Archive for Jorge Costadoat

Sacerdocio para varones casados

Ha concluido en Roma el Sínodo sobre la Amazonía. Este reunió a un número significativo de obispos y personas relacionadas con esta extensa región (Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Guyana, Surinam y Guayana Francesa), zona especialmente vulnrable al impacto de la acción humana en el cambio climático, para deliberar sobre la tarea evangelizadora de la Iglesia.

Los resultados del Sínodo, especialmente desde el punto de vista del cuidado del medio ambiente, y sobre todo, de la protección de la población nativa, son alentadores y desafiantes. Su éxito dependerá evidentemente de cuánto sea posible llevar a la práctica, yendo en contra, por ejemplo, de políticas económicas liberales como las del presidente Bolsonaro. También en Chile es imperioso que la Iglesia haga suyas las directrices de este documento y salga en defensa de nuestros pueblos originarios.

También ha sido auspicioso para la región, y sobre todo para los católicos de otros países y continentes, la apertura del sacerdocio a hombres casados. Dos son las razones que han exigido esta modificación pastoral. La primera, es la inmensa cantidad de cristianos que no tienen prácticamente ninguna posibilidad de participar en la eucaristía por falta de sacerdotes. “En ocasiones pasan no sólo meses sino, incluso, varios años antes de que un sacerdote pueda regresar a una comunidad para celebrar la Eucaristía” (SA 111). La segunda, es la presión del laicado católico mundial por terminar con el celibato obligatorio, debida a los abusos sexuales del clero y por el encubrimiento de sus superiores jerárquicos.

Este Sínodo, al igual que aquel anterior que abrió la posibilidad de comulgar en misa a los divorciados vueltos a casar, ha sido fuertemente resistido por sectores católicos conservadores minoritarios, pero muy poderosos. El cardenal Müller ha dicho que ““ni siquiera el Papa puede abolir el celibato”. El documento final tiene gran estima por el celibato de los sacerdotes. Pero recuerda que este no es materia de fe, sino una determinación pastoral con una larga tradición. Se ha recordado, por lo mismo la práctica de la Iglesia oriental que ha mantenido el sacerdocio de varones casados por dos mil años.

Las condiciones para esta importante innovación son las siguientes: debe tratarse de varones que puedan dedicarse plenamente a este servicio; de personas capaces de desempeñar la labor sacerdotal, cualidad que debe ser reconocida por la comunidad cristiana; de laicos que previamente han sido ordenados diáconos, y que hayan cumplido bien esta misión; de diáconos que hayan recibido una formación adecuada para desempeñar el servicio sacerdotal; de esposos con una “familia legítimamente constituida y estable”; y, por último, de personas que vivan en la zonas más remotas de la Amazonía. Este número 111 del documento fue aprobado por 128 contra 41 votos. El texto, además, reconoce que “algunos se pronunciaron por un abordaje universal del tema”.

Desde antes de la celebración del Sínodo hubo reacciones feministas contrarias. La extensión del sacerdocio a varones casados solo ha podido postergar el reconocimiento de la legitimidad teológica y de la necesidad pastoral del sacerdocio femenino. El único paso en esta materia fue haber solicitado los participantes compartir sus experiencias y reflexiones en la Comisión de Estudio sobre el Diaconado de la Mujeres creada por el Papa Francisco, la cual aún no llega a resultados concluyentes. En las consultas realizadas antes del Sínodo se valoró “el papel fundamental de las mujeres religiosas y laicas en la Iglesia de la Amazonía y sus comunidades, dados los múltiples servicios que ellas brindan” (SA 103). Pero esta mención laudatoria no ha sido suficiente.

No se puede seguir alabando a las mujeres y negándoles la posibilidad de participar en la toma de decisiones al más alto nivel de la institucionalidad eclesial, por la precisa razón de no ser sacerdotes. En suma, el Sínodo pide el sacerdocio para varones casados, pero no para todos; y diaconado para las mujeres, pero no todavía.

Explosión social en Chile

Chile explotó en el momento menos pensado. Parecía el paraíso entre países latinoamericanos convulsionados. Explotó como ha podido hacerlo un volcán que hubiera dormido por miles de años debajo de Santiago.

La explosión

La autoridades del Metro de la capital anunciaron un alza en el precio de los pasajes que, sin ser desmesurado, gravaba otra vez más uno de los sistemas de locomoción, comparativamente, más caros del mundo. En respuesta, los jóvenes, a quienes sin embargo no se alzaba el pasaje, comenzaron a destruir los controles mecánicos y, tras ellos, personas adultas pasaron sin pagar. En solo dos días la ciudad estalló en protestas de todo tipo y, muy poco después, las manifestaciones se han extendido a otras ciudades del país.

Muchos han salido a las calles para hacer sonar cacerolas; otros han protestado con las bocinas de sus autos. Estos, por cierto, no han sido los mismos que han quemado buses, supermercados y numerosas estaciones del Metro, además de saquear diversos tipos de tiendas o destruir las señaléticas. Los daños son incalculables. Afectarán por largo tiempo el trasporte al trabajo de las mismas personas que se han manifestado en contra de varias formas de injusticia.

Las causas

Es difícil saber exactamente las causas más profundas de un fenómeno tan violento y tan extendido. Analistas importantes aventuran razones del estallido con un “quizás”. No hace mucho las estadísticas de felicidad de los chilenos señalaban que estos se consideraban bastante felices, aunque pensaban que la sociedad andaba mal. ¿Qué explica esta paradoja?

Aun así, las razones que la misma gente da, y que no cuesta mucho comprobar, es la desigualdad en la distribución de los bienes y las oportunidades y los abusos cometidos por empresas y negocios varios, entre los cuales ha llegado a ser emblemática la colusión de las redes de farmacias para subir los precios de los medicamentos; y, también, las corporaciones de previsión que preanuncian jubilaciones muy bajas. Además, es posible pensar que una sociedad de consumidores se ha sentido frustrada por no poder acceder a una infinidad de productos y que además, ante ofertas incumplidas del gobierno, teme retroceder en su bienestar.

Como causa de estas desigualdades y abusos, es posible reconocer al neoliberalismo, constituido en el motor de la sociedad chilena hace ya muchos años, muy difícil de gobernar por la clase política. El modelo económico de crecimiento ilimitado y deficientemente regulado opera a la vez atizado por aquella competencia mundial que favorece progresivamente a los super-ricos en desmedro del 82 % de la población mundial; las ganancias de los super-ricos chilenos, por otra parte, son las que disparan el PIB, ocultando que la gran mayoría de los chilenos gana sueldos modestos.

Otra causa que ciertamente ha tenido mucha importancia en esta crisis es una juventud anómica, jóvenes que median su subjetividad consigo mismos, que desconocen límites externos y solo creen que es verdadero lo que a cada uno le parece que lo es. Muchos de los jóvenes se comportan de un modo intolerante y violento.

Otra razón de descontento es el desprestigio (mundial) de las instituciones. La clase política, en particular, no ha auscultado el pathos social y, en vez de intentar hacerlo, ha dedicado mucho tiempo a la perpetuación en los cargos. La misma Iglesia, afectada por el desprestigio enorme de su jerarquía debido a los abusos sexuales del clero y a su encubrimiento, apenas ha hecho oír una voz que ya a nadie le interesa escuchar.

En lo inmediato, también ha exasperado a la población el mal manejo de la situación del gobierno de Sebastián Piñera, cabeza de la alianza de derecha. Él y sus ministros han hecho declaraciones muy lamentables que, sin embargo, no pueden ser consideradas simples errores no forzados sino expresiones características de la mentalidad de las derechas.

¿Qué ocurrirá a futuro?

En estos momentos urge controlar los desmanes e imponer el orden. No puede ser normal que los ciudadanos hayan perdido todo respeto a la policía e incluso a militares, desafiándolos abiertamente en plenas horas de toque de queda. Solo restableciéndose la legalidad institucional será posible abordar los problemas de fondo.

Estos días la clase política, con torpeza, procura reaccionar unida. Se ha dictado una ley para que los pasajes del Metro vuelvan al precio anterior. Pero las protestas continúan. Diversas organizaciones sociales y voces autorizadas llaman a la calma y al diálogo. Pero el futuro de Chile es incierto.

La principal pregunta en este momento es por la gobernabilidad. Algunos divisan en el horizonte alternativa populista a lo Bolsonaro, pero esta difícilmente puede tener futuro en un país traumado por la violencia de la dictadura de Pinochet ejercida por los militares y policías. Estos no quieren golpear a nadie ni menos usar las armas contra la población. La otra alternativa es el caos y todo lo que este puede devorar.

