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Meditación sobre la Resurrección de Jesús

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Sábado Santo

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Viernes Santo

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Meditación de Viernes Santo

Retiro que ofrecerá CVX – Semana Santa

Un amor mundi vs un acabo mundi

En algún momento más de alguien ha delirado con la idea de un acabo mundi, es decir, imaginar que se acaba el mundo, que todo termina. Si hasta los animales pudieran contagiarse con el covid-19, ¿qué futuro queda a la humanidad?

Pero no es necesario ir muy lejos para enterarnos del significado de esta antigua expresión latina. Un acabo mundi ha habido muchas veces en la historia de la humanidad, y sigue habiéndolos. Apenas transcurriros 50 años de la Conquista de América –a causa de las pestes, la esclavitud y las matanzas de los nativos- murió el 95% de la población de la zona caribeña. Los que quedaron supieron qué era que su mundo se desintegrara.

En nuestra zona sudamericana, los chilenos avanzaron hasta Tierra del fuego. La empresa colonizadora extinguió los pueblos Selk’am, Yagán y Kawésqar. La misma República inició una Pacificación de la Araucanía con sables, mapas, reglas y escuadras para medir el territorio. De las 5,5 millones de hectáreas mapuche dejó 0,5 a sus propietarios, los que fueron arrinconados en “reducciones” con las peores tierras. Muchas veces la misión cristiana trató a sus habitantes como paganos. El Estado, por medio de la escuela pública, prácticamente acabó con el mapudungún y avergonzó a los niños de haberlo aprendido. El gobierno del general Pinochet, por su parte, allanó el camino para que la oligarquía chilena nuevamente se apropiara de las tierras que quedaban. Dictó la ley que convirtió las comunidades en propiedades privadas. La República de Chile y la oligarquía empresarial han sido genocidas. Nadie diga que nuestros aborígenes no han vivido un acabo mundi.

¿Y hoy? No está mal dejarse llevar un rato por el miedo. Imaginemos lo peor. ¿Qué hacer para impedirlo? Dos son las posibilidades: una fuga mundi o un amor mundi.

El recurso a la fuga mundi, huir del mundo, es antiguo. Lo han conocido los griegos, los anacoretas cristianos, las sectas apocalípticas y la llamada cota mil. Lo Barnechea, en los años de la Dictadura, se deshizo de un campamento completo. Manu militari, fue a botar a sus pobladores a Cerro Navia. La gente perdió su trabajo. Sus hijos, heridos en su dignidad de por vida, cabalgan ahora sobre el caballo del General Baquedano. La fuga mundi es instintiva. Se da en la actualidad en todos nosotros cuando estamos más preocupados de evitar el contagio de los demás que contagiarlos nosotros a ellos. La fuga mundi consiste en salvar el cuerpo, el alma, la clase, la cultura, la religión, las posesiones a costa de los demás o dándonos lo mismo su suerte. La fuga mundi opera demonizando al resto. Pues, si los otros son distintos de nosotros, si la humanidad y la bendición del cielo son nuestras, ellos, los desechables, pueden ser explotados u olvidados sin problema.

La alternativa a la fuga mundi es el amor mundi: el amor a un mundo que debiera ser nuestro, que pudiera llegar a ser nuestro porque no lo es y que lo será si se dan las batallas necesarias para integrar a los demás con sus diferencias. Las actuales circunstancias son un momento privilegiado para adentrarse cada uno en su propio corazón. ¿Cómo y para quiénes hemos vivido? Supongamos que para los nuestros. Pero, ¿a costa de quiénes? ¿Cuánto le hemos costado al planeta? Recluidos en nuestras casas –los que pueden hacerlo, no así los reponedores, las cajeras, los empleados farmacéuticos, los choferes, las doctoras y los enfermeros, los servidores públicos, tantos, comenzando por los basureros, y muchas otras personas que trabajan para nosotros- podemos hacer cuentas con la historia.

