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Entrevista a José Aldunate

AÑOS ATRÁS LE HICE UNA ENTREVISTA A DON PEPE

JORGE: Don Pepe, buenos días. Conversemos sobre el tema de la Compañía de Jesús en los últimos cincuenta años. Vamos al grano inmediatamente. ¿Cómo vio, cómo ve usted a la distancia, a la Compañía durante la dictadura militar? Usted tuvo una participación importante un poquito antes del Golpe, y todo el período posterior.

JOSÉ: Yo estuve durante todo el período militar un poco al margen de la Compañía, porque inicié un tiempo de sacerdote obrero, precisamente en la víspera del Golpe. Fue el primer día en que me separé de la vida comunitaria y empecé una vida de sacerdote obrero.

JORGE: ¿Dónde fue esto?

JOSÉ: En Concepción. Con todos los permisos del provincial me hice sacerdote obrero a través de una experiencia con Juan Caminada. Me inicié en una vida al margen de la vida comunitaria de la Compañía. Entonces estuve diez años, se puede decir, viviendo en otras casas que no eran las casas corrientes. Por eso, mi experiencia ha sido un poco marginal. Si me preguntan cómo se comportó la Compañía durante la ocupación militar, yo diría que estuvo muy ausente de mi órbita de acción. Un ejemplo, yo me ocupé y más o menos soy conocido por el grupo de…

JORGE: ¿Sebastián Acevedo?

JOSÉ: Sebastián Acevedo. Y en Sebastián Acevedo no hubo nunca ningún jesuita.

JORGE: Pero era bastante riesgoso eso…

JOSÉ: Era un poco riesgoso, pero había estudiantes franciscanos que iban incluso con sus hábitos, había monjas en todos sus colores, y de otras congregaciones también. Así que no era una cuestión tan riesgosa. Talvez había también una cierta desconfianza con la línea de Sebastián Acevedo, que era en el fondo una línea muy tradicional, pero que admitía a gente de cualquier tendencia.

JORGE: Y Sebastián Acevedo comenzó en Concepción, ¿o me equivoco?

JOSÉ: No, empezó aquí en Santiago. Después en Concepción se distinguió bastante. Y bueno, allí ocurrió la autoinmolación de Sebastián Acevedo, el caballero que se quemó a las puertas de la Catedral de Concepción. Pero eso fue cuando el movimiento ya había partido. El movimiento es independiente de ese suceso, solamente tomó el nombre de Sebastián Acevedo después de un par de meses de funcionar.

JORGE: ¿Y qué año empezó Sebastián Acevedo?

JOSÉ: Lo empezó un grupo que se llamaba el EMO, Equipo Misión Obrera, que era la continuación de la iniciativa de Juan Caminada de instituir en Chile sacerdotes obreros. Así que el EMO fue fundado por sacerdotes obreros que desarrollaron después un movimiento de reflexión y de acción, y ese movimiento dio origen a Sebastián Acevedo.

JORGE: Caminada, ¿quién fue Caminada?

JOSÉ: Caminada fue un cura bastante original, bastante también insoportable por su carácter, que vino a Chile para realizar una experiencia. En Holanda tuvo la idea de hacer un puente entre mundo obrero y la Iglesia. Entonces vino a Chile a experimentar su proyecto y esa experiencia se llamó el Movimiento Calama. Porque lo inició en Calama. Buscó curas de ciertas procedencias y formó un grupito de 12-14 sacerdotes obreros. Y entre ellos me inscribí yo y se inscribió también Pepe Correa, de los jesuitas.

JORGE: ¿Nacho Vergara estaba ahí o no?

JOSÉ: No, Nacho Vergara fue un hombre muy solitario, un obrero auténtico, pero andaba por su propio camino. Y bueno, de ese Movimiento Calama con Juan Caminada varios fueron expulsados de Chile con el Golpe. Ellos salieron, pero nosotros quedamos. Quedó un grupo de seis chilenos que habían pertenecido al Movimiento Calama. Los que quedamos formamos un grupito que se llamaba el EMO y decidimos continuar el movimiento Calama aquí en Chile, en ausencia de Juan Caminada, porque a él lo expulsaron por supuesto.

JORGE: ¿Estaba ahí Mariano Puga? ¿Roberto Bolton?

JOSÉ: Sí, estaba Mariano Puga. Bolton se juntó después.

JORGE: ¿Estaba Sergio Torres?

JOSÉ: No, los principales fueron Mariano…

JORGE: ¿Marotto?

JOSÉ: Sí. Y juntamos monjas también, no solamente curas. También laicos. Y formamos un grupito de unos cuarenta.

JORGE: Me decían que ustedes dentro del proyecto Caminada, como quería algo así como volver a los orígenes del cristianismo; que eran tan radicales como dejar de hacer misa por un tiempo y después recomenzar de a poco…

JOSÉ: Ese era un poco el plan de Juan Caminada, de que este grupo de obreros sacerdotes, fueran un puente entre la Iglesia y el pueblo. Ellos tenían que dejar la Iglesia, hacer “el éxodo”, para incorporarse al pueblo, asumir todas las culturas y la línea popular, y después volver a la Iglesia haciendo el puente. Ese era el proyecto.

JORGE: Perdón, y usted, ¿hizo ese camino?

JOSÉ: Sí, lo hice.

JORGE: ¿Y cree que cumplió lo que Caminada tenía en la cabeza?

JOSÉ: En cierta manera lo cumplimos. Y de nosotros, y de lo que esos años se vivía, salió una Iglesia de izquierda. La Iglesia no tenía una izquierda, tenía una derecha y un centro. Y yo creo que después de los militares, del tiempo militar, se constituyó una Iglesia de izquierda. Y allí se dio el puente, porque la Iglesia, que normalmente expulsaba a la izquierda, que no quería nada con el socialismo, con el comunismo, con esas eran herejías, encontró en nosotros un vínculo con el socialismo y comunismo. Creamos una Iglesia de izquierda.

JORGE: Pero la Compañía en esos años, por ejemplo la de la Unidad Popular, reflejaba un poco lo que era la realidad de toda la Iglesia. Si la Compañía tenía sectores de derecha muy marcados y sectores de centro…

JOSÉ: Muy de centro, pero no tenía de izquierda.

JORGE: Ni siquiera la Compañía tenía de izquierda.

JOSÉ: Yo creo que no tenía de izquierda, no he conocido…

JORGE: Salvo Gonzalo Arroyo.

JOSÉ: Ah, cierto. Gonzalo Arroyo sí, muy ciertamente. Y después bueno, algunos tal vez acompañaron a grupitos como la Izquierda cristiana, el MAPU. Todos esos eran Iglesia de izquierda.

JORGE: A Hernán Larraín, ¿dónde lo pone usted?

JOSÉ: Yo lo pongo en el centro, pero con simpatía de izquierda. Yo creo que él se mantuvo dentro de la revista Mensaje en una línea de simpatía de izquierda. Yo me acuerdo un artículo que publicó sobre el Che Guevara que causó roncha porque tenía simpatía con él, pero Hernán no alcanzó a ser un hombre de izquierda.

JORGE: Usted en Concepción trabajó como obrero, ¿con quién vivió allá en Concepción?

JOSÉ: Yo viví con Pepe Correa. Pepe Correa fue para mí una inspiración. Yo pensé: un hombre tan santo, tan moderado, que se hace sacerdote obrero, yo también quiero ser sacerdote obrero.

JORGE: ¿Dónde vivían?

JOSÉ: Pepe Correa se incorporó al proyecto Caminada y estuvo en Calama, estuvo trabajando en Chuquicamata, pero se fue a vivir después a Concepción, donde había estado antes. Entonces comenzó a participar en el movimiento Calama en Concepción. Pero bien pronto vino el Golpe. Y cuando vino, yo estaba con él acompañándolo y seguimos los dos dentro del movimiento.

JORGE: ¿En qué trabajaban?

JOSÉ: En la construcción. Yo estuve en una empresa constructora, como un obrero cualquiera.

JORGE: ¿Los demás obreros sabían que usted era cura?

JOSÉ: No, no sabían. La táctica nuestra era no decir. Yo decía que yo era un pedagogo de Santiago que venía a conocer el mundo obrero a Concepción. Bueno, no me preguntaron más, dijeron tal vez a este lo buscan en Santiago y viene a esconderse por acá.

JORGE: ¿Y usted era bueno pa’ la pala, pal’ martillo?

JOSÉ: Yo le pegaba un poco a la construcción, pero construcción de segunda. No maestro.

JORGE: ¿Qué significa eso?

JOSÉ: De segunda clase, o sea, los que ayudan a los maestros. Son los constructores de segunda. En una empresa constructora había carpinteros, y había carpinteros de primera y de segunda. Yo era carpintero de segunda en esa empresa, una empresa importante en Concepción. Edificó cosas importantes que fueron terremoteados después.

JORGE: ¿Y ganaba su buena plata o poco?

JOSÉ: Ganaba plata, vivía de la plata que ganaba, estaba inscrito, tengo todos mis papeles.

JORGE: Como un título universitario…

JOSÉ: Claro.

JORGE: ¿Cuánto tiempo estuvo?

JOSÉ: Estuve solo dos años.

JORGE: ¿Y después de eso?

JOSÉ: Después a Pepe Correa lo mandaron al norte y quedé solo. A los otros los habían expulsado del país. Así que me vine a Santiago. En Santiago fue donde creamos el EMO.

JORGE: Y donde vivía usted en ese momento

JOSÉ: Vivía con Nacho. Ahí en vía Italia, que está por ahí a la salida de Santiago. Y después me fui a Montijo, Pudahuel.

JORGE: ¿Y Nacho se dedicaba a qué cosa?

JOSÉ: Él se dedicaba al fierro. Era el hombre del fierro. Y era muy competente, era hasta profesor en INACAP. Y vivía de eso. Formó un grupito de obreros y nos formó un poco a lo Nacho, o sea, obreros que ponían en común sus bienes y vivían en comunidad económica.

JORGE: ¿Y Nacho seguía practicando el sacerdocio?

