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Estatuto constitucional de la violencia

Se oye decir que sin violencia no se habría tomado conciencia de las injusticias padecidas por los chilenos los últimos años y, en consecuencia, no se hubiera conseguido la salida civilizada que el país se esfuerza en darse. Pero, ¿se puede respaldar tan fácilmente esta hipótesis? ¿No ha podido haber otra manera de encarar la desigualdad (en dignidad), la inequidad (en distribución de los bienes) y los abusos (en letras chicas, colusiones, tramitaciones, salas de espera y otros)?

La situación de la Araucanía es análoga. Los mapuche radicalizados usan la violencia como instrumento para lograr sus objetivos. Aunque muchos chilenos no se sumarían jamás a esta lucha, más de alguno comienza a verla con simpatía. El pueblo mapuche en los últimos cinco siglos ha experimentado tres invasiones: la de la Conquista española, la de la República de Chile en el siglo XIX y la de las forestales de los últimos cuarenta años. El pueblo mapuche ha sufrido genocidios de distinto orden: se ha matado a su gente, se ha violado su cosmos ecosocial, se ha demonizado su religión y se ha prohibido en la escuela que sus niños hablen mapudungún. La simpatía creciente de muchos huicas con la resistencia mapuche es una bomba atómica.

Gente bien intencionada sostiene que “la violencia hay que condenarla venga de donde venga”. Entre estos hay cristianos. ¿Recuerdan estos cristianos que el Templo votivo de Maipú fue construido como retribución a la Virgen por haber supuestamente ayudado a los patriotas a ganar con sables y cañones la gran batalla de la Independencia? Aquel tipo de sentencias pacifistas son inútiles, pero no inocuas. Condenar la violencia a raja tabla es una manera de tapar los problemas que causa la injusticia, cuando no la misma violencia. Si se trata de eliminar la violencia, puedo equivocarme, debe reconocerse la posibilidad de su legitimidad. Su condena indistinta es pueril o fachada que sirve para esconder los abusos y explotaciones con que se aprovechan unos de otros.

Por de pronto, no se puede condenar tan fácilmente la violencia porque debe reconocerse el derecho y el deber de los estados para ejercerla contra los que amenazan la vida en sociedad. Se dirá que esta es “fuerza”, no violencia. Que un policía repela a los narcotraficantes a tiros es violencia. No nos echemos tierra a los ojos. Los países que valoramos la democracia como la forma de gobierno más civilizada reconocemos que el control de la violencia con violencia es lamentablemente una dimensión trágica de la vida humana.

¿Adónde voy con todo esto? La nueva constitución también debiera ser mirada desde este ángulo. Ciertamente los asuntos que he mencionado son cuestión de leyes comunes y de gobierno. Pero talvez haya algunos asuntos en los cuales un nuevo texto constitucional pueda hacer ajustes o cambios grandes que desactiven las causas que generan conflictos o faciliten su solución. A la constitución del 2022 pudiera pedírsele que ayude a desminar el terreno. El país necesita que el Estado monopolice la violencia y la ejerza de un modo racional, es decir, ateniéndose a la legalidad y con respeto de los derechos humanos.

Lo primero que habrá que hacer es pedir ayuda a los filósofos y a los juristas. El común de los ciudadanos no tenemos elementos teóricos para resolver un problema tan complejo. Los filósofos tendrían que inventarnos la salida teórica para que la única violencia legítima sea la estatal, porque pudiera también ser legítima la revolucionaria, situación que es de evitar a toda costa. Los juristas, por su parte, tendrían que afinar las distinciones entre lo que corresponde a una constitución y lo que atañe a la legislación ordinaria, y tipificar con justicia, y sin histeria, las conductas que deben ser sancionadas.

La hora de la creatividad

No se trata solo de cambiar una constitución. Está en juego la re-constitución del país que una nueva constitución pueda hacer viable. El futuro ha quedado entregado a la creatividad. Es la hora de una creación.

Recurrimos a los artistas. Le preguntaron a un músico: “Es una visión. Sí, una visión más que una audición”, responde. Para una escultora es un espejo, la piedra que espeja su alma. Algo parecido a un dolor duro que taladrar. Un pintor pide una brocha gorda, no necesita más. Pan, agua y una brocha gorda. Pero estaría dispuesto a pintar con los dedos si le pagaran la pintura. La escritora Isabel Margarita opina: “Es cuestión de pasión, del triunfo del tesón sobre los sentimientos”. Sin que nadie le pregunte, responde el Tony Caluga que pasa por allí: “nunca estás seguro de que el venerable pública vaya a reírse”.

Cualquier obra de arte es dueña de sí misma, utiliza a los artistas y los desecha. Algo así tenemos por delante. El victoria del Apruebo cierra un ciclo escalofriante. Comienza otro auspicioso, pero inseguro. Razones para el optimismo no faltan, pero el futuro depende de la esperanza más que de las meras posibilidades de su realización. La esperanza lucha contra lo que parece imposible. El optimismo, en cambio, es conservador. Calcula. Chile, el Chile que será, no comenzará de cero, habrá que heredarlo y preverlo. Pero la originalidad de su regeneración es cuestión del combate que la esperanza reclama. A un nuevo país, una nueva constitución. Los integrantes de la Comisión constituyente tendrán que conjugar lo posible con lo imposible.

