Archive for Jorge Costadoat

Charla: Cómo anunciar el Evangelio a los niños/as hoy

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Tarea espiritual de un país pendiente

 

Un déficit de Chile es espiritual. ¿El más importante?

La falta de reconocimiento e integración con el pueblo mapuche es una prueba. Se habla del “problema mapuche”. Este modo de ver las cosas revela exactamente la causa de la dificultad. Lo mapuche para los chilenos es “lo otro”. Un otro difícil, alguien que no deja tranquilos, que algunas veces impide el desarrollo y que siempre conviene pacificarlo. Pero el verdadero problema debiera llamarse el “problema chileno”. Y su solución, que un día todos los chilenos lleguen a sentirse orgullosos de “ser” mapuche.

La dificultad es espiritual, no encuentro mejor nombre. Mientras no se reconozca que el mapuche tiene espíritu, que tiene un mundo interior y derechos propios de personas, Chile estará pendiente. Los reconocimientos en nuestro país son una tarea a medio hacer. Comenzó hace casi 500 años. Ercilla se enamoró de los mapuche. Descubrió en ellos una dignidad admirada por generaciones.

Pero este incipiente comienzo ha tenido un pésimo itinerario. La codicia de los conquistadores no fue mayor que la de la oligarquía chilena del siglo XIX que desconoció al carácter de pueblo a los mapuche. La Corona se había sido obligada a reconocérselo. La República los despojó de su territorio. La ambición cortó el camino a una amistad. Con una violación, difícilmente pudo regularizarse un matrimonio.

Chile es un país enfermo a causa de este pecado. Insisto: el problema es espiritual. Los chilenos han debido avergonzarse del maltrato centenario del pueblo mapuche. En vez de hacerlo, le han endosado la culpa. Inocularon en los mapuche la vergüenza de su cultura, de su lengua, de su raza y de su pobreza. Ha sido una crueldad inaudita. Necesitaban hacerlo para hacer patria en patria ajena con buena conciencia. Los culparon –como suele hacérselo- para defenderse o aprovecharse de ellos. Todo al revés. ¿No han debido ser los chilenos los avergonzados? Los despreciaron como indios, pero no han podido apagar su fogata.

¿Cómo proseguir? Una vez más la pista es el amor. No estamos en cero. Invóquese el amor de tantas nanas mapuche que han criado con cuidado niños chilenos. Recuérdese a personas mapuche que han amasado a los chilenos el “pan nuestro de cada día”. También ha habido avances en el “amor político”, porque los poetas y los intelectuales mapuche hace rato han obligado a revisar la historia. El Estado, por su parte, ha creado becas escolares para niños mapuche, ha iniciado acciones para devolver a los mapuche sus tierras y ha incentivado el aprendizaje del mapuzugun (lengua preciosa, según los entendidos).

La pista es un amor serio. En este caso se requiere una conversión personal y también política. Conversión política, porque la justicia y la reparación son condiciones y expresiones de un amor auténtico. Los temas pendientes son bastante conocidos. Los compromisos sin cumplir, también. No ha faltado buena voluntad, pero sí verdaderos pasos adelante.

Sobre todas las cosas, el país requiere adentrarse en el alma mapuche. Los chilenos han de asomarse a su cosmología y habitarla. En ella se da la posibilidad de armonizar con la tierra y el medio ambiente, de gozar y de sufrir con el mundo al que se pertenece. En el corazón mapuche hemos podido ver independencia, altanería de la buena, mucha inteligencia, porfía, arrojo, amor por la palabra y la conversación. Hay en él un perdón ofrecido a cualquiera que lo pida.

Valga el caso del pueblo mapuche para recordar que en Chile la valoración entre las diversas tradiciones religiosas, culturales, humanistas y raciales está pendiente. Si el chileno algún día llega a afirmar con orgullo “soy mapuche”, en ese mismo momento habrá sido capacitado para decir, con honor y alegría, “soy aimara”, “soy pascuense”, “soy evangélico”, “soy judío”, “soy haitiano” y “soy ateo”, porque los mapuche me han liberado de mi culpa, de mi miedo a los diferentes y de mi codicia. Antes de esto, estaremos en camino, el mejor de los caminos.