JOSÉ: Sí, pero él se peleó con el obispo. Y como Nacho era tan sistemático, dijo “si el obispo no me da confianza, no ejerzo el ministerio”. Así que era un cura marginal que decía misas de vez en cuando y tenía mucha instrucción evangélica, estaba muy vinculado con el Evangelio, con Jesús. Después se vinculó bastante con los ejercicios espirituales de San Ignacio y se dedicaba a eso. Pero no tenía pastoral porque el obispo lo había desautorizado.

JORGE: ¿Y lo desautorizó por qué razón? ¿Por ser obrero?

JOSÉ: No, el obispo le dijo que no estaba de acuerdo con su pastoral. Fue párroco de Jesús Obrero. Ahí tuvo una pastoral muy interesante, muy de avanzada. Don Raúl Silva hablaba con él, le pedía cuentas. Y Don Raúl en un momento malo le dijo que no estaba de acuerdo con su pastoral. Y Nacho como era de cabeza tan dura dijo: “bueno, si no están de acuerdo, renuncio”. Y se dedicó al fierro.

JORGE: Y usted, ¿qué fue a hacer al Montijo?

JOSÉ: Al principio tenía mis clases en la universidad. Después, durante seis años estuve sin clases, simplemente haciendo trabajos. Trabajé hasta en el PEM (Plan de Empleo Mínimo), luego en el POF (Plan Obrero de la Familia). Pero cuando supieron que no tenía familia me echaron. Con razón. Después trabajé en otras peguitas por ahí.

JORGE: Y con quién vivía en ese momento

JOSÉ: Con Nacho siempre. Viví siete años con Nacho. Ahí estuve algo marginado de la Compañía, porque Nacho vivía un poco al margen. Nos convidaban cuando había que dar una charla sobre Jesús. Era un hombre enamorado de Jesús, realmente admirable.

JORGE: Era difícil de carácter Nacho.

JOSÉ: Sí, difícil. Vivió como al margen con un grupito de obreros.

JORGE: ¿Y ustedes se cocinaban todo?

JOSÉ: Sí, cocinábamos todo.

JORGE: Dicen que cocinaban una olla de porotos para toda la semana, ¿es verdad o no?

JOSÉ: Sí. Se alternaban los porotos y un alverjado de pollo.

JORGE: Usted en ese tiempo enseñaba en la Facultad de Teología de la Católica, ¿no?

JOSÉ: Enseñé hasta el ‘83

JORGE: ¿Qué pasó después?

JOSÉ: El ‘83 cumplí 65 años. Fíjate que era joven, pero a esa edad uno dejaba de ser profesor ordinario y si no lo contrataban como extraordinario, uno quedaba cesante. Y como no tenían ningún interés en contratarme como extraordinario, quedé cesante a los 65 años.

JORGE: ¿Actualmente usted tiene 97 años?

JOSÉ: Sí. Yo después tuve el EMO, que me daba trabajo. Y también la revista Policarpo.

JORGE: Usted la empezó, ¿no?

JOSÉ: Yo empecé. Me nombraron director.

JORGE: ¿Quién lo nombró?

JOSÉ: En el fondo fue el EMO, el que me nombró director de la revista. Yo no quería la revista. Yo dije para qué una revista, cómo se va a poder sostener dentro de una dictadura. Pero me nombraron y estuve veinte años de director, del ‘75 al ‘95. Eso me ocupaba mucho, yo escribía todas las editoriales y algunos artículos. Tenía que mantener la revista. Y en el fondo la mantuve yo solo no más.

JORGE: Sí. Recortando artículos, columnas, poniendo informaciones…

JOSÉ: Pedía cooperación a los teólogos, y noticia a la Vicaría de la solidaridad. Me informaba de todos los acontecimientos.

JORGE: Pero esa revista, recuerdo, circulaba de una manera bastante clandestina, ¿o me equivoco? Es decir, no se sabía quién era el director, no se sabía quién era el equipo, nada.

JOSÉ: Sí, el arzobispo Fresno estaba muy preocupado de saber quién era el director.

JORGE: Ni siquiera el arzobispo sabía quién era el director.

JOSÉ: No, totalmente clandestino.

JORGE: ¿Y Silva Henríquez supo quién era el director?

JOSÉ: No, tampoco. Nadie supo.

JORGE: Y Oviedo, ¿supo?

JOSÉ: Tampoco.

JORGE: Y el provincial sabía.

JOSÉ: Sí, él sabía.

JORGE: Lo que pasa es que los otros jesuitas más o menos también sabíamos, pero era secreto. Dicen que usted arrancaba con el mimeógrafo de una parte a otra.

JOSÉ: El mimeógrafo estuvo en el coro de la iglesia de Jesús Obrero, después estuvo en un colegio de barrio alto, se movía constantemente.

JORGE: He escuchado que usted también ayudó a gente a salir del país, ¿es verdad eso?

JOSÉ: No mucho, algo sí. El que estaba encargado de esto era don Sebastián, que se acopló al EMO. No recuerdo el nombre.

JORGE: Volvamos al tema de Sebastián Acevedo, era el movimiento contra la tortura.

JOSÉ: Sí, pero para continuar eso, mi intervención principal en cuanto a sacar gente del país fue la ocupación de la nunciatura. Fue un acontecer que me marcó mucho a mí, me marcó también delante de la Iglesia chilena. Tal vez hasta esa fecha yo era un sacerdote bastante respetable, porque había sido provincial, era profesor de teología en la facultad y todo. Pero en ese momento que me atreví a violar las murallas de la nunciatura, entonces para todas las autoridades eclesiásticas y para el mismo don Raúl, yo era un imprudente. Eso para mí fue una liberación: cuando quedé como clasificado de avanzado, de izquierda e imprudente. Don Raúl era, en realidad, un hombre de centro, pero con muchos prejuicios respecto a la izquierda. Don Raúl tenía un prejuicio contra el marxismo profundísimo, tanto con los comunistas y los socialistas. Por eso los “Cristianos para el socialismo”, para don Raúl, eran los demonios. El era muy partidario del gobierno de la Democracia Cristiana, era amigo personal del presidente Frei.

JORGE: ¿Pero fue respetuoso con Allende?

JOSÉ: Respetuoso sí, pero con un prejuicio tremendo. Yo escuché la charla que el dio a los religiosos cuando el país había escogido a Allende como presidente. Entonces los religiosos estaban reunidos diciendo cómo va a reaccionar don Raúl a este nombramiento de un presidente socialista. Estuve en la plática y don Raúl nos dijo que nos preparáramos para el martirio, era increíble. Después se entendió bien con él, Allende se portó muy bien con él. Con el Golpe don Raúl estaba muy contento, hasta fue a Roma para convencer a los demócrata cristianos de Italia que el Golpe era legítimo y todo… Bien pronto se dio cuenta de los abusos del régimen, ahí cambió. Pero al principio con el Golpe estaba muy contento.

JORGE: Un paso atrás. Qué hizo usted con la nunciatura, qué hizo en concreto. ¿Metió gente ahí? ¿Por las murallas?

JOSÉ: Metí veintidós personas por las murallas. Porque quise hablar con el nuncio, pero el nuncio no estaba. Y el secretario estaba encerrado en la nunciatura, no quería hablar con nadie, así que forzamos en meterle la gente por las murallas no más, porque por la puerta no permitían que se refugiaran.

JORGE: ¿Y esa gente fue toda al exilio?

JOSÉ: Sí. Y en realidad se libraron, ¿no? Los militares no querían ningún problema con la nunciatura. Así que…

JORGE: Y usted puso una escalera… ¿qué hizo usted para ayudarles a saltar la muralla?

JOSÉ: Tenían que saltar la muralla, eran dos metros. Algunos los empujé no más. Los “empujapoto”… Yo salté también la muralla.

JORGE: ¿Usted volvió a encontrar a esa gente, pasados los años? ¿Volvió la gente a Chile?

JOSÉ: Creo que volvieron algunos. Pero no me he encontrado con ninguno después.

JORGE: Cómo fue el regreso de Chile a la democracia. Una pregunta anterior: durante la dictadura, ¿cómo vio usted a la Compañía?

JOSÉ: Como ausente de mi mundo. Yo estaba en un mundo de izquierda, un mundo de cambio. Más bien me entendía con algunos diocesanos, con el Centro Medellín.

JORGE: Con un grupo de religiosas importante, gente de población seguramente…

JOSÉ: Sí, pero con ningún jesuita. Bueno, Pepe Correa, mi socio, ya estaba en Arica, lo habían mandado allá. El provincial Ochagavía fue siempre muy simpático, muy cercano a mí en el lío de la nunciatura, él fue muy ayudador. A mí me sacó del problema.

JORGE: ¿Cómo veía usted a Mensaje?

JOSÉ: Mensaje se defendió bien, ponía páginas en blanco cuando la censuraban. Mensaje tuvo que manejarse con cuidado. El gobierno militar no la suprimió nunca. Tenía respeto por ser revista de Iglesia.

JORGE: ¿Fue una ayuda Mensaje?

JOSÉ: Sí. Y yo mismo escribí en Mensaje, saqué artículos sobre Derechos Humanos. Se aguantaba que Mensaje publicara cosas sobre derechos humanos, porque eso no tenía para qué suprimirlo el gobierno.

JORGE: Hubo un famoso artículo sobre la DINA, que entiendo que fue muy difícil de publicar porque se corría el riesgo de que suprimieran la revista, ¿usted participó en ese artículo?

JOSÉ: No supe nada de eso.

JORGE: Otra cosa, a usted, ¿dónde le gustaría ver hoy día a la Compañía? ¿En qué actividades?

JOSÉ: Me gustaría verla un poco en lo que te preocupa a ti, en la Iglesia, en la renovación. Yo creo en un compromiso con el cambio de la Iglesia. Pero no estoy muy informado. Vivo en una casa de ancianos, con gente que ya no tiene los conocimientos de ustedes.

JORGE: No están igualmente implicados en las cosas que ocurren. ¿Qué impresión tiene de esta especie de revolución en el plano de la educación? Hay un cambio bastante significativo. ¿Cómo ve a la Compañía en materia de educación, en los colegios que tenemos?

