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Nuevo mecanismo para la elección de obispos

El episcopado chileno se reunirá con el Papa dentro de pocos días. Bien podemos pensar que en un plazo relativamente breve muchos obispos dejarán sus cargos por razones de diversa índole. ¿Cómo se harán los nuevos nombramientos?

Es una gran oportunidad para introducir cambios que permitan mirar el futuro con esperanza. Es esencial trabajar a fondo los procedimientos de elección que se adopten para corregir las graves falencias y debilidades que tiene el sistema actual que ha hecho posible nombrar al obispo Barros en Osorno y a varios obispos más que no parecen idóneos para el cargo. Por ejemplo, no sería prudente que interviniera el nuncio actual. En el futuro sería muy recomendable que los nuncios tuviesen una intervención mucho más acotada. Dado como están las cosas, los mismos obispos chilenos en su conjunto están también puestos en duda. Acumulan críticas justificadas. La Conferencia está desacreditada. El episcopado, así, encuentra serios obstáculos para reaccionar de un modo protagónico o propositivo frente a los cambios en curso.

En las actuales circunstancias obviamente que la última decisión en los nombramientos recaerá en el Papa. Digo que en las “actuales circunstancias”, porque urge que la iglesia revise el modo como el Papa ejercerá en el futuro su autoridad en la elección de los obispos. No puede ser que el nombramiento de todos los obispos del mundo dependa de modo casi absoluto del Pontífice. ¡Son cinco mil! La institución eclesiástica, que adoptó el modelo de las monarquías absolutas, tiene que actualizarse de acuerdo a la cultura democrática de la civilización contemporánea y sobre todo conforme a la más antigua tradición de la misma iglesia. Es fundamental que los nuevos elegidos estén en comunión con el Papa pero esto no significa que el mismo Papa tenga que elegirlos directamente sin participación de las iglesias locales.

Por esta misma razón, el mecanismo que se adopte para que haya verdadero progreso tendría que ser participativo de distintas maneras: a) debería ser conocido por todos. Todos los católicos debieran saber cómo empieza y cómo termina el nombramiento de cada uno de los obispos que habrán de ser elegidos para el cargo y quienes intervienen en la decisión; b) todos, sin excepción, tendrían que tener la posibilidad siquiera de contribuir a forjar el perfil de obispo que la iglesia necesita hoy; c) en las instancias más confidenciales del proceso –ciertamente necesarias por la relevancia del cargo- tendrían que poder participar laicos eximios. También mujeres debieran poder decir una palabra en paridad de condiciones. No se puede seguir excluyendo a las mujeres. Por cierto, debe saberse que en la actualidad hay laicos que efectivamente influyen, pero lo hacen “por la ventana”. No es menor el peso que han tenido ciertos católicos adinerados en estas decisiones. También los gobiernos suelen hacer saber sutilmente sus preferencias.

Un mecanismo como el propuesto es canónicamente irregular. Pero, mientras el derecho canónico, que a este respecto ha cambiado mucho a lo largo de la historia, no sea reformado, los nuevos procedimientos pueden ser ad hoc. Nada debiera impedir que el Papa, que tiene una responsabilidad mayor en la solución de esta crisis, pueda crear un mecanismo adecuado.

En este punto, un asunto decisivo será determinar quién encabezará este proceso. Por lo dicho no convendría que lo hiciera ningún obispo chileno. Ninguno tendría la independencia requerida. Tampoco debería hacerlo la nunciatura por lo desprestigiada que está. Creo que convendría que el Papa Francisco enviara a una persona como Scicluna, que viniera de fuera a hacerse cargo del proceso de nombramiento de todos los obispos que han de ser elegidos en el curso del próximo año. Esto, probablemente, permitiría mucha más participación y renovaría la confianza en el gobierno de la iglesia chilena, Recuperaría la confiabilidad, el crédito y la fiabilidad sin las cuales la crisis de “fe” de los cristianos se agudizará.

