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Araucanía sin forestales, ahora

La forestales son un gravísimo problema. No son el único problema. Pero si el gobierno no saca las forestales de la Araucanía, las soluciones a las otras muchas injusticias padecidas por los mapuche con la asistencia del Estado chileno pueden ser parches inútiles para un sangramiento de casi 500 años.

Las forestales no son el único problema: en los sectores pehuenches son las hidroeléctricas y las geotérmicas; en la costa, la industria pesquera y salmonera; en el lado argentino, el fracking con las petroleras.

Violeta Parra: “Chile limita al centro de la injusticia”.

No soy un experto en el tema. Pero de cuanto he podido preguntar, averiguar y estudiar, veo que en la Araucanía colisionan dos cosmovisiones antagónicas. El mapuche se sabe uno con la tierra y su entorno. Su mundo le pertenece y él pertenece a su mundo. Un único cosmos es dividido, repartido y compartido por seres que sintonizan, viven y mueren unos con otros. La violencia en él es una realidad e incluso una necesidad pero que, a fin de cuentas, beneficia a todas sus creaturas. El mapuche extrae de la naturaleza lo indispensable para vivir. No necesita acumular. El pueblo mapuche es pacífico mientras no quieran hacerlo esclavo. Aspira a una armonía social y cósmica.

La cosmovisión occidental de los chilenos, en cambio, es muy distinta. Es predominantemente moderna. El chileno, mezcla de muchas cosas, en la medida que representa en el territorio a la cultura de Occidente, desde el siglo XIX en adelante, ha despojado al pueblo mapuche de sus tierras con malas artes. No son la avaricia y la voracidad sin medida características de la modernidad, pero estas plagas se alimentan de la visión cartesiana del mundo de acuerdo a la cual la naturaleza es “res extensa” a disposición del ser humano, el dueño del universo. Hasta hace poco esta manera de ser humanos parecía la cúspide de la humanidad. Pero, desde que comenzamos a padecer la catástrofe ecológica en curso, el pueblo mapuche y tantos otros pueblos originarios en diversos lugares del planeta que también ha debido sufrir usurpaciones y genocidios nos enseñan otras maneras de convivir, no completamente exentas de barbarie, pero en muchos aspectos más sabias que las occidentales.

Del conflicto cerrado entre estas dos cosmovisiones resulta que, lo que Chile ofrece como desarrollo, el Movimiento mapuche lo percibe como invasión. El Pueblo mapuche quiere desarrollo, pero aprecia la lucha de los sectores más extremos en defensa de su dignidad originaria.

El caso es que durante el régimen militar las forestales invadieron el cosmos mapuche. Entraron en su territorio con una violencia que la oligarquía nacional no pudo advertir porque tuvo, y tiene, otra visión de mundo. Arrasaron con las plantaciones nativas, rajaron las tierras, metieron pinos, álamos y eucaliptos. No repararon en la cantidad de insectos, de aves y de mamíferos que murieron por su culpa. La industria de la madera se apoderó de las aguas. Secó las napas. Contaminó. Entraron y salieron de la Araucanía, metieron plata y sacaron más plata, y hoy se quejan de falta de protección a sus camiones.

¿Camilo Catrillanca? Otro asesinato.

El Plan Araucanía del gobierno promete a los mapuche reconocimiento como pueblo. Bien. Promete algún tipo de cuota para la participación política en las cámaras. Bien. ¿No podría mejor ofrecer alguna manera de reconocimiento político colectivo? El Plan promueve una serie de avances que deben ser valorados como pasos adelante. La motivación profunda es la búsqueda de la paz. ¿Es esta una motivación honesta? Me llama la atención este texto: “Es imperioso enfrentar en todas sus facetas la situación de La Araucanía y especialmente la del pueblo mapuche, buscando soluciones basadas en el diálogo, la reparación, el reconocimiento, el progreso y el respeto al Estado de Derecho”.

Pero el Plan no menciona entre las facetas a las forestales. Ni una sola vez en todo el documento se habla de ellas. ¿Por qué no? Sigue: “Ello no obsta a exigir que todo proceso de diálogo, tenga como prerrequisito una renuncia explícita a la violencia de todas las partes involucradas”. Pregunto: la invasión de las forestales, ¿tendría también que cesar para que el diálogo comience?

El Plan busca la paz. Excelente. Pero si el gobierno no hace nada por sacar las forestales del Wallmapu (territorio mapuche), habrá buenas razones para pensar que el Plan no es otra cosa que una versión rediviva de la Pacificación de la Araucanía comandada por Cornelio Saavedra con pólvora y sables, una acción política y militar salvaje, e indesmentible.

“Arauco tiene una pena”. Y las forestales, ¿pudieran tener alguna? No se puede excluir que estas planifiquen una retirada voluntaria de un territorio que no les pertenece. Bueno sería que el gobierno colabore en esta tarea, que la agencie, además de retirar las tropas.

Arauco tiene más de una pena y muchos chilenos, que no somos mapuche, también. Habremos de lamentar, por lo mismo, que el uso de la violencia para conseguir los propios objetivos, mecanismo reempleado por la industria maderera desde hace 40 años, salte del campo a la ciudad. Está sucediendo. No debiera continuar. La paz en la Araucanía, la armonía cósmica que los occidentales comenzamos a anhelar, requiere que las forestales cesen una ocupación que ha comenzado a hacer pasar los ánimos del amarillo al rojo.

