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Crisis en la Iglesia chilena

La Iglesia Católica en Chile pasa por un momento de gran complejidad. Sus dificultades tal vez son mayores a las de los demás Iglesias de América Latina.

Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año. En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación.

El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: “¿Es Chile un país católicos?” (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado.

Esta falta de vigor del cristianismo “a la chilena” ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.

La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario.

¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.

Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.

¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus “errores no forzados” y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?

Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.

Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados.

La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre “todos” los seres humanos.

La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos –laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?

El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.

¿Qué pasará con la reforma litúrgica?

Los que creen que el cardenal Sarah es pintoresco, se equivocan. El intento de introducir un cambio litúrgico del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del año recién pasado, no debe ser visto como estrambótico. ¡Cuidado! Su propuesta para que los sacerdotes celebren la misa cara al Oriente o hacia el ábside de los templos, espaldas al pueblo, no fue un traspié de un eclesiástico africano. El prefecto es uno entre otros que quieren una “reforma de la reforma” de Sacrosanctum concilium, la constitución sobre liturgia del Vaticano II.

El antecedente más importante de este principio de claudicación del cambio más visible del Concilio, es la ruptura de la unidad litúrgica de la Iglesia católica ocurrida con la reintegración del Misal de Pío V por voluntad de Benedicto XVI (Faggioli, Santiago 2017). Francisco, sin embargo, parece querer ir en la dirección contraria. Este es el primer papa que no fue actor en el Vaticano II, pero no parece ignorar que Sacrosanctum concilium fue aprobado por 2162 contra 46 votos. La Santa Sede paró en seco la iniciativa de Sarah.

Pero, ¿irá el actual Papa más lejos, continuará la reforma comenzada por el Concilio, o simplemente contrarrestará a las maniobras de los católicos que preferirían la misa en latín? El impulso de Francisco en favor de una Iglesia “en salida”, una Iglesia acogedora e integradora de otras culturas y formas de humanidad, va en dirección contraria del retraimiento antimodernista hostil al mundo de una Iglesia empeñada en afirmar su propia salvación.

Los documentos del Vaticano II se comprenden en relación unos con otros. No por nada los lefebvristas lo rechazan por completo. Lo consideran “herético”. Pero, ¿es herético el ecumenismo? ¿El diálogo interreligioso? Y la participación de los fieles, la misa como mesa fraterna (en vez de ara para sacrificios) y las guitarras, ¿desvirtúan el cristianismo? Quien va por lana puede salir trasquilado. Puede, porque el acercamiento con los descendientes de Marcel Lefebvre hace pensar que el Concilio en realidad no expresa la fe de la Iglesia y que todo da lo mismo. ¿Qué hará Francisco? ¿Romperá la unidad dogmática de la Iglesia? ¿Seguirá a Pablo VI o a Benedicto XVI?

Lo que se necesita, a mi juicio, es continuar la reforma litúrgica.

Nuevos textos litúrgicos tendrían que incorporar, aún más, dos conclusiones dogmáticas del Vaticano de extraordinaria importancia. La primera tiene que ver con haber recuperado el Concilio el carácter fundamental del bautismo. Si la dignidad fraternal del bautismo debiera regir las relaciones entre los cristianos, urge “desclericalizar” la misa. Muchas de las palabras rituales aún sacralizan papas, obispos y sacerdotes, y consagran la separación entre lo sagrado y lo profano de la que Cristo, en principio, nos liberó. Si hay algo que no se soporta ya más en la Iglesia, es el clérigo que marca su diferencia; y una clase de sacerdotes que demoniza del mundo sin reconocer su propia mundanidad.

La otra gran innovación dogmática del Concilio es la contundente afirmación de la voluntad salvífica universal de Dios. Ningún palabra de la misa ha podido expresar con más fuerza esta reiterada convicción del Vaticano II que la fórmula de consagración “por todos”. Los textos litúrgicos, además de abrogar el “por muchos” de Benedicto, tendrían que ampliar la mirada y dialogar con “todas” las expresiones de humanidad, religiosas o filosóficas, porque la Iglesia puede no saber cómo Dios salva a los “otros”, pero está obligada a creer que sí es capaz de hacerlo.

Otros ajustes litúrgicos urge implementar: los textos tienen que reformularse en un lenguaje que incluya a la mujer (actualmente ignorada); es indispensable, además, que asuman una perspectiva eco-social; debieran también ayudar a ver la historia en clave de “signos de los tiempos”; en fin, las lecturas veterotestamentarias que hablan de la violencia de Dios, de sus venganzas o castigos, debieran sacarse de los leccionarios. Se ha vuelto insufrible que el lector diga: “palabra de Dios”, después que el profeta Elías ha degollado a 450 profetas de Baal y todos repitan: “te alabamos, Señor”.