JOSÉ: Eso es lo que me aqueja un poco. Ojalá los colegios particulares volvieran a ser colegios gratuitos, enseñar a los pobres. Eso es lo que yo he dicho, lo que he escrito, lo que me interesaría. Pero veo los colegios muy trabados. Dicen que no se puede, que el valor académico hay que mantenerlo, en fin. O sea, más bien una aceptación de continuar como colegios pagados, ¿no? Yo siento que tendríamos simplemente que jugarnos por volver a educar a los pobres. Y retomar la teología de la liberación.

JORGE: Don Pepe, ¿usted en qué año entró a la Compañía?

JOSÉ: Entré el año ‘33.

JORGE: ¿Ha visto muchos cambios desde el año ‘33 al año 2015?

JOSÉ: Claro que ha habido cambios. Bueno, yo creo que un cambio bastante sustancial fue la congregación XXXI en que participé yo, que recién me habían nombrado provincial. Hasta entonces yo había sido simplemente maestro de novicios diez años y recién entonces, cuando me nombraron superior de Bellarmino y me nombraron provincial, entre un poco en el mundo político y en el mundo del acontecer de la provincia, que fue un acontecer muy importante. Todo lo que significa el tiempo que mi provincialato fue bastante crítico porque en esa época la Compañía había vivido cambios fundamentales. Esos años comenzó mi inserción en la historia más contingente.

JORGE: El Concilio. ¿Qué importancia atribuye Ud. al Concilio?

JOSÉ: Yo he aprendido un montón. Recientemente, como tengo más tiempo, he leído mucho y me he aprendido mucho más sobre el Concilio de lo que sabía antes. El Concilio es muy importante. No lo es todo ni pudo hacer todo. Fue también poco ineficaz en muchos ámbitos. Bien aprovechado, bien interpretado, es un buen punto de partida para cambios muy decisivos que hay que hacer.

JORGE: ¿Cómo ve Ud. que el Concilio incidió en la formación de los jesuitas?

JOSÉ: No he estado en contacto con la formación reciente. Pero creo que ha tenido mucho peso, mucha importancia. Y en detalle, ¿en qué forma? Cuando fui provincial, por ejemplo, me dijeron que la Tercera probación estaba en examen, o en experimento más bien. Es así que tuvimos una Tercera probación muy original, porque había que reformarla, hacerla de nuevo. Creo que el Concilio fue muy importante para la vida religiosa y revolucionario. En ese entonces el Papa nos dijo que había que rehacer las constituciones. Fíjate lo que significa eso. Simplemente decir, nuestra Constitución que viene de San Ignacio, desde ahora se suspende, tenemos que rehacer una constitución para los jesuitas. Porque así lo tuvieron que hacer todas congregaciones, así que es un cambio radical.

JORGE: Volver a las fuentes…

JOSÉ: Volver a las fuentes y al espíritu del fundador.

JORGE: A los ejercicios espirituales, tal como se daban…

JOSÉ: Así que todo eso era totalmente revolucionario, ¿no?

JORGE: Pero Pablo VI se enfureció cuando la Compañía quiso otorgarle el Cuarto voto a todos los jesuitas…

JOSÉ: Esa fue la inconsecuencia de Pablo VI. No se entiende. Si nosotros estimamos que teníamos que rehacer las constituciones, por qué no nos dejó. Pablo VI fue muy inteligente, muy capaz, creo que se dio cuenta de todo, pero en el fondo fracasó porque él quiso reformar la Iglesia, pero no cambiar la gente. Para reformar la Curia había que cambiar la gente. Y él quiso hacer la reforma con la misma gente de siempre. Continuó después con sus encíclicas. Él se reservó el tema de la contracepción. Vino la encíclica Humanae Vitae. Fue inconsecuente. Si él realmente estaba convencido de que la Iglesia tenía que dejar de ser una cosa de arriba para abajo, para serlo de abajo hacia arriba, tenía que haber escuchado más. Se hizo mucho por la colegialidad de los obispos, pero no se hizo nada para que los obispos fueran más autónomos, reposando en las bases. Los episcopados continuaron siendo nombrados desde arriba y no desde abajo. Pablo VI fue bastante inteligente y radical en muchas cosas, pero en otras no.

JORGE: Un pasito atrás. ¿Qué importancia tiene entonces la Congregación General XXXI? Participó Ud., Hernán Larraín…

JOSÉ: Y Juan Ochagavía. Yo creo que ha sido tal vez la congregación más importante que ha tenido la Compañía. Los jesuitas llegaron bastante inquietos. Pienso que la Compañía necesitaba una innovación.

JORGE: Dicen que usted inquietó bastante las aguas.

JOSÉ: Es cierto, con una cartita que difundí un tanto sobre lo que podríamos… porque se proponía que esta congregación abordara temas bastante importantes, así que yo obedeciendo a esa inquietud escribí unas cartas.

JORGE: ¿Cuál era el tema de esas cartas?

JOSÉ: El tema era: cambios que se echaban de menos en la estructura de la Compañía respecto a la autoridad, respecto a los nombramientos, a los tiempos, etc. Yo creo que muchos se imaginaron que este provincial de Chile iba a llegar con flechas y con aires de revolucionario, de indígena.

JORGE: Y llegó poniendo los grandes temas.

JOSÉ: Sí.

JORGE: Ahora, eso estaba prohibido, usted hizo algo prohibido.

JOSÉ: Claro. Yo toqué algunos temas que estaban en las cartas apostólicas, o sea, que eran de la Santa Sede, que la Compañía no podía cambiar porque eran cosas de la Santa Sede.

JORGE: Y eran temas que no se podían tocar y usted hizo circular una carta. ¿Cómo elaboró esa carta? ¿Con otra gente o solo?

JOSÉ: No, con el Bellarmino. El Bellarmino era bastante inquieto y revolucionario en ese tiempo. Yo fui primero superior de Bellarmino y después provincial. Entonces siendo provincial, continué mis contactos con el Bellarmino y continué viviendo ahí.

JORGE: ¿Usted gobernó con el Bellarmino?

JOSÉ: Algunos dicen que goberné con el Bellarmino porque continué viviendo allá, pero en realidad estuve un año y medio de superior del Bellarmino y después como provincial. Pero en la Provincia, claro, eso inquietó un poco. La provincia se dividía en dos partes: el Bellarmino y los colegios, entonces había una rivalidad entre esos dos elementos. Ese fue uno de los problemas que tuve yo. Me tocó apaciguar un poco esa tensión.

JORGE: Dígame una cosa: ¿cómo fue Ud. como maestro de novicios?

JOSÉ: En esa época no tenía idea de cómo tenía qué hacerlo. Así que en el fondo procuré rehacer lo que había sido mi noviciado. Fui un maestro de novicios muy tradicional.

JORGE: Y si Ud. fuera el maestro hoy, ¿cuál sería el énfasis de su noviciado?

JOSÉ: Yo creo que tendría que ser mucho más como es actualmente el noviciado. Se ha progresado mucho. Se necesita estar preparado para el mundo actual. Yo fracasé de maestro de novicios porque la mayor parte de los novicios que tuve se salieron. Fue una época de crisis muy grande la que me tocó y los novicios que formé, los consideraba yo unos santos. Hombres buenos, sanos, inteligentes. Y sin embargo, después de 4 o 5 años de Compañía, se salieron. Esto quiere decir que no acerté en prepararlos para un mundo tan distinto. Los preparé en cambio para una Compañía tradicional como la que yo conocía, pero no para un futuro tan renovado.

JORGE: Y Hurtado, ¿qué impacto tuvo en usted Alberto Hurtado?

JOSÉ: Mucho en realidad, porque cuando yo volví de mis estudios de Europa y el año ‘50 llegué a Chile, me pusieron de ayudante del Padre Hurtado. Mi tarea era ayudarlo en la ASICH, Asociación Sindical Chilena. Encontré a un Padre Hurtado metido en los obreros, no con niños, no con viejitos del Hogar de Cristo, sino con los obreros, animándolos a tener sus derechos, a hacer revolución. Fue decisivo para mí. El me metió a fondo en el mundo obrero. Después de años asumí un compromiso con los DDHH y todo eso.

JORGE: ¿Conoció a Hurtado antes de irse a estudiar fuera de Chile?

JOSÉ: No, prácticamente no.

JORGE: Usted no se considera vocación de Hurtado…

JOSÉ: No. Yo entré a la Compañía cuando Hurtado estaba en Europa. Lo conocí el año ‘36. Entré el ‘33. Lo conocí cuando él volvió de Europa. Luego tuve contactos episódicos con él, hasta el año ‘51 que me tocó estar de ayudante suyo en la ASICH. Desde entonces tuve con él un contacto constante. Esto me mostró un hombre fuera de serie. Totalmente. Transparente, entregado y todo. A mí me impactó mucho, entregado al mundo obrero, interesado en eso, hasta de hacerse él mismo obrero.

JORGE: Quiso ser obrero, y no pudo.

JOSÉ: Sí. No pudo y con razón. No tenía el físico para una vida obrera.

JORGE: Una última pregunta sobre los Papas. ¿Qué puede decir de los Papas de los últimos cincuenta años? Puede incluir también a Pío XII.

JOSÉ: Pío XII fue el primer Papa que conocí y fue un patriarca, como una figura solemne. Nosotros en ese tiempo, durante los primeros años de enseñanza de moral, siempre estábamos pendientes de lo que el Papa diría para comentar su opinión. Esta era fundamental. Después que murió el Papa, Juan XXIII no abordó ningún tema moral importante. Hablaba de los pajaritos. De aquí que los moralistas tuvimos que comenzar a pensar por nuestra cuenta. Antes todo era comentar a Pío XII.

JORGE: Y, sin embargo, Juan XXIII convocó el Vaticano II…

JOSÉ: Sí, tengo mis ideas sobre Juan XXIII. Creo que hasta el Concilio fue muy a la antigua. La última encíclica que escribió, Mater et Magistra, era de las tradicionales. Me parece que él no fue autor de ningún cambio en el Concilio. Fue sí el primer receptor de los cambios del concilio. Yo tengo escrito todo un estudio sobre ese punto. Juan XXIII abrió las ventanas de la Iglesia después de la primera sesión del Concilio, pero no antes. Fue simplemente un Papa tradicional, hasta que el Concilio lo convirtió a él. No es que él convirtiera al Concilio.

JORGE: Y murió poco tiempo después. ¿Pablo VI?

