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El feminismo católico incontrarrestable

El feminismo es una realidad en la Iglesia católica. En ella existe una teología feminista de gran calidad, aunque poco conocida y casi no tenida en cuenta. Pero, además, existe una reacción feminista católica sin precedentes en la historia del cristianismo.

Hay una callada, pero incontrarrestable, movilización feminista católica que, por una parte, hunde sus raíces en el auge de la autoconciencia de la dignidad de mujer en el siglo XX y en la lucha por convertir esta dignidad en derechos civiles y que, por otra, eclosionó con el rechazo de Humanae vitae, la encíclica que prohibió el uso de medios artificiales de control de la natalidad justo en 1968, en plena revolución sexual. Ningún católico, después de 50 años, puede decir que esta enseñanza oficial de la Iglesia haya sido aceptada o, en términos teológicos, “recibida” por los bautizados y bautizadas. Lo que talvez nadie sospechó en su momento, y quizás pocos estén de acuerdo conmigo ahora, es que este desacato masivo constituye el punto de quiebre con la versión sacerdotal (ministros concentrados en el sacrifico eucarístico), patriarcal (ministros llamados “padres”) y androcéntrica (ministros exclusivamente varones) del cristianismo. Pienso que lo que tiene lugar en la Iglesia hoy es una revolución de vastedad milenaria cuyo disparador principal es la liberación de la mujer.

La publicación de Humanae vitae, sin quererlo in recto Pablo VI, exasperó la relación de las mujeres con la Iglesia institucional. Frente a las posibilidades culturales y técnicas que les ofrecía la década de los 60, las mujeres resistieron la doctrina de una encíclica papal que les exigía tener todos los hijos que Dios pudiera mandarles; pero, además, en cuanto católicas, se vieron obligadas a confesar a un sacerdote los incumplimientos de una norma que, consideradas las cosas en conciencia, les parecía irracional. El conflicto interior para las mujeres fue desgarrador. Acatar la enseñanza papal les parecía una irresponsabilidad.

La encíclica tuvo dos efectos inmediatos en las mujeres. Primero, provocó una estampida. Muchas de ellas dejaron de ser católicas. Otras se quedaron en la Iglesia, pero no obedecieron más a un Magisterio y a unos sacerdotes que se empeñaban en hacerlo cumplir a raja tabla. En adelante las católicas, liberadas de cargar con 4, 6, 10 o más hijos, necesitadas de buscar los medios de subsistencia para su familia y motivadas en desplegar su ser mujer en plenitud han llegado a entrar, no sin tremendos sacrificios y “ninguneos”, en la vida social y política. En este proceso, unos curas, durante la práctica de la confesión, se convirtieron en fiscales de la observancia de la encíclica. Otros, en la misma confesión, fueron abiertos y daban permisos para “tomar la píldora”. Pero, ¿con qué derecho?

Por otra parte, pero en estrecha relación con lo anterior, la prohibición de la doctrina oficial de relaciones sexuales extramaritales y del uso de preservativos y anticonceptivos, ha dejado la Iglesia atada de pies y manos para ofrecer a los jóvenes y las personas homosexuales una palabra que oriente sus vidas. Hoy la Iglesia institucional reconoce que la homosexualidad no es una perversión sino una condición. Pero, entonces, piensan estas personas, ¿cómo Dios nos dio la condición y nos negó su ejercicio? Tampoco tiene hoy la Iglesia un discurso para acompañar a los jóvenes en los inicios de su vida sexual y sentimental. A muchos de estos les parece responsable vivir juntos antes de tomar una decisión de compromiso marital de por vida.

En este contexto, la explosión de los abusos sexuales del clero y su encubrimiento institucional han llevado las relaciones entre la dirigencia de la Iglesia y los fieles a una de las mayores crisis de la Iglesia Católica. ¿La mayor después de la Reforma protestante de Lutero? ¿Cómo se puede creer en la enseñanza de los representantes de la Iglesia si ellos mismos no son dignos de fe? El discurso de la periodista mexicana Valentina Alzraki al papa Francisco y a los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo en febrero, en que les llama la atención por los crímenes cometidos por los sacerdotes y por sus maneras turbias de encubrirlos, es un hito del “feminismo católico”. Al menos puede decirse que, en esta ocasión, es una mujer que pone las reglas del juego.

El feminismo católico, dicho en breve, por la irrupción de la mujer en la cultura, y por haber experimentado ella en sí misma un abuso eclesiástico de su conciencia moral y por haberle ella desobedecido a las autoridades ha terminado por crear una situación inédita. La jerarquía eclesiástica, a futuro, no debiera nunca más tratar de controlar a los fieles porque no se le hará caso.

Todavía más, el “triunfo” del feminismo católico ha puesto en evidencia la profunda incomunicación entre la jerarquía eclesiástica y los fieles, y retumba en todas las otras áreas de la vida de la Iglesia. Humanae vitae, en lo hondo de lo hondo, proviene de un alejamiento del clero de la vida corriente de la gente. Esta encíclica no constituye simplemente un “error no forzado”. Ella, una elaboración concienzuda de los papas Pablo VI y Juan Pablo II, respaldada a brazo partido por Benedicto XVII, responde a un modo de ver el mundo forjado en seminarios que han servido para romanizar y apartar a los jóvenes de la realidad en todos los aspectos de la vida en sociedad y de su propia vida afectivo-espiritual.

Lo que en la Iglesia Católica parece colapsar es un modo de ser Iglesia centrado en el sacerdote célibe. En la actualidad probablemente se desploma una Iglesia que, desde el año mil en adelante, fue estrechando cada vez más el concepto de la salvación cristiana hasta reducirlo a la satisfacción por el perdón de los pecados realizada mediante el sacrificio de Cristo en la cruz, acción actualizada por los sacerdotes en las eucaristías. A este respecto, la revolución feminista, sin duda junto a otros factores, ha minado la autoridad de la autoridades: en adelante será muy difícil ser sacerdote “sacro” (respecto de un mundo “profano”), “padre” (que sea obedecido acríticamente) y “varón” (que excluya a las mujeres de cualquier de los oficios sacramentales y de gobierno).