Será necesario todavía realizar un cambio mayor: suprimir el lenguaje sacrificialista de las plegarias eucarísticas que impide ver que los verdaderos sacrificios son los del amor (inspirados en el Jesús que entregó su vida por anunciar el reino a los excluidos, los despreciados, los endemoniados, los pecadores y toda suerte de infelices) y no el sufrimiento y la sangre a modo de reparación sado-masoquista del Hijo al Padre (como si Dios fuera un ser colérico necesitado de aplacamientos). El sacrificialismo es la madre de la marcada distancia entre el sacerdotes y los laicos, y el padre de las repetidas condenas de la Iglesia al mundo.

Lo que la Iglesia necesita no es “reformar” la reforma litúrgica, sino “continuarla”. La implementación de Sacrosanctum concilium aún debiera poder impulsar mejoras que hagan más comprensible el amor de Dios; en vez de traicionar su impulso a celebrar la eucaristía en una lengua y símbolos comprensibles a las distintas culturas en las que la Iglesia quiere arraigar.

Futuro de la Teología de la liberación

La Teología de la liberación ha sido más que una teología, ciertamente. ¿Qué teología tiene mártires?

La Teología de la liberación ha sido la expresión más genuina de la recepción del Vaticano II en América Latina. El Concilio en el continente dio lugar a una Iglesia nueva, una iglesia ungida por el Espíritu, capaz de celebrar y de pensar como solo pueden hacerlo comunidades libres y adultas.

Esto, creo yo, es lo que reconoce el Papa con decir: “La teología de la liberación fue una cosa positiva en América Latina”. ¿Lo sigue siendo? ¿O simplemente se agotó?

No tengo dudas de que, desde un punto de vista metodológico, la Teología de la liberación está vigente. Habría que sospechar, en cambio, de teologías no liberadoras. Si no liberan, ¿en qué están? Pero no puede negarse que la Teología de la liberación, en cuanto movimiento, en cuanto un modo de ser iglesia, está en crisis.

Observo el tema desde una esquina del continente: Chile. Mi visión es parcial. ¿Qué veo? Un nuevo clero combatió la eclesiología del Pueblo de Dios. Llegó el obispo y dijo: “es mejor un mal cura que una buena monja”. Sacó a la monja y el cura acabó con la participación comunitaria. La religiosa voló. Nunca más se supo de ella. Comunidades llenas de vida, gentes que aprendieron a leer con la Biblia en las manos, catequesis familiares, cocinas, platos, recolección de fondos, refugio contra la dictadura, amparo a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos, canastas de solidaridad, teatro, visitas a los enfermos, responsos a los difuntos realizados por los mismos laicos, iniciativas con discapacitados, liturgias guiadas por mujeres, drogadictos, ancianos, personas enfermas alcohólicas, esto y mucho más fue ignorado, considerado talvez profano, eliminado o dejado simplemente caer.

Debe reconocerse, sí, que las crisis de las comunidades -y de una teología que si no arraiga en ellas no tiene razón de ser-, no ha dependido solo de sacerdotes y obispos del postconcilio revisionista. El cambio cultural en curso es impresionante. El mercado convierte las personas en individuos solitarios, inermes; arma y desarma redes precarias de clientes. Todas las formas de asociatividad experimentan mutaciones radicales. Surgen nuevas. Las antiguas mueren, languidecen y, en algunos casos, logran transformaciones positivas. La religiosidad se encuentra a la mano en un gran mercado, en el que incluso el cristianismo se ofrece en productos y a precios con los que el mismo catolicismo no puede competir.

La situación es tan grave que, no por un asunto de mejor o peor teología, el futuro de la Iglesia en América Latina está comprometido. Se dirá que aún la religiosidad popular es vigorosa. Cierto, pero en la perspectiva del Evangelio, esta es más cristiana mientras más fraternal y solidaria. Y es esto exactamente lo que está fracasando. ¿Habrá a futuro comunidades cristianas que celebren su fe y compartan el pan con los necesitados? ¿Quién correrá riesgos por amor al próximo? ¿Los devotos de las pulseras milagrosas? A mi juicio las comunidades son esenciales. Si faltan, el resto importa menos, poco o nada.

Con todo, aun en el caso que solo queden cristianos solitarios, sin comunidades, creyentes zombies, utópicos del reino de los cielos, ellos pueden librar una batalla en esta guerra, aunque sea como francotiradores; que también Jesús, al final, siguió solo. Lo abandonó la comunidad. Podrán solo resistir, porque las razones para vencer, en esta tierra, son casi nulas. Todavía podrán identificarse con la Teología de la liberación quienes militen contra el atropello de la dignidad humana. El capital se concentra a un grado espeluznante, la necesidad de tener un trabajo compromete más que nunca el honor de las personas, el planeta se incendia y puede fracasar por la razón menos pensada. Quienes todavía crean que el cristianismo es un motivo de esperanza, encontrarán en la Teología de la liberación vínculos solidarios con todos los credos, filosofías, modos de humanidad y agrupaciones sensibles a la suerte de los descartados. Nuevas alianzas aún son posibles. Lo fueron en el pasado. Serán indispensables a futuro.

Tal vez la Teología de la liberación todavía radica en la Iglesia. Si no, esperamos que así sea.

