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Entrevista en Religión Digital

Entrevista en Religión Digital:

https://www.religiondigital.org/america/Jorge-Costadoat-mujer-capitalismo-america-latina-teologia-francisco-reformas_0_2186181365.html

Dos papas, un mismo pecado

El film de Fernando Meirelles “Los dos papas” vale la pena. Las actuaciones son espléndidas. Los diálogos, muy pertinentes, teológicamente lúcidos. Meirelles hace queribles a dos personajes muy controvertidos.

Pero, por lo mismo, conviene aclarar que se trata de una ficción. Estos encuentros papales no consta que se hayan dado, aunque ambos papas representan bien dos modelos eclesiológicos para nada ficticios. El intento del director es muy meritorio, pues al simbolizar la diversidad y el conflicto como características constitutivas de la Iglesia, hace explicable su existencia milenaria.

Sin embargo, si uno observa con atención la escena de las “confesiones” que los papas hacen uno al otro, en ellas no aparecen los pecados de gobierno y los que aparecen como pecados no está del todo claro que lo hayan sido. Benedicto confiesa a Jorge Bergoglio haber encubierto a Marcial Maciel. Este pecado es menos grave en su caso que en el de Juan Pablo II. Se sabe que, mientras Juan Pablo II fue papa, Ratzinger tuvo el informe de Maciel en su escritorio y no pudo hacer nada. Era su subalterno. Pero, apenas fue elegido papa, Benedicto sancionó a Maciel. Bergoglio, por su parte, confiesa un tormento más que un pecado. Aquí y allá se le ha acusado de haber traicionado a los sacerdotes Jorio y Jalics, torturados durante la dictadura argentina. Pero no es claro, y la película lo muestra, que los haya traicionado.

Independientemente de la culpabilidad que cabe atribuir a estos dos papas en estos hechos, ellos sí son culpables de otros pecados. Mejor dicho, son responsables de un asunto mayor: el modo como han implementado el Concilio Vaticano II. El caso es que ni uno ni otro han comprendido que la apuesta aperturista del Concilio ha implicado una democratización de su institucionalidad. Si en tiempos de monarquías absolutas la Iglesia Católica se instituyó como una monarquía de este tipo, en tiempos de democracias la Iglesia ha debido acoger este valor político. Por no haberlo hecho, ninguno de los últimos papas ha representado adecuadamente la unidad de la Iglesia. Si esta es la principal de sus responsabilidades, la han cumplido de un modo vertical y uniformando las diferencias culturales.

¿Es este un “pecado” grave? Sí, porque el Vaticano II es uno de los concilios más importantes de la Iglesia en dos mil años y, en todo caso, se trata del acontecimiento eclesial en el cual la Iglesia estableció qué se entiende por fe en Jesucristo a estas alturas de la historia.

El Cardenal Ratzinger, Benedicto XVI, fue el intérprete más importante del Concilio y su cancerbero. El papa alemán, sin embargo, aunque participó activamente en la redacción de los documentos conciliares, relativizó luego la importancia del Vaticano II, despreció la reforma litúrgica y se convirtió en el mejor representante de las fuerzas conservadoras adversas (aunque no pactó con los lefevristas). Juan Pablo II y Ratzinger cuadraron los nombramientos episcopales exigiendo una adhesión rígida a la doctrina. Los que se ajustaban a ella podían hacer carrera. Los candidatos más libres quedaron en el camino. Los teólogos progresistas fueron castigados.

¿Cuál fue el asunto de fondo? El Cardenal Ratzinger defendió una idea estrecha de la tradición de la Iglesia, identificándola más de la cuenta con la versión europea de la misma (griega, latina y germánica), y motejando de relativistas las interpretaciones más creativas de esta tradición. Esta postura, en la práctica, dificultó el ecumenismo y los intentos de desarrollo de una Iglesia policéntrica. Algo así como una Iglesia organizada en torno a polos culturales diversos (Asia, África, América Latina, Europa y Oceanía, como fue la Iglesia de los antiguos patriarcados de Jerusalén, Roma, Antioquía, Alejandría y Constantinopla), ha podido parecerle peligroso para la unidad de la fe. La Iglesia latinoamericana sufrió las consecuencias. La Iglesia en América Latina en los años sesenta había experimentado una renovación sin precedentes, alentada por el Concilio y atenta a sus propios signos de los tiempos. Su interpretación inculturada latinoamericana del Evangelio, a decir verdad, nunca fue aceptada por el Cardenal Ratzinger.