¿Cuál será la próxima figura histórica de la Iglesia Católica? Es imposible saberlo. Sí sabemos que la nueva Iglesia tendrá que discernir el más impresionante de los signos de los tiempos: la posibilidad de la desaparición de la especie humana en el planeta debida la catástrofe ecológica. Y que solo tendrá autoridad para hacerlo si se hace cargo de escrutar en ella misma las consecuencias del segundo de los mayores signos de los tiempos: la liberación de la mujer.

Un Cristo fantástico

Algo más se puede decir de la película “Una mujer fantástica”. El cine ayuda a redescubrir nuestra humanidad.

En el cristianismo –como no ocurre en los otros credos- existe la teoficción. Los cristianos creen que la historia tendrá un cumplimiento feliz en la medida que amen con el amor con que Dios los ama. Imaginar este destino les es posible, pero además necesario. Plantearse nuevas realizaciones humanas no es para ellos un divertimento, sino una obligación. La dignidad humana implícita en el Cristo crucificado es inagotable, siempre será posible liberar más víctimas, liberar su capacidad de perdonarnos y recrearnos.

Vamos al grano. Recurramos a la ficción.

¿Ha sido posible que un sirio del primer milenio intentara lo mismo que intentó Jesús? Un tal sirio perfectamente pudo pedir a un grupo de discípulos que confiaran en la Providencia divina que cuida de las aves del cielo y de las flores del campo. ¿Pudo una mujer de esa época hacer las mismas cosas que Jesús? Una mujer de entonces ha podido, por qué no, subir a la montaña y proclamar a los pobres que el Reino de Dios les pertenece. Pero habría sido raro. En ese tiempo las mujeres pertenecían a los varones, como los animales y las chacras. ¿Puede un gato amar como lo hizo “el hijo del hombre”? No, imposible. Por mucho que nos queramos con nuestras mascotas es imposible que ellas den y reciban amor al modo como lo necesita un ser humano darlo y recibirlo: con libertad e incondicionalidad, con un lenguaje, una corporalidad y un simbolismo que solo un corazón humano puede comprender.

Los cambios culturales plantean dos preguntas. Las comparto: ¿pudo una persona transexual amar con la misma entrega total con que lo hizo Jesús? Dificulto que haya alguien que pueda llegar tan lejos como Jesús. Pero, en línea de máxima, pienso que todos los seres humanos por parejo, incluidos por cierto las personas transexuales, debieran tratar de hacerlo. Es más, seguramente una persona transexual habría tenido mayor sensibilidad que yo, por ejemplo, para captar los infinitos matices de la realidad que, por lo menos a mí, se me escurren a cada rato. Una persona nacida varón con identidad sexual femenina ha podido, ciertamente, acoger a los enfermos, mirarlos con benevolencia, curar sus heridas. Lo mismo una persona nacida mujer con orientación sexual masculina. Me imagino a un transexual prestando oídos a los ninguneados. Una persona así ha podido también sacar a patadas a los mercaderes del Templo. Una persona transexual es, sin duda, capaz de dar y recibir cariño, al igual que otros que no carecen de nada para llegar a ser profundamente humanos. ¿Pudo Jesús elegir entre sus discípulos a una persona transexual? ¿Por qué no? Los criterios que Jesús tuvo para escoger a su gente son bien difíciles de entender. Pueden parecer disparatados. Lo más característico suyo, en todo caso, fue nunca excluir a nadie.

La otra pregunta es: ¿pudo Jesús ser un transexual? No lo fue. No nos enredemos. Fue un varón. Varón y célibe. El amor extremo pide a veces celibato. Pero, ¿pudo el Hijo de Dios encarnarse en un transexual y, en esta condición, convertirse en el centro de la fe cristiana? A mí parecer, el Hijo de Dios sí pudo encarnarse en una mujer porque la identidad sexual no impide comunicarse y amar humanamente, y esto es lo fundamental en la encarnación. Una mujer como María, pensamos los cristianos, no solo aquilató lo mejor de Dios sino que capacitó a Jesús para ser tan humano como solo Dios puede serlo. Y bien, por último: ¿se dan en una persona transexual las mismas condiciones de humanidad como para que Dios, con ella, ame a su creación y a su prójimo cómo Jesús llegó a amarlos?

El film “Una mujer fantástica” obliga a darle otra vuelta al misterio de Cristo. Por de pronto un cristiano tendría que poder hacerse estas preguntas sin miedo. Tendría que, aún más, abrirse a la posibilidad de que el arte le revele al Dios que nos sale al encuentro en los crucificados de hoy, ampliando su corazón y sus criterios. Esta película es “divina”. La prueba de su divinidad es su máxima humanidad. De Cristo no tenemos ningún otro tipo de prueba de ser Dios más que la de su extraordinaria humanidad (concilios de Calcedonia, Constantinopla II y III). Otras comprobaciones suelen ser heréticas y, por esto, nocivas.

En nuestra época, quien quiera asomarse al misterio del ser humano habrá de poner la atención en los crucificados de nuestra época. Estos, más que otros, facilitan el acceso al Cristo resucitado que tendrá compasión de nosotros y nos liberará de nuestros prejuicios.

¿Quién se hace cargo de Humanae vitae?

La llegada del Papa Francisco al pontificado ha tenido un impacto evangélico enorme. Sus palabras y gestos indican de un modo inequívoco en qué consiste el mensaje de Cristo. Como latinoamericano celebro que haya apernado al más alto nivel la “opción por los pobres”. Pero temo que dentro de poco Francisco no podrá ya enfrentar asuntos decisivos. Me detengo en uno solo,

Se cumplieron 50 años de la promulgación de Humane vitae, la encíclica que prohibió la contracepción, y no pasó nada. La institución eclesiástica no ha innovado en su doctrina sobre la sexualidad en un punto decisivo para enseñar con autoridad. ¿No pasó nada? Sí pasó: se ha hecho aún más profunda la incomunicación entre la jerarquía y los católicos. Pues, imperceptiblemente, la desautorización de la institución eclesiástica en materias de moral sexual es enorme. Hoy es total, o casi.