Vigencia de la teología de la liberación

“La teología de la liberación fue una cosa positiva en América Latina”, afirma el Papa. Responde así a la pregunta del periodista de El País dada en una larga entrevista recién este domingo. La frase ha debido estremecer a los sectores católicos conservadores iberoamericanos. Dirán que esta es la prueba que faltaba para confirmar que Francisco es comunista. Pero el mismo Papa aclara que la que fue condenada fue la versión de la teología de la liberación que utilizó el marxismo como método de análisis de la realidad. En otras palabras, que no toda la teología de la liberación ha sido marxista. Pero, ¿cuál no lo ha sido?

Si hubo una teología de la liberación marxista, terminado el marxismo, ha perdido toda relevancia. Si hubo una teología de la liberación que no fue marxista, ¿qué queda de ella? El periodista y Francisco dan por acabas ambas. “Fue cosa positiva”, afirma el Papa.

¿“Fue”? ¿Es? ¿Ha quedado algo de ella?

Si la teología de la liberación terminó, felices estarán los sectores católicos responsables en gran medida de la miseria latinoamericana de los años sesenta y de la irreductible desigualdad del tercer milenio. El fracaso de esta teología ha podido satisfacer, además, a obispos como López-Trujillo, Medina y Sodano, entre otros, sus enemigos jurados. Pero la “Iglesia de los pobres” de América Latina habrá perdido su lanza intelectual. Quedará en pie, eso sí, la versión eclesiástica de la Iglesia, la versión que no calienta a nadie.

Sostengo, por mi parte, que la teología de la liberación no ha muerto y, por ende, la Iglesia latinoamericana sí tiene futuro.

Distingo dos aspectos metodológicos de esta teología que difícilmente pueden ser cuestionados. Esta teología postula que el “lugar hermenéutico” para reflexionar sobre la fe en Jesucristo incide decisivamente en la manera de comprenderla y de vivirla. No es lo mismo el “dónde”. No puede ser igual la teología de los africanos, de los asiáticos, de los brasileros o de los centroamericanos. Las iglesias se localizan en la historia y culturas determinadas. Ninguna, ni siquiera la iglesia de Roma, tampoco el Papa, puede decir, bajo todos los respectos y en todas las situaciones, “tengo la única interpretación” del Evangelio. Pero hay otro asunto metodológico –discutido entre los autores- mucho más relevante. Este consiste en postular que aquel “lugar hermenéutico” puede ser también un “lugar teológico”. A saber, que Dios puede “hablar” en los acontecimientos históricos que atañen a una iglesia en particular. No es lo mismo que la revelación contenida en las Escrituras ilumine la realidad actual de una iglesia determinada a que Dios “diga” algo a ella en el presente. La teología de la liberación sostiene que Dios hoy repudia la violencia de las maras y el femicidio, dos signos de los tiempos tremendos del continente. En Chile podría decir “acojan a los inmigrantes”.

Pues, además del método –que siempre debe ser revisado-, mientras haya esclavitudes y dependencias de unos seres humanos por otros o de sistemas impersonales de opresión, como el neoliberismo y la robotización que está acelerando la exclusión de las personas, la teología de la liberación será indispensable. Esta teología acude a socorrer a las víctimas de un “pecado social”. Mientras este siga destruyendo al ser humano, los teólogos de la liberación tendrán trabajo.

El cristianismo en América Latina está en juego. El catolicismo, en particular, hace agua. En Chile los católicos disminuyen un punto porcentual cada año. ¿Podría la teología de la liberación frenar estas tendencias? Este no es el asunto. Lo único central es el Evangelio. Esta es la apuesta de la única teología auténticamente latinoamericana.

Es más, si lo propio de los adultos es pensar con autonomía, una Iglesia latinoamericana dependiente intelectualmente de Roma es una iglesia infantil. Si sigue operando con teología europea, no tiene futuro. La falta de reflexión sobre la experiencia situada personal y colectivamente de Dios no debe considerarse una posibilidad. Es una condición sin la cual se atenta contra el credo de la misma Iglesia, el cual exige articular fe y razón.

¿Cómo se ve el futuro? Sin teología de la liberación, muy oscuro. Si esta no es enseñada en las facultades y los seminarios latinoamericanos, si en estos no hay autonomía y libertad para pensar, si los seminaristas continúan siendo formados para servir las necesidades misioneras de la Iglesia europea, ¿qué se puede esperar?

Celebro la postura de Francisco. Ojalá no me equivoque con mi propia opinión.

El ejemplo de los obispos de Malta

Malta¿Por qué los obispos latinoamericanos, ni como pastores de sus diócesis, ni como conferencias, han dado una orientación particular a su gente sobre la posibilidad abierta por Amoris laetitia para que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar en misa? El Papa entregó a ellos la confección de las especificaciones regionales de aplicación de la exhortación apostólica. Solo podemos suponer que hay una razón poderosa para que hasta ahora los obispos prácticamente no se hayan pronunciado sobre el tema.

Los obispos malteses sí han dado una orientación.