Nos contagiamos el coronavirus. Pero, para defendernos, hemos a dar la pelea juntos. Se trata de un terrible enemigo. Pero, si actuamos como hermanos, si somos disciplinados en cuidarnos, lo derrotaremos y triunfaremos también sobre la catástrofe económica impajaritable. Todas las prácticas de amor por un mundo que todavía no compartimos como debiéramos, anticipan el fin de calamidades morales. Si actuamos como si el peor enemigo no fuera el virus sino nosotros mismos, si nuestro amor mundi fuera la locomotora de nuestra vida personal y colectiva, las enfermedades serían menos tristes. Porque el virus es un bicho más, y alguna buena función cumplirá en la compleja red de relaciones entre los seres vivos e los inertes, pero la más temible de las pestes es la del egoísmo y la codicia.

¡Quién sabe! Talvez de octubre de 2019 a octubre de 2020 hayamos terminado de aprender lo único realmente importante. ¿Qué? Aquello que aún no existe, pero que solo con amor podemos y debemos inventar. Porque sin amor mundi se nos hará muy cuesta arriba cuidar el agua y derrotar la sequía con obras públicas de gran envergadura, cumplir con los compromisos sociales, económicas y políticas adquiridos recientemente y, por último, superar esta tristísima pandemia.

La cruzada socio-ambiental del Papa

En febrero Jair Bolsonaro y el Papa Francisco, dos pesos pesados, probaron los guantes. Francisco habló de “nuestra Amazonía”. Bolsonaro sostuvo que la Amazonía es de Brasil. Estas posturas se expresaron con motivo de la publicación de la exhortación apostólica Querida Amazonía. En esta el Papa continúa su cruzada, comenzada con Laudato si’ (2015), contra los causantes del desastre ecológico mundial en curso.

Está claro que este Papa no ha sido del gusto de quienes, llevados por la codicia, devastan el planeta. Francisco combate un tipo de desarrollo económico basado en la maximización de las ganancias y en mercados políticamente desregulados. El modelo actual de desarrollo que rige en el mundo, piensa el papa Bergoglio, “no puede considerarse desarrollo” (LS 94). Lo que gatilla la redacción de Querida Amazonía ha sido que, según el mismo Francisco, “los intereses colonizadores que expandieron y expanden –legal e ilegalmente– la extracción de madera y la minería, y que han ido expulsando y acorralando a los pueblos indígenas, ribereños y afrodescendientes, provocan un clamor que grita al cielo” (QA 9). ¿No es este, acaso, el problema que también los chilenos tenemos en la Araucanía?

En esta exhortación apostólica Francisco da otra vuelta de tuerca a la idea de que la degradación medio-ambiental y la degradación humana van juntas, y que esta golpea primero y más fuerte a los pobres. Anteriormente, en Laudato si’, el Papa había fustigado a “los poderes económicos (que) continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente” (LS 56).

La visión del Papa es teológica. El planeta, y la Amazonía en particular, no pueden considerarse “un bien sin dueño” (LS 89). Dios es el creador de un mundo constituido por un tejido de relaciones en el cual todo está relacionado con todo. Esta tesis teológica sustenta “el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes”. El “derecho universal” de uso de los bienes de la tierra, es “una ‘regla de oro’ del comportamiento social y el ‘primer principio de todo el ordenamiento ético-social’” (LS 93). Dado que el planeta Tierra pertenece a Dios, ha de ser compartido por todas sus creaturas, animales y humanas, vegetales y minerales.

Querida Amazonía es un documento pastoral. Pretende orientar una evangelización. Esta, desde no hace mucho, exige valorar positivamente a pueblos indígenas que se los ha considerado incivilizados y paganos y, en consecuencia, tanto un estorbo a las explotaciones económicas como materia prima de conversiones religiosas impuestas. Ahora, en cambio, la pastoral de la Iglesia debiera tener presente que los habitantes de esta región han de ser, ellos mismos, los protagonistas de su liberación social y de su modo de entender su fe. La evangelización que los últimos papas han impulsado en América Latina lleva por nombre inculturación del Evangelio. El Evangelio es tal, cuando se lo vive en los registros sociales y culturales propios de los distintos pueblos.

