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De regalo de Pascua, un sacerdote

Sucedió la Pascua recién pasada. Un niño de siete años pidió de regalo un traje y utensilios de sacerdote. Su papá quiso complacerlo. Recorrió todas las jugueterías y no encontró nada. Quién se extraña: cualquier padre normal anda en busca de disfraces militares, médicos o espaciales. Acudió a las tiendas de artículos religiosos, y nada. Cuando explicó su intención, lo miraron con recelo. Le pidieron el carnet. ¿Por qué? No le interesó averiguarlo, siguió buscando sin éxito, hasta que decidió él mismo fabricar el regalo.

            Pidió a una costurera que le hiciera un alba, un cíngulo y una estola. La misma costurera le cosió un corporal y dos purificadores. El padre continuó su empeño: compró una copa metálica que podría hacer de cáliz y un platillo como patena. Compró también un cuaderno de tapa dura que adornó con una cruz, y las figuras del buey, el león, el águila y el ángel. En su interior y a su modo, transcribió la misa entera. Como si estas cosas no bastaran, el padre inventó para su hijo un juego de salón parecido al Metrópolis o a las carreras de caballos. Trabajó con amor y cuidado, tratando de inculcar en su hijo el amor por el sacerdocio.

            El día de Navidad todos tuvieron su regalo. Pedrito fue el primero en abrir el suyo. Se puso el alba y la estola, y bendijo al papá, la mamá, a hermanos, primos y tíos. La estola era bordada en colores vivos. Su padre le pasó el cáliz y le explicó que debía jugar con él con sumo respeto. Como hostia bastaría pan corriente. Pero habría que comérselo todo, y no dejarlo endurecer ni extraviar.

            El padre ansioso tomó el juego en sus manos y explicó sus reglas. Consistía en un circuito largo y sinuoso, que representaba el prolongado camino a la santidad sacerdotal. El circuito incluía dos partes: la primera, dedicada a la preparación al sacerdocio y, la segunda, al ejercicio del sacerdocio. Para alcanzar la ordenación sacerdotal, había que responder a las siguientes tarjetas, dependiendo de la suerte de los dados: 

            * Un sacerdote es un profesor que enseña porque escucha: Verdadero o Falso.

            * Un sacerdote es una mamá con una fantasía gigante para contar cuentos y para responder a todo tipo de preguntas: V o F.

            * Un sacerdote es un mendigo contradictorio, que debe pedir limosnas para los pobres y rechazar favores de los que recortan a los pobres su salario: V o F.

            * Un sacerdote es un vigía que debe estar alerta para ser interrumpido en cualquier momento del día y de la noche, por una mujer machucada por su marido o un marido traicionado por su esposa que se siente solo y necesita que lo abracen fuerte para seguir respirando: V o F.

            * Un sacerdote es un temerario que no lo detiene la noche ni la enfermedad; que pasa los puentes a oscuras y cruza los callejones peor afamados; que le sonríe al obispo porque lo quiere y no porque tema perder la parroquia que tiene a su cargo: V o F.

            * Un sacerdote es un papá que se deja pasar algunos penales para enseñar a los niños a jugar a la pelota: V o F.

            En la parte segunda, el jugador que hubiere recibido la estola del sacerdote, debía avanzar hasta la meta de la santidad sorteando un sinfín de dificultades. Si los dados le fueren adversos, podría caer en un espacio malhadado. En él se leería, por ejemplo:

* SACERDOTE RETA A LOS QUE SE CONFIESAN: VUELVE AL PUNTO DE PARTIDA.

* SACERDOTE BUSCA EN LAS CARTERAS DE LAS SEÑORAS, ENTRE LOS COLORETES Y LAS ESCOBILLAS, FRASCOS, PASTILLAS…: LOS DEMÁS SACERDOTES LE TIRAN LAS OREJAS.

* SACERDOTE INSCRITO EN PARTIDO POLÍTICO: AUNQUE ALEGUE QUE SE TRATA DE UN PARTIDO INSTRUMENTAL, PIERDE UNA JUGADA.

* De todas, la sentencia más drástica sería la siguiente: SACERDOTE TRANSFORMA EL EVANGELIO EN UNA LEY: ¡PIERDE EL JUEGO! SE LE RETIRAN LOS DADOS Y LA FICHA.

