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Respuesta al Cardenal Medina

Días atrás, en carta a El Mercurio, el Cardenal Jorge Medina sale en defensa de la institución eclesiástica. Él diría defensa de la “iglesia”. Pero leída la columna con atención, se descubre que se refiere a la institución y no al Pueblo de Dios en su conjunto.
No estoy de acuerdo con aquel uso de la palabra “iglesia”. Tampoco estoy de acuerdo con la columna de Jorge Medina. Comentaré algunas de sus ideas.
A propósito de la gravísima situación de la Iglesia chilena, el cardenal dice: “Amplificar indiscriminadamente las deficiencias y conductas ciertamente reprobables y sacar conclusiones generalizadas de hechos, por desgracia verdaderos y graves, si bien puntuales, aunque hayan sido reiterados, sería dar muestras de una lamentable señal de poco amor a la verdad e incluso de superficialidad”. Estoy de acuerdo con él en que “amplificar”, agrandar, exagerar, es señal de “poco amor a la verdad e incluso de superficialidad”. Lo es siempre y podría serlo en el caso en que estamos. Podría serlo, digo, porque día a día los católicos descubrimos que es todavía más grave lo que nosotros, sacerdotes y obispos, hemos hecho por ocultar lo ocurrido. El asunto hoy, no es lamentar las exageraciones sino celebrar con las víctimas. ¡Por fin se les hace justicia! Sin embargo, el cardenal Medina no dedica ni una sola palabra de amor compasivo a las víctimas. Lo único que le importa es la defensa de la institución.
Otro asunto. El cardenal aplaude que el actual pontífice se cuente entre quienes quieren acrecentar la fidelidad al Evangelio: “En esa línea se inscribe por cierto el actual Papa Francisco, con su personal estilo”. ¿A qué estilo se refiere Monseñor?
Nada dice. Lo diré yo. Este papa, en el caso chileno, ha cometido varios errores. Su estilo, bastante “porteño”, suelto de lengua, ha ofendido a la iglesia de Osorno y a las víctimas de los abusos sexuales, de conciencia y espirituales. Pero les ha pedido perdón. ¿Qué papa pide perdón? Una cosa es hacerlo por los pecados de los papas anteriores, como se hizo por el trato que se dio a Galileo. Pero que un papa pida perdón por sus propios errores es inaudito. Este ha de ser recordado como un gesto que, además de porteño, es típicamente cristiano.
En Chile a nosotros los eclesiásticos, debe recordárselo, se nos critica por el estilo. ¿Quién de los obispos dice lo que piensa? En esto Monseñor Medina sí es una excepción. Los demás, talvez por miedo a las cartas que el cardenal manda a Roma denunciando a medio mundo, se expresan con sumo cuidado. Estos usan palabras alambicas para nunca decir lo que realmente piensan. Es cosa de ver la televisión. Pocos prelados responden a lo que se les pregunta.
A muchos nos gusta el estilo de este papa. Habla sin papeles. Busca y encuentra palabras, unas más felices que otras, para comunicar el Evangelio tal como Jesús hubo de ingeniárselas para anunciar el reino de Dios. Por hablar claro se le vinieron encima. Jesús, con sus parábolas y su piedad con el ser humano caído, minó la religiosidad de entonces. Este papa, cuando habla con la libertad de Jesús, cuando dice una cosa y no teme equivocarse y recular, genera libertad en el Pueblo de Dios para que todos los demás digamos lo que pensamos y ensayemos nuevas vías para ser cristianos.
Los católicos chilenos hemos vivido intimidados por muchos años. Hemos padecido el estilo de una generación de obispos preocupados por su ubicación en la constelación eclesiástica. El estilo de este papa, espero, hará que los obispos futuros, en vez de mirar “hacia arriba”, a gente más importante, miren hacia “el lado”. El Concilio Vaticano II estableció que el bautismo ha de ser el piso de las relaciones entre los cristianos. Somos hermanos y hermanas. Jesús lo pidió: “no llamen a nadie padre”. ¿Por qué a unos se les llama “eminencia reverendísima” o “monseñor”? Su Padre, entendía Jesús, habría de hermanar a todos los seres humanos.
Otra afirmación del Cardenal Medina también merece un comentario: “No sería acorde con el amor a la verdad negar la existencia de hechos graves y debidamente comprobados, que han tenido como autores a personas que desempeñaban ministerios eclesiásticos, pero sería dar muestras de una fe muy poco madura sacar de ahí la errónea conclusión de que la Iglesia haya perdido toda autoridad o credibilidad”.
Sí y no. Si por iglesia entendemos al Pueblo de Dios, es equivocado afirmar que ella “haya perdido toda autoridad o credibilidad”. ¿Cuándo las víctimas católicas de los abusos del clero habían tenido tanta autoridad? Debiera emocionarnos. Las víctimas se han atrevido a hablar. Los medios de comunicación, a Dios gracias, les han puesto un micrófono. El resto de los católicos que se han sumado en su defensa también tienen autoridad. El dolor de la iglesia chilena hoy es indecible. Es un dolor creíble. La fuente de la autoridad, no se puede olvidar, es la credibilidad.
Pero Jorge Medida cuando se refiere a “la iglesia” está pensando en la institución eclesiástica. Esta, ¿no ha perdido “toda autoridad”? ¿Es creíble? Ciertamente no todos los curas somos abusadores. Conozco tantísimos que no lo son. La iglesia que comienza su reconstrucción encontrará ciertamente curas que acompañarán a sus comunidades con humildad y espíritu de servicio. Pero hoy los clérigos, en general, somos sospechosos. Los obispos, uno tras otro, van cayendo como palitroques. Duele verlo, pero es verdad.
Duele, pero también, bajo otro respecto, nos produce alegría. Estamos cada vez más cerca de la iglesia en la cual quedó estampado Cristo. Los cristianos creemos en la Iglesia que creyó en Jesús. Ninguno de nosotros ha creído o podría creer directamente en Cristo. La iglesia es la única foto que tenemos de él. Para reconocerlo a él, disponemos de los recuerdos heredados por la Iglesia, comenzando por los evangelios que ella misma escribió. Si el día de mañana la gente deja de creer en Cristo por culpa nuestra, les quedarán unos textos que tienen dos mil años de antigüedad redactados por cristianos no muy distintos de nosotros.
Termina el cardenal: “No está de más recordar, en toda circunstancia, que ‘todo coopera al bien de los que aman a Dios’ (Rom 8, 28), verdad que la sabiduría popular tradujo en el refrán que ‘Dios escribe derecho sobre líneas torcidas’”.
Sí y no. Estoy de acuerdo con el Cardenal Medina en cuanto el testimonio del Evangelio pasa por testigos como nosotros, mediocres, pecadores, inverosímiles. Nada engaña más acerca de Dios que el puritanismo. Pero, usada en este contexto, la frase popular citada por el cardenal funge de auto-absolución de una institucionalidad que no da para más. Esta suerte de auto-perdones de los eclesiásticos -bien vale subrayarlo- exasperan al pueblo creyente que en las últimas décadas ha sido maltratado por su manera de entender la vida afectiva y sexual, revelándose últimamente que el problema, a este propósito, lo teníamos nosotros los consagrados.

