Archive for Artículos

Razonabilidad de la sexualidad atea

Aún celebramos las 38 preguntas que ha dirigido la Santa Sede al Pueblo de Dios. Obispos, sacerdotes, laicos y laicas nos hemos sentido tomados en cuenta en áreas clave de la vida de las personas y de la pastoral. La Iglesia ejercita el sensus fidelium. El Papa ha abierto a los católicos la posibilidad de decir, también en público, cómo entienden el Evangelio en el plano de la sexualidad (afectividad, matrimonios, familias).

 Algunas preguntas indagan acerca del conocimiento de la “ley natural”. La referencia me parece muy interesante, pues obliga a confrontar la razonabilidad de la ética cristiana con la razonabilidad de otros sistemas de pensamiento. Hay diversas maneras de entender la “ley natural”. Entre los estoicos hubo algunos, no todos, que estimaron que el incesto era conforme a esta ley. Lo que importa, en cualquier caso, es la necesidad de fundamentar con argumentos lo que se piensa acerca de las acciones humanas.

 Para Santo Tomás lo fundamental de la “ley natural” es una apelación a la conciencia y a la libertad. Por lo que, a propósito del tema que nos concierne hoy, cabe preguntarse algo así: “¿cómo los ateos hacen el bien y evitan el mal’?”; “¿cómo los ateos están viviendo con recta conciencia su sexualidad?”; “¿cuál es su razonabilidad?”. Entiendo aquí por “ateos” personas que no creen en Dios, pero que han de ser tan éticamente responsables como los creyentes. Pues, si Dios al modelar la “natura” humana ha dejado impresas en todos los seres humanos sus huellas digitales, siendo Dios amor, la humanidad, cristiana o no cristiana, se realiza amando. El “cómo amar”, puede variar para unos y otros. Pero la “obligación” de hacerlo, y rectamente, es tan inmutable como Dios mismo.

 Me parece importante que el documento de la Santa Sede aluda a la “ley natural”. Si Dios dice algo con valor universal, lo que vale para “unos”, consideradas las circunstancias, también vale para “otros”. Pues bien, si Dios dice algo a los ateos, los cristianos tendríamos que poner atención a cómo estos viven su sexualidad cuando lo hacen con honesta conciencia. Algo podríamos aprender de ellos. No podemos olvidar, por lo demás, que el Cristo resucitado, que ha asumido la “natura” humana y la ha llevado a su máxima expresión, a través de su Espíritu también actúa en ellos exigiéndoles discernir las vías de una mayor humanización, y en concreto en el plano de la sexualidad. La posibilidad de aprender “nosotros” de “ellos”, es una convicción del Vaticano II. 

 Pues bien, ¿hay en los ateos algo que valga la pena observar? Creo que sí. Advierto que en mi medio cultural algunas personas ateas verdaderamente creen discernir en conciencia cómo vivir su sexualidad. Estas personas, ilustrando su mente con los conocimientos que tienen a la mano, desean ser responsables en este ámbito de la vida. Les es decisivo ser serios. Nosotros cristianos podemos discutir si sus conclusiones son universalmente válidas, pero sería un despropósito descartarlas a priori.

 Me restrinjo aquí a algunos temas centrales para el documento de la Santa Sede:

 + Acerca de los padres y madres: Los ateos –digo, que procuran actuar con recta conciencia- consideran que se deben tener los hijos que se pueden educar (alimentar, vestir, enseñar y proteger). Por el contrario, consideran una irresponsabilidad echar numerosos niños al mundo, si los progenitores no tendrán posibilidades de cuidarlos. El abandono de los hijos es, según ellos, causa segura de su miseria. El control de natalidad mediante métodos artificiales les parece obvio. Constituye un medio para el ejercicio de su responsabilidad parental.

 + Acerca de los jóvenes: Sé de jóvenes ateos que se consideran a sí mismos responsables al demorar la elección de pareja, hasta no constarles que su relación amorosa sea suficientemente sólida como para levantar sobre ella un compromiso de por vida. En ellos el conocimiento en la pareja es clave, para lo cual la experimentación sexual previa al matrimonio no es algo negativo, sino positivo. Aún más, algo necesario. Puesto que la vida contemporánea se ha vuelto sumamente fluida, los compromisos definitivos son escasos y, en todo caso, vulnerables. Por supuesto que entre los jóvenes de nuestra generación hay procesos complejos, y a veces experimentaciones disparatadas, de ejercicio de la sexualidad. Pero aquellos que se toman la vida en serio no pierden el tiempo: para construir una relación afectiva duradera, deben ya, y deberán a lo largo de toda la vida, elucidar vías nuevas, y seguramente empeñosas de convivencia.

 + Acerca de embarazos: Hay un tipo de ateísmo de índole “estatal”, podríamos decir, que procura elevar las condiciones de vida de las personas y, para cuidarlas, sale al paso, por ejemplo, de los embarazos no-deseados, especialmente los de las adolescentes. Una niña que es madre antes de tener la madurez suficiente comienza la vida muy cuesta arriba. Probablemente habrá de interrumpir para siempre sus estudios, con lo cual, si es además pobre, acrecentará su hándicap social. Su hijo, por cierto, también sufrirá las consecuencias. De aquí que el Estado no confesional desarrolle programas de prevención, de educación y de cuidado de los sectores juveniles vulnerables. Para las oficinas estatales correspondientes, la contracepción artificial es una cautela básica.

 + Acerca de la homosexualidad: Hay ateos que han abogado por sacar a la luz pública el tema de la homosexualidad y de las uniones y matrimonios homosexuales. En términos generales, se estima un progreso en humanidad que las personas homosexuales puedan ser respetadas y se reconozca dignidad a sus opciones de vida, sobre todo si consisten en vínculos de amor estable. En este horizonte de pensamiento resulta inconcebible que se pida a los homosexuales abstinencia. Ellos piensan que no hay reconocimiento de la dignidad de su condición, si se les veta su ejercicio. Por el contrario, les parece que la dignidad de la homosexualidad no solo se juega en el respeto que merece, sino también en su ejercicio responsable.

 + Nuevos matrimonios y nuevas familias: Forma parte de la cultura ambiente, y no solo de los sectores ateos, la valoración de la posibilidad de reconstruir una vida matrimonial; y de recomponer una familia con los restos de la zozobras. La vida matrimonial se ha vuelto extremadamente difícil. Las separaciones y los divorcios son normalmente el gran fracaso; para muchos no habrá un sufrimiento mayor en sus vidas. Que alguien vuelva a entusiasmarse con establecer un vínculo de amor estable, se considera un triunfo modesto y loable. Muchas personas lamentan que, tras una colapso matrimonial, un hombre o una mujer deban sacar adelante a sus hijos solos, tanto económica como afectivamente. Por lo mismo celebran la reconstitución de nuevas familias con menos recursos, sin renunciar a las responsabilidades que arrastran, como el medio más ético y más feliz. Un nuevo matrimonio, una nueva familia, es, para muchos ateos un deber antes que un motivo de felicidad.

 ¿Podemos los católicos aprender algo de la razonabilidad de la sexualidad atea? Sí, creo que sí. Es más, las situaciones arriba descritas, el modo de abordar tales problemas es prácticamente el mismo del de muchos católicos. Las maneras de razonar, y sobre todo la práctica efectiva de muchos católicos que procuran regir sus vidas de acuerdo a su conciencia en materia de sexualidad, se asemeja extraordinariamente a las de los ateos más serios. Esto debiera hacernos pensar.

 Quede a la discusión si en las situaciones anteriores hay o no un discernimiento conforme a la “ley natural”. Los teólogos podrían objetarlo. Pero la Santa Sede, que espera que todos se rijan por ella -“nosotros” y “los otros”-, debe considerar estos modos de comprender el ejercicio de la sexualidad hoy. De lo contrario, la formulación de las 38 preguntas no será más que un recurso retórico nunca sabremos para qué. No puede serlo. No debiera. Pensemos mejor que a la Santa Sede le interesan las respuestas a las preguntas que hecho y que, por ende, merece un voto de confianza.

 

El Vaticano II para los jóvenes

He sabido que algunos jóvenes, cuando oyen hablar del “Concilio”, piensan que se trata de algo antiguo e, incluso, anticuado. Mi generación, en cambio, considera que al Vaticano II se debe la gran renovación de la Iglesia actual. ¿Qué renovación?, dirán los jóvenes. Tampoco yo podría explicarlo del todo, pues en ese entonces era muy niño. Solo he conocido esta Iglesia, que a unos parece vieja o incomprensible y que para mí necesita renovarse aún más.

 Así las cosas me pregunto: ¿qué tengo yo en común con las nuevas generaciones como para explicarles que el Concilio Vaticano II ha impulsado cambios enormes en la Iglesia, y cambios que todavía tienen que darse? Me cuesta referirme a las generaciones más jóvenes. Tengo la impresión de que vivimos en mundos distintos. Pero, si me detengo a pensar con más profundidad, si miro a mis sobrinos pequeños, cincuenta años menores, caigo en la cuenta de que tenemos en común al menos dos cosas: primero, tanto para ellos como para mí el amor es algo muy importante; segundo, a mí y a ellos nos gustan las papas fritas. Me perdonarán la comparación. Esta me anima a explicar que, a gracias al Vaticano II podemos imaginar que la Iglesia, si se renueva, tiene un enorme porvenir.

El desafío de los tiempos

Cuando los obispos del Concilio (1962 a 1965) fijaron la mirada en el mundo de esa época descubrieron que el gran signo de los tiempos era los grandes y acelerados cambios históricos, derivados del desarrollo de la ciencia y de la técnica, de la expansión del capitalismo y de las luchas por los derechos sociales. También hoy las nuevas generaciones pueden constatar que estas transformaciones continúan siendo el gran signo de los tiempos. Los jóvenes lo experimentan con mayor serenidad. Están mejor preparados que los mayores para surfear las agitaciones de la vida. Tal vez no sienten la angustia de sus padres ante el futuro. Pero, aun así, pueden avizorar que las extraordinarias posibilidades de la actual globalización tienen un reverso: el individualismo, la impersonalización, la provisionalidad de las relaciones humanas y el sentimiento de abandono correspondientes a una inseguridad en las comunidades de pertenencia.

El Vaticano II enfrentó una pregunta muy parecida a la que enfrentamos hoy todos, jóvenes y mayores: ¿cómo viviremos a futuro cambios tan grandes y acelerados? ¿Quiénes serán las principales víctimas de las transformaciones en curso y quién se hará cargo de ellas? ¿Qué reformas tienen que darse en la Iglesia para que ella efectivamente ofrezca orientación a los que buscan sentido a sus vidas y refugio a los que hayan sido excluidos?

Hace cincuenta años la Iglesia hizo un esfuerzo enorme por ajustar su realidad a las     preocupaciones  de su tiempo. Quiso ponerse al día. Lo hizo, curiosamente, yendo hacia atrás. Volvió a las fuentes primeras, al Evangelio y a su propia historia. Así pudo distinguir lo esencial de lo transitorio, la gran Tradición de los tradicionalismos asfixiantes, para intentar luego nuevas respuestas, nuevas maneras de entender y organizarse ella misma de acuerdo a las necesidades que iban surgiendo. Esto que el Vaticano hizo tantos años atrás es lo que la Iglesia tendría que continuar haciendo hoy. En ello han insistido los últimos papas. El Concilio nos ha dejado tarea para rato. La tarea es la misma. Pero, además, son los mismos los aportes del Vaticano II para cincuenta años atrás y para los futuros cincuenta, cien o quinientos por venir. Señalo algunos.

Aportes del Concilio

a)      Una idea dominante fue que Dios quiere y puede la salvación de todos los seres humanos. Esto es fácil de entender para los jóvenes ya que tienen una noción más positiva de Dios y de las demás culturas y religiones. Para los católicos de principios de siglo XX, incluida la jerarquía de la Iglesia, no era tan fácil admitirlo. Entonces se pensaba que “fuera de la Iglesia no había salvación”. Algo así hoy, además de equivocado, parece insoportablemente mezquino. El Vaticano II obligó a creer, por el contrario, que el amor es el principal criterio de la salvación. Fue extraordinariamente audaz. Al afirmar que los fieles de otras religiones o los ateos podrían “salvarse” si amaban y, por el contrario, “condenarse” los católicos por no hacerlo, relativizaron la necesidad de la Iglesia. Lo sabían y, sin embargo, quisieron correr el riesgo de ajustar el discurso y la organización de la Iglesia a esta extraordinaria convicción.

La conciencia de la importancia de “todos” a los ojos de Dios de parte del Concilio, continúa siendo clave y tremendamente actual. ¿Cómo no va a ser decisivo a futuro que haya una autoridad moral, en este caso la Iglesia, que declare que todo ser humano tiene una misma dignidad y que la religión ha de ser un factor de libertad, de justicia y de amor entre los seres humanos, y jamás de sectarismo, de fanatismo y de violencia? La Iglesia hoy, como la de hace cincuenta años, sabe que esta es su misión. No excluye que otras religiones y filosofías también la tengan. Se alegra que los credos converjan en ella. Pero ella sabe que su vocación particular es su lucha para que “todos” tengan lugar en el mundo. Sin lucha, la posibilidad de involucionar al racismo o a pensar que hay seres humanos superiores está allí esperando otra posibilidad. La humanidad conoce retrocesos atroces.

b)      Esto la Iglesia conciliar pretende alcanzarlo a través de un anuncio renovado de Jesucristo. Cualquiera que medite con calma acerca de la necesidad que tenemos de saber quién es el ser humano y qué orientación puede dársele a los increíbles desarrollos culturales alcanzados, caerá en la cuenta de que el Vaticano II tiene gran actualidad. Las ciencias y las técnicas serán siempre un aporte al nivel de los medios. Pero no puede pedírseles más. Sobre el sentido de la vida humana solo pueden decirnos algo importante algunas grandes personalidades, las personas auténticas y, sobre todo, las grandes tradiciones filosóficas y religiosas cuando se abren a la realidad y a sus cambios.

El Concilio reencontró en un estudio más profundo de la Sagrada Escritura al Hijo de Dios encarnado en Jesús de Nazaret como orientación fundamental para el ser humano. Desde entonces se ha subrayado que Cristo es el hombre que revela al hombre su propia humanidad. Pero, además, distinguió la Sagrada Escritura de la Palabra de Dios para enseñar que Dios, que habló en la Biblia, sigue hablando en la historia a través del Espíritu de Cristo resucitado. Por tanto, Jesucristo puede orientarnos con su ejemplo evangélico, pero también dándonos a conocer interiormente por dónde debemos avanzar, cuál es nuestra vocación y el sentido de nuestra vida.

c)      Termino con un tercer aporte teológico del Concilio, contribución que aún tiene que llevarse a la práctica. El Vaticano II ha querido que la Iglesia sea un sacramento de unión y de comunión entre todos los hombres y con Dios; un factor decisivo, en palabras de Pablo VI, de la “civilización del amor”. Desde entonces, ella misma ha debido ofrecer a cualquier ser humano un lugar digno en el mundo. ¡Cuánto se necesita hoy comunidades que nos reconozca como suyos! Necesitamos una que nos dé un nombre al nacer y nos ampare hasta la muerte. El Concilio ha querido que la Iglesia ofrezca una pertenencia definitiva al Cristo que, por representar al Dios que es amor, nos reconoce y reúne en una comunidad. En las comunidades de la Iglesia conciliar, ha pasado a ser decisiva la igual dignidad de las personas. La Iglesia latinoamericana, por su parte, ha llegado a la conclusión de que esto realmente se logra cuando los cristianos optan por los pobres y cuando ella se constituye en la “Iglesia de los pobres”. Allí donde los pobres se sienten en la Iglesia como en su casa.

La Iglesia que el Concilio ha querido debe ser humilde. En ella el bautismo debe considerarse el principal sacramento, de modo que los sacerdotes estén al servicio de todos los bautizados. Esta horizontalidad querida por el Vaticano II, también ha debido darse en relación a los otros pueblos y credos de la tierra. Una Iglesia humilde, en la cual todos pueden ser protagonistas y que reclama este derecho para todos los habitantes del planeta, debiera tener una gran actualidad.

En suma, intuyo que podemos entendernos las diferentes generaciones. Porque todos podemos apreciar que las principales convicciones del Vaticano II están vigentes. Pues si las papas fritas nos unen a jóvenes y a mayores, nos une mucho más el reconocimiento de que el amor es lo más grande, y lo que la Iglesia del Concilio ha querido es amar a la humanidad con un lenguaje nuevo y una organización más acorde con el Evangelio.

IGLESIA 2.0

La expresión 2.0 suele usarse en un sentido equivocado. Se piensa en un paso adelante. En un desarrollo o un avance significativo. Se piensa en algo mejor. El concepto, en realidad, es otro. En el mundo de las TIC’s, el 2.0  tiene que ver con la posibilidad de interactuar que se da entre personas. El 2.0 es un espacio de conversación, diálogo, crítica o polémica. Por ejemplo, un periódico electrónico levanta la opinión de un experto y ofrece a los lectores la posibilidad de reaccionar.

Francisco Papa da señales de hacer pasar a la institución eclesiástica al registro 2.0.  Ha hecho gestos que le hacen sentir cercano. Toma el teléfono. Llama directamente con sus conocidos. Da la impresión de que quiere escuchar. Usa metáforas. No lee papeles. Se expresa como si no tuviera miedo a cometer errores. Será que cree que Dios nos deja equivocarnos.

Hasta ahora muchos opinan que los sacerdotes y la jerarquía de la Iglesia hablan pero no escuchan. Peor aun, que enseñan pero no aprenden. ¡Trágico! En la llamada sociedad de la ignorancia, en la cual los conocimientos aumentan a un grado y velocidad maltusiana; cuando aceleradamente sabemos cada vez menos de los conocimientos que la humanidad logra sobre sí misma, el saber religioso, por más que sea un saber que conjuga la eternidad, no puede pretender ser atemporal e inmutable. Los conocimientos teológicos solo son ortodoxos cuando se consiguen de acuerdo a la ley de la Encarnación. Puesto que Dios se hizo hombre en Cristo, el dogma cristiano triunfa sobre dogmatismo herético cuando conjuga la revelación eterna con las épocas concretas de los seres humanos, siempre fugaces y cambiantes; cada vez que se lo hace en formulaciones que pueden ser mejores porque también pueden ser peores. El caso es que muchos católicos tienen la impresión de que el lenguaje eclesiástico oficial no se adapta a la realidad. Un saber que, por falta de interacción con los contemporáneos, va quedando progresivamente atrás. A esto probablemente se refería el Cardenal Martini, recientemente fallecido, al decir que la Iglesia está atrasada en doscientos años.

