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Pasos adelante

La Declaración de la Conferencia Episcopal debe considerársela un paso adelante importante. Comencé a leerla con pocas expectativas. Me equivoqué.

La Declaración merece una lectura de buena fe. La institución eclesiástica chilena ha sido desautorizada por el Papa Francisco. Hoy nadie le cree. Por esto, si los obispos responden a las quejas muy serias que se les hacen, el comunicado del viernes merece juzgárselo con la misma seriedad.

A mi parecer la Declaración tiene los siguientes méritos. En ella se reconoce el mal cometido por “personal consagrado” (me hubiera gustado que hablara de nosotros los sacerdotes y obispos); pide perdón a las víctimas (lo cual es muy importante cuando el perdón se dirige a personas que han sido tratadas como culpables siendo inocentes); ofrece a ellas una reparación institucional (sin excluir el aspecto económico); compromete la creación de normas e instituciones para prevenir abusos de diversa índole y para encausar los que a futuro puedan cometerse. Me resulta especialmente significativo que, por estas vías, pueda rehabilitarse el honor de personas humilladas por representantes de Dios.

Al leerla, uno tiene la impresión de que la Declaración va al grano. La ciudadanía y los católicos estamos cansados de un lenguaje episcopal alambicado, melifluo, solo útil para salir del paso. En este documento no hay “chivas”.

¿Cuánto queda a la institucionalidad eclesiástica para recuperar la confianza perdida? Por de pronto, tendría que cumplir los compromisos a los que se ha obligado. Pero, además, debiera terminar con modos de relación, de organización y de mando abusivos.

Monseñor Ezzati escucha la voz del pueblo

Monseñor Ricardo Ezzati ha declinado presidir el Te Deum. ¿Lo hizo por presiones del gobierno o del Vaticano? ¿De ambos? Pensemos bien: renunció motu proprio.

De este episodio, me parece muy importante tomar en serio las palabras que el mismo obispo usa para explicar su decisión: “El Papa Francisco nos dice en su reciente carta que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa”. Monseñor Ezzati, con estas líneas, se rinde a la voz de la ciudadanía. Cualquiera puede imaginar lo dolorosa que debe ser para él esta circunstancias, debida a muchas razones, entre las cuales está la de ser imputado por la justicia civil y, por otra parte, no poder zafarse del cargo de arzobispo porque el Papa aún no tiene sucesor.

Pero, independientemente de esta decisión de Monseñor Ezzati, es significativo que el obispo haya hecho suya una poderosa indicación de Francisco. La tremenda crisis en que se encuentra la Iglesia chilena –tanto la institución eclesiástica como los demás católicos- a causa de los abusos sexuales del clero, la denegación de justicia, la denostación de las víctimas y el encubrimiento de verdaderos crímenes, es la punta del iceberg de una gravísima incomunicación entre el personal consagrado y el resto de los bautizados y bautizadas. Los abusos en cuestión son el aspecto más sórdido de una relación patológica entre ambos estamentos. Pues esta enfermedad tiene muchos otros aspectos.

Los obispos y nosotros los sacerdotes estamos acostumbrados a enseñar, predicar, a dirigir, pero nos hemos convertido en una casta que, de tanto creerse iluminada, ha terminado por apartarse y perder toda empatía con los fieles y los contemporáneos en general. No nos hemos dado cuenta de que la gente no nos hace caso. Y si nos damos cuenta, la culpamos. Esto se llama falta de empatía. Ya lo había dicho el Papa en su visita: “escuchen”. ¿Qué? Lo cita Monseñor Ezzati: “la realidad”. Dios habla en las vidas y los acontecimientos históricos. ¿No hemos de aprender, en consecuencia, obispos y sacerdotes qué esta Dios queriendo decir a través de los demás?

La Iglesia Católica, no solo en Chile, está enferma de incomunicación. El personal consagrado, el clero y muchos otros que cumplen una función pastoral, “no escuchan a nadie”. Si les preguntan, no responden. Creen que por tener una investidura sacra serán iluminados por el Espíritu Santo. No perciben que la distancia que ha cultivado ha sido fatal para la Iglesia.

Hoy católicos de izquierda y de derecha ocupan ambos un mismo lado del foso. Del otro lado está la jerarquía defendiendo los derechos de Dios. En esta férrea defensa, ha predominado la pastoral del terror. Hasta ahora los católicos chilenos no saben si los divorciados vueltos a casar se pueden o no acercar a comulgar. Se les dice que se seguirán los criterios de Amoris laetitia. Pero todo sigue en la nebulosa. Y, entretanto, los católicos que más necesitaron la acogida de sus pastores tras haber fracasado en su matrimonio, debieron oír palabras desalmadas de parte de algunos prelados.

¿Qué decir de los parlamentarios católicos a propósito de las leyes de divorcio y de despenalización del aborto? A algunos de ellos, en nombre de la doctrina, se les trató a palos. ¿No pudo respetar sus conciencias y la posibilidad –doctrinalmente católica- del disenso?

