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Pueblos miserables de la tierra

Trump es uno más. Es la cara visible del capitalismo que quita a los pobres su lugar en la tierra. Hoy vagan por doquier. Migran.

Pero son muchos los super-ricos, iguales a Trump. Muchos, pero cada vez menos, porque la concentración de la riqueza es espeluznante. 8 personas tienen más que los 3.600 millones más pobres. Hoy ya el 1 % más rico tiene el 99% de los bienes. El acaparamiento no para.

Llegará el día, estamos cerca, en que habrá más pan que libertad. Pan de insumo para alimentar a los trabajadores que aún no hayan sido reemplazados por un robot. Hemos de temer que terminaremos pensando igual que los dueños de los periódicos. Los políticos que regalonean con la empresa privada nos darán pan a costa de la democracia.

¿Qué se puede hacer? ¿Hay quienes den la pelea?

Los pueblos pobres de la tierra han sido víctimas de los mismos imperios que hoy no saben qué hacer con ellos. EE.UU. ha sido el imperio que más recientemente le ha puesto la bota encima a los países pequeños. Ha explotado su minas, ha cosechado sus plantaciones. Inventó una guerra contra Irak para probar nuevas armas que desarrolló con los US $ 537.199.000.000 de presupuesto anual (2015), equivalente al gasto militar del resto del mundo. Muchos iraquíes huyen buscando refugios fuera de su territorio.

¿Qué se puede hacer? Hay personas que resisten. Yoani Sánchez brega por la libertad de Cuba. Nos da esperanza. “La historia fue otra”, la autobiografía de Carmen Hertz, obligatoria de leer, nos recuerda la lucha contra la dictadura chilena. Un puñado de víctimas valerosas nos enseña que la democracia se recupera arriesgando la vida.

Pero también Europa ha hecho algo parecido a EE. UU., talvez peor. Inglaterra, el más grande imperio de la humanidad dominó la India. No suelta Las Malvinas. Y el resto: Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Portugal, seguro que olvido a otros, destruyeron África. La colonizaron para sacarla de la barbarie con los valores de la Ilustración (Todorov: 2012). Dinamitaron las culturas originarios, les impusieron una versión totalitaria del cristianismo que combatió los mitos que sus pueblos habían forjado para establecer una relación armónica en el mundo peligroso que habitaban. Les hicieron aprender sus lenguas, les vendieron sus armas, avivaron las luchas de unas razas contra otras y devengaron pingües ganancias. Y se fueron. Dividieron el continente con regla y escuadra, y partieron.

¿Qué hacer? No pierdo la esperanza. Como cristiano me siento orgulloso de este Papa. Francisco se dirige a los movimientos populares en Bolivia, a los cartoneros, catadores, pepenadores, recicladores: “Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las ‘tres T’. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!”.

Pueblos miserables. No pertenecen a nadie. Nada les pertenece. Tienen hambre. No han podido ofrecerles un futuro digno a sus hijos en sus propios países. Parten a buscárselo en otras tierras, pero a riesgo de hundirse en el Mediterráneo. Donde lleguen se los verá como culpables. Si roban una manzana, se los expulsará con familias y todo. Si no tienen papeles, no podrán alegar si alguien se aprovecha de ellos.

Pero el inmigrante es inocente. Así lo creemos algunos. Migrar es un derecho humano. El migrante es un inocente que los grandes países nos hacen creer que algo malo han hecho. “¡Se nos meten por todas partes!”, se quejan. “Nos quitan nuestros trabajos, se aprovechan de nuestra seguridad social. Destruirán nuestra cultura, relativizarán nuestras creencias religiosas”.

Seres humanos que ya no tienen ninguna nacionalidad más que la de ser “inmigrantes”. Los apátridas tienen menos derechos que los delincuentes. Esta es una nueva nación. Inmigrantes y refugiados. Huyen de la guerra, de la muerte. Se dejan vender y comprar. Se prostituyen. Se dejan denigrar. “Negros”. Tampoco faltan interpretaciones “benignas”: “suplen nuestra falta de natalidad”, se repite. “Nos hacemos de los mejores de los otros países. Los migrantes son los más inteligentes y emprendedores”.