Obviamente, la apuesta solo puede ser por mejorar la democracia. Chile necesita una que contenga a una sociedad molesta con todo tipo de autoridades y también consigo misma.

Juntemos esperanza

El Estado de Chile: Bases de la Institucionalidad

Creo que es necesario apoyar el Presidente Piñera para que controle la tendencia al caos, aunque lamento que diga que “estamos en guerra”. No lo estamos. Error del Presidente. Si no controla a las vándalos, espero que dé un paso al costado. Los vándalos, por cierto, no es la gente que toca ollas y bocinas con la cual es imposible no estar de acuerdo.

Urge que baje la temperatura. No es lo mismo protestar que incendiar, destruir y saquear. Los desequilibrados y los sinvergüenzas se están aprovechando de la legítima protesta ciudadana. La temperatura baja si se acata el toque de queda. Si el caos gana todos saldremos perdiendo.

Hay miedo. Las personas con quienes he cambiado una palabra están asustadas. Espero que tengamos la lucidez para reconocer los verdaderos peligros, distinguirlos de los falsos, y que no nos falte el coraje para enfrentarlos. Creo que la paz también se consigue corriendo algunos riesgos.

Los políticos son indispensables. Piensen ellos en que han fallado. No sus adversarios, sino ellos mismos. Hace rato tenemos la impresión de que nos han abandonado. Ofrezco un voto de confianza al político dispuesto a arriesgar su reelección y al q deje su cargo en favor el país.

¿Qué hacer? Es el momento de la acción. El asunto es qué hará cada uno de nosotros. Talvez algunos, con su acción sensata, iluminen nuestras acciones y nos den la fuerza para llevarlas a la práctica. Criticar, sí. Tratar de entender, también. Pero sobre todo pasar a la acción. Un paso por pequeño sea, bien dado, cambia el mundo.

Vivo en la Alameda. No me preocupan las bombas ni los destrozos. Estoy acostumbrado. Me preocupa que Chile se dispare a los pies. Espero que predominen autoridades verdaderas, gente con cabeza y corazón, con sentido de la realidad y amor por la justicia.

 

 

Préstamos usureros

Qué IglesiaMe hicieron saber que la Sra. A.M.C., integrante de mi comunidad cristiana, estaba pasando hambre, tenía anemia y no daba ya más con una deuda adquirida con una caja de compensación por $ 200,000 el año 2009. Pedí que me consiguieran el comprobante del último abono. Acudí a la caja. Solicité todos los antecedentes. Esa misma tarde escribí correos a varios amigos para que me ayudaran a cancelar lo que a A.M.C quedaba por pagar. Junté lo necesario. Al día siguiente fui nuevamente a la caja y cerré definitivamente el compromiso.

Consulto en Google por “anemia”: “Esta enfermedad consiste en la disminución de glóbulos rojos circulando por el organismo, lo cual puede afectar el rendimiento físico y cognitivo de una persona, debilitando al paciente, con una sensación de fatiga constante. Según los expertos, hay varios tipos de deficiencias nutricionales que podrían acarrear anemia. La primera, y la más conocida, es la que se da cuando no se consumen las cantidades necesarias de hierro. La segunda aparece cuando el organismo no recibe buenas proporciones de la vitamina B12 y la última, cuando el paciente no ha sido consumidor habitual de alimentos ricos en ácido fólico”. Es decir, sí, la anemia tiene que ver con el hambre.

Efectivamente A.M.C. el año 2009 contrajo un “Crédito social en pesos”. Debía pagarlo en 84 cuotas. Había pagado a la fecha $ 796,960. Le quedaba por pagar $ 148,106. En total habría debido pagar $ 945,066 el 2016. Se dirá que hay que considerar la inflación. ¿Pero cómo puede ser que una ley de la República permita a una caja de compensación que una anciana enferma y pobre se endeude de esta manera y termine pagando tres veces lo que se le prestó? ¡Tres veces! ¿No debiera en cambio el Estado de Chile proteger a los ciudadanos más vulnerables?

Años atrás siendo capellán de la Toma de Peñalolén se me acercó otra integrante de nuestra comunidad y me dijo: “Padre, di su nombre”. Le pregunté para qué. Me respondió: “Saqué una tarjeta”. Seguramente un vendedor avispado creyó hacer más vendible la tarjeta de consumo si M.C., analfabeta, pensaba que dando mi nombre la cosa era más seria. El vendedor ese nunca supo que días antes esta misma Sra. había querido suicidarse. Sus niños pequeños le gritaban: “queremos leche”.

¿Hay hambre en Chile? Sí. ¿Se combaten las injusticias en Chile? A veces.

El colmo de mi sorpresa es que la cobranza de deudas como la de A.M.C las realiza el Ministerio del Trabajo. Ella tiene la pensión que el Estado da a los ancianos. De los $ 89,000 de su pensión, el Ministerio se encarga de descontar mensualmente unos doce mil pesos.

¿Hay alguna institución que fiscalice estas situaciones? Me dicen que le corresponde a la Superintendencia de Seguridad Social. ¿Quién lo está haciendo peor? ¿La Superintendencia? ¿El Ministerio? ¿La caja de compensación…?

La propiedad privada en veremos

Es obvio. Está a la vista. No soy economista ni político, pero todo indica que la crisis socio-ambiental desencadenará un cuestionamiento de la propiedad privada. Si me equivoco, que me corrija un experto. Mi hipótesis es que la acumulación de la riqueza se volverá insoportable para la gente común, al mismo tiempo que la política, en Chile y en el mundo, recuperará la importancia que merece.

2019 será recordado como el año de la toma de conciencia mundial de la crisis de un modelo de desarrollo que ha puesto a la humanidad al borde del precipicio. La crisis de la economía de consumo, de la economía neoliberal, de la economía de la maximización de las ganancias, de la acumulación del capital por el capital o como quiera llamársela, es patente en los resultados: el planeta no da para más. Estudios hay de todo tipo para darse cuenta que la causa precisa del desastre ecológico es un sistema económico que favorece una acumulación de capital que no mide los costos ambientales y sociales del crecimiento ilimitado.

Mirada de cerca, esta es una crisis socio-ambiental porque las primeras víctimas, como suele ocurrir en todas las catástrofes, son los más pobres. Lo son ya ahora, poblaciones afectadas por sequías cada vez más agudas, que no tienen casas suficientemente fuertes para soportar los ciclones o que ven que los más ricos se apropian o simplemente les roban las aguas.

Estos son los efectos, la posibilidad del aumento de capital fuera de todo control es su causa. El reconocimiento del superior valor de la propiedad individual sobre el colectivo, logro histórico de la codicia, si se quiere revertir la tendencia a la debacle, deber ser revisado. Urge poner las cosas en orden. Ha cambiado el sentido común. La mayor conciencia de la responsabilidad universal sobre un planeta que nunca debió dejar de pertenecer a todos, hará que sus habitantes volvamos los ojos hacia los avaros. ¿Con qué derecho se han apropiado de una tierra que solo puede tener un dueño: la humanidad y los otros seres vivos con quienes los seres humanos la comparten?

Los super-ricos del mundo acumulan el 82 % de la riqueza mundial.

Los más ricos del planeta eluden impuestos moviendo los capitales donde estos son más bajos, las grandes empresas influyen en la política, los derechos de los trabajadores son erosionados y los gastos en favor de los pobres son recortados.

Si algún día se legalizó la privatización de las aguas, ¿por qué otro día no pudiera, también legalmente, expropiárselas?

Los grandes propietarios –no así los grandes especuladores- están preocupados. Los propietarios más ricos que han hecho fortuna produciendo bienes, generando trabajo mal o bien remunerado, tendrán que soportar muchas miradas acusadoras. Se han apoderado de campos. Destruyen los glaciares. El péndulo alcanzó el punto más alto favorable a los adinerados y va de vuelta al punto más alto que puede favorecer a los ciudadanos. Los empresarios se apurarán en conseguir sellos “verdes” para capear la COP25.

Bienvenida la política. ¿Le toca ahora a las izquierdas? No necesariamente. No es nada claro que lo harían bien. La ciudadanía debiera exigir a los políticos ponerles cascabeles a los gatos y los políticos debieran dejar de pensar en su reelección. La ciudadanía en vez de lloriquear contra sus representantes y, al mismo tiempo, hacer pucheros por la destrucción del medio ambiente, tendría que cambiar de mentalidad, moderar su consumo y disponerse a compartir sus bienes. Ahora le toca sobre todo a los ciudadanos a través de los políticos o de las comunidades.