La “realidad” es un país que, según el mismo Monseñor Ezzati, rechaza que él presida él Te Deum.

La Declaración de la Conferencia Episcopal del viernes pasado es otro paso adelante precisamente en esta línea: “escuchar”. Monseñor Ezzati no celebra el Te Deum porque ha “escuchado” la voz del pueblo. La Declaración reciente no tiene el mismo valor simbólico, pero se hace cargo de un problema de máxima importancia: la re dignificación de las personas abusadas con peticiones de perdón y con compromisos de reparación son un progreso en la “escucha” de la voz de Dios, porque es una “escucha” de la voz de las víctimas.

El último de los problemas, sin embargo, depende de la Iglesia chilena en parte y en parte no. La Iglesia Católica en el mundo “escucha” poco y nada. Son muchos los temas en los cuales el atraso de la inculturación del Evangelio está pendiente. La cultura cambia. La predicación del Evangelio se vuelve anacrónica. Nada puede ser más importante en este momento que “escuchar” la voz de Dios en las voces de las mujeres. Esta no es consideradas. Botón de muestra: en un sínodo sobre la familia no votó ninguna mamá, ninguna hermana, ninguna hija, ninguna abuela.

Tal vez el caso chileno sea un principio de cambio mayor. Lo espero.

La Iglesia debe reparar

Ha llegado la hora que la Iglesia, institucionalmente considerada, comunique qué hará para reparar a las víctimas de abusos sexuales, de denegación de justicia y de encubrimiento. Mi opinión es que debe hacerlo. Monseñor Scicluna antes de partir de Chile sostuvo que la reparación debía ser hecha por los culpables directos. No estoy de acuerdo.

Desde un punto de vista antropológico y ético la reparación debe relacionársela con la vulnerabilidad y el reconocimiento de las personas (Carolina Montero, Vulnerabilidad, reconocimiento y reparación, 2012). La vulnerabilidad es una condición humana. Somos vulnerables todos. Lo han sido, en el caso que nos ocupa, las personas abusadas y sus abusadores. La vulnerabilidad es la capacidad de abrirnos a los demás de un modo corporal y empático. Los demás, todo lo real, puede afectarnos o puede satisfacernos. Pero al abrirnos, quedamos también expuestos a ellos y a la peligrosidad de la vida. Los seres humanos, por nuestra condición relacional, nos damos y nos recibimos unos a otros; y nos herimos y podemos provocarnos daños devastadores. Con una sola mirada podemos liberar en el otro los miedos que lo cautivan; pero con otro tipo de mira podemos perturbarlo, invadirlo o saquearlo. Dificulto que una persona decente puede decir que nunca cometerá un abuso en lo que le queda de vida. La labilidad late en cualquiera.

¿Es posible una reparación a los hechos que lamentamos? Talvez no, pero para que se dé tendrían que cumplirse una serie de reconocimientos. En primer lugar, la institución eclesiástica, como representante del abusador, debiera hacer el proceso de asomarse a los vulnerados con nombres y apellidos. Tendría que ver con sus propios ojos el daño enorme, duradero y, probablemente en muchos casos, insanable que se les ha infligido. Habrá de sentir dolor y vergüenza por lo cometido. El conocimiento de la verdad de las víctimas debiera llevarle a entender su demanda de justicia, la necesidad que han tenido de ser creídas, su experiencia de haber sido culpabilizadas por exageradas o por querer generar problemas innecesarios. La autoridad tendría que pedirles perdón con humildad, es decir, acudir a ellas dispuesta a no ser perdonada. La compensación posible debiera ser objeto de una conversación, pues puede ser muy distinta según los casos. La víctima no debiera pensar que, al acercársele la autoridad eclesiástica a reparar su errores, viniera a humillarla de nuevo.

Curar, achicar la pena, rehabilitar el honor de quienes pidieron justicia y nunca se les dio una respuesta, son actos de reparación que solo pueden hacerse con dulzura. La compensación económica, muy importante en algunos casos, tendrá que ser la más delicada de hacer. Lo que nunca debiera forzarse, en todo caso, es la reconciliación. Tal vez resulte, talvez no. Pero es de esperar que, en este proceso, se hable de ella lo menos posible. Es triste cuando se la convierte en factura que terminan pagándola los inocentes. En cambio, convendría garantizar a las personas que se harán cambios estructurales que garanticen que nadie vuelva a ser abusado.

La reparación tiene que ser institucional. La satisfacción del honor de las personas abusadas, su rehabilitación psicológica y su reinserción en la comunidad cristiana como hijos e hijas de Dios, demanda a la jerarquía católica hacerse cargo de ellas como lo hizo el Buen Samaritano. Dice el evangelista Lucas que el samaritano que se encontró por el camino con un malherido recientemente asaltado, “al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘cuida de él y si gasta algo más, te lo pagaré cuando vuelva’” (Lc 10, 33-35).