¿Qué haremos? “Ay de los ricos”, decía Jesús. Pero también decía el “reino de los cielos es como un semillita de mostaza”. Crece sin que nadie se dé cuenta. Se puede ser hospitalario. Se puede cancelar en el alma el instinto racista. Sumarse a un voluntariado. Existen oficinas como la del Servicio jesuita para los migrantes ( SJM) que los acogen y los defienden. Los calabrinianos los protegen hace muchos años. No todo está perdido.

Tengamos en mente las ONGs, los movimientos sociales, los sindicatos, la caridad callada con los abandonados, niños o viejos… No se puede olvidar que las mujeres han ganado espacios en la cultura y en la sociedad porque “rompieron huevos”. Los gays se hacen respetar. Los ecologistas nos han abierto los ojos y nos tienen reciclando, cuidando el agua, evitando los plásticos. Surgen políticos jóvenes. Si hay un partido que cambie la ley de inmigración, le aseguro mi voto.

¿Qué haremos? Siempre es posible entregar el corazón.

 

 

Crítica participación de la mujer en la Iglesia

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre”o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica. Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal. Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer –ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”). Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.

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Me alegra compartirlo con uds. y la más gente posible.

Con afecto

Jorge

Entrevista: http://peregrinos-robertoyruth.blogspot.cl/2017/02/jorge-costadoat-sj-y-su-nuevo-libro.html

Portada

 

Crisis en la Iglesia chilena

La Iglesia Católica en Chile pasa por un momento de gran complejidad. Sus dificultades tal vez son mayores a las de los demás Iglesias de América Latina.

Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año. En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación.

El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: “¿Es Chile un país católicos?” (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado.

Esta falta de vigor del cristianismo “a la chilena” ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.

La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario.

¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.

Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.

¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus “errores no forzados” y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?

Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.

Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados.

La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre “todos” los seres humanos.

La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos –laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?

El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.

¿Qué pasará con la reforma litúrgica?

Los que creen que el cardenal Sarah es pintoresco, se equivocan. El intento de introducir un cambio litúrgico del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del año recién pasado, no debe ser visto como estrambótico. ¡Cuidado! Su propuesta para que los sacerdotes celebren la misa cara al Oriente o hacia el ábside de los templos, espaldas al pueblo, no fue un traspié de un eclesiástico africano. El prefecto es uno entre otros que quieren una “reforma de la reforma” de Sacrosanctum concilium, la constitución sobre liturgia del Vaticano II.

El antecedente más importante de este principio de claudicación del cambio más visible del Concilio, es la ruptura de la unidad litúrgica de la Iglesia católica ocurrida con la reintegración del Misal de Pío V por voluntad de Benedicto XVI (Faggioli, Santiago 2017). Francisco, sin embargo, parece querer ir en la dirección contraria. Este es el primer papa que no fue actor en el Vaticano II, pero no parece ignorar que Sacrosanctum concilium fue aprobado por 2162 contra 46 votos. La Santa Sede paró en seco la iniciativa de Sarah.

Pero, ¿irá el actual Papa más lejos, continuará la reforma comenzada por el Concilio, o simplemente contrarrestará a las maniobras de los católicos que preferirían la misa en latín? El impulso de Francisco en favor de una Iglesia “en salida”, una Iglesia acogedora e integradora de otras culturas y formas de humanidad, va en dirección contraria del retraimiento antimodernista hostil al mundo de una Iglesia empeñada en afirmar su propia salvación.

Los documentos del Vaticano II se comprenden en relación unos con otros. No por nada los lefebvristas lo rechazan por completo. Lo consideran “herético”. Pero, ¿es herético el ecumenismo? ¿El diálogo interreligioso? Y la participación de los fieles, la misa como mesa fraterna (en vez de ara para sacrificios) y las guitarras, ¿desvirtúan el cristianismo? Quien va por lana puede salir trasquilado. Puede, porque el acercamiento con los descendientes de Marcel Lefebvre hace pensar que el Concilio en realidad no expresa la fe de la Iglesia y que todo da lo mismo. ¿Qué hará Francisco? ¿Romperá la unidad dogmática de la Iglesia? ¿Seguirá a Pablo VI o a Benedicto XVI?

Lo que se necesita, a mi juicio, es continuar la reforma litúrgica.