Termino con un ejemplo del movimiento cultural y pendular en curso. Macarena Segovia sostiene: “Para este año, la Dirección General de Aguas programó 38 remates de derechos de aguas de ríos y esteros, el 97% de ellos en la Región del Biobío. Actualmente hay dos comunidades en dicha región que se encuentran movilizadas para detener estos remates de aguas que fueron recuperadas por el Estado, debido a que los privados que habían adquirido los derechos, no pagaron las multas por el no uso de los mismos. Los vecinos y comunidades han levantado recursos ante la justicia para evitar la privatización de los ríos Queuco y Renaico, un mecanismo que está reglado por el actual Código de Aguas” (El Mostrador, 14 de octubre, 2019).

Entrevista a José Aldunate

AÑOS ATRÁS LE HICE UNA ENTREVISTA A DON PEPE

JORGE: Don Pepe, buenos días. Conversemos sobre el tema de la Compañía de Jesús en los últimos cincuenta años. Vamos al grano inmediatamente. ¿Cómo vio, cómo ve usted a la distancia, a la Compañía durante la dictadura militar? Usted tuvo una participación importante un poquito antes del Golpe, y todo el período posterior.

JOSÉ: Yo estuve durante todo el período militar un poco al margen de la Compañía, porque inicié un tiempo de sacerdote obrero, precisamente en la víspera del Golpe. Fue el primer día en que me separé de la vida comunitaria y empecé una vida de sacerdote obrero.

JORGE: ¿Dónde fue esto?

JOSÉ: En Concepción. Con todos los permisos del provincial me hice sacerdote obrero a través de una experiencia con Juan Caminada. Me inicié en una vida al margen de la vida comunitaria de la Compañía. Entonces estuve diez años, se puede decir, viviendo en otras casas que no eran las casas corrientes. Por eso, mi experiencia ha sido un poco marginal. Si me preguntan cómo se comportó la Compañía durante la ocupación militar, yo diría que estuvo muy ausente de mi órbita de acción. Un ejemplo, yo me ocupé y más o menos soy conocido por el grupo de…

JORGE: ¿Sebastián Acevedo?

JOSÉ: Sebastián Acevedo. Y en Sebastián Acevedo no hubo nunca ningún jesuita.

JORGE: Pero era bastante riesgoso eso…

JOSÉ: Era un poco riesgoso, pero había estudiantes franciscanos que iban incluso con sus hábitos, había monjas en todos sus colores, y de otras congregaciones también. Así que no era una cuestión tan riesgosa. Talvez había también una cierta desconfianza con la línea de Sebastián Acevedo, que era en el fondo una línea muy tradicional, pero que admitía a gente de cualquier tendencia.

JORGE: Y Sebastián Acevedo comenzó en Concepción, ¿o me equivoco?

JOSÉ: No, empezó aquí en Santiago. Después en Concepción se distinguió bastante. Y bueno, allí ocurrió la autoinmolación de Sebastián Acevedo, el caballero que se quemó a las puertas de la Catedral de Concepción. Pero eso fue cuando el movimiento ya había partido. El movimiento es independiente de ese suceso, solamente tomó el nombre de Sebastián Acevedo después de un par de meses de funcionar.

JORGE: ¿Y qué año empezó Sebastián Acevedo?

JOSÉ: Lo empezó un grupo que se llamaba el EMO, Equipo Misión Obrera, que era la continuación de la iniciativa de Juan Caminada de instituir en Chile sacerdotes obreros. Así que el EMO fue fundado por sacerdotes obreros que desarrollaron después un movimiento de reflexión y de acción, y ese movimiento dio origen a Sebastián Acevedo.

JORGE: Caminada, ¿quién fue Caminada?

JOSÉ: Caminada fue un cura bastante original, bastante también insoportable por su carácter, que vino a Chile para realizar una experiencia. En Holanda tuvo la idea de hacer un puente entre mundo obrero y la Iglesia. Entonces vino a Chile a experimentar su proyecto y esa experiencia se llamó el Movimiento Calama. Porque lo inició en Calama. Buscó curas de ciertas procedencias y formó un grupito de 12-14 sacerdotes obreros. Y entre ellos me inscribí yo y se inscribió también Pepe Correa, de los jesuitas.

JORGE: ¿Nacho Vergara estaba ahí o no?

JOSÉ: No, Nacho Vergara fue un hombre muy solitario, un obrero auténtico, pero andaba por su propio camino. Y bueno, de ese Movimiento Calama con Juan Caminada varios fueron expulsados de Chile con el Golpe. Ellos salieron, pero nosotros quedamos. Quedó un grupo de seis chilenos que habían pertenecido al Movimiento Calama. Los que quedamos formamos un grupito que se llamaba el EMO y decidimos continuar el movimiento Calama aquí en Chile, en ausencia de Juan Caminada, porque a él lo expulsaron por supuesto.

JORGE: ¿Estaba ahí Mariano Puga? ¿Roberto Bolton?

JOSÉ: Sí, estaba Mariano Puga. Bolton se juntó después.

JORGE: ¿Estaba Sergio Torres?

JOSÉ: No, los principales fueron Mariano…

JORGE: ¿Marotto?

JOSÉ: Sí. Y juntamos monjas también, no solamente curas. También laicos. Y formamos un grupito de unos cuarenta.

JORGE: Me decían que ustedes dentro del proyecto Caminada, como quería algo así como volver a los orígenes del cristianismo; que eran tan radicales como dejar de hacer misa por un tiempo y después recomenzar de a poco…

JOSÉ: Ese era un poco el plan de Juan Caminada, de que este grupo de obreros sacerdotes, fueran un puente entre la Iglesia y el pueblo. Ellos tenían que dejar la Iglesia, hacer “el éxodo”, para incorporarse al pueblo, asumir todas las culturas y la línea popular, y después volver a la Iglesia haciendo el puente. Ese era el proyecto.

JORGE: Perdón, y usted, ¿hizo ese camino?

JOSÉ: Sí, lo hice.

JORGE: ¿Y cree que cumplió lo que Caminada tenía en la cabeza?

JOSÉ: En cierta manera lo cumplimos. Y de nosotros, y de lo que esos años se vivía, salió una Iglesia de izquierda. La Iglesia no tenía una izquierda, tenía una derecha y un centro. Y yo creo que después de los militares, del tiempo militar, se constituyó una Iglesia de izquierda. Y allí se dio el puente, porque la Iglesia, que normalmente expulsaba a la izquierda, que no quería nada con el socialismo, con el comunismo, con esas eran herejías, encontró en nosotros un vínculo con el socialismo y comunismo. Creamos una Iglesia de izquierda.

JORGE: Pero la Compañía en esos años, por ejemplo la de la Unidad Popular, reflejaba un poco lo que era la realidad de toda la Iglesia. Si la Compañía tenía sectores de derecha muy marcados y sectores de centro…

JOSÉ: Muy de centro, pero no tenía de izquierda.

JORGE: Ni siquiera la Compañía tenía de izquierda.

JOSÉ: Yo creo que no tenía de izquierda, no he conocido…

JORGE: Salvo Gonzalo Arroyo.

JOSÉ: Ah, cierto. Gonzalo Arroyo sí, muy ciertamente. Y después bueno, algunos tal vez acompañaron a grupitos como la Izquierda cristiana, el MAPU. Todos esos eran Iglesia de izquierda.

JORGE: A Hernán Larraín, ¿dónde lo pone usted?

JOSÉ: Yo lo pongo en el centro, pero con simpatía de izquierda. Yo creo que él se mantuvo dentro de la revista Mensaje en una línea de simpatía de izquierda. Yo me acuerdo un artículo que publicó sobre el Che Guevara que causó roncha porque tenía simpatía con él, pero Hernán no alcanzó a ser un hombre de izquierda.

JORGE: Usted en Concepción trabajó como obrero, ¿con quién vivió allá en Concepción?

JOSÉ: Yo viví con Pepe Correa. Pepe Correa fue para mí una inspiración. Yo pensé: un hombre tan santo, tan moderado, que se hace sacerdote obrero, yo también quiero ser sacerdote obrero.

JORGE: ¿Dónde vivían?

JOSÉ: Pepe Correa se incorporó al proyecto Caminada y estuvo en Calama, estuvo trabajando en Chuquicamata, pero se fue a vivir después a Concepción, donde había estado antes. Entonces comenzó a participar en el movimiento Calama en Concepción. Pero bien pronto vino el Golpe. Y cuando vino, yo estaba con él acompañándolo y seguimos los dos dentro del movimiento.

JORGE: ¿En qué trabajaban?

JOSÉ: En la construcción. Yo estuve en una empresa constructora, como un obrero cualquiera.