La institución eclesiástica tiene que entender que, así como ella ha debido cuidar de sus curas no obstante sus crímenes y pecados, debe sobre todo responsabilizarse de sus fieles. Debe entender que, en estos casos, la condición de religiosos de ellos facilitó los abusos. La jerarquía católica tiene que comprender que nada ha podido ser más terrible que haber sido violado por un representante de Dios. Existe una responsabilidad institucional. La Royal Commission en Australia (2017) constató que en las instituciones católicas la cantidad de abusos sexuales fue mucho mayor que en otras organizaciones.

Ciertamente la institución no puede esperar que las víctimas se encuentren a solas con los victimarios para hacer entre ellos el camino que conduce a la reparación. Sería exponerlas de nuevo. ¡Cómo hacerlo con un pedófilo, un enfermo mental que no tiene noción moral de sus actos! Ella, la institución, debe reparar vicariamente en lugar de quienes no conviene que lo hagan directamente o no tienen los medios económicos con que hacerlo.

Por último, debe hacerlo porque en esto se juega la razón de ser de la Iglesia. En este momento la institucionalidad eclesiástica no tiene autoridad porque perdió la credibilidad. Ella debiera representar la fe en Dios. Por el contrario, en más de un caso, ha hecho que los frágiles y pequeños no crean más en Él. En estos momentos los únicos que tienen autoridad en la Iglesia son los bautizados y las bautizadas que han sido víctimas de los sacerdotes y de los obispos, y el resto del laicado que clama por cambios eclesiales de todo tipo.

Unas líneas amigas

Queridos amigas y amigos,
Les escribo estas líneas como amigo y como cura. Siento una responsabilidad pastoral por mi gente querida. El cataclismo de la Iglesia chilena es inaudito. Me frena decirles algo la poca autoridad que pueda tener yo, ya que soy de algún modo parte del problema y como pecador debiera quedarme callado. Pero prima en mí el cura. Recupero autoridad cuando pienso que algunos de uds. pueden estar muy abatidos y necesitados de una palabra de orientación.
Es normal que estos últimos meses, e incluso años, sintamos dolor por los abusos del clero y su encubrimiento. Dolor, desconcierto, indignación, ira, frustración e incluso ganas de dar un paso al lado. Es que por años venimos sintiendo una profunda orfandad. La incomunicación con la jerarquía eclesiástica no puede ser más honda. ¿Qué viene? ¿En quién confiar? Hace años que vengo estudiando estos temas y les confieso que no sé hacia dónde vamos. Lo que sí tengo claro es hacia dónde quiero ir yo. Esto lo comparto con uds.
Es este un momento extraordinariamente oportuno para vivir de la fe. Así de simple. Fe para aguantar la tempestad y más. No me deja tranquilo pensar que la tragedia de la institución eclesiástica tendrá que terminar para volver pronto a la normalidad. Este planteamiento no me gusta. ¿Volver a qué normalidad? ¿Para qué apurar el término de la tempestad? Independientemente de los abusos y escándalos del último tiempo, sabemos que los problemas eclesiales que tenemos son graves: liturgias insoportables, doctrina moral sexual obsoleta, posiciones clericales despiadadas frente a algunos temas de familia, participación en las decisiones de la Iglesia nula y lugar de la mujer muy por debajo de los estándares de la cultura actual. Y otras cosas más. Por esto no podemos esperar a que pase la tempestad para volver a lo anterior. Este mismo modo de ser Iglesia que se derrumba, es el que ha favorecido los abusos que lamentamos.
Este es un momento para vivir a fondo de la fe. Para bajar a los infiernos con Jesús y renacer con él como sucedió con los discípulos, la Magdalena a la cabeza. Hoy tenemos como nunca la posibilidad de vivir de la Pascua sin poder aferrarnos a ninguna otra seguridad. Fe y punto. A los que en algunos momentos se les quebró la familia, se pegaron un gran tropezón en la vida o algo parecido, lo entienden mejor que nadie. Si la fe los sacó adelante, saben que no hay que rendirse. A mí lo que está sucediendo incluso me da cierta alegría por entreveo la posibilidad de algo mejor. Siento esperanza. Por eso les escribo. Para animarlos.
Una fe pascual es la que se necesita para refundar la Iglesia sobre las bases que Jesús le puso. ¿Qué hacer? Confiar. Jesús no resucitó solo. Su Padre lo sacó de la muerte. Dios se encargará de nosotros. Es su problema. La Iglesia es la esposa de Cristo. Es su problema. ¿Por qué angustiarnos? Somos mucho más que nuestra pena. Jesús nos reconstruirá como Iglesia. ¿No es para alegrarse?
Miro a futuro. Llevadas las cosas a lo esencial, recuerdo que el Concilio Vaticano II nos dio una orientación que no hemos logrado implementar del todo: la Iglesia somos todos los bautizados y bautizadas, el pueblo de Dios que se encamina a su realización con los demás pueblos de la tierra. Los obispos y los curas no somos cualitativamente “más” que los laicos. Debiéramos estar al servicio del reino que es obra, en primer lugar, del mismo Jesús y obra a la que somos llamados los cristianos según el aporte que cada uno puede hacer. ¿En qué momento la Iglesia se reestructuró como una pirámide? Da lo mismo. Lo impresionante es que la pirámide se desploma. ¿Mala noticia? No, buena. Buena, eso sí, si recogemos los ladrillos y fabricamos otros más para edificar una iglesia en la que la participación laical sea decisiva.
Esto me parece clave. No sé qué irá a ser la Iglesia a futuro. Lo que es yo, trabajo para que se reconstituya a partir de comunidades, comunidades de los tipos más diversos, en las cuales la participación de todos sea fundamental. Es una convicción mía que, hasta aquí, la tengo chequeada en la realidad. Pertenezco a una comunidad de base que funciona así. El día que nosotros los curas y obispos aprendamos del quehacer cristiano del Pueblo de Dios, entonces podremos orientarlo con pertinencia. En la medida que no lo hemos hecho, nuestra prédica es impertinente. No viene al caso. Incluso puede hacer daño.
Comunidades y opción por los pobres. Estos dos focos, creo, son clave. Las comunidades pueden convertirse en reductos intimistas o en sectas, si no se abren, sobre todo si no incorporan en sus preocupación a los que suele excluirse o invisibilizarse. Nadie puede decir que en los cien metros a la redonda no haya un “pobre” a quien socorrer. ¡Si son tantos enfermos, la gente sola, los adictos, los maltratados en sus propias familias! Y qué decir de los políticamente pobres, los que son empobrecidos por la fábrica de pobreza que son nuestras sociedades. Estoy convencido de que una Iglesia que acuda fervorosamente a ayudar y a aprender de los pobres, será infinitamente mejor de la que tenemos. No estamos en cero. Hay muchas iniciativas laicales, voluntariados y solidaridades tan pequeñas como granos de mostaza que, por lo mismo, no aparecen en los medios.
Si tuviera energía suficiente, me gustaría acompañarlos de más cerca a uds. que colaboran con Jesús en su obra. No me da el cuero para mucho más. Lo que sí puedo darles es ánimo. No estamos solos. Les comparto mi fe. No me pongo como ejemplo de nada. Mucho de lo que les digo lo he tomado de uds. mismos y de mi conocimiento de la fe de los pobres.
Otra cosa y termino: en estos tiempos hay que rezar mucho. Pedir el Espíritu. Necesitamos visión y coraje.
Un abrazo
Jorge

