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La Iglesia debe reparar

Ha llegado la hora que la Iglesia, institucionalmente considerada, comunique qué hará para reparar a las víctimas de abusos sexuales, de denegación de justicia y de encubrimiento. Mi opinión es que debe hacerlo. Monseñor Scicluna antes de partir de Chile sostuvo que la reparación debía ser hecha por los culpables directos. No estoy de acuerdo.

Desde un punto de vista antropológico y ético la reparación debe relacionársela con la vulnerabilidad y el reconocimiento de las personas (Carolina Montero, Vulnerabilidad, reconocimiento y reparación, 2012). La vulnerabilidad es una condición humana. Somos vulnerables todos. Lo han sido, en el caso que nos ocupa, las personas abusadas y sus abusadores. La vulnerabilidad es la capacidad de abrirnos a los demás de un modo corporal y empático. Los demás, todo lo real, puede afectarnos o puede satisfacernos. Pero al abrirnos, quedamos también expuestos a ellos y a la peligrosidad de la vida. Los seres humanos, por nuestra condición relacional, nos damos y nos recibimos unos a otros; y nos herimos y podemos provocarnos daños devastadores. Con una sola mirada podemos liberar en el otro los miedos que lo cautivan; pero con otro tipo de mira podemos perturbarlo, invadirlo o saquearlo. Dificulto que una persona decente puede decir que nunca cometerá un abuso en lo que le queda de vida. La labilidad late en cualquiera.

¿Es posible una reparación a los hechos que lamentamos? Talvez no, pero para que se dé tendrían que cumplirse una serie de reconocimientos. En primer lugar, la institución eclesiástica, como representante del abusador, debiera hacer el proceso de asomarse a los vulnerados con nombres y apellidos. Tendría que ver con sus propios ojos el daño enorme, duradero y, probablemente en muchos casos, insanable que se les ha infligido. Habrá de sentir dolor y vergüenza por lo cometido. El conocimiento de la verdad de las víctimas debiera llevarle a entender su demanda de justicia, la necesidad que han tenido de ser creídas, su experiencia de haber sido culpabilizadas por exageradas o por querer generar problemas innecesarios. La autoridad tendría que pedirles perdón con humildad, es decir, acudir a ellas dispuesta a no ser perdonada. La compensación posible debiera ser objeto de una conversación, pues puede ser muy distinta según los casos. La víctima no debiera pensar que, al acercársele la autoridad eclesiástica a reparar su errores, viniera a humillarla de nuevo.

Curar, achicar la pena, rehabilitar el honor de quienes pidieron justicia y nunca se les dio una respuesta, son actos de reparación que solo pueden hacerse con dulzura. La compensación económica, muy importante en algunos casos, tendrá que ser la más delicada de hacer. Lo que nunca debiera forzarse, en todo caso, es la reconciliación. Tal vez resulte, talvez no. Pero es de esperar que, en este proceso, se hable de ella lo menos posible. Es triste cuando se la convierte en factura que terminan pagándola los inocentes. En cambio, convendría garantizar a las personas que se harán cambios estructurales que garanticen que nadie vuelva a ser abusado.

La reparación tiene que ser institucional. La satisfacción del honor de las personas abusadas, su rehabilitación psicológica y su reinserción en la comunidad cristiana como hijos e hijas de Dios, demanda a la jerarquía católica hacerse cargo de ellas como lo hizo el Buen Samaritano. Dice el evangelista Lucas que el samaritano que se encontró por el camino con un malherido recientemente asaltado, “al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘cuida de él y si gasta algo más, te lo pagaré cuando vuelva’” (Lc 10, 33-35).

La institución eclesiástica tiene que entender que, así como ella ha debido cuidar de sus curas no obstante sus crímenes y pecados, debe sobre todo responsabilizarse de sus fieles. Debe entender que, en estos casos, la condición de religiosos de ellos facilitó los abusos. La jerarquía católica tiene que comprender que nada ha podido ser más terrible que haber sido violado por un representante de Dios. Existe una responsabilidad institucional. La Royal Commission en Australia (2017) constató que en las instituciones católicas la cantidad de abusos sexuales fue mucho mayor que en otras organizaciones.

Ciertamente la institución no puede esperar que las víctimas se encuentren a solas con los victimarios para hacer entre ellos el camino que conduce a la reparación. Sería exponerlas de nuevo. ¡Cómo hacerlo con un pedófilo, un enfermo mental que no tiene noción moral de sus actos! Ella, la institución, debe reparar vicariamente en lugar de quienes no conviene que lo hagan directamente o no tienen los medios económicos con que hacerlo.

Por último, debe hacerlo porque en esto se juega la razón de ser de la Iglesia. En este momento la institucionalidad eclesiástica no tiene autoridad porque perdió la credibilidad. Ella debiera representar la fe en Dios. Por el contrario, en más de un caso, ha hecho que los frágiles y pequeños no crean más en Él. En estos momentos los únicos que tienen autoridad en la Iglesia son los bautizados y las bautizadas que han sido víctimas de los sacerdotes y de los obispos, y el resto del laicado que clama por cambios eclesiales de todo tipo.