Llevemos las cosas al plano de los Medios de comunicación social. Hasta ahora constatamos que las autoridades eclesiales los valoran como instrumentos. Pero estos hoy han llegado a ser algo mucho más importante. Ha ocurrido con ellos algo antropológicamente sorprendente. Los Medios y las TIC’s son en la actualidad un nuevo modo de ser y de hacerse la humanidad a sí misma. Lo que está sucediendo es impresionante. Es una revolución. La globalización, posibilitada y replicada en redes infinitas de comunicación virtual, ha puesto a los seres humanos en una situación obligada de interacción, comunicación, crítica, polémica, inspiración recíproca y comunión, como no había ocurrido nunca en la historia.

La Iglesia, institucionalmente considerada, si quiere ser lo suficientemente humana para que en ella acontezca la encarnación del Verbo, debe “nacer” ella misma a este nuevo mundo. Los servicios eclesiásticos no pueden contentarse con abrir páginas web, twittear y manejar el celular de última generación. Urge interiorizar el nuevo modo de ser hombre para enseñar al hombre que el hombre es Cristo.  Hoy la verdad, sin la cual la humanidad se deshumaniza, exige a quienes la aman y se deciden por ella que se expongan a la discusión con los demás sobre aquellos caminos que tenemos que desbrozar juntos, discutiendo, razonando, argumentando, en una palabra, interactuando, para construir un mundo compartido. De esta nueva configuración mundial de la verdad quedan al margen los pobres, que no pueden acceder a las nuevas tecnologías, y quienes creen que ya tienen la verdad.

La institución eclesiástica, a estos respectos, adolece de dos problemas. Primero, sus contemporáneos tienen la impresión de que no logra entrar al registro 2.0. Les parece que las autoridades en la Iglesia usan la tecnología, pero desprecian la cultura que la ha generado. Segundo, los contemporáneos, por esto mismo, tienen “sangre en el ojo” contra las autoridades eclesiásticas. Todo lo que venga de ellas les parece equivocado. No les creen, da lo mismo el asunto. Se comprende así que la institución eclesiástica a menudo quede en ridículo en los medios de prensa.

Llevemos las cosas al plano de la prédica del sacerdote el día domingo. ¿Qué podríamos esperar de él? Hay fieles que dicen “qué linda su prédica, padre”. Unos padres lo creen, otros no. Muchos son los fieles, en cambio, que lamentan a curas que no les aportan nada. Las quejas son de varios tipos: falta de recursos de retórica, repetición tal cual del evangelio, piadoserías sin fin, erudiciones desconectadas con la vida real de la gente, latas interminables…

Es este un campo decisivo para replantearse el tema de la comunicación. Para los fieles más comprometidos parte importante de su vida cristiana se juega en la misa dominical. Hoy el fiel que va a la eucaristía el fin de semana es el mismo que está participando activamente en todo tipo de redes de amistad, trabajo, diversión, cultura, a una velocidad impresionante, colgándose y descolgándose a cada rato, usando el skype, aprendiendo, enseñando, creando con otros nuevos universos… entretenido. Muy entretenido. ¿Cómo podría un sacerdote decirle algo interesante? ¿Algo que no encontrará en la www?

Por cierto, son pocas las iglesias en las cuales las personas tienen la oportunidad de interactuar con el sacerdote y los demás cristianos durante la eucaristía. Normalmente se participa en misas a las que asiste mucha gente. No es posible, en estos espacios, abrir diálogos. Se correría el riesgo, por de pronto, de que tome la palabra y no la suelte alguien más aburrido que el sacerdote.

El desafío del sacerdote en esta época es más grande que nunca. Más difícil, qué duda cabe. Pero si él entra en el registro del 2.0 ayudará a llevar a la Iglesia a un 2.0. Talvez nunca la humanidad, dispersa como está en una multiplicidad de oportunidades, saberes y contactos, tiene necesidad de alguien que le ayude a encontrarse consigo misma; de un coach que le asista en el viaje al centro personal de su propia constitución espiritual. La diversión, la extraversión es hoy tan grande, que las personas se alienan. Literalmente, se vuelven “ajenas” a sí mismas, esclavas de la opinión de las demás, quienes, en virtud de la dictadura del Mercado, solo las valoran como consumidores de tal o cual marca. El sacerdote, si entiende que este es el trabajo que en esta época se espera de él, encontrará un territorio casi inexplorado para prestar su servicio. La gente hoy cree que elige qué comprar, pero en realidad es víctima de lo que le quieren vender; es rehén de un consumismo que le absorbe la personalidad. Esta gente podría descubrir en el sacerdote alguien que le ayude a hacer contacto con Aquel que la ama como a un hijo o una hija, que la quiere gratuitamente y, por ende, que la hace libre de verdad. El sacerdote puede ofrecer en el Mercado ni más ni menos que la superación del Mercado. Su producto es gratis: capacitar a las personas para ser dueñas de sí mismas, señoras y señores capaces de darse sin condiciones a los demás, de interactuar con el prójimo por amor y sin temor.

Fácil y difícil. Fácil en teoría. Pero conseguir un sacerdote 2.0 es difícil. La formación sacerdotal tendría que capacitar a los seminaristas en cargar en el alma la interacción con los otros sin desarmarse. ¿Qué está ocurriendo en los seminarios? ¿Qué están haciendo los sacerdotes ya formados por actualizarse? ¿Leen? ¿Estudian? ¿Entran en la crisis de la época y salen de ella con la ayuda de Dios? El sacerdote tendrá algo importante que decir en la prédica dominical si está realmente conectado con sus contemporáneos. Su alma debiera ser un espacio de interconexión, un ámbito de diálogo, de crítica y de autocrítica, de emociones y de reacciones, de improvisaciones, de relativizaciones, de anhelos de verdad y de justicia, y de pasión por defenderlas. El sacerdote que se necesita en esta época de las redes virtuales, debiera ser un nodo relacionado a otros nodos; alguien que en el circuito de los conocimientos asume y transforma, recibe y entrega, sin atribuirse investidura privilegiada alguna, pues a lo más, y esto es lo suyo, debe sugerir síntesis de humanidad verdaderamente humanizadoras. Un sacerdote así es muy difícil de conseguir, pero es el único necesario. No es fácil vivir tan abierto a contactos y contagios múltiples. Ningún sacerdote, como tampoco una persona cualquiera, debiera tentar a la fortuna. Pero sin exponerse a la realidad, a la experiencia de los otros y a la experiencia honesta de sí mismo, no podrá hablar de Jesús. Y si de ser sacerdote se trata, solo es necesario uno parecido a Jesús: el hombre apasionado por la pasión del mundo.

La Iglesia siempre ha sido un espacio de libertad y de conversación. Desde antiguo, en los períodos y bajo regímenes más oscuros de la historia, ella fue ámbito de confianza para las voces acalladas. Pero en los últimos siglos, por razones de muy diverso orden, se ha acrecentado la distancia entre los fieles y la jerarquía. Hoy, para que la Iglesia sea realmente un lugar de diálogo, de crítica y de argumentación se necesita que la institución eclesiástica dé el paso al 2.0. La Iglesia lo necesita con urgencia. La esperanza en el Papa Francisco es grande.

Fe en Cristo resucitado en América Latina

¿Qué importancia puede tener hoy creer en Cristo resucitado? Planteo una pregunta que debieran hacerse los cristianos en todas las épocas. Los cristianos creemos que la resurrección de Cristo no es un hecho que ocurrió simplemente en el pasado. El resucitado, para nosotros, continúa actuando a lo largo de la historia a través de su Espíritu. Podríamos, incluso, decir que aún está resucitando, las veces que el reino del amor de Dios prevalece en nuestro tiempo. Pero esta presencia del resucitado a lo largo de la historia ha podido tener una eficacia distinta entre las diferentes épocas. Nuestro propio contexto latinoamericano tiende a cambiar significativamente. Por esto, también hoy tiene relevancia preguntarse cómo el hecho central de nuestra fe puede incidir en nuestras vidas y sociedades, y avivar nuestra esperanza en la vida eterna.

 El contexto ha cambiado. No estamos en los años de Medellín. Hace 43 años, ese 1968 que aquí y allá marcó a Europa y también a América Latina, ha ido quedando atrás en el tiempo. Los cambios han sido enormes. La pobreza, la injusticia y la violencia persisten en nuestro continente, pero tienen nuevas causas, operan de otros modos y generan víctimas antes desconocidas. Esos años, la fe en la resurrección pudo levantar sospechas de alienación. Pudo primar la opinión de Marx, de la religión como opio del pueblo. O bien, pudo querer vérsela traducida en cambios sociales revolucionarios. Hoy, por razones pastorales, no podemos desentendernos de esto y de aquello, pero el escenario social y cultural es distinto.

El replanteo actual del tema de la resurrección debe seguir siendo pastoral. La Iglesia necesita anunciar a Cristo resucitado de un modo razonable, es decir, debe hacerlo con un discurso pertinente. Si el anuncio de la resurrección de Cristo no tuviera ningún punto de enganche con nuestras vidas, si no nos afectara o nos cambiara por dentro, habría que considerarlo una fábula entre tantos otros mitos simpáticos que los seres humanos generamos para aprender algo sabio y nada más. La Iglesia necesita desentrañar algún tipo de inteligibilidad de la resurrección para nosotros hoy, no al modo de una prueba científica o metafísica de su realidad, como un argumento rotundo que se imponga a nuestras mentes y voluntades de un modo infalible. Lo que la Iglesia diga de la resurrección debiera tener la comprensibilidad necesaria para corregir y perfeccionar los nuevos tiempos.

Este desafío enfrenta situaciones nuevas. La cultura predominante cada vez necesita menos la fe en la resurrección para autocomprenderse. En otras épocas, la gente podía vivir para la vida eterna y, por cierto, con temor al infierno. En esta época, vivimos menos pendientes del más allá. Tenemos, más bien, la mirada puesta en el más acá. Los productos de la cultura nos fascinan. Pensemos en los más diversos campos: la biología, la neurociencia, la cibernética, etc. Por otra parte, sin embargo, la fe en Dios persiste en nuestro pueblo cristiano tradicional. La pastoral encara enormes desafíos, pero tampoco parte de cero. La fe en la resurrección de Cristo de nuestro pueblo, mucha o poca, debe ser reevangelizada para incidir en una época embrujada por productos que, en realidad, no satisfacen las necesidades más profundas del ser humano.

¿Qué importancia tiene hoy creer en la resurrección de Cristo? Me parece que la proclamación de Cristo resucitado tendría que enganchar con dos asuntos que tienen mucha realidad entre nosotros: la lucha de los pobres por la vida buena y digna, y la comprobación personal de la maravilla del Evangelio.

 La lucha de los pobres por una vida buena y digna

La fe en la resurrección es fe en una realidad que afecta ya ahora a todos los seres humanos. Todos hemos sido salvados en Cristo; a cada uno, su Espíritu lo está moviendo a creer en él, a amar y a esperar, incluso a quienes no han oído nunca hablar de Jesús de Nazaret.

Dada esta universalidad de la salvación, podemos preguntarnos cómo la resurrección de Cristo puede influir aún más en nuestra historia, cómo puede traducirse en un triunfo actual sobre la muerte para nuestro mundo afectado por la precariedad y la maldad.

Mi opinión es que, si la resurrección de Cristo es una buena noticia para los pobres, podrá serlo también para los demás. Si la fe en el resucitado impulsa un mundo sin pobreza, todos se beneficiarán. La universalidad de la salvación depende de que la vida de los pobres mejore. Esta vida, por su parte, nos conecta más fácilmente con el misterio pascual. Si la fe en el resucitado impulsa un mundo sin pobreza, la fe en el crucificado nos mueve a reconocer en los pobres que este mundo solo se goza cuando se comparte, tal como se comparte el pan eucarístico.

Otro aspecto de lo mismo es este: la lucha de los pobres por la vida buena y digna representa un lugar muy adecuado para comprobar que Cristo resucitó. Los pobres nos conducen a lo fundamental. Lo que a los pobres les falta, también podría faltar a los demás. Si ellos luchan por una vida mejor, luchan por aquello sin lo cual la vida de cualquier ser humano se deshumaniza. La resurrección de Cristo tiene que ver con aquello que para unos y otros es fundamental; por lo mismo, tiene que ver con los pobres antes que con nadie. Si para Jesús fue fundamental resucitar de una muerte indigna, nadie representa mejor a Cristo que aquellos que viven de un modo indignante. Nadie, en consecuencia, está en mejores condiciones que ellos de comprobar en esta vida qué puede significar aquello de que “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos” (1 Tes 1,10, Gál 1,1).

Por cierto, hay muchas maneras de ser pobre. La Conferencia de Aparecida nos habla de un sinfín de pobres. Pero los más pobres de los pobres indican mejor a Cristo. Aparecida pide que prestemos mayor atención al excluido: al sobrante y al desechable (DA 65). En esta oportunidad, tendremos especialmente en cuenta al pobre que lucha por ser incluido en sociedades que se aprovechan de él. Sociedades que no lo valoran como persona.

El conato agónico

En América Latina, podemos decir que la lucha de los pobres por la vida buena y digna equivale a la fe en Cristo crucificado y resucitado. Podemos decir que, en cierto sentido, quien lucha por una vida mejor es una especie de crucificado que vive de la esperanza en la resurrección. Pero es necesario hacer algunas distinciones. La primera, es que esta lucha equivale a la fe en Cristo cuando, para ser digna, se realiza éticamente y no de cualquier manera. La segunda, es que la expresión de esta lucha en las categorías típicas de la religiosidad, por importante que sea, no es lo fundamental. La vida espiritual se expresa a veces en categorías no religiosas. La lucha de los pobres por la vida buena y digna puede ser expresión de una espiritualidad profunda, aun cuando se dé en categorías seculares.

Los pobres latinoamericanos son creyentes en su inmensa mayoría. Su catolicismo nutre su empeño cotidiano por salir adelante, pero, independientemente de las categorías sapienciales y simbólicas que les ofrece la religiosidad popular, ellos se esfuerzan por salir adelante con la sola gracia de Dios. En su pura lucha, los demás hemos de constatar al Cristo resucitado presente, de un modo semejante a como está presente en quienes nunca han oído hablar de Jesús de Nazaret y, sin embargo, viven en el amor, se conmueven con la belleza y deploran la mentira. Es el caso de miles de millones de asiáticos.

En América Latina, probablemente, quien mejor ha observado este fenómeno es Pedro Trigo. Este teólogo español-venezolano nos habla de una “obsesión” de los pobres por vivir, de un “conato agónico”.

Definimos la obsesión como el conato agónico que tiene por objetivo y contenido la vida digna, afirmada como posible y realizada frente al orden establecido que desde su lógica decreta su imposibilidad y que la distribución concreta de sus recursos la desconoce y niega.

Pero Trigo precisa que no se trata de una característica de los pobres, aunque se dé en ellos muchas veces:

Insistimos en que la obsesión no es un rasgo de carácter, no es una  mera reacción instintiva de supervivencia, tampoco pertenece a la idiosincrasia de un grupo humano ni es sin más un elemento cultural. Como conato incesantemente reiterado logra convertirse en hábito, pero no llega a automatizarse por su carácter agónico: al mantenerse la negación del orden establecido, el acto de afirmación que la vence es estrictamente creación histórica y se sitúa así en la cúspide de la libertad[1].

Se trata, según Trigo, de una lucha irreductiblemente “personal”, es decir, libre y espiritual, no reductible a lo colectivo o común. Los pobres que se abren al Espíritu viven su fe en solidaridad y fraternidad. Se trata de una “obsesión”, pero de una vida “digna” para sí y para los demás. Y, en consecuencia, no consiste en salir adelante de cualquier modo. Es una lucha ética por una vida mejor para todos.

Es aquí que vemos la acción del Resucitado. Es en esta superación incesante de los obstáculos de la existencia, de las injusticias y de la muerte de los pobres, que hemos de reconocer al Cristo resucitado. La resurrección de Jesús no consistió en la reanimación del cadáver de un hombre cualquiera. Es el triunfo de un crucificado que representa a quienes podrán identificarse con él, porque él se identificó con ellos. Este es el punto de arraigo preciso: si al resucitado llegamos por el crucificado, al crucificado llegamos por los que hoy viven “crucificados”. Si, como creemos los cristianos, la resurrección es real, los que mejor nos pueden decir en qué pudiera consistir, son los que necesitan ser “resucitados”. Los pobres, que viven la vida a su nivel más básico, son quienes mejor intuyen qué es la vida eterna y nos pueden hablar de ella.

Esto, sin embargo, no impide el acceso al Resucitado a los que no son pobres. El don de la resurrección es para todos. Pero, ya que esta atañe a lo fundamental de la vida, su experiencia no es una exquisitez espiritual para almas selectas. Hoy, cuando el “mercado de la religiosidad” abunda en ofertas de sucedáneos de fe auténtica, la fe de los pobres constituye un test decisivo. Ellos, mejor que cualquiera, conocen en carne propia qué es vivir y sobrevivir; ellos tienen una palabra autorizada sobre qué significa creer que Dios resucitó a su Hijo.

La devoción al crucificado

En lo más hondo de la experiencia espiritual de los pobres, en su lucha por una vida mejor, constatamos la fuerza del resucitado. Esta lucha equivale a la fe explícita en el Cristo que superó la injusticia y la muerte, y que anima a los fieles a seguir sus pasos. Esta lucha muchas veces va de la mano, o se expresa, en una fe popular en Cristo, aunque, como se ha dicho, no se agote en el plano de la religiosidad del pueblo. Pero es tal la fusión entre ambas, que conviene observar cómo opera la fe de los pobres en Cristo, porque no siempre la relación de esa lucha y la religiosidad parece ser virtuosa.