Bergoglio, en cambio, ha sido el mejor representante de la “opción por los pobres” de la Iglesia Latinoamericana. Aunque de formación tradicional, Francisco, de hecho, ha interpretado bien a la Iglesia de América Latina en la tarea de acoger creativamente el Vaticano II. Los teólogos de la liberación, obnubilados con un papa que declara querer “una Iglesia pobres para los pobres”, han celebrado sus discursos y gestos. Pero estos no siempre han reparado en que el modo de gobierno de Bergoglio es justamente lo que ha impedido que surja en el continente una iglesia regional auténticamente latinoamericana. Los latinoamericanos estamos felices con un papa que representa nuestros anhelos de justicia y que, por otra parte, impulsa una “iglesia en salida”, una iglesia que le da la comunión a los divorciados vueltos a casar y una iglesia en la que ni el papa teme decir que puede equivocarse.

Pero, los chilenos lo sabemos muy bien, Francisco ha sido un papa autoritario. Los laicos de Osorno nunca recibieron de él una petición de perdón por el trato que les dio. Los obispos chilenos tampoco fueron bien tratados. Bergoglio en la Catedral les predicó contra el clericalismo. Pero, a reglón seguido, los mandó llamar a Roma como si fueran monaguillos, les pidió la renuncia y les hizo volver a Chile completamente desautorizados. En otras palabras, nuestro líder de la opción por los pobres, aunque nos duela reconocerlo, también es clericalista. Es decir, también tiene un modo romano absolutista de entender la institucionalidad eclesiástica; un modo que, en última instancia, aniquila los procesos de inculturación regional del Evangelio. Su gran proyecto evangélico, lamentablemente, puede fracasar cuando asuma el próximo papa.

En otras palabras, Benedicto y Francisco comparten el mismo “pecado”. La versión monárquica, estatal y romana de la Iglesia impide el desarrollo de una Iglesia verdaderamente “católica”, es decir, universal. Mientras no haya un cambio estructural de grandes proporciones, el divorcio diagnosticado en varias iglesias locales entre la institución eclesiástica y el común de católicos no cesará.

El triunfo de la paz

Estamos agotados. Han sido meses muy desgastantes. Ha habido exceso de violencia, demasiada destrucción. La gente comienza a crisparse. Trolls por todos lados, funos a la vuelta de la esquina. Bocinas. Manotazos. Los mismos que celebramos los cambios por venir, anhelamos que vuelva la paz porque nos estamos avinagrando por dentro y se nos puede ir el país de las manos.

Navidad: los cristianos cantarán “noche de paz, noche de amor”. Las últimas semanas por todos lados hemos escuchado a Víctor Jara: “El derecho de vivir en paz”. Pero, ¿habrá paz la noche del 25? ¿Habrá paz para el invierno del 2020?

La celebración navideña no asegura nada. El mismo Jesús complica las cosas. Si uno contempla el pesebre, debe recordar que de allí salió el varón que, en algún momento, de un modo intempestivo, dijo: “No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada” (Mt 34). Jesús fue conflictivo. Lo mataron personas malas, sí, pero él las provocó. El anuncio de Jesús de la misericordia infinita de Dios resultaba intolerable a los administradores del Templo. El niño del pesebre fue un Jesús insoportable. Si no se tiene en cuenta esto, la paz que invocaremos esta Navidad será fatua.

¿Qué hacer para conseguir una paz duradera, una que nos aliente durante el 2020? ¿Qué hacer para que predominen en nosotros estas otras palabras del Cristo resucitado: “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 21)?

Encontré un graffiti que me ha dejado pensando: “Mata tu paco interior”. Las ciudades están llenas de expresiones violentas contra los carabineros, frases justas e injustas, sentencias que muchos policías no merecen, pero dejemos de lado este tema.

Esta sentencia “Mata tu paco interior” tiene un mérito espiritual. Sí, espiritual: hace mirar el mal que anida en el propio corazón; el mal que mata porque nos mata. El graffiti es un llamado a un combate espiritual. Por una parte, nos invita a triunfar sobre el miedo a quienes nos violentan. Hay pacifismos que, en realidad, son pura cobardía. Irenismos. Por otra parte, nos pide que reconozcamos que también nosotros podemos ser violentos. Cualquiera ser humano lleva un “paco” adentro, un enemigo interno, un abusador que castiga a los demás porque nos castiga a nosotros primero. Opino que estos dos triunfos dentro de nuestra alma son senderos obligados a la auténtica paz. No solo matar en el corazón el odio, el rencor y la violencia es una victoria; también lo es superar los miedos que nos impiden luchar por la justicia.

