mi vida cristiana esté llena de celo apostólico, del deseo de ayudar a los demás, de dar más alegría, de hacer más feliz este mundo. No sólo ‘nota’ apostólica: Consagración entera en mi espíritu y en las obras… una vida sin compartimentos, sin jubilación, sin jornadas de 8 ó 12 horas. Toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo» (52,12,7).

Si el valor supremo de la vida humana es cumplir la voluntad divina, para el Padre este valor se realiza por una entrega completa a Cristo. Esta es la verdadera santificación que él busca determinadamente: la imitación de Jesucristo constituye el centro organizador de su piedad religiosa y de su vida moral. Para él, toda otra religiosidad que no se integre a partir del seguimiento personal de Cristo, aunque se diga cristiana, es insuficiente y en definitiva no sirve. Dirá:

            «Oración continua, meditación diaria, vida sacramental intensa, fervor tierno a la Madre del Amor Hermoso: sin esta vida de íntima unión con Cristo para resucitar en nosotros la responsabilidad de su misión, nada se hará»[15].

Ahora bien, el mismo Padre Hurtado plantea la pregunta: ¿qué significa imitar a Jesucristo? En una charla a los profesores de la Universidad Católica (1940), el Padre desecha cuatro posibilidades[16]. Primero, la de aquellos que se dedican al estudio del Jesús histórico e intentan repetir literalmente la vida de Cristo. Pero «el espíritu vivifica, la letra mata». Segundo, la de los que se aproximan especulativamente a Jesús, «pero no mudan su vida ante él». Una aceptación intelectual o sólo afectiva de Cristo empero «no es imitar a Cristo». Un tercer grupo de personas «creen imitar a Cristo preocupándose… únicamente de la observancia de sus mandamientos, siendo fieles observadores de las leyes divinas y eclesiásticas, escrupulosos en la hora de llegada a los oficios divinos, en la práctica de los ayunos y abstinencias». En este caso el cristianismo deriva en el fariseísmo. Pero esta tampoco es imitación de Jesucristo: «el rigorismo y el fariseísmo no son la esencia del catolicismo». Por último, hay quienes caen en el activismo apostólico y triunfalista que no tiene cuenta de la virtud oculta de Cristo en los fracasos humanos.

Para Alberto Hurtado, por el contrario, imitar a Cristo es obrar como si Cristo tuviera que obrar en su lugar. Este es el corazón de su espiritualidad en su versión activa. En su aspecto pasivo -lo veremos- su espiritualidad consiste en ver a Cristo en el prójimo, particularmente en el pobre. Esta experiencia de Dios que se traba en el Cristo que somos y el Cristo que encontramos en los demás se articula la Iglesia que en el mundo es principio de unión de todos los hombres en Dios. Sorprende cuántas veces en su predicación el Padre Hurtado insiste en proponer la pregunta «qué haría Cristo en mi lugar». El cristiano es otro Cristo. Tomamos sólo un ejemplo:

            «…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante El, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente»[17].

Para nuestro Padre, ésta es la perfección y la santidad cristiana. Si la santidad consiste en la adoración, se adora con una «disposición a ser instrumento de Cristo»[18]. Estamos ante una auténtica «mística de la acción» que, en tanto se alimenta del amor al Cristo total, sabe también ser contemplativa en el sufrimiento, la enfermedad y la muerte[19]. Alberto Hurtado, como San Ignacio, es un «contemplativo en la acción». En él no están disociadas la oración y su trabajo apostólico. No sucede como en otras espiritualidades en que la vida espiritual se distingue de la vida activa. Sin perjuicio de la necesidad de un contacto íntimo con Jesús, toda su actividad en Cristo es contemplación; su espiritualidad es su apostolado. Aun más, en la medida que la imitación de Cristo se nutre de las sugerencias del Espíritu Santo la acción cristiana es capaz de crear una historia nueva y mejor.

En definitiva, la santidad es vida que proviene de Cristo. El camino es sacrificado, pero el fruto es sabroso:

            «Vida rica, plena, fecunda, generosa. A ésta nos llama Cristo: es la santidad. Y Cristo quiere cristianos plenamente tales, queno cierren su alma a ninguna invitación de la gracia; que se dejen poseer por ese torrente invasor, que se dejen tomar por Cristo, penetrar de El. La vida es Vida en la medida en que se posee a Cristo, en la medida en que se es Cristo, por el conocimiento, por el amor, por el servicio».

Pero esta vida de Cristo ha de manifestarse en todas las dimensiones de la vida humana, incluida la social, la económica y la política. En una época en que se habla de revolución, la propuesta del Padre Hurtado es aún más revolucionaria porque retrotrae a la experiencia de Cristo el origen de todos los cambios sociales que es preciso realizar. En un discurso de 1941, llama a los jóvenes a «transformar cristianamente el mundo que nos rodea», los llama a «operar la gran revolución», pero no la de «motines armados, de sabotajes, de cañones», sino «la revolución de las conciencias que se orientarán hacia Cristo». La «gran revolución» no se dará sin la «pequeña revolución, la revolución de nuestra vida orientándola totalmente hacia Cristo» (19,22,1-2).

Con estas palabras el Padre Hurtado se adelantaba a los intentos de muchos cristianos que en los años sesenta quisieron vincular su fe al proceso de transformación social del continente, pero, a la vez los superaba por la radicalidad crítica de su proyecto.

3.- Una mística del prójimo

Si Alberto Hurtado encuentra a Dios en Cristo, encuentra a su vez a Cristo en el prójimo. Toda su espiritualidad se distingue por su amor a los demás, al punto que bien puede llamarse una «mística del prójimo». Desde que Jesús ha anunciado que el mandamiento principal de la Ley es amar a Dios y al prójimo como a sí mismo, después que San Pablo ha declarado que el que ama ha cumplido la Ley y que San Juan ha declarado mentiroso al que dice amar a Dios pero no ama a su hermano, el amor desinteresado por el prójimo tipifica al cristianismo y deviene criterio ineludible de toda mística auténtica.

La convicción de que se sirve a Cristo amando al prójimo es antigua en nuestro Padre. Desde antes de entrar en la Compañía la supo poner en práctica. Un compañero suyo dice de él: «tenía una bondad inmensa y muy delicada con los hermanos enfermos o tristes. Una mamá no lo habría hecho mejor»[20]. Como estudiante jesuita fue conocido por su compañerismo. En sus escritos espirituales él mismo se propone evitar juicios interiores contra sus compañeros, para fijarse mejor en sus virtudes. En el pecho de sus hermanos él ve al Sagrado Corazón «obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos» (18,2,3). Incluso la abnegación la entiende como servicio a los demás, y no como mera virtud abstracta (recordar viaje en tren en que el Padre Hurtado ocupa el peor asiento). Cientos de personas lo recuerdan como un hombre encantador que sabía dar oído a todos, no obstante su escasez tiempo. Un fina manifestación de su caridad la constituye su respeto por los que pensaban distinto, como ser protestantes y comunistas. Cuando fue incomprendido y criticado por sus hermanos jesuitas o por autoridades de la Iglesia, sufrió, pero al considerar a los demás como hermanos en Cristo supo decir «Contento, Señor, contento» y procuró siempre conservar la amistad.