Unas líneas amigas

Queridos amigas y amigos,
Les escribo estas líneas como amigo y como cura. Siento una responsabilidad pastoral por mi gente querida. El cataclismo de la Iglesia chilena es inaudito. Me frena decirles algo la poca autoridad que pueda tener yo, ya que soy de algún modo parte del problema y como pecador debiera quedarme callado. Pero prima en mí el cura. Recupero autoridad cuando pienso que algunos de uds. pueden estar muy abatidos y necesitados de una palabra de orientación.
Es normal que estos últimos meses, e incluso años, sintamos dolor por los abusos del clero y su encubrimiento. Dolor, desconcierto, indignación, ira, frustración e incluso ganas de dar un paso al lado. Es que por años venimos sintiendo una profunda orfandad. La incomunicación con la jerarquía eclesiástica no puede ser más honda. ¿Qué viene? ¿En quién confiar? Hace años que vengo estudiando estos temas y les confieso que no sé hacia dónde vamos. Lo que sí tengo claro es hacia dónde quiero ir yo. Esto lo comparto con uds.
Es este un momento extraordinariamente oportuno para vivir de la fe. Así de simple. Fe para aguantar la tempestad y más. No me deja tranquilo pensar que la tragedia de la institución eclesiástica tendrá que terminar para volver pronto a la normalidad. Este planteamiento no me gusta. ¿Volver a qué normalidad? ¿Para qué apurar el término de la tempestad? Independientemente de los abusos y escándalos del último tiempo, sabemos que los problemas eclesiales que tenemos son graves: liturgias insoportables, doctrina moral sexual obsoleta, posiciones clericales despiadadas frente a algunos temas de familia, participación en las decisiones de la Iglesia nula y lugar de la mujer muy por debajo de los estándares de la cultura actual. Y otras cosas más. Por esto no podemos esperar a que pase la tempestad para volver a lo anterior. Este mismo modo de ser Iglesia que se derrumba, es el que ha favorecido los abusos que lamentamos.
Este es un momento para vivir a fondo de la fe. Para bajar a los infiernos con Jesús y renacer con él como sucedió con los discípulos, la Magdalena a la cabeza. Hoy tenemos como nunca la posibilidad de vivir de la Pascua sin poder aferrarnos a ninguna otra seguridad. Fe y punto. A los que en algunos momentos se les quebró la familia, se pegaron un gran tropezón en la vida o algo parecido, lo entienden mejor que nadie. Si la fe los sacó adelante, saben que no hay que rendirse. A mí lo que está sucediendo incluso me da cierta alegría por entreveo la posibilidad de algo mejor. Siento esperanza. Por eso les escribo. Para animarlos.
Una fe pascual es la que se necesita para refundar la Iglesia sobre las bases que Jesús le puso. ¿Qué hacer? Confiar. Jesús no resucitó solo. Su Padre lo sacó de la muerte. Dios se encargará de nosotros. Es su problema. La Iglesia es la esposa de Cristo. Es su problema. ¿Por qué angustiarnos? Somos mucho más que nuestra pena. Jesús nos reconstruirá como Iglesia. ¿No es para alegrarse?
Miro a futuro. Llevadas las cosas a lo esencial, recuerdo que el Concilio Vaticano II nos dio una orientación que no hemos logrado implementar del todo: la Iglesia somos todos los bautizados y bautizadas, el pueblo de Dios que se encamina a su realización con los demás pueblos de la tierra. Los obispos y los curas no somos cualitativamente “más” que los laicos. Debiéramos estar al servicio del reino que es obra, en primer lugar, del mismo Jesús y obra a la que somos llamados los cristianos según el aporte que cada uno puede hacer. ¿En qué momento la Iglesia se reestructuró como una pirámide? Da lo mismo. Lo impresionante es que la pirámide se desploma. ¿Mala noticia? No, buena. Buena, eso sí, si recogemos los ladrillos y fabricamos otros más para edificar una iglesia en la que la participación laical sea decisiva.
Esto me parece clave. No sé qué irá a ser la Iglesia a futuro. Lo que es yo, trabajo para que se reconstituya a partir de comunidades, comunidades de los tipos más diversos, en las cuales la participación de todos sea fundamental. Es una convicción mía que, hasta aquí, la tengo chequeada en la realidad. Pertenezco a una comunidad de base que funciona así. El día que nosotros los curas y obispos aprendamos del quehacer cristiano del Pueblo de Dios, entonces podremos orientarlo con pertinencia. En la medida que no lo hemos hecho, nuestra prédica es impertinente. No viene al caso. Incluso puede hacer daño.
Comunidades y opción por los pobres. Estos dos focos, creo, son clave. Las comunidades pueden convertirse en reductos intimistas o en sectas, si no se abren, sobre todo si no incorporan en sus preocupación a los que suele excluirse o invisibilizarse. Nadie puede decir que en los cien metros a la redonda no haya un “pobre” a quien socorrer. ¡Si son tantos enfermos, la gente sola, los adictos, los maltratados en sus propias familias! Y qué decir de los políticamente pobres, los que son empobrecidos por la fábrica de pobreza que son nuestras sociedades. Estoy convencido de que una Iglesia que acuda fervorosamente a ayudar y a aprender de los pobres, será infinitamente mejor de la que tenemos. No estamos en cero. Hay muchas iniciativas laicales, voluntariados y solidaridades tan pequeñas como granos de mostaza que, por lo mismo, no aparecen en los medios.
Si tuviera energía suficiente, me gustaría acompañarlos de más cerca a uds. que colaboran con Jesús en su obra. No me da el cuero para mucho más. Lo que sí puedo darles es ánimo. No estamos solos. Les comparto mi fe. No me pongo como ejemplo de nada. Mucho de lo que les digo lo he tomado de uds. mismos y de mi conocimiento de la fe de los pobres.
Otra cosa y termino: en estos tiempos hay que rezar mucho. Pedir el Espíritu. Necesitamos visión y coraje.
Un abrazo
Jorge

¿Una iglesia sin eucaristías?