He oído a personas preocupadas por la división de la iglesia. No se refieren tanto a la diferencias entre católicos, sino al foso de incomunicación entre la institución eclesiástica y el resto del pueblo de Dios. La falta de participación de los bautizados y bautizadas en las decisiones de su iglesia es casi total. Los obispos y los sacerdotes no damos cuenta a nadie de nuestros actos. Que ahora el común de los cristianos puedan ser considerados en la elección de sus autoridades legitimaría su investidura. Una cosa es ser nombrado para gobernar y otra es poder gobernar. Sin autoridad, el poder eclesiástico, en el siglo XXI, será como el rey del Principito que, desde su trono real, vestido de púrpura y armiño, mandaba sobre todo lo que supuestamente le podía obedecer, el sol y las estrellas, pero no tenía a nadie que pudiera desobedecerle. Era el único habitante del planeta.

Próxima elección de obispos

A estas alturas es más que probable que dentro de muy poco Juan Barros dejará de ser obispo de Osorno. Los osorninos habrán podido representar a muchos católicos chilenos que piensan que ningún obispo debiera serles impuesto. Esta situación, podrá volver a ser posible en casos similares y aunque no deseable nos deja muchas lecciones.

En este momento en que los obispos chilenos se aprontan a encontrarse con el Papa Francisco, para reflexionar en conjunto los hechos y establecer un plan de acción, surgen dos preguntas. Una es por la idoneidad de quienes serán nombrados obispos en reemplazo de los que eventualmente dejarán el cargo. Estos pueden llegar a ser nueve en un plazo relativamente breve. Preocupa quiénes llegarán a serlo. ¿Qué obispos nuevos podrán echarse sobre los hombros el peso de la masiva desconfianza de los fieles en sus autoridades? Estas, precisamente, han perdido autoridad. Hoy no basta la investidura. El común de los bautizados es mucho más crítico. Espera que los sacerdotes den cuenta de sus dichos y de sus actos.
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A efectos de elegir a los nuevos obispos, convendría elaborar un perfil de los candidatos de acuerdo a la realidad en la que se está. A mi parecer, las personas podrían tener al menos estas tres características. Han de ser sujetos con una capacidad de conectarse emocional y culturalmente con todas las generaciones. Esta empatía no tiene por qué ser mera simpatía, sino aptitud para entender por dentro a la gente de esta época y su cultura, y compadecerse con los más diversos sufrimientos humanos. Por lo mismo, segunda característica, se requiere sujetos con una sólida formación como para tener una visión amplia que permita usar la enseñanza tradicional de la Iglesia para ayudar a las personas y no para oprimirlas con ella. Estas dos características se requieren conjuntamente. No puede ser que los obispos se perciban como alejados del sentir y del pensar de los católicos. La tercera característica necesaria será la credibilidad. Los obispos deben ser fiables. Si a los católicos no les son confiables, en las actuales circunstancias de crisis de “fe”, carecerán de un requisito indispensable. La fe en el cristianismo se transmite por testimonio de personas que acreditan que Dios, que nunca falla, les ha cambiado la vida. La empatía y la formación intelectual, en el caso de las autoridades eclesiásticas, cumplen su función cuando estas tienen algo que enseñar porque lo han aprendido de una experiencia del amor y del perdón de Dios.

La segunda pregunta de suma importancia en el presente y para el futuro, es quién elegirá a los obispos y cómo se hará dicha elección. En la actualidad la hacen los papas. Si Francisco hubiera escuchado a los obispos chilenos, en vez de oír a quienes lo desinformaron, la situación de Barros no habría llegado a mayores. Pero, independientemente de este grueso error del Papa, el problema es la legislación eclesiástica que concede un poder casi absoluto a los pontífices. El caso es que Francisco, en estos momentos, carece de la institucionalidad adecuada para informarse acerca de unas nueve personas que podrán ser obispo. Si en el nombramiento de Barros las presiones para mantenerlo y para bajarlo han sido enormes, la elección de los próximos nombres podría ser caótica.

Podría ser caótica porque el proceso de información necesario para nombrar los nuevos obispos no da abasto. ¿En quién confiará el Papa para nombrar a los nuevos obispos? El actual nuncio tiene enorme responsabilidad en la situación creada. Es de esperar que Scapolo no intervenga en nada. Los obispos chilenos, en gran medida inocentes del “caso Barros”, también se encuentran desacreditados. ¿Le creerá Francisco a unos y no a otros? ¿Quién es quién? El Papa puede resolver el problema “a la personal”, con lo cual arriesga reincidir en la práctica que ha generado esta crisis.

