Archive for Columnas

No más obispos impuestos

La carta del Papa Francisco a los obispos chilenos, escrita después de una larga serie de hechos, penosos unos, incompresibles otros, evidencia que el problema de la institución eclesiástica es muy grave. La convocación del Papa a la Conferencia completa a Roma para explicar en persona las decisiones que tomará para que ella enmiende su curso, no tiene antecedentes. La noticia da vuelta al mundo.

Francisco confiesa y se confiesa. Se confiesa de haberse equivocado y pide perdón. Y, como todos nosotros, da al menos una explicación que aligere su culpa. Estas son las palabras centrales: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. Se confiesa, pero también confiesa haber sido engañado.

¿Quién lo engañó? No sabemos. No tenemos información. Pero hay responsabilidades institucionales que autorizan a cualquier persona a suponer que determinadas autoridades son inocentes o culpables de informar debidamente a su superior mayor. En este caso, ya que consta que los obispos chilenos no querían a Juan Barros de obispo en Osorno, es más, que se opusieron a su nombramiento, deben responder por sus actos el nuncio Ivo Scapolo y el Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Errázuriz es un hombre de suma confianza del Papa. Pertenece al pequeño grupo que Francisco ha llamado a Roma para que lo aconseje en el gobierno de la iglesia. Su deber ha sido informarlo rectamente. ¿Le explicó el Cardenal al Papa la situación en que se encuentra la iglesia chilena? Ciertamente ha debido decirle quién ha sido el líder de la agrupación sacerdotal del “El Bosque” y los obispos nombrados, ya que él mismo ha sido parte del problema. Errázuriz ha reconocido públicamente su tardanza culpable en hacer justicia a las víctimas de Karadima. Si Errázuriz cumplió su deber, ¿por qué Francisco no le hizo caso?

Talvez le creyó más al nuncio Ivo Scapolo. Los nuncios tienen una enorme responsabilidad en el nombramiento de los obispos. En una carta anterior del Papa Francisco que alguien filtró los días de su visita, decía que no había prosperado la remoción de Barros, y de otros dos obispos de “El Bosque”, por culpa de Scapolo. ¿El nuncio haciéndole trampas al Santo Padre?

Es muy posible que haya habido otras personas que han decidido y mantenido a Barros en el cargo, engañando al Papa una y otra vez. Los católicos chilenos tenemos la impresión de que la suerte de nuestra iglesia se transa entre cardenales, unos locales, otros extranjeros. Hace demasiados años que la iglesia católica chilena vive a la sombra Jorge Medina y Angelo Sodano.

Llegamos así al problema de fondo. Esperamos que el Papa –que no solo ha actuado por engaño, sino que también por culpa propia, ya que no ha oído debidamente a la dirigencia de los obispos chilenos-, tome decisiones drásticas.

Pero, en el fondo de los fondos, el problema es mayor. La Iglesia Católica hoy ha perdido la capacidad de reformar sus estructuras y, a propósito del caso en comento, son estas antes que la calidad de los curas las que facilitan la ocurrencia de los abusos sexuales y de conciencia que lamentamos. Esta es la conclusión de la Royal Comission de Australia (2017) sobre el tema de abuso de menores. El Papa ha sido elegido para reformar la curia romana. Algo avanza. Tiene una contra enorme. Pero más importante que reformar la curia, es que cambien por completo las relaciones de las iglesias locales y regionales con la iglesia de Roma. La Santa Sede tiene sofocada la posibilidad de un despliegue inculturado del cristianismo, acorde con la realidad de los diversos continentes y países.

A esta alturas, lo mínimo que podemos pedir los católicos chilenos es que nos dejen elegir a nuestros obispos. Osorno ha comenzado por no tolerar que se le imponga a uno que su gente, que no es tonta, no quiere.

El Papa habló: ¿habrá temblor o terremoto en el episcopado chileno?

