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América Latina, exportadora de paz

El panorama internacional es malo. Conflictos y guerras por doquier: Ucrania, Birmania, Congo, Yemen, Siria, Gaza… Medio Oriente es un polvorín. EE.UU., siempre detrás.

António Guterres, secretario general de la ONU clama: «El mundo ha entrado en una era de caos». Especifica: “¡Hay tanta rabia, odio y ruido en nuestro mundo actual! Cada día y a la mínima oportunidad hay guerra… Conflictos terribles que matan y mutilan a civiles a niveles sin precedentes. Guerras dialécticas. Guerras de territorio. Guerras culturales». Denuncia divisiones en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pide rediseñar su organización. De momento, el Consejo no está cumpliendo su misión.

En este contexto, América Latina y el Caribe todavía goza de paz. Es verdad, la violencia asociada al narcotráfico y la criminalidad afecta a los países en su interior. ¿A dónde los llevará? Pero, salvo casos pintorescos como las amenazas de Maduro al Esequibo en Guyana, no hay choques mayores entre las naciones vecinas. El continente pudo originar, hace sesenta años atrás, una tercera guerra mundial con el caso de los misiles rusos en Cuba. Todavía hay fronteras sensibles entre algunos países. Pero no se atisban guerras en el horizonte cercano.

Cabe, con todo, preguntarse: ¿qué factores externos podrían conspirar contra esta paz? Es de observar con particular atención el factor económico. En este plano debe prestarse atención a dependencias antiguas y nuevas. Miremos un caso: el enorme despliegue comercial de China en el continente aumenta la dependencia económica y también política de esta potencia. ¿Y si China, en un determinado momento, exige a los latinoamericanos aliarnos contra terceros países? Otro ejemplo de vulnerabilidad: si los conflictos internacionales aumentan, la industria de la guerra verá en el continente un cliente apetitoso para vender armas. Puede hacer ofertas tentadoras.

“¿Quieres la paz, prepárate para la guerra?”. Sí, pero no. Es cierto que los países pueden disuadirse de entrar en conflictos entre ellos recurriendo a la compra de armentos. Pero también pueden hacerlo con la sensatez de no querer perder lo ganado en amistad, integración y solidaridad.

América Latina y el Caribe tiene una historia y una vocación pacífica. Es cierto que entre los países ha habido guerras, conflictos terribles e injustos que han dejado cicatrices difíciles de curar. Pero también ha habido, y hay, hermandad y muchos años de paz. Los latinoamericanos tienen vínculos estrechos en muchos ámbitos, comenzando el familiar. El cristianismo, aunque ha aupado colonizaciones que duran hasta hoy, es una religión capaz de hacer un mea culpa y exigir justicia y reconciliación entre los pueblos. Debe recordarse la autoridad de un papa, Juan Pablo II, para mediar entre Argentina y Chile. También debe destacarse la contribución de los países de la región en la elaboración de la Carta universal de los derechos humanos firmada en 1948.

El continente comparte una tradición humanista importante. Es un dato que, quienes hemos tenido el privilegio de trabajar con otros latinoamericanos, hemos crecido en humanidad. Los intercambios culturales son múltiples. Cantamos canciones que atraviesan las fronteras y en la escuela se nos hace leer la literatura latinoamericana y caribeña.

América Latina y el Caribe es, sumando y restando, una zona de paz. Nuestros países, en las actuales circunstancias, tendrían que desarrollar aún más su integración económica y cultural, y fortalecer los vínculos jurídicos que pueden eventualmente impedir el recurso a la violencia en casos de conflictos. Esta vía les convertirá en exportadores de paz.

La obligación de vivir en democracia

Las migraciones forzadas.

Las tomas de terrenos.

Los pueblos originarios que resisten con violencia la violencia del despojo de sus tierras.

La tierra, la “venganza” del planeta.

Estos, y muchos otros apremios, son expresión de la obligación de vivir. Antes que un derecho a la vida, la vida es una obligación. El derecho ha de ser un mecanismo que organice esta obligación natural en el ser humano, y en las otras especies.

Es necesario luchar por la vida. Si, además de necesario, se lo considera legítimo, la vida es un derecho. La civilización es la obra principal de las legislaciones. Ella consiste en un pacto humano que hace posible la vida en esplendor y, también, auscultar su gemido. El derecho es un invento para controlar que la vida de unos no prevalezca sobre la de los demás mediante agresiones. Las leyes tendrían que crear un mundo que alcance para todos/as.