Esto me hace pensar en la posibilidad de que Francisco nombre a una persona de suma confianza –como hizo con Scicluna- que monte un mecanismo ad hoc para reunir la información necesaria y para que ayude a evaluarla. En muchas instituciones existen comités de búsqueda que cumplen esta función. Conozco los mecanismos de la Universidad Católica y de la Universidad Alberto Hurtado. Funcionan muy bien. La máxima autoridad de la universidad realiza la nominación de los rectores después de haber oído a todos los estamentos y haber reunido todo tipo de antecedentes. ¿No tendrán nada que decir en la elección de los próximos nuevos obispos chilenos los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los laicos y las laicas? Los jóvenes, ¿no pudieran ayudar a forjar el perfil de obispo que se necesita?

Nullus invitis detur episcopus, sostenía el Papa Celestino, es decir “que no haya ningún obispo impuesto”. Tal vez el “caso chileno” abra las puertas a una iglesia más democrática. La actual se asfixia por escasa participación de sus integrantes.

Taller presentación del Oráculo cristosófico

Presentación: El Oráculo Cristosófico, Dios habla desde tus emociones

No más obispos impuestos

La carta del Papa Francisco a los obispos chilenos, escrita después de una larga serie de hechos, penosos unos, incompresibles otros, evidencia que el problema de la institución eclesiástica es muy grave. La convocación del Papa a la Conferencia completa a Roma para explicar en persona las decisiones que tomará para que ella enmiende su curso, no tiene antecedentes. La noticia da vuelta al mundo.

Francisco confiesa y se confiesa. Se confiesa de haberse equivocado y pide perdón. Y, como todos nosotros, da al menos una explicación que aligere su culpa. Estas son las palabras centrales: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. Se confiesa, pero también confiesa haber sido engañado.

¿Quién lo engañó? No sabemos. No tenemos información. Pero hay responsabilidades institucionales que autorizan a cualquier persona a suponer que determinadas autoridades son inocentes o culpables de informar debidamente a su superior mayor. En este caso, ya que consta que los obispos chilenos no querían a Juan Barros de obispo en Osorno, es más, que se opusieron a su nombramiento, deben responder por sus actos el nuncio Ivo Scapolo y el Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Errázuriz es un hombre de suma confianza del Papa. Pertenece al pequeño grupo que Francisco ha llamado a Roma para que lo aconseje en el gobierno de la iglesia. Su deber ha sido informarlo rectamente. ¿Le explicó el Cardenal al Papa la situación en que se encuentra la iglesia chilena? Ciertamente ha debido decirle quién ha sido el líder de la agrupación sacerdotal del “El Bosque” y los obispos nombrados, ya que él mismo ha sido parte del problema. Errázuriz ha reconocido públicamente su tardanza culpable en hacer justicia a las víctimas de Karadima. Si Errázuriz cumplió su deber, ¿por qué Francisco no le hizo caso?

Talvez le creyó más al nuncio Ivo Scapolo. Los nuncios tienen una enorme responsabilidad en el nombramiento de los obispos. En una carta anterior del Papa Francisco que alguien filtró los días de su visita, decía que no había prosperado la remoción de Barros, y de otros dos obispos de “El Bosque”, por culpa de Scapolo. ¿El nuncio haciéndole trampas al Santo Padre?

Es muy posible que haya habido otras personas que han decidido y mantenido a Barros en el cargo, engañando al Papa una y otra vez. Los católicos chilenos tenemos la impresión de que la suerte de nuestra iglesia se transa entre cardenales, unos locales, otros extranjeros. Hace demasiados años que la iglesia católica chilena vive a la sombra Jorge Medina y Angelo Sodano.

Llegamos así al problema de fondo. Esperamos que el Papa –que no solo ha actuado por engaño, sino que también por culpa propia, ya que no ha oído debidamente a la dirigencia de los obispos chilenos-, tome decisiones drásticas.