La pregunta que planteo es similar a la que muchos católicos se hacen: “¿en qué quedó lo de la comunión a los divorciados, se sabe algo?”. Los sínodos sobre la familia fueron despertando interés poco a poco. Las personas se fueron informando por la prensa. Muchos no supieron nada por parte de sus diócesis o parroquias de las 39 preguntas que el Papa planteó para trabajar los temas más relevantes. Tampoco los medios de comunicación –unos por agnósticos, otros por conservadores- informaron suficientemente. Esto así, los católicos más comprometidos y, por cierto, aquellos que no pueden participar plenamente en la eucaristía, constatan otra vez que se los considera poco.

¿Qué ha ocurrido en otras regiones del mundo? Entiendo que algún obispo norteamericano ofreció unas recomendaciones para que los católicos, cumplidas las exigencias de Amoris laetitia, se acercaran a comulgar; pero también que otro sacó un documento en contrario. No he sabido que los alemanes hayan publicado nada. Su contribución en el sínodo fue extraordinaria. ¿Y España? Los obispos de Malta, obispos de Malta, en cambio, han redactado un documento notable. Ayudará ciertamente a sus fieles.

No entiendo por qué este silencio. El Papa también necesita ayuda. Francisco tiene una oposición impresionante de parte de sus propios colaboradores. Cuatro cardenales, y otros católicos tras ellos, han emplazado a Francisco, sugiriendo que con Amoris laetitia se apartó de la ortodoxia. ¿Y los demás cardenales qué piensan? El sínodo aprobó el documento base de Amoris laetitia por más de dos tercios de los votos, es cierto. Pero ha quedado pendiente explicarle a los católicos cómo han de entenderlo en sus respectivas regiones.

Puedo entender que los obispos latinoamericanos no entren en polémica con el cardenal Burke y los demás prelados, contra el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y las otras autoridades de la curia contrarias al Papa. Pero, si hay obispos de acuerdo con Francisco, ¿por qué no los apoyan en la aplicación del documento, sobre todo cuando lo principal en juego es orientar al Pueblo de Dios? Son muchos los católicos que tienen la sensación de abandono.

Bastaría con un documento como el de la Iglesia de Malta: Criterios para la aplicación del capítulo VIII de Amoris laetitia. En el párrafo decisivo sostiene:

Si, como resultado del proceso de discernimiento, emprendido con ‘humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta” (AL 300), una persona separada o divorciada que vive en una relación consigue con clara e informada conciencia, reconocer y creer que ella o él están en paz con Dios, ella o él no pueden ser impedidos de participar de los sacramentos de la reconciliación o eucaristía (cf. AL, notas 336 y 351).

Mientras no haya pronunciamientos de los obispos latinoamericanos, este documento, y este párrafo, pueden servir para muchas iglesias de América Latina; y, quién sabe, si para otras iglesias del mundo también.

El retorno de la sabiduría

soubletteLos pueblos de la antigüedad tuvieron una ciencia que mientras el ser humano no se rinda a los monstruos que está creando, seguirá siendo necesaria: la sabiduría.

La sabiduría en todos los pueblos ha consistido en un saber vivir. Es un saber fruto de una reflexión sobre la propia experiencia, un “saberse” por dentro y en el contexto en el cual se interactúa. Los sabios fueron personas conectadas consigo mismas y con el cosmos, capaces de vivir místicamente una unión con todos los seres, de admirar su belleza y de hacerse cargo de su cuidado. Judíos, chinos, incas -la lista abarca a todas las expresiones culturales civilizadas- han desarrollado un acervo sapiencial con el cual han podido transmitir, no sin hermosura, orientaciones a la felicidad a las nuevas generaciones.

¿Hoy qué? ¿Qué puede llamarse sabiduría?

El horizonte está sumamente fragmentado. Las grandes tradiciones religiosas y filosóficas han entrado en contacto, y se relativizan unas a otras; han experimentado el impacto de la cultura secularizadora científico-técnica; son socavadas por la lógica mercantilista que incluso las vende con tal de hacer crecer la economía. Los conocimientos que los sabios de Occidente y Oriente afinaron por milenios, fácilmente son olvidados o ridiculizados.

La situación mundial es apocalíptica. Las previsiones son pésimas. El cuadro medio-ambiental es el peor de todos. Si los pobres consumieran como los ricos necesitaríamos más de siete planetas para solventar los costos. La economía financiera se liberó de la economía productiva, ¡se automatizó!, nadie la controla, pero sirve a la acumulación de la riqueza del 1% de la población que ya controla el 99 % de los bienes. La competencia entre los grandes se replica en la batalla cotidiana por “ganarle el quien vive” al prójimo. Todo se acelera. El aumento descomunal de los conocimientos, y la avidez por sacarles un partido comercial, ha obligado a la vida humana a desarrollar una velocidad que la mayoría no puede sostener. El tiempo se traga al espacio. Cronos devora a sus hijos. Pareciera que mientras nos quede el cuerpo, lo ocuparemos en comprar y consumir, y exhibirnos porque, si alguna vez se trató de “ser alguien”, ahora todo se juega aparecer físicamente antes de ser definitivamente descartados. Falta poco para que los robots hagan mejor, y sin cansarse, lo que nosotros hacemos con dificultad, y mientras tanto.