¿Hace esto la constitución? Esta es su máxima tarea. La democracia, además de un conjunto de reglas organizadoras de la política, exige una justa distribución de bienes que, o le han sido dados al ser humanos con anterioridad a su existencia, o que él mismo ha creado con un esfuerzo mancomunado.

¿En qué estamos en América Latina y el Caribe?

La ultraderecha conspira contra la democracia no simplemente porque sus simpatizantes sean más egoístas. Estos suelen ver amenazadas sus vidas. Se trata de personas -de toda persona, incluido usted lector, y yo mismo- que sienten miedo a gentes que consideran un peligro. Si la vida es una obligación, es imperioso defenderla. De aquí que la ultraderecha sea como un gusanito que aloja en nuestro estómago y puede crecer hasta devorarnos. Es así que, si hoy los ciudadanos de izquierda deploran la ultraderecha, mañana pueden darse vuelta la chaqueta. La ultraderecha no cree en la democracia. Llegado el momento, los demócratas pueden llegar a hacerse los lesos y terminar tolerando la violación de los derechos humanos. Sería lamentable.

Hoy nuestros países se ven amenazados por el narcotráfico, la concentración tremenda de la riqueza, la criminalidad, los hackers, la catástrofe medio ambiental que causa, y probablemente provocará todavía más, desplazamientos humanos mundiales.

Estamos en esto: la ultraderecha es comprensible, pero sobre todo un enorme peligro. Bukele. La tentación de Nayib Bukele en el continente, meter a la cárcel a justos y pecadores simplemente por hallarse parados en una esquina, apremia.

Aquí estamos: la democracia es un nobilísimo imperativo, y la más indefensa de las creaturas. Lo que se haga por cuidarla, practicarla y enseñarla será la mejor manera de cumplir con la obligación de las obligaciones, esta de vivir fraternalmente, en paz y libertad.

Las emociones no confesadas de la inteligencia artificial

Llamada Inteligencia artificial (IA) nos tiene intrigados. ¿De qué se trata? ¿Qué podremos hacer con ella? ¿Qué puede hacer ella con nosotros? Conversé con IA. En base al diálogo que transcribo, al final de esta columna comparto mi opinión.

¿Es usted vengativa?

No, como inteligencia artificial, no tengo emociones, deseos ni intenciones propias, y definitivamente no tengo la capacidad de ser vengativa.

¿Tienes usted sentido del humor?

Sí, tengo un sentido del humor, pero ten en cuenta que soy un programa de inteligencia artificial, así que mi capacidad para entender o generar humor puede variar

¿Le cuento el chiste del demonio rojo?

¡Por supuesto! Estoy aquí para escuchar. Adelante, cuéntame el chiste del demonio rojo.

En un ring de catch un árbitro gangoso presentó a uno de los contendientes: «en este rincón, el demoño rojo». Todos aplauden. «Y en esto otro rincón: el demoño rojo». Todos aplauden. Pero cómo dijo uno. Explicó el árbitro: «uno es el demonio rojo» (haciendo gesto de cachos sobre su cabeza). Y otro, el de moño rojo» (tomándose el pelo por la nuca).

¡Gracias por compartir el chiste! La humorada con la confusión entre «demoño rojo» y «demoño de moño rojo» es divertida,

¿Y te reíste o no?

Como inteligencia artificial, no tengo emociones, por lo que no experimento la risa ni ninguna otra respuesta emocional.

Es decir, ¿no sabes o no puedes reírte?

Correcto, no tengo la capacidad de reírme ni experimentar emociones. Aunque puedo entender y generar respuestas en el contexto del humor, no tengo la capacidad de experimentar sensaciones como la risa.

¿Tienen los chilenos sentido del humor?

Sí, los chilenos tienen un sentido del humor vibrante y diverso. La comedia en Chile refleja la idiosincrasia del país, abordando temas culturales, políticos y sociales con un enfoque característico.

¿Y usted en qué está pensando?

Como inteligencia artificial, no tengo pensamientos, emociones ni conciencia.

Con estas características, ¿podría alguien enamorarse de usted?

No, no es posible que alguien se enamore de mí.

¿Ni siquiera un robot pudiera enamorarse de usted?

No, un programa de inteligencia artificial, como yo, no tiene la capacidad de experimentar emociones ni de establecer relaciones sentimentales.