            Pero sólo algunos espacios connotaban una censura. Caer en otros constituiría el deseo de todo sacerdote-jugador. Por ejemplo:

* SACERDOTE MÁS HUMANO QUE DIVINO: AVANZA CINCO ESPACIOS.

* SACERDOTE LLORA CON LAS PELÍCULAS ROMÁNTICAS: JUEGA DOS VECES.

* SACERDOTE HACE SUYA TODA LA DESGRACIA DE SU GENTE, COME MAL, DUERME PEOR, PERO DE ÉL NADA MÁS SALEN PALABRAS DE ALIENTO: ¡AVANCE HASTA LA META!

            En el cuaderno decorado con los símbolos de los evangelistas, donde venía incluido el Orden de la Misa, el papá a su manera le escribió un canon que decía:

            “Tomen y coman todos de él,

            porque este pan es más que pan:

            soy Yo mismo hecho pan,

            alimento de alegría

            para todos los que sufren

            y vienen a mí.

            Pan mío y vida mía,

            para que nadie olvide

            que mientras haya hambre en el mundo,

            el hambriento Soy Yo”.

            Las demás prescripciones eucarísticas subrayaban la importancia de acoger a los fieles y dar espacio a sus vidas en la liturgia. Tanta importancia adquiría la participación comunitaria, que los signos de solidaridad y reconciliación harían pensar más en una fiesta que en una ceremonia protocolar.

            Pedrito estaba radiante. Varias instrucciones del juego no las entendía, pero se las haría explicar. El papá estaba igual de contento o más. Sin embargo, un tío observaba esta situación rígido como si se hubiera tragado un plumero. Conteniendo los nervios, categórico en sus ideas, sentenció:

– “¡Simulación!”

            – “¿Cómo?”, dijo el papá.

            – “La Iglesia prohíbe la simulación”. El tío sacó de un bolsillo el Código de Derecho Canónico y leyó a los presentes: ‘Quien simula la administración de un sacramento, debe ser castigado con una pena justa’ (1379). Recordó a los presentes algo que todos ignoraban, menos él: que el Código castiga a los que juegan a ser sacerdotes, diciendo misas o perdonando pecados.

            El papá tomó el Código, leyó los artículos pertinentes y de un tirón arrancó las páginas que trataban del asunto. Quién sabe si para camuflar su arrebato, posiblemente ni él sabría decirlo, hizo chayas del papel y las arrojó como nieve sobre el árbol de Pascua. El episodio fue incómodo para los mayores, indiferente a los niños concentrados en los juguetes.

            Esa noche el tío canonista fingió estar enfermo del estómago y no probó bocado. Serio como siempre, urdía el modo de denunciar a su cuñado y suspender la catequesis de primera comunión a su hijo. Avinagrado, el padre comió con desgano.

            El niño, en cambio, se comió toda la comida y rápido, ¡ilusionado! Que lo más importante esa noche, ¿sólo esa noche?, era ser sacerdote.

De la zancadilla del Viejo Pascuero al amigo secreto

Le quebró los dientes. De una sola zancadilla, el Viejo Pascuero terminó una discusión con el Amigo Secreto. ¡Quién dijo que el Viejo Pascuero no existe! Justo a la entrada de la iglesia de Santa Inés, en la misma Piazza Navona donde la semana pasada se agarró a chopazos con otro Viejo Pascuero, otra vez Santa Claus ha recurrido a la violencia para defender su trabajo. Y dicen que no existe, ¡si hay tantos!

            Tantos y ninguno: todos iguales, la pura división de lo mismo. En otros tiempos, era raro encontrárselo. Había que asomarse al balcón, buscarlo entre las estrellas, las chimeneas, seguro que pronto pasaría.… “¿Cuántos perros tiene el Viejo Pascuero?”, pregunta un niño en el microbus. Y se ríe. El escepticismo cala en la infancia. Al niño le importa un rábano que sean siete o dos, perros o bueyes. Ironiza de nuevo: “¿cuántos perros tiene el Viejo Pascuero?”. Los pasajeros también ríen. A todos da lo mismo el número, los ciervos, la nieve… “¿Cuántos perros tiene el Viejo Pascuero?” Las carcajadas estremecen la locomoción colectiva. Santa Claus está desprestigiado. Ultimamente un nuevo enemigo mina su fama, el Amigo Secreto.