Gary Medel, artista en la marca, exhorta a sus compañeros en el camarín: possunt quia posse videntur. Les traduce: “Pueden, porque les parecen que pueden”.

Bromeo. No bromeo. Hay en juego algo realmente nuevo. Dudo que en doscientos años de historia el país se encuentre ante un giro más hermoso. La gesta de la Independencia marcó una gran diferencia. También el golpe de Estado hizo girar el país sobre su eje. ¿Fue este un tiempo de des-creación? Muchos creyeron de buena fe que no lo fue. La mayoría, en cambio, lo experimentó como la ruina de la civilización. La tarea en tabla, a partir del 25 de octubre, es inédita. Nadie podrá obligar a dialogar a las víctimas de la injusticia. Habrá que pedirles respetuosamente que lo hagan.

En el sendero que se ha abierto –senda en que converge la protesta ciudadana y la sensatez de los políticos- habrá conflictos. Las tres comunas en rojo (Vitacura, Las Condes y Lo Barnechea) que votaron mayoritariamente Rechazo son una foto de un conflicto cultural, social, económico y político grave, tapado hasta ahora, aunque entrevisto. Nadie debiera avivar una lucha de clases. No más, por favor. Pero los causantes de las injusticias contra las cuales el país reclama, al menos tendrían que darse cuenta de un error en la percepción. Por otra parte, también se votó Apruebo en esas comunas. No faltaron allí votos empáticos con el sentir ultramayoritario de los connacionales. Sea lo que sea, el camino por recorrer es cosa de mayorías y minorías.

La mayor de las injusticias tiene un rostro indígena. ¿Cuántos de nosotros sabíamos que todavía quedaban pueblos colla, ona, selk’nam, kaweskar y chango? ¿Son un mismo pueblo el diaguita y el atacameño? Me han dicho que hay una diferencia entre los chango y los chono. Es seguro que se me olvida alguna etnia. ¿Queda alguien yagan? Los textos de Historia de Chile con que estudié decían que estos pueblos se extinguieron. Me engañaron: resistían. Entonces, se hará necesario botar esos textos al basurero, y probablemente muchos más, y redactar otros nuevos. Convendría, por ejemplo, revisar qué libros se hace leer a nuestros jóvenes. Me permito citar uno que me ha maravillado: Elisa García Mingo (coord..), Zomo newen. Relatos de vida de mujeres mapuche en su lucha por los derechos indígenas, Lom, Santiago, 2017.

Necesitaremos mucha buena voluntad. Sin amor no llegaremos lejos. En este plebiscito ganaron el Apruebo y el Rechazo. Ganó la convivencia civilizada, el militar cuidando la urna. La cultura cívica le pegó un combo bien pegado al individualismo. Pero ojo, no lo derribó. Quedan catorce rounds. Sepamos que, además, este tiempo será una fiesta para los trolls. A los intelectuales troll bastará con identificarlos, pero no gastemos un minuto en polemizar con ellos.

La democracia supone un amor ciudadano que ella misma debe regar día por medio. No es cuestión solo de redactar un texto constitucional. Necesitaremos diálogo, discusión, estudio, mucho estudio, respeto infinito por los adversarios y sus ideas. No se podrá vencerlos sin convencerlos. Se destaparán todas las ollas. Nos daremos más de un arañazo. Es inevitable. Ojalá que las descalificaciones sean pocas.

Se ha abierto un tiempo de creación. Esperemos que el poeta que los chilenos llevamos dentro predomine sobre el miedo a los cambios y la mezquindad.

¿Se equivocó el Papa?

Cristóbal Orrego está en su derecho. En su carta a El Mercurio del domingo recién pasado se pregunta: “¿Tiene razón el Papa? De ninguna manera”. ¿Qué pasó? Francisco, a propósito de hombres y mujeres homosexuales, sostuvo: «Lo que tenemos que crear es una ley de unión civil. De esa manera están cubiertos legalmente. Yo defendí eso» (cuando en Argentina se discutió la ley de matrimonio homosexual). Los sectores más conservadores de la Iglesia no han dejado pasar la gravedad de esta afirmación.

Me permito una digresión: Orrego critica a un papa. No está mal que los católicos disientan, si argumentan bien su punto de vista. Los católicos críticos desacralizan una institucionalidad que inhibe a los fieles para pensar y tomar decisiones como lo hacen las personas adultas.

El profesor de derecho de la PUC invoca la doctrina de Juan Pablo II y el Cardenal Ratzinger. Su posición, de acuerdo a la enseñanza actual de la Iglesia, es inatacable. Pero, de acuerdo al conocimiento científico que en las últimas décadas tenemos de la homosexualidad, ¿puede decirse que “reconocer legalmente las uniones homosexuales (…) significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para las sociedad actual”? Esta enseñanza debiera ser corregida. Su uso puede ser despiadado.