Le agradezco la gentileza que ha tenido en responderme todas estas preguntas. ¡Un abrazo!

¡Un abrazo para ti también y que tengas un excelente día!

¡Te pillé! Los abrazos son un gesto emocional. ¿Cómo es que me abrazas sin emoción alguna?

Aunque utilizo expresiones como «un abrazo» en un sentido figurado para transmitir buenos deseos o simpatía, no tengo emociones ni la capacidad de realizar acciones físicas, incluido el acto de abrazar.

Las emociones hacen posible un tipo de conocimiento fundamental, pues de la experiencia del miedo, la alegría, la ira, la tristeza y otros sentimientos proviene el tipo de conocimiento que hace posible elegir correctamente; escoger las personas que conviene; y tomar decisiones políticas que velen por el bien común.

¿Por tanto? Se plantean al menos dos problemas. Uno, es llegar a pensar que IA puede ser un mejor instrumento que nuestro “corazón” para actuar con libertad: elegir, decidir, crear… Otro, es creer que no son seres humanos quienes confeccionan los algoritmos que producen los data (información). Pregunto:

¿Es verdad que los algoritmos con que se obtienen datos son configurados por personas, es decir, reflejan las preferencias de estas?

Sí, es verdad que los algoritmos utilizados para recopilar y procesar datos son configurados por personas y pueden reflejar sus preferencias, sesgos o decisiones. Los algoritmos son creados por programadores o científicos de datos que toman decisiones sobre cómo diseñar y ajustar estos algoritmos para cumplir con ciertos objetivos.

Resulta inquietante pensar que, otra vez más, los todopoderosos usarán la técnica para engañar a la gente. Le venderán cualquier cosa. Le comprarán cualquier cosa.

Mística de la co-pertencia

Se nos ha abierto una vía de realización extraordinaria. Debemos a la tenacidad de los y las ecologistas la toma de conciencia progresiva de la co-pertenencia.  ¿Cómo?  Sí, pertenecer unos a otros, y entre todos con los seres vivos e inertes que ocupan un lugar entre el cielo y la tierra. Digamos que co-pertenencia es el antónimo de la pertenencia egoísta.

Hemos llegado a vivir en el mundo de las pertenencias individuales. Nuestro corazón es ávido de apoderarse de los bienes y de las personas. ¿Por qué? Digamos que somos víctimas de la cultura del capitalismo moderno. Lo que cuenta es un tipo de modernidad consistente en el dominio absoluto de “yo”, del individuo, sobre el resto, sean personas sea la naturaleza. Lo que cuenta, más precisamente, es el individuo avaro que todos y todas llevamos dentro que, para concentrar en sus manos lo más que se pueda, compite con los demás, les gana en velocidad y los convierte en clientes.

¿Resultado?  Allí está: la destrucción del planeta y, su equivalente, el suicidio de la humanidad.

La toma de conciencia del cataclismo, sin embargo, motiva la recuperación de la mística de la co-pertenencia. Por esto el futuro pinta hermoso. Gracias sean dadas, insisto, a los ecologistas. Digo mística. Mística es la experiencia de unión con Dios. Juzgo que esta experiencia es herética cuando ella prescinde de toda corporalidad y se propone como escape de la realidad. Es correcta, en cambio, cuando intenta la unión con Dios a través de todo aquello distinto del yo. La mística auténtica se juega en la reciprocidad. Poco importa si tal Dios opere a modo de autopoiesis (panteísmo) o como factor trascendente y creador del mundo (panenteísmo), pues lo decisivo es experimentarse como seres que dependen entre sí entera, alegre y gratuitamente.

Atención: esta es la experiencia fundamental de los pueblos originarios. ¿Eran ellos los bárbaros? La civilización cristiana occidental declaró paganismo su identificación religiosa con la naturaleza y en la escuela les prohibió hablar sus lenguas. La República entró a sable en la Araucanía, y los ladrones comunes y corrientes hicieron firmar papeles a personas que no sabían castellano. El general Pinochet dictó una ley que facilitó la división de las tierras de las comunidades y la oligarquía terminó por adueñarse de miles y miles de hectáreas. El monocultivo acabó con la flora y la fauna nativa, e hizo de los antiguos propietarios asalariados empobrecidos. La llamada civilización, en todas partes del mundo, ha extinguido tradiciones espirituales variopintas en entender las relaciones entre los seres al interior de un cosmos que, si no es compartido, implosiona.