            Con el Viejo Pascuero, todos están obligados a regalar a todos. Los regalos deben ser caros, lo más posible. En cambio, el Amigo Secreto subvierte estos principios: “Cada uno hace un regalo y cada uno recibe un regalo”. Se hace el sorteo, al que le toca le toca… Así, cada cual puede comprar con más atención, con más tiempo para buscar y más dinero. Además, siempre existe la alternativa de poner un “techo” de precio a los regalos que se harán entre los participantes. La entrega del presente, la rotura de la incógnita, incluso si no se trata de alguien íntimo, es eléctrica, inevitablemente más personal, ¡siempre peligrosa! Toda persona es un misterio, antes que una obligación. El Amigo Secreto juega con fibras psicológicas, aun eróticas. Penetra en la familia. El Viejo Pascuero rechina los dientes.

            – “Estás perdido, Viejo Pascuero”, respondió el Amigo Secreto a un primer insulto. Poco a poco se juntó gente en rededor. “Prometes y no cumples. Cumples, a los niños ricos y a las tiendas, ¡títere! A los pobres, ¡los más!, entusiasmas y engañas. Viejo falso: tienes la barba falsa, usas ropa falsa, prometes, pero como carretonero. Lo único cierto es tu panza, ¡guatón mentiroso!”.

            – “¿Acaso das tú la cara?”, replicó el Pascuero. “¡Tú sí que eres pura máscara! Haces como si te dieras a conocer, pero tu secreto es tu tacañería. ¿Ahorrativo? ¡No, avaro! Que así es más democrático, más justo… Na’ que ver. Lo único que te interesa es cumplir y salir del paso. ¡Socialista pa’ la foto! Tus amigos chillan si alguien arroja arroz a los novios (‘habiendo tanto pobre’), pero ¡cómo se banquetean! ¿Por qué no dejas que la gente regale a quien quiera y haga las fiestas que se le antoje?”.

            El Amigo Secreto volvió al ataque: “Tus carcajadas pervierten la Navidad: ‘Pascua feliz para todos’. Sustituyes a Jesús por la obligación de hacer regalos a diestra y siniestra. ¡Delpilfarros…!”.

 

            – “¿Qué sabes tú de Jesús?”, la fundamentación religiosa acalora a los contrincantes, al Pascuero más que al otro. “Te dices ‘amigo de los pobres’, como Jesús. Pero de los pobres que se desclasaron y surgieron quitándole el saludo a los vecinos. Entre ti y las transnacionales del juguete no hay sombra de diferencia”.

            – “¡Tú eres el favorito de esas transnacionales, guatón ateo!”, replicó por última vez el Amigo Secreto.

            Y esa fue, por cierto, la última vez que habló por una semana. Con una zancadilla, el Viejo Pascuero lo hizo aterrizar de dientes.

            La confusión de los niños fue grande. Que el Viejo Pascuero, el Amigo Secreto, Los Reyes Magos, Jesús en el umbral de Belén… Si los papás no entienden nada de nada, ¿qué entenderán sus hijos?

Aparición y renuncia de María Magdalena

Las últimas dos semanas, en las faldas de los Andes, se ha estado apareciendo Santa María Magdalena. Dicen. La afluencia de público crece. Las señales indican que puede tratarse efectivamente de una aparición. ¿Será cierto?

            Han registrado su voz:

            – “Por años me han confundido con una prostituta y yo no he sido nunca prostituta. No tengo nada contra el gremio, pero si cada una carga con su pecado, ¿por qué tengo yo que cargar con semejante fama? Sepan Ustedes que Gregorio el Grande me confundió con la mujer pública de Magdala, siendo yo la discípula más cercana a Jesús, y por culpa del Papa una generación tras otra me ha venerado en todos las mancebías del planeta”.

