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La misión de un parlamentario católico

Un político católico debe obedecer a las autoridades de su Iglesia. Pero a veces esto no es fácil. ¿Qué es exactamente obedecer? No siempre será evidente al político católico que ellas tengan razón. Cualquiera sea el caso, es útil distinguir entre hacer propia la enseñanza de la Iglesia y obedecer a los pastores una instrucción de orden político. Hay temas en que la enseñanza eclesiástica no es clara para los laicos. Hay situaciones en que esta enseñanza sí es clara y, sin embargo, las decisiones políticas pueden ser plurales. Exigir los obispos a los laicos una misma acción política, exigírselo especialmente a los parlamentarios, no corresponde.

Los católicos debieran confiar en las autoridades de la Iglesia. No es esperable que los laicos estén igualmente preparados en todos los temas sobre los cuales su Iglesia tiene algo que decir. Es ya mucho lo que han de aprender para ganarse la vida y sacar adelante a su familia. Deben, en consecuencia, hacer fe en la enseñanza de sus pastores. Estos, por su parte, tienen por misión iluminar el camino de los fieles en virtud de una investigación de las fuentes de la revelación (la Biblia y la tradición, interpretadas por los “padres”, los papas, los teólogos y la experiencia creyente de los mismos cristianos), el auxilio de la filosofía y de las ciencias modernas, además de la atención a los “signos de los tiempos”, en todo lo cual los mismos laicos, sea por su preparación profesional, su sabiduría acumulada y su experiencia espiritual, aportan muchísimo. Esta misión se hace más difícil cuando las respuestas del pasado no vienen al caso de las preguntas del presente. Forjar una enseñanza nueva para tiempos nuevos, es una tarea que requiere mucho estudio y energía. Demanda un ingente trabajo colectivo y una disposición a buscar la verdad mucho más que a defenderla.

La Iglesia -todos los bautizados- enseña cuando aprende. Ella misma es ignorante sobre una enorme cantidad de materias que los tiempos aún no le han planteado. Las autoridades eclesiásticas no poseen “verdades” guardadas que sacar de un baúl cada vez que se presenta un problema. Tampoco tienen “recetas”. Ellas nunca pueden olvidar que la humanidad, y la Iglesia misma, avanza en la historia a tientas. Deben recordar, más bien, que la Iglesia ha perfeccionado muchas veces su enseñanza. El respeto de la libertad religiosa, por ejemplo, constituye un avance doctrinal del Vaticano II (Dignitatis humanae 2). El Concilio contradijo la intolerancia de Pío IX en esta materia (Syllabus III, 15). Este progreso es uno entre muchísimos otros.

Lo que vale para los cristianos en general, tiene particular importancia para los políticos católicos. Estos y las autoridades de la Iglesia, por lado y lado han de respetarse en el cumplimiento de sus funciones. Los políticos han de confiar por principio en la enseñanza de sus pastores. Estos, por su parte, deben reconocer autonomía al ámbito público y, sobre todo, respetar el recurso a la conciencia de los políticos cristianos. La persona de Estado “tiene el derecho de seguir, según su conciencia, la voluntad de Dios y de cumplir sus mandamientos sin impedimento alguno. Esta libertad, la libertad verdadera, la libertad digna de los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Ésta es la libertad que reivindicaron constantemente para sí los Apóstoles” (León XIII, 1888).

Es así que la Iglesia en Chile debe esperar, e incluso pedir, que los senadores católicos cumplan el juramento que hicieron al asumir su cargo. Dice el Reglamento del Senado: “¿Juráis o prometéis, guardar la Constitución Política del Estado; desempeñar fiel y lealmente el cargo que os ha confiado la Nación, consultar en el ejercicio de vuestras funciones sus verdaderos intereses según el dictamen de vuestra conciencia y guardar sigilo acerca de lo que se trate en sesiones secretas, y respetar y acatar las decisiones de la Comisión de Ética del Senado?”. Algo parecido vale para los diputados.

Si algunos dignatarios eclesiásticos no están de acuerdo con que un católico jure algo así, podrán recomendarles que cesen en su cargo. Arriesgan, eso sí, que el parlamentario invoque en su contra la enseñanza de la misma Iglesia.

Continúa el Reglamento: “El nuevo Senador responderá: ‘Sí, juro’, después de lo cual el Presidente agregará: ‘Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, El y la Patria os hagan cargo’”.

Si el congresal católico jura y luego en el desempeño de su cargo no cumple su juramento, “peca”. Será un “pecado”, en su caso, no obedecer a Dios que le habla en lo hondo de su conciencia. El senador/a o diputado/a deben iluminar su conciencia con la enseñanza que las autoridades de su Iglesia le hacen saber, pero ellos no han sido elegidos para obedecer a sus pastores ni para defender su credo, sino para tomar las mejores decisiones políticas posibles atendidas las circunstancias, las posibilidades y las personas en cuestión. Es esto, sobre todo, lo que Dios, y su Iglesia, pueden esperar de los parlamentarios católicos.