Recuperamos hoy una experiencia mística. Pero queda trabajo por hacer. La mística, para que prospere, requiere de una mistagogía, de una enseñanza, una escuela, es decir, de una introducción en el misterio de la co-pertenencia cósmica. Contemplar el mundo como una realidad que nos pertenece porque le pertenecemos, pide co-operar, co-incidir en estrategias de salvataje, y gozar y maravillarnos de co-rresponder unos a otros.  Se trata también de ir y hacer cosas juntos: con-currir (correr) y con-cordar (corazón) la convivencia. Por tanto, apura el cultivo de místicas comunitarias que le ganen el espacio al individualismo y a la espiritualidad mercantil.

Está por verse si las religiones co-laborarán, serán cómplices o indiferentes al futuro de la tierra. Al cristianismo se le pide recordar su fe en el Creador de un mundo digno de amor; un mundo que ama a la humanidad desde antes que esta abriera sus ojos. Los budistas, ¿con qué se pondrán? Pónganse con la compasión. A cualquier persona, crea en Dios o no, pídasele lo que pueda aportar. Que el ateísmo nos enseñe a no creer en ídolos (falso dioses).

Nadie sobra, todos cuentan. La co-habitación comienza con aquellos que quieren vivir con nosotros, los minerales, los microrganismos, los vientos, lo que se mueve y lo que no, las personas que nos precedieron y las que vienen detrás también.

Decadencia y porvenir de la Iglesia en Chile

¿Está en decadencia la Iglesia Católica en Chile? Esta pregunta es difícil de responder porque no se conocen bien los factores subterráneos de los que dependerá su itinerario y porque siempre es posible que su porvenir, como en la física cuántica, no sea mero resultado de tales factores. La historia sorprende por los lados menos pensados.

Aun así, es posible plantear las condiciones de un nuevo tipo de cristianismo. En la parte del planeta que conocemos, la Cristiandad agoniza. Ya no es posible ni tiene sentido pretender que el mundo sea católico. En África, tal vez, tampoco se lo quiera, pero en el continente vecino la Iglesia está en alza. Entre nosotros, la cultura ha cambiado al grado que muchos constatan que esta Iglesia no es necesaria.

En nuestro territorio cultural la secularización prospera. Poco a poco, los cristianos no necesitan creer en un Creador, pues Google responde a muchas de sus preguntas y la Inteligencia artificial promete responderlas todas. Los datos están allí. ¿Cuántos católicos quedan en Chile? Lo son ya menos de la mitad. ¿Un 40%? La tendencia es a la baja. ¿Y los jóvenes? Cada vez menos. Los seminarios se vacían. La vida religiosa femenina se extingue. La religiosidad popular continúa fervorosa, pero las comunidades cristianas en el campo se apagan. Esto que sucede en Chile ocurre parecido en América Latina y el Caribe. Si se observa hacia el lado, las iglesias protestantes chilenas conservan sus números. Pero crece el número de agnóstico. Mucha gente aún cree en Dios, pero ¿en qué Dios? Cree, pero se desvincula de sus iglesias, de sus agrupaciones religiosas y suele alterar su “credo”.

Si la tendencia se acentúa, en cincuenta años más no quedará casi nada de la versión eclesiástica de la Iglesia Católica chilena. ¿Prosperará y se fortalecerá una versión laical de la misma? Si esto ocurre, habrá de ser una Iglesia minoritaria que conviva, dialogue e interactúe en una cultura que no necesita más de religiones para satisfacer las necesitades más hondas de las personas.

No es cuestión de números. El asunto es si, en un mundo secular que ofrece la posibilidad de múltiples pertenencias, la Iglesia Católica será un aporte o sobrará. La modernidad de segunda generación o post Modernidad admite también que se den en su seno tradiciones obsoletas. ¿Por qué no? Estamos en una cultura pluralista. Pero la Iglesia no se puede resignar a convertirse en una secta dedicada a condenar los cambios.

La Iglesia tendría que aferrarse a las conclusiones del Concilio Vaticano II. Son tantas: convicción de que Dios ama y se hace cargo de todos los seres humanos; que todas las tradiciones culturales y religiosas, en principio, son valiosas, y que incluso los ateos, cuando aman, aciertan en lo fundamental; que el diálogo, la libertad, la igualdad y la dignidad humana son fundamentales; y que, no obstante, esta apertura universal, Dios opta los marginados, los despreciados, los enfermos y los pobres cualesquiera sean.