Es así que, lo primero que salta a la vista, es que la devoción a Cristo en América Latina se centra en su crucifixión. Pero, simultáneamente, también llama la atención la ignorancia que el pueblo católico tiene de la vida de Jesús de Nazaret. Solo en las últimas décadas nuestro pueblo ha comenzado a conocer los evangelios y la vida de Jesús. Esto se debe a la alfabetización de los pobres a lo largo del siglo XX, pero sobre todo al Concilio Vaticano II, que puso la Biblia en las manos de los pobres. La nueva catequesis ha tenido la enorme virtud de ilustrar acerca de quién fue Jesús y qué reino efectivamente predicó. Aun así, muchas veces la religiosidad popular nos deja la impresión de ser dudosamente cristiana. A veces, algunas de sus manifestaciones nos resultaron extrañas y chocantes.

La devoción a Cristo crucificado es típica nuestra, pero los latinoamericanos en general no sabemos por qué mataron a Jesús y qué pudieran tener que ver las razones históricas de su muerte con nuestra propia historia. ¿Es esta mera ignorancia? ¿O ha parecido peligroso seguir a un condenado a muerte? Sea lo que sea, la cruz debiera recordarnos a Cristo, las razones de su vida y de su muerte, y llevarnos a creer que Dios le hizo justicia resucitándolo. ¿Será, talvez, que se ha usado la devoción a la cruz para impermeabilizarnos contra el dolor o para sufrir sin alegar? Los teólogos latinoamericanos han dado la voz de alerta en contra de una devoción al crucificado que pudiera mover a la resignación ante la injusticia. La posibilidad ha estado a la mano. Desde Anselmo de Canterbery en adelante, se ha podido pensar que la muerte de Cristo en cruz, y, por extensión, los dolores de la humanidad, satisfacen el honor de Dios herido a causa del pecado. Por esta vía, los pobres han podido incluso pensar que merecen lo que padecen. Talvez, han creído que lo que sufren sirve de expiación por sus pecados ante un Dios que necesita oler la sangre para perdonar. También los contemporáneos de Jesús vieron al crucificado y pensaron que fue un pecador. Lo creyeron culpable como parece que lo son los pobres de nuestras ciudades, los inmigrantes, los enfermos y los desgraciados de diversos tipos.

La devoción a la cruz en América Latina ofrece a la fe en la resurrección de Cristo una plataforma extraordinaria de contacto con la realidad. Pero merece ser discernida. Ella se presta a significar exactamente lo contrario de lo que significa para la fe dela Iglesia. Enla cruz, Dios no canonizó el sufrimiento humano. Dios, lo único que ha querido, es la vida de Jesús y la nuestra. A lo más se puede decir que Dios ha querido que Jesús nos amase hasta el extremo, para lo cual debió absorber en su carne el mal del mundo. Dios nunca ha necesitado que se le sacrifique a un ser humano para salvar. El crimen de Cristo no fue el mejor de los sacrificios. Dios no necesita sacrificios. Solo agradece el amor. No castiga. En la cruz se hizo patente que es Dios mismo que se nos da gratuitamente

Pero también podemos pensar que la devoción a la cruz de los latinoamericanos no es mera evasión, masoquismo o expiación por los pecados. El impacto del Cristo colgado en una cruz, su mirada perdida, sus llagas y su desamparo, tienen mucho que ver con el sufrimiento ajeno que nos conecta con nuestros propios sentimientos y moviliza nuestra solidaridad. En la devoción al crucificado, hay un ir y venir entre Cristo y los devotos que incluye a todos los que sufren y, por lo mismo, a toda la humanidad. El Cristo crucificado nos comunica subterráneamente con un mundo que sufre y que espera una resurrección.

Es más, la devoción a Cristo nos da a los latinoamericanos la capacidad de mirar descarnadamente nuestro dolor. Nos quita la vergüenza de sufrir. Otros hombres preferirán ocultar sus fracasos, sus lágrimas, su impotencia contra la injusticia. Al mirar al que crucificaron, los cristianos nos sentimos autorizados a reconocer nuestra humillación como indigna de nosotros mismos. Sabemos que Dios no la ignora y no la quiere.

Es más, en la devoción a la cruz hay que descubrir también fe en la resurrección. Algunos teólogos latinoamericanos la constatan escondida. Cuando los fieles tocan la cruz y besan los pies del Cristo sangrante, creen en él. Tocándolo con sus manos y sus labios, tocan a un vivo y no a un muerto. Con este gesto pueden resignarse ante la injusticia que padecen, lo cual es lamentable. La fe en el resucitado debiera activar una lucha en contra del sufrimiento inocente. Pero incluso allí donde se da resignación, se da también un consuelo que no puede ser despreciado. A veces, las fuerzas no dan para más. La fe en el resucitado, presente en la devoción a un Cristo muerto y vivo a la vez, da esperanza a los desesperados y les permite al menos descubrir que son inocentes.

Comprobación personal de la resurrección

Reconocimiento del pobre que “soy”

Lo dicho de los pobres debe ser experimentado personalmente. Incluso los que no somos pobres, hemos de poder decir, bajo respectos no socio-económicos, el pobre “soy yo”, “yo también lucho por una vida digna”.  Así podremos participar en el misterio de Jesús, quien “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9).

La pobreza, en los evangelios y en la mejor tradición dela Iglesia, constituye un criterio decisivo para comprobar el cristianismo auténtico. Si queremos ir a la raíz de la posibilidad de hablar de la resurrección con sentido hoy, debemos entrar en contacto con la cruz de quienes carecen de lo indispensable, padecen la injusticia y son tratados como culpables siendo inocentes. ¿Es posible, para quienes no somos pobres, acceder a estas situaciones vitales? En principio, sí. Pues, si no fuera posible de ninguna manera, tampoco lo sería entender qué significan las palabras de Pablo: “Dios, nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Podemos, incluso, adivinar que la medida de nuestra convicción en la vida eterna dependerá de la hondura de nuestra experiencia de ser creaturas impotentes y expuestas a la maldad. Mientras no pasemos por esta experiencia, no entenderemos de qué se trata esa lucha de los pobres por la vida, pero tampoco hallaremos el lugar preciso en el cual enraizar una fe genuina en la resurrección.

A fin de cuentas, los pobres nos conectan con nuestra propia pobreza. No es indispensable ser pobre, en el sentido restringido del término, para creer en Cristo resucitado. Pobrezas hay de todo tipo. De lo que no ha podido hablar, ni nadie podría hacerlo con propiedad y, sin embargo, resulta decisivo, es de aquella pobreza personal, única, irrepetible, de cada uno de nosotros. Esa que tiene una historia personalísima. “Mi” pobreza: mi enfermedad, mi soledad, mi orfandad, mi fracaso matrimonial… Esa pobreza sin la cual no seríamos los mismos, que nos pesa y, de tal modo nos avergüenza, que no nos atrevemos siquiera a mirarla. Ese pobre que somos y que tantas veces nos esforzamos en esconder; ese pobre que negamos para ser tenidos en cuenta entre quienes ríen y parecen felices. Ese pobre es, precisamente, quien puede decir, en palabras de San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo. Es Cristo que vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gál 2, 20). Ese pobre, por lo mismo, puede relacionar la resurrección consigo mismo. Y decir: Cristo resucitó “por mí”.

Nos acercamos aún más al misterio salvador de Jesús, el más pobre de los pobres, cuando sufrimos la injusticia. También nosotros podemos ser atropellados en nuestra dignidad, en nuestros derechos, en nuestras aspiraciones más sencillas. Hay muchos modos de injusticia. Estas también tienen un aspecto inédito, inintercambiable. Injusticias muy únicas pudieron tallar nuestro carácter. Incidieron, a la larga, en nuestra manera de pararnos y de caminar. En la familia, en la escuela, durante la niñez o en la adolescencia, alguien nos hizo un daño que nunca entenderemos bien por qué.  Por qué a nosotros. Éramos frágiles, nos pasaron a llevar, y, desde entonces, el miedo nos entró a los huesos. Somatizamos la rabia. La descargamos en el estómago. Hubo personas que hicieron un cáncer. Éramos vulnerables y los golpes nos hicieron aún más vulnerables. ¿Cómo lucharemos por la vida después del pánico que, en algún momento, nos provocó quien, con o sin querer, nos humilló? Hay un sufrimiento injusto que nadie más que nosotros puede entender.

Todavía más. En materia de injusticia, no hay nada peor que ser tratado como culpable siendo inocente. Esta es ley para el pobre. Se lo culpa, pero es víctima: se lo considera sospechoso a priori y se lo trata como si fuera peligroso, siendo que es la misma sociedad la que lo tiene en harapos. Esto mismo ocurre en muchas familias con el chivo expiatorio. Uno, el más débil, es culpado y recibe las descargas de violencia que los demás evitan descargar unos con otros. De esta manera se salva el clan. Lo mismo en  la escuela. Cuántos niños preferirían no salir a recreo para no ser objeto de burlas, maltratos, golpes… Las víctimas inocentes, por lo demás, se dan en todos los sectores sociales.

Los que no somos pobres también nos preguntamos cómo luchar por la vida. La inmensa mayoría de la humanidad debe esforzarse por salir adelante. Obstáculos encontramos de todo tipo. A cada rato se nos imponen dificultades que interrumpen nuestros planes de felicidad. Es cosa de oír atentamente las peticiones en las misas. Gran parte de ellas es por gente enferma. Se reza, además, para encontrar un trabajo. O por la paz del mundo. La vida es agónica, sufrida. La agonía es natural, como es natural resistirse a morir. Es normal, también, la tentación de responder al mal con mal. A menudo, somos víctimas de violencias que acrecientan nuestro resentimiento y nuestra necesidad de liberación.

En el revés de la trama, la otra condición humana para esperar la resurrección, es lo injustos que nosotros mismos hemos podido ser con los demás. Somos pecadores. Necesitamos ser perdonados. La  maldad se padece, pero también se ejerce. La culpa inocente hace clamar a Dios a todo tipo de personas, dejada aparte su condición social o cultural. Pero la culpa del propio pecado también puede ser un laberinto de desesperación. Recordemos a Zaqueo. Este publicano no parece desperado con su forma de vida. Pero está inquieto consigo mismo. Lo acosa la culpa. Busca a Jesús. Sale a buscarlo. Cuando Zaqueo acoge al que lo acoge, “resucita” a una nueva vida. La experiencia del perdón y de la reconciliación lo convierten. Desde entonces, su lucha por la vida variará en 180 grados. Judas, en cambio, desesperó y se suicidó.

Participación en el misterio pascual

Nuestra condición de “pobres” y de “pecadores” es el punto de arraigo de una reflexión sobre la resurrección. El crucificado-resucitado representa anticipadamente a los seres humanos que, con toda su precariedad, podrán, sin embargo, superar el pecado y la muerte. En Cristo entrado en la gloria, la creación misma alcanza la plenitud que Dios quiso darle desde un comienzo. La muerte de este hombre que soy, el varón o la mujer pobre y pecador que muere y se pudre, asumida por el Verbo, es superada en el Misterio Pascual. Desde entonces, las criaturas no solo son restauradas, sino que adquieren una plenitud inaudita. “Cuánto más”, dirá San Pablo (Rom 11,12). La resurrección y la vida eterna nos son imposibles de comprender porque exceden nuestras posibilidades de experiencia. Sin embargo, son una realidad que los pobres y los pecadores -y nosotros en cuanto pobres y pecadores-, ya ahora podemos experimentar, intuir y vivenciar por anticipado, aunque todavía de un modo provisional.

Lo dicho arriba acerca de la devoción al Cristo crucificado del pueblo latinoamericano, vale aquí para los cristianos en general. Todos podemos experimentar la tentación de cultivar el dolor por el dolor. Si el acceso a la realidad de la resurrección, y por ende a la de la salvación, arraiga en contactarse con la propia cruz, habrá modos mejores y peores de vivir las enfermedades, el trabajo, las injusticias, y diversas maneras de interrelacionarse con el prójimo y de organizar la sociedad. La compenetración de la cruz de Cristo con nuestra propia cruz, esta de nuestra experiencia espiritual cotidiana, es fácil de conseguir, pero difícil de discernir. Tomemos, por ejemplo, el dolor. Cuando sufrimos, nos identificamos con el crucificado que se identifica con nuestro sufrimiento. Pero el dolor puede vivirse como una fatalidad contra la que no se puede hacer nada. La tentación, en este caso, será no hacer nada para extirpar sus causas o controlarlo. De aquí hay un paso a pensar que a Dios le gustan las caras tristes, los zapatos rotos y la falta de aseo. Observemos esto mismo en el plano de las relaciones humanas: una persona que mantiene con Dios una relación centrada en el dolor puede hacer lo mismo en su relación con los demás. Hay casos de personas que pasan por la vida reclamando amor. Su tristeza pide tristeza. Lamentable. Lo que puede ser biográficamente muy justificado, el aspecto triste y una emocionalidad depresiva, se convierte a veces en un instrumento para hacerse compadecer. Si una persona así logra la atención que busca, la relación que establecerá con los demás será “tristona”. Si dos personas “tristonas” y cristianas se enamoran y se casan, se atraerán con sus penas, pero también pueden terminar hundiéndose juntas. El centrarse en el propio dolor puede ser agresivo para los otros, o reclamar de ellos vínculos de dependencia sumamente mal sanos.

La condición de pecadores también se presta a ser mal vivida. El arrepentimiento, la petición de perdón y la experiencia de ser perdonados, permiten avizorar, como nada, la vida eterna. El pecador perdonado entrevé la resurrección. Pero esta misma condición, en un régimen de espiritualidad penitencial, puede dar pie a una serie de escrúpulos enfermizos y a una necesidad insaciable del sacramento de la confesión. ¡Cuánto llaman la atención de personas socialmente privilegiadas que se confiesan frecuentemente de nimiedades y, por otra parte, son insensibles a las luchas políticas de los pobres!

En el otro extremo de las posibilidades, también es posible vivir mal la resurrección. En la medida que el cristiano anticipa ya ahora la resurrección, viviendo como si hubiera ya resucitado, la negación lisa y llana de toda dificultad y de todo dolor, conduce a una vida inauténtica y, en lo inmediato, suele insensibilizar a la cruz de los demás. En los movimientos carismáticos puede darse este fenómeno. Estas agrupaciones espirituales tienen la virtud de acoger personas con grandes sufrimientos. Pero pueden a veces ofrecer una liberación de los mismos muy superficial. Sus participantes pueden ilusionarse hasta el entusiasmo con una salida que, a poco andar, se comprobará evanescente o falsa.

Participación en el triunfo escatológico

La fe en la resurrección de Cristo, por último, debiera ayudar a los cristianos a vivir en el tiempo de otro modo, de un modo original  e incluso extraordinario. Hace ya mucho que en nuestra cultura entró la idea de derrotar la pobreza. Probablemente, ningún programa político latinoamericano olvida este punto. El propósito de superación de la pobreza es, por cierto, una meta formidable del progreso moderno. Nuestra cultura está poseída por la idea de un futuro de estándares siempre mayores de igualdad y de prosperidad. Esta ideal de la temporalidad, sin embargo, calza solo en parte con la concepción cristiana de la historia.

El cristianismo tiene un concepto positivo de la historia, pues sostiene que el mundo avanza a algo mejor. En esto coincide con la modernidad. Pero, a diferencia de esta, la escatología cristiana recuerda el pasado, pues en la medida que tiene en cuenta su esperanza, hace suya la pasión de los olvidados. El cristianismo espera un fin/cumplimiento del reino de Cristo, pero también afirma, ya ahora, la virtud liberadora de la resurrección. Ahora, no solo en el futuro, pueden resucitar con Cristo aquellos que el progreso ha dejado atrás.

Es así que, para los cristianos, no sirve derrotar la pobreza y olvidarse de las injusticias que la produjeron; no sirve postular un futuro esplendoroso de una humanidad omnipotente; ni exaltar un presente en el cual los modelos de humanidad son los exitosos. Los cristianos esperan un mundo sin pobreza, sí. Pero, sobre todo, esperan un mundo de pobres. Me explico: en el reino de Cristo no habrá ricos, sino solo hombres y mujeres desposeídos de todo. Habrá personas agradecidas de haber recibido de Dios la vida por la que tanto lucharon. No habrá ricos, pero sí pobres. Esta paradoja del cristianismo es ininteligible para el pensamiento moderno que se caracteriza por la autonomía del sujeto o para la mentalidad mercantilista, individualista y competitiva que nos está haciendo tanto daño. Para los cristianos, cuenta mucho el esfuerzo por la vida, pero en la medida que el éxito de esta lucha, como la de la resurrección de Jesús, se lo hace depender de Dios y se lo  consigue con sociedades fraternas.

Este modo tan único de vivir en el tiempo debiera encontrar una formulación política. “Con los pobres, contra la pobreza”, repite Gustavo Gutiérrez. ¿Qué programa político pudiera hacerse cargo de una fórmula así? No hay recetas. El cristianismo nos obliga a concatenar lo personal y lo social, pero la edificación de una sociedad justa queda entregada a la inventiva de los hombres, cristianos o no, lo cual también debe considerarse una tarea espiritual.

Conclusión

Ubiquémonos en el plano de la espiritualidad. ¿Qué importancia puede tener para los carismas y las espiritualidades creer en Cristo resucitado? La máxima de las importancias. La mayor de todas. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe”, dice San Pablo (1 Cor 15, 14). Vana sería la espiritualidad ignaciana, diría San Ignacio. Vana la franciscana, diría San Francisco.

Menciono a estos dos grandes santos porque, en ellos, empobrecer con los pobres fue decisivo en su experiencia espiritual. Ambos buscaron la pobreza de los pobres, solidarizaron con ellos y, por esta vía, revivieron el Misterio Pascual que les hizo cristianos y maestros espirituales de un cristianismo auténtico. Decía San Ignacio: “La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno”.

La fe en la resurrección debe morder en la realidad. Debe asumir el lado oscuro de la creación y de la vida, el pecado y la muerte, el pecado personal y el social; de lo contrario, será una creencia superficial, una ilusión pasajera, un entusiasmo fugaz. La fe en la resurrección solo puede darse al nivel de lo fundamental y, por tanto, de la espiritualidad de los pobres, aquellos para quienes vivir, y vivir con dignidad, es decisivo. Este, su modo de vivir, hace presente al Cristo crucificado y resucitado, porque extrae de su existencia actual y escatológica la fuerza de los pobres para salir adelante contra viento y marea. Los cristianos humildes, ante los Cristos crucificados de América Latina, con su esfuerzo, su clamor de inocencia y también su petición de perdón, nos llevan la delantera en el reino de Dios, pero también nos ofrecen el contacto preciso con la experiencia pascual de la cual depende la índole cristiana de toda espiritualidad.