La razón honda de este amor por el prójimo estriba en que «el prójimo es Cristo». Ya en 1926, como novicio, escribe: «…servir a todos como si fueran otros Cristos» (12,3,27). Es decir, no sólo actuar como si Cristo lo hiciera en el propio lugar, sino servir al prójimo como si éste fuera Cristo. Esta es la voluntad de Dios, ésta la santidad. El trasfondo evangélico de esta perspectiva son la parábola de Buen Samaritano (Lc 10,29-37) y la del Juicio Final (Mt 25,31-46) a las que el Padre recurre con insistencia.

Esta identificación del prójimo con Cristo, sin embargo, conviene precisarla teológicamente. Todo su vigor reside en sostener que el servicio de Dios se cumple en «el otro» como si en éste se jugara lo Absoluto. En este sentido, «el otro» nunca puede ser «medio» de la propia santificación, tentación perenne de las espiritualidades individualistas pseudo-cristianas. Pero al prójimo se lo ama en Dios, no como criatura a secas. El Padre Hurtado advierte contra este peligro contrario, que no es sino el pecado de la modernidad. Entre nosotros los hombres y Cristo debe afirmarse tanto una asimilación en virtud del Cuerpo Místico de Cristo, como una inmensa distancia y diferencia: «Es absolutamente necesario el intimar con Cristo, el sentido de una fraternidad con El, pero que nada nos haga olvidar la distancia infinita que nos separa»[21]. El «como si» de la afirmación de la identidad entre el prójimo y Cristo corrige precisamente toda lamentable confusión.

En todo caso, el aparecer de Cristo en el prójimo es el motivo que desencadena en el Padre Hurtado todo su amor y deseo de servir a los demás, porque en el prójimo como en él lo que mueve siempre es el amor universal de Dios por todos los hombres, sin exclusión:

            «Los demás hombres son amados por Dios como yo. ¡Cuánto ha hecho Jesús por salvarlos! ¿Qué será razón que haga yo por ellos? Todo sacrificio, toda oración, todo, todo hecho con amor tiene importancia y es de valor para salvar las almas» (32,4,5)[22].

4.- «El pobre es Cristo»

La gratuidad de la espiritualidad del Padre Hurtado se expresa por completo en su amor por los pobres. Si el amor al prójimo en más de un caso puede ser visto como un acto interesado, el servicio a los pobres nada más puede aparecer como un acto eminentemente gratuito. Interesarse por los pobres sólo tiene valor a los ojos de un Dios que ama lo que el mundo desprecia. Si lo que mueve a nuestro Padre es el puro deseo de la gloria de Dios, su alabanza y su servicio de Dios prueban su veracidad cuando él dedica su vida a los pobres.

Para Alberto Hurtado Cristo vive en el prójimo, pero especialmente en el pobre:

            «Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen ha muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!» (9,7,1-2).

Para el Padre Hurtado «el pobre es Cristo». Pero no es ésta una afirmación rara, delirante, en su predicación: es común, determinada, provocativa. Su espiritualidad es una «mística del pobre». Valga aquí todo lo dicho anteriormente acerca de la identificación entre Cristo y el prójimo. Por medio de la identificación de Cristo con el pobre, inspirada una y otra vez por la parábola evangélica del Juicio Final, el Padre Hurtado se anticipa proféticamente a la «opción por los pobres» de la Iglesia latinoamericana en sus conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo. Quienes aman a los pobres y se abocan a sacarlos de la miseria sirven a Cristo; quienes, por el contrario, son injustos con los pobres o nada hacen por ellos, es a Cristo que desprecian. Por lo mismo, no es de extrañar que así como ha sido combatido el magisterio de la Iglesia latinoamericana por su preferencia por los pobres también lo fuera Alberto Hurtado.

Al fundar el Hogar de Cristo, el Padre Hurtado sale en socorro de los miserables que colmaban el Santiago de la época ante la pasividad y desidia del resto de sus conciudadanos. Urgía entonces dar techo, abrigo y comida caliente a niños y adultos que carecían de todo. Pero eso no bastaba. El fundador del Hogar quería para ellos un trato digno, una educación para que salieran adelante por sus propios medios, «es importante que las cosas no se regalen», decía. A los miembros de la Fraternidad del Hogar les pedía un voto de obediencia religiosa al Director, «pero sobre todo obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no desansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo» (64,62,3). El fundador del Hogar de Cristo es el mismo que pide justicia, lo veremos adelante.

Nuestro Padre, sin embargo, no se quedaba en palabras. El mismo bajaba los puentes del Mapocho en busca de los niños abandonados para llevarlos al Hogar. A veces le respondieron a peñascazos. El Padre se ponía a la altura de los pobres. Los abrazaba. Se quedaba a dormir con ellos. Les pedía perdón por no poder atenderlos mejor.

Al momento de su muerte, Alberto Hurtado dice: «Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de VERDADERO AMOR Y RESPETO AL POBRE, porque el pobre es Cristo»[23].

Hacia el final de su vida, en una carta al P. Arturo Gaete, expresa una intención que según parece no alcanzó a llevar a efecto, pero que -según decíamos- ha pasado a constituir el corazón del magisterio de los obispos latinoamericanos:

            «Espero escribir este verano (o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre, yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza» (62,93).

5.- «Contento, Señor, contento»

Pero, a diferencia de tantos defensores de los pobres que hacen de su amargura la fuerza de su lucha social, el Padre Hurtado, con el mismo corazón con que sufrió los males de su patria, el desprecio a su persona y su enfermedad, supo alegrarse en Dios en todo tiempo. Como joven se exigió a sí mismo la alegría, como adulto la estimuló en los demás; de los jefes de la Acción Católica, la urgió. Por el contrario, el Padre deploró la queja, especialmente cuando ésta consiste en lamentaciones por la fallas ajenas.

Lo característico de su alegría, sin embargo, no es su carácter psicológico. La alegría que a él sale tan espontánea y que pide a los cristianos es la que nace de la fe. Dice: «la gran receta para tener alegría es vivir de fe»[24]. Para los que tienen fe no hay razón alguna para estar tristes. Si en el momento presente se sufre, en el mismo momento hay una razón para estar contentos, pues por la fe sabemos que todo depende de Dios. Su alegría es Cristo y hacer felices a los demás. Incluso la alegría tiene en Alberto Hurtado un sentido social:

            «No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás. ¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da»[25].