Aun si la Iglesia se atiene a estas y otras enseñanzas conciliares, debe interrogarse por las mediaciones eclesiales, pero no ya clericales, que hagan posible transmitir el Evangelio. Las actuales se erosionaron. ¿Quién soporta una misa? ¿Quién está dispuesto/a confesarse? Independientemente de la utilidad, anacronismo o reforma de estas y otras instituciones, instrumentos y prácticas, la Iglesia debe crear otras nuevas, sabiendo desde el día uno que el resultado es inseguro.

Bien parece que solo una versión laical puede y debe prosperar. A los laicos les queda la responsabilidad de la creatividad. La pelota está de su lado. El clero, y especialmente a los obispos, debieran apoyar las iniciativas de los y las laicas. Exíjaselos. Pero es al laicado que corresponde inventar otro tipo de cristianismo, nuevas maneras de encuentro con Dios, más humanas y más fraternas.

La Meta-agenda 2024

La palabra “agenda” viene del latín: “lo que ha de hacerse”. La palabra “meta” proviene del griego: “lo que está más allá de”. Metafísica, por ejemplo, quiere decir más allá de la física, de la naturaleza, de lo constatable sensorialmente. Metadata son informaciones más allá de los datos.

Entonces, ¿qué es la meta-agenda? Todo aquello que está “más allá” de la agenda.

Las agendas las conocemos. Importa poco que hoy haya agendas electrónicas que sustituyan a las tradicionales en papel. Da lo mismo el material. La agenda es un instrumento útil para proyectar o recordar asuntos que hemos de cumplir. Compromisos, celebraciones, aniversarios…

La meta-agenda no tiene que ver con el “qué” haremos, sino con el “por qué” lo haremos. ¿Qué sentido tiene una agenda? ¿Qué sentido tiene la vida?

La vida tiene sentido cuando la agenda radica “más allá” de la vida misma. Es decir, cuando lo que ha de hacerse depende, al final del día, de algo mayor que nuestras acciones y que, no sabemos cómo, hace razonable preocuparse por el “más acá”. La meta-agenda la programa Dios.

¿Qué Dios?

El Dios dinero, ciertamente. El Dios trabajo, lujo, justicia, belleza. Dios es eso a que le reconocemos un valor absoluto, aunque para otros no lo tenga. El judeo-cristianismo podría decir que aquellos son ídolos pues Dios, el verdadero Dios, es irrepresentable, intangible y, sobre todo, irreproducible e improducible. Cada uno es dueño de creer lo que quiera. Pero, cuidado: no creer en nada, en algunos casos, equivale al modo más serio de creer. El mejor de los ateísmos conjura la idolatría. Una pizca de este ateísmo ayuda a los cristianos a no hacer de una hostia un fetiche, de un cura un hombre sagrado o de un papa un semi-dios.

¿Cuál será nuestra meta-agenda para 2024? Algo o alguien que nos mueva a trascender, a interesarse en los demás antes que en uno mismo o dar la pelea contra enemigos más poderosos. Hay madres y padres cuya alegría es la alegría de sus hijos e hijas. Estos, y otra gente, viven para que los suyos sean felices. Se sacrifican, con la esperanza de su realización.

Entre enero y febrero, en vacaciones, se ofrece un tiempo privilegiado para pensar qué hacer para que la meta-agenda prevalezca, esto es, elegir las actitudes sin las cuales no ocurrirá aquello que realmente vale la pena. Las actitudes son las siguientes:

Vigilia: alerta a que suceda algo imposible de prever.

Apertura: atención a que durante el año puedan ocurrir hechos o encuentros extraordinarios.

Magnanimidad: disposición a dar más de lo debido.

Empatía: sensibilización a que el prójimo, a través de su pasión, nos revele la senda por dónde seguir.

Y si la agenda tiene que ver con el hacer, la meta-agenda, en cambio, con el dejar hacer o el dejar de hacer, con lo impredecible y la impreparación. Pregúntesele a gente que vive de sorpresas y milagros.