Se pronunció el Papa: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa la carta enviada ayer por Francisco a los obispos chilenos: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. El Papa acierta en el tono y en el fondo. Pero, sobre todo, abre la esperanza de una solución a la crisis del episcopado chileno y de una recuperación de la confianza en él de parte de los católicos y de los chilenos en general. Aun así, todo lo ocurrido, que por cierto aun no acaba, deja planteados problemas sin resolver que afectan a la iglesia en todas partes del mundo y que, en lo inmediato, a la iglesia chilena le han costado demasiado caro.

Vamos por orden. ¿Quiénes informaron mal al Papa como para haber nombrado y mantenido en el cargo al obispo Juan Barros? ¿Quién no le hizo saber con fuerza y claridad que la situación de los abusos sexuales y de conciencia del clero en Chile, especialmente los ocurridos en el círculo del P. Fernando Karadima, han estremecido al país? Por la información que tenemos, no han sido Monseñor Ezzati ni Monseñor Silva, últimos presidentes de la conferencia, ni la conferencia misma, ni muchos obispos más. ¿Quiénes fueron entonces? Talvez fue Monseñor Francisco Javier Errázuriz. No lo sabemos. Pero él ha debido informar correctamente al Papa y Francisco ha debido escucharle con más atención que a otros, porque lo conoce bien y es uno de los nueve consejeros más estrechos que tiene. ¿Ha sido el nuncio, Monseñor Scapolo, quien lo informó deficientemente? Hemos de suponer que el Papa también ha debido confiar en él. Del nuncio ha dependido en gran medida el nombramiento de Barros. En eso consiste su cargo. Si al Nuncio lo pasaron a llevar en el nombramiento de Barros, ¿quién lo hizo? ¿Por qué Scapolo aceptó que lo hicieran?

El Papa espera juntarse nuevamente con los obispos chilenos en Roma y suponemos que, en esta ocasión, se solucionarán los problemas que hayan de solucionarse. Es casi evidente que el obispo Barros tendrá que dejar el cargo. Pero, ¿solo él? ¿Qué información le llegó a Francisco en el informe de Scicluna que pudiera servir al episcopado para zafarse de la situación penosa en que se encuentra? La salida de Barros, a estas alturas, es una solución de poca monta. El problema del episcopado chileno es antiguo y mucho mayor. Si no lo fuera, Barros no sería obispo de Osorno.

A mi entender la incomunicación en la iglesia es el problema número uno. Esta incomunicación tiene diversos planos. En el plano más profundo, existe una distancia gigante de mentalidad entre las autoridades y la inmensa mayoría de los católicos. Los católicos, entre ellos muchos sacerdotes, no nos sentimos culturalmente representados por los obispos. Entendemos el Evangelio en registros culturales diferentes. El tema emblemático es la situación de la mujer. Una comprensión razonable del Evangelio hoy, daría a ella el lugar de dignidad que la actual doctrina y la organización clerical le desconocen. Son muchos otros los asuntos pendientes. No me puedo alargar.

En lo inmediato, la incomunicación entre el Papa y los católicos se ha expresado a propósito del nombramiento de un obispo, pero atañe por parejo al nombramiento de todos los obispos. ¿Por qué estos nombramientos dependen principalmente del nuncio? ¿Por qué los hace en última instancia el Papa?

Creo que llega la hora en que las iglesias locales tengan una palabra decisiva en la elección de sus autoridades. Los laicos también tendrían que tener más de un voto. Y, por cierto, derecho a veto, como lo han ejercido los osorninos. No puede ser que los obispados “se consigan” en la corte vaticana tras años de escalamientos, paleteadas y cocktailes en las embajadas. ¿Cuánto han influido en los nombramientos de obispos las famosas cartas del temible Cardenal Medina?