La iglesia chilena necesita cambios mayores

El Papa ha escrito una larga carta a los católicos chilenos (31.05.18). Pone al descubierto los mecanismos que han facilitado la perpetración de abusos de diversa índole, contra diferentes tipos de personas, y denuncia los modos de encubrimiento de faltas y de crímenes.
Pero hay algo más. El Papa hace un llamado a que los chilenos sean protagonistas en su Iglesia. Quiere que vayan incluso más lejos de lo establecido. Echa las bases de una renovación eclesial que puede llegar a ser formidable. Francisco apela a la imaginación. ¿Debieran atreverse los chilenos incluso a sobrepasar algunas normas de organización de la Iglesia? Sí, parece que sí.
Pero la Iglesia chilena está muy golpeada, desconcertada y con pocas fuerzas para reaccionar. Los católicos chilenos se sienten defraudados de nosotros, la institución eclesiástica que por años no los ha considerado. Esta, a su vez, tendrá que recuperar la autoridad perdida. La convocación del Papa a los obispos para reunirse con ellos en Roma los dejó por el suelo. El episcopado chileno está KO y el resto del pueblo cristiano sumamente mareado.
Aun así, los católicos chilenos recogeremos el guante. Pero pedimos ayuda al mismo Francisco porque hay asuntos cuya resolución no dependen de nosotros. ¿Sería posible para la Iglesia chilena, de un día para otro, comenzar a ordenar mujeres? ¿Mujeres sacerdotes? Son varios los asuntos que deben ser resueltos al más alto nivel. Si no se lo hace, la Iglesia chilena sucumbirá mañana o pasado mañana.
Por cierto, el tema número uno es la participación de las mujeres. Si no son incorporadas en las instancias de mayor responsabilidad eclesial, allí donde se toman las decisiones, las nuevas generaciones se descolgarán para siempre. Reservar el ejercicio del poder, la orientación y el cuidado de la iglesia solo a los varones, para la actual generación que cree en la igual dignidad de los géneros, resulta intolerable. Ni hombres ni mujeres lo soportan. En Chile hoy no se puede alabar a la mujer, hablar del “genio femenino”, para luego decir que Jesús prefirió un consejo masculino de ministros. La situación de las mujeres en la iglesia es un pecado. Nosotros haremos todo lo posible para darles más participación. Pero el Papa tendrá que hacer también lo suyo. Urge que vaya al tema a fondo. ¿No podría convocar a un sínodo sobre las mujeres y de mujeres?
El tema número dos son los actuales presbíteros. Su formación es lamentable. Lo primero que hacen los seminarios es desclasar a los jóvenes (cuando son pobres). En seguida, se les insufla un tipo de teología inmune a los signos de los tiempos y a las vidas reales de las personas. Tercero, se los romaniza. Por último, se los sacraliza. Cumplido el proceso de desarraigo de su humanidad, se los envía a predicar el Evangelio. ¡El Evangelio! Fatal. ¿Cómo no se dan cuenta los cardenales de los dicasterios romanos que sus instrucciones para formación sacerdotal forman personas cada vez más alejadas de Jesús? Estas normativas rigen a los centros de formación y facultades de teología haciendo daño, en lo inmediato, a los mismos seminaristas; y, poco después, a los fieles que, a futuro, tendrán que padecer su clericalismo. Francisco, en su última carta, hace referencia a la necesidad de renovar los estudios eclesiásticos. Es indispensable que él mismo exija a sus colaboradores romanos más estrechos que introduzcan modificaciones mayores a la formación del clero.
En fin, Francisco debiera fomentar el desarrollo autónomo de la Iglesia Latinoamericana. Solo tiene futuro una Iglesia Católica policéntrica. El centralismo romano está impidiendo en todas partes del mundo que surjan iglesias regionales con características culturales peculiares. La misma papolatría, de los pontífices y del resto de los católicos, ha impedido este surgimiento. Para que se cumplan los deseos del Papa Francisco expresados en su audaz carta a los católicos chilenos, es fundamental que él dé un, dos y tres pasos atrás y deje a la Iglesia latinoamericana organizarse a sí misma. La Iglesia latinoamericana requiere libertad para anunciar el Evangelio en sus propios códigos culturales. Para que los chilenos puedan participar protagónicamente en la reconstrucción de su iglesia, Francisco tendría que reconocer autoridad a la Iglesia latinoamericana para que se organice con mayor autonomía. Esto no garantiza que surja entre nosotros una iglesia menos clerical, europea y romanizada que la que tenemos. Pero si el Papa nos pide una cosa pero no nos ayuda a conseguirla, apura nuestro fracaso. Agudiza la desautorización de nuestros obispos ante el Pueblo de Dios y acelera su derrumbe.
La Iglesia chilena necesita urgentemente que el Papa introduzca cambios claves en la doctrina, la estructuración y el gobierno de la iglesia universal. Sola, por más que bracee, se hunde. La mar está demasiado agitada.

Participación de los laicos en la elección de los obispos

Osorno es más que Osorno. La resistencia de los osorninos al nombramiento del obispo Juan Barros, es representativa del rechazo de muchos católicos chilenos que se sienten alejados de una elite eclesiástica que perdió el contacto con sus vidas. La negativa de una diócesis pequeña a la imposición de un obispo que no quiere, además de un ejercicio de un derecho, corresponde a una correcta concepción de la iglesia como pueblo de Dios, como comunidad activa de hermanos en la fe. Por más de un milenio los obispos fueron elegidos por las comunidades cristianas.

En la carta que el Papa Francisco acaba de dirigir a los católicos de Chile, sostiene: “En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial. Es imposible imaginar un futuro sin esta unción (del Espíritu Santo) operante en cada uno de Ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación”. Los católicos chilenos hace ya décadas que se sienten como visitas en su propia casa. No se les consulta. Si preguntan, nadie les responde. Si critican, se los trata de desleales. Se les dice que “cantan fuera del coro” o que “se ubican en la vereda de enfrente”. El Papa, en cambio, reivindica a los rebeldes.

Francisco urge a los católicos para que asuman en su Iglesia un rol activo: “Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser protagonistas de la transformación que hoy se reclama y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro”. Su crítica ha sido -lo decía en la carta dirigía a los obispos reunidos en Roma- el haberse centrado la jerarquía eclesiástica en sí misma en vez de haber cumplido un rol profético, poniendo a Cristo en el centro.

Termina el párrafo: “Invito a todos los organismos diocesanos –sean del área que sean- a buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación para que la unción del pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse”. Parece razonable pensar que estas palabras se apliquen a la elección de los obispos y otras autoridades, en particular a la diócesis de Osorno.