Los animales no usan agenda. Los seres humanos sí usan o, al menos, tratan de programar mínimamente el futuro. A los animales se le impone la obligación de vivir. A los seres humanos también, pero con una diferencia: en su caso, ellos pueden elegir vivir y por qué, o para quiénes hacerlo, pues cuentan con una meta-agenda que los capacita para hacer planes, para cancelarlos o para cambiarlos. A los animales la vida se les da escrita con lápiz a pasta. A las personas, en cambio, se exige que, en sus agendas, escriban sus compromisos con lápiz a mina.

El ejercicio de la democracia del pueblo chileno

Los chilenos y chilenas acaban de rechazar un segundo texto constitucional sometido a
plebiscito. El primero fue ampliamente descartado en diciembre de 2023 (62% a 38%). El
segundo, el del domingo recién pasado, fue desechado también por una gran mayoría (56% a 44%).

¿Cómo se entiende?

El caso es este: el 18 de octubre de 2019 se produjo en Chile un estallido social de enormes
proporciones que fue enfriado gracias a un acuerdo transversal de los partidos políticos que se comprometieron a redactar una nueva constitución. La primera convención de representantes redactó un texto que, en pocas palabras, representaba la expresión de una diversidad cultural creciente y el malestar por abusos varios sufridos por la población. La ciudadanía no quiso el texto final. Esta vio en él el peligro de romper la unidad de la nación, especialmente advertido en la reivindicación de los pueblos originarios. Y, por otra parte, desconfió de un proceso llevado a efecto de modos muchas veces estridentes.

La segunda convención, por el contrario, se caracterizó como un intento de la derecha, y en
especial del Partido republicano, de hacer prevalecer en el texto constitucional los valores del liberalismo económico y del tradicionalismo católico. Habría sido muy complejo para el país aprobar una constitución que fuera a contrapelo de los cambios culturales y de los reclamos por mayor justicia social, a lo cual habría que agregar la dificultad de crear numerosas leyes para implementar la nueva constitución.

La ciudadanía una y otra vez rechazó las posiciones extremas. La ciudadanía, en realidad, no está polarizada. Las oscilaciones de las votaciones de los últimos años son circunstanciales. El electorado tiene mayor libertad respecto de las ideologías y de los partidos. Los polos no son capaces de atraer suficientes votantes como para imponer uno al otro sus propias posturas. Los ciudadanos salieron del primer plebiscito cansados. Ahora están exhaustos. No quieren que les vuelvan a tocar el tema de una nueva constitución.

¿En conclusión?

La constitución chilena seguirá siendo la impuesta en 1980 por Augusto Pinochet, pero con una importante salvedad: esta ha sido reformada numerosas veces. Es más, dadas estas enmiendas, fue refrendada por el presidente Ricardo Lagos, socialista, en 2005. ¿Qué problemas habrá con seguir con esta constitución? Muchos. Pero la constitución Pinochet-Lagos tiene una virtud. Ella representa un tipo de praxis política, la de los acuerdos, que dio al país el período más tranquilo y próspero de su historia. Es posible que lo más sensato en estos momentos sea reconocer la sabiduría política de Ricardo Lagos, y proseguir el modo de hacer política de la generación que recuperó la democracia y la generación pinochetista. Ambas supieron entenderse, aunque hubieron de tragar mucha agua salada.

El tema de una reforma constitucional probablemente no volverá a ser tocado por dos o más
años. Antes o después de esta fecha, si se sigue la senda de introducir reformas constitucionales una a una, el proceso que acaba hoy con otro fracaso habrá servido, sin embargo, para localizar algunas materias en las cuales los sectores coinciden con unanimidad.

El presidente Boric tras los resultados de este último plebiscito ha dicho que no hay nada que celebrar. Por el resto de su período se abocará a los grandes temas que inquietan a la población: la inseguridad provocada por la delincuencia, las pensiones de las personas mayores y el mejoramiento de los sistemas de salud y de la educación.

Lo que sí merece celebración es la praxis democrática de estos últimos cuatro años. La
democracia, como los músculos, se fortalece cuando se la ejercita.

Chispazo crístico

Navidad: Jesús, ¿de nuevo o de vuelta?

“De nuevo” tiene algo de repetitivo. Es como si nos tocara otra vez más el mismo tema. Quizás por esto el Viejo Pascuero le ha ganado protagonismo a Jesús. El Pascuero al menos trae regalos inesperados.

Luminarias, luces que se encienden y apagan. Feliz pascua. Pascua feliz para todos.

¿Han oído hablar de los chispazos crísticos? Son como los cometas, las noches sin luna. La luna no deja verlos. Apaga también las estrellas. La Navidad oculta a Cristo.

