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El Papa vulnera la separación entre lo sagrado y lo profano

El Papa Francisco ha invitado a subir al Papa-móvil a un niño down. Es una señal simpática. ¿A quién podría molestar? A nadie. Pero, ya que ha realizado varios gestos de este tipo muchos están inquietos. ¿Puede un Pontífice salirse a cada rato de su papel? Lo vieron un día sacando la basura de la casa Santa Marta. ¿No está llevando las cosas demasiado lejos? Después de algunos meses de su elección, hay católicos confundidos, irritados o preocupados.

 Algo así no es normal en un jefe de Estado. En el caso del Santo Padre, a unos entusiasma y a otros enfurece. ¿Por qué? Mi hipótesis es esta: Francisco vulnera la frontera entre lo sagrado y lo profano. ¿Lo hace provocativamente? No lo sabemos. Acerca de sus intenciones nadie puede decir nada. Pero sí es claro que hace lo que no se hace, como cuando Jesús curaba en sábado.

 Hagamos memoria. A Jesús lo mataron los romanos a instancias de los jefes de su propio pueblo. En el estipes de la cruz un letrero decía, en burla, El rey de los judíos. Se trató, en este caso, de la aplicación de la pena capital de parte de los romanos, la única autoridad que poseía el ius gladii. Fariseos, escribas, saduceos hicieron ver a los romanos que las expectativas mesiánicas que Jesús despertaba eran peligrosas para la estabilidad social y política de Palestina. No tuvieron que invocar como causa lo que realmente les resultaba insoportable: la desautorización que Jesús hacía de la religiosidad de la época, y de ellos en particular, pues interpretaba la Ley y se comportaba respecto del Templo con una libertad inaudita. Jesús, en sus actuaciones, subordinó la Ley y el Templo a la obediencia a Dios, la cual en todos los casos y siempre ha debido consistir en la liberación de personas concretas.

 Este fue, en su núcleo, el contenido del reino que Jesús quiso inaugurar como voluntad del Dios que él consideró su Padre. A este Padre no se le encontraría mejor en lugares y tiempos “sagrados” que en los valles, las montañas y entre las olas del mar de Galilea, de mañana o por la tarde. Jesús, en vez de erigirse en el guardián de la diferencia entre lo sagrado y lo profano, la saltó, la ridiculizó a veces y, con su muerte en cruz, la aniquiló para siempre. Así lo entendió la primera Iglesia. Ella vio en el rasgarse el velo del Templo al momento de la muerte de Jesús, el cumplimiento irreversible de la encarnación. El Dios entrado en la historia como un niño inerme y sacado de esta misma historia con violencia, se da a reconocer en los hechos humanos, especialmente allí donde la humanidad más se le asemeja crucificado. El “pecado” que el Sanedrín no toleró a Jesús podría llamarse “secularidad”. Jesús apostó toda la religión de Israel al amor secular. Al amor así no más, podríamos decir, sin articulación religiosa, como el del buen samaritano.

 Francisco desconcierta a personas que prefieren a un pontífice hierático. El sacerdote, piensan, debe representar la santidad de Dios. Otros, me incluyo, pensamos que debe representar la “humanidad” de Dios. O, mejor dicho, creemos que la verdadera santidad, la del Hijo de Dios encarnado, se manifiesta en la gran humanidad y humildad de Jesús. Y que, por el contrario, la santidad mal entendida hace creer que en Cristo lo divino neutraliza lo humano. El problema es que, de un Cristo que simula humanidad, resultan personas que simulan divinidad.

 Es extraño, por tanto, que Francisco pueda desconcertar a un cristiano. Llama la atención que sus gestos tan sencillos, realizados a contrapelo del manierismo eclesiástico, perturben a quienes debieran resultarles completamente naturales. Lo naturalmente pagano es la divinización de la autoridad. El cristianismo, en cambio, reconoce autoridad a quien practica la justicia y la clemencia. La investidura pontificia no basta. Es incluso ambigua, pues induce a la papolatría. Y la papolatría sí es un pecado, o una lesera.

 Como otro botón de muestra, tomemos el episodio de Francisco jugueteando con el solideo, poniéndoselo y sacándoselo a una niñita en la cabeza. A unos el gesto les parece lindo. Les calza exactamente con la alegría de Jesús. A otros, en cambio, no les debe parecer bien que el Papa bromee con la vestimenta sagrada. El solideo es esa especie de gorrito redondo y morado que usan los obispos. El solideo blanco solo lo usa el Papa. Cuando el prelado celebra la misa, debe sacárselo al momento de la plegaria eucarística, simbolizando respeto a Dios, como quien se quita el sombrero para saludar a alguien. ¿Qué ha querido simbolizar Francisco con este otro uso que él hace del solideo? ¿Estará queriendo decir a la niñita que ella algún día puede ser Papa? No lo creo. ¿Querrá tal vez decirle a ella y a todos los demás “yo, que soy el Papa, quiero que me sientan cercano y confiable”? Las demás señales indican que sí. Pienso también que esta interpretación, a su vez, puede caer muy mal a algunas personas. Al jugar de esta manera con el solideo, alguien puede pensar que el Papa cruza burlescamente la frontera de lo prohibido. Francisco no se pone la mitra cuando hay que ponérsela. Francisco lava los pies a una musulmana en la cárcel en Semana Santa. Francisco saluda de beso a la presidenta de Argentina, etc. Se sale frecuentemente del protocolo. ¿Cuál es el límite? ¿Podría un día celebrar la eucaristía sin alba, solo con la estola?

 Estos gestos totalmente intencionados del Papa pueden provocar inquietud, molestia o furia en cualquiera de los cristianos. Ninguno de estos sentimientos es culpable. Los sentimientos son inocentes. Nadie es culpable de sentir esto o aquello, ni tampoco de tener tal o cual cultura o sensibilidad religiosa. Debe tenerse presente, eso sí, que el fanatismo religioso que combina el celo por Dios con la ira psicológica, es peligroso.

 Este Papa está realizando acciones que provocan rabia en quienes no entienden que el dogma de la encarnación obliga a descubrir a Dios en un hombre común y corriente, y que la salvación en sentido estricto es humanización. La encarnación es un misterio difícil de comprender para la mentalidad de los mismos creyentes, pero no atinar con su concepto no es inocuo. Hay concepciones de lo sacro, de lo santo y de la salvación inhumanas y deshumanizantes.

 ¿Dejará alguna vez Francisco de usar el Papa-móvil? Aún lo necesita. De momento, si nos invitara a subir a él y aceptáramos, estaríamos más cerca de comprender quién es y quién no es el Dios de Jesús.

 

 

El jesuita franciscano

Soy renuente a decir una palabra sobre de la identidad jesuítica del Papa. No me interesa hacer propaganda a la Compañía de Jesús. Tampoco soy papólatra. Si yo, jesuita, celebrara su elección como triunfo partidista desorientaría a los demás de lo fundamental. Que sea jesuita me es secundario. Pero, al ver lo que está ocurriendo, me inclino a ayudar a otros a entenderlo. Que este Papa jesuita se llame Francisco, me parece decisivo. Es la indicación más poderosa.

 Tengo, además, otra dificultad para hablar del Papa en cuanto jesuita: no logro ver con claridad cuál pueda ser la diferencia genérica respecto de otros papas. Se supone que yo debiera conocer mejor esta diferencia. Ambos somos hijos de San Ignacio. Pero me ocurre prácticamente lo mismo que cuando me dicen que nos parecemos con mi hermana. La veo, veo a mis otros hermanos, y no descubro el parecido. Para los demás es evidente. No para mí.

 Con todo, diré una palabra sobre lo que es un jesuita. Puede ayudar a entender qué es lo que el Papa Francisco está desencadenando. Estoy convencido de que es en el Pueblo de Dios donde hay que observar el quehacer del Espíritu, más que en la persona misma del Pontífice.