Los últimos cuatro papas –saquemos a Juan Pablo I- han mantenido una doctrina que nadie puede decir que haya sido recibida o aceptada por la Iglesia. Las informaciones previas al Sínodo sobre la familia (2015) indican que el 90 % de los católicos aproximadamente cree que se trata de una enseñanza equivocada. Algunos ni siquiera saben que existe y usan medios contraceptivos como quien toma decisiones responsables en su vida. En la actualidad los matrimonios no se complican con Humanae vitae. No por esto debe olvidarse tan rápidamente el daño que esta encíclica produjo en las católicas los años siguientes a 1968. Esta doctrina dinamitó la capacidad de las mujeres de decidir en conciencia cómo podían ellas, con, y a menudo sin sus maridos, hacerse cargo de los niños que habrían de educar. Muchas se fueron. Otras dejaron de confiar en el magisterio.

Humanae vitae, además de constituir un problema irresuelto –como bien opina Charles Curran en un artículo reciente (Theological Studies 79 (3) 2018)-, constituye el dique que impide a la jerarquía eclesiástica cambiar su enseñanza a propósito de otros temas de moral sexual. Si la encíclica prohíbe el uso de preservativos dentro del matrimonio y solo acepta actos sexuales abiertos a la procreación, ¿cómo pudiera orientar la vida de personas homosexuales, de los jóvenes que no toman la decisión de casarse antes de convivir, de gente que eventualmente puede trasmitir el Sida y otras situaciones? Hasta aquí ha sido pueril de parte de los obispos y sacerdotes dar autorizaciones ad casum o ad personam. Ellos se han atribuido a veces la responsabilidad de interpretar la encíclica o de saltársela simplemente, eximiendo a los católicos del deber que solo ellos tienen de discernir sus elecciones en conciencia.

¿Es posible que la Iglesia cambie su doctrina? Por supuesto que sí. Lo ha hecho. El Concilio Vaticano II innovó, por ejemplo, en materia de libertad religiosa. Desde entonces los católicos han favorecido la tolerancia en diversas partes del mundo, anunciando por doquier que Dios puede expresarse en las culturas y religiones más distintas, y que el cristianismo, en los hechos, no es mejor que ninguna de estas.

¿Por dónde comenzar? Primero, habría que desenterrar las obras de los moralistas que en su momento fueron sancionados. No se trata de rehabilitar sus nombres. Hicieron su trabajo intelectual por amor al ser humano y no por vanagloria. Segundo, habría que explicar –a creyentes y no creyentes- cómo entienden los cristianos que Dios continúe hablando en los acontecimientos históricos y cómo, esta comunicación histórica suya, debe ser formulada en términos culturales actuales.

La superación de Humanae vitae depende, ante todo, de que la institución eclesiástica aprenda de la Iglesia. De la Iglesia, y del común de los contemporáneos -aun de quienes no creen en Dios- que tratan de amar honesta y responsablemente.

llegada del Papa Francisco al pontificado ha tenido un impacto evangélico enorme. Sus palabras y gestos indican de un modo inequívoco en qué consiste el Evangelio. Como latinoamericano celebro que haya apernado al más alto nivel la opción por los pobres que ha caracterizado a nuestra Iglesia. Pero temo que dentro de poco Francisco no podrá ya enfrentar asuntos decisivos, pendientes de resolver en la Iglesia universal. Me detengo en uno solo

Se cumplieron 50 años de la promulgación de Humane vitae, la encíclica que prohibió la contracepción, y no pasó nada. La institución eclesiástica no ha innovado en su doctrina sobre la sexualidad en un punto decisivo para enseñar con autoridad. ¿No pasó nada? Sí pasó: se hizo aún más profunda la incomunicación entre la jerarquía y el pueblo de Dios. Pues, imperceptiblemente, la desautorización de la jerarquía en materias de moral sexual es enorme. Hoy es total, o casi.

Los últimos cuatro papas –saquemos a Juan Pablo I- han mantenido una doctrina que nadie puede decir que haya sido recibida o aceptada por el Pueblo de Dios. Las informaciones previas al Sínodo sobre la familia (2015) indican que el 90 % de los católicos aproximadamente cree que se trata de una enseñanza equivocada. Algunos ni siquiera saben que existe y usan medios contraceptivos como quien toma decisiones responsables en su vida. En la actualidad los matrimonios no se complican con Humanae vitae. No por esto debe olvidarse tan rápidamente el daño que esta encíclica produjo en las católicas los años siguientes a 1968. Esta doctrina dinamitó la capacidad de las mujeres de decidir en conciencia cómo podían ellas, con, y a menudo sin sus maridos, hacerse cargo de los niños que habrían de educar. Muchas se fueron. Otras dejaron de confiar en el magisterio.

Humanae vitae, además de constituir un problema irresuelto –como bien opina Charles Curran en un artículo reciente (Theological Studies 79 (3) 2018)-, constituye el dique que impide a la jerarquía eclesiástica cambiar su enseñanza a propósito de otros temas de moral sexual. Si la encíclica prohíbe el uso de preservativos dentro del matrimonio y solo acepta actos sexuales abiertos a la procreación, ¿cómo pudiera orientar la vida de personas homosexuales, de los jóvenes que no toman la decisión de casarse antes de convivir, de gente que eventualmente puede trasmitir el Sida y otras situaciones? Hasta aquí ha sido pueril de parte de los obispos y sacerdotes dar autorizaciones ad casum o ad personam. Ellos se han atribuido a veces la responsabilidad de interpretar la encíclica o de saltársela simplemente, eximiendo a los católicos del deber que solo ellos tienen de discernir sus elecciones en conciencia.

¿Es posible que la Iglesia cambie su doctrina? Por supuesto que sí. Lo ha hecho. El Concilio Vaticano II innovó, por ejemplo, en materia de libertad religiosa. Desde entonces la Iglesia ha tomado iniciativas de tolerancia en diversas partes del mundo, anunciando por doquier que Dios puede expresarse en las culturas y religiones más distintas, y que el cristianismo, en los hechos, no es mejor que ninguna. Los tiempos cambian y la doctrina debe ajustarse a las nuevas culturas pues, de lo contrario, no habrá cómo anunciarles el Evangelio.