Orrego tiene la razón, pero está equivocado. ¿Cómo? Además de recurrir a una doctrina que requiere una modificación, confunde el Evangelio con la doctrina. No sabe que la doctrina es un medio y que el Evangelio es un fin. Parece ignorar que Jesús fue asesinado por invocar esta distinción.

A Jesús lo mataron los que lo acusaban por comer con los pecadores, en ese entonces los publicanos (israelitas que cobraban impuestos para los romanos) y las prostitutas (mujeres pobres, usadas y desechadas a lo largo de la historia de la humanidad). Como si fuera poco, Jesús atacó a los sacerdotes. La expulsión de los mercaderes y sus anuncios contra el Templo de Jerusalén apuraron su condena. El provinciano de Galilea minó la religión de su época. En el futuro, si alguna religión pudo fundarse en su nombre, ha debido ser la del hombre libre y auténtico que anunció que Dios ama a los que nadie ama. Los primeros para Jesús fueron los pobres y los despreciados por considerárselos pecadores.

El modo de interpretar la Ley –diría San Pablo- de Orrego, también lo toma del modo como lo suele hacer la autoridad eclesiástica. Esta recae en la inveterada costumbre de las personas religiosas que quieren ganarse a Dios con el “pasando y pasando”, a saber, la religión de los premios y los castigos. Es muy difícil saber en qué momento el cristianismo olvidó que la gratuidad del amor de Dios constituye el núcleo de la experiencia espiritual de Jesús y, por extensión, la de los cristianos. El caso es que en dos mil años los cristianos han vuelto a creer que pueden llegar a merecerse el reconocimiento de Dios con sus buenas obras y sus diversos ritos.

Tiene razón Orrego de invocar la validez de la doctrina para condenar los que parecen ser pasos en falso del Papa. Pero está equivocado porque olvida el Evangelio. Si la cultura cambia, la doctrina debe ajustarse al Evangelio. Si la ciencia hoy niega que la homosexualidad constituya un pecado o una enfermedad, la doctrina debe ponerse al día. Si no lo hace, impide que el Evangelio sea una buena noticia para nuevas generaciones. Pero tampoco atina el profesor en el modo de interpretar una doctrina. Su modo de hacerlo es altamente ofensivo.

Lo que ha sucedido es grave porque la enseñanza sexual de la Iglesia, digamos las cosas como son, se ha vuelto invivible para la inmensa mayoría de los católicos. Las palabras del Papa son una trizadura en el dique. La aceptación de una ley civil en favor de las parejas homosexuales, propugnada o tolerada por un papa, implica obviamente un reconocimiento de la legitimidad de relaciones sexuales extramaritales inconducentes a la procreación. La encíclica Humanae vitae prohibió esta posibilidad. Prohibió el uso de las píldoras anticonceptivas y de los preservativos. Lo que los sectores conservadores de la Iglesia no logran entender es que, debido a los cambios culturales en curso, es hoy imposible a la Iglesia anunciar el Evangelio a los jóvenes (que pueden tener razón cuando experimentan su sexualidad antes del matrimonio porque quieren tomárselo en serio) y a las personas homosexuales (que creen que Dios los creo tal cual son y los alienta a amarse para siempre).

El caso de las mujeres es especialmente doloroso. La encíclica forzó el discernimiento en conciencia que las católicas han debido hacer acerca del número de niños que responsablemente son capaces de educar. Desde 1968 en adelante las mujeres huyeron la Iglesia en estampida. Otras siguieron mascando su culpa, confesándose cada vez que quisieron comulgar en misa. A otras, especialmente desde algunas décadas, les ha dado lo mismo la doctrina de la Iglesia por considerarla una aberración. Otras, en fin, nunca han escuchado hablar de la encíclica.

El Papa acierta cuando, para anunciar correctamente el Evangelio, no considera la doctrina.

Terremoto en la Iglesia Católica

El papa Francisco remece la enseña católica sobre sexualidad. Al aprobar la posibilidad de uniones civiles entre personas del mismo sexo, Francisco aprueba de hecho que haya relaciones sexuales legítimas fuera del matrimonio en todos los demás casos. Si a las personas homosexuales se reconoce el derecho a ejercer su condición, también se ha de reconocer esta posibilidad a los jóvenes que conviven antes de casarse y a todo tipo de parejas que lo hacen responsablemente.

Esta innovación parecerá intrascendente a muchos. La cultura cambió. Pero no es intrascendente para los católicos conservadores norteamericanos ni para muchos africanos. PEl África negra se opone a la homosexualidad. Para los católicos conservadores occidentales que a lo largo de toda su vida han procurado ser fieles a la encíclica Humanae vitae (1968), la postura del papa les parecerá irresponsable cuando no una traición.

Humanae vitae del papa Pablo VI desautorizó relaciones sexuales matrimoniales que no tuvieran por objeto engendrar un niño. La encíclica se hizo famosa por condenar el uso de medios artificiales para controlar la natalidad. Si la jerarquía de la Iglesia solo ha reconocido como legítimas las relaciones sexuales entre católicos al interior del matrimonio, con mayor razón el uso de la píldora anticonceptiva y de preservativos ha debido considerárselo prohibido en las relaciones extramaritales. La postura de Francisco ha sacado una de las cartas de abajo del castillo de naipes de la moral sexual de la Iglesia.