El problema es todavía mayor. Llega la hora de que las iglesias regionales dejen de depender tanto de la iglesia de Roma. El Papa tiene por misión unir a las iglesias y representar la unidad de la Iglesia de Cristo. Pero constituye un exceso intolerable –además de perjudicial- que pretenda gobernarlas a todas. El modelo de la monarquía absoluta adoptado por Iglesia católica los años de Carlos III y Luis XIV no da para más. A los católicos nos falta democracia y, bajo algunos aspectos, respeto a los derechos humanos dentro de la misma iglesia. Falta rendición de cuentas (accountability). ¿Quién le responde al pueblo de Dios? Los católicos viven desinformados. Todo se resuelve a sus espaldas y en secreto.

Los católicos de Osorno nos llevan la delantera. Queda mucho por andar.

EL ORÁCULO CRISTOSÓFICO

Escribí el Oráculo Cristosófico

El Oráculo Cristosófico es un método para leer el Nuevo Testamento. Es un método, es decir, es un camino diseñado para llegar a oír lo que Dios está queriendo decir a la persona que consulta el Oráculo en el momento emocional en que se encuentra.

En las culturas tradicionales siempre existieron pitonisas o sacerdotes que con sus oráculos ofrecían una respuesta de parte de los dioses a las personas que les preguntaban por su futuro. La adivinación, hasta el día de hoy, supone que los seres humanos tienen un destino que ignoran, pero que habrá de cumplirse infaliblemente. El vidente, el adivino o la bruja supuestamente tienen una técnica para revelar este destino a quien acude buscando su averiguación.

En el cristianismo los oráculos son algo muy distinto. Los oráculos de los profetas y de los sacerdotes son orientaciones o recomendaciones que las personas deben considerar para encontrar con más seguridad lo que Dios les está pidiendo en sus vidas. Para los cristianos la historia está abierta. Nadie sabe ni puede saber en qué acabará una vida humana. No existe un secreto no revelado. Lo que ha de revelarse en las vidas de las personas dependerá de lo que libre y creativamente hagan con el amor que Dios les tiene. El gran mensaje es Jesús, su ejemplo y sus palabras. La gran ayuda para entender el mensaje y ponerlo en práctica, es el amor del Espíritu Santo.

Para esto sirve el Oráculo Cristosófico. El punto de partida de este instrumento son las emociones que la psicología moderna estima que son básicas en el ser humano: alegría, tristeza, miedo, aversión, sorpresa e ira. No debe extrañar, por tanto, que en textos antiguos como el libro del Génesis que cuenta la historia de los primeros padres en el jardín del Edén, se nos hable de estas emociones. Ellas se dieron y se dan en la humanidad desde sus orígenes como energías cósmicas que indican al ser humano caminos a la felicidad o a la desgracia. El punto de llegada, a su vez, es la palabra personal que Dios dirige a quien está interesado en oír su voz.

La consulta del Oráculo comienza con la elección de una de las cartas que acompañan a este libro. El Oráculo –como se ve- también es un juego, un juego que prepara el espíritu para oír la palabra de Dios. Cada una de las cartas corresponde a una de las seis emociones mencionadas. Cada una, a la vez, envía a un texto bíblico en el cual aquellas emociones juegan un papel significativo. La imagen de la carta, asimismo, introduce a la lectura que sigue a continuación. De la lectura de los pasajes del Nuevo Testamento debieran provenir esas palabras personales que Dios dirige a los oyentes. Los oráculos ayudan a escucharlas.

Nota: Para comprarlo se puede escribir a oraculocristo@gmail.com

Semana Santa: Jesús nos lleva al apa

“Que llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada”, dice más o menos Serrat en una canción.

Tengo un ateo dentro de mí. Es mi mejor amigo. No exagero, es el mejor: nadie me cuida más de la pérdida del sentido de la realidad que nos está devorando. Conversamos. Discutimos.

Anoche en sueños mi amigo ateo me dijo: “Semana santa”. “¿Y qué?”, le respondí. Como no lo voy a saber. Soy cura. Tengo en la agenda el retiro debo dar el viernes y el sábado, el vía crucis, la misa de Pascua, etcétera, lo típico. “Lo típico no debiera ser típico”. Me rebatió mi amigo. “Este es un grave problema en el clero. El cura tiene que ayudar a redescubrir lo atípico en lo típico”. No le entendí bien.