Suicidio eclesial

El uso de la palabra Iglesia está llevando a los católicos al suicidio. La institución eclesiástica, principalmente los obispos, pero también los curas, cuando hablamos de la Iglesia lo hacemos para referirnos a nosotros mismos. Los laicos, por su parte, embisten contra “la Iglesia” cuando critican a la jerarquía eclesiástica. Pero la Iglesia son los bautizados y bautizadas, los cristianos en general, incluidos quienes pertenecen a otras iglesias. No puede decirse que el cristianismo esté en crisis de la misma manera que lo está la institución eclesiástica.

Parte importante del problema que vive hoy la Iglesia católica es haber olvidado la jerarquía católica su misión de servicio a la humanidad. Lo recordó el Papa a los obispos chilenos. Dejaron de ser profetas, les dijo, se pusieron al centro cuando el centro siempre ha debido ser el Cristo que ama a los que nadie ama. Pero lo que no se ve -precisamente porque suele ser callado y humilde como el cristianismo auténtico- son las innumerables organizaciones e iniciativas de tantísimos católicos en favor de los ancianos, los niños sin hogar, los adictos, las embarazadas adolescentes, los presos hombres y mujeres, la educación gratuita de los más pobres, los enfermos de todo tipo, los migrantes, la gente cuyo hogar es la calle y otras personas que sufren; son las comunidades cristianas en las que personas sencillas comparten sus vidas, comienzan a celebrar eucaristías de otras maneras y crean nuevos apostolados. ¿Quién pudiera decir que, a este respecto, la Iglesia es innecesaria? Si usáramos la ficción para imaginar un país sin cristianismo, nos quedaría un Chile ciertamente con muchos logros de generosidad, pero más triste.

El Papa Francisco sopla en esta dirección. Su opción preferencial por los pobres confirma la intuición mística de la Iglesia latinoamericana que, desde la conferencia episcopal de Medellín (1968), no cesa de proclamarla. “Cuanto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, proclamó años atrás Francisco, dejando claro por dónde iría. Por lo mismo algunos quieren defenestrarlo. Pero el Papa solamente inspira cambios. No los realiza. Ha debido reformar la curia romana que tiene asfixiadas a las iglesias de los diferentes continentes, pero a estas alturas parece que ya no lo hizo. Los esperados cambios estructurales no llegan. Ejemplo: se acaba de aprobar un documento titulado Veritatis gaudium que le da todavía más poder a la Congregación para la Educación Católica en la gestión de las facultades de teología. Mala noticia para la catolicidad de la teología: más miedo, menos creatividad.

¿Qué alternativa queda a los católicos, cristianos que vagan como zombis en busca de reconocimiento? ¿Cuánto más resistirán sin autoridades que representen la unidad de la Iglesia a la que pertenecen? Una institución eclesiástica a la altura de los tiempos puede tomar décadas en reconstituirse, ¿o siglos? Por de pronto, los católicos debieran usar con más cuidado la palabra Iglesia. Reservarla para aquella comunidad de comunidades con que Cristo quiso acoger a los desamparados. Y, sobre todo, usar menos tiros contra una institución anacrónica que se derrumbará sola y más tiros en combatir los abusos de poder, los crímenes sexuales se den donde se den, la discriminación de la mujer, la humillación de la dignidad humana y la catástrofe ecológica en curso.

San Romero de América

Romero 4El Papa canoniza a Mons. Óscar Arnulfo Romero. Francisco reivindica a la “Iglesia de los pobres”.

El obispo Romero ha sido llamado “San Romero de América”. La Iglesia de los pobres latinoamericana se adelantó a la Santa Sede, llamándolo así. Esta, sin embargo, no se ha hecho problema con esta anticipación. Se trata de un hombre grande. Gigante, porque evoca de un modo impactante a Jesús de Nazaret, el primero de los mártires cristianos.

Romero se convirtió al Dios de los pobres. La imagen de Dios de su bautismo y de su formación presbiteral cambió, adquirió nuevas características en la misma medida que el obispo se comprometió más y más con la suerte del pueblo salvadoreño. Lo trastocó el martirio de su amigo sacerdote Rutilio Grande. Lo transformó Puebla, la conferencia episcopal que formuló la “opción por los pobres”. Existía en Romero esa apertura espiritual a la realidad que solo se da en las personas que aman la verdad y están dispuestas a dejarse afectar por los acontecimientos históricos.

Romero fue un mártir de la fe cristiana en cuanto mártir de la justicia. Representó en carne propia a un pueblo mártir: pobres, campesinos, miles de oprimidos y asesinados en una sociedad salvadoreña tremendamente desigual e injusta. Impresiona que le hayan metido un balazo en el corazón justo cuando alzaba la hostia en la consagración eucarística. Más debiera impresionar un hombre que corrió el riesgo, en tiempos de extrema violencia, de ser la “voz de los que no tienen voz” y que haya “resucitado en la lucha de su pueblo” (cómo él mismo dijo que haría).