Entrevista sobre el pluralismo religioso (autor: Roberto Bravo)

Impuesto Moral Cristiano

Chile está en peligro. En 2015 el 1 por ciento más rico del mundo llegó a tener el mismo patrimonio que el 99% del resto de la población (Credit Suisse Global Wealth). Los chilenos más ricos no trotan, galopan. Los multimillonarios aquí y en otras partes tienen cada vez más poder. El dinero consigue poder. El poder produce dinero.

Con plata se ha comprado a la clase política. Se dirá que los parlamentarios aceptaron financiamiento para su campaña, pero que no se beneficiaron en lo personal. Falso. El mero hecho de ser los diputados y senadores reelegidos, con tales platas, es una suerte de cohecho. Los empresarios que les dieron dinero, tarde o temprano les recordarán este favor y solicitarán algún tipo de compensación. La gente está aburrida de la falta de libre mercado. Unos pocos “grandes” acuerdan entre ellos, por ejemplo, los precios de los remedios y del papel higiénico, prometen seguros y cumplen apenas…. Para qué seguir. La población está airada.

También lo está en otras partes del mundo. En Túnez Mohamed Buazizi, un humilde vendedor de frutas se inmoló como reclamo por los sobornos que le pedía la policía. Las redes sociales viralizaron el hecho. Debido a las grandes desigualdades del norte de África, la chispa de la noticia incendió la región. El fuego llegó a Siria. Las protestas pacíficas por reformas políticas terminaron allí en varias guerras que nadie sabe cómo terminarlas.

La concentración de la riqueza en esta época en la que la identidad de las personas depende de su poder para comprar, es un peligro para las sociedades con aspiraciones de mayor desarrollo humano y para sus democracias. Ya genera frustración no adquirir todo lo que el marketing nos hace comprar. Muy pronto el dragón se morderá la cola. El día que se descubra que la desigualdad es una injusticia, la violencia se apoderará del estadio.

¿Por qué se acumula la riqueza entre tan pocos? ¿Por qué las consecuencias pueden ser fatales para el país? Por dos causas, al menos. Primera: los más ricos lo tienen todo para ser todavía más ricos. Son capaces de ganar cada vez más porque nacieron con un capital importante, estudiaron en los mejores colegios y universidades, crearon contactos y confianzas, se casaron entre ellos mismos y, por último, Dios nunca les falló. Segunda: el robo del capital al trabajo. Es cierto que la economía productiva genera trabajo y sin ella la sociedad involucionaría hasta destruirse. Pero la necesaria concentración del capital opera mediante sueldos de mercado, es decir, sueldos que para el dueño del capital –como otros costos de producción- deben ser lo más bajos para vencer a la competencia; así, se podrán, sobre todo, obtener las mayores ganancias posibles. La empresa privada funciona mediante la acumulación de capital. No puede ser de otra manera. Bien. Pero debe también reconocerse que los riesgos que corren los empresarios no son comparables con los sacrificios con que son sacrificados los asalariados. Peor aún es la economía financiera que genera burbujas que, cuando estallan, destruyen millones de empleos y exponen al planeta a recesiones que acaban en guerras. Los Estados, para evitar males mayores, “salvan” a los bancos y a los especuladores. Y la acumulación continúa.

¿Y los cristianos más ricos dónde están? ¿El católico “cota mil-mil” qué piensa?

Tal vez cree que las palabras de Jesús contra las riquezas no se aplican a él. No han oído, quizás, sus maldiciones: “Ay de ustedes, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo” (Lc 6, 24), les gritaba Jesús. ¿Les enseñaron sus padres algo de la Doctrina Social de la Iglesia? Tal vez no saben que la piedra angular de esta es El destino universal de los bienes, que la propiedad privada es un medio para su implementación, no un fin. El fin, en cambio, es que todas las personas que vienen a este mundo sean propietarias de la tierra. Los cristianos potentados, ¿han mirado a los ojos a uno de los miles de chilenos que viven en las calles de sus ciudades?

Propongo que los católicos pertenecientes al 1 por ciento más rico del país creen un Impuesto Moral Cristiano. No un impuesto legal. Los impuestos legales deben ser objeto de estudios cuidadosos de políticos y expertos. Su establecimiento es cuestión de justicia, pero no debieran desactivar la economía. Lo que sugiero es un impuesto voluntario de un 10 % al patrimonio anual (casas, propiedades, autos, acciones, etc.) de los más ricos. Los mismos católicos interesados en crear este impuesto podrían fundar una institución encargada de devolver a los chilenos una parte, siquiera una parte, de lo que les pertenece. Con este dinero, por ejemplo, se podría dar una justa pensión a las dueñas de casa.