Pero, en el fondo de los fondos, el problema es mayor. La Iglesia Católica hoy ha perdido la capacidad de reformar sus estructuras y, a propósito del caso en comento, son estas antes que la calidad de los curas las que facilitan la ocurrencia de los abusos sexuales y de conciencia que lamentamos. Esta es la conclusión de la Royal Comission de Australia (2017) sobre el tema de abuso de menores. El Papa ha sido elegido para reformar la curia romana. Algo avanza. Tiene una contra enorme. Pero más importante que reformar la curia, es que cambien por completo las relaciones de las iglesias locales y regionales con la iglesia de Roma. La Santa Sede tiene sofocada la posibilidad de un despliegue inculturado del cristianismo, acorde con la realidad de los diversos continentes y países.

A esta alturas, lo mínimo que podemos pedir los católicos chilenos es que nos dejen elegir a nuestros obispos. Osorno ha comenzado por no tolerar que se le imponga a uno que su gente, que no es tonta, no quiere.

El Papa habló: ¿habrá temblor o terremoto en el episcopado chileno?

Se pronunció el Papa: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa la carta enviada ayer por Francisco a los obispos chilenos: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. El Papa acierta en el tono y en el fondo. Pero, sobre todo, abre la esperanza de una solución a la crisis del episcopado chileno y de una recuperación de la confianza en él de parte de los católicos y de los chilenos en general. Aun así, todo lo ocurrido, que por cierto aun no acaba, deja planteados problemas sin resolver que afectan a la iglesia en todas partes del mundo y que, en lo inmediato, a la iglesia chilena le han costado demasiado caro.

Vamos por orden. ¿Quiénes informaron mal al Papa como para haber nombrado y mantenido en el cargo al obispo Juan Barros? ¿Quién no le hizo saber con fuerza y claridad que la situación de los abusos sexuales y de conciencia del clero en Chile, especialmente los ocurridos en el círculo del P. Fernando Karadima, han estremecido al país? Por la información que tenemos, no han sido Monseñor Ezzati ni Monseñor Silva, últimos presidentes de la conferencia, ni la conferencia misma, ni muchos obispos más. ¿Quiénes fueron entonces? Talvez fue Monseñor Francisco Javier Errázuriz. No lo sabemos. Pero él ha debido informar correctamente al Papa y Francisco ha debido escucharle con más atención que a otros, porque lo conoce bien y es uno de los nueve consejeros más estrechos que tiene. ¿Ha sido el nuncio, Monseñor Scapolo, quien lo informó deficientemente? Hemos de suponer que el Papa también ha debido confiar en él. Del nuncio ha dependido en gran medida el nombramiento de Barros. En eso consiste su cargo. Si al Nuncio lo pasaron a llevar en el nombramiento de Barros, ¿quién lo hizo? ¿Por qué Scapolo aceptó que lo hicieran?

El Papa espera juntarse nuevamente con los obispos chilenos en Roma y suponemos que, en esta ocasión, se solucionarán los problemas que hayan de solucionarse. Es casi evidente que el obispo Barros tendrá que dejar el cargo. Pero, ¿solo él? ¿Qué información le llegó a Francisco en el informe de Scicluna que pudiera servir al episcopado para zafarse de la situación penosa en que se encuentra? La salida de Barros, a estas alturas, es una solución de poca monta. El problema del episcopado chileno es antiguo y mucho mayor. Si no lo fuera, Barros no sería obispo de Osorno.

A mi entender la incomunicación en la iglesia es el problema número uno. Esta incomunicación tiene diversos planos. En el plano más profundo, existe una distancia gigante de mentalidad entre las autoridades y la inmensa mayoría de los católicos. Los católicos, entre ellos muchos sacerdotes, no nos sentimos culturalmente representados por los obispos. Entendemos el Evangelio en registros culturales diferentes. El tema emblemático es la situación de la mujer. Una comprensión razonable del Evangelio hoy, daría a ella el lugar de dignidad que la actual doctrina y la organización clerical le desconocen. Son muchos otros los asuntos pendientes. No me puedo alargar.

En lo inmediato, la incomunicación entre el Papa y los católicos se ha expresado a propósito del nombramiento de un obispo, pero atañe por parejo al nombramiento de todos los obispos. ¿Por qué estos nombramientos dependen principalmente del nuncio? ¿Por qué los hace en última instancia el Papa?