La Iglesia popular de América Latina ha “canonizado” a Romero antes de su canonización oficial, porque nadie la representa mejor. Con Óscar Romero se reivindica a las comunidades de base. Esta ha sido la Iglesia de la conferencia de Medellín (1968) y de Puebla (1979), de las conferencias episcopales que acompañaron a sus pueblos en tiempos de dictadura y de persecución; ha sido la Iglesia de las monjas de población, de los curas obreros y de los catequistas que apenas sabían leer y escribir; de las misas en las que la gente con la Biblia en las manos entendió la palabra de Dios a partir de su vida y viceversa; la Iglesia de las ollas comunes, de la canastas de ayuda fraterna y de los vía crucis de la solidaridad; la Iglesia de la Teología de la liberación, la única reflexión cristiana que ha tenido el coraje de hacerse cargo de la experiencia latinoamericana de Dios.

El Papa canoniza al representante latinoamericano de la Iglesia que él mismo quiere que sea “pobre y para los pobres”. Este ha sido el resultado final del proceso que Francisco comenzó con desbloquearlo. Pues hubo eclesiásticos, es lamentable, que bloquearon que su causa avanzara. Perdieron. Ganó la Iglesia.

 

La Iglesia empujada al fedeísmo

La crisis detrás de la crisis. Este puede ser también el título de esta columna. La crisis provocada por los abusos sexuales de algunos clérigos en la Iglesia Católica es la expresión sórdida de otra profunda crisis, a saber, la del divorcio entre la institución eclesiástica y el Pueblo de Dios (todos los bautizados y bautizadas). Estos abusos tienen varias causas, por ejemplo, la pedofilia. Pero como bien señalan la Royal Comisión australiana (2017) y el Forschungsprojekt sobre esta materia de los alemanes (2018), la institucionalidad eclesiástica católica los facilita.

Después del esfuerzo del Concilio Vaticano II (1962-1965) de dialogar con la modernidad, los sectores predominantes de la jerarquía eclesiástica frenaron este notable intento. De esta manera, además, hicieron caso omiso de la condena del fideísmo del Concilio Vaticano I (1870). Este error teológico, una verdadera herejía, consiste en creer lo que se imponga creer con sacrificio de la razón, de la razonabilidad y de la racionalidad. En otras palabras, especialmente en los últimos 50 años, se ha demandado de los fieles católicos la llamada vulgarmente “fe del carbonero”, con penosas consecuencias.

Resultado: los cristianos católicos han sufrido al extremo de sus posibilidades no poder vivir su cristianismo de acuerdo a los estándares culturales de su época. Segundo resultado: la jerarquía eclesiástica ha perdido ascendencia sobre ellos. Hasta hace poco, estas hacían como si mandaran. Los fieles, por su parte, hacían como si obedecieran. Desde hace un rato, en cambio, el foso de incomunicación e incomprensión se ha ensanchado a un grado que comienza a dar lo mismo todo. Las autoridades, gravemente desautorizadas, contemplan como las aguas vuelven a sus cauces a pesar suyo o en su contra: los cristianos comunes integran fe y razón porque, de lo contrario, dejarían de ser cristianos o se deshumanizarían.

Los campos del fideísmo son tantos como los modos de ser cristianos. El más típico, y que ha hecho mucho daño, es el doctrinal. El ícono ha sido la encíclica Humanae vitae que prohibió el uso de los métodos artificiales de control de natalidad. En la actualidad, hace justo 50 años de su publicación, prácticamente ninguna católica sigue esta doctrina. Otro ejemplo: hoy, casi nadie entiende por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes.

En las circunstancias actuales, el fideísmo se manifiesta en el mismo clero. La preparación de nosotros los sacerdotes para integrar fe y sexualidad (como ha señalado Oscar Contardo en nuestro medio), es deficitaria. ¿Qué harán los seminarios para formar gente que sepa, a lo largo de su vida, aprender a relacionarse con los demás con acercamientos y distancias que les permitan a estos y a ellos mismos realizarse como seres humanos normales?

En lo inmediato, el fideísmo más ruidoso es el clericalismo. El modo de estructurarse, de organizarse y de ejercerse la autoridad en la Iglesia es fideísta porque no está a la altura de los logros civilizatorios de la modernidad que, en esta materia, ha inventado mecanismos varios para controlar el poder. El Papa ha denunciado a diestra y siniestra que este es un problema gravísimo. Pero el mismo Francisco le ha pegado un manotazo a Cristián Precht y otro a Fernando Karadima sin dar explicación de su acto. La explicación local ha sido que el Santo Padre puede ejercer su poder de un modo inmediato sobre cualquier cristiano y hacerlo de modo inapelable.

El panorama es malo. La institución eclesiástica no se reforma. No se pueden desarrollar los cristianismos europeos, americanos, africanos, oceánicos o asiáticos mientras la sede romana pretenda gobernarlos a todos por parejo, sin tener en cuenta las diversidades culturales. Esta exclusión cultural, la marginación de la mujer, la concentración del poder del clero entre otros déficit tienen como causa una institucionalidad anacrónica reticente a los cambios.