La fe de los pobres nos representa a todos. Si hemos de creer en la resurrección de Cristo, y no en otra cosa, hemos de “ser pobres” o “pobres de espíritu”. ¿Qué significa esto en los casos de personas tan distintas? Será materia de discernimiento. Cada cual tiene que pedirle al Señor que le haga ver, con valentía, su propia pobreza, y le indique cómo relacionarse con los demás a este nivel de la existencia. Nadie puede responderles esta pregunta a los demás. En todo caso, en un mundo de pobres, cualquiera de las espiritualidades cristianas tendrá que habérselas con la necesidad de solidarizar con ellos y con su esperanza.

Una espiritualidad que sortee la lucha por la vida buena y digna de los pobres, no es cristiana. Así lo indicó Jesús con la parábola del Buen Samaritano. Por el contrario, mientras la espiritualidad se comprometa y compenetre con la experiencia de Dios de quienes saben hondamente que son solo creaturas, más posibilidades habrá de que la resurrección dé en ella todos sus frutos.

[1] Pedro Trigo, “Evangelización del cristianismo en los barrios de América Latina”, Revista Latinoamericana de Teología, 16 (en-ab, 1989) 106-107; cf. G. Gutiérrez, o.c., 12.

Cristo: Pasión de Dios y nuestra pasión

Si el día de mañana se inventara una “píldora del olvido”, una pastilla para borrar los hechos más dolorosos de nuestra vida, para suprimir de la memoria aquellos golpes que nos marcaron para siempre: ¿quién la tomaría?
Cualquier interesado debería primero sacar las cuentas. Si pudiéramos recordar sólo los buenos momentos, ciertamente no seríamos los mismos. A futuro, no pudiendo entender el sufrimiento de los demás, su pena nos parecería una estupidez. Creeríamos que se merecen lo que sufren. Los culparíamos de su tormento. Y, así, juzgándolos aumentaríamos su desgracia, evitando de paso que su infortunio nos toque.
Pero, además, sin esos hechos traumáticos nuestra identidad sería irreal. Nada hay más nuestra que esa historia de padecimientos que solamente podemos contar en privado, sin apuros y no a cualquiera. ¿Acaso no fue en aquellos momentos de dolor que tuvimos la impresión de ser distintos de los demás? “¿Por qué a mí?”, dijimos, “¿Por qué ahora? ¿por qué de esta manera?”. Nos sentimos solos. Nos supimos únicos en el mundo. El placer, el amor no han cincelado nuestro “yo” más que la frustración, el fracaso y la impotencia de no haber sido amados como lo quisimos. Un hombre, una mujer sin memoria de su pasión, serían unos eternos turistas sobre la tierra. Su convivencia parecería una especie de show de irrealidad: escenografía, drama sonso, risas falsas, aplausos falsos…
Sin embargo, ¿podríamos nosotros juzgar a las personas que, habiendo padecido mucho en su vida, decidieran tomar la píldora para olvidar su dolor? De ninguna manera. Pero probablemente sería esta misma gente la menos interesada en tomarla, pues ella sabe que su pasión es exactamente lo que tendría que contarnos. Estas personas, nos consta, aportan a nuestra vida en sociedad una cuota de verdad cruda que nos delata y nos sana al mismo tiempo. Nadie como ellas desarrollan un olfato finísimo para detectar a la mujer mentirosa, al nuevo rico, al predicador que habla sin decir nada… Sin la memoria de las víctimas una sociedad avanza sin rumbo.
Jesús no habría tomado jamás la “píldora del olvido”. De haberlo hecho se habría incapacitado para representar a las víctimas ante Dios. Los seguidores de Jesús tampoco la habrían tomado. Pues compartiendo el dolor de los demás, amándolos con el amor de Jesús, los cristianos prueban lo imposible: que Dios no es apático, que a Dios no le da lo mismo la pasión del mundo.

1. La historia de nuestro sufrimiento
a) Cristo nos representa ante Dios a todos los que sufrimos
La experiencia de Jesús en Getsemaní es tan nuestra (Mc 14, 32-42). Ante su muerte inminente, Jesús sufre lo indecible. Por cierto su caso es distinto del nuestro. El dolor de Jesús es más amplio. No tiene miedo solo a que lo maten. Su sufrimiento expresa el rechazo de su pueblo al amor de Dios. No es cuestión de amor propio, aunque probablemente Jesús es consciente que tendrá un final vergonzoso. Sucede que en la pasión Jesús nunca fue tan grande la distancia entre el amor ofrecido y el amor rechazado.
Ninguno ser humano ha sufrido lo mismo, pero muchos hemos experimentado situaciones de dolor y de oración parecidas. ¿Cuántas veces en la vida nos topamos con un muro? Se nos cerró el futuro por completo. Se nos vino el mundo encima. No hubo nada que hacer o lo que podíamos hacer no habría revertido una desgracia inevitable. Incluso cuando no hemos llegado a estos límites en cosa de sufrimientos -tal vez a ninguno de nosotros nos ha tocado arriesgar la vida por alguien -, igual Jesús nos representa. “No hay pena chica”. No la hay para nosotros, tampoco Dios, el Señor del universo, considera insignificante las penas que para nosotros sí importan. En Getsemaní Jesús, orando a su Padre, nos representa a todos los que clamamos ayuda a Dios.

Ha podido ser que nuestra oración fuera un poco egoísta. No sólo necesitamos de Dios, solemos usar a Dios. Pero cuando el sufrimiento nos toca hondo, qué legítimo ha sido clamar: “por qué a mí”, “por qué ahora”, “por qué de esta manera”. Para el sufrimiento, en definitiva, no parece haber justificación posible. Otras preguntas apuntan directamente a Dios: “¿Hice algo mal?”, “¿le da a Dios lo mismo lo que me pasa?”, “¿me escucha?”, “¿sirve de algo rezar?”.

Los acompañantes dejan solo a Jesús, más tarde uno de ellos lo traicionará. No es raro que, cuando sufrimos, los que quisiéramos que estuvieran con nosotros no están…. Peor aún, suele ocurrir que nuestro dolor los espanta. Y, alguna vez, alguien nos juzga o nos da la espalda en el momento que más necesitábamos su comprensión. Puede también ocurrir que en el dolor experimentemos la compañía de Dios y la de otros. Incluso así, podemos tener la impresión de una gran soledad. No despreciamos estas compañías, la necesitamos, mitigan nuestro dolor. El sufrimiento, además de hacernos sentir solos, nos hace sentirnos únicos: nadie puede saber exactamente cómo y por qué nos duelen tanto las cosas. Jesús mismo terminará gritando “Dios mío, por qué me has abandonado”.
En Getsemaní Jesús nos representa ante Dios a todos los que sufrimos y clamamos auxilio. Pero, además, nos enseña cómo hacerlo. La oración del Huerto de los Olivos constituye una de las reglas de la oración cristiana: “Que se haga tú voluntad y no la mía”. Desde entonces los cristianos pedimos a Dios lo que queremos y, al mismo tiempo, aceptamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios.
b) Cristo crucificado representa a Dios que sufre por nosotros
En la cruz Jesús resume la donación de Dios a nosotros. Toda una vida de entrega. No todos lo advierten. Sí el Centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39).

¿Cómo es que el Salvador necesita ser salvado? Jesús salva desde la cruz. ¿Un Dios crucificado? ¿Un Mesías (supuestamente omnipotente) que no hace nada? No pudiendo hacer nada, Jesús manifiesta que su exposición a nuestro dolor es completa. Haciendo suyo nuestro dolor, nos salva.
¿Y su Padre? Tampoco hace nada. ¿Un Dios indolente? No, todo lo contrario. Un Dios sensible ante el sufrimiento humano, un Dios de veras “com-pasivo”, es quien deja que el dolor de quien más quiere, su Hijo, verdaderamente lo toque. Para salvar, el Padre necesita padecer con el hombre solidario con la humanidad fracasada. Jesús revela a un “Dios al revés”: un Dios cuya omnipotencia se manifiesta al máximo en su capacidad de sufrir por sus criaturas. Un Dios a-pático no podría amar. Y el Dios de Jesús es amor com-pasivo.
Entre nosotros a veces sucede algo parecido. Es común que debamos ocuparnos de los demás justo cuando nos faltan las fuerzas para tenernos a nosotros mismos en pie. Otras veces nada podemos hacer por ellos, más que estar allí a su lado, escuchándolos, haciendo nuestro su sufrimiento, impotentes ante su desgracia. Parte importante del trabajo del sacerdote consiste en “chupar” dolor ajeno sin poder hacer nada por cambiar la vida de la gente que le desahoga sus penas. Y, a menudo, si poder él mismo descargar en otros los pesos que le cargan. Entonces nos queda el consuelo de la fe. Nuestra esperanza consiste en que Dios nos saque de la cruz como sacó a Jesús. Pero la vida es en serio y no en serie. Para que seamos libres, Dios se retira. No nos “programa”. No nos ahorra la carga.

Si nos atenemos al hecho del juicio y condena de Jesús, resulta que no lo mataron los esenios, ni los zelotes, ni las mujeres, ni sus discípulos, ni las mayorías pobres que lo seguían, sino los romanos instigados por los saduceos y los fariseos. Pero, en un sentido más profundo, sabemos que su muerte es la consecuencia última del pecado de la humanidad. El pecado mata. Jesús muerto en cruz también representa a las víctimas de nuestros propios pecados. Desde que el mismo Jesús ha exigido ser identificado con los últimos, inocentes o culpables, todo lo que hagamos a ellos o dejemos de hacer por ellos, a él se lo hacemos o no se lo hacemos (Mt 25, 31-46).
En otras palabras, Jesús no sólo se identifica con nosotros, sino también con “los otros”, con nuestro prójimo en general. A este, en tanto víctima nuestra, también Jesús lo representa. En la medida que Jesús se identifica con nuestras víctimas, nos juzga. Para Jesús, la obtención de la vida eterna no depende de nuestra religiosidad (la observancia de la Ley o de la “doctrina cristiana”) o de la pertenencia a un pueblo o raza determinada (judíos u otros). He aquí que la salvación misma que Cristo ofrece a todos por igual proviene exactamente de la actitud que se tenga ante quienes normalmente todos huyen, los que pueden contagiarnos una desgracia que a menudo es culpa nuestra, aquellos que, como víctimas, hacen presente al Señor y su amor.
d) Jesús es Dios que nos perdona

San Juan nos refiere el caso de la defensa de Jesús de una mujer sorprendida en adulterio (cf. Jn 8, 1-11). De este episodio podemos retener lo siguiente.
En primer lugar, parece lógico contrarrestar el origen del mal, poner coto a la causa del sufrimiento, imponer un castigo ejemplarizador a los pecadores… La Ley representa el orden que regula las conductas que aseguran la convivencia justa. Su invocación para castigar un delito se ajusta a derecho. Pero la aplicación de la Ley no erradica la violencia, sólo la contiene o la administra. Pongámonos en el caso de los que juzgan a la mujer. Apedrear a la pecadora no los libera de sus propios pecados. Como ellos, también nosotros quedamos encerrados en un círculo vicioso. Necesitamos algo más que la Ley y la justicia.
Jesús interviene rompiendo el esquema de la Ley. Jesús, inocente, no hace nada. El, que de acuerdo a la lógica religiosa tendría el derecho a arrojar la primera piedra, no la arroja. ¿Qué derecho pueden tener los demás, si todos son igualmente pecadores? La universalidad del pecado no se rompe con la perpetuación de la violencia, los pecadores solemos ser despiadados con los pecadores; ella se rompe exactamente con la abstención de su uso. Nada asegura que el comportamiento de Jesús instaure por sí mismo una nueva convivencia. La historia queda abierta. Pero Jesús ha introducido en ella una nueva lógica.
Pongámonos, sobre todo, en el caso de la mujer absuelta de su pecado. Ella nos representa a todos, comenzando por los más viejos. A ella Jesús le dice: “¿Nadie te ha condenado?… Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. Si hubiera que ser precisos, Jesús no perdona sus pecados. No la condena. Su pecado sigue siendo un pecado. No condenándola, es que se abre para la mujer la posibilidad que Jesús le muestra de “no pecar más”.
3. La historia de una pasión compartida
Jesús ha revelado que Dios no es “a-pático”, sino “a-pasionado”; que es “Amor apasionado” por la humanidad (Jn 3, 17: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito…”).
La entera humanidad es la “pasión” de Cristo y de Dios. No somos la pasión de Cristo sólo porque somos la causa de su sufrimiento, sino ante todo porque somos el objeto de su amor. La Providencia cristiana en un sentido preciso consiste en que Dios “lleva nuestra vida”, “conduce nuestra historia”, “carga con nosotros”. Dios es un Padre providente que nos conduce hacia sí mediante el Hijo y el Espíritu. A nosotros nos toca “dejarnos cargar”, confiar en Él absolutamente.
e) Nosotros somos la pasión de Cristo
“No anden preocupados por su vida…” (Mt 6, 25-35), nos recuerda Jesús. Nuestra vida está en las manos de Dios: no queramos ser más responsables que Dios.
Esto, a veces, cuesta mucho. Traigamos a la memoria el caso del padre cesante. Pasan los días, los meses, los años… Se crea una situación desesperante. Mientras más tiempo pasa peor. La misma ansiedad espanta los trabajos. Otro caso: los papás de un niño minusválido mental que comienzan a preguntarse: “después de nosotros quién cargará con él/ella…”.
¡Cuidado!, nos diría el Señor. ¿No estaremos poniendo a Dios al servicio de nuestro proyecto en vez de ponernos nosotros al servicio del proyecto de Dios? “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso…”. No queda otra posibilidad que pedirle al Señor que nos enseñe a creer en El, a “creerle”. Rogarle que regenere nuestra esperanza. ¿Acaso Dios no sabe lo que necesitamos? ¿Cabe la posibilidad de que nuestra mayor necesidad sea Dios mismo? ¿Hay alguna necesidad que pueda competir con la necesidad que tenemos de Dios?
No se trata de ser negligentes, indolentes, de despreocuparnos de la carga que nos ha tocado. Pero no la soportaremos si no nos “dejamos cargar” por el Señor. “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso…”. ¿Entonces qué? Remata Jesús: “Buscad el reino y su justicia, y todo se les dará por añadidura” (cf. Mt 6, 25-34). Es decir, debemos dejar que Dios gobierne nuestra vida, abandonarnos confiadamente a Él, creer que de veras nos ama, en otras palabras, que nuestras preocupaciones nunca pueden ser mayores de la que Dios tiene por nosotros.

f) Cristo es nuestra pasión
Como dice Pablo: “El que se preocupa por los días, lo hace por el Señor; el que come, lo hace por el Señor, pues da gracias a Dios: y el que no come, lo hace por el Señor, y da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rom 14, 6-9).
En contra de otras pasiones como suele ser el dinero, la comodidad, la fama, el consumo e incluso algunas muy loables como la familia y el trabajo, la pasión de los cristianos es el Señor. La pasión por Cristo es superior a todas porque supera el carácter finito de nuestras pasiones mundanas. Cristo ha superado la muerte. La pasión por Cristo depende de la esperanza en su resurrección y de nuestra propia resurrección. Se trata de una pasión inmarcesible.
La vida cristiana se nutre de la experiencia de Cristo resucitado de entre los muertos. Recordemos el caso de los discípulos de Emaús (cf., Lc 24, 13-35). Los discípulos tenían una buena razón para volver tristes. La muerte de Jesús les confirmaba que habían seguido a un charlatán. La alternativa de vida propuesta por Jesús, la confianza absoluta en el Dios del reino, amar y perdonar a los demás, etc., fracasaba por completo. Había que volver a vivir como siempre, “asegurándose la vida”, “prevaleciendo sobre los otros”, buscando “congraciarse religiosamente con Dios” mediante la observancia ciega de la Ley y de las prescripciones rituales del Templo.
Pero la experiencia del resucitado hace que Cristo se convierta para ellos en la pasión de su vida. Vuelven a Jerusalén para sumarse a la misión de anunciar al resucitado. ¿Qué tienen ellos que aportar? Su propio cuento: el Señor hizo el camino con ellos, mientras caminaban les explicó las Escrituras y, habiéndose quedado en su casa, compartieron con él el pan. En lo sucesivo, estas serán las señales para que los que nunca lo conocieron, puedan reconocerlo vivo en la historia de sus propias vidas. Tres señales que, a la luz de la memoria de las palabras y hechos de Jesús, están preñadas de simbolismo. Y, entre la ignorancia y el reconocimiento de Jesús, una cuarta señal: “les ardía el corazón”.
¿Por qué los cristianos besan la cruz?
Cualquiera razón meramente histórica de la muerte de Cristo es insuficiente para explicar el misterio de la salvación. Sabemos que su muerte ha sido bastante más que un divertimento cruel de los que abusaban del poder. Consta que tampoco fue un error judicial de quienes lo habrían confundido con un revolucionario. Otras informaciones sobre su pasión pueden ser muy interesantes, pero a nadie le harán cambiar de vida. Esta muerte nos toca porque tiene un lugar central en el designio de Dios.
Pero, inevitablemente nos preguntamos: ¿cómo ha podido Dios querer la muerte de su Hijo? La única manera de zafarse de la posibilidad de entender la cruz como un acto macabro del Padre es, sin embargo, volver a tomar en serio la historia: habiendo sido Jesús eliminado por anunciar el reino de Dios a los pobres, Dios ha inaugurado este reino mediante la muerte y resurrección de Jesús. Es muy complejo explicar la articulación de la razón “eterna” con las razones “históricas” de la cruz. Toda interpretación queda expuesta a debate. Pero lo que no está en discusión es que la peor de la explicaciones es la que sirve para justificar las cruces humanas de cada día y la miseria del mundo, en el entendido que Dios tendría algún secreto derecho para castigar o hacer sufrir a sus criaturas.
Vistas las cosas “desde la historia”, no cabe duda que a Jesús lo crucificaron por lo que dijo y por lo que hizo. Haber proclamado el reino de Dios a los miserables, a los endemoniados, a los cojos, a los ciegos, a los leprosos, a las mujeres; haber compartido la mesa con gente de mala vida, publicanos y prostitutas, constituyó una provocación abierta a los que, procurando la santidad de la nación, marginaban exactamente a estos que Jesús acogía, sanaba y declaraba bienaventurados (cf., Lc 6, 20). Con cada gesto, con cada palabra que Jesús pretendió reintegrar a la comunidad a los que los fariseos y saduceos consideraban pecadores -porque no cumplían las centenares de prescripciones legales y rituales para observar la Ley-, disputó a ellos el poder para hablar y salvar en nombre de Dios. Siempre será posible debatir sobre tal o cual elemento de la trama histórica que condujo a Jesús a la muerte, pero sin duda su opción por los pobres debió ser vista por los “justos”, los ricos y las autoridades como un peligro para la estabilidad religiosa y política de Israel.
Vistas las cosas “desde la eternidad”, la muerte de Jesús es la consecuencia necesaria de la Encarnación del Hijo de Dios en un mundo injusto (porque margina) e hipócrita (porque usa de la religión para marginar). La salvación que a través de la resurrección de Cristo Dios ofrece a toda la humanidad (cf., 1 Tim 2, 4-6), presupone y es el efecto último de que en María el Verbo no sólo “se hizo carne” (Jn 1, 14), sino que más precisamente “se hizo pobre” (2 Cor 8, 9). Identificándose con las víctimas del pecado, solidarizando con la humanidad atormentada antes y después de él, Jesús ha sido constituido, de modo incipiente en esta historia y definitivamente en la vida eterna, principio de rehabilitación para los despreciados por pecadores y de perdón para los considerados justos. ¿Quiénes? Todos, aunque diversamente: el Padre de Jesús no excluye a nadie, pero incluye al revés, a partir de los últimos y no de los primeros. En esta óptica se evita entender en términos de revancha las palabras de María: “a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc 1, 53) y otras expresiones parecidas, abundantes en la Sagrada Escritura.
La vida cristiana consiste en reproducir la vida de Cristo, en responder con hechos a preguntas como “qué haría Cristo en mí lugar” (P. Hurtado). Como hijos que proceden del Padre y retornan al Padre por el camino abierto por Jesús y la inspiración del Espíritu Santo, poniendo en juego la propia humanidad mediante un empobrecimiento que enriquece a los demás, los cristianos testimonian hoy en un mundo materialista y egoísta que su “historia” de generosidad tiene un valor “eterno”. Jesús reveló que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). En Semana Santa los cristianos besan la cruz porque creen que el Amor es divino cuando, para impedir el sufrimiento humano y su justificación, nos hace humanos con la humanidad y pobres con los pobres.