Imaginemos que entra en la humanidad un virus letal que mata a la tercera parte de los seres humanos y, por una razón desconocida, mueren todos los sacerdotes, todos los obispos y el Papa. El desastre eclesial que se produce es mayor. Los cristianos se encuentran completamente desorientados. Una vez que vuelve la calma, sin embargo, surge la necesidad de continuar juntos. He aquí que en distintas partes del planeta en que la iglesia aún está presente, surge la misma pregunta: “¿quién celebrará la eucaristía?”. El sacerdote al consagrar la hostia, alzándola lo más posible, los extasiaba. Ahora en cambio experimentan una carencia que no saben cómo calmar. Les parece que no hay iglesia sin lectura de las Escrituras y sin poder comulgar con Cristo. ¿Qué pueden hacer para recordar la entrega de Jesús, su muerte y su resurrección? Sin rememorar a Jesús y sin compartir su mesa, piensan, el cristianismo se licuará dentro de poco. Seguirá habiendo fe, sí, pero no en el Dios en quien Jesús creyó.

Hace tiempo que vengo escuchando de comunidades que no tienen un sacerdote que celebre en ellas la eucaristía. Me dicen que en Brasil la tercera parte de las comunidades carecen de él. Me parece que, puestos los ojos en el futuro, debiera ya ahora ensayarse nuevas modalidades de celebrar fraternalmente la fe.

Sé de una comunidad que se reúne una vez al mes: sus integrantes deciden allí mismo quién puede presidir la celebración eucarística, llevan pan y vino corrientes, cuentan con una plegaria eucarística que se consiguieron creo que en Bélgica, comparten lo que está ocurriendo en sus vidas y, por supuesto, leen y comentan entre todos la Palabra. Llaman a esta reuniones “eucaristías” como si realmente lo fueran. Los motivos para hacer algo así son varios. Pero ellos, por de pronto, no soportan más el modo en que los párrocos y otros curas celebran la eucaristía. Les parece que, conforme cambia la cultura, las maneras de hacerlo traicionan cada vez más la intención del Vaticano II de dar participación a los fieles. La fundamentación teológica para proceder así es esta: en el sacramento del bautismo, aseguran, están contenidos todos los sacramentos de la iglesia. Los bautizados y bautizadas pueden eventualmente extraer de su sacerdocio bautismal el servicio sacerdotal y actualizarlo. En los mismos cristianos, dicen, la iglesia se da en plenitud.

Este caso me ha hecho pensar en la posibilidad de realizar comidas eucarísticas. No en reemplazo de las eucaristías propiamente tales, sino a modo de complemento. Pienso en cenas al atardecer, a la hora del recogimiento, que recuerden que Jesús comía con todo tipo de personas. Los fariseos, que cuando comían hacían grupo aparte, decían de él ser “un comilón y borracho, amigos de publicanos y pecadores”. Estoy pensando en personas que quieren emprender un camino comunitario de seguimiento de Cristo; que no tienen dónde ir a misa porque carecen de una iglesia cercana; que no están dispuestas a que el cura las reprenda en público; que la liturgia de la iglesia se les ha vuelto un rito huero e insoportable; o que sufren con que sus hijos sean hoy alérgicos a la religión y quisieran ellas ofrecerles otra manera de entender la comensalidad cristiana. En estas comidas podría contarse con una pauta elaborada por la misma comunidad: comenzar y terminar con el signo de la cruz, preparar lecturas con anticipación, crear un momento de silencio profundo hacia el final, y comer, tal cual, comer y conversar sobre la vida, sobre lo que ocurre en el país, el mundo y la iglesia igual como se hace en las comidas entre amigos, solo que esta vez con un explícito propósito de dar gracias al Señor. ¿Pudiera resultar?

En Chile estamos lejos de la situación descrita al principio. Ningún virus hace peligrar a los sacerdotes. Pero los eclesiásticos estamos haciendo peligrar a la iglesia. Esto, a la vez, hace pensar que en los próximos cincuenta o setenta años, si se mantiene la tendencia de disminución de vocaciones, habrá poquísimos ministros que puedan celebrar la eucaristía.

Espero que el Papa Francisco pueda ayudar a reflotar el episcopado chileno y los católicos recuperen la confianza en sus autoridades. Igual así, creo conveniente ensayar nuevas modalidades de ser iglesia y de celebrar la fe. Las actuales, con o sin escándalos por los abusos del clero, difícilmente encausan el cristianismo de esta época.