¿Por dónde comenzar? Primero, habría que desenterrar las obras de los moralistas que en su momento fueron sancionados. No se trata de rehabilitar sus nombres. Hicieron su trabajo intelectual por amor a la Iglesia y no por vanagloria. Segundo, habría que encontrar en la teología de los signos de los tiempos el fundamento teórico para entender que la revelación es histórica, lo cual obliga a escuchar el habla de Dios en los nuevos acontecimientos, especialmente en la experiencia de los católicos que asumen seriamente su vida afectivo-sexual. La superación de Humanae vitae depende, ante todo, de que la institución eclesiástica aprenda de la Iglesia.

Los rebeldes renacen en Navidad

Jesús es un descubrimiento de personas que, antes y después de su muerte, siguieron a este judío notable y que, en los años sucesivos, lucharon por un mundo distinto convencidos de que su líder había resucitado. Estas personas, digámoslo así, reconocieron en un pesebre al Cristo que de algún modo esperaban. Los pastores, gente menospreciada en esa época, intuyeron que algún día Dios les haría justicia. Miraron al cielo para que se les indicara el lugar donde habrían de arrodillarse. Reconocieron en un niño pobre al Hijo de Dios. Se arrodillaron y lo besaron.

Estos días la Iglesia, antigua dos mil años, se arrodilla ante el mismo niño, pero en circunstancias completamente nuevas. Jesús renace. Como entonces, nuevamente habrá de reconocérselo. Unos podrán, otros no. Unos harán de pastores, de reyes magos, de María y de José, y otros posiblemente de herodianos.

Este año 2018 ha sido un año turbulento. ¿Dónde renace el Cristo que puede renovar a los cristianos tanto como a los que no lo son? La institucionalidad eclesiástica ha crujido en una Iglesia que se rebela. Los católicos no tolerarán los atropellos clericales. Junto a las víctimas, claman justicia por abusos sexuales, psicológicos y espirituales, sucesivamente encubiertos. Llegó para las personas abusadas la hora de la verdad y la justicia. Nunca debieron padecer los vejámenes con que fueron denigradas. Los católicos, y los chilenos en general, han crecido en humanidad y siguen humanizándose en tanto aguzan sus sentidos para cuidar a los inocentes y a las personas inermes, y van generando leyes, protocolos y conductas que los custodien.

Este mismo año, en Chile y otras partes del mundo, se han dado brotes de rebelión femenina/feminista que auguran otros progresos en los modos de tratarnos. ¿Cómo no va a ser un renacimiento que haya mujeres que se estén atreviendo a repudiar prácticas y normativas que las humillan o marginan por el solo hecho de ser mujeres? En la medida que esta rebelión cuaje en una cultura más incluyente e integradora los varones también mejoraremos.

Estos últimos meses, a casi 500 años de la conquista de la Araucanía, el pueblo mapuche resiste. Cristo renace. Los mapuche aguantan con una tenacidad centenaria la invasión occidental, chilena, religiosa, narco, estatal, forestal y progresista. El que afloja, pierde. Si nuestros hermanos mapuche mantienen alta la bandera del cultrún, el país llegará a entender que su cultura puede enriquecernos de un modo insospechado. Su rebelión contra las múltiples violencias que los aquejan, es asumida como propia por muchos chilenos.

¿Quién se arrodilla esta Navidad ante el pesebre?

Si Jesús renace, unos se inclinarán y otros no. Los papeles son los mismos. Pero Cristo no se repite. No se puede venerar al judío del siglo I y desconocer al Cristo del siglo XXI.

Araucanía sin forestales, ahora

La forestales son un gravísimo problema. No son el único problema. Pero si el gobierno no saca las forestales de la Araucanía, las soluciones a las otras muchas injusticias padecidas por los mapuche con la asistencia del Estado chileno pueden ser parches inútiles para un sangramiento de casi 500 años.

Las forestales no son el único problema: en los sectores pehuenches son las hidroeléctricas y las geotérmicas; en la costa, la industria pesquera y salmonera; en el lado argentino, el fracking con las petroleras.

Violeta Parra: “Chile limita al centro de la injusticia”.

No soy un experto en el tema. Pero de cuanto he podido preguntar, averiguar y estudiar, veo que en la Araucanía colisionan dos cosmovisiones antagónicas. El mapuche se sabe uno con la tierra y su entorno. Su mundo le pertenece y él pertenece a su mundo. Un único cosmos es dividido, repartido y compartido por seres que sintonizan, viven y mueren unos con otros. La violencia en él es una realidad e incluso una necesidad pero que, a fin de cuentas, beneficia a todas sus creaturas. El mapuche extrae de la naturaleza lo indispensable para vivir. No necesita acumular. El pueblo mapuche es pacífico mientras no quieran hacerlo esclavo. Aspira a una armonía social y cósmica.

La cosmovisión occidental de los chilenos, en cambio, es muy distinta. Es predominantemente moderna. El chileno, mezcla de muchas cosas, en la medida que representa en el territorio a la cultura de Occidente, desde el siglo XIX en adelante, ha despojado al pueblo mapuche de sus tierras con malas artes. No son la avaricia y la voracidad sin medida características de la modernidad, pero estas plagas se alimentan de la visión cartesiana del mundo de acuerdo a la cual la naturaleza es “res extensa” a disposición del ser humano, el dueño del universo. Hasta hace poco esta manera de ser humanos parecía la cúspide de la humanidad. Pero, desde que comenzamos a padecer la catástrofe ecológica en curso, el pueblo mapuche y tantos otros pueblos originarios en diversos lugares del planeta que también ha debido sufrir usurpaciones y genocidios nos enseñan otras maneras de convivir, no completamente exentas de barbarie, pero en muchos aspectos más sabias que las occidentales.