Llegó el Apocalipsis

La situación creada por la pandemia del covid es apocalíptica. No se equivocan los catastrofistas. Hay razones para estar preocupados. Millones de latinoamericanos volverán a la pobreza. Hombres y familias se quebrarán. La mujer chilena, la que más, seguirá acumulando depresiones.

Vistas las cosas desde la luna, con un gran telescopio, se dirá que lo ocurre en la tierra es una crisis-dentro-de-la-crisis. Una sindemia. El cataclismo del coronavirus ocurre en tiempos en que la vida, en particular la humana, corre el riesgo de extinguirse. Si la temperatura media llega a 5°, talvez menos, sanseacabó.

La situación es apocalíptica, pero hay una apocalíptica mala y una buena. La mala es alimentada con temores paralizantes. Tal puede ser su impacto en la psiquis que hace que las personas bajen los brazos y se echen a morir. La versión religiosa mala de la apocalíptica ve en los tsunamis, ciclones, guerras, terremotos, inundaciones y plagas como esta del virus, un castigo divino por los pecados de la humanidad. El dios de las sectas apocalípticas suele entregar a un gurú el relato del acabo mundi y el dominio de las mentes de personas incapaces de pasar a otra acción que a la de distribuir panfletos alucinantes.

La buena apocalíptica, todo lo contrario, mueve a la acción con mayúscula. Su origen es bíblico. Surgió unos 150 años A.C. Se contiene en la literatura que quiso hacer justicia a los mártires macabeos que resistieron los intentos por helenizarlos. A las generaciones siguientes los libros apocalípticos prometieron que un día, al fin del mundo, habría un juicio que rehabilitaría a sus víctimas. El Apocalipsis del Nuevo Testamento entronca con esta tradición. Es un canto al Cristo que fallará en favor de los cristianos perseguidos y matados por el Emperador romano. Ellos, gracias a esta promesa, tuvieron esperanza y resistieron como si fuera razonable vivir en un mundo adverso.

Hoy, ¿hay que creer en Dios para dar la pelea contra la fatalidad? Pienso que no. Bastará con “creer” que tiene sentido ejecutar acciones que hagan justicia a los defraudados, al planeta. Acciones trascendentes, a saber, que nos hagan pasar de la defensa de los intereses particulares a la celebración de un mundo compartido. Compartir la tierra es trascendente. A quienes quieran compartirla, una buena apocalíptica les diría que tengan esperanza, que luchen, que crean que habrá algo así como un “Juicio final” en el que se sabrá a las claras que sus luchas tuvieron un valor eterno. Esta “fe” apocalíptica, en vez de aterrar, paralizar e inhibir, mueve a interrumpir el curso de la historia y, para ser concretos, a combatir las causas de la crisis-dentro-de-la-crisis que está llevando a la humanidad al despeñadero.

¿Qué causas son estas? Lo es, en primer lugar, la Bestia del capitalismo que nos unce como a bueyes para ultrajar la tierra, para extraer el concho de vida que le queda, como si pudiera ella aguantar cualquiera humillación. Lo somos todos los que hemos lastimado a Gaia, el mundo como ser vivo, como madre nuestra que nos alumbró, nos nutre y que tan mal hemos tratado.

¿Qué se puede hacer? Primero, resistir. Nadie nos puede obligar a comprar esto o aquello. La cuarentena, que ha frenado en seco nuestra frenética costumbre de consumir, nos abre la mente para imaginar otros estilos de vida. La chantada ha sido fenomenal. Sirva para ganar libertad. Que nos vendan es una cosa, otra que tengamos que comprar.

Segundo, es el momento de tomar iniciativas. Sigamos con los ejemplos mercantiles. Si quieres comprar maceteros para plantar tomates, en vez de pagar por dos de plástico, puedes comprar uno de greda. “¿Y si me sale más caro?”. “Paga, y basta”. “¿Y si no me alcanza?”. “Endéudate”.

Es también la hora de la acción política. En vez lloriquear contra los parlamentarios, los ministros o el presidente –motivos siempre sobrarán- óptese por los candidatos que le convienen a nuestra Madre Tierra. Désele el voto a quienes tal vez en el corto plazo no convenga a nuestro interés individual, pero en el futuro sí. Vótese por los políticos que tendrán el coraje cortarle las uñas al Dragón.