En este momento en que se debate la próxima nominación de numerosos obispos chilenos, celebramos la venida al país de Charles Scicluna y Jordi Bertomeu. Me gustaría pensar que estos dos emisarios de Francisco ayudarán a la Iglesia chilena a reunir la información necesaria para realizar estos nombramientos. Si el Papa fue incorrectamente informado en anteriores elecciones, no será tarea fácil reunir los antecedentes y las opiniones para discernir quiénes serán los nuevos obispos chilenos. Es decisivo “escuchar” –como pide Francisco en su carta- qué piensa y qué siente el pueblo cristiano acerca de lo que está ocurriendo con él en la particular situación histórica, cultural y eclesial en que se encuentra.

¿Qué mecanismo pudiera utilizarse para realizar esta escucha? Al menos sugiero que en las diversas diócesis que tengan que nombrar a un nuevo obispo, se realicen reuniones abiertas con la mayor participación posible incluidos jóvenes y personas que se sientan alejadas, en las que se elabore el perfil de obispo que necesitan y los principales problemas que se deben enfrentar. La información recabada sería riquísima. Tal vez no se pueda encontrar la persona que responda exactamente al ideal. Pero el nominado habrá recibido de las bases una indicación poderosa de las necesidades reales. Si prescinde de ellas, tendrá que atenerse a las consecuencias. Hoy, en todas partes, se pide rendición de cuenta en el ejercicio de los cargos. No se ve por qué en la Iglesia los obispos pueden continuar en su cargo si son incapaces de su desempeño.

En las actuales circunstancias tal vez varios deberán dejar pronto sus cargos, pero, creo, sería inconveniente apurarse en nombrar a quienes los van a reemplazar. Es necesario dar lugar a la participación, a oír a todos, escuchar con calma, discernir. Eso, hará más difícil equivocarse de nuevo.

Chopito en Cabo de Hornos

Hay cambios importantes en Cabo de Hornos. El aumento de temperatura ha comenzado a modificar la vida de las especies. Unas mueren, surgen otras. Las olas el Atlántico triunfan sobre el Pacífico. La que antes fuera una isla desierta deja de serlo. No hay risco en que no habite una familia de migrantes. Huyen del frío del norte. Arica es un solo hielo.

Hablo de la pesadilla que tuve anoche.

Las lluvias son ahora tropicales. Hasta hace poco llovía, pero no llovía como llueva a ahora. Cae agua a baldes, como en El Salvador. Nunca había visto un diluvio como el que me tocó en este país. El caso es que, al igual que El Salvador, en Cabo de Hornos está lleno de loros. Los loros al ponerse el sol ensordecen. Loros, pidenes, becacinas, patitos jergón, garumas, fío-fíos, cachuditos, todos aves de la zona central se multiplican en finis terrae con gran facilidad.

A veces el calor del Cabo es insoportable. Pero lo aguantan especialmente los friolentos cuando recuerdan Santiago hecho un témpano. La capital se despuebla. Hasta los cóndores piensan emigrar de pura hambre. No quedan ni ratones. Se recupera el glaciar Echaurren, el Cajón del Maipo ennegrece de pingüinos.

El sol pica como nunca el cóccix del continente americano. Florecen los líquenes. Mengua el viento. La tierra produce cien veces más. Cabo de Hornos se convierte en un paraíso turístico.

También han llegado felinos. Era que no. Gatos de salón, gatos de techo buscando lagartos y lagartijas. El gatito Geoffroy, a miles, escondidos como siempre en los matorrales. Hay flores por todos lados. Hibiscos, espuelas de galán. Mariposas. Mucha humedad. Mucha hormiga. Nalcas gigantescas. Espinos todos el año en flor. Monitos del monte.

¿Por qué tanto calor? Un loro Tricahue pregunta qué pasa a mi gato Chopito. Chopito, impertérrito, responde: “Los católicos están divididos: la mayoría piensa que el único sacerdote de la isla tiene que cumplir un rol más activo en la comunidad. La minoría, en cambio, está por una comunidad más participativa”.

Es un horno Cabo de Hornos. La Antártida se derrite. El nivel de la aguas suben. Un acabo mundi en ciernes.

Entrevista con Fernando Paulsen

Oráculo cristosófico (demostración)

La iglesia chilena espera tiempos mejores

Por los años sesenta y setenta Pablo VI nombró en Chile una generación de obispos excepcionales. Juan Pablo II, a partir de los años ochenta, en Chile y el resto de América Latina, nombró obispos con poca libertad para interpretar la doctrina de la Iglesia, hombres sin las luces de la generación anterior, timoratos, estrictamente fieles al gobierno del Papa.

Los obispos chilenos de Pablo VI hicieron frente a la dictadura de Pinochet. El cardenal Raúl Silva Henríquez creó la Vicaría de la Solidaridad que acogió y defendió a las víctimas de violaciones de los derechos humanos. Bajo la inspiración de la conferencia episcopal de Medellín (1968) y luego de la de Puebla (1979), y de la Teología de la liberación, la Iglesia chilena hostigada y perseguida, especialmente en las comunidades eclesiales de base, experimentó un fervor evangélico y profético extraordinario.

Estos mismos años, sin embargo, comenzó a hacerse fuerte el catolicismo conservador, discordante de las voces oficiales. Tenía a su favor a Pinochet y al cardenal Sodano, el nuncio. También tenía el viento favorable al entrevistado de Messori en Informe sobre la fe, el cardenal Ratzinger, el principal intérprete del Concilio en los últimos cincuenta años y fiero censurador de los teólogos de la liberación.

Lo que explica en gran medida las proporciones del problema de la Iglesia chilena actual, es que este fortalecimiento del catolicismo conservador se concentró en la agrupación sacerdotal muy poderosa creada por un párroco, el sacerdote Fernando Karadima, un hombre intelectualmente limitado, pero encantador de la elite. Este generó en torno a su persona una verdadera secta de jóvenes frágiles psicológicamente de los que abusó sexual y espiritualmente. No sin el consentimiento de Sodano, quien tenía un despacho privado en la parroquia de Karadima, de este grupo fueron nombrados obispos Juan Barros, quien llegó a constituirse en la “manzana de la discordia”, Andrés Arteaga, Tomislav Koljatic y Horacio Valenzuela.

El caso estalló en 2010. El nuevo arzobispo de Santiago el cardenal Francisco Javier Errázuriz, apartó al párroco de sus funciones. Pero lo hizo después que las víctimas de Karadima, James Hamilton, Juan Carlos Cruz y Andrés Murillo, le rogaran justicia desde 2003. El año 2011, el nuevo arzobispo, Ricardo Ezzati, tras investigar la situación, sancionó al párroco, impidiéndole ejercer públicamente el sacerdocio y la dirección espiritual. Paralelamente el caso fue presentado ante los tribunales de justicia los cuales, luego de haber juzgado culpable a Karadima, lo absolvieron por prescripción de los delitos.