Del conflicto cerrado entre estas dos cosmovisiones resulta que, lo que Chile ofrece como desarrollo, el Movimiento mapuche lo percibe como invasión. El Pueblo mapuche quiere desarrollo, pero aprecia la lucha de los sectores más extremos en defensa de su dignidad originaria.

El caso es que durante el régimen militar las forestales invadieron el cosmos mapuche. Entraron en su territorio con una violencia que la oligarquía nacional no pudo advertir porque tuvo, y tiene, otra visión de mundo. Arrasaron con las plantaciones nativas, rajaron las tierras, metieron pinos, álamos y eucaliptos. No repararon en la cantidad de insectos, de aves y de mamíferos que murieron por su culpa. La industria de la madera se apoderó de las aguas. Secó las napas. Contaminó. Entraron y salieron de la Araucanía, metieron plata y sacaron más plata, y hoy se quejan de falta de protección a sus camiones.

¿Camilo Catrillanca? Otro asesinato.

El Plan Araucanía del gobierno promete a los mapuche reconocimiento como pueblo. Bien. Promete algún tipo de cuota para la participación política en las cámaras. Bien. ¿No podría mejor ofrecer alguna manera de reconocimiento político colectivo? El Plan promueve una serie de avances que deben ser valorados como pasos adelante. La motivación profunda es la búsqueda de la paz. ¿Es esta una motivación honesta? Me llama la atención este texto: “Es imperioso enfrentar en todas sus facetas la situación de La Araucanía y especialmente la del pueblo mapuche, buscando soluciones basadas en el diálogo, la reparación, el reconocimiento, el progreso y el respeto al Estado de Derecho”.

Pero el Plan no menciona entre las facetas a las forestales. Ni una sola vez en todo el documento se habla de ellas. ¿Por qué no? Sigue: “Ello no obsta a exigir que todo proceso de diálogo, tenga como prerrequisito una renuncia explícita a la violencia de todas las partes involucradas”. Pregunto: la invasión de las forestales, ¿tendría también que cesar para que el diálogo comience?

El Plan busca la paz. Excelente. Pero si el gobierno no hace nada por sacar las forestales del Wallmapu (territorio mapuche), habrá buenas razones para pensar que el Plan no es otra cosa que una versión rediviva de la Pacificación de la Araucanía comandada por Cornelio Saavedra con pólvora y sables, una acción política y militar salvaje, e indesmentible.

“Arauco tiene una pena”. Y las forestales, ¿pudieran tener alguna? No se puede excluir que estas planifiquen una retirada voluntaria de un territorio que no les pertenece. Bueno sería que el gobierno colabore en esta tarea, que la agencie, además de retirar las tropas.

Arauco tiene más de una pena y muchos chilenos, que no somos mapuche, también. Habremos de lamentar, por lo mismo, que el uso de la violencia para conseguir los propios objetivos, mecanismo reempleado por la industria maderera desde hace 40 años, salte del campo a la ciudad. Está sucediendo. No debiera continuar. La paz en la Araucanía, la armonía cósmica que los occidentales comenzamos a anhelar, requiere que las forestales cesen una ocupación que ha comenzado a hacer pasar los ánimos del amarillo al rojo.

Suicidio eclesial

El uso de la palabra Iglesia está llevando a los católicos al suicidio. La institución eclesiástica, principalmente los obispos, pero también los curas, cuando hablamos de la Iglesia lo hacemos para referirnos a nosotros mismos. Los laicos, por su parte, embisten contra “la Iglesia” cuando critican a la jerarquía eclesiástica. Pero la Iglesia son los bautizados y bautizadas, los cristianos en general, incluidos quienes pertenecen a otras iglesias. No puede decirse que el cristianismo esté en crisis de la misma manera que lo está la institución eclesiástica.

Parte importante del problema que vive hoy la Iglesia católica es haber olvidado la jerarquía católica su misión de servicio a la humanidad. Lo recordó el Papa a los obispos chilenos. Dejaron de ser profetas, les dijo, se pusieron al centro cuando el centro siempre ha debido ser el Cristo que ama a los que nadie ama. Pero lo que no se ve -precisamente porque suele ser callado y humilde como el cristianismo auténtico- son las innumerables organizaciones e iniciativas de tantísimos católicos en favor de los ancianos, los niños sin hogar, los adictos, las embarazadas adolescentes, los presos hombres y mujeres, la educación gratuita de los más pobres, los enfermos de todo tipo, los migrantes, la gente cuyo hogar es la calle y otras personas que sufren; son las comunidades cristianas en las que personas sencillas comparten sus vidas, comienzan a celebrar eucaristías de otras maneras y crean nuevos apostolados. ¿Quién pudiera decir que, a este respecto, la Iglesia es innecesaria? Si usáramos la ficción para imaginar un país sin cristianismo, nos quedaría un Chile ciertamente con muchos logros de generosidad, pero más triste.

El Papa Francisco sopla en esta dirección. Su opción preferencial por los pobres confirma la intuición mística de la Iglesia latinoamericana que, desde la conferencia episcopal de Medellín (1968), no cesa de proclamarla. “Cuanto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, proclamó años atrás Francisco, dejando claro por dónde iría. Por lo mismo algunos quieren defenestrarlo. Pero el Papa solamente inspira cambios. No los realiza. Ha debido reformar la curia romana que tiene asfixiadas a las iglesias de los diferentes continentes, pero a estas alturas parece que ya no lo hizo. Los esperados cambios estructurales no llegan. Ejemplo: se acaba de aprobar un documento titulado Veritatis gaudium que le da todavía más poder a la Congregación para la Educación Católica en la gestión de las facultades de teología. Mala noticia para la catolicidad de la teología: más miedo, menos creatividad.

¿Qué alternativa queda a los católicos, cristianos que vagan como zombis en busca de reconocimiento? ¿Cuánto más resistirán sin autoridades que representen la unidad de la Iglesia a la que pertenecen? Una institución eclesiástica a la altura de los tiempos puede tomar décadas en reconstituirse, ¿o siglos? Por de pronto, los católicos debieran usar con más cuidado la palabra Iglesia. Reservarla para aquella comunidad de comunidades con que Cristo quiso acoger a los desamparados. Y, sobre todo, usar menos tiros contra una institución anacrónica que se derrumbará sola y más tiros en combatir los abusos de poder, los crímenes sexuales se den donde se den, la discriminación de la mujer, la humillación de la dignidad humana y la catástrofe ecológica en curso.