Esta Navidad los cristianos, y cualquiera que quiera sumarse, tiene la oportunidad de acumular paz para un 2020 que también puede ser violento. Se me ocurre que delante del pesebre podemos hacer dos ejercicios espirituales. Uno, concentrarse en el daño que han sufrido los dañinos. Convendría hacer memoria de las personas damnificadas por un país acostumbrado a la violencia cultural y social. Cristo crucificado, de algún modo, los representa a todos ellos. Otro ejercicio espiritual puede ser pedirle al niño que nace, por ejemplo, que nos dé la grandeza de tolerar que en el plebiscito de abril próximo gane la opinión contraria a la nuestra. ¿Seremos, desde ya, capaces de soportar tranquilos esta posibilidad? ¿Practicaremos la democracia del corazón, fuente interior de la democracia política? Antes que esto, ¿seremos capaces de entender, por ejemplo, que haya gente mapuche que no vaya a votar?

La paz de resucitado sea con ustedes.

¿UNA REVOLUCIÓN DENTRO DE ESTA REBELIÓN?

Fue una rebelión. La violencia fue inaudita. La alegría, también. Los columnistas más serios reconocen que es temprano para dar explicaciones concluyentes.

Hablan los muros: “Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”. ¿Una revolución dentro de una rebelión? El terremoto del 2010, dicen, movió el eje de la tierra. La explosión de octubre pasado nos ha alterado la vida probablemente para siempre. Fue como si se expresaran las más diversas rabias al mismo tiempo. ¿Había ocurrido algo así? Las transformaciones en curso parecen revolucionarias. Puede que lo sean.

Una de estas tiene que ver con las condiciones materiales de la vida. La ciudadanía ha reaccionada airada porque, por años, se ha sentido engañada, abusada, oprimida, maltratada y herida en su dignidad, y tiene pruebas para demostrarlo. Se nos dice que “Chile será la tumba del neoliberalismo”. En las otras personas, los chilenos nos hemos reconocido que somos un pueblo. Rebrota la importancia de lo comunitario, de lo social. ¿De la solidaridad? ¿De cargar unos con otros? Talvez. Pero es difícil imaginar que el individualismo que genera el liberalismo económico que nos convierte en consumidores vaya a disiparse muy rápido.

Otra transformación se da en el plano de las identidades. La homogeneidad uniformante revienta. La heterogeneidad exige derechos. Hablan las murallas: “Marcho para que la diversidad también importe”. Las mujeres, las minorías sexuales y los pueblos originarios reclaman indignados un merecido reconocimiento. Ha sido impresionante ver flamear la bandera mapuche por doquier. Será muy difícil, esta vez, negarse a restituir a los mapuche el carácter de pueblo que la República les quitó el siglo XIX.

Tercera transformación: se acusan cambios significativos en las relaciones de poder. Se desconoce autoridad a quienes tienen poder o investidura. Las instituciones apenas encausan las demandas ciudadanas. A los soldados se les trata sin miedo, a cualquiera dirigente se le saca la madre, a los curas para qué decir. Talvez nunca antes la distancia generacional había sido tan acentuada. Jóvenes y viejos tenemos la cabeza formateada de otra manera. Pero, quizás, las nuevas generaciones se politicen y voten por una nueva Constitución. Si no lo hacen, estaremos verdaderamente en problemas.

Una cuarta transformación, me extiendo en ella, es de índole espiritual. En el campo católico, hace rato que la jerarquía eclesiástica no canaliza las necesidades más hondas de los fieles. Aun antes de la enorme crisis debida a los abusos sexuales y encubrimientos del clero, los católicos no encuentran en sus líderes los representantes que interpreten con creatividad el Evangelio. Entre los obispos y los curas por un lado, y los fieles, por otro, se ensancha un foso de incomunicación y de incomprensión.

La fatiga de las instituciones tradicionales mediadoras del sentido, como es el caso de la estructura de gobierno en la Iglesia católica, sin embargo, no impide la actividad del Espíritu fuera de ella, para decirlo en términos cristianos. La rebelión de octubre, estoy convencido, también ha sido una explosión espiritual de un pueblo que exige su dignidad. Es cierto que algunas de las expresiones del descontento son aterradoras, deplorables y para nada espirituales. Pero, como en la vida misma de las personas, en los acontecimientos sociales es necesario discernir lo que tiene un valor trascendente, distinto de lo que no lo tiene y, aún más, encontrarlo en aquello que parece pura porquería.