Renuncia de Benedicto XVI: una decisión ejemplar

El impacto de la noticia de la renuncia del Papa nos puede hacer pasar por alto la alta calidad humana de los términos en que esta ha sido hecha. A continuación, sin ánimo de exhaustividad, detallo algunos aspectos de la decisión de Benedicto XVI.

 Una decisión tomada con conciencia

 El Papa decide renunciar porque Dios le ha pedido que renuncie. No parece que se lo haya dicho tal cual, sino que Benedicto lo ha oído en esa concavidad sagrada que todo ser humano tiene llamada conciencia en la cual solo caben dos: el Creador y su creatura. El hombre, en su máxima expresión, solo rinde cuentas a su conciencia. Esta no es un espejo de los propios deseos e intereses. Sino que, en la escucha del silencio absoluto, oye a Dios y no puede dejar de hacerle caso sin frustrar la propia razón de ser. La decisión del Papa no puede ser más libre, porque es la decisión de Dios.

 ¿No es esta una contradicción? Para nada. En la actuación del Papa se replica el misterio de la Encarnación. En Cristo el hombre nunca ha sido más hombre, porque en él Dios nunca ha sido más Amor (“Dios es amor”, 1 Jn 4, 8). En esta renuncia al ministerio de Pedro, la voluntad de Dios y la libertad de Benedicto coinciden. El Papa le ha consultado reiteradas veces. Según parece, Dios le ha confirmado su decisión; decisión que será tan suya como del mismo Benedicto. En este sentido el Papa no puede estar más lejos del “individualismo” contemporáneo. Su decisión es sumamente libre de todos los condicionamientos a su voluntad; de todo tipo de apegos al poder o a la fama; de querer, por ejemplo, que el futuro de la Iglesia pase por su personalidad. Si en la intimidad de la oración Dios le hubiera dicho “sigue, continúa”, probablemente él habría proseguido en el cargo. El mensaje trasmitido a los cardenales trasunta una disponibilidad total a la voluntad de Dios, así como la realización de la libertad de Benedicto.

 Llama la atención en el mensaje que la decisión es libre y en conciencia. Benedicto es insistente. Quiere que quede muy en claro. Nadie lo presiona. Nada. Ni los otros ni sus propias pulsiones: miedos, intereses creados, etc. Repite: “Después de haber examinado reiteradamente mi conciencia…”; “he llegado a la certeza…”; “soy muy conciente de…”; “siendo muy conciente de la seriedad…”; “con plena libertad…”. Conclusión: “renuncio”.

 ¿Es acaso el recurso a la conciencia un privilegio papal? Por supuesto que no. El Papa, probablemente sin quererlo directamente, está dando un ejemplo de cristianismo. Todo cristiano, en las circunstancias cruciales de la vida, es decir, cuando no hay recetas para seguir adelante; cuando las leyes morales resultan estrechas e inhumanas; cuando da vértigo equivocarse, debe seguir su conciencia. Este es su privilegio y su deber. Su honor. Su dignidad.

 Rendición de cuentas a una institucionalidad

 Sin perjuicio de lo anterior, Benedicto XVI sabe perfectamente que su decisión debe ser comunicada y encausada en una institucionalidad que él no ha inventado para llegar al poder ni para conservarlo. Su decisión, tomada en conciencia, es comunicada a quienes se harán cargo de ella porque ellos, bajo otro respecto, están por encima de él. Los cardenales lo han elegido. Ellos tendrán que elegir otro Papa. Los cardenales no le pueden impedir que renuncie. Ellos también están obligados a acatar la voluntad de Dios que en estos momentos pasa por la conciencia de Benedicto. Pero no podrían permitir que Benedicto los sobrepase autoritariamente con esta y otras decisiones. Ellos no son “hotelería” vaticana dispuesta a escenificar las “performances” del Pontífice. Ambos, ellos y el Papa, cada cual en lo suyo, nos representan a todos los católicos. Ambos están al servicio de una Iglesia cuya institucionalidad debiera ser intolerante con los abusos del poder. En este caso, Benedicto humildemente, y a la vez con enorme dignidad, rinde cuenta de su acto a quienes él debe respecto y sometimiento.

 El Papa Benedicto es consciente de que su cargo es un servicio a una institución que no se identifica con su persona, sino que es el Cuerpo de Cristo. La Iglesia toda es la esposa de un Cristo que se entregó por entero al advenimiento del Reino de Dios. El Papa y los cardenales son servidores del Siervo de Dios. Es así que Benedicto agradece a los cardenales el amor y la ayuda. Pide perdón, ¿a Dios o a ellos? ¿Ambos? Su gobierno es un “ministerio”. Su vida es un “ministerio”. La prueba de la sinceridad de sus palabras es que terminado el cargo no dejará de servir. Él no ha servido para gobernar. Él ha gobernado para servir. Su intención última es esta. Así lo dice: “Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”.

 Por otra parte, como otra prueba de la rendición de cuentas del Papa, es la argumentación misma de su decisión. Su decisión no es un capricho. El se ve obligado a fundamentar cuidadosamente la razonabilidad de su acto. Benedicto explica con suma seriedad por qué el buen gobierno de la Iglesia hoy requiere de un cambio al más alto nivel.

 ¿Ha querido el Papa darnos un ejemplo de ejercicio cristiano del poder? Tal vez sí. Pero seguramente esta no es la intención primera. Estamos ante un ejercicio del poder que de hecho, talvez sin quererlo, trasunta una comprensión cristiana de las instituciones humanas. Nadie puede, en cristiano, pretender un poder absoluto. El poder es servicio del que se da cuenta a Dios y a los hombres. Solo en estos términos quien detente el poder cuenta con autoridad para ejercerlo. Quien no, se expone al desacato y a la rebelión.

 Gobierno espiritual

 En la decisión de Benedicto XVI hay una sabia relación práctica de fe y razón. El gobernante no se deja seducir por la tentación carismática. El Papa sabe, por cierto, que ha sido dotado del Espíritu a través de una consagración para un cargo de una institución que no puede ser juzgada por meros criterios mundanos. Pero, si las instituciones meramente mundanas a estas alturas de la historia impiden que una autoridad se eternice en el cargo con perjuicio del servicio que debe prestar, la Iglesia, precisamente porque está obligada a articular fe y razón (Concilio Vaticano I), debe operar con sensatez. Benedicto, enfermo y sin fuerzas, actúa con la razonabilidad de un cristiano que cree que la fe en el Creador le exige actuar conforme a razón que Él le ha dado para usarla sin miedo a equivocarse.

 ¿Constituye su renuncia una abdicación de la cruz? Para Juan Pablo II lo habría sido. No nos toca juzgarlo. Si en conciencia, como pensamos, Dios le ha pedido algo así como: “sigue hasta el final porque esta será la manera en la cual tú debes participar en el misterio pascual”, bien ha hecho en llegar hasta el final como llegó. Desecho. Sin decidir, sin gobernar. Quedando el mando de la Iglesia entregado a otras personas. Juan Pablo II pudo haberse equivocado en su discernimiento. Los papas también se equivocan. Pero tampoco podemos excluir que Dios, que supera con mucho nuestros planes, le haya pedido no renunciar.

 El caso es que Benedicto, nos consta, sí ha querido obedecer a su conciencia y en ella Dios le ha pedido lo contrario. Probablemente le ha dicho: “para gobernar la Iglesia se necesitan actos y palabras, oración y sufrimiento. Tú has sufrido. Seguirás sufriendo. Seguirás sufriendo por la Iglesia, no solo por el deterioro de tu salud. No te relevo de continuar sirviendo a la Iglesia. Retírate, pero sigue rezando, sufriendo, pensando…Hazlo hasta que puedas. Pero la Iglesia necesita ser gobernada con la cruz y la razón. No solo con la cruz. En este momento histórico, en tú caso, que irás perdiendo poco a poco la mente, creo que es razonable que haya otro Papa. Renuncia”.

 No podemos juzgar interioridades. Pero, a mi parecer, en este punto, Benedicto XVI ha sido superior a Juan Pablo II. Juan Pablo II identificó su cruz con la cruz de Cristo, dejando entregada la Iglesia al desorden, a los pillos y a las luchas por el poder; en suma, a la irracionalidad. Benedicto XVI, por el contrario, ha visto que la misión de la Iglesia no es otra que la misión de Cristo, el Siervo que ha proclamado la llegada de un reino cuya razonabilidad es la del amor, y no la del sacrificio por el sacrificio. El amor, que suele ser arduo, que no opera más que a través del discernimiento y el control de las fuerzas. El Papa Benedicto, talvez sin quererlo, simplemente practicándolo, nos ha recordado que el amor y la razón van de la mano.

 Esta es mi opinión. Personalmente me inclino por Benedicto. Me es convincente su manera de tomar decisiones y la decisión tomada. Sin embargo, me veo obligado a ir aun más lejos. Si, como Benedicto, le doy suma importancia al respeto de la conciencia de las personas, no puedo excluir que otras personas, con otros esquemas mentales, con otras culturas y en otras circunstancias, lleguen a decisiones diferentes. Lo decía más arriba. Nadie puede impedir que Dios pida acciones distintas a personas distintas. A decir verdad, creo las respuestas al querer de Dios han de ser siempre únicas. Supongo que, mientras más difíciles, serán más originales, porque la originalidad del cristianismo es expresión de la originalidad de la relación que cada creatura tiene con su Creador.

 En suma, celebro la decisión de Benedicto y el modo suyo de tomar decisiones en conciencia. Creo que el Pueblo de Dios anhela que la Iglesia establezca o sugiera los vínculos entre el amor y la razón. Por todas partes detecto el deseo de una Iglesia acogedora y acompañante; que no imponga, sino que ayude a las personas a decidir sobre sus vidas.

 Por lo mismo, me parece sumamente rica la comparación entre los dos papas. ¿Por qué excluir que ambos hayan actuado bien? Independientemente de los resultados efectivos, toda persona que actúa con libertad responsable, esto es, con una libertad que “responde” a la propia conciencia, actúa correctamente

 Este campo de posibilidades augura un hermoso futuro para los católicos. Celebro, una vez más, la decisión de Benedicto. El no se dejó llevar por un precedente de 600 años. Lo rompió. Nos sorprendió a todos. Los actos verdaderamente libres son sorprendentes. Aplaudo su libertad y su seriedad. La Iglesia espera de sus pastores, en este momento de profunda crisis, gestos y decisiones de gran responsabilidad.

La eucaristía, sacramento de misericordia

La Eucaristía ha sido llamada el “sacrificio”. La referencia es obvia a la muerte de Jesús en la cruz. Lo que no es tan evidente es el significado correcto que ha de darse al “sacrificio” de Jesús como para que la Iglesia, al celebrar la Eucaristía, no festeje un asesinato. La crucifixión de Jesús, hechas las debidas precisiones, es el “sacrificio” del amor y la Eucaristía, por ende, constituye el sacramento del amor por excelencia. Esta ha de revivir el camino de Jesús a la cruz, como el de un hombre que reclama contra una injusticia y representa a todos quienes son estigmatizados como culpables siendo inocentes.

 A continuación me centraré solo en un punto de este delicado tema: la actitud de Jesús ante su muerte inminente. Después de lo cual sacaré algunas conclusiones para entender mejor la Eucaristía.

 La muerte de Jesús: ¿sacrificio o asesinato?

 El sacrificio de Cristo, si no se entiende correctamente, puede terminar significando lo contrario[1]. Si no se entiende que el sacrificio de Cristo consiste en la entrega de amor de Jesús a la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias, puede terminar significando un acto ciego, indiferente a las razones históricas que lo han provocado; puede ser considerado un acto compensatorio para reparar el dolor con dolor; puede hacernos pensar que lo único cuenta es que el Hijo haya muerto en la cruz (lo cual resta sentido a la predicación que Jesús hizo del Reino); puede, en definitiva, inducir a pensar en un “pacto secreto” o una “connivencia” de orden providencial entre Caifás y el Padre de Jesús. Dado que Caifás recomendaba la muerte de uno, Jesús, para salvar a la nación (de la amenaza de los romanos), Dios habría agradecido este gesto como sacrificio de un ser humano inocente, su Hijo, para otorgar el perdón de los pecados. Pero, ¿necesitaba Dios de una víctima de la violencia para salvar? Si en algún sentido la Eucaristía celebrara el crimen de Caifás, estaría celebrando exactamente lo contrario. Pues Cristo en cruz desenmascara la crueldad de las autoridades contra los “chivos expiatorios”[2], los inocentes que las agrupaciones humanas (sociedades, familias, escuelas, etc.) neutralizan para conservar la paz. (El bulling es hoy el caso más nítido).

 Mal que nos pese, en el Antiguo Testamento muchas veces la violencia tiene un valor sacro. Allí, el mismo Señor de Israel puede ser violento. Tomo el caso de un texto maravilloso, pero peligroso: el Siervo Sufriente de Isaías 53. Esta figura ha sido aplicada a Cristo para entender su sacrificio (cf., Hch 8, 32-35). El problema es que, como toda aplicación metafórica, en parte acierta y en parte no. A mi juicio, Isaías 53 es útil para referirse a la inocencia de Jesús. Él es el Hijo que cumple a la perfección la voluntad del Padre. Es el Siervo que acata la voluntad de Dios aunque le cueste la vida. El carga con los efectos mortales de los pecados de la humanidad, en vez de traspasar los males a terceros. El Siervo no se venga ni se desquita contra los que lo hieren cruelmente. Pero, a mi parecer, es obligatorio apartarse del otro aspecto de la metáfora: el texto nos dice que Dios hace pedazos al Siervo  para el perdón de los pecados.  Se afirma:

  “Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco que él abrió la boca” (Is 53, 6-7).

 “Mas plugo al Señor quebrantarle con dolencias. Si se da asimismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca al Señor se cumplirá por su mano” (Is 53, 10).

 La imagen de Dios que surge de este texto es la de alguien que, para salvar, castiga. En este caso el Señor castiga a su Siervo que carga con la culpa de los demás. La aplicación de este tipo bíblico a Jesús se ha comprendido apresuradamente. ¿Encaró Jesús la muerte como un borrego humillado por Dios y por los hombres, sin quejarse ni abrir la boca como nos dice Isaías 53? Una lectura desatenta de la Escritura induce a reconocer en Jesús la pusilanimidad del Siervo; y, por otra pare, a pasar por alto las aristas de la real actitud de Jesús ante la cruz inminente.

 Pues bien, en la historia del cristianismo este y otros textos del Antiguo y Nuevo Testamento han sido utilizados para sustentar teologías aberrantes sobre el sacrificio de Cristo. Las teorías expiatorias han marcado la teología cristiana especialmente durante el segundo milenio con penosas consecuencias. Roberto Daly, uno de los expertos en el tema, distingue cuatro pasos que se repiten en estas teorías: (1) el honor de Dios fue dañado por el pecado humano; (2) Dios demandó una víctima sangrienta inocente / culpable que pagara por el pecado humano; (3) Dios fue persuadido de cambiar el veredicto divino contra la humanidad cuando el hijo de Dios ofreció cargar con el castigo de la humanidad y; (4) la muerte del Hijo funcionó de este modo como un pago; la salvación fue comprada. Daly concluye: “detrás de esto hay un imagen de Dios que es fundamentalmente incompatible con lo central de la autorrevelación del Dios de la Biblia amoroso y compasivo”[3].

 Bien vale detenerse en extenso en textos evangélicos que nos hablan de una actitud muy distinta de Jesús ante su muerte inminente. Ellos cierran absolutamente las puertas a justificar/sacralizar la violencia que se ejerce en contra suyo. Por el contrario, su actitud desenmascara el intento de hacer pasar su crimen como una necesidad salvífica metafísica. Jesús no va al patíbulo como oveja al matadero. Lo humillan, pero el no interioriza la humillación a modo de virtud. No se autocompadece.