JORGE: ¿Los demás obreros sabían que usted era cura?

JOSÉ: No, no sabían. La táctica nuestra era no decir. Yo decía que yo era un pedagogo de Santiago que venía a conocer el mundo obrero a Concepción. Bueno, no me preguntaron más, dijeron tal vez a este lo buscan en Santiago y viene a esconderse por acá.

JORGE: ¿Y usted era bueno pa’ la pala, pal’ martillo?

JOSÉ: Yo le pegaba un poco a la construcción, pero construcción de segunda. No maestro.

JORGE: ¿Qué significa eso?

JOSÉ: De segunda clase, o sea, los que ayudan a los maestros. Son los constructores de segunda. En una empresa constructora había carpinteros, y había carpinteros de primera y de segunda. Yo era carpintero de segunda en esa empresa, una empresa importante en Concepción. Edificó cosas importantes que fueron terremoteados después.

JORGE: ¿Y ganaba su buena plata o poco?

JOSÉ: Ganaba plata, vivía de la plata que ganaba, estaba inscrito, tengo todos mis papeles.

JORGE: Como un título universitario…

JOSÉ: Claro.

JORGE: ¿Cuánto tiempo estuvo?

JOSÉ: Estuve solo dos años.

JORGE: ¿Y después de eso?

JOSÉ: Después a Pepe Correa lo mandaron al norte y quedé solo. A los otros los habían expulsado del país. Así que me vine a Santiago. En Santiago fue donde creamos el EMO.

JORGE: Y donde vivía usted en ese momento

JOSÉ: Vivía con Nacho. Ahí en vía Italia, que está por ahí a la salida de Santiago. Y después me fui a Montijo, Pudahuel.

JORGE: ¿Y Nacho se dedicaba a qué cosa?

JOSÉ: Él se dedicaba al fierro. Era el hombre del fierro. Y era muy competente, era hasta profesor en INACAP. Y vivía de eso. Formó un grupito de obreros y nos formó un poco a lo Nacho, o sea, obreros que ponían en común sus bienes y vivían en comunidad económica.

JORGE: ¿Y Nacho seguía practicando el sacerdocio?

JOSÉ: Sí, pero él se peleó con el obispo. Y como Nacho era tan sistemático, dijo “si el obispo no me da confianza, no ejerzo el ministerio”. Así que era un cura marginal que decía misas de vez en cuando y tenía mucha instrucción evangélica, estaba muy vinculado con el Evangelio, con Jesús. Después se vinculó bastante con los ejercicios espirituales de San Ignacio y se dedicaba a eso. Pero no tenía pastoral porque el obispo lo había desautorizado.

JORGE: ¿Y lo desautorizó por qué razón? ¿Por ser obrero?

JOSÉ: No, el obispo le dijo que no estaba de acuerdo con su pastoral. Fue párroco de Jesús Obrero. Ahí tuvo una pastoral muy interesante, muy de avanzada. Don Raúl Silva hablaba con él, le pedía cuentas. Y Don Raúl en un momento malo le dijo que no estaba de acuerdo con su pastoral. Y Nacho como era de cabeza tan dura dijo: “bueno, si no están de acuerdo, renuncio”. Y se dedicó al fierro.

JORGE: Y usted, ¿qué fue a hacer al Montijo?

JOSÉ: Al principio tenía mis clases en la universidad. Después, durante seis años estuve sin clases, simplemente haciendo trabajos. Trabajé hasta en el PEM (Plan de Empleo Mínimo), luego en el POF (Plan Obrero de la Familia). Pero cuando supieron que no tenía familia me echaron. Con razón. Después trabajé en otras peguitas por ahí.

JORGE: Y con quién vivía en ese momento

JOSÉ: Con Nacho siempre. Viví siete años con Nacho. Ahí estuve algo marginado de la Compañía, porque Nacho vivía un poco al margen. Nos convidaban cuando había que dar una charla sobre Jesús. Era un hombre enamorado de Jesús, realmente admirable.

JORGE: Era difícil de carácter Nacho.

JOSÉ: Sí, difícil. Vivió como al margen con un grupito de obreros.

JORGE: ¿Y ustedes se cocinaban todo?

JOSÉ: Sí, cocinábamos todo.

JORGE: Dicen que cocinaban una olla de porotos para toda la semana, ¿es verdad o no?

JOSÉ: Sí. Se alternaban los porotos y un alverjado de pollo.

JORGE: Usted en ese tiempo enseñaba en la Facultad de Teología de la Católica, ¿no?

JOSÉ: Enseñé hasta el ‘83

JORGE: ¿Qué pasó después?

JOSÉ: El ‘83 cumplí 65 años. Fíjate que era joven, pero a esa edad uno dejaba de ser profesor ordinario y si no lo contrataban como extraordinario, uno quedaba cesante. Y como no tenían ningún interés en contratarme como extraordinario, quedé cesante a los 65 años.

JORGE: ¿Actualmente usted tiene 97 años?

JOSÉ: Sí. Yo después tuve el EMO, que me daba trabajo. Y también la revista Policarpo.

JORGE: Usted la empezó, ¿no?

JOSÉ: Yo empecé. Me nombraron director.

JORGE: ¿Quién lo nombró?

JOSÉ: En el fondo fue el EMO, el que me nombró director de la revista. Yo no quería la revista. Yo dije para qué una revista, cómo se va a poder sostener dentro de una dictadura. Pero me nombraron y estuve veinte años de director, del ‘75 al ‘95. Eso me ocupaba mucho, yo escribía todas las editoriales y algunos artículos. Tenía que mantener la revista. Y en el fondo la mantuve yo solo no más.

JORGE: Sí. Recortando artículos, columnas, poniendo informaciones…

JOSÉ: Pedía cooperación a los teólogos, y noticia a la Vicaría de la solidaridad. Me informaba de todos los acontecimientos.

JORGE: Pero esa revista, recuerdo, circulaba de una manera bastante clandestina, ¿o me equivoco? Es decir, no se sabía quién era el director, no se sabía quién era el equipo, nada.

JOSÉ: Sí, el arzobispo Fresno estaba muy preocupado de saber quién era el director.

JORGE: Ni siquiera el arzobispo sabía quién era el director.

JOSÉ: No, totalmente clandestino.

JORGE: ¿Y Silva Henríquez supo quién era el director?

JOSÉ: No, tampoco. Nadie supo.

JORGE: Y Oviedo, ¿supo?

JOSÉ: Tampoco.

JORGE: Y el provincial sabía.

JOSÉ: Sí, él sabía.

JORGE: Lo que pasa es que los otros jesuitas más o menos también sabíamos, pero era secreto. Dicen que usted arrancaba con el mimeógrafo de una parte a otra.

JOSÉ: El mimeógrafo estuvo en el coro de la iglesia de Jesús Obrero, después estuvo en un colegio de barrio alto, se movía constantemente.

JORGE: He escuchado que usted también ayudó a gente a salir del país, ¿es verdad eso?

JOSÉ: No mucho, algo sí. El que estaba encargado de esto era don Sebastián, que se acopló al EMO. No recuerdo el nombre.

JORGE: Volvamos al tema de Sebastián Acevedo, era el movimiento contra la tortura.

JOSÉ: Sí, pero para continuar eso, mi intervención principal en cuanto a sacar gente del país fue la ocupación de la nunciatura. Fue un acontecer que me marcó mucho a mí, me marcó también delante de la Iglesia chilena. Tal vez hasta esa fecha yo era un sacerdote bastante respetable, porque había sido provincial, era profesor de teología en la facultad y todo. Pero en ese momento que me atreví a violar las murallas de la nunciatura, entonces para todas las autoridades eclesiásticas y para el mismo don Raúl, yo era un imprudente. Eso para mí fue una liberación: cuando quedé como clasificado de avanzado, de izquierda e imprudente. Don Raúl era, en realidad, un hombre de centro, pero con muchos prejuicios respecto a la izquierda. Don Raúl tenía un prejuicio contra el marxismo profundísimo, tanto con los comunistas y los socialistas. Por eso los “Cristianos para el socialismo”, para don Raúl, eran los demonios. El era muy partidario del gobierno de la Democracia Cristiana, era amigo personal del presidente Frei.

JORGE: ¿Pero fue respetuoso con Allende?

JOSÉ: Respetuoso sí, pero con un prejuicio tremendo. Yo escuché la charla que el dio a los religiosos cuando el país había escogido a Allende como presidente. Entonces los religiosos estaban reunidos diciendo cómo va a reaccionar don Raúl a este nombramiento de un presidente socialista. Estuve en la plática y don Raúl nos dijo que nos preparáramos para el martirio, era increíble. Después se entendió bien con él, Allende se portó muy bien con él. Con el Golpe don Raúl estaba muy contento, hasta fue a Roma para convencer a los demócrata cristianos de Italia que el Golpe era legítimo y todo… Bien pronto se dio cuenta de los abusos del régimen, ahí cambió. Pero al principio con el Golpe estaba muy contento.