Talvez el papa o quienes quieran interpretar moderadamente sus dichos sostengan que estos solo se aplican al caso de las personas homosexuales. Quizás digan también que reconocer la condición homosexual no significa autorizar su práctica. Pero esto y aquello, por razón de coherencia argumentativa, son interpretaciones inaceptables. Desde un punto teológico incluso, no es posible pensar que Dios haya creado personas homosexuales y les haya prohibido amarse y expresarse corporalmente su cariño.

¿Qué ha pasado para que Francisco llegue tan lejos? La postura de la ciencia y de la misma Iglesia acerca de la homosexualidad haN variado a lo largo de los años. La Iglesia, por su propia fe en el Creador de la razón humana, ha debido acoger la argumentación científica que pasó de considerar la homosexualidad una perversión a considerarla una enfermedad, y de considerarla una enfermedad, a tenerla como una variante de la sexualidad humana. El común de los católicos hoy lo entiende así.

¿Qué sucederá en adelante? Lo normal y responsable de parte de la autoridad eclesiástica, sea este el papa o el próximo, será remirar la doctrina de la Iglesia a la luz del Evangelio. El Evangelio es un fin, las doctrinas son un medio. El pueblo cristiano católico merece una explicación. Ha sufrido ya demasiado la incomprensión y el abandono.

El caso es que la jerarquía eclesiástica se encuentra en un callejón sin salida. Con razón el obispo de Providence, Thomas Tobin, sostiene que “la declaración contradice las enseñanzas de la Iglesia sobre las uniones del mismo sexo”. La disyuntiva es clara: la máxima autoridad de la Iglesia ajusta la doctrina al Evangelio o persevera en ella exacerbando el desconcierto de los católicos que, además de no entender la enseñanza oficial, se hallan estremecidos por los abusos sexuales de los sacerdotes y los encubrimientos de estos de parte de obispos y cardenales.

En la conversación del chileno Juan Carlos Cruz con Francisco tiempo atrás, él mismo víctima de abusos eclesiásticos, el papa le dijo: “que tú seas gay no importa, Dios te hizo así y te quiere así”. En realidad, sí importa y mucho. Es muy relevante que lo haya acogido, le haya exculpado e invitado a vivir el amor plenamente. Importó a Cruz y, por extensión, importa muchísimo al resto de los católicos.

Resocialización en la Educación

La Educación es la más noble de las disciplinas. Me parece que su nobleza se juega hoy en resocializar la cultura. Frente a la plaga del individualismo predominante, se hace necesario recuperar la senda de la fraternidad social perdida. Las causas del individualismo son muchas. La misma Educación lo es, cuando premia más el mérito individual que el colectivo, la competencia en vez de la colaboración.

La Escuela es el ámbito en el que los niños aprenden a ser “compañeros”. Más allá de la reminiscencia política del término, feliz para unos e infeliz para otros, conviene observar en la etimología de la palabra uno de los valores que la Educación puede ofrecer. “Compañero” significa comer con otro de un mismo pan. Si los niños en la Escuela comparten el pan, comparten el estuche y comparten sus amigos, podrán entender que hay responsabilidades sociales, políticas y medioambientales que asumir en compañía.

A fin de resocializar la cultura, las disciplinas más importantes en la Escuela pueden ser la historia y la filosofía. La historia, porque puede ayudar a los niños a entender que las desigualdades que la sociedad ha creado para justificar su funcionamiento no son naturales. La historia muestra que ha habido formas muy variadas de organizar la economía. Y la filosofía, porque capacita para pensar cómo se articulan los bienes particulares con los colectivos, y qué sentido puede tener la vida para aquellos cuya vida parece no tener sentido. Habría que agregar las artes. Pues estas desarrollan en los estudiantes un sensus alter, el sentido del prójimo y el sentido la naturaleza, y estimulan el gozo con los demás y la responsabilidad con los que sufren.

Además de estas tres disciplinas, las universidades podrían exigir una cuarta: un curso de bien común en todas las carreras. Este pudiera orientar a los estudiantes para amar su país y vacunarlos contra la codicia que comienza con el “cartoncito” y termina haciéndoles creer que no le deben nada a nadie. Un curso de bien común debiera dedicar un capítulo a valorar, por ejemplo, la sindicalización de los trabajadores, el pago de impuestos y la copropiedad en las empresas.

Pero las disciplinas escolares o universitarias no son suficientes. Ellas necesitan ser inspiradas, amalgamadas por algún tipo de mística que las una y las conjugue. Resocializar la cultura requiere de una mística, pero no de una cualquiera. No una de evasión de la realidad. Es necesario, creo, una mística social, política y cósmica. La tarea que tiene la Escuela y la Universidad y, para qué decir las familias, es realizar una mistagogía (μυσταγωγία) que libere a los niños del egoísmo, motivándolos a adquirir costumbres y obligaciones solidarias.