Mi amigo ateo se explayó. “Pon atención a lo que está ocurriendo con los contemporáneos sea cual sea su pelaje. El futuro, el afán porque sus hijos sean más que ellos, que sean universitarios, por ejemplo, ha comenzado a alienarlos a ellos y a sus mismos hijos”. La conversación fluyó con facilidad. También yo pude compartir mis ideas.

La humanidad se encuentra en una competencia feroz. No solo hay que hacerlo mejor que los demás. Es imperioso adelantárseles. El secreto de la derrota de los otros está en la velocidad. Esta, que es el motor de la actividad empresarial y comercial, ha contaminado las otras áreas de la existencia. La vida se acelera. Supuestamente vamos ganando. Van ganando, en verdad, los psiquiatras y los psicólogos. “Las pastillas contra la ansiedad”, agrega mi amigo ateo. Los lentos están condenados a la obsolescencia o hacer las cosas mal.

“La calidad del tiempo se degrada”, sentencia mi amigo. No hay posibilidad de parar, detenerse, respirar, mirar hacia arriba, hacia el lado. Mirar para atrás es un riesgo mortal. “Corre, corre, la guaraca, al que mira para atrás se le pega en la pelá”, decíamos cuando niños. Correr y olvidar. Olvidar para correr. Correr todavía más rápido. Es la única manera de ser intrascendentes y de esto, tristemente, se trata. Solo quede enfocarse en el futuro aunque no nos lleve a ningún lado, porque todo se vuelve irrelevante. Todo, menos sobrevivir. Los descansos, el ocio, adentrarse en la realidad que pudiera subyacer al realismo tóxico que nos ingiere, son combustible para funcionar más rápido y mejor. Si el invento de reloj puso en jaque la eternidad, el cronómetro con que se nos controla de día y de noche ha trivializado el tiempo por completo. “Cronos devora a sus hijos”. Pero de la intrascendencia de nuestras acciones es muy difícil sustraerse. Suprimirla no se puede, no podríamos eximirnos de vivir lo que nos ha tocado vivir. Sería incluso indebido intentarlo. “También nos alienaría. Rendiríamos culto a una más allá que no tiene nada que ver con el más acá”. Insiste mi amigo, crítico de la religión como opio del pueblo.

Con esto me quedo. La Semana Santa es una ocasión de interrumpir un modo vivir la temporalidad que traga nuestras acciones y las evacúa como estiércol sin llanto alguno. Incluso un ateo creerá que es sensato parar, interrumpir el curso del año, para recordar a Jesús, siempre y cuando se lo haga para traer a la memoria que él es el representante de las víctimas de la aceleración general de la vida. Nadie que quiera correr más rápido que sus competidores puede detenerse a recoger a los perdedores. Fueron más lentos, más lerdos, perdieron la carrera. “¡Mala suerte!”, se dice. “No me carguen una culpa más. No la soporto”, agregan. Es comprensible: “No me dan las fuerzas para llevar a nadie al apa”. Jesús lleva a la humanidad al apa. Esta es la diferencia. No se fuga de la historia, pero va más despacio, recogiendo a los perdedores y sus bultos.

Es precisamente esta imposibilidad de cargar con nuestros muertos, esta imperiosa necesidad de olvidarse el ser humano de sí mismo, esta condena a la intranscendencia que sufrimos, la que me mueve a resistir.

Resisto. Aun si no tuviera fe, no podría dejar de recordar a Jesús.

La Semana Santa, para quien lo quiera, es un esfuerzo –por cierto arduo, porque recordar a Jesús llevando sobre sus hombros a los rendidos lo es- de rajar la vivencia irrelevante del tiempo para que irrumpa un tipo de tiempo, si lo hubiera, que pueda sanarnos y mejorarnos.