¿Una iglesia sin eucaristías?

Imaginemos que entra en la humanidad un virus letal que mata a la tercera parte de los seres humanos y, por una razón desconocida, mueren todos los sacerdotes, todos los obispos y el Papa. El desastre eclesial que se produce es mayor. Los cristianos se encuentran completamente desorientados. Una vez que vuelve la calma, sin embargo, surge la necesidad de continuar juntos. He aquí que en distintas partes del planeta en que la iglesia aún está presente, surge la misma pregunta: “¿quién celebrará la eucaristía?”. El sacerdote al consagrar la hostia, alzándola lo más posible, los extasiaba. Ahora en cambio experimentan una carencia que no saben cómo calmar. Les parece que no hay iglesia sin lectura de las Escrituras y sin poder comulgar con Cristo. ¿Qué pueden hacer para recordar la entrega de Jesús, su muerte y su resurrección? Sin rememorar a Jesús y sin compartir su mesa, piensan, el cristianismo se licuará dentro de poco. Seguirá habiendo fe, sí, pero no en el Dios en quien Jesús creyó.

Hace tiempo que vengo escuchando de comunidades que no tienen un sacerdote que celebre en ellas la eucaristía. Me dicen que en Brasil la tercera parte de las comunidades carecen de él. Me parece que, puestos los ojos en el futuro, debiera ya ahora ensayarse nuevas modalidades de celebrar fraternalmente la fe.

Sé de una comunidad que se reúne una vez al mes: sus integrantes deciden allí mismo quién puede presidir la celebración eucarística, llevan pan y vino corrientes, cuentan con una plegaria eucarística que se consiguieron creo que en Bélgica, comparten lo que está ocurriendo en sus vidas y, por supuesto, leen y comentan entre todos la Palabra. Llaman a esta reuniones “eucaristías” como si realmente lo fueran. Los motivos para hacer algo así son varios. Pero ellos, por de pronto, no soportan más el modo en que los párrocos y otros curas celebran la eucaristía. Les parece que, conforme cambia la cultura, las maneras de hacerlo traicionan cada vez más la intención del Vaticano II de dar participación a los fieles. La fundamentación teológica para proceder así es esta: en el sacramento del bautismo, aseguran, están contenidos todos los sacramentos de la iglesia. Los bautizados y bautizadas pueden eventualmente extraer de su sacerdocio bautismal el servicio sacerdotal y actualizarlo. En los mismos cristianos, dicen, la iglesia se da en plenitud.