Los muchos conocimientos, los controles biológicos, mecánicos y algorítimicos no nos han hecho más sabios. Solo “la experiencia es la madre de la ciencia”. Cuando la ciencia nos desconectó del universo, de la tierra, de los demás y de nuestra propia interioridad, dejó de ser ciencia propiamente tal. La sabiduría sí lo ha sido, por esto la volvemos a necesitar.

Pero hay un aspecto sapiencial de la apocalíptica que convendría recuperar. El pueblo de Israel en circunstancias especialmente catastróficas y humillantes, supo extraer de su propia historia una palabra trascendente que le hizo esperar y luchar por un futuro distinto. Los israelitas se sobrepusieron. Apostaron a que la historia tenía sentido, que habría un juicio final y que Dios rehabilitaría a los mártires. Se podía ser distintos a sus opresores. Había, sí, que mantenerse firmes y resistir.

¿Cómo ser sabios hoy? No se trata de arremeter contra la tecno-ciencia. La batalla se juega a otro nivel. La sabiduría busca la felicidad cualquiera sean las circunstancias. Estas pueden cambiar. Es sabio comprometerse políticamente, siempre que se tome partido por el bien de todos, en vez que del propio. Salomón, el rey, fue en su época el modelo de la sabiduría. Pero, en lo inmediato no se ve cómo estas circunstancias puedan ser modificadas. Talvez no lo sean nunca. Pero nada impide en plantarnos en la vida de un modo protagónico: observar, pensar, sentir el mundo que habitamos en el propio corazón, admirarse, tomarle amor a los minerales, a los vivientes, situarse en la galaxia, inspirar y expirar, oír las voces mejores y elegir un estilo de vida.

Porque a fin de cuentas de esto se trata, de una decisión. El sabio lo examina todo y “escoge”. El sabio “se” escoge. Elige “ser elegido” por la humanidad a la que tanto le debe y a la cual se debe por entero.

La teología “en veremos”

aaa-guayaLa teología tiene una tarea pendiente. Una tarea, por cierto, enorme. Tal vez desde los inicios del cristianismo la Iglesia no experimentaba una necesidad tan grande de pensarse teológicamente en su mundo respectivo.

¿Le está ayudando la teología a la Iglesia en esta nueva época? Independientemente de los sectores eclesiásticos que ven en cualquier intento por “dar razón” del cristianismo una amenaza casi personal, creo que la teología mejor es muchas veces la peor. Me explico: mucha teología solo incrementa los anaqueles de las bibliotecas. Es teología de teología, es teología sobre la teología que un tal hizo sobre otro que alguna vez dijo esto o aquello; pero, de tanto irse por el “lomo del queso”, nunca es teología de la realidad. Y es esta, estoy convencido, la teología que la Iglesia necesita antes que de la otra (que también necesita, por cierto).

El caso es que la distancia de la Iglesia con la cultura –la cultura predominante y las diversas culturas-, es creciente. La actual configuración histórica y cultural de la Iglesia no soporta tantos y tan acelerados cambios. Este fue ya el diagnóstico del Vaticano II hace 50 años. Hoy la tensión es mucho mayor. La Iglesia cruje, la relación entre la institución eclesiástica y el Pueblo de Dios en general chirría. El foso entre “lo oficial” y el común de los bautizados (incluidos sacerdotes y obispos) es tan grande que no se sabe exactamente quién tiene real autoridad para orientar a los demás. La investidura, es clara quien la tiene. La autoridad, para nada.

Una cosa sabemos: mientras la caridad sea lo primero, siempre navegaremos en la dirección correcta. El Papa Francisco ha enderezado el timón y la nave recupera el rumbo. Pero la caridad cristiana acierta verdaderamente cuando exige y depende de una articulación de la fe y la razón. Una caridad pueril y piadosa nunca debe ser despreciada, pero tampoco mistificada. La caridad que hoy necesitamos requiere ser excogitada en todos los planos de la vida humana, y a nivel político y planetario, para lo cual se necesita una teología que salga del despacho universitario, que se libere de los estándares de rendimientos científicos, una que tenga el coraje que tiene el mismo Papa para ensayar y equivocarse. Porque esta teología, la que está pendiente, tiene que ser teología que se confronte con hipótesis e interpretaciones de una realidad cada vez más difícil de comprender; que se sitúe históricamente y piense su quehacer en una cultura en transformación variopinta, disparatada muchas veces, e incesante. Lo que se requiere es una conversión teológica en 180 grados. La teología se ha ocupado de la revelación de Dios en el pasado; la que se necesita ahora debiera concentrarse en el habla de Cristo en el presente. Sin una teología de este tipo, la propuesta evangelizadora está naufragando.