En los años sucesivos se destaparon numerosos casos de abusos sexuales del clero, abusos de pederastia y pedofilia. Unos terminaron con sentencias civiles (hay sacerdotes presos), otros con sentencias canónicas (restringidos en su funciones sacerdotales) y, en fin, algunos cuantos aún están siendo investigados. Los doce recién suspendidos en Rancagua completan un panorama es desolador. El clero y casi todas las agrupaciones religiosas de varones, han tenidos casos de abusos y acusaciones (incluidos nosotros los jesuitas).

El Papa Francisco, después de equivocarse más de dos veces respecto a Juan Barros, repudiado por la diócesis de Osorno, decidió informarse a fondo y tomar medidas drásticas. Envió a Chile a investigar la situación al obispo de Malta Charles Scicluna y a Jordi Bertomeu, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El resultado de esta indagación hizo concluir al Papa que había sido mal informado. ¿Quién lo informó mal? No lo sabemos. Pero, o él no le hizo caso a Francisco Javier Errázuriz, uno de la comisión de los “Nueve” (uno de sus estrechos colaboradores), ni al nuncio Ivo Scápolo, que por cercanía y cargo debieron hacerlo, o estos, o uno de estos, inclinaron la balance del lado de Barros. M. Ezzati, en cambio, tendrá otros “pecados”, pero se sabe que se opuso al nombramiento del obispo de Osorno.

Hoy, tras la renuncia de todo el episcopado chileno, parece cerrarse un capítulo y abrirse otro. ¿Será uno mejor?

La situación es inaudita. La carta que el Papa que entregó en privado a los obispos para discernir con ellos el futuro de la Iglesia chilena, es conmovedora. Este documento revela el impacto que han producido en Francisco los gravísimos abusos sexuales, psicológicos y de conciencia, de mayores y menores; y a su vez, estremece a los católicos por el tipo de inmoralidades cometidas por obispos y mandos medios en labores de encubrimiento de tales abusos y delitos. El documento, por una parte, esboza un verdadero programa de futura reforma de la Iglesia chilena y, por otra, confirma la comisión de irregularidades tan graves como destruir archivos, es decir, eliminación de pruebas. Cualquiera puede imaginar que el informe de 2,400 páginas que el investigador Charles Scicluna entregó al Pontífice, es espeluznante.

¿Qué viene? Suponemos que Francisco acogerá la renuncia de varios obispos renunciados ¿Cuántos? Es casi seguro que saldrán de la conferencia los cuatro dirigidos espirituales de Karadima. Además, todos los que ya habían renunciado por edad. Son cuatro. ¿Alguien más? No sabemos. Es decir, en el futuro inmediato tendrá que nombrarse, por lo menos, a ocho obispos y a un noveno por la sede vacante de Valdivia.

¿Qué viene? Ignoramos si los obispos que queden y los nuevos estarán a la altura de las exigencias que el Papa les ha puesto en el documento en comento. Francisco pide a todos trabajar por una Iglesia profética que sepa “poner a Cristo en el centro” de su corazón y de su acción. Un Iglesia profética, como la de los obispos de Pablo VI que se orientó por la opción por los pobres y encaró las violaciones de los derechos humanos, y no como la que vino después, la de la jerarquía que, en palabras de Francisco, “dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma”.

He aquí que surge una pregunta inquietante: ¿estarán capacitados los obispos que queden para emprender una conversión de esta magnitud? ¿Claudicarán estos a su alianza de clase con la elite de un país injusto como Chile? Hay entre estos obispos muy conservadores e incluso alguno que, antes de ser sacerdote, trabajó como abogado en dependencias de la dictadura. Si el Papa Francisco quiere realmente hacer los cambios que su giro pastoral requiere, tendrá que poner los medios para que sus palabras no queden en letra muerta. Deberá aceptar la renuncia de varios obispos más. Tendrá que desnivelar la conferencia episcopal. La Iglesia chilena ha pretendido operar con dos pastorales al mismo tiempo: una para los sectores altos, acomodados y religiosamente de tendencia pre-conciliar; y otra inspirada por las conferencias de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida que, como cuatro martillazos sobre un mismo clavo, ratificaron una opción preferencial por los pobres. Pero en los últimos veinticinco años, al menos en la diócesis de Santiago, parece no haber pastoral alguna.

Otra pregunta: ¿Hay gente que pueda ser nombrada para reemplazar a los que se van que cumpla con el giro que el Papa quiere darle a la Iglesia chilena? En su carta hay una queja contra los seminarios. Los seminarios del período del “invierno eclesial” de Juan Pablo II han “resacralizado” al clero. Este tipo de clero, concluye la Royal Comision sobre los abusos de menores en Australia (2017), genera relaciones humanas asimétricas e inapropiadas.

El Papa Francisco delinea un programa y pone los fundamentos para esperar algo mejor. Por de pronto, recuerda que Dios actúa en el santo pueblo de Dios y que en este pueblo hay una fe y una energía extraordinaria. Si los futuros obispos no se nutren y aprenden del pueblo de Dios en quien reside la fe de la Iglesia, creo yo, volveremos a lo mismo. Es imperioso, por tanto, dar participación a los fieles en la organización de su Iglesia. Lo dice Francisco con estas palabras: “Permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial”, dejando de lado la “psicología de las elites” (estilo y prácticas sectarias). ¿Participarán en alguna instancia los laicos en la elección de los próximos obispos?

Es la hora de los laicos. Esperamos que la nueva generación de obispos termine de “ordenar la casa” y ponga la Iglesia al servicio del mundo. Lo hagan o no lo hagan, ya ahora los católicos, curas y fieles debieran asumir un rol protagónico. Urge crear algo nuevo. Se necesita una Iglesia de comunidades. Se necesitan comunidades de todo tipo que exijan respeto y participación, capaces de representar con respeto sus diferencias a la autoridad y de rebelarse contra los atropellos. Es imperiosa más creatividad, más solidaridad con el prójimo, más participación de las mujeres, en una palabra, más Evangelio.