El otro asunto pastoral concernido en el documento atañe a los ministros que han de realizar esta evangelización. A este propósito, la petición del Sínodo de obispos que precedió a la exhortación papal había despertado muchas expectativas con su petición de conceder la ordenación sacerdotal a los viri probati, a saber, varones casados de probada idoneidad en la conducción de sus comunidades cristianas. Por cierto, el 70 % de estas comunidades no celebra la eucaristía por carecer de sacerdotes.

Pues bien, Francisco esquivó esta solicitud del Sínodo, aunque había sido levantada por una altísima votación. Todavía hay quienes piensan que el Papa no cerró esta puerta, como no lo hizo en Amoris laetitia a propósito de dar la comunión a los divorciados vueltos a casar. Pero, si los obispos no han comunicado a los católicos en qué quedó este asunto, talvez tampoco los obispos de Brasil se atreverán a ordenar sacerdotes a los viri probati. Los sectores católicos conservadores son muy poderosos.

En todo caso, aun cuando en esto último no haya ningún avance, merece destacarse que con Querida Amazonía, y antes con Laudato si’, el Papa no ceja en su combate contra los grandes peligros de la humanidad en esta hora eco-cida y geno-cida de la historia.

El feminismo católico incontrarrestable

El feminismo es una realidad en la Iglesia católica. En ella existe una teología feminista de gran calidad, aunque poco conocida y casi no tenida en cuenta. Pero, además, existe una reacción feminista católica sin precedentes en la historia del cristianismo.

Hay una callada, pero incontrarrestable, movilización feminista católica que, por una parte, hunde sus raíces en el auge de la autoconciencia de la dignidad de mujer en el siglo XX y en la lucha por convertir esta dignidad en derechos civiles y que, por otra, eclosionó con el rechazo de Humanae vitae, la encíclica que prohibió el uso de medios artificiales de control de la natalidad justo en 1968, en plena revolución sexual. Ningún católico, después de 50 años, puede decir que esta enseñanza oficial de la Iglesia haya sido aceptada o, en términos teológicos, “recibida” por los bautizados y bautizadas. Lo que talvez nadie sospechó en su momento, y quizás pocos estén de acuerdo conmigo ahora, es que este desacato masivo constituye el punto de quiebre con la versión sacerdotal (ministros concentrados en el sacrifico eucarístico), patriarcal (ministros llamados “padres”) y androcéntrica (ministros exclusivamente varones) del cristianismo. Pienso que lo que tiene lugar en la Iglesia hoy es una revolución de vastedad milenaria cuyo disparador principal es la liberación de la mujer.

La publicación de Humanae vitae, sin quererlo in recto Pablo VI, exasperó la relación de las mujeres con la Iglesia institucional. Frente a las posibilidades culturales y técnicas que les ofrecía la década de los 60, las mujeres resistieron la doctrina de una encíclica papal que les exigía tener todos los hijos que Dios pudiera mandarles; pero, además, en cuanto católicas, se vieron obligadas a confesar a un sacerdote los incumplimientos de una norma que, consideradas las cosas en conciencia, les parecía irracional. El conflicto interior para las mujeres fue desgarrador. Acatar la enseñanza papal les parecía una irresponsabilidad.

La encíclica tuvo dos efectos inmediatos en las mujeres. Primero, provocó una estampida. Muchas de ellas dejaron de ser católicas. Otras se quedaron en la Iglesia, pero no obedecieron más a un Magisterio y a unos sacerdotes que se empeñaban en hacerlo cumplir a raja tabla. En adelante las católicas, liberadas de cargar con 4, 6, 10 o más hijos, necesitadas de buscar los medios de subsistencia para su familia y motivadas en desplegar su ser mujer en plenitud han llegado a entrar, no sin tremendos sacrificios y “ninguneos”, en la vida social y política. En este proceso, unos curas, durante la práctica de la confesión, se convirtieron en fiscales de la observancia de la encíclica. Otros, en la misma confesión, fueron abiertos y daban permisos para “tomar la píldora”. Pero, ¿con qué derecho?