JORGE: Un paso atrás. Qué hizo usted con la nunciatura, qué hizo en concreto. ¿Metió gente ahí? ¿Por las murallas?

JOSÉ: Metí veintidós personas por las murallas. Porque quise hablar con el nuncio, pero el nuncio no estaba. Y el secretario estaba encerrado en la nunciatura, no quería hablar con nadie, así que forzamos en meterle la gente por las murallas no más, porque por la puerta no permitían que se refugiaran.

JORGE: ¿Y esa gente fue toda al exilio?

JOSÉ: Sí. Y en realidad se libraron, ¿no? Los militares no querían ningún problema con la nunciatura. Así que…

JORGE: Y usted puso una escalera… ¿qué hizo usted para ayudarles a saltar la muralla?

JOSÉ: Tenían que saltar la muralla, eran dos metros. Algunos los empujé no más. Los “empujapoto”… Yo salté también la muralla.

JORGE: ¿Usted volvió a encontrar a esa gente, pasados los años? ¿Volvió la gente a Chile?

JOSÉ: Creo que volvieron algunos. Pero no me he encontrado con ninguno después.

JORGE: Cómo fue el regreso de Chile a la democracia. Una pregunta anterior: durante la dictadura, ¿cómo vio usted a la Compañía?

JOSÉ: Como ausente de mi mundo. Yo estaba en un mundo de izquierda, un mundo de cambio. Más bien me entendía con algunos diocesanos, con el Centro Medellín.

JORGE: Con un grupo de religiosas importante, gente de población seguramente…

JOSÉ: Sí, pero con ningún jesuita. Bueno, Pepe Correa, mi socio, ya estaba en Arica, lo habían mandado allá. El provincial Ochagavía fue siempre muy simpático, muy cercano a mí en el lío de la nunciatura, él fue muy ayudador. A mí me sacó del problema.

JORGE: ¿Cómo veía usted a Mensaje?

JOSÉ: Mensaje se defendió bien, ponía páginas en blanco cuando la censuraban. Mensaje tuvo que manejarse con cuidado. El gobierno militar no la suprimió nunca. Tenía respeto por ser revista de Iglesia.

JORGE: ¿Fue una ayuda Mensaje?

JOSÉ: Sí. Y yo mismo escribí en Mensaje, saqué artículos sobre Derechos Humanos. Se aguantaba que Mensaje publicara cosas sobre derechos humanos, porque eso no tenía para qué suprimirlo el gobierno.

JORGE: Hubo un famoso artículo sobre la DINA, que entiendo que fue muy difícil de publicar porque se corría el riesgo de que suprimieran la revista, ¿usted participó en ese artículo?

JOSÉ: No supe nada de eso.

JORGE: Otra cosa, a usted, ¿dónde le gustaría ver hoy día a la Compañía? ¿En qué actividades?

JOSÉ: Me gustaría verla un poco en lo que te preocupa a ti, en la Iglesia, en la renovación. Yo creo en un compromiso con el cambio de la Iglesia. Pero no estoy muy informado. Vivo en una casa de ancianos, con gente que ya no tiene los conocimientos de ustedes.

JORGE: No están igualmente implicados en las cosas que ocurren. ¿Qué impresión tiene de esta especie de revolución en el plano de la educación? Hay un cambio bastante significativo. ¿Cómo ve a la Compañía en materia de educación, en los colegios que tenemos?

JOSÉ: Eso es lo que me aqueja un poco. Ojalá los colegios particulares volvieran a ser colegios gratuitos, enseñar a los pobres. Eso es lo que yo he dicho, lo que he escrito, lo que me interesaría. Pero veo los colegios muy trabados. Dicen que no se puede, que el valor académico hay que mantenerlo, en fin. O sea, más bien una aceptación de continuar como colegios pagados, ¿no? Yo siento que tendríamos simplemente que jugarnos por volver a educar a los pobres. Y retomar la teología de la liberación.

JORGE: Don Pepe, ¿usted en qué año entró a la Compañía?

JOSÉ: Entré el año ‘33.

JORGE: ¿Ha visto muchos cambios desde el año ‘33 al año 2015?

JOSÉ: Claro que ha habido cambios. Bueno, yo creo que un cambio bastante sustancial fue la congregación XXXI en que participé yo, que recién me habían nombrado provincial. Hasta entonces yo había sido simplemente maestro de novicios diez años y recién entonces, cuando me nombraron superior de Bellarmino y me nombraron provincial, entre un poco en el mundo político y en el mundo del acontecer de la provincia, que fue un acontecer muy importante. Todo lo que significa el tiempo que mi provincialato fue bastante crítico porque en esa época la Compañía había vivido cambios fundamentales. Esos años comenzó mi inserción en la historia más contingente.

JORGE: El Concilio. ¿Qué importancia atribuye Ud. al Concilio?

JOSÉ: Yo he aprendido un montón. Recientemente, como tengo más tiempo, he leído mucho y me he aprendido mucho más sobre el Concilio de lo que sabía antes. El Concilio es muy importante. No lo es todo ni pudo hacer todo. Fue también poco ineficaz en muchos ámbitos. Bien aprovechado, bien interpretado, es un buen punto de partida para cambios muy decisivos que hay que hacer.

JORGE: ¿Cómo ve Ud. que el Concilio incidió en la formación de los jesuitas?

JOSÉ: No he estado en contacto con la formación reciente. Pero creo que ha tenido mucho peso, mucha importancia. Y en detalle, ¿en qué forma? Cuando fui provincial, por ejemplo, me dijeron que la Tercera probación estaba en examen, o en experimento más bien. Es así que tuvimos una Tercera probación muy original, porque había que reformarla, hacerla de nuevo. Creo que el Concilio fue muy importante para la vida religiosa y revolucionario. En ese entonces el Papa nos dijo que había que rehacer las constituciones. Fíjate lo que significa eso. Simplemente decir, nuestra Constitución que viene de San Ignacio, desde ahora se suspende, tenemos que rehacer una constitución para los jesuitas. Porque así lo tuvieron que hacer todas congregaciones, así que es un cambio radical.

JORGE: Volver a las fuentes…

JOSÉ: Volver a las fuentes y al espíritu del fundador.

JORGE: A los ejercicios espirituales, tal como se daban…

JOSÉ: Así que todo eso era totalmente revolucionario, ¿no?

JORGE: Pero Pablo VI se enfureció cuando la Compañía quiso otorgarle el Cuarto voto a todos los jesuitas…

JOSÉ: Esa fue la inconsecuencia de Pablo VI. No se entiende. Si nosotros estimamos que teníamos que rehacer las constituciones, por qué no nos dejó. Pablo VI fue muy inteligente, muy capaz, creo que se dio cuenta de todo, pero en el fondo fracasó porque él quiso reformar la Iglesia, pero no cambiar la gente. Para reformar la Curia había que cambiar la gente. Y él quiso hacer la reforma con la misma gente de siempre. Continuó después con sus encíclicas. Él se reservó el tema de la contracepción. Vino la encíclica Humanae Vitae. Fue inconsecuente. Si él realmente estaba convencido de que la Iglesia tenía que dejar de ser una cosa de arriba para abajo, para serlo de abajo hacia arriba, tenía que haber escuchado más. Se hizo mucho por la colegialidad de los obispos, pero no se hizo nada para que los obispos fueran más autónomos, reposando en las bases. Los episcopados continuaron siendo nombrados desde arriba y no desde abajo. Pablo VI fue bastante inteligente y radical en muchas cosas, pero en otras no.

JORGE: Un pasito atrás. ¿Qué importancia tiene entonces la Congregación General XXXI? Participó Ud., Hernán Larraín…

JOSÉ: Y Juan Ochagavía. Yo creo que ha sido tal vez la congregación más importante que ha tenido la Compañía. Los jesuitas llegaron bastante inquietos. Pienso que la Compañía necesitaba una innovación.

JORGE: Dicen que usted inquietó bastante las aguas.

JOSÉ: Es cierto, con una cartita que difundí un tanto sobre lo que podríamos… porque se proponía que esta congregación abordara temas bastante importantes, así que yo obedeciendo a esa inquietud escribí unas cartas.

JORGE: ¿Cuál era el tema de esas cartas?