Los y las pedagogas, en este sentido, pueden conducir a los niños (παιδίον = niño y ἀγωγός = conducción) en su crecimiento, como lo hacía en Grecia el iniciador (μυητής = iniciador) en los grandes misterios (μυστήριον) de la vida. ¿Cuáles? Mi opinión es que el misterio más profundo de la vida es el amor. Y este, a la vez, tendría que ser el objetivo más alto de la Educación. Esta puede, debe, tendría que iniciar a los niños y los jóvenes en una mística amorosa que les haga pensar en sus pares antes que en sí mismos, y que les facilite la experiencia de saberse amadas por una una sociedad que, además, les confía su futuro y la razón de ser de su descendencia.

La nobleza de la Educación comienza con el amor de los maestros y maestras por sus niños. Nunca la Escuela ha debido consistir solo en acumular saberes y aptitudes, buenas calificaciones y mera preparación preuniversitaria. ¿Es claro hoy en el proceso de enseñanza que el aprendizaje es la cocina de saberes e intereses de la que depende un bien social, y no solo de intereses particulares? En la actualidad esta nobleza estriba en enseñar a los niños a sentir y a aprender que la humanidad y la Madre tierra son un don que les antecede, que los engendró, a la que pertenecen y que les sobrevivirá.

Por lo mismo, la Educación puede precaver a los educandos contra los que se apropian de los bienes producidos por el ingenio humano, no menos que de las aguas, del aire y del silencio. Si el silencio todavía se salva de ser convertido en dinero, como ya lo son el aire y las aguas, los que vivan de la paz interior que da el silencio se convertirán en los guerreros que necesitamos. Porque, además de compañeros que comparten lo que tienen, necesitamos místicos sociales que disparen sus flechas contra el exitismo individual, cultural y legal.

A propósito, ¿pudiera inscribirse una resocialización de la Educación en la nueva constitución? Que la Educación llegue a ser reconocida y financiada como un derecho social constitucional, no basta para que ella cumpla su objetivo socializador ulterior. Aunque, si los egresados saben que el país se hace cargo de ellos, probablemente entenderán que un día ellos mismos tendrán que contribuir al pago de los estudios de los que les sigan los pasos. Un Estado que los cuide con cariño, en fin, podrá motivarlos para ejercer su profesión en beneficio de quienes no tengan con qué cancelar sus servicios. Este tipo de profesionales existe. Son muchos los que no trabajan por plata. Hay también algunos que arriesgan la vida por salvar la de los demás.

¿Qué se aprueba cuando se apruebe?

A estas alturas, es obvio que se votará APRUEBO por una nueva constitución. Pero todavía no es claro para qué se lo hará. ¿Para realizar cambios de verdad o para mantener las cosas más o menos igual?

Se puede votar APRUEBO para no salir derrotado. En política es legítimo aspirar al poder o a no perderlo. Nos pueden molestar las movidas anfibias de algunos políticos, el manoseo de las palabras, pero cierta tolerancia con ellos en arenas tan movedizas es necesaria.

Independientemente de estos driblings políticos, hay buenas razones para votar APRUEBO, razones por cierto de distinta naturaleza. Es atendible, aunque no suficiente, que haya gente que quiera sacudirse la constitución del 80 por habérsele impuesto de un modo fraudulento. Pero este texto ha sido mejorado varias veces por los mismos que lo rechazaron en sus comienzos. No se podía hacer mucho más.

También es atendible sopesar que, de ganar el RECHAZO, el país arderá como en Octubre de 2019, e incluso peor. Las millones de personas que marcharon o golpearon las cacerolas a fines del año pasado pueden reaccionar malamente si, como resultado del plebiscito, queda bloqueada la posibilidad de hacer los cambios que se estiman indispensables. Aún más, debe haber gente que está esperando que gane el RECHAZO para atacar las comisarías, arrancar los semáforos o saquear las tiendas. Pero el miedo a las revueltas sociales, aunque tenga fundamento in re, tampoco puede bastar.

Lo que han de contar son los argumentos de fondo. Uno de ellos es que la noción de Estado de la constitución del 80 no dar más. Esta versión de Estado no garantiza a los chilenos bienes fundamentales como la salud, la educación, la vivienda y las pensiones. A un nuevo tipo de Estado, por el contrario, puede exigírsele que se haga cargo de satisfacer y de financiar la provisión de estos derechos sociales. En otras palabras, estas áreas tan fundamentales para la vida de las personas no debieran quedar entregadas a las empresas privadas ya que estas operan como negocios y no como instituciones de bien público. Ellas no tienen ninguna culpa de hacerlo así, pues son empresas. Su primer objetivo es monetario. Otra cosa es que algunas engañen a las personas como lo han hecho.

Como contracara del término del Estado subsidiario de la constitución del 80, la cual le deja entrar acción cuando las empresas no prestan un servicio por no serles rentable, surge la posibilidad de dar el APRUEBO a una nueva versión de Estado que, sin perjudicar en nada a la empresa privada y a la libertad del mercado, tenga la posibilidad de iniciar actividades industriales y empresariales que orienten el desarrollo del país. Una nueva constitución pudiera declarar, por ejemplo, que las aguas son un bien de máxima importancia y obligar al Estado, por ende, a jugar un rol protagónico en su obtención y cuidado. Un país tan gravemente amenazado por la sequía, tendría que hacerlo.