Si las palabras de Jesús y de la Iglesia no les son una motivación suficiente, podrían servirles las de J. Stiglitz (Nobel de economía 2001): “Los miembros del 1 por ciento más rico poseen las mejores casas, los mejores colegios, los mejores médicos y las mejores formas de vida, pero hay una cosa que no parece que el dinero pueda comprar: saber que su suerte está unida a las condiciones de vida del 99 por ciento restante. Es algo que, a lo largo de toda la historia, el 1 por ciento ha acabado siempre por comprender. Pero demasiado tarde”.

Zaqueo creyó en Jesús, dio la mitad de sus bienes a los pobres y prometió a sus posibles defraudados el cuádruplo del perjuicio (Lc 19, 1-10).

Bienvenido el pluralismo religioso

Alguna vez se ha pensado que el avance de la modernidad traería aparejada la reducción de las religiones. Esto no se ha cumplido. La secularización europea no es la regla. Por todas partes del mundo se constata, no obstante el predominio de la racionalidad científica y técnica, el florecimiento del pluralismo religioso. Normalmente las religiones son fuerzas de paz, a no ser que los Estados u otros grupos de poder las utilicen con otros fines. El pluralismo religioso prospera especialmente de la mano de los migrantes que llevan sus creencias por doquier.

Chile es un país pobre en la materia. Faltan aquí judíos, musulmanes, budistas, hindúes y otras versiones de cristianismo como acervo de humanidad. El cristianismo ha nutrido a los chilenos de respeto por la dignidad humana, de amor al prójimo, de inquietud por la justicia social y el bien común, de esperanza y de capacidad de sobreponerse a las adversidades, y de sentido de agradecimiento por la vida. ¿Pero no podría el país enriquecerse aún más si acogiera otras tradiciones religiosas? Los inmigrantes haitianos han comenzado a celebrar sus eucaristías con tambores y cantos muy alegres. ¿Qué es de los coreanos? No sé. ¿Y de los chinos e indios? Tampoco sé. Los budistas son lamentablemente pocos. Los musulmanes también son pocos. Habrá que esperarlos con los brazos abiertos.

Desde un punto de vista teológico la apertura de los cristianos a descubrir la grandeza religiosa de la humanidad tiene fecha de comienzo. El concilio Vaticano II, de un modo impresionante, aseguró que Dios “salva” a los seres humanos por vías que la Iglesia puede desconocer. La Iglesia Católica, en consecuencia, no tiene el monopolio de la verdad. El mismo Vaticano II derribó el muro con los judíos. Hoy las relaciones interreligiosas entre ambos credos suman triunfos. Algo parecido ha ocurrido con las otras confesiones cristianas. El ecumenismo es casi obvio. Después de polémicas, e incluso de guerras entre ellos, los cristianos descubren que comparten lo fundamental. Por último, el Concilio terminó con las religiones estatales. Desde entonces las iglesias locales no debieran procurar de los Estados ningún tipo de privilegios. A partir del Vaticano II las jerarquías eclesiásticas han debido respetar la conciencia de los políticos católicos en el ejercicio de sus cargos.

La modernidad y sus modernizaciones sin duda han elevado las condiciones de vida de la humanidad. Han forjado también valores extraordinarios: la democracia y los derechos humanos. Pero, por otra parte, sobre todo a ancas del capitalismo, han devastado al mismo ser humano que pretende mejorar. La crisis socio-ambiental es una prueba palmaria de su fracaso. Hoy, por el contrario, se impone la convicción de que las religiones humanizan a un nivel muy profundo. No siempre. No en todos los casos. Ninguna de ellas debiera eximirse a priori del escrutinio público. Pero, en términos generales, las religiones, con sus ritos y sus mitos, expresan las necesidades más hondas de amor, de perdón, de purificación, de integración al cosmos, de oración, de agradecimiento, de justicia y de paz de las personas.

Esto así, me pregunto si en Chile no pudiéramos fomentar el mejor de los pluralismos religiosos. Se me ocurren dos ejemplos. ¿No sería posible innovar en el Te Deum? Todos los 18 de septiembre la Iglesia Católica da gracias a Dios por la patria. Últimamente esta oración ha incorporado, con expresiones de gran belleza, a otras denominaciones religiosas y culturales. ¿No podría un año hacerse esta misma ceremonia el día 19, en la catedral evangélica? Podría presidir las oraciones el pastor de Jotabeche. Lo mismo pudiera hacerse en el nuevo templo bahá’í que domina la ciudad desde los pies de la cordillera. El templo, de lejos, se ve hermoso. Los bahá’í procuran precisamente una amistad religiosa mundial. O llevar las ceremonias a Coquimbo. Allí se construyó una mezquita. Se dirá que bromeo. No. El Papa Francisco lo haría. Sería un gesto potente de voluntad de amor, de diálogo y de paz.