JOSÉ: El tema era: cambios que se echaban de menos en la estructura de la Compañía respecto a la autoridad, respecto a los nombramientos, a los tiempos, etc. Yo creo que muchos se imaginaron que este provincial de Chile iba a llegar con flechas y con aires de revolucionario, de indígena.

JORGE: Y llegó poniendo los grandes temas.

JOSÉ: Sí.

JORGE: Ahora, eso estaba prohibido, usted hizo algo prohibido.

JOSÉ: Claro. Yo toqué algunos temas que estaban en las cartas apostólicas, o sea, que eran de la Santa Sede, que la Compañía no podía cambiar porque eran cosas de la Santa Sede.

JORGE: Y eran temas que no se podían tocar y usted hizo circular una carta. ¿Cómo elaboró esa carta? ¿Con otra gente o solo?

JOSÉ: No, con el Bellarmino. El Bellarmino era bastante inquieto y revolucionario en ese tiempo. Yo fui primero superior de Bellarmino y después provincial. Entonces siendo provincial, continué mis contactos con el Bellarmino y continué viviendo ahí.

JORGE: ¿Usted gobernó con el Bellarmino?

JOSÉ: Algunos dicen que goberné con el Bellarmino porque continué viviendo allá, pero en realidad estuve un año y medio de superior del Bellarmino y después como provincial. Pero en la Provincia, claro, eso inquietó un poco. La provincia se dividía en dos partes: el Bellarmino y los colegios, entonces había una rivalidad entre esos dos elementos. Ese fue uno de los problemas que tuve yo. Me tocó apaciguar un poco esa tensión.

JORGE: Dígame una cosa: ¿cómo fue Ud. como maestro de novicios?

JOSÉ: En esa época no tenía idea de cómo tenía qué hacerlo. Así que en el fondo procuré rehacer lo que había sido mi noviciado. Fui un maestro de novicios muy tradicional.

JORGE: Y si Ud. fuera el maestro hoy, ¿cuál sería el énfasis de su noviciado?

JOSÉ: Yo creo que tendría que ser mucho más como es actualmente el noviciado. Se ha progresado mucho. Se necesita estar preparado para el mundo actual. Yo fracasé de maestro de novicios porque la mayor parte de los novicios que tuve se salieron. Fue una época de crisis muy grande la que me tocó y los novicios que formé, los consideraba yo unos santos. Hombres buenos, sanos, inteligentes. Y sin embargo, después de 4 o 5 años de Compañía, se salieron. Esto quiere decir que no acerté en prepararlos para un mundo tan distinto. Los preparé en cambio para una Compañía tradicional como la que yo conocía, pero no para un futuro tan renovado.

JORGE: Y Hurtado, ¿qué impacto tuvo en usted Alberto Hurtado?

JOSÉ: Mucho en realidad, porque cuando yo volví de mis estudios de Europa y el año ‘50 llegué a Chile, me pusieron de ayudante del Padre Hurtado. Mi tarea era ayudarlo en la ASICH, Asociación Sindical Chilena. Encontré a un Padre Hurtado metido en los obreros, no con niños, no con viejitos del Hogar de Cristo, sino con los obreros, animándolos a tener sus derechos, a hacer revolución. Fue decisivo para mí. El me metió a fondo en el mundo obrero. Después de años asumí un compromiso con los DDHH y todo eso.

JORGE: ¿Conoció a Hurtado antes de irse a estudiar fuera de Chile?

JOSÉ: No, prácticamente no.

JORGE: Usted no se considera vocación de Hurtado…

JOSÉ: No. Yo entré a la Compañía cuando Hurtado estaba en Europa. Lo conocí el año ‘36. Entré el ‘33. Lo conocí cuando él volvió de Europa. Luego tuve contactos episódicos con él, hasta el año ‘51 que me tocó estar de ayudante suyo en la ASICH. Desde entonces tuve con él un contacto constante. Esto me mostró un hombre fuera de serie. Totalmente. Transparente, entregado y todo. A mí me impactó mucho, entregado al mundo obrero, interesado en eso, hasta de hacerse él mismo obrero.

JORGE: Quiso ser obrero, y no pudo.

JOSÉ: Sí. No pudo y con razón. No tenía el físico para una vida obrera.

JORGE: Una última pregunta sobre los Papas. ¿Qué puede decir de los Papas de los últimos cincuenta años? Puede incluir también a Pío XII.

JOSÉ: Pío XII fue el primer Papa que conocí y fue un patriarca, como una figura solemne. Nosotros en ese tiempo, durante los primeros años de enseñanza de moral, siempre estábamos pendientes de lo que el Papa diría para comentar su opinión. Esta era fundamental. Después que murió el Papa, Juan XXIII no abordó ningún tema moral importante. Hablaba de los pajaritos. De aquí que los moralistas tuvimos que comenzar a pensar por nuestra cuenta. Antes todo era comentar a Pío XII.

JORGE: Y, sin embargo, Juan XXIII convocó el Vaticano II…

JOSÉ: Sí, tengo mis ideas sobre Juan XXIII. Creo que hasta el Concilio fue muy a la antigua. La última encíclica que escribió, Mater et Magistra, era de las tradicionales. Me parece que él no fue autor de ningún cambio en el Concilio. Fue sí el primer receptor de los cambios del concilio. Yo tengo escrito todo un estudio sobre ese punto. Juan XXIII abrió las ventanas de la Iglesia después de la primera sesión del Concilio, pero no antes. Fue simplemente un Papa tradicional, hasta que el Concilio lo convirtió a él. No es que él convirtiera al Concilio.

JORGE: Y murió poco tiempo después. ¿Pablo VI?

JOSÉ: Pablo VI fue muy inteligente, pero muy tímido. En realidad tiene encíclicas fundamentales, sobre el desarrollo de los pueblos. Pero contradictorio, ¿no? Por ejemplo Humanae Vitae.

JORGE: ¿Qué piensa usted de Humanae Vitae?

JOSÉ: Era muy fuerte cambiar en este punto. Había toda una tradición. No se atrevió a innovar.

JORGE: Juan Pablo II, ¿cuál es su impresión?

JOSÉ: Un papa polaco que tenía dos cosas: en primer lugar era muy anticomunista. Y, la segunda, era muy contrario a la Teología de la liberación. Juan Pablo II echó para atrás el Concilio. Pensó que se nos había pasado la mano con el Concilio.

JORGE: ¿Qué importancia tuvo para usted la Teología de la liberación?

JOSÉ: La Teología de la liberación me llegó después de que fui provincial, a través del interés por Medellín y Puebla. Veía que era necesario ir más allá de la posición democristiana. Más allá de la Doctrina social de la Iglesia. Esta se limitaba a lo que los papas habían dicho. No se renovó con el Concilio. El Concilio pudo haber renovado la doctrina de la Iglesia. Se mantuvo esa doctrina y marcó un poco una línea de centro. En cambio, en el Concilio Vaticano II hubo una Iglesia de izquierda, una Iglesia de contacto con el cambio, de exposición al mundo. En Chile nos marcó la posición de Bigo, Françou, ILADES, que era la doctrina de la Iglesia un poco el centro.

JORGE: Don Pepe… y Benedicto XVI, ¿qué le ha parecido como Papa?

JOSÉ: Tengo simpatía con él, por ser serio, sistemático. Pero fue muy duro, muy dentro de una lógica de la inquisición, ¿no? La Congregación para la doctrina de la fe… Se ha mostrado después que fue un Papa muy auténtico, yo diría. Bastante racional, bastante doctrinal, de otro carácter que el Papa actual.

JORGE: Antes de pasar al actual, se dice que Benedicto XVI va a ser recordado por dos cosas: una por haber enfrentado los escándalos sexuales del clero y otro por haber renunciado. ¿Qué le parece a usted?

JOSÉ: Sí, ambas cosas. Creo que lo primero le sugirió el deseo de ser Papa, para poner fin a esa situación.

JORGE: ¿Y Francisco? ¿Qué le ha parecido como Papa?

JOSÉ: Francisco, bien. Está haciendo lo que puede hacer. Lo que puede hacer, sin embargo, no es mucho. Él está en la cabeza y la iglesia no se renueva desde la cabeza, sino que tiene que renovarse fundamentalmente desde la base. Pero desde la cabeza está haciendo mucho y lo está haciendo muy bien.

¿Por qué, para qué, bautizar a un niño?

¿Por qué, para qué, bautizar a un niño?

Se han levantado estas preguntas.

Esta vez no tienen que ver con que sería mejor que las personas se bauticen adultas. No necesariamente. El cataclismo eclesiástico y la estampida de los católicos laicos hacen dudar de la conveniencia de bautizar a un niño o niña. Hacerlo, ¿no sería a futuro exponerlos a las decisiones de una institución en la que no se puede confiar?