Compartir con todos

Explicación de la virtud

En tiempos de Jesús era muy irritante que las autoridades religiosas hicieran grupo aparte y comieran entre ellas. Los fariseos se sentían superiores, menospreciaban a los que no cumplían los preceptos de la Ley y marcaban esta diferencia excluyendo de sus comidas a los que consideraban pecadores.
Jesús, que aceptaba todo tipo de invitaciones a comer, de buenos y malos, de ricos y pobres, exasperaba a su vez a los expertos en la religión judía. De esta manera daba a entender que Dios no hace diferencia de personas y que su Reino habría de ser como un banquete en el que nadie quedara fuera.
En Mateo se nos relata uno de los conflictos de Jesús por esta razón.

Lectura: Mt 2, 13-17

Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?». Jesús, que había oído, les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

Meditación

En los colegios suele pasar que un grupito deja fuera del círculo a un compañero(a). Para este(a) esta experiencia es muy dolorosa. Nos gusta que nos incluyan y nos duele que nos excluyan. ¿Te han excluido alguna vez? Ponte en la posición de la persona que se siente marginada por los demás. ¿Te duele?
No dejes que tu círculo se cierre. Ábrelo especialmente a los más solos. Inventa la manera de incluirlos. Si organizas una comida, piensa en ellos. No pongas sillas especiales para nadie. Y, al momento de servirte, hazlo al final. Los demás entenderán que en la mesa de tu casa todos son igualmente importantes.

Sensus Christi: Misericordia

Explicación de la virtud

Es muy común pensar que cada uno merece lo que tiene. Los que tienen más, se opina, son los ganadores en la competencia por la sobrevivencia. “El pez grande se come al pez chico”, punto. Los perdedores en la carrera de la vida, los mendigos, los abandonados, los cesantes o los que se han entregado a las adicciones, son de alguna manera culpables de sus males. No debieran quejarse de nada. ¿Lo son? No lo son.
Jesús enseñó a sus discípulos que Dios piensa al revés. Jesús, mediante un cuento, les dice que habrá un juicio al final en el cual los ganadores no serán los que venzan a los más débiles, sino los que acudan a ayudarlos.
Oigamos lo que nos dice una de las parábolas más significativas del Nuevo Testamento.

Lectura: Mt 25, 31-40

Dijo Jesús: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”».

Meditación

Ponte en el caso de una persona que está en la cárcel. Cometió un crimen. Viene a visitarlo un desconocido. Este no quiere preguntarle qué hizo. Viene simplemente a conversar con él. Le pregunta, en cambio, “¿necesitas algo?”.
Ten en cuenta que la persona que te responderá es Cristo. Así lo dice Jesús en este evangelio. Él se identifica con el encarcelado, el hambriento, el sediento y podríamos seguir al infinito enumerando personas necesitadas, a menudo despreciadas por su situación, que agradecerán que alguien les haga sentir el amor que Dios les tiene.
Mira a tu alrededor. ¿Reconoces a Cristo en alguna parte? Pon atención. ¿No ves a nadie?

Sensus Christi: Amar

Explicación de la virtud

Para los cristianos Dios es amor. Por amor Dios ha creado el mundo. La creación entera, por esto, entiende el lenguaje del amor. Las criaturas, amando, llegarán a ser lo que Dios ha querido que sean.
Jesús, el Hijo de Dios, nació y vivió como un ser humano para enseñarnos cómo hacerlo. El Espíritu Santo es el amor mismo de Dios, que hace posible que nos amemos unos a otros como Jesús nos amó. Pues nadie podría amar si no es amado por Dios primero.
En el siguiente texto evangélico Jesús nos habla de tres amores. Él enseña que solo se ama correctamente cuando no se descuida ninguno de ellos: el amor a Dios, el amor al prójimo y amor a sí mismo.