Tomemos dos ejemplos actuales y felices. En estos casos ha habido un trabajo teológico serio por hacerse cargo de los desafíos culturales actuales. He aquí un Papa que, gracias a una teología que ha procurado responder a la época, escruta los acontecimientos y descubre en ellos algo que no está en las Escrituras aunque sin estas no tendría como descubrir. Francisco Papa ha querido hacerse cargo de la posibilidad de que Dios enseñe algo nuevo en las transformaciones culturales de la sexualidad y en la reacción mundial ante la crisis socio-ambiental que tiene a la Tierra al borde del abismo. Con Laudato si’ la Iglesia responde con el Evangelio al desafío número uno del género humano: una humanidad liberada de su pertenencia al cosmos, no haya su razón trascendente de ser y acabará ella, y el resto de los vivientes, en el mejor de los casos, en un gran basurero. Con Amoris laetitia, en cambio, tenemos la respuesta que la Iglesia da a su propio fracaso en la evangelización de la sexualidad, del matrimonio y de la familia. Debe celebrarse el paso adelante, aunque sea insuficiente. La pluralidad cultural a la cual la Iglesia quiere responder con el Evangelio es tan grande, que la enseñanza que puede ayudar en un lugar, puede hacer ruido en otro. Esto, sin considerar la resistencia de algunos pastores desalmados que siempre procuran hacer valer la doctrina a rompe y rasga.

La Iglesia no tiene solución para cada problema humano que se plantee. Las Escrituras y la tradición no pueden seguir siendo interpretadas de un modo fundamentalista. La autoridad teológica reside en esta fuentes, pero, ¿no es necesario reconocer en los acontecimientos históricos un habla de Dios actual que ha de ser oído y obedecido? ¿No tendríamos, por ejemplo, que actualizar los textos litúrgicos con un lenguaje de género que por fin reconozca la dignidad teológica de la mujer? Si la teología hoy no ayuda a la jerarquía eclesiástica a ubicar a la mujer en el lugar evangélico que merece, si no se hace cargo del más importante signo de los tiempos del siglo XX, no es teología. Otra cosa será. Pero no algo inofensivo.

Esta es, en suma, la apuesta de la teología latinoamericana de la liberación, aunque no siempre lo haya expresado con claridad. Lo ha hecho a borbotones y a pesar de varias zancadillas. Estas, sin embargo, indican que su apuesta es la correcta.

¿Qué ocurriría si todos los tratados y manuales de enseñanza de la teología fueran hechos pasar por la criba de la experiencia espiritual de los cristianos y el discernimiento de los signos de los tiempos? ¿Y si también la pasión y la lucha de los pobres fuera considerada…? No me consta que se haya intentado tanto, pero no debiera ser otro el gran programa teológico del futuro. Mientras los agentes pastorales y las autoridades eclesiásticas en particular, continúen siendo formados con una “teología de teología”, es decir, con una que ni siquiera mediatamente se confronta con el hombre y mujer reales, el divorcio de la Iglesia con su época, que se replica dramáticamente dentro de ella misma -entre los clérigos y los laicos, y adentro de cada bautizado-, se acrecentará en vez de estrecharse.

La teología está “en veremos”. La Iglesia también.

Navidad: una estrella entre millones de galaxias

galaxias-3Dice el relato evangélico que llegaron al pesebre unos reyes, ¿unos magos?, de Oriente siguiendo una estrella. ¿Astrólogos? ¿Sabios? Dice San Mateo que hicieron una genuflexión ante el niño en pañales.

Le pregunto a un matrimonio de astrónomos amigo cuántas son las galaxias. Cien mil millones, me responden. En mi calculadora no caben: 100.000.000.000. Talvez son 200.000.000.000, nadie sabe. Estas son más o menos las galaxias calculadas. Pueden ser todavía muchas más. ¡Quedo estupefacto! Una cifra así me aniquila.

La astrónoma agrega: “Y en cada galaxia, unas 100.000.000.000 de estrellas”. ¡Qué importancia puede tener entonces la estrella que siguieron los reyes magos! Aparentemente nada, casi nada, pero no nada. La estrella de Mateo, para las demás estrellas, pensé, pudiera tener un valor infinito.

El dato científico es estremecedor. Pero el dato teológico es todavía más increíble. Debiera serlo para los que creen lo mismo que creyeron los magos. Pero también debiera producir estupor, aunque sea como pretensión de grandeza, a quienes no tienen fe. Creyentes y no creyentes tendrán que reconocer que nadie medianamente honesto puede declarar que posee el sentido del universo. Este es un misterio. A todos se les da la posibilidad de adentrarse en él, pero ninguno puede invocar un título de dominio sobre el secreto de las galaxias y las estrellas.

Los cristianos, con todo, creen tener algunos materiales con que construir una hipótesis hermosa sobre la razón de ser del universo porque esta hipótesis ha sido experimentada, y probada, como un motivo de fraternidad cósmica. ¿Es necesario buscarle al cosmos un “secreto”? Sí, lo es. Pero quien lo encuentre debe someterlo al escrutinio de quienes piensan que el universo no tiene sentido alguno. Motivos de frustración y de desesperanza no falta, ¡sobran! Pero la experiencia de amor a los pobres e insignificantes comprueba que la hipótesis cristiana no es descabellada, aunque sea vulnerable, ya que cualquiera la desbarata. Los atropelladores no pierden el tiempo en nimiedades.