¿Qué queda a los católicos por delante? Dos posibilidades: una, dejar la Iglesia por haberse convertido ella en un ámbito tóxico. Otra, por la cual yo apuesto: resistir, rebelarse si es el caso y recrear la novedad del Evangelio.

No será nuevo que los cristianos continúen preocupándose de los pobres como lo han hecho por dos mil años. Tampoco será nuevo reunirse en comunidades en las cuales se pueda compartir la vida y celebrar la fe. Sí lo será inventar nuevas maneras, conforme cambia la cultura, de articular fe y razón, de testimoniar en los tiempos por venir, de que el amor, el amor al modo inteligente y radical como Jesús lo entendió, es el secreto de la humanización.

Hoy, a 30 años del No

¿Cuál es el asunto? Es fácil engañarse. Caben dos posibilidades. Una, fijar los ojos en el plebiscito y quedar vueltos hacia atrás. Otra, decidir hoy qué hacer con el país.

La primera opción tiene, a su vez, dos variantes. Podemos defendernos: “el 5 de octubre de 1988 voté sí, porque…”. O, en cambio, podemos enrostrar a los que votaron “sí” por haber apoyado a la dictadura; y vanagloriarse de haber votado “no”.

La segunda opción es decidir hoy qué país queremos. Pues, los que triunfaron o perdieron, a 30 años de distancia, pueden equivocarse en el presente. La historia no está cerrada. Quienes apoyaron la prolongación del régimen de Augusto Pinochet por ocho más, tienen que preguntarse este viernes 5, con toda la información que tienen de lo ocurrido, tras haber educados hijos e hijas estos últimos años, cómo pudiera justificarse haber hecho de la tortura una política pública entre otras barbaridades.

Hoy, en realidad, importa menos si estos se equivocaron. Cuenta, por el contrario, si tienen la honestidad para cambiar y reconocer que la vida de cualquier ser humano tiene un valor eterno. Alguno, por el contrario puede no creer en el arrepentimiento de sus enemigos. No aceptará que los que votaron “sí” puedan hoy “darse vuelta la chaqueta”; no les reconocerá que hayan podido convertirse al respeto de los derechos humanos. Mal. Así no avanzamos.

Los perdedores y los ganadores del plebiscito tienen algo nuevo que aportar 30 años después. Pero no podemos descartar que nos repitan siempre lo mismo. Este disco tiene dos lados. Uno o los dos puede(n) estar rayado(s).

El asunto es que los perdedores de 1988 contribuyan a forjar un país mejor, reconociendo con humildad que los familiares de los detenidos desaparecidos, qué aún buscan los huesos de sus deudos, han obligado al país a crecer en humanidad. Los votantes del “sí”, sí pueden hoy, también ellos, luchar por la dignidad de todos los seres humanos.

Por el contrario, los vencedores del “no”, contra todas las apariencias, pueden envilecerse. Lo harán cada vez que condenen a sus adversarios de por vida, negándoles precisamente la posibilidad de reconciliarse con ellos, en caso que busquen esta reconciliación sinceramente, con ánimo de verdad y justicia. Los vencedores del “no” pueden invocar su triunfo como un pasaporte para eximirse de culpas pasadas y futuras. Harán bien en compartir la suerte de las víctimas que esperan un “nunca más”; pero se equivocarán si piensan que, por ponerse del lado de las víctimas, tienen la razón en todos los ámbitos de la vida.

Lo que está en juego hoy, a 30 de la gesta del “no”, es celebrar una lucha que nos condujo a la democracia y reconocer un lugar en esta, después de muchos años, a todos quienes creen que el respeto de la dignidad humana es la primera piedra de la convivencia humana y de cualquier régimen político.

Una precisión final y termino: no se trata de olvidar lo que ocurrió el pasado. Pues solo el recuerdo de la pasión de las víctimas, una memoria passionis, puede asegurar en el tiempo el reconocimiento de derechos que están más allá de las diferencias políticas.

Criterios para reparar la Iglesia

La actual crisis de la Iglesia no tiene precedentes. Es muy profunda. Ella se deja ver en el dolor, desconcierto, indignación y vergüenza por los abusos sexuales del clero, sus procedimientos inadecuados y sus sistemáticos encubrimientos. Tras la actual crisis, hay también otra crisis. Hace muchos años que los católicos experimentan distancia e incomunicación con sus sacerdotes y, especialmente, con sus obispos. Esta y aquella crisis obligan a hacer cambios decisivos para que la Iglesia, como espacio de encuentro y comunidad, continúe colaborando en la misión de Jesús.
En lo inmediato, algunos católicos y católicas pueden buscar orientaciones que les consuelen y les ayuden a discernir qué hacer como seguidores de Jesús. Ante ello quisiera compartir algunas reflexiones para pasar estos momentos tan difíciles y contribuir a animarlos a participar en una profunda reconstrucción de la Iglesia que muchos soñamos y esperamos.