Los grafitis a veces dicen verdades muy hondas. Incluso en expresiones perturbadoras puede haber un genuino desahogo espiritual: “K viva el Kaos”, “Organiza tu caos”, “@sentir solo sentir” o “Mata tu paco interior”. El anarquismo, y el nihilismo que suela animarlo, guarda algún parentesco con el Jesús que no creyó más que en Dios, y lanzó amenazas contra el templo de Jerusalén y los sacerdotes que traicionaban su razón de ser. A estos los desafió sin respeto: “No quedará piedra sobre piedra”. En las baldosas de la plaza Victoria, a metros de la catedral de Valparaíso entera pintarrajeada, un inspirado escribió: “Hasta que valga la pena vivir”. La vida ha de tener sentido. Si no lo tiene, la lucha es el camino para encontrarlo.

El curso que seguirá la explosión social es desconocido. Habrá de entendérsela lo más posible. Pero aún sin muchas claridades, a tientas, será preciso gobernar un proceso que si no es revolucionario merece considerárselo como tal, sea porque la violencia debe ser frenada en seco sea porque los cambios señalados, si se los encausa, pueden fortalecer extraordinariamente la convivencia y las instituciones.

Publiqué libro

He publicado un libro sobre Cristo. Lo vendo. A 5,000 para los que no tienen plata; a 10,000 para los que sí tienen plata.

Contacto: jcostado@gmail.com

De consumidores a ciudadanos

El mercado ha dinamitado la política. Nos ha convertido de ciudadanos en consumidores. Para hacernos esclavos del consumo, ha reducido al Estado y, en estos días, no son pocos los políticos que quieren disminuir el número de parlamentarios, por poner solo un ejemplo. El mercado, por fin, nos ha enemistado con nuestros políticos. Hemos terminado por creer lo mismo que Pinochet pensaba. Esto es, que los políticos no sirven para nada.

La sociedad neoliberal que hemos construido ha supuesto que la libertad es para consumir. Elegimos marcas, sabores, colores. ¿Y los que no pueden comprar? No es cosa que algún día lleguen a hacerlo. El problema es que se ha menoscabado gravemente el concepto de libertad. ¿No podemos con la libertad hacernos cargo del país?

Los políticos, que no han controlado suficientemente el mercado, heredaron una matriz de desarrollo que a ellos y a todos los chilenos les ha hecho pensar que era normal lo que nunca ha debido serlo. ¿Cómo ha podido llegar a ser normal que el sistema de pensiones haya hecho de los chilenos clientes de empresas que, por la vía del ahorro individual, ha minado la solidaridad sin la cual no somos un pueblo? Los viejos ven el futuro con terror. ¿Quiénes se harán cargo de ellos con la pensión miserable que les espera? En una sociedad así, no les queda otra que avergonzarse de vivir. Para sus familias habrán de convertirse en pesos tremendos de sobrellevar. La idea de libertad capitalista, a fin de cuentas, esclaviza a los clientes y descarta a quienes son caros de mantener.

Pongo un caso. Lamento hablar de mí. Años atrás terminé pagando una deuda que una anciana, pobre y anémica, había contraído para sobrevivir con una caja de compensación, cuyo nombre no doy para que no la apedrean como yo mismo deseé hacerlo en su momento. Fui a la caja. Pregunté con boletas en mano. Había pedido un préstamo por 200.000. Habría debido pagar, en 42 cuotas, 900.000. Es más, el cobro lo hacía un ministerio, no digo cuál para que no lo incendien, descontándole mes a menos algo así como 10,000 de una pensión de cien mil. A esto hemos llegado. Casos como este hemos creído que son normales.

¿A futuro? Lo que está en juego es hacer girar en 180 grados la relación entre mercado y política. Nos urge una repolitización del país: convertirnos (de corazón, mental y legalmente) de consumidores en ciudadanos. Nada necesitamos más que los jóvenes se politicen, que reconstituyan la ciudadanía de abajo hacia arriba. Lo que urge es perfeccionar la democracia que se recuperó después de la Dictadura. Pero no nos engañemos. No necesitamos una democracia directa, sin representantes, sin diputados ni senadores. Sería un caos. Tampoco algo que se parezca a las mesas planas universitarias en las que no se cumple la palabra dada el día anterior.

Lo que está en juego es que el país reconstituya su modo político de hacerse cargo de sí mismo. Para que Chile pertenezca a todos, todos tienen que responsabilizarse de él. Al que no le guste, no espere que el Estado le reparta lo que le toca. Más que del reparto, debiéramos vivir del compartir. La libertad no sirve solo para comprar. Si nuestros padres, madres, abuelas y abuelos nos han liberado desde muy pequeños de la necesidad imperiosa de buscar los medios para alimentarnos y educarnos; si nos han liberado de conseguir un techo y libremente nos cuidaron las enfermedades, hemos de reconocer que la libertad también sirve para encargarnos de los demás. El futuro depende del amor, del amor político, el amor más incluyente y la mayor expresión de la libertad.