Otra propuesta. ¿Qué hace necesario que siga habiendo capellanes en el palacio de la Moneda? ¿No significa esto un trato privilegiado con una o dos religiones? Se trata de un cargo ya algo arcaico. ¿Es útil? No es inútil que haya un capellán castrense. El obispado católico presta un servicio a la enorme familia militar. ¿Pero por qué a una religión particular se le facilita este acceso y a las demás no?

Última propuesta, y con esto termino. Me parece que el Estado de Chile debiera actualizar su relación con las religiones. Sería muy conveniente que concentrara sus ayudas en favor de todas las religiones, que fomentara su desarrollo y el encuentro entre ellas, en vez de apoyar cargos y ritos que van perdiendo razón de ser, o que se han vuelto odiosos por su parcialidad. Esta sería la mejor expresión de la neutralidad que la República debe a sus ciudadanos.

Entrevista de José Manuel Vidal en Religión digital

Está faltando socialismo

No soy analista político ni político, escribo como un ciudadano común. Lo hago porque estoy preocupado.

Juzgo que la mayor dificultad de Chile hoy es la relación de una clase política enferma con una ciudadanía enferma también. Lo primero que salta a la vista son los yerros de los políticos. Estos son graves, pero el disgusto ciudadano contra los políticos, el Estado, los empresarios y contra sí misma, especialmente tratándose de un malestar y una odiosidad que se nutren de un individualismo creciente, se está convirtiendo en una amenaza todavía mayor. El individualismo está desquiciando las instituciones y las agrupaciones, a las parejas y a las familias, a Chile como país y a otros países.

Desde que Joaquín Lavín el año 1987 anunció el triunfo del neoliberalismo sobre la configuración comunitarista del país, el individualismo, sobre todo en su versión consumista, se ha convertido en el factor motivacional principal de la toma de decisiones de las personas, también en el campo político. En general, la gente vota por lo que le conviene y no por lo que le conviene al país. ¡Muchos no votan! Es más, no solo los jóvenes, también los mayores exigen derechos pero no quieren que la sociedad les imponga deberes. Se olvida, empero, que los derechos se sustentan con deberes.

El pronóstico es malo. Alejandro Guillier, de izquierda, quiere ser el candidato de una ciudadanía harta de los políticos y de los abusos de quienes controlan del Mercado. Pero no me parece igualmente preocupado por la creciente falta de solidaridad política de esta ciudadanía. La solidaridad social de la nación se activa fácilmente y de un modo extraordinario con terremotos, aluviones e incendios. Pero las últimas décadas hemos constatado entre nosotros ciudadanos una pobrísima voluntad de sacrificio político. El caso es que la mayoría de las personas parece más interesada en lo que el país le pueda dar que lo que ella pueda dar a su país.

Esto lo digo porque, tras haber leído el libro de Raúl Sohr en que entrevista al candidato, no me queda la impresión de que Guillier se dé realmente cuenta la profundidad del problema. Comencé a leer el libro con la simpatía que siempre le he tenido al personaje, pero quedé preocupado. Me ha dejado la idea de que Guillier no percibe que la “revolución silenciosa” diagnosticada por Lavín nos ha hecho cada vez más egoístas y que la desigualdad, que no cede, en una cultura maleada por el Mercado, nos parece aún más irritante. Nos vuelve agresivos. Nos enferma.

La ciudadanía, la responsabilidad política del pueblo sobre sí mismo, está siendo carcomida a un nivel muy hondo. Entre los muchos fallos de los políticos, el peor de todos puede ser precisamente no representar a esta ciudadanía como “profesionalmente” debe hacérselo. A mi parecer, su obligación mayor debiera ser auscultar “las necesidades de la gente”, conocer sus emociones, reacciones y reclamos de justicia y de derechos; pero, la profesión de político exige también tomar decisiones impopulares y legislar muchas veces en contra de las mayorías, si de ello depende la construcción de un futuro común.

Tiene razón Guillier de quejarse contra la clase política por numerosas razones. También acierta en representar el malestar enorme de la ciudadanía engañada por empresas, cadenas de negocios y tiendas que abusan de ella. Los chilenos están airados contra la colusión entre las empresas y el cohecho con que estas seducen a los parlamentarios. Pero un político –y de esto nada dice Guillier- no solo debe asumir la queja de los ciudadanos, sino también encaminarlos al bien común, a veces contra su voluntad, por la fuerza de la ley.