El neoliberalismo o nosotros

Temprano por la mañana un trabajador de la construcción se acerca al kiosco. Ismael le responde: $ 600.-. Le pasa el café. Uno dice “gracias” y el otro le dice “gracias”. Más tarde, a las diez, se acerca Miguel, un hombre en situación de calle. Recibe un café gratis. Sonríe: “gracias”. “De nada”. “¿No paga?”, pregunta un escolar. “Él, no”. Responde Ismael y se frota las manos porque todavía hace frío.

El niño no entiende. Todavía no sabe cómo articular la lógica de la justicia con la lógica del amor. ¿En qué consisten? ¿Son separables?

Vamos por partes: ¿existe el amor? Obvio, dirán los enamorados. Si miramos las cosas con microscopio, sin embargo, hay buenas razones para pensar que lo que prima en las relaciones humanas, al final del día, son grandes y pequeños contratos, millones, que constituyen un tejido social. “Si tú me das, yo te doy”. Un biólogo determinista o un filósofo materialista podrían decir a los mismos enamorados que la suya, en realidad, es una relación contractual estimulada por un sentimiento jugoso que facilita correr el riesgo de la infidelidad al contrato. El enamorado sería un interesado, un egoísta disfrazado de generoso.

Pero, ¿es el amor un mero contrato entre partes interesadas? ¿Es la sociedad nada más que un pacto social? Digo que no, pero no tengo como probarlo. El mío es un acto de fe: creo en personas que, como Ismael, dan sin esperar contraprestación; o dan las gracias, cuando lo único que les es obligatorio es entregar el café que les compraron. Creo en el amor que motiva la celebración de un contrato, el amor que se alegra con la ganancia de la contraparte, que puede urgir ante los tribunales el cumplimiento de la palabra dada y también perdonar las deudas a los deudores.

¿A qué voy? No es mejor el amor de Ismael al dar un café gratis a un mendigo que al vendérselo a quien puede pagarlo, sabiendo que lo hará feliz al tomárselo. Creo que una sociedad necesita de este tipo de amor, el mismo amor en sus dos aspectos. El amor que impide que unas personas vean en las otras nada más que un cliente.

Llego al punto: el neoliberalismo no cree en este amor, solo entiende de contratos de compra y venta. Nos está matando. El neoliberalismo es el dios de las AFP, de las farmacias, de la educación pagada, de la salud pagada, de las viviendas pagadas. Lo que todavía está por verse es, de terminar las AFP, por ejemplo, el liberalismo económico y político que fragmenta los partidos y convierte al prójimo en un consumidor, será derrotado o reciclado.

Dicho en otros términos, los super ricos hoy están en la mira. Por fin. Pero el asunto no es solo obligarlos devolver al pueblo con impuestos lo que le han quitado mediante una un Estado y leyes a su medida, sino hacer estallar la colusión subjetiva, invisible, cínica, entre los más ricos y un pueblo que ha interiorizado su avaricia. No será fácil que los chilenos se saquen del alma el mezquino que han cebado por décadas. ¿Tampoco los jóvenes? Da la impresión que los jóvenes de esta generación piensan no deberle nada a nadie, como si el pasado no existiera, como si la libertad que tienen para hacer cualquiera cosa no fuera el fruto de una liberación, la liberación que a las generaciones anteriores les costó sangre.

Esto es lo que pienso: una sociedad requiere de amor y de justicia. La justicia tiene que ver con contratos que se cumplen (do ut des); con impuestos que redistribuyen lo que pobres y no-pobres han ganado trabajando juntos. Pero la justicia, en última instancia, es nada más que un aspecto del amor por los otros singularmente considerados y como sociedad. El amor sin justicia es caridad de la mala, puro paternalismo. La justicia sin amor perpetúa la división y el individualismo. Es peligrosa. El amor, cuando es tal, cuando es mucho más que un sentimiento jugoso, implica la justicia y solo la consigue cuando considera que, para salir ganando, es necesario comenzar perdiendo.

La sociedad es un pacto social. Para serlo, empero, requiere de amor político. En Chile llegó la hora de la justicia. Pero no la conseguirá con el egoísmo que le inoculó una cultura que nos ha convertido en clientes y electores en oportunistas. Dos debates debieran tener importancia en la elaboración de la próxima constitución: la revisión del estatuto de la propiedad, pues hay mucho que restituir y reparar; y la regeneración de las disposiciones jurídicas que fortalezcan la democracia, porque los partidos no pueden continuar multiplicándose y los ciudadanos no pueden seguir votando cuando les dé la gana.