Esperemos que la nueva constitución descarrile el neoliberalismo y encaje la política en los rieles de la solidaridad. Necesitamos a los políticos. Pero no debiéramos esperar que ellos hagan su pega si nosotros no hacemos la nuestra.

Los cristianos dónde están

La situación es dramática. No la describo. La conocemos.

La explosión social en Chile ha obligado a hacer distinciones entre los actores. Esto ha llevado preguntarse: “dónde está la Iglesia”. Atiendo a este reclamo. Si por Iglesia se entiende la institución eclesiástica, habrá que acudir al portal iglesia.cl.. No han faltado declaraciones. Convendría, además, remontarse al año 2012 para encontrar el vaticinio episcopal de la tragedia en la que estamos.

Pero la Iglesia no son los obispos. Lo son solo en cuanto bautizados. Los cristianos y las cristianas constituyen la Iglesia, y lo hacen cuando practican el amor con que ha sido amados. Así las cosas, la pregunta mejor es “dónde están los cristianos”. Respuesta: siempre es difícil saberlo. Primero, porque Jesús les mandó a sus discípulos no cacarear sus buenas obras. Segundo, porque muchas de las iniciativas de los cristianos y comunidades de lucha por la justicia, solidaridad y amor al prójimo no salen en la televisión y otros medios.

Sea lo que sea, para los cristianos es la hora de la acción. De esta, a la vez, puede hablarse en dos sentidos. Una, la acción de arriba hacia abajo; y, otra, la de abajo hacia arriba.

La acción de arriba hacia abajo es la de los cristianos que gobiernan el país y la de los que tienen responsabilidad en las decisiones empresariales, por ejemplo. Muchos de ellos son culpables de la destrucción del país en curso. Han profitado de una legalidad injusta. Tienen, por esto, más culpa que los “descartados” (Papa Francisco) que rompen semáforos y saquean sus supermercados. Pero ellos, no obstante su “pecado”, deben hoy imperiosamente usar su poder político y económico para contribuir a levantar el país. Los políticos debieran reemplazar el régimen económico y político liberal por uno democrático que garantice a los ciudadanos derechos sociales y posibilidades reales de invocarlos. Los empresarios, y los potentados en general, en vez de sabotear esta posibilidad, como lo han hecho los últimos 40 años, debieran secundarla. No basta con que paguen sueldos justos, es decir, no regulados solo por el mercado. Hacerlo puede constituir, en estos momentos, una buena estrategia para salvar el tipo de sociedad que los privilegia.

La acción cristiana también debiera practicarse de abajo hacia arriba. No se está en cero. Se lo hace. Pero urge actuar con más prontitud y mayor generosidad. La acción cristiana desde abajo puede ser personal o comunitaria. Es personal, cuando consiste en tratar con justicia a los empleados y cuando se acude a socorrer a quienes lo están pasando mal, como son los que se han quedado sin trabajo (son muchos, serán más). La acción cristiana comunitaria, por otra parte, es la que realizan las parroquias, las comunidades de base, los movimientos cristianos y muchas otras asociaciones de Iglesia. En estos momentos urge detectar las necesidades. Es importante ofrecer una ayuda a los que más lo necesitan. Se dice que la demanda de ayuda en las comunidades de base se ha triplicado. A efecto de satisfacer estas necesidades, será necesario un trabajo de recolección de recursos: canastas de las ofrendas, bingos, cenas solidarias, rifas y otras iniciativas. Esperamos que no llegue a ser indispensable parar ollas comunes, pero no debiera descartárselo.

Sea desde abajo, sea desde arriba, los cristianos por igual debieran pasar a la acción en otros planos. Han de ser agentes de paz. No será esta la primera vez que puedan recurrir a la no-violencia activa. Lo hicieron, no sin tremendos riesgos, los integrantes del Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo. En cualquier caso, pueden ser pacíficos en su modo de expresarse, evitando descalificar a las personas o insultarlas como lo hacen los trolls en las redes sociales. Esta, además, es una ocasión para educar a los hijos en el valor de la democracia. ¿Podrán vacunarlos contra el virus del individualismo y la bacteria de la codicia, padre y madre del capitalismo que empuja al género humana barranco abajo? Es esta una oportunidad única para que las nuevas generaciones aprendan a hacerse cargo de su país.