La magia de la Iglesia

Tocamos, miramos, recogemos del camino un ramo de dedales de oro, lo depositamos a los pies de la Virgen, agachamos la cabeza…, estamos en la iglesia. Ella nos acoge. La Iglesia no se piensa, se respira. Se piensa con las manos, con la garganta, con cantos que cantamos hace 30, 50, 1500 y 2500 años: ¡Kyrie eleyson! Cuadros, esculturas, aguas, olores, luces en conflicto, colores que juegan y se fugan, revolotean en nosotros, nos recuerdan que somos y no somos, que pertenecemos al más allá, al más acá del yugo del día a día y de la diversión, que más cerca que lejos un Dios nos quiere y no nos suelta. La Iglesia nos ayuda a entrar en la oscuridad con una vela en la mano.
La Iglesia tiene magia. Tiene gracia. Nada supera su encanto. Ella unge con humanidad una existencia matematizada, pretendidamente adivinada por las estadísticas, por encuestas, por notas, puntajes y metas que enemistan y sobrecargan, que sofocan la sorpresa de vivir. El mercado también encanta. El consumo atrae irresistiblemente. Pero entre la magia de la Iglesia y la de la sociedad mercantil hay una contradicción total. La Iglesia educa a ser felices con poco. El mercado menosprecia la pobreza. Cautivados por lado y lado, los cristianos querríamos que nos bastara Jesús, la pura promesa de su reino, pero reconocemos que nos cuesta vencer tantas tentaciones.
La Iglesia también cae en la tentación de la “mala magia”. Hasta hoy, se nos critica a los católicos una devoción casi idolátrica de reliquias de santos que trasparentaron en su tiempo el misterio que los animó, pero a los que en la actualidad se les atribuye la virtud de hacer un tipo de milagros que Dios no hace. Es muy difícil que la “buena magia”, esa que depende del Dios que nos maravilla, no se mezcle con la mala magia, esta con la cual brujuleamos la suerte, los espíritus díscolos, a Dios mismo… Pero la superstición y la fe se excluyen.
También es “mala magia” la ritualización de la fe. A veces, los católicos rigidizamos los gestos y clavamos la mirada en el santísimo sacramento como si el resto de la vida tuviera menos importancia y perdemos la naturalidad del Dios con nosotros. Los mismos sacerdotes son sacralizados más de la cuenta. Bastaría con que los sacerdotes fueran hondamente humanos, como lo fue Jesús. Así sería más fácil a los cristianos concluir que Jesús, no por sacro, sino por su humanidad, fue reconocido como Dios y Señor. La buena magia proviene de la Encarnación de lo sagrado en lo profano. La mala magia comienza separando lo uno y lo otro, y termina apoderándose del mundo en nombre de Dios.

Escribo hoy con plena conciencia de vivir nuestra generación una de las crisis más graves de la institucionalidad eclesial de que tenga recuerdo y conocimiento. Los abusos de todo tipo, pero sobre todo los abusos de poder de quienes han sido investidos para anunciar a los seres humanos que con su impotencia nos reveló a Dios; los abusos espirituales, psicológicos y sexuales de sacerdotes y obispos sacados a la luz pública por los medios de comunicación, asociados a la indolencia, las faltas al derecho penal y canónico, auguran la ruina de un modo de ser Iglesia que deseamos termine lo antes mejor. Porque la Iglesia no se agota en su institucionalidad, ni en sus costumbres, ni en su doctrina. Solo se agota en el Evangelio. Por esto mismo, hablaré aquí de lo que mi Iglesia es, aunque no siempre lo sea. Pues es imperioso llamar las cosas por su nombre. Es forzoso criticar. Pero no hay que perder de vista lo fundamental. Hoy hablo de la Iglesia que amo y que espero. Y ofrezco las líneas a quienes se sienten estremecidos, confundidos y desamparados.

El encanto del Evangelio

El Evangelio de Jesús es lo primero. La Iglesia tiene exactamente la misma misión que Jesús tuvo de anunciar a la humanidad que no está huérfana en un universo de 15 mil millones de años. El Padre de Jesús, el Padre de los cristianos, el Padre de los somalíes, kurdos, taiwaneses y coreanos, es el mismo Dios, único y verdadero. En la Iglesia hay, por tanto, espacio para todos. Todos pueden, en ella, leer las estrellas al modo propio, pues la unidad depende más del amor que de las interpretaciones o, mejor dicho, depende de las interpretaciones que más favorezcan la comunión y el amor. Esto es lo único decisivo. El Evangelio es la Palabra de la hermandad que la Iglesia anticipa, practicándola.

Para niños, para adultos, para pobres, para todos

La Palabra de Dios es sabrosa, gusta a los niños como la leche. Con ella, la Iglesia amamanta a sus hijos. El cristianismo es cosa de pequeños, es religión de humildes de corazón, es credo de franciscanos más que de jesuitas. Por cierto, a algunos cristianos les toca aguantar en las trincheras del debate de las ideas. La obligación que tiene todo bautizado de pensar su vida a la luz de la fe, en algunos casos constituye una profesión. Para la transmisión de la fe, se ha vuelto imperioso contar con gente que pueda participar en el ágora de los medios de comunicación social y que se implementen pastorales que conviertan a los fieles en adultos en la fe, verdaderos iniciados en el arte de comprender las profundas transformaciones culturales con los ojos de Dios.
Pero la Iglesia sabe que la mayoría de los fieles vive su fe con sencillez, y cuida al niño que pregunta cuando no sabe, que no puede aprender las cosas de golpe, que junta las manos al acostarse para abandonarse cada noche a la Divina Providencia. En virtud de la Palabra, ella acoge a los fieles como madre, los acurruca, les garantiza un espacio a su ignorancia. Pero, por lo mismo, los puede infantilizar y abobar. En ella no falta el bobo que, de flojo, no quiere oír ni entender la Palabra. Tampoco el cura modoso que enriela a los fieles con tareas de kindergarten.
La Iglesia, en su más alta expresión, convoca a adultos capaces de conversar, de discutir y de indagar con otros una verdad que, por tratarse de Dios mismo, solo se revela a los que no la tienen y que la conquistarán cuando termine la historia, porque ya ahora son poseídos por ella. Una Iglesia de adultos quiso el Vaticano II (años 1962-1965), uno de los tres o cuatro concilios más importantes en la historia del cristianismo. En esta oportunidad, a diferencia de los concilios anteriores, la Iglesia no condenó a nadie. El buen Papa Juan quiso conversar con todos, reconoció que se podía aprender del mundo, de otras culturas y tradiciones religiosas. La Palabra de Dios no se entiende si no sirve para dialogar con los otros. Si solo pudieran comprenderla “los nuestros”, no sería Palabra de Dios. La Iglesia tiene la obligación de anunciar el Evangelio de la hermandad a los pueblos sin exclusión, promover una fraternidad universal, porque sabe que Jesús murió por todos. El Concilio nos hizo bajar la guardia, exponernos a la crítica, fomentar lo que nos une, no desesperar con lo que nos separa…
La Iglesia latinoamericana llevó el Concilio aún más lejos. En América Latina comprendimos que si el Evangelio no es para los pobres, no es para nadie. Los cristianos latinoamericanos, tras 500 años de fe, descubrimos el cristianismo en la opción preferencial por los pobres. Lo vio Hurtado: “el pobre es Cristo”. Si san Pablo enloqueció cuando cayó en la cuenta del misterio de la cruz, los cristianos latinoamericanos nos estremecimos con la violencia sufrida por pueblos crucificados y mártires con Mons. Romero a la cabeza. En América Latina, hemos concluido que la cruz y el pobre son el anverso y el reverso del misterio del Dios que lucha por liberar a la humanidad de toda esclavitud. De aquí que la Iglesia dejaría de ser tal si no proclamara que en la historia hay inocentes, que el Mal hace mal, que construye rascacielos y civilizaciones con radieres de harapo humano. Su tarea parece imposible: este es un mundo de poderosos, la ética es aristocrática, las cárceles hacinan a excluidos… ¿Pudiera un gobierno decir que la pobreza es un “pecado”? ¿Pudiera la ONU declarar la existencia del mysterium iniquitatis? Tal vez, pero sería muy extraño que lo hiciera. La Iglesia, en cambio, debe hacerlo, porque la resurrección que anuncia a los pobres es un triunfo sobre la injusticia.