Nuevos textos litúrgicos tendrían que incorporar, aún más, dos conclusiones dogmáticas del Vaticano de extraordinaria importancia. La primera tiene que ver con haber recuperado el Concilio el carácter fundamental del bautismo. Si la dignidad fraternal del bautismo debiera regir las relaciones entre los cristianos, urge “desclericalizar” la misa. Muchas de las palabras rituales aún sacralizan papas, obispos y sacerdotes, y consagran la separación entre lo sagrado y lo profano de la que Cristo, en principio, nos liberó. Si hay algo que no se soporta ya más en la Iglesia, es el clérigo que marca su diferencia; y una clase de sacerdotes que demoniza del mundo sin reconocer su propia mundanidad.

La otra gran innovación dogmática del Concilio es la contundente afirmación de la voluntad salvífica universal de Dios. Ningún palabra de la misa ha podido expresar con más fuerza esta reiterada convicción del Vaticano II que la fórmula de consagración “por todos”. Los textos litúrgicos, además de abrogar el “por muchos” de Benedicto, tendrían que ampliar la mirada y dialogar con “todas” las expresiones de humanidad, religiosas o filosóficas, porque la Iglesia puede no saber cómo Dios salva a los “otros”, pero está obligada a creer que sí es capaz de hacerlo.

Otros ajustes litúrgicos urge implementar: los textos tienen que reformularse en un lenguaje que incluya a la mujer (actualmente ignorada); es indispensable, además, que asuman una perspectiva eco-social; debieran también ayudar a ver la historia en clave de “signos de los tiempos”; en fin, las lecturas veterotestamentarias que hablan de la violencia de Dios, de sus venganzas o castigos, debieran sacarse de los leccionarios. Se ha vuelto insufrible que el lector diga: “palabra de Dios”, después que el profeta Elías ha degollado a 450 profetas de Baal y todos repitan: “te alabamos, Señor”.

Será necesario todavía realizar un cambio mayor: suprimir el lenguaje sacrificialista de las plegarias eucarísticas que impide ver que los verdaderos sacrificios son los del amor (inspirados en el Jesús que entregó su vida por anunciar el reino a los excluidos, los despreciados, los endemoniados, los pecadores y toda suerte de infelices) y no el sufrimiento y la sangre a modo de reparación sado-masoquista del Hijo al Padre (como si Dios fuera un ser colérico necesitado de aplacamientos). El sacrificialismo es la madre de la marcada distancia entre el sacerdotes y los laicos, y el padre de las repetidas condenas de la Iglesia al mundo.

Lo que la Iglesia necesita no es “reformar” la reforma litúrgica, sino “continuarla”. La implementación de Sacrosanctum concilium aún debiera poder impulsar mejoras que hagan más comprensible el amor de Dios; en vez de traicionar su impulso a celebrar la eucaristía en una lengua y símbolos comprensibles a las distintas culturas en las que la Iglesia quiere arraigar.

Futuro de la Teología de la liberación

La Teología de la liberación ha sido más que una teología, ciertamente. ¿Qué teología tiene mártires?

La Teología de la liberación ha sido la expresión más genuina de la recepción del Vaticano II en América Latina. El Concilio en el continente dio lugar a una Iglesia nueva, una iglesia ungida por el Espíritu, capaz de celebrar y de pensar como solo pueden hacerlo comunidades libres y adultas.

Esto, creo yo, es lo que reconoce el Papa con decir: “La teología de la liberación fue una cosa positiva en América Latina”. ¿Lo sigue siendo? ¿O simplemente se agotó?

No tengo dudas de que, desde un punto de vista metodológico, la Teología de la liberación está vigente. Habría que sospechar, en cambio, de teologías no liberadoras. Si no liberan, ¿en qué están? Pero no puede negarse que la Teología de la liberación, en cuanto movimiento, en cuanto un modo de ser iglesia, está en crisis.