JOSÉ: Pablo VI fue muy inteligente, pero muy tímido. En realidad tiene encíclicas fundamentales, sobre el desarrollo de los pueblos. Pero contradictorio, ¿no? Por ejemplo Humanae Vitae.

JORGE: ¿Qué piensa usted de Humanae Vitae?

JOSÉ: Era muy fuerte cambiar en este punto. Había toda una tradición. No se atrevió a innovar.

JORGE: Juan Pablo II, ¿cuál es su impresión?

JOSÉ: Un papa polaco que tenía dos cosas: en primer lugar era muy anticomunista. Y, la segunda, era muy contrario a la Teología de la liberación. Juan Pablo II echó para atrás el Concilio. Pensó que se nos había pasado la mano con el Concilio.

JORGE: ¿Qué importancia tuvo para usted la Teología de la liberación?

JOSÉ: La Teología de la liberación me llegó después de que fui provincial, a través del interés por Medellín y Puebla. Veía que era necesario ir más allá de la posición democristiana. Más allá de la Doctrina social de la Iglesia. Esta se limitaba a lo que los papas habían dicho. No se renovó con el Concilio. El Concilio pudo haber renovado la doctrina de la Iglesia. Se mantuvo esa doctrina y marcó un poco una línea de centro. En cambio, en el Concilio Vaticano II hubo una Iglesia de izquierda, una Iglesia de contacto con el cambio, de exposición al mundo. En Chile nos marcó la posición de Bigo, Françou, ILADES, que era la doctrina de la Iglesia un poco el centro.

JORGE: Don Pepe… y Benedicto XVI, ¿qué le ha parecido como Papa?

JOSÉ: Tengo simpatía con él, por ser serio, sistemático. Pero fue muy duro, muy dentro de una lógica de la inquisición, ¿no? La Congregación para la doctrina de la fe… Se ha mostrado después que fue un Papa muy auténtico, yo diría. Bastante racional, bastante doctrinal, de otro carácter que el Papa actual.

JORGE: Antes de pasar al actual, se dice que Benedicto XVI va a ser recordado por dos cosas: una por haber enfrentado los escándalos sexuales del clero y otro por haber renunciado. ¿Qué le parece a usted?

JOSÉ: Sí, ambas cosas. Creo que lo primero le sugirió el deseo de ser Papa, para poner fin a esa situación.

JORGE: ¿Y Francisco? ¿Qué le ha parecido como Papa?

JOSÉ: Francisco, bien. Está haciendo lo que puede hacer. Lo que puede hacer, sin embargo, no es mucho. Él está en la cabeza y la iglesia no se renueva desde la cabeza, sino que tiene que renovarse fundamentalmente desde la base. Pero desde la cabeza está haciendo mucho y lo está haciendo muy bien.

¿Por qué, para qué, bautizar a un niño?

¿Por qué, para qué, bautizar a un niño?

Se han levantado estas preguntas.

Esta vez no tienen que ver con que sería mejor que las personas se bauticen adultas. No necesariamente. El cataclismo eclesiástico y la estampida de los católicos laicos hacen dudar de la conveniencia de bautizar a un niño o niña. Hacerlo, ¿no sería a futuro exponerlos a las decisiones de una institución en la que no se puede confiar?

Pienso que sí es bueno bautizarlos y mientras menores mejor.

Me explico, aunque tengo el viento en contra. Iniciar a un pequeño en una tradición que tiene 3,000 años de antigüedad equivale a dotarlo de humanidad. Esta puede recibirla de otras tradiciones. El Occidente secular se ha nutrido de la filosofía griega y del cristianismo, pero no parece necesitarlos más. Los occidentales alcanzaron la autonomía, la mayoría de edad, y pueden ahora caminar sin ayudas religiosas. Pero, ¿hay algo que nuestra cultura actual no puede, o todavía no puede, transmitir a las siguientes generaciones? No sé. Talvez. Quizás haya un aporte al ser humano que solo las religiones pueden hacer.

Los seres humanos no venimos al mundo formateados. Los animales sí. Requerimos ser educados por nuestros progenitores y no pocas veces necesitamos crear algo nuevo, inventar pasos que a futuro den un ejemplo o le abran un camino a las generaciones que vienen detrás. Poco después de nacer, comenzamos a ser formados por la cultura que nos recibe, la que llega a pertenecernos porque, a su vez, le pertenecemos. Somos la cultura que nos reconoce y que nosotros mismos, en cuanto integrantes de ella, también gestamos.

Pues bien, si atendemos a las pertenencias, la mayor o menor riqueza de las vidas se juega en las muchas que tengamos. Ser hincha de un equipo de fútbol es una riqueza. Pertenecer a tal o cual club, vibrar con los goles de la selección, nos hace sentir, sentirnos, como seres que compartimos con otros pasiones y, además, no pocos valores. Formar parte de un coro, intercambiar monedas o estampillas, integrar una cofradía de amantes de los pájaros, nos realizan y hacen felices. Debemos algo a los demás, somos sus deudores, nos amarramos a ellos libremente, por la sola satisfacción de compartir un mismo gusto, emociones, ideas, ilusiones y desencantos.

No es poco tener un pasaporte que acredite que somos españoles, argentinos, sudafricanos o vietnamitas. Nada hay más triste que ser apátridas. O que nos exilien. El Estado puede oprimirnos, pero reconozcamos que no podemos prescindir de él, debemos comportarnos según las leyes de la nación y cuidar legal y moralmente de nuestros vecinos. ¿Alguien quisiera, de verdad, prescindir de esta pertenencia?

Un equipo de basquetbol, una orquesta de rock, el cuerpo de bomberos o una nacionalidad, empero, no pueden emparentarnos, como un Creador puede hacerlo, con el mar y las estrellas; ni hacernos saber que el prójimo es nuestro hermano, nuestra hermana, porque el Hijo de Dios lo ha querido así. Los cristianos recibimos en el bautismo un modo de sentir, de gozar, de pensar y de imaginar una fraternidad universal que no depende de los políticos ni de la buena voluntad de nadie. Recibimos una pertenencia que se nos impone, como se nos imponen la madre y el padre que nos tocaron, punto, y que con el correr de los años pueden hacernos mejores, porque recibimos esta identidad en el bautismo cuando somos niños para hacernos saber que la vida es un misterio. Nos dirán que esta pertenencia es un mito o una ficción. En parte lo es, pero no para engañarnos. Creer que pertenecemos a un Dios es un relato, increíble por una parte, fidedigno por otra. Solo con un cuento, con parábolas como la del hijo pródigo o el buen samaritano, puede llegar a creerse que somos más de lo que somos. Las verdades más profundas, las más hermosas, solo pueden ser explicadas con la imaginación. Nadie puede decir que las metáforas poéticas son falsas.

Tocar, sentir, oler, oír con los oídos el sermón de la montaña y ver con nuestros ojos las pinturas de Jesús y de la Virgen en el ábside de un templo, dan magia a la vida y nos capacitan para descubrir en los demás una identidad que, como la nuestra, merece admiración y amor. Mientras más temprano un niño entienda que le ha sido dado la vida, que no se la merece, que unos padres lo engendraron sin saber, en definitiva, cómo, mejor preparado estará para gozar, para vivir del perdón y descubrir que la fatiga de la humanidad consigo misma tiene un valor eterno.

El problema número uno

Nunca antes la humanidad había tenido tanta necesidad de detectar su problema número uno. Lo nuevo es que esta vez el problema número uno se está convirtiendo en el único problema. También en otros momentos la humanidad ha experimentado un acabo mundi. A cincuenta años de que Colón puso un pie en el Caribe la población nativa disminuyó en un 95%. Pero hoy, comenzado el siglo XXI, el mundo enfrenta una crisis ecológica, socio-ambiental o como quiera llamársela que afecta a todos los seres humanos por parejo y a gran parte de los seres vivos. El problema es el número uno en varios campos.

Este es el problema número uno de la economía. Es su problema mayor, porque la economía de consumo desarrollada por el capitalismo se desbocó. La “mano invisible” del mercado ha sido un mito conque los fuertes han derrotado a los débiles. El egoísmo individual no forjó automáticamente un mundo mejor compartido. No se puede seguir creciendo para consumir y consumir para crecer. El planeta se agotó. El ser humano no da para más.

Este es el problema científico número uno. ¿Podrán los científicos desarrollar una ciencia y las técnicas necesarias para evitar el colapso antes que ocurra? ¿Podrán realizar un trabajo multi e inter disciplinar con los economistas para forjar otra idea de desarrollo humano? El máximo desafío científico es crear los instrumentos de relación e intercambio entre los seres humanos y no humanos basado en el cuidado colectivo.

Este es el problema político número uno. Todo el mundo le echa la culpa a los políticos de los males habidos y por haber. ¿Pero qué pueden hacer ellos en el escenario antes descrito? Dejados aparte los inveterados vicios de la clase política, los políticos tienen que forzar a las universidades para que reorienten la investigación y reenfoquen la enseñanza para revertir el curso a la hecatombe. Y, por otra parte, debieran frenar en seco a los súper-ricos que desvían el trabajo científico hacia el desarrollo de las técnicas mercantiles con que se adueñan de la tierra, multiplican la miseria y socavan las democracias.

Es el problema cultural número uno. El mundo no tiene una cultura para compartir el planeta entre todos los seres vivos. Prima, en cambio, la voracidad, el uso y el desecho. ¿Alcanzará la educación a avivar en los habitantes de la tierra el amor por los otros y todo lo otro que reclama algún tipo de derecho a existir? Se requieren nuevo estilos de vidas, nuevos modos de mirarse entre los pueblos y nuevas maneras de convivir entre los seres vivos e inertes.

También es el problema número uno de la espiritualidad. Esta es la capacidad con que nos abrimos al sentido ulterior del vivir y del morir. La humanidad requiere reconocer el valor trascendente que tiene el cargar consigo misma y encargarse de todo lo demás. Necesitamos aprender a gozar la vida con los otros y no a pesar o a costa de ellos. Pero habrá que prepararse también a la posibilidad de la muerte colectiva. Se podrá entonces al menos elegir la actitud con que morir. Las posibilidades son varias. Menciono dos: continuar por la senda de apropiarse de lo ajeno, del consumo y del crecimiento ilimitado; o compartir hasta morir unos en favor de otros. Esta, a mi juicio, tiene un valor eterno. Cuestión de creencias. La otra me parece abominable.