San Romero de América

Romero 4El Papa canoniza a Mons. Óscar Arnulfo Romero. Francisco reivindica a la “Iglesia de los pobres”.

El obispo Romero ha sido llamado “San Romero de América”. La Iglesia de los pobres latinoamericana se adelantó a la Santa Sede, llamándolo así. Esta, sin embargo, no se ha hecho problema con esta anticipación. Se trata de un hombre grande. Gigante, porque evoca de un modo impactante a Jesús de Nazaret, el primero de los mártires cristianos.

Romero se convirtió al Dios de los pobres. La imagen de Dios de su bautismo y de su formación presbiteral cambió, adquirió nuevas características en la misma medida que el obispo se comprometió más y más con la suerte del pueblo salvadoreño. Lo trastocó el martirio de su amigo sacerdote Rutilio Grande. Lo transformó Puebla, la conferencia episcopal que formuló la “opción por los pobres”. Existía en Romero esa apertura espiritual a la realidad que solo se da en las personas que aman la verdad y están dispuestas a dejarse afectar por los acontecimientos históricos.

Romero fue un mártir de la fe cristiana en cuanto mártir de la justicia. Representó en carne propia a un pueblo mártir: pobres, campesinos, miles de oprimidos y asesinados en una sociedad salvadoreña tremendamente desigual e injusta. Impresiona que le hayan metido un balazo en el corazón justo cuando alzaba la hostia en la consagración eucarística. Más debiera impresionar un hombre que corrió el riesgo, en tiempos de extrema violencia, de ser la “voz de los que no tienen voz” y que haya “resucitado en la lucha de su pueblo” (cómo él mismo dijo que haría).

La Iglesia popular de América Latina ha “canonizado” a Romero antes de su canonización oficial, porque nadie la representa mejor. Con Óscar Romero se reivindica a las comunidades de base. Esta ha sido la Iglesia de la conferencia de Medellín (1968) y de Puebla (1979), de las conferencias episcopales que acompañaron a sus pueblos en tiempos de dictadura y de persecución; ha sido la Iglesia de las monjas de población, de los curas obreros y de los catequistas que apenas sabían leer y escribir; de las misas en las que la gente con la Biblia en las manos entendió la palabra de Dios a partir de su vida y viceversa; la Iglesia de las ollas comunes, de la canastas de ayuda fraterna y de los vía crucis de la solidaridad; la Iglesia de la Teología de la liberación, la única reflexión cristiana que ha tenido el coraje de hacerse cargo de la experiencia latinoamericana de Dios.

El Papa canoniza al representante latinoamericano de la Iglesia que él mismo quiere que sea “pobre y para los pobres”. Este ha sido el resultado final del proceso que Francisco comenzó con desbloquearlo. Pues hubo eclesiásticos, es lamentable, que bloquearon que su causa avanzara. Perdieron. Ganó la Iglesia.

 

La Iglesia empujada al fedeísmo

La crisis detrás de la crisis. Este puede ser también el título de esta columna. La crisis provocada por los abusos sexuales de algunos clérigos en la Iglesia Católica es la expresión sórdida de otra profunda crisis, a saber, la del divorcio entre la institución eclesiástica y el Pueblo de Dios (todos los bautizados y bautizadas). Estos abusos tienen varias causas, por ejemplo, la pedofilia. Pero como bien señalan la Royal Comisión australiana (2017) y el Forschungsprojekt sobre esta materia de los alemanes (2018), la institucionalidad eclesiástica católica los facilita.

Después del esfuerzo del Concilio Vaticano II (1962-1965) de dialogar con la modernidad, los sectores predominantes de la jerarquía eclesiástica frenaron este notable intento. De esta manera, además, hicieron caso omiso de la condena del fideísmo del Concilio Vaticano I (1870). Este error teológico, una verdadera herejía, consiste en creer lo que se imponga creer con sacrificio de la razón, de la razonabilidad y de la racionalidad. En otras palabras, especialmente en los últimos 50 años, se ha demandado de los fieles católicos la llamada vulgarmente “fe del carbonero”, con penosas consecuencias.

Resultado: los cristianos católicos han sufrido al extremo de sus posibilidades no poder vivir su cristianismo de acuerdo a los estándares culturales de su época. Segundo resultado: la jerarquía eclesiástica ha perdido ascendencia sobre ellos. Hasta hace poco, estas hacían como si mandaran. Los fieles, por su parte, hacían como si obedecieran. Desde hace un rato, en cambio, el foso de incomunicación e incomprensión se ha ensanchado a un grado que comienza a dar lo mismo todo. Las autoridades, gravemente desautorizadas, contemplan como las aguas vuelven a sus cauces a pesar suyo o en su contra: los cristianos comunes integran fe y razón porque, de lo contrario, dejarían de ser cristianos o se deshumanizarían.

Los campos del fideísmo son tantos como los modos de ser cristianos. El más típico, y que ha hecho mucho daño, es el doctrinal. El ícono ha sido la encíclica Humanae vitae que prohibió el uso de los métodos artificiales de control de natalidad. En la actualidad, hace justo 50 años de su publicación, prácticamente ninguna católica sigue esta doctrina. Otro ejemplo: hoy, casi nadie entiende por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes.

En las circunstancias actuales, el fideísmo se manifiesta en el mismo clero. La preparación de nosotros los sacerdotes para integrar fe y sexualidad (como ha señalado Oscar Contardo en nuestro medio), es deficitaria. ¿Qué harán los seminarios para formar gente que sepa, a lo largo de su vida, aprender a relacionarse con los demás con acercamientos y distancias que les permitan a estos y a ellos mismos realizarse como seres humanos normales?