Mucho más impresionante que la cantidad de estrellas del cosmos es Jesús, inerme, rezongando en los brazos de una mujer pobre.

¿Estarán de acuerdo conmigo mis amigos astrónomos? No sé. Los agnósticos con todo derecho pueden decir que no creen en esta desmesura. A los cristianos, en cambio, la estrella de Belén los localiza en la existencia cada Navidad y los orienta el resto del año.

Jesús, para los cristianos, es la expresión humana del Creador del universo, es Dios que se da a escala humana; y, al mismo tiempo, es la medida en que un ser humano puede agradecer al Creador por la existencia. ¿Es algo así vivible? ¿Experimentable? ¿Comprobable? Esta es la apuesta. Es la hipótesis que año a año los cristianos se comprometen a demostrar cuando arman el pesebre. Jesús es para ellos, a su medida, el secreto del universo; secreto de un cosmos que ellos llaman “creación”, porque creen que Dios ama el universo y que ellos, como simples seres humanos, pueden amarlo también.

Pascua significa paso. En Navidad los cristianos celebran el paso de Dios a la humanidad no solo a una escala adecuada a las posibilidades de comprensión de su secreto, sino también como revelación de este secreto a los pequeños. Los humildes lo descubren. Para los todopoderosos, este es un don irrisorio. Para los insignificantes, lo es todo. El secreto del universo es el amor por la totalidad de la realidad que se revela a los desposeídos. La Iglesia cree que Jesús en toda su humildad, en pañales en un canasto, desnudo en una cruz, es la razón de ser del cielo y la tierra.

¿Qué hacer con las cenizas?

cremacionLa instrucción Ad resurgendum cum Christo ha causado conmoción. La muerte y despedida de los restos mortales de un familiar es de los acontecimientos más sensibles de la vida humana, y de los más importantes. La prohibiciones del documento, tal como han llegado al pueblo de Dios, han irritado o herido los sentimientos de los fieles. Muchos católicos están perturbados.

No comentaré los argumentos teológicos aducidos.

En cambio, ofreceré una ideas sobre qué hacer en la situación que se ha creado. Tres asuntos son los más relevantes:

+ Prohibición de dispersar las cenizas o generar reliquias. Dice el documento: “Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación”.

¿Qué se puede hacer? A futuro, cumplir la norma. Respecto de lo ocurrido o realizado en el pasado, no hay prácticamente nada que hacer, solo esperar que el Padre “que resucitó a Jesús de entre los muertos” reúna las cenizas y reliquias como lo hace, por ejemplo, con las víctimas inocentes aniquiladas por las bombas en las guerras. El Creador es capaz de lo que a nuestros ojos es imposible imaginar.

A futuro, con todo, ¿sería posible dispersar las cenizas de los deudos en otros lugares de la creación que no sea una tumba en tierra o cemento? No podemos descartar que, en la óptica ecológica abierta por Laudato si’, el retorno de los restos mortales de un cristiano al mundo material se haga explícitamente en nombre del Creador del universo. Lo que no debiera hacerse es dispersárselos por un motivo contrario al Credo cristiano.

+ Prohibición de guardar las cenizas en las casas. Dice el documento: “no está permitida la conservación de las cenizas en el hogar”. La excepción dada, por cierto difícil de implementar, no está actualmente a mano de la gente común.

¿Qué se puede hacer? A futuro, sepultar a los deudos en tierra o llevar las cenizas a una iglesia.

¿Y qué pasa con las cenizas que actualmente los cristianos tienen en sus casas?

• La norma no debe interpretarse con efecto retroactivo. Debiera regir solo a futuro.

• Pero, si esta nueva norma ha dejado inquietas a las personas que tienen estas cenizas en sus casas, bien pudieran llevarlas a las parroquias. Allí tendrían que ser recibidas sin necesidad de pagar por un nicho o columbario. Sería la manera más razonable y piadosa de hacerse responsable la autoridad eclesiástica de la perturbación creada en los fieles.

• Si las parroquias no aceptan las cenizas gratuitamente, caben dos posibilidades. Una: las personas pudieran conservar sus cenizas en un lugar digno de sus casas. Puede ser el lugar donde normalmente se tienen las fotos más queridas o donde haya un altar familiar. Desde que Cristo resucitado liquidó la separación entre lo sagrado y lo profano, una casa y una familia también pueden ser sagradas a los ojos de Dios.

• Dos: las cenizas también podrían ser esparcidas en los mares, en las montañas o en el aire de acuerdo a la fe de la Iglesia en Dios creador de la naturaleza, y no en nombre de otras creencias, como se ha dicho más arriba.

+ Prohibición de celebrar exequias. Dice el documento: “En el caso de que el difunto hubiera dispuesto la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le han de negar las exequias, de acuerdo con la norma del derecho”.

¿Qué hacer?

Los sacerdotes han de suponer que las personas que han deseado tener un funeral cristiano efectivamente adhieren al Credo de la Iglesia. Sería indebido y generar extraordinarias complicaciones, además de dañar la dignidad de los cristianos, que la autoridad eclesiástica suponga en los fieles una mala fe.