Nuestras raíces

• Los cristianos, desde un punto de vista teológico, somos Jesús para la Iglesia y la Iglesia para Jesús. Somos Pueblo de Dios. Hemos de colaborar con Jesús a levantar a la Iglesia y, por otra parte, como integrantes de la Iglesia, esperamos ser aliviados y sanados por Jesús. La actual crisis de fe es también una crisis de fidelidad. No podemos abandonar el barco. Sería como olvidarnos unos de otros. El Espíritu Santo debiera activar la fidelidad del amor de Dios con nosotros y entre nosotros.
• La razón de ser de la Iglesia es proseguir la misión de Jesús. La crisis de la Iglesia se debe en buena medida a que la jerarquía eclesiástica se ha centrado en sí misma. Ella no debiera existir para reproducirse y prologar su existencia a lo largo de los siglos. Jesús la necesita para que el reino de Dios llegue especialmente a la gente más necesitada de amor, de justicia, de cuidado, de consuelo y de perdón.
• La Iglesia pertenece a la eternidad. La Iglesia no es una ONG que, cumplida una tarea o escasa de fondos, cierra sus oficinas. Los cristianos creemos que nuestra pertenencia eclesial nos permite ya ahora vivir como si esta vida tuviera un valor eterno. El misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en el cual la Iglesia tiene su origen, constituye la fragua en la que los cristianos forjan sus vidas. Nada ni nadie eximió a Jesús de los padecimientos que le impusieron. Su triunfo pascual no nos ahorrará sufrir lo que estamos pasando, pero debiera hacernos creer y darnos fuerzas para luchar por una Iglesia mejor de la que somos.
• Los cristianos nada sabríamos de Jesús si la Iglesia no nos hubiera transmitido la experiencia que tuvo de él antes y después de su muerte. La Iglesia es la única foto que tenemos de Jesús. Esta foto tiene dos mil años. Está ajada. Pero gracias a esta Iglesia vieja y decadente en muchos aspectos, los cristianos gozamos de una pertenencia milenaria. Ser parte de una gran tradición es algo hermoso. Y, sobre todo, constituye para nosotros un acervo de experiencias, de ensayos y errores, de conocimientos que alguna vez sirvieron y que hoy son útiles para hacer comparaciones, en suma, numerosos intentos por haber querido ser humanos como Jesús pudo serlo. Esta tradición para nosotros hoy, constituye un criterio fundamental para discernir por dónde seguir. Sin tradición la creatividad es imposible.

¿Qué hacer frente a la crisis?

• Fijar los ojos en Jesús y su Evangelio. Él tiene que hacerse cargo de nosotros, sus hermanas y hermanos.
• En los momentos de las grandes agitaciones de la vida nunca es bueno impacientarse, desesperarse y cambiar nuestras decisiones más profundas. Ahora más que nunca es necesario mantener la calma. Hoy es muy importante perseverar.
• El actual momento de crisis requiere reunirnos y avanzar con los demás. Se nos abre una posibilidad. No estamos solos. Es necesario rezar unos con otros y unos por otros. Asimismo, conviene hacernos responsables de los más frágiles: animarlos, informarlos con la verdad pero sin alarmarlos, ayudarles a dar los pasos que un cristiano debiera dar en las actuales circunstancias. Es fundamental sentirnos Iglesia y hacernos responsables de ella.
• No supeditar la permanencia personal en la Iglesia a la actuación de la jerarquía eclesiástica. Tampoco podemos hacerla depender de las transformaciones que esta debiera realizar. Los cambios que se necesitan son tan grandes que tomarán años en darse, si se dan. Entre tanto, no tenemos excusa para practicar la hermandad entre nosotros y tratar de hermanar este mundo.
• Analizar y tratar de entender en qué consiste la crisis de la relación entre la institución eclesiástica y los cristianos. El problema es suficientemente grave como para pensar que tendremos que crear algo verdaderamente nuevo.

Criterios de acción para abordar los problemas inmediatos

• Orar y dialogar más que en otras oportunidades.
• Ponerse en el lugar de las víctimas de abusos del clero. Identificarse con ellas. Acompañarlas y ayudarlas si se da la posibilidad. Imaginar el futuro de la Iglesia desde su punto de vista.
• Rezar por las personas que perpetraron crímenes y abusos, y por las autoridades eclesiásticas indolentes o encubridoras, para que se hagan responsables de lo sucedido y reparen cuanto antes a sus víctimas.
• Orar por las autoridades de la Iglesia que no han cometido ningún acto ilícito y que actualmente se esfuerzan en hacer justicia y reparar los daños producidos; orar y ayudar a los sacerdotes que se encuentran tan dolidos, indignados y perplejos como el conjunto de los laicos.
• Hacer examen de conciencia. En la actual crisis eclesial ha habido pecados de muy diversa índole. Es importante tomar conciencia y pedir perdón por la culpa que cada uno pudiera tener en la situación de la Iglesia.

Criterios para recuperar el rumbo perdido

• Volver al modo de Jesús. Identificarnos y acercarnos a los pobres: encarcelados, adictos, cesantes, niños abandonados, enfermos, ancianos, gente que no tiene los bienes fundamentales. Algo podemos hacer por ellos para que sepan que Dios los ama.
• Crear nuevas comunidades, y cuidar y fortalecer las que se tienen. El modelo pueden ser las primeras comunidades cristianas (Hechos 2, 42- 47).
• Crear nuevas maneras de celebrar la fe. La eucaristía es la forma eximia de fiesta de agradecimiento a Dios. Ello no impide que los cristianos inventen nuevas celebraciones eucarísticas para leer la Palabra, comer, compartir y pedir juntos. La participación de todos en ellas –diría el Concilio Vaticano II- debe ser la clave. Hoy se hacen necesarios nuevos modos reunión litúrgica porque cada vez faltan más sacerdotes o porque el clericalismo de muchos de ellos les hace incapaces de acompañar comunidades.
• Mostrar con nuestro testimonio por qué somos cristianos y por qué nunca dejaríamos de serlo.
• Apoyar las iniciativas de otras personas que encaminen la llegada del reino de Jesús. Hay actividades y agrupaciones organizadas por personas no católicas que agradecerían talvez nuestra ayuda.