Aún en los peores momentos, el Padre exclama «contento, Señor, contento». Ante la noticia de su muerte, el Dr. Armas afirma:

            «Lo hallé muy tranquilo, con esa misma tranquilidad que le conocí siempre y cuando me acerqué a saludarlo, me dijo: ‘El Patrón me llama y aquí estoy listo y feliz…»[26].

2. Una mística apostólica y social

El Padre Hurtado se considera a sí mismo un apóstol de Jesucristo enviado al mundo de su época, a su país.

Al Padre lo desvela la lamentable situación del catolicismo chileno y pretende elevarlo. Pero su actitud nada tiene de sectaria: lo que directamente le importa es elevar a Chile a la vida sobrenatural. Jamás podríamos imaginar que su amor a los pobres haya sido un «medio» para el crecimiento de la Iglesia. Al contrario, de acuerdo a la gratuidad del Principio y Fundamento ignaciano hemos de imaginar que el Padre concibe a la Iglesia al servicio de la gloria de Dios que se verifica a su vez en el servicio a la salvación integral de los hombres y, en especial, de los más postergados. Pero así como el Padre Hurtado no entiende a Dios separa de su voluntad salvífica, tampoco lo entiende sin un Cuerpo del que Cristo es su Cabeza y de acuerdo al cual todos los hombres somos y debemos ser solidarios. La Iglesia es en la sociedad principio de integración de los aspectos más diversos de la vida humana según los criterios de Cristo. La del Padre Hurtado es sin duda una mística profundamente eclesial y social. La Iglesia es para él, como María, una Madre, una realidad sobrenatural y no un ente meramente sociológico. Su misión es conformar las personas y la sociedad a Cristo.

a) Apóstol de Jesucristo y de la Iglesia

El Padre Hurtado fue un sacerdote jesuita al servicio de la Iglesia. El mismo se consideró un apóstol de Jesucristo, colaborador y partícipe en el trabajo pastoral de su Iglesia, en estricta obediencia de su Jerarquía. Por esta razón, nada lo hizo sufrir más que la acusación que con ocasión de su abandono de la Acción Católica le hicieron de «falta de respeto y sumisión a la Jerarquía». Tanto en su teología como en su espiritualidad, el Padre nunca concibió su relación con Dios sin la mediación de su Iglesia y de sus pastores.

1.- «La Iglesia es Cristo»

Tal es el amor de Alberto Hurtado por su Iglesia que llega a identificarla con Cristo a un grado, al menos hoy, teológicamente exagerado. Alguna vez el Padre, hablando de la «responsabilidad frente a la Iglesia», aserta: «La Iglesia es Cristo». Y, más adelante precisa:

            «La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. El vino para unirnos a El, y formar El y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo…»[27].

Pero a la espiritualidad y a la predicación se conceden derechos que a la teología no se le otorgan. El Padre Hurtado no es un teólogo: es un apóstol y un profeta. La parcialidad de sus afirmaciones no tiene por objeto asegurar una doctrina teológica determinada, sino llegar al corazón de personas concretas y convencerlas de que no hay cristianismo auténtico sin la Iglesia y que la suerte de la Iglesia depende de «nosotros». Con todas las salvedades con que aceptamos la afirmación «el pobre es Cristo, aceptamos que «la Iglesia es Cristo». Pero, sobre todo, acogemos las palabras de nuestro Padre en toda su fuerza. «¿Qué es la Iglesia?», se pregunta. Responde:

            «Lo más grande que tiene el mundo, es la Santa Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, nuestra Madre, como nos gloriamos en llamarla. ¿Qué sería del mundo sin ella? Porque es nuestra Madre, tenemos también frente a ella una responsabilidad filial: ella está a cargo de sus hijos, confiada a su responsabilidad, dependiente de sus cuidados… Ella será lo que queramos que sea…»[28].

Por la encarnación, Dios unió a sí la naturaleza humana de tal modo que «Dios pudo decir con absoluta verdad: tengo cuerpo, tengo alma, sufro, padezco… y un hombre que caminaba por las calles y tenía hambre, sed, dolor, podía decir: Soy Dios!»[29]. Esta profunda unidad de Cristo con la humanidad tuvo, sin embargo, por objeto una unidad aún mayor: la unidad nuestra con el Padre, por la cual llegamos a ser hijos de Dios. Por el bautismo pasamos a ser miembros del Cuerpo de Cristo, «en cierto sentido pasamos a ser Cristo»[30]. Luego de estas clarificaciones doctrinales, el Padre Hurtado va a lo quiere decir:

            «La Iglesia no es algo respetable, al servicio nuestro, pero extraño a nosotros mismos como la Cruz Roja o la Asistencia Pública, no, la Iglesia somos nosotros. Cristo y yo, y Uds. el GRAN NOSOTROS»[31].

De esto extrae el Padre una serie de consecuencias, como la necesidad de la unión con Cristo, la solidaridad humana y la responsabilidad en el crecimiento numérico y de vida cristiana de la Iglesia.

Según el Padre Hurtado, la misión de la Iglesia es la santificación del mundo:

            «La razón de ser de la Iglesia es santificar al mundo. Quiere extenderse para extender en ellos la santidad. No es otra la misión de la Iglesia: no es el dominio político, la construcción de soberbios edificios, la celebración de grandes congresos… todo eso en tanto cuanto ayude a la santificación de las almas, que es el único fin propio de la Iglesia»[32].

Por ello, «…al católico la suerte de ningún hombre le puede ser extraña. El mundo entero es interesante para él, porque a cada uno de los hombres se extiende el amor de Cristo…»[33]. Por amor a la salvación de los hombres, la Iglesia está abierta a reconocer la verdad más allá de sus fronteras, incluso en los que atacan a la Iglesia[34]. Este modo de ver la Iglesia en relación con el mundo, muy típica del Padre, será la que años más tarde asumirá el Concilio Vaticano II: con una aproximación crítica a los acontecimientos y problemas del siglo, la Iglesia del Concilio prefiere entrar en diálogo con el mundo moderno en vez de condenarlo sin más. He aquí la novedad del Padre Hurtado y del Concilio.

2.- Preocupación por la Iglesia

La fogocidad de la predicación de Alberto Hurtado se explica en parte por la magnitud del desastre que él advierte en el cristianismo vivido. La ignoracia religiosa, peor aún, la falta de amor a Dios y al prójimo dominan por doquier. Muy antes del Concilio Vaticano II, nuestro Padre clama ante una verdadera «apostasía de masas» o «paganización de las masas» que está teniendo lugar en el siglo XX. La pérdida casi completa para la fe de la clase obrera lo desvela desde sus años de juventud.