En todo caso, sería muy conveniente que los episcopados locales se pronunciaran sobre este tema. En esta materia hay una gran diversidad de costumbres culturales y religiosas.

Hay tomas y tomas

11-11-3457Es fácil tomarse una universidad. La universidad es inerme. Ella no tiene un poder propio. Vive del amor a la verdad, al bien y a la belleza. Es tan frágil, que se la humilla con facilidad.

Deploro las tomas. Me afectan, me impiden estudiar; me hacen sufrir, pues me da pena ver a los estudiantes arriesgar la calidad de su formación. Todas las tomas dañan la universidad, pero no me confundo. Hay tomas y tomas, así como hay estudiantes y estudiantes.

Comprendo que haya tomas porque estamos en una circunstancia histórica particular. Son modos de reclamar cambios necesarios en la educación universitaria. Pero, ¿cómo va a ser normal que los establecimientos sean rayados y destruidos, los semestres atrasados, los académicos echados de sus oficinas? ¿Cómo no va a dar pena que el día de mañana nuestros estudiantes no encontrarán trabajo porque en su CV dirá que egresó de una universidad famosa por los disturbios?

Hay tomas y tomas también bajo otro respecto. No puedo dejar pasar que existen otros agentes que también violan la autonomía universitaria. Grandes corporaciones empresariales nacionales y extranjeras han exprimido, contra la ley, a nuestros estudiantes y a sus familias. Muchos bancos se han hecho el pino con el crédito con aval del Estado. La empresa privada, por su parte, obtiene de las universidades la investigación que les financia. Así desvían las energías intelectuales de los académicos hacia sus áreas de interés, las que no son siempre las que convienen al país. Todavía más, las universidades chilenas por muy públicas que se declaren, se han dejado regir por los estándares norteamericanos de acreditación científica. Si publicas un artículo de calidad ISI, bien. Si no, prepárate. ¿No se da cuenta la academia chilena que todo sistema de producción de conocimientos obedece intereses bien concretos? Otras universidades pueden pertenecer o haber caído en las manos de un partido político. No faltan tampoco las facultades apoderadas por un grupo de académicos reunidos en torno a una escuela científica, a unos negocios o a la edad, grupos cerrados que no dejan entrar gente nueva. La universidad chilena es bastante heterónoma. Se la toma cualquiera. También las iglesias le faltan el respeto. Un clérigo puede meter mano en ella como el verdulero acomoda las peras. Todas estas configuraciones universitarias son patológicas.

Talvez alguien piense que una toma justifica a otras tomas. Así piensan siempre los sinvergüenzas. No es honesto decir: “estos se toman la universidad por estas razones, yo también tengo razones para tomármela”.

Hay tomas y tomas, pero todas son tomas. Todas hieren la autonomía que es el alma de la universidad. Es necesario distinguir entre unas y otras, no son todas igualmente graves, pero un auténtico amor por la universidad exige luchar por su autonomía. La gran mayoría de los universitarios quiere cambios. Muchos de ellos se han movilizado. Cientos, talvez miles de académicos los apoyamos. Pero movilización, incluso los paros, no es sinónimo cualquier tipo de toma.

No todos los estudiantes que se han tomado los establecimientos destruyen las salas, queman los asientos, rompen los vidrios, se roban los data show, amenazan a sus compañeros, fabrican bombas molotov, le sacan la madre a los guardias o les pegan si les piden las credenciales. Muchos de los estudiantes que de buena fe participan en las marchas y tomas son a la vez víctimas de las mesas planas y de dirigentes que simulan amor al diálogo, y mienten sin sonrojarse.

Muchos estudiantes no participan en las re-tomas porque no quieren volver a ser usados y desechados.

La universidad es hermosa porque en ella la discusión de las ideas es la única batalla que cuenta. Pero una batalla entre académicos e incluso entre estos y sus estudiantes, es una episodio en una guerra que unos y otros ganan juntos. La verdadera universidad es el más humilde de los recintos, porque ella no funciona sin respecto máximo por quien piensa distinto. Un verdadero universitario, alguien que tiene la libertad interior para bajar al fondo de sí mismo y con honestidad reconocer que duda de sus propios conocimientos, no puede sino reconocer y reverenciar el trabajo de su colegas. Un verdadero profesor debe valorar el punto de partida real con que sus estudiantes llegan a su curso. ¡Jamás humillarlos con sus ciencia! El lenguaje de la ciencia no es el del poder. La verdad que en las universidades prevalece por la fuerza de la argumentación y de la prueba. En ellas vencen los que convencen.

La razón es la única fuerza de la universidad. El diálogo y la discusión, la fundamentación, el ensayo, la búsqueda, la equivocación, los descubrimientos son posibles en aquellas universidades que gozan de autonomía. Sin libertad no hay universidad. El miedo a los que suelen tomarse la universidad, la mata. Hay muchas maneras de tomársela, de matarla. La universidad es tan bella como indefensa. Por eso me duele verla maltratada.

Pero lucho para que los mismos poderes que hoy se apoderan de la universidad algún día cooperen en garantizar su autonomía.