Jorge Costadoat S.J.

Importancia del Museo de la Memoria

El debate sobre los fundamentos teóricos del Museo de la Memoria admite diversas aproximaciones.

Desde un punto de vista moderno la historia no tiene un fin trascendente; solo tiene el fin que el ser humano es capaz de construir, mediante el pensamiento, la ciencia y la técnica, para controlar los acontecimientos y a sí mismo. Es de valorar que, por esta vía, la modernidad haya podido formular teorías de Derechos humanos que permiten contrarrestar abusos y crímenes de Estado. Desestimar este esfuerzo deja abierto el camino a la barbarie. Pero, por esta misma vía, la modernidad progresista es la causa inmediata de la miseria del ser humano en los siglos XX y XXI. El neoliberalismo actual desestima los costos sociales de un crecimiento económico cuya única trascendencia es no tener fin alguno.

Para el cristianismo el Museo de la memoria es un imperativo ético no en relación con derechos que han de construirse, sino con personas con nombre y apellidos que no pueden ser olvidadas. Para los cristianos el Museo tiene un valor trascendente porque representa la oferta de un futuro digno a víctimas que nunca debieron ser torturadas, ejecutadas o desaparecidas. A estas víctimas les dice que la fe consiste en creer que el Dios del judeo-cristianismo hace justicia a esos seres humanos concretos que los constructores de la historia quieren y necesitan olvidar para seguir compitiendo por el mundo del que se están adueñando.

La idea de la resurrección de Cristo, como justicia para un nazareno ajusticiado injustamente, proviene de los macabeos que, unos ciento cincuenta años antes, fueron al martirio convencidos de que al final de la historia habría un Juicio. La memoria passionis de Cristo, el recuerdo eucarístico por dos mil años de un crimen injusto, rehabilita a Jesús y asegura a los olvidados que la historia tiene sentido. La memoria de la pasión es una apuesta por Dios y contra Dios. Es un grito de justicia contra Dios por no hacer nada ante el sufrimiento de los inocentes y por Dios porque espera que sí lo haga como lo hizo con Jesús.

El Museo de la Memoria tiene una importancia decisiva. Este y los otros memoriales del tipo en otros lugares del mundo representan el reconocimiento de la humanidad, no a un valor meramente excogitado por parlamentos internacionales; antes que esto, más todavía para los cristianos, representan el reconocimiento a unas víctimas que nunca merecieron el trato que se les dio. Nadie merece lo que sufre. No es admisible arrojar argumentos a favor o en contra del Golpe de Estado como si de ello dependiera abusar mucho, poco o nada de un ser humano. Los crímenes no son empatables.

El Museo de la Memoria exige que “hoy” los chilenos interrumpamos el curso de una historia que, si sacrifica seres humanos, no conduce a ninguna parte.

En la Facultad de Teología se abusa

Monseñor Ricardo Ezzati delega sus facultades de Gran Canciller de la Universidad Católica en el Vicecanciller. Tras de sí queda un reguero de quejas en la Facultad de Teología. Espero que no se haga leña del árbol caído. Porque lo que realmente hay que hacer, es un cambio estructural. Con Monseñor Francisco Javier Errázuriz se dieron los mismos abusos que lamentan los académicos de Teología.

En la Facultad de Teología falta libertad de cátedra porque no tiene autonomía.

Falta libertad en Teología de la Católica. ¿Cuál es el problema? Si se trata de una religión, dirá alguno, los docentes tendrían que sacrificar sus ideas personales al servicio de la enseñanza oficial. No debe ser así. La fe cristiana se impone a sí misma la obligación de probar su razonabilidad. La falta de libertad en Teología que padecemos sus académicos atenta contra el mismo cristianismo (cf. Vaticano I contra el fideísmo). Para alcanzar la verdad, se requiere libertad. El miedo que hoy tienen sus académicos a entrar en los temas difíciles, los desvía hacia asuntos no problemáticos. Se hacen trabajos disciplinares e interdisciplinarios serios, pero no en las áreas en las cuales los docentes pueden ser acusados a la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Oficio de la Inquisición, en Roma). Una facultad de teología no puede ser tratada como un seminario eclesiástico.

Así las cosas, los teólogos son impedidos de ayudar en la tarea que la Iglesia tiene de discernir los “signos de los tiempos”, esto es, descifrar el habla de Dios en los acontecimientos actuales. Con lo cual la enseñanza de la Iglesia, dependiente de la teología, se vuelve progresivamente anacrónica cuando no nociva.