Cristianos por la Re-Politización del País

El acuerdo de los partidos políticos en favor de una nueva constitución debe ser aplaudido por los cristianos. Si estos tienen por vocación un mundo fraterno, debieran sumarse a la re-politización del país. Esta comenzó con una explosión social sin precedentes, un rechazo furibundo de la desigualdad y de una falta de consideración de la dignidad de las personas debida a la implantación de un modo de organizar la sociedad gravemente insolidario. El impulso reformista o revolucionario tendría que proseguir. Una nueva constitución debiera encausarlo, debiera hacer suyo el amanecer de una ciudadanía que despertó del sueño del liberalismo económico y político. Para los cristianos, una vez más, está en juego eso que ellos llaman el reino de Dios. A saber, el valor trascendente, eterno, que tiene una sociedad en la cual todos se encargan de todos.

El desafío es legal y moral. Es moral, en primer lugar, sintonizar con las demandas de justicia de la inmensa mayoría. Los cristianos no tienen ningún privilegio ético sobre los demás. Por el contrario, si hubiera que sacar las cuentas a la luz de su fe su deuda es vergonzosa. Es escandaloso que un país cuya población en su mayoría se considera cristiana sea tan desigual. El desafío es moral porque, lo mande la ley o no, ellos solo pueden encontrar a Cristo en el prójimo. Lo demás “es música”. Si la ley manda pagar impuestos, ricos y pobres debieran pagar el suyo por amor a los demás. ¿Por qué los cristianos deben contentarse con contribuir a las necesidades económicas del país solo por miedo a un castigo legal? Dicho en metáforas, los pobres debieran poder poner, como la viuda del Evangelio, un 100 % más; y los cristianos pudientes, para qué decir los super-ricos, ¿no debieran ponerse con un 100% más también? Si los pobres pagan el IVA, ¿no pueden los demás pagar el IVA y un impuesto voluntario muy superior al que les exige la ley? Por el contrario, sería muy educativo para la sociedad que los ricos que evaden impuestos, y además los eluden, vayan a la cárcel. Nadie se queje después de que los jóvenes rompen los torniquetes del Metro y evadan el pago.

El cristianismo es amargo de tragar. Es como una esponja de vinagre en la boca de Jesús crucificado. Otro asunto: no hay duda de que los cristianos debieran votar en todos los sufragios. La regla de otro en esta materia reza: “vota por el candidato que conviene a todos, sobre todo a los pobres, aunque a ti, en lo inmediato, te perjudique”. ¿Puede un cristiano invocar el valor de la libertad porque la ley no lo obliga a esto o a lo otro? En algunos casos sí, pero no por capricho, por flojera, sino como mártires de la solidaridad. Ir a votar debiera ser para ellos siempre un acto libre, voluntario, pero no solo eso.

El desafío también es legal. La ley hoy deja en libertad a los ciudadanos para acudir a las urnas, pues el liberalismo económico carcomió y por fin rompió el dique de la solidaridad política. Corresponde a la ley electoral canalizar el extraordinario movimiento social chileno como si fuera auténticamente cívico, y no una mera agitación masiva de consumidores, exigiéndole a la población a hacerse cargo de sí misma mediante el voto obligatorio. En esto, los cristianos no pueden eximirse de la solidaridad política, entregando a la mera conciencia el imperativo de sacar adelante al país.

En lo económico lo mismo. Si urge revertir por ley el individualismo político, también el individualismo económico debe ser conjurado. La codicia no puede seguir siendo el motor económico de la sociedad. Tampoco el consumo. Los chilenos han de poder convertirse de consumidores en ciudadanos. El voto obligatorio tiene como contraparte la consagración constitucional de derechos sociales (educación, vivienda, salud y pensiones), y no dejar que el Estado cumpla un rol simplemente subsidiario.

El acuerdo político alcanzado es la luz al final del túnel. Nunca más la ciudadanía tendría que recurrir a la violencia para enrielar al país. Con humildad los mayores debemos reconocer que los jóvenes, con toda su impulsividad, e incluso por medios que nos son odiosos, destrancaron a un Chile que a la gran mayoría le estaba resultado ajeno.

Muchas otras palabras podrían decirse del componente mapuche del alma nacional. La bandera del pueblo mapuche flameó tanto y más que la chilena. Llegó la hora de arrepentirse del genocidio que constituyó la dominación republicana de su territorio. El país debe a los mapuche, al menos, el reconocimiento de pueblo que tuvo durante la Colonia e incluso a lo largo de un extenso período del siglo XIX.

Falta mucho, casi todo. Pero, de momento, la re-politización del país debiera ser un motivo de alegría, de generosidad y de responsabilidad. Un compromiso moral y legal de los chilenos con los chilenos debe constituir para los cristianos la condición de autenticidad de su propio cristianismo.