Lectura: Mt 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?». Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Meditación

¿A quiénes amas? ¿Alguien te ama?
Este es un tema mayor. Somos hechos para amar y si no amamos nuestra vida queda a medio camino. Estamos en camino. No hay que desesperar si por períodos nos va mal en el amor con los amigos, la pareja, los padres, los compañeros de trabajo y otra gente. Son eso, períodos. Pero hemos de empeñarnos en poner de nuestra parte. El amor da trabajo.
En todo caso hemos de confiar en que Dios nos ama sin condiciones. Nos quiere y nos acepta tal cual somos. Nos perdona todo. Si nos cuesta a amar a los demás, si no nos aceptamos a nosotros mismos pues nos vemos al espejo y nos parece que no valemos la pena, el amor de Dios por nosotros debiera bastarnos y sobrarnos.

Sensus Christi: perdón

Explicación de la virtud

“Perdón” es de las primeras palabras que aprendemos. Lo mismo ocurre con la palabra “gracias”. En nuestras relaciones con los demás estas palabras son muy importantes. Ambas expresan respeto por las otras personas. Si no las usamos frecuentemente, nuestras relaciones con los demás pueden fracasar.
Decimos “perdón” cuando ofendemos a los demás. Pero la petición de perdón debe ser sincera. Exige arrepentimiento. Y, si es posible, una reparación del mal causado.
La exigencia de perdón de Jesús en los evangelios es muy difícil de cumplir. Nos pide perdonar como Dios lo hace. Dios perdona todo e infinitas veces.

Lectura: Mt 18, 21-22

Entonces se adelantó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Meditación

¿Has visto que alguien le pida perdón a alguien? Si no lo has visto será difícil entender de qué estamos hablando. Se trata de una experiencia muy profunda y, por tanto, difícil de contar.
¿Has pedido perdón y te han perdonado? ¿Te han pedido perdón y has perdonado? Entonces sabes que se trata de algo hermoso. Te habrás dado cuenta que, además, es necesario. Si no nos pedimos perdón unos a otros, acarreamos desagrado, rencor y prejuicios. Podemos perder la capacidad de mirar las cosas con objetividad.
Sigue el consejo de Jesús, se te despejará el camino y vivirás en paz. Descubrirás también qué grande es la reconciliación y recuperar la comunión con quienes vivimos, con los amigos y con los colegas.

Crítica participación de la mujer en la Iglesia

El Papa Francisco ha abierto un ciclo de sínodos para auscultar lo que ocurre en la Iglesia. Terminó el sínodo de la familia. Comienza dentro de poco el de los jóvenes… ¡Extraordinario! Me pregunto: ¿no podría convocar un sínodo de la mujer?

No un sínodo “sobre”o “para” la mujer, sino uno “de” la mujer: organizado y llevado a efecto por las mismas mujeres. Uno “sobre” o “para” la mujer no se necesita. Terminaría en esos florilegios a las mujeres que, en vez atender a sus necesidades, las ensalzan tal cual son para que sigan haciéndolo tan bien como hasta ahora. Sí se necesita, en cambio, un sínodo “de” la mujer: urge oír a las mujeres.

Para la Iglesia la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos históricos tiene una obligatoriedad parecida a la de dejarse orientar por la Sagrada Escritura. Si Dios tiene algo que comunicar en nuestra época, la Iglesia ha de discernir entre las muchas voces que oye aquella que, gracias a los criterios que le suministra su tradición histórica, es imperioso reconocer, oír y poner en práctica. Pues bien, sin duda la voz de los movimientos feministas de hace ya más de cien años constituye una palabra de Dios a la que la Iglesia debe poner atención. No toda propuesta feminista puede ser “palabra” de Dios, pero excluir que Dios quiera liberar a las mujeres ha llegado a ser, en teología, una especie de herejía; y, en la práctica, un tipo de pecado.