Este caso me ha hecho pensar en la posibilidad de realizar comidas eucarísticas. No en reemplazo de las eucaristías propiamente tales, sino a modo de complemento. Pienso en cenas al atardecer, a la hora del recogimiento, que recuerden que Jesús comía con todo tipo de personas. Los fariseos, que cuando comían hacían grupo aparte, decían de él ser “un comilón y borracho, amigos de publicanos y pecadores”. Estoy pensando en personas que quieren emprender un camino comunitario de seguimiento de Cristo; que no tienen dónde ir a misa porque carecen de una iglesia cercana; que no están dispuestas a que el cura las reprenda en público; que la liturgia de la iglesia se les ha vuelto un rito huero e insoportable; o que sufren con que sus hijos sean hoy alérgicos a la religión y quisieran ellas ofrecerles otra manera de entender la comensalidad cristiana. En estas comidas podría contarse con una pauta elaborada por la misma comunidad: comenzar y terminar con el signo de la cruz, preparar lecturas con anticipación, crear un momento de silencio profundo hacia el final, y comer, tal cual, comer y conversar sobre la vida, sobre lo que ocurre en el país, el mundo y la iglesia igual como se hace en las comidas entre amigos, solo que esta vez con un explícito propósito de dar gracias al Señor. ¿Pudiera resultar?

En Chile estamos lejos de la situación descrita al principio. Ningún virus hace peligrar a los sacerdotes. Pero los eclesiásticos estamos haciendo peligrar a la iglesia. Esto, a la vez, hace pensar que en los próximos cincuenta o setenta años, si se mantiene la tendencia de disminución de vocaciones, habrá poquísimos ministros que puedan celebrar la eucaristía.

Espero que el Papa Francisco pueda ayudar a reflotar el episcopado chileno y los católicos recuperen la confianza en sus autoridades. Igual así, creo conveniente ensayar nuevas modalidades de ser iglesia y de celebrar la fe. Las actuales, con o sin escándalos por los abusos del clero, difícilmente encausan el cristianismo de esta época.