Creo que llega la hora en que las iglesias locales tengan una palabra decisiva en la elección de sus autoridades. Los laicos también tendrían que tener más de un voto. Y, por cierto, derecho a veto, como lo han ejercido los osorninos. No puede ser que los obispados “se consigan” en la corte vaticana tras años de escalamientos, paleteadas y cocktailes en las embajadas. ¿Cuánto han influido en los nombramientos de obispos las famosas cartas del temible Cardenal Medina?

El problema es todavía mayor. Llega la hora de que las iglesias regionales dejen de depender tanto de la iglesia de Roma. El Papa tiene por misión unir a las iglesias y representar la unidad de la Iglesia de Cristo. Pero constituye un exceso intolerable –además de perjudicial- que pretenda gobernarlas a todas. El modelo de la monarquía absoluta adoptado por Iglesia católica los años de Carlos III y Luis XIV no da para más. A los católicos nos falta democracia y, bajo algunos aspectos, respeto a los derechos humanos dentro de la misma iglesia. Falta rendición de cuentas (accountability). ¿Quién le responde al pueblo de Dios? Los católicos viven desinformados. Todo se resuelve a sus espaldas y en secreto.

Los católicos de Osorno nos llevan la delantera. Queda mucho por andar.

EL ORÁCULO CRISTOSÓFICO

Escribí el Oráculo Cristosófico

El Oráculo Cristosófico es un método para leer el Nuevo Testamento. Es un método, es decir, es un camino diseñado para llegar a oír lo que Dios está queriendo decir a la persona que consulta el Oráculo en el momento emocional en que se encuentra.

En las culturas tradicionales siempre existieron pitonisas o sacerdotes que con sus oráculos ofrecían una respuesta de parte de los dioses a las personas que les preguntaban por su futuro. La adivinación, hasta el día de hoy, supone que los seres humanos tienen un destino que ignoran, pero que habrá de cumplirse infaliblemente. El vidente, el adivino o la bruja supuestamente tienen una técnica para revelar este destino a quien acude buscando su averiguación.

En el cristianismo los oráculos son algo muy distinto. Los oráculos de los profetas y de los sacerdotes son orientaciones o recomendaciones que las personas deben considerar para encontrar con más seguridad lo que Dios les está pidiendo en sus vidas. Para los cristianos la historia está abierta. Nadie sabe ni puede saber en qué acabará una vida humana. No existe un secreto no revelado. Lo que ha de revelarse en las vidas de las personas dependerá de lo que libre y creativamente hagan con el amor que Dios les tiene. El gran mensaje es Jesús, su ejemplo y sus palabras. La gran ayuda para entender el mensaje y ponerlo en práctica, es el amor del Espíritu Santo.

Para esto sirve el Oráculo Cristosófico. El punto de partida de este instrumento son las emociones que la psicología moderna estima que son básicas en el ser humano: alegría, tristeza, miedo, aversión, sorpresa e ira. No debe extrañar, por tanto, que en textos antiguos como el libro del Génesis que cuenta la historia de los primeros padres en el jardín del Edén, se nos hable de estas emociones. Ellas se dieron y se dan en la humanidad desde sus orígenes como energías cósmicas que indican al ser humano caminos a la felicidad o a la desgracia. El punto de llegada, a su vez, es la palabra personal que Dios dirige a quien está interesado en oír su voz.

La consulta del Oráculo comienza con la elección de una de las cartas que acompañan a este libro. El Oráculo –como se ve- también es un juego, un juego que prepara el espíritu para oír la palabra de Dios. Cada una de las cartas corresponde a una de las seis emociones mencionadas. Cada una, a la vez, envía a un texto bíblico en el cual aquellas emociones juegan un papel significativo. La imagen de la carta, asimismo, introduce a la lectura que sigue a continuación. De la lectura de los pasajes del Nuevo Testamento debieran provenir esas palabras personales que Dios dirige a los oyentes. Los oráculos ayudan a escucharlas.

Nota: Para comprarlo se puede escribir a oraculocristo@gmail.com

Semana Santa: Jesús nos lleva al apa

“Que llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada”, dice más o menos Serrat en una canción.

Tengo un ateo dentro de mí. Es mi mejor amigo. No exagero, es el mejor: nadie me cuida más de la pérdida del sentido de la realidad que nos está devorando. Conversamos. Discutimos.