Observo el tema desde una esquina del continente: Chile. Mi visión es parcial. ¿Qué veo? Un nuevo clero combatió la eclesiología del Pueblo de Dios. Llegó el obispo y dijo: “es mejor un mal cura que una buena monja”. Sacó a la monja y el cura acabó con la participación comunitaria. La religiosa voló. Nunca más se supo de ella. Comunidades llenas de vida, gentes que aprendieron a leer con la Biblia en las manos, catequesis familiares, cocinas, platos, recolección de fondos, refugio contra la dictadura, amparo a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos, canastas de solidaridad, teatro, visitas a los enfermos, responsos a los difuntos realizados por los mismos laicos, iniciativas con discapacitados, liturgias guiadas por mujeres, drogadictos, ancianos, personas enfermas alcohólicas, esto y mucho más fue ignorado, considerado talvez profano, eliminado o dejado simplemente caer.

Debe reconocerse, sí, que las crisis de las comunidades -y de una teología que si no arraiga en ellas no tiene razón de ser-, no ha dependido solo de sacerdotes y obispos del postconcilio revisionista. El cambio cultural en curso es impresionante. El mercado convierte las personas en individuos solitarios, inermes; arma y desarma redes precarias de clientes. Todas las formas de asociatividad experimentan mutaciones radicales. Surgen nuevas. Las antiguas mueren, languidecen y, en algunos casos, logran transformaciones positivas. La religiosidad se encuentra a la mano en un gran mercado, en el que incluso el cristianismo se ofrece en productos y a precios con los que el mismo catolicismo no puede competir.

La situación es tan grave que, no por un asunto de mejor o peor teología, el futuro de la Iglesia en América Latina está comprometido. Se dirá que aún la religiosidad popular es vigorosa. Cierto, pero en la perspectiva del Evangelio, esta es más cristiana mientras más fraternal y solidaria. Y es esto exactamente lo que está fracasando. ¿Habrá a futuro comunidades cristianas que celebren su fe y compartan el pan con los necesitados? ¿Quién correrá riesgos por amor al próximo? ¿Los devotos de las pulseras milagrosas? A mi juicio las comunidades son esenciales. Si faltan, el resto importa menos, poco o nada.

Con todo, aun en el caso que solo queden cristianos solitarios, sin comunidades, creyentes zombies, utópicos del reino de los cielos, ellos pueden librar una batalla en esta guerra, aunque sea como francotiradores; que también Jesús, al final, siguió solo. Lo abandonó la comunidad. Podrán solo resistir, porque las razones para vencer, en esta tierra, son casi nulas. Todavía podrán identificarse con la Teología de la liberación quienes militen contra el atropello de la dignidad humana. El capital se concentra a un grado espeluznante, la necesidad de tener un trabajo compromete más que nunca el honor de las personas, el planeta se incendia y puede fracasar por la razón menos pensada. Quienes todavía crean que el cristianismo es un motivo de esperanza, encontrarán en la Teología de la liberación vínculos solidarios con todos los credos, filosofías, modos de humanidad y agrupaciones sensibles a la suerte de los descartados. Nuevas alianzas aún son posibles. Lo fueron en el pasado. Serán indispensables a futuro.

Tal vez la Teología de la liberación todavía radica en la Iglesia. Si no, esperamos que así sea.

Vigencia de la teología de la liberación

“La teología de la liberación fue una cosa positiva en América Latina”, afirma el Papa. Responde así a la pregunta del periodista de El País dada en una larga entrevista recién este domingo. La frase ha debido estremecer a los sectores católicos conservadores iberoamericanos. Dirán que esta es la prueba que faltaba para confirmar que Francisco es comunista. Pero el mismo Papa aclara que la que fue condenada fue la versión de la teología de la liberación que utilizó el marxismo como método de análisis de la realidad. En otras palabras, que no toda la teología de la liberación ha sido marxista. Pero, ¿cuál no lo ha sido?

Si hubo una teología de la liberación marxista, terminado el marxismo, ha perdido toda relevancia. Si hubo una teología de la liberación que no fue marxista, ¿qué queda de ella? El periodista y Francisco dan por acabas ambas. “Fue cosa positiva”, afirma el Papa.

¿“Fue”? ¿Es? ¿Ha quedado algo de ella?

Si la teología de la liberación terminó, felices estarán los sectores católicos responsables en gran medida de la miseria latinoamericana de los años sesenta y de la irreductible desigualdad del tercer milenio. El fracaso de esta teología ha podido satisfacer, además, a obispos como López-Trujillo, Medina y Sodano, entre otros, sus enemigos jurados. Pero la “Iglesia de los pobres” de América Latina habrá perdido su lanza intelectual. Quedará en pie, eso sí, la versión eclesiástica de la Iglesia, la versión que no calienta a nadie.