¿Será mejor Guillier que el Partido socialista que lo eligió de candidato? No sé. Pero es lamentable que la política sea cosa de mera popularidad. ¿En qué momento el Parlamento liberó a los ciudadanos de la obligación de votar en las elecciones? Mal hecho. Otro ejemplo: los ciudadanos agradecen, en principio, el incremento de un 5 % en su fondo previsional, pero quieren que se les impute como ahorro individual. No están dispuestos a compartirlo con los demás. Tercero: los santiaguinos, en forma creciente, se “vengan” contra el Transantiago no pagando sus pasajes. ¿Son estos mejores que la juventud que destruye los buses y que arruina el centro de la ciudad con los grafittis y sus proclamas anarquistas? Por mi parte, me sumo a quienes exigen que la gratuidad universitaria sea financiada por los egresados una vez que se inicien en la vida laboral. Asimismo, pienso que habría que quitarle la gratuidad a quienes no voten en las elecciones políticas.

Resulta paradójico pensar que, al final del día, los socialistas chilenos son los empresarios que, con el pago de impuestos, financian los derechos sociales (salud, educación, habitación, etc.) de una población que tiene puestos los ojos solo en sus intereses individuales. Es raro, además de injusto. El futuro de cualquier país depende de que cada ciudadano y las asociaciones intermedias se sacrifiquen en beneficio de los demás y del conjunto.

La alegría de la mujer que da a luz un niño (tomado del Oráculo cristosófico): (Jn 16, 20-22)

«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 20-22)

La alegría que produce la fe es mucho más que jovialidad u optimismo. Para quienes creen en Cristo, es posible alegrarse incluso en medio de las persecuciones. Aún en el caso que no fuera posible alegrarse, porque lo que predomina es la adversidad, existe al menos el consuelo del triunfo futuro. La mujer que ha tenido un hijo lo sabe. Ella pasó por los dolores del parto. La esperanza de un niño le bastó para soportarlo. Jesús insta a sus discípulos a creer en la alegría. Esta se hará realidad infaliblemente. Es tan cierta la victoria que ya ahora es posible alegrarse. Los que viven del triunfo de la fe, pueden alegrarse anticipadamente en medio de las penurias del presente. Bien vale vivir para la alegría. De la alegría también se puede vivir.

¿Crees que esto vale para ti? Créelo, y verás cómo comienzan a disiparse tus tristezas. Cristo triunfó. Vamos ganando. Lávate la cara, cámbiate de ropa, busca una buena colonia… Llegará el día en que no llorarás más. Créelo, y alégrate ya, ahora. Mientras más te apures más pronto sucederá.

Autor de texto: Jorge Costadoat

Ilustradora: Agustina Meneses

Necesidad del Ante-Cristo

Escribo del Ante-Cristo. No sé si lograré expresarme. Se me perdone. No quiero molestar. Pero se trata de algo importante.

El Ante-Cristo es distinto de Cristo y del Anti-Cristo.

El Ante-Cristo es el Cristo anterior al Cristo resucitado en que creemos los cristianos. Es, por decirlo así, el Cristo antes de Cristo. La Iglesia celebra en Semana Santa la pascua de Jesús de Nazaret, resucitado y rehabilitado por Dios como el Mesías de toda la humanidad. El problema es que, en este paso, los seguidores de Jesucristo nos apropiamos muy rápido de su victoria y, como por arte de magia, la computamos con cualquier éxito terreno comenzando por la adquisición de riquezas y siguiendo por la acumulación de poder. ¿No es esta invocación de su victoria una especie de traición a la solidaridad de Jesús con los crucificados de todos los tiempos? Lo es.

El Ante-Cristo es Jesús así no más. Sin resurrección. Un carpintero de una región insignificante de Palestina que creció entre gente agobiada por los impuestos de judíos y romanos, un galileo común llamado por Dios a integrar a los marginados por sus enfermedades, a los despreciados por su irreligiosidad, a los pecadores de todo tipo y a las víctimas de la aristocracia y los sacerdotes de Jerusalén. Lo mataron los romanos, no los pobres. Lo mataron a instancias de los expertos en Dios, fariseos y saduceos que administraban la salvación. No podía ser que un israelita de a pie reclamara para sí una relación con Dios tan íntima como para llamarlo Padre y hermanar a justos y pecadores. Quienes a futuro se supieran “hijos” e “hijas” de Dios, amados incondicionalmente por Él, no tendrían por qué acatar al establishment religioso que trocaba la salvación con buenas obras y sacrificios tasados en dinero. Este, sin más, fue y sigue siendo el Ante-Cristo. Fue, porque lo asesinaron y hoy muchos piensan que fracasó y punto. Sigue siendo, porque, aunque lo eliminaron, también muchos lo admiran y se dejan orientar por su figura y su discurso humanizador. ¿Merece “fe” el Ante-Cristo? Sí, pero fe con minúscula. Es la “fe” de esas personas que reconocemos por su amor al prójimo.