Estos son los principales aspectos del problema número uno: la catástrofe planetaria que, aun no siendo la primera en la historia, nos amenaza como no ocurrió con los que nos precedieron. A las nuevas generaciones el Dalai Lama les advierte: “Por primera vez en la historia humana, vuestro derecho a la vida, y el derecho a la vida de vuestros hijos, no está asegurado” (A call for revolution, 2017). Y, paso seguido, les exhorta a la compasión con los seres vivos y a dar la pelea por revertir la tendencia a la tragedia.

Se hunde la Iglesia. ¿Se hunde?

La institución eclesiástica ha puesto a la Iglesia al límite de su tolerancia. Las razones están a la vista: abusos y encubrimientos. Pero hay razones que no están a la vista. Estas, en gran medida, son las causas de los fracasos evidentes del clero.

Hace ya mucho rato que la incomunicación entre la jerarquía eclesiástica y los cristianos comunes es profunda. Además, crece. El Papa Francisco ha hecho enormes esfuerzos por actualizar el Evangelio en una cultura que se dispara en todas las direcciones. Ahora intenta un cambio estructural: desea dar participación a los laicos en la elección de los obispos.

¿Será para mejor? Habrá que verlo. Si los electores son laicos clericalizados el fracaso será seguro.

Apuesto a una mejor alternativa. El Magisterium, la labor de los obispos de enseñar y discernir en el pueblo creyente la voz de Dios, de guiarlo y de mantenerlo unido, se haya desprestigiada porque las autoridades no parecen escrutar en los acontecimientos actuales, en los cambios los culturales y las vidas de los cristianos algo nuevo que pudiera servir para re comprender el Evangelio de Jesús.
La mejor alternativa, en mi opinión, es que independientemente de los procedimientos electorales para hacer que los laicos participen en la elección de los obispos, la institución eclesiástica aprenda de otros magisterios eclesiales, tradicionalmente ignorados y censurados.

Las autoridades eclesiales deben aprender del Magisterium mulierum. Me refiero al aprendizaje profundo, emocionalmente pluridimensional, resiliente, de las mujeres. Estas tienen una experiencia de Dios desde el embarazo hasta el momento tremendo, para algunas, de sepultar a sus hijos. Ellas, más que nadie, saben qué es agarrarse de Dios cuando un niño se enferma. Visitan a la tía vieja. Aguantan al marido de la depresión. En estas cristianas hay una experiencia de Dios convertida en aprendizaje que es indispensable enseñar. Las mujeres madres, esposas, profesionales, cajeras de supermercados o políticas tiene un modo de creer en Dios particular. Tantas veces los hombres lo necesitamos para atinar en lo grande y en lo chico. Lo agradecemos. Magisterium mulierum: enseñanza de las mujeres.

En estrecha relación con este, existe un Magisterium diversarum personarum: la enseñanza de los separados, de los divorciados, de los que fracasaron en un primer, segundo o tercer matrimonio, se recuperaron y volvieron a empezar. Pudieron ser tragados por el mar. Pero tuvieron la suerte de que los botara la ola. Salieron gateando por la arena. Tragando agua salada. Recogieron lo que quedó de la casa que se les desplomó: un sillón, unos libros, algunas fotos de tiempos mejores. Son los que anhelan ver a sus hijos el día que les toca. Son mucho más pobres que antes, tuvieron que aprender que se puede vivir con menos y lo enseñan a sus críos. A muchas de estas personas su fe las sacó adelante. No sabían qué era creer. Habían recibido una educación religiosa demasiado elemental. Les faltaba pasar por la cruz. ¿Cuánto necesita el resto de la Iglesia a esta gente? ¿Se les puede seguir impidiendo comulgar en misa? Basta. Los sobrevivientes de sus matrimonios tienen que mucho que enseñar. Si su Magisterium no termina modificando la doctrina oficial de la Iglesia, la Iglesia se hunde.

Este magisterio es un caso de otro mucho más amplio: el Magisterium reconstructarum personarum. Me refiero a la enseñanza de toda suerte de cristianos cuya fe en Dios los reconstruyó como personas. Traigamos a la memoria a los empresarios que se recuperaron de una quiebra, a los cesantes que tras haber caído en el alcohol se rehacen en Alcohólicos Anónimos, en los jóvenes que luchan por salir de la droga, en las víctimas de abusos sexuales que sacaron coraje quién sabe de dónde para contar su historia y exponerse a que no les creyeran. También pueden contar los pecadores a secas: sinvergüenzas, infieles empedernidos, políticos tramposos, libidinosos incontinentes, traficantes. Estos y aquellos, en la medida que su mucha o poca fe les haga ver más, ver una conversión que ni siquiera han alcanzado, ver algo que pudiera servir para que otros vivan mejor que ellos, aquilatan un saber, una verdadera sabiduría, sin la cual Jesús no habría sido el Cristo.

Los laicos elegirán a los obispos. ¿Qué laicos? La Iglesia se hunde en gran medida porque la institución eclesiástica, el Magisterio oficial, cree saberlo todo y lo enseña a peñascazos. Los laicos fidelizados por miedo a los curas no servirán de electores.

Espero que el colapso eclesial actual sea superado en la raíz. Lo será, talvez, si el aprendizaje de todos, especialmente el de los marginados, es tomado verdaderamente en cuenta.

En los descuentos: consumir o compartir

El panorama es trágico. El calentamiento medioambiental pone al ser humano en peligro de extinción. Hay buenas razones para pensar que la COP 25 (Conferencia de las Partes para el Cambio Climático de las Naciones Unidas), llega tarde. Si esperamos que la calidad de vida de la humanidad mejore por parejo, mientras más seamos y más elevemos los estándares de bienestar, el calor retenido en la atmósfera sobrepasará con creces el aumento en 2 grados promedio, límite que permitiría hipotéticamente superar la catástrofe.

¿Qué hacer? El problema es de tal magnitud que no se puede pedir a la economía la solución. No queremos, por de pronto, que sean los economistas los que digan cuál es tal solución. Menos aún los economistas que han sido formados para perfeccionar el modelo de desarrollo culpable de la debacle. Pero, vistas las cosas desde el ángulo meramente económico, parece evidente que la humanidad llega a un callejón sin salida: consume y muere o no consume y muere también. Pues, el modo de organizar la economía que ha predominado hasta ahora –el modo que triunfó sobre los pueblos originarios en los que la propiedad privada no existió o fue subordinada a la colectiva- exige crecer para consumir y consumir para crecer.

¿Qué hacer? No es la primera vez que la humanidad se encuentra ante un acabo mundi. Pensemos en las pestes europeas que en algunos lugares mataron a las dos terceras partes de la población; en la disminución en 95% de la población del Caribe al cumplirse 50 años de la llegada de Colón; en los pueblos originarios de la Patagonia cazados como animales, hoy extinguidos. Pero esta es la primera vez que la humanidad como tal, ricos y despojados, enfrenta la posibilidad de ser devorada por el monstruo que ella misma creó. Inventó un dragón llamado capitalismo capaz de comerse la cola y todo lo demás.

¿Qué hacer? Pongámonos en el peor de los escenarios: la temperatura media del planeta aumenta sin parar, los témpanos se deshielan, las tierras bajan se anegan, las sequías en algunas zonas se hacen crónicas y, en otras, los ciclones arrasan con pueblos y plantíos; las poblaciones sobrevivientes migran despavoridas, revientan las fronteras y vuelven las guerras. Rota la armonía ecológica, el planeta fracasa por varios factores. ¿Qué podrá pedírsele, en este escenario, a los países, a los políticos o a la ONU? Se los culpará, ¿pero se conseguirá algo? ¿Qué, si ya no podrán hacer nada?

¿Qué hacer? Si, llegado el momento, y puede que este ya lo sea, de que el planeta no tenga futuro, queda una última posibilidad, la radical, no la política, la personal: decidir cómo morir. Es ya ahora que, nuevamente bajo el respecto económico, cabe consumir o compartir: “consumir menos y compartir más”. “No”, dirá uno de los economistas que poco les ha importado, por ejemplo, la suerte del pueblo mapuche. Los mapuche tienen otra cosmovisión, otra manera de concebir la propiedad. Nuestro economista explicará: “No se puede al mismo tiempo consumir y compartir, porque el consumo depende del crecimiento y el crecimiento del consumo”. Él apostará nuevamente por el consumo, alienado por el mito del progreso.

“Consumir menos y compartir más”, no es solución para el problema político global. Es una alternativa ética al nivel de lo personal y de lo interpersonal. Es, podría decirse, una elección por un estilo de vida sobrio y comunitarista. Es, incluso más, una cuestión de creencia. Nadie puede asegurar que el ser humano se realiza verdaderamente cuando solidariza con los demás. Unos lo creen, otros no. No se puede decir, por cierto, que es irracional compartir, pero tampoco puede se puede demostrar, antropológicamente hablando, que compartir sea en última instancia la razón del ser de la humanidad. Pero hay gente que cree que compartir tiene un valor eterno, que se saca el pan de la boca, lo parte y lo comparte. No hablo de imposibles. Esta gente existe, vive con menos y hace feliz a los demás.

Es muy difícil imaginar que esta convicción antropológica pueda constituir un principio de organización macroeconómico. Los sistemas son éticamente inimputables. Pero, además, la versión neoliberal del capitalismo que conocemos es hoy casi imposible de contrarrestar. Si este es el motor del progreso del mundo en que vivimos –no quiero asustar a nadie, pero las cifras está allí-, lo que tenemos delante es una muerte colectiva. Si esta muerte ha de ser también personal, lo único que quedará en pie serán aquellos que creen que compartir es más importante que consumir, y lo practiquen. Insisto: esta es una opción ética que depende de una concepción antropológica del ser humano. En lo inmediato, si los solidarios no salen ganando, es completamente seguro al menos que mejorarán la vida de su prójimo.

Oración por los humedales

Es para preocuparse. Los humedales de Chile están en peligro. Son miles. Pero, ¿porque son muchos podemos dejar morir algunos? La COP25 es una oportunidad para que el gobierno haga algo por salvarlos. Los humedales son verdaderos paraísos .