Respuesta al Cardenal Medina

Días atrás, en carta a El Mercurio, el Cardenal Jorge Medina sale en defensa de la institución eclesiástica. Él diría defensa de la “iglesia”. Pero leída la columna con atención, se descubre que se refiere a la institución y no al Pueblo de Dios en su conjunto.
No estoy de acuerdo con aquel uso de la palabra “iglesia”. Tampoco estoy de acuerdo con la columna de Jorge Medina. Comentaré algunas de sus ideas.
A propósito de la gravísima situación de la Iglesia chilena, el cardenal dice: “Amplificar indiscriminadamente las deficiencias y conductas ciertamente reprobables y sacar conclusiones generalizadas de hechos, por desgracia verdaderos y graves, si bien puntuales, aunque hayan sido reiterados, sería dar muestras de una lamentable señal de poco amor a la verdad e incluso de superficialidad”. Estoy de acuerdo con él en que “amplificar”, agrandar, exagerar, es señal de “poco amor a la verdad e incluso de superficialidad”. Lo es siempre y podría serlo en el caso en que estamos. Podría serlo, digo, porque día a día los católicos descubrimos que es todavía más grave lo que nosotros, sacerdotes y obispos, hemos hecho por ocultar lo ocurrido. El asunto hoy, no es lamentar las exageraciones sino celebrar con las víctimas. ¡Por fin se les hace justicia! Sin embargo, el cardenal Medina no dedica ni una sola palabra de amor compasivo a las víctimas. Lo único que le importa es la defensa de la institución.
Otro asunto. El cardenal aplaude que el actual pontífice se cuente entre quienes quieren acrecentar la fidelidad al Evangelio: “En esa línea se inscribe por cierto el actual Papa Francisco, con su personal estilo”. ¿A qué estilo se refiere Monseñor?
Nada dice. Lo diré yo. Este papa, en el caso chileno, ha cometido varios errores. Su estilo, bastante “porteño”, suelto de lengua, ha ofendido a la iglesia de Osorno y a las víctimas de los abusos sexuales, de conciencia y espirituales. Pero les ha pedido perdón. ¿Qué papa pide perdón? Una cosa es hacerlo por los pecados de los papas anteriores, como se hizo por el trato que se dio a Galileo. Pero que un papa pida perdón por sus propios errores es inaudito. Este ha de ser recordado como un gesto que, además de porteño, es típicamente cristiano.
En Chile a nosotros los eclesiásticos, debe recordárselo, se nos critica por el estilo. ¿Quién de los obispos dice lo que piensa? En esto Monseñor Medina sí es una excepción. Los demás, talvez por miedo a las cartas que el cardenal manda a Roma denunciando a medio mundo, se expresan con sumo cuidado. Estos usan palabras alambicas para nunca decir lo que realmente piensan. Es cosa de ver la televisión. Pocos prelados responden a lo que se les pregunta.
A muchos nos gusta el estilo de este papa. Habla sin papeles. Busca y encuentra palabras, unas más felices que otras, para comunicar el Evangelio tal como Jesús hubo de ingeniárselas para anunciar el reino de Dios. Por hablar claro se le vinieron encima. Jesús, con sus parábolas y su piedad con el ser humano caído, minó la religiosidad de entonces. Este papa, cuando habla con la libertad de Jesús, cuando dice una cosa y no teme equivocarse y recular, genera libertad en el Pueblo de Dios para que todos los demás digamos lo que pensamos y ensayemos nuevas vías para ser cristianos.
Los católicos chilenos hemos vivido intimidados por muchos años. Hemos padecido el estilo de una generación de obispos preocupados por su ubicación en la constelación eclesiástica. El estilo de este papa, espero, hará que los obispos futuros, en vez de mirar “hacia arriba”, a gente más importante, miren hacia “el lado”. El Concilio Vaticano II estableció que el bautismo ha de ser el piso de las relaciones entre los cristianos. Somos hermanos y hermanas. Jesús lo pidió: “no llamen a nadie padre”. ¿Por qué a unos se les llama “eminencia reverendísima” o “monseñor”? Su Padre, entendía Jesús, habría de hermanar a todos los seres humanos.
Otra afirmación del Cardenal Medina también merece un comentario: “No sería acorde con el amor a la verdad negar la existencia de hechos graves y debidamente comprobados, que han tenido como autores a personas que desempeñaban ministerios eclesiásticos, pero sería dar muestras de una fe muy poco madura sacar de ahí la errónea conclusión de que la Iglesia haya perdido toda autoridad o credibilidad”.
Sí y no. Si por iglesia entendemos al Pueblo de Dios, es equivocado afirmar que ella “haya perdido toda autoridad o credibilidad”. ¿Cuándo las víctimas católicas de los abusos del clero habían tenido tanta autoridad? Debiera emocionarnos. Las víctimas se han atrevido a hablar. Los medios de comunicación, a Dios gracias, les han puesto un micrófono. El resto de los católicos que se han sumado en su defensa también tienen autoridad. El dolor de la iglesia chilena hoy es indecible. Es un dolor creíble. La fuente de la autoridad, no se puede olvidar, es la credibilidad.
Pero Jorge Medida cuando se refiere a “la iglesia” está pensando en la institución eclesiástica. Esta, ¿no ha perdido “toda autoridad”? ¿Es creíble? Ciertamente no todos los curas somos abusadores. Conozco tantísimos que no lo son. La iglesia que comienza su reconstrucción encontrará ciertamente curas que acompañarán a sus comunidades con humildad y espíritu de servicio. Pero hoy los clérigos, en general, somos sospechosos. Los obispos, uno tras otro, van cayendo como palitroques. Duele verlo, pero es verdad.
Duele, pero también, bajo otro respecto, nos produce alegría. Estamos cada vez más cerca de la iglesia en la cual quedó estampado Cristo. Los cristianos creemos en la Iglesia que creyó en Jesús. Ninguno de nosotros ha creído o podría creer directamente en Cristo. La iglesia es la única foto que tenemos de él. Para reconocerlo a él, disponemos de los recuerdos heredados por la Iglesia, comenzando por los evangelios que ella misma escribió. Si el día de mañana la gente deja de creer en Cristo por culpa nuestra, les quedarán unos textos que tienen dos mil años de antigüedad redactados por cristianos no muy distintos de nosotros.
Termina el cardenal: “No está de más recordar, en toda circunstancia, que ‘todo coopera al bien de los que aman a Dios’ (Rom 8, 28), verdad que la sabiduría popular tradujo en el refrán que ‘Dios escribe derecho sobre líneas torcidas’”.
Sí y no. Estoy de acuerdo con el Cardenal Medina en cuanto el testimonio del Evangelio pasa por testigos como nosotros, mediocres, pecadores, inverosímiles. Nada engaña más acerca de Dios que el puritanismo. Pero, usada en este contexto, la frase popular citada por el cardenal funge de auto-absolución de una institucionalidad que no da para más. Esta suerte de auto-perdones de los eclesiásticos -bien vale subrayarlo- exasperan al pueblo creyente que en las últimas décadas ha sido maltratado por su manera de entender la vida afectiva y sexual, revelándose últimamente que el problema, a este propósito, lo teníamos nosotros los consagrados.