El Anti-Cristo, en cambio, es todo lo contrario. Este no merece fe ni con minúscula ni con mayúscula. Es infiel por naturaleza. Desleal. Con el Anti-Cristo no hay posibilidad de amistad alguna, solo de alianzas. Es el “dios” de los triunfadores a secas. No “es”, “son” los dioses de quienes absolutizan sus múltiples ambiciones. Es el ídolo del dinero -Mammón le llamó Jesús- con que se compra de esto y aquello, calcetines y mujeres, el “dios” que se encarna a veces en poderes eclesiásticos que venden indulgencias, sacramentos, bendiciones, que sacan pecho en las embajadas y se reverencian unos a otros en las nunciaturas. El Anti-Cristo es el super-hombre que invierte en los paraísos fiscales, importándole un rábano que la especulación internacional arrebate el futuro a los pueblos miserables de la tierra. El Anti-Cristo se ufana delante de los pequeños, los mira en menos, los pasa a llevar, a no ser que pueda comprarlos para venderlos. El Anti-Cristo mandó matar al niño Jesús. No lo consiguió. Terminó con los inocentes de la región. El Anti-Cristo convenció al Sanedrín que más valía sacrificar a uno, a Jesús, para no poner en peligro el pacto político entre Roma y el Israel de la época. Sus víctimas en todo tiempo han de pasar al olvido. De ellas no pueden quedar restos, memoria ni museo.

Los cristianos por dos mil años han debido precisamente hacer recordar a las víctimas del Anti-Cristo. La Eucaristía es un memorial de quien fue ajusticiado injustamente y una apuesta por su rehabilitación. Creer en Cristo equivale a afrontar a los ídolos del Anti-Cristo con las armas de la lucha por la justicia y el perdón de los arrepentidos. Habrá un juicio final. No da todo lo mismo. Por fin se sabrá que el amor es el secreto del universo. Pero los cristianos –lo decía hace poco- solemos aferrarnos demasiado rápido al resucitado y, a causa de esta prisa, olvidarnos del Ante-Cristo, el Cristo antes de Cristo. En esta pasada, inadvertidamente, nos aliamos con los que aquí y ahora dominan a los demás. ¿Es posible creer al mismo tiempo en Cristo y el Anti-Cristo? Es un hecho que sí. Muchos cristianos “de los dientes para afuera” se inscriben como católicos en los censos y “de los dientes para adentro” se rigen y son regidos por el mercado.

¿Es posible creer al mismo tiempo en Cristo y en el Ante-Cristo? En cierto sentido, sí. En cierto sentido, para los cristianos al menos, es obligatorio que así sea. Harto bien nos haría el Viernes Santo suspender por un rato nuestra creencia en el resucitado, nuestra fe en Dios, y fijar la mirada en el hombre condenado a muerte siendo inocente, la única persona en quien pudiéramos descubrir un motivo para llorar con dignidad y esperar sin aflojar.

El Ante-Cristo une a la humanidad que sufre. El Ante-Cristo divide entre víctimas y victimarios. Los cristianos son tales cuando su Cristo consiste en Jesús. Este Jesús que une y que divide, el Cristo del Viernes Santo, hoy más que nunca, convoca a creyentes y no creyentes a resistir la violencia de los codiciosos que se están apoderando del planeta y desplazan de sus tierras a pueblos enteros.

Me perdonarán los lectores si no me logro explicar. Sucede que el cristianismo, mi cristianismo, cruje y a menudo pienso que los cristianos le hacemos el juego a los enemigos.

Por quién votaré

No votaré por alguien que a mí me convenga. El país está primero. Entre los muchos asuntos a considerar, será para mí prioritario mirarlas cosas en el largo plazo. Votaré por quien, a la hora de decidir, vea que se preocupe por los siguientes sujetos.

Las mujeres todavía están en situación de desigualdad. Me gustaría comparar los programas de los candidatos. ¿Qué proponen para achicar la diferencia en los salarios? Se dirá que los sueldos los fija el mercado. ¡Por esto precisamente suelen ser injustos! El mercado da una señal importante para construir un sueldo justo, pero señales hay muchas otras. Otra cosa: se ha sugerido una pensión para las mujeres que han sido dueñas de casa. Podría concedérseles a las madres que no pudieron trabajar o que lo hicieron con dificultad y apenas pudieron ahorrar en una AFP. Alguien dirá que el trabajo doméstico de la dueña de casa, para el mercado, es imponderable. Póngase, entonces, como referente el salario de la asesora del hogar mejor pegada del mercado y créese una pensión equivalente. Será sin duda poco, pero no nada.