En lo inmediato, el fideísmo más ruidoso es el clericalismo. El modo de estructurarse, de organizarse y de ejercerse la autoridad en la Iglesia es fideísta porque no está a la altura de los logros civilizatorios de la modernidad que, en esta materia, ha inventado mecanismos varios para controlar el poder. El Papa ha denunciado a diestra y siniestra que este es un problema gravísimo. Pero el mismo Francisco le ha pegado un manotazo a Cristián Precht y otro a Fernando Karadima sin dar explicación de su acto. La explicación local ha sido que el Santo Padre puede ejercer su poder de un modo inmediato sobre cualquier cristiano y hacerlo de modo inapelable.

El panorama es malo. La institución eclesiástica no se reforma. No se pueden desarrollar los cristianismos europeos, americanos, africanos, oceánicos o asiáticos mientras la sede romana pretenda gobernarlos a todos por parejo, sin tener en cuenta las diversidades culturales. Esta exclusión cultural, la marginación de la mujer, la concentración del poder del clero entre otros déficit tienen como causa una institucionalidad anacrónica reticente a los cambios.

¿Qué queda a los católicos por delante? Dos posibilidades: una, dejar la Iglesia por haberse convertido ella en un ámbito tóxico. Otra, por la cual yo apuesto: resistir, rebelarse si es el caso y recrear la novedad del Evangelio.

No será nuevo que los cristianos continúen preocupándose de los pobres como lo han hecho por dos mil años. Tampoco será nuevo reunirse en comunidades en las cuales se pueda compartir la vida y celebrar la fe. Sí lo será inventar nuevas maneras, conforme cambia la cultura, de articular fe y razón, de testimoniar en los tiempos por venir, de que el amor, el amor al modo inteligente y radical como Jesús lo entendió, es el secreto de la humanización.

Hoy, a 30 años del No

¿Cuál es el asunto? Es fácil engañarse. Caben dos posibilidades. Una, fijar los ojos en el plebiscito y quedar vueltos hacia atrás. Otra, decidir hoy qué hacer con el país.

La primera opción tiene, a su vez, dos variantes. Podemos defendernos: “el 5 de octubre de 1988 voté sí, porque…”. O, en cambio, podemos enrostrar a los que votaron “sí” por haber apoyado a la dictadura; y vanagloriarse de haber votado “no”.

La segunda opción es decidir hoy qué país queremos. Pues, los que triunfaron o perdieron, a 30 años de distancia, pueden equivocarse en el presente. La historia no está cerrada. Quienes apoyaron la prolongación del régimen de Augusto Pinochet por ocho más, tienen que preguntarse este viernes 5, con toda la información que tienen de lo ocurrido, tras haber educados hijos e hijas estos últimos años, cómo pudiera justificarse haber hecho de la tortura una política pública entre otras barbaridades.

Hoy, en realidad, importa menos si estos se equivocaron. Cuenta, por el contrario, si tienen la honestidad para cambiar y reconocer que la vida de cualquier ser humano tiene un valor eterno. Alguno, por el contrario puede no creer en el arrepentimiento de sus enemigos. No aceptará que los que votaron “sí” puedan hoy “darse vuelta la chaqueta”; no les reconocerá que hayan podido convertirse al respeto de los derechos humanos. Mal. Así no avanzamos.

Los perdedores y los ganadores del plebiscito tienen algo nuevo que aportar 30 años después. Pero no podemos descartar que nos repitan siempre lo mismo. Este disco tiene dos lados. Uno o los dos puede(n) estar rayado(s).

El asunto es que los perdedores de 1988 contribuyan a forjar un país mejor, reconociendo con humildad que los familiares de los detenidos desaparecidos, qué aún buscan los huesos de sus deudos, han obligado al país a crecer en humanidad. Los votantes del “sí”, sí pueden hoy, también ellos, luchar por la dignidad de todos los seres humanos.

Por el contrario, los vencedores del “no”, contra todas las apariencias, pueden envilecerse. Lo harán cada vez que condenen a sus adversarios de por vida, negándoles precisamente la posibilidad de reconciliarse con ellos, en caso que busquen esta reconciliación sinceramente, con ánimo de verdad y justicia. Los vencedores del “no” pueden invocar su triunfo como un pasaporte para eximirse de culpas pasadas y futuras. Harán bien en compartir la suerte de las víctimas que esperan un “nunca más”; pero se equivocarán si piensan que, por ponerse del lado de las víctimas, tienen la razón en todos los ámbitos de la vida.

Lo que está en juego hoy, a 30 de la gesta del “no”, es celebrar una lucha que nos condujo a la democracia y reconocer un lugar en esta, después de muchos años, a todos quienes creen que el respeto de la dignidad humana es la primera piedra de la convivencia humana y de cualquier régimen político.

Una precisión final y termino: no se trata de olvidar lo que ocurrió el pasado. Pues solo el recuerdo de la pasión de las víctimas, una memoria passionis, puede asegurar en el tiempo el reconocimiento de derechos que están más allá de las diferencias políticas.

Criterios para reparar la Iglesia

La actual crisis de la Iglesia no tiene precedentes. Es muy profunda. Ella se deja ver en el dolor, desconcierto, indignación y vergüenza por los abusos sexuales del clero, sus procedimientos inadecuados y sus sistemáticos encubrimientos. Tras la actual crisis, hay también otra crisis. Hace muchos años que los católicos experimentan distancia e incomunicación con sus sacerdotes y, especialmente, con sus obispos. Esta y aquella crisis obligan a hacer cambios decisivos para que la Iglesia, como espacio de encuentro y comunidad, continúe colaborando en la misión de Jesús.
En lo inmediato, algunos católicos y católicas pueden buscar orientaciones que les consuelen y les ayuden a discernir qué hacer como seguidores de Jesús. Ante ello quisiera compartir algunas reflexiones para pasar estos momentos tan difíciles y contribuir a animarlos a participar en una profunda reconstrucción de la Iglesia que muchos soñamos y esperamos.