            – “Dirán Ustedes: ‘Qué viene a aparecerse ésta ahora’. No quiero que se me interprete mal. Como a mi Señor, me duele que haya mujeres que tengan que ganarse la vida así. ¿No lo hacen por sus padres y sus hijos? Ellas merecen todo mi respeto. Pero, mi historia es muy distinta. Jesús echó de mí siete demonios que eran un cúmulo de enfermedades y no de pecados. Desde entonces, encantada de Jesús, lo seguí y lo auxilié, y tal como muchas otras mujeres me hice discípula suya. Mi honor mayor es haber sido la primera testigo de la resurrección. Por eso Tomás de Aquino me llamó ‘la apóstol de los apóstoles’. ¡Cómo no voy a querer más a los teólogos que a los papas!”

            – “¿Que por qué hablo ahora y no lo hice antes? ¡Si lo he hecho tantas veces…! Pero nadie cree en mis apariciones. Yo, discípula y apóstol, proclamo el Evangelio a los que se escandalizan de Jesús. Por esta razón es que hablo en épocas farisaicas como ésta, en que los dichos del día son contrarios de los de la noche. ¿Se ruborizan de mis palabras? ¿Pero a quién se pretende engañar? Aún más, ¿acaso ningún hombre, en ninguna ocasión, recibió de una buscona cariño verdadero? Peores que estas mujeres son los que hoy por doquier escalan posiciones o conservan sus puestos, al precio de su dignidad”.

            – “No, yo no soy una pecadora pública, aunque en el grupo de los discípulos había varias. Tantas, que a Jesús le consideraban amigo de publicanos, borrachos y prostitutas. No es que el Señor estuviera de acuerdo con la venta de sexo. Ya en el antiguo Israel Dios llamó a su pueblo ‘ramera’ para repudiar su infidelidad que, en su caso, era idolatría. Hoy también se prostituye el nombre de Dios cuando se lo usa para asegurarse el futuro, en vez de confiar en él y buscar su voluntad. ¡Uf!, cuán frecuente se manipula a Dios para que realice negocios, para mejorar el status o para purificar las conciencias de pecados que no son los verdaderos pecados. ¡Ay de los que tienen demasiado claro el camino! ¡Benditos los que buscan, porque encontrarán!”

            – “Así lo ha hecho la Iglesia, sus santos. A Ignacio de Loyola se le vio por las calzadas de Roma acarreando una mujerzuela a casa de una gran señora que le daría un oficio decente. San Ignacio, a imitación de santos anónimos, fundó una casa que ubicaba marido o colocaba en un convento a mujeres en peligro”.

            – “Este fue el amor de Jesús. Jesús envalentonó a esa pajarita de Magdala a invadir una casa ajena, para arrojarse y llorar sobre él, besarlo como nunca había besado a un hombre, acariciarle sus pies y ungírselos con perfume. Jesús, conmovido, la consoló de sus penas y pecados. Simón, dueño de casa y anfitrión del Señor, no entendió nada. Tenía las cosas muy claras, demasiado. También yo me aferré a Jesús y quise retenerlo resucitado, lo abracé, besé sus pies y lloré sobre ellos de pura alegría. ¿Cómo no estrecharlo con pasión, habiéndolo yo misma sepultado?”

            – “Vean que no tengo nada contra el gremio. Tampoco he venido a salvar mi imagen. Me he expresado mal: ¡disculpen! Pero la honestidad con mi historia y con ustedes mismas -dirigiéndose a las que escuchaban con mayor atención-, es saludable para todas. Vamos al grano. He venido a poner a su disposición mi oficio de ‘patrona’. ¿Cómo podría yo representarlas, interceder por ustedes, si yo misma no he experimentado en carne propia la vergüenza de la calle? Los negros tienen patronos negros, los ricos patronos ricos. Yo carezco de toda autoridad para representarlas. Pero, ya que he ejercido por tanto tiempo el cargo, habiendo sido también yo amiga de Jesús, con humildad me ofrezco como su “patrona adoptiva”. ¿Les parece? Un oficio ajeno se hace con cariño. ¿Podría ser su ‘patrona’, al menos mientras encuentren otra mejor?