 Dice Lucas:

 “Entonces Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los oficiales del templo y a los ancianos que habían venido contra Él: ¿Habéis salido con espadas y garrotes como contra un ladrón? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas ésta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas” (Lc, 22, 52).

 “Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al consejo, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy” (Lc 22, 66).

 “Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices” (Lc 23, 3).

 “Cuando le llevaban, tomaron a un cierto Simón de Cirene que venía del campo y le pusieron la cruz encima para que la llevara detrás de Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí, vienen días en que dirán: ‘Dichosas las estériles, y los vientres que nunca concibieron, y los senos que nunca criaron’. Entonces comenzarán a decir a los montes: ‘caed sobre nosotros’; y a los collados: ‘cubridnos”. Porque si en el árbol verde hacen esto, ¿qué sucederá en el seco?” (Lc 23, 26).

 “Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y echaron suertes, repartiéndose entre sí sus vestidos” (Lc 23, 33).

 Dice el Evangelio de Juan:

 “Entonces Judas, tomando la cohorte romana, y a varios alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allá con linternas, antorchas y armas. Jesús, pues, sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Ellos le respondieron: A Jesús el Nazareno. Él les dijo: Yo soy. Y Judas, el que le entregaba, estaba con ellos. Y cuando Él les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús entonces volvió a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús el Nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; por tanto, si me buscáis a mí, dejad ir a éstos” (Jn 18, 3).

 “Entonces el sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas. Jesús le respondió: Yo he hablado al mundo abiertamente; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. Cuando dijo esto, uno de los alguaciles que estaba cerca, dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal; pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?” (Juan 18, 19).

 “Entonces Pilato volvió a entrar al Pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús respondió: ¿Esto lo dices por tu cuenta, o porque otros te lo han dicho de mí?” (Jn 18, 33).

 “Pilato entonces le dijo: ¿Así que tú eres rey? Jesús respondió: Tú dices que soy rey. Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37).

 “Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, se atemorizó aún más. Entró de nuevo al Pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato entonces le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte? Jesús respondió: Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba; por eso el que me entregó a ti tiene mayor pecado” Jn 19, 8).

 Estos textos nos hablan de algo muy distinto de lo que se nos dice en Is 53. Jesús no va a la muerte como quien acata la voluntad de un Dios que necesita un “sacrificio humano” para perdonar los pecados. No se dice que Dios lo sacrifique. Dan más bien la impresión de un Jesús sustentado globalmente por su Padre. Jesús habla, no va mudo. Se queja, argumenta, increpa, se muestra desafiante, casi altivo. Le pegan por insolente. Trata de igual a igual a cualquiera. No lo llevan como a un explotado, sino como a un “Señor”. Él es siervo porque cumple la voluntad de Dios, no porque soporte que abusen de su dignidad. No cede al poder despótico. Su virtud no está en aguantar las ofensas, sino en la valentía para enfrentar a las máximas autoridades religiosas y políticas, y a sus policías y soldados. Va a la muerte como alguien consciente de su inocencia, encarando a sus adversarios por la injusticia que están cometiendo contra él. ¿Se podría inferir de estos textos que Jesús creyó ser la mejor de las víctimas ofrecidas a una Divinidad que –como en el film de Mel Gibson- necesita sangre para vengar la sangre?

 De hecho la solución de Caifás es política. El Sumo Sacerdote había dicho “es mejor que muera uno a que perezca toda la nación” (Jn 11,50; cf. 18,14). Que los cristianos hayan visto en esta misma muerte la salvación de Dios debe entenderse solamente en el sentido contrario. El evangelista Juan ironiza de Caifás. Este, para salvar a Israel, quiere matar a Jesús. Jesús, para que el reino de Dios llegue, reclama su inocencia. René Girard dirá que Caifás hace de Jesús el “chivo expiatorio”, a saber, el inocente clásico en contra de quien personas y multitudes descargan la violencia que amenaza destruir el cuerpo social. Esto no se habría sabido, dirá Girard, si en la cruz no se hubiera revelado una lógica nueva y que, desde entonces, fecunda el planeta a favor de las víctimas inocentes. Esta es, la lógica del amor que pone al descubierto que, lo que hace Caifás, arrastrando tras de sí a los demás, constituye el verdadero pecado. La resurrección de Jesús, experimentada como justicia por los testigos que pudieron sustraerse a la opinión sacrificialista predominante, constituye el juicio de Dios contra Satán, el “Acusador”. Pues el Espíritu del Resucitado, el “Paráclito” (= Abogado), da testimonio de Jesús en contra del Sanedrín, las veces que los discípulos recordaron el triunfo de Dios sobre la injusticia (cf., Hch 10, 34-43). Ellos comprobaron que la lógica revelada en la cruz era la misma de la del pastor que, por salvar a la oveja descarriada, es capaz de arriesgar a las noventa y nueve restantes (cf., Lc 15, 4-7).

 De aquí que, si Dios es amor (cf., 1 Jn 4, 8), el cristianismo debe entender el sacrificio de Jesús, en primer lugar, como la entrega/asesinato de un inocente. Y, solo en cuanto esto no se olvida, debe también recordarse como entrega libre del mismo Jesús a la voluntad de salvación gratuita del Padre. Fuera de estos cauces, la versión litúrgica del sacrificio cristiano podría experimentar una “desconversión”[4]. En este caso, el mecanismo del “chivo expiatorio” (condena de inocentes para salvar a los culpables) adoptaría una articulación eucarística perversa (acción de gracias a Dios por el crimen de Jesús).

 El sacrificio, ¿en mesa o en ara?

 Normalmente la categoría de “sacrificio” refiere a un acto del hombre a favor de Dios. El sacrificio cristiano, en sentido estricto, se funda en el sacrificio de Dios a favor del hombre. En palabras de B. Sesboüé: “… hay que decir que el sacrificio de Jesús es ante todo y sobre todo un sacrificio que Dios hace al hombre, antes de y a fin de poder ser un sacrificio que el hombre hace a Dios”[5]. En consecuencia, la Eucaristía es acción de gracias por el amor gratuito de Dios manifestado en Cristo Jesús. Fuera de estos términos, la Eucaristía corre el riesgo aliar a Dios con Caifás, con Judas, con Pilatos y con los demás personajes de la tragedia de la cruz, como si juntos, y sin distinción alguna, se hubieran puesto de acuerdo para reconciliar a la humanidad mediante la entrega de Jesús. Y si, peor aun, y para cerrar el círculo, Jesús se hubiera auto-inmolado. Fuera de los términos mencionadas, la Eucaristía se convierte en su contrario.

 El Concilio de Trento estableció que la Eucaristía es sacrificio (DH 1743). Pero no hace las distinciones necesarias para no malinterpretar su significado. En nuestra época, por ejemplo, “sacrificio” es el entregarse amoroso de una madre por sus hijos; pero también los costos sociales pagados por multitudes a favor de la concentración de la riqueza.

 La equivocidad de este término puede hacernos creer que Jesús es el “chivo expiatorio” cuyo sacrificio la Eucaristía rememora para que Dios perdone los pecados, como si fuera un animal que se descuartiza sobre un ara. La Eucaristía no está en línea de continuidad con los sacrificios aztecas u otros parecidos.

 Para la Iglesia la Eucaristía ciertamente es sacrificio, aunque Jesús no use este término para expresar el sentido de su propia muerte. Si nos atenemos a las palabras y gestos que Jesús usó a este efecto, hemos de considerar la Eucaristía, sobre todo, como la Cena del Señor. Esta clave de lectura de la Pasión del evangelista Juan es menos equívoca para enseñarnos en qué consiste el amor de Dios. También Trento radica el sacrificio en la Cena. Es en la Última Cena que Jesús revela, a través del lavado de pies, el significado de la cruz inminente. Ella será amor, porque es Jesús que se entrega hasta el final en servicio a sus discípulos. Pero ella será también recuerdo de un crimen. Su celebración inhibirá a los cristianos de pretender salvar la sociedad mediante la violencia. El evangelista Juan aterriza cristológicamente el mandamiento principal de Israel. Se ama a Dios, amándose los discípulos entre ellos como (Jesús) los ha amado (cf., Jn 15, 12).

 Por otra parte, en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas de la Última Cena, Jesús asocia su entrega pascual al pan y al vino que él da a sus discípulos y que ellos han de partir y compartir en memoria suya. En este caso la cena ha de continuar la práctica de Jesús de comer con los excluidos (pobres, pecadores y fracasados) y de esta manera anticipar el banquete del Reino en el que triunfará definitivamente el amor de Dios. Nos parece que entonces se entenderán a cabalidad esas otras palabras proféticas de Jesús: “Id, pues, a aprended qué significa aquello de: Misericordia quiero y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9, 13). No es que los templos, los sacerdotes y el sacrificio eucarístico pierdan su importancia. Estos son los instrumentos sacramentales del amor secular de Dios manifestado puertas afuera de Jerusalén por Jesús y por aquellos que, como Jesús, aman a Dios toda vez que se aman y se perdonan como hermanos.

 La Eucaristía, en consecuencia, tiene que ser memorial de la Cena y de las cenas que Jesús tuvo con aquellos que merecían misericordia, porque ellas recuerdan la causa ulterior del asesinato de Jesús: el advenimiento de la salvación gratuita para aquellos que creen que Dios es Padre. Las autoridades religiosas no pudieron tolerar que Jesús comiera con publicanos y pecadores, socavando su tinglado religioso de premios y castigos (cf. Lc 5,30).

 La Eucaristía, en definitiva, debe recuperar la historia de Jesús. Debe ahondar en la figura histórica real del Cristo que anuncia el reino a los pobres y a los pecadores, y que por esto lo matan. Si olvida las vicisitudes históricas conflictivas de la salvación, la Eucaristía puede terminar significando su contrario. A saber, la acción parricida de un Dios capaz de sacrificar a su propio Hijo, inocente, para salvar a la humanidad pecadora. Este mito metafísico no suscitará jamás una glorificación auténtica de Dios, sino solo una fe y un amor interesados y llenos de miedo. La violencia no salva. La violencia se devora a sí misma. “Jesús es el único hombre que alcanza el fin asignado por Dios a la humanidad entera, el único hombre en esta tierra que no debe nada a la violencia y a sus obras”[6].  Sirvan las mismas palabras de Jesús para concluir la diferencia: “Si supierais qué significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, no condenaríais a los inocentes” (Mt 12, 7). La Euraristía, en resumen, ha de significar la misericordia de Dios con los pecadores y con los que son tenidos por tales, siendo inocentes.


[1] Bernard Sesboüé et al, Salvador del mundo. Historia y actualidad de Jesucristo. Cristología fundamental, Salamanca 1997, 115ss.

[2] Cf., René Girard, El chivo expiatorio, Barcelona 2002.

[3] Robert J. Daly Sacrifice unveiled, New York 2009, 179.

[4] Cf., Bernard Sesboüé et al, Salvador del mundo. 115ss.

[5] Bernard Sesboüé, Jesucristo el único mediador, Tomo II, Salamanca 1990, 233.

[6] René Girard, El misterio de nuestro mundo, Salamanca 1982, 245.

La humanidad de Jesús

Jesús, en síntesis, quiere decir que Dios es humano. Humano por compartir nuestra vida y destino. Humano por amar y sufrir por la humanidad hasta el extremo. Jesús ha sido hombre mucho más que nosotros. Tan hombre como solo Dios puede serlo. Pero a unos cuesta entender que su divinidad no menoscabe su humanidad  y, a otros, que un hombre como él pueda ser divino.

 Jesús es tan divino, se piensa, que no ha podido ser muy humano. Sucede también lo contrario. Hoy hay tal certeza de su humanidad que resulta difícil creer que ha podido ser Dios. La Encarnación del Hijo de Dios es un auténtico misterio. Es arduo para el pensamiento hacerse a la idea de reunir en una sola persona dos magnitudes -la divinidad y la humanidad- que parecen competir entre sí. Pero en Jesús, Dios no compite contra la humanidad, compite contra el pecado para salvar a  la humanidad del sufrimiento y de la muerte. La divinidad no predomina sobre la humanidad de Jesús. La perfecciona. El hombre del corazón apasionado y traspasado, Jesús, más que cualquier otra revelación, devela cómo es verdaderamente Dios y cómo se llega a ser hombre en plenitud.

La psicología de Jesús

Sea para nosotros Jesús un hombre divino, sea un Dios humano, no será fácil explicar cómo se articulan en la unidad psicológica de la persona del Hijo de Dios estos dos aspectos suyos, su humanidad y su divinidad. Su psicología humana es expresión de su “psicología” divina, pero Jesús solo humanamente se ha sabido el Hijo de Dios. El tema ha sido debatido en la historia de la Iglesia y continuará siéndolo. Hablar de su psicología sería un completo despropósito si no contáramos con algunas definiciones teológicas de la Iglesia. La enseñanza de los concilios, que interpretan la revelación en las Escrituras, nos permite hacer algunas inferencias. Hacerlas, no por curiosidad o divertimento. Nos interesa el perfil humano de Jesús para comprender nuestra propia humanidad.

Los Evangelios nos cuentan que Jesús fue admirable por su sabiduría y autoridad. Pero, ¿cómo pudo saber un hombre que nace en una pesebrera, sin hablar ni entender palabra, que él es Dios? ¿Lloraba para parecer hombre o porque efectivamente era falible? ¿Ignoraba su futuro? Bernard Sesboüé, destacado cristólogo contemporáneo, se interroga: “¿Cómo Jesús, en el curso de su vida humana pre-pascual, ha tomado y ha tenido conciencia de ser el Hijo de Dios?”.

Se equivocó Santo Tomás al conceder a Jesús de Nazaret la llamada “visión beatífica” de Dios, el conocimiento y la fruición de Dios propios de los bienaventurados en la gloria. El Hijo de Dios ha compartido en serio, y no en apariencia, nuestra historicidad. Los teólogos actuales se esfuerzan por combinar dos asuntos difíciles de compatibilizar: que Jesús ha llegado a saber históricamente, por una evolución intelectual e incluso espiritual, dirá von Balthasar, aquello que en virtud de su persona divina ha sabido desde siempre. Esto es, que su identidad era tan divina como humana; más precisamente, que su persona divina hacía de él un hombre auténtico y profundamente humano. Para explicarlo, Karl Rahner sustituye el concepto de “visión beatífica” por el de “visión inmediata” del Padre. Según Rahner, Jesús ha llegado a saber objetivamente (por medio de la experiencia y el lenguaje humano) lo que subjetivamente ha intuido desde su concepción (su ser uno con el Padre). En Jesús se ha dado una orientación radical al Padre, que le ha hecho conocer su ser persona divina y su misión trascendente desde la Encarnación, pero fue necesario que él tematizara este conocimiento a-temático en la medida que crecía y desarrollaba su vida. De modo semejante, los hombres intuimos nuestro destino trascendente. Algo parecido a esto, pero no lo mismo, sucede con el niño en la cuna: aún no tiene cómo decir lo que le pasa, pero algo le pasa, y tratará de hacerse entender gritando o riendo.

Hemos de pensar que la orientación absoluta de Jesús a Dios, a Dios como amor, constituyó el principio radical del aquel conocimiento de sí mismo y de toda la realidad, que el Espíritu, a lo largo de su vida, fue actualizando paso a paso. Este, según los teólogos, sería el “conocimiento infuso”, un conocimiento como el de los profetas o los visionarios que, en el caso de Jesús, le ha permitido comprender todo lo necesario para nuestra salvación.

Por último, en consecuencia, ha de reconocerse en Cristo un “conocimiento adquirido”. Por este cualquier ser humano se apropia experiencialmente del mundo. Su reverso es, por cierto, la ignorancia, la prueba y posibilidad de equivocarse. Por muy sabio que haya sido el niño delante de los doctores en el Templo, el mismo Lucas cuenta que “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52). La Epístola a los Hebreos señala que “aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer” (Hb 5, 8).

Jesús ha podido ignorar muchas cosas. ¿Cómo pudo saber que la tierra es redonda y que gira alrededor del sol? En ese tiempo todos pensaban que era plana. Nada dice el Nuevo Testamento, pero desde el momento que él mismo dice: “Mas de aquel día y hora (del juicio), nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mc 13, 32), hemos de imaginar que Jesús comparte con nosotros una ignorancia bastante significativa. Sin embargo, lo que no se puede decir es que Jesús haya tenido una ignorancia que le haya impedido saber quién era y cuál era su misión (Papa Gregorio Magno, año 600).

A propósito de su voluntad y libertad caben otras preguntas: ¿pudo Jesús decir a su Padre “Este cáliz yo no lo bebo” (cf., Lc 22,42)? ¿Pudo desobedecerle? ¿Pudo pecar? Y si no podía pecar, ¿qué clase de libertad tuvo?

El concilio de Calcedonia definió que  Jesús, el Hijo de Dios, era perfectamente Dios y perfectamente hombre. El concilio de Constantinopla III (años 680/681) aclaró que Jesús tiene una voluntad humana auténtica, y que opera en sintonía con las exigencias de la voluntad divina. Constantinopla III estableció que en Jesucristo hay dos actividades y dos voluntades, humana y divina respectivamente, contra el parecer del Patriarca Sergio y del Papa Honorio. Estos, por cerrar toda posibilidad de pecado en Cristo, exigían se reconociese nada más una actividad (Sergio) y una voluntad (Honorio), impidiendo -posiblemente sin intención- que nuestra salvación fuese querida y actuada por el mismo hombre.

El concilio, sin embargo, no explicó cómo se adecuaba perfectamente la voluntad humana de Jesús con la voluntad de su Padre. Se limitó a afirmar los datos fundamentales de la revelación: la integridad de la humanidad de Jesús y su carencia de pecado (cf. Hb 4,15). También otros concilios insistirán en que Jesús no pecó ni tuvo pecado original (Toledo el año 675 y Florencia el 1442). Se dirá, además, que no participó de nuestra concupiscencia (Constantinopla II el 553), aquella consecuencia del pecado que, no siendo pecado, persiste incluso en los bautizados, inclinándolos a pecar (Trento el 1546).