Entrevista con Marcos Sala

La Iglesia catacúmbica

La Iglesia catacúmbica sobrevive bajo tierra. No se la ve. No aparece en los medios. Se la creía extinguida. Existe. Arriba hay cenizas, abajo brasas.

En toda América Latina reverdece la solidaridad en las comunidades eclesiales de base. Es la Iglesia de los pobres del Concilio Vaticano II y de la Teología de la liberación. Hace dos mil años los cristianos leen la Parábola del Buen Samaritano (Lucas 10, 29-37). En Chile las ha activado la revuelta social de octubre y la pandemia del Covid-19.

Son mujeres que paran ollas comunes. Se han puesto el delantal, guantes en las manos, mascarillas en la cara y mallas en la cabeza, y guisan a lo largo de la mañana para cualquiera que a mediodía llegue con hambre. Son hombres que pelan papas. Llevan raciones a los contagiados. “Hoy carbonada”, anuncia por el whatsapp una religiosa. Ayer fue “arroz con pollo”. “Mañana habrá lentejitas”, me avisan. Trabajan largas horas. Hacen turnos.

¿De dónde sacan dinero para tanto gasto? De sus propios bolsillos en primer lugar. Los pobres ayudan a los pobres, nada nuevo. Pero también gente que tiene recursos ha comenzado a dar generosamente. Unos ponen $1.350 (que vale un kilo de pan). Otros, $200.000 (148 kilos). Tipo 17:30 se distribuye el pan-nuestro-de-cada-día: un kilo de pan por familia. El pan viene quemante, recién salido. Las comunidades apoyan con gas para calentar la comida, con parafina para entibiar a los ancianos. Si no les alcanza el dinero, van a las ferias por si los feriantes les convidan verduras.

Esta es la Iglesia catacúmbica. No hace declaraciones de amor. Ama, y punto. Es una Iglesia de personas que no buscan aplausos. Les importa poco la vida eterna. Sus penas, son las penas de otros. Sus alegrías, las de los demás. Arriesgan sus vidas y las de sus familias, se cuidan justo y lo suficiente. Son héroes, heroínas y podrían terminar de mártires. Habitan las catacumbas con velas de esperanza.

Los domingos por la tarde, ya a oscuras, se reúnen para rezar. Se comunican por el Meet de Google a través de sus celulares. No tienen misa porque les da lata ver a un cura comer solo. Pero no les falta lo principal: recordar al Jesús entregado por completo a anunciar el Evangelio a los pobres. No comulgan con hostias. Lo hacen con las palabras con que Jesús multiplicó los panes y los peces. Rezan, se arrepienten de su egoísmo, piden por los enfermos, recuerdan a sus muertos, comparten su agobio, lloran y organizan rifas para solventar la sepultura de un amigo del pasaje al que lo mató el famoso virus.

¿Dónde está la Iglesia? Se pregunta tanta gente. Se podría averiguar en el portal de la Iglesia en Chile. En todas las diócesis hay en estos momentos valiosas iniciativas de generosidad. Parroquias, capillas y sedes se han organizado para abrir ollas y fabricar canastas. Hay casas de retiro reorganizadas en residencias sanitarias y otras obras de caridad.

Pero, ¿dónde está la Iglesia? Se pregunta la gente común para referirse a las autoridades eclesiásticas. No lo saben los cristianos desinformados de estas actividades o personas que echan de menos a la generación de obispos liderados por el Cardenal Silva Henríquez. Si hoy por hoy lo que ocurre en la realidad no aparece en los medios, cabe preguntarse qué pasa. ¿Los medios tienen censurados a los obispos o los obispos evitan las cámaras?

Se podría pensar que si la Iglesia habita en las catacumbas, comparte sus bienes, reza y canta como los primeros cristianos, no hay de qué preocuparse. El problema es que estos cristianos habitan galerías no conectadas unas con otras. Si nadie las representa, nunca sabrán qué las une. La representación de la unidad es fundamental en todas las organizaciones sociales o políticas. Las personas que pertenecen a estas necesitan ver a sus autoridades, enterarse de que comparten sus preocupaciones, que se las confirma en sus iniciativas y que se la cuida. En la Iglesia chilena de hoy los cristianos tendrían que poder reconocer los rostros y saber los nombres de sus obispos, y comprobar que los anima un mismo espíritu y una misma misión.