Anoche en sueños mi amigo ateo me dijo: “Semana santa”. “¿Y qué?”, le respondí. Como no lo voy a saber. Soy cura. Tengo en la agenda el retiro debo dar el viernes y el sábado, el vía crucis, la misa de Pascua, etcétera, lo típico. “Lo típico no debiera ser típico”. Me rebatió mi amigo. “Este es un grave problema en el clero. El cura tiene que ayudar a redescubrir lo atípico en lo típico”. No le entendí bien.

Mi amigo ateo se explayó. “Pon atención a lo que está ocurriendo con los contemporáneos sea cual sea su pelaje. El futuro, el afán porque sus hijos sean más que ellos, que sean universitarios, por ejemplo, ha comenzado a alienarlos a ellos y a sus mismos hijos”. La conversación fluyó con facilidad. También yo pude compartir mis ideas.

La humanidad se encuentra en una competencia feroz. No solo hay que hacerlo mejor que los demás. Es imperioso adelantárseles. El secreto de la derrota de los otros está en la velocidad. Esta, que es el motor de la actividad empresarial y comercial, ha contaminado las otras áreas de la existencia. La vida se acelera. Supuestamente vamos ganando. Van ganando, en verdad, los psiquiatras y los psicólogos. “Las pastillas contra la ansiedad”, agrega mi amigo ateo. Los lentos están condenados a la obsolescencia o hacer las cosas mal.

“La calidad del tiempo se degrada”, sentencia mi amigo. No hay posibilidad de parar, detenerse, respirar, mirar hacia arriba, hacia el lado. Mirar para atrás es un riesgo mortal. “Corre, corre, la guaraca, al que mira para atrás se le pega en la pelá”, decíamos cuando niños. Correr y olvidar. Olvidar para correr. Correr todavía más rápido. Es la única manera de ser intrascendentes y de esto, tristemente, se trata. Solo quede enfocarse en el futuro aunque no nos lleve a ningún lado, porque todo se vuelve irrelevante. Todo, menos sobrevivir. Los descansos, el ocio, adentrarse en la realidad que pudiera subyacer al realismo tóxico que nos ingiere, son combustible para funcionar más rápido y mejor. Si el invento de reloj puso en jaque la eternidad, el cronómetro con que se nos controla de día y de noche ha trivializado el tiempo por completo. “Cronos devora a sus hijos”. Pero de la intrascendencia de nuestras acciones es muy difícil sustraerse. Suprimirla no se puede, no podríamos eximirnos de vivir lo que nos ha tocado vivir. Sería incluso indebido intentarlo. “También nos alienaría. Rendiríamos culto a una más allá que no tiene nada que ver con el más acá”. Insiste mi amigo, crítico de la religión como opio del pueblo.

Con esto me quedo. La Semana Santa es una ocasión de interrumpir un modo vivir la temporalidad que traga nuestras acciones y las evacúa como estiércol sin llanto alguno. Incluso un ateo creerá que es sensato parar, interrumpir el curso del año, para recordar a Jesús, siempre y cuando se lo haga para traer a la memoria que él es el representante de las víctimas de la aceleración general de la vida. Nadie que quiera correr más rápido que sus competidores puede detenerse a recoger a los perdedores. Fueron más lentos, más lerdos, perdieron la carrera. “¡Mala suerte!”, se dice. “No me carguen una culpa más. No la soporto”, agregan. Es comprensible: “No me dan las fuerzas para llevar a nadie al apa”. Jesús lleva a la humanidad al apa. Esta es la diferencia. No se fuga de la historia, pero va más despacio, recogiendo a los perdedores y sus bultos.

Es precisamente esta imposibilidad de cargar con nuestros muertos, esta imperiosa necesidad de olvidarse el ser humano de sí mismo, esta condena a la intranscendencia que sufrimos, la que me mueve a resistir.

Resisto. Aun si no tuviera fe, no podría dejar de recordar a Jesús.

La Semana Santa, para quien lo quiera, es un esfuerzo –por cierto arduo, porque recordar a Jesús llevando sobre sus hombros a los rendidos lo es- de rajar la vivencia irrelevante del tiempo para que irrumpa un tipo de tiempo, si lo hubiera, que pueda sanarnos y mejorarnos.