La iglesia chilena necesita cambios mayores

El Papa ha escrito una larga carta a los católicos chilenos (31.05.18). Pone al descubierto los mecanismos que han facilitado la perpetración de abusos de diversa índole, contra diferentes tipos de personas, y denuncia los modos de encubrimiento de faltas y de crímenes.
Pero hay algo más. El Papa hace un llamado a que los chilenos sean protagonistas en su Iglesia. Quiere que vayan incluso más lejos de lo establecido. Echa las bases de una renovación eclesial que puede llegar a ser formidable. Francisco apela a la imaginación. ¿Debieran atreverse los chilenos incluso a sobrepasar algunas normas de organización de la Iglesia? Sí, parece que sí.
Pero la Iglesia chilena está muy golpeada, desconcertada y con pocas fuerzas para reaccionar. Los católicos chilenos se sienten defraudados de nosotros, la institución eclesiástica que por años no los ha considerado. Esta, a su vez, tendrá que recuperar la autoridad perdida. La convocación del Papa a los obispos para reunirse con ellos en Roma los dejó por el suelo. El episcopado chileno está KO y el resto del pueblo cristiano sumamente mareado.
Aun así, los católicos chilenos recogeremos el guante. Pero pedimos ayuda al mismo Francisco porque hay asuntos cuya resolución no dependen de nosotros. ¿Sería posible para la Iglesia chilena, de un día para otro, comenzar a ordenar mujeres? ¿Mujeres sacerdotes? Son varios los asuntos que deben ser resueltos al más alto nivel. Si no se lo hace, la Iglesia chilena sucumbirá mañana o pasado mañana.
Por cierto, el tema número uno es la participación de las mujeres. Si no son incorporadas en las instancias de mayor responsabilidad eclesial, allí donde se toman las decisiones, las nuevas generaciones se descolgarán para siempre. Reservar el ejercicio del poder, la orientación y el cuidado de la iglesia solo a los varones, para la actual generación que cree en la igual dignidad de los géneros, resulta intolerable. Ni hombres ni mujeres lo soportan. En Chile hoy no se puede alabar a la mujer, hablar del “genio femenino”, para luego decir que Jesús prefirió un consejo masculino de ministros. La situación de las mujeres en la iglesia es un pecado. Nosotros haremos todo lo posible para darles más participación. Pero el Papa tendrá que hacer también lo suyo. Urge que vaya al tema a fondo. ¿No podría convocar a un sínodo sobre las mujeres y de mujeres?
El tema número dos son los actuales presbíteros. Su formación es lamentable. Lo primero que hacen los seminarios es desclasar a los jóvenes (cuando son pobres). En seguida, se les insufla un tipo de teología inmune a los signos de los tiempos y a las vidas reales de las personas. Tercero, se los romaniza. Por último, se los sacraliza. Cumplido el proceso de desarraigo de su humanidad, se los envía a predicar el Evangelio. ¡El Evangelio! Fatal. ¿Cómo no se dan cuenta los cardenales de los dicasterios romanos que sus instrucciones para formación sacerdotal forman personas cada vez más alejadas de Jesús? Estas normativas rigen a los centros de formación y facultades de teología haciendo daño, en lo inmediato, a los mismos seminaristas; y, poco después, a los fieles que, a futuro, tendrán que padecer su clericalismo. Francisco, en su última carta, hace referencia a la necesidad de renovar los estudios eclesiásticos. Es indispensable que él mismo exija a sus colaboradores romanos más estrechos que introduzcan modificaciones mayores a la formación del clero.
En fin, Francisco debiera fomentar el desarrollo autónomo de la Iglesia Latinoamericana. Solo tiene futuro una Iglesia Católica policéntrica. El centralismo romano está impidiendo en todas partes del mundo que surjan iglesias regionales con características culturales peculiares. La misma papolatría, de los pontífices y del resto de los católicos, ha impedido este surgimiento. Para que se cumplan los deseos del Papa Francisco expresados en su audaz carta a los católicos chilenos, es fundamental que él dé un, dos y tres pasos atrás y deje a la Iglesia latinoamericana organizarse a sí misma. La Iglesia latinoamericana requiere libertad para anunciar el Evangelio en sus propios códigos culturales. Para que los chilenos puedan participar protagónicamente en la reconstrucción de su iglesia, Francisco tendría que reconocer autoridad a la Iglesia latinoamericana para que se organice con mayor autonomía. Esto no garantiza que surja entre nosotros una iglesia menos clerical, europea y romanizada que la que tenemos. Pero si el Papa nos pide una cosa pero no nos ayuda a conseguirla, apura nuestro fracaso. Agudiza la desautorización de nuestros obispos ante el Pueblo de Dios y acelera su derrumbe.
La Iglesia chilena necesita urgentemente que el Papa introduzca cambios claves en la doctrina, la estructuración y el gobierno de la iglesia universal. Sola, por más que bracee, se hunde. La mar está demasiado agitada.