            Esto es todo lo que la grabadora de un curioso devoto pudo registrar, hasta que se le agotaron las pilas. Las alocuciones se han repetido, prácticamente en los mismos términos. Pero no todos las creen verdaderas. ¿Serán ciertas? Los teólogos son escépticos. Los evangélicos no quieren oír hablar de apariciones. El sindicato se ha serenado y aceptaría una “patrona interina”. Los pastores, que tienen un corazón grande, están inclinados a aprobar algunas rarezas que filtren la ternura de Dios.

El auge de Fénix y la caída de Fénix

Cuando Fénix fue llamado al  Ministerio de Educación, el gobierno creyó asegurada su reelección. La oposición, en cambio,  perdió toda ilusión de acceder al poder. Nada más faltaba al “país de las maravillas” un educador genial, un genio conductor del alma nacional.  Todo había sido hecho bien y, sin embargo, la nación carecía de encanto. Para algunos lo que de verdad había ocurrido era un “pacto con lucifer”, el ángel de la luz, de acuerdo al cual las convicciones éticas más fundamentales se transaban en los mismos términos que los zapatos y las lecherías en la bolsa de valores. Opinión esta que hacía aún más propicio el terreno para una gran propuesta educativa. Para moros y cristianos, Fénix era el ministro que extraería del carácter del pueblo la teoría de su propia cultura, los principios pedagógicos del cultivo de la propia identidad. Pero nadie sabía que Fénix era un educador nato, no un teórico.

Vocación y currículum

            Como toda vocación interesante, la de Fénix tuvo un origen triste y feliz a la vez. Su padre fue con él un pésimo preceptor. Su madre empeoró las cosas mimándolo en extremo. Los dos lo quisieron, pero mal. Lo educaron mal: que si no hay educación sin amor, la cosa no es amar sin más, sino amar correctamente.  Fénix se hizo a sí mismo, de la nada, del polvo de sus repetidos fracasos escolares. Porque un niño mal educado va de tumbo en tumbo. Fénix se hizo jugando, como  la cerámica en las manos de un alfarero, como la sociedad humana organizó el sexo y el afecto. Curioso. Hay personas que inventan el mundo, que no replican en sí mismos el orden dado, ni traspasan a la generación sucesiva los errores padecidos. ¡Hijos de su fantasía! Por su imaginación, Fénix fue libre. Con sus juegos liberó a sus propios críos y ahijados del miedo y del tedio. Jugando creó el mundo que desaparecería con él, porque sin él no habría valido la pena envidiar ni mejorar.

            Fénix llegó al cargo precedido por la fama de sus discípulos. Entre otros, destacaron Contre Contreras y Lito Ma Sama.  El obispo Contre Contreras sacó de Fénix  la manía de contradecir las dictaduras y de personificar todas las diferencias.  ¿De dónde, más que del ingenio de su maestro, aprendería Contre a aplaudir los goles del otro equipo y prestar a los niños la mitra y el báculo? El Presidente Lito Ma Sama tomó de él su afán por la reconciliación de las razas,  culturas y clases, además de su final estrambótico. Su ley de Matrimonios Mixtos que premiaba el cruce de chilenos y bolivianos, judíos y árabes, entre otras uniones posibles, y, por otra parte, penalizaba los matrimonios de ricos con ricos, de católicos con católicos, de carabineros con paquitas,  tuvo como antecedente remoto juegos inventados por Fénix  como Corazón de Melón,  la Banda está Borracha, los Sapitos Chicos y Topa,Topa Carnerito.

Principales juegos

            Topa, Topa Carnerito fue de los infinitos juegos del educador el más tierno. Se aplicaba a párvulos de meses que ni hablaban ni se tenían en pie. Consistía simplemente en chocar con la frente la frente del infante una y otra vez, repitiendo la fórmula mágica: topa, topa carnerito. Fénix nunca supo que la santidad, la verdadera santidad, comienza y termina con el uso de los sentidos ni que los grandes místicos, y no sólo los locos, son tocados por Dios. Sin querer gestó en los pequeños la devoción y el coqueteo. Niños de 6 u 8 meses adivinaron por él que hay en la vida choques lúdicos de amor y de risa, y los anticipaban con sus cabecitas muy antes que con palabras.