Impuesto Moral Cristiano

Chile está en peligro. En 2015 el 1 por ciento más rico del mundo llegó a tener el mismo patrimonio que el 99% del resto de la población (Credit Suisse Global Wealth). Los chilenos más ricos no trotan, galopan. Los multimillonarios aquí y en otras partes tienen cada vez más poder. El dinero consigue poder. El poder produce dinero.

Con plata se ha comprado a la clase política. Se dirá que los parlamentarios aceptaron financiamiento para su campaña, pero que no se beneficiaron en lo personal. Falso. El mero hecho de ser los diputados y senadores reelegidos, con tales platas, es una suerte de cohecho. Los empresarios que les dieron dinero, tarde o temprano les recordarán este favor y solicitarán algún tipo de compensación. La gente está aburrida de la falta de libre mercado. Unos pocos “grandes” acuerdan entre ellos, por ejemplo, los precios de los remedios y del papel higiénico, prometen seguros y cumplen apenas…. Para qué seguir. La población está airada.

También lo está en otras partes del mundo. En Túnez Mohamed Buazizi, un humilde vendedor de frutas se inmoló como reclamo por los sobornos que le pedía la policía. Las redes sociales viralizaron el hecho. Debido a las grandes desigualdades del norte de África, la chispa de la noticia incendió la región. El fuego llegó a Siria. Las protestas pacíficas por reformas políticas terminaron allí en varias guerras que nadie sabe cómo terminarlas.

La concentración de la riqueza en esta época en la que la identidad de las personas depende de su poder para comprar, es un peligro para las sociedades con aspiraciones de mayor desarrollo humano y para sus democracias. Ya genera frustración no adquirir todo lo que el marketing nos hace comprar. Muy pronto el dragón se morderá la cola. El día que se descubra que la desigualdad es una injusticia, la violencia se apoderará del estadio.

¿Por qué se acumula la riqueza entre tan pocos? ¿Por qué las consecuencias pueden ser fatales para el país? Por dos causas, al menos. Primera: los más ricos lo tienen todo para ser todavía más ricos. Son capaces de ganar cada vez más porque nacieron con un capital importante, estudiaron en los mejores colegios y universidades, crearon contactos y confianzas, se casaron entre ellos mismos y, por último, Dios nunca les falló. Segunda: el robo del capital al trabajo. Es cierto que la economía productiva genera trabajo y sin ella la sociedad involucionaría hasta destruirse. Pero la necesaria concentración del capital opera mediante sueldos de mercado, es decir, sueldos que para el dueño del capital –como otros costos de producción- deben ser lo más bajos para vencer a la competencia; así, se podrán, sobre todo, obtener las mayores ganancias posibles. La empresa privada funciona mediante la acumulación de capital. No puede ser de otra manera. Bien. Pero debe también reconocerse que los riesgos que corren los empresarios no son comparables con los sacrificios con que son sacrificados los asalariados. Peor aún es la economía financiera que genera burbujas que, cuando estallan, destruyen millones de empleos y exponen al planeta a recesiones que acaban en guerras. Los Estados, para evitar males mayores, “salvan” a los bancos y a los especuladores. Y la acumulación continúa.

¿Y los cristianos más ricos dónde están? ¿El católico “cota mil-mil” qué piensa?

Tal vez cree que las palabras de Jesús contra las riquezas no se aplican a él. No han oído, quizás, sus maldiciones: “Ay de ustedes, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo” (Lc 6, 24), les gritaba Jesús. ¿Les enseñaron sus padres algo de la Doctrina Social de la Iglesia? Tal vez no saben que la piedra angular de esta es El destino universal de los bienes, que la propiedad privada es un medio para su implementación, no un fin. El fin, en cambio, es que todas las personas que vienen a este mundo sean propietarias de la tierra. Los cristianos potentados, ¿han mirado a los ojos a uno de los miles de chilenos que viven en las calles de sus ciudades?

Propongo que los católicos pertenecientes al 1 por ciento más rico del país creen un Impuesto Moral Cristiano. No un impuesto legal. Los impuestos legales deben ser objeto de estudios cuidadosos de políticos y expertos. Su establecimiento es cuestión de justicia, pero no debieran desactivar la economía. Lo que sugiero es un impuesto voluntario de un 10 % al patrimonio anual (casas, propiedades, autos, acciones, etc.) de los más ricos. Los mismos católicos interesados en crear este impuesto podrían fundar una institución encargada de devolver a los chilenos una parte, siquiera una parte, de lo que les pertenece. Con este dinero, por ejemplo, se podría dar una justa pensión a las dueñas de casa.