Por otra parte, pero en estrecha relación con lo anterior, la prohibición de la doctrina oficial de relaciones sexuales extramaritales y del uso de preservativos y anticonceptivos, ha dejado la Iglesia atada de pies y manos para ofrecer a los jóvenes y las personas homosexuales una palabra que oriente sus vidas. Hoy la Iglesia institucional reconoce que la homosexualidad no es una perversión sino una condición. Pero, entonces, piensan estas personas, ¿cómo Dios nos dio la condición y nos negó su ejercicio? Tampoco tiene hoy la Iglesia un discurso para acompañar a los jóvenes en los inicios de su vida sexual y sentimental. A muchos de estos les parece responsable vivir juntos antes de tomar una decisión de compromiso marital de por vida.

En este contexto, la explosión de los abusos sexuales del clero y su encubrimiento institucional han llevado las relaciones entre la dirigencia de la Iglesia y los fieles a una de las mayores crisis de la Iglesia Católica. ¿La mayor después de la Reforma protestante de Lutero? ¿Cómo se puede creer en la enseñanza de los representantes de la Iglesia si ellos mismos no son dignos de fe? El discurso de la periodista mexicana Valentina Alzraki al papa Francisco y a los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo en febrero, en que les llama la atención por los crímenes cometidos por los sacerdotes y por sus maneras turbias de encubrirlos, es un hito del “feminismo católico”. Al menos puede decirse que, en esta ocasión, es una mujer que pone las reglas del juego.

El feminismo católico, dicho en breve, por la irrupción de la mujer en la cultura, y por haber experimentado ella en sí misma un abuso eclesiástico de su conciencia moral y por haberle ella desobedecido a las autoridades ha terminado por crear una situación inédita. La jerarquía eclesiástica, a futuro, no debiera nunca más tratar de controlar a los fieles porque no se le hará caso.

Todavía más, el “triunfo” del feminismo católico ha puesto en evidencia la profunda incomunicación entre la jerarquía eclesiástica y los fieles, y retumba en todas las otras áreas de la vida de la Iglesia. Humanae vitae, en lo hondo de lo hondo, proviene de un alejamiento del clero de la vida corriente de la gente. Esta encíclica no constituye simplemente un “error no forzado”. Ella, una elaboración concienzuda de los papas Pablo VI y Juan Pablo II, respaldada a brazo partido por Benedicto XVII, responde a un modo de ver el mundo forjado en seminarios que han servido para romanizar y apartar a los jóvenes de la realidad en todos los aspectos de la vida en sociedad y de su propia vida afectivo-espiritual.

Lo que en la Iglesia Católica parece colapsar es un modo de ser Iglesia centrado en el sacerdote célibe. En la actualidad probablemente se desploma una Iglesia que, desde el año mil en adelante, fue estrechando cada vez más el concepto de la salvación cristiana hasta reducirlo a la satisfacción por el perdón de los pecados realizada mediante el sacrificio de Cristo en la cruz, acción actualizada por los sacerdotes en las eucaristías. A este respecto, la revolución feminista, sin duda junto a otros factores, ha minado la autoridad de la autoridades: en adelante será muy difícil ser sacerdote “sacro” (respecto de un mundo “profano”), “padre” (que sea obedecido acríticamente) y “varón” (que excluya a las mujeres de cualquier de los oficios sacramentales y de gobierno).

¿Cuál será la próxima figura histórica de la Iglesia Católica? Es imposible saberlo. Sí sabemos que la nueva Iglesia tendrá que discernir el más impresionante de los signos de los tiempos: la posibilidad de la desaparición de la especie humana en el planeta debida la catástrofe ecológica. Y que solo tendrá autoridad para hacerlo si se hace cargo de escrutar en ella misma las consecuencias del segundo de los mayores signos de los tiempos: la liberación de la mujer.