Otro argumento de fondo para votar APRUEBO es reconocer el carácter de pueblo a los mapuche y a otras etnias, al mismo tiempo que asegurar que el pluralismo cultural y religioso sea protegido y enseñado. Estos bienes merecen un reconocimiento al más alto nivel. Los chilenos necesitan interiorizar en el fondo de su alma al diferente e incluso al adversario. Un Estado debiera fomentar que las escuelas, liceos o colegios enseñen a los niños y a los jóvenes a valorar las discrepancias y a dialogar. Tendría que hacerlo porque estos valores son, en el más amplio sentido de la palabra, un fin espiritual universal. La razón de ser de la humanidad no puede ser solo el crecimiento económico, el bienestar y la propagación de la especie. La reforma del Estado es un medio. La convivencia feliz entre los chilenos, en cambio, es un fin hermoso y deseable.

Por esta misma razón, una nueva constitución no debieran privilegiar a ninguna religión en particular. Pongo un ejemplo: el Estado, y la Iglesia Católica que por historia ha asumido la representación religiosa en el territorio, tendrían que contribuir a que los cristianos, los judíos, los ateos y otros intercambien sus mejores tradiciones y modos de ver la realidad. Continúo con el ejemplo: ¿no podría una nueva constitución instituir un tipo de Te Deum que represente la voluntad de unidad entre iguales en el país? ¿No podría, yendo a lo concreto, presidirlo una machi, y al año siguiente una pastora o pastor evangélico y así sucesivamente otros más?

En suma, se presenta la posibilidad de ampliar al menos dos conceptos: uno, el del tipo de Estado, pues parece necesario quitar a las empresas servicios que, si se consideran negocios, no se prestan a todos o se lo hace con mezquindad y, en cambio, imponérselos al Estado. Otro, ampliar la noción de nacionalidad, pues se ha hecho necesario reconocer la plurinacionalidad del país y auspiciar el despliegue de las diversidades, y su conjugación. Nadie se ría si ve a una machi presidiendo un Te Deum. Un país de poetas sabe que la imaginación nos hará libres y mejores amigos.

Charla: Cómo anunciar el Evangelio a los niños/as hoy

https://www.sanignacio.cl/home/noticias-destacadas/1957-charla-el-anuncio-del-evangelio-hoy

Tarea espiritual de un país pendiente

 

Un déficit de Chile es espiritual. ¿El más importante?

La falta de reconocimiento e integración con el pueblo mapuche es una prueba. Se habla del “problema mapuche”. Este modo de ver las cosas revela exactamente la causa de la dificultad. Lo mapuche para los chilenos es “lo otro”. Un otro difícil, alguien que no deja tranquilos, que algunas veces impide el desarrollo y que siempre conviene pacificarlo. Pero el verdadero problema debiera llamarse el “problema chileno”. Y su solución, que un día todos los chilenos lleguen a sentirse orgullosos de “ser” mapuche.

La dificultad es espiritual, no encuentro mejor nombre. Mientras no se reconozca que el mapuche tiene espíritu, que tiene un mundo interior y derechos propios de personas, Chile estará pendiente. Los reconocimientos en nuestro país son una tarea a medio hacer. Comenzó hace casi 500 años. Ercilla se enamoró de los mapuche. Descubrió en ellos una dignidad admirada por generaciones.

Pero este incipiente comienzo ha tenido un pésimo itinerario. La codicia de los conquistadores no fue mayor que la de la oligarquía chilena del siglo XIX que desconoció al carácter de pueblo a los mapuche. La Corona se había sido obligada a reconocérselo. La República los despojó de su territorio. La ambición cortó el camino a una amistad. Con una violación, difícilmente pudo regularizarse un matrimonio.

Chile es un país enfermo a causa de este pecado. Insisto: el problema es espiritual. Los chilenos han debido avergonzarse del maltrato centenario del pueblo mapuche. En vez de hacerlo, le han endosado la culpa. Inocularon en los mapuche la vergüenza de su cultura, de su lengua, de su raza y de su pobreza. Ha sido una crueldad inaudita. Necesitaban hacerlo para hacer patria en patria ajena con buena conciencia. Los culparon –como suele hacérselo- para defenderse o aprovecharse de ellos. Todo al revés. ¿No han debido ser los chilenos los avergonzados? Los despreciaron como indios, pero no han podido apagar su fogata.

¿Cómo proseguir? Una vez más la pista es el amor. No estamos en cero. Invóquese el amor de tantas nanas mapuche que han criado con cuidado niños chilenos. Recuérdese a personas mapuche que han amasado a los chilenos el “pan nuestro de cada día”. También ha habido avances en el “amor político”, porque los poetas y los intelectuales mapuche hace rato han obligado a revisar la historia. El Estado, por su parte, ha creado becas escolares para niños mapuche, ha iniciado acciones para devolver a los mapuche sus tierras y ha incentivado el aprendizaje del mapuzugun (lengua preciosa, según los entendidos).

