Año Nuevo

Año nuevo. Año viejo… Los viejos siempre tienen algo nuevo que decir. ¿Sí? Los viejos que han hecho historia, sí. No hablo de epopeyas, sino de haber vivido a fondo. Los viejos que vivieron a fondo, que no desesperaron, que confiaron en el traspaso del hombre de generación y generación, que estuvieron a la altura del homo sapiens que sabe porque muere y que muere para saber aun más, esos viejos inmortales, sencillo talvez pero imperecederos siempre tienen algo nuevo que decir. Ellos sacan aguas frescas de sus propios pozos, aguas que sacian la sed de esos jóvenes que alguna vez tendrán también algo nuevo que decir.

El riesgo es repetir. “¿Un año más?”, “Son veinte, son treinta, cuarenta…”, dice la cumbia. El “Año nuevo” tiene mucho de vano: el reloj, los segundos, los fuegos artificiales… Hasta la champagne puede ser superficial cuando se espera pasar al otro año como si el que muere fuera siempre peor. El nuevo puede ser mejor, por cierto. Pero, ¿es necesariamente malo el que se fue? ¿Fue? ¿Fue vivido realmente? ¿Cuándo termina de ser vivido un año: el 2011, el 2005, el 2007…? Nadie puede decir que el 2007 haya terminado antes de probar un vino de esta cosecha.

La celebración del Año Nuevo es ocasión de vivir, de celebrar, de alegrarse por lo que viene, porque queremos vivir y vivir mejor. Esto será posible, empero, si no sacamos tan rápidamente la cuenta. Es necesario mirar con amor el año que termina y “darle tiempo” para que lo que en algún momento pareció un fracaso dé los frutos que entonces eran impensables.

La persona humana no ha sido creada simplemente para el futuro. Lo suyo es la eternidad. Su vocación es que toda su vida, todos sus momentos, adquieran un valor trascendente.

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