Si las palabras de Jesús y de la Iglesia no les son una motivación suficiente, podrían servirles las de J. Stiglitz (Nobel de economía 2001): “Los miembros del 1 por ciento más rico poseen las mejores casas, los mejores colegios, los mejores médicos y las mejores formas de vida, pero hay una cosa que no parece que el dinero pueda comprar: saber que su suerte está unida a las condiciones de vida del 99 por ciento restante. Es algo que, a lo largo de toda la historia, el 1 por ciento ha acabado siempre por comprender. Pero demasiado tarde”.

Zaqueo creyó en Jesús, dio la mitad de sus bienes a los pobres y prometió a sus posibles defraudados el cuádruplo del perjuicio (Lc 19, 1-10).

Sacerdocio para varones casados

Ha concluido en Roma el Sínodo sobre la Amazonía. Este reunió a un número significativo de obispos y personas relacionadas con esta extensa región (Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Guyana, Surinam y Guayana Francesa), zona especialmente vulnrable al impacto de la acción humana en el cambio climático, para deliberar sobre la tarea evangelizadora de la Iglesia.

Los resultados del Sínodo, especialmente desde el punto de vista del cuidado del medio ambiente, y sobre todo, de la protección de la población nativa, son alentadores y desafiantes. Su éxito dependerá evidentemente de cuánto sea posible llevar a la práctica, yendo en contra, por ejemplo, de políticas económicas liberales como las del presidente Bolsonaro. También en Chile es imperioso que la Iglesia haga suyas las directrices de este documento y salga en defensa de nuestros pueblos originarios.

También ha sido auspicioso para la región, y sobre todo para los católicos de otros países y continentes, la apertura del sacerdocio a hombres casados. Dos son las razones que han exigido esta modificación pastoral. La primera, es la inmensa cantidad de cristianos que no tienen prácticamente ninguna posibilidad de participar en la eucaristía por falta de sacerdotes. “En ocasiones pasan no sólo meses sino, incluso, varios años antes de que un sacerdote pueda regresar a una comunidad para celebrar la Eucaristía” (SA 111). La segunda, es la presión del laicado católico mundial por terminar con el celibato obligatorio, debida a los abusos sexuales del clero y por el encubrimiento de sus superiores jerárquicos.

Este Sínodo, al igual que aquel anterior que abrió la posibilidad de comulgar en misa a los divorciados vueltos a casar, ha sido fuertemente resistido por sectores católicos conservadores minoritarios, pero muy poderosos. El cardenal Müller ha dicho que ““ni siquiera el Papa puede abolir el celibato”. El documento final tiene gran estima por el celibato de los sacerdotes. Pero recuerda que este no es materia de fe, sino una determinación pastoral con una larga tradición. Se ha recordado, por lo mismo la práctica de la Iglesia oriental que ha mantenido el sacerdocio de varones casados por dos mil años.

Las condiciones para esta importante innovación son las siguientes: debe tratarse de varones que puedan dedicarse plenamente a este servicio; de personas capaces de desempeñar la labor sacerdotal, cualidad que debe ser reconocida por la comunidad cristiana; de laicos que previamente han sido ordenados diáconos, y que hayan cumplido bien esta misión; de diáconos que hayan recibido una formación adecuada para desempeñar el servicio sacerdotal; de esposos con una “familia legítimamente constituida y estable”; y, por último, de personas que vivan en la zonas más remotas de la Amazonía. Este número 111 del documento fue aprobado por 128 contra 41 votos. El texto, además, reconoce que “algunos se pronunciaron por un abordaje universal del tema”.

Desde antes de la celebración del Sínodo hubo reacciones feministas contrarias. La extensión del sacerdocio a varones casados solo ha podido postergar el reconocimiento de la legitimidad teológica y de la necesidad pastoral del sacerdocio femenino. El único paso en esta materia fue haber solicitado los participantes compartir sus experiencias y reflexiones en la Comisión de Estudio sobre el Diaconado de la Mujeres creada por el Papa Francisco, la cual aún no llega a resultados concluyentes. En las consultas realizadas antes del Sínodo se valoró “el papel fundamental de las mujeres religiosas y laicas en la Iglesia de la Amazonía y sus comunidades, dados los múltiples servicios que ellas brindan” (SA 103). Pero esta mención laudatoria no ha sido suficiente.

No se puede seguir alabando a las mujeres y negándoles la posibilidad de participar en la toma de decisiones al más alto nivel de la institucionalidad eclesial, por la precisa razón de no ser sacerdotes. En suma, el Sínodo pide el sacerdocio para varones casados, pero no para todos; y diaconado para las mujeres, pero no todavía.