 Doy otro paso atrás. Como un niño antes de arrojarse a la piscina, reculo y tomo distancia. No basta definir qué es un jesuita porque, como he dicho más arriba, lo principal es que este jesuita ha querido llamarse Francisco. ¿Qué tenemos delante? ¿Un jesuita franciscano o franciscano jesuita? El obispo de Roma actual tiene algo de enigmático. No acabo de entenderlo. Pero sí reconozco que la inmensa aprobación que Francisco Papa ha generado en el Pueblo de Dios tiene que ver con el anhelo más profundo que muchos tenemos del Evangelio.

 Terminado este largo preámbulo, me arriesgo a definir qué es un jesuita y cómo esta condición pudiera estar influyendo en el Papa y, a través del Papa, en la Iglesia.

 ¿Por qué San Ignacio admiró y quiso imitar a San Francisco? No lo sabemos. El no lo explica. En la Autobiografía simplemente dice: “qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco?”. Durante el tiempo de su conversión, cerca de Monserrat, inspirado en la pobreza de los santos, regaló su ropa a un pobre y se vistió con tela para hacer sacos. También decía: “San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer”. Entre la admiración por Francisco del primer jesuita y la de los seguidores de Ignacio hay una conexión interior extraordinaria. Los jesuitas “envidiamos” en el espíritu franciscano esa capacidad de experimentar el mundo como un don de Dios, de vivir agradeciendo y alabando, todo lo cual se expresa en la pobreza radical de quien sabe ser feliz con poco porque, para amar a Dios, basta con el mínimo. Dios ama a los pobres, pero también a los pobres de espíritu. Por esto Ignacio fue pobre y, algunas veces, exageradamente. Esto es lo que me alegra de mis compañeros cuando los veo ligeros de equipaje, prontos a partir con lo puesto a las misiones más sacrificadas. Así entiendo lo franciscano en un jesuita. Tengo una manera jesuítica de amar a San Francisco.

 ¿Qué puedo decir in recto del ser jesuita? Dicho en seco: es un hombre que sabe lo que quiere y se lanza con todo a conseguirlo. ¿Cuál es la tentación del jesuita? Dicho en breve: la impaciencia por doblegar la realidad como solo Dios puede hacerlo. ¿Cuál es el pecado del jesuita? No sin dolor lo digo: buscar las influencias poderosas necesarias para cambiar el mundo olvidando que estos son medios, pues el único fin es el Evangelio que prevalece no sin estos recursos, pero gracias al Espíritu del Pobre crucificado, el Jesús que triunfa con su impotencia.

 Amplío la definición del jesuita: es un hombre al que Dios, liberándolo de sus apegos mundanos, le ha revelado qué quiere de él y le pide la vida entera para conseguirlo; es un hombre encendido por Dios para amar al ser humano como Jesús lo ama, apasionadamente. El jesuita vive concentrado en lo que quiere, porque sabe que Dios quiere lo que él quiere. ¿Qué? En el siglo XXI, cuando arrecia la globalización, el jesuita quiere un mundo compartido. Cuando se comparte el mundo se alaba a Dios. Solo se alaba a Dios compartiendo el mundo. Solo se vive el Evangelio sumándose al quehacer de personas samaritanas que imaginan cambios, los piensan y se arriesgan por conseguirlos. La lucha por la justicia que desvive al jesuita hace más de un siglo, es la mejor expresión de su fe en el Dios que quiere hermanar a la humanidad con todos los medios materiales y culturales disponibles. Su enemigo es el capitalismo salvaje, la acumulación de las riquezas y el mercado desregulado, tres nombres del mismo Ídolo Dinero que está destruyendo el planeta y excluyendo nuevamente a  los pobres.

 No debiera extrañar, en consecuencia, que el espíritu jesuita y el espíritu franciscano converjan hoy en un Papa que ha recibido la misión de reformar la Curia romana. Lo que está en juego, en realidad, es todavía más importante: se trata de reformar la Iglesia de acuerdo a las coordenadas del Vaticano II. Esto ha sido difícil de hacer precisamente porque la Curia romana lo ha dificultado.

 Francisco Papa es una flecha jesuita. El sabe que le quedan pocos años de vitalidad. Su tentación es la impaciencia. Actúa con una gran determinación. ¿Cuál es su estrategia? No la conocemos. Pero bien podríamos suponerla.

 El Papa Francisco no solo es como siempre ha sido. El sabe que su estilo evangélico tiene fuerza revolucionaria. San Francisco reformó la Iglesia con su pobreza. El jesuita franciscano sabe que al atacar la versión principesca y absolutista de la Santa Sede, causa de la crisis de gobierno de la Iglesia universal, combate, en lo inmediato, lo mismo que combatiría Jesús y, en el largo plazo, pone las bases de una reforma estructural duradera. El futuro de la Iglesia no depende de deshacerse del personal corrupto e ignorante de la Curia. Organización y funcionarios siempre serán necesarios. Tampoco depende de un Papa más bueno que otro. Se necesitan cambios estructurales, cambios en la línea de la pluralización que el Espíritu apura en todos los países en que la Iglesia echa sus raíces. Pero, para que una nueva organización eclesiástica perviva en el tiempo, es necesario que se ajuste al Evangelio. Y el Evangelio, lo supieron San Francisco, San Ignacio, los mejores santos cristianos, y este Papa da señales esperanzadoras de entenderlo, consiste en la práctica del amor de Dios por los pobres. La pobreza sufrida o elegida es el check in al cristianismo.

 

 

Actualidad y futuro de la Teología de la liberación

¿Fue contrario Jorge Mario Bergoglio años atrás a la Teología de la liberación? Probablemente en más de un punto. ¿Es hoy el Papa Francisco un opositor a esta teología? No da la impresión.

 Consta, sí, que los simpatizantes de la Teología de la liberación están exultantes con él. Es cosa de ver las páginas electrónicas. Los sectores católicos liberacionistas se han identificado rápidamente con el nuevo Papa. El nombre de Francisco, la sencillez, los ataques contra la economía liberal, la ya famosa frase: “cuánto querría una Iglesia pobre y para los pobres…”, han sido señales inequívocas de un giro que el progresismo católico interpreta como un guiño favorable.

 ¿Qué importancia pudiera tener que el Papa llegue a reconocer valor a esta teología? ¿Y a los movimientos, congregaciones religiosas y comunidades de base que se han inspirado en ella, dándole a la vez suelo para su desarrollo?

 Juan Pablo II no la condenó, pero le hizo críticas arteras y mantuvo a raya a sus teólogos. El Cardenal Ratzinger, que ejerció este control desde el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el documento Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la liberación” (1984), desaprobó el uso acrítico de categorías marxistas: no distinguir entre materialismo histórico y materialismo dialéctico, y la lucha entre clases. Pero no puso en duda la opción por los pobres. Es más, en otro documento titulado Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación (1986) subrayó la raigambre bíblica de los planteamientos teológicos liberacionistas. Por cual no debe extrañar demasiado que el año pasado Ratzinger, convertido en Benedicto XVI,  haya nombrado a cargo de aquella Congregación a Gerhard Müller, un obispo alemán que en 2005 había escrito junto a su amigo Gustavo Gutiérrez un libro titulado Del lado de los pobres. Teología de la liberación. El mismo Ratzinger -se sabía- siempre había sentido simpatía por Gutiérrez, llamado el “padre” de esta teología. El nombramiento de Müller ha sido una señal de abuenamiento, por cierto poderosa, de un viraje que puede terminar siendo decisivo.

 No lo será, empero, si los simpatizantes de Gutiérrez, Boff, Segundo, Sobrino, Gebara, Támez, Andrade, Codina, Galilea, Trigo, Muñoz, Ellacuría y los otros muchos teólogos liberacionistas pretenden revitalizar tal cual la teología que motivó el compromiso cristiano de los años sesenta y setenta. Hoy el tema no es la reforma agraria, ni el imperialismo yankee, ni el marxismo, ni la guerrilla del Che o de Camilo Torres, ni los años grises de la dictadura de Pinochet.  Debe recordárselo, porque la tendencia a revivir esos tiempos es una tentación inútil y, para colmo de la torpeza, infiel al método de la misma Teología de la liberación.