            Upalalá, El Avión y  Camello Cochino, Camello Flojo reforzaban la confianza básica que todo niño necesita para crecer. Upalalá, decía Fénix, al arrojar al educando al cielo para recogerlo con gozo en los brazos. “¿Más?”, le preguntaba. Si el niño no quería más juego, ofrecía Fénix la posibilidad a sus hermanitos o primos, con la esperanza que el primero se animara de nuevo. También educaba al riesgo El Avión. El profesor tomaba las manos de sus discípulos y los hacía girar en torno suyo, suspendidos en el aire, zumbando, comunicándoles seguridad en esa particular situación de la vida en que no hacemos pie en parte alguna y dependemos de otro en todo. Camello cochino, Camello Flojo era más que subir  Alapa, más que sentarse orgulloso en los hombros del papá. Era andar sobre un camello en pleno desierto menéandose de lado a lado, a punto de caerse hacia atrás, hacia adelante, hacia cualquier lado y por cualquier parte del animal. Ningún niño que pasó por estos ejercicios se chupó el dedo en la escuela y los que entraron en la universidad no tuvieron nunca necesidad de copiar en las pruebas.

            La Arañita Dormilona preparaba con sus cosquillas a la vida marital. La  Carrera de Caballos estimulaba la velocidad y los deseos de apostar la vida. El Spit Fire B evocaba el justo título de la guerra aérea contra el nazismo. La Gallina con los Pollos infundía en los pequeños la impresión de protección. La famosa Escondida recibía nuevas reglas y nuevo nombre: Culpa mía no será, porque Fénix hacía suyos los dichos de los niños y les daba legitimidad, aunque no atinaran de lleno con el quid del asunto.

            Fénix inició a sus alumnos en la victoria y el fracaso.  Les hizo probar como nadie el terror y su exorcismo. Les hizo gustar la vida, la libertad, la diversión, precaviéndolos contra el placer sin sacrificio y el triunfalismo. El Lobo Pastor, El Mejor Hombre del Mundo,  La Terrible Osa, La Revolución, El señor Americano, El Perro y el Gigante Fombalt, fueron estímulos precisos del pavor y de la dicha.. El más representativo de estos  juegos fue El Triunfo del Monstruo y la Derrota del Monstruo. En un primer momento predominaba el Monstruo. Los niños arrancaban a perderse. Se subían a los árboles, se metían debajo de las camas, aterrados. Ululando, con los brazos en alto y  paso cansino,  el Monstruo iba lento pero siempre llegaba a estrangular a los pergenios. Por último, las fuerzas del Monstruo decaían. Entonces llegaba la hora de los niños. Se abalanzaban sobre él, lo golpeaban y desquitaban contra él todo el miedo acumulado. Si se trataba  de educar a uno en particular, Fénix se transformaba en Goldfinger, personaje que infundía un pánico agudo, seco,  que hacía orinarse a los hijos de los vecinos ignorantes del terror sacro. Cuando se trataba de un niño que merecía un trato especial,  Fénix le inventaba un pseudónimo y un juego para él solo, como el caso de “Patancito” perseguido por El Pate Palo y el Mauricio. El Pate Palo era el mismo Monstruo, pero cojo. El Mauricio nunca nadie supo quién era, pero su inminente aparición le daba a la historia un toque de misterio escalofriante.

Caída de Fénix

            Los primeros cuatro años de  Fénix como Ministro de Educación fueron estupendos. ¡Cuánto entusiasmo fue capaz de insuflar a una dependencia pública acoquinada por la ingratitud ciudadana! La ficción se apoderó de las aulas, remeció incluso a padres y apoderados. Los niños, por fin, fueron protagonistas de su propia formación, y no más receptáculos de cifras y  reproches.  La nación fue admirada, más que por sus pillerías, por su inventiva, por su estilo gentil, incluso por una renovado estilo en el ámbito diplomático. Además de sus hijos, también otros niños creyeron que Fénix era  El Mejor Hombre del Mundo.