Respuesta al Cardenal Medina

Días atrás, en carta a El Mercurio, el Cardenal Jorge Medina sale en defensa de la institución eclesiástica. Él diría defensa de la “iglesia”. Pero leída la columna con atención, se descubre que se refiere a la institución y no al Pueblo de Dios en su conjunto.
No estoy de acuerdo con aquel uso de la palabra “iglesia”. Tampoco estoy de acuerdo con la columna de Jorge Medina. Comentaré algunas de sus ideas.
A propósito de la gravísima situación de la Iglesia chilena, el cardenal dice: “Amplificar indiscriminadamente las deficiencias y conductas ciertamente reprobables y sacar conclusiones generalizadas de hechos, por desgracia verdaderos y graves, si bien puntuales, aunque hayan sido reiterados, sería dar muestras de una lamentable señal de poco amor a la verdad e incluso de superficialidad”. Estoy de acuerdo con él en que “amplificar”, agrandar, exagerar, es señal de “poco amor a la verdad e incluso de superficialidad”. Lo es siempre y podría serlo en el caso en que estamos. Podría serlo, digo, porque día a día los católicos descubrimos que es todavía más grave lo que nosotros, sacerdotes y obispos, hemos hecho por ocultar lo ocurrido. El asunto hoy, no es lamentar las exageraciones sino celebrar con las víctimas. ¡Por fin se les hace justicia! Sin embargo, el cardenal Medina no dedica ni una sola palabra de amor compasivo a las víctimas. Lo único que le importa es la defensa de la institución.
Otro asunto. El cardenal aplaude que el actual pontífice se cuente entre quienes quieren acrecentar la fidelidad al Evangelio: “En esa línea se inscribe por cierto el actual Papa Francisco, con su personal estilo”. ¿A qué estilo se refiere Monseñor?
Nada dice. Lo diré yo. Este papa, en el caso chileno, ha cometido varios errores. Su estilo, bastante “porteño”, suelto de lengua, ha ofendido a la iglesia de Osorno y a las víctimas de los abusos sexuales, de conciencia y espirituales. Pero les ha pedido perdón. ¿Qué papa pide perdón? Una cosa es hacerlo por los pecados de los papas anteriores, como se hizo por el trato que se dio a Galileo. Pero que un papa pida perdón por sus propios errores es inaudito. Este ha de ser recordado como un gesto que, además de porteño, es típicamente cristiano.
En Chile a nosotros los eclesiásticos, debe recordárselo, se nos critica por el estilo. ¿Quién de los obispos dice lo que piensa? En esto Monseñor Medina sí es una excepción. Los demás, talvez por miedo a las cartas que el cardenal manda a Roma denunciando a medio mundo, se expresan con sumo cuidado. Estos usan palabras alambicas para nunca decir lo que realmente piensan. Es cosa de ver la televisión. Pocos prelados responden a lo que se les pregunta.
A muchos nos gusta el estilo de este papa. Habla sin papeles. Busca y encuentra palabras, unas más felices que otras, para comunicar el Evangelio tal como Jesús hubo de ingeniárselas para anunciar el reino de Dios. Por hablar claro se le vinieron encima. Jesús, con sus parábolas y su piedad con el ser humano caído, minó la religiosidad de entonces. Este papa, cuando habla con la libertad de Jesús, cuando dice una cosa y no teme equivocarse y recular, genera libertad en el Pueblo de Dios para que todos los demás digamos lo que pensamos y ensayemos nuevas vías para ser cristianos.
Los católicos chilenos hemos vivido intimidados por muchos años. Hemos padecido el estilo de una generación de obispos preocupados por su ubicación en la constelación eclesiástica. El estilo de este papa, espero, hará que los obispos futuros, en vez de mirar “hacia arriba”, a gente más importante, miren hacia “el lado”. El Concilio Vaticano II estableció que el bautismo ha de ser el piso de las relaciones entre los cristianos. Somos hermanos y hermanas. Jesús lo pidió: “no llamen a nadie padre”. ¿Por qué a unos se les llama “eminencia reverendísima” o “monseñor”? Su Padre, entendía Jesús, habría de hermanar a todos los seres humanos.
Otra afirmación del Cardenal Medina también merece un comentario: “No sería acorde con el amor a la verdad negar la existencia de hechos graves y debidamente comprobados, que han tenido como autores a personas que desempeñaban ministerios eclesiásticos, pero sería dar muestras de una fe muy poco madura sacar de ahí la errónea conclusión de que la Iglesia haya perdido toda autoridad o credibilidad”.
Sí y no. Si por iglesia entendemos al Pueblo de Dios, es equivocado afirmar que ella “haya perdido toda autoridad o credibilidad”. ¿Cuándo las víctimas católicas de los abusos del clero habían tenido tanta autoridad? Debiera emocionarnos. Las víctimas se han atrevido a hablar. Los medios de comunicación, a Dios gracias, les han puesto un micrófono. El resto de los católicos que se han sumado en su defensa también tienen autoridad. El dolor de la iglesia chilena hoy es indecible. Es un dolor creíble. La fuente de la autoridad, no se puede olvidar, es la credibilidad.
Pero Jorge Medida cuando se refiere a “la iglesia” está pensando en la institución eclesiástica. Esta, ¿no ha perdido “toda autoridad”? ¿Es creíble? Ciertamente no todos los curas somos abusadores. Conozco tantísimos que no lo son. La iglesia que comienza su reconstrucción encontrará ciertamente curas que acompañarán a sus comunidades con humildad y espíritu de servicio. Pero hoy los clérigos, en general, somos sospechosos. Los obispos, uno tras otro, van cayendo como palitroques. Duele verlo, pero es verdad.
Duele, pero también, bajo otro respecto, nos produce alegría. Estamos cada vez más cerca de la iglesia en la cual quedó estampado Cristo. Los cristianos creemos en la Iglesia que creyó en Jesús. Ninguno de nosotros ha creído o podría creer directamente en Cristo. La iglesia es la única foto que tenemos de él. Para reconocerlo a él, disponemos de los recuerdos heredados por la Iglesia, comenzando por los evangelios que ella misma escribió. Si el día de mañana la gente deja de creer en Cristo por culpa nuestra, les quedarán unos textos que tienen dos mil años de antigüedad redactados por cristianos no muy distintos de nosotros.
Termina el cardenal: “No está de más recordar, en toda circunstancia, que ‘todo coopera al bien de los que aman a Dios’ (Rom 8, 28), verdad que la sabiduría popular tradujo en el refrán que ‘Dios escribe derecho sobre líneas torcidas’”.
Sí y no. Estoy de acuerdo con el Cardenal Medina en cuanto el testimonio del Evangelio pasa por testigos como nosotros, mediocres, pecadores, inverosímiles. Nada engaña más acerca de Dios que el puritanismo. Pero, usada en este contexto, la frase popular citada por el cardenal funge de auto-absolución de una institucionalidad que no da para más. Esta suerte de auto-perdones de los eclesiásticos -bien vale subrayarlo- exasperan al pueblo creyente que en las últimas décadas ha sido maltratado por su manera de entender la vida afectiva y sexual, revelándose últimamente que el problema, a este propósito, lo teníamos nosotros los consagrados.