 La Teología de la liberación tiene una actualidad extraordinaria. Nunca fue condenada. El mismo Juan Pablo II advirtió que ella, en algunos casos, era incluso “necesaria” (Brasil, 1986). Tampoco habría sido fácil hacerlo, pues fue el mismo Magisterio latinoamericano que formuló la “opción por los pobres”, núcleo de la convicción mística y teológica de esta teología. Su actualidad estriba en esta convicción y en su método. Los obispos del continente se aproximaron a la realidad en la clave del “ver, juzgar y actuar”. Ellos popularizaron este procedimiento metodológico. Ellos impulsaron a la Iglesia a reconocer la acción de Dios en la historia presente y a sumarse a ella.

 Debe reconocerse al Vaticano II la paternidad ulterior de este método. El documento Gaudium et spes quiso comprender los “signos de los tiempos”: “discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales (el Pueblo de Dios) participa juntamente con los contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios” (GS 11). Es decir, que en acontecimientos humanos especialmente significativos es posible reconocer la acción de Dios y reflexionar sobre ella. Esto ha exigido a la Iglesia no querer “enseñar” al mundo qué es lo que Dios quiere, sin “aprender” del mundo qué es lo que Dios quiere.

 En adelante la teología ha podido considerar que el contexto histórico no solo autoriza a interpretar la doctrina tradicional acomodándola, adaptándola, a nuevas circunstancias, sino que el contexto mismo tiene algo que decir sobre Dios y sobre su voluntad.  Dios que se reveló en la historia, en la historia continúa revelándose. La Iglesia no vino al mundo con un canasto de doctrina debajo del brazo. Ella fue amasando durante siglos su doctrina, la cual no ha sido sino interpretación de la Escritura como Palabra de un Dios que continúa hablando en el presente y que, porque seguirá haciéndolo en el futuro, obliga a considerar las formulaciones teológicas como provisorias.

 Así las cosas, la Iglesia hoy debe atender a la historia si quiere ser históricamente relevante. ¿Cómo hacerlo? Ella debe arraigar hondamente en la humanidad sufriente, sufrir con ella, esperar con ella, indagar sus necesidades de liberación y de dignificación. Debe, en suma, sintonizar con el Espíritu de Cristo que clama en los pobres; y por otra parte, debe recurrir al servicio de las ciencias sociales que le permitirán comprender mejor qué está sucediendo con las personas y las sociedades.

 Sabemos que Francisco Papa es un hombre conectado con el sufrimiento del mundo. Bien quiere la liberación de los diversos oprimidos de este mundo. Será muy importante, además, que tome en serio el aporte de las ciencias modernas. Sin estas, el discernimiento de la viabilidad de la liberación es hoy culturalmente imposible. Tomemos, a modo de ejemplo, el caso de la homosexualidad. La doctrina de la Iglesia ha podido variar en la medida que el conocimiento de esta realidad humana ha evolucionado. La psicología moderna en algún momento dejó de considerarla una perversión, pues descubrió que ella era una enfermedad. Sucesivamente dejó de considerarla una enfermedad, para afirmar que es una variante de la sexualidad humana. La Iglesia, en este campo, se está sirviendo de la psicología para mejorar su doctrina. Algo parecido hizo con la comprensión de fenómeno del suicidio.

 Hoy la Iglesia necesita que el Papa Francisco estimule y se sirva de la Teología de la liberación, entendida esta como una apertura reflexiva y crítica al actuar humano contemporáneo, especialmente a aquel de quienes padecen algún tipo de discriminación y exclusión. Si no lo hace, la humanidad continuará llevándole la delantera a la Iglesia en materias en las que la Iglesia ha presumido tener la razón. El mero desarrollo de las ciencias no ha elevado a la humanidad a su cota más alta. A veces la ha hundido en involuciones atroces y aterra pensar en las experimentaciones en curso. Pero la Iglesia solo puede tratar legítimamente de atajar los excesos de la modernidad o encauzarla si reconoce que, para anunciar que Cristo es una Buena Noticia, se hace necesario usar la razón –la ciencia y la técnica- para atinar con una fe en Dios auténticamente humanizadora.

 A la Teología de la liberación hoy, por una cuestión de método, se le abren nuevas posibilidades de interés. Ella, que se ocupa de la liberación, suele también dar suma importancia a la creatividad que amplía los horizontes de la vida. Los seres humanos combaten la opresión, la injusticia, las nuevas y viejas esclavitudes. Pero también crean y recrean mundos insospechados, innovan en la estética y en la moral. En las innumerables experimentaciones de la humanidad, Dios mismo puede estar dándose a reconocer como el Creador. Dios no se cansa ni se repite. La Teología de la liberación desde hace años valora las distintas culturas, e incluso las diferentes religiones, pues cree, por principio, que Dios acontece incesantemente en el mundo. Su aporte más característico en esta apertura suya a todo lo real, ha consistido en valorar la creatividad de los pobres. Para esta teología los pobres no solo han de ser objeto de caridad y de justicia. Ellos deben ser considerados sujetos que inventan un mundo nuevo con escasos materiales pero con la comprensión vital de un Evangelio que ha sido anunciado a ellos antes que a nadie. El aporte mayor de la Teología de la liberación, y de aquí su futuro, estriba en creer en la creatividad de los pobres.

 Esto explica que los simpatizantes de la Teología de la liberación aplaudan al Papa Francisco. Ven en él a alguien que apuesta por los pobres.

El Cristo inmigrante

No discuto la obligación del Gobierno de regular la inmigración. Pero no es la protección contra los extranjeros lo que asegura la paz, sino acogerlos y tratarlos con dignidad. Miremos la historia: ¿quién es más chileno que el mestizo, mezcla de nativo e inmigrante a lo largo de sucesivas generaciones?

 Tengo a mano tres casos prometedores. Entre los buses de la Alameda vi a un vendedor ambulante peruano con un gorro que decía “Chile”. ¡Qué símbolo! Pero, ¿de qué? ¿Trataba  de ganar la simpatía de sus clientes? ¿Se protegía contra posibles agresiones? Tal vez quería sinceramente ser otro chileno más. ¿Por qué no?

 Un caso mejor es el de tantas nanas que han dejado el Perú para venir a cuidar  niños chilenos. Varios reparos se podría hacer a la calidad moral de estos empleos, pero lo que aquí importa es la convivencia familiar y muchas veces amorosa entre estos niños y sus nanas. ¡Éste sí que es símbolo! Pongamos atención: para salvar a sus hijos de la miseria, una mujer abandona su patria, parte a una tierra desconocida, a veces hostil, a educar niños ajenos. Nuestro ojo superficial nos dirá que una mujer peruana y humilde no podrá enseñar a nuestros hijos más que rarezas. Nuestro ojo profundo, en cambio, verá que nadie podrá educar mejor a estos niños que una nana así, porque no hay aprendizaje más importante que el del amor y mujeres como éstas enseñan a amar con el puro ejemplo de su inmenso sacrificio.

 Para el tercer caso recurro a la ficción: ¿cómo no imaginar el nacimiento de un niño hijo de peruana y chileno, o al revés? No nos extrañe que la soledad, los acosos o el amor verdadero traigan a luz este año, estos días, nuevos mestizos, semejantes a Jesús mitad judío y mitad galileo. Si así sucede, no habrá mejor símbolo de una nacionalidad híbrida como la nuestra que un niño, una niñita chileno-peruana. Ojalá la unión de las razas exprese el amor entre las razas y sea el amor la única fuerza del intercambio cultural entre los dos pueblos.

 Volvamos al caso de Jesús. Téngase en cuenta que poco después de nacido Jesús, él y sus padres fueron refugiados en Egipto. ¿Buscó José trabajo allí subcontratado en la restauración de una pirámide? ¿Estuvo María dispuesta criar a Jesús a ratos, empleada principalmente en alimentar y cambiar guaguas egipcias? No es obligatorio conmoverse con la historia del hijo de un carpintero. Pero no habrá razón para recordarlo, enternecerse, ni menos aún para creer en él, si no es para abrir el corazón al Cristo que estos días es objeto de recelo político, el Cristo que nos sale al paso en un coreano, un ecuatoriano o un peruano.