Impuestos reparadores

“Los ricos roban, el Pueblo recupera”. Este grafiti de la revuelta social de octubre aterra. Todavía está en los muros del negocio de la esquina. La pandemia del COVID-19 ha agravado aún más la situación del país. ¿Qué quedará para recuperar?

La catástrofe en la que estamos, sin embargo, es ocasión para una verdadera mejoría. El país tiene una oportunidad única de hincarle el diente a la desigualdad. Pero no bastarán los US $ 12 mil millones que, a modo de respirador artificial, han de salvarlo. Llegó la hora de pelar bien el chancho. ¿Cómo? Urge modificar el concepto de impuestos.

¿Qué son los impuestos? Los que tienen más suelen creer que son una injusticia. Piensan que el Estado les sustrae lo suyo. Que les quita lo que han ganado con esfuerzo o que los priva de la herencia sagrada que les dejaron sus antepasados. Es posible, sin embargo, afinar el concepto. Entre varios aspectos que tiene la idea de impuestos debe estar la de una devolución. Miradas las cosas con lupa, a generaciones completas se les despojó de lo suyo o de lo que merecieron con sudor y sangre. ¿Se lo robaron los ricos? ¿Roban los ricos hoy? Es odioso plantear las cosas en estos términos. No se puede meter a todos los ricos en el mismo saco. Pero estos, por parejo, deben reconocer que el acervo monetario, patrimonial, social, político, cultural y religioso, contribuye significativamente a asegurar e incrementar su capital y su poder.

El caso es que los impuestos afectan a ganancias y posesiones actuales, pero no siempre se considera que, además, tienen que ver con historias de enriquecimiento injusto. Las herencias tienen rostros. Unos han heredado el color. Son rubios, ojos claros. Heredaron la manera de hablar, de caminar y de reírse. Los gustos. De padres a hijos se transmitieron apellidos y contactos. Pudieron estudiar en el colegio de sus padres, de sus abuelos. Entraron sin problema a las mejores universidades. Aún más, han llegado a sacralizar su estatus con una religiosidad que les ha hecho creer que son superiores al resto.

Los pobres, en cambio, han heredado la miseria por generaciones. Apellidos, rostros, estatura, taras, pintas, modos de saludar, modos de despedirse, ¿Algo más? Son huesos, son pieles, de pueblos originarios, de migrantes, de mineros y de campesinos. Es cierto que según los estándares quienes fueron pobres en Chile hace algunas décadas han pasado a formar parte de una gran clase media. Pero esta es vulnerable porque el Estado hoy no le asegura educación de calidad, ni vivienda, ni salud, ni pensiones dignas. Cuando termine esta pandemia, ¿seguirán esperando los herederos de los daños lo que cae de la mesa de los herederos de los privilegios?

Terminada la catástrofe el capitalismo volverá rampante. Pero el neoliberalismo, un hijo legítimo suyo, hijo que juega en favor de la acumulación de la riqueza, del prestigio y de variados privilegios, podría ser contrarrestado. El neoliberalismo (de derecha y de izquierda) ha desprestigiado a la política, ha hecho de los chilenos seres individualistas, ha liberado el voto, ha endilgado la jubilación a gentes con trabajos precarios y se ha servido del Estado para favorecer al 1% más rico de Chile. Estos poseen el 22,6 % de los ingresos y riquezas (Cepal 2019).

Se dirá que no es el momento para tocar el sistema impositivo mas que para reactivar una economía a punto de colapsar. Probablemente sí. Pero se puede remirar el concepto y, a reglón seguido, crear las condiciones para modificarlo. El país no debiera perder una oportunidad única de hacer un pacto social en serio. Los partidos políticos, hasta aquí, han dado dos grandes pasos. Falta el más importante. Pactaron un plebiscito para revisar el orden constitucional y pactaron un endeudamiento para superar la crisis del COVID-19. Ahora tendrían que concordar una idea de país más justa, a saber, una basada en un modo de entender la propiedad que integre en la noción de impuestos las restituciones debidas a las víctimas históricas de los mecanismos de acumulación y concentración de la riqueza.