La Iglesia aprueba, ¿aprueba?

«Es indudable que hay que cambiar la Constitución», declaró el Arzobispo de Santiago, Celestino Aós (06.11.2019). No me consta que otros obispos se hayan expresado al respecto. Según Aós, «Lo que estamos viviendo estalló por situaciones de injusticia que colmaron el vaso».

¿Cómo han de tomar los católicos estas palabras en relación al plebiscito de abril? Bien parece que esta es una opinión personal del obispo que, como cualquier recomendación eclesiástica, no debiera forzar el juicio práctico de conciencia de los católicos y de las católicas. La dignidad de su libertad merece el máximo respeto. Por cierto, el obispo no les manda pensar ni votar como él lo hará. Sin embargo, su opinión debe tomársela en serio. Las circunstancias piden oír con atención todas las voces de las personas que, por su investidura, tienen una mayor responsabilidad en el cuidado del país. Estimo, por esto, que las palabras del arzobispo merecen ser consideradas al momento de decidir por una u otra de la primera de las alternativas del plebiscito de abril. Esta es: Apruebo o Rechazo un cambio de constitución.

¿Cuáles pueden ser las razones para votar por una posibilidad o la otra? El obispo Aós algo dice, pero habría que complementar la fundamentación de su opinión. Entre las muchas razones que pueden aducirse, creo que las siguientes son importantes.

La opción Rechazo puede sustentarse en dos razones. La primera es insuficiente, pero no despreciable: el miedo a cambiar una constitución que, a pesar de su mal origen, ha servido por cuarenta años. Es verdad que no se puede separar el procedimiento doloso de su aprobación de la organización injusta de la política y de la economía que desencadenó. Pues es atendible que, como argumento, el intento de redactar un nuevo texto a partir de una “hoja en blanco” produzca inseguridad. Se podrían perder valores que debieran conservarse. Una segunda razón es el interés por salvar una constitución que ha facilitado la prosperidad del país en los últimos treinta años. Nadie puede objetar que en este período muchas personas han salido de la pobreza. Lo que no se dice, sin embargo, es que esta es la razón que tienen los poderosos de Chile, los poderosos responsables de la desigualdad del país, para oponerse a los cambios. No debiera extrañar que los potentados chilenos voten Rechazo. Lo que realmente les asusta es perder la constitución con que han conseguido lo que han querido.

La opción Apruebo puede respaldarse con dos razones. La primera también tiene que ver con el miedo. No por esto debe descartársela. Esta razón la expresa el mismo obispo Aós en estos términos: “Si no se hacen cambios profundos, estaremos hablando de maquillaje y volveremos a repetir la misma historia y el estallido va a ser igual de fuerte o mayor”. La opinión del obispo es compartida por una cantidad enorme de personas que creen que la frustración con la clase política, de rechazarse el cambio, puede conducir a la ingobernabilidad total. Pero hay una razón que tiene, a mi parecer, más peso. Esta es la contracara del argumento anterior. Solo una nueva constitución puede garantizar, jurídicamente hablando, que el clamor por justicia de la población chilena sea escuchado. Se necesita una nueva constitución para que la salud, la vivienda, la seguridad social y la educación sean reconocidos como derechos. Lo otro es confiar que estos bienes tan fundamentales estén en los programas de los gobiernos turno y nada más.

No hay que ilusionarse. Nada asegura que una nueva constitución consiga que estos derechos sean invocados por los ciudadanos con éxito. Esto también dependerá de la capacidad económica, de la cultura democrática, de la actualización científica, de la inserción geopolítica del país para sustentarlos, de malestares indescifrables de la población, y del trabajo de los políticos ciertamente. Pero a estos no se les puede pedir que se hagan cargo de sacar el país adelante si no se les ayuda. La ayuda fundamental en este momento es que los anhelos y las razones de los ciudadanos para exigir cambios que sean consagrados en una nueva constitución.

Conferencia: La conversión pastoral de la Iglesia a los signos de los tiempos