Pienso que sí es bueno bautizarlos y mientras menores mejor.

Me explico, aunque tengo el viento en contra. Iniciar a un pequeño en una tradición que tiene 3,000 años de antigüedad equivale a dotarlo de humanidad. Esta puede recibirla de otras tradiciones. El Occidente secular se ha nutrido de la filosofía griega y del cristianismo, pero no parece necesitarlos más. Los occidentales alcanzaron la autonomía, la mayoría de edad, y pueden ahora caminar sin ayudas religiosas. Pero, ¿hay algo que nuestra cultura actual no puede, o todavía no puede, transmitir a las siguientes generaciones? No sé. Talvez. Quizás haya un aporte al ser humano que solo las religiones pueden hacer.

Los seres humanos no venimos al mundo formateados. Los animales sí. Requerimos ser educados por nuestros progenitores y no pocas veces necesitamos crear algo nuevo, inventar pasos que a futuro den un ejemplo o le abran un camino a las generaciones que vienen detrás. Poco después de nacer, comenzamos a ser formados por la cultura que nos recibe, la que llega a pertenecernos porque, a su vez, le pertenecemos. Somos la cultura que nos reconoce y que nosotros mismos, en cuanto integrantes de ella, también gestamos.

Pues bien, si atendemos a las pertenencias, la mayor o menor riqueza de las vidas se juega en las muchas que tengamos. Ser hincha de un equipo de fútbol es una riqueza. Pertenecer a tal o cual club, vibrar con los goles de la selección, nos hace sentir, sentirnos, como seres que compartimos con otros pasiones y, además, no pocos valores. Formar parte de un coro, intercambiar monedas o estampillas, integrar una cofradía de amantes de los pájaros, nos realizan y hacen felices. Debemos algo a los demás, somos sus deudores, nos amarramos a ellos libremente, por la sola satisfacción de compartir un mismo gusto, emociones, ideas, ilusiones y desencantos.

No es poco tener un pasaporte que acredite que somos españoles, argentinos, sudafricanos o vietnamitas. Nada hay más triste que ser apátridas. O que nos exilien. El Estado puede oprimirnos, pero reconozcamos que no podemos prescindir de él, debemos comportarnos según las leyes de la nación y cuidar legal y moralmente de nuestros vecinos. ¿Alguien quisiera, de verdad, prescindir de esta pertenencia?

Un equipo de basquetbol, una orquesta de rock, el cuerpo de bomberos o una nacionalidad, empero, no pueden emparentarnos, como un Creador puede hacerlo, con el mar y las estrellas; ni hacernos saber que el prójimo es nuestro hermano, nuestra hermana, porque el Hijo de Dios lo ha querido así. Los cristianos recibimos en el bautismo un modo de sentir, de gozar, de pensar y de imaginar una fraternidad universal que no depende de los políticos ni de la buena voluntad de nadie. Recibimos una pertenencia que se nos impone, como se nos imponen la madre y el padre que nos tocaron, punto, y que con el correr de los años pueden hacernos mejores, porque recibimos esta identidad en el bautismo cuando somos niños para hacernos saber que la vida es un misterio. Nos dirán que esta pertenencia es un mito o una ficción. En parte lo es, pero no para engañarnos. Creer que pertenecemos a un Dios es un relato, increíble por una parte, fidedigno por otra. Solo con un cuento, con parábolas como la del hijo pródigo o el buen samaritano, puede llegar a creerse que somos más de lo que somos. Las verdades más profundas, las más hermosas, solo pueden ser explicadas con la imaginación. Nadie puede decir que las metáforas poéticas son falsas.

Tocar, sentir, oler, oír con los oídos el sermón de la montaña y ver con nuestros ojos las pinturas de Jesús y de la Virgen en el ábside de un templo, dan magia a la vida y nos capacitan para descubrir en los demás una identidad que, como la nuestra, merece admiración y amor. Mientras más temprano un niño entienda que le ha sido dado la vida, que no se la merece, que unos padres lo engendraron sin saber, en definitiva, cómo, mejor preparado estará para gozar, para vivir del perdón y descubrir que la fatiga de la humanidad consigo misma tiene un valor eterno.

El problema número uno

Nunca antes la humanidad había tenido tanta necesidad de detectar su problema número uno. Lo nuevo es que esta vez el problema número uno se está convirtiendo en el único problema. También en otros momentos la humanidad ha experimentado un acabo mundi. A cincuenta años de que Colón puso un pie en el Caribe la población nativa disminuyó en un 95%. Pero hoy, comenzado el siglo XXI, el mundo enfrenta una crisis ecológica, socio-ambiental o como quiera llamársela que afecta a todos los seres humanos por parejo y a gran parte de los seres vivos. El problema es el número uno en varios campos.

Este es el problema número uno de la economía. Es su problema mayor, porque la economía de consumo desarrollada por el capitalismo se desbocó. La “mano invisible” del mercado ha sido un mito conque los fuertes han derrotado a los débiles. El egoísmo individual no forjó automáticamente un mundo mejor compartido. No se puede seguir creciendo para consumir y consumir para crecer. El planeta se agotó. El ser humano no da para más.

Este es el problema científico número uno. ¿Podrán los científicos desarrollar una ciencia y las técnicas necesarias para evitar el colapso antes que ocurra? ¿Podrán realizar un trabajo multi e inter disciplinar con los economistas para forjar otra idea de desarrollo humano? El máximo desafío científico es crear los instrumentos de relación e intercambio entre los seres humanos y no humanos basado en el cuidado colectivo.

Este es el problema político número uno. Todo el mundo le echa la culpa a los políticos de los males habidos y por haber. ¿Pero qué pueden hacer ellos en el escenario antes descrito? Dejados aparte los inveterados vicios de la clase política, los políticos tienen que forzar a las universidades para que reorienten la investigación y reenfoquen la enseñanza para revertir el curso a la hecatombe. Y, por otra parte, debieran frenar en seco a los súper-ricos que desvían el trabajo científico hacia el desarrollo de las técnicas mercantiles con que se adueñan de la tierra, multiplican la miseria y socavan las democracias.

Es el problema cultural número uno. El mundo no tiene una cultura para compartir el planeta entre todos los seres vivos. Prima, en cambio, la voracidad, el uso y el desecho. ¿Alcanzará la educación a avivar en los habitantes de la tierra el amor por los otros y todo lo otro que reclama algún tipo de derecho a existir? Se requieren nuevo estilos de vidas, nuevos modos de mirarse entre los pueblos y nuevas maneras de convivir entre los seres vivos e inertes.

También es el problema número uno de la espiritualidad. Esta es la capacidad con que nos abrimos al sentido ulterior del vivir y del morir. La humanidad requiere reconocer el valor trascendente que tiene el cargar consigo misma y encargarse de todo lo demás. Necesitamos aprender a gozar la vida con los otros y no a pesar o a costa de ellos. Pero habrá que prepararse también a la posibilidad de la muerte colectiva. Se podrá entonces al menos elegir la actitud con que morir. Las posibilidades son varias. Menciono dos: continuar por la senda de apropiarse de lo ajeno, del consumo y del crecimiento ilimitado; o compartir hasta morir unos en favor de otros. Esta, a mi juicio, tiene un valor eterno. Cuestión de creencias. La otra me parece abominable.

Estos son los principales aspectos del problema número uno: la catástrofe planetaria que, aun no siendo la primera en la historia, nos amenaza como no ocurrió con los que nos precedieron. A las nuevas generaciones el Dalai Lama les advierte: “Por primera vez en la historia humana, vuestro derecho a la vida, y el derecho a la vida de vuestros hijos, no está asegurado” (A call for revolution, 2017). Y, paso seguido, les exhorta a la compasión con los seres vivos y a dar la pelea por revertir la tendencia a la tragedia.

Se hunde la Iglesia. ¿Se hunde?

La institución eclesiástica ha puesto a la Iglesia al límite de su tolerancia. Las razones están a la vista: abusos y encubrimientos. Pero hay razones que no están a la vista. Estas, en gran medida, son las causas de los fracasos evidentes del clero.

Hace ya mucho rato que la incomunicación entre la jerarquía eclesiástica y los cristianos comunes es profunda. Además, crece. El Papa Francisco ha hecho enormes esfuerzos por actualizar el Evangelio en una cultura que se dispara en todas las direcciones. Ahora intenta un cambio estructural: desea dar participación a los laicos en la elección de los obispos.

¿Será para mejor? Habrá que verlo. Si los electores son laicos clericalizados el fracaso será seguro.