            El quinto año, empero, todo se vino abajo. El país no fue capaz, carecía de mecanismos jurídicos para acoger la creatividad desencadenada por Fénix. La imaginación desenfrenada, las libertades propiciadas, las iniciativas produjeron más problemas que soluciones. Los acontecimientos no se habrían precipitado, sin embargo, si el mismo Fénix no se hubiera extralimitado en sus funciones. En un exceso de celo público, promovió leyes que introducían juegos como La Revolución en los seminarios, y La Gallina con los Pollos en el Ejército. Luego, pero ya con retardo,  procuró atajar el desmadre nuevamente con el único recurso que tenía: el juego. De vuelta de vacaciones,  aplicó en la oficina la estrategia del Triunfo del Monstruo. Se rieron de él, como en otro tiempo los niños que le perdían el respeto. Dando crédito a la gravedad de la emergencia, se presentó al Consejo de Ministros como Goldfinger. Tampoco este impacto de crueldad fría y certera dio su resultado. El desprestigio de Fénix colmó toda tolerancia cuando se supo que la Ministro de Economía jugaba a Topa, Topa Carnerito con el Presidente de la Corte Mayor de Justicia.

            Fénix fue depuesto y denigrado. No fue la piedad, sino la prevención de turbulencias estudiantiles lo que movió a las autoridades a otorgarle una pensión modesta pero digna. El país recuperó la rutina. Los negocios prosperaron a cotas inigualadas. En las iglesias la risa fue perseguida hasta el castigo y al catecismo se agregó un nuevo pecado: las cosquillas. La sequía acabó con los glaciares del entorno. De Fénix no se supo más. Pero su bondad pervive al rescoldo de su leyenda y de tanto en tanto humea nuevas encarnaciones.

Artemio Tinto

Artemio nació desbalanceado. Por una extraña crueldad de la madre naturaleza, Artemio desarrolló una escasa fuerza moral junto con un fuerte sentido de culpa. Él tiene la atroz impresión de ser más culpable de lo que a sus fuerzas e inteligencia se les puede imputar. Como no puede abreviar esta distancia, toma en demasía. Para soportar la condena social de alcohólico, toma aún más. Y así, desbalanceado, Artemio va de caída en caída.

            Artemio es casado, pero le gustan las mujeres… Las veces que ha jurado fidelidad a la suya, no ha sido capaz. Incapaz de tolerar el reproche moral, se ha dado al vino, selectivamente al tinto.

            Ni el mismo Artemio entiende bien por qué toma: si por huir del castigo o para castigarse. Sus sentimientos de culpabilidad, más que de la inconsciencia del mal hecho, provienen del temor a los que, desde su infancia, no se cansan de vociferar su ineptitud. Tomando Artemio aligera su dolor y capea la censura. Pero el tinto sirve también a Artemio para castigarse y dañarse, como si con su propia ruina pudiera aplacar a los que lo atormentan o, quién sabe, si hacer brotar su piedad.

            Desde que su hija mayor ha crecido, sin embargo, Artemio se ve distinto. Ella le ha dicho quererlo ¡sin condiciones! Artemio está desconcertado. De la mano de su hija, se ha integrado a un grupo de rehabilitación de enfermos alcohólicos. Allí cada uno se empeña en abstenerse por 24 horas, no más. Hombres y mujeres con las historias más increíbles se reúnen a jugar cartas, pool, dominó. Todos los temas son permitidos. Los chistes giran en torno a las bebidas dulces, la carencia de sucedáneos dignos. Cuando el relajamiento es generalizado, se recuerdan casos de farras fenomenales, de recaídas por los motivos más alambicados, como si a fin de cuentas fuera mejor un borracho famoso que un alcohólico anónimo. Ríen de sus miserias, como si su mundo fuera el único mundo que mereciera ser salvado.

            Ultimamente, por responder al cariño de su hija, Artemio no toma más. Cedió una vez a un “tintolio” de marca por una pena mayor. Pero se levantó y sigue luchando. Desde hace un tiempo se ha dado cuenta de que en el grupo de alcohólicos lamentan sus ausencias, como si él, Artemio Tinto, comenzara a pertenecer a alguien. Se siente obligado y feliz dice tener con ellos un compromiso. Artemio entiende poco de compromisos. Esta vez, en cambio, ha empeñado su palabra y sabe que, aunque tropiece de nuevo con la misma piedra, no le faltará el amor para seguir intentándolo. Artemio siente que lo están desbalanceando.