Sostengo, por mi parte, que la teología de la liberación no ha muerto y, por ende, la Iglesia latinoamericana sí tiene futuro.

Distingo dos aspectos metodológicos de esta teología que difícilmente pueden ser cuestionados. Esta teología postula que el “lugar hermenéutico” para reflexionar sobre la fe en Jesucristo incide decisivamente en la manera de comprenderla y de vivirla. No es lo mismo el “dónde”. No puede ser igual la teología de los africanos, de los asiáticos, de los brasileros o de los centroamericanos. Las iglesias se localizan en la historia y culturas determinadas. Ninguna, ni siquiera la iglesia de Roma, tampoco el Papa, puede decir, bajo todos los respectos y en todas las situaciones, “tengo la única interpretación” del Evangelio. Pero hay otro asunto metodológico –discutido entre los autores- mucho más relevante. Este consiste en postular que aquel “lugar hermenéutico” puede ser también un “lugar teológico”. A saber, que Dios puede “hablar” en los acontecimientos históricos que atañen a una iglesia en particular. No es lo mismo que la revelación contenida en las Escrituras ilumine la realidad actual de una iglesia determinada a que Dios “diga” algo a ella en el presente. La teología de la liberación sostiene que Dios hoy repudia la violencia de las maras y el femicidio, dos signos de los tiempos tremendos del continente. En Chile podría decir “acojan a los inmigrantes”.

Pues, además del método –que siempre debe ser revisado-, mientras haya esclavitudes y dependencias de unos seres humanos por otros o de sistemas impersonales de opresión, como el neoliberismo y la robotización que está acelerando la exclusión de las personas, la teología de la liberación será indispensable. Esta teología acude a socorrer a las víctimas de un “pecado social”. Mientras este siga destruyendo al ser humano, los teólogos de la liberación tendrán trabajo.

El cristianismo en América Latina está en juego. El catolicismo, en particular, hace agua. En Chile los católicos disminuyen un punto porcentual cada año. ¿Podría la teología de la liberación frenar estas tendencias? Este no es el asunto. Lo único central es el Evangelio. Esta es la apuesta de la única teología auténticamente latinoamericana.

Es más, si lo propio de los adultos es pensar con autonomía, una Iglesia latinoamericana dependiente intelectualmente de Roma es una iglesia infantil. Si sigue operando con teología europea, no tiene futuro. La falta de reflexión sobre la experiencia situada personal y colectivamente de Dios no debe considerarse una posibilidad. Es una condición sin la cual se atenta contra el credo de la misma Iglesia, el cual exige articular fe y razón.

¿Cómo se ve el futuro? Sin teología de la liberación, muy oscuro. Si esta no es enseñada en las facultades y los seminarios latinoamericanos, si en estos no hay autonomía y libertad para pensar, si los seminaristas continúan siendo formados para servir las necesidades misioneras de la Iglesia europea, ¿qué se puede esperar?

Celebro la postura de Francisco. Ojalá no me equivoque con mi propia opinión.

El ejemplo de los obispos de Malta

Malta¿Por qué los obispos latinoamericanos, ni como pastores de sus diócesis, ni como conferencias, han dado una orientación particular a su gente sobre la posibilidad abierta por Amoris laetitia para que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar en misa? El Papa entregó a ellos la confección de las especificaciones regionales de aplicación de la exhortación apostólica. Solo podemos suponer que hay una razón poderosa para que hasta ahora los obispos prácticamente no se hayan pronunciado sobre el tema.

Los obispos malteses sí han dado una orientación.

La pregunta que planteo es similar a la que muchos católicos se hacen: “¿en qué quedó lo de la comunión a los divorciados, se sabe algo?”. Los sínodos sobre la familia fueron despertando interés poco a poco. Las personas se fueron informando por la prensa. Muchos no supieron nada por parte de sus diócesis o parroquias de las 39 preguntas que el Papa planteó para trabajar los temas más relevantes. Tampoco los medios de comunicación –unos por agnósticos, otros por conservadores- informaron suficientemente. Esto así, los católicos más comprometidos y, por cierto, aquellos que no pueden participar plenamente en la eucaristía, constatan otra vez que se los considera poco.