Apuesto a una mejor alternativa. El Magisterium, la labor de los obispos de enseñar y discernir en el pueblo creyente la voz de Dios, de guiarlo y de mantenerlo unido, se haya desprestigiada porque las autoridades no parecen escrutar en los acontecimientos actuales, en los cambios los culturales y las vidas de los cristianos algo nuevo que pudiera servir para re comprender el Evangelio de Jesús.
La mejor alternativa, en mi opinión, es que independientemente de los procedimientos electorales para hacer que los laicos participen en la elección de los obispos, la institución eclesiástica aprenda de otros magisterios eclesiales, tradicionalmente ignorados y censurados.

Las autoridades eclesiales deben aprender del Magisterium mulierum. Me refiero al aprendizaje profundo, emocionalmente pluridimensional, resiliente, de las mujeres. Estas tienen una experiencia de Dios desde el embarazo hasta el momento tremendo, para algunas, de sepultar a sus hijos. Ellas, más que nadie, saben qué es agarrarse de Dios cuando un niño se enferma. Visitan a la tía vieja. Aguantan al marido de la depresión. En estas cristianas hay una experiencia de Dios convertida en aprendizaje que es indispensable enseñar. Las mujeres madres, esposas, profesionales, cajeras de supermercados o políticas tiene un modo de creer en Dios particular. Tantas veces los hombres lo necesitamos para atinar en lo grande y en lo chico. Lo agradecemos. Magisterium mulierum: enseñanza de las mujeres.

En estrecha relación con este, existe un Magisterium diversarum personarum: la enseñanza de los separados, de los divorciados, de los que fracasaron en un primer, segundo o tercer matrimonio, se recuperaron y volvieron a empezar. Pudieron ser tragados por el mar. Pero tuvieron la suerte de que los botara la ola. Salieron gateando por la arena. Tragando agua salada. Recogieron lo que quedó de la casa que se les desplomó: un sillón, unos libros, algunas fotos de tiempos mejores. Son los que anhelan ver a sus hijos el día que les toca. Son mucho más pobres que antes, tuvieron que aprender que se puede vivir con menos y lo enseñan a sus críos. A muchas de estas personas su fe las sacó adelante. No sabían qué era creer. Habían recibido una educación religiosa demasiado elemental. Les faltaba pasar por la cruz. ¿Cuánto necesita el resto de la Iglesia a esta gente? ¿Se les puede seguir impidiendo comulgar en misa? Basta. Los sobrevivientes de sus matrimonios tienen que mucho que enseñar. Si su Magisterium no termina modificando la doctrina oficial de la Iglesia, la Iglesia se hunde.

Este magisterio es un caso de otro mucho más amplio: el Magisterium reconstructarum personarum. Me refiero a la enseñanza de toda suerte de cristianos cuya fe en Dios los reconstruyó como personas. Traigamos a la memoria a los empresarios que se recuperaron de una quiebra, a los cesantes que tras haber caído en el alcohol se rehacen en Alcohólicos Anónimos, en los jóvenes que luchan por salir de la droga, en las víctimas de abusos sexuales que sacaron coraje quién sabe de dónde para contar su historia y exponerse a que no les creyeran. También pueden contar los pecadores a secas: sinvergüenzas, infieles empedernidos, políticos tramposos, libidinosos incontinentes, traficantes. Estos y aquellos, en la medida que su mucha o poca fe les haga ver más, ver una conversión que ni siquiera han alcanzado, ver algo que pudiera servir para que otros vivan mejor que ellos, aquilatan un saber, una verdadera sabiduría, sin la cual Jesús no habría sido el Cristo.

Los laicos elegirán a los obispos. ¿Qué laicos? La Iglesia se hunde en gran medida porque la institución eclesiástica, el Magisterio oficial, cree saberlo todo y lo enseña a peñascazos. Los laicos fidelizados por miedo a los curas no servirán de electores.

Espero que el colapso eclesial actual sea superado en la raíz. Lo será, talvez, si el aprendizaje de todos, especialmente el de los marginados, es tomado verdaderamente en cuenta.

En los descuentos: consumir o compartir

El panorama es trágico. El calentamiento medioambiental pone al ser humano en peligro de extinción. Hay buenas razones para pensar que la COP 25 (Conferencia de las Partes para el Cambio Climático de las Naciones Unidas), llega tarde. Si esperamos que la calidad de vida de la humanidad mejore por parejo, mientras más seamos y más elevemos los estándares de bienestar, el calor retenido en la atmósfera sobrepasará con creces el aumento en 2 grados promedio, límite que permitiría hipotéticamente superar la catástrofe.

¿Qué hacer? El problema es de tal magnitud que no se puede pedir a la economía la solución. No queremos, por de pronto, que sean los economistas los que digan cuál es tal solución. Menos aún los economistas que han sido formados para perfeccionar el modelo de desarrollo culpable de la debacle. Pero, vistas las cosas desde el ángulo meramente económico, parece evidente que la humanidad llega a un callejón sin salida: consume y muere o no consume y muere también. Pues, el modo de organizar la economía que ha predominado hasta ahora –el modo que triunfó sobre los pueblos originarios en los que la propiedad privada no existió o fue subordinada a la colectiva- exige crecer para consumir y consumir para crecer.

¿Qué hacer? No es la primera vez que la humanidad se encuentra ante un acabo mundi. Pensemos en las pestes europeas que en algunos lugares mataron a las dos terceras partes de la población; en la disminución en 95% de la población del Caribe al cumplirse 50 años de la llegada de Colón; en los pueblos originarios de la Patagonia cazados como animales, hoy extinguidos. Pero esta es la primera vez que la humanidad como tal, ricos y despojados, enfrenta la posibilidad de ser devorada por el monstruo que ella misma creó. Inventó un dragón llamado capitalismo capaz de comerse la cola y todo lo demás.

¿Qué hacer? Pongámonos en el peor de los escenarios: la temperatura media del planeta aumenta sin parar, los témpanos se deshielan, las tierras bajan se anegan, las sequías en algunas zonas se hacen crónicas y, en otras, los ciclones arrasan con pueblos y plantíos; las poblaciones sobrevivientes migran despavoridas, revientan las fronteras y vuelven las guerras. Rota la armonía ecológica, el planeta fracasa por varios factores. ¿Qué podrá pedírsele, en este escenario, a los países, a los políticos o a la ONU? Se los culpará, ¿pero se conseguirá algo? ¿Qué, si ya no podrán hacer nada?

¿Qué hacer? Si, llegado el momento, y puede que este ya lo sea, de que el planeta no tenga futuro, queda una última posibilidad, la radical, no la política, la personal: decidir cómo morir. Es ya ahora que, nuevamente bajo el respecto económico, cabe consumir o compartir: “consumir menos y compartir más”. “No”, dirá uno de los economistas que poco les ha importado, por ejemplo, la suerte del pueblo mapuche. Los mapuche tienen otra cosmovisión, otra manera de concebir la propiedad. Nuestro economista explicará: “No se puede al mismo tiempo consumir y compartir, porque el consumo depende del crecimiento y el crecimiento del consumo”. Él apostará nuevamente por el consumo, alienado por el mito del progreso.

“Consumir menos y compartir más”, no es solución para el problema político global. Es una alternativa ética al nivel de lo personal y de lo interpersonal. Es, podría decirse, una elección por un estilo de vida sobrio y comunitarista. Es, incluso más, una cuestión de creencia. Nadie puede asegurar que el ser humano se realiza verdaderamente cuando solidariza con los demás. Unos lo creen, otros no. No se puede decir, por cierto, que es irracional compartir, pero tampoco puede se puede demostrar, antropológicamente hablando, que compartir sea en última instancia la razón del ser de la humanidad. Pero hay gente que cree que compartir tiene un valor eterno, que se saca el pan de la boca, lo parte y lo comparte. No hablo de imposibles. Esta gente existe, vive con menos y hace feliz a los demás.

Es muy difícil imaginar que esta convicción antropológica pueda constituir un principio de organización macroeconómico. Los sistemas son éticamente inimputables. Pero, además, la versión neoliberal del capitalismo que conocemos es hoy casi imposible de contrarrestar. Si este es el motor del progreso del mundo en que vivimos –no quiero asustar a nadie, pero las cifras está allí-, lo que tenemos delante es una muerte colectiva. Si esta muerte ha de ser también personal, lo único que quedará en pie serán aquellos que creen que compartir es más importante que consumir, y lo practiquen. Insisto: esta es una opción ética que depende de una concepción antropológica del ser humano. En lo inmediato, si los solidarios no salen ganando, es completamente seguro al menos que mejorarán la vida de su prójimo.