La iglesia chilena necesita cambios mayores

El Papa ha escrito una larga carta a los católicos chilenos (31.05.18). Pone al descubierto los mecanismos que han facilitado la perpetración de abusos de diversa índole, contra diferentes tipos de personas, y denuncia los modos de encubrimiento de faltas y de crímenes.
Pero hay algo más. El Papa hace un llamado a que los chilenos sean protagonistas en su Iglesia. Quiere que vayan incluso más lejos de lo establecido. Echa las bases de una renovación eclesial que puede llegar a ser formidable. Francisco apela a la imaginación. ¿Debieran atreverse los chilenos incluso a sobrepasar algunas normas de organización de la Iglesia? Sí, parece que sí.
Pero la Iglesia chilena está muy golpeada, desconcertada y con pocas fuerzas para reaccionar. Los católicos chilenos se sienten defraudados de nosotros, la institución eclesiástica que por años no los ha considerado. Esta, a su vez, tendrá que recuperar la autoridad perdida. La convocación del Papa a los obispos para reunirse con ellos en Roma los dejó por el suelo. El episcopado chileno está KO y el resto del pueblo cristiano sumamente mareado.
Aun así, los católicos chilenos recogeremos el guante. Pero pedimos ayuda al mismo Francisco porque hay asuntos cuya resolución no dependen de nosotros. ¿Sería posible para la Iglesia chilena, de un día para otro, comenzar a ordenar mujeres? ¿Mujeres sacerdotes? Son varios los asuntos que deben ser resueltos al más alto nivel. Si no se lo hace, la Iglesia chilena sucumbirá mañana o pasado mañana.
Por cierto, el tema número uno es la participación de las mujeres. Si no son incorporadas en las instancias de mayor responsabilidad eclesial, allí donde se toman las decisiones, las nuevas generaciones se descolgarán para siempre. Reservar el ejercicio del poder, la orientación y el cuidado de la iglesia solo a los varones, para la actual generación que cree en la igual dignidad de los géneros, resulta intolerable. Ni hombres ni mujeres lo soportan. En Chile hoy no se puede alabar a la mujer, hablar del “genio femenino”, para luego decir que Jesús prefirió un consejo masculino de ministros. La situación de las mujeres en la iglesia es un pecado. Nosotros haremos todo lo posible para darles más participación. Pero el Papa tendrá que hacer también lo suyo. Urge que vaya al tema a fondo. ¿No podría convocar a un sínodo sobre las mujeres y de mujeres?
El tema número dos son los actuales presbíteros. Su formación es lamentable. Lo primero que hacen los seminarios es desclasar a los jóvenes (cuando son pobres). En seguida, se les insufla un tipo de teología inmune a los signos de los tiempos y a las vidas reales de las personas. Tercero, se los romaniza. Por último, se los sacraliza. Cumplido el proceso de desarraigo de su humanidad, se los envía a predicar el Evangelio. ¡El Evangelio! Fatal. ¿Cómo no se dan cuenta los cardenales de los dicasterios romanos que sus instrucciones para formación sacerdotal forman personas cada vez más alejadas de Jesús? Estas normativas rigen a los centros de formación y facultades de teología haciendo daño, en lo inmediato, a los mismos seminaristas; y, poco después, a los fieles que, a futuro, tendrán que padecer su clericalismo. Francisco, en su última carta, hace referencia a la necesidad de renovar los estudios eclesiásticos. Es indispensable que él mismo exija a sus colaboradores romanos más estrechos que introduzcan modificaciones mayores a la formación del clero.
En fin, Francisco debiera fomentar el desarrollo autónomo de la Iglesia Latinoamericana. Solo tiene futuro una Iglesia Católica policéntrica. El centralismo romano está impidiendo en todas partes del mundo que surjan iglesias regionales con características culturales peculiares. La misma papolatría, de los pontífices y del resto de los católicos, ha impedido este surgimiento. Para que se cumplan los deseos del Papa Francisco expresados en su audaz carta a los católicos chilenos, es fundamental que él dé un, dos y tres pasos atrás y deje a la Iglesia latinoamericana organizarse a sí misma. La Iglesia latinoamericana requiere libertad para anunciar el Evangelio en sus propios códigos culturales. Para que los chilenos puedan participar protagónicamente en la reconstrucción de su iglesia, Francisco tendría que reconocer autoridad a la Iglesia latinoamericana para que se organice con mayor autonomía. Esto no garantiza que surja entre nosotros una iglesia menos clerical, europea y romanizada que la que tenemos. Pero si el Papa nos pide una cosa pero no nos ayuda a conseguirla, apura nuestro fracaso. Agudiza la desautorización de nuestros obispos ante el Pueblo de Dios y acelera su derrumbe.
La Iglesia chilena necesita urgentemente que el Papa introduzca cambios claves en la doctrina, la estructuración y el gobierno de la iglesia universal. Sola, por más que bracee, se hunde. La mar está demasiado agitada.

Participación de los laicos en la elección de los obispos

Osorno es más que Osorno. La resistencia de los osorninos al nombramiento del obispo Juan Barros, es representativa del rechazo de muchos católicos chilenos que se sienten alejados de una elite eclesiástica que perdió el contacto con sus vidas. La negativa de una diócesis pequeña a la imposición de un obispo que no quiere, además de un ejercicio de un derecho, corresponde a una correcta concepción de la iglesia como pueblo de Dios, como comunidad activa de hermanos en la fe. Por más de un milenio los obispos fueron elegidos por las comunidades cristianas.

En la carta que el Papa Francisco acaba de dirigir a los católicos de Chile, sostiene: “En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial. Es imposible imaginar un futuro sin esta unción (del Espíritu Santo) operante en cada uno de Ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación”. Los católicos chilenos hace ya décadas que se sienten como visitas en su propia casa. No se les consulta. Si preguntan, nadie les responde. Si critican, se los trata de desleales. Se les dice que “cantan fuera del coro” o que “se ubican en la vereda de enfrente”. El Papa, en cambio, reivindica a los rebeldes.