¿Qué ha ocurrido en otras regiones del mundo? Entiendo que algún obispo norteamericano ofreció unas recomendaciones para que los católicos, cumplidas las exigencias de Amoris laetitia, se acercaran a comulgar; pero también que otro sacó un documento en contrario. No he sabido que los alemanes hayan publicado nada. Su contribución en el sínodo fue extraordinaria. ¿Y España? Los obispos de Malta, obispos de Malta, en cambio, han redactado un documento notable. Ayudará ciertamente a sus fieles.

No entiendo por qué este silencio. El Papa también necesita ayuda. Francisco tiene una oposición impresionante de parte de sus propios colaboradores. Cuatro cardenales, y otros católicos tras ellos, han emplazado a Francisco, sugiriendo que con Amoris laetitia se apartó de la ortodoxia. ¿Y los demás cardenales qué piensan? El sínodo aprobó el documento base de Amoris laetitia por más de dos tercios de los votos, es cierto. Pero ha quedado pendiente explicarle a los católicos cómo han de entenderlo en sus respectivas regiones.

Puedo entender que los obispos latinoamericanos no entren en polémica con el cardenal Burke y los demás prelados, contra el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y las otras autoridades de la curia contrarias al Papa. Pero, si hay obispos de acuerdo con Francisco, ¿por qué no los apoyan en la aplicación del documento, sobre todo cuando lo principal en juego es orientar al Pueblo de Dios? Son muchos los católicos que tienen la sensación de abandono.

Bastaría con un documento como el de la Iglesia de Malta: Criterios para la aplicación del capítulo VIII de Amoris laetitia. En el párrafo decisivo sostiene:

Si, como resultado del proceso de discernimiento, emprendido con ‘humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta” (AL 300), una persona separada o divorciada que vive en una relación consigue con clara e informada conciencia, reconocer y creer que ella o él están en paz con Dios, ella o él no pueden ser impedidos de participar de los sacramentos de la reconciliación o eucaristía (cf. AL, notas 336 y 351).

Mientras no haya pronunciamientos de los obispos latinoamericanos, este documento, y este párrafo, pueden servir para muchas iglesias de América Latina; y, quién sabe, si para otras iglesias del mundo también.

El retorno de la sabiduría

soubletteLos pueblos de la antigüedad tuvieron una ciencia que mientras el ser humano no se rinda a los monstruos que está creando, seguirá siendo necesaria: la sabiduría.

La sabiduría en todos los pueblos ha consistido en un saber vivir. Es un saber fruto de una reflexión sobre la propia experiencia, un “saberse” por dentro y en el contexto en el cual se interactúa. Los sabios fueron personas conectadas consigo mismas y con el cosmos, capaces de vivir místicamente una unión con todos los seres, de admirar su belleza y de hacerse cargo de su cuidado. Judíos, chinos, incas -la lista abarca a todas las expresiones culturales civilizadas- han desarrollado un acervo sapiencial con el cual han podido transmitir, no sin hermosura, orientaciones a la felicidad a las nuevas generaciones.

¿Hoy qué? ¿Qué puede llamarse sabiduría?

El horizonte está sumamente fragmentado. Las grandes tradiciones religiosas y filosóficas han entrado en contacto, y se relativizan unas a otras; han experimentado el impacto de la cultura secularizadora científico-técnica; son socavadas por la lógica mercantilista que incluso las vende con tal de hacer crecer la economía. Los conocimientos que los sabios de Occidente y Oriente afinaron por milenios, fácilmente son olvidados o ridiculizados.