Los mapuche debieran ser reconocidos como Pueblo-Nación. Así mismo los otros pueblos originarios. El Estado chileno se comprometió a hacerlo ante la ONU. No ha cumplido. Hoy sabemos que el reconocimiento como pueblo implica derechos políticos y diversas formas de autonomía. No se trata de inventar un país nuevo, sino de dar a los mapuche carta de ciudadanía según su propia cultura e identidad. Se olvida que la Pacificación de la Araucanía fue un genocidio. No ha debido ser esta la manera de nacionalizar a un pueblo. La invasión de las forestales y proyectos extractivos (mineras, hidroeléctricas) ha sido otro tipo de invasión devastadora en los territorios mapuche. Hoy lamentamos una violencia que es producto de una enorme injusticia. Espero votar por un candidato que, en vez de mandar tropas al sur, saque a las forestales de sus tierras y negocie con la CAM y con todas las organizaciones las condiciones de una convivencia amistosa. Se necesitará también una o varias leyes que promuevan el crecimiento económico sustentable de esta zona del país, leyes que tomen en cuenta la cultura y la opinión de sus habitantes.

Los migrantes necesitan un recibimiento hospitalario. La actual ley no lo permite. Se sabe que llegarán igual: por tierra, por mar o por aire, a la buena o a la mala. Migrar es un derecho de la humanidad desde hace 70.000 años. La migración es un derecho consagrado en la Carta de Derechos Humanos de la ONU. Me gustaría que la nueva ley estipule la integración más rápida de los inmigrantes, de modo que ellos y ellas lleguen a beneficiarse de nuestra nacionalidad y ciudadanía lo antes posible. Que tributen, que voten, que pronto se adscriban a las AFP y a las Isapres o a Fonasa, que paguen y aprovechen sus servicios. Por otra parte, introduciría una reforma al código penal. Consideraría una agravante el maltrato a un inmigrante a causa de su condición o de su raza.

Los jóvenes universitarios no debieran perder la gratuidad obtenida. Es más, espero ver en los próximos programas de gobierno promesas de conseguirla en un 100%, si el país logra financiarla. ¿Cómo hacerlo? Los mismos universitarios debieran contribuir económicamente a la educación de las siguientes generaciones. Tendrían que pagar sus carreras después de egresados. Desde kinder los niños debieran entender que los impuestos son fundamentales. No hay derechos sociales sin deberes sociales. Por esto, no le daría gratuidad alguna a los universitarios que no acudan a votar en las elecciones políticas. La solidaridad tendría que ser la clave de la nueva educación. Lo más importante en esta materia, en todo caso, será terminar con el co-pago en la educación escolar. El Estado tendría que asegurar una educación igualitaria. La educación pagada –pública o privada, laica o religiosa- reproduce la desigualdad. De momento se hace difícil impedir que haya también educación pagada de elite. Pero a futuro el país tendría que poder poner trabas a este factor, pues hace de Chile un país clasista y desigual.

Los super-ricos tendrían que poder ser controlados lo más posible. Los ricos en general son de cuidado. Pero quienes poseen una fortuna cercana a los quinientos millones de dólares –por poner una cifra-, debieran ser objeto de restricciones legales permanentes. La creciente concentración mundial de la riqueza tiene al mundo al borde del despeñadero. Conviene siempre tener en cuenta que la economía financiera no tiene la misma calidad ética que la economía productiva. El país requiere de empresas y empresariados creativos, robustos y arriesgados. Pero a las grandes fortunas, a todas por parejo, hay que mirarlas con lupa. Porque independientemente del bien que pueden hacer creando empleos y salarios justos, la mera concentración excesiva de riqueza es un peligro para la sociedad. Espero que en un programa de gobierno se nos diga cómo se controlará la libertad de los super-ricos para hacer negocios y para relacionarse con los poderes políticos, culturales y comunicacionales. Los hechos prueban que la libertad de los multimillonarios vulnera la libertad de los pobres (que hoy compran cosas que el marketing les vende infaliblemente), distorsiona el mercado (con monopolios o colusiones) y socava la democracia (con corrupción y cohecho). Me hago una pregunta: ¿debe una próxima constitución política permitir que un super-rico sea parlamentario o presidente de la República? Me gustaría ver un debate al respecto.

Los programas de gobierno tienen que ser creativos y lo más completos posible. El votante tendrá que atender a muchas propuestas, pero también a las coaliciones políticas capaces de sustentarlas. Los criterios que he señalado no son los únicos a considerar. Pero, al menos yo, observaré con atención cuál de los candidatos los sirva mejor. La discusión política de estos meses tiene mucho de cháchara. No siempre se deja ver lo realmente importante. Qué hará el país con las mujeres, los inmigrantes, los mapuche, los estudiantes y los super-ricos, a mí parecer, es decisivo para un futuro de largo plazo.