En la misma medida que los estudiantes no son adiestrados en escrutar esta acción de Dios en la historia con el acervo de la tradición de la Iglesia -lo cual equivale a afrontar como adultos los llamados actuales de Dios- por una parte son infantilizados y por otra, el día de mañana, ensancharán el foso de incomunicación que hoy caracteriza la relación del estamento eclesiástico con la realidad y con el laicado.

¿Exagero?

Recientemente Joaquín Silva, decano, y el Consejo de la Facultad respondieron a la carta del Papa Francisco al “Pueblo de Dios que peregrina en Chile” (31 de mayo de 2018). La respuesta es larga. Cito solo un párrafo: “en muchas ocasiones los teólogos y teólogas también hemos sufrido abusos de poder en nuestra Iglesia. No es del caso presentar aquí la larga lista de teólogos y teólogas que muchas veces en Chile, en América Latina y en el mundo han sido restringidos o excluidos del ejercicio de la teología por razones más ideológicas que teológicas, por haber cuestionado alguna enseñanza del magisterio, por haber preguntado si las cosas podrían ser pensadas de otro modo, por haber indagado en nuevas posibilidades de comprender la Revelación de Dios en Cristo”.

Las autoridades de la Facultad celebran la llegada de Francisco al pontificado: “Hemos visto con esperanza que en sus años de papado los procesos en contra de teólogos han disminuido, hasta casi desaparecer”. Pero, como ha sucedido en otras materias, las intenciones del Papa no se cumplen tan rápidamente. Continúa el decano: “En nuestro país sigue habiendo colegas a los cuales se les niega su promoción académica o el permiso para enseñar por razones que no tienen que ver con la calidad de su trabajo académico-teológico. En la sociedad chilena y en nuestra misma Universidad Católica se ha instalado progresivamente el parecer -por cierto equivocado- de que la teología tiene un status diferente al de las otras disciplinas académicas, de que la libertad de cátedra está en ella, en la práctica, limitada por la relación que la teología debe mantener con el Magisterio eclesiástico, de que no puede participar libre y críticamente del diálogo social, de que ella podría sustraerse al escrutinio de la razón”.

No es necesario ser académicos para imaginar lo penoso que puede ser para un laico con su familia a cuestas perder su trabajo por una acusación cualquiera, sea de un seminarista sea de colegas que están informando permanentemente al obispo de lo que sucede en la Facultad.

Sigue la carta de respuesta al Papa: “Para controlar y limitar el libre ejercicio de la teología, se suele recurrir a razones carentes de transparencia o a procedimientos de organismos de la curia romana cuyo común denominador son la reserva y el sigilo, para así imponer sanciones o trabas al ejercicio académico, sin tener que dar cuenta de ello a los afectados ni a sus comunidades académicas. La teología demanda una actitud crítica y profética; pero, desgraciadamente, y como Ud. mismo lo ha advertido, no pocas veces esa actitud ha sido confundida con traición a la Iglesia y al mensaje de salvación que nos ha sido confiado. Muy por el contrario, los que nos hemos sentido llamados por el Señor a servir en la Iglesia como teólogos y teólogas, requerimos de la confianza y del respaldo de nuestros hermanos que han sido llamados a servir como pastores en la única Iglesia de Cristo, Señor de la Vida”.

Lo que no dice la carta, sin embargo, es que la falta de libertad y el miedo a los obispos cancilleres de la universidad son resultado de la falta de autonomía de la Facultad de Teología. Los Estatutos de la Facultad permiten al Gran Canciller, el obispo de Santiago, hacer en ella prácticamente cualquier cosa sin tener que dar explicaciones a nadie. Esta situación no da para más. Se necesitan nuevos Estatutos. Hay una sola corrección importante que hacer: el Decano debiera dar cuenta de su gestión al Rector de la Universidad. Los Estatutos debieran prohibir cualquier forma de influjo directo del obispo en la Facultad.

La Facultad de Teología es un deshonor para la Católica. Es triste para nosotros sus académicos ser un enclave autoritario dentro de una gran universidad. Espero que el próximo Arzobispo de Santiago nos libere de esta humillación.

Pasos adelante

La Declaración de la Conferencia Episcopal debe considerársela un paso adelante importante. Comencé a leerla con pocas expectativas. Me equivoqué.

La Declaración merece una lectura de buena fe. La institución eclesiástica chilena ha sido desautorizada por el Papa Francisco. Hoy nadie le cree. Por esto, si los obispos responden a las quejas muy serias que se les hacen, el comunicado del viernes merece juzgárselo con la misma seriedad.

A mi parecer la Declaración tiene los siguientes méritos. En ella se reconoce el mal cometido por “personal consagrado” (me hubiera gustado que hablara de nosotros los sacerdotes y obispos); pide perdón a las víctimas (lo cual es muy importante cuando el perdón se dirige a personas que han sido tratadas como culpables siendo inocentes); ofrece a ellas una reparación institucional (sin excluir el aspecto económico); compromete la creación de normas e instituciones para prevenir abusos de diversa índole y para encausar los que a futuro puedan cometerse. Me resulta especialmente significativo que, por estas vías, pueda rehabilitarse el honor de personas humilladas por representantes de Dios.