La causa de tales males la atribuye él al pésimo ejemplo que dan de Cristo los mismos católicos, especialmente aquellos que lo han tenido todo en la vida, riquezas, educación, seguridades, en relación a los que no tienen nada. Dirá: «los malos cristianos son los más violentos agitadores sociales»[35]. Pero, también, es causa un incorrecto modo de enseñar la fe y la escasez de sacerdotes. Hay un modo de educación religiosa formal, memorística y moralizante que, donde no estimula el fariseísmo, tampoco suscita cristianismo, especialmente entre los jóvenes. Este tipo de educación no sirve. Que todos los chilenos estén bautizados no es suficiente. Por otra parte, la escasez en Chile de sacerdotes impide mejorar esta educación religiosa y, sobre todo, hace magra la posibilidad de que los cristianos accedan a la gracia. En su obra ¿Es Chile un país católico? (1941), el Padre Hurtado sostiene que la falta de sacerdotes es el principal de los problemas, pues el sacerdote es simplemente esencial en la vida de la Iglesia[36].

Pero el Padre no se queda en la queja ni en la crítica. A él no lo mueven los «anti». En un ambiente «antiprotestante» como era el suyo, él se atreve a decir:

            «Más que campañas contra los protestantes, lo que necesitamos es una campaña positiva de cristianismo; ir al pueblo, darle a conocer nuestra santa religión, hacérsela gustar y amar para que la viva intensamente»[37].

Tratándose de la educación de los jóvenes, él propone ante todo «hacer cristianos, imágenes de Jesucristo» (22,17,1), «…no omitir medio de formar ‘Cristo con sus almas'» (ibid., 2); y, por otra parte, que sean formados para la acción. En suma, una imitación personal y activa de Jesucristo. En vez de una religión de temores y de mojigatos, el Padre Hurtado desafía a una religión de libertad, que inspira hacer grandes cosas por Cristo (Puntos de Educación, 59-60). El Padre llama a los jóvenes a considerar la posibilidad del sacerdocio porque él cree en el sacerdocio, en particular en el de sacerdotes santos. Pero, también los llama a un laicado de grandes ideales, de heroísmo, nutrido por la vida sacramental y de la gracia y orientado al bien común: bien puede un abogado, un médico, un ingeniero, un obrero, un empleado, cualquiera, ser un santo en el lugar que le toca en la sociedad. A los jóvenes de la Acción Católica les pide de un modo especial colaborar en el apostolado de la Jerarquía de la Iglesia y en obediencia a ella. De todos espera que comprendan que «ser católicos equivale a ser sociales» y que se comprometan a su modo en la transformación de la sociedad.

No obstante lo anterior, y de acuerdo con el Magisterio episcopal, el Padre Hurtado supo mantenerse lejos de la política de partidos, en contra del parecer de miembros y simpatizantes del Partido Conservador que consideraban que la Iglesia debía seguir respaldándolos y que la neutralidad del Padre sólo favorecía a la naciente Democracia Cristiana.

3.- Sumisión a la Jerarquía

Prueba de su amor a la Iglesia la dio el Padre Hurtado con su alejamiento del cargo de Asesor de la juventud de la Acción Católica. El episodio fue triste, pero fue también ocasión de que se revelara en la práctica cuán grande era la adhesión del Padre a la Jerarquía de la Iglesia.

Con la renuncia a su cargo culminó una serie de dificultades e incomprensiones que se fueron dando entre el Padre Hurtado y el Asesor General de la Acción Católica Mons. Salinas, viejo amigo suyo desde los tiempos del colegio. Pero el conflicto personal no fue sino expresión de las tensiones mayores que afligían a la sociedad y a la Iglesia.

En poco tiempo de Asesor Nacional, el Padre Hurtado hizo crecer considerablemente la Acción Católica en número y en entusiasmo. Su nueva manera de hablar de Jesucristo a los jóvenes, su preocupación por hacer conocer la Doctrina Social de la Iglesia y por exigir de la juventud un compromiso activo en la transformación de su país, amén de la fascinación personal que el Padre irradiaba por la fuerza de sus convicciones, suscitaron en torno a él múltiples suspicacias. Se le acusó por sus ideas sociales «avanzas», por su modo de entender la obediencia a la Jerarquía (en sentido activo y no meramente pasivo), por favorecer a la Falange Nacional o por su apoliticidad, por predicar la acción y no la oración, y otras cosas. Mons. Salinas se sintió pasado a llevar por la franqueza con que el Padre Hurtado le hacía saber sus opiniones.

Cuando el conflicto entre ambos se hizo insoportable, el Padre dejó su cargo preocupándose admirablemente de no exacerbar entre los jóvenes la animosidad contra la Jerarquía, antes bien los instó a respetarla y someterse en obediencia a ella, pero, además, cuidó que su amistad con Mons. Salinas no se rompiera.

Poco después de su alejamiento de la Acción Católica, escribió al mismo Mons. Salinas:

            «En cuanto a mí he revisado repetidas veces mi actitud en este punto y en resumen puedo decirte lo siguiente… Mi estima interior sobre la Jerarquía es profunda. Nuestros Prelados son los representantes de Cristo y es esto lo que debemos ver en ellos: es Su voz la que por nuestros Prelados habla, ordena, aconseja. Otra actitud no es cristiana, y, siendo ésta nuestra mirada ¿cómo no tener un profundo respeto por quienes nos gobiernan en nombre de Cristo?»[38].

Antes de la muerte del Padre Hurtado, Mons. Salinas se reconcilió con él; después de su muerte, ha dado testimonio de la santidad de su inquieto colaborador.

4.- La Compañía de Jesús

Alberto Hurtado fue un jesuita. El mejor jesuita que ha producido Chile. Uno de los jesuitas más grandes que ha tenido la Compañía de Jesús. El Padre Hurtado es un verdadero fundador de la Compañía de Jesús en Chile y esperamos que su espíritu inspire en el futuro a la Compañía universal.

Recién entrado al Noviciado, escribió a su amigo del alma Mons. Manuel Larraín:

            «Por fin me tienes de jesuita, feliz y contento como no se puede ser más en esta tierra, reboso de alegría y no me canso de dar gracias a Nuestro Señor porque me ha traído a este verdadero paraíso, donde uno puede dedicarse a El las 24 horas del día, sirviéndolo y amándolo a todas horas y donde toda acción tiene el fruto de ser hecha por obediencia. Tú puedes comprender mi estado de ánimo en estos días, con decirte que casi he llorado de gozo»[39].