El Cristo ciego

¿Dejará algún día Chile de ser un país cristiano? Las proyecciones internacionales estiman que para el año 2050 el 89% de los latinoamericanos seguirán siendo cristianos. Nos preguntamos, entonces, ¿de qué calidad será este cristianismo? ¿Será mejor que el de 2010, año en que el 90% declaraba ser cristiano?

Christopher Murray es el director del Cristo ciego, una película que hace pensar precisamente en la posibilidad de un cristianismo de mejor calidad. El Cristo ciego no ve en sí mismo lo que los otros más valoran de él: Michael busca milagros, la gente aprecia su entrega a los demás.

El Cristo ciego es un Cristo chileno. Más precisamente, un Cristo del Norte Grande, donde trascurren los episodios. Este es, supongamos, el Cristo que este país necesita, pero que no llegará a ser realidad sino en conflicto con la religiosidad popular y el estamento eclesiástico. El Cristo ciego es seco como el desierto de Tarapacá, más profundo, serio y auténtico que el Cristo que los nortinos ya tienen pero, según Murray, arropado de superchería.

Michael es un muchacho de la Pampa del Tamarugal que busca a Dios. Lo encontró de niño una vez, pero no deja de buscarlo, no sin temor de ser abandonado por él. Michael es un iluminado. Vive absorto en la posibilidad de la manifestación de Dios. Dios, empero, se le manifestó aquella sola vez en unas llamas ardientes. Esta epifanía tuvo lugar inmediatamente después que sus manos fueran clavadas en un tamarugo por su amigo Mauricio, a petición suya. Michael lleva los estigmas de Cristo. Él es otro Cristo. En él se cumple un tema clásico de la mística cristiana: todo cristiano, en virtud del bautismo, es (o debiera ser) otro Cristo.

Michael es austero y auténtico. Es un profeta que, como los inspirados del Antiguo Testamento, no tolera la idolatría. Desafía la futilidad de la religiosidad popular. Es iconoclasta. Le irritan las imágenes, fabricaciones humanas, a las que los fieles rinden homenaje, pues solo Dios merece adoración. También es profeta respecto de la institución eclesiástica. Esta no aparece explícitamente en el film. Pero está insinuada. El protagonista deambula por donde alguna vez la Iglesia institucional estuvo presente. De ella, sin embargo, solo queda una latencia insignificante. Michael no es ni evangélico ni católico.

El Cristo ciego, Michael, está convencido de que Dios está en lo más íntimo de cada persona. Esto es lo único que vale. Quien cree que Dios vive en su interior, puede hacer milagros. Esta convicción hace que el protagonista emprenda un largo viaje a pie –a pie pelado por el desierto- a curar a Mauricio Pinto. A este le ha bastado encontrar nuevamente a su gran amigo. Mientras tanto, los aldeanos se aglomeran esperando la sanación. El viaje es largo de ida, pero breve de vuelta.

“Nos has traído la fe”, asegura el padre a su regreso. Este la había perdido tras la muerte de su esposa. Dios no había escuchado su oración. También su pueblo ha caído en la cuenta de la bondad de un vecino tan extraño, quien, hasta hace muy poco, despreciaba y ridiculizaba.

Michael, obsesionado con conseguir una señal de Dios, no entendía que la auténtica señal, la que los demás descubrieron y no él, ha sido su caridad con el prójimo y su solidaridad con todas las personas. A lo largo del film, el Dios que el Cristo ciego llevaba en el alma apareció visiblemente las varias veces que ayudó a alguien, que escuchó, que consoló, que dio esperanza. Esto, que ha debido ver, no logra ver que es lo fundamental. En cambio, ha querido ver una manifestación divina que no corresponde a la del Dios de los cristianos.

El Cristo ciego es el Cristo chileno. Murray ubica a su personaje central en un lugar muy representativo del país. Michael es un Cristo encarnado en un norte tremendo: desierto inclemente y miseria por todas partes. No hay ambiente humano que en la película no sea miserable. Todo es pobre, todos. El Cristo ciego se parece a Jesús de Nazaret. Es, como habría de ser Dios encarnado hoy en Chile. Michael es testigo de la explotación minera del norte, causa de la extrema pobreza de un pueblo golpeado, sucio, sufrido. Él hace las veces del “Hijo” encarnado que, en este caso, asume el abandono del Norte grande. No habría de ser posible salvar a estas gentes, sin hacerlas propias. No solo Michael, el mismo film, redime porque asume un mundo pobre y necesitado de salvación.

¿Ha habido otra versión cinematográfica de un Cristo chileno? Dicen que Ricardo Larraín antes de morir produjo un film por el estilo. Seguramente ha sido una buena película. No la vi. Esta, la de Murray, es teológicamente muy valiosa.