Participación de los laicos en la elección de los obispos

Osorno es más que Osorno. La resistencia de los osorninos al nombramiento del obispo Juan Barros, es representativa del rechazo de muchos católicos chilenos que se sienten alejados de una elite eclesiástica que perdió el contacto con sus vidas. La negativa de una diócesis pequeña a la imposición de un obispo que no quiere, además de un ejercicio de un derecho, corresponde a una correcta concepción de la iglesia como pueblo de Dios, como comunidad activa de hermanos en la fe. Por más de un milenio los obispos fueron elegidos por las comunidades cristianas.

En la carta que el Papa Francisco acaba de dirigir a los católicos de Chile, sostiene: “En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial. Es imposible imaginar un futuro sin esta unción (del Espíritu Santo) operante en cada uno de Ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación”. Los católicos chilenos hace ya décadas que se sienten como visitas en su propia casa. No se les consulta. Si preguntan, nadie les responde. Si critican, se los trata de desleales. Se les dice que “cantan fuera del coro” o que “se ubican en la vereda de enfrente”. El Papa, en cambio, reivindica a los rebeldes.

Francisco urge a los católicos para que asuman en su Iglesia un rol activo: “Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser protagonistas de la transformación que hoy se reclama y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro”. Su crítica ha sido -lo decía en la carta dirigía a los obispos reunidos en Roma- el haberse centrado la jerarquía eclesiástica en sí misma en vez de haber cumplido un rol profético, poniendo a Cristo en el centro.

Termina el párrafo: “Invito a todos los organismos diocesanos –sean del área que sean- a buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación para que la unción del pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse”. Parece razonable pensar que estas palabras se apliquen a la elección de los obispos y otras autoridades, en particular a la diócesis de Osorno.

En este momento en que se debate la próxima nominación de numerosos obispos chilenos, celebramos la venida al país de Charles Scicluna y Jordi Bertomeu. Me gustaría pensar que estos dos emisarios de Francisco ayudarán a la Iglesia chilena a reunir la información necesaria para realizar estos nombramientos. Si el Papa fue incorrectamente informado en anteriores elecciones, no será tarea fácil reunir los antecedentes y las opiniones para discernir quiénes serán los nuevos obispos chilenos. Es decisivo “escuchar” –como pide Francisco en su carta- qué piensa y qué siente el pueblo cristiano acerca de lo que está ocurriendo con él en la particular situación histórica, cultural y eclesial en que se encuentra.

¿Qué mecanismo pudiera utilizarse para realizar esta escucha? Al menos sugiero que en las diversas diócesis que tengan que nombrar a un nuevo obispo, se realicen reuniones abiertas con la mayor participación posible incluidos jóvenes y personas que se sientan alejadas, en las que se elabore el perfil de obispo que necesitan y los principales problemas que se deben enfrentar. La información recabada sería riquísima. Tal vez no se pueda encontrar la persona que responda exactamente al ideal. Pero el nominado habrá recibido de las bases una indicación poderosa de las necesidades reales. Si prescinde de ellas, tendrá que atenerse a las consecuencias. Hoy, en todas partes, se pide rendición de cuenta en el ejercicio de los cargos. No se ve por qué en la Iglesia los obispos pueden continuar en su cargo si son incapaces de su desempeño.

En las actuales circunstancias tal vez varios deberán dejar pronto sus cargos, pero, creo, sería inconveniente apurarse en nombrar a quienes los van a reemplazar. Es necesario dar lugar a la participación, a oír a todos, escuchar con calma, discernir. Eso, hará más difícil equivocarse de nuevo.

Chopito en Cabo de Hornos

Hay cambios importantes en Cabo de Hornos. El aumento de temperatura ha comenzado a modificar la vida de las especies. Unas mueren, surgen otras. Las olas el Atlántico triunfan sobre el Pacífico. La que antes fuera una isla desierta deja de serlo. No hay risco en que no habite una familia de migrantes. Huyen del frío del norte. Arica es un solo hielo.

Hablo de la pesadilla que tuve anoche.