¿Qué es un humedal? “Los humedales son un tipo de ecosistemas donde el agua es el principal factor controlador del medio, definiendo su vegetación y fauna asociada. Esto incluye agua dulce y salada. Los humedales están entre los ecosistemas más productivos del mundo, es decir son máquinas de producción de vida. Sin embargo, existen en pequeñas porciones del planeta, por lo que su valor para plantas, animales y otros organismos, incluyendo al ser humano, es gigantesco” (cf. “Chile, país de humedales. 40mil reserva de vida”).

¿Cuál es el problema? Las inmobiliarias los están destruyendo. Camiones, retroexcavadoras, métale tierra, métale más. Haga cimientos. Cemento, más cemento. Como si los humedales fueran solo pantanos. No me refiero simplemente al caso de los adolescentes que con su motos a cuatro ruedas arrasan las docas, los totorales, rompen los huevos de los pilpilenes, desmoronan las dunas y aplastan a anfibios. Tampoco hablo de la basura. Algunos humedales se han convertido en chancheras. Plásticos, gomas, putrefacción. Hablo de los empresarios inconscientes. Del rico bárbaro y codicioso, distinto del rico que compra tierras para conservar la naturaleza.

En algunos lugares, nuevamente el pueblo mapuche peligra porque le quitan las aguas y quiebran los ecosistemas en los cuales por siglos ha desplegados sus vidas. La misma lógica mercantil, desarrollista y despiadada que extinguió a los changos y los selknam, menoscaba día a día la vida del mapuche.

Dios Todopoderoso y eterno, Creador del cielo y de la tierra: se alega contra la quema de camiones. ¿Es esta más violenta que invadir las tierras indefensas, secar los humedales y matar la vida que tanto te costó inventar?

Un humedal es un ecosistema acuático de una intensidad vital impresionante. Allí conviven múltiples especies. En el Tricao he registrado más de 60 especies de aves: zarapitos, pidenes, taguas de cresta amarilla, de cresta roja, pimpollos, siete colores, triles, huairavos, huairavillos, cisnes, garzas cuca, tantos pájaros de una belleza incomparable. En un tiempo hubo pejerreyes. Hay humedales clave para la migraciones de aves que van todos los años de un a otro hemisferio. Los RAMSAR. El Yali, por ejemplo. En los humedales conviven y viven unos con otros, unos de otros, insectos, mamíferos, aves, peces, especies vegetales, algas, y también olores, sonidos y colores. Son una preciosura. ¿Cuánta vida microscópica habrá en estos tesoros acuáticos? De allí vienen los seres vivos. La humanidad. Los humedales son los riñones de Chile: amortiguan los vendavales, conservan las aguas, absorben el dióxido de carbono y generan oxígeno.

Dios todopoderoso y eterno, Creador del cielo y de la tierra: ¿Cuántos siglos te tomó pensar en un coipo? ¿Cuánto te demoraste en crear un sapito de Darwin?

Hace poco el Senado revisó una ley para proteger estas maravillas de la naturaleza. Ahora le toca a la Cámara de Diputados. No hay legislación para proteger humedales. Su única defensa son algunos alcaldes buena onda que no aguantan presiones.

Dios todopoderoso y eterno, Creador del cielo y de la tierra, danos una mano. Si no lo haces, si los parlamentarios tampoco, daremos la pelea solos.

Hondura de la crisis en la Iglesia

La crisis de los abusos sexuales del clero y de su encubrimiento no tiene precedentes en la historia de la Iglesia y probablemente será recordada como la catástrofe mayor después de las Guerras de religión del siglo XVI, y quién sabe si después del mismo cisma de Lutero.

A semejanza de estos quiebres, la actual crisis abarca muchos aspectos: Hay víctimas que han sido creyentes que han dejado de creer o que, por el contrario, su misma fe las ha sacado adelante; hay perpetradores que han sido principalmente sacerdotes que han causado daños devastadores a mucha gente; hay una institución eclesiástica que, para defenderse de las acusaciones que se le hacen, ha hecho de todo para ocultar verdaderos crímenes y reacciona con enorme lentitud para abordar el problema con la seriedad que se requiere; hay también una sociedad estremecida que no quiere que nunca más el clero le hable de sexo y que difícilmente reconocerá autoridad a la jerarquía católica para que se refiera a otros temas. La crisis de la Iglesia, sin embargo, debe ser vista como un giro triste de cambios culturales extraordinariamente positivos para los vulnerables y, en particular, para los niños y las mujeres. Nuestra sociedad está en un proceso de “conversión” al prójimo que debe ser considerado como un importantísimo crecimiento en humanidad. Estamos ante una nueva explicitación de la convicción de la inviolabilidad de la persona humana.

Para entender esta mega-crisis, sin embargo, se requiere ir más lejos o ahondar en otros asuntos. Es esta, por cierto, una crisis de toda la Iglesia, es decir, de la institucionalidad y de las personas. La institución eclesiástica, desde hace ya siglos, ha tenido grandes dificultades para procesar los logros de la modernidad. Este, a mi parecer, es la causa principal de crisis eclesial actual. La misma Iglesia no ha hecho caso de su condena al fideísmo (Concilio Vaticano I, 1870), herejía que en términos populares puede identificársela con “la fe del carbonero”. La jerarquía no ha podido ni ha querido integrar fe y razón, fe y ciencia, y fe y cultura.

Tomemos dos ejemplos: La institucionalidad en la Iglesia es la de una monarquía absoluta al modo de las monarquías borbonas. La gobierna un papa elegido de por vida. Él mismo tiene la potestad de nombrar a todos los obispos del mundo y pedir cuenta de sus actos a 1.200 millones de católicos. La estructura institucional sabe poco de división, de repartición y de control de poderes, de trasparencias y de accountability. Me decía hace poco un campesino católico de la zona de San Fernando, perplejo ante el desempeño del clero: “No se hacen cargo de nada”.

El caso chileno es ilustrativo. Francisco reprende malamente a los osorninos por no aceptar el nombramiento del obispo Barros. Después pide perdón a las víctimas por sus palabras hirientes en Iquique. A reglón seguido, dada la gravedad de la situación y de los muchos problemas, Francisco llama a Roma a los 31 obispos de la Conferencia Episcopal, les pide la renuncia a todos por parejo y los devuelve al país completamente desautorizados. Los obispos partieron humillados y volvieron humillados. En la Catedral Francisco les había advertido contra el flagelo del “clericalismo”. Pero, ¿no le había pedido el Comité Permanente de los obispos al Papa que no nombrara a Barros?

Un segundo ejemplo es de orden doctrinal. El caso de la prohibición del uso de medios artificiales de anticoncepción hace 50 años atrás con la encíclica Humanae vitae (1968) es tan emblemático como la condena a Galileo. El estamento eclesiástico patriarcal y androcéntrico condenó a las mujeres a ir, en nombre de la fe católica, contra su razón y su sentido de la responsabilidad; a las católicas que no huyeron en estampida de la Iglesia, esta las invita a confesar regularmente el pecado de usar la “píldora”. Resultado: Hace mucho rato que a la institución eclesiástica no se le reconoce competencia para enseñar en materias de sexualidad, pero no parece darse cuenta. En su momento Pablo VI hizo un importante intento de diálogo con la modernidad. Formó comisiones para abordar el tema de la contracepción. En ellas participaron cardenales, obispos, curas, teólogos, pero también laicos y laicas, especialistas en temas de familia y demografía. El Papa, sin embargo, hizo caso al voto de minoría que reflejaba la opinión de los varones célibes, entre estos el muy influyente Juan Pablo II.

En nuestro caso chileno, entonces, ¿con qué autoridad los obispos han podido oponerse a la ley que permite el aborto en tres causales si ellos mismos, forzados por la encíclica, han debido enseñar a las madres que deben tener tantos hijos cuantos Dios quiera mandarles? Nuestra jerarquía eclesiástica -es ineludible recordarlo- se opuso a la ley de filiación de los niños nacidos fuera del matrimonio, a las directrices del MINEDUC sobre enseñanza sexual en las escuelas y colegios (JOCAS), a la ley de matrimonio civil que hace posible el divorcio, a la ley de acuerdo de vida en pareja y a la posibilidad de distribuir preservativos para impedir la propagación del SIDA. La doctrina de Humanae vitae, que restringe la legitimidad de los actos sexuales a aquellos abiertos a la procreación, como es de imaginar, tiene atado de pies y manos al mismo magisterio para decir una palabra orientadora a los jóvenes que conviven antes de casarse y a las personas homosexuales.

En estas circunstancias, ¿qué autoridad puede tener hoy un sacerdote célibe que ya no espera que valoren su voto de castidad?; ¿un sacerdote a quien la doctrina de la Iglesia no lo convence ni a él mismo?; ¿y que no ha sabido relacionarse con los laicos y las comunidades sino de un modo autoritario?

Esta Iglesia, en la que la institución eclesiástica no ha sabido discernir en el advenimiento de la modernidad un gran signo de los tiempos, se encuentra en graves problemas, precisamente por no haber dialogado con la modernidad, para discernir otros signos de los tiempos y sumarse a la acción de Dios en la historia. La jerarquía, y también los padres y madres de familia, agentes pastorales y catequistas, en este contexto tienen hoy una enorme dificultad para transmitir la fe a las siguientes generaciones.

Como resultado de esta grave desconexión de las autoridades eclesiásticas con la época, la Iglesia sufre una profunda incomunicación entre su dirigencia y los bautizados y bautizadas. A consecuencia de cambios culturales múltiples, impredecibles, globales y cada vez más acelerados, los católicos viven a dos velocidades: la de la cultura (s) actual y la de una tradición traicionada por el tradicionalismo de líderes representantes de un fideísmo institucionalizado. Los laicos, e incluso muchos sacerdotes, anhelan un catolicismo de adultos, diría Kant. Si la jerarquía eclesiástica no comienza a aprender del esfuerzo de los fieles por integrar fe y razón, si no basa su enseñanza en esta experiencia espiritual, lo mejor que pueden hacer los católicos es no hacerle caso. El fideísmo es un error que hace daño.