¿Podrán los políticos innovar al respecto? ¿Les ayudarán los economistas en esta tarea? ¿Votará la ciudadanía en favor de un nuevo concepto de impuestos o seguirá votando a tontas y a locas por la derecha o por la izquierda, confundiendo la justicia social con la repartición de cajas de alimentos y bonos?

En Chile se hereda la riqueza y se hereda la miseria. Justo ahora que el país enfrenta una crisis económica y social de marca mayor, se abre la posibilidad de reparar. Es bueno que continúe la costumbre de que todos los ciudadanos sean contribuyentes. Los más pobres pagan y debieran seguir pagando el IVA o algo parecido. Pero ningún peso que impongan los más ricos debe considerarse el precio de una contraprestación ni tampoco un acto de caridad. En su caso, los impuestos debieran ser sobre todo, además de una forma de redistribuir las ganancias, un modo de restituir a los histórica y sistemáticamente defraudados.

Elogio de los políticos

Da miedo elogiar a los políticos. Lo hago con temor y contra el temor. Hoy, más que nunca, merecen un reconocimiento y un voto de confianza.

El caso es que los partidos políticos chilenos han alcanzado dos acuerdos de gran importancia en muy poco tiempo. Gracias a ellos, en cuestión de seis meses, el país ha revertido dos match point seguidos. El plebiscito en tabla de un eventual cambio de constitución no tiene precedente en la historia de Chile. Nunca la democracia chilena había creado las condiciones de su propia posibilidad. El acuerdo por apagar la catástrofe humanitaria causada por el covid-19 y reactivar la economía de hace unos días es una decisión política, sí, política, aunque sustentada por economistas y promovida por los médicos. Así deben ser las cosas. Los profesionales ponen un piso a compromisos que asumen los responsables primeros del bien común. Estos, en ambas oportunidades, han legislado para recuperar el país y enrumbarlo.

¿Ayudarán estos acuerdos a encauzar la vida en sociedad de los chilenos? La incertidumbre es hoy enorme. Pero las soluciones políticas concordadas son notables. La política es un arte difícil de entender. Cuesta hacer fe en los propios representantes porque los vemos discutir, traicionarse, denostarse unos a otros a cada rato, y luego tomar desayuno juntos como si nada hubiera pasado. Todas las profesiones tienen códigos herméticos para el común de la gente. Los expertos ciertamente son criticables, es indispensable poder hacerlo. Nuestros partidos y nuestros políticos, exasperantes en lo chico, han atinado en lo grande.

Conviene, con todo, mirar un rato la rabia contra la clase política. Sin duda la ciudadanía tiene fundamento in re para abucharlos. ¿Cómo no indignarse con las maneras de financiar sus campañas? ¿Con sus vínculos con la empresa privada? ¿Con pretender reelegirse atrayendo las cámaras? Es un dato, no una opinión, que entre los peritos de la política y el resto de la ciudadanía se ha creado un foso de incomunicación.

Pero la ciudadanía, ¿lo hace mejor? Desde que se liberó el voto, todavía ha sido posible ver un a viejo de corbata ir a las urnas a cumplir con su deber cívico. Este viejo volverá a ponerse la corbata para la elección siguiente aunque le vaya mal con la izquierda una vez y con la derecha la otra. No así una enorme cantidad de ciudadanos que no están yendo a votar. ¿Un 50 %? Muchos de estos se levantan tarde y se pasan la tarde en el sillón comiendo papas fritas, y esperando los resultados electorales. En los años próximos dispararán contra el presidente cuya elección pudieron impedir con su voto pero por confusión mental –rara mezcla de principios y de lata- no impidieron. Algunos no han acudido a votar con esta frivolidad, se han abstenido para protestar. Bien. Pero que asuman las consecuencias.

Esto no obstante, debe decirse en defensa de la ciudadanía, de la clase política y de la política en general, que la actividad sufre las consecuencias de cambios culturales y sociales mayores. Es sabido que las instituciones están en crisis. El capitalismo nos ha puesto a todos por parejo en una competencia por el dinero, ¡por la vida!, nunca vista. ¿Qué profesional puede estar al día de lo que se espera de él?