El Salvador no pecó, fue inocente. Pero conoció la tentación, aunque la suya no fue como la nuestra, contaminada de concupiscencia. La Epístola a los Hebreos señala que fue “tentado en todo igual que nosotros” (Hb 4,15). Pero, ya fueran las tentaciones mesiánicas del desierto (cf. Mt 4, 1-11) ya la de Getsemaní (cf. Lc 22, 29-46), Jesús las rechazó para hacer la voluntad de su Padre.

¿Cómo explicar la libertad de Jesús frente a su Padre? Conviene distinguir dos aspectos de la libertad: la libertad como libre arbitrio y como autodeterminación en razón del amor. Gracias al libre arbitrio, como en un supermercado, “elegimos” entre diversas posibilidades mejores y peores, inocuas desde un punto de vista ético. Pero existe una libertad más profunda, la de  “elegirse” y “aceptar ser elegido” para un bien mayor: la libertad de los que nos esclaviza para escoger lo que verdaderamente nos realiza: el amor interpersonal, una sociedad justa… Jesús ha gozado de libertad plena, de ambas libertades. Pero en su caso es tanto lo que Jesús ama la voluntad de su Padre, consistente en el predominio de su inmensa bondad, que no ha podido elegir otra cosa que dar su vida por amor. ¿Acaso podríamos convencer a un enamorado empedernido que su querida no le conviene, que mejor piense en otra? Imposible. Recordemos también en la tenacidad de los santos…De modo semejante, en virtud de su libre arbitrio Jesús ha podido elegir entre diversas posibilidades que favorecían la consecución de su misión. Pero respecto de su misión su autoderminación fue completa.  Por su amor extraordinario a su Padre y a nosotros, Jesús vivió absorto en su misión y no pudo sino llevarla a cumplimiento por la entrega de su vida.

La misericordia de Jesús

Hemos argumentado como si fuese necesario probar que Jesús fue hombre. Si esta óptica es comprensible entre los fieles creyentes absortos en la sublimidad del Señor, ella suele ser incomprendida por la mentalidad contemporánea que se pregunta más bien cómo ha podido Jesús ser Dios. En adelante destacamos cómo la perfección de la humanidad de Jesús no consiste principalmente en haber compartido en todo nuestra naturaleza humana, sino en haberla puesto en juego hasta la muerte, revelando de este modo cuál es su sentido e, indirectamente, cómo es el Dios que promueve su realización definitiva. Esperamos así dar razón de cómo Jesús es Dios y de cómo el hombre llega a ser realmente hombre. De paso nos haremos una idea de cómo Dios es Dios.

En el lenguaje corriente, se dice de alguno que es humano porque es frágil, porque peca e reincide en su pecado. Pero también se dice que es humano alguien cercano a las demás personas, porque tiene capacidad de comprender y de perdonar al caído. “Humano” porque, sin ser cómplice, se involucra con las penalidades del prójimo y, para ayudarlo a superarlas, comparte su destino. Este concepto de humanidad se aplica a Jesús antes que a nadie. Porque, si asumiendo una psicología humana con todas sus posibilidades y limitaciones Jesús es uno más de nosotros, en tanto hizo entrar personalmente en la historia el amor compasivo de Dios no fue uno más, sino el mejor de todos. Es Jesús misericordioso, y no el promedio de los hombres, lo que determina qué significa “ser humano”.

Atendamos a su historia. Jesús centró su predicación en el anuncio del reinado de Dios: la cercanía de la bondad inaudita e incomprensible de Dios. Jesús vivió para su Padre y para el reinado de la bondad de su Padre entre nosotros (cf. Mc 1, 14-15). Los destinatarios primeros de este Reino fueron los pobres y los pecadores.

Jesús predicó el Reino a los pobres (cf. Lc 4, 14-19). El nacimiento pobre de Jesús en Belén no es un dato circunstancial de su vida, sino que constituye todo un símbolo de una humanidad compartida con los preferidos de Dios (cf. Lc 1, 46-56). Jesús se identificó con los pobres. Los “pobres de espíritu”, al igual que Jesús, alcanzan la perfección evangélica más que en no cometer errores, más que en no experimentar la duda y el sufrimiento, conmoviéndose, confundiéndose con las víctimas de la “inhumanidad” y actuando en favor de ellas. La perfección evangélica ama incluso al enemigo, consiste en ser “misericordiosos como Dios es misericordioso” (Lc 6, 36).

Jesús también ofreció el Reino a los despreciados por pecadores, aquellos que no estaban en condiciones de cumplir con el moralismo de los fariseos y a los que violaban la Ley sin más (cf. Lc 5, 29-32). Prueba de la gratuidad del Reino es que se ofrece precisamente a quienes no tienen ni bienes ni obras que intercambiar por él. Pero Jesús va todavía más lejos. Sin abolir la Ley, trasgrede la letra de la Ley cuando su rigidez atenta contra su sentido benigno originario (cf. Jn 8, 1-11).

Nada ilustra mejor la humanidad de Jesús que los amigos que tuvo y los lugares que frecuentó. Se rodeó de los marginados de su época. A sus discípulos los escogió de entre todo tipo de personas, principalmente gente humilde. Tuvo incluso discípulas mujeres, insólito en la antigüedad. Se le acusó de “comilón y borracho” porque tomaba y bebía con gente de mala fama, y se lo despreció por codearse con publicanos y dejarse acariciar por prostitutas (cf. Lc 7, 33-50). Jesús anticipó el sentido de la Eucaristía compartiendo la mesa con los “malditos”, los pecadores y los pobres. Los fariseos, en cambio, comían entre ellos, los “justos”.

Con esto, Jesús, no avalaba la miseria moral. Con su conducta se nos ha revelado que el misterio de la Encarnación se verifica muy por dentro y no por encima de la historia humana. El mal, para Jesús, no se extirpa sin conocer en carne propia sus efectos, como tampoco se disipa el dolor sin dolor. Jesús “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29), como un mísero, inaugura el Reino liberando de unos y otros males, pero sin suprimir en sus beneficiarios la inexcusable respuesta personal. Si la bendición del Reino no se impone a los pobres, mas requiere de ellos la aceptación voluntaria, la maldición de Jesús a los ricos ha de entenderse no como una condena (cf. Lc 6,24-26), sino como  un llamado al arrepentimiento.

El mesianismo de Jesús fue diverso de los mesianismos  de sus contemporáneos. El proyecto de Jesús de la prevalencia de Dios no aparecería en la historia sin sus destinatarios, a la fuerza y por obligación, pero tampoco sin hacer suyas las consecuencias de su rechazo y el misterio del mal puro y simple. En la medida que Jesús pretendió derechamente la erradicación del egoísmo y la miseria, no tuvo más alternativa que cumplir su misión como el Siervo humilde y sufriente de Isaías, que eliminaría el mal cargando con él. En tanto Cristo subvirtió la religiosidad de su época rebelándose contra la distorsión de la Ley y del Templo, debió atenerse a las consecuencias. Su muerte “era necesaria” (Lc 24, 26). No porque estuviera programada. Jesús no fue a ella como un autómata. El dio su vida, no se la quitaron (cf. Jn 10, 18).  “Era necesaria”, dice la Escritura, en el sentido de que Dios ha querido a la humanidad al más alto de los precios. En su Hijo, Dios mismo se expuso a la terrible posibilidad de ser rechazado. Dios no ha podido sino amarnos. Dios no querido otra cosa que la vida de Jesús y la nuestra. Pero, para amarnos en serio, no pudo más que renunciar a su Hijo. A Jesús lo asesinaron. El Padre no quiso la muerte de Jesús ni la ejecutó. Pero trocó su significado. Al resucitar a Jesús, convirtió este crimen en la prueba de su perdón incondicional. No sacralizó la cruz, sino todo lo contrario. Con la resurrección, Dios hizo justicia a Jesús. Desacralizó, así, la inveterada costumbre de divinizar la violencia y las instituciones que la ejercen para, como diría Caifás, “salvar a la nación” (Jn 11, 50).

Jesucristo es el hombre. El Espíritu Santo extiende en la historia lo sucedido con Jesús. Dios salva la humanidad con el hombre Jesús, pero no sin nosotros. No sin nuestra opción libre, sino con nuestra libertad. Liberando nuestra libertad de su inclinación a la inhumanidad y del miedo a la muerte.

Conclusión       

El Concilio Vaticano II profundizó en la humanidad del Hijo de Dios, con el propósito de hacer universalmente comprensible la salvación: “Con su encarnación, Él mismo, el Hijo de Dios, en cierto modo se ha unido con cada hombre. Trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana y amó con humano corazón. Nacido de María Virgen, se hizo verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15) (Gaudium et Spes, 22). No por ser humano, Jesús ha dejado de ser divino. No debiéramos temer su humanidad. Más cuidado habría que tener con una concepción de su divinidad alérgica a la Encarnación. No para salvarnos de la humanidad sino de la inhumanidad, Dios ha entrado en la historia como un hombre verdadero y el mejor de los hombres. Las reticencias a aceptar que Jesús es hombre, más que salvaguardas de la fe son expresiones sospechosas de fe auténtica.

 Si no fuera por el hombre Jesús, por su comportamiento histórico y su rehabilitación final, no sabríamos que el pecado no forma parte de la naturaleza humana. Tampoco habríamos llegado a creer que Dios es inocente de su muerte y la de tantos otros que rezaron “Dios mío, por qué me has abandonado” (Mc 15, 34). Dos cosas para nada obvias. Gracias a Jesucristo conocemos quién es Dios verdaderamente y qué es lo que realmente humaniza. Por medio del hombre Jesús corregimos la idea de un “dios” abusador, justiciero o vengativo, y preservamos a la humanidad de lo que la deshumaniza.

 Pero, en definitiva, no basta creer en abstracto en la identidad de naturaleza del resucitado con nosotros ni tampoco basta conocer su extraordinaria actuación terrena. Es preciso tomar parte en su compromiso con la humanidad caída, identificándose con la pasión de su vida: su misión de anunciar la misericordia de Dios, rehabilitando a los pobres y perdonando a los pecadores. Esta es ya tarea del Espíritu: replicar de un modo creativo la praxis humanizadora y liberadora de Jesús de Nazaret, muerto y resucitado por anunciar el amor de Dios por todos (cf. Gaudium et Spes, 22).

 Jesucristo solidario y misericordioso, crucificado y resucitado es el Hombre. Mientras más este hombre influya en nosotros, más razones habrá para creer que Dios es bueno.

¿Qué haremos en la Iglesia…?

Los cristianos nunca hemos tenido una respuesta acerca de cómo será el futuro. Tenemos una esperanza. Pero no somos adivinos ni creemos que los haya.

Nuestra esperanza es el triunfo del Evangelio. Los cristianos, en momentos de grandes sufrimientos y sombras, practicamos la esperanza. Así anunciamos a los demás la Buena Noticia de Jesucristo.

Nuestra esperanza no es salvar la Iglesia. La Iglesia se salva cuando los cristianos aman el mundo. Ella renació todas las veces que hubo cristianos que amaron el mundo como Dios lo ama. Es necesario, por tanto, levantar la mirada. Observemos el país. Contactémonos hondamente con sus necesidades. Preguntémonos con audacia: ¿qué Iglesia necesita hoy nuestra patria? ¿El mundo actual? Reconozcamos que es difícil responder. Dejemos por un tiempo la respuesta entre paréntesis. Centrémonos en lo que los cristianos sabemos que es fundamental y que siempre, con la gracia de Dios, podremos practicar. En este recodo del camino en el que estamos, tres trabajos nos parecen importantes.

Un trabajo de diálogo

Necesitamos reflexionar sobre lo ocurrido. En esta sucesión de escándalos, no podemos cerrar los ojos hasta que todo vuelva a la calma. Tenemos que atacar los efectos en sus causas. ¿Por qué personas investidas del sacerdocio han abusado de menores? ¿Por qué sus autoridades jerárquicas han resuelto tan malamente estas situaciones? Necesitamos reflexionar, meditar y estudiar sobre lo que ha pasado para que nunca más una víctima sea desoída.

Pero esto no basta. Las aguas de la Iglesia están agitadas desde hace tiempo por otros motivos. No podemos quedarnos atrapados en el tema de los escándalos sexuales. Una reflexión a fondo sobre todos los temas difíciles exige un diálogo muy amplio. La Iglesia quiere ser significativa para Chile. Todos los chilenos, por tanto, tienen algo que decir de la misma Iglesia. El diálogo debe darse “entre nosotros” y “con los otros”. El diálogo, para que sea franco y sincero, debe darse no solo entre sacerdotes, no solo entre sacerdotes y religiosas, o entre sacerdotes, religiosas y laicos; ha de ser un diálogo entre compatriotas creyentes y no creyentes, con un origen y un desafío común: la patria compartida es anticipo de la patria eterna que los cristianos esperamos.

El diálogo “entre nosotros” no será fácil. Tenemos trabas, visiones distintas y posiciones tomadas. Talvez los obispos no pueden hacer los cambios que quisieran porque entre ellos no hay acuerdo en todo y dependen, además, de la comunión con la Iglesia universal, el Papa y los demás obispos. Es normal que así sea. Hacer avanzar una tradición de dos mil años requiere mucho esfuerzo y tiempo. Los sacerdotes nos vemos sometidos a fuertes tensiones, la principal de todas es tener una autoridad que progresivamente es desconocida por fieles que no siempre comparten la doctrina, la disciplina y un modo de organización eclesial que no les permite participar en las decisiones. El clero no puede expresar fácilmente su opinión sobre estos temas. Las religiosas sufren la falta de reconocimiento que nuestra sociedad hace rato sí está dando a las mujeres. No pueden incidir en las decisiones eclesiales en igualdad de condiciones que los sacerdotes. Son muchos los laicos que viven la frustración de no ser considerados. Experimentan la desafección, la desconfianza o tienen miedo de opinar. Muchos se sienten atropellados, algunos cierran filas y se radicalizan en posturas rígidas al ver cuestionada su fe. Otros están gravemente heridos por haber sido excluidos de la comunión eucarística dada una nueva relación de pareja tras un fracaso matrimonial. No pocos de ellos se perciben defraudados por la formación que recibieron al alero de la Iglesia y se ven tentados de desistir de todo intento de marcar la diferencia en un mundo hostil y que va dejando de ser cristiano.

Para que este diálogo “entre nosotros” sea posible, bien parece necesario oír primero a “los otros”, los no creyentes, los no católicos y nosotros mismos los católicos en cuanto no nos sentimos representados por la autoridad eclesial. El imperativo de anunciar el Evangelio a quienes no creen en él, raya la cancha de cualquier diálogo honesto sobre el país. Puesto que el Evangelio es para todos, nadie debiera quedar al margen o ser descartado por su opinión. Así creemos que se cumplirá el anhelo de una opinión pública en la Iglesia, reconocida como indispensable por los papas desde Pío XII en adelante. En la medida que el diálogo “entre nosotros” se dé encuadrado en el diálogo “entre todos”, el aporte de la Iglesia será relevante.

Para que este diálogo opere será necesario, en consecuencia, que los católicos participemos con libertad en el foro público abierto por los Medios de Comunicación Social, y que lo hagamos en las claves de comunicación que estos utilizan. Tendremos que procurar decir siempre la verdad, hablar sin recovecos, claro, pero con respeto. Tendremos que exponernos a la crítica y, por lo mismo, expresarnos de un modo autocrítico. Hemos de caer en la cuenta que no es mala voluntad que muchos no creyentes perciben a la Iglesia como algo completamente ajeno. La importancia del catolicismo dejó de ser obvio en la sociedad y la cultura.

Muchos católicos, además, tienen un duelo pendiente no reconocido y doloroso, después de haber sido parte activa de ella en otros tiempos. Pero también ha de recordarse que algunos se acercaron a Dios cuando la Iglesia, por una solicitud evangélica, salió en defensa de los perseguidos, independientemente de sus credos e ideologías. Fue hermoso, y puede volver a serlo; que haya gente que, aunque no crea en Dios, sí crea en la Iglesia.

Un trabajo de misericordia

La Iglesia habrá podido equivocarse muchas veces, pero ha sido infalible cuando ha amado a los pobres. Ella jamás ha fallado cuando ha atendido a los que lloran antes que a los que ríen, a los que no tienen que comer antes que a los que se cuidan para no engordar, a los que viven de fiado antes que a los que prestan con usura. Ella no debiera desentenderse de los usureros ni de quienes olvidan que hay familias que duermen entre tablas y cartones. Su misión es abrir las puertas del reino a todos, culpables e inocentes. A los inocentes, porque Jesús los representa. A los culpables, porque Jesús les ofrece el perdón de Dios. La Iglesia acierta con su misión cuando se pone del lado, saca la voz o sufre simplemente junto a las víctimas. Pero también cuando reconcilia a inocentes y pecadores.

En medio de esta crisis, debemos recordar que en América Latina nuestra Iglesia ha descubierto que en el corazón del Evangelio hay una opción de Dios por el pobre. Nos lo confirmó Benedicto XVI en Aparecida: esta opción es inherente a la fe en Cristo. No se puede ser cristiano si no se opta por el pobre.

Por esto, en estas circunstancias tan difíciles nos preguntamos: ¿quiénes son los pobres? ¿A quiénes afecta más la crisis de nuestra época? ¿Quiénes son los pobres en nuestra Iglesia?

Nuestra respuesta a estas preguntas es una sola: debiéramos ir a buscar a quienes sienten vergüenza de su pobreza, de su inadecuación social o moral en la sociedad o en la Iglesia. Mientras estas personas no encuentren un lugar en la Iglesia, el problema lo tenemos quienes nos hemos asegurado un puesto en ella. Hemos de ser nosotros quienes se avergüencen de no haber hecho lo suficiente por incluir a los primeros que Jesús incluiría.

También hemos de preguntarnos qué tienen los excluidos que aportar a la Iglesia. Si ellos entienden mejor que nadie qué significa el menosprecio, nadie como que ellos pueden indicarnos las vías de su propia dignificación. Ellos, que como víctimas o como culpables han pasado por la cruz del Señor, que han conocido su amor liberador, aprenden el Evangelio por sí mismos y no solo por un proceso pedagógico de transmisión de la fe. ¿No es exactamente esto, experiencias hondas de la propia miseria y del amor de Dios, lo que necesitamos para que nuestra Iglesia rebrote con fervor? Su voz debe ser oída con atención. Ellos tendrán mucho que decirnos a quienes talvez no hemos experimentado al Señor con tanto dolor. Quizás quieran también hacer descargos contra nosotros… Jesús reconoció autoridad a los excluidos: los oyó y obligó a los demás a escucharlos.