Alberto Hurtado quiso a la Compañía con un profundo sentido de pertenencia, con un amor al mismo tiempo agradecido y creativo. En carta a su Provincial, el P. Lavín, le dice:

            «Creo que si alguna vez debiera dar Ejercicios a los Nuestros una plática sería consagrada a ‘sentirnos de la Compañía’; esto es a no considerar la Compañía como algo extrínseco a nosotros, de lo cual uno se queja o se alegra, sino como algo que formamos parte íntima: una especie de Cuerpo Místico en pequeño. Esta idea yo la creo y la vivo a fondo, por eso no se extrañe si me permito exponerle algunas ideas que se me ocurren a propósito de nuestros trabajos en la Vice-Provincia. Se las sugiero filialmente» (62,33).

En una plática sobre «Nuestra vocación de jesuitas», exhorta a sus hermanos a hacer de su vocación a la Compañía de Jesús el lugar de su santificación, amándola santamente. Al Padre Hurtado resulta admirable cómo la Compañía ha sabido amoldar su espíritu a las más diversas culturas, «sin empequeñerse y sin achatar a la gente» (59,2). Es posible ser jesuitas de las maneras más diversas.

El Padre da cuatro razones para amar a la Compañía. Primero, porque gracias a su extraordinaria tradición es de esperar en el futuro jesuitas aún mejores que los que hubo en el pasado. Segundo, porque la Compañía «vive en contacto con la realidad, sabiendo hacia dónde se marcha» (59,2). Tercera razón, porque hay en ella mucho trabajo. Por último, porque «la Compañía de Jesús no envejece» ya que «no tiene nada que la ate: su finalidad es ‘estar lista a acudir a todas las necesidades de la Iglesia‘» (59,3).

También dentro de la Compañía el Padre sufrió la las tensiones de su época y la incompresión a su modo de ser y de actuar. Pero sus compañeros, incluso sus contrarios, lo recuerdan como un tipo encantador: alegre, preocupado por los demás, como un santo.

Al recibir la noticia de su muerte, el Padre Hurtado responde sonriendo: «Era lo que quería saber, doy gracias a Dios de morir en la Compañía y desde el cielo los seguiré ayudando…»[40].

b) Una mística del sentido y de la integración social

La espiritualidad de un hombre tan completo como el Padre Hurtado es compleja, difícil de definir en pocas palabras. Nuestro educador y padre espiritual pretende incesantemente integrar a la persona, a la sociedad a partir de la persona, en la perspectiva de la fe ententidad ésta como imitación del Cristo total en quien el amor a Dios se verifica como amor y servicio al prójimo. Nada hay más contrario a su noción de cristianismo que las versiones individualistas, superficiales y superticiosas de la piedad. El quiere que Cristo reine en todos los aspectos de la vida humana (la sexualidad, la vida familiar, económica, social, política, cultural), por la caridad y la justicia (en medio de los conflictos más significativos de su tiempo). Prueba de esto es la enorme diversidad de actividades a las que dedicó su interés y la pluralidad de temas de que trataron sus homilías y discursos. Para Alberto Hurtado, en una época de crisis de catolicismo integral como la suya, se debe afirmar que el cristianismo tiene que ver con todos los aspectos de la vida humana:

            «El cristianimo es una actitud total del alma que requiere mirar todas las cosas con los ojos y el corazón de Cristo. Los bienes de este mundo, las riquezas, los placeres, la pobreza, el tiempo, todo debe ser estimado por su valor sobrenatural, por su carácter de medio para el fin último de la vida humana, el servicio de Dios. La gran crisis religiosa en Chile es ante todo una crisis de catolicismo integral: los hombres no ven en los que se dicen católicos al testigo de Cristo, al hombre que ama a Dios por sobre todas las cosas y a sus hermanos los hombres como a sí mismos, por amor de Dios»[41].

De la Acción Católica, el Padre esperaba lo siguiente:

            «…modificar la actitud de una persona y de la sociedad con respecto a Cristo. A los que se han acercado mediante campañas públicas, o a los que la Acción Católica ha ido a buscar, ha de darles una formación integral e intensamente cristiana»[42].

En otro lugar hemos usado la expresión «mística del prójimo» para caracterizar su espiritualidad; la expresión «mística del sentido social» fue acuñada por el Padre Hurtado[43]. Entre las principales dimensiones de esta mística tan cristiana y profética, mencionamos la siguientes.

1.- Una mística de la acción

El Padre Hurtado fue un hombre de oración, nadie lo duda. En la intimidad de la capilla, supo encontrar fervorosamente a Dios en la Eucaristía, la meditación de la Palabra de Dios, la práctica de sus Ejercicios Espirituales, la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María, la oración vocal, mental y contemplativa. En especial, buscó cultivar una oración afectiva y amorosa con su Señor. El Padre Hurtado fue un piadoso ejemplar, aun cuando posiblemente otros jesuitas lo aventajaron en sus prácticas religiosas.

Pero esta piedad tuvo relación directa con toda su actividad apostólica. Es más, lo propio y distintivo suyo, es haber hecho de todo su apostolado su oración. No hay dos «padres Hurtado»: el que rezaba y el que actuaba. Hay uno solo, el jesuita que es «contemplativo en la acción». Para él, toda la vida tiene una dimensión sobrenatural y no sólo la de la sacristía. Con sus propias palabras nos advierte: «adoración sobre todo en la acción (brevemente en la oración)»[44], pues «nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, i.e., hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios»[45].

Esto, sin embargo, no significa que cualquiera acción es contemplación: «nuestra obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas»[46]. Ante el dolor de la humanidad, Alberto Hurtado deplora a los que predican la resignación y el quietismo, pero también a quienes que, por remediar esos males, caen en el activismo.

A propósito del uso de los medios divinos y humanos, el Padre invoca el clásico «como si» ignaciano, que explica con sus propias palabras:

            «Antes de determinarnos, es necesario ponernos del todo en Dios como si sólo El debiese llevar las cosas al resultado deseado, y por otra parte no hay que descuidar nada de lo que puede contribuir al feliz éxito, y en el uso de los medios debemos poner todo por obra como si el éxito dependiese exclusivamente de nuestro trabajo y de nuestra industria»[47].

El Padre Hurtado en toda actividad confió por completo en la Providencia. Aún más, la provocó. Dice un testigo:

            «El padre se lanzaba, temerariamente nos parecía a nosotros los que trabajábamos con él, en nuevas y mayores empresas, confiando en la generosa respuesta de la Divina Providencia, que nunca le faltó»[48].