La pista es un amor serio. En este caso se requiere una conversión personal y también política. Conversión política, porque la justicia y la reparación son condiciones y expresiones de un amor auténtico. Los temas pendientes son bastante conocidos. Los compromisos sin cumplir, también. No ha faltado buena voluntad, pero sí verdaderos pasos adelante.

Sobre todas las cosas, el país requiere adentrarse en el alma mapuche. Los chilenos han de asomarse a su cosmología y habitarla. En ella se da la posibilidad de armonizar con la tierra y el medio ambiente, de gozar y de sufrir con el mundo al que se pertenece. En el corazón mapuche hemos podido ver independencia, altanería de la buena, mucha inteligencia, porfía, arrojo, amor por la palabra y la conversación. Hay en él un perdón ofrecido a cualquiera que lo pida.

Valga el caso del pueblo mapuche para recordar que en Chile la valoración entre las diversas tradiciones religiosas, culturales, humanistas y raciales está pendiente. Si el chileno algún día llega a afirmar con orgullo “soy mapuche”, en ese mismo momento habrá sido capacitado para decir, con honor y alegría, “soy aimara”, “soy pascuense”, “soy evangélico”, “soy judío”, “soy haitiano” y “soy ateo”, porque los mapuche me han liberado de mi culpa, de mi miedo a los diferentes y de mi codicia. Antes de esto, estaremos en camino, el mejor de los caminos.

Llegó el Apocalipsis

La situación creada por la pandemia del covid es apocalíptica. No se equivocan los catastrofistas. Hay razones para estar preocupados. Millones de latinoamericanos volverán a la pobreza. Hombres y familias se quebrarán. La mujer chilena, la que más, seguirá acumulando depresiones.

Vistas las cosas desde la luna, con un gran telescopio, se dirá que lo ocurre en la tierra es una crisis-dentro-de-la-crisis. Una sindemia. El cataclismo del coronavirus ocurre en tiempos en que la vida, en particular la humana, corre el riesgo de extinguirse. Si la temperatura media llega a 5°, talvez menos, sanseacabó.

La situación es apocalíptica, pero hay una apocalíptica mala y una buena. La mala es alimentada con temores paralizantes. Tal puede ser su impacto en la psiquis que hace que las personas bajen los brazos y se echen a morir. La versión religiosa mala de la apocalíptica ve en los tsunamis, ciclones, guerras, terremotos, inundaciones y plagas como esta del virus, un castigo divino por los pecados de la humanidad. El dios de las sectas apocalípticas suele entregar a un gurú el relato del acabo mundi y el dominio de las mentes de personas incapaces de pasar a otra acción que a la de distribuir panfletos alucinantes.

La buena apocalíptica, todo lo contrario, mueve a la acción con mayúscula. Su origen es bíblico. Surgió unos 150 años A.C. Se contiene en la literatura que quiso hacer justicia a los mártires macabeos que resistieron los intentos por helenizarlos. A las generaciones siguientes los libros apocalípticos prometieron que un día, al fin del mundo, habría un juicio que rehabilitaría a sus víctimas. El Apocalipsis del Nuevo Testamento entronca con esta tradición. Es un canto al Cristo que fallará en favor de los cristianos perseguidos y matados por el Emperador romano. Ellos, gracias a esta promesa, tuvieron esperanza y resistieron como si fuera razonable vivir en un mundo adverso.

Hoy, ¿hay que creer en Dios para dar la pelea contra la fatalidad? Pienso que no. Bastará con “creer” que tiene sentido ejecutar acciones que hagan justicia a los defraudados, al planeta. Acciones trascendentes, a saber, que nos hagan pasar de la defensa de los intereses particulares a la celebración de un mundo compartido. Compartir la tierra es trascendente. A quienes quieran compartirla, una buena apocalíptica les diría que tengan esperanza, que luchen, que crean que habrá algo así como un “Juicio final” en el que se sabrá a las claras que sus luchas tuvieron un valor eterno. Esta “fe” apocalíptica, en vez de aterrar, paralizar e inhibir, mueve a interrumpir el curso de la historia y, para ser concretos, a combatir las causas de la crisis-dentro-de-la-crisis que está llevando a la humanidad al despeñadero.

¿Qué causas son estas? Lo es, en primer lugar, la Bestia del capitalismo que nos unce como a bueyes para ultrajar la tierra, para extraer el concho de vida que le queda, como si pudiera ella aguantar cualquiera humillación. Lo somos todos los que hemos lastimado a Gaia, el mundo como ser vivo, como madre nuestra que nos alumbró, nos nutre y que tan mal hemos tratado.

¿Qué se puede hacer? Primero, resistir. Nadie nos puede obligar a comprar esto o aquello. La cuarentena, que ha frenado en seco nuestra frenética costumbre de consumir, nos abre la mente para imaginar otros estilos de vida. La chantada ha sido fenomenal. Sirva para ganar libertad. Que nos vendan es una cosa, otra que tengamos que comprar.