Nuestras raíces

• Los cristianos, desde un punto de vista teológico, somos Jesús para la Iglesia y la Iglesia para Jesús. Somos Pueblo de Dios. Hemos de colaborar con Jesús a levantar a la Iglesia y, por otra parte, como integrantes de la Iglesia, esperamos ser aliviados y sanados por Jesús. La actual crisis de fe es también una crisis de fidelidad. No podemos abandonar el barco. Sería como olvidarnos unos de otros. El Espíritu Santo debiera activar la fidelidad del amor de Dios con nosotros y entre nosotros.
• La razón de ser de la Iglesia es proseguir la misión de Jesús. La crisis de la Iglesia se debe en buena medida a que la jerarquía eclesiástica se ha centrado en sí misma. Ella no debiera existir para reproducirse y prologar su existencia a lo largo de los siglos. Jesús la necesita para que el reino de Dios llegue especialmente a la gente más necesitada de amor, de justicia, de cuidado, de consuelo y de perdón.
• La Iglesia pertenece a la eternidad. La Iglesia no es una ONG que, cumplida una tarea o escasa de fondos, cierra sus oficinas. Los cristianos creemos que nuestra pertenencia eclesial nos permite ya ahora vivir como si esta vida tuviera un valor eterno. El misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en el cual la Iglesia tiene su origen, constituye la fragua en la que los cristianos forjan sus vidas. Nada ni nadie eximió a Jesús de los padecimientos que le impusieron. Su triunfo pascual no nos ahorrará sufrir lo que estamos pasando, pero debiera hacernos creer y darnos fuerzas para luchar por una Iglesia mejor de la que somos.
• Los cristianos nada sabríamos de Jesús si la Iglesia no nos hubiera transmitido la experiencia que tuvo de él antes y después de su muerte. La Iglesia es la única foto que tenemos de Jesús. Esta foto tiene dos mil años. Está ajada. Pero gracias a esta Iglesia vieja y decadente en muchos aspectos, los cristianos gozamos de una pertenencia milenaria. Ser parte de una gran tradición es algo hermoso. Y, sobre todo, constituye para nosotros un acervo de experiencias, de ensayos y errores, de conocimientos que alguna vez sirvieron y que hoy son útiles para hacer comparaciones, en suma, numerosos intentos por haber querido ser humanos como Jesús pudo serlo. Esta tradición para nosotros hoy, constituye un criterio fundamental para discernir por dónde seguir. Sin tradición la creatividad es imposible.

¿Qué hacer frente a la crisis?

• Fijar los ojos en Jesús y su Evangelio. Él tiene que hacerse cargo de nosotros, sus hermanas y hermanos.
• En los momentos de las grandes agitaciones de la vida nunca es bueno impacientarse, desesperarse y cambiar nuestras decisiones más profundas. Ahora más que nunca es necesario mantener la calma. Hoy es muy importante perseverar.
• El actual momento de crisis requiere reunirnos y avanzar con los demás. Se nos abre una posibilidad. No estamos solos. Es necesario rezar unos con otros y unos por otros. Asimismo, conviene hacernos responsables de los más frágiles: animarlos, informarlos con la verdad pero sin alarmarlos, ayudarles a dar los pasos que un cristiano debiera dar en las actuales circunstancias. Es fundamental sentirnos Iglesia y hacernos responsables de ella.
• No supeditar la permanencia personal en la Iglesia a la actuación de la jerarquía eclesiástica. Tampoco podemos hacerla depender de las transformaciones que esta debiera realizar. Los cambios que se necesitan son tan grandes que tomarán años en darse, si se dan. Entre tanto, no tenemos excusa para practicar la hermandad entre nosotros y tratar de hermanar este mundo.
• Analizar y tratar de entender en qué consiste la crisis de la relación entre la institución eclesiástica y los cristianos. El problema es suficientemente grave como para pensar que tendremos que crear algo verdaderamente nuevo.

Criterios de acción para abordar los problemas inmediatos

• Orar y dialogar más que en otras oportunidades.
• Ponerse en el lugar de las víctimas de abusos del clero. Identificarse con ellas. Acompañarlas y ayudarlas si se da la posibilidad. Imaginar el futuro de la Iglesia desde su punto de vista.
• Rezar por las personas que perpetraron crímenes y abusos, y por las autoridades eclesiásticas indolentes o encubridoras, para que se hagan responsables de lo sucedido y reparen cuanto antes a sus víctimas.
• Orar por las autoridades de la Iglesia que no han cometido ningún acto ilícito y que actualmente se esfuerzan en hacer justicia y reparar los daños producidos; orar y ayudar a los sacerdotes que se encuentran tan dolidos, indignados y perplejos como el conjunto de los laicos.
• Hacer examen de conciencia. En la actual crisis eclesial ha habido pecados de muy diversa índole. Es importante tomar conciencia y pedir perdón por la culpa que cada uno pudiera tener en la situación de la Iglesia.

Criterios para recuperar el rumbo perdido

• Volver al modo de Jesús. Identificarnos y acercarnos a los pobres: encarcelados, adictos, cesantes, niños abandonados, enfermos, ancianos, gente que no tiene los bienes fundamentales. Algo podemos hacer por ellos para que sepan que Dios los ama.
• Crear nuevas comunidades, y cuidar y fortalecer las que se tienen. El modelo pueden ser las primeras comunidades cristianas (Hechos 2, 42- 47).
• Crear nuevas maneras de celebrar la fe. La eucaristía es la forma eximia de fiesta de agradecimiento a Dios. Ello no impide que los cristianos inventen nuevas celebraciones eucarísticas para leer la Palabra, comer, compartir y pedir juntos. La participación de todos en ellas –diría el Concilio Vaticano II- debe ser la clave. Hoy se hacen necesarios nuevos modos reunión litúrgica porque cada vez faltan más sacerdotes o porque el clericalismo de muchos de ellos les hace incapaces de acompañar comunidades.
• Mostrar con nuestro testimonio por qué somos cristianos y por qué nunca dejaríamos de serlo.
• Apoyar las iniciativas de otras personas que encaminen la llegada del reino de Jesús. Hay actividades y agrupaciones organizadas por personas no católicas que agradecerían talvez nuestra ayuda.

Jorge Costadoat S.J.