En sus últimos años, el Padre Hurtado sufrió los efectos del trabajo excesivo que llevaba. Lo cuenta a su Provincial en estos términos:

            «Esta acumulación de trabajos distintos me obliga a improvisar, terminar por dar el fastidio del trabajo y por desacreditar al operario. La irregularidad en las horas de acostarme y levantarme ha significado gran desmedro para mis ejercicios espirituales, que han andado muy mal: acortar la meditación, supresión de puntos, exámenes y breviario del que tengo conmutación…estoy reducido a correr y hablar» (62,35).

El Padre ve este desgaste como una situación para nada ideal, pero ella es parte de la espiritualidad de un hombre que se ha dado a los demás hasta el extremo. No se puede decir que su «menor oración» sea «menor santidad». Los que lo conocieron dicen que no lo mató el cáncer, sino el exceso de trabajo. Esta es su manera de entender el cristianismo. Esta es su santidad.

Por el contrario, la vida del Padre Hurtado nos pone en guardia contra la falsa mística de los que rezan mucho por su salvación, pero no mueven un dedo por aliviar las penurias de sus prójimos.

2.- Una mística de la reforma social

Una de las características más originales de la espiritualidad del Padre Hurtado es que, como apóstol de la Doctrina Social de la Iglesia, él se dió por entero a la transformación de la sociedad. Acudir a socorrer las necesidades inmediatas de los pobres era urgente, el dolor que le producía en el alma la miseria de los pobres lo llevó a fundar el Hogar de Cristo. Pero esto no era suficiente. Simultáneamente, y desde joven, Alberto Hurtado quiso que terminara en su patria la injusticia social, causa de esta pobreza y del alejamiento de los obreros de la Iglesia. La urgencia de realizar en Chile un orden social verdaderamente cristiano lo impulsó a crear la ASICH (Asociación Sindical Chilena), «el más difícil y tal vez el más importante de todos los trabajos» (62,42,6) que se le pidieron, y la revista Mensaje para la orientación religiosa, social y filosófica de los católicos en en mundo contemporáneo.

En su obra Humanismo Social (1947), el Padre sostiene que «la lucha social es un hecho que no necesita demostraciones»[49]. Frente a él se dan tres actitudes. La de los que «fomentan esa contienda y hacen de la lucha un instrumento de reforma social», a saber, la de los que ven a los otros como enemigos y no como hermanos. Segundo, «la de los que se abstienen en la pelea, más aún, se despreocupan de ella… quienes llegar a erigir en sistema su indiferencia». Por último, la actitud católica «que no es de lucha ni de abstención, sino de sincera colaboración social; su meta es realizar en la práctica la verdadera y auténtica fraternidad humana»[50].

A la base de esta actitud hallamos nuevamente la mística del prójimo que consiste en ver a Cristo en el pobre y actuar en su favor como Cristo lo haría en lugar nuestro, y considerar a todos los hombres como hermanos de un mismo Padre. Alberto Hurtado fundamenta su pensamiento con el Evangelio, la enseñanza de los Padres de la Iglesia y el Magisterio reciente de los últimos Papas. Todo esto, en orden a crear una «actitud social», sin la cual será inútil hablar de los problemas y de las reformas sociales.

El Padre dirige su mirada a la realidad amarga del sufrimiento humano. Se fija en el dolor de los pobres, pero no sólo en el de los pobres. Para ello se sirve del auxilio de la ciencias sociales, de las estadísticas. Baja a detalles increíbles, se duele de todo. La guerra europea. «¡El hambre! ¿Quién de nosotros ha tenido hambre? A lo más algunas veces apetito…»[51]. La corrupción moral. La apostasía de masas. «Tenemos aún en Chile un 25% de la población adulta analfabeta…»[52]. «De 420.000 obreros que hay en Santiago, 100.000 viven en conventillos, y 320.000 en piezas, pocilgas y mediaguas». «La falta de leche en cantidad suficiente trae trastornos que producen la sordera»[53]. «La Inspección General del Trabajo estimaba a fines de 1938, en 828.000 el número de obreros que ganaban menos de $ 10 diarios»[54]. Ante la miserable situación en que viven las familias más pobres, se pregunta:

            «¿Podrá haber moralidad? ¿Qué no habrán visto esos niños habituados a esa comunidad absoluta desde tan temprano? ¿Qué moral puede haber en esa amalgama de personas extrañas que pasan la mayor parte del día juntos, estimulados a veces por el alcohol? Todas las más bajas y repugnantes miserias que pueden describirse son realidad, realidad viviente en nuestro mundo obrero. ¿Hasta dónde hay culpa? O mejor, ¿de quién es la culpa de esta horrible situación…?»[55].

Todos estos problemas se agravan por factores espirituales: «la tremenda crisis de valores morales y religiosos por que atraviesa nuestra patria»[56]. Algunos siguen pensando que la fe está fuerte: se equivocan. «La fe cristiana…se va debilitando casi hasta desaparecer en algunas regiones»[57]. La educación religiosa no sirve. Mientras no se enseñe la religión del amor al Padre y a nuestros hermanos los hombres todo será inútil. Muchos cristianos pudientes son cristianos «solamente de nombre». Rara vez van a misa y se lo pasan en fiestas: «paganismo con un manto social de cristianismo». Las disoluciones matrimoniales abundan y aumentan. Las masas vuelven al paganismo. Dice: «La gran amargura que nuestra época trae a la Iglesia es el alejamiento de los pobres, a quienes Cristo vino a evangelizar de preferencia»[58]. Frente al comunismo, la actitud del Padre es crítica, para nada ingenua, pero leal:

            «Aun al atacar al comunismo lo hemos de hacer con criterio cristiano, no por lo que perjudica nuestros intereses, sino por lo que contradice nuestros principios, por su concepción del hombre, de la vida y del más allá. Aun a este adversario que no respeta al catolicismo, lo hemos de juzgar con inmensa lealtad. Nada más contrario al cristianismo que ese ataque cerrado a todo lo que sea elevación del proletariado»[59].

Según el Padre Hurtado, el más grave de los problemas es la escasez de sacerdotes de la Iglesia chilena, ya que sin sacerdotes no se puede configurar la patria a Cristo.

De todo lo anterior, concluye el Padre que el orden social existente tiene poco de cristiano. Queriendo Dios nuestra santificación, «¿cómo santificarse en el ambiente actual si no se realiza una profunda reforma social?»[60]. Esta reforma debe proceder de una vida interior intensa que «lejos de excluir la actividad social» la haga «más urgente». «La fidelidad a Dios si es verdadera debe traducirse en justicia frente a los hombres»[61].