En adelante, los católicos todavía podrán avanzar solos con su fe y su sentido común. Pero ellos, y también los sacerdotes, han de reconocer que su cristianismo, a causa del anquilosamiento del catolicismo romano, no tiene entusiasmo ni convicción ni ideas ni persecuciones ni mártires. Así las cosas, ¿qué hará la Iglesia católica occidental y chilena para escrutar, tan debilitada como está, uno de los mayores signos de los tiempos en la historia de la humanidad? Esta enfrenta la posibilidad de desaparecer. El panorama del desastre ecológico es sobrecogedor. Hoy nada hace más necesaria a la Iglesia que el reto de la sobrevivencia de un planeta que, para los cristianos, es creación de Dios. Pero, ¿podrá la Iglesia reponerse y aceptar este desafío?

Me parece que son dos las condiciones que lo harían posible: Una, que termine de desplomarse esta figura de Iglesia monárquica impedida de procesar los cambios de la vida humana, regida por sacerdotes célibes incapaz de reformarse a sí misma, al menos a la velocidad que se requiere. Y, segunda, que nuevas generaciones de cristianos redescubran al Dios del Jesús que entendió que el poder es para servir, que enseñó que lo grande se encuentra en lo pequeño y que la fe auténtica cohabita con la razón.

Entre tanto, siempre es posible lo fundamental: vivir el Evangelio en el presente. Los cristianos pueden en estos momentos imaginar un mundo distinto y construirlo con un amor inteligente. De momento la pirámide eclesiástica les ayudará poco o nada. Peri esto no puede ser una excusa. Siempre es posible vivir sub specie aeternitatis. Que tampoco el panorama del cataclismo socio-ambiental puede impedirles amar con lucidez y esperar contra el peor de los pronósticos.

El feminismo católico incontrarrestable

El feminismo es una realidad en la Iglesia católica. En ella existe una teología feminista de gran calidad, aunque poco conocida y casi no tenida en cuenta. Pero, además, existe una reacción feminista católica sin precedentes en la historia del cristianismo.

Hay una callada, pero incontrarrestable, movilización feminista católica que, por una parte, hunde sus raíces en el auge de la autoconciencia de la dignidad de mujer en el siglo XX y en la lucha por convertir esta dignidad en derechos civiles y que, por otra, eclosionó con el rechazo de Humanae vitae, la encíclica que prohibió el uso de medios artificiales de control de la natalidad justo en 1968, en plena revolución sexual. Ningún católico, después de 50 años, puede decir que esta enseñanza oficial de la Iglesia haya sido aceptada o, en términos teológicos, “recibida” por los bautizados y bautizadas. Lo que talvez nadie sospechó en su momento, y quizás pocos estén de acuerdo conmigo ahora, es que este desacato masivo constituye el punto de quiebre con la versión sacerdotal (ministros concentrados en el sacrifico eucarístico), patriarcal (ministros llamados “padres”) y androcéntrica (ministros exclusivamente varones) del cristianismo. Pienso que lo que tiene lugar en la Iglesia hoy es una revolución de vastedad milenaria cuyo disparador principal es la liberación de la mujer.

La publicación de Humanae vitae, sin quererlo in recto Pablo VI, exasperó la relación de las mujeres con la Iglesia institucional. Frente a las posibilidades culturales y técnicas que les ofrecía la década de los 60, las mujeres resistieron la doctrina de una encíclica papal que les exigía tener todos los hijos que Dios pudiera mandarles; pero, además, en cuanto católicas, se vieron obligadas a confesar a un sacerdote los incumplimientos de una norma que, consideradas las cosas en conciencia, les parecía irracional. El conflicto interior para las mujeres fue desgarrador. Acatar la enseñanza papal les parecía una irresponsabilidad.

La encíclica tuvo dos efectos inmediatos en las mujeres. Primero, provocó una estampida. Muchas de ellas dejaron de ser católicas. Otras se quedaron en la Iglesia, pero no obedecieron más a un Magisterio y a unos sacerdotes que se empeñaban en hacerlo cumplir a raja tabla. En adelante las católicas, liberadas de cargar con 4, 6, 10 o más hijos, necesitadas de buscar los medios de subsistencia para su familia y motivadas en desplegar su ser mujer en plenitud han llegado a entrar, no sin tremendos sacrificios y “ninguneos”, en la vida social y política. En este proceso, unos curas, durante la práctica de la confesión, se convirtieron en fiscales de la observancia de la encíclica. Otros, en la misma confesión, fueron abiertos y daban permisos para “tomar la píldora”. Pero, ¿con qué derecho?

Por otra parte, pero en estrecha relación con lo anterior, la prohibición de la doctrina oficial de relaciones sexuales extramaritales y del uso de preservativos y anticonceptivos, ha dejado la Iglesia atada de pies y manos para ofrecer a los jóvenes y las personas homosexuales una palabra que oriente sus vidas. Hoy la Iglesia institucional reconoce que la homosexualidad no es una perversión sino una condición. Pero, entonces, piensan estas personas, ¿cómo Dios nos dio la condición y nos negó su ejercicio? Tampoco tiene hoy la Iglesia un discurso para acompañar a los jóvenes en los inicios de su vida sexual y sentimental. A muchos de estos les parece responsable vivir juntos antes de tomar una decisión de compromiso marital de por vida.

En este contexto, la explosión de los abusos sexuales del clero y su encubrimiento institucional han llevado las relaciones entre la dirigencia de la Iglesia y los fieles a una de las mayores crisis de la Iglesia Católica. ¿La mayor después de la Reforma protestante de Lutero? ¿Cómo se puede creer en la enseñanza de los representantes de la Iglesia si ellos mismos no son dignos de fe? El discurso de la periodista mexicana Valentina Alzraki al papa Francisco y a los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo en febrero, en que les llama la atención por los crímenes cometidos por los sacerdotes y por sus maneras turbias de encubrirlos, es un hito del “feminismo católico”. Al menos puede decirse que, en esta ocasión, es una mujer que pone las reglas del juego.

El feminismo católico, dicho en breve, por la irrupción de la mujer en la cultura, y por haber experimentado ella en sí misma un abuso eclesiástico de su conciencia moral y por haberle ella desobedecido a las autoridades ha terminado por crear una situación inédita. La jerarquía eclesiástica, a futuro, no debiera nunca más tratar de controlar a los fieles porque no se le hará caso.

Todavía más, el “triunfo” del feminismo católico ha puesto en evidencia la profunda incomunicación entre la jerarquía eclesiástica y los fieles, y retumba en todas las otras áreas de la vida de la Iglesia. Humanae vitae, en lo hondo de lo hondo, proviene de un alejamiento del clero de la vida corriente de la gente. Esta encíclica no constituye simplemente un “error no forzado”. Ella, una elaboración concienzuda de los papas Pablo VI y Juan Pablo II, respaldada a brazo partido por Benedicto XVII, responde a un modo de ver el mundo forjado en seminarios que han servido para romanizar y apartar a los jóvenes de la realidad en todos los aspectos de la vida en sociedad y de su propia vida afectivo-espiritual.

Lo que en la Iglesia Católica parece colapsar es un modo de ser Iglesia centrado en el sacerdote célibe. En la actualidad probablemente se desploma una Iglesia que, desde el año mil en adelante, fue estrechando cada vez más el concepto de la salvación cristiana hasta reducirlo a la satisfacción por el perdón de los pecados realizada mediante el sacrificio de Cristo en la cruz, acción actualizada por los sacerdotes en las eucaristías. A este respecto, la revolución feminista, sin duda junto a otros factores, ha minado la autoridad de la autoridades: en adelante será muy difícil ser sacerdote “sacro” (respecto de un mundo “profano”), “padre” (que sea obedecido acríticamente) y “varón” (que excluya a las mujeres de cualquier de los oficios sacramentales y de gobierno).

¿Cuál será la próxima figura histórica de la Iglesia Católica? Es imposible saberlo. Sí sabemos que la nueva Iglesia tendrá que discernir el más impresionante de los signos de los tiempos: la posibilidad de la desaparición de la especie humana en el planeta debida la catástrofe ecológica. Y que solo tendrá autoridad para hacerlo si se hace cargo de escrutar en ella misma las consecuencias del segundo de los mayores signos de los tiempos: la liberación de la mujer.

Un Cristo fantástico

Algo más se puede decir de la película “Una mujer fantástica”. El cine ayuda a redescubrir nuestra humanidad.

En el cristianismo –como no ocurre en los otros credos- existe la teoficción. Los cristianos creen que la historia tendrá un cumplimiento feliz en la medida que amen con el amor con que Dios los ama. Imaginar este destino les es posible, pero además necesario. Plantearse nuevas realizaciones humanas no es para ellos un divertimento, sino una obligación. La dignidad humana implícita en el Cristo crucificado es inagotable, siempre será posible liberar más víctimas, liberar su capacidad de perdonarnos y recrearnos.

Vamos al grano. Recurramos a la ficción.

¿Ha sido posible que un sirio del primer milenio intentara lo mismo que intentó Jesús? Un tal sirio perfectamente pudo pedir a un grupo de discípulos que confiaran en la Providencia divina que cuida de las aves del cielo y de las flores del campo. ¿Pudo una mujer de esa época hacer las mismas cosas que Jesús? Una mujer de entonces ha podido, por qué no, subir a la montaña y proclamar a los pobres que el Reino de Dios les pertenece. Pero habría sido raro. En ese tiempo las mujeres pertenecían a los varones, como los animales y las chacras. ¿Puede un gato amar como lo hizo “el hijo del hombre”? No, imposible. Por mucho que nos queramos con nuestras mascotas es imposible que ellas den y reciban amor al modo como lo necesita un ser humano darlo y recibirlo: con libertad e incondicionalidad, con un lenguaje, una corporalidad y un simbolismo que solo un corazón humano puede comprender.