Crítica participación de la mujer en la Iglesia

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre”o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica. Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal. Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer –ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”). Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.

Virtudes cristosóficas. Ser feliz

Explicación de la virtud

Ser felices no es una obligación, pero es una posibilidad. Tampoco es siempre una posibilidad, pero cuando lo es no hay que desaprovecharla. En este sentido, sí es una obligación ser felices. No hay mejor manera de hacer la voluntad de Dios que coincidir con lo que Dios quiso hacer con las personas al crearlas. Si quiso hacernos felices, empeñémonos en serlo.
Jesús pide a los que son felices que reconozcan que lo son. Y, a los que no lo son, les abre la posibilidad de que lo sean. Hay muchas maneras de ser infelices en la vida. Gran parte de la humanidad está enferma, tiene hambre, no tiene educación, se encuentra abandonada, llora por esto o aquello, perdió a sus amistades o es perseguida a causa de una causa noble. A ellos Jesús les da esperanza. El reino de los cielos será para quienes hoy lo pasan mal. Pero es necesario creer en Jesús. Algún esfuerzo hay que poner para que el reino de Dios se haga realidad.
Las siguientes son las bienaventuranzas.

Lectura: MT 5, 1-1

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo.

Meditación

Talvez tú eres feliz. ¿Has caído en la cuenta de por qué? ¿Qué te hace feliz, cuáles son las causas de tu fidelidad, cómo tendrías que agradecer que Dios te ama y te haya dado eso que te alegra la vida? Dios quiere tu felicidad. Él, un día, te hará feliz para siempre. Tu felicidad definitiva se cumplirá cuando hayas muerto y vivas con Cristo.
Talvez tú eres infeliz. Puedes ser infeliz en parte o completamente. Ocurre a veces que nuestro sufrimiento es tan grande que se apodera de nosotros. Somos nuestra pena. Parece como si nada tuviera sentido.
Pues bien, Jesús anunció el reino de Dios principalmente a las personas que tienen alguna razón para pensar que Dios no las quieres, que se ha olvidado de ellas o que solo tiene ojos para algunas. A ellas, Jesús, les dio esperanza.
Y tú, ¿qué podrías hacer para que las promesas de Jesús se cumplan? Lávate la cara. No llores. Oye con el corazón lo que Dios tiene que decirte. ¿Cuál de las bienaventuranzas de Jesús se aplica a tu caso? ¿Cómo puedes tú hacer felices a los demás?

Virtudes cristosóficas. Iluminar

Explicación de la virtud

La palabra iluminar tiene que ver con luz. La luz, a la vez, se relaciona con alumbrar, con dar a luz, con los luceros, con luminarias, con luciérnaga y con ilustrar. La oscuridad, por el contrario, tiene que ver con la noche, con lo oculto, con lugares donde no es posible ver, con la confusión y la ignorancia. Por comparación decimos que hay personas que iluminan en el camino a las demás.
En el Nuevo Testamento se nos afirma que Jesús dijo “Yo soy la luz del mundo; el que
me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Y Jesús, a su vez, dice a sus discípulos que ellos son “la luz del mundo” (Mt 5, 14). Esto significa que si él ha venido a la tierra a mostrarnos a su Padre y a enseñarnos su voluntad, también los cristianos tienen que hacer lo mismo. Jesús, que compartió con sus discípulos y discípulas que su Dios es un Padre que ama sin límites, espera que quienes han creído en él iluminen también a los demás con su conocimiento de Dios.
¿Qué nos dice el texto evangélico?

Lectura: MT 5, 14-16

Dijo Jesús: «Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo».

Meditación

Tú, que crees en Jesús, eres la luz del mundo.
En ti hay oscuridad. Hay pecado. Hay también malhumores, rabietas, limitaciones, heridas, quejas. En pocas palabras: tienes aspectos oscuros que seguramente hacen que los demás huyan de ti o imiten lo peor tuyo. Cuando somos un mal ejemplo para los demás no les iluminamos el camino. Por el contrario, hacemos que se pierdan.
Jesús es la luz. Tú, que eres otro Cristo, alumbrarás a los demás si realizas obras parecidas a las de Jesús. ¿Qué acciones pueden ser estas? ¿A causa de qué buenas obras tus amigos y amigas alaban a Dios?