Felipe Berríos y la crisis en el anuncio del Evangelio

En las agrupaciones humanas los estilos de comunicación pueden ser distintos. En la sala de clases no se debiera usar el lenguaje que sirve en los estadios. Por lo mismo, ¿a quién se le ocurriría objetar las expresiones vulgares del público durante un partido de fútbol? Hay ámbitos y ámbitos. Por esto, no es normal, en el ámbito católico, que un sacerdote critique derechamente y por parejo a los obispos de su Iglesia. 

El padre Felipe Berríos ha lanzado un misil por televisión. La entrevista que le hicieron en Ruanda no ha dejado indiferente a nadie que la vio. Las críticas le han llovido: “habla desde fuera”, “no conoce la realidad”, “es injusto”, “es arrogante”… Aun pudiendo ser válidas algunas de estas criticas, lo sorprendente es el enorme apoyo que han tenido sus palabras. Gente muy diversa, y mucha, está con él.

Me detengo en lo que me parece central: Berríos ha puesto en tela de juicio la comunicación  eclesial del Evangelio. Los obispos, según él, no tienen una Buena Noticia para la gente de hoy. Berríos -entre otras críticas contra la jerarquía, contra la cultura, contra los políticos- ha atacado frontalmente un modo de comunicación de la Iglesia con sus fieles, y de la Iglesia en sociedad.  ¿Qué subyace a este desencuentro?

En los últimos siglos, en especial en las últimas décadas se ha acentuado un cambio cultural enorme. Han cambiado los modos de comunicarnos y el modo de encontrar el sentido de la vida; todos hemos quedado fuera de juego, también la Iglesia y sus pastores.

Llegamos a la verdad de otro modo. Nuestros contemporáneos, nosotros mismos, hallamos la fuente de sentido de nuestra vida en la autenticidad. Cada uno quiere ser fiel a sí mismo. Se sabe entregado a su propia creatividad y exige respeto de su autonomía. Ser auténtico equivale a ser autoridad para sí mismo,  y a rechazar autoridades que pudieran amenazar la propia subjetividad. Este valor puede derivar en el individualismo. Pero la mejor de las autenticidades es esencialmente dialogal, requiere de los demás, pues los otros ofrecen el horizonte de significatividad que impide a las personas extraviarse. En el mundo en que vivimos la verdad, y por ende la autoridad, viene de dentro y del lado. Pero no de arriba. No de los dirigentes, ni tampoco de la metafísica tradicional o del derecho natural. Nuestra cultura es típicamente horizontal.

 Este modo de alcanzar el sentido de la vida ha encontrado en las TICs (tecnologías de la información y de la comunicación) una plataforma de desarrollo impresionante. ¿Quién tiene la verdad en el caos comunicacional de las redes sociales y el mundo virtual? Todos pueden opinar, responder, vitrinear, googlear, presentarse o exhibirse en Facebook, construir círculos de comunicación cerrados, levantar un blog, salir del paso con Wikipedia, adoptar una personalidad furtiva, argumentar o difamar, aprender y enseñar. ¿A quién le cree en esta selva de canales comunicativos?

 En este universo comunicacional ha tenido especial importancia el desarrollo del 2.0. Este instrumento virtual ofrece la posibilidad de interacción entre emisores y receptores de mensajes. Un periódico, por ejemplo, da la posibilidad de sus lectores a que discutan entre sí. Más aun el twitter. En este caso no se necesita de un tercero que ofrezca la posibilidad de interrelacionarse. Los interlocutores pueden establecer directamente un diálogo, criticarse entre sí o declararse la guerra. El 2.0 supera al 1.0. En este registro el receptor no tiene la posibilidad de rebatir al emisor. El 2.0 es horizontal, y por ello desvirtúa los canales tradicionales de comunicación, y bajo cierto respecto, de la elaboración de la verdad. Esta no proviene de autoridades verticales, sino de la argumentación y la discusión.

¿Cuánto hay de 2.0 en nuestra Iglesia? Hemos de reconocer que los católicos –jerarquía y laicos- tenemos graves problemas para comunicarnos a Cristo como una Buena Noticia; y tenemos aún más problemas para anunciarlo a los que no son cristianos. El Pueblo de Dios tiene más necesidad que nunca de un magisterio que lo oriente. Pero la jerarquía, como cualquier ser humano e institución a esta altura de la historia, no logra fácilmente procesar nuevos conocimientos y convertirlos en enseñanza. Ya no sirve invocar una autoridad vertical, una investidura especial, para proponer verdades que no son sometidas a la crítica de la red global. Intentar hacerlo, por el contrario, parece prueba de equivocación.

En este complejo escenario el padre Berríos ha hablado de Dios impactando a mucha gente que ha dicho “en esta Iglesia sí creo”. Incluso los jóvenes se han sentido movilizados a ayudar al prójimo. Hasta ahora para ellos la Iglesia había sido una realidad estática, vinculada a sus antepasados, una institución incapaz de cuestionar a fondo a una sociedad clasista y acostumbrada a la desigualdad. Esto es lo increíble. Berríos golpea con su autenticidad. Por esto se le reconoce autoridad.  Por esto también se le excusa la falta de moderación. Mientras algunos querrían excomulgarlo, y quien sabe si dejarlo en el exilio, otros reconocen en sus palabras la Iglesia en la que creen y que necesitan. No consideran al cura Berríos fuera de la Iglesia, sino que lo ponen en el corazón de la misma. Berríos, en medio de la revolución cultural en la que estamos, interpreta el sentido común y apela con el Evangelio a sectores sociales muy distintos: a ricos y a pobres, a creyentes y agnósticos.

Algo parecido está sucediendo con Francisco Papa. El “obispo de Roma”, como ha querido llamarse, da señales de empatía con el mundo actual. No le tiene miedo. Parece abierto a lo que los demás tengan que decir. Parla a braccio, como dicen los italianos. No pretende tener la última palabra. Enseña, pero como si pudiera hacerlo mejor. Utiliza metáforas, algunas hirientes. Si se le pidieran explicaciones probablemente las daría. Critica con agudeza al capitalismo. Reprende en público a obispos escaladores. Exige a la jerarquía autocrítica ante cámaras y micrófonos. Hay en él una actitud dialogal. Ha bajado del olimpo de las habitaciones vaticanas. Vive en una casa con otras personas. Participa en una conversación al desayuno. Puede preguntar. Recibir opiniones. Habla con los brazos, como dirían los italianos. Sin papeles. Sin tener que invocar la infalibilidad de la Iglesia. En conclusión, un papa “horizontal” prepara a los católicos a hacerse amigos de la época y del modo como la humanidad está conversando consigo misma en busca de la verdad, de la justicia y de la paz. La gran pregunta es si el Papa hará o no entrar al Magisterio y a la organización eclesiástica al registro del 2.0, único en el cual es hoy posible anunciar el Evangelio.

El cañonazo de Felipe Berríos

La entrevista a Felipe Berríos en Rwanda ha producido fuertes reacciones. A muchas personas les ha dado una enorme satisfacción. A otros, en cambio, les ha provocado indignación. También hay que gente que distingue unas afirmaciones de otras; aprueba lo que le parece y rechaza lo que no. Debe reconocerse, por de pronto, que quien ha visto el “Informante” de TVN no ha quedado indiferente. Los temas levantados por “el cura” Berríos son relevantes.

 Lo que más ha impactado ciertamente son sus palabras contra los obispos de la Iglesia Católica. No las repetiré aquí. Estimo que algunas de ellas son injustas. Sin embargo, después de ver tres veces la entrevista, descubro en ella una apelación evangélica muy desde dentro de la Iglesia que merece ser escuchada con una mano en el pecho. Me gustaría que quienes la vieron la vieran de nuevo y los que no, que lo hagan. Que lo hagan sin “mala leche” contra los obispos. Entenderá las palabras de Berríos quien vea en ellas a un católico que pide cambios urgentes a sus pastores. Entenderá, por ejemplo, que son las palabras de un sacerdote a quien la jerarquía eclesiástica -como a otros sacerdotes- le pide acompañar a parejas y matrimonios, con una doctrina que los católicos hoy no logran comprender.