¿Qué habría la Iglesia de oír de la mujer como signo de los tiempos? El derecho de la mujer a ser mujer, entiendo, se expresa en dos tipos de movimientos (A. Touraine: 2016). El movimiento “feminista”, en términos generales, ha luchado para que la mujer tenga iguales derechos cívicos y políticos que los hombres. Este movimiento se replica en el campo eclesiástico en las demandas por participación de las mujeres en las instancias de gobierno, pastorales y sacramentales. La causa emblemática es la de la ordenación sacerdotal. Pero hay otro movimiento que es más profundo y más crítico, y que constituye el fundamento de derechos jurídicamente exigibles. A saber, el movimiento “femenino” que tiene por objeto la liberación “de” la mujer “por” la mujer de las funciones, categorizaciones y servicios que se le han impuesto a lo largo de la historia. Me refiero a la liberación interior que algunas mujeres han logrado alcanzar, desprendiéndose del patriarcalismo y androcentrismo que les ha sido inoculado desde el día de su nacimiento.

La Iglesia institucional en el mundo de las democracias occidentales ha llegado tan tarde a luchar por los derechos de las mujeres; es más, ha sido tan sorda a sus clamores de comprensión y de dignidad, que tiene poca autoridad para hablar de ellas. La misma exclusión de las mujeres en las tomas de decisión eclesiales es prueba de un interés insincero o acomodaticio por ellas. Acaba de terminar un sínodo sobre la familia en el que no votó ninguna madre…

Es verdad que ha habido algún espacio en la Iglesia para una liberación femenina. Siempre ha sido posible el encuentro persona a persona entre Dios y la mujer –ocurrida, por ejemplo, en ejercicios espirituales y en la vida religiosa. Este encuentro ha hecho a las mujeres más mujeres. En estas ocasiones el amor de Dios ha podido sostener la lucha de una “hija de Dios” contra la “sirvienta” del marido, de su hijos, de su padre y de su propia madre (“machista”). Pero, ¿han sido estos encuentros suficientemente significativos como para decir que la Iglesia se interese por la mujer? ¿Quiere realmente la Iglesia que sean ellas personas libres y dignas, capaces de recrearse y recrear la Iglesia con su diferencia? ¿Interesa al colegio episcopal acogerlas, es decir, está dispuesto a considerarlas realmente protagonistas y no actores secundarios de la evangelización? Hoy muchas mujeres piensan que el estamento eclesiástico las sacraliza para sacrificarlas.

La mujer hoy levanta la cabeza. Ya no aguanta que se aprovechen de su indulgencia. Me decía una señora de clase alta: “Dejé a mi ex marido cuando descubrí que me hacía sentir culpable por no tolerar sus violaciones”. Dos años después dejó la Iglesia.

La Iglesia necesita un sínodo de la mujer.

¿Cómo habría de hacerse? No dará lo mismo el cómo. En este sínodo tendrían que participar especialmente las mujeres que están haciendo la experiencia espiritual de haber sido liberadas por Dios del “hombre” que, personal, cultural o institucionalmente considerado las ha precarizado. Ayudarían las muchas teólogas de calidad que existen. Las he leído. Poco tendrían que aportar, por el contrario, mujeres asustadas con su propia libertad. ¿Pudieran participar en él algunos hombres? Sería indispensable. El descubrimiento de la mujer por la mujer necesita de la mediación de su “opresor”.

Hablo de algo grave. La actual condición de la mujer en la Iglesia, a estas alturas, no es un descuido. Es un pecado. La apuesta cristiana es esta: el Evangelio ayuda a que las mujeres lleguen a su plenitud; el anuncio del Evangelio si no se encamina a desplegar integralmente a las mujeres, no es evangélico.

Pensé que la carta del Concilio Vaticano II a las mujeres tendría algo que aportar sobre este tema. Nada. Todo lo contrario. Confirma el problema: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre”. Sigue: “Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente” (año 1965). La mujer es alabada y postergada.

El Concilio no abordó el tema de la mujer. Esta carta fue un saludo a la bandera.

Se necesita un sínodo que, al menos, devuelva a las mujeres la importancia que tuvieron en las comunidades cristianas de siglo I. Un sínodo, y mejor un concilio, que ponga en práctica al Cristo liberador de las más diversas esclavitudes y auspiciador de la dignidad de los seres humanos sin exclusión.