La fuerza misionera de la Iglesia Católica se comprueba cuando llega a los últimos. Mientras no vayamos a ellos, habrá que comenzar de nuevo.  El camino inverso de ir a quienes acumulan privilegios para, por su medio, extender una obra extensa de evangelización, no debe descuidarse. Pero hay que ser conscientes de que, por esta vía, se suele olvidar lo principal, se limpia la imagen de los más ricos y se incrementa su poder. Nada nos alejará más de la vocación a la universalidad de la Iglesia Católica, que el catolicismo burgués, máximamente cuando se da en grupos sectarios que se creen mejores y desprecian a los demás. Juan XXIII nos diría que la nuestra tendría que ser reconocida como “Iglesia de los pobres”.

Es un enorme motivo de esperanza que nuestra Iglesia no solo es misericordiosa con los pobres sino que ella misma, en la mayoría de los casos, es efectivamente pobre. El catolicismo es una religión que deja un amplio espacio a la devoción popular. Las comunidades cristianas de base han encarnado como pocas las directrices principales del Concilio Vaticano II y de las Conferencias episcopales latinoamericanas. El mismo clero chileno es modesto: carece de seguridades, rebusca los pesos, vive bastante solo y veces desamparado.

La tarea de la misericordia es decisiva y perenne. Una Iglesia pobre que ama a los pobres, que defiende a los perseguidos, que se indigna contra la injusticia, que saca la cara por los que esconden la cara y que parte el pan con los que fracasaron, es infalible. Todo lo demás es secundario.

Trabajo de conversión

 Necesitamos hacer cambios. No podemos esperar que otros lo hagan por nosotros. Sea que tomemos la iniciativa sea que nos toque colaborar en ellos, los cambios deben ser “nuestros”. Pero la tradición de la Iglesia desconfía del monje que quiere reformar el convento y no quiere reformarse a sí mismo. Los cambios que haya que hacer deben comenzar con nuestra conversión.

 También el diálogo para ser sincero y la misericordia para ser realmente desinteresada, necesitan un cambio en nosotros mismos. El diálogo se desprestigia cuando las partes no están dispuestas a entender la posición contraria. La misericordia también puede arruinarse cuando hace de la caridad con el prójimo un medio publicitario.

 El diálogo y la misericordia, como otras virtudes, piden de nosotros hoy “recomenzar de Cristo” (Aparecida, 12). Hemos de descender muy al fondo de nosotros mismos hasta encontrar al Señor ante quien podemos reconocer sin temor que somos míseros y que nuestra Iglesia sea miserable (Benedicto XVI). Somos pecadores. Debemos convertirnos. La conciencia de pecado es una gracia que debemos pedir para sanar nuestras heridas, corregir nuestras actitudes, enderezar nuestras inclinaciones y reorientar la vida por donde el Señor quiera llevarla.

 En las circunstancias actuales, hemos de reconocer, por ejemplo, que hemos mirado a la Iglesia desde fuera. La hemos criticado con facilidad. La hemos visto solo como una institución que necesita ajustes estructurales. No hemos recordado con ternura que ella es la Esposa de Cristo. No la hemos defendido como lo haríamos con nuestra madre.

 El individualismo ambiental nos atrapa. Nos hace pensar que es cosa de elegir la Iglesia, siendo que ella nos eligió a nosotros primero. ¿No fue por el bautismo que recibimos la libertad de los hijos de Dios? ¿Podemos decir tan sueltamente a la Iglesia “no intervengas en mi vida”? Hemos de reconocer que muchas veces supeditamos nuestra pertenencia a la eternidad a nuestra conveniencia inmediata. Regateamos con ella. Nos aprovechamos de ella, como quien explota una mina, la abandona cuando se agota el mineral y parte a buscar otros piques.

 La conversión que necesitamos nos exigirá  mucha contemplación. Será el Espíritu del Cristo resucitado quien nos cambie. Un trabajo de conversión requiere inquirir muy atentamente qué quiere Dios de nosotros. Tendremos que leer correctamente los textos. Los textos de la Sagrada Escritura en primer lugar. Cristo, el hombre del Espíritu, representa para nosotros el criterio máximo de cómo se vive en sintonía con Dios.

 Pero hay otros dos textos que también tendrán que ser leídos e interpretados. Uno es el texto de la historia personal: a cada uno el Señor le ha dicho algo único, que a nadie más le ha dicho. Todos somos originales ante el Padre. Cada cual debe descubrir en su propia historia el camino que Dios va haciendo, identificar el pecado propio, sufrir la imposibilidad que es uno para sí mismo y abrirse a la nueva vida que nos será dada.  San Pablo lo expresó muy bien al decir “por mí” el Señor murió en la cruz. Por otra parte, de la experiencia de haber sido resucitados en Cristo dependerá la construcción de un país y un mundo de hermanos, y de una Iglesia capaz de contribuir a esta causa.

 El otro texto es la historia colectiva. Son los acontecimientos de nuestra época, en los cuales hemos de auscultar los “signos de los tiempos”. Estos solo se descubren a la mirada contemplativa, a las mentes vigilantes, a las personas empáticas y conectadas con la vibración espiritual de su generación. El Espíritu que habilita a ver más adentro, es el mismo Espíritu que va gestando cambios colectivos significativos que representan un progreso en humanidad y que la Iglesia va reconociendo como el Evangelio a la medida de la época.

 A través de un ir y venir triangular entre estos tres textos, nuestra conversión podrá ser honda y responder a la pregunta por la Iglesia que el país necesita. Por medio de este trabajo contemplativo, podremos incorporar en nuestra conversión la posibilidad de que se desmorone lo que no da para más y, sin llorar, nos pleguemos a la acción del Espíritu que reforma y reconstruye la Iglesia a través de trabajadores espirituales.

 Las señales de una conversión a la altura de los cambios históricos serán la humildad y la creatividad. Ella consistirá en sumarse a la acción del Creador. No podrá ser nunca una obra voluntarística y menos un título que engrandezca el ego. Un quehacer que se aparte de la empresa recreadora de Dios, solo retardará la Iglesia que andamos buscando.

Expedición teológica del Teniente Bello

Los pájaros no construyeron pirámides ni rascacielos. Los hombres no se contentaron con tener como las aves dos ojos, dos oídos, corazón, patas y buche para qué decir, estómago y gusto por las frutas y los granos. Volaron. Imitaron a los cóndores. Estaba dentro de las posibilidades. ¿Hay acaso algo más humano que explorar los senderos conocidos y desbrozar los por conocer?

 Pájaros y hombres, semejantes y tan distintos. Hay homínidos que trabajan como chercanes y otros flojos como mirlos. Hay treiles, garzas, cisnes y flamencos dignos y elegantes como los eritreos. En alguna época muy cercana en la historia de un cosmos viejo en trece mil setecientos billones de años, fuimos agua y calor, cromosoma, célula, ameba, quién sabe qué. Ellos y nosotros quisimos ser pez y pescador. Y nos dio por volar, cuando ni siquiera plumas teníamos. Las aves lo pudieron primero, pero ni ellas ni nosotros hemos sido infalibles.

 Aún se recuerda que a inicios del XX, tal vez antes, no sé, hubo una gran mortandad de pájaros en Valparaíso, cuando el puerto daba gloria al pacífico sur. ¿Auguraban los pelícanos ciegos de hambre, muertos bajo las ruedas de los vehículos, el fracaso venidero de la ciudad? De muy lejos habían seguido un cardumen de peces cuyo rastro por alguna razón extraviaron. Se despistaron, enceguecieron de desnutrición, perdieron el vuelo y la vida. Murieron miles.

 Pero la pérdida del pájaro no es comparable con la pérdida del hombre. Los pájaros se pierden porque fueron dotados de radares que pueden fallar, de apetito exacto, pero no la posibilidad de renunciar a su vocación. Es cierto que hubo aves que exploraron más allá de su especie. El ornitorrinco todavía busca su identidad. Pero en su caso la aventura es pura adaptación, estrategia genética. Y los seres humanos, distintos, no son sólo estrategia, sino algo más. En la lucha generalizada y cruel por la sobre vivencia, los hombres ganan siempre. Sólo pierden la guerra contra sí mismos.

 Y la perdieron. Dios, el primer pajarero, compartió con Adán y Eva su oficio de ornitólogo. El Señor les dijo que mandaran a las aves del cielo, y lo hicieron. Les dio poder para darles un nombre, y lo hicieron. La humanidad heredó de Dios su capacidad mítica de crear con la palabra, llamando las cosas por su parentesco recíproco, jugando con los parecidos, bromeando con las comparaciones, riéndose de la cara de pato de algún cuñado.

 La humanidad perdió la guerra contra sí misma cuando emprendió el vuelo para llegar a ser Dios y dejar de ser hombre. Quiso asegurar la posesión de la verdad y se eximió encontrarla. Habiendo podido ser hombre y Dios a la vez, creyó el hombre en Dios para liberarse del nómade que camina a tientas, probando, equivocándose. Esta fue su perdición. El error no estuvo en querer volar, menos en soñar con las nubes. Bastaba ser humanos, profundamente humanos, nada más. Porque es divino volar y no hay que dejar de ser hombres para hacerlo. Pues el Creador quiso que empolláramos todas las posibilidades, menos una: la de copiar a los pájaros, jactándose de ángeles, para asegurarse y dominar a sus hermanos de travesía.

 Alejandro Bello voló, porque hacía millones de años que quería volar. La generación de Bello, Avalos, Godoy, Pérez Lavín, por los años de la mortandad de Valparaíso, cumplió el anhelo primordial de la especie. Intrépidos todos. Amaron el aire y al aire libre. ¡Altazores!  Estremecieron las galerías. Sacaron gritos a las doncellas. Ocuparon la página primera de los periódicos. Allanaron el camino a Aracena y a Saint-Exupery. Rehabilitaron a Leonardo. Desenmascararon a los mediocres. Atizaron la rabia de los que esperaron y esperaron el momento oportuno para minimizar sus hazañas.

 Porque fueron aves entre las aves, esa generación de voladores bautizó la máquina de “avión”. Fueron un escuadrón providencial de hombres aviones, de verdaderas aves humanas con alas de cartón, motores a ruido y ganas, muchas ganas de la aventura más soñada por siglos: mirar la tierra desde el cielo.

 ¿Fue Bello un pecador? Como todos. ¿Fue un pajarón? No ha faltado el frívolo que lo ha pensado. Chilenos y chilenas que nada saben del amor al riesgo, han creído que sí y así lo han enseñado a los más pequeños: “más perdido que el Teniente Bello”. Como si Alejandro se hubiera perdido accidentalmente. Se ríen de él. Pontifican contra los aventureros. El compatriota medio se ha burlado de Bello. Ha hecho de su recuerdo una caricatura para atacar a los ilusos. El terrícola asustado llama accidente al acto heroico, celebra al héroe cuando el héroe ya no lo llama a saltar al abordaje. Lo envidia porque el hombre, el verdadero hombre, el primer aviador, le abrió los cielos y no le perdonará nunca este exabrupto de hombría. Los connacionales han usado al Teniente Bello para atacar con su mención al despistado común y corriente. Con un chiste han mochado la punta de lanza de la antropogénesis.

 Bello no fue ningún despistado. Su muerte no fue un infortunio. Murió como los conquistadores tras la Ciudad de los Césares. Murió porque amó la vida. Murió como Mery antes que él y Menadier y Ponce después de él. Murieron porque le pareció bello volar. Volaron para hacer más hermosa la vida. Para vergüenza de los paisanos que pronto los olvidaron, que hoy vuelan con un whisky en la mano y se preguntan: “¿existió el Teniente Bello?”.

 Pero, ¿murió? Una anciana de negro vio ver caer su avión en las inmediaciones de Llo-lleo. ¿Lo vio? A ella no la vieron nunca más. ¿Una noticia inventada para vender más diarios? No consta que Alejandro Bello haya muerto. Su compañero de vuelo, el Teniente Ponce, desde otro avión y antes de aterrizar en los potreros de Buin, lo vio despedirse de él con un gesto cariñoso y perderse luego entre las nubes. Esta fue la última información que tenemos.

 Debemos reconocerlo. El caso del Teniente Bello es enigmático. Su pérdida, un misterio. Se puede pensar lo que se quiera, casi todo, de su destino y de sus intenciones. El aviador fue una rara avis. Porfiado como poquísimos, quiso cumplir la tarea de llegar a Cartagena y volver a Lo Espejo en 48 horas, cuando las señales climáticas eran adversas. Pocos años después el místico Cortínez, engañando al mando y con diarios en el pecho para aguantar el frío, cruzó de ida y vuelta la cordillera. Bello perteneció a esta raza de insolentes, siempre rara, que obedece a su vocación. Los más siguen la moda. Él, ellos, no. Alejandro entró en los nubarrones como un principiante, obedeciendo a su sola pasión.

 Hay pérdidas y pérdidas. Nadie quiere perderse porque sí. El adelantado desea algo, sigue su instinto a ciegas, quiere incluso el riesgo a secas, pero no se pierde por perderse. Nada hay peor, en cambio, que negar la propia perdición, jurar que se está en la verdad, imperar la propia óptica a los demás o quemar en la hoguera a los que, con su ejemplo de búsqueda, pudieran extraviar a los niños. Entre la Inquisición y los niños no hay entendimiento ni lo habrá nunca. Los infantes exploran, juegan, ensayan, mienten, porque aman solo la verdad.

 El niño Jesús se perdió en el Templo. Buscaba a Dios. Lo encontró. Por tres días sus padres no supieron dónde estaba. ¿Sabía Jesús mismo dónde estaba? ¿Le importó un bledo que María y José estuvieran preocupados con su pérdida? Su incorregible costumbre de no tener por divino algo que no fuera auténticamente humano, le costó a la larga la vida. En el Templo Jesús se supo hijo de un Dios que llamó Padre, porque lo autorizó a perderse. Los sacerdotes castigaron su blasfemia.  La religión no soportó tanta libertad. Multiplicando las cautelas, con una pena ejemplarizadora, las autoridades religiosas prohibieron su arrojo, su coraje, su fe.

 Se perdió Jesús. La mística es cosa de experiencia, de soledad. Y el día menos pensado, ¡de traición y de abandono! La falsa mística ofrece entusiasmo, revelaciones secretas, conocimientos difíciles. No soporta la ignorancia del que se sabe en camino. Para proteger a Dios, apaga la ignorancia del hombre de fe.

 La desaparición del Teniente no fue un accidente, está claro. Tampoco la de un suicida. Alejandro amó el cielo, lo buscó, lo tocó con sus manos. ¿Desilusionado fue a buscarlo más allá? ¿Aún busca un cielo que no es como lo imaginó? Las coordenadas han cambiado. Si él anda perdido, probablemente mucho más perdidos estamos nosotros, aves migratorias, que año a año volvemos a la rutina y al mismo rito gracias a un piloto automático.

 Las coordenadas cambiaron. Lo anunció Copérnico. Lo probó Galileo. Alejandro Bello, el Teniente, se adentró en un cielo que hace rato ya no era el cielo de Jesús y de Pilatos. Por entonces la cosmología enseñaba que la tierra era un disco plano sobre los mares, sostenido sobre columnas, cubierto por una bóveda celeste de la que llovían las aguas, poblada de estrellas que, como el sol y la luna, giraban en torno suyo. Generaciones y generaciones en el error, Jesús incluido. Todos perdidos.

 Copérnico no solo anunció que la tierra giraba alrededor del sol. Nos quitó la más querida metáfora para hablar de Dios: el cielo. Todavía el Barroco pudo encantarnos con una bóveda poblada de santos, sibilas, animales, ángeles y demonios. La religión cambia de a poco. Las iglesias jesuitas hicieron gala de un exceso de colorido que representaba la alegría de la salvación, pero que ya nada tenía que ver con la nueva concepción del mundo. Costó caer en la cuenta de la revolución cosmológica. ¿La tierra se mueve? ¿No el sol? La institución eclesiástica arrinconó a Galileo. “E pur si muove”, insistió el científico. La tierra se comprende desde lo alto, cierto. Pero los cielos no estarían ya arriba sin estar además abajo.

 ¿Y si el Teniente perseveró en la búsqueda del cielo? ¿Si desconcertado voló aun más arriba? ¿Si aún vuela hacia la luna para ver el mundo al revés? Tozudo como era, ¿no andará todavía tras la manera de volver a hablar de Dios con sentido?  Si hubiera que descartarlo, la tarea estaría incumplida. Quién habría podido sospechar que el cielo, esta camarita de oxígeno que nos envuelve y protege en la inmensidad sideral de miles de galaxias, de millones de soles…,  ya no sirve como metáfora teológica. ¿Quién puede hoy verdaderamente rezar “Padre nuestro que estás en el cielo”? Demasiado poco para Dios. ¿“… que estuviste en el cielo”? ¡Absurdo! No sería posible orar así. Las distancias se han vuelto inimaginables, qué velocidades… En este inmenso universo solo el que indaga y se pierde, no está completamente perdido.

 ¿Qué es creer? ¿Qué no creer? Si la Hipótesis Bello es correcta, si el Teniente anda en búsqueda de una nueva metáfora para hablar del paraíso, la fe consiste en creer que Dios es su copiloto. El Señor lo mantendrá en su expedición. Esta es la fe de Abraham, el nómade, que creyó en la promesa de una tierra y perseveró tras ella. Esta, la fe que Jesús reclamó a los descendientes de Abraham, ya que no cae a tierra ni un solo pajarito si el Padre de los Cielos no lo permite.

 Y también lo contrario: no podemos creer en Dios hasta que Alejandro no aparezca. Dios es una conjetura hasta que no vuelva el Teniente. Los aventureros creen en Bello, veneran su avión de papel y esperan abrazar un día al aviador perdido. Mientras Alejandro Bello Silva no aterrice en Lo Espejo, será vano creer en Dios y no también en el Teniente. Alejandro no aparecerá por cuenta propia. Tampoco Jesús volverá solo. Esta es nuestra esperanza. Nadie puede decir que cree en la parusía si no cree en el retorno del Teniente Bello. Todo está pendiente.

 Jorge Costadoat