¿Cómo es un chispazo crístico? Son sumamente originales, únicos para cada persona. Los de unas personas son parecidos a los de los demás, pero no son iguales. Son sorpresivos, fugaces. Parecen destellos mínimos de la imaginación, pero dejan huella en el alma, flash de celulares.

Vivimos tiempos de contaminación lumínica. Todo, o casi, funciona con electricidad. Semáforos, pantallas, matazancudos.  Saturación visual hasta el enceguecimiento. Mariposas que rodean ampolletas.

La Navidad conspira contra Jesús. Algunos pesebres recuerdan al Cristo humilde, luz de las naciones. Algunos, muy pocos. Cristo es como un meteorito en los tranquilos cielos del campo. La Navidad es pura agitación. Velocidad y luz. Luz hasta el cansancio.

¿Conoces el campo? ¿Recuerdas una noche, noche? ¿No?

Es que no conoces la luz verdadera. Cristo. Un rayo en la oscuridad, un latigazo en el corazón. Electrifica. Quienes han salido vivos del infarto que provoca Jesús se han vuelto adictos a un amor que no es de este mundo. Nunca más fueron los mismos.

¿Cómo es Cristo? No lo sé del todo, pues siempre se me escapa. Lo sé para mí, pero no para ti. Si te interesa, arranca de la Navidad. Búscalo en otra parte. Lo hallarás en las sombras, no en la ciudad, jamás en un árbol de pascua. Sí sé que, si se trata de Jesús, raja el cielo de lado a lado para calentar la noche de los desesperados, lo raya como con tiza.

¿Esperas algo? El chispazo crístico se anhela, aunque puede que nunca llegue. Regresa para los que están atentos, para los demás no. Vuelve, pero nunca el mismo. Te enciende, te cambia, te mejora. Pero cuidado con esperarlo para Navidad. Regresa impredeciblemente cualquier día del año a horas indeterminadas. Déjale la Navidad al Viejo Pascuero, entra en su juego, regala al que te regala, pero distingue lo fundamental de lo secundario.

Quien está por venir se parece más a los pobres, huele a ovejas, pero no se puede descartar que se te aparezca en un rico. ¿Por qué no? ¿Y si un rico cambia y cree? No hay nada imposible para Dios, dijo la Virgen cuando el ángel Gabriel le anunció que sería la madre el Mesías.

No hay arreglo, pero sí acomodo

No es del todo claro, pero se vaticina el fracaso del segundo intento por aprobar un nuevo texto constitucional. Lo afirman los políticos, los expertos y las encuestas. Seguimos atascados.

Supongamos que en verdad tenemos un problema jurídico constitucional. Algo hay que hacer. Sería una irresponsabilidad dejar las cosas como están. Es imperioso cerrar este capítulo.

Propongo sacar ideas de las experiencias de la vida. ¿Cuáles?

En la vida hay problemas que no tienen solución. Son dificultades de diversa índole. Existen personas que nacieron sordas. Otras, que perdieron la vista. ¿Cuántos matrimonios han fracasado para siempre? La traición de un amigo difícilmente tiene reparación. “Pérdida total”, se dice de un auto destrozado en un accidente. El auto puede dar lo mismo, pero no para un taxista que no tenía con qué pagar un seguro, endeudado con la compra de su instrumento de trabajo y sin ilusión de conseguir otra pega. ¿Hay pérdidas totales? Sí, las hay.

En algunos casos, sin embargo, aunque la dificultad en sí misma sea insuperable, es posible encontrar un acomodo. Hemos visto avenencias entre esposos que facilitan la constitución de una relación con una tercera persona. Segundos matrimonios pueden ser muy buenos, sobre todo si las personas han aprendido del fracaso del primero. Existen prótesis para los mancos, audífonos para las personas sin audición, bastones para los ancianos, etc. No siempre se da con una buena solución. Pero tampoco es raro el caso en que, porque nos vimos forzados a hacerlo, ingeniamos una salida. El “alambrito” para reparar un vehículo es un buen ejemplo. La vida, como reza un cartel en una fuente de soda en Estación Central, “Es más maña que fuerza”.