En adelante, el Padre Hurtado, tal vez sin mucho orden, trata de diversos temas atingentes a la reforma social que él auspicia: la práctica de la justicia, el aprecio del trabajo y del trabajador, el sentido social y el sentido de responsabilidad, la riqueza y la pobreza, la sobriedad de vida y la vida social, el trato de amistad, el primado del amor, la acción social (Acción Católica, acción política, acción cívica, acción profesional, acciones escondidas…), la vida escolar como medio de formación social y el espíritu de iniciativa y sentido social. En suma, una infinidad de aspectos que van desde los más simples modos de la buena educación a la reforma política de las estructuras de posesión y distribución de los bienes de la tierra, todo en vista a crear un orden social cristiano.

3.- Una mística para el alma de Chile

De San Francisco dicen que es el más santo de los santos y el más italiano de los italianos. De modo semejante, la santidad de Alberto Hurtado creció en proporción directa con su amor cada vez más intenso por Chile. El fue un chileno de tomo y lomo, un jesuita enamorado perdido de su patria. En alguno de sus escritos el poeta Vicente Huidobro afirma que lo que a Chile le falta es «un alma». De la justicia de esta sentencia, Dios dirá. Pero nuestra intuición más querida es que el Padre Hurtado ha dado a este país «un alma», la suya propia, que, descartado todo nacionalismo enfermizo, todavía está por configurar nuestro genio entre las naciones, según la inspiración de Cristo.

Es admirable como Alberto Hurtado se hace Padre niños más pobres de su patria:

            «¡Pobres seres humanos tan hijos de Dios como nosotros, tan chilenos como nosotros! ¡Hermanos nuestros en la última miseria! Bajo esos harapos y bajo esa capa de suciedad que los desfigura por completo se esconden cuerpos que pueden llegar a ser robustos y se esconden almas tan hermosas como un diamante. Hay en sus corazones un hambre de cariño inmenso, y quien llegue a ellos por la puerta del corazón puede adueñarse de sus almas» (10,9).

En la fe en Cristo, el Padre Hurtado descubre una fuerza integradora de su país. Por el contrario, el debilitamiento de la fe es visto como una amenaza contra la patria:

            «Todo lo que tienda a disminuir esa fe, da fuerzas a la gran bestia que ruge en el fondo de nosotros y que hace del hombre el lobo del hombre. Todo lo que debilite la fe, debilita la Patria. Luchar contra Cristo es luchar contra Chile» (19,27,4).

Pero la fe en Cristo verifica su autenticidad en la medida que se traduce en sacrificios de caridad y justicia hacia los demás compatriotas. La tarea es urgente, el peligro es inminente:

            «Querámoslo o no, en esta hora del mundo ha estallado una revolución social, la más violenta de la historia. Antes que explote en Chile, anticipémonos nosotros a quitar todo pretexto a esas querellas. Hagamos voluntariamente los sacrificios necesarios, y que los niños de hoy sean educados en un ambiente de mayor sobriedad, con un criterio de justicia social y caridad que los capacite para hacerlos constructores del mundo nuevo edificado sobre la fe de Jesucristo» (HS, 148).

Estas palabras del Padre fueron proféticas. La revolución estalló y fue sofocada. No sabemos cuán violenta pudo haber sido de haber triunfado, pero sí conocemos la violencia con que fue reprimida y el dolor e la injusticia enormes que padecen hasta nuestros días los que la perdieron.

Pero estas palabras siguen siendo proféticas. Hoy Chile se encuentra en una situación privilegiada para superar la pobreza, tal vez como nunca antes en su historia. Y, sin embargo, todavía hay millones de hijos de Dios que la sufren, mientras otros, hermanos suyos, viven para hacerse cada vez más ricos. Los que han consagrado su alma al dinero no tienen nada que ofrecer a Chile. En la fe sabemos que el Padre Hurtado sigue vivo, ayudando a Chile a salir de la miseria; aún más, dando su alma profundamente cristiana a la patria. Esta fue su santidad:

            «Dios quiere hacer de mí un santo

            quiere tener santos estilo siglo XX…

            estilo Chile, estilo abogado, pero que reflejen plenamente su vida» (52,14,5).

Por nuestra parte, hemos de soñar un país de hermanos a partir del amor y la justicia con el pobre. Hemos de soñar a nuestra propia patria viviendo en justicia, paz y colaboración con las naciones vecinas y hermanas. Es preciso apostar por la hermandad universal, aunque todos los pronósticos nos digan que es dato seguro hacerlo por una clase, raza o cultura determinada. Esto no se ha hecho, no lo suficiente. Chile es un país clasis y discriminador. Inspirados en la mística del Padre Hurtado, podemos hacer de Chile un país cristiano, porque hasta ahora no lo ha sido más que de nombre o muy poco, casi nada.

Hacemos nuestros las palabras de Gabriela Mistral: «Démosle al Padre Hurtado un dormir sin sobresalto y una memoria sin angustia de la chilenidad, criatura suya y ansiedad suya todavía»[62].

A modo de conclusión: la lucha de las interpretaciones

El Padre Hurtado no fue comprendido en su época, muchos no comprenden hoy día su santidad y otro tanto sucederá en el futuro. Su santificación tuvo relación directa con las encrucijadas sociales de su tiempo y los ataques que sufrió tuvieron como causa la originalidad de su concepción del cristianismo en una época cristiana sólo en apariencia. Se dijo que sus ideas eran demasiado «avanzadas»; se le acusó de «comunista». En nuestros días, unos conjuran su figura reduciendo su santidad a prácticas devotas que sin duda otros cumplieron mejor que él. En el futuro, muchos levantarán su retrato en los Ministerios para asegurarse el puesto. Si en dos mil años la imagen de Cristo ha sido manipulada en las direcciones más inverosímiles, no será raro que suceda los mismo con uno de sus discípulos.

El estudio realizado permite excluir una serie de interpretaciones equivocadas de su espiritualidad. El Padre Hurtado no fue un «dominico» (con todo el respeto y amor que nos merecen los que proceden «de la contemplación al apostolado»): él contempló a Dios en los pobres y su apostolado fue su contemplación más típica. El Padre Hurtado no fue un «limosnero» que ocultó la injusticia de su sociedad con obras de una caridad hipócrita. El Padre Hurtado no hizo más «milagros» que los que proceden de la caridad sin límites a todas las personas sin distinción. El Padre Hurtado no fue un «revolucionario» que pretende subvertir la sociedad por la eficacia de la fuerza armada. El Padre Hurtado no fue un «comunista». El Padre Hurtado no fue un «beato» en el sentido corriente del término, pero sí reprodujo en su vida las Bienaventuranzas de Jesús.

Los que siguen pensando que la pobreza es un elemento integrante de la Providencia divina, no comprenderán al Padre Hurtado. Para los que no ven a Cristo en el pobre, su espiritualidad seguirá siendo una herejía.