La situación mundial es apocalíptica. Las previsiones son pésimas. El cuadro medio-ambiental es el peor de todos. Si los pobres consumieran como los ricos necesitaríamos más de siete planetas para solventar los costos. La economía financiera se liberó de la economía productiva, ¡se automatizó!, nadie la controla, pero sirve a la acumulación de la riqueza del 1% de la población que ya controla el 99 % de los bienes. La competencia entre los grandes se replica en la batalla cotidiana por “ganarle el quien vive” al prójimo. Todo se acelera. El aumento descomunal de los conocimientos, y la avidez por sacarles un partido comercial, ha obligado a la vida humana a desarrollar una velocidad que la mayoría no puede sostener. El tiempo se traga al espacio. Cronos devora a sus hijos. Pareciera que mientras nos quede el cuerpo, lo ocuparemos en comprar y consumir, y exhibirnos porque, si alguna vez se trató de “ser alguien”, ahora todo se juega aparecer físicamente antes de ser definitivamente descartados. Falta poco para que los robots hagan mejor, y sin cansarse, lo que nosotros hacemos con dificultad, y mientras tanto.

Los muchos conocimientos, los controles biológicos, mecánicos y algorítimicos no nos han hecho más sabios. Solo “la experiencia es la madre de la ciencia”. Cuando la ciencia nos desconectó del universo, de la tierra, de los demás y de nuestra propia interioridad, dejó de ser ciencia propiamente tal. La sabiduría sí lo ha sido, por esto la volvemos a necesitar.

Pero hay un aspecto sapiencial de la apocalíptica que convendría recuperar. El pueblo de Israel en circunstancias especialmente catastróficas y humillantes, supo extraer de su propia historia una palabra trascendente que le hizo esperar y luchar por un futuro distinto. Los israelitas se sobrepusieron. Apostaron a que la historia tenía sentido, que habría un juicio final y que Dios rehabilitaría a los mártires. Se podía ser distintos a sus opresores. Había, sí, que mantenerse firmes y resistir.

¿Cómo ser sabios hoy? No se trata de arremeter contra la tecno-ciencia. La batalla se juega a otro nivel. La sabiduría busca la felicidad cualquiera sean las circunstancias. Estas pueden cambiar. Es sabio comprometerse políticamente, siempre que se tome partido por el bien de todos, en vez que del propio. Salomón, el rey, fue en su época el modelo de la sabiduría. Pero, en lo inmediato no se ve cómo estas circunstancias puedan ser modificadas. Talvez no lo sean nunca. Pero nada impide en plantarnos en la vida de un modo protagónico: observar, pensar, sentir el mundo que habitamos en el propio corazón, admirarse, tomarle amor a los minerales, a los vivientes, situarse en la galaxia, inspirar y expirar, oír las voces mejores y elegir un estilo de vida.

Porque a fin de cuentas de esto se trata, de una decisión. El sabio lo examina todo y “escoge”. El sabio “se” escoge. Elige “ser elegido” por la humanidad a la que tanto le debe y a la cual se debe por entero.

La teología “en veremos”

aaa-guayaLa teología tiene una tarea pendiente. Una tarea, por cierto, enorme. Tal vez desde los inicios del cristianismo la Iglesia no experimentaba una necesidad tan grande de pensarse teológicamente en su mundo respectivo.

¿Le está ayudando la teología a la Iglesia en esta nueva época? Independientemente de los sectores eclesiásticos que ven en cualquier intento por “dar razón” del cristianismo una amenaza casi personal, creo que la teología mejor es muchas veces la peor. Me explico: mucha teología solo incrementa los anaqueles de las bibliotecas. Es teología de teología, es teología sobre la teología que un tal hizo sobre otro que alguna vez dijo esto o aquello; pero, de tanto irse por el “lomo del queso”, nunca es teología de la realidad. Y es esta, estoy convencido, la teología que la Iglesia necesita antes que de la otra (que también necesita, por cierto).

El caso es que la distancia de la Iglesia con la cultura –la cultura predominante y las diversas culturas-, es creciente. La actual configuración histórica y cultural de la Iglesia no soporta tantos y tan acelerados cambios. Este fue ya el diagnóstico del Vaticano II hace 50 años. Hoy la tensión es mucho mayor. La Iglesia cruje, la relación entre la institución eclesiástica y el Pueblo de Dios en general chirría. El foso entre “lo oficial” y el común de los bautizados (incluidos sacerdotes y obispos) es tan grande que no se sabe exactamente quién tiene real autoridad para orientar a los demás. La investidura, es clara quien la tiene. La autoridad, para nada.