Las lluvias son ahora tropicales. Hasta hace poco llovía, pero no llovía como llueva a ahora. Cae agua a baldes, como en El Salvador. Nunca había visto un diluvio como el que me tocó en este país. El caso es que, al igual que El Salvador, en Cabo de Hornos está lleno de loros. Los loros al ponerse el sol ensordecen. Loros, pidenes, becacinas, patitos jergón, garumas, fío-fíos, cachuditos, todos aves de la zona central se multiplican en finis terrae con gran facilidad.

A veces el calor del Cabo es insoportable. Pero lo aguantan especialmente los friolentos cuando recuerdan Santiago hecho un témpano. La capital se despuebla. Hasta los cóndores piensan emigrar de pura hambre. No quedan ni ratones. Se recupera el glaciar Echaurren, el Cajón del Maipo ennegrece de pingüinos.

El sol pica como nunca el cóccix del continente americano. Florecen los líquenes. Mengua el viento. La tierra produce cien veces más. Cabo de Hornos se convierte en un paraíso turístico.

También han llegado felinos. Era que no. Gatos de salón, gatos de techo buscando lagartos y lagartijas. El gatito Geoffroy, a miles, escondidos como siempre en los matorrales. Hay flores por todos lados. Hibiscos, espuelas de galán. Mariposas. Mucha humedad. Mucha hormiga. Nalcas gigantescas. Espinos todos el año en flor. Monitos del monte.

¿Por qué tanto calor? Un loro Tricahue pregunta qué pasa a mi gato Chopito. Chopito, impertérrito, responde: “Los católicos están divididos: la mayoría piensa que el único sacerdote de la isla tiene que cumplir un rol más activo en la comunidad. La minoría, en cambio, está por una comunidad más participativa”.

Es un horno Cabo de Hornos. La Antártida se derrite. El nivel de la aguas suben. Un acabo mundi en ciernes.

Entrevista con Fernando Paulsen

Oráculo cristosófico (demostración)

La iglesia chilena espera tiempos mejores

Por los años sesenta y setenta Pablo VI nombró en Chile una generación de obispos excepcionales. Juan Pablo II, a partir de los años ochenta, en Chile y el resto de América Latina, nombró obispos con poca libertad para interpretar la doctrina de la Iglesia, hombres sin las luces de la generación anterior, timoratos, estrictamente fieles al gobierno del Papa.

Los obispos chilenos de Pablo VI hicieron frente a la dictadura de Pinochet. El cardenal Raúl Silva Henríquez creó la Vicaría de la Solidaridad que acogió y defendió a las víctimas de violaciones de los derechos humanos. Bajo la inspiración de la conferencia episcopal de Medellín (1968) y luego de la de Puebla (1979), y de la Teología de la liberación, la Iglesia chilena hostigada y perseguida, especialmente en las comunidades eclesiales de base, experimentó un fervor evangélico y profético extraordinario.

Estos mismos años, sin embargo, comenzó a hacerse fuerte el catolicismo conservador, discordante de las voces oficiales. Tenía a su favor a Pinochet y al cardenal Sodano, el nuncio. También tenía el viento favorable al entrevistado de Messori en Informe sobre la fe, el cardenal Ratzinger, el principal intérprete del Concilio en los últimos cincuenta años y fiero censurador de los teólogos de la liberación.

Lo que explica en gran medida las proporciones del problema de la Iglesia chilena actual, es que este fortalecimiento del catolicismo conservador se concentró en la agrupación sacerdotal muy poderosa creada por un párroco, el sacerdote Fernando Karadima, un hombre intelectualmente limitado, pero encantador de la elite. Este generó en torno a su persona una verdadera secta de jóvenes frágiles psicológicamente de los que abusó sexual y espiritualmente. No sin el consentimiento de Sodano, quien tenía un despacho privado en la parroquia de Karadima, de este grupo fueron nombrados obispos Juan Barros, quien llegó a constituirse en la “manzana de la discordia”, Andrés Arteaga, Tomislav Koljatic y Horacio Valenzuela.

El caso estalló en 2010. El nuevo arzobispo de Santiago el cardenal Francisco Javier Errázuriz, apartó al párroco de sus funciones. Pero lo hizo después que las víctimas de Karadima, James Hamilton, Juan Carlos Cruz y Andrés Murillo, le rogaran justicia desde 2003. El año 2011, el nuevo arzobispo, Ricardo Ezzati, tras investigar la situación, sancionó al párroco, impidiéndole ejercer públicamente el sacerdocio y la dirección espiritual. Paralelamente el caso fue presentado ante los tribunales de justicia los cuales, luego de haber juzgado culpable a Karadima, lo absolvieron por prescripción de los delitos.

En los años sucesivos se destaparon numerosos casos de abusos sexuales del clero, abusos de pederastia y pedofilia. Unos terminaron con sentencias civiles (hay sacerdotes presos), otros con sentencias canónicas (restringidos en su funciones sacerdotales) y, en fin, algunos cuantos aún están siendo investigados. Los doce recién suspendidos en Rancagua completan un panorama es desolador. El clero y casi todas las agrupaciones religiosas de varones, han tenidos casos de abusos y acusaciones (incluidos nosotros los jesuitas).