Pero, los que creemos que el Padre Hurtado fue una visita de Dios a nuestra tierra sabemos que él es un santo de los grandes, un gigante espiritual, un místico radicalmente cristiano. Su modo de entender el cristiano cuestiona a fondo todo lo que hasta ahora se ha entendido por espiritualidad, mística y santidad entre nosotros. Esperamos que Chile y su Iglesia se atrevan a reconocerlo con obras más que con palabras.

Jorge Costadoat S.J.

Publicado en Persona y Sociedad, nº 3 (1994) 120-146; y en Cuadernos de Espiritualidad, nº 93, 1995.


    [1] Dicctionnaire de Théologie, dirigido por Peter Eicher, Paris, 1988, p. 445.

    [2] Id…, p. 445.

    [3] Según el Padre Hurtado, «los malos cristianos son los más violentos agitadores sociales» (HS, p. 68).

    [4] Humanismo Social, Santiago, 1984, p. 59.

    [5] HS, p. 32.

    [6] HS, p. 32.

    [7] «¡Deus Optimus Maximus! La Grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida, y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su Santísima Voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote, lo mismo que para el seglar, esta voluntad divina es la suprema realidad» (52,12,5).

    [8] A. Lavín, Espiritualidad del Padre Hurtado S.J., 1977, p. 22.

    [9] A. Lavín, Espiritualidad del Padre Hurtado S.J., 1977, p. 28.

    [10] A. Lavín, La espiritualidad del Padre Hurtado S.j., Santiago, 1977, p. 14.

    [11] A. Lavín, o.c., p. 17-18.

    [12] A. Lavín, o.c., p. 24.

    [13] O.c., p. 24.

    [14] «Rasgos ignacianos del Padre Hurtado», Mensaje, 411, p. 325.

    [15] A. Lavín, o.c., p. 41.

    [16] Cf., A. Lavín, o.c., p. 30ss.

    [17] A. Lavín, o.c., p. 24-25. En otra ocasión afirma: «Y con inmenso valor -eso es tener fe- arrojar la red, lanzarme a realizar el plan de Cristo, por más difícil que me parezca… por más que me asalten temores… Seguir a Cristo y realizar sus designios sobre mí. Ser otro Cristo y obrar como El, dar a cada problema SU SOLUCIóN… Cayendo en la cuenta que Cristo y yo somos UNO: QUE TRABAJAMOS» (52,12,6-7).

    [18] A. Lavín, o.c., p. 29.

    [19] En el momento de su muerte, el Padre pide a Mons. Carlos González que le lea el texto paulino: «Para mí, vivir es Cristo. Todo lo considero basura comparado con el amor de mi Señor» (Positio, p. 490).

    [20] A. Lavín, Lo dicho después de su muerte, Santiago, 1980, p. 431.

    [21] A. Lavín, o.c., p. 29.

    [22] En un folleto sobre el Hogar de Cristo, dirá: «Cristo vive en la persona de nuestros prójimos. Nada más grande que ponerse a su servicio. Nada más noble que sacrificarse por El y por ellos» (9,7,28).

    [23] Positio, p. 338.

    [24] Positio, p. 381. En otra ocasión dice: «La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial» (HS, p. 166).

    [25] HS, p. 167.

    [26] Positio, p. 488.

    [27] A. Lavín, o.c., p. 37.

    [28] A. Lavín, o.c, p. 36-37.

    [29] O.c, p. 38.

    [30] O.c., p. 38.

    [31] O.c., p. 38.

    [32] A. Lavín, o.c, p. 40.

    [33] A. Lavín, o.c., p. 39.

    [34] «Esta (la Iglesia) nunca rechaza la menor partícula de verdad que encuentra en el mundo. ¿No ha hablado acaso León XIII del alma de verdad que esconde todo error? Todo lo que es verdadero interesa a la Iglesia, ella lo reconoce como suyo y se apresura a darle un lugar en la síntesis de su doctrina. Poco importa que estas doctrinas vengan de campos opuestos y aun que ellas hayan sido elaboradas con intención de dañarla» (Positio, 104).

    [35] HS, p. 68.

    [36] «La misión del sacerdote engloba la del maestro, confidente, amigo, abogado, defensor de los débiles, apoyo de los pobres. Al sacerdote se le pide todo: la formación de la piedad, la solución de los problemas más difíciles de la vida, organizar obras sociales y, sobre todo, comunicar a las almas, mediante los sacramentos, la gracia que ennoblece y eleva al hombre al plano divino. Sin sacerdotes, no hay sacramentos; sin sacramentos, no hay gracia, no hay divinización del hombre, no hay cielo. Por eso se ha dicho con razón que nada hay tan necesario como la Iglesia y en la Iglesia nada necesario como los sacerdotes» (p. 128-129). Esta última tesis teológica es muy discutible, pero que en ese entonces era común y que explica el fervor con que el Padre promovió las vocaciones sacerdotales.

    [37] O.c, p. 127.

    [38] A. Lavín, o.c., p. 46.

    [39] A. Lavín, o.c., p. 82.

    [40] Positio, p. 487.

    [41] La crisis sacerdotal en Chile, p. 12. En otra ocasión, afirma: «La espiritualidad cristiana en nuestro siglo se caracteriza por un deseo ardiente de volver a las fuentes, de ser cada día, más genuinamente evangélica, más simple y más unificada en torno al severo mensaje de Jesús. La espiritualidad contemporánea se caracteriza también por la irradiación de sus principios sobrenaturales a todos los aspectos de la vida, de modo que la fe repercute y eleva no sólo las actividades llamadas religiosas, sino también las llamadas profanas. Por haber redescubierto, o la menos por haber acentuado con fuerza extraordinaria el mensaje gozoso de nuestra incorporación a Cristo con la consiguiente divinización de nuestra vida y de todas sus acciones, nada es profano sino profundamente religioso en la vida del cristiano» (Conferencia sobre el «Cuerpo Místico: distribución y uso de la riqueza», 24,9).

    [42] ¿Es Chile un país católico? o.c., p. 177-178.

    [43] HS, 118.

    [44] Positio, p. 88.

    [45] O.c., p. 88.

    [46] O.c., p. 88.

    [47] Positio, p. 199.

    [48] Positio, p. 323.

    [49] Humanismo Social, Santiago, 1984, p. 15.

    [50] O.c., p. 16.

    [51] HS, p. 34.

    [52] HS, p. 37.

    [53] HS, p. 44.

    [54] HS, p. 45-46.

    [55] HS, p. 51.

    [56] HS, p. 53.

    [57] HS, p. 53.

    [58] HS, 67.

    [59] HS, p. 69.

    [60] HS, p. 89.

    [61] HS, 82.

    [62] Mensaje, 411, 1992, p. 308.

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