Los cambios culturales plantean dos preguntas. Las comparto: ¿pudo una persona transexual amar con la misma entrega total con que lo hizo Jesús? Dificulto que haya alguien que pueda llegar tan lejos como Jesús. Pero, en línea de máxima, pienso que todos los seres humanos por parejo, incluidos por cierto las personas transexuales, debieran tratar de hacerlo. Es más, seguramente una persona transexual habría tenido mayor sensibilidad que yo, por ejemplo, para captar los infinitos matices de la realidad que, por lo menos a mí, se me escurren a cada rato. Una persona nacida varón con identidad sexual femenina ha podido, ciertamente, acoger a los enfermos, mirarlos con benevolencia, curar sus heridas. Lo mismo una persona nacida mujer con orientación sexual masculina. Me imagino a un transexual prestando oídos a los ninguneados. Una persona así ha podido también sacar a patadas a los mercaderes del Templo. Una persona transexual es, sin duda, capaz de dar y recibir cariño, al igual que otros que no carecen de nada para llegar a ser profundamente humanos. ¿Pudo Jesús elegir entre sus discípulos a una persona transexual? ¿Por qué no? Los criterios que Jesús tuvo para escoger a su gente son bien difíciles de entender. Pueden parecer disparatados. Lo más característico suyo, en todo caso, fue nunca excluir a nadie.

La otra pregunta es: ¿pudo Jesús ser un transexual? No lo fue. No nos enredemos. Fue un varón. Varón y célibe. El amor extremo pide a veces celibato. Pero, ¿pudo el Hijo de Dios encarnarse en un transexual y, en esta condición, convertirse en el centro de la fe cristiana? A mí parecer, el Hijo de Dios sí pudo encarnarse en una mujer porque la identidad sexual no impide comunicarse y amar humanamente, y esto es lo fundamental en la encarnación. Una mujer como María, pensamos los cristianos, no solo aquilató lo mejor de Dios sino que capacitó a Jesús para ser tan humano como solo Dios puede serlo. Y bien, por último: ¿se dan en una persona transexual las mismas condiciones de humanidad como para que Dios, con ella, ame a su creación y a su prójimo cómo Jesús llegó a amarlos?

El film “Una mujer fantástica” obliga a darle otra vuelta al misterio de Cristo. Por de pronto un cristiano tendría que poder hacerse estas preguntas sin miedo. Tendría que, aún más, abrirse a la posibilidad de que el arte le revele al Dios que nos sale al encuentro en los crucificados de hoy, ampliando su corazón y sus criterios. Esta película es “divina”. La prueba de su divinidad es su máxima humanidad. De Cristo no tenemos ningún otro tipo de prueba de ser Dios más que la de su extraordinaria humanidad (concilios de Calcedonia, Constantinopla II y III). Otras comprobaciones suelen ser heréticas y, por esto, nocivas.

En nuestra época, quien quiera asomarse al misterio del ser humano habrá de poner la atención en los crucificados de nuestra época. Estos, más que otros, facilitan el acceso al Cristo resucitado que tendrá compasión de nosotros y nos liberará de nuestros prejuicios.

¿Quién se hace cargo de Humanae vitae?

La llegada del Papa Francisco al pontificado ha tenido un impacto evangélico enorme. Sus palabras y gestos indican de un modo inequívoco en qué consiste el mensaje de Cristo. Como latinoamericano celebro que haya apernado al más alto nivel la “opción por los pobres”. Pero temo que dentro de poco Francisco no podrá ya enfrentar asuntos decisivos. Me detengo en uno solo,

Se cumplieron 50 años de la promulgación de Humane vitae, la encíclica que prohibió la contracepción, y no pasó nada. La institución eclesiástica no ha innovado en su doctrina sobre la sexualidad en un punto decisivo para enseñar con autoridad. ¿No pasó nada? Sí pasó: se ha hecho aún más profunda la incomunicación entre la jerarquía y los católicos. Pues, imperceptiblemente, la desautorización de la institución eclesiástica en materias de moral sexual es enorme. Hoy es total, o casi.

Los últimos cuatro papas –saquemos a Juan Pablo I- han mantenido una doctrina que nadie puede decir que haya sido recibida o aceptada por la Iglesia. Las informaciones previas al Sínodo sobre la familia (2015) indican que el 90 % de los católicos aproximadamente cree que se trata de una enseñanza equivocada. Algunos ni siquiera saben que existe y usan medios contraceptivos como quien toma decisiones responsables en su vida. En la actualidad los matrimonios no se complican con Humanae vitae. No por esto debe olvidarse tan rápidamente el daño que esta encíclica produjo en las católicas los años siguientes a 1968. Esta doctrina dinamitó la capacidad de las mujeres de decidir en conciencia cómo podían ellas, con, y a menudo sin sus maridos, hacerse cargo de los niños que habrían de educar. Muchas se fueron. Otras dejaron de confiar en el magisterio.

Humanae vitae, además de constituir un problema irresuelto –como bien opina Charles Curran en un artículo reciente (Theological Studies 79 (3) 2018)-, constituye el dique que impide a la jerarquía eclesiástica cambiar su enseñanza a propósito de otros temas de moral sexual. Si la encíclica prohíbe el uso de preservativos dentro del matrimonio y solo acepta actos sexuales abiertos a la procreación, ¿cómo pudiera orientar la vida de personas homosexuales, de los jóvenes que no toman la decisión de casarse antes de convivir, de gente que eventualmente puede trasmitir el Sida y otras situaciones? Hasta aquí ha sido pueril de parte de los obispos y sacerdotes dar autorizaciones ad casum o ad personam. Ellos se han atribuido a veces la responsabilidad de interpretar la encíclica o de saltársela simplemente, eximiendo a los católicos del deber que solo ellos tienen de discernir sus elecciones en conciencia.

¿Es posible que la Iglesia cambie su doctrina? Por supuesto que sí. Lo ha hecho. El Concilio Vaticano II innovó, por ejemplo, en materia de libertad religiosa. Desde entonces los católicos han favorecido la tolerancia en diversas partes del mundo, anunciando por doquier que Dios puede expresarse en las culturas y religiones más distintas, y que el cristianismo, en los hechos, no es mejor que ninguna de estas.

¿Por dónde comenzar? Primero, habría que desenterrar las obras de los moralistas que en su momento fueron sancionados. No se trata de rehabilitar sus nombres. Hicieron su trabajo intelectual por amor al ser humano y no por vanagloria. Segundo, habría que explicar –a creyentes y no creyentes- cómo entienden los cristianos que Dios continúe hablando en los acontecimientos históricos y cómo, esta comunicación histórica suya, debe ser formulada en términos culturales actuales.

La superación de Humanae vitae depende, ante todo, de que la institución eclesiástica aprenda de la Iglesia. De la Iglesia, y del común de los contemporáneos -aun de quienes no creen en Dios- que tratan de amar honesta y responsablemente.

llegada del Papa Francisco al pontificado ha tenido un impacto evangélico enorme. Sus palabras y gestos indican de un modo inequívoco en qué consiste el Evangelio. Como latinoamericano celebro que haya apernado al más alto nivel la opción por los pobres que ha caracterizado a nuestra Iglesia. Pero temo que dentro de poco Francisco no podrá ya enfrentar asuntos decisivos, pendientes de resolver en la Iglesia universal. Me detengo en uno solo

Se cumplieron 50 años de la promulgación de Humane vitae, la encíclica que prohibió la contracepción, y no pasó nada. La institución eclesiástica no ha innovado en su doctrina sobre la sexualidad en un punto decisivo para enseñar con autoridad. ¿No pasó nada? Sí pasó: se hizo aún más profunda la incomunicación entre la jerarquía y el pueblo de Dios. Pues, imperceptiblemente, la desautorización de la jerarquía en materias de moral sexual es enorme. Hoy es total, o casi.

Los últimos cuatro papas –saquemos a Juan Pablo I- han mantenido una doctrina que nadie puede decir que haya sido recibida o aceptada por el Pueblo de Dios. Las informaciones previas al Sínodo sobre la familia (2015) indican que el 90 % de los católicos aproximadamente cree que se trata de una enseñanza equivocada. Algunos ni siquiera saben que existe y usan medios contraceptivos como quien toma decisiones responsables en su vida. En la actualidad los matrimonios no se complican con Humanae vitae. No por esto debe olvidarse tan rápidamente el daño que esta encíclica produjo en las católicas los años siguientes a 1968. Esta doctrina dinamitó la capacidad de las mujeres de decidir en conciencia cómo podían ellas, con, y a menudo sin sus maridos, hacerse cargo de los niños que habrían de educar. Muchas se fueron. Otras dejaron de confiar en el magisterio.

Humanae vitae, además de constituir un problema irresuelto –como bien opina Charles Curran en un artículo reciente (Theological Studies 79 (3) 2018)-, constituye el dique que impide a la jerarquía eclesiástica cambiar su enseñanza a propósito de otros temas de moral sexual. Si la encíclica prohíbe el uso de preservativos dentro del matrimonio y solo acepta actos sexuales abiertos a la procreación, ¿cómo pudiera orientar la vida de personas homosexuales, de los jóvenes que no toman la decisión de casarse antes de convivir, de gente que eventualmente puede trasmitir el Sida y otras situaciones? Hasta aquí ha sido pueril de parte de los obispos y sacerdotes dar autorizaciones ad casum o ad personam. Ellos se han atribuido a veces la responsabilidad de interpretar la encíclica o de saltársela simplemente, eximiendo a los católicos del deber que solo ellos tienen de discernir sus elecciones en conciencia.

¿Es posible que la Iglesia cambie su doctrina? Por supuesto que sí. Lo ha hecho. El Concilio Vaticano II innovó, por ejemplo, en materia de libertad religiosa. Desde entonces la Iglesia ha tomado iniciativas de tolerancia en diversas partes del mundo, anunciando por doquier que Dios puede expresarse en las culturas y religiones más distintas, y que el cristianismo, en los hechos, no es mejor que ninguna. Los tiempos cambian y la doctrina debe ajustarse a las nuevas culturas pues, de lo contrario, no habrá cómo anunciarles el Evangelio.

¿Por dónde comenzar? Primero, habría que desenterrar las obras de los moralistas que en su momento fueron sancionados. No se trata de rehabilitar sus nombres. Hicieron su trabajo intelectual por amor a la Iglesia y no por vanagloria. Segundo, habría que encontrar en la teología de los signos de los tiempos el fundamento teórico para entender que la revelación es histórica, lo cual obliga a escuchar el habla de Dios en los nuevos acontecimientos, especialmente en la experiencia de los católicos que asumen seriamente su vida afectivo-sexual. La superación de Humanae vitae depende, ante todo, de que la institución eclesiástica aprenda de la Iglesia.