Para “mí”

Aún más: la Palabra de Dios no es para los pobres, si no es una buena noticia “para mí”. La Iglesia es madre que cuida uno a uno a sus hijos. Talvez la Iglesia no se ha ocupado personalmente de “mí”, de “ti”. Ha estado distraída, quizás, en asuntos generales. Pero Jesús murió “por mí”. Por “todos” y “por mí”. Si la Iglesia no te ha oído a “ti”, tendrá que hacerlo. Porque la Palabra es para todos, cierto, nos juzga a todos, cierto también, pero ella, más que nada, comienza una conversación: “qué quieres que haga por ti”, dice el Señor. Para el Señor, el primer pobre “soy yo”. La pobreza tiene muchos rostros, Dios tiene delante la mirada sufriente de toda la humanidad, pero se fija en “mí”. Él conoce mi misterio. El Misterio de Dios se replica en el misterio de este ser singular, tú, yo, él, ella. La Palabra de Dios, ¡la Palabra de la Iglesia!, nos recuerda que los ojos del Señor están clavados en mi pena, me consuelan, me repiten que sin “mí” este mundo no sería bastante hermoso y me llenan de coraje.
El Espíritu hace que esta Palabra sea íntima. Nuestra fe es personal. La persona de Jesús viene a mi encuentro, gracias al Espíritu converso con él como un amigo habla con otro. La Palabra del Señor me dice: “mira dentro de ti, eres hermosa, Dios te ama”. El mismo Espíritu nos saca del intimismo. Jesús nos mueve a encontrarnos con otras personas: “levántate, tu patrón es tu hermano, no le permitas que te explote, se puede condenar, sálvalo, tócale el corazón, él también puede oír la Palabra”. El Espíritu reúne a la Iglesia como una comunidad de personas de todo tipo. Ningún movimiento laical u obra de beneficencia la agota. No faltará quien la mida con una ONG, con un ministerio…, malas comparaciones. En la Iglesia, el amor de Jesús por los suyos amiga, reconcilia y se extiende a la humanidad entera. Mi Iglesia me habla a mí, me educa, me urge a amar a los demás como ella me ama.
El Concilio Vaticano II devolvió a la Iglesia su lugar en el mundo. La ubicó en él de acuerdo a las coordenadas de la Encarnación: la Iglesia es sacramento de Cristo para la unión de los seres humanos con Dios y entre ellos mismos. Esto porque Cristo, a la vez, es sacramento de Dios que se toca y nos toca, misterio de un amor que no tiene límites. Si con la Encarnación quedó proscrita la costumbre tan compresible de separar lo sagrado y lo profano, si el Hijo hecho carne divinizó a la humanidad y humanizó a Dios de una vez para siempre, la Iglesia no ha podido separarse de un mundo que, en virtud del Creador, le es tan suyo que no podría existir sin él y que no podría condenar sin dispararse a los propios pies.

El misterio del amor

Pero ha sido muy difícil creer en la Encarnación. La fe en el Hijo hecho uno de nosotros ha tenido que superar la tendencia casi instintiva a separar ambas dimensiones de la realidad, la divina y la humana. Los seres humanos, amenazados por la violencia desde sus comienzos, han procurado conjurarla por medio de mitos y ritos. En lo ritos sacrificiales la violencia que se descarga sobre una víctima, libera al clan de la agresión que se incuba entre sus miembros. Paradójicamente, la víctima es vista como mala y como buena. Mala, porque representa un peligro. Pero, en la medida que reconcilia al clan, se la considera sagrada. El chivo expiatorio es un cabrito, o un ser humano, que se lo separa y se lo sacraliza (sacrum facere), matándolo. Su sacrificio purifica, reconcilia y merece celebrárselo.
En la Encarnación, en cambio, Dios, a través de Jesús, actúa en la dirección exactamente contraria: Él no necesita ritos sacrificiales. El rito eucarístico celebra que Dios salva gratuitamente, pues salvó a una persona que jamás debió tratársela como a un chivo expiatorio. Caifás sentenció: “que muera uno por toda la nación”. Los que vieron a Jesús crucificado, pensaron que se trataba de un culpable o se dijeron qué mal habrá hecho o lo dieron por perdido (políticamente hablando) para evitar la escalada de las agresiones. La primera Iglesia, en cambio, creyó en su inocencia y al experimentarlo resucitado, supo que, para Dios, era efectivamente inocente. No fue Dios que sacrificó a su Hijo, sino los sacerdotes y la gente del Templo, y otros ejecutores y cómplices. Dios no necesitó de este sacrificio macabro para salvar a la humanidad. Pero no lo pasó por alto. No lo validó en cuanto asesinato, ¡qué Dios podría hacer algo así! ¡Cómo podría decirse que tal Dios es amor! Sino que, en vez de vengar tal crimen, lo aprovechó para reivindicar a las víctimas y perdonar la venalidad de los victimarios. Dios no hace ni necesita sacrificios: ama, perdona y reconcilia, interponiéndose a la violencia con la mansedumbre de Jesús, con su inocencia que desenmascara los ritos sacrificiales. La Iglesia del Concilio, abierta a la realidad, empática, nos devolvió la recta fe en el Cordero que quita el pecado del mundo porque carga con las tristezas y angustias de las víctimas de nuestro tiempo… (cf. Gaudium et Spes, 1).

Mundanidad y eternidad de la iglesia

La misión de la Iglesia se extiende a la creación entera. Los cristianos, conducidos por el Espíritu, llevan la Iglesia siempre más lejos, a todas partes. La Iglesia es Iglesia en el Metro o en un basural. Los templos serán más cómodos, pero no más santos que una casa particular. El cristianismo es callejero. La Iglesia tiene por misión recordar a los difuntos: viven en Cristo, viven en nosotros. Para ella no hay muerto insignificante. Los dolores más hondos que nuestros deudos se llevaron a la tumba, ella los oye, los medita. Da vocería a quienes murieron amordazados. La Iglesia es memoria passionis, nos hace recordar la pasión. Recordando a las víctimas, protesta contra la injusticia y anuncia a las actuales víctimas que un día dejarán de sufrir, que la injusticia no es normal, que hay un juicio final, que la historia sí tiene sentido, que la vida no es una pasión inútil ni moneda de cambio. Su deber es pregonar que nunca más puede ocurrir que se crucifique a un ser humano. Por esto, la Iglesia es también spes aeternitatis, esperanza de vida eterna. Ya en el presente, hoy mismo, ella da un toque de eternidad a las batallas cotidianas.