El Papa Francisco, después de equivocarse más de dos veces respecto a Juan Barros, repudiado por la diócesis de Osorno, decidió informarse a fondo y tomar medidas drásticas. Envió a Chile a investigar la situación al obispo de Malta Charles Scicluna y a Jordi Bertomeu, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El resultado de esta indagación hizo concluir al Papa que había sido mal informado. ¿Quién lo informó mal? No lo sabemos. Pero, o él no le hizo caso a Francisco Javier Errázuriz, uno de la comisión de los “Nueve” (uno de sus estrechos colaboradores), ni al nuncio Ivo Scápolo, que por cercanía y cargo debieron hacerlo, o estos, o uno de estos, inclinaron la balance del lado de Barros. M. Ezzati, en cambio, tendrá otros “pecados”, pero se sabe que se opuso al nombramiento del obispo de Osorno.

Hoy, tras la renuncia de todo el episcopado chileno, parece cerrarse un capítulo y abrirse otro. ¿Será uno mejor?

La situación es inaudita. La carta que el Papa que entregó en privado a los obispos para discernir con ellos el futuro de la Iglesia chilena, es conmovedora. Este documento revela el impacto que han producido en Francisco los gravísimos abusos sexuales, psicológicos y de conciencia, de mayores y menores; y a su vez, estremece a los católicos por el tipo de inmoralidades cometidas por obispos y mandos medios en labores de encubrimiento de tales abusos y delitos. El documento, por una parte, esboza un verdadero programa de futura reforma de la Iglesia chilena y, por otra, confirma la comisión de irregularidades tan graves como destruir archivos, es decir, eliminación de pruebas. Cualquiera puede imaginar que el informe de 2,400 páginas que el investigador Charles Scicluna entregó al Pontífice, es espeluznante.

¿Qué viene? Suponemos que Francisco acogerá la renuncia de varios obispos renunciados ¿Cuántos? Es casi seguro que saldrán de la conferencia los cuatro dirigidos espirituales de Karadima. Además, todos los que ya habían renunciado por edad. Son cuatro. ¿Alguien más? No sabemos. Es decir, en el futuro inmediato tendrá que nombrarse, por lo menos, a ocho obispos y a un noveno por la sede vacante de Valdivia.

¿Qué viene? Ignoramos si los obispos que queden y los nuevos estarán a la altura de las exigencias que el Papa les ha puesto en el documento en comento. Francisco pide a todos trabajar por una Iglesia profética que sepa “poner a Cristo en el centro” de su corazón y de su acción. Un Iglesia profética, como la de los obispos de Pablo VI que se orientó por la opción por los pobres y encaró las violaciones de los derechos humanos, y no como la que vino después, la de la jerarquía que, en palabras de Francisco, “dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma”.

He aquí que surge una pregunta inquietante: ¿estarán capacitados los obispos que queden para emprender una conversión de esta magnitud? ¿Claudicarán estos a su alianza de clase con la elite de un país injusto como Chile? Hay entre estos obispos muy conservadores e incluso alguno que, antes de ser sacerdote, trabajó como abogado en dependencias de la dictadura. Si el Papa Francisco quiere realmente hacer los cambios que su giro pastoral requiere, tendrá que poner los medios para que sus palabras no queden en letra muerta. Deberá aceptar la renuncia de varios obispos más. Tendrá que desnivelar la conferencia episcopal. La Iglesia chilena ha pretendido operar con dos pastorales al mismo tiempo: una para los sectores altos, acomodados y religiosamente de tendencia pre-conciliar; y otra inspirada por las conferencias de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida que, como cuatro martillazos sobre un mismo clavo, ratificaron una opción preferencial por los pobres. Pero en los últimos veinticinco años, al menos en la diócesis de Santiago, parece no haber pastoral alguna.

Otra pregunta: ¿Hay gente que pueda ser nombrada para reemplazar a los que se van que cumpla con el giro que el Papa quiere darle a la Iglesia chilena? En su carta hay una queja contra los seminarios. Los seminarios del período del “invierno eclesial” de Juan Pablo II han “resacralizado” al clero. Este tipo de clero, concluye la Royal Comision sobre los abusos de menores en Australia (2017), genera relaciones humanas asimétricas e inapropiadas.

El Papa Francisco delinea un programa y pone los fundamentos para esperar algo mejor. Por de pronto, recuerda que Dios actúa en el santo pueblo de Dios y que en este pueblo hay una fe y una energía extraordinaria. Si los futuros obispos no se nutren y aprenden del pueblo de Dios en quien reside la fe de la Iglesia, creo yo, volveremos a lo mismo. Es imperioso, por tanto, dar participación a los fieles en la organización de su Iglesia. Lo dice Francisco con estas palabras: “Permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial”, dejando de lado la “psicología de las elites” (estilo y prácticas sectarias). ¿Participarán en alguna instancia los laicos en la elección de los próximos obispos?

Es la hora de los laicos. Esperamos que la nueva generación de obispos termine de “ordenar la casa” y ponga la Iglesia al servicio del mundo. Lo hagan o no lo hagan, ya ahora los católicos, curas y fieles debieran asumir un rol protagónico. Urge crear algo nuevo. Se necesita una Iglesia de comunidades. Se necesitan comunidades de todo tipo que exijan respeto y participación, capaces de representar con respeto sus diferencias a la autoridad y de rebelarse contra los atropellos. Es imperiosa más creatividad, más solidaridad con el prójimo, más participación de las mujeres, en una palabra, más Evangelio.