Otro factor más: las nuevas tecnologías de la comunicación suministran una cantidad infinita de información que permite a los ciudadanos ejercer un escrutinio de las personas calificadas, y de los políticos particularmente, muy exigente, pudiendo también ser engañadas por datos y noticias falsas.

En muy poco tiempo el país ha pasado de la capucha a la mascarilla. Con razón los chilenos arremetieron contra los políticos por haber cedido el país al neoliberalismo. Ahora último, ante un virus cachañero que exige cerrar filas en su contra, los compatriotas se han visto obligados a confiar en el gobierno. ¿Con confianza acrítica? Sería lamentable. El triunfo no está a la mano. Pero la convergencia crítica entre los ciudadanos y sus políticos, aunque no asegure la victoria, constituye el principal instrumento para lograrla.

Se barajan las cartas

Lo que ocurre se parece a un juego de naipes. Terminó una mano. Todo de nuevo. El mismo mazo. La misma posibilidad de ganar. Pero las cartas serán otras, otro el modo de jugarlas. Se barajan las cartas. Se reparten. Esta vez puede irnos mejor.

¿Qué sucede, qué sucederá dentro de poco? En lo inmediato se sienten los efectos de la catástrofe sanitaria y social del covid-19. Enfermos, muertos. Hambre. Crisis psicológicas varias. Parejas que terminarán odiándose. Niños pobres que no pueden seguir las clases por internet, evidencian la desigualdad de la sociedad en que viven, y que renuevan. Penas de todo tipo. Muchos de los que han salido de la pobreza volverán a ella. Se acabó el sueño de las vacaciones en el sur, del ranchito en la playa. Los hombres sin trabajo difícilmente se reconvertirán. Se quebrarán. La historia es conocida, basta volver a los ochenta. Las mujeres tendrán que parar la olla. Pero seguirán acumulando depresiones. Es un dato que las chilenas hoy suman una depresión tras otra.

A algunos, empero, les está yendo bien. Los vendedores de máscaras no se quejan. Se arreglaron los bigotes. Los especuladores seguramente están ganando. Son expertos en ríos revueltos. El narcotráfico está complicado, pero su resiliencia es envidiable.

Hay cosas que no cambiarán. A grandes y a niños les seguirán gustando las papas fritas. Sería extraño que alguno no haga pucheros con una película romántica. Será muy difícil controlar al capitalismo que lleva al planeta al colapso. Volveremos a una competencia feroz por la sobrevivencia y por aparentar. Nos harán comprar lo que quieran que compremos. Nos vigilarán para saber si efectivamente lo hacemos. Los algoritmos, el big data, adivinarán cada vez más los movimientos que puedan poner en peligro los intereses de la sociedad de consumo.

Pero hay también cosas que pueden cambiar para bien. En las grandes agitaciones de la historia hay algunos fuera de serie que “miran” y “ven”. Se adelantan. Abandonan lo conocido para incursionar en otros territorios. Le abren el camino a los que siguen detrás. Aunque no es necesario ser geniales para inventar nuevos y mejores modos de vivir la vida. Talvez no se podrá cambiar el “qué”, pero sí el “como”.

Es de esperar que de esta tragedia surja una humanidad de más calidad. No será posible sin una especie de conversión del corazón. ¿En qué consistirá? Es impredecible. Será preciso, en todo caso, reconocer lo principal para poner lo secundario en su lugar. Nuestras vidas se han llegado de superficialidades. Es cosa de abrir los roperos. Sobra de todo. ¿Qué es lo que de verdad nos falta?

La revoltura que experimentamos es ocasión para meditar acerca del tiempo que damos a esto y a aquello, y qué ajustes podemos hacer para aprovechar mejor las horas. Las horas son pocas. ¿De quiénes queremos encargarnos y de quiénes no podremos hacerlo? Somos limitados. Hay que reconocer que no nos dan las fuerzas para asumir cualquier responsabilidad. Un asunto de primera importancia será revisar a quiénes queremos “dar” y cómo hemos de “recibir”, porque dar es difícil, pero para recibir se requiere todavía más ojo.

El mismo juego, las mismas cartas. La ilusión de ganar, también la misma. Ojalá en esta mano nos concentremos en vez de chacharear.

En la actual situación de trastorno general de la vida, se nos da la posibilidad de mirar con atención para ver qué queremos más, qué queremos menos, e invertir toda la energía en seguir cada uno su estrella.