Los sacramentos del amor

En estos tiempos de individualismo en que las personas quisieran hacer su vida sin coerciones, que creen elegir entre una marca y otra, pero que son presas de una propaganda que planifica sus compras, y de una sociedad que exalta la autonomía a costa de soledades, el bautismo nos ofrece un nombre y una pertenencia. Se dice que los niños debieran bautizarse de mayores, cuando sepan lo que hacen. Mejor lo contrario. El reconocimiento de la impronta eterna de un infante señala la gratuidad de su elección. Para ser persona no se necesita leche ni dinero. Basta el reconocimiento de su dignidad. Las personas requieren de trabajos y sueldos justos para vivir como Dios quiere, pero el bautismo garantiza el honor a cada una aunque no tenga dónde caerse muerta. Las personas con capacidades diferentes recuerdan a la Iglesia su vocación.
El bautismo, cumplido lo antes posible, incardina la libertad: antes de elegir eres elegido. Tú no escoges tu nombre. Te lo es dado. Hay un día para ti, el día que anticipa tu muerte y resurrección, en el que en una ceremonia que no sería digna de Dios si no lo fuera de ti, te dan un nombre para ser tratado con honor. Desde entonces, para amar a Dios, te amarás a ti mismo. Para amarte a ti mismo, amarás a tu prójimo, respetarás y cuidarás su fama.
En estos tiempos en los que involuciona el sentido del prójimo, la Iglesia se hace aún más necesaria. Las nuevas generaciones vivimos en redes, multiplicamos las relaciones, pero carecemos de comunidades duraderas. La Iglesia es comunidad milenaria de comunidades en las que se te respeta, se te oye, donde no faltará quien esté a tu lado cuando ya no haya nada que hacer. Por esto mismo, la Iglesia resbala cuando te excluye. Su vocación es materna. Te acoge como a un huérfano, te elige, puede incluso elegir por ti, mandarte, pero sabe que no debiera marginarte. Cuando te margina, debiera llorar su ineptitud.
Gracias al bautismo perteneces a la Iglesia. Al venir al mundo, te recordará que no tienes que ganarte el mundo y, menos aún, ganárselo a los demás. Ya temprano, la Virgen, los santos, te ganan y reclaman para ti un pedazo de tierra. Nada hay más triste que no pertenecer a nadie, no tener a alguien que absorba tu libertad hasta la última gota. En realidad, no tendrías autonomía si no fueras elegido. La comunidad de Jesús te da una pertenencia que no tendrás que negociar. Tu pertenencia es tu titularidad; tu comunidad, tu libertad; tus decisiones, tu propia elección autónoma de esta pertenencia te será respetada infinitamente. Si las sectas atormentan a sus detractores, los calumnian y tratan como a traidores, la Iglesia, si la dejas, te espera como el padre del hijo pródigo, te llora y envejece mientras no vuelvas.
La eucaristía cumple el bautismo: sella la pertenencia a Cristo. En la misa los cristianos urgen la fraternidad, partiendo el Pan y compartiéndolo entre los hijos de Dios. El bautismo radicaliza en cada persona al Hijo, mientras la eucaristía realiza en ella al Hermano Jesús. El sacerdote encarna el misterio de los misterios como ministro de un Pueblo sacerdotal y fraterno. El Pueblo de Dios, entre los pueblos de la tierra, agradece al Padre un mundo que fue creado para ser gozado en común: los cristianos comparten lo que tienen y lo que les falta, nada les es más ajeno que el egoísmo. Por lo mismo, cuesta tanto entender que haya católicos ricos.
Es demasiado grande la eucaristía como para que el sacerdote entorpezca su celebración con su miseria. Los cristianos se lo perdonan casi todo, tal vez todo, con tal que haga la misa. Solo con una misa, la humanidad puede abarcar los 30.000 millones de años luz que median entre los extremos del universo.
La misa es mágica en ambos sentidos del término: el bueno y el malo, ya que comparte la ambivalencia de la vida de ser vivida así o asá. La memoria del Cordero, lo sabemos, puede usarse para promover la mansedumbre o los sacrificios humanos. ¡Gran diferencia!, pero casi invisible. La Iglesia marca la diferencia, debiera hacerlo. Dios nos encanta, como el dinero, como el incienso, pero ninguno podría comprarlo ni embriagarlo. Los católicos, sin embargo, preferimos a veces a un mago que a un sacerdote laico como Jesús lo fue.
La misa es un riesgo. La vida es un riesgo. La Iglesia pone magia a la vida, avivándonos a vivirla como un don inmerecido, con alegría y sin temor a equivocarnos.
Jorge Costadoat

Nuevo mecanismo para la elección de obispos

El episcopado chileno se reunirá con el Papa dentro de pocos días. Bien podemos pensar que en un plazo relativamente breve muchos obispos dejarán sus cargos por razones de diversa índole. ¿Cómo se harán los nuevos nombramientos?

Es una gran oportunidad para introducir cambios que permitan mirar el futuro con esperanza. Es esencial trabajar a fondo los procedimientos de elección que se adopten para corregir las graves falencias y debilidades que tiene el sistema actual que ha hecho posible nombrar al obispo Barros en Osorno y a varios obispos más que no parecen idóneos para el cargo. Por ejemplo, no sería prudente que interviniera el nuncio actual. En el futuro sería muy recomendable que los nuncios tuviesen una intervención mucho más acotada. Dado como están las cosas, los mismos obispos chilenos en su conjunto están también puestos en duda. Acumulan críticas justificadas. La Conferencia está desacreditada. El episcopado, así, encuentra serios obstáculos para reaccionar de un modo protagónico o propositivo frente a los cambios en curso.

En las actuales circunstancias obviamente que la última decisión en los nombramientos recaerá en el Papa. Digo que en las “actuales circunstancias”, porque urge que la iglesia revise el modo como el Papa ejercerá en el futuro su autoridad en la elección de los obispos. No puede ser que el nombramiento de todos los obispos del mundo dependa de modo casi absoluto del Pontífice. ¡Son cinco mil! La institución eclesiástica, que adoptó el modelo de las monarquías absolutas, tiene que actualizarse de acuerdo a la cultura democrática de la civilización contemporánea y sobre todo conforme a la más antigua tradición de la misma iglesia. Es fundamental que los nuevos elegidos estén en comunión con el Papa pero esto no significa que el mismo Papa tenga que elegirlos directamente sin participación de las iglesias locales.

Por esta misma razón, el mecanismo que se adopte para que haya verdadero progreso tendría que ser participativo de distintas maneras: a) debería ser conocido por todos. Todos los católicos debieran saber cómo empieza y cómo termina el nombramiento de cada uno de los obispos que habrán de ser elegidos para el cargo y quienes intervienen en la decisión; b) todos, sin excepción, tendrían que tener la posibilidad siquiera de contribuir a forjar el perfil de obispo que la iglesia necesita hoy; c) en las instancias más confidenciales del proceso –ciertamente necesarias por la relevancia del cargo- tendrían que poder participar laicos eximios. También mujeres debieran poder decir una palabra en paridad de condiciones. No se puede seguir excluyendo a las mujeres. Por cierto, debe saberse que en la actualidad hay laicos que efectivamente influyen, pero lo hacen “por la ventana”. No es menor el peso que han tenido ciertos católicos adinerados en estas decisiones. También los gobiernos suelen hacer saber sutilmente sus preferencias.