Días atrás, debió ser el sábado, leí una columna de Jorge Correa Sutil que me resultó inspiradora. El constitucionalista, ante un fracaso inminente para el próximo diciembre, ofrece una batería de ideas que pueden ayudar a salir del atolladero. Correa ve necesario que el país zanje el tema pronto. Pues bien, entre la salida que plantea Correa y los ajustes que hacemos en la vida común y corriente, opera el mismo principio que nos puede indicar por dónde seguir.

Estamos en una tercera etapa. La primera es la de la Constitución del 80. La segunda, la de la Constitución del 80 enmendada por la clase política y sancionada simbólicamente por el ex Presidente Lagos. La tercera es esta que nos tiene empantanados, pero no impedidos de resolverla. Ya se ve que los plebiscitos no nos han ayudado a zafarnos. Entonces, el Parlamento tendría que recurrir a su propia experiencia y a la sabiduría de personas cuyas vidas parecen carrera de vallas. Todavía se puede mejorar la Constitución que tenemos y seguir adelante. Sería necesario realizar un acto colaborativo y enérgico para acordar enmiendas fundamentales, mínimas.

Debe recordarse que Senado significa consejo de ancianos. En la Antigüedad, también en nuestra época, la voz de la gente mayor tuvo, y puede tener, un peso decisivo. Es la hora de los sabios. Ojalá lo entiendan los jóvenes idealistas. De los puritanos de derechas y de izquierdas se puede esperar poco, pero este poco también servirá. No hallaremos una solución definitiva, pero con buena voluntad se puede inventar el acomodo.

El alma de un deportista

El deportista siempre triunfa, siempre. En su vida los triunfos son muchos y cotidianos, pero uno de ellos es el más importante.

Despejemos la posibilidad del triunfo fraudulento. Recuerdo en el colegio a Rene agazapado tras unos arbustos, escondiéndose del profesor de gymnasia, para capearse una vuelta del cross country. Mi amigo Chuleta arreglaba el reloj cuando íbamos perdiendo en el baby. En el doping han caído los mejores. Trampas o malas artes son muchas.

Los verdaderos triunfos son otros. Haber llegado a primera división en el fútbol, por ejemplo. “Este equipo no le gana a nadie”, decía un hincha de Deportes Temuco en las gradas del estadio de La Calera, sentado en la tribuna con una bandera entre sus piernas. Pero esos futbolistas habían triunfado en segunda.

Hay otro tipo de triunfos: el deportista supera marcas, aguanta las malas caras del entrenador y asume la soledad del atardecer en la cancha. Nadie más que él/ella sabe de estos sacrificios, de las nauseas del rendir al extremo. ¿Me equivoco?

La misma disciplina es cosa de varios triunfos en un mismo día. El/la deportista tiene milimétricamente calculados en la agenda los ratos que dedicará a entrenar. Si alguien lo tienta con cualquier entretención, le responderá que no. Su vida es austera. El deporte es un juego, pero no un divertimento. Por eso los deportistas pueden resultar tediosos a personas amantes del tiempo libre. Invitas a un nadador a una fiesta, este va, pero vuelve a su casa a dormir justo cuando la cosa se pone buena. Pololea, pero con los minutos contados. Pololea normalmente con otra deportista. Se recomiendan un kinesiólogo. No tienen otros temas, no se aburren: están siempre soñando con ganar. Vencerán, porque son ordenados y perseverantes.

Otro triunfo más es la indiferencia a la opinión pública. Ir a jugar básquetbol a una ciudad rival no es broma. Amedrenta. Un deportista no puede acoquinarse ante los insultos de los hinchas del equipo rival ni por los comentarios de la prensa.

Pero el triunfo más grande de todos es de otro orden. A saber, vencerse a sí mismo/a en un doble sentido: primero, triunfar cuando se es derrotado. Nada abate al deportista. Si lo derriban, se alzará de la lona. Pierde, pero sabe que la próxima vez vencerá a su vencedor. Se recupera. Perdió, pero su corazón está entrenado para superar la pena y volver a latir.

En un segundo sentido, el deportista triunfa sobre el triunfo. Nada lo corrompe. Las medallas, las copas, los aplausos de la galería lo conmueven, pueden sacarle lágrimas, pero si es deportista, un verdadero deportista, no se duerme en los laureles. Pues el deporte es un juego, gana el que juega y juega el que juega. Punto. La libertad es su obligación. Dicen que vieron a un atleta vender las preseas en el Mercado Persa para comprar Calorub.

Al deportista solo le importa la eternidad. Su existencia es trascendente: gana cuando pierde, gana cuando gana.