Francisco urge a los católicos para que asuman en su Iglesia un rol activo: “Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser protagonistas de la transformación que hoy se reclama y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro”. Su crítica ha sido -lo decía en la carta dirigía a los obispos reunidos en Roma- el haberse centrado la jerarquía eclesiástica en sí misma en vez de haber cumplido un rol profético, poniendo a Cristo en el centro.

Termina el párrafo: “Invito a todos los organismos diocesanos –sean del área que sean- a buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación para que la unción del pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse”. Parece razonable pensar que estas palabras se apliquen a la elección de los obispos y otras autoridades, en particular a la diócesis de Osorno.

En este momento en que se debate la próxima nominación de numerosos obispos chilenos, celebramos la venida al país de Charles Scicluna y Jordi Bertomeu. Me gustaría pensar que estos dos emisarios de Francisco ayudarán a la Iglesia chilena a reunir la información necesaria para realizar estos nombramientos. Si el Papa fue incorrectamente informado en anteriores elecciones, no será tarea fácil reunir los antecedentes y las opiniones para discernir quiénes serán los nuevos obispos chilenos. Es decisivo “escuchar” –como pide Francisco en su carta- qué piensa y qué siente el pueblo cristiano acerca de lo que está ocurriendo con él en la particular situación histórica, cultural y eclesial en que se encuentra.

¿Qué mecanismo pudiera utilizarse para realizar esta escucha? Al menos sugiero que en las diversas diócesis que tengan que nombrar a un nuevo obispo, se realicen reuniones abiertas con la mayor participación posible incluidos jóvenes y personas que se sientan alejadas, en las que se elabore el perfil de obispo que necesitan y los principales problemas que se deben enfrentar. La información recabada sería riquísima. Tal vez no se pueda encontrar la persona que responda exactamente al ideal. Pero el nominado habrá recibido de las bases una indicación poderosa de las necesidades reales. Si prescinde de ellas, tendrá que atenerse a las consecuencias. Hoy, en todas partes, se pide rendición de cuenta en el ejercicio de los cargos. No se ve por qué en la Iglesia los obispos pueden continuar en su cargo si son incapaces de su desempeño.

En las actuales circunstancias tal vez varios deberán dejar pronto sus cargos, pero, creo, sería inconveniente apurarse en nombrar a quienes los van a reemplazar. Es necesario dar lugar a la participación, a oír a todos, escuchar con calma, discernir. Eso, hará más difícil equivocarse de nuevo.

Chopito en Cabo de Hornos

Hay cambios importantes en Cabo de Hornos. El aumento de temperatura ha comenzado a modificar la vida de las especies. Unas mueren, surgen otras. Las olas el Atlántico triunfan sobre el Pacífico. La que antes fuera una isla desierta deja de serlo. No hay risco en que no habite una familia de migrantes. Huyen del frío del norte. Arica es un solo hielo.

Hablo de la pesadilla que tuve anoche.

Las lluvias son ahora tropicales. Hasta hace poco llovía, pero no llovía como llueva a ahora. Cae agua a baldes, como en El Salvador. Nunca había visto un diluvio como el que me tocó en este país. El caso es que, al igual que El Salvador, en Cabo de Hornos está lleno de loros. Los loros al ponerse el sol ensordecen. Loros, pidenes, becacinas, patitos jergón, garumas, fío-fíos, cachuditos, todos aves de la zona central se multiplican en finis terrae con gran facilidad.

A veces el calor del Cabo es insoportable. Pero lo aguantan especialmente los friolentos cuando recuerdan Santiago hecho un témpano. La capital se despuebla. Hasta los cóndores piensan emigrar de pura hambre. No quedan ni ratones. Se recupera el glaciar Echaurren, el Cajón del Maipo ennegrece de pingüinos.

El sol pica como nunca el cóccix del continente americano. Florecen los líquenes. Mengua el viento. La tierra produce cien veces más. Cabo de Hornos se convierte en un paraíso turístico.

También han llegado felinos. Era que no. Gatos de salón, gatos de techo buscando lagartos y lagartijas. El gatito Geoffroy, a miles, escondidos como siempre en los matorrales. Hay flores por todos lados. Hibiscos, espuelas de galán. Mariposas. Mucha humedad. Mucha hormiga. Nalcas gigantescas. Espinos todos el año en flor. Monitos del monte.

¿Por qué tanto calor? Un loro Tricahue pregunta qué pasa a mi gato Chopito. Chopito, impertérrito, responde: “Los católicos están divididos: la mayoría piensa que el único sacerdote de la isla tiene que cumplir un rol más activo en la comunidad. La minoría, en cambio, está por una comunidad más participativa”.

Es un horno Cabo de Hornos. La Antártida se derrite. El nivel de la aguas suben. Un acabo mundi en ciernes.

Entrevista con Fernando Paulsen