Al leerla, uno tiene la impresión de que la Declaración va al grano. La ciudadanía y los católicos estamos cansados de un lenguaje episcopal alambicado, melifluo, solo útil para salir del paso. En este documento no hay “chivas”.

¿Cuánto queda a la institucionalidad eclesiástica para recuperar la confianza perdida? Por de pronto, tendría que cumplir los compromisos a los que se ha obligado. Pero, además, debiera terminar con modos de relación, de organización y de mando abusivos.

Monseñor Ezzati escucha la voz del pueblo

Monseñor Ricardo Ezzati ha declinado presidir el Te Deum. ¿Lo hizo por presiones del gobierno o del Vaticano? ¿De ambos? Pensemos bien: renunció motu proprio.

De este episodio, me parece muy importante tomar en serio las palabras que el mismo obispo usa para explicar su decisión: “El Papa Francisco nos dice en su reciente carta que discernir supone aprender a escuchar lo que el Espíritu quiere decirnos. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de escuchar la realidad de lo que pasa”. Monseñor Ezzati, con estas líneas, se rinde a la voz de la ciudadanía. Cualquiera puede imaginar lo dolorosa que debe ser para él esta circunstancias, debida a muchas razones, entre las cuales está la de ser imputado por la justicia civil y, por otra parte, no poder zafarse del cargo de arzobispo porque el Papa aún no tiene sucesor.

Pero, independientemente de esta decisión de Monseñor Ezzati, es significativo que el obispo haya hecho suya una poderosa indicación de Francisco. La tremenda crisis en que se encuentra la Iglesia chilena –tanto la institución eclesiástica como los demás católicos- a causa de los abusos sexuales del clero, la denegación de justicia, la denostación de las víctimas y el encubrimiento de verdaderos crímenes, es la punta del iceberg de una gravísima incomunicación entre el personal consagrado y el resto de los bautizados y bautizadas. Los abusos en cuestión son el aspecto más sórdido de una relación patológica entre ambos estamentos. Pues esta enfermedad tiene muchos otros aspectos.

Los obispos y nosotros los sacerdotes estamos acostumbrados a enseñar, predicar, a dirigir, pero nos hemos convertido en una casta que, de tanto creerse iluminada, ha terminado por apartarse y perder toda empatía con los fieles y los contemporáneos en general. No nos hemos dado cuenta de que la gente no nos hace caso. Y si nos damos cuenta, la culpamos. Esto se llama falta de empatía. Ya lo había dicho el Papa en su visita: “escuchen”. ¿Qué? Lo cita Monseñor Ezzati: “la realidad”. Dios habla en las vidas y los acontecimientos históricos. ¿No hemos de aprender, en consecuencia, obispos y sacerdotes qué esta Dios queriendo decir a través de los demás?

La Iglesia Católica, no solo en Chile, está enferma de incomunicación. El personal consagrado, el clero y muchos otros que cumplen una función pastoral, “no escuchan a nadie”. Si les preguntan, no responden. Creen que por tener una investidura sacra serán iluminados por el Espíritu Santo. No perciben que la distancia que ha cultivado ha sido fatal para la Iglesia.

Hoy católicos de izquierda y de derecha ocupan ambos un mismo lado del foso. Del otro lado está la jerarquía defendiendo los derechos de Dios. En esta férrea defensa, ha predominado la pastoral del terror. Hasta ahora los católicos chilenos no saben si los divorciados vueltos a casar se pueden o no acercar a comulgar. Se les dice que se seguirán los criterios de Amoris laetitia. Pero todo sigue en la nebulosa. Y, entretanto, los católicos que más necesitaron la acogida de sus pastores tras haber fracasado en su matrimonio, debieron oír palabras desalmadas de parte de algunos prelados.

¿Qué decir de los parlamentarios católicos a propósito de las leyes de divorcio y de despenalización del aborto? A algunos de ellos, en nombre de la doctrina, se les trató a palos. ¿No pudo respetar sus conciencias y la posibilidad –doctrinalmente católica- del disenso?

La “realidad” es un país que, según el mismo Monseñor Ezzati, rechaza que él presida él Te Deum.

La Declaración de la Conferencia Episcopal del viernes pasado es otro paso adelante precisamente en esta línea: “escuchar”. Monseñor Ezzati no celebra el Te Deum porque ha “escuchado” la voz del pueblo. La Declaración reciente no tiene el mismo valor simbólico, pero se hace cargo de un problema de máxima importancia: la re dignificación de las personas abusadas con peticiones de perdón y con compromisos de reparación son un progreso en la “escucha” de la voz de Dios, porque es una “escucha” de la voz de las víctimas.

El último de los problemas, sin embargo, depende de la Iglesia chilena en parte y en parte no. La Iglesia Católica en el mundo “escucha” poco y nada. Son muchos los temas en los cuales el atraso de la inculturación del Evangelio está pendiente. La cultura cambia. La predicación del Evangelio se vuelve anacrónica. Nada puede ser más importante en este momento que “escuchar” la voz de Dios en las voces de las mujeres. Esta no es consideradas. Botón de muestra: en un sínodo sobre la familia no votó ninguna mamá, ninguna hermana, ninguna hija, ninguna abuela.

Tal vez el caso chileno sea un principio de cambio mayor. Lo espero.