Un mecanismo como el propuesto es canónicamente irregular. Pero, mientras el derecho canónico, que a este respecto ha cambiado mucho a lo largo de la historia, no sea reformado, los nuevos procedimientos pueden ser ad hoc. Nada debiera impedir que el Papa, que tiene una responsabilidad mayor en la solución de esta crisis, pueda crear un mecanismo adecuado.

En este punto, un asunto decisivo será determinar quién encabezará este proceso. Por lo dicho no convendría que lo hiciera ningún obispo chileno. Ninguno tendría la independencia requerida. Tampoco debería hacerlo la nunciatura por lo desprestigiada que está. Creo que convendría que el Papa Francisco enviara a una persona como Scicluna, que viniera de fuera a hacerse cargo del proceso de nombramiento de todos los obispos que han de ser elegidos en el curso del próximo año. Esto, probablemente, permitiría mucha más participación y renovaría la confianza en el gobierno de la iglesia chilena, Recuperaría la confiabilidad, el crédito y la fiabilidad sin las cuales la crisis de “fe” de los cristianos se agudizará.

He oído a personas preocupadas por la división de la iglesia. No se refieren tanto a la diferencias entre católicos, sino al foso de incomunicación entre la institución eclesiástica y el resto del pueblo de Dios. La falta de participación de los bautizados y bautizadas en las decisiones de su iglesia es casi total. Los obispos y los sacerdotes no damos cuenta a nadie de nuestros actos. Que ahora el común de los cristianos puedan ser considerados en la elección de sus autoridades legitimaría su investidura. Una cosa es ser nombrado para gobernar y otra es poder gobernar. Sin autoridad, el poder eclesiástico, en el siglo XXI, será como el rey del Principito que, desde su trono real, vestido de púrpura y armiño, mandaba sobre todo lo que supuestamente le podía obedecer, el sol y las estrellas, pero no tenía a nadie que pudiera desobedecerle. Era el único habitante del planeta.

Próxima elección de obispos

A estas alturas es más que probable que dentro de muy poco Juan Barros dejará de ser obispo de Osorno. Los osorninos habrán podido representar a muchos católicos chilenos que piensan que ningún obispo debiera serles impuesto. Esta situación, podrá volver a ser posible en casos similares y aunque no deseable nos deja muchas lecciones.

En este momento en que los obispos chilenos se aprontan a encontrarse con el Papa Francisco, para reflexionar en conjunto los hechos y establecer un plan de acción, surgen dos preguntas. Una es por la idoneidad de quienes serán nombrados obispos en reemplazo de los que eventualmente dejarán el cargo. Estos pueden llegar a ser nueve en un plazo relativamente breve. Preocupa quiénes llegarán a serlo. ¿Qué obispos nuevos podrán echarse sobre los hombros el peso de la masiva desconfianza de los fieles en sus autoridades? Estas, precisamente, han perdido autoridad. Hoy no basta la investidura. El común de los bautizados es mucho más crítico. Espera que los sacerdotes den cuenta de sus dichos y de sus actos.
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A efectos de elegir a los nuevos obispos, convendría elaborar un perfil de los candidatos de acuerdo a la realidad en la que se está. A mi parecer, las personas podrían tener al menos estas tres características. Han de ser sujetos con una capacidad de conectarse emocional y culturalmente con todas las generaciones. Esta empatía no tiene por qué ser mera simpatía, sino aptitud para entender por dentro a la gente de esta época y su cultura, y compadecerse con los más diversos sufrimientos humanos. Por lo mismo, segunda característica, se requiere sujetos con una sólida formación como para tener una visión amplia que permita usar la enseñanza tradicional de la Iglesia para ayudar a las personas y no para oprimirlas con ella. Estas dos características se requieren conjuntamente. No puede ser que los obispos se perciban como alejados del sentir y del pensar de los católicos. La tercera característica necesaria será la credibilidad. Los obispos deben ser fiables. Si a los católicos no les son confiables, en las actuales circunstancias de crisis de “fe”, carecerán de un requisito indispensable. La fe en el cristianismo se transmite por testimonio de personas que acreditan que Dios, que nunca falla, les ha cambiado la vida. La empatía y la formación intelectual, en el caso de las autoridades eclesiásticas, cumplen su función cuando estas tienen algo que enseñar porque lo han aprendido de una experiencia del amor y del perdón de Dios.

La segunda pregunta de suma importancia en el presente y para el futuro, es quién elegirá a los obispos y cómo se hará dicha elección. En la actualidad la hacen los papas. Si Francisco hubiera escuchado a los obispos chilenos, en vez de oír a quienes lo desinformaron, la situación de Barros no habría llegado a mayores. Pero, independientemente de este grueso error del Papa, el problema es la legislación eclesiástica que concede un poder casi absoluto a los pontífices. El caso es que Francisco, en estos momentos, carece de la institucionalidad adecuada para informarse acerca de unas nueve personas que podrán ser obispo. Si en el nombramiento de Barros las presiones para mantenerlo y para bajarlo han sido enormes, la elección de los próximos nombres podría ser caótica.

Podría ser caótica porque el proceso de información necesario para nombrar los nuevos obispos no da abasto. ¿En quién confiará el Papa para nombrar a los nuevos obispos? El actual nuncio tiene enorme responsabilidad en la situación creada. Es de esperar que Scapolo no intervenga en nada. Los obispos chilenos, en gran medida inocentes del “caso Barros”, también se encuentran desacreditados. ¿Le creerá Francisco a unos y no a otros? ¿Quién es quién? El Papa puede resolver el problema “a la personal”, con lo cual arriesga reincidir en la práctica que ha generado esta crisis.

Esto me hace pensar en la posibilidad de que Francisco nombre a una persona de suma confianza –como hizo con Scicluna- que monte un mecanismo ad hoc para reunir la información necesaria y para que ayude a evaluarla. En muchas instituciones existen comités de búsqueda que cumplen esta función. Conozco los mecanismos de la Universidad Católica y de la Universidad Alberto Hurtado. Funcionan muy bien. La máxima autoridad de la universidad realiza la nominación de los rectores después de haber oído a todos los estamentos y haber reunido todo tipo de antecedentes. ¿No tendrán nada que decir en la elección de los próximos nuevos obispos chilenos los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los laicos y las laicas? Los jóvenes, ¿no pudieran ayudar a forjar el perfil de obispo que se necesita?

Nullus invitis detur episcopus, sostenía el Papa Celestino, es decir “que no haya ningún obispo impuesto”. Tal vez el “caso chileno” abra las puertas a una iglesia más democrática. La actual se asfixia por escasa participación de sus integrantes.