Una cosa sabemos: mientras la caridad sea lo primero, siempre navegaremos en la dirección correcta. El Papa Francisco ha enderezado el timón y la nave recupera el rumbo. Pero la caridad cristiana acierta verdaderamente cuando exige y depende de una articulación de la fe y la razón. Una caridad pueril y piadosa nunca debe ser despreciada, pero tampoco mistificada. La caridad que hoy necesitamos requiere ser excogitada en todos los planos de la vida humana, y a nivel político y planetario, para lo cual se necesita una teología que salga del despacho universitario, que se libere de los estándares de rendimientos científicos, una que tenga el coraje que tiene el mismo Papa para ensayar y equivocarse. Porque esta teología, la que está pendiente, tiene que ser teología que se confronte con hipótesis e interpretaciones de una realidad cada vez más difícil de comprender; que se sitúe históricamente y piense su quehacer en una cultura en transformación variopinta, disparatada muchas veces, e incesante. Lo que se requiere es una conversión teológica en 180 grados. La teología se ha ocupado de la revelación de Dios en el pasado; la que se necesita ahora debiera concentrarse en el habla de Cristo en el presente. Sin una teología de este tipo, la propuesta evangelizadora está naufragando.

Tomemos dos ejemplos actuales y felices. En estos casos ha habido un trabajo teológico serio por hacerse cargo de los desafíos culturales actuales. He aquí un Papa que, gracias a una teología que ha procurado responder a la época, escruta los acontecimientos y descubre en ellos algo que no está en las Escrituras aunque sin estas no tendría como descubrir. Francisco Papa ha querido hacerse cargo de la posibilidad de que Dios enseñe algo nuevo en las transformaciones culturales de la sexualidad y en la reacción mundial ante la crisis socio-ambiental que tiene a la Tierra al borde del abismo. Con Laudato si’ la Iglesia responde con el Evangelio al desafío número uno del género humano: una humanidad liberada de su pertenencia al cosmos, no haya su razón trascendente de ser y acabará ella, y el resto de los vivientes, en el mejor de los casos, en un gran basurero. Con Amoris laetitia, en cambio, tenemos la respuesta que la Iglesia da a su propio fracaso en la evangelización de la sexualidad, del matrimonio y de la familia. Debe celebrarse el paso adelante, aunque sea insuficiente. La pluralidad cultural a la cual la Iglesia quiere responder con el Evangelio es tan grande, que la enseñanza que puede ayudar en un lugar, puede hacer ruido en otro. Esto, sin considerar la resistencia de algunos pastores desalmados que siempre procuran hacer valer la doctrina a rompe y rasga.

La Iglesia no tiene solución para cada problema humano que se plantee. Las Escrituras y la tradición no pueden seguir siendo interpretadas de un modo fundamentalista. La autoridad teológica reside en esta fuentes, pero, ¿no es necesario reconocer en los acontecimientos históricos un habla de Dios actual que ha de ser oído y obedecido? ¿No tendríamos, por ejemplo, que actualizar los textos litúrgicos con un lenguaje de género que por fin reconozca la dignidad teológica de la mujer? Si la teología hoy no ayuda a la jerarquía eclesiástica a ubicar a la mujer en el lugar evangélico que merece, si no se hace cargo del más importante signo de los tiempos del siglo XX, no es teología. Otra cosa será. Pero no algo inofensivo.

Esta es, en suma, la apuesta de la teología latinoamericana de la liberación, aunque no siempre lo haya expresado con claridad. Lo ha hecho a borbotones y a pesar de varias zancadillas. Estas, sin embargo, indican que su apuesta es la correcta.

¿Qué ocurriría si todos los tratados y manuales de enseñanza de la teología fueran hechos pasar por la criba de la experiencia espiritual de los cristianos y el discernimiento de los signos de los tiempos? ¿Y si también la pasión y la lucha de los pobres fuera considerada…? No me consta que se haya intentado tanto, pero no debiera ser otro el gran programa teológico del futuro. Mientras los agentes pastorales y las autoridades eclesiásticas en particular, continúen siendo formados con una “teología de teología”, es decir, con una que ni siquiera mediatamente se confronta con el hombre y mujer reales, el divorcio de la Iglesia con su época, que se replica dramáticamente dentro de ella misma -entre los clérigos y los laicos, y adentro de cada bautizado-, se acrecentará en vez de estrecharse.

La teología está “en veremos”. La Iglesia también.