 Agregaría que los obispos también han sido víctimas de una organización eclesiástica que ha comenzado a ser revisada al más alto nivel. La elección del Papa Francisco por una inmensa mayoría de votos, ha tenido por objeto reformar un gobierno de la Iglesia fuertemente centralizado y, para muchos, asfixiante. Que Francisco haya querido llamarse “obispo de Roma” indica que no pretende ser el “gobernante” de todas las iglesias. Sabe que su función es reformar la curia para que esta cumpla el servicio que a él corresponde de unir, y no de uniformar, a la Iglesia. Esperamos con esto que nuestros obispos latinoamericanos y chilenos tengan más libertad de la que se les ha reconocido para cumplir su importante misión.

 El P. Berríos hace una autocrítica “en” la Iglesia pero también “en” la sociedad en que vivimos. Me detengo en otros asuntos contra los cuales disparó un cañonazo. No pueden ser olvidados. Me referiré a los que me parecen más significativos:

 * Hace una crítica contra un catolicismo de clase alta. A Berríos le parece que los colegios católicos seleccionan a sus alumnos de acuerdo al dinero, a su religiosidad, rechazando a veces a “los hijos de papás separados”. Advierte contra la petición de respeto del derecho a la libertad para crear colegios que no va de la mano de la libertad de cualquier persona para acceder a ellos. Hay colegios de Iglesia que, al seleccionar, excluyen. A mí me parece que levantar este tema en el Chile de hoy tiene máxima importancia. Ha llegado el momento de revisar el objetivo central: se educa a las elites o se procura la integración social.  Espero que las congregaciones y movimientos religiosos que tenemos colegios de gente privilegiada lo tomemos en serio. Hay culpa de por medio. Lo que está en juego es terminar con la desigualdad de la sociedad chilena o reproducirla. Las palabras del entrevistado se dirigen en contra del clasismo de una elite chilena “que impone su manera de ser”, y que tiene su fragua en la educación católica.

* Hace una crítica al tipo de sociedad en que vivimos. Lamenta el individualismo y el consumismo. Ambos parecen aliarse para convertir a los ciudadanos en clientes. El Mercado tiende a regir en todos los ámbitos de la vida. Dicho sea en justicia, es la gran crítica de los obispos chilenos en la carta pastoral “Compartir y humanizar con equidad el desarrollo de Chile” (2012). Berríos, en esto, no ha caído en la cuenta de que los obispos se le han adelantado. Lamenta que el Mercado regule la organización de la educación, de la salud y otras áreas de la vida de las personas. Se queja contra la política clientelística ordenada a satisfacer las necesidades de la gente. Política que se aleja de su fin propio: el bien común, el sueño de un país compartido, etc.

* Berríos obliga a levantar la mirada: vienen tiempos de inmigración. ¿Está Chile preparado para recibir alegremente a otras gentes? El país tiene una deuda con Bolivia. Tiene una costa enormemente larga que no comparte. Exige reconocimiento de autonomía para el pueblo mapuche. No explica de qué autonomía está hablando. Tanto de su reclamo a favor de Bolivia como del pueblo mapuche habría que hacerse cargo.

* Felipe Berríos se atreve a hablar de Dios. Esto es lo que a fin de cuentas estremece. Lo hace en términos dialécticos. Por esto no deja indiferentes. Ataca con ferocidad al “dios consumo”. Esta sociedad ha reemplazado a Jesús por el Viejo Pascuero.  No hay espacio en los medios de comunicación para hablar de Jesús, pero sí del ídolo del consumo. Ataca, lo hemos dicho, a un catolicismo que no se deja cuestionar por Dios y se va cumplimientos religiosos interesados parecidos a los que Jesucristo combatió en su época. El “pecado” de Berríos es haber hablado de Dios. Su Dios es el de la parábola del Buen Samaritano. Este fue capaz de acercarse al hombre asaltado, herido y botado en el camino -lo que no hicieron el sacerdote y el levita-, para hacerse cargo de él. El Dios de Jesús exige a los cristianos hacer lo mismo. Este es el Dios que Berríos quiere que los jóvenes conozcan, tan distinto del “dios rasca” que nuestra generación les está transmitiendo. Espera mucho de los jóvenes. Sabe que los hay de calidad también en la elite chilena. Celebra que los líderes del movimiento estudiantil se hagan cargo “políticamente” del país.

¿“Con qué ropa” habla a los chilenos desde África y después de algunos años lejos de Chile? Podría decirse que no tiene autoridad para hacerlo. No predica, empero, desde un país desarrollado y rico. Habla sobre todo con libertad, aunque pueda errar en las expresiones. No tiene miedo. Lo hace desde la miseria misma. Lleva años entre los refugiados. Niños, mujeres, hombres heridos y hambrientos desplazados por las guerras. Ve el Chile que ama con los ojos de los pobres. Entiende que el Evangelio fue escrito para los pobres. Cree que el Hijo de Dios se hizo “pobre”. No le basta creer que se hizo “hombre”. Su autoridad no le viene de nuestro mundo. Le viene del continente de los pobres, aquel lugar del mundo con el que Dios se identifica y por cual opta.

IGLESIA 2.0

La expresión 2.0 suele usarse en un sentido equivocado. Se piensa en un paso adelante. En un desarrollo o un avance significativo. Se piensa en algo mejor. El concepto, en realidad, es otro. En el mundo de las TIC’s, el 2.0  tiene que ver con la posibilidad de interactuar que se da entre personas. El 2.0 es un espacio de conversación, diálogo, crítica o polémica. Por ejemplo, un periódico electrónico levanta la opinión de un experto y ofrece a los lectores la posibilidad de reaccionar.

Francisco Papa da señales de hacer pasar a la institución eclesiástica al registro 2.0.  Ha hecho gestos que le hacen sentir cercano. Toma el teléfono. Llama directamente con sus conocidos. Da la impresión de que quiere escuchar. Usa metáforas. No lee papeles. Se expresa como si no tuviera miedo a cometer errores. Será que cree que Dios nos deja equivocarnos.

Hasta ahora muchos opinan que los sacerdotes y la jerarquía de la Iglesia hablan pero no escuchan. Peor aun, que enseñan pero no aprenden. ¡Trágico! En la llamada sociedad de la ignorancia, en la cual los conocimientos aumentan a un grado y velocidad maltusiana; cuando aceleradamente sabemos cada vez menos de los conocimientos que la humanidad logra sobre sí misma, el saber religioso, por más que sea un saber que conjuga la eternidad, no puede pretender ser atemporal e inmutable. Los conocimientos teológicos solo son ortodoxos cuando se consiguen de acuerdo a la ley de la Encarnación. Puesto que Dios se hizo hombre en Cristo, el dogma cristiano triunfa sobre dogmatismo herético cuando conjuga la revelación eterna con las épocas concretas de los seres humanos, siempre fugaces y cambiantes; cada vez que se lo hace en formulaciones que pueden ser mejores porque también pueden ser peores. El caso es que muchos católicos tienen la impresión de que el lenguaje eclesiástico oficial no se adapta a la realidad. Un saber que, por falta de interacción con los contemporáneos, va quedando progresivamente atrás. A esto probablemente se refería el Cardenal Martini, recientemente fallecido, al decir que la Iglesia está atrasada en doscientos años.

Llevemos las cosas al plano de los Medios de comunicación social. Hasta ahora constatamos que las autoridades eclesiales los valoran como instrumentos. Pero estos hoy han llegado a ser algo mucho más importante. Ha ocurrido con ellos algo antropológicamente sorprendente. Los Medios y las TIC’s son en la actualidad un nuevo modo de ser y de hacerse la humanidad a sí misma. Lo que está sucediendo es impresionante. Es una revolución. La globalización, posibilitada y replicada en redes infinitas de comunicación virtual, ha puesto a los seres humanos en una situación obligada de interacción, comunicación, crítica, polémica, inspiración recíproca y comunión, como no había ocurrido nunca en la historia.

La Iglesia, institucionalmente considerada, si quiere ser lo suficientemente humana para que en ella acontezca la encarnación del Verbo, debe “nacer” ella misma a este nuevo mundo. Los servicios eclesiásticos no pueden contentarse con abrir páginas web, twittear y manejar el celular de última generación. Urge interiorizar el nuevo modo de ser hombre para enseñar al hombre que el hombre es Cristo.  Hoy la verdad, sin la cual la humanidad se deshumaniza, exige a quienes la aman y se deciden por ella que se expongan a la discusión con los demás sobre aquellos caminos que tenemos que desbrozar juntos, discutiendo, razonando, argumentando, en una palabra, interactuando, para construir un mundo compartido. De esta nueva configuración mundial de la verdad quedan al margen los pobres, que no pueden acceder a las nuevas tecnologías, y quienes creen que ya tienen la verdad.

La institución eclesiástica, a estos respectos, adolece de dos problemas. Primero, sus contemporáneos tienen la impresión de que no logra entrar al registro 2.0. Les parece que las autoridades en la Iglesia usan la tecnología, pero desprecian la cultura que la ha generado. Segundo, los contemporáneos, por esto mismo, tienen “sangre en el ojo” contra las autoridades eclesiásticas. Todo lo que venga de ellas les parece equivocado. No les creen, da lo mismo el asunto. Se comprende así que la institución eclesiástica a menudo quede en ridículo en los medios de prensa.

Llevemos las cosas al plano de la prédica del sacerdote el día domingo. ¿Qué podríamos esperar de él? Hay fieles que dicen “qué linda su prédica, padre”. Unos padres lo creen, otros no. Muchos son los fieles, en cambio, que lamentan a curas que no les aportan nada. Las quejas son de varios tipos: falta de recursos de retórica, repetición tal cual del evangelio, piadoserías sin fin, erudiciones desconectadas con la vida real de la gente, latas interminables…

Es este un campo decisivo para replantearse el tema de la comunicación. Para los fieles más comprometidos parte importante de su vida cristiana se juega en la misa dominical. Hoy el fiel que va a la eucaristía el fin de semana es el mismo que está participando activamente en todo tipo de redes de amistad, trabajo, diversión, cultura, a una velocidad impresionante, colgándose y descolgándose a cada rato, usando el skype, aprendiendo, enseñando, creando con otros nuevos universos… entretenido. Muy entretenido. ¿Cómo podría un sacerdote decirle algo interesante? ¿Algo que no encontrará en la www?

Por cierto, son pocas las iglesias en las cuales las personas tienen la oportunidad de interactuar con el sacerdote y los demás cristianos durante la eucaristía. Normalmente se participa en misas a las que asiste mucha gente. No es posible, en estos espacios, abrir diálogos. Se correría el riesgo, por de pronto, de que tome la palabra y no la suelte alguien más aburrido que el sacerdote.

El desafío del sacerdote en esta época es más grande que nunca. Más difícil, qué duda cabe. Pero si él entra en el registro del 2.0 ayudará a llevar a la Iglesia a un 2.0. Talvez nunca la humanidad, dispersa como está en una multiplicidad de oportunidades, saberes y contactos, tiene necesidad de alguien que le ayude a encontrarse consigo misma; de un coach que le asista en el viaje al centro personal de su propia constitución espiritual. La diversión, la extraversión es hoy tan grande, que las personas se alienan. Literalmente, se vuelven “ajenas” a sí mismas, esclavas de la opinión de las demás, quienes, en virtud de la dictadura del Mercado, solo las valoran como consumidores de tal o cual marca. El sacerdote, si entiende que este es el trabajo que en esta época se espera de él, encontrará un territorio casi inexplorado para prestar su servicio. La gente hoy cree que elige qué comprar, pero en realidad es víctima de lo que le quieren vender; es rehén de un consumismo que le absorbe la personalidad. Esta gente podría descubrir en el sacerdote alguien que le ayude a hacer contacto con Aquel que la ama como a un hijo o una hija, que la quiere gratuitamente y, por ende, que la hace libre de verdad. El sacerdote puede ofrecer en el Mercado ni más ni menos que la superación del Mercado. Su producto es gratis: capacitar a las personas para ser dueñas de sí mismas, señoras y señores capaces de darse sin condiciones a los demás, de interactuar con el prójimo por amor y sin temor.

Fácil y difícil. Fácil en teoría. Pero conseguir un sacerdote 2.0 es difícil. La formación sacerdotal tendría que capacitar a los seminaristas en cargar en el alma la interacción con los otros sin desarmarse. ¿Qué está ocurriendo en los seminarios? ¿Qué están haciendo los sacerdotes ya formados por actualizarse? ¿Leen? ¿Estudian? ¿Entran en la crisis de la época y salen de ella con la ayuda de Dios? El sacerdote tendrá algo importante que decir en la prédica dominical si está realmente conectado con sus contemporáneos. Su alma debiera ser un espacio de interconexión, un ámbito de diálogo, de crítica y de autocrítica, de emociones y de reacciones, de improvisaciones, de relativizaciones, de anhelos de verdad y de justicia, y de pasión por defenderlas. El sacerdote que se necesita en esta época de las redes virtuales, debiera ser un nodo relacionado a otros nodos; alguien que en el circuito de los conocimientos asume y transforma, recibe y entrega, sin atribuirse investidura privilegiada alguna, pues a lo más, y esto es lo suyo, debe sugerir síntesis de humanidad verdaderamente humanizadoras. Un sacerdote así es muy difícil de conseguir, pero es el único necesario. No es fácil vivir tan abierto a contactos y contagios múltiples. Ningún sacerdote, como tampoco una persona cualquiera, debiera tentar a la fortuna. Pero sin exponerse a la realidad, a la experiencia de los otros y a la experiencia honesta de sí mismo, no podrá hablar de Jesús. Y si de ser sacerdote se trata, solo es necesario uno parecido a Jesús: el hombre apasionado por la pasión del mundo.

La Iglesia siempre ha sido un espacio de libertad y de conversación. Desde antiguo, en los períodos y bajo regímenes más oscuros de la historia, ella fue ámbito de confianza para las voces acalladas. Pero en los últimos siglos, por razones de muy diverso orden, se ha acrecentado la distancia entre los fieles y la jerarquía. Hoy, para que la Iglesia sea realmente un lugar de diálogo, de crítica y de argumentación se necesita que la institución eclesiástica dé el paso al 2.0. La Iglesia lo necesita con urgencia. La esperanza en el Papa Francisco es grande.

El Papa, ¿rehabilita a Romero o reaviva el conflicto?

Francisco Papa ha desbloqueado el proceso de canonización de Oscar Arnulfo Romero. ¿Qué significa esta noticia? ¿Por qué se ha usado la palabra “desbloquear”?

Monseñor Romero fue obispo de San Salvador. El día 24 de marzo de 1980 un francotirador contratado por la extrema derecha, desde fuera de la iglesia, le metió un balazo en el corazón mientras celebraba la eucaristía. Esos años se desencadenaba en el país la guerra civil. Romero sabía que lo podían asesinar. Había solidarizado con los pobres, en especial los campesinos víctimas de la injusticia social y de la violencia militar. El pueblo salvadoreño le llamaba “la voz de los sin voz”. Lo amenazaron. No se calló. Continuó hasta el fin con sus homilías y sus transmisiones radiales. No paró de denunciar las atrocidades cometidas contra gente inocente. El fue uno más entre cientos de cristianos mártires, antes y después de esa fecha. En 1989 fue masacrada una comunidad jesuita completa. Seis profesores universitarios, la cocinera de la casa y su hija. Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA, fue eliminado por su rol clave en las negociaciones por la paz entre el gobierno y la guerrilla.

Monseñor Romero ha sido la figura más conflictiva de la Iglesia en América Latina. Unos niegan que su martirio haya sido martirio. Ser asesinado por motivos sociales no les parece martirio. Creen que la fe no tiene que ver con la política. Les impresiona que lo hayan matado mientras celebraba la misa. Pero no ven una conexión entre la eucaristía y la solidaridad del obispo con las víctimas de la violencia. El problema, dicen los partidarios del obispo, es qué se entiende por martirio. Estos, por su parte, hablan de él como de San Romero de América. Lo hacen provocativamente. Si la Santa Sede no quiere reconocer su cristianismo, ellos sí lo hacen. Si algún día la Santa Sede sí lo reconoce, será porque ellos lo hicieron primero. El catolicismo liberacionista latinoamericano ve a la jerarquía aliada con los católicos enemigos de Romero.

Ahora se avisa que el estudio de su santidad ha sido “desbloqueado”. ¿Qué pretende el Papa Francisco con rehabilitar a un hombre conflictivo? Talvez alguno de los cardenales electores piense que se lo escogió para reformar la Curia, pero no para reformar la Iglesia. Esta palabra “desbloquear” no se le escapa a un obispo de la Curia romana. No sería extraño que Francisco la haya usado antes que el obispo vocero. La causa de canonización de Romero no había podido avanzar. Había sido intencionalmente detenida. ¿Quién la bloqueó? Alguien no quiso reconocer al obispo de El Salvador el significado que su vida y su martirio tienen en América Latina.

Dejemos de lado esta hipótesis. Tal vez haber “bloqueado” la tramitación del proceso de Romero ha sido un acto bien intencionado. ¿Por qué no? La prudencia ha podido indicar a los papas anteriores, o a algún prefecto romano, que exaltar la figura de este mártir habría provocado agitaciones mayores entre la Iglesia y los gobiernos latinoamericanos, y al interior de ella misma. Pongámonos en este caso. La Iglesia jerárquica, testigo de las atrocidades padecidas por los cristianos de El Salvador, frenó la canonización de Romero. Ella perfectamente ha podido querer quitar fuego a circunstancias que habrían ocasionado todavía más crímenes de personas inocentes. ¿No pudo así actuar en conciencia? ¿Ser responsable?

 ¿Por qué entonces Francisco quiere ahora apurar la canonización de un mártir? ¿Para qué rehabilita a Romero? Se me ocurren dos cosas.

 Francisco sabe que las injusticias sociales son hoy tan reales como lo fueron en América Latina durante el siglo XX. Lo han dicho los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil, 2007). Las injusticias han podido mutar, pero continúan. El sabe, además, que la misión de la Iglesia en el continente es el mismo continente. En esto y no otra cosa consiste su misión evangelizadora. La Iglesia en esta parte del mundo, especialmente después del Concilio Vaticano II, ha tomado conciencia de que a Cristo se le anuncia cuando se libera a los pobres de sus miserias y se les reconoce su dignidad eterna. La rehabilitación de un obispo, hasta ahora ninguneado por las élites católicas, es, además de un acto de justicia con la persona de Romero, un gesto simbólico favorable a la Iglesia que hizo suya la opción de Dios por los pobres. Francisco no es ingenuo. Al desbloquear la causa del mártir más popular de América Latina, pone de nuevo a la Iglesia en la senda de la lucha por la justicia sin la cual la fe cristiana se desvirtúa. La misión de la Iglesia es América Latina. Si en el continente se multiplican hoy los modos de ser pobre; si el nombre de la pobreza hoy es la “exclusión” que afecta no solamente a los explotados, sino a los “sobrantes” y los “desechables” (Aparecida, 65), la eventual canonización de Oscar Romero es un campanazo de alerta. ¿De reclutamiento?

 Si Francisco quiere dar este campanazo, ¿es que desea que recrudezcan los conflictos ético-religiosos en el continente? No sé quién pudiera pensar algo así. Pero el Papa no ignora que un cristianismo enardecido contra la injusticia puede nuevamente originar mártires. En el caso de Francisco debe recordarse que él también tiene una poderosa razón para actuar en conciencia: Jesús es para los cristianos el primer mártir. Si a Jesús lo mataron por su amor a los marginados y sus gestos liberadores hacia víctimas inocentes, los cristianos hoy no pueden esconderse entre las polleras de la Santa Madre Iglesia por miedo al conflicto social.

 Desbloquear la causa de Romero es un acto conflictivo. Bloquearla también lo ha sido. Hemos de creer que ni en este ni en aquel caso ha habido mala intención. Nadie nos obliga a pensar mal. Pero sí debemos reconocer que el conflicto es una realidad histórica. Y que lo decisivo es, en última instancia, con quién se está y contra qué se combate.

Francisco ante el desafío del pluralismo

No sabemos aún qué sentido tendrá la reforma de la Curia Romana. Está claro que esta es la tarea que los cardenales han dado al Papa Francisco. Pues hay dos maneras de entender los cambios que se deben hacer: se reformará la Curia para que mejore el cumplimiento de su misión o se cambiará su misión, para lo cual se requerirá una Curia muy distinta. En este caso y en aquel, la relación que quiera establecer el nuevo Papa entre la fe y la cultura será decisiva. Francisco se servirá de la Curia para continuar gobernando una Iglesia católica culturalmente occidental o procurará, a través de la misma Curia, que la fe sea inculturada en culturas plurales; se perfeccionará la organización de una institucionalidad eclesiástica mono-cultural o se creará una institucionalidad eclesiástica nueva, orientada a fomentar un catolicismo poli-cultural y poli-céntrico.

 A mi juicio esta disyuntiva es decisiva. Tomo posición: en tiempos en que los cristianos descubrimos en el pluralismo un signo de los tiempos, esto es, un crecimiento en la valoración de las diferencias que Dios suscita en esta época, la Iglesia tiene que ser culturalmente plural y, en particular, debe serlo la institución eclesiástica. Esta debe indicar cómo Dios salva y se revela no solo a los católicos, sino en primer lugar a cada ser humano. Pero, ya que también es misión del obispo de Roma velar por la unidad de la Iglesia no será nada fácil, en este caso a Francisco, representar la unidad de las diferencias. ¿Qué hará si los cristianos de Asia, por ejemplo, no quieren un papado que los europeíce? El Papa puede tratar a los cristianos de Asia con simpatía y respeto. Pero, al momento de hilar más fino, pueden surgir diferencias considerables que él no logre integrar a la Tradición de la Iglesia, más aún cuando esta Tradición también debe avanzar con los aportes de las iglesias de los demás continentes.

 Benedicto XVI  – y ya antes como el Cardenal Ratzinger-, embistió en contra de la “dictadura del relativismo”. El vio en la fragmentación de la verdad de la cultura actual una amenaza fatal para la humanidad. Si lo verdadero de una persona es relativo a lo verdadero de otra persona, a la larga nadie tendrá la razón; pues si todos creen tener la verdad, y todos sostienen verdades distintas, nadie en definitiva la tendrá. ¡Será la guerra! El Papa emérito vio subyacente a un pluralismo ilimitado la pérdida de Dios, a saber, el principio de la unidad en torno a una única verdad. Cuando el pluralismo oculta tras un respeto a los demás una indiferencia hacia ellos, un dar lo mismo lo que los demás piensen, la convivencia tiene los días contados. Benedicto sostuvo, en contra del pensamiento relativista, la convicción de una convergencia en la “verdad”, como la condición básica de entendimiento entre los seres humanos.

 Esto explica que durante su pontificado haya pesado tanto el factor doctrinal. Por un parte afirmó con claridad las “verdaderas” consecuencias del Evangelio; por otra, controló a quienes pudieran haberse apartarse de la enseñanza oficial. Los pontificados de Juan Pablo y de Benedicto tuvieron un marcado talante teológico. El reclamo papal por “la verdad” cumplió una función gubernativa. Mediante ella los papas obligaron a la institucionalidad eclesiástica a cerrar filas, arriesgando, por otra parte, un distanciamiento con el Pueblo de Dios necesitado de orientación, pero también de libertad, de confianza y de protagonismo. Los candidatos a obispos fueron examinados con sumo cuidado. Muchos teólogos sufrieron las consecuencias.

 ¿Habrá cambio de Curia o cambios en la Curia? ¿Bajará Francisco el énfasis doctrinal a los dicasterios romanos o lo mantendrá? ¿Invertirá la relación de la institución eclesiástica con las iglesias locales o la mantendrá? ¿Aligerará los controles a los intelectuales o los mantendrá?

 Estas preguntas son decisivas. Ellas se reducen a una: ¿se abrirá la institución eclesiástica a la diversidad de la Iglesia? La Iglesia dispersa en el mundo es mundana. No puede no serlo. Ella experimenta cambios y transformaciones de los más diversos tipos según se encuentre acá o acullá; a veces avanza y a veces involuciona con la humanidad. Quien lo niega miente o se engaña. Si la institución eclesiástica, por tanto, no se abre a lo que está ocurriendo en el Pueblo de Dios, incluidos los sacerdotes y obispos, no atinará con el anuncio del Evangelio. En vez de ser pertinente será impertinente. Lo cual es muy grave. Así no atinará con el quehacer original e irrepetible de Cristo en la historia a través de su Espíritu. Pero, además, hará daño. Porque forzar la realidad es nocivo. El riesgo de una apertura indiscreta a los cambios acarrea peligros. Pero una cerrazón a los mismos es suicida.

 El Papa Francisco ha dicho que prefiere una Iglesia “accidentada” a una Iglesia “enferma”. Escribe a los obispos argentinos: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencia; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio”.

 Si esta metáfora vale para la institución eclesiástica, es muy preocupante que esta cierre a los católicos a la realidad y los concentre en sí mismos. El obispo de Roma prefiere, no obstante los riesgos, una Iglesia que se exponga al mundo real. ¿Prefiere una Iglesia más dispuesta a buscar la verdad que a proclamarla? ¿Una Iglesia que aprenda a una que enseñe? Hemos de suponer que quiere ambas cosas. Según parece, Francisco no teme tanto al peligro del relativismo como al del fundamentalismo de quienes se creen poseedores de la verdad. Si esto es realmente así, el obispo de Roma tendrá que mediar en el conflicto de las interpretaciones en vez de tratar de suprimirlas.

 El pluralismo es un enorme desafío. Los obispos chilenos han apostado por un tipo de pluralismo altamente necesario. Vale la pena recordar sus palabras: “Ni el simple consenso ni las estadísticas dan fundamento suficiente a lo que estimamos valioso. El pluralismo es inmensamente positivo porque nos ayuda a convivir y nos permite asumir diversos puntos de vista, comprendiendo la complejidad de la vida y ensanchando nuestra limitada visión de ella. Ese pluralismo, hecho de respeto y no de silencios, debe ser fomentado porque nos permite buscar con otros la verdad, complementándonos. Es un modo solidario de buscar y profundizar la verdad sin relativizarla. El pluralismo agudiza nuestra razón para llegar al fundamento que hace más razonables para todos lo que proponemos como un valor, sin relativismos y sin fundamentalismos” (Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile, 2012).

 Auguramos a Francisco éxito en su tarea de unir sin uniformar, de acoger la diversidad y trabajar por la comunión entre iglesias que puedan legítimamente intentar variadas formas de ser católicas. El Papa latinoamericano representa la apertura. El sabe que si la Iglesia no cambia con los tiempos, se asfixia. El ha leído la parábola de los talentos: es consciente de que la Iglesia no puede ser presa del temor. Prefiere una Iglesia “accidentada” a una parapetada en “verdades” que no reflejan sino miedo a la verdad.

 ¿Qué tipo de reforma de Curia intentará hacer? Esperamos que el obispo de Roma, acertando en los fines, acierte también en los medios. Si quiere abrir la Iglesia a los cambios y a la diversidad de las culturas, esta Curia, tal como está, ni aun mejorada, sirve. Se necesitará una Curia que se reestructure de acuerdo a una nueva misión.

Francisco y el desafío de una Iglesia policéntrica

Del Papa Francisco se espera mucho. Él simboliza la posibilidad de numerosos cambios. El mayor de todos es la inauguración de un catolicismo policéntrico: una Iglesia Católica en la cual el sucesor de Pedro sea más obispo de Roma que gobernante de la Iglesia mundial. Esto se dio durante el primer milenio del cristianismo. Bien pudiera, en el tercer milenio, reeditarse el pluralismo de los antiguos patriarcados. Entonces, el Papa, el Patriarca de Occidente, era el primus inter pares que velaba por la unidad y la comunión entre Alejandría, Constantinopla, Antioquía y Jerusalén. Aquella Iglesia no tuvo uno, sino varios centros de articulación.

 Francisco representa a una Iglesia menos centrada en el Papa (él ha querido llamarse “obispo de Roma”) y a un Papa tercermundista (uno que viene del “fin del mundo” y del “mundo de los pobres”).  Si esta combinación de factores converge en un cambio, este pudiera ser el de una Iglesia Católica más “católica”, más universal, más abierta a las diversidades y, quién sabe, policéntrica. Para que algo así se cumpla –esperamos que se cumpla- tendría que ser correcta la tesis de Rahner, por una parte, y que Francisco, por otra, suelte el freno al surgimiento de un catolicismo realmente plural.

 Según Karl Rahner, con ocasión del Concilio Vaticano II, por primera vez en la historia de la Iglesia se dio una colegialidad episcopal realmente mundial; con lo cual se estaría entrando en la tercera gran etapa de la historia del cristianismo (tras el breve judeo-cristianismo; tras, luego, el largo cristianismo greco, latino y germánico). Es decir, se estaría abriendo la posibilidad de una inculturación de la Iglesia en catolicismos culturalmente diversos: asiático, latinoamericano, africano, etc. A nuestro parece, si Rahner tiene razón, lo que hoy debe estar dándose es una presión sobre “el centro” (la iglesia romana occidental) por una mayor autonomía de parte de las iglesias regionales y locales. Los africanos, por ejemplo, pudieran estar pensando que no es indispensable ser europeos para ser cristianos. Lo cual les hará probablemente resistir la uniformación que ejerce sobre ellos la curia vaticana. ¿Existe  una tensión real y creciente entre la iglesia vaticana y las otras iglesias repartidas en el planeta?

 La elección de un papa sudamericano es significativa en caso que la respuesta a la pregunta anterior sea afirmativa. Si no lo es, la consagración de Jorge Mario Bergoglio, un argentino, será un hecho simpático. Una especie de gesto condescendiente con América Latina, y nada más. Pero, si Francisco interpreta que los reclamos de una inculturación plural de la Iglesia son reales y son legítimos, esto será decisivo para una eventual constitución policéntrica de la Iglesia. Si el Papa actual, en vez de forzar la unidad, promueve la comunión; si en vez de ejercer como gobernante de la Iglesia mundial, restringe su gobierno a Roma y reconoce autonomía a las diócesis y a las regiones eclesiásticas, surgirá, a largo plazo, una Iglesia muy distinta a la que hemos conocido. Las innovaciones dispararán en todas las direcciones.

 Al efecto, Francisco no necesitará tanto de una “mejor” curia (buenos nombramientos de colaboradores y reorganización administrativa), como de una curia “menor” (una curia que disminuya su importancia para que las otras iglesias crezcan en libertad y creatividad teológica, litúrgica y organizacional). Es arriesgado vaticinar algo así. Pero seguramente un pontífice latinoamericano que conoce las humillaciones de la curia romana a su iglesia local entreve un modo más colegial, si se quiere más “horizontal” o “democrático” de relacionarse el obispo de Roma con los otros obispos del mundo. (Las humillaciones sufridas en las conferencias episcopales de Santo Domingo y de Aparecida fueron especialmente vergonzosas para los obispos de América Latina).  

 Desde un punto de vista teológico, un cambio de esta envergadura no ofrece dificultad alguna. Navega con todo el viento a favor. Pues lo que se ha vuelto muy problemático, especialmente en tiempos en que arrecia el pluralismo y la valoración de las diferencias, es algo así como un reclamo monopólico de la autoridad del Espíritu Santo. La crisis de la Iglesia es patente. En palabras del Cardenal Hummes, “la Iglesia ya no funciona más; es necesario que se lleve a cabo una reforma estructural”. Hay problemas de gobierno. Hay, sobre todo, una gravísima desconfianza entre la jerarquía y los fieles y, peor aún, una aguda y acelerada ruptura entre fe y cultura en los católicos por parejo.

 El Papa ha empatizado con la inmensa mayoría de los católicos. Gusta mucho su llaneza. Está por verse si este feliz punto de partida tendrá, en lo que sigue, un despliegue en relaciones libres, fraternales y respetuosas entre las diversas iglesias que constituyen la única Iglesia. Se esperan cambios. Cambios mayores.