Segundo, es el momento de tomar iniciativas. Sigamos con los ejemplos mercantiles. Si quieres comprar maceteros para plantar tomates, en vez de pagar por dos de plástico, puedes comprar uno de greda. “¿Y si me sale más caro?”. “Paga, y basta”. “¿Y si no me alcanza?”. “Endéudate”.

Es también la hora de la acción política. En vez lloriquear contra los parlamentarios, los ministros o el presidente –motivos siempre sobrarán- óptese por los candidatos que le convienen a nuestra Madre Tierra. Désele el voto a quienes tal vez en el corto plazo no convenga a nuestro interés individual, pero en el futuro sí. Vótese por los políticos que tendrán el coraje cortarle las uñas al Dragón.

El neoliberalismo o nosotros

Temprano por la mañana un trabajador de la construcción se acerca al kiosco. Ismael le responde: $ 600.-. Le pasa el café. Uno dice “gracias” y el otro le dice “gracias”. Más tarde, a las diez, se acerca Miguel, un hombre en situación de calle. Recibe un café gratis. Sonríe: “gracias”. “De nada”. “¿No paga?”, pregunta un escolar. “Él, no”. Responde Ismael y se frota las manos porque todavía hace frío.

El niño no entiende. Todavía no sabe cómo articular la lógica de la justicia con la lógica del amor. ¿En qué consisten? ¿Son separables?

Vamos por partes: ¿existe el amor? Obvio, dirán los enamorados. Si miramos las cosas con microscopio, sin embargo, hay buenas razones para pensar que lo que prima en las relaciones humanas, al final del día, son grandes y pequeños contratos, millones, que constituyen un tejido social. “Si tú me das, yo te doy”. Un biólogo determinista o un filósofo materialista podrían decir a los mismos enamorados que la suya, en realidad, es una relación contractual estimulada por un sentimiento jugoso que facilita correr el riesgo de la infidelidad al contrato. El enamorado sería un interesado, un egoísta disfrazado de generoso.

Pero, ¿es el amor un mero contrato entre partes interesadas? ¿Es la sociedad nada más que un pacto social? Digo que no, pero no tengo como probarlo. El mío es un acto de fe: creo en personas que, como Ismael, dan sin esperar contraprestación; o dan las gracias, cuando lo único que les es obligatorio es entregar el café que les compraron. Creo en el amor que motiva la celebración de un contrato, el amor que se alegra con la ganancia de la contraparte, que puede urgir ante los tribunales el cumplimiento de la palabra dada y también perdonar las deudas a los deudores.

¿A qué voy? No es mejor el amor de Ismael al dar un café gratis a un mendigo que al vendérselo a quien puede pagarlo, sabiendo que lo hará feliz al tomárselo. Creo que una sociedad necesita de este tipo de amor, el mismo amor en sus dos aspectos. El amor que impide que unas personas vean en las otras nada más que un cliente.

Llego al punto: el neoliberalismo no cree en este amor, solo entiende de contratos de compra y venta. Nos está matando. El neoliberalismo es el dios de las AFP, de las farmacias, de la educación pagada, de la salud pagada, de las viviendas pagadas. Lo que todavía está por verse es, de terminar las AFP, por ejemplo, el liberalismo económico y político que fragmenta los partidos y convierte al prójimo en un consumidor, será derrotado o reciclado.

Dicho en otros términos, los super ricos hoy están en la mira. Por fin. Pero el asunto no es solo obligarlos devolver al pueblo con impuestos lo que le han quitado mediante una un Estado y leyes a su medida, sino hacer estallar la colusión subjetiva, invisible, cínica, entre los más ricos y un pueblo que ha interiorizado su avaricia. No será fácil que los chilenos se saquen del alma el mezquino que han cebado por décadas. ¿Tampoco los jóvenes? Da la impresión que los jóvenes de esta generación piensan no deberle nada a nadie, como si el pasado no existiera, como si la libertad que tienen para hacer cualquiera cosa no fuera el fruto de una liberación, la liberación que a las generaciones anteriores les costó sangre.

Esto es lo que pienso: una sociedad requiere de amor y de justicia. La justicia tiene que ver con contratos que se cumplen (do ut des); con impuestos que redistribuyen lo que pobres y no-pobres han ganado trabajando juntos. Pero la justicia, en última instancia, es nada más que un aspecto del amor por los otros singularmente considerados y como sociedad. El amor sin justicia es caridad de la mala, puro paternalismo. La justicia sin amor perpetúa la división y el individualismo. Es peligrosa. El amor, cuando es tal, cuando es mucho más que un sentimiento jugoso, implica la justicia y solo la consigue cuando considera que, para salir ganando, es necesario comenzar perdiendo.

La sociedad es un pacto social. Para serlo, empero, requiere de amor político. En Chile llegó la hora de la justicia. Pero no la conseguirá con el egoísmo que le inoculó una cultura que nos ha convertido en clientes y electores en oportunistas. Dos debates debieran tener importancia en la elaboración de la próxima constitución: la revisión del estatuto de la propiedad, pues hay mucho que restituir y reparar; y la regeneración de las disposiciones jurídicas que fortalezcan la democracia, porque los partidos no pueden continuar multiplicándose y los ciudadanos no pueden seguir votando cuando les dé la gana.