El cristianismo busca su adjetivo

Busco un adjetivo para el sustantivo “cristianismo”. De tantos cristianismos posibles, a lo largo de dos mil años, ¿qué es hoy el cristianismo?

Este, además de ser una religión, es una razón de ser de la humanidad entre otras muchas posibles. Es una que tiene la pretensión de articular fe y razón. No es mera fe. Es fe en un Dios que obliga a la razón operar como amor por el ser humano.

A los cristianos en todas las épocas les es imperioso dar a entender con palabras y con obras qué entienden por cristianismo, a riesgo de traicionar precisamente su razón de ser. ¿Cuál es el adjetivo que pudiera hacerlo comprensible en tiempos de una pandemia que hace imaginar nada menos que en el término de la especie?

Hoy se ensaya un cristianismo virtual. ¿Es este un buen adjetivo? Los contactos están vedados. No podemos contagiarnos. En su defecto, los cristianos se contactan mediante misas y oraciones virtuales. Pero mientras no puedan tocarse, hablar cara a cara y comulgar con una hostia verdadera, estos encuentros en alguna medida carecen de la participación que el Concilio Vaticano II quiso que tuviera la liturgia.

Esto mismo da pie para hablar de un cristianismo pendiente. Mientras el cristianismo sea solo virtual, algo fundamental faltará. La eucaristía está incompleta mientras haya hambre en el mundo. Pues allí está el personal de la salud que da de comer a los enfermos en la boca, a sabiendas que un estornudo puede llevarle a la tumba. Es comprensible que en los servidos públicos haya cristianos que no quieran arriesgarse. Tendrán buenas razones para excusarse. El cristianismo es cosa de testigos y no necesariamente de mártires, pero quienes ofrecen su vida para alimentar y cuidar a los demás, crean o no en Dios, le indican a los cristianos, y no solo a los cristianos, por dónde seguir. Pendiente es un buen adjetivo, pero es insuficiente porque ya ahora hay cristianas y cristianos que no temen el martirio.

Los cristianos mártires recuerdan, a la vez, un cristianismo catacúmbico. En su tiempo hubo algunos que escapaban de las persecuciones del Imperio romano escondiéndose en las catacumbas. Es obvio que los cristianos, al igual que los ateos y los agnósticos, están hoy fondeados por temor a enfermarse y por no enfermar a los demás. Se los manda la ley y se lo piden sus autoridades religiosas. Se someten a lo mandado. Es lo que hay que hacer y solo una verdadera emergencia puede autorizar su incumplimiento.

Pues bien, por esta misma razón esta norma no siempre se cumple. También se da un cristianismo a escondidas. En los sectores pobres hay personas y comunidades que ofrecen comida a gente con hambre, reparten canastas, compran balones de gas a los abuelos, se las rebuscan para llevar remedios a los enfermos. Estos cristianos corren el riesgo de que les pasen una multa. Es decir, el adjetivo catacúmbico tampoco sirve del todo. Abre la puerta a la posibilidad de no cumplir mandatos pero, una vez abierta, puede olvidar cerrarla.

En cuanto transgresivo, este cristianismo es también aguerrido, viril. Se atreve desoír una norma con tal de ser fiel a la justicia y a la caridad. Pero viril, sabemos, es una palabra ambigua. Mejor dejarla de lado porque suma en favor del catolicismo eclesiástico que pone a las mujeres a jugar en segunda división. Viril proviene del latín vir que significa varón, y que se asocia con una raíz indoeuropea, *wiro, que denomina a un hombre fuerte. Conviene prescindir de este adjetivo porque el cristianismo recién descrito tiene que ver con las enfermeras y las auxiliares, mujeres que hacen lo que hacen por amor y no solo porque se trata de su trabajo.

El ícono del cristianismo en la actualidad son estas mujeres y otras más, católicas, evangélicas, creyentes o no creyentes que, con trabajo o cesantes, han parado una olla común y, con máscaras y guantes, hacen turnos para cocinar, todo para devolver la mano a quien alguna vez hizo otro tanto por ellas. Devuelven la mano a alguien de quien quizás nunca supieron su nombre.

El cristianismo no tiene adjetivo. No tiene nombre ni apellidos. Se llama como se llaman las